Villanos. EL PACTO DE SANTOÑA

En este hilo vamos a reseñar un acontecimiento histórico, demasiado tiempo oculto por la vergüenza y la ignominia que entraña para sus autores. Se trata de la demostración de la traición del PNV al bando republicano durante la guerra Civil. Aunque cabría preguntarse, si realmente la traición no fue a los vascos no nacionalistas pensando únicamente en una salida airosa para los peneuvistas.

Quizá a nadie le sorprenda la existencia de un hecho histórico en el que el PNV actúa como traidor. Lo que quizá llama más la atención es que el PNV siempre obtiene réditos de sus traiciones.

Se conoce como pacto de Santoña al acuerdo firmado el 24 de agosto de 1937 entre los representantes del PNV y los representantes del ejército italiano en España para la rendición del ejército vasco (que luchaba en el bando republicano) a los italianos y, por ende, al bando nacional durante la Guerra Civil.

No se puede entender las implicaciones del llamado pacto de Santoña sin atisbar los entresijos de la contienda en aquel momento.

Franco había priorizado la conquista del frente norte, en lo que todos los expertos han considerado una maniobra muy arriesgada, por cuanto dejaba el centro de la Península a merced del ejército republicano. Largo Caballero vio en ello una oportunidad única de hacerse con el control de la España central, aprovechar el saliente del frente populista al sur del Tajo, (que se extendía desde el sur del Tajo hasta Extremadura), con 75.000 hombres buscando así romper la continuidad geográfica de zona nacional. A esto lo llamó el “Plan P”. Sin embargo, como tantas veces en el bando republicano, las peleas internas acabaron con toda buena iniciativa. Los comunistas que hacía tiempo que querían destituir del mando a Largo, pensaron que, saboteando el Plan, tendrían más fácil su derrocamiento; de otro modo, Largo se afianzaría en el poder. Así que, los comunistas se encargaron de imposibilitar el Plan P y perder una gran oportunidad de cambiar el signo de la guerra.

Otro acontecimiento tendrá cierta repercusión en la zona. Tras demostrar su fidelidad y buen hacer en la zona de Valencia, el General Gamir es destinado, a finales de mayo de 1937, a la zona cantábrica, para hacerse cargo de las tropas republicanas en el País Vasco. Allí, realmente, coexistían dos ejércitos: el regular republicano y el de los gudaris vascos, éstos últimos con la condición de pelear sólo en territorio vasco y navarro. Dos ejércitos con mala convivencia entre sí, lo que llevó al Lendakari Aguirre a exigir la sustitución de Francisco Llano de la Encomienda al frente del ejercito republicano. Cuando Gamir llega al País Vasco, la situación en el norte es sumamente compleja. Existían fuertes fricciones entre batallones comunistas, socialistas y anarquistas y los batallones vascos. Gamir, de origen vasco, aunque nacido en Cuenca, reorganizó los mandos de las fuerzas republicanas en Vizcaya y logró que Aguirre cediera el control que tenía sobre el antiguo ejército vasco, el motivo más importante de los enfrentamientos de Aguirre con Llano de la Encomienda. Fue una cesión más aparente que real, como se demostró ante el rápido avance de los nacionales que puso muy nerviosos a los republicanos, sobre todo a los vascos.

Ante la eventualidad de que los nacionales entraran en Bilbao, Prieto ordenó extremar la defensa de la capital vizcaína y, en caso de retirada, incendiar la ciudad, sobre todo, los altos hornos. Sin embargo, el PNV impidió cualquier destrucción. Ya para entonces los gudaris habían entrado en contacto con las brigadas italianas “Flechas negras” y la defensa de Bilbao se hizo de manera conjunta por vascos e italianos. Es decir, habían entregado Bilbao a los nacionales traicionando a los republicanos que en aquel caso estaban representados por batallones de santanderinos y asturianos dispuestos a seguir fieles a la República y cumplir las órdenes de Prieto.

En la rendición de Bilbao, como preludio de la de Santoña, los comandantes Gudaris con todos sus hombres, se rendían al tiempo que hacían entrega de camiones con decenas de armas y municiones todas de fabricación vasca. Bilbao se rindió a los españoles, Baracaldo a los italianos. Es de reseñar que mientras que los republicanos que se entregaban lo hacían tras combatir, y se rindieron en contados casos casi siempre individuales o de pocos soldados, los nacionalistas rindieron unidades enteras, pactadas de antemano (unos 10.000 hombres). Para completar la ignominia, en una ciudad hambrienta, los jefes de los bravos gudaris prepararon una celebración con los italianos entre caviar y champán, “la cena de las estrellas”.

Aquellas negociaciones con los italianos se habían iniciado el 11 de mayo de 1937 y concluyeron a finales de agosto con el pacto de Santoña. Los negociadores eran, según los momentos, por la parte vasca, Juan de Ajuriaguerra, presidente del BIZCAI BURU BATZAR y Alberto Onaindía, sacerdote nacionalista; y, por los italianos, Francesco Cavalletti, el cónsul en San Sebastián, y más tarde el yerno del DUCE y Ministro de exteriores: el Conde Ciano.

Las primeras citas se convinieron en un caserón de San Juan de Luz.

Desde el primer momento Francisco Franco estuvo informado de las negociaciones, a través de los italianos, al igual que el Vaticano a través de los vascos. La mediación de la Santa Sede para poner fin a la guerra y evitar la destrucción de Euzkadi fue desde el inicio del conflicto un objetivo del PNV”.[1]

Pero no sólo ese era su objetivo, su intención era salvar a los dirigentes y miembros destacados del PNV, sacándolos de España hacia Gran Bretaña.

La negociación con los italianos no se entiende sin recordar que el PNV era el único partido fuertemente derechista y católico del bando republicano. Habían hecho valer sus contactos en el Vaticano para no ser molestados por los republicanos. El motivo era un interés mutuo: de un lado, al Frente Popular le interesaba ese apoyo del Papa a fin de limar la mala imagen que tenían fuera de España por la persecución a los católicos, la quema de iglesias y demás desmanes genocidas cometidos en aquellos años contra los hijos de la Iglesia. Por otro, al PNV, le interesaba la República porque sabían que de ella se podía esperar una independencia del País Vasco; de los nacionales, no.

La posición del PNV, tras la feroz persecución sufrida por la Iglesia hacía escandalizar a propios y extraños. Sin embargo, el presidente del Gobierno Vasco, Aguirre y otros distinguidos peneuvistas no querían dejar pasar la ocasión de lograr sus fines políticos a costa de lo que fuera. De hecho, no empezaron a combatir hasta que no se firmó el estatuto de autonomía.

Aguirre estaba convencido de la victoria republicana hasta que la velocidad de avance nacional en el norte, le hizo dudar. Así que, empezó a negociar con el bando nacional. Lo hizo casi al modo ladino italiano que tradicionalmente tenía acuerdos con todos los bandos a fin de inclinarse por el que le venía mejor en cada caso (cabe recordar los pactos de los trasalpinos previos a la Primera Guerra Mundial).

Entregado Bilbao (19 de junio), la guerra se traslada a Santander y algunas zonas limítrofes de Vizcaya.

Las negociaciones entre los nacionales españoles, los fascistas italianos y los vascos continúan a lo largo del mes de junio buscando, ahora, la mediación del Vaticano. El primer acuerdo fue el 25 de junio en Algorta, el llamado Acuerdo de Algorta. Primera parte de lo que será el Acuerdo de Santoña. Para continuar con las negociaciones los firmantes creyeron conveniente visitar al conde Ciano,ministro de Asuntos Exteriores de Italia y yerno de Mussolini. En un momento de las conversaciones, el Canciller consultó la posición del Duce, el cual envió un telegrama a Franco, exponiendo los deseos vascos para llegar a una completa rendición. Mussolini apoyaba sus intenciones porque “se trata de católicos fervientes que se han equivocado, pero que son -en su casi totalidad- recuperables para nuestra España”. El 8 de julio, Ciano leyó la contestación de Franco a los delegados vascos. El general español le decía a Mussolini que “podéis dar por aceptado cuanto me habéis trasladado”, pero también mostraba su escepticismo: “Considero difícil que las fuerzas vascas obedezcan las órdenes de Aguirre, ni que los rojos le dejen darlas. La entrega de los vascos, si se lleva a cabo, facilitaría la guerra grandemente, pero en Asturias pueden y seguramente tratarán de extremar la resistencia”.[2]Para evitar cualquier problema, se implicó al Vaticano en la negociación.

Aquellas conversaciones llegaron oídos del Gobierno Republicano al interceptar un telegrama en el que procedente del Vaticano se dirigía a Aguirre, con el siguiente contenido:

“Tengo el honor de comunicar a vuestra excelencia que los generales Franco y Mola, interrogados expresamente acerca del asunto, han hecho conocer ahora a la Santa Sede las condiciones de una eventual rendición inmediata de Bilbao. 1: se empeñan en conservar intacto Bilbao. 2: facilitarán la salida de todos los dirigentes. 3: completa garantía que el ejército de Franco respetará personas y cosas. 4: libertad absoluta para los milicianos soldados que se rindan con las armas. 5: (…). 6: serán respetadas la vida y los bienes de aquellos que se rindieren de buena fe, aún para los jefes. 7; en el orden político, descentralización administrativa en la misma forma que la disfruten otras regiones. 8; (…), el Santo Padre exhorta a vuestra excelencia a tomar en atento y solícito examen dichas proposiciones con el deseo de ver finalmente cesar el sangriento conflicto. Cardenal Pacelli.”[3]

Azaña mandó llamar a Aguirre por no tener seguridad de si él estaba plenamente implicado en aquella traición o no. Azaña sospechaba de Aguirre y con razón, sin embargo, el vasco se desenvolvió en la entrevista con suma habilidad, pero con propuestas un tanto incomprensibles, como la de enviar las tropas vascas a luchar a Huesca. Este original proyecto era incoherente con la imposición previa de apoyar a la República sólo dentro del territorio vasco y, estratégicamente, resultaba desastrosa al dejar a santanderinos y asturianos debilitados en el frente norte. Se cree que el PNV buscaba sacar sus tropas del frente de batalla de cualquier modo, pero sin llevarlas a combatir a ningún sitio.

Ni Azaña ni los republicanos hicieron público este telegrama, no les interesaba demostrar la traición del PNV, ni por razones internas- suponía una muestra más de la desunión republicana y hubiera desmoralizado a las tropas- ni por razones externas- mostrando a todo el mundo sus grietas internas-.

Mientras esto pasaba, en torno a Madrid, se desarrolló la batalla de Brunete (julio de 1937). Sin un vencedor claro, la ofensiva republicana pretendía aliviar la presión sobre el frente norte. Lo consiguió relativamente, al suspender Franco la ofensiva cantábrica; pero Brunete terminó con gran número de muertos de ambos bandos, se considera una de las batallas más sangrientas de la guerra, y sólo detuvo y retraso el enfrentamiento en el norte durante un mes.

Con todo, el respiro dado por la batalla de Brunete permitió a Gamir reorganizar las tropas y enviar refuerzos al norte, no tanto con la pretensión de ganar la zona como la de intentar retrasar las ofensivas nacionales y aguantar hasta que el invierno dificultase el avance de Franco. Por este motivo, Gamir lanzó dos ataques, uno para conquistar Oviedo y otro para liberar Vizcaya. Este segundo fue saboteado por el PNV. El 31 de julio los nacionalistas ya habían decidido entregarse a los nacionales. Los primeros pasos dados con el acuerdo de Algorta, se afianzan, si bien y como siempre, con el PNV nadando entre dos aguas. Así, entre los acuerdos firmados, llegan a proponer el lugar por el que los nacionales debían atacar en Santander para simular que los gudaris quedaban rodeados en el oriente de Vizcaya y justificar así su rendición. La indicación señalaba que los nacionales deberían atacar por Reinosa y el Escudo para ocupar Torrelavega y Solares, los dos puntos estratégicos de las comunicaciones con Santander y Asturias. El acuerdo también incluía que los dirigentes vascos, las tropas nacionalistas y sus seguidores pudieran embarcar camino de Gran Bretaña, en barcos ingleses contratados a tal fin. Para hacer más creíble la situación, el PNV ordenó avanzar a sus tropas hasta Santoña. La población de Santoña se sitúa sobre una península, rodeada por el mar, el estuario del río Asón y por marismas, toda ella dominada por el Monte Buciero, lo que le concede una privilegiada situación estratégica y, al tener un excelente puerto, la península ha sido robustamente fortificada desde antiguo. Allí acamparon tres batallones de la 50 División de Choque vasca, ligados al PNV, por orden de los dirigentes vascos, abandonando así las posiciones que tenían previamente en Vizcaya. Eso ocurrió la noche del 21 al 22 de agosto. En los días posteriores de sumaría 12 batallones más.

El 23 de agosto, un grupo de peneuvistas asentados en Santoña declararon la “República de Euzkadi”. La declaración se extendió a Laredo y otros pueblos de alrededor. Es decir, que la primera vez que se declara la república vasca se hace fuera del territorio vasco y por pocas horas porque la situación inmediata fue la rendición; la cual se produjo tras la firma del Pacto de Santoña, el día 24 de agosto. Unos 30.000 hombres, todos bravos gudaris, se rindieron con armas y bagajes, sin pegar un tiro, sin derramamiento de sangre y lo hicieron ante unos siete u ocho mil italianos. Fue una rendición memorable, la proporción era de unos 3 vascos por cada italiano.

El acuerdo conllevaba un trato de favor: se rendían a cambio de que respetasen la vida de sus soldados y fueran considerados prisioneros de guerra bajo la soberanía italiana, permitiendo evacuar en barco hacia Gran Bretaña a los dirigentes políticos del PNV, funcionarios vascos y a los oficiales que lo deseasen. En aquel momento los vascos aceptaron la rendición sin ulteriores condiciones, aunque trataron inútilmente de conseguir unas mayores garantías del coronel Farina, jefe del estado mayor de las fuerzas italianas. Tal situación se produce la noche del 25 de agosto, después de dar muchas largas a los nacionales a la espera de que llegaran los barcos a puerto. Pero los barcos no atracaron hasta el día 26 en el puerto santoñés. Se trataba de dos buques mercantes ingleses Bobie y Seven Seas Spray procedentes de Bayona bajo la protección del destructor inglés HMS Keith. El 27 de agosto comenzó el embarque de los refugiados con pasaporte vasco. A las 10 del mañana, enterado el general Dávila, manda la inmediata suspensión de la operación y ordena el desembarque. Únicamente el mercante Bobie abandona el puerto con 533 heridos a bordo escoltado por el Keith. ​

Evidentemente, no todos los vascos se comportaron igual, tanto los partidarios de la república como los favorables al alzamiento lucharon adecuadamente, estamos hablando de la actuación del PNV que por salvarse ellos, traicionaron a todos, si bien, libraron al territorio vasco de cruentas batallas.

El franquismo se comportó generosamente con los peneuvistas, su represión, cuando la hubo, fue mucho más leve que la de otros, como los izquierdistas asturianos, sin tener presente que la represión interna republicana hacia la derecha en el País Vasco, aun bajo la presencia de los nacionalistas, aunque no participaran directamente en ella, fue mucho mayor que la sufrida por la derecha asturiana o santanderina, que tampoco fue menor.

En todo lo que antecede se muestra que el PNV no traicionó sólo a la Republica, también traicionó a los vascos no nacionalista y muy especialmente a los católicos no nacionalistas y a la derecha en su conjunto. Con todo, Franco no dejaba de tener motivos de agradecimiento hacia los nacionalistas vascos, no en vano, su rendición facilitó la victoria nacional en el frente norte y eso permitió a Franco afianzarse en el resto de la Península con la retaguardia asegurada y con el refuerzo industrial vasco.

Bibliografía:

  • PIO MOA. Los mitos de la Guerra civil. 8º Ed. Ed. La esfera de la historia. 2003.
  • CARLOS MARÍA OLAZÁBAL ESTECHA. “Pactos y Traiciones. Los archivos secretos de la Guerra en Euzkadi.” Tomo 2. Autor-Editorial. 2009.
  • XUAN CÁNDANO. El Pacto de Santoña (1937). La esfera de los libros. Colección: Historia del Siglo XX. 2006

[1]Xuan Cándano. El Pacto de Santoña (1937).  La esfera de los libros. Colección: Historia del Siglo XX. 2006

[2]Xuan Cándano. Op.Cit.

[3]CARLOS MARÍA OLAZÁBAL ESTECHA. “Pactos y Traiciones. Los archivos secretos de la Guerra en Euzkadi.” Tomo 2. Autor-Editorial. 2009

 

2 comentarios sobre “Villanos. EL PACTO DE SANTOÑA

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