Creación de una conciencia europea- y 2

b).-Creación político-ideológica.

Sistemáticamente, Europa busca superar la guerra para vivir en paz, sobre todo tras cada confrontación. Ya lo expresó Fray Luis de León: [1]

“Dos cosas diferentes son las que se hace La Paz, conviene a saber: sosiego y orden. Y no será paz si alguna de ellas, cualquiera que sea, le faltare.”

Por eso, desde siempre, frente a los movimientos de imposición mediante la conquista, ha existido un pensamiento europeo basado en la armonía. Muchos de ellos no tuvieron una consecuencia práctica directa porque la realidad de cada momento les hizo fracasar. Pero sirvieron de antecedente de la idea y las instituciones de la unidad que hoy vivimos.

Ese orden anunciado por Fray Luis de León ya fue pregonado con anterioridad en el mundo cristiano, así San Agustín había señalado: “Después de la ciudad o la urbe viene el orbe de la tierra, tercer grado de la sociedad humana que sigue estos tres pasos: casa, urbe y orbe[2].  Es decir, San Agustín recapacitaba sobre un gobierno mundial.

La idea de armonía, paralela a la de la conquista militar, quizá por apreciación de los desastres de ésta, se manifiesta ya desde antiguo y no sólo desde visiones cristianas. Así en “1623, en plena Guerra de los Treinta Años, el monje francés Émeric Crucé publicó su Nuevo Cineas, o discurso de Estado mostrando las ocasiones y los medios de establecer una paz general y la libertad de comercio para todo el mundo, que se garantizarían mediante una moneda común y la labor de mediación de una Asamblea permanente de los estados europeos, con sede en Venecia y dotada de un ejército propio. Quince años más tarde un aristócrata francés, el duque de Sully, dio a conocer el Gran Proyecto de Enrique IV, reordenación territorial de Europa como una confederación de quince estados regida por un Consejo de Europa, integrado por seis Consejos regionales y un Consejo General. En 1677, Gottfried Wilhelm von Leibniz propuso una Unión Europea gobernada por un Senado de representantes de los estados constituyentes. El inglés William Penn escribió́ en 1693 un Ensayo para la Paz presente y futura en Europa, sobre la necesidad de crear los Estados Unidos de Europa, confederación de estados soberanos con un parlamento común, la Dieta Europea, en la que estarían representados en proporción a su población y que contaría con fuerzas armadas propias para imponer la paz en el Continente.

Montesquieu afirmó que «Europa es un único país, compuesto por múltiples provincias». El abate Charles Irénée Castel de Saint Pierre propuso, en su Proyecto de paz perpetua (1728) la creación de una Liga europea sin fronteras interiores, gobernada por un Senado de 24 miembros y con una unión económica. En Los primeros pasos del europeísmo Immanuel Kant escribió́ el opúsculo Proyecto filosófico de Paz perpetua, en el que proponía una Federación de Estados Libres bajo la forma republicana y una «ciudadanía universal» europea, como modo de evitar nuevas guerras. “[3]

Incluso dentro de las filas del nacionalismo del S XIX, aparecieron nociones europeístas sin perder de vista la preeminencia de los Estados nacionales. Mazzini busca unir todos los movimientos nacionalistas y liberales. Para ello crea “La Joven Europa”, cuyo lema es “Libertad, Igualdad, Humanidad”. En su “Acta de fraternidad”, señala que “Creemos en la igualdad y la fraternidad de los pueblos, que creemos que la humanidad está llamada a proceder, por un progreso continuo bajo una Ley moral Universal” aunque para manifestar “la misión particular”que tienen cada pueblo.

Desde otras posiciones, se buscaba ideas que solventaran los problemas de la sociedad en su conjunto, sin particularismos nacionales. En este sentido cabe destacar a los socialistas utópicos y, entre ellos dentro de nuestro tema, Saint-Simon y Proudhon. Estos autores se encuentran ante las consecuencias sociales de la revolución industrial. Como solución, además, de plantear salidas a la producción, la organización de la economía o criticar el orden político establecido, Saint-Simon planteó la unidad del género humano, buscando en el desarrollo de la industria y los transportes la idea de un bienestar y paz universal. Propone instituciones internacionales y muchos autores ven en sus propuestas un antecedente claro del Parlamento Europeo y de la Comisión.

Proudhon sentía horror a los regímenes autoritarios y para él el Estado debía ser una federación de asociaciones libres. Sin tener confianza alguna en la democracia parlamentaria, a pesar de participar en la revolución de 1848, considera que lo único importante es un orden económico y social común. En política, la solución pasa por la federación de grupos de carácter internacional, así lo manifiesta en su libro El principio federativo (1863) en el que cada grupo federado, o confederados, se regirán por la democracia participativa.

Otros federalistas europeos, desde otras concepciones, fueron los miembros de “La liga de la Paz y la libertad” entre los que se encontraban Víctor Hugo, Giuseppe Garibaldi,Mijaíl Bakunin o John Stuart Mill. Algunos de ellos ya habían manifestado sus tendencias a la cooperación y destino común de los pueblos de Europa durante la revolución de 1848. Célebre es, en este sentido, el discurso de Víctor Hugo en el Congreso Internacional de la Paz celebrado en París en 1849. El movimiento romántico colaboró en crear movimientos nacionales, pero también en unificaciones regionales y, en ocasiones, en visiones cosmopolitas como las de Lessing, Schiller, Goethe o el movimiento Sturm und Dreng (tempestad y empuje) en Alemania.

En ese concepto universalista de organización política no cabe olvidar la importancia de las Internacionales obreras.

Frente a las visiones revolucionarias y frente a las socialistas, surgieron movimientos carácter religioso, de índole cristiana, que vienen a recoger el espíritu judeo-cristiano que siempre estuvo en la identidad europea. En ese sentido cabe destacar la figura del Papa León XIII.

El final del S.XIX y el principio del XX nos traen el choque entre principios nacionalistas, de los que la Restauración española es un buen ejemplo (al que no hemos conseguido poner coto aún) frente a movimientos de unidad regional más amplia, como las unificaciones de Italia o Alemania, algunos bloques regionales de cooperación o movimientos intelectuales como los jóvenes hegelianos que promueven la federación de repúblicas.

La 1ª Guerra Mundial provocó un caos continental, una alteración territorial, demográfica, económica y social en todo el continente tanto para vencedores como para vencidos. Surge un pesimismo generalizado, un agotamiento y empobrecimiento común a todos, salvo a los especuladores, que rompen con la moral liberal y burguesa, creando no pocas tensiones. Parecía que las ideas de unidad europea no volverían y, sin embargo, fue, de nuevo, la búsqueda de la paz y la armonía los que las hicieron resucitar. Especialmente importante fue el espíritu del tratado de Lorcano (1925), en virtud del cual se intentaban apaciguar las fronteras occidentales, buscando siempre soluciones pacíficas a los conflictos, mediante arbitrajes internacionales dentro de la Sociedad de Naciones.

Numerosos intelectuales aportaron ideas y proyectos europeístas. Por ejemplo, Zweig en numerosas obras. En España, Ortega y Gasset proclamaba “España es el problema y Europa la solución”. Principio denostado por Pio Moa que en su libro “Europa, una introducción a su historia”, señala que ese afán europeísta es una forma de esconder la hispanofobia que subyace a sus palabras.

Este periodo de entreguerras vivió varios proyectos de unificación o, al menos de cooperación europea. Así caben destacar los proyectos:

  1. Kalergi, por su promotor Richard-Condenhove Kalergi. Caracterizado por tener una fuerte influencia cristiana. De hecho, la bandera del movimiento paneuropeo, utilizada después de la Segunda Guerra Mundial por la Unión Parlamentaria Europea, tenía un circulo que enmarcaba una cruz, símbolo del cristianismo y un sol, que simbolizaba a la civilización europea iluminando el mundo.
  2. Stresemann, por Gustav Streseman, Ministro de Asuntos Exteriores alemán que logró la incorporación de Alemania a la Sociedad de Naciones en 1926.
  3. Briand, por Aristide Briand, Primer Ministro francés que estableció todos los cauces para superar la rivalidad franco-alemana, la cual había sido avivada, previamente, por el Primer Ministro francés Raymond Poincaré. El cual, en 1923, ordenó la invasión del Ruhr alemán (centro principal de producción de carbón, hierro y acero), debido a la falta de pago de las sanciones impuestas a Alemania.

Durante uno de sus discursos ante la Sociedad de Naciones, Briand pronunció las siguientes palabras: “entre los pueblos que están geográficamente agrupados debe existir un vínculo federal (…) [para] establecer entre ellos un lazo de solidaridad que les permita hacer frente a las circunstancias graves. Evidentemente, esta asociación tendrá efecto sobre todo en el campo económico”.

No fueron las únicas iniciativas, se produjeron otras de carácter económico encaminadas a mejorar el intercambio de mercancías con facilidades aduaneras entre grupos de países. Estas iniciativas tuvieron lugar, esencialmente, en centro Europa. Pero, la violencia y el fracaso, de nuevo, se vislumbraban. Leemos a Zweig:

Hemos visto que el sufrimiento más profundo había generado una comunidad mística y de todos los pueblos surgió el deseo incontenible de una comunión fraterna superior a la de los regimientos, ejércitos y naciones. Por primera vez brillaba en el horizonte la esplendorosa imagen de los Estado Unidos de Europa (…) Ese instante, ese conocimiento supremo lo hemos vivido (…) entre las nubes del odio y la devastación (…) Y sin embargo, hemos vivido algo más incompresible aún: hemos vivido que esa verdad nacida del sufrimiento más profundo, pereció para siempre apenas los pueblos y las naciones volvieron a tener un poco de tranquilidad, descanso, alegría e indolencia”[4]

Las sanciones impuestas a Alemania, la crisis económica, el ascenso de los totalitarismos, la denuncia de los acuerdos de Lorcano, la responsabilidad de potencias extra europeas emergentes, entre otras razones, provocaron de nuevo el conflicto: la 2ª guerra Mundial.

Aunque durante la guerra se vivieron algunos movimientos unificadores, los mismos se basaban más en posiciones estratégicas de guerra que en una intención de unidad intelectualmente aceptable. Así se puede hablar del expansionismo imperialista alemán o del intento federativo de Francia y Gran Bretaña, en 1940, como medio de defensa frente a la invasión alemana.

Pero realmente la guerra lo que trajo fue de nuevo la destrucción y la desesperanza, con una Europa debilitada política y geográficamente. Lo primero por la pérdida del poder hegemónico en el mundo, lo segundo por la división en dos bloques. Después de siglos de Historia, el mundo dejaba de girar en torno al mediterráneo y su expansión dentro de aquel apéndice que nació frente a Asia, pasando a depender de otras potencias: Rusia y Estados Unidos. Esta última, heredera ideológica de la Revolución Francesa (y de su propia revolución- las revoluciones atlánticas que pregonó Palmer-), de la ilustración, de los auténticos principios democráticos constitucionales, con respeto a la libertad, los derechos individuales y la división de poderes. Todo aquello que Europa había creado y transmitido al mundo, volvía ahora a ella. Se hacía presente así, aquel concepto manifestado por algunos de que Europa era algo más que un lugar geográfico, era un concepto intelectual. Es lo que Oliver Depré ha denominado “la dialéctica europea entre el lugar y su idea.”

De nuevo la Historia pone a Europa en posición de rebuscar en sus vivencias para hallar aquellos valores que la habían hecho grande y alcanzar de la mano de ellos la solución a sus sufrimientos.

Entre los cambios tras la guerra aparece como corriente política la democracia cristiana, como nueva fuerza política de resistencia frente a la ideología domínate en los países totalitarios que formaron el EJE. En dos de ellos- Italia y Alemania- accede al poder a través del partido confesional de la democracia cristiana italiana (De Gasperi) o del interconfesional del C.D.U alemán (Adenauer). A ellos se unen otras fuerzas políticas como el partido socialcristiano en Bélgica o el M.R.P.- sin referencias confesionales- en Francia.

El mundo intenta poner las bases para tratar pacíficamente los conflictos que puedan surgir. Se crea la ONU del mismo modo que en entreguerras se creó la Sociedad de Naciones. Pero la paz concebida como era antes de 1914 ya no existía. La situación real era la de guerra permanente, una guerra fría o latente que no se ha calmado tras la caída del muro de Berlín. Aquella guerra permanente creó organizaciones supranacionales defensivas: la OTAN y el Pacto de Varsovia. Realmente, el peso específico de ambas instituciones recaía en Estados Unidos, y la URSS, respectivamente.

En Europa, empezaron a proliferar unidades comerciales supranacionales: la EFTA ( Asociación europea de Libre Comercio), la OECE (Organización Europea de cooperación económica). Pero, sin duda, la gran organización nacida para la cooperación europea fue el Mercado Común. Sus padres fundadores fueron múltiples, pero cuatro destacan sobre los demás:

 “Konrad Adenauer(1876-1967)

Fue el primer Canciller de la República Federal de Alemania e influyó decisivamente en la historia europea, defendiendo con vehemencia que una paz duradera sólo sería posible con una Europa unida. Uno de sus más grandes logros fue firmar el Tratado de Amistad con Francia en 1963, poniendo fin a una enemistad histórica.

Alcide de Gasperi(1881-1954)

Como Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Asuntos Exteriores, Gasperi marcó el camino de la política interior y exterior de Italia en los años de la postguerra. Promovió iniciativas para la fusión de Europa Occidental, colaborando en la realización del plan Marshall y reforzando lazos económicos con otros países europeos.

Jean Monnet(1888-1979)

 Su frase «No coaligamos Estados, unimos hombres» fue toda una declaración de principios de este político y económico que consagró su vida a la integración europea. Él fue el principal inspirador de la «Declaración Schuman», que condujo a la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, considerada como el origen de la Unión Europea.

Robert Schuman(1886-1963)

Ministro francés de Asuntos Exteriores. Su declaración de 9 de Mayo dio origen a la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Al acuerdo inicial alcanzado entre Alemania y Francia se sumaron posteriormente Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos.[5][6]

Tres de ellos destacaban por sus ideas cristianas. De hecho, Robert Schuman, ya ha sido beatificado y su causa está en proceso de canonización. Alcide de Gasperi, está en proceso de beatificación.

Es de destacar que, Adenauer se sintió inspirado en sus aportaciones por aquellos proyectos paneuropeos de entreguerras y por las opiniones de diversos intelectuales europeos, entre los españoles: Unamuno, Ortega y Gasset o Salvador de Madariaga.

Se puede decir que todos estos padres fundadores pretenden la construcción de una Europa unida bajo los parámetros de la cooperación, la solidaridad y el perdón. Una “opción espiritual a favor del perdón y una voluntad de superar la violencia por el diálogo y la solidaridad”[7]

Muestra de la inspiración paneuropeísta está, como anécdota, la bandera europea. Deudora de la bandera paneuropea de entreguerras, se presenta ahora con fondo azul y 12 estrellas en círculo que representaban la unidad y que, en palabras de alguno de sus autores, estaban inspiradas en la corona de la Virgen, es decir, en las 12 estrellas del apocalipsis.

Schuman había señalado, “todos los países de Europa están impregnados de civilización cristiana. Ella es el alma de Europa y hemos de devolvérsela”.

Los Tratados de Roma, 25 de marzo de 1957, son dos, firmados inicialmente por Alemania Federal, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y Holanda.

El primero estableció la Comunidad Económica Europea (CEE) y el segundo estableció la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom).

La Comunidad Económica Europea ha ido evolucionando hasta una mayor integración, pero no sin muchas controversias y dificultades. Cabe recordar el fracaso de la llamada Constitución Europea que fue rechazada en referéndum por Francia y Países bajos. Tras haber protagonizado unas duras negociaciones entre Valéry Giscard d’Estaing, y Juan Pablo II, por la inclusión o no de la herencia cristina en los principios inspiradores de la Constitución. No se estableció tal valor programático.

Quien mejor definió la situación fue el entonces Cardenal Ratzinger, en una conferencia en mayo del año 2004,al manifestar que uno de los problemas de Europa y en realidad de todo Occidente es: “occidente sí intenta laudablemente abrirse, lleno de comprensión a valores externos, pero ya no se ama a sí mismo; sólo ve de su propia historia lo que es censurable y destructivo, al tiempo que no es capaz de percibir lo que es grande y puro. Europa necesita de una nueva aceptación de sí misma, si quiere verdaderamente sobrevivir”.

Pero esto no es un problema de católicos exclusivamente,  Marcello Pera, Presidente del Senado italiano en 2007 y profesor de Filosofía de la Ciencia, y no creyente declarado, escribió: “La tolerancia se convierte en indiferencia; Europa quiere el diálogo, pero no sabe pronunciar el pronombre “yo”, pretende ser sabia y anciana pero ya no reconoce los fundamentos de su presunta sabiduría…”. “Se da también el malestar espiritual y una crisis de identidad que surgió ya antes de la guerra y del terrorismo”, (…)“El malestar es también social: inmigración, seguridad, multicultura entendida como agregación de mónadas, malestar intelectual, relativismo según el cual todas las culturas y las civilizaciones son equivalentes y no pueden jerarquizarse, lenguaje políticamente correcto en el que la palabra “mejor” está prohibida y sólo se aplica a corbatas, postres y no a culturas, etc.”[8]

Si esto acontecía en 2007, a partir de entonces y, sobre todo, tras las crisis económicas, de defensa (guerra en Crimea) y de inmigración, de los últimos años, los procesos nacionalistas disgregadores se han ido haciendo fuertes en Europa. La Unión Europea dice defender determinados valores: respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos…pero, en ocasiones, no parece que su aplicación sea realmente efectiva. Nadie niega la bondad y absoluta necesidad de mantenerlos, pero sin olvidar los orígenes y aquello que nos hizo fuertes. O se mantiene la unidad con convicciones firmes o volveremos al mero intercambio de mercancías. No estaría de más pararse a pensar hacia dónde queremos ir. La tensión permanente del mundo no permite ambigüedades y debilidades. En este momento ya son muchas las voces pesimistas que consideran que los fenómenos inmigratorios hacen imposible el mantenimiento de los principios europeos, simplemente, porque no creemos en ellos y no los defendemos. El futuro dirá si tienen razón o aún hay posibilidad de revertir el proceso.

[1]“De los nombres de Cristo”. Príncipe de La Paz.

[2]San Agustín. La ciudad de Dios. Ed B.A.C. Tomos XVI-XVII

[3]Manual de la UNED. “Historia de la Integración Europea”

[4]Stefan Zweig.” La tragedia de la falta de memoria”1919. Recogido en el libro: El legado de Europa. Ed Acantilado 2003 (sexta reimpresión-2018)

[5]Web de la Unión Europea.

[6]También se consideran padres fundadores de la unión europea a Winston Churchill- fue de los primeros en propugnar unos estados unidos de Europa (1946). Walter Hallstein primer Presidente de la CEE, trazó las líneas del tratado de Roma desde un punto de vista independiente y europeísta. Paul Henri Spaak – de firme vocación europea, estaba a favor de unir los países mediante tratados vinculantes para garantizar la paz y la estabilidad. Logró contribuir a estos objetivos como Presidente de la primera sesión plenaria de las Naciones Unidas y posteriormente como Secretario General de la OTAN-.Alterio Spinelli- Fue responsable de una propuesta completa del Parlamento Europeo de un Tratado para una Unión Europea federal. Sirvió de inspiración a los tratados de los años 80 y 90 del Siglo XX ( También de la Web de la UE)

[7]Juan Pablo II Encíclica “ Dominum et vivificantem” 1986

[8]Entrevista recogida en Periodistadigital.com.

http://sotodelamarina.com/2007/Noticias200710/Q1/20071008papado.htm

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