Carlos I de 1517 a 1522 (3. 1ª Parte)

3 COMUNEROS Y GERMANÍAS

3.1 COMUNEROS (1)

Existía un descontento general en España y más concretamente en Castilla que databa de los primeros tiempos del reinado de Carlos. Tras morir Fernando y heredar, Carlos no se presentó en España, sino que siguió en territorio flamenco y, por si fuera poco, alteró las costumbres castellanas al ser proclamado Rey en Santa Gúdula de Bruselas en 1516 aun cuando la reina Juana estaba viva y no había renunciado a la corona. Muchas personas en España entendieron que aquello era una usurpación de poder; hubo nobles que se levantaron en armas, hubo enfrentamientos dentro del estamento nobiliario, hubo grupos de la incipiente pequeña burguesía que trataron de sacar rédito de aquellos revuelos en los Consejos locales.

Dos razones crearon cierta alteración en Castilla: la falta de orden político-social y la crisis económica. Así, en el mismo 1516, el regimiento de Burgos, con el respaldo del Condestable de Castilla, realizó una llamada a las ciudades con voto en Cortes para que éstas se reuniesen en representación legal del Reino. La propuesta adquirió connotaciones revolucionarias. Su pretensión era alcanzar el orden donde la ausencia del Rey creaba caos, como se recoge en las actas de en las propias Cortes: [ había un total desconcierto] en “Consejos, Chancillerías y Corregimientos”. Esa ausencia de orden y política estaba creando ruina económica que alcanzaba a todo el reino.

Los nobles castellanos reunidos en Cortes pretendían enviar una embajada a Bruselas con el ruego al Rey de que viniera a España. Tanto el regente, Cisneros, como el Rey maniobraron para conseguir el fracaso de aquella convocatoria y lo consiguieron.

Al fin, Carlos arribó a España el 19 de septiembre de 1517. Pero lejos de arreglar las cosas, logró enervar aún más a los castellanos, debido a que:

  • No recibió a Cisneros, regente mientras duró la ausencia del Rey.
  • Su corte se rodeó de franceses y flamencos, de hecho, el Rey hablaba sólo en esas dos lenguas, ni una palabra de castellano.
  • Se comprobó que el rey no se iba a asentar en España, sino que corría raudo a Alemania para ser proclamado emperador.

Pero, al menos, su presencia logró dar legitimidad a su nombramiento al conseguir la renuncia de Juana y la proclamación de Carlos como Carlos I en unas Cortes españolas (castellanas).

Castilla no quería ser gobernada por extranjeros, la única solución era convocar de nuevo cortes en las que, al modo medieval, el rey y el reino se encontraran. Carlos lo aceptó, pero en vez de celebrar las cortes en Burgos, como era tradicional, lo hizo en ciudades de la periferia, sin representación propia: Santiago de Compostela y La Coruña.

Esta convocatoria sólo fue un subterfugio para, acto seguido, salir de España hacia Alemania en busca de su proclamación como emperador. No se habló de lo que quería Castilla y, consiguientemente, las tensiones aumentaron en el reino español.

Los castellanos querían las Cortes en Burgos como dictaba la tradición, por eso algunas ciudades se opusieron a mandar procuradores a Santiago y La Coruña. Los que enviaron representantes, lo hicieron con espíritu prerrevolucionario, el cual se manifestó en el orden del día de las sesiones en Cortes. Se incluyeron asuntos económicos sobre la venta de lana y, muy especialmente, la forma de administrar los tributos de alcabalas, acordando que asumieran las ciudades tal responsabilidad en detrimento del poder real.

En Toledo, la insurrección evitó enviar representantes a las Cortes, sin embargo, la intercesión del Rey logró que un grupo aceptase ir a las Cortes. Entre ese grupo estaba Juan Padilla. El pueblo insurrecto impidió tal embajada toledana y se declaró en completa insumisión. Un movimiento de desobediencia generalizada se extendió por toda Castilla.

En las ciudades muchos corregidores y gobernadores fueron desarmados y neutralizados en su autoridad; se negaron a entregar el dinero recaudado a la autoridad real; controlaron los circuitos de los procesos fiscales de manera que lo ya recaudado por los Gobernadores no pudieran entregarlo al Rey. En Segovia, los comuneros asesinaron al Procurador Rodrigo de Tordesillas, ante la reacción realista, se desplazaron a salvaguardar Segovia, cuyos comuneros capitaneaba Juan Bravo, tropas comuneras de Toledo a cuyo frente estaba Juan Padilla, tropas salmantinas a cuyo frente estaba Francisco Maldonado. Era Mayo de 1520.

Aquella sublevación no representaba un movimiento homogéneo y cada ciudad hacía la guerra por su cuenta: unas proponían modelos políticos alternativos, como el Concejo Municipal al que dotaban de soberanía; en otras, la nobleza se unió al pueblo; en algunas, la Iglesia participó directamente en el movimiento (por ejemplo, los monjes mendicantes de Valladolid o Salamanca).  En terceros lugares, la alta nobleza logró sujetar y controlar la situación de modo que supieron mantener posiciones intermedias entre comuneros y realistas de manera que esperaron, cubiertos por esa ambigüedad, ver el desarrollo de los acontecimientos e inclinarse, posteriormente, hacia el bando vencedor; tal fue el caso de Burgos, Zamora o Guadalajara. En otros sitios, como Murcia o Cartagena, el conflicto se expresó como lucha entre estamentos. En Andalucía, el enfrentamiento fue entre elementos dirigentes para comprobar quien se hacía con el poder.

En medio de este caos se producen dos hechos: de un lado, los realistas intentan sofocar la rebelión, no siempre con prudencia y, así, en una de sus más brutales acciones incendian Medina de Campo. De otro, Toledo tomó la iniciativa para dar al movimiento revolucionario coherencia, unidad y entidad política, creando a tal fin la Junta Magna a modo de gobierno.

Como reacción a la quema de Medina, la revuelta se extendió y la consecuencia inmediata fue la adhesión general a la Junta toledana. Los Junteros quedaron en reunirse en Ávila. Allí, la Junta magna se transformó en la Santa Junta y se constituyó en cuerpo político soberano. Para enraizar su legalidad, los representantes de los junteros visitaron a la reina Juana en Tordesillas el 29 de agosto de 1520, pero la incapacidad mental de ésta impidió que los atendiera en sus pretensiones de nombrarla Reina y expulsar al Rey extranjero, si bien es cierto que la Reina jamás dio muestras de querer realizar acto alguno contra su hijo.

Aquello supuso el principio del fin del movimiento comunero, estamos ante una sociedad estamental, otra solución era inimaginable. Del mismo modo que, aunque algunos autores creen encontrar en el levantamiento comunero un primer brote liberal, otros muchos, más pegados a la realidad del momento, consideran que el levantamiento comunero no era más que la reacción ante una monarquía extranjerizante. No querían una monarquía flamenca (como anécdota señalar que la expresión ponerse flamenco, como alguien altivo, exaltado, “gallito”, viene de entonces y muestra muy a las claras cual era la actitud de los recién llegados a la corte y de cómo eran percibidos por los españoles).

El ocaso militar provino de manera paulatina en función de los siguientes acontecimientos:

  • El disenso en el bando comunero. Así la ciudad de Burgos se mostró partidaria se acabar con la sublevación. Conocedor del hecho, el Rey dio orden al Condestable de Castilla de que aceptara las condiciones de Burgos. Esta circunstancia determinó el paso de Burgos a la causa realista y que Valladolid estuviera a punto de hacer lo mismo. Sin embargo, esta última resistió.
  • Durante octubre y noviembre de 1520, ambos bandos se dedicaron a recaudar fondos, reorganizar las tropas, y restablecer posiciones. En el bando comunero empezó a perder poder Toledo en favor de ciudades sitas más al norte. Con ello, cedió posiciones su líder, Juan Padilla, y empezaron a adquirir fuerza otros como, Pedro Girón y Antonio de Acuña, que son representativos de esa diversidad existente en el movimiento comunero. Así, el primero es un noble, uno de los pocos que quedaron a favor del bando comunero, y el segundo era el obispo de Zamora, cabecilla de una milicia formada sólo por sacerdotes.
  • Enfrentamiento en Tordesillas, que pasó a manos realistas. Consiguientemente, se reagruparon los comuneros en Valladolid. La derrota de Tordesillas tuvo la relevancia de hacer desaparecer toda apariencia de legitimidad o apoyo de la Reina Juana al movimiento comunero
  • El siguiente enfrentamiento importante fue en Torrelobatón, con victoria comunera. Logró reanimar de manera temporal al bando comunero frente a los realistas. Sin embargo, manifestó una de las razones de su ulterior fracaso: la división interna.
  • La dirección y los desmanes de la milicia juntera en las zonas rurales dividió a los comuneros en moderados y radicales. Entre los moderados: grupos de letrados, la nobleza, caballeros y parte del clero. El Cabildo de Toledo que estaba en los orígenes del movimiento quería abandonarlo. Además del extremismo, la Junta requería cada vez más fondos para su mantenimiento. Los impuestos se hacían imposibles y las disensiones, por ello, palmarias.
  • Por su parte en el bando realista, Carlos firmó el 17 de diciembre de 1520 el Edicto de Worms (no hay que confundir éste con el posterior Edicto de Worms de 25 de mayo de 1521, contra Lutero). En el que nos ocupa se condenaba a los comuneros a la pena capital.
  • Los realistas no tenían menos divisiones y por momentos se veían derrotados. En la primavera de 1521 todo era confusión. Las tropas realistas al mando del Condestable de Castilla, Iñigo Fernández de Velasco y Mendoza; del Almirante de Castilla y Duque de Medina de Rioseco, Fadrique Enríquez de Velasco, y del apoyo del Cardenal Adriano de Utrecht que ejercía de Gobernador de Castilla, lograron hacer frente a los comuneros en Villalar. Allí la caballería realista se impuso a las tropas de Padilla. Era el 23 de abril de 1521. El ejército comunero inició una desbandada general. Sus principales jefes fueron hechos prisioneros.
  • Los cabecillas, el día 24 de abril, fueron condenados a pena capital. Allí fallecieron Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado.

La revuelta tuvo tal trascendencia que Carlos volvió a España. Su intención era acabar con los problemas de las germanías (que las veremos posteriormente) y comuneros. Estos segundos eran su verdadero quebradero de cabeza, al fin y al cabo, las germanías habían sido un levantamiento social, de extremada gravedad sin duda, pero no habían hecho peligrar la autoridad y fundamento de la monarquía.

Los comuneros pusieron en solfa la autoridad real e intentaron forzar un cambio dinástico.

Además, la solución dada por la derrota de Villalar en la que la justicia impartida por el Condestable de Castilla tenía más de arbitrariedad que de neutralidad, había soliviantado los ánimos que aún quedaban en Castilla contra el Rey. El Condestable mató a los tres cabecillas mencionados y recordados por todos y, sin embargo, a otros con no menor culpa les perdonó la vida en razón de familiaridad y amistad.

Carlos necesitaba hacer justicia de verdad y parecer un Rey ecuánime y no un justiciero. Mostrar magnanimidad que diera una imagen de tolerancia que calmara los ánimos y le permitiera volver con cierta tranquilidad a dirigir el Imperio.

El Rey llega a España por Santander y Palencia, donde manda ejecutar a los cabecillas perdonados por razones de parentesco o amistad con la autoridad. Desde allí se traslada a Valladolid, ciudad que servía de refugio a los insurrectos, y, en vez de ajusticiar a más personas, dicta un perdón general. Así pretende pasar por rey justo, pero no cruel y de paso un rey pacificador del reino.

¯

(1) La palabra Comunidades procede de un escrito de protesta dirigido al Rey:
“Pedir al rey nuestro señor tenga por bien se hagan arcas de tesoro en las Comunidades en que se guarden las rentas estos reinos para defenderlos e acrecentarlos e desempeñarlos, que no es razón Su Cesárea Majestad gaste las rentas destos reinos en las de otros señoríos que tiene…” Archivo de Simancas-

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