LA OBTENCIÓN DEL SUFRAGIO UNIVERSAL FEMENINO EN ESPAÑA.

Antes de adentrarnos en los detalles que rodearon la obtención del derecho al sufragio por las mujeres en España en 1931, señalaremos una serie de datos que enmarquen el contexto en el que se adquirió este derecho.

Ámbito internacional

  • El sufragio universal masculino se logró en Europa por primera vez en Grecia en 1822. En Gran Bretaña, se obtuvo, sin límites, en 1918, el mismo año que las mujeres, aunque la igualdad en la edad mínima no llegó hasta 1928.
  • En el derecho comparado, pasa por ser Nueva Zelanda el primer país en reconocerlo, en 1893. Si bien, esto no es del todo cierto, por cuanto, la capacidad para ser elegidas en el país de Oceanía no se obtuvo hasta 1919.
  • En Europa, las mujeres pudieron ejercer su derecho a voto, activo y pasivo, por primera vez en Finlandia (entonces una región del Imperio ruso), en 1907. Fue la primera región, después Estado, en tener diputadas. Le siguieron pocos años después Noruega y Suecia.
  • En 1917, tras la Revolución rusa, se logró el sufragio universal femenino en Rusia. En 1918, lo obtuvieron las británicas. En 1919, las alemanas. Hasta 1944 no lo lograron las francesas.

En España

  • Los hombres votaron bajo sufragio universal de manera definitiva desde 1890.
  • Las mujeres lograron el sufragio femenino pasivo en las Cortes de Cádiz en 1812. La mujer podía ser elegida diputada en Cortes, aunque ella no pudiera votar.
  • La primera vez que las mujeres ejercieron su derecho a voto fue en el Cantón de Cartagena en 1874.
  • Durante la Dictadura de Primo de Rivera, en 1924, se logra el derecho al sufragio universal femenino, pero con las siguientes restricciones:
    • Sólo podrán votar en las elecciones municipales.
    • Sólo podrán votar las mujeres cabezas de familia, es decir, solteras emancipadas o viudas.
  • Como en la dictadura nunca se celebraron elecciones municipales, nunca pudieron ejercer el voto en este periodo. Aunque, cabe señalar como antecedente, siendo generosos, el plebiscito que organizó la Unión Patriótica, el partido único de la Dictadura, entre los días 11 y 13 de septiembre de 1926. Como señala González Calleja, la convocatoria pretendía que la sociedad expresara su opinión sobre la conveniencia de crear una Asamblea que coadyuvara a la gobernación del Estado. Aunque fue publicitado con el nombre de plebiscito, no fue un referéndum sino una recogida de firmas. Participaron hombres y mujeres mayores de 18 años.

En este contexto se ve que España, si bien no fuimos los más rápidos en reconocer este derecho, en algunos aspectos estuvimos entre los primeros. Además, fuimos el primer país de habla hispana en obtener el reconocimiento.

DEBATE DE 1931

La discusión sobre la conveniencia de reconocer el derecho al voto a todas las mujeres se extendió de las Cortes a la sociedad y viceversa. Veremos ambos aspectos.

Los debates sobre esta cuestión tuvieron lugar el 30 de septiembre y el 1 de octubre de 1931 en el contexto deliberativo sobre el contenido de la constitución de 1931. En ellos observaremos que, en el maremágnum de los partidos políticos de la Segunda república, fueron el Partido Republicano Radical y los partidos de la derecha los favorables al voto femenino y, por el contrario, los partidos de izquierdas los que se negaban al reconocimiento, con algunas escisiones internas como fue el caso del PSOE en el que unos votaron a favor y otros en contra.

Más curioso aún es ver las posiciones de las tres únicas diputadas en Cortes: Victoria Kent, del Partido Republicano Radical Socialista, que formaba parte del gobierno en el primer bienio de la II República y en el que detentaba la Dirección General de Prisiones, Margarita Nelken, diputada en los tres bienios de la República por el PSOE, y Clara Campoamor, miembro del Partido Republicano Radical situado en el centro del espectro político del momento. La última fue la que defendió el proyecto, mientras que las otras dos se opusieron.

En la sesión del día 30 de septiembre se oyeron los primeros discursos. Alguno de ellos de contenido delirante.

Así el diputado Hilario Ayuso defendió una enmienda en la que proponía que la edad mínima para ejercer el derecho a voto en los varones fuera a los veintitrés años y en las mujeres, a los cuarenta y cinco.

En representación de la Federación Republicana Gallega, Roberto Novoa Santos, catedrático de patología de la Universidad de Madrid, afirmó que la mujer no se caracteriza por la reflexión y el espíritu crítico sino por la emoción y todo lo que tiene que ver con los sentimientos. Basándose en el psicoanálisis sostenía que el histerismo es consustancial a la psicología femenina. Supongo que el diputado no sabía que Freud fue un gran misógino. Pero también recurrió a uno de los grandes argumentos en contra de la concesión del derecho al voto a la mujer: el miedo a que la misma fuera dominada, por su religiosidad, por el clero y su voto, en consecuencia, se inclinara a la derecha.

Esa era la verdadera y primera razón que subyacía en la negativa de la izquierda a aprobar el ejercicio del derecho al voto femenino.

No sólo el debate parlamentario abusó de este argumento, sino que en la prensa se inició un debate apasionante entre los favorables a estas tesis y los contrarios a las mismas:

Matilde Huici, señalaba en el diario “El Sol” que “(…) entre ellos y las mujeres de sus familias y las de sus electores se interpone otro hombre- el cura- por el cual ellos se confiesan vencidos”

Por el contrario, en el mismo diario, Gregorio Marañón, señalaba que se “exagera mucho la influencia del confesor”.

En este sentido y también en “El Sol”, Miguel de Unamuno se mofa de estas especulaciones. Señala que, los que se oponen a autorizar el voto de las mujeres desconocen lo que son las mujeres y lo que es el clero español. Critica a Freud y a los que tildan de histéricas a las féminas. Asimismo, aprovecha la ocasión para poner de manifiesto el cinismo de los que han realizado determinadas reformas sociales, en las que no temen al clero, pues esperan ser ellos- los autores de las reformas- los que moldeen la voluntad femenina. Pongo a continuación el enlace al texto de Unamuno porque no tiene desperdicio.

http://www.filosofia.org/hem/dep/sol/9311004a.htm

Margarita Nelken proclamó: “Poner el voto en manos de las mujeres es hoy, en España, realizar uno de los mayores anhelos del elemento reaccionario”.

El gran enfrentamiento verbal se produjo el 1 de octubre en las Cortes en el que participaron activamente Clara Campoamor y Victoria Kent.

Kent sostenía que la mujer carecía en aquel momento de suficiente preparación social y política y que, debido a la influencia de la iglesia, su voto sería conservador y perjudicaría a la República. Lo que ya en sí mismo muestra dos cosas: una mujer que veía a sus iguales como menores de edad, manipulables por todos y un sentido sectario de la República, en la que la derecha estaba considera una enemiga de la misma. Así acabó la República como acabó.

Entre otras, sus palabras en aquel debate fueron:

“(…) cuando transcurran unos años y vea la mujer los frutos de la República y recoja la mujer en la educación y en la vida de sus hijos los frutos de la República, entonces, Sres. Diputados, la mujer será la más ferviente, la más ardiente defensora de la República (…) Si las mujeres españolas fueran todas obreras, si las mujeres españolas hubiesen atravesado ya un periodo universitario y estuvieran liberadas en su conciencia, yo me levantaría hoy frente a toda la Cámara para pedir el voto femenino. Pero en estas horas yo me levanto justamente para decir lo contrario y decirlo con toda la valentía de mi espíritu”

Clara Campoamor, en su discurso contestó tanto a los participantes en la sesión del día 30 de septiembre como a Victoria Kent

 A los primeros, les dijo, en clara alusión a la contradicción existente en aquella República que reconocía la igualdad de derecho entre sexos y negaba el derecho al sufragio femenino:

“No se trata aquí esta cuestión desde el punto de vista del principio, que harto claro está, y en vuestras conciencias repercute, que es un problema de ética, de pura ética reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos, porque ya desde Fitche, en 1796, se ha aceptado, en principio también, el postulado de que sólo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre”

Y añade:

“Y desde el punto de vista práctico, utilitario, ¿de qué acusáis a la mujer? ¿Es de ignorancia? Pues yo no puedo, por enojosas que sean las estadísticas, dejar de referirme a un estudio del señor Luzuriaga acerca del analfabetismo en España.

Hace él un estudio cíclico desde 1868 hasta el año 1910, nada más, porque las estadísticas van muy lentamente y no hay en España otras. ¿Y sabéis lo que dice esa estadística? Pues dice que, tomando los números globales en el ciclo de 1860 a 1910, se observa que mientras el número total de analfabetos varones, lejos de disminuir, ha aumentado (…), el de la mujer analfabeta ha disminuido (…). Esto quiere decir simplemente que la disminución del analfabetismo es más rápida en las mujeres que en los hombres y que de continuar ese proceso de disminución en los dos sexos, no sólo llegarán a alcanzar las mujeres el grado de cultura elemental de los hombres, sino que lo sobrepasarán. (…).  No es, pues, desde el punto de vista de la ignorancia desde el que se puede negar a la mujer la entrada en la obtención de este derecho.”

Y para los médicos:

“No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo, sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. En ausencia mía y leyendo el diario de sesiones, pude ver en él que un doctor hablaba aquí de que no había ecuación posible y, con espíritu heredado de Moebius y Aristóteles, declaraba la incapacidad de la mujer. A eso, un solo argumento: aunque no queráis y si por acaso admitís la incapacidad femenina, votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque todos somos hijos de hombre y mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser, argumento que han desarrollado los biólogos. Somos producto de dos seres; no hay incapacidad posible de vosotros a mí, ni de mí a vosotros.”

A Victoria Kent le contesta, entre otras cosas:

“¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer?

Pero, además, señores diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los hombres. ¿Ha estado ausente del voto la mujer? Pues entonces, si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis –fijaos bien– afirmando su personalidad, afirmando la resistencia a acatarlos. ¿Y es en nombre de esa personalidad, que con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia electoral? ¿Es que tenéis derecho a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano”

Finalmente, en su discurso defendió que por encima de los intereses del Estado estaba el principio de igualdad y las mujeres debían conseguir el derecho a voto en ese mismo momento, sin aplazamiento alguno. Señaló que: “su defensa del voto de las mujeres estaba basada en principios y no en consecuencias“.

Puede leerse aquí integro el discurso de Clara Campoamor:

http://pages.uv.es/formargenero/cas/otros_recursos/clara_campoamor.pdf

Otros diputados apoyaron las posiciones de Clara Campoamor en aquel debate. El resultado de la votación fue de 161 votos a favor y 121 en contra.

Al día siguiente, en la prensa, se vivieron posiciones a favor, especialmente destacado fue el periódico El Sol, pero muchas en contra. Así, el diario “Ahora” publicó que [la aprobación del voto femenino] “nos lanza a una aventura, cuyas consecuencias son difíciles de prever. Añadir a las muchas incógnitas que ofrece el porvenir una nueva, no nos parece razonable

El periódico “La voz” veía muchos peligros en los aprobado: “es posible que la trascendental votación de anoche tenga consecuencias graves en otro orden nacional

El “Socialista” promovía, por su parte, una solución “labor de voto” lo llamaba. “No hay que pensar que la mujer… si nosotros sabemos prepararla, no votará influida por los curas y frailes”. Es evidente que todos concebían a la mujer como una marioneta fácil de manejar.

En ABC, Wenceslao Fernández Flórez, en favor del derecho, señaló: “para orgullo de la superioridad masculina, estamos seguros de que ellas nunca podrán superar nuestros absurdos”.

No contenta con el resultado, Victoria Kent, intento que se aplazara el sufragio femenino, presentando dos meses después una disposición transitoria que pedía que las mujeres no depositar su papeleta en unas elecciones generales hasta haberlo hecho dos veces en unas municipales. La propuesta de Kent fue rechazada, por 127 votos a favor y 131 votos en contra. Entre los que apoyaban a Kent en esta propuesta se encontraban muchos de los que se habían manifestado a favor no sólo en las Cortes sino también en la prensa: Ortega y Gasset, Gregorio Marañón o Ramón Pérez de Ayala.

La consecuencia jurídica de aquel debate se vio reflejado en el artículo 36 de la carta magna, aprobado, como toda la Constitución, el 9 de diciembre de 1931.

 “Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinan las leyes”.

A Clara Campoamor aquella defensa generosa en favor de la mujer, le trajo no pocos sinsabores. No fue reelegida en las elecciones de 1933 y fue acusada de la derrota de la Izquierda. Tuvo que dimitir como “Directora General de Beneficencia” y tras dejar el partido radical no fue aceptada ni en Izquierda republicana ni en el frente popular en 1936. Dejó la política y vivió exilada desde entonces, primero en Argentina, luego en Suiza donde murió en 1972.

La idea de que las elecciones de 1933 estuvieron influidas por el voto femenino, fue una constante en la época. La idea masculina de que ellos podían mediatizar la voluntad de la mujer, también. Esas constantes llegaron incluso a la prensa ante las elecciones de 1936.

Traigo al caso dos documentos de signo contrario. De un lado el “ABC” de Sevilla del 3 de febrero de 1936 y de otro el “Socialista” de 12 de enero de 1936.

ABC: “La mujer asturiana en la contienda electoral”

(Para entender toda su dimensión hay que recordar la dureza de la revolución del 34 en Asturias)

“El espectáculo no es nuevo, ya nos lo brindó la mujer asturiana en 1933. Pero ahora se renueva con una fuerza avasalladora (…) llena de nobleza y generosidad.

Eso no nos sorprende, la mujer menos culta, la de educación más rudimentaria, posee una sensibilidad muy fina y una delicadeza tan arraigada en las intimidades de su ser, que instintivamente se rebela contra todo aquello que amenaza destruir sus afectos más puros (…) siendo el hogar y el amor de la familia, con el sentimiento religioso, sobre el que ellos se fundan (…) lo que más (…) influye en sus decisiones (…).

¿Cómo esa mujer…iba a cruzarse de brazos en presencia de peligro tan cierto y de unas amenazas tan atroces como las que representan esas gentes sin conciencia y sin ley, para las cuales no hay ni puede haber otra norma en la vida que la que se traduce en un materialismo ciego, intransigente y feroz? (…)

España se librará por ellas de sus enemigos y volverá de nuevo a encontrarse, alcanzando la plenitud de la gloria (…)”

EL SOCIALISTA.

“Harán imposibles por arrancarte el voto, mujer si no te enredan con el rezo o en las fantasmagorías del lujo, intentarán que te separe de nosotros el temor (…)

Obrera o artesana, mujer de funcionario o miembro de la llamada clase media, a tus intereses morales y materiales sólo les cuadra nuestra verdad socialista.

¡Tus hijos! (…) ¿No has pensado mujer que ellos nos pertenecen? Crecerán al amor de las ideas de su tiempo, de las nuestras. Serán socialistas. Y puede suceder, ¡oh, pobre madre! Que por votar tú a Gil Robles o a Calvo Sotelo, o a sus curas, generales y banqueros, contribuyas a la designación de los tribunales que arranquen a tus hijos y los envíen al presidio o ante el piquete nada más que por eso: por ser pobres, jóvenes y socialistas. Esta invocación ha de estremecerte. En nombre de tu amor vigilante, te pedimos el voto”

Que cada lector decida quién quería manipular más, quién amenazaba más, quién atemorizaba más.

Sin embargo, todos aquellos miedos y manipulaciones, como señala Tuñón de Lara, no respondían a la realidad de los hechos. Por más que fuera una idea extendida, la victoria de las derechas en 1933 no obedeció a la concesión del voto a la mujer. La izquierda perdió las elecciones de 1933 por concurrir separada y, parece más que demostrado que el voto femenino se vio más influenciado por las posiciones de sus propias familias, por no romper la paz familiar, que, por la Iglesia, por los periódicos o políticos.

Bibliografía

Tuñón de Lara- 2ª República.

Los periódicos de la época se han extraído de la Hemeroteca Nacional o de Internet.

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