¿LLEGARON LOS CELTAS A GALICIA?

Dedicado a los que cumplían y a los que cumplen años el 11 de noviembre.

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Este es un asunto muy controvertido en Galicia por cuanto el sustrato celta, si es que existió, sirve de excusa a los nacionalistas para identificar Galicia como nación.

Dejaremos las “nacioncinas” patrias a un lado para intentar analizar la situación desde un punto de vista más científico, dentro de lo que en este corto espacio se puede profundizar.

¿Quiénes fueron los celtas?

Debemos remontarnos a la prehistoria para contestar. Encontrar certezas en unos orígenes que se remontan a la Edad del Bronce, es complicado. Pero algunas cosas se saben o se intuyen con cierta seguridad.

En una contextualización rápida debemos señalar que la terminología de Edad del Bronce se empleó por primera vez en 1820 y se debe al arqueólogo danés Chistian Jürgensen Thomsen. Con ella señala una época que se caracteriza en el Próximo Oriente y Europa por la aparición de la metalurgia (hay más indicios de edades metalúrgicas en otras partes de la Tierra, pero no coinciden cronológicamente). Jürgensen clasificó la Edad del Bronce en Bronce antiguo, Bronce medio y Bronce final. Aunque, normalmente, se suele ordenar por las etapas anterior (Edad del Cobre) y la posterior (Edad del Hierro).

La edad del Bronce final nos sitúa en torno a unos mil años antes de Cristo, por entonces, en centro Europa, existían una serie de tribus de perfil muy guerrero con elementos comunes de raíz indoeuropea. Tenían algunas costumbres comunes, no sabían escribir y sus lenguas tenían algunos términos semejantes. Es decir, no se trataba de una única tribu sino de varias y dispersas. El profesor Caro Baroja, en sus estudios etnográficos sobre el origen de la cultura, señala como, desde los primeros asentamientos, el hombre realiza algunas cosas igual que sus semejantes bien porque las condiciones geográficas o etnográficas así lo determinaron o bien, como también sostenía Levy, por el intercambio de habilidades, utensilios o formas de hacer  a través de las comunicaciones que nacían de unos poblados y al modo de los círculos concéntricos, como ondas expansivas, se van transmitiendo a otros pueblos. Estas pueden ser las razones para encontrar estos rasgos comunes entre tribus dispersas. Esos rasgos semejantes permitieron a los griegos unificarlos e identificarlos con un solo nombre: celtas. Entre esas tribus no había ni unidad política ni social y, tampoco está claro, identidad étnica (este punto no es posible asegurarlo ni desmentirlo con los hallazgos arqueológicos que poseemos). Aunque fueron los griegos los primeros que utilizan esa denominación, la mayor parte de las características de estos pueblos nos han llegado gracias a los romanos.

A partir de aquí, saber cómo se expanden los celtas se convierte en una tarea llena de especulaciones. Sabemos por los romanos que, en el S. IV a. C., los celtas atacaron lo que hoy es el norte de Italia y los Balcanes y parece que llegaron a Anatolia. En el Siglo II a. de C. los romanos dan cuenta de su presencia en “Hispania”, a pesar de que algunos autores suelen situarlos en la península desde el S. VIII.

Sobre su llegada a la península se mantienen tres teorías:

1) Plinio el Viejo afirma que los celtas tienen su asiento primero en la Lusitania y desde ahí ocupan el resto de la península.

2) P. Bosch Gimpera, establece la llegada de los celtas en razón a distintas oleadas invasoras desde Centroeuropa.  En la segunda de esas grandes oleadas, una de las tribus celtas (los sefes) en torno al siglo II a. de C., presionados por pueblos germánicos, bajaron hacia el Pirineo occidental. Desde allí se adentraron en la península en tres direcciones: hacia el norte, por la cordillera cantábrica, llegando a Galicia; por el centro hacia el oeste, acabaron en Salamanca y Extremadura y, hacia el sur, asentándose en torno al sistema ibérico, llegaron hasta Teruel, Cuenca y las estribaciones del sistema montañoso entre el maestrazgo y la sierra de Espadán (actual provincia de Castellón).

3) Señala que los celtas nacen en Galicia y desde allí se diseminan por Europa.

Fuera como fuese, estos pueblos celtas no entraron y se asentaron sin tener contacto con la población de la península. Su interacción es evidente. Una de las mejores pruebas estriba en que aquellos pueblos centro europeos que no sabían escribir, empezaron a utilizar la escritura íbera en las zonas que rondaban el sistema montañoso ibérico (celtíberos) y todos, en cualquier lugar de la península, comenzaron a hablar y a escribir en latín en cuanto se tropezaron con los romanos. Utilizaban el latín con las peculiaridades que les daban sus propias lenguas de origen, que no eran una sino varias, quizá todas de origen indoeuropeo, pero sin que los conocimientos actuales nos permitan una mayor diferenciación. De las lenguas celtas, sólo quedan restos vivos actualmente en el bretón, el córnico, el gaélico escocés, el galés, el irlandés y el manés. No en el gallego ni en el portugués.

En España, los trabajos de arqueólogos y lingüistas, no permiten obtener una teoría clara sobre el origen de los celtas en España ni de las lenguas que hablaban al llegar ni de la evolución de las mismas salvo lo ya señalado de su evolución dentro del latín.

Centrándonos en Galicia, ¿llegaron los celtas a Galicia?

Parece que llegar, llegaron. Ahora bien, como fue esa llegada y asentamiento es otra cosa.

En primer lugar, los restos arqueológicos en la Edad de Hierro nos hablan de una zona con pocos restos metalúrgicos y pocas armas. Por tanto, cabe hacer una primera conclusión: aquellos que se asentaron en Galicia no eran los feroces guerreros de Centroeuropa, o, si lo fueron, quedaron muy amansados tras su posicionamiento en España.

No podemos saber si tenían una identidad lingüística, por cuanto lo que nos ha llegado de su idioma es a través de las inscripciones en latín, sin que eso nos marque diferencias significativas frente a otras lenguas locales que se daban en zonas limítrofes y que nos han sido transmitidas de igual forma.

Por el contrario, sí había algo que los distinguía y acercaba a los celtas centroeuropeos: las construcciones megalíticas casi siempre funerarias, tan comunes en otros lugares europeos y los castros. Éstas se extendieron por otras zonas de la península, sobre todo, en la zona cantábrica y más concretamente en Asturias, de modo que no se puede decir que fueran exclusivas de aquellos pueblos asentados en Galicia, aunque sí, preeminentes en la zona.

Los castros son fortificaciones circulares cuyo origen se data en el siglo VI a de C. Con ellas se formaban poblados carentes de calles que se situaban en zonas naturalmente protegidas: promontorios, mesetas elevadas, revueltas de ríos, penínsulas. Se solían situar cerca de aguas dulces y no muy lejos de llanuras de pastoreo. Además de las defensas naturales, se solían proteger por fosos, parapetos y murallas que preservaban la zona habitada. En ocasiones, en sus cercanías o accesos había un torreón (castellas, en gallego).

Su mayor auge se cree que se dio en el S.II a de C. y con la llegada de los romanos se produjo un doble efecto, de un lado, se destruyeron algunos; de otro, los romanos reocuparon y reconstruyeron los castros para uso de sus propias tropas y población frente a los ataques de otras tribus.

De todos modos, la región debía tener algún rasgo propio que permitió a los romanos darle nombre común (Callaecia o Gallaecia, según los autores). Pero esa identidad puede ser por razones geográficas, por ejemplo, por diferencias frente a la cordillera cantábrica de las tierras colindantes, o por razón de las costumbres (entre las que cabe incluir los mámoa o los  Castros) o por otras que se nos escapan en la actualidad o por una mezcla de todas ellas.

Quien más ha estudiado la presencia, o no, de los celtas en Galicia fue el profesor Gerardo Pereira-Menaut (Santiago de Compostela, 1946-2015), entre otras cosas, Catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Santiago de Compostela.

Son varias sus obras publicadas a este respecto. Una de ellas, El celtismo de Galicia. Ciencia y leyenda reconciliadas, me sirve de inspiración en este hilo.[1]

No está tan claro para el profesor Pereira- Menaut que los celtas, con todas las características propias de las tribus centroeuropeas, se asentaran en Galicia. Es comúnmente aceptado por la historiografía que esta idea impregna el imaginario colectivo en el siglo XIX a través de los autores románticos. Los Románticos llevaron el nacionalismo por toda Europa con sus obras, especialmente en Alemania con Goethe. Ese romanticismo literario inspiró la política y, en España, unida a la inestabilidad política y las dificultades acaecidas durante la Restauración, impidieron una explicación coherente del idealismo de estos movimientos que nada tenían que ver con la historia real, generándonos unos problemas que aún padecemos.

El profesor busca fundamentos en tres líneas de investigación: autores clásicos, lingüistas y etnógrafos.

Ya hemos visto como algunas de esos caminos no nos llevan a ninguna conclusión clara.

En materia lingüística, añade, sobre lo ya visto, una crítica a los autores románticos que realizaban asociaciones de nombres, recogidos por los autores clásicos, queriendo darles un origen celta que no es demostrable. Es más, en las inscripciones romanas aparecen algunos nombres no romanos que pueden tener origen celta o de otras tribus asentadas en la zona, y siempre son palabras escasas que aparecen de manera puntual y no reiterada. Llegando a la conclusión primera de este hilo: la población estaba mezclada con otras tribus, de modo y manera que, si hubo celtas en Galicia, estos no estaban solos ni se mantuvieron aislados de esas otras tribus. Su desarrollo, no pudo ser muy diferente al de los celtíberos del nordeste.

Veamos la línea etnográfica. Pereira-Menaut, en la obra mencionada, afirma que “la genética no va nunca a establecer un “carnet de identidad genético celta”, sencillamente porque no existe tal cosa.”

Para estos estudios se fundamenta en lo que el profesor Ángel Carracedo (catedrático y director del Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Santiago de Compostela)ha analizado y concluido desde hace más de dos décadas.

Carracedo asevera que “la genética sólo puede averiguar si un pueblo tiene un origen genético común o relacionado, por sus cromosomas o por el ADN mitocondrial”. Descartando, de esta forma, que la genética pueda confirmar que Galicia es celta.[2]

Lo que sí permite distinguir la genética es la existencia de dos grandes grupos genéticos en Galicia: uno que ocuparía la zona norte y centro, y otro que ocuparía el sur de Galicia y el norte de Portugal. Sin que se puedan sacar conclusiones generales al respecto. “Carracedo, en la conferencia “Los movimientos de población del Noroeste gallego a la luz de la genética” durante el III Congreso Internacional sobre la Cultura Celta (2011),confirmó que Galicia sirvió como refugio glaciary que, después de las glaciaciones, parte de esta población se desplazó a Inglaterra e Irlanda. Pero, a pesar de esta afirmación, quiso dejar claro que él, cuando se refiere a los movimientos de población, no habla de celtismo, ni de culturas o lenguas, sino de genética de los pueblos”.[3]

Hablaremos, por último, de un aspecto cultural, la música y en concreto de la gaita. La gaita es un instrumento muy extendido por toda Europa. Su origen es discutido, algunos señalan que su origen es indio, otros que nace en los pueblos babilónicos. Existen representaciones en Egipto en las que músicos tocaban un instrumento semejante a la gaita actual. Los celtas, los hebreos y los fenicios también lo utilizaron (posiblemente por su origen fenicio se extendió su uso por las Baleares). Es comúnmente aceptado que los romanos la extendieron a toda Europa, tanto en territorios supuestamente celtas como en otros que no lo son. A finales del S. XV este instrumento perdió popularidad, salvo en las regiones españolas de Galicia, Asturias, León, Cantabria, Mallorca y en las europeas de: Escocia, Inglaterra, Francia y la baja Bretaña. También en Suiza existe tradición gaitera.

Tampoco, por aquí vamos a encontrar una identidad propia de los celtas.

La realidad científica, parece que discurre por unos caminos ajenos a los que el relato imaginario (y a veces político), lleno de tergiversaciones históricas, pretende llevarnos. Eso no quita belleza a las leyendas de Breogán, de los druidas, a los monumentos megalíticos (Monte Seixo, entre otros), los petroglifos (el laberinto atlántico de Mogor, por ejemplo) o al sonido de la gaita. Pero, esas leyendas o supuestos misterios mágicos, como los sueños de Segismundo, leyendas son. Por lo menos, la ciencia, en este momento, no cuenta con elementos para darlos validez. Es posible que los nacionalistas tengan que remontarse nada menos que al Neolítico o, como muy cerca, a la Edad del Bronce, cuando casi nada se puede demostrar científicamente, para encontrar un elemento singular de Galicia ajeno a lo que es España; pero si lo analizan racionalmente, si hay que ir al S.VIII a de C. cuando nada era lo que es, es que no hay donde agarrarse para mantener esas teorías. En el S.VIII a de C. todos teníamos elementos diferenciadores y, al tiempo, todos empezábamos a ser iguales. Las tribus asentadas en la Península discurrían en común, se mezclaban y su devenir histórico fue el mismo, el que hace de España una nación única y espléndida.

[1]Gerardo Pereira-Menaut. “Elceltismo de Galicia. Ciencia y leyenda reconciliadas”. Museo de Pontevedra. 2007

[2]Entrevista al profesor Carracedo,  en el diario “ El Mundo” el día 15 de abril de 2011.

[3]Diario “El Mundo”, 15 de abril de 2011

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