EL EXPOLIO DEL PATRIMONIO ESPAÑOL DURANTE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA: EL ARTE Y LA CULTURA

Del expolio que se cometió durante la República y la Guerra Civil en relación al Patrimonio español., todo el mundo recuerda el robo del Banco de España , pero el tema tiene una mayor extensión. El tema presenta, por un lado, un aspecto relativo al arte y la cultura en general y otro que tiene como nexo de unión el oro.  No son hechos radicalmente separables, aunque pudiera parecerlo, pero por razones de espacio los comentaremos en dos entradas diferenciadas.

Empezaremos por la merma del patrimonio artístico y cultural, el mayor número de estudios interesantes al respecto, sin ánimo de propaganda, con datos contrastables empiezan a aparecer a finales de los años 90 del Siglo XX. Uno de los más destacados es El expolio de la República, de Francisco Olaya Morales del año 2004. Publicado en la editorial anarquista Nossa y Jara. Sin que sea el único libro destacable, como veremos.

En una visión rápida de nuestra Historia podríamos decir que España ha sufrido tres grandes episodios de destrucción del arte y la cultura. El primero fue el perpetrado por los franceses durante la Guerra de Independencia, el segundo, por la Desamortización de Mendizábal y el tercero, por el Frente Popular.

Desde las primeras semanas de la República, ardieron miles de Iglesias en toda España en uno de los ataques a la libertad religiosa más espeluznantes de la historia de la Humanidad. Lo que hubo en España fue un auténtico genocidio contra los católicos que afectó igualmente al arte sacro y de manera colateral a otro tipo de instituciones o centros culturales.

Aquellos incendios supusieron la pérdida de miles de retablos de gran valor artístico: románicos, góticos, barrocos…los órganos, algunos con varios siglos de existencia; las campanas que, como elemento de orfebrería también era de gran valor, fueron objeto de inexplicable inquina; multitud de pinturas, esculturas, orfebrería sagrada, reliquias y joyas fueron destruidas. Vamos a poner dos ejemplos, por no extendernos en exceso. En Barcelona, uno de los lugares más afectados, se quemaron 500 iglesias, incluida la Catedral o la Basílica de Montserrat, se profanó la tumba de Gaudí y se rompieron las maquetas de la Sagrada Familia. Es común, en la documentación hallada sobre aquellos episodios, citar como autores de aquello hechos a anarquistas (la documentación de ambos bandos así lo hace, pero también hay profusión de datos que implican a militantes del Partido Comunista, de la UGT o del POUM).

En el segundo ejemplo, nos centraremos en la Revolución del 34 en Asturias. En la noche del 11 al 12 de octubre de 1934, entraron los republicanos por el fondo sureste de la Catedral, quemaron la sillería del coro -de incalculable valor, recuperada sólo en parte décadas después, llenaron la capilla de Santa Leocadia, situada bajo la Cámara Santa, de cajas de dinamita y volaron el conjunto. Con ello destrozaron una maravillosa Iglesia ramirense, robaron joyas y atentaron contra uno de los elementos más valiosos de orden histórico artístico y espiritual no ya de España sino de Europa, el Santo Sudario, una de las dos reliquias más importantes de la cristiandad y que se salvó de milagro. En una carta escrita tras el atentado por el deán Arboleya, figura capital del catolicismo progresista de la época, dice: “una de las obras de arte más preciosas, la Caja de las Calcedonias, del año mil, quedó intacta sobre los escombros, mientras ayer descubrimos con la emoción más intensa la Cruz de los Ángeles, a pocos centímetros sobre el suelo de la cripta, bajo varios metros de escombros pesadísimos. Y está muy poco deteriorada. El Arca Santa sale en pedazos lamentables; la Cruz de la Victoria no apareció aún”. A pesar de todo, fue milagroso que el destrozo no fuera aún mayor. Muchas de las gemas que adornaban las cruces y el Arca, desaparecieron. Las actuales son producto de los artesanos restauradores.

Los mayores expolios se dieron en todo orden de cosas a partir del Decreto de Azaña del 6 octubre de 1936, que firmó tras haberle engañado Negrín. Palacios, Instituciones, Catedrales como la de Toledo vieron desaparecer para siempre algunos de sus tesoros más preciados. Custodias, mantos como el de las ochenta mil perlas de la Virgen del Sagrario de la catedral de Toledo, piezas de gran valor del Museo Arqueológico, cuadros de gran valor de colecciones particulares, fueron incautados con el fin de proteger los bienes culturales ante el avance de los “nacionales” , aquella protección llevó a que ardieran bibliotecas, trabajos de investigación, además de escuelas y edificios, pinturas y esculturas de enorme valor. Por ejemplo, siguiendo en Oviedo, los republicanos dinamitaron la Universidad y se perdió su biblioteca. En Portugalete, incendiaron el palacio Salazar, que albergaba otra espléndida biblioteca y colecciones de arte valiosísimas. Bibliotecas como la franciscana de Sarriá, con cien mil volúmenes, o la de Guadamur, una de las mayores de Europa conservadas en castillos, quedaron destruidas, y fueron pasto de las llamas otras muchas con decenas de miles de libros, a menudo únicos, conservados de siglos atrás.

Aquel destrozo de obras de arte fue puesto de manifiesto en las Cortes por Calvo Sotelo: “Esculturas de Salzillo, magníficos retablos de Juan de Juanes, lienzos de Tiziano, tallas policromadas, obras que han sido declaradas monumentos nacionales, como la iglesia de Santa María de Elche, han ardido en medio del abandono, cuando no de la protección cómplice del gobierno”. Los diputados de izquierda recibieron sus denuncias con chirigotas y frases como “¡Para la falta que hacían…!

Muchas de las obras encontradas en las iglesias y conventos o palacios fueron sacadas de España con cierta facilidad por ser de pequeño tamaño fáciles de transportar, muchas, robadas, otras en manos de sus propietarios, pero en ambos casos ilegalmente vendidas por estar catalogadas como patrimonio español. El expolio se debió a que existieron auténticas redes de delincuentes dedicadas al robo y salida ilegal de obras de arte, dirigidas por conocidos “mercaderes del arte”, tanto españoles como extranjeros, que contaban en muchos casos con la colaboración de miembros de algunos partidos o sindicatos o incluso de diplomáticos y autoridades.

Un estudio realizado por la Universidad Complutense[1], afirma que muchos de aquellos “marchantes eran de nacionalidad holandesa”. No fueron ni los únicos y ni los más destacados. El principal destino de aquel desastre era Francia y especialmente París, centro mundial del mercado de obras de arte. Además, esta exportación ilegal se extendía hacía América y a otros países europeos además de la mencionada Holanda –especialmente Suiza, Inglaterra, Bélgica o Alemania-. Si bien es cierto que hubo tímidos intentos por parte del gobierno español de evitar ese tráfico de obras, las respuestas de los gobiernos europeos carecieron de solvencia, ninguno de ellos quiso ofrecer garantía alguna para paralizar aquella sangría.  Conocida era la “tienda” sita en París, en la Rue Bonaparte, “una tienda de antigüedades en la que se venden especialmente objetos religiosos procedentes de las iglesias españolas”. También era bien conocido un tal Raimundo Ruiz, que gozaba de un “buen mercado de antigüedades“ en Nueva York. Este individuo de tendencia nacionalista obtuvo las obras de catalanes y vascos y también de republicanos asentados en Francia. Realmente el tal Ruiz era una mezcla de contrabandista y estafador. Estos mercachifles o comerciantes sin escrúpulos fueron, sin ninguna duda, los principales responsables de las pérdidas patrimoniales.

Aquel mínimo interés en recuperar lo expoliado por parte del gobierno, hizo que republicanos ilustres como Azaña o Salvador de Madariaga, llegaran a afirmar que aquello fue algo muy organizado y sistemático conocido por las autoridades.

Así, Azaña describió la acción del gobierno en esta materia como: “política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”.  Marañón, padre espiritual de la república, afirmó: “¡Qué gentes! Todo es en ellos latrocinio, locura, estupidez. Han hecho, hasta el final, una revolución en nombre de Caco y de caca”; “Bestial infamia de esta gentuza inmunda”; “Tendremos que estar varios años maldiciendo la estupidez y la canallería de estos cretinos criminales, y aún no habremos acabado. ¿Cómo poner peros, aunque los haya, a los del otro lado?”.

Evidentemente, no todos actuaron igual; desde los dos bandos hubo intentos de recuperar lo perdido, como señaló el director general de Bellas Artes, Puig de la Bellacasa, a raíz de una exposición realizada sobre la recuperación de las obras perdidas durante la Guerra [alabando a] “personas de los dos bandos que entre el 36 y el 39 defendieron el patrimonio histórico unidos por su pasión por el arte”.

En el bando republicano, ya durante el Frente Popular, se creó la Junta del Tesoro Artístico, con sede central y subsedes provinciales, trabajó, en general, de manera técnicamente muy aceptable y con un espíritu dedicado y desinteresado. Otra cosa es el carácter político del trabajo, un verdadero crimen contra la herencia artística e histórica de España, como decía Salvador de Madariaga, otro ilustre republicano. El problema de las implicaciones políticas fue el gran error de los republicanos en este asunto, no sólo de los que actuaban de buena fe sino de los que no lo hicieron así.

Una de las políticas de la república fue idear movimientos de “salvación”, es decir, sacar obras de sus museos o bibliotecas y ponerlas a recaudo fuera de España para su preservación. Por ejemplo, muchas obras museísticas vascas fueron enviadas a Francia; las catalanas, a Suiza, y algunas se quedaron a buen recaudo en España. Los problemas vinieron cuando la supuesta salvación se convirtió en robo descarado sin que la Junta pudiera hacer nada, bien porque eran los partidos los que actuaban bien porque era personajes ilustres de la República los que los llevaban a cabo o bien porque eran los ministros los que lo hacían, especialmente Negrín.

Recordemos las palabras de uno de los técnicos, Ángel Ferrant, en 1938: “Se siguen destruyendo cosas. Principalmente nos apresuramos a recoger todo lo que corre riesgo de que lo quemen cuando vengan los fríos. Sabemos por experiencia la cantidad de buenas imágenes y retablos que, sin poderlo evitar, corrieron esa suerte el año pasado. Es de lo más desolador enterarse constantemente de la desaparición de piezas importantes”.

Conviene, por tanto, distinguir entre la labor entregada de los técnicos que intentaron salvar lo salvable, y los dirigentes políticos que dirigieron la operación y aprovecharon el desinterés y angustia de los profesionales para apoderarse de un inmenso tesoro artístico e histórico. Es conocida la labor de la subsede madrileña de Junta Central del Tesoro Artístico en la que figuraba gente tan ilustre como Enrique Lafuente Ferrari, Diego Angulo, Gómez Moreno o Buero Vallejo, empeñados en convencer a los incontrolados de que el arte, aunque fuera religioso, era arte y patrimonio de todos, o de intentar convencer a las autoridades de que los cuadros del Prado debían permanecer en Madrid

Los cuadros del Prado, son un acontecimiento destacado de aquella “salvación”, pero no fueron los únicos. Veamos algunos ejemplos:

  • El 28 de junio de 1937, en barco, salían, desde Barcelona hacia Marsella , 33 cajas que contenían, según la mercancía declarada, “medias de seda artificial”, con destino a Francia, a la empresa “Intercambios Comerciales, S.A.”. Pero las averiguaciones posteriores demostrarían que el contenido de las cajas era otro; un agente republicano en misión especial comprobaría al acudir al depósito de la aduana de Marsella que al abrir varias de las cajas “en su interior hay lienzos y cobres pintados, vajillas y objetos de plata, cristos y otras varias cosas de ornamento para el culto católico, no pudiendo precisar exactamente el contenido de todas ellas por no haber sido posible abrirlas todas”. El agente republicano, que consideraba “preciso llevar todas las gestiones en el más absoluto secreto”, se puso en contacto con el Vicecónsul de la República en Marsella, Antonio Fernández, para comunicarle su hallazgo. El temor del agente estribaba no sólo en que se pudieran enterar las autoridades de la aduana –e interviniesen las cajas dada la falsedad de la declaración de la mercancía–, sino también que llegara a oídos de “ciertos elementos de la F.A.I. para los cuales no hay secretos en ese consulado”. Los republicanos siempre acusaron a los anarquistas de este “salvamento”. El objetivo del agente era evitar que se malograse con ello el rescate de las cajas. En aquella ocasión, el Gobierno de la República decidió actuar por vía judicial y diplomática para recuperar las 33 cajas de Marsella. El Fiscal General de la República recomendaba presentar una querella ante el Juzgado de Instrucción de Barcelona “por delitos de falsedad, robo y estafa” contra los responsables del cargamento. Realizado esto, había que exigir a Francia por vía diplomática la entrega de las cajas. Lo cierto es que las 33 cajas de Marsella fueron finalmente rescatadas y enviadas a la embajada de España en París seis meses después, en marzo de 1939. El que llevó a cabo la gestión definitiva fue Timoteo Pérez Rubio, presidente de la Junta Central del Tesoro Artístico, que viajó desde Ginebra –donde se encontraban las obras evacuadas por la Junta en proceso de inventario–para hacerse cargo, entre otras, de estas obras. Por mediación de Jacques Jaujard, Director de los Museos Nacionales y de la Escuela del Louvre, consiguió que bajo amparo diplomático las cajas fueran remitidas para “amueblar dicha embajada”, en un momento en el que la España de Franco ya había sido reconocida por Francia. Finalmente, acabada la guerra, las cajas pasarían a manos de los representantes del Gobierno español y regresarían a España a mediados de octubre de 1940.
  • Hablaremos de un segundo “salvamento”, el acontecido en el palacio de Zabálburu. Se trataba de un edificio madrileño con una de las mejores colecciones de libros antiguos del mundo, que fue requisado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas, impulsada por Bergamín. Al palacio fueron a vivir Alberti y su mujer, y en él daban fiestas de disfraces, comedias, etc., en plena guerra y penuria de la población. Es conocida la anécdota de poeta y honradísima persona, Miguel Hernández, que, recién llegado del frente, comentó en una de esas fiestas: “Veo aquí a mucha puta y mucho hijo de puta”, recibiendo una fuerte bofetada de María Teresa León, que juzgó inapropiada la observación del poeta. El hecho de servir el palacio de Zabálburu como sede de la Alianza, salvó su biblioteca del destino de otras muchas. Ello tuvo un coste, sin embargo. Al terminar la guerra pudo comprobarse que habían desaparecido 90 libros antiguos de valor inestimable, escogidos con pericia evidente, así como la colección de monedas de oro, objetos de plata, etc.
  • Podríamos hablar de otro salvamento, el de el Museo Arqueológico, por el republicano Wenceslao Roces, subsecretario de Instrucción Pública, acompañado de milicianos armados. Pero como se trata de un asunto muy relacionado con el oro, lo dejaremos para la segunda entrega.

Por eso en este tercer ejemplo vamos a narrar uno de los acontecimientos “salvadores” más controvertidos: el de los cuadros del Museo del Prado. Para su análisis nos basaremos en el libro de José Calvo Poyato (por cierto, hermano de la vicepresidenta primera del Gobierno, Carmen Calvo), el historiador Calvo Poyato en su libro “El milagro del Prado” considera que el hecho de que los cuadros puedan estar hoy a salvo en el Museo del Prado y no destrozados o perdidos es algo milagroso, tal y como fueron tratados. El Gobierno de la República ordenó el traslado de las obras del museo, junto con otras que habían sido incautadas. Se distribuyeron por varios lugares de la ciudad de Valencia entre ellos las Torres de Serrano y el Colegio del Patriarca.

Posteriormente, entre los años 1937 al 1938, estas piezas fueron trasladas a Barcelona, en primer lugar, más tarde al Castillo de Peralada y a unas minas en el Ampurdán. En febrero de 1939 viajaron hacia Ginebra, y allí fueron custodiadas por el Comité Internacional de Expertos para el Inventario de las Obras de Arte Españolas. Fueron expuestas en la Sociedad de Naciones de la misma ciudad, hasta que fueron devueltas a España el 7 de septiembre de 1939.

Los cuadros fueron sacados del Museo cuando se acercaban las tropas nacionales a Madrid, las dos razones que se dieron para ello fueron que había que “salvar” esos tesoros de los bombardeos y del frío madrileño. Excusas, dice Calvo Poyato: “fue una decisión política; cuando se tomó no había caída una sola bomba sobre el Prado”.  No había la menor razón para llevarse de allí las pinturas, como demostró el subdirector del museo y director de facto ante la ausencia de Picasso, que era el director titular, Sánchez Cantón, y como demostró la propia conducta del Gobierno frentepopulista, que siguió sirviéndose del edificio para almacenar, a lo largo de toda la guerra, innumerables piezas artísticas y otros valores para llevarlos luego a Valencia y Barcelona.

Había, además, otra razón para evitar el traslado: los lienzos podían, en último extremo, guardarse en el Banco de España. Es preciso recordar las palabras de Salvador de Madariaga: “El cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se han cometido jamás. Madrid poseía precisamente la mejor cámara subterránea quizá entonces del mundo para la protección de tesoros artísticos, recién terminada con arreglo a la técnica más moderna. A los técnicos ingleses que visitaron España entonces se les enseñó un par de cuadros del Greco enmohecidos por la humedad para hacerles creer que esta cámara subterránea no era suficiente. A la sazón presidente de la Oficina Internacional de Museos de la Sociedad de Naciones, pude estudiar documentación suficiente para asegurar aquí que los cuadros del Museo del Prado no debieron haber salido nunca de Madrid, y que no hubieran salido de no haber predominado en el Gobierno de entonces la pasión política más miserable sobre el respeto a la cultura y al arte”.
Por tanto, sacarlos de Madrid para salvarlos de los bombardeos no era cierto, de hecho, apenas hubo bombardeos entorno al Museo y la Biblioteca Nacional, primero los nacionales siempre preservaron edificios significativos, salvo que estuvieran en ellos instaladas instituciones republicanas, como ocurrió con el Palacio de Liria.La segunda razón, sobre el frío, es aún más inaceptable, ni que los inviernos de Madrid, antes, en medio y después de la guerra no fueran igualmente fríos.

Calvo Poyato recuerda que las normas internacionales sobre patrimonio artístico, recomendaban dejar los cuadros en su sitio y en sótanos, que es donde estaban los del Prado, una vez que éste se cerró al público. En vez de eso, se los sacó sometiéndolos a un riesgo en buena medida innecesario. Los técnicos del Museo así se lo dejaron escrito a las autoridades, “era una barbaridad” escribió el subdirector del Museo. Ante la presión de los técnicos se hizo cargo del Museo, de facto, María Teresa León quien formaba parte de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y sin más autoridad que su decidido carácter los cuadros salieron con una protección mínima- Cuenta Calvo-

Ejemplos de las barbaridades del traslado pueden ser los siguientes: “Al llegar al puente de Arganda sobre el Jarama, un cuadro de las dimensiones de Las meninas tropezaba con los arcos superiores; de modo que hubo que bajarlo del camión y llevarlo a mano hasta cruzar el puente. En otra ocasión, Los fusilamientos del tres de mayo sufrió destrozos importantes al caerle encima un balcón y estuvo a punto de perderse” cuenta el autor de el milagro del Prado. No fueron los únicos desastres otro ejemplo es el del Cristo de Velázquez cayendo barranco abajo al salir del Ampurdán camino de Francia. El autor recuerda, asimismo, como eran las carreteras durante la guerra, bombardeadas, sin mantenimiento, llenas de baches y socavones. Los camiones no podían superar los 15 km hora por miedo a volcar y para no destrozar las ruedas entre bache y bache. En cada uno de ellos, los cuadros, instalados sin la protección adecuada iban dando botes durante los más de 400km que separan Madrid de Valencia.

Afortunadamente, frente a la actitud de los políticos -que a Calvo Poyato le parece poco prudente cuando menos- estuvo la responsabilidad de los técnicos. Así, el pintor Timoteo Pérez Rubio, uno de los personajes más destacados de esta historia, se ocupó de que, una vez llegados a Valencia, los cuadros se alojaran en lugares seguros, y fueran restaurados. Si bien, posteriormente fueron trasladados a Barcelona, Gerona, Francia y Suiza. Realmente es milagroso que aún tengamos cuadros en el Prado. El traslado a Barcelona se debió a la orden de que los cuadros del Prado y otros tesoros museísticos, debían estar con el gobierno. Calvo Poyato llama la atención sobre otro hecho significativo en esos días finales: por un decreto del gobierno los asuntos del patrimonio artístico nacional pasaron a depender del Ministerio de Hacienda. “Eso tiene un tufo”, dice, “de que se les quería dar valor económico por encima del valor artístico”. Tras Barcelona al Ampurdán donde los cuadros y otros tesoros de El Prado fueron “instalados” en polvorines que podían ser objetivo militar y si no fueron volados fue porque los servicios de inteligencia franquista, conocían su ubicación y evitaron los bombardeos. Realmente es milagroso que aún tengamos cuadros en el Prado.

Azaña, en aquellos años, expresó toda la angustia de la situación al decir que sentía la presencia de unas obras maestras que, en conjunto, eran más importantes que cualquier otra cosa, que la República y la Monarquía juntas.

Aquel cambio de competencias de Cultura a Hacienda abre todo tipo de conjeturas, que no se pueden demostrar, al menos mientras no se permita estudiar los archivos rusos, de que la República quería canjear aquellos cuadros por armas, como hizo con parte del oro. Los cuadros eran inmensamente conocidos, no se podían vender, pero si se podían dar a los rusos de Stalin a cambio de refuerzos armamentístico y apoyo logístico, incluso de protección para los dirigentes republicanos. Así lo sospecha Calvo, Pío Moa y otros muchos historiadores.

El hecho es que, milagrosamente, quizá porque veían que la guerra no tenía remedio para el bando republicano, por el tesón de alguno de sus dirigentes, de los técnicos, de algunos intelectuales y las dificultades del momento histórico, con la II Guerra Mundial en puertas cuando trasladar los cuadros a Rusia hubiera sido condenado en la Sociedad de Naciones, o por lo que fuera, el resultado fue que durante la última etapa de la Republica, el Gobierno se esforzó por preservar física y jurídicamente los cuadros, de ahí el traslado a París , primero, y a Ginebra, después, siendo custodiados en la sede de la Sociedad de Naciones hasta su regreso a España.

[1] CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DE LA SALIDA DELICTIVA DE OBRAS DE ARTE AL EXTRANJERO DURANTE LA GUERRA CIVIL  Arturo Colorado Castellary

2 comentarios sobre “EL EXPOLIO DEL PATRIMONIO ESPAÑOL DURANTE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA: EL ARTE Y LA CULTURA

  1. Tan brillante como otras entradas previas
    Y muy interesante comprobar
    , a la luz de la propaganda que intenta vendernos a los partidos republicanos de izquierda como valedores de la cultura ( recordemos una película reciente ) que la quema de bibliotecas y la destrucción y robo del patromonio cultural español no les ha llevado a pedir disculpas . Por no mencionar que los judios que sufrieron el expolio de los mazos han conseguido devoluciones que a los españoles nos han hurtado . Otro ejemplo del maltrato de los países al norte de los Pirineos de los derechos de los españoles

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    1. Muchas gracias María. En este caso el maltrato se repartió por igual entre los extranjeros y los ladrones españoles. Aquello fue un episodio imperdonable y vergonzoso de nuestra historia que solo fue mejorado por lo realizado en el Museo Arqueológico Nacional y que explicaré la semana próxima

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