La Unión Ibérica

Decíamos al hablar del Tratado de las Alcazobas (https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ ) que una de las consecuencias del mismo fue “la boda entre la hija de los Reyes Católicos, Isabel, y el nieto del rey de Portugal, Alfonso, que se celebró en 1490. Al morir Alfonso a los pocos meses, Isabel contrajo matrimonio en 1497 con el nuevo heredero al trono portugués, Manuel I de Portugal- primo de Juan II-. Tuvieron un hijo que murió a los dos años de edad. Poco después moría Isabel. Su hermana, María de Aragón, contraería nupcias con Manuel I. María y Manuel I tuvieron una hija, Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España y madre de Felipe II. Por este ascendiente, Felipe II pudo reclamar la corona de Portugal tras la muerte de Sebastián I. Felipe II fue coronado rey de Portugal el 16 de abril de 1581 en las Cortes de Tomar, logrando así “la unión ibérica”.”

Veamos cómo se desarrolló aquel acontecimiento.

Como, en tantas cosas destacables de nuestra Historia, son los Reyes Católicos los que inician el camino y no tanto por aquel matrimonio, que, efectivamente, a la postre fue decisivo, sino por la instauración de una idea esencial para cimentar el futuro de España: la unidad.

Felipe II fue el más digno heredero de aquella constante, tanto por su tendencia a la unidad de mando como por la convicción de la necesidad de una unidad de los territorios que gobernaba.

Durante su reinado completó la obra de sus abuelos y de su padre consiguiendo la unidad de España con Portugal, lo que, a su vez, le permitió subsumir el Imperio portugués y el español bajo su corona, ampliando de manera hegemónica y brillante el contenido material de la idea imperial de la corona de España que se venía produciendo desde los reyes astures y, sobre todo, desde Alfonso X.

La unidad de la península ibérica se había dado ya con los romanos y con los visigodos. Por tanto, lograr la unidad de los reinos peninsulares era una idea que estaba instalada al sur de los Pirineos desde siempre. Ya Juan I de castilla, casado con una princesa portuguesa, aspiró a aquel trono, pero perdió la batalla de Aljubarrota, con lo que se inició la dinastía Avis en Portugal con Juan I como rey de Portugal (en honor de la victoria mandó edificar el maravilloso monasterio de santa María de Victoria, más conocido como Monasterio de Batalla- en portugués: Santa Maria de Vitória o de Batalha- ejemplo de arquitectura gótico-tardío portuguesa o estilo manuelino-.  Posteriormente, fue Alfonso V de Portugal, al unirse a la causa de Juana la Beltraneja, quien pretendió también la unión con Castilla bajo la corona de su hijo, pero ya vimos en la entrada sobre el Tratado de las Alcazobas que tal cosa no ocurrió. En 1500 la muerte prematura del príncipe Miguel de la Paz, hijo de Manuel I de Portugal y heredero simultáneo de las coronas de Portugal, Castilla y Aragón, abortó otra oportunidad de unión de los reinos peninsulares. Hoy contamos un nuevo intento que obtuvo más éxito.

Sebastián I, rey de Portugal desde 1557, falleció en la batalla de Alcazarquivir en 1578. Era nieto de Carlos I de España por línea materna y bisnieto, tanto por línea materna como paterna de Manuel I de Portugal.

El joven rey era un místico que se tenía a sí mismo como un cruzado enviado por Dios para acabar con el poder musulmán en el norte de África. Antes de iniciar la gran cruzada en Fez, Felipe II, su tío, intentó disuadirle. No sólo porque temía por su vida: el rey portugués era muy joven y no muy ducho en ese tipo de acciones militares frente a unos miembros del imperio turco que en demasiadas ocasiones habían dejado muestras de su valía militar. Además, aquello acontecía poco después de Lepanto y Felipe II no quería un nuevo levantamiento otomano.

En la batalla de Alcazarquivir murió el Rey Sebastián y también el rey de musulmán. Gran parte de la nobleza portuguesa cayó prisionera, por cuyas vidas se exigió un gran rescate, lo que acabó prácticamente con el tesoro de Portugal.

Recuperado el cadáver del rey Sebastián se enterró tras unas cuantas peripecias en el monasterio de los Jerónimos de Belém en Lisboa.

Entorno a él apareció una corriente –el sebastianismo- que creó considerables problemas. Algo de esto vimos en su momento, en la tercera de estas leyendas: https://algodehistoria.home.blog/2020/05/08/curiosidades-de-la-historia-2-entre-cuentos-y-leyendas/

Hereda el trono portugués el tío-abuelo del rey fallecido, el cardenal Enrique de Portugal (Enrique I de Portugal). Hombre de edad avanzada que falleció dos años después sin dejar herederos.

Se inician los problemas sucesorios. Se postulaban al trono: Catalina de Portugal, nieta de Manuel I y casada con el duque de Braganza; Antonio, prior de Crato, también nieto de Manuel I, aunque era hijo ilegítimo de Luis de Portugal, motivo por el que una parte importante de la nobleza lo rechazaba, y Felipe II, rey de España, también nieto de Manuel I de Portugal por línea materna. De manera más lejana, pretendía el trono otros personajes como Catalina de Médici (reina madre de Francia).

Antonio, Prior de Crato, se proclamó rey, contando con el apoyo del pueblo llano. Felipe II envió un ejército bajo el mando del Duque de Alba, que venció a los partidarios de Crato en la batalla de Alcántara (1580).  Crato huyó a Francia y se refugió bajo la protección de Catalina de Médici. Se llevó con él las joyas de la corona portuguesa que le permitieron aliarse con los franceses para armar una flota e intentar la recuperación del trono portugués, pero fueron derrotados en la Batalla de la Isla Terceira por la armada española dirigida por Álvaro de Bazán. Más tarde, en 1589 volvió a la carga, esta vez apoyado por la Inglaterra de Isabel I, previo pago de la ayuda. Fue otro fracaso que además le dejó arruinado. Murió sólo y bajo la caridad del rey de Francia, años después.

Mientras, Felipe II fue proclamado Rey de Portugal el 12 de septiembre de 1580. Tomó juramento como Rey en las Cortes de Tomar, el 15 de abril de 1581. Se inicia así lo que en Portugal se conoce como dinastía Filipina o Tercera dinastía. Felipe II había contado desde el principio con el apoyo de la nobleza portuguesa y la incipiente burguesía del país, a los que prometió respeto a sus instituciones y autonomía de gobierno, ya que garantizaba el mantenimiento de las estructuras de poder, los fueros y costumbres de Portugal. Por ello, únicamente contó con la presencia en Lisboa de un gobernador (a veces un virrey) cuya función era representar y velar por los intereses de la corona en los nuevos territorios unidos. Además, en aquella España de los grandes Consejos se crea el Consejo de Portugal en 1582 (no olvidemos que ni España ni ningún otro país era una nación en el sentido actual. Desde el siglo XV se estaban formando las naciones-estado cuyo basamento unificador era la corona, que, el caso español, respetaba los fueros y costumbres de los antiguos reinos). El Consejo tuvo el papel de asesorar y gestionar ante el rey los asuntos referidos a la justicia, la gracia, y la economía de la Corona portuguesa. Cualquier decisión del rey con referencia a Portugal tenía que pasar por una consulta al Consejo antes de ser transmitido a la cancillería de Lisboa.

La idea de unidad estaba tan presente en Felipe II que estudió un proyecto que hiciera navegable el Tajo desde Toledo a Lisboa. Esta idea de unir la península por medio de franjas horizontales ya la tuvieron los romanos que intentaron unir Mérida con la costa portuguesa. Pero ni las técnicas del momento permitieron aquella empresa ni, posiblemente, el tiempo que los portugueses habían vivido como nación independiente les hacía sentir es unión y, sin embargo, aquella unidad se mantuvo un tiempo y en el espíritu aún permanece y no son pocos los portugueses que claman por la misma.

La unión Ibérica se había producido bajo la corona de los Austria y duró desde 1580 a 1640. Tres reyes españoles tuvieron el privilegio de gobernar unido el territorio peninsular: Felipe II (1580-1598); Felipe III (1598-1621), y Felipe IV de 1621 a 1640.

Aquella unión añadió al ya extenso imperio español la nada desdeñable del imperio portugués lo que supuso el gobierno de la mayor porción del mundo que haya tenido nunca un Estado: desde América al Pacífico, de Extremo Oriente a África, de la India a Europa.

Portugal, añadía extensión y una gran riqueza sobre todo por el comercio de especias. Vasco de Gama había llegado a Oriente navegando alrededor de África en 1497-98, completando los esfuerzos exploratorios iniciados por Enrique el Navegante. Esto abrió nuevas rutas de navegación que permitieron sortear los obstáculos que creaba el tránsito por Oriente Medio.

Aquel modo de gobierno, muy descentralizado, no dejó de dar dolores de cabeza al rey Felipe, pero no sólo en Portugal, también en la antigua corona de Aragón, en los Países Bajos, en Nápoles y Milán o en Sicilia y por supuesto en los territorios de ultramar. Realmente, la unidad como tal se manifestaba esencialmente, además de en las decisiones comunes que realizara la corona, en la unidad de acción y criterio en la política exterior. Con todo, bajo un rey supervisor y trabajador como Felipe II, los problemas se fueron solventando y afianzando la unidad.

Su sucesor, Felipe III, tuvo un reinado relativamente tranquilo en lo que a Portugal se refiere, a pesar de que con él se iniciaron ciertos procesos centralizadores, los problemas que los holandeses crearon en Brasil y los añadidos por el aumento de impuestos.

Pero los mayores disgustos para la Unión Ibérica acontecieron en el reinado de Felipe IV, especialmente a partir de 1630 cuando la tensión se incrementó a raíz de las guerras en los Países Bajos (guerra de los 80 años) y por los enfrentamientos contra Inglaterra, cuyos ataques estaban poniendo en peligro los intereses comerciales de la burguesía portuguesa en sus colonias, sobre todo, el comercio de especias y el de esclavos. Asimismo, los portugueses se quejaban de que la Corona favorecía la situación comercial de las provincias españolas en América o en Flandes frente al comercio tradicional de los territorios portugueses. En ese aspecto fue especialmente significativa la crisis del comercio de maderas de Madeira y Azores frente a de las provincias españolas en América. Todo ello contribuyó a que el comercio portugués entrara en decadencia y a que su riqueza comercial dependiera cada vez más de sus colonias, esencialmente de India y Brasil. Además, socialmente, los enfrentamientos en Flandes originaron la muerte de muchos soldados portugueses, lo que aumentó considerablemente el malestar, si bien, la corona se esforzaba en interrumpir el comercio holandés y en defender los intereses portugueses en Brasil. La situación tuvo cierta contención hasta que en 1634 y 1637 se produjeron las dos primeras revueltas portuguesas, que, si bien no fueron radicalmente peligrosas para los intereses de la unidad, sí propiciaron la revolución   definitiva de 1640.

La falta de respeto a los privilegios, costumbres y fueros portugueses, tradicionalmente aceptados y dignificados por Felipe II en Tomar pusieron en alerta a los lusos, pero lo que más afectó a la población portuguesa fue la subida de impuestos, así como un intento de desamortización que puso en alerta a los eclesiásticos, sobre todo, a los jesuitas que tenían gran predicamento y poder en Portugal y no mantenían las mejores relaciones con la Corona española. Ni pueblo llano ni comerciantes ni nobles ni eclesiásticos estaban muy contentos con la política de Felipe IV. La gota que colmó el vaso fue la intención del conde- duque de Olivares de utilizar tropas portuguesas contra los catalanes sublevados. Así que el conde-duque en vez de solventar un problema, aumentó dos.

Además, el cardenal francés, Richelieu, con una poderosa red de informadores en Portugal, halló un líder, en el duque de Braganza (nieto de Catalina de Portugal- como vimos aspirante al trono junto a Felipe II-), que impulsara, con apoyo francés, un levantamiento contra Margarita de Saboya, duquesa de Mantua y gobernadora de Portugal y contra su secretario- Miguel de Vasconcelos-. La revuelta de 1 de diciembre de 1640, acabó con la vida de Vasconcelos, y el duque de Braganza se proclamó rey de Portugal con el nombre de Juan IV. Se inicia así en Portugal la dinastía de Braganza. Esta revolución, que de facto supuso el fin de la Unión Ibérica, no fue aceptada por España. Se inició un largo conflicto conocido como Guerra de Restauración portuguesa. Duró 28 años y terminó con el Tratado de Lisboa de 1668 por el que España reconoce la Independencia de Portugal. El Tratado fue firmado por Alfonso VI de Portugal y Carlos II de España.

La victoria portuguesa se debió a que los mayores esfuerzos militares españoles estaban puestos en Cataluña, así como al apoyo de las potencias europeas, Inglaterra y Francia- esta última con gran interés- con la finalidad de limitar el poderío de la Corona española. Con ese mismo objetivo, al tiempo, mantenían la guerra contra España en Holanda.

En aquel tiempo los portugueses aprovecharon para expulsar a las tropas holandesas de Brasil, Angola, y Santo Tomé y Príncipe, recuperando así también, parte de su imperio.

BIBLIOGRAFÍA

PEMAN, José María. “La Historia de España contada con sencillez”. Ed Bibliotheca Homolegens. 2009.

KAMEN, Henry. “Felipe II”. Ed Siglo XXI. 1997.

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Ed. Marcial Pons. 2020.

COLOMER, José Luis. “Arte y diplomacia de la Monarquía Hispánica en el siglo XVII”. Ed. Fernando Villaverde. 2003

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