LA BATALLA DE VARSOVIA 1920 O LA BARRERA A LA EXPANSIÓN COMUNISTA.

Entre los conflictos esenciales de la humanidad, uno destaca por haber sido el freno a la expansión comunista hacia occidente.

Hablamos de la Batalla de Varsovia de 1920. En agosto de este año se cumplió su centenario.

La batalla se enmarca en la guerra polaco-soviética que fue un conflicto iniciado a poco de terminar la I Guerra Mundial y que no tuvo más trascendencia en el imaginario popular porque todos nos paramos en el tratado de Versalles y en los 14 puntos de Wilson, sin embargo, la Batalla de Varsovia fue la batalla decisiva de la Guerra polaco-bolchevique, que se libró del 12 al 25 de agosto de 1920. Según el diplomático británico D’Abernon, ésta fue la decimoctava batalla más importante en la historia del mundo.

La guerra fue el resultado del deseo polaco de recuperar el territorio perdido y del expansionismo ruso, unos hacia el este, otros hacia el oeste. Los polacos, nación renacida en 1918, pretendían recuperar el territorio que ocupaban antes del siglo XVIII lo que le llevó a ocupar una serie de territorios ucranianos y preveía avanzar hacia Bielorrusia y Lituania. El levantamiento ucraniano contra los polacos contó con el apoyo ruso. Los rusos, en plena formación de las repúblicas soviéticas, no se paraban en barras y decidieron que todo avance era pequeño. Lenin pretendía llevar la revolución a Alemania y Hungría donde en 1919 se produjeron una serie de levantamientos comunistas, todo ello aprovechando la situación de una Europa destruida tras la Gran Guerra.

Su gran objetivo era Alemania. La recién creada República de Weimar se desangraba entre huelgas, revueltas, crisis económica. Era una nación dolida por el tratado de Versalles. Pero el camino hacia Berlín, requería superar el obstáculo de Polonia.

Hay que retrotraerse en el tiempo unos años a fin de entender en toda su expresión la situación polaca.

Debemos situarnos a finales del siglo XVIII, cuando se dividió Polonia entre Prusia, Rusia y Austria. Aquella desaparición del Estado polaco no acabó con su nación y se mantuvo en el imaginario del pueblo polaco la necesidad de recuperar al viejo Estado arrebatado por las ambiciones vecinas. El Estado polaco nació sobre las ruinas de las derrotas militares y políticas, pero, de la permanencia indomable e irredento de un espíritu nacional arraigado en el pueblo polaco que pasó de generación en generación y se manifestó a través de diversas sublevaciones y de constituir, por ello, un problema permanente para alemanes y austríacos, que pensaron en crear un reino polaco dependiente de ambos países, en 1915, pero sin nombrar nunca a un rey. Tras la derrota de Alemania y Austria, con el armisticio, llegó la creación del Estado polaco, aunque sin recuperar el antiguo territorio. El jefe del Estado polaco Józef Pilsudski ambicionaba los antiguos territorios para que sirvieran de contrapeso al tradicional poder de alemanes y rusos.

Para ello contaba, en 1920, con una nación unida y moderna que habían sabido transformarse desde la sociedad feudal que era en el siglo XVIII, en una de las sociedades civiles más modernas de Europa. Hasta su nueva creación carecía de instituciones estatales, pero tenía una extensa red de entidades sociales, culturales y deportivas, de cooperativas financieras, las sociedades científicas, los grupos de autoformación que permitieron mantener la moral polaca tan elevada que sin ellas las victorias militares no hubieran sido posibles. Fue el desarrollo social que llevó al desarrollo económico y al deseo democrático. Prueba de que esa nación se movía y existía fue que dos días después de recuperar la independencia en 1918, Polonia promulgó una de las legislaciones sociales y electorales más modernas del mundo occidental.

Pero aquel éxito se vio amenazado dos años después de recuperar la independencia, Polonia se enfrentó a la amenaza totalitaria de los bolcheviques. La guerra contra los bolcheviques fue una demostración de la extraordinaria unidad política de la nación polaca. Las diferencias políticas que había entre los padres de la independencia polaca, que pertenecían a distintos ámbitos políticos, quedaron relegadas a un segundo plano para centrarse en la defensa del Estado, de la patria recién recuperada. Tenían eso que hoy llamamos sentido de Estado, les importaba su país y su pueblo por encima de sus intereses. La sociedad polaca apoyó masivamente el esfuerzo bélico, y también hubo un fuerte compromiso por parte de la Iglesia Católica. El ejército bolchevique se enfrentó a toda la fuerza física, moral y espiritual de una nación unida.

El momento clave de la guerra polaco-soviética fue la Batalla de Varsovia, un audaz ataque soviético, el 13 de agosto dirigido por Tujachevski, rompió la línea defensiva polaca y le permitió conquistar la pequeña ciudad de Radzymin, en las afueras de Varsovia. El 14, la situación para los polacos era desesperada. Los simpatizantes comunistas empezaron a realizar actos de sabotaje por toda la ciudad para preparar la llegada de sus camaradas.

Varsovia se llenó de refugiados del este que habían huido del avance ruso. Circulaban todo tipo de rumores alarmistas. Las iglesias estaban a rebosar. Al día siguiente era la fiesta de la Asunción, por lo que miles de devotos católicos rezaban a la Virgen para que ocurriera un milagro. Y el “milagro” ocurrió. El ejército rojo había tenido grandes pérdidas humanas y materiales en el avance y a eso se unió la falta de ayuda de los habitantes de las zonas ocupadas.

El gobierno polaco, en cambio, llevaba varios meses preparando la defensa de Varsovia. Había hecho acopio de suministros y, con la ayuda de la Iglesia católica, lanzó una campaña propagandística con la intención de canalizar los impulsos patrióticos y antibolcheviques de la población. Lo que facilitó la formación de un Ejército de Voluntarios bajo el mando del general Haller, que en poco tiempo superó los 100.000 soldados. Teniendo en cuenta que Polonia fue uno de los países más destruidos por la Primera Guerra Mundial, la movilización bélica de la sociedad polaca fue extraordinaria.

Tras una serie de durísimos combates, el ejército polaco consiguió repeler los ataques del día 15 e iniciar una maniobra envolvente al modo napoleónico, abriendo una brecha en el ejercito ruso y separándolo en dos para empezar el ataque por el sector más débil hasta avanzar contra todas sus posiciones, que no pudieron más que defenderse a duras penas. No en vano, el ejército polaco había sido asesorado por oficiales franceses. El ataque obligó al enemigo a retirarse de forma desorganizada y anuló su capacidad de contraataque. Una guerra de movimientos, con un destacado papel de la caballería, donde no había trincheras, ni alambre de espino ni apenas tanques o aviones. Unos 25.000 soldados soviéticos murieron en Varsovia, y unos 70.000 en toda la guerra. Por el lado polaco, las bajas también fueron considerables. Si bien no en la batalla decisiva, donde murieron unos 4.500 soldados, sí a lo largo de la contienda, con unas 47.000 muertes.

Desde agosto de 1920 y en los meses siguientes, varias victorias sucesivas del ejército polaco aseguraron la independencia del país y llevaron a la firma, el 12 de octubre de 1920, del armisticio y el 18 de marzo de 1921,se llegó al acuerdo de paz en Riga ( Letonia) que puso fin a la guerra polaco-bolchevique y marcó las fronteras del Estado polaco en el este y la imposibilidad de que Lenin alcanzase su objetivo de extender el comunismo.

La prensa calificó la victoria de los polacos como el Milagro del Vístula, en referencia al Milagro del Marne, ocurrido durante la IGM, cuando el ejército franco-británico logró detener a los ejércitos alemanes.

La guerra polaco-soviética no fue sólo un choque de grandes ejércitos, un esfuerzo espectacular de toda la sociedad o el genio estratégico de los mandos militares. Otros factores influyeron. El primero es que, durante el ataque, los servicios de inteligencia polacos interfirieron las comunicaciones rusas, impidiendo que sus tropas se reorganizaran a tiempo. Famoso fue Jan Kowalewski, un oficial de la inteligencia militar polaca que descifró las claves secretas soviéticas. Su trabajo permitió obtener información clave para el desarrollo de la estrategia de las operaciones polacas. Fue un héroe silencioso que desempeñó un papel crucial en la detención de la agresión soviética contra Europa, en 1920.

El segundo tuvo que ver con las diferencias que existían en el mando soviético. Durante la toma de Varsovia, Tujachevski pidió el apoyo del ejército del frente Sur-Oeste, dirigido por Aleksandr Yegórov, para cubrir el frente sur. Stalin, comisario político del frente en cuestión, se negó.

La Batalla de Varsovia fue la culminación de más de 50 años de revolución democrática polaca, una de las historias más extraordinarias y, al mismo tiempo, menos conocidas de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, llena de patriotismo, devoción religiosa y genio e inteligencia militar. Pero, sobre todo, y el motivo esencial por el que se considera uno de los episodios más importantes de la historia de la humanidad es porque representa un momento decisivo en la lucha contra el totalitarismo en Europa, tan destacado como lo fue la II Guerra Mundial.

En 1920, Polonia ganó la batalla a orillas del Vístula, y esa victoria era clave para la libertad de las naciones de Europa.

Los polacos salvaron a Occidente del genocidio totalitario, descrito por destacados historiadores franceses en el célebre Libro Negro del Comunismo.

Bien lo sabía Karol Wojtyła, más tarde el Papa Juan Pablo II, nacido en 1920, quien dijo: “Desde mi nacimiento, he llevado dentro de mí una gran deuda con aquellos que emprendieron entonces la lucha contra el invasor y la ganaron, pagándola con sus vidas”.

 

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