Curiosidades de la Historia 2. Entre cuentos y leyendas

Hoy vamos a husmear en las entretenidas, a nuestros ojos, historias de tres españoles cuyo paso por la Historia, transcurrió entre cuentos y leyendas. Son personajes reales con historias reales a los que la fantasía agrandó los hechos o la leyenda los encumbró o los condenó. Veamos a tres españoles por el mundo de la Historia.

Magno Máximo, un gallego, rey de Gales

Los que se acerquen a esta figura pensaran que me he equivocado puesto que Magno Máximo fue uno de los efímeros emperadores de la fase final del Imperio romano. Gobernó entre el 383-388. Pero hoy no quiero referirme, salvo de pasada, a su historia en Roma, que es fácil de referir, sino a la leyenda que lo sitúa como Rey de Gales.

La Historia.

Máximo era hispano, parece ser que de la provincia Gallaecia, o sea que era “gallego”. Por tanto, fue otro de los “españoles” en dirigir el Imperio romano junto con Trajano, Adriano y Teodosio, el grande. Vivió en el siglo IV, procedía de la noble familia de los Flavio y siguió una brillante trayectoria en el ejército, gracias a Teodosio el viejo, padre de Teodosio, el grande, que lo tuteló.

Debemos recordar, para situar a nuestro personaje, que, alrededor del año 337, tras la muerte de Constantino el Grande, el imperio queda dividido en dos. Por un lado, el Imperio Oriental, es decir, Bizancio, bajo el mandato de Constancio II, mientras que la parte Occidental quedó bajo el gobierno de su hermano, Constantino II. A su vez, el Imperio Occidental queda dividido en dos partes, denominadas prefecturas. La más occidental era la Prefectura de las Galias, que incluía cuatro diócesis: Hispania, Vienense, Galia y Britania. Máximo, junto a Teodosio, el futuro Teodosio, el grande, fue enviado por el emperador occidental, Valentiniano I, a defender la frontera norte de Britania, el conocido como muro de Adriano, donde las incursiones de pictos y escotos traían de cabeza a los romanos. Máximo fue un soldado valiente que se ganó el reconocimiento de sus soldados. En el 372, fue enviado a África, donde también salió victorioso. Tras la derrota del Imperio de Oriente ante los godos en Adrianópolis- 378-, Teodosio fue proclamado emperador de Oriente. Mientras Graciano era el emperador de Occidente.

Desde el 376, Máximo Magno se había instalado en las islas británicas dónde se casó y donde estaban sus más fieles soldados. En las islas se forjará su leyenda. Había vuelto a los puestos fronterizos del Imperio en el norte de la isla; de nuevo, defiende el muro de  Adriano, donde su buen hacer, su valentía y su liderazgo en la defensa del Imperio, le valieron ser nombrado por sus hombres emperador del Imperio de Occidente, lo que suponía un intento de usurpación del trono de Graciano, el legítimo emperador de occidente. El choque entre Máximo y Graciano era inevitable y se produjo cerca de la actual ciudad de París. Graciano fue traicionado por los suyos en la batalla y cuando volvía a Italia lo asesinaron en las inmediaciones de Lugdunum (Lyon).

Tras los hechos, Magno Máximo se instala en Tréveris, capital de la prefectura de las Galias, con la intención de ejercer desde allí como emperador. Para eso necesitaba ser aceptado por el emperador de oriente: Teodosio, el grande y de Valentiniano II que se consideraba sucesor de Graciano. En un primer momento, llegan a un pacto: el imperio de divide en tres. Máximo se queda como emperador de la prefectura de las Galias,  Valentiniano II como emperador del resto de occidente, es decir las dos diócesis itálicas y Panonia y Teodosio como emperador de oriente. Magno Máximo fue emperador entre los años 384-388, fecha esta última en la que encontró la muerte por orden de Teodosio, el grande.

La Leyenda

En torno a 1135 la historia de Máximo ya era una leyenda; y el lugar de su arraigo, Gales. Es citado tanto en la historia de Britania de Nennio como en la Historia de los reyes de Britania del monje galés Geoffrey de Montmouth, en la que aparece como Rey de Britania durante el mandato de Constantino. El primero, busca un linaje fantasioso que le permite dar legitimidad a los reyes de Gran Bretaña, afirmando asimismo que ayudó a los britanos a extenderse de nuevo por la isla y volver a colonizarla. En el caso del segundo, parece que la historia procede de la unión de historias de distintos personajes y algunas leyendas, al modo en el que se creó la historia del Rey Arturo.

Pero la leyenda más completa se encuentra recogida en el Mabinogion (colección de historias en prosa procedentes de manuscritos medievales galeses. Se basan en parte en acontecimientos históricos de la alta Edad Media, pero algunos elementos se remontan a tradiciones anteriores, posiblemente de la edad de bronce). Allí se narra que Máximo soñó con un castillo en el que dos hombres jugaban al ajedrez mientras una bella doncella les contemplaba. Se cuenta que, Máximo, prendado de aquella visión femenina, mandó mensajeros en busca de tan bella doncella llamada Helen Luyddawc, en su sueño. y, tras enviar emisarios por todas las islas en su busquéda, la encontró en Gales. Se casó con ella, y sus hermanos (los jugadores de ajedrez) le ayudaron a conquistar toda la isla de la que fue Rey y también de la Bretaña francesa.

De todo esto, parece que hay restos arqueológicos y documentales suficientes como para afirmar, con cierta verosimilitud, que Máximo se casó con la hija de un poderoso jefe britano de la región Caernarfon, en la zona norte de Gales y que se la conocía como Elena de Caernarfon. También se le atribuye a Máximo la iniciativa para la conquista de la Bretaña francesa. No se sabe del destino de su familia, pero parece que Teodosio perdonó la vida a su mujer e hijas, así como a su madre. De igual forma, se considera que un nieto de Máximo también intentó usurpar los laureles de emperador de Roma, resultó muerto en el intento.

Por todo ello, podemos decir que un gallego reinó en Gales, de verdad o en la leyenda, quién sabe. Lo que es cierto es que en la Historia del linaje de los reyes británicos está incluido, con más o menos bruma en torno a su persona.

Un lepero, rey de Inglaterra

Aunque a Lepe se la relaciona con los chistes, esto no es ninguna broma. Juan de Lepe era un marino de esta localidad onubense de carácter abierto, dicharachero, picaruelo y simpaticón, al que los avatares de la vida llevaron a la corte del rey de Inglaterra, Enrique VII (fundador de la dinastía Tudor-1457-1509-). Llegó a ser una mezcla de confidente y bufón del Rey. El desapacible clima de la isla, que obliga a un eterno confinamiento, hacía que el Rey pasase las horas frente a las chimeneas del Palacio, tomando cervezas y jugando partidas de cartas o ajedrez. En estas situaciones, se hacía acompañar de nuestro compatriota. El Rey tenía fama de tacaño y las apuestas, en los juegos de naipes, no iban más allá de alguna moneda; hasta que un día, pensando que Juan se echaría atrás, se jugó las rentas de Inglaterra, aunque, rápidamente arrepentido, lo dejó en la posibilidad de que, si perdía, Juan podría ser rey por un día y quedarse con las rentas de esa jornada. El juego fue a doble mano. Juan aceptó sin inmutarse, aunque si perdía, debería las rentas del día. Ganó y fue rey durante un día. Tal situación se hizo publicar en todo el país, siendo conocido como “el pequeño rey de Inglaterra” . Como espabilado que era, durante su breve reinado, se aseguró el futuro haciéndose con un buen montón de prebendas y derechos, además de las rentas ganadas, con el consiguiente permiso para poder llevarse a España todo lo conseguido. Tras la muerte de Enrique VII, en 1509, el lepero decidió regresar a su casa antes de que Enrique VIII decidiese su destino. Ya en su pueblo, se dedicó a disfrutar de la vida y de su fortuna, pero también quiso ganarse el retiro celestial y donó parte de sus riquezas al monasterio franciscano de Lepe ( Nuestra señora de la Bella) con una condición: que se grabaran en su lápida, a modo de epitafio, sus hazañas.

El expolio que vivió la iglesia a principios del siglo XIX impide conservar la lápida, pero tenemos constancia de la misma, gracias a la obra “Origine Seraphicae Religionis” (1583) del padre Francisco de Gonzaga. En la obra se describe la lápida y la historia:

“En la Iglesia de este convento aún se ve el sepulcro de cierto Juan de Lepe, nacido de baja estirpe del dicho pueblo de Lepe, el cual como fuese favorito de Enrique VII rey de Inglaterra con él comiese muchas veces y aun jugase, sucedió que cierto día ganó al rey las rentas y la jurisdicción de todo el reino por un día natural, de donde fue llamado por lo ingleses el pequeño rey. Finalmente, bien provisto de riquezas y con permiso del Rey volvió a su patria nativa y allí después de haber vivido algunos años rodeado de todos los bienes y elegido su sepultura en esta iglesia, murió. Sus amigos y parientes grabaron esta historia en lugar de epitafio, la cual quise yo, aunque no parece a propósito de esta Historia, dejarla como un recuerdo de este lugar”.

Un pastelero abulense, rey de Portugal.

Quizá este sea el episodio más conocido de los tres y, en este caso, la leyenda fue una realidad histórica.

Antes de llegar a nuestro pastelero debemos centrarnos en la situación portuguesa. En 1578, Portugal se enfrenta a una guerra por el control de lo que hoy es marruecos o parte del territorio actual del país africano. La batalla en la que fueron derrotados los portugueses y muerto su rey, el Rey Don Sebastián, fue la de Alcazarquivir o la batalla de los tres reyes en referencia al Rey Don Sebastián y los dos sultanes que se disputaban el trono en Marruecos.

Portugal estaba en plena edad de oro, sin embargo, la derrota en Alcazarquivir supuso un revés en su situación. Muerto el Rey subió al trono el Cardenal Enrique, como Enrique I, tío-abuelo del Rey Sebastián. Enrique I falleció dos años después, lo que abrió la crisis sucesoria de 1580 que llevó al trono de Portugal a Felipe II. Fue la famosa Unión Ibérica durante la cual los dos reinos tuvieron coronas separadas pero gobernadas por el mismo rey. Felipe II fue el primero de los tres reyes españoles que gobernaron esta unión hasta 1640, año en el que Portugal recobró la independencia. Durante la Unión, Portugal se vio privado de una política exterior independiente, participó, junto con España, en la guerra en los Países Bajos; sufrió grandes reveses en su imperio y perdió el monopolio comercial en el índico.

Evidentemente, aquella situación no era muy del agrado de todos los portugueses, así que un buen número de ellos se refugiaron en el “Sebastianismo” movimiento místico que aceptaba la leyenda de que el Rey Don Sebastián no había muerto en la batalla de Alcazarquivir y que , según los que le vieron tras la batalla, había hecho promesa de volver para salvar a su pueblo. Tal movimiento tuvo una extensión particular en Brasil. Uno de los mayores divulgadores del movimiento fue el poeta portugués Bandarra.

La idea de que el Rey estaba vivo y había de regresar a Portugal, propició la aparición de diversos episodios de suplantación de su personalidad. Y es en este ámbito, en el que aparece nuestro pastelero de Madrigal de las Altas Torres, Gabriel de Espinosa. Realmente no se sabe dónde nació y algunos consideran que tienen origen toledano, pero en el transcurso de nuestra historia vivía en el pueblo de Ávila. Allí, no se sabe cómo contactó con él fray Miguel de los Santos, que era portugués y había sido confesor del Rey Don Sebastián y, que, en el momento de contactar con Gabriel, era el capellán del convento de Madrigal en el que era monja Doña Ana de Austria, sobrina de Felipe II.

Parece ser que Fray Miguel era un emisario de Antonio de Portugal, prior de Crato y el mayor enemigo de Felipe II en el país luso.

El capellán del convento de Madrigal convenció a Gabriel de Espinosa de su parecido con el Rey Don Sebastián, de manera que le hizo creer que sería nombrado Rey del país vecino y se casaría con doña Ana de Austria. Se encontraron diversas cartas del fraile dirigidas al pastelero dándole tratamiento de majestad. Parece ser que Gabriel de Espinosa no hacía ascos a hacerse pasar por el rey. Incluso llegó a tener en su poder diversas joyas de la sobrina del Rey Felipe, no se sabe si por donación de ésta o porque el capellán se las hizo llegar. El caso es que alguien le denunció por poseer esas joyas y así se inició el “proceso de Madrigal”, documentado en el archivo de Simancas. Tras el juicio, Doña Ana, que llegó a creer que el suplantador era en realidad el rey portugués, su primo, con quien podría casarse tras recibir el beneplácito del Vaticano, como se lo prometió el fraile, fue declarada inocente, pero no se libró de castigo puesto que fue desposeída de todas sus pertenencias y condenada a una vida de absoluta incomunicación en un convento de Ávila. Cuando Felipe III llega al trono, a doña Ana le restituyen en la posesión de sus bienes, además, pudo volver al monasterio de Madrigal, donde llegó a ser priora. Por su parte, tanto Espinosa como fray Miguel fueron condenados a muerte y ejecutados en 1595. En el juicio, el fraile, sometido a tortura, confesó su culpabilidad, como único ideólogo e inductor de los hechos.

Esta suplantación trajo de cabeza a Felipe II, que vio en el personaje más peligro de lo que nos pueda parecer ahora. De hecho, del contenido del juicio archivado en el Archivo Histórico se desprende que las sentencias vinieron influencias por Felipe II.

Todo el episodio inspiró diversas obras literarias, la más famosa “Traidor, inconfeso y mártir” de José Zorrilla, escrita en 1849. En ella el autor cambia algunos hechos, de manera que Espinosa no es un simple pastelero sino el auténtico Don Sebastián .

La verdad sobre la vida del monarca portugués es que murió en el campo de batalla. El cadáver fue sepultado inicialmente en Alcazarquivir; en diciembre de ese mismo año fue entregado a las autoridades portuguesas en Ceuta, donde permanecería hasta 1580, fecha en que sería trasladado, por orden de Felipe II,  al monasterio de los Jerónimos de Belém, en Lisboa, donde se encuentra definitivamente enterrado.

BIBLIOGRAFÍA

The New Cambridge Medieval History. Ed Cambridge University Press

JAVIER SANZ. Bitácora “Historias de la Historia”

Kamen, Henry. Felipe II . Ed Siglo XXI. 1997.

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