La Semana Trágica de Barcelona

El 24 de enero de 1907, recibía Don Antonio Maura el encargo de formar gobierno como jefe del partido Conservador. El rey volvía a confiar la gobernabilidad de España a uno de los grandes partidos tradicionales. Si inicia así el llamado “gobierno largo” de Maura, duró 3 años, por diferenciarlo de su gobierno corto de diciembre de 1903 a diciembre de 1904. Lo cual también da idea de la fragilidad de los gobiernos de la época.

El programa político de Maura se fundamentaba en lo que él llamó “Revolución desde arriba”; que no era otra cosa que la reforma, desde las instituciones, del régimen político nacido en la Restauración. Su finalidad era el acercamiento del sentir popular a la Monarquía y el fin del caciquismo. No lo pudo completar por el estallido de la “Semana Trágica”.

La crisis de 1909 es conocida historiográficamente como la” Semana Trágica de Barcelona”. Esa semana fue la que transcurrió entre el 26 y el 30 de julio, si bien algunos autores suelen fechar los coletazos de la misma hasta el 2 de agosto. Afectó esencialmente a la ciudad de Barcelona y tuvo alcance en otras ciudades catalanas.

Fue aquel conflicto urbano el que abrió un profundo cambio para Maura, para su partido, para la distribución de fuerzas parlamentarias y para la Historia de España.

La “Semana Trágica” fue un movimiento insurreccional que nació como una protesta contra la guerra de Marruecos y se convirtió, repentinamente, en un motín popular, una huelga revolucionaria, dirigida por los sindicatos anarquistas y el radicalismo, en la que la violencia contra la Iglesia y el ejército fueron dominantes. En unas pocas horas, se extendió a toda Cataluña y si no logró su alcance al resto de España, fue por la habilidad de Juan de la Cierva, Ministro de Gobernación, de presentar la revolución ante la opinión pública como una revuelta nacionalista.

Anarquismo con antimilitarismo y anticlericalismo fueron las auténticas causas de una sublevación que, si bien se sofocó, volvió de modo recurrente, a España, tanto en la crisis de 1917 como posteriormente en la II República y quizá quepa preguntarse si alguno de sus elementos no sigue presente de manera endémica en nuestros días.

La protesta contra el llamamiento a filas de reservistas para la guerra marroquí no se dio sólo en Barcelona, también se produjo en Madrid, Zaragoza y otras ciudades. Sólo algunas capitales del Sur (Cádiz y Málaga) acogieron con cierta complacencia la situación. Se llamó a filas a reservistas que ya estaban casados, con hijos y con su vida hecha en el ámbito civil, sin haber movilizado antes a otras unidades del ejército regular. Se suma a esto que el ejército no gozaba de gran prestigio social debido a sus deficiencias estructurales y la ineficiencia que presentaban las fuerzas armadas,puesta de manifiesto en los procesos descolonizadores de América y Filipinas, a pesar de no pocos acontecimientos heroicos provocados por soldados o unidades militares españolas. Pero la propaganda mancilladera del movimiento colonial, seguidora de la leyenda negra, sobre todo, por parte de la izquierda, pudo más que los actos heroicos o el sufrimiento de nuestros soldados. Con esos antecedentes, la presencia en Marruecos y la guerra allí desatada fueron especialmente criticadas. A ello se unía que la leva podía evitarse abonando 6.000 reales al Erario. Es decir, los ricos podían evadir la guerra y, en cambio, eran las clases más populares las que acudían siempre en socorro de la patria. En estas condiciones que hubiera un levantamiento contra el ejército, no era de extrañar. Pero, además, en Cataluña concurrían otra serie de circunstancias que no estaban presentes en el resto de España: un sindicalismo especialmente activo, nacido en las fábricas catalanas, con tintes radicales y anarquistas. Estos convocaron una huelga general, que no era tanto laboral como política, alentada por un sector de la prensa. Especialmente destacada fue la proclama publicada el viernes 23 de julio en el periódico “La Internacional”, dirigido por destacados socialistas, en la que se pedía un acto de unidad sindical para convocar una huelga en toda España. El comité de huelga de Madrid la fechó para el 2 de agosto, pero, el de Barcelona, integrado por representantes anarquistas, de UGT y sindicalistas de Solidaridad Obrera, predecesora de la CNT, precipitó la protesta a la mañana del lunes 26 de julio, recabando la colaboración de militantes del catalanismo de izquierdas y del republicanismo radical.

La tarde del 26 de julio se decreta la ley marcial; lejos de mejorar la situación, el 27, se levantan barricadas, hay asaltos a armerías, proliferan los francotiradores contra las fuerzas del orden, se cortan todas las comunicaciones: telégrafo, teléfono; se vuelan puentes; se bloquean vías y carreteras y se provocan cortes de luz. Además de estos movimientos insurreccionales, las casetas donde se cobraban los impuestos de consumos fueron asaltadas y destruidas.

Pero la peor parte se la llevaron todos los símbolos religiosos. Así, de un lado, los colegios religiosos, atacados incluso por sus propios pupilos. Los revolucionarios acusaban a la educación religiosa de elitista. Favoreciendo así el incremento de una carencia de instrucción que sólo solventaban las escuelas de la Iglesia desde el siglo XIX y cuya catástrofe se materializó con la expulsión de los jesuitas durante la II República. De otro, las iglesias, conventos y cementerios, profanados y quemados total o parcialmente.  El punto culminante de la violencia anticlerical se produjo durante la “noche trágica”, del martes 27 al miércoles 28, en la que ardieron veintitrés edificios en el centro de la ciudad, ocho conventos en la periferia, y muchos religiosos sufrieron insultos y escarnios. No sólo los vivos, también se profanaron las tumbas de las monjas jerónimas y de las dominicas.

Surgió una furia sacrofóbica desconocida en España desde mediados del S.XIX y que no volvió con tanta virulencia hasta la II República. Se acusó de instigador al Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, profundo anticlerical. Pero nada se pudo demostrar contra él por estar en esos momentos exiliado.

Aquella revuelta demostró la ignorancia, sordidez y la negación de la razón que tuvo aquel levantamiento. Pabón lo ha definido como “Explosión perfectamente carpetovetónica”.

Los levantiscos no tenían banderas, ni lemas, ni más principio político ni social salvo sus gritos de “Viva la República”. De hecho, se proclamó la república en una decena escasa de poblaciones catalanas.

En medio de este barullo, parecía que una fuerte represión era el único medio para sofocar el conflicto y a ello se entregó con denuedo el Ministro de Gobernación. Dio orden a la policía de detener a cualquier sospechoso; se practicaron cientos de detenciones, clausuraron casas del pueblo, las escuelas laicas y se controlaron los sindicatos. Comenzaron rápidamente los juicios sumarísimos, los tribunales militares acordaron sus sentencias y condenas, algunas de ellas a la pena capital.

El balance de la semana en cifras fue de 78 muertos, 153 heridos graves y más de un centenar de edificios incendiados, 63 de los cuales eran religiosos. En cuanto a la cuantificación de los detenidos y procesados: se detuvieron a más de un millar de personas, de ellas, 700 fueron juzgadas; 59, condenados a cadena perpetua y 17, a muerte.

Especialmente significativa fue la condena a muerte de Ferrer Guardia, anarquista y antiguo terrorista que fue considerado, con indicios más que pruebas, responsable de la sublevación. Quizá fuera responsable moral, pero no está clara su implicación material. Solicitado su indulto, el Gobierno no se lo concedió. Fue ejecutado el 13 de octubre.

Se inició una campaña internacional terrible, llena de imprecaciones a España y a la tradición histórica española, que acabó siendo secundada, en parte, por la prensa nacional. En el caso doméstico, inicialmente, por la prensa de izquierdas contra la Ley de Represión del Terrorismo y, gradualmente, por los periódicos liberales: El Liberal, El Imparcial, El Heraldo de Madrid a los que se acabaron uniendo algunos de talante conservador como ABC y El Mundo.

Se desencadenó, así, un frente antimaurista al grito de ¡Maura, no!, entre cuyas consecuencias directas destacan:

  1. La alianza de los partidos republicanos al formar en otoño la conjunción Republicano-socialista.
  2. La pérdida de confianza del Rey, que, en vez de defender a su Gobierno, temió la pérdida de la Corona y entregó, en octubre de 1909, el poder a los liberales.

A partir de lo anterior:

  • La idea de Maura de iniciar un acercamiento al catalanismo conservador de Cambó y la Lliga, como medio de calmar los ánimos e incluir el catalanismo en la senda constitucionalista, tuvo su primer fracaso.
  • Se produjo un enfrentamiento del conservadurismo español, en su ala más radical, con la monarquía, especialmente cuando entendieron que el Rey entregaba el poder a grupos anticonstitucionales (izquierda más liberales).

El Gobierno pasó a manos liberales, primero a Moret y después a Canalejas, el artífice de una paz poco valorada.

Canalejas logró en tres años estabilizar el País sin necesidad de modificar la constitución, realizando las siguientes reformas:

  • Aprobó unos presupuestos más sociales.
  • Redefinió las relaciones Iglesia-Estado, que le trajo considerables disgustos sobre todo porque la Ley del candado le provocó un fuerte enfrentamiento con los sectores católicos y el Vaticano. Se trató a Canalejas, católico convencido, como a un anticlerical. Especialmente ácidas fueron las discusiones por la ley de asociaciones en la que quería incluir a las congregaciones y órdenes religiosas.
  • Modificó del artículo 11 de la CE para buscar un nuevo sistema de reclutamiento.
  • Suprimió del impuesto de consumos
  • Fortaleció la posición española en Marruecos
  • Provocó una orientación descentralizadora del Estado con la Ley de Mancomunidades
  • Creó un Servicio Militar obligatorio.

Canalejas fue un auténtico hombre de Estado, un gobernante capaz y un gran español. Asesinado, el 12 de noviembre de 1912, por un anarquista, Cambó dijo a su muerte:” España ha perdido al más capaz de sus hombres públicos. Cataluña ha perdido uno de sus grandes amigos”.

Le sucedieron en el Gobierno Romanones y Eduardo Dato. Dato, también asesinado por un grupo de anarquistas, en un momento en el que a Cataluña y, más en concreto, a Barcelona, volvían los desórdenes públicos. Una violencia congénita en la ciudad por causa del anarquismo y el sindicalismo radical.

Esa violencia congénita permitió que la Semana trágica cuajara en Barcelona, porque como señaló el Gobernador Civil de Barcelona en 1909, Ángel Ossorio y Gallardo, en sus memorias: “En Barcelona, la revolución no “se prepara”, por la sencilla razón de que está “preparada” siempre… Asoma a la calle todos los días; si no hay ambiente para su desarrollo, retrocede; si hay ambiente, cuaja.”

Y continúa: “Por eso sostengo que en los tristes sucesos de julio hay que distinguir dos cosas: la huelga general, “cosa preparada y cocida”, y el movimiento anárquico-revolucionario, de carácter político, “cosa que surgió sin preparación”.  Porque vivía allí, añado yo. Me pregunto si sigue viviendo.

BIBLIOGRAFÍA:

Ángel Ossorio y Gallardo. “Barcelona. Julio de 1909: declaraciones de un testigo”. Madrid, Ed. Ricardo Rojas.1910

Roberto Villa García “España en las Urnas. Una historia electoral”. Madrid, 1916. Ed. Libros de la Catarata.

Jesús Pabón. ” Historia Contemporánea General”. Ed. Labor. Barcelona. 1970

Gabriel Maura Gamazo- “Por qué cayó Alfonso XIII”. Madrid. Ed. Ambos Mundos. 1947

Aguado Bleye. “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963

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