¿Traidor? Fray Bartolomé de las Casas

A Fray Bartolomé de las Casas se le ha considerado uno de los causantes de la leyenda Negra. Así se manifiesta Julián Marías en “España inteligible” (1985) al considerar a Fray Bartolomé de las Casas y a Antonio Pérez los mayores causantes de esta plaga propagandística en contra de España. Por tal motivo, algunos autores, como Jesús Rojo Pinilla, lo incluyen en la lista de los mayores traidores a España.

Vamos a dar un repaso a su vida, de manera sucinta, siguiendo, sobre todo, los postulados de Menéndez Pidal en su obra “El Padre Las Casas. Su doble personalidad”, a fin de hacernos una idea del personaje del que estamos hablando.

Las Casas nació en Sevilla en 1484, tras estudiar en Salamanca, llegó a las indias en 1502 para hacerse cargo de los negocios de su padre en isla La Española. Guerreó al lado de Diego Velázquez de Cuéllar en la conquista de Cuba, fue encomendero y trabajó su encomienda con indios esclavizados. Repentinamente, sufrió una transformación, se convierte en religioso para más tarde ingresar en la Orden de los Dominicos.

La figura de Fray Bartolomé está llena de contradicciones, quizá porque sólo hay un elemento constante en su vida que dé unidad a toda su actuación: el amor a sí mismo, su afán de protagonismo, su vanagloria personal.

Fray Bartolomé que tuvo una larga vida, más en la época que vivió- murió con 92 años-, tras su ingreso en la vida religiosa, se dedicó a atacar toda encomienda y defender, a su manera, a los indios. Realmente, esa defensa fue más literaria que práctica; es más, cuando puso en práctica sus ideas fracasó estrepitosamente.

En el inicio de su vida religiosa,  empieza a escribir en contra de las encomiendas y contra la conquista, pero su formación no era, por entonces, muy sólida. Para incrementar su instrucción ingresa en los Dominicos (quizá la Orden religiosa que más se aproximaba a sus ideas y la que presentó más quejas ante el Rey por el trato dispensado a los indios, como vimos en la entrada sobre los Justos Títulos). Pasa siete años “desaparecido”, durante los cuales logra hacerse con una gran erudición. Esa vasta cultura adquirida se refleja de manera prolija en sus obras junto con otras de sus características personales: su enorme capacidad de persuasión. El número de sus escritos y libros es abundante, pues siempre demostró una inmensa actividad, llena de energía y tesón hacia la defensa de sus ideas, lo que le granjeó un gran respeto social. Su reaparición tras esos siete años se hizo bien visible con la publicación de su “Historia de los Indios”.

¿Fue Fray Bartolomé un historiador?

No, realmente sus libros son propagandísticos. Hacían publicidad ,sobre todo, de sí mismo, tergiversando toda la realidad a mayor gloria suya y de sus fines.

En sus escritos se muestra rigorista, con gran agresividad en la defensa de sus convicciones, utilizando la hipérbole de manera tan exagerada que alcanza el disparate, incluso Menéndez Pidal lo asemeja, por sus excesos, a los escritos burlescos de Quevedo, y, en ellos, sobrepasa con creces los límites de la difamación. Sus tesis tienen siempre los mismos elementos básicos: la condena de las encomiendas; la condena de la conquista; la condena de los españoles, siempre malvados; la defensa de una supuesta bondad universal de los indios, y dos elementos esenciales: la búsqueda de su influencia en la voluntad y conciencia del Rey de España y la publicitación de su propia bondad, rigor y virtud.

Todas sus letras llevan implícita una vanagloria desorbitada, haciéndose autor de circunstancias, normas y virtudes en las que apenas participó o no participó en absoluto. Escribía con tanta insistencia, rigorismo e inflexibilidad enfermiza, mezclada con dotes persuasivas que lograba ser advertido por ojos poco estudiosos como una persona íntegra, de gran moralidad.  La falsedad del concepto personal que proyectaba el dominico se hace patente en circunstancias como las siguientes: se hizo pasar por entregado misionero cuando jamás supo estar cerca de los indios, como evidenció el Inca Garcilaso de la Vega; jamás aprendió las lenguas vernáculas ni estableció catequesis a los naturales; fomentó el esclavismo negro; sus obras, teóricamente de carácter misional, se dirigían más contra los españoles, que en favor de los indios. Uno de los episodios más cuestionables de su vida es aquel en el que condena a todos los que viven de las riquezas llegadas de las indias, es decir, para él todos los españoles, pero sin reparar que entre los beneficiarios se encuentra él, no sólo por español sino por vivir de la generosa pensión que le pagaba el Rey y que procedía del presupuesto del Consejo de Indias y de las indias. Nunca renunció a una vida cómoda. En este sentido, el gran evangelizador, Motolinía, escandalizado por las cosas que decía y hacia el dominico, cuenta como en todos sus viajes se hacía acompañar de un buen número de indios que transportaban sus enseres, especialmente sus libros y papeles y a los que no pagaba nada. No hacían lo mismo otros españoles que, en condiciones semejantes, pagaban a sus porteadores.

Para completar el análisis brevísimo de su personalidad, debemos recordar que debido a que las cuestiones no se resolvían como él pretendía, lleno de furia, empezó a pregonar supuestas profecías contra España. Parecía emular al profeta Isaías, pero con más vehemencia, desprendía fuego en sus palabras y vaticinios. Y así, ejerciendo de profeta, pronosticó la destrucción de España en 1600. Sus visiones estaban imbuidas de una soberbia enfermiza y plenas de amenazas. Es evidente que no acertó en nada.

Con todo este panorama ,sin embargo, logra aparecer en la conciencia colectiva de algunos de sus coetáneos en América como noble misionero, incluso por encima de misioneros de verdad y de gran talla como Zumárraga o Motolinía.  Hasta que, a un lado y otro del Atlántico, se percataron de su falsedad.

¿Qué pretendía?

Acabar con las encomiendas y terminar con las conquistas (o lo que es lo mismo, expulsar a los españoles), ponderar desorbitadamente la capacidad de los indios para gobernarse a sí mismos y sobre todo y por encima de todo influir en la Corte; ejercer el poder doblegando la conciencia del Emperador. Cómo era evidente que los indios no estaban evangelizados, consintió, como único título de justa presencia española en el Nuevo Mundo la Bula del Papa Alejandro a los Reyes Católicos. Así pues, la única ley que permitía a los españoles estar en las indias era la cristianización de aquellas gentes y para eso no hacía falta armas ni guerras, decía, solo frailes y algún labriego, gentes de campo que enseñaran a los indios a mantener y sacar provecho de sus haciendas. Incluso así, tergiversó la Bula para hacerla acomodar a sus propios intereses, en última instancia, aparecer ante los demás como el guía único de estricta observancia en la gobernación de las indias.

Tres fueron los episodios en los que puso en marcha sus ideas de un modo práctico: Colonización de Cumaná, su obispado en Chiapas y el proyecto de la Vera Paz. Todas resultaron un fracaso y cada una de ellas aumentó su desprestigio ante las autoridades civiles y religiosas de la Península y de América. En Chiapas aplicó a rajatabla lo señalado en sus “confesiones”, siempre en contra de los españoles, pues negaba la confesión, absolución y comunión a todo aquel encomendero que no se desprendiera de los indios y no regalara a éstos todas sus posesiones hasta vivir en la más radical pobreza. Fomentó la delación de aquellos que no cumplieran rigurosamente sus observancias. Logró tal desafección que provocó alteraciones del orden y una pérdida de fe los españoles sin lograr la evangelización de los indios. La aplicación de su ultra rigorismo religioso, destrozó la vida en su sede en Chiapas hasta que acabó desistiendo de su empresa por imposible. Su sucesor tuvo que dar marcha atrás en todo lo pregonado por Las Casas para reconstruir la convivencia. En las otras dos, la realidad de los indios, mostró que su utopía era descabellada. Los indios no eran esos hombres buenos y pacíficos que él creía, no eran los hombres con un desarrollo intelectual a la altura de los antiguos griegos como él ensoñaba. Los indios vivían en la prehistoria, en una incipiente edad de los metales. Eran caníbales y antropófagos, con una crueldad incontrolada y aunque algunas de las tribus eran más pacíficas, otros eran guerreros y muy agresivos. Mataban frailes, niños, secuestraban mujeres y ofrecían a los dioses sacrificios humanos con torturas inenarrables. En estas condiciones, la guerra contra ellos se hacía justa y era la única forma de mantener el orden, la paz , hacer prosperar aquellas tierras y, sobre todo, evangelizar a los indios, como reconocieron los auténticos y entregados misioneros que hubo en abundancia en el Nuevo Mundo.

Fray Bartolomé jamás apreció nada malo en los indios, en contra de toda realidad, justificó su antropofagia y ritos salvajes. Toda la maldad provenía de los españoles. Jamás encontró una virtud en sus compatriotas, al contrario, muestra hacia ellos un aborrecimiento, un odio colérico absolutamente irracional. Tanto empeño puso en este pensamiento polarizado, en esta dicotomía, que cualquier observador reflexivo notaba su distorsión cognitiva. Si bien su propaganda y ese afán de mostrar integridad le dio fama y respeto personal, pero, no le ocurrió lo mismo con su influencia. Sus primeros escritos, destinados a mediatizar la conciencia de un escrupuloso Carlos I casi logran su empeño. Sin embargo, la aprobación de las Leyes Nuevas y su aplicación rigorista, tan al gusto de Las casas, ocasionó tal desastre que tuvieron que ser modificadas al poco tiempo. Lo mismo que la misión en Chiapas o los escritos de los auténticos Misioneros, especialmente Motolinía,  acabaron con su crédito.

Motolinía escribe en 1555 al Rey Carlos I señalando todas las incoherencias, falsedades y demencias de Las Casas. El buen fraile se mostraba escandalizado y sugería a Carlos I que “le encerrase en un convento antes de que hiciera males mayores”. Además, manifiesta al Rey que la guerra contra los indios es justa, que sin conquistadores aquella empresa evangelizadora no puede llevarse a cabo. Motolinía es consciente de algunos abusos de los españoles, pero sabe que superada la primera etapa de la conquista aquellos abusos disminuyeron considerablemente, en cambio, la ferocidad de los indios no disminuiría sin ser evangelizados y para ello, previamente deberían ser pacificados y no había forma de pacificación que no pasara por el concurso de los conquistadores y las encomiendas. Por eso se empeña en intentar acabar con el cargo de conciencia que Las casas había intentado inocular en el Rey. Además, llama la atención del monarca sobre el mal que los escritos de las Casas pueden hacer en la fama de la Nación española, pues lo enemigos de España tomarán sus palabras por ciertas y atacarán a España por aquellas obras suyas. Las palabras de Motolinía son premonitorias.

Carlos V recibía cada vez más muestras de lo inadecuado de los escritos de Las Casas por su falsedad, su exageración sin límites, dónde los datos y asuntos se repetían sin cesar, cambiando el lugar del suceso y agrandando las cifras que daba en cada momento. Por eso, su voz era cada vez menos escuchada. Pero su persona fue tratada con respeto y se le mantuvo la pensión que se le daba, se le nombro asesor del Consejo de Indias, cargo que ejerció residiendo ya en España, pues tras el fiasco de Chiapas y cuando se vislumbraba el desastre de la Vera Paz, volvió a la península a instalarse en la Corte, dónde más le gustaba estar.

Menéndez Pidal no se explica como “un supuesto hombre piadoso, filántropo, virtuoso, emplea la falsedad y la impostura para difamar a todo un pueblo, y lo difama en una de las empresas más importantes de ese pueblo. ¿Cómo puede ser esto?”

Su despropósito se manifiesta con mayor proporción cuando tiene que hablar de asuntos más cotidianos y no relacionados con los indios, entonces su forma de proceder es sensata, equilibrada y natural. Su afán por imponer su visión sobre lo que había que hacer en América era auténticamente enfermiza y tropezaba siempre con la realidad. Sus libros eran libelos de tal naturaleza que tuvieron que ser mandados retirar por el Consejo de Indias, por Felipe II y por el Virrey de Nueva España. Ante los hombres de letras Las Casas estuvo en descrédito después de las Leyes Nuevas. Pero ya con anterioridad, los reyes no se sentían muy conformes con los consejos extremados de Las Casas; las soluciones a los problemas de América los buscaron en los consejos de los estudiosos de la Escuela de Salamanca, especialmente en Vitoria, en un principio, o en sus discípulos, después. En la controversia de Valladolid, en su enfrentamiento con Sepúlveda, las tesis de Las Casas no triunfaron, ni siquiera los dominicos presentes fueron capaces de dar una opinión favorable a su compañero de hábito (ver los hilos sobre La escuela de Salamanca y sobre los Justos Títulos). Su tremendismo y utopías acabaron con su credibilidad. Cierto es que su celo contribuyó a mantener un cierto rigorismo moral, pero, por otra parte, su influjo fue contraproducente, pues enconó de modo terrible y sangriento la lucha entre los intereses espirituales y los temporales de parte de la conquista; Perú, es un buen ejemplo.

Murió muy obscurecido. Fue muy criticado, pero en modo alguno perjudicado. Quizá en cualquier otro país del mundo se le hubiera condenado. El espíritu de libertad de expresión que florecía en el mundo católico frente al protestante, en la corte de los Habsburgo frente a la Enrique VIII u otros monarcas europeos, quizá por el poder de expresión que tenían los clérigos y, con ellos, amplios sectores de la sociedad como los poetas, promovió el buen trato dispensado a Fray Bartolomé de las Casas.

¿Cuáles fueron las consecuencias de su obra?

No fue ni el primero ni el mejor defensor de los indios, pero su obra perduró en manos de los enemigos de España, como bien predijo Motolinía y aunque España se había preocupado por retirar sus libros, estos se reeditaron por parte de las peores manos e intenciones. Sólo el haber caído en manos de los contra-propagandistas de España ha salvado a Las Casas del olvido.

Existe casi un consenso general en la historiografía de que el libro que más daño ha hecho a España, con­si­de­rado clave en la cons­truc­ción de la Leyenda Negra fue la Bre­ví­sima rela­ción de la des­truc­ción de las Indias. Tras su publi­ca­ción en Sevi­lla en 1552 y cir­cu­lar libre­mente por España, fue traducido primeramente al francés en 1578 ( cuando ya se había mandado retirar por las autoridades españolas). Le siguieron, rápi­da­mente tra­du­cciones al holan­dés (1579), el inglés (1583), al ita­liano, al ale­mán e incluso al latín.

El caso holandés surge después de que en 1577 don Juan de Austria se comprometiera a retirar los tercios y a reconocer los privilegios feudales y cierta autonomía de distintas ciudades de los Países Bajos. Pero los partidarios de los Orange utilizaron el libelo de Las Casas para buscar excusas para su independencia.

La leyenda ya estaba en mar­cha y, “por su pro­pia iner­cia, estaba des­ti­nada a cre­cer y pros­pe­rar”, apunta Marías. En ade­lante, cada agra­viado por los intere­ses espa­ño­les, en casi cual­quier con­texto, tenía “ya pre­fa­bri­cado el vehículo para dar cauce y cum­pli­miento a su hos­ti­li­dad o ren­cor”. La traducción inglesa fue sacada a la luz en apoyo de los neerdanleses y fue aprovechada por Enrique VIII para dinamitar el Imperio español y no tener que vivir en la órbita de éste. Lo peor de la edición inglesa es que aparece ilustrada con los fan­ta­sio­sos gra­ba­dos del tam­bién edi­tor Theo­dor de Bry –impre­sor asi­mismo de la no menos oprobiosa His­to­ria del Nuevo Mundo del comer­ciante mila­nés Giro­lamo Ben­zoni,–. Si una imagen vale más que mil palabras, los grabados de Bry fueron la causa de nuestro mayor infortunio, entre otras cosas, porque la obra de Fray Bartolomé nunca se leyó en profundidad. No era fácil en sí y, además, resultaba demasiado larga y fatigosa. Pero los dibujos llenos de bárbaras acciones, llegaban a todo el mundo. Fueron la base y justificación de la conquista militar británica de la Jamaica española durante al guerra anglo-española de 1655-1660. También Montesquieu en sus “Cartas Persas” se hace eco de los nocivos efectos de la conquista española. También Voltaire recoge esta idea y otros muchos posteriormente.

Simón Bolivar lo usa para fundamentar la independencia de América; una vez lograda, nunca más se acordó de él.

“La independencia estadounidense  se basó en los textos de las casas y lo que es más llamativo en el quinto centenario vieron la ocasión propicia para el recrudecimiento de los temas de las masacres y destrucción de las culturas indígenas, hecho que parece como si sólo hubiera ocurrido en al América del sur y no en la del Norte, a pesar de la evidencia, que salta a la vista que la del sur está llena de indígenas y en la del norte hay que buscar mucho para encontrar uno, salvo que se vaya uno a los territorios hispanos que hoy forman parte de USA, porque allí si prevalecen los descendientes de los indios originarios del lugar”[1]. Fueron los indigenistas, tiempo después, los que utilizaron los libros de Las Casas para fundamentar sus posiciones, rechazando las de numerosos historiadores en España, Iberoamérica y EE.UU que pensaban lo contrario y señalaban las falsedades del fraile dominico. Sus posiciones no se han dado sólo en la América latina sino a lo largo del mundo, forjando el mito del Edén indígena aplastado por el hombre blanco. Podríamos seguir, pero lo más grave no es el uso externo de las ideas de Las casas, lo terriblemente odioso es el uso interno, nacional, para baldonar no sólo nuestra Historia, sino a los propios españoles y eso sin percatarse del papel de jueces de la historia que se arrogan, nuestros enemigos, atribuyéndose implícitamente una excelencia moral nada cierta. Podríamos analizar sus acciones para ver por qué se tienen en tal alta consideración, bien sean los nacionalistas españoles que tergiversan la Historia para sus propios fines personales y sostener posiciones supremacistas o los gobiernos sudamericanos que cometen crímenes atroces en sus propios países y llevan a sus sociedades a un vaivén que conduce a la anarquía y el despotismo.

Esta es la obra de Las Casas y sus consecuencias. Supongo que para juzgarla habrá que tener en cuenta como eximentes que el padre dominico no estaba en sus cabales, que su narcisismo y petulancia, su frialdad hacia los indios que dice defender, en resumen, su tremendismo y mentiras, tienen origen en su enfermedad, en su psicopatía, como señala Menéndez Pidal.
Ahora queda a juicio del lector encuadrarle entre los traidores a España o liberarle de la pena en razón de su locura.

 BIBLIOGRAFÍA

RAMÓN MENENDEZ PIDAL. “El Padre Las Casas. Su doble personalidad. Real Academia de la Historia. Madrid 2012

ELVIRA ROCA. “Imperiofobia y la Leyenda Negra” Ed. Siruela. 2019.

JULIÁN MARÍAS . “España inteligible”. Alianza Editorial. 1985.

 

[1]Elvira Roca. “Imperiofobia y la Leyenda Negra” Ed. Siruela

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