EL MOTÍN DE ESQUILACHE

El gran historiador Domínguez Ortiz, en sus diversos estudios de la historia del Antiguo Régimen, siempre destaca el gran problema que suponía para la estabilidad política de cualquier país las hambrunas que se producían de cuando en cuando. En un momento de bajo desarrollo, con una economía dedicada a la agricultura, si en un año se daban malas cosechas, el hambre y la pobreza se extendían por todas partes.

España no era una excepción, la situación empezó a mejorar con las reformas ilustradas de uno de los mejores reyes de la Historia de España: Carlos III. Pero hasta ponerlas en marcha, los problemas con las cosechas y la manera de atajarlas, también le dieron disgustos.

Carlos III, accede al trono de España, tras el fallecimiento sin descendencia de su hermano Fernando VI. Carlos provenía de ser Rey de Nápoles y de Sicilia, y del país transalpino procedían algunos de sus consejeros; ellos impulsaron las primeras reformas ilustradas de un Rey que ejerció de ilustrado durante todo su reinado. Estos ministros extranjeros representaban al sector reformista más radical.

El primero de aquellos asesores reales provenientes de Italia fue Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache

Esquilache, de origen humilde, militar retirado, logró escalar en la vida social por su laboriosidad, probidad y talento. Carlos III le nombró Inspector de aduanas y más tarde se ocupó de la Secretaría de Hacienda del Reino de Nápoles.

La entronización de Carlos III como rey de España en 1759,  llevó al Marqués a España. Nombrado, primero, Consejero en la Hacienda Real, pasó a ocupar también la Secretaría de Guerra en 1763. Contaba con la absoluta confianza del Rey para iniciar reformas ilustradas y, junto al Marqués de la Ensenada, llevó a cabo cambios encaminados a la modernización del país.  Algunos de ellos del siguiente tenor: libertad comercial para los cereales, desamortización de los bienes de la Iglesia, utilización de bienes de manos muertas… Estas políticas suscitaban la manifiesta hostilidad de la nobleza, de la Iglesia y también las protestas del pueblo, que percibía las reformas como medidas de inspiración extranjera que alteraban costumbres tradicionales de la sociedad española. Además, aquellos cambios se realizaron con apresuramiento, sin la habilidad de que fueran asimilados por el pueblo o aplicados con la suficiente cautela como para buscar el momento más oportuno para su implantación. De este modo, algunas grandes ideas, como, por ejemplo, la liberalización del comercio de cereales se aplicó en un momento de malas cosechas, en 1765, lo que hizo subir el precio del pan. La carestía generó pobreza y hambrunas. Consiguientemente, una buena medida se aplicó sin oportunidad y creó un conflicto. A estas medidas, se unían otras que incluían la limpieza, pavimentación y alumbrado público de las calles de Madrid, la construcción de fosas sépticas y la creación de paseos y jardines- las condiciones de insalubridad e inseguridad de Madrid eran consideradas por el nuevo rey como indignas de una Corte ilustrada-. Sin embargo, algunas de ellas como la instalación de las nuevas farolas hizo subir el precio de la cera, de manera que muchos hogares vieron imposible pagar por ellas y permanecían a oscuras mientras las calles lucían con alegría.

Por si fuera poco, a Esquilache se le criticaba por su vida ostentosa, más en su mujer que en él, lo que unido a la época de estrecheces que pasaba el pueblo generaron un malestar enorme.

Algunas otras de las medidas tomadas estaban encaminadas al control de la población y, de entre ellas, más concretamente, al control del orden público. Ese fue el motivo de ordenar la modificación del vestuario al uso en España. Fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de un pueblo empobrecido y harto de que medidas que consideraban oprobiosas, se las dictaran una serie de consejeros extranjeros.

La indumentaria típica, impuesta como moda pocos años antes por la guardia austriaca de Mariana de Austria, se componía entre los hombres de sombrero de ala ancha (Chambergo) y las capas largas. Aquellas ropas ocultaban el rostro y a las perfiles de las personas lo que impedía la identificación de los criminales, circunstancia que se salvaba mejor con el uso de la capa corta y el sombrero de tres picos.

El empeño de Esquilache en que se aplicara la medida unido a la ira acumulada por el pueblo, provocó el estallido de un motín, muy populoso y espontaneo, el típico motín de supervivencia del Antiguo Régimen, si bien, en este caso, influido por capas de la nobleza enfrentadas contra los italianos en la Corte. En este episodio de nuestra Historia, tuvieron especial importancia los alcaldes y golillas en el levantamiento y la permisividad en la distribución de pasquines con coplillas contra Esquilache y los italianos, siempre dejando en buen lugar al Rey, el cual quizá temió por la integridad de su Palacio en un primer momento, pero salió fortalecido del conflicto. El Motín se inicia el 23 de marzo de 1766. A pesar de ser un incidente, primigeniamente, local, madrileño, pronto se extendió a Cuenca, Zaragoza, Sevilla, Bilbao, Barcelona, La Coruña, Santander o Cádiz.

La mayor parte de los ministros del Rey, incluidos los italianos Grimaldi y Sabatini a los que el pueblo también se oponía, aconsejaron ceder, dado que, lo solicitado por los amotinados era mantener la indumentaria clásica, el control de precios, la desaparición paulatina de la guardia valona y la destitución de Esquilache.

El Rey envió a Esquilache a Italia, aunque seguía contando con su buen hacer, y, por ello, le nombró embajador de España ante la Corte veneciana.

Carlos III ordenó a Grimaldi que se hiciera cargo de restaurar el orden.

Como consecuencia del Motín, Esquilache fue sustituido por Aranda. Poco a poco la Guardia valona perdió presencia y los precios del pan se controlaron. Sin embargo, no se pararon por ello las reformas ilustradas de Carlos III, pero ahora con mayor presencia de ministros españoles. De hecho, la vestimenta se cambió, pero en vez de hacerlo por medio de una orden impuesta, Aranda, de manera más astuta que Esquilache (y quizá conociendo mejor la idiosincrasia española), dispuso que los verdugos llevaran desde entonces la capa larga y el chambergo, con lo que, la gente optó voluntariamente por sustituir la capa larga por la corta y el chambergo por el sombrero de tres picos.

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