ELOY GONZALO, HÉROE DE CASCORRO

Ya hemos hablado de la pérdida de Cuba y del trauma nacional que trajo consigo el desastre del 98, reflejado en todos los órdenes sociales de nuestra España.

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https://algodehistoria.home.blog/2021/03/26/las-primeras-guerras-de-independencia-de-cuba/

Pero a pesar de que perdimos nuestra perla del caribe, los isleños pueden pregonar que estaban mejor cuando eran una provincia española.

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A pesar de la derrota, en nuestra actuación durante aquella guerra hubo héroes destacados y hoy vamos a hablar de uno de ellos: Eloy Gonzalo García.

Eloy Gonzalo nació el 1 de diciembre de 1868, en Madrid. Nada más nacer, el pequeño fue dejado en la inclusa de la calle Mesón de Paredes, en el barrio de Lavapiés. Su madre dejó una nota junto al recién nacido en el que indicaba que el niño había nacido a las seis de la mañana, estaba sin bautizar y deseaba que le pusieran el nombre de Eloy Gonzalo García además de otros datos de su madre y abuelos.

Gonzalo, fue dado en media adopción a diferentes familias hasta que, a los 11 años, edad en la que el Estado ya no ayudaba a su mantenimiento, tuvo que ganarse la vida por su cuenta. Fue peón de albañil, jornalero, aprendiz de barbero…, hasta que en 1889 se alistó en el Regimiento de Dragones de Lusitania, donde alcanzó el rango de cabo en tan solo dos años. Al año siguiente se incorporó al Cuerpo de Carabineros y en el verano de 1894 fue destinado a la Comandancia de Algeciras. En Cádiz llegó su desgracia. Un suceso desagradable le llevó ante un consejo de guerra en febrero de 1895. Fue acusado de amenazar con una pistola a un oficial superior al que, al parecer, descubrió en la cama con su prometida. Gonzalo fue condenado a doce años de prisión en Valladolid. Sin embargo, en agosto de 1895, las Cortes Generales aprobaron una ley de amnistía para todos aquellos presos que estuvieran dispuestos a luchar en la última fase de la guerra de Cuba. Gonzalo presentó su instancia y, el 25 de noviembre de 1895, embarcó en el puerto de La Coruña con destino a La Habana, previamente había sido degradado de cabo a soldado raso. Fue destinado a una guarnición que estaba en la localidad de Cascorro, muy cerca de la población cubana de Camagüey, situada en el centro de la isla.

Según muchos historiadores militares, Cascorro era indefendible, y el Ejército español nunca debería haber intentado conservarlo. El comandante supremo en Cuba, el capitán general Valeriano Weyler, admite en sus memorias que este enclave carecía de importancia militar, además de ser un objetivo muy fácil para los insurrectos cubanos.

La situación de la guarnición española en Cascorro no podía ser peor: disponía de tan solo 170 hombres frente a los 2.000 efectivos del ejército cubano. Tras una potente e incesante lluvia de proyectiles y un cerco de 13 días, la superioridad cubana quedó tan patente que el general insurrecto puso condiciones para la rendición. Los españoles se negaron a aceptarlas.

La mayor parte del fuego enemigo partía de una casa próxima a la guarnición. El Capitán al mando del cuartel español, Francisco Neila, solicitó la presencia de un voluntario para llevar a cabo un plan desesperado.

Gonzalo se presentó voluntario aún sin conocer con exactitud la misión que se le iba a encomendar.

La única solución para los hombres del capitán Neila pasaba por prender fuego a la casa desde la cual les estaban acribillando a balazos y bombas; y la única manera de hacerlo era desde dentro del propio inmueble. Eloy Gonzalo sólo planteó una única petición: que su cuerpo fuese atado a una cuerda para que, en caso de muerte, se pudiera recuperar su cuerpo.

Pertrechado con un fusil, un bote de petróleo y una caja de cerillas, Gonzalo salió del fortín español cubierto por el fuego de los españoles y muy pocas esperanzas de lograr el éxito en la operación y menos aún de volver con vida. Arrastrándose y corriendo, según los momentos, a los pocos minutos la casa estaba en llamas. Lo había conseguido y regresó indemne. Aprovechando la confusión, el capitán Neila ordenó una embestida contra los sitiadores para dispersarlos definitivamente. En esa segunda acción también participó Eloy Gonzalo. El 6 de octubre, por fin, llegó la columna de socorro para liberar a la guarnición española.

La liberación de Cascorro enalteció el ánimo de los españoles, dada la tristeza de la defensa general que hicimos de Cuba, que no lograba movilizar el resultado a nuestro favor, la defensa de Cascorro fue un broche de dignidad. El 15 de octubre, el periódico El Imparcial llevaba a primera plana la heroicidad de Gonzalo. Desde aquella primera portada saltó a todos los noticieros.

 “[se] había conseguido un éxito militar que parecía inalcanzable, dando muestras de un extraordinario valor, regresando sano y salvo de su misión”. “Uno de los episodios más gloriosos de estos últimos días ha sido, sin duda, el sitio del poblado de Cascorro”.  Decía la revista Blanco y Negro en su edición de 24 de octubre de 1896. Y añadía la misma revista en su edición del 30 de enero de 1897 sobre Eloy: «Es, sin duda, el soldado que más popularidad ha alcanzado en la presente guerra. Compendian en él la heroicidad y la bravura de los defensores de Cascorro«.

Eloy Gonzalo García fue condecorado y recibió todos los parabienes posibles en un telegrama que fue enviado desde Madrid a La Habana.

A partir de ese momento, Gonzalo tomó parte activa en otras muchas operaciones en la región cubana de Matanzas. Hasta que el 6 de junio ingresaba en el Hospital Militar de esa ciudad y, el 17 del mismo mes, fallecía como consecuencia de una infección intestinal provocada por la mala alimentación del Ejército, la cual le produjo una enterocolitis ulcerosa gangrenosa. Padeció las dolorosas y horribles consecuencias de esta enfermedad hasta que murió. Esta enfermedad y otras enfermedades infecciosas eran comunes entre los soldados del ejército español. El cadáver de Gonzalo fue repatriado al terminar la lucha en 1898. En 1901, ya estaba prácticamente terminada la estatua que recoge su imagen con el mosquete, las cerillas, el bote de petróleo y la cuerda en el rastro madrileño, en la plaza de Cascorro.

BIBLIOGRAFÍA

SEGURA GARCÍA, Germán. – «Eloy Gonzalo, héroe de Cascorro» Revista Española de Defensa (diciembre 2018).

Líneas Defensivas. Especial referencia a las de la Segunda Guerra Mundial

Estos días todos estamos oyendo hablar de la “Línea Wagner”, como una estrategia defensiva empleada por Rusia en la guerra de Ucrania.

Se trata de una construcción, parece ser de hormigón, levantada en la zona ocupada fronteriza entre ambos contendientes, en territorios que Rusia considera estratégicos dentro del Donetsk. Evidentemente, la finalidad de esta “línea” no es más que la de frenar el avance ucraniano.

Como todos sabemos la realización de fuertes, torres defensivas, murallas es un sistema defensivo más que antiguo. Ya lo emplearon, y no fueron los primeros, los romanos. Entre las construcciones de contención romanas, quizá el más famoso haya sido el Muro de Adriano en la provincia de Britania. Iba desde la orilla del rio Tyne, cerca del Mar del Norte hasta el Mar de Irlanda. Lo que permitía proyectar el poder romano hacia la tierra norteña ocupada por los pictos. Aunque, en el Orbe, posiblemente, la muralla más conocida de la antigüedad fue y es la Muralla china.  Se construyó por tramos, iniciándose en el Siglo V a de C. y se terminó en el siglo XVI con la intención de proteger la frontera norte del imperio chino sobre todo por los ataques de las hordas de Mongolia y Manchuria. https://algodehistoria.home.blog/2019/12/13/hordas/

La idea defensiva a base de construcciones se extendió fundamentalmente en la Edad Media. Muestras de ello tenemos en montones de castillos en España o de torres vigías o albarranas, como, por ejemplo, la Torre del Oro. Sin olvidarnos de las importantes murallas defensivas, algunas aún existentes en ciudades como León, Lugo o Ávila.

Pero centrándonos en periodos históricos más recientes y en guerras no tan lejanas como la Segunda Guerra Mundial (en adelante, 2GM) hay cuatro líneas defensivas muy conocidas y que responden al mismo criterio que la línea Wagner: la línea Maginot, la línea Mannerheim, la línea Gustav y la Línea Sigfrido. La primera, empleada por los franceses; la segunda, por los finlandeses, y las siguientes, por los alemanes No fueron las únicas, pero sí muy destacadas.

  • De las mencionadas, la Línea Maginot fue la primera en idearse pues su construcción se inició en periodo de entreguerras. Fue una línea de fortificación y defensa construida por Francia a lo largo de su frontera con Alemania e Italia, después del fin de la Primera Guerra Mundial. El término línea Maginot se usa indistintamente para referirse al sistema completo de fortificaciones francesas contra Alemania e Italia, o exclusivamente para referirse a las defensas contra Alemania, en cuyo caso las defensas contra Italia suelen llamarse Línea Alpina. Aquí utilizaremos esa segunda opción.

Tras la primera Guerra Mundial (en adelante, 1GM), los países europeos quedaron traumatizados por el gran número de muertos a los que condujo la guerra de trincheras, las bombas de gases y en general la guerra de posiciones, teniendo en cuenta la poca importancia de los bombardeos durante la Gran Guerra, que se circunscribieron a acciones puntuales de carácter táctico.

Los armisticios, acuerdos y tratados de Paz- esencialmente, los 14 puntos de Wilson, la conferencia de paz de París, el tratado de Versalles – sólo valieron para humillar a Alemania. https://algodehistoria.home.blog/2020/01/01/los-felices-anos-20/

Ni Francia, ni Gran Bretaña ni Estados Unidos se fiaban de ella y aunque lentamente fue entrando en la Sociedad de Naciones y en los acuerdos internacionales (sobre todo, a raíz de los acuerdos de Lorcano), la verdad es que todos pensaban que el conflicto podría reanudarse, mucho más a raíz de los acontecimientos en Alemania durante los años 30.

https://algodehistoria.home.blog/2019/10/18/la-crisis-del-29/

https://algodehistoria.home.blog/2019/09/06/el-inicio-de-la-segunda-guerra-mundial/

La Línea Maginot fue construida en la década de los 30, por iniciativa de André Maginot (1877-1932), ministro de defensa francés entre 1929 y 1932. La idea subyacente era que la siguiente guerra contra Alemania se desarrollaría al igual que la 1GM. Por tanto, tenían en mente otra guerra de trincheras, una guerra sumamente defensiva y sin dar más importancia a los avances técnicos, a la aviación y a otros elementos de la guerra moderna.

Se trataba de una fortificación lineal paralela a la frontera francesa con Bélgica y Alemania desde el mar, en el paso de Calais, hasta el mediterráneo por la Provenza. Fue una construcción magnífica con fuertes separados cada 15 kilómetros, entre los fuertes se encontraban búnkeres y ambos se unían por obstáculos antitanque, fosos, campos de minas y alambre de púas. Los búnkeres subterráneos tenían cúpulas de enorme grosor de acero que apenas eran perceptibles sobre el terreno, estaban semienterradas, pintadas con los colores del terreno para no destacar ante el enemigo y dotadas de con piezas de artillería de medio y ligero calibre. El resto de la línea se componía de edificaciones enterradas hasta unos 70 metros de profundidad. Bajo tierra había habitaciones con comodidades mejores que muchas casas, viviendas, grupos electrógenos, aire acondicionado y calefacción, trenes subterráneos… Podía cobijar a una guarnición de casi 22.000 hombres. Todas estas instalaciones se encontraban protegidas por muros de hormigón de hasta tres metros de espesor. Por su longitud y magnificencia sólo puede ser comparada con la Muralla China. Sin embargo, la Línea Maginot no era homogénea en su fortificación. El miedo al asalto alemán hizo que desde el Rin hasta Montmedy, en las cercanías del Sedán, la línea estuviera fortalecida en una triple construcción, mientras que la frontera con Bélgica apenas tuvo fortificaciones por dos razones: primero, Bélgica era neutral y, segundo, el mando francés consideró que el bosque de las Ardenas era tan sumamente espeso y dificultoso que haría imposible el paso alemán por ese lugar.

Cuando, en mayo de 1940, los alemanes invadieron Bélgica, cruzaron el extremo norte de la línea Maginot, rompieron el frente con sus tanques y aviones, a pesar de que fuerzas británicas y francesas reforzaron la zona norte de la línea. Cinco días más tarde, los soldados alemanes pisaban una vez más suelo francés. 

La batalla de Francia duró solo seis semanas, rindiéndose oficialmente el 25 de junio de 1940. Los alemanes siguieron la línea hacia el sur hasta inutilizarla, pero no destruirla.

La construcción de la línea se considera un fracaso de la defensa francesa. Tanto el General De Gaulle como Churchill criticaron la construcción. Para el general francés, la línea respondía a una mentalidad puramente defensiva y ejerció un influjo debilitador sobre el espíritu de reacción del pueblo francés. En opinión de Churchill, la construcción fue costosa en dinero, tiempo y supuso supeditar todo el potencial defensivo francés a ella. Se invirtió demasiado dinero en la fortificación de la línea y muy poco en la modernización y refuerzo de las fuerzas móviles. Respondía a un concepto anquilosado de la guerra. Churchill, con no poca sorna británica, decía cuando el desastre se cernía sobre Francia y Petain y sus generales no eran capaces de verlo: “Gracias a Dios, tenemos la Línea Maginot”.

Con todo, la fortificación que seguía en pie fue muy útil cuando Hitler ordenó la última gran ofensiva, la Operación Nordwind. Entonces las fortificaciones de la línea Maginot fueron muy útiles a los aliados. Según el historiador Stephen Ambros: «Una parte de la Línea se usó con el propósito para el que había sido diseñada y demostró la magnífica fortificación que era». 

  • También en el periodo de entre guerras mundiales se construyó la Línea Mannerheim. Fue una línea de fortificación defensiva en el Istmo de Carelia construida por Finlandia pensando en evitar una invasión por parte de la Unión Soviética. Finlandia había declarado su independencia de la URSS en 1917 y aunque los rusos reconocieron tal independencia, nadie en Finlandia se fiaba de ellos. La línea recibió el nombre del mariscal Gustaf Mannerheim y se construyó en la década de 1920-30. Se extendía desde la costa del Golfo de Finlandia, en la punta más al sur del País, pasando por Summa, hasta Vuoksen y terminando en Taipale cerca del lago Ladoga.

https://es.wikipedia.org/wiki/L%C3%ADnea_Mannerheim#/media/Archivo:Mannerheim-line.png

Se construyó en dos fases, la primera en torno a 1921, tras la guerra civil finlandesa (con dos bandos llamados rojos y blancos, los primeros apoyados por la URSS y los segundos por el imperio alemán. Así se entiende la afición de rusos y alemanes por ocupar Finlandia, pues siempre estuvieron entrometidos en su soberanía. La guerra terminó con la victoria blanca en 1918, tras retirarse la URSS de la contienda) y en una segunda fase tras 1932, siendo interrumpida la construcción por la guerra de invierno

Tres meses después del inicio de la 2GM la Unión Soviética atacó Finlandia, el 30 de noviembre de 1939. Iniciándose lo que se ha llamado la “Guerra de invierno”. Ya vimos en la entrada sobre el pacto Ribbenrop- Molotov (https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/) como Alemania y Rusia pretendía repartirse la Europa oriental. La URSS buscaba apoderarse del territorio finlandés señalando que era necesario para defender San Petersburgo, entonces llamado Leningrado. Propuso un intercambio de territorios a los fineses. Evidentemente, Finlandia se negó y la URSS invadió su país vecino. Finlandia se defendió. En esta defensa, fue esencial la Línea Mannerheim, que al contrario que la línea Maginot no se basaba en la sucesión de enormes búnkeres (los búnkeres, existieron, pero fueron escasos) sino en el aprovechamiento de los accidentes geográficos de la zona, especialmente los numerosos ríos y lagos existentes en el lugar. Las fortificaciones se hicieron principalmente de hormigón y en muchos casos se limitaron a fortificaciones menores, crear trincheras, zanjas antitanques, barreras de hormigón para tanques (también conocidas como dientes de dragón) alambre de púas…. Se llamó a este tipo de línea defensiva, línea flexible, porque al contrario que la línea Maginot, los soldados no estaban encerrados en los búnkeres y podían salir y contraatacar, no eran fortificaciones meramente defensivas. La línea estaba armada con ametralladoras y artillería no muy numerosa. No se construyó con grandes gastos, al contrario que la francesa. Su finalidad era más retrasar el avance soviético que repelerlo y, en ese sentido, fue todo un éxito. Retrasó el avance soviético durante más de dos meses a pesar de que el número se soldados fineses era muy inferior al ruso.

En 1940, se firmó un tratado de paz y Finlandia cedió parte de su territorio a la URSS, pero dejó en evidencia al ejército soviético. Tanto se vislumbró la debilidad rusa que como consecuencia de la Guerra de Invierno y la Línea Mannerheim, Hitler emprendió la operación Barbarroja para apoderarse de la URSS, lo que supuso el fin del pacto Ribbentrop-Molotov, la unión de la URSS a los aliados, la asociación de Finlandia con los alemanes y, en última instancia, la derrota alemana al abrir un frente oriental.

  • Otra de las líneas defensivas de la 2GM fue la Línea Gustav, conocida también como Línea de Invierno, construida en Italia por los alemanes con la intención principal de impedir o al menos ralentizar el acceso a Roma, en caso de invasión aliada. Fue construida de costa a costa, desde el río Garigliano hasta el mar Tirreno en el oeste, y a través de los Apeninos hasta la desembocadura del río Sangro en la costa del mar Adriático en el este.

Se componía de fortalezas y búnkeres de hormigón, líneas de alambre de espino, torres de armas y campos de minas.

Al finalizar la campaña de África, los aliados entendieron que era hora de liberar Italia. Entraron por Sicilia donde llegaron el 24 de julio de 1943. El desembarco aliado en Sicilia logró que el rey Víctor Manuel detuviera a Mussolini y firmara el armisticio entre Italia y las fuerzas aliadas el 3 de septiembre de 1943. De ahí que los aliados cruzaran el estrecho de Mesina y comenzaran el avance por la península de Calabria, llegando a Salerno el 9 de septiembre, sin gran resistencia italiana.

Pero todo se complica cuando Hitler invade la península itálica, procede a liberar a Mussolini y defender el territorio italiano frente a los aliados. Así, mientras los aliados buscan la conquista de Nápoles y la manera de expulsar a los alemanes del sur de Italia, se encuentran con una tenaz resistencia en la ciudad de Cassino, a unos 100km al sur-este de Roma. Se han tropezado con la línea Gustav.

La estrategia aliada, fundamentalmente, de americanos y británicos pasaba por la toma de Montecassino y para ello idearon, como maniobra de distracción el desembarco en Anzio. Era septiembre de 1943 y hasta el 12 de febrero de 1944 las divisiones formadas por indios y neocelandeses no conquistaron la abadía de Montecassino. El desembarco de Anzio fue un fracaso, se aseguró la cabeza de playa, pero los alemanes encajonaron a los aliados entre Anzio y la línea Gustav que bloqueo el avance aliado hasta el 11 de mayo de 1944. Ras esa fecha llegó el éxito aliado. Los alemanes se retiraron dejando expedito el camino aliado hacia Roma. Fueron los hombres del 5º ejército estadounidense los primeros que entraron en Roma en junio de 1944. Pero la línea Gustav cumplió el objetivo de retrasar a los aliados en su avance.

  • Con la misma intención de las dos anteriores, los alemanes construyeron la Línea Sigfrido Muro Occidental. Tenía una longitud de 630 km a lo largo de las fronteras con Holanda y Suiza. Se concibió como una sucesión de búnkeres (subterráneos), dientes de dragón, nidos de ametralladoras, vallas de alambre de espino y campos de minas.

La Línea Sigfrido se construyó entre 1936 y 1945 por orden de Hitler y como respuesta a la línea Maginot francesa. La construcción alemana fue amplia y magnífica y sirvió tanto de estímulo al orgullo alemán como de disuasión para los franceses. Permitió que Alemania tuviera cubierto su flanco occidental al inicio del conflicto con una pequeña guarnición de soldados, de manera que los franceses no la atacaran mientras Alemania invadía Polonia. Pero precisamente por el afán francés de sacar a los alemanes de Polonia se produjeron pequeñas escaramuzas en la frontera entre ambos países, conocidas como la “guerra de broma”.

Realmente, los franceses esperaban que el ataque alemán a sus fronteras llegara por la línea Sigfrido, cosa que no ocurrió como hemos visto, sino por Bélgica. Concluida la batalla de Francia, los alemanes desarmaron toda su línea y enviaron sus armas transportables a zonas más necesarias. Los edificios fueron abandonados y utilizados por los campesinos para guardar sus aperos.

Pero fue en 1944 tras la invasión de Normandía cuando los aliados alcanzaron la línea Sigfrido. En aquel momento, los alemanes habían entendido que los búnkeres de estas líneas servían más como “ratoneras”, que como elementos útiles para la batalla. Por eso dedicaron los búnkeres para ofrecer protección durante los bombardeos, pero las batallas se libraban fuera de ellos. Así en 1944, la línea Sigfrido proporcionó un refugio seguro a las unidades alemanas en retirada.

La injustificada falta de respeto a la muralla occidental por parte aliada, además de una serie de problemas logísticos en ese bando, dieron tiempo a los alemanes para reorganizar sus defensas.  Cuando los aliados reanudaron su avance a mediados de septiembre de 1944, se produjeron amargos y encarnizados combates y el avance sufrió un colapso. En la línea, los norteamericanos, que fueron los actuantes en esta batalla, se enfrentaron a los alemanes en diversas escaramuzas y en dos batallas destacables: la de Aquisgrán y la de Hürtgen. Siendo la segunda consecuencia de la defensa alemana de la primera. La batalla fue cruenta y la penetración hacia Alemania se consiguió por la zona norte de la línea, a la altura de Aquisgrán.  Esenciales para ello fueron los 75 cañones autopropulsados que los norteamericanos instalaron en sus carros de combate, además de modernos lanzallamas y cargas de demolición montadas en pértigas para atacar las trincheras… pero, para lograr la derrota alemana, fue necesario el ataque con dos divisiones de ejército americano, apoyados por la aviación y maniobras de distracción al sur de Aquisgrán y más al norte de donde se tenía previsto atacar; de manera que, los alemanes entendieron que lo que ocurría en el norte de la ciudad de Aquisgrán eran maniobras de distracción, no el auténtico ataque. El número de bajas total en la batalla de la línea Sigfrido alcanzó los 800.000 soldados de ambos bandos. Una auténtica sangría. Se dice que los alemanes lucharon en esta batalla con un coraje muy superior al que habían empleado en otros momentos de la guerra.

Además, y al tiempo fuera de la línea, los aliados perdieron la batalla de Arnhem y tuvieron que rechazar la contraofensiva alemana en las Ardenas en diciembre de 1944, por lo que los aliados no pudieron penetrar en territorio alemán hasta marzo de 1945.

Parece que la táctica rusa en Ucrania pretende emular cualquiera de las líneas mostradas en esta entrada, si bien según los satélites lleva construidos 2 kilómetros de muralla, pero planea prolongarla a través de unos 217 kilómetros. Todo indica que la construcción se ha detenido por el invierno y las lluvias. El “general invierno”, ese gran aliado ruso en todas las guerras.

BIBLIOGRAFÍA

ARTOLA, Ricardo. – “La Segunda Guerra Mundial”. Alianza Editorial. 1962.

GILBERT, Martin: “Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Ed. La esfera de los libros. 2014

GIBRALTAR, ESPAÑOL.

El pasado 4 de agosto, se cumplían 318 años de la toma de Gibraltar por parte de los ingleses, y ahí siguen. Ni con Brexit ni sin él tienen nuestros males remedio. Analicemos los orígenes del conflicto y su evolución.

Ya vimos como la muerte de Carlos II trajo consigo el inicio de una guerra de Sucesión con dos pretendientes principales, uno francés, Felipe V, y, otro austríaco, el archiduque Carlos. (https://algodehistoria.home.blog/2022/09/30/como-se-fraguo-la-sucesion-de-carlos-ii-el-hechizado-el-cardenal-portocarrero/). A este último le apoyaban los holandeses y los ingleses que, desde que descubrieron las ventajas comerciales del imperio español, no hicieron otra cosa que dar la lata hasta apoderarse de él; cuando no es creando la leyenda negra, es aliándose con nuestros enemigos y, cuando no, nos torean como si Curro Romero hubiera nacido en Londres.

En el inicio de la Guerra de secesión, el 1 de septiembre de 1704, una escuadra anglo-holandesa mandada por el almirante Rooke, asalta, en teoría en nombre del archiduque Carlos, la plaza de Gibraltar. Los asaltantes se presentan con 70 barcos bien armados, los defensores son 80 españoles llenos de coraje y dignidad- nuestra historia está llena de militares y ciudadanos gallardos, y muy pocos gobiernos a la altura de ellos -. El gobernador de Gibraltar, Diego Salinas, tras recibir el bombardeo con miles de balas de cañón, se rinde, pero se niega a reconocer la autoridad del archiduque, motivo por el que conduce a todos los ciudadanos que así lo deseen a la cercana ciudad de San Roque.

En el peñón, Rooke no extendió la bandera del Archiduque sino la inglesa. Las hostilidades siguieron hasta que el bando francés gana el trono español para el nieto de Luis XIV, Felipe V, quien firma el tratado de paz que pone fin a la Guerra de Sucesión española: Tratado de Utrecht.

El Tratado de Utrecht o Paz de Utrecht fue, en realidad, un conjunto de tratados firmados entre los países antagonistas en la Guerra de Sucesión Española (1701-1713), pero tomó el nombre de la ciudad holandesa –Utrecht– en que se rubricó el primero de dichos acuerdos, el 11 de abril de 1713. Él final de la guerra con Austria se consolidó por los tratados de Rastatt y Baden firmados en 1714. A ellos se unen otros 19 acuerdos comerciales y territoriales.

Territorialmente, España cedió a Gran Bretaña Menorca y Gibraltar. Menorca la recuperamos definitivamente por el tratado de Amiens en 1802. Por el contrario, los ingleses han entendido que el Peñón es de ellos para siempre. Lo cual, no me negará el lector, es muy “British”, no hay más que ver el contenido del Museo británico, para comprender qué entiende un inglés sobre lo que es suyo.

Desde 1713, España ha intentado recuperar sin éxito este enclave estratégico, unas veces por la fuerza: por ejemplo, en el siglo XVIII, España sometió a Gibraltar a constantes asedios. En el más importante de ellos, entre 1779 y 1783. En otras ocasiones, por medios diplomáticos, pero siempre sin éxito. Hemos fracasado a pesar que los ingleses han incumplido el tratado de Utrecht en casi todos sus puntos.

La cesión se reconoce en el artículo X del tratado de Utrecht:
“El Rey Católico [Felipe V], por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”.

Añadía el tratado que la propiedad se cedía “sin jurisdicción territorial y sin comunicación abierta con el país circunvecino por parte de tierra”.

Y añadía un tercer elemento al acuerdo:

“Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender o enajenar, de cualquier modo, la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla”

Por lo que hemos expuesto, la cesión se acordó con tres condiciones clave: (1) la limitación del territorio cedido; (2) la falta de comunicación con zonas vecinas; y (3) el derecho de retrocesión a España en caso de que Gran Bretaña quisiera cambiar el régimen pactado.

Además, el tipo de cesión realizada explica que el Reino Unido no disponga de una soberanía plena sobre el territorio, sino, que dispone solo de una “propiedad” que le da derecho al uso, pero no a la enajenación.

La primera de esas condiciones, es decir, la de la limitación del espacio cedido al castillo y ciudad, impide considerar como legítimo el avance británico por el istmo. En un primer incumplimiento, la presencia británica en esta zona data del Siglo XIX y la construcción de una verja, en 1909, para parar el avance inglés no impide que la ocupación británica de la lengua de tierra sea ilegal. Realmente hoy Gran Bretaña disputa el acuerdo considerando que tiene derecho a la tierra, al espacio aéreo y al mar- 12 millas territoriales de alrededor-.

España se ciñe en su defensa al contenido literal del Artículo X, por lo que mostró su oposición a la presencia británica en la lengua de tierra y también contra la construcción del aeropuerto en 1938, pues se encontraban fuera de la demarcación establecida en Utrecht. Quizá uno de los mayores logros españoles se consiguió en 2013 cuando los representantes del Ministerio de Fomento sacaron adelante, en la negociación del reglamento europeo sobre el cielo único europeo, el compromiso de que el aeropuerto de Gibraltar no tuviera jurisdicción al respecto y todos los aviones que utilizaran la infraestructura gibraltareña, requirieran la autorización previa española.

Esa posición española vino después de miles de actos de buena voluntad en el proceso negociador, como se reconoce en el acuerdo de Londres de 2 de diciembre de 1987 sobre la utilización conjunta del aeropuerto (que nunca llegó a aplicarse). Igualmente, el posterior acuerdo de Córdoba, de 18 de septiembre de 2006, se refiere, esencialmente, a cuestiones ligadas al aeropuerto, dejando claro que esos acuerdos buscan “la solución de problemas concretos, pero no tienen ninguna repercusión en absoluto en lo que atañe a la soberanía y a la jurisdicción”.

Algo parecido pasa con las aguas jurisdiccionales. La gran obsesión del Gobierno británico ha sido consagrar que las aguas que rodean el Peñón son de soberanía inglesa, algo que España no acepta, porque en Utrecht sólo se cedieron las aguas del puerto de Gibraltar. Para hacer ver que son de su Poder, el Gobierno británico no pierde ocasión de denunciar supuestas violaciones españolas de “sus” aguas jurisdiccionales, que realmente son “nuestras” aguas jurisdiccionales y ellos los violadores.

Esta cuestión de las aguas tiene directa relación con la segunda condición: el aislamiento por tierra de Gibraltar.

El artículo X subraya que la ciudad debía abastecerse por mar y solo en caso de que ese tráfico fuera interrumpido se permitiría comprar en España las mercancías necesarias para evitar “grandes angustias, siendo la mente del Rey Católico sólo impedir, como queda dicho arriba, la introducción fraudulenta de mercaderías por la vía de tierra. se ha acordado que en estos casos se pueda comprar a dinero de contado en tierra de España circunvecina la provisión y demás cosas necesarias para el uso de las tropas del presidio, de los vecinos y de las naves surtas en el puerto” Es decir, quedaba claro que se trataba de un intercambio humanitario en caso de ser necesario, pero no de mantener un negocio permanente.

Hasta 1985, España tuvo aislado a Gibraltar y sólo la inclusión en la Unión Europea (en adelante, UE) permitió avanzar en los intercambios en un proceso de negociación bilateral. Negociación que ha sido otro fracaso porque mientras España no ha logrado gran cosa, los ingleses sí han conseguido que Gibraltar se convierta en un centro de negocios, un centro de servicios internacionales y un lugar más cercano al paraíso fiscal que a otra cosa. Alterando y violando, de nuevo, el tratado de Utrecht, con el agravante de que la población española de alrededor se lucra de esta presencia británica y del comercio de la zona, lo que dificulta volver a aislar el Peñón.

La decisión española de terminar el aislamiento por tierra de Gibraltar pretendía, sobre todo, avanzar en las negociaciones sobre la retrocesión, la tercera condición del acuerdo.

El tercer pacto establecido en Utrecht es el más importante, y también ha sido incumplido, pues el gobierno británico ha intentado la enajenación, a la que no tiene derecho, en dos ocasiones:

El primer intento de cambio de régimen tuvo lugar en la década de 1960, cuando se buscó la descolonización al amparo de Naciones Unidas. Porque fue la propia Gran Bretaña la que incluyó a Gibraltar en el listado de colonias existentes en el mundo en un listado enviado a las Naciones unidas en cumplimiento de la Resolución 1.514 de la Asamblea general del 14 de diciembre de 1960, conocida como Carta Magna de la Descolonización, en la que se reconoce el derecho a autodeterminarse de todas las colonias. Y que sigue en tal situación lo demuestra que en todas las Asambleas Generales desde entonces vuelve a debatirse el tema. Ya en la resolución 2.353 (XXII) del 19 de diciembre de 1967 se indicó cómo tenía que hacerse tal descolonización: “Por negociaciones entre los gobiernos español y británico”, teniendo en cuenta que “toda situación colonial que destruya parcial o totalmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los principios y propósitos de la Carta de Naciones Unidas”. Esta misma resolución señaló que no es posible ni la cesión a terceros ni la independencia. Londres se niega. De hecho, esa Asamblea dicta su resolución tras la consulta que, en aquel en el mismo año de 1967, los británicos plantearon en el Peñón y por la cual los gibraltareños respaldaron en su gran mayoría la independencia. Naciones Unidas entendió que el referéndum contravenía la petición previa de España en la ONU, los derechos de nuestra nación y, por ello, instaba a seguir con las negociaciones.

El segundo instante vino de la mano de la “Orden Constitucional el 23 de mayo de 1969” que mantenía la consideración de Gibraltar como colonia de la Corona, pero con una cierta autonomía en su gestión interna, mientras que cuestiones clave como la defensa y las relaciones exteriores quedaban en manos del Reino Unido. Se trata de una carta otorgada, en cuyo preámbulo se contiene el compromiso unilateral de respetar la voluntad de los gibraltareños y que se expresó de manera más contundente en la reforma constitucional de 2006, que introduce el derecho de autodeterminación de los gibraltareños. Recordemos que el tratado de Utrecht habla del territorio y no de los ciudadanos, de ahí que dispusiera la reversión a España si Gran Bretaña lo abandonaba. Es más, lo que plantea el tratado es la preferencia española sobre el territorio antes de que se enajene, con la simple intención, tendríamos esa opción. Una especie, en el ámbito internacional, del derecho de tanteo de nuestra Ley de Arrendamientos Urbanos (salvando todas las distancias, claro está). Esa idea de abandono británico se ha plasmado en la Constitución de 2006 y, por tanto, legalmente, la cesión de España habría terminado y tendríamos que recuperar los derechos soberanos sobre el territorio cedido.

En términos jurídicos, también la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya favorece el título español frente a la ocupación física del terreno (¿deberíamos decir Okupación, para ser más gráficos?). Pero los ingleses han hecho caso omiso, al igual que al resto de resoluciones de la ONU.

Los dos momentos en los que la negociación sobre el retorno del Peñón, ya estando en democracia, tuvieron más fuerza fueron en los años 80 tanto con los gobiernos de UCD, como con los socialistas de Felipe González y posteriormente durante el mandato de José maría Aznar. En este último caso, debido a su amistad con Tony Blair se logró un acuerdo de cooperación policial y la esperanza de un estatuto pactado de cosoberanía durante una etapa transitoria, proyecto que nunca se vio plasmado en un documento público. El debate sobre esta posibilidad en la Cámara de los Comunes fue muy criticado y posteriormente sometido a referéndum de la población gibraltareña. El referéndum logró un enorme rechazo a la opción de la cosoberanía. Dando lugar a la promesa británica de no hacer nunca nada que no quisieran los ciudadanos del Peñón.

El Brexit creó una nueva oportunidad. Gran Bretaña había logrado meter a Gibraltar en la UE como “territorio cuyos asuntos externos lleva un estado miembro”. Pero al salir el Reino Unido de la UE, debía salir salía su colonia, o quedaría a merced de España. En un alarde de habilidad negociadora, y vendiendo el camelo, como siempre, los ingleses han logrado que se quede en el “espacio Schengen” o territorio fiscal europeo. Pero esta situación no gusta a Bruselas, que no quiere tener a los ingleses en su frontera sur con una base militar abierta, con submarinos nucleares y manejando el tráfico del estrecho. Por eso, la UE exige que en su puerto y aeropuerto haya aduanas para controlar las mercancías y personas que entren en Europa, dando a España esa responsabilidad.

A día de la fecha de esta entrada se sigue negociando el estatus que va a tener el Peñón, pero con la peculiaridad mantenida por el Ministerio de exteriores español de que se busca un acuerdo a tres bandas (UE, España, Reino Unido- en algunos momentos, en la época de Zapatero, Reino Unido tuvo el valor y España lo aceptó de convocar a un representante de Gibraltar en la mesa, al mismo nivel de responsabilidad-) con la creación de una “zona de prosperidad compartida”. Traducido por los británicos como “prosperidad compartida en todo el campo de Gibraltar”. A lo que nadie en el gobierno español ha contestado. Al contrario, nuestro ministro de Exteriores ha señalado: “Vamos hacia un nuevo modelo de prosperidad compartida en todo el Campo de Gibraltar”. Es decir, parece que la posición española, lejos de defender que Gibraltar, por incumplimiento del tratado de Utrecht, ya es español, se viste con la piel de la versión británica. Deberemos andarnos con ojo, porque con estos entendimientos y negociaciones, los ingleses pretenderán quedarse con toda Andalucía. Ya sabemos cómo describen los diplomáticos la forma de negociar de los británicos: “primero se pacta que se quedan con nuestro reloj y, después, ellos, en contraprestación negociadora, nos dan la hora”.

Llevamos más de 300 años recibiendo la hora de los británicos con nuestro reloj. A ver si espabilamos, porque no parece que, ni con el Reino Unido en sus horas más bajas, aprendamos. Si no reaccionamos nosotros confiemos que, esta vez, la UE haga algo más, aunque sólo sea por no tener un mosquito dando con el aguijón en la frontera sur. Bastante tienen con la irlandesa.

BIBLIOGRAFÍA
CALVO POYATO, José. “Los Tratados de Utrecht y Rastatt: Europa hace trecientos años”. Dendra médica. Revista de Humanidades. 2013.

CARRASCAL, José María. “La batalla de Gibraltar”. Ed Actas. 2012.

https://noticiasgibraltar.es/documentacion/1967-resoluci%C3%B3n-2353-de-la-asamblea-de-las-naciones-unidas

https://www.elmundo.es/elmundo/2001/03/15/espana/984660136.html#top

INDIANOS, SUS OBRAS Y SUS CASONAS EN EL CANTÁBRICO CENTRAL.

Como cada año en torno al 24 de septiembre un comentario sobre arte. Aunque en el de hoy se mezclen temas sociales con los artísticos.

El término indiano evoca una de las figuras más características de la emigración española. En el caso que nos ocupa aquella recogida en el diccionario de la RAE en su acepción 4ª: “Indiano. 4. Adj. Dicho de una persona: Que vuelve rica de América”.

Aunque nos vamos a referir someramente a la figura del indiano emigrante durante el SXIX, no podemos olvidar que la figura del indiano nace con la propia conquista de América, es decir, muchos siglos antes.

A mitades del siglo XIX, en 1853, se suprimieron las leyes que prohibían la emigración (con anterioridad se requería una autorización especial, aunque emigrantes clandestinos existían y muchos). Su liberalización no fue más que dotar de legalidad a una realidad. En España la revolución industrial, avanzaba muy lenta y sin impulso, los transportes eran una quimera y la desamortización en vez de mejorar la economía, en muchos aspectos y lugares, la empeoró. Las posibilidades nacionales de prosperar no eran muchas y “hacer las américas” se convirtió en el sueño de una vida mejor de un numeroso grupo de españoles.

Las zonas más alfabetizadas de España se encontraban en la cornisa cantábrica desde Galicia al País Vasco, en muchos casos por la propia influencia de las comunicaciones con el exterior, muy ricas y prosperas desde el mar cantábrico. Esa alfabetización convertía a esos ciudadanos en mano de obra cualificada, que no encontraban un trabajo acorde con su preparación, precisamente por esa falta de despegue industrial. Por el contrario, lo que se necesitaba en las zonas industrializadas y mineras del norte era mano de obra barata. Allí acudían muchos inmigrantes del centro y sur de la península, con poca preparación técnica, muchas ganas de trabajar y pocas posibilidades de hacerlo en sus provincias.

La consecuencia fue una especie de presión “hacia el mar” por usar una expresión gráfica que defina los deseos y necesidad de inmigrar, esencialmente, de la población masculina, alfabetizada, entre 20 y 40 años, solteros y de familias campesinas o entornos urbanos menos prósperos que vieron en América un porvenir inexistente en España. Esa condición de alfabetizados fue esencial para prosperar en las provincias de ultramar. Ni en Cuba, ni en Cartagena de Indias, ni en México, ni en Venezuela o en Argentina abundaba de este tipo de población y eran muy bien recibidos en las explotaciones de caña de azúcar y café, sobre todo, en Cuba y Puerto Rico, donde, junto con Venezuela, fueron muchos emigrantes procedentes de las provincias cantábricas y también canarios.

La presencia canaria se debió a que antes de la liberalización de la emigración en todo el país, los canarios tuvieron una serie de peculiaridades que les llevaron a América. Los canarios fueron moneda de cambio entre la Península y América debido a los intereses de la metrópoli de hacer prevalecer a Sevilla, su puerto y su Casa de Contratación, como los principales beneficiarios del comercio entre Europa y América. Para evitar acogerse a los dictados del puerto sevillano, la Real Cédula de 25 de mayo de 1678, sometió a los canarios al conocido entre los historiadores como el “tributo de sangre”. Estipulaba la Real Cédula que se debía enviar a cinco familias de cinco miembros por cada cien toneladas que se exportasen desde las islas. Éste era el precio que había que pagar si no se quería depender de Sevilla para comerciar con América. Esta situación dio lugar a importantes conexiones familiares de los canarios en esos territorios.

Sin el tributo señalado, pero debido a la emigración ilegal, también existían esos lazos familiares entre los emigrantes norteños.

Habitualmente, muchos de ellos se dedicaron a trabajar en las grandes Haciendas, pero otros, menos escrupulosos, lo hicieron en el tráfico de esclavos, desarrollado por los criollos y extendido desde América a África, aun cuando las leyes antiesclavistas españolas lo prohibían.

Inmersos en esta práctica muchos indianos, entre otros y muy destacadamente, Antonio López, Marqués de Comillas, se opusieron enconadamente a la “Ley Moret” de 1870, que concedía la libertad a los hijos de esclavos nacidos en las colonias de Cuba y Puerto Rico: la esclavitud era, desgraciadamente, un negocio muy próspero en las latitudes hispanoamericanas del siglo XIX. El Marqués de Comillas, no fue el único, pero sí un muy destacado hacedor de sí mismo que logró presentarse como prototipo del indiano que ocultando lo oscuro de alguno de sus negocios americanos utilizó su riqueza para fundar diversas empresas en Cataluña (su mujer era catalana), y contribuir a embellecer Barcelona con palacetes neogóticos y modernistas. Pero, sobre todo, a hacer prosperar su tierra cántabra, en especial su Comillas natal, con la construcción del palacio de Sobrellano y la capilla-Panteón y asentar diversos negocios en Santander, ciudad y provincia.

Aunque el Marqués de Comillas sea uno de los indianos más conocidos, fueron muchos los que habiendo hecho fortuna vuelven, trayendo a España parte de su riqueza y con ella  gustos nuevos, una música nueva, alimentos y recetas desconocidas en España, y una arquitectura de palacios señoriales, multicolores, rodeados de palmeras. Fundaron compañías mercantiles en España, crearon escuelas y hospitales, carreteras, puentes, que hoy siguen en pie.

Ese compartir la riqueza también hizo cambiar la visión del Indiano en la Península.

Así, esta figura en sus orígenes, fue tratada por la literatura española, sobre todo, la del siglo de oro, de manera muy despectiva.

Los autores del siglo de Oro español utilizaban la figura del indiano para criticar los nuevos valores que se estaban asentando en la sociedad española y amenazaban los valores tradicionales. Para ellos representaba los vicios, la avaricia, el materialismo, la corrupción, la falta de respeto a las jerarquías establecidas… haciéndole responsable de todos los males que acaecían la caída y decadencia española. Otro factor que contribuyó a aumentar la mala imagen que los intelectuales de la época tenían sobre el indiano, era el hecho de que no solo viajaban en busca de riquezas (lo que consideraban moralmente mal visto), sino que, además, ostentaban de sus riquezas a su vuelta. Esto suponía ser el centro de la envidia de los demás habitantes que no pudieron partir a América, o que lo hicieron, pero sin tanta suerte, exponiéndose a ser asaltados, como ocurrió en 1784 al ser asaltada la casa del indiano Manuel Palacio en Rumoroso, o en 1795 el asalto a la casona de Tudanca[1]

Durante el siglo XIX, la percepción de la figura del indiano cambió debido a su labor filantrópica. Aunque la ostentación de sus riquezas fuera objeto de envidias y desprecio. De este modo, en la literatura ya se empieza a dar entrada al indiano como personaje destacado de la sociedad, como alguien con poder a quién hay que tener en consideración en las esferas sociales de las poblaciones en las que se asienta. Lo vemos así en obras como “La Regenta” de Clarín (1884) o en “Monografía de Asturias” de Félix Aramburu (1899). No será hasta el siglo XX, cuando por su persistencia en las tareas filantrópicas, por la implicación en la creación de factorías y por la contribución a la modernización y enriquecimiento de las zonas a las que volvían, su imagen mejoró tan considerablemente que autores como Ortega y Gasset los ensalzan, y ponen de manifiesto sus virtudes a través de la transformación territorial que generaron. Es el propio Ortega el que, a modo de ejemplo, entre otros, destaca la mejora de Asturias por la labor de estos personajes.

En realidad, en el Siglo XIX, el regreso al solar materno, al pueblo mínimo, que para el indiano siempre ha de tener una grandiosa valoración, va unido al deseo de afincarse definitivamente en él, haciendo o rehaciendo sobre la casa humilde o el solar de sus mayores una más importante construcción. Así surgen, labradas por el esfuerzo del emigrante, las más bellas muestras de nuestra arquitectura típica que tiene un elemento común en todos ellos: el concepto del lujo y la modernidad. La ostentación del que quiere mostrar a las claras su éxito (a veces unido a la compra de algún título nobiliario). Otro de los elementos comunes, es que los indianos adaptaron las formas constructivas coloniales a las de la Península y por tanto ese germen común crece con matices locales. Se manifiestan, siempre desde el lujo que olvide el pasado familiar humilde y a menudo incorporaban en sus jardines palmeras como símbolo y recordatorio de su estancia en tierras tropicales. Pero ese matiz local señalado hace que las casas indianas de Cantabria sean diferentes a las de Asturias, y éstas a las canarias, gallegas, vascas o catalanas.

Centrándonos en la costa cantábrica podemos señalar la importancia artístico-decorativa de las casonas de Cantabria y Asturias.

En la primera, los indianos se asentaron principalmente en Santander, Torrelavega, Comillas, aunque el origen mayoritario de ellos fuera Santillana del Mar. En un primer momento procedentes, en su mayoría de Cuba, aumentando su origen americano con el paso de los años, sobre todo a finales del SXIX. El capital indiano favoreció el desarrollo urbano de Santander, Torrelavega, Laredo, Colindres y Castro Urdiales principalmente, debido a la extensión de las instituciones benéficas y factorías creadas por los emigrantes. “Por ejemplo, en Torrelavega se instaló la fábrica de curtidos de “Capanaga y Compañía” al término del siglo XVIII y posteriormente esta misma empresa abrió una fábrica de harinas en la zona. (…) En Renedo de Piélagos se instaló en el siglo XIX una gran fábrica textil con (…) 150 obreros y maquinaria inglesa, belga y francesa, lo que dio lugar a la mejora de las infraestructuras hasta la zona, como la construcción del puente sobre el Pas de Renedo a Torrelavega, o que la línea de ferrocarril pasara por Renedo. En La cavada se abre la fábrica textil “La Montañesa” con capital indiano llegado de Cuba (…) La modernización de Cantabria también se dio gracias a la inversión de los indianos en la mejora de las infraestructuras, la construcción de carreteras, la traída de aguas… pudiendo confundir en este punto su propio interés con las filantropía, ya que generalmente estos indianos estaban acostumbrados a la electricidad, los automóviles y el agua corriente, por tanto añadieron todas las comodidades que conocía a las casas que levantaron a su vuelta, pero generalmente no se podía hacer de manera individual, por lo que se beneficiaba todo el pueblo del interés de mejora de la calidad de vida del indiano[2]

En Asturias, las poblaciones de Colombres, Bustio, Villanueva, Noriega y, sobre todo Somao, son auténticas obras de arte urbano construidas con capital indiano, procedente del fenómeno de la emigración de muchos jóvenes del concejo a países como Méjico y Cuba. Al igual que en Cantabria destacan las tareas filantrópicas que mejoraron los pueblos asturianos. Como elemento común, siempre mejoraron las iglesias de los pueblos en los que se asentaron, pero realizaron otras contribuciones, por ejemplo, en Luarca crearon escuelas, hospitales y bibliotecas, becaron a estudiantes y dotaron a mujeres pobres.

Ribadesella alcanzó su esplendor como balneario construido por los indianos que permitió ser lugar de veraneo de indianos y nobles (como la marquesa de Arguelles) lo que creó una riqueza inesperada en la zona.

En Somao y Llanes llevaron la electricidad y también en Somao, la escuela. Como curiosidad en Somao y Noreña instalaron salas de cine, siendo las únicas salas de origen indiano en todo el norte.

La arquitectura de estas casonas cantábricas- en ambas provincias- tiene una estructura semejante. Con elementos eclécticos traídos de la arquitectura colonial, incluyendo los planos de las edificaciones que provenían de América o el colorido de sus fachadas. Su estructura se basa en la simplicidad y en la simetría de la triple división de la casa en zona del servicio, la zona de las habitaciones, y la zona de recepción, que pasa a ocupar un lugar muy destacado en la planta baja, además se comienzan a proyectar jardines en torno a las viviendas, lo que las da un mayor toque de distinción. En esta época los estilos que siguen a la hora de construir los edificios son varios, desde la continuidad del barroco, hasta el neoclasicismo, el clasicismo romántico. Así, en las casonas de indianos encontramos elementos colonialistas, como los pórticos, las verandas y las coronaciones, pero también ojivas propias del art déco o miradores y balaustradas de estilo art nouveau. Cualquier referencia a la arquitectura culta europea era bienvenida, con tal de dejar atónitos a los invitados.

La galería acristalada es uno de los elementos más característicos de la vivienda indiana. Asimismo, en el interior de las mismas encontramos desde bibliotecas a salas de billar o de costura. Y muy destacadamente, los baños, todavía un lujo al alcance únicamente de las clases privilegiadas. El indiano fue pionero en apuntarse al progreso del aseo en el hogar.

Muchas de esas edificaciones siguen en pie y continúan dando servicio. Por ejemplo, el edificio de la escuela se Somao, sigue siendo la escuela hoy en día, o el Palacio Ferrara en Avilés se han convertido en hotel, o la casa Guadalupe en Colombres alberga el archivo Indiano. Algunas Iglesias se mantienen en la actualidad como colegios, como la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe de Gijón, ahora colegio de Santo Ángel.

No podemos extendernos en describir con detalle la multitud de edificios que contribuyeron a embellecer los pueblos norteños y a traer a España un estilo arquitectónico especial.

Pero si puedo invitaros a ver algunas de ellas (todas de Asturias). Aunque mejor es ir a visitarlas en directo.

Escuela de Somao

https://www.praviaturismo.es/info-34-somao-escuelas-unitarias/

Palacio Ferrara. Avilés

https://www.pinterest.es/pin/342132902934185238/

Casa Guadalupe (archivo indiano). Colombres

https://www.pinterest.es/pin/408842472396376325/

https://www.youtube.com/watch?v=nZeAng_112M

Palacio de Eladio Muñiz. Avilés

https://blogs.elcomercio.es/episodios-avilesinos/2016/09/25/el-regalo-de-eladio-muniz/

Capilla de nuestra señora de Guadalupe (hoy colegio Santo Ángel). Gijón.

https://www.dendecaguelu.com/2020/07/capilla-de-nuestra-senora-de-guadalupe.html

Cangas de Onís:

https://www.youtube.com/watch?v=GaDnsmA7ofo

Bibliografía

ARAMBURU- ZABALA HIGUERA, M. Á.; SOLDEVILLA ORIA, C. “Arquitectura de los Indianos en Cantabria (Siglos XVI- XX)”. Santander: Librería Estuvio, 2007.

Canal Prestosu/ Secretos de Asturias. https://www.youtube.com/watch?v=nZeAng_112M

Manín Llangreu. Una Historia de Indianos. https://www.youtube.com/watch?v=Ml8MhMyw9gM&list=RDLVMl8MhMyw9gM&index=1

[1] 1ARAMBURU- ZABALA HIGUERA, M. Á.; SOLDEVILLA ORIA, C. Arquitectura de los Indianos en Cantabria (Siglos XVI- XX). Santander: Librería Estuvio, 2007

[2] Op. Cit.

LA PACIFICACIÓN DE MARRUECOS. EL DESEMBARCO DE ALHUCEMAS

Como consecuencia de la conferencia de Berlín 1884-1885, Europa se repartió África, pero, evidentemente aquel reparto no tuvo la misma repercusión en unas naciones europeas que en otras. Además, la potencia emergente del momento era Estados Unidos, que ya se encargó, poco después, de acabar con lo poco que quedaba del imperio español.

Uno de los puntos conflictivos del reparto estaba en el norte de África.  Desde 1904 los franceses y británicos tenían una entente cordial que partía de los acuerdos alcanzados aquel año para que Egipto quedara bajo la influencia británica y Marruecos bajo la francesa. En ese reparto, los británicos propusieron que a España le quedara reservada una zona en la costa mediterránea de Marruecos, donde ya poseíamos diversas plazas, entre las que destacaban Melilla y Ceuta, ciudades que eran españolas desde los siglos XV y XVI respectivamente, mucho antes de que Marruecos soñara con existir. Los franceses no deseaban que Inglaterra, que ya ocupaba Gibraltar, se hiciera con el control de las dos orillas del Estrecho, y los ingleses preferían no tener a Francia asentada frente al Peñón, siendo preferible para ambos la opción de España, cuya debilidad proporcionaba suficiente garantía de que no se vería amenazado el control británico sobre la entrada al Mediterráneo ni el de Francia en sus posesiones marroquíes. España aceptó el acuerdo.

Se delimitaron las zonas de influencia española y francesa en Marruecos. Teóricamente se reconocía el principio de integridad e independencia de Marruecos, que continuó siendo formalmente un Imperio bajo la autoridad del sultán Abd al-Aziz IV.

En este punto, Alemania intentó intervenir en Marruecos azuzando las ideas independentistas de los marroquíes con la finalidad de enfrentar a Francia e Inglaterra, pues aquella unión no le era favorable.  Fue Alemania la que no reconoció el reparto realizado entre franceses y británico e instó a valorarlo en una reunión internacional. De ahí nació la Conferencia de Algeciras en 1906, donde se vieron las caras Alemania, España, Francia, el Reino Unido, Bélgica, Austria-Hungría, Italia, Holanda, Portugal, Rusia, Suecia, los Estados Unidos y una delegación marroquí. Mientras Alemania con el único apoyo de Austria-Hungría defendía la plena soberanía marroquí, pero con una política de puertas abiertas para que cualquier potencia pudiera comerciar allí. El resto se oponía. El Acta final reconocía la soberanía del sultán, la independencia e integridad territorial de Marruecos y el principio de libertad económica y en el acceso a los recursos del país. Sin embargo, las restantes estipulaciones del Acta favorecían los intereses franceses, al otorgar a Francia una posición de preponderancia, compartida, en parte, con España.

En la Conferencia de Algeciras se había evitado el estallido de un conflicto bélico entre las potencias europeas, pero los motivos de fricción relacionados con Marruecos no quedaron resueltos de manera definitiva. Francia, Gran bretaña y España firmaron acuerdos de cooperación mutua y fortalecieron los lazos entre las tres naciones para el dominio del estrecho y el mediterráneo sur. Alemania siguió instigando a los marroquíes para que se enfrentaran a los europeos, incluso en 1911 con el envío de la cañonera Panther frente a las costas de Agadir para hacer valer los intereses y negocios alemanes en Marruecos frente a las extralimitaciones francesas. La desactivación de esta crisis, mediante la cesión a Alemania de parte del Congo francés, permitió que en marzo de 1912 se estableciera el protectorado francés y en noviembre del mismo año el español.

Para España aquel territorio trajo muchos más enfrentamientos y sufrimientos que ventajas, como veremos.

Pero si la situación en el norte de África era complicada, la situación peninsular no estaba mucho mejor. La guerra de cuba, su crisis, la depresión psicológica nacional por perder hasta la última de las provincias de ultramar, la sublevación catalana que tenía un gran componente anarquista como se demostró en la semana trágica de Barcelona [ https://algodehistoria.home.blog/2019/10/25/la-semana-tragica-de-barcelona/ ], las posiciones nacionalistas que ya afloraban. El pistolerismo, la corrupción social, la implantación de partidos republicanos y obreristas apoyados y apoyándose en las organizaciones sindicales eran un calvario para los gobiernos. En ese ambiente, los intentos regeneracionistas “desde arriba” de Silvela y Maura no lograron cuajar, como tampoco el programa liberal de Canalejas. Así, los partidos tradicionales de la Restauración fueron debilitándose en un País que no levantaba cabeza ni en los aspectos sociales ( la revolución soviética fue un referente para el movimiento obrero español revolucionario, anarquista y antiburgués), ni políticos ( el turnismo hacía aguas y el nacionalismo florecía. Donde el pistolerismo y el terrorismo político estaban a la orden del día provocando, entre otros asaltos, los magnicidios de Canalejas y Dato. https://algodehistoria.home.blog/2020/03/13/el-asesinato-de-eduardo-dato/) ni económicos (la I Guerra Mundial trajo un periodo de pujanza económica gracias al auge de exportaciones a los países combatientes, pero supuso también el desabastecimiento interno y un alza de precios, además de no traer las inversiones que eran necesarias, por lo que las condiciones económicas de buena parte de la población no mejoraron).

Las décadas de 1910 y 1920 fueron desastrosas para España. En ese ambiente, el ejército también estaba disgustado con los sistemas de ascensos que se habían planteado desde el Gobierno. Esto llevó a una división interna en su seno que terminó con la creación de las Juntas de Defensa, que ejercieron como grupo de presión militar sobre el poder civil. Al tiempo, el ejército era llamado cada vez con más frecuencia a terminar con los problemas nacionales. Los problemas internos obligaban a declarar el estado de excepción cada poco, sobre todo por los conflictos que los nacionalistas creaban en Cataluña, unidos a los que provenían de los anarquistas y demás movimientos obreros. Así, el ejército fue determinante en el fracaso de la huelga general de 1917 y en otros conflictos. El culmen de toda aquella situación se daría con la guerra de Marruecos.

 En 1921 el líder rifeño Abd-el-Krim derrotó al ejército español en Annual en lo que fue una auténtica tragedia para España y un duro revés para el dominio español en el protectorado. Además, la situación del ejército en la guerra fue calamitosa. Faltaron condiciones adecuadas que debían haberse previsto y provisto desde la Península lo que determinó el inicio de una investigación que culminó en el llamado informe Picasso, que no era más que una búsqueda de responsabilidades políticas para el desastre.

Todo aquel conjunto de desgracias, caos y desordenes internos y externos llevaron al Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, a dar un golpe de Estado, con apoyo tácito del rey, el 13 de septiembre de 1923.

En relación a Marruecos, la postura inicial de Primo de Rivera era de abandono paulatino. De hecho, su orden primera fue que las tropas españolas se replegaran en la zona costera. Pero un sector del ejército “africano” se opuso a tal abandono. Entre los africanistas se encontraba de manera destacada Francisco Franco destinado desde hacía tiempo en los regulares de Melilla. En 1923, Franco ascendió a Teniente-Coronel y ocupaba la jefatura de la Legión. En tres años pasó a Coronel y de Coronel a General, cuando sólo tenía 33 años.

En 1924, Abd el-Krim, el líder de la autoproclamada República del Rif, lanzó una ofensiva, que derrotó a los españoles y provocó mayor número de heridos, aunque menos muertos, que el desastre de Annual. A consecuencia de aquella ofensiva el rifeño se apoderó de una parte considerable del Protectorado español. Envalentonado por su hazaña, Abd el-Krim decidió atacar posiciones francesas. Un grave error de cálculo.

Los franceses y españoles entablaron negociaciones para realizar un asalto conjunto y acabar con el conflicto de una vez. Las negociaciones hispanofrancesas comienzan en Madrid el 28 de junio de 1925. Primo de Rivera y Pétain se reúnen en Tetuán el 28 de julio y en Algeciras el 21 de agosto. Allí se pacta el sistema de ataque y la concesión del mando supremo del ejército conjunto para Primo de Rivera.

Tras llevar a cabo un estudio exhaustivo, Primo de Rivera tomó una decisión arriesgada: atacar el corazón de la revuelta a través del mar con un desembarco masivo de tropas franco-españolas. El desembarco de Alhucemas estaba en marcha (ubicada en el norte de Marruecos a un centenar de kilómetros de Melilla). No era una idea novedosa, a medida que el conflicto se encendía por el sur de nuestro protectorado, el ejército sopesaba un ataque anfibio por el norte. Era complejo y necesitaba organización exacta, buena sincronía y respaldo. Ya en 1909 nuestros militares venían rumiando la idea y los detalles que requería el proceso. Elegir Alhucemas no era casualidad, sino que allí se escondía el rifeño de Beni Urriaguel y bajo su mando la “Cabila”[1] que dirigía (a ella pertenecía Abd el-Krim) lideraba la rebelión.

Tras una larga planificación, se determinó que la operación se llevaría a cabo a principio de septiembre de 1925 y que contaría con el apoyo de la marina y la fuerza aérea. Con todo, el peso de la maniobra recaería sobre dos columnas de infantería que partirían desde Ceuta y Melilla. De esta forma, el de Alhucemas se convertiría en el primer desembarco aeronaval de la Historia, siendo un antecedente importantísimo para los mandos aliados de la II Guerra Mundial a la hora de planificar el desembarco aliado del famoso día D en las playas de Normandía.

En total, entre España y Francia lograron reunir un contingente de 13.000 soldados y más de una veintena de piezas de artillería. A su vez, y por primera vez en la Historia militar, varios carros de combate serían desembarcados a través de barcazas para apoyar el asalto de la infantería. Primo de Rivera sostenía que la sorpresa en tiempo y espacio, y la rapidez de ejecución eran indispensables para lograr el éxito. Había estudiado con detenimiento el fracaso de los aliados en Gallípoli durante la I guerra Mundial y estaba seguro de no cometer los mismos errores.

Abd El Krim había logrado ubicar en las proximidades 9.000 rifeños a los que se unieron mercenarios de todo el mundo, expertos en el uso de las diferentes armas de mano y artillería. Además de las armas de mano contaban con 14 cañones de campaña robados en anteriores operaciones a los españoles, incontables fortificaciones, decenas de nidos de ametralladoras e, incluso, centenares de minas que habían sido enterradas a lo largo de una de las playas donde se realizaría el desembarco.

La operación prevista para el 5 de septiembre se retrasó al 8 por las inclemencias meteorológicas.

Al amanecer, las primeras columnas en embarcar en las lanchas fueron las comandadas por Francisco Franco y el coronel Martín –con 4.500 y 2.800 hombres respectivamente-. No sin grandes dificultares lograron llegar a tierra. Las primeras en desembarcar fueron las tropas del Coronel Franco. El “Diario de Barcelona” en la crónica del desembarco contó:

“Cuando varan en el fondo de arena o piedras, la Legión que manda Franco (…) se tira al agua y ante ellos los guardacostas, tienden una barrera de fuego que impide se acerque el enemigo. Ya están en tierra, ya se ven como puntitos movedizos, columnas de hombres en guerrilla que, sobre blanco con oscuro, se nos figuran aquellas líneas de puntos notas en un pentagrama que escriben una página musical, épica y gloriosa, que aleja al influjo de sus notas el fantasma del indómito rifeño. Ojo, están en tierra: ya tabletean las ametralladoras, ya los hombres invaden todo”.

La realidad fue épica, pero menos musical, la defensa rifeña era muy dura y costó enormemente llegar a dominar alguna de las primeras playas en la Cala del Quemado y en la Playa de la Cebadilla.

Los rifeños se replegaron en las fortificaciones, pero habían dejado las playas sembradas de minas que dificultaron el avance hispano-francés.  Además, los rifeños buscaban devolver al mar a las tropas españolas a base de ataques suicidas. Las tropas hispanas en la zona lograron resistir hasta la extenuación hasta la llegada de la columna de Ceuta.

Sin embargo, el asalto más sangriento se vivió el día 11 y su protagonista fue la columna Goded, a la cual, durante ese día, se le asignó la responsabilidad de defender las posiciones de vanguardia más cercanas al enemigo. La sangre no paró de correr en aquella línea de defensa durante toda la noche y parte de la madrugada, pues los hombres de Abd El Krim no cejaron en su empeño de expulsar a sus enemigos con ataques suicidas. Con la llegada del alba, la mayoría de militares españoles habían agotado su munición y, en algunos casos, habían repelido al enemigo con piedras.

La noche del 19, se produce el último gran contraataque rifeño. El 23, las tropas españolas toman la segunda línea defensiva y, el 2 de octubre, llegan a Axdir, el objetivo final. Los rifeños se repliegan y Abd el-Krim escapa. El mal tiempo del otoño y el invierno le concede una última tregua.

Semanas después todo el territorio sería español, pacificado gracias a una serie de operaciones controladas férreamente por Primo de Rivera y ejecutadas por los coroneles Goded, Sanjurjo y Franco. Durante la primavera de 1926, consumaron la derrota de Abd el-Krim y la ocupación total del Protectorado.

Lo que no sabían entonces las tropas españolas llegadas por mar era que en su repliegue los rifeños se enfrentaron con las tropas de apoyo y la población española existente en el territorio contra la que cometieron todo tipo de atrocidades: cuerpos de españoles despojados de los más elementales atributos de dignidad. Los restos de los militares del Regimiento Alcántara estaban dispersos en una vasta extensión. De este regimiento, que acudió en socorro de los fugitivos que en su momento buscaban refugio en Melilla, no quedó más que un 10% testimonial de sus jinetes, centenares de monturas habían muerto exhaustas en combate. Emasculaciones, aperturas en canal, vaciado de las cuencas de los ojos, despojo total de sus pequeñas propiedades íntimas o familiares, actos de canibalismo, parrilladas humanas… Esa fue la herencia que muchos españoles recibieron de los rifeños.

El 26 de mayo de 1926, el sangriento Abd el-Krim se rindió a los franceses en la pequeña aldea de Taza. El día anterior había ejecutado a centenar y medio de prisioneros españoles. Tuvo suerte de que la mano del ejército español no le alcanzara.

En un discurso grandilocuente, Primo de Rivera, comparó el desembarco de Alhucemas con Trafalgar y la toma de Túnez en 1535. Grandilocuente o no, aquel éxito militar, logró pacificar Marruecos y le dio al gobierno de Primo el triunfo más espectacular de su mandato. Asimismo, sentó las bases de la política exterior de la Dictadura en el futuro. La voluntad de permanencia en el poder del general Primo de Rivera a partir del año 1925, a pesar de que él mismo había indicado la provisionalidad de su régimen, provino de haber solucionado un problema que había sido la pesadilla de todos los gobernantes españoles desde 1898.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

FONTELA BALLESTA, Salvador. “La Guerra De Marruecos. 1907 – 1927: Historia completa de una guerra olvidada”. Ed. La esfera de los libros.  2017.

CARRACO GARCÍA, Antonio. “Alhucemas 1925. las imágenes del desembarco”. Ed. Almena. 2000.

FUSI, Juan Pablo y PALAFOX, Jordi. “España: 1808-1996. El desafío de la Modernidad”. Ed Espasa. 1998.

[1] Cabila es un término de origen bereber utilizado para designar tanto a las tribus bereberes como al territorio donde se asientan.

El Origen de la OTAN

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Europa estaba devastada. Mantenía un miedo enorme a que Alemania volviera a levantarse contra sus vecinos como ya había hecho en dos ocasiones anteriores siendo, su aptitud, el germen de las dos guerras mundiales. A lo que había que unir que la vieja Europa se encontró, casi de la noche a la mañana, con un territorio dividido en dos que por mor de los acuerdos internacionales de paz.

Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña acordaron en Yalta (febrero de 1945), poner fin a la guerra, fijaron las condiciones de paz a Alemania, su partición y reparto. Establecieron las nuevas fronteras europeas y el nuevo mapa internacional que quedará claramente delimitado en dos áreas de influencia política, una bajo la tutela de la URSS y la otra bajo el amparo de los EEUU. Más tarde, en Potsdam (julio-agosto de 1945), se ultimaron las condiciones ya prefijadas en Yalta y se rubricaron las bases del futuro geoestratégico del mundo.

En este contexto, USA estaba interesadísima en reconstruir Europa ( Plan Marshall-1948- https://algodehistoria.home.blog/2021/02/05/la-reconstruccion-de-europa-el-plan-marshall/ ) pues necesitaba del mercado europeo para poner sus productos en venta, lo que incluía la ayuda a Alemania. Para EE. UU sólo con una Alemania liberal (y para eso su reconstrucción económica era esencial), se podría tener paz y tranquilidad. Pero esto no gustaba a Francia, que era muy suspicaz con Alemania, y no sin motivos. Además, las aspiraciones de EE. UU a gran potencia requerían de un sistema de seguridad que le permitiera el control de sus intereses en el mundo y para ello, nada mejor que el establecimiento y guarda de gobiernos liberales y democráticos. Frente a esto, la URSS, aspirante desde los zares a dominar territorialmente Europa, buscaba la expansión de su poder y área de influencia por el control de gobiernos y personas bajo el régimen comunista.

Ambas situaciones, el miedo a un nuevo enfrentamiento con Alemania y la posición totalitaria de la URSS, hicieron que Francia y Gran Bretaña trataran de crear un sistema de seguridad y apoyo mutuo que produjese la debida protección.

Con esa finalidad, acordaron, en 1947, mediante el Tratado de Dunkerque, formar una alianza militar.  Las disputas por su dirección y control hicieron imposible el avance por este camino, aunque la semilla de una unidad defensiva había sido puesta en tierra. En 1948, Bélgica, Francia, Holanda, Luxemburgo y Reino Unido suscribieron el Tratado de Bruselas, también denominado de la Unión Occidental, cuyos fines eran la colaboración económica, social, cultural y militar. Se configuró como un sistema de seguridad colectiva de forma que, en caso de agresión a uno de sus miembros, los otros le proporcionarían ayuda y asistencia con todos los me­dios a su alcance, militares y no militares, con­forme a lo dispuesto en el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas.

Complementariamente, el presidente norteamericano Truman en dos discursos ante el congreso, en el mismo año 1947, primero, aludiendo a los conflictos existentes en Turquía (problemas fronterizos con la URSS) y Grecia (guerra civil entre las guerrillas comunistas y la monarquía), y, posteriormente, con referencia al auge de los partidos comunistas de Italia y Francia, perfiló lo que se denominó la “Doctrina Truman”, consistente en el apoyo a “los pueblos libres que resistan las tentativas de subyugación por parte de minorías armadas o presiones externas” ya que esos regímenes representan una amenaza para el capitalismo y  “  socavan los fundamentos de la paz internacional y la seguridad de Estados Unidos”.

Se trató de una doctrina de clara tendencia anticomunista y, por ende, de acusación directa a la URSS y su expansionismo ideológico y militar (no olvidemos que el 17 de febrero de 1948 Rusia propició y, por supuesto, apoyó el Golpe de Estado comunista en Checoslovaquia).

Esta política se extendió por el mundo y no sólo en Europa. Así se formalizan: el Pacto de Río o Pacto Interamericano de Asistencia recíproca (TIAR) firmado el 2 de septiembre de 1947 por casi todos los estados iberoamericanos- a excepción de México, Ecuador, Bolivia, las Guayanas, Cuba y algún estado isleño. Maduro no reconoce la presencia de Venezuela en el mismo, aunque en 2019 Venezuela renovara su adhesión-. El Pacto de Bagdad para Oriente Próximo- firmado en 1955 y vigente hasta 1979. Suscrito por Irán, Irak, Pakistán, Turquía, Reino Unido y EE.UU. En 1959 se retiró Irak y el pacto cambió de nombre al de CENTO-. La SEATO en el Sudeste asiático (vigente desde 1955 a 1977) constituida por Australia, Francia, Nueva Zelanda, Pakistán, Filipinas, Tailandia, Gran Bretaña y EE.UU.

Además, como consecuencia de la doctrina Truman, los EE. UU instalaron bases militares en Turquía y Grecia. Esta presencia fue ampliada tiempo después a otras zonas.

En lo que podríamos considerar una prolongación de la doctrina Truman, el Senado Americano en una resolución de 19 de mayo de 1948, conocida con el nombre de “Resolución Vandenberg”, señalaba que no era posible llevar adelante una política de paz en el seno de las Naciones Unidas por el derecho a veto que ejercía la URSS en el Consejo de Seguridad. (Evidentemente, EE. UU también vetaba las propuestas soviéticas, pero de eso no se hablaba).

La conjunción del acuerdo de Bruselas, limitado por la falta de medios de los países europeos, y la doctrina Truman permitieron el inicio de conversaciones entre los firmantes del Acuerdo de Bruselas y los EE. UU, a las que se incorporaron Canadá, Dinamarca, Islandia, Noruega y Portugal. Como consecuencia de ellas, el 4 de abril de 1949, se firmó en Washington el Tratado de la Alianza Atlántica, como coalición militar trasatlántica en tiempo de paz. Fue suscrito por doce naciones: Bélgica, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Islandia, Italia, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos, Portugal y Reino Unido.

El acuerdo no fue fácil. El primer obstáculo lo constituía la entrada de Portugal, gobernado por un régimen dictatorial, pero nada comunista, y con una posición geoestratégica privilegiada en las Islas de las Azores. Tampoco admitir a Italia fue sencillo.  Los países ribereños del Atlántico no deseaban el ingreso de países que no fueran atlánticos. Finalmente EE.UU. -para frenar el auge del partido comunista italiano- y Francia -para que se aceptará el territorio de Argelia en el Tratado-lograron imponer su punto de vista e Italia firma el acuerdo de la OTAN. Irlanda también fue invitada a formar parte del Pacto Atlántico desde el primer momento, pero declinó la oferta por los problemas que mantenía con Gran Bretaña por el Ulster.

Sin embargo, el acuerdo no solventaba el problema alemán. Si Alemania no formaba parte de la Alianza, las posiciones defensivas de Europa frente a la URSS seguirían siendo muy débiles. Por eso, se idea la creación de la Comisión Europea de Defensa (CED), en la que se invita a participar a la Alemania Federal. Pero el sistema fracasó por la oposición de Francia. Continuaron las negociaciones y en el 23 de octubre de 1954, se crea en París la Unión Europea Occidental (UEO), que no fue más que una modificación del tratado de Bruselas en la que se invita a entrar a la República Federal Alemana. El acuerdo se logra bajo la seguridad de que los países occidentales conseguirían un estricto control sobre el rearme de Alemania y la creación de una zona defensiva en suelo alemán.

El Tratado Atlántico nacía como una institución defensiva, no agresiva. Su misión era la consolidación de la paz y el deseo de vivir en paz con todos los pueblos y gobiernos del mundo, reafirmando su fe en los principios de Naciones Unidas.

Este acuerdo hará reaccionar inmediatamente a la Unión Soviética, que creará el bloque militar comunista: el Pacto de Varsovia, que se firma en esa ciudad el 14 de mayo de 1955.

Hasta la caída del Muro de Berlín en 1989, la OTAN tuvo tres ampliaciones y con ellas, cuatro miembros más: Grecia y Turquía en 1952, la señalada de Alemania en 1955 y España en 1982 (con una negociación peculiar, por los enfrentamientos internos, con el partido socialista oponiéndose a la entrada “OTAN, de entrada, no” para, posteriormente, una vez alcanzado el Gobierno, promover un referéndum que se celebró el 12 de marzo de 1986, en el que el PSOE cambió su posición hacia el sí a la OTAN. Pero dejando fuera de la cobertura defensiva a Canarias, Ceuta y Melilla).

La caída del muro y del orden soviético propició que en marzo de 1999 se incorporaran Hungría, Polonia y República Checa; en marzo de 2004, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumania y, en abril de 2009, en la sexta ampliación y de momento última, Albania y Croacia. La OTAN está constituida hoy por veintiocho naciones.

No nos vamos a extender sobre el contenido del tratado, sólo diremos que es muy breve, consta de una exposición de motivos y catorce artículos, en los que se manifiesta fundamentalmente que estamos ante una alianza defensiva. Se trata de la institucionalización del derecho a la legítima defensa dentro del marco del artículo 51 de la ONU. Porque el Pacto atlántico se considera subsidiario de la ONU. En ese ambiente defensivo los miembros establecen la obligación de consulta mutua en caso de amenaza. Si bien la asistencia armada no tiene por qué ser inmediata, sino que la decisión de asistencia en caso de conflicto armado es determinada soberanamente por cada Estado miembro y no conlleva obligatoriamente la aportación de medios militares – aunque el principio de solidaridad que impregna el Tratado hace más que probable que esa ayuda armada se establezca por parte de todos, en caso de ataque a uno de sus miembros-.  No es un club cerrado, la Alianza permanece abierta a cualquier incorporación con los siguientes requisitos: primero, el ingreso no puede solicitarse, sino que ha de ser una demanda de uno o de varios de los signatarios. Segundo, ha de tratarse de un Estado europeo. Tercero, se precisa para el ingreso, la aprobación unánime de los miembros del Pacto. Es un tratado defensivo, militar, pero que atribuye ciertas posibilidades políticas y económicas a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, pero en consonancia con su actividad defensiva. Así, por ejemplo, señala entre sus principios el de salvaguardar la libertad de sus pueblos, su herencia común y su civilización, fundadas en los principios de democracia, libertades individuales y el imperio del derecho.

Para asumir sus finalidades la Alianza adoptó una Organización, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), constituida por una estructura civil y otra militar. La estructura civil está formada por el Consejo General, presidido por el Secretario General y conformada por los representantes permanentes de los ministerios de Asuntos Exteriores o, según los casos, por los Jefes de Estado y Gobierno, y por diversos Comités, siendo el principal el Comité de Planes de Defensa (DPC). La estructura militar constituida por el Comité Militar, formado por los Jefes de Estado Mayor, con representantes permanentes, y por varios Mandos.[1]

La intencionalidad de los firmantes del Pacto Atlántico puede considerarse en un doble sentido: el primero, imponer prudencia al potencial agresor, haciéndole ver el peligro en el que puede incurrir en caso de ataque y, segundo, reforzarse militarmente para poder rechazar un ataque armado.

Ese sentido disuasorio se incrementó por el refuerzo de armas atómicas dentro del arsenal de la OTAN, y su función de contener a la URSS fue realmente efectiva durante la guerra fría.

Tras la caía del muro y la desintegración de la URSS, la OTAN siguió en su papel de institución de seguridad europea. Destacan en este ámbito misiones que asumió en el conflicto de los Balcanes. Tanto en apoyo de Bosnia, como contra Serbia a la que se bombardeó en defensa de Kosovo para detener los crímenes contra la humanidad que se cometieron en la región. Fue la primera acción armada de la OTAN que no contó con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU por las reticencias de Rusia y China. Aunque después, en 1999, sí se viera respaldada por la Resolución 1244 de la ONU en la creación de la fuerza de paz KFOR.

La segunda operación militar de gran envergadura tuvo su origen en los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, que llevaron a la organización a invocar por primera vez el artículo 5 del Tratado para responder a la agresión contra un país miembro. La Alianza desde un primer momento apoyó las operaciones contra los talibanes y Al Qaeda en Afganistán.

Otras actuaciones fuera del escenario europeo han sido el despliegue en el Índico contra la piratería somalí en la Operación Escudo Oceánico y, en especial, los bombardeos en Libia en marzo de 2011, Operación Protector Unificado.

Más allá de su actividad militar, desde el final de la guerra fría, la OTAN ha mantenido una intensa actividad diplomática ampliando el número de sus Estados miembros y buscando la colaboración con otros países y organizaciones internacionales.

En 1997, se firmó el Acta Fundacional OTAN-Rusia sobre Relaciones Mutuas. Pretendía diseñar un marco de confianza para que Moscú no recelara de la expansión de la organización hacia el este, y de cooperación (como las misiones en Bosnia y Kosovo donde tropas rusas se coordinaron con los contingentes de la Alianza). Pero desde la llegada de Putin al poder y sus ansias expansionistas, los rusos han visto con muy malos ojos cualquier extensión de la OTAN. Así se comprobó en Georgia en 2008. Asimismo, la posible ampliación de la OTAN a Ucrania ha sido la excusa que ha elegido Putin para iniciar la invasión de ese país, con la correspondiente alerta defensiva de los miembros de la Alianza que, sin intervención directa, apoyan a país invadido.

La invasión de Ucrania ha conseguido poner en alerta a todos los vecinos de Rusia y que países tradicionalmente neutrales como Finlandia o Suecia soliciten el ingreso en la OTAN.

BIBLIOGRAFIA

Barcía Trelles, Camilo. «El Pacto Atlántico«, Instituto de Estudios Políticos, Madrid (1950).

Benz, W. y Graml, H. «El siglo XX. Europa después de la Segunda guerra mundial 1945-1982«, Tomo I, Ed. Siglo XXI, Madrid (1986).

Reuter, Paul. «Organizaciones europeas«. Ed. Bosch. Barcelona (1968).

«La organización del Atlántico Norte«, Instituto de Estudios Políticos, Madrid (1963).

Web de la OTAN. https://WWW.nato.int

[1] Web de la OTAN

LZ 129 HINDENBURG

En estos tiempos de guerra y de exhibiciones de poderío militar que en ocasiones resultan más propagandísticas que útiles, vamos a hablar de otro ingenio que permitió la propaganda hasta que se volvió en contra de los propagandistas. Hablamos de los dirigibles, sobre todo, del Zeppelin y más en concreto del LZ 129 Hindenburg, llamado así en honor del presidente Paul von Hindenburg, que presidió Alemania desde 1925 a 1934.

Hindenburg, aunque firme opositor al nazismo consintió, bajo presión, nombrar Canciller a Hitler en 1933. En febrero de ese año aprobó el “Decreto del Presidente del Reich para la protección del pueblo y del Estado”, más conocido como Decreto del Incendio del Reichstag, en virtud del cual se suspendieron las libertades civiles. Aquel decreto unido a la “Ley habilitante”, de pocos meses después, otorgó poderes absolutos al nazismo. Falleció en 1934. Tras su muerte, Hitler declaró vacante la oficina del presidente y se nombró a sí mismo jefe del Estado.

El ingenio de la casa Zeppelin, como todo en aquel momento en Alemania, acabó absorbido por el poder y la propaganda del Estado. 

Los dirigibles no habían sido un invento alemán, contaban con precedentes en el siglo XVIII. Concretamente en 1852, por la aparición de una aeronave semejante a un globo guiado invención del francés Henri Giffard, pero fueron los alemanes sus perfeccionadores, sobre todo, a raíz del diseñador excepcional que fue al alemán Ludwing Durr, el cual se unió al conde Ferdinand Zeppelin, en 1900, para construir juntos el LZ-1, el Luftschiff Zeppelin 1.

A pesar de los accidentes iniciales, los revolucionarios zepelines pronto se convirtieron en máquinas fiables. Tanto es así que, en 1909, Zeppelin fundó la primera aerolínea del mundo.

Pero el gran desarrollo de los dirigibles se dio durante la Primera Guerra Mundial (IGM). El Zeppelin fue puesto al servicio del ejercito y la aviación alemana, tanto en tareas de reconocimiento como de bombardeo, siendo el aparato militar alemán más temido, ya que con su gran capacidad de carga podía almacenar un enorme número de bombas que soltaba con profusión sobre las ciudades enemigas (San Petersburgo y Londres fueron sus grandes víctimas). El desarrollo de las balas explosivas, sin embargo, llevó a la destrucción de la mayoría de estos aparatos a los que Winston Churchill llamó «enormes vejigas de combustible y gas explosivo». De los 84 zepelines construidos durante la guerra, sólo 24 sobrevivieron al conflicto. De hecho, dejaron de usarse como bombarderos tras un fracasado ataque a Londres en 1917.

Una de las razones de su peligrosidad estribaba en el gas empleado para su funcionamiento. Mientras el gas ideal era el helio, los zepelines utilizaban hidrógeno debido al embargo estadounidense sobre el helio, especialmente frente a Alemania tanto por su posición en la IGM como tras la llegada de los nazis al poder.

A pesar de la opinión de Churchill sobre los dirigibles, Gran Bretaña, en el periodo de entreguerras, trató de desarrollar sus propios dirigibles.

Con el patrocinio del Ministerio de Aviación, se construyeron dos enormes dirigibles rígidos: el R100 y el R101. El segundo se estrelló en Francia en octubre de 1930, en su vuelo inaugural.

En el accidente murieron 48 de las 50 personas que iban a bordo, incluidos el equipo que lo había diseñado y Lord Thompson, el ministro del Aire responsable del proyecto. El R100 se rompió poco después.

Tras ese accidente británico, Alemania siguió siendo la reina de la industria de los zepelines sin competencia alguna. En 1932, se construye el LZ 129 Hindenburg que pronto contó con un hermano gemelo el LZ 130 Graf Zeppelin II, las dos mayores aeronaves construidas nunca. Ambos contaban con motores Daimler-Benz y se conducían con hidrógeno.  Alcanzaban los 135 Km/h lo que les permitía realizar vuelos transatlánticos en tan sólo 3 días lo que era una alternativa muy competitiva a los trasatlánticos que por aquel entonces tardaban 15 días en recorrer la distancia entre Europa y Estados Unidos o también Brasil- los dos destinos más utilizados-. Incluso eran capaces de dar la vuelta al mundo en tan sólo 21 días- todo un avance para la época-, como hizo el Graf Zeppelin.

El LZ 129 tenía 245 metros de largo, 41 metros de diámetro, con ese gran espacio hubiera dejado chico a cualquier avión de lujo actual.

Ahora bien, el dirigible tenía una doble misión, por un lado, como avión de transporte de viajeros y, por otro, cualquier otro uso, sobre todo, militar, que permitiera su estructura.

Como avión comercial era conocido por su lujo y comodidad. Su decoración fue concebida por el arquitecto Fritz August Breuhaus de Groot, conocido por haber diseñado el interior de varios trasatlánticos y las casas de las estrellas de cine alemanas. En su propaganda de lanzamiento, los creadores del aparato se jactaron de sus lujosas salas comunes, la comodidad de los camarotes privados y de los paseos interiores de su aerodinámico casco. El Hindenburg tenía, además de 25 cabinas con doble litera, un restaurante, un salón, un bar de cocteles, y una sala de fumadores. Esta última estaba sellada y presurizada por razones de seguridad.

Los muebles y los accesorios eran los más ligeros posibles: sillas de comedor de aluminio tubular, lavabos de plástico blanco, paredes de espuma cubiertas de tela.

Las paredes estaban cubiertas de seda pintada, en la que se reproducían los grandes viajes de la historia… Era tan lujoso que en sí mismo servía como regalo y disfrute de unas vacaciones extraordinarias y diferentes; de hecho, se le conocía como el “hotel del cielo”. El ideal para una “influencer” del momento.

Desde el punto de vista técnico, como señalamos anteriormente, no pudo llenarse el tanque de combustible del Hindenburg con helio. Por razones geopolíticas desde la IGM los estadounidenses, país con grandes reservas de helio y el mayor productor de helio licuado del mundo, se negaron a vender el helio a los alemanes; lo que obligó a éstos a cambiar el diseño del Zeppelin para utilizar como combustible el hidrógeno, gas altamente inflamable y explosivo. La capacidad de los tanques del dirigible alcanzaba los 200.000 metros cúbicos de gas. Sin embargo, el hidrógeno tiene menor densidad que el helio y eso permitió hacer más grande el Zeppelin frente a lo diseñado en un primer momento. Además, el uso de hidrógeno no asustó a los alemanes que tenían experiencia en el manejo de hidrógeno de manera segura. 

El dirigible se fabricó en duraluminio –un material consistente en una aleación de aluminio cobre, magnesio, manganeso y silicio–, con alta resistencia al calor. Su estructura se organizaba en anillos y puntales de esa aleación y se recubría de pintura protectora de un color azul brillante. La superficie exterior se envolvió en algodón impregnado de polvo de aluminio, para repeler los rayos ultravioletas y evitar la electricidad estática y las posibles chispas que de ella se derivaran. Este envoltorio es lo que hacía brillar al aparato dándole una tonalidad plateada.

Además, estaba equipado con una versión temprana del piloto automático.

Durante su primer año de vuelo, 1936, en sus vuelos exclusivamente comerciales, recorrió más de 300.000 kilómetros, llegando a transportar 2.798 pasajeros y 160 toneladas entre carga y correo. Cruzó diecisiete veces el Atlántico. En uno de esos viajes alcanzó el récord de sobrevolar el océano Atlántico dos veces en cinco días.

Pero ese mismo año, ante la brillantez del aparato y la imagen poderosa que daba de la industria alemana, los nazis, que se hallaban en el poder desde hacía 3 años, se apropiaron de la imagen del Zeppelin como si de un invento nazi se tratara. Lo convirtieron en un símbolo de la grandeza y orgullo alemán, de la superioridad de la raza aria. Por tal motivo y a modo de propaganda, obligaron a que el dirigible, con la esvástica dibujada en timón de cola, sobrevolara el estadio olímpico de Berlín en la inauguración de los juegos olímpicos, en el mismo momento en el que Hitler entraba en el estadio que, a semejanza de un gran teatro, elevaba la figura del dictador a protagonista de la representación, como símbolo de magnificencia.

Además, ya se ideaban usos militares para la nave, como había acontecido con otros dirigibles Zeppelin durante la IGM.

Sin embargo, lo que sirvió para la propaganda, por la propaganda se volvió en contra de los que se apropiaron de su imagen.

A primeros de mayo de 1937, LZ 129 Hindenburg salió de Frankfurt, en lo que era su primer viaje transatlántico de aquel año. Tuvo una travesía accidentada por los vientos y las tormentas eléctricas que encontró a su paso, sin embargo, los problemas llegaron en su aterrizaje durante el atardecer del 6 de mayo.

Para su descenso necesitaba ser amarrado en una torre específica para ese fin. El piloto soltaba gas y agua para hacerlo descender al tiempo que se soltaban las maromas de amarre. La operación se iniciaba orientando la proa hacia la torre mientras varios operarios en tierra cogían las cuerdas y las ataban. Esta era una operación siempre peligrosa, en ocasiones el dirigible se elevaba y ascendía a los hombres o los tiraba al suelo, resultando varios de ellos, a lo largo de la historia de los dirigibles, heridos o incluso muertos. Pero, aquella noche del 6 de mayo las cosas fueron mucho peores, el fuerte viento y la tormenta reinante movió el Zeppelin de forma brusca; el giro rompió un cable que rasgó la bolsa de hidrógeno, y el gas se acumuló en la parte superior. Cuando la tripulación soltó las amarras para que los equipos terrestres ataran el globo, las cuerdas se mojaron con la lluvia y tocaron la tierra, que acumulaba electricidad estática. Saltó una chispa y el fuego se propagó tan rápidamente que en cuestión de pocos segundos el Hindenburg cayó a tierra envuelto en llamas.

Mucho se ha hablado de posibles conspiraciones, pero nunca se han demostrado.

De lo que se tiene constancia es del accidente en sí, pues se conserva una filmación del momento; no hay que olvidar que la llegada del Zeppelin siempre era un acontecimiento radiado y transmitido como noticia excepcional. Además, había muchos curiosos viendo la maniobra.

En la filmación, se ve al dirigible durante sus últimos segundos de vuelo antes de encenderse en llamas, chocar contra el suelo y su devastación. Se aprecia el estado en que quedaron los restos mientras los operarios intentaban rescatar a los supervivientes (murieron 36 de las 97 personas que viajaban en él. Viendo el estado en el que quedó el dirigible es casi un milagro que hubiera supervivientes).

También resulta bien conocida la transmisión radiofónica del periodista Herbert Morrison desde el lugar del accidente. El periodista ante la inminente llegada del aparato se estaba refiriendo a los espectadores allí congregados para ver la llegada del dirigible y los definió como “masa de humanidad”; de ahí que, cuando se inició el accidente empleara la expresión “¡Oh, la humanidad!” [” ¡Oh, the humanity!”], preocupado por si el dirigible caía encima de los espectadores. “Oh, la humanidad” ha pervivido como recuerdo de aquel suceso.

La gran cobertura mediática del accidente tuvo una gran repercusión en el futuro de los dirigibles para pasajeros. Las múltiples imágenes del siniestro dieron la vuelta al mundo, acabando con la confianza que se tenía en este transporte. Alemania dejó de usarlo con fines comerciales. En Estados Unidos, sin embargo, se incidió en su uso militar al ser factible hacer dirigibles no rígidos rellenos con helio.

Pero, sobre todo, el accidente dañó la imagen del régimen nazi de tal modo que se mandó desguazar Graf Zeppelin y estos modelos nunca fueron empleados por los alemanes para fines militares tras el accidente. Después del final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, la compañía Zeppelin cerró sus puertas.

Como último apunte recordar que culturalmente este suceso ha sido recogido por el cine. Así, en 1975 se estrena la película “Hindenburg”, basada en los hechos acaecidos el día del desastre, mezclándolos con una trama de ficción que explica la explosión de la aeronave como un atentado y en 2011 se hizo otra película, “Hindenburg, el último vuelo”, narrando la verdadera causa del fuego.

También la televisión ha tenido series recordando los hechos o documentales al respecto.

En el mundo de la música, es bien conocido el primer álbum de la banda británica Led Zeppelin cuya portada recrea el accidente.

Keith Moon, el batería de The Who, en un acto de maldad, dijo que el grupo se hundiría como un «zepelín de plomo» (lead zeppelin, en inglés).

Se equivocó. Led Zeppelin triunfo en el universo del rock y su música sirve de recuerdo al gran ingenio alemán.

https://youtu.be/TA9Rec1qAFQ

BIBLIOGRAFIA

REVOLUCIONES CONTRA LOS IMPUESTOS EN ESPAÑA: LEVANTAMIENTOS EN EL BIENIO PROGRESISTA (1854-56)

En nuestra historia hemos tenido muchas revueltas sociales por la carestía de la vida, muchas de ellas causadas por la subida de impuestos, así, a modo de ejemplo, podemos nombrar el Motín de Esquilache, del que ya hablamos aquí, https://algodehistoria.home.blog/2020/01/24/el-motin-de-esquilache/ cuyo inicio fue la subida del precio del pan y de la cera de las velas por razones, entre otras, impositivas. O, en otro curiosísimo ejemplo, el levantamiento encabezado de María Castaña o Castiñeira en la provincia de Lugo en el S XIV (1386), contra los impuestos que quería cobrar el obispo de Lugo. Esta María Castaña es la que ha dado lugar a la expresión popular de “en tiempos de Maricastaña”.

Pero una de las revueltas fiscales más importantes de nuestra historia, aunque un tanto incomprensible en cuanto a sus orígenes se produjo en España a lo largo del Bienio Progresista (1854-56). https://algodehistoria.home.blog/2022/01/28/la-guerra-de-crimea/

Coincidiendo con la guerra de Crimea, se produjo un doble movimiento, por un lado, el aumento de la venta de grano y trigo castellano, al dejar de producir Rusia, y de otro una escasez de trigo en España por las exportaciones, a lo que se unió una subida de precios por culpa de la imposición, el avance del cólera importado desde el norte de Europa y la pérdida de gran parte de la cosecha a causa del pedrisco. La región que más sufrió la prosperidad primera y la crisis posterior fue Castilla. Pero, al tiempo, acontecía un hecho trascendente, el conflicto obrero que se dio en la pequeña industria, de manera significativa, aunque no única, en Cataluña, sobre todo, en las fábricas de Barcelona donde proliferaron las primeras asociaciones obreras y donde se produjo el levantamiento por la aparición de máquinas que realizaban el hilado frente al hilado a mano (conflicto de las selfactinas. Nombre que proviene del término inglés “self-acting”). Fue una manifestación contra el mecanicismo y la primera huelga general que se produjo en España- 1855-.

Salvo contadas excepciones, no se trataba de conflictos de subsistencia al antiguo modo sino una conflictividad social exacerbada en un momento, en el que, por otra parte, existió cierta prosperidad, por lo menos en amplios sectores. Fue un enfrentamiento entre antiguos y nuevos usos de producción, por una mala planificación económica del gobierno que dejó escasez en los mercados nacionales y una muestra de disconformidad social por un sistema impositivo desmesurado, sobre todo, más que por el incremento de los tributos directos, por la recaudación indirecta del odiado impuesto de Consumos y los Derechos de Puertas. Todo esto provocó una oleada de conflictividad social con más de 200 motines, sin que el Gobierno de Espartero pudiera atajarlo y donde los modos de levantamientos urbanos se trasladaron a las protestas campesinas: algaradas callejeras y asonadas en los que perdieron la vida varias decenas de personas con una violencia desmedida en los revolucionarios y en los “apaciguadores”.

Veamos los sucesos con mayor detenimiento.

El nuevo sistema fiscal provenía de la reforma de la Hacienda Pública llevada a cabo por Mon y Santillán de 1845. Esta reforma contempló una nueva tipología de impuestos, algunos directos y dos indirectos sobre el comercio interior, el de Consumos y los Derechos de Puertas. Ambos eran herederos de viejas figuras tributarias, las alcabalas que fue el impuesto más importante del Antiguo Régimen español, que grababa el comercio, y “millones y cientos que era un impuesto sobre el vino, vinagre, aceite, carne, jabón y velas de sebo que instituyó Felipe II en 1590.

En el Siglo XIX, se generalizó la contribución sobre consumos, (Contribución General de Consumos) que gravaba una veintena de productos básicos, de “comer, beber y arder”. A cada Ayuntamiento se le asignaba una cantidad anual que debía remitir a la Hacienda pública. De esta manera, esta contribución se convirtió en la principal fuente de ingresos, tanto de la Hacienda nacional, como de las locales. Los consumos generaron muchos problemas, la polémica principal tenía que ver con el hecho de que gravaba productos de primera necesidad, afectando a las clases populares. Los consumos encarecían el precio final de los productos, pero, además, su recaudación generaba una clara desigualdad, ya que los grandes propietarios y comerciantes podían zafarse del pago de los consumos gracias al fraude. Por si fuera poco, el sistema recaudatorio no lo ejercían directamente los municipios, sino que empleaban como intermediarios a las llamadas “empresas de puertas”, que llevaban a cabo la recaudación en nombre de las haciendas locales, con un trato humillante al ciudadano y originando, además, un proceso inflacionista.

Por si fuera poco, el Ministerio de Hacienda, en su intento de mejorar la situación de las Haciendas locales en estado agónico desde hacía décadas, autorizaron a los Ayuntamientos a fijar nuevos derechos sobre la entrada y consumo de mercancías en sus localidades hasta igualar lo recaudado por la Hacienda y a financiar el déficit hacendístico mediante arbitrios sobre artículos cuyo consumo no gravaba la Administración central con la única condición de que no fuesen de consumo imprescindible, retórico requisito que rara vez fue respetado[1].

Sin embargo, los problemas surgieron por las desigualdades en que incurrió la Hacienda en el reparto territorial de la carga tributaria provocando encendidas protestas locales sobre todo en Castilla, a las que el Gobierno no hizo caso en un primer momento. Fueron los jornaleros castellanos y leoneses los que, debido a los cálculos realizados por la Hacienda a tenor de las ventas de cereal de años anteriores, pagaron en 1855 y 1856 en torno a un 20% más que el resto de España, lo que en el caso de Palencia se elevó por encima del 70%, cuando, ya en 1856, los ingresos habían disminuido en más de un 17%.[2]

Además, el descontento por la subida de impuestos y su consiguiente subida de precios venía de antiguo. Las obras públicas que emprendió Bravo Murillo desde 1851 y que a la larga supusieron una gran mejora en las comunicaciones y servicios de transporte de mercancías y ciudadanos y, con ello, un gran avance integrador de España, tuvieron un elevado coste que obligó a un incremento de la presión fiscal, lo que originó un enorme malestar social, que Bravo Murillo intentó paliar con concesiones fiscales a los menesterosos y con un endurecimiento de la política de orden público. Los mayores incidentes de aquellos primeros años cincuenta se dieron en Andalucía y Valencia.

Los sucesivos gobiernos y ministros de Hacienda y de Gobernación de la época no acertaron en su intención de enderezar la situación del Erario. Unos prometían acabar con los impuestos indirectos, otros como Sartorius, Conde de San Luis, a fomentarlos y a incrementar el gasto en obras públicas que no se ejecutaron, pero sí proyectaron y “curiosamente” tuvieron gastos que sólo beneficiaron a determinados miembros del Gobierno.

Es más, el afán recaudador de la Hacienda del Estado llevó a crear el cuerpo de Agentes de la Administración provincial de Hacienda en 1853 cuya finalidad era acabar con el fraude fiscal en el sector industrial, y aunque su tarea no iba dirigida a las harineras ni al campo si afectó a la vida rural y a los pequeños propietarios. La población rural tenía que hacer frente al pago de unos tributos abusivos y a la consiguiente subida de los precios, lo que creó problemas de subsistencia en el noreste español. En castilla, se complicó la situación por el enfado de los pequeños industriales, ganaderos y pequeños jornaleros.

Pero ni toda la presión fiscal era suficiente para atender las necesidades de un gobierno manirroto y corrupto. Las arcas del estado estaban vacías. No se podía ni pagar el sueldo de los funcionarios. El Banco de España se negó a seguir monetarizando la deuda. La situación era desesperada, cuando las tropas inglesas y francesas entraron en guerra en Crimea, en septiembre de 1854, el incremento de las exportaciones alivió las arcas de la Hacienda y logró calmar los ánimos en Castilla, no sin ciertos levantamientos en Burgos, Segovia y en otras poblaciones, especialmente en la frontera portuguesa,  por la política de exportación de grano castellano que  dio lugar a que se arrancaran viñedos para plantar trigo, que era el producto que generaba más ingresos, originando un aumento del paro en los jornaleros vitivinícola. Pero no sólo en Castilla hubo altercados, en otras zonas de España también existieron sublevaciones, conocidas fueron las de Zaragoza.

La tensión se contuvo durante unos pocos meses, pero, al poco tiempo, se recrudeció a lo largo y ancho de toda España. Tras varios ministros e intentos de arreglar la situación con muy poco éxito, los levantamientos se sucedieron durante 1855, con huelga general convocada en Barcelona, levantamientos en Zaragoza, Calatayud, Santiago de Compostela… sólo Castilla estaba aparentemente tranquila, pero más por la epidemia de cólera que se extendía por la región que por falta de descontento. Los artesanos urbanos protestaban también por su mísera condición. De ahí que fuera Burgos la primera ciudad castellana en sublevarse, dando lugar a decretar el Estado de Sitio en la Capitanía General de Burgos y someter al resto de las provincias castellanas a similares cautelas, pero los Universitarios vallisoletanos desafiaron a la epidemia y a la Guardia Civil, al igual que los ciudadanos de Palencia y Zamora.

Los progresistas, que habían llegado al poder aupados por la ciudadanía, se veían ahora abocados a perder el poder en manos de los propios ciudadanos hartos de su manirroto proceder.

Con estos altercados se llega a 1856 y al fin de la guerra de Crimea, lo que hace disminuir el precio del pan en España. Por poco tiempo, puesto que la propia dinámica de la postguerra impide que las cosechas rusas tengan la producción deseada, con lo que se vuelve a las exportaciones castellanas, a la escasez de pan y a la subida de precios. La primera ciudad en la que carestía hizo saltar las revueltas fue Valencia. A ella se unieron otras, con gran crudeza las castellanas. Los ciudadanos para demostrar su hartazgo por los impuestos y la escasez, quemaron talleres y campos. Las revueltas fueron sofocadas con gran dureza; en Castilla el Capitán General y sus tropas detuvieron durante las jornadas de los días 23 y 24 de junio de 1856 en Valladolid, Medina de Rioseco y Palencia a algo más de medio millar de personas, acusadas de sedición, que fueron juzgadas a las pocas horas de su arresto por tribunales militares, con arreglo a la Ley de abril de 1821 y sin ninguna garantía procesal. El día 25 de junio comenzaron las ejecuciones.

La revuelta se extendió con extraordinaria rapidez al resto del país a finales de junio. El Gobierno recibió partes de levantamientos en Torrelavega, Comillas, Albacete, Gijón, Palma de Mallorca, Granada, Pontevedra, Toledo, Badajoz, Alcoy, Riotinto, Cuenca, Tortosa, Vigo, Murcia, Manises, Bilbao, Sigüenza, Guadalajara, Barcelona y hasta un centenar de localidades más, en la mayor parte de los casos, coincidiendo con la celebración de la festividad de San Pedro (29 de junio). Fábricas de harinas y de hilados, plazas de toros y fielatos en los cuatro puntos cardinales ardieron en protesta por la carestía y en homenaje a los héroes de Castilla, como rezaban los pasquines repartidos por todo el país.

Para O’Donnell aquella situación era insostenible y consideró llegada la hora de deshacerse de Espartero y cortar aquella marejada activada desde enero de 1856 por la llegada de Escosura al ministerio de Gobernación. Se produce un choque frontal en el Consejo de Ministros entre O’Donnell y Espartero, ambos presentan la dimisión, pero la Reina no acepta la de O’Donnell. Era el mes de julio de 1856. Pero el bienio progresista también era obra de O’Donnell y su presencia al frente del gobierno creaba poca confianza en las Cortes y en la población, así, en octubre de 1856, cayó también su gobierno. El bienio progresista había acabado.

La paz fue llegando poco a poco, en unos movimientos sociales más de protesta por la actuación del Gobierno y el caos de precios que por crisis de subsistencia. En términos generales fue una época de prosperidad, aunque con sectores muy maltratados. Fue una prosperidad mal repartida; se podría haber llegado a una mayor comodidad social si la eficacia del gobierno hubiera sido mayor y, sobre todo, la corrupción, menor. De este modo, se perdió una oportunidad de modernización y mejora de España, que podría haber tenido unos cauces más adecuados. Siendo una época de prosperidad, un mal gobierno determinó carencias y enfrentamientos que generaron en un auténtico caos.

BIBLIOGRAFÍA

COMÍN COMÍN, Francisco. “Historia de la Hacienda Pública II. España (1808-1995)”. Ed. Critica. 1997.

PAN-MONTOJO, J. «Lógica legal y lógica social de la Contribución de Consumos y los Derechos de Puertas». Servicio de publicaciones del Ministerio de Hacienda. 1994.

PALACIO ATARD, Vicente. “Historia del Siglo XIX. 1808-1898”. Ed.  Espasa-Calpe. 1981.

[1] COMÍN COMÍN, Francisco. “Historia de la Hacienda Pública. España (1808-1995). Pag 193-213

[2] PAN-MONTOJO, J. «Lógica legal y lógica social de la Contribución de Consumos y los Derechos de Puertas»

LA REVOLUCIÓN HÚNGARA DE 1956.

Desde que se inició la invasión de Ucrania por parte de Rusia son muchos los análisis formulados con la intención de encontrar similitudes históricas.

La mayoría hablan de la invasión alemana de los Sudetes. Indudablemente aquel movimiento tiene muchos puntos en común. No conviene olvidar que los nazis, en aquel momento, tenían un pacto con los soviéticos que permitió esta acción hostil- Pacto Ribbentrop- Mólotov-. https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/

Pero ya que hablamos de un ruso, Putin, comunista en lo espiritual, dictador en todos los aspectos, y devoto de la URSS, convenga referirnos a acciones parecidas de la antigua Unión Soviética.

Podríamos recordar muchos acontecimientos en los que el puño de hierro de los soviets aplastó a ciudadanos inocentes: las hambrunas de Georgia, las de Ucrania, la Primavera de Praga, el aplastamiento de Polonia o la masacre ante la revolución húngara de 1956… A ésta última nos vamos a referir.

 La revolución húngara de 1956 constituyó la amenaza más grave a la hegemonía soviética durante los años de la Guerra Fría, y aunque finalmente no tuvo éxito sirvió de recuerdo indeleble para los levantamientos de 1989.

Tras la II GM, la división de Europa en dos bloques y el inicio de la Guerra Fría, la URSS controló con mano férrea todos los países que cayeron en su ámbito de influencia. El mejor método era la represión de la población a través de gobiernos títeres que dependían de Moscú, entre ellos, en Hungría; desde 1952, Rákosi, presidía el gobierno.

Ese dominio ruso fue inamovible hasta la muerte de Stalin en 1953. A partir de ahí, la represión siguió existiendo, aunque la dirección desde Moscú tuvo periodos de vacilación que no de debilidad.

En julio de 1953, en Hungría, Rákosi fue depuesto del cargo de primer ministro y en su lugar se nombró a Imre Nagy, tan títere moscovita como el anterior, pero con la peculiaridad de que se sentía profundamente húngaro y entendía las reivindicaciones del pueblo húngaro. Reivindicaciones soterradas desde la guerra, pero vivas en el espíritu de los magiares. Además, los ciudadanos tenían más confianza en él que en los gestores anteriores. Llegó al poder prometiendo un nuevo rumbo: el fin del desarrollo forzoso de la industria pesada, aumento de bienes de consumo, fin de las colectivizaciones agrarias ( Koljós) no más campesinos forzados a trabajar en explotaciones colectivas, la liberación de los presos políticos y el cierre de los campos de internamiento. Introdujo algunas de estas reformas, lo que determinó que Moscú dejara de apoyarlo. En la primavera de 1955, Nagy fue destituido de su cargo y expulsado del partido.

Volvió Rákosi y se acabó la apertura, pero fue destituido nuevamente en julio de 1956, esta vez de todos sus cargos y en desgracia. El nuevo líder soviético, Nikita S. Khruschev (el nombre tiene diversas grafías, según las fuentes), había sacrificado a Rákosi como un gesto hacia al líder yugoslavo Tito, a quien Rákosi había ofendido personalmente y a quien la dirección soviética deseaba aplacar. El nuevo líder, Erno Gero, era casi tan detestado en Hungría como el propio Rákosi.

Pero una mecha de libertad se había encendido en el este de Europa, quizá por el discurso que el propio Khruschev había pronunciado en el vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en febrero de 1956 criticando a Stalin; por la posición de Tito; por el desafío polaco a la Unión Soviética en la primavera y el verano de 1956; por el hartazgo a la servidumbre; por la inmensa pobreza en la que el sistema soviético había sumido a Hungría…, se alumbró el ánimo y ganas de libertad de los húngaros.

El 22 de octubre de 1956, un gran grupo de estudiantes se reunió en un salón universitario de Budapest y, después de mucho debate, redactó un manifiesto de 16 puntos. Entre otras demandas, pidieron libertad de opinión y libertad de expresión; libertad de prensa y de radio; pidieron elecciones libres con voto universal y secreto; libertad de asociación y de creación de partidos políticos; la retirada de las tropas soviéticas de suelo húngaro y que se pusiera fin a la “Policía de Seguridad del Estado Húngaro”- conocida como AVH- y que era el brazo ejecutor desde su creación de la represión en Hungría-; un nuevo gobierno bajo la dirección de Imre Nagy y la destitución de todos los líderes criminales de la era Stalin-Rákosi;  la no injerencia en los asuntos internos de un Estado por parte de otro; un salario mínimo vital para los trabajadores; la liberación y rehabilitación de presos políticos; retirar la estatua de Stalin en Budapest; la eliminación de los emblemas soviéticos  y nuevos uniformes para el ejército que se ajustaron a las tradiciones nacionales húngaras. Fue, en el contexto de la época, una empresa increíblemente valiente y audaz.

Al día siguiente, colocaron copias de su manifiesto en árboles y postes de luz por toda la ciudad antes de iniciar una marcha. Miles de personas se unieron a la manifestación, reuniéndose frente al edificio del Parlamento, en el camino, arrancaron banderas soviéticas y estrellas rojas de los edificios públicos. Al grito de «¡rusos, váyanse a casa!», ondearon la bandera húngara con el emblema soviético central arrancado, así como gritando sus demandas. Sin haberlo planeado realmente, los estudiantes de Budapest habían desatado un levantamiento que rápidamente se extendió por la capital y por todo el país. Sus demandas eran, en sí mismas, revolucionarias y entre sus objetivos estaba también apoyar el levantamiento polaco. La marcha terminó con un mitin en el que solicitaban reparación por los agravios a su nación. Cantaron una canción prohibida por el régimen cuya letra decía que “juramos que no permaneceremos más tiempo como esclavos”. Fue el himno de aquel acontecimiento.

La reacción oficial se compuso de un discurso de Nagy que se alejaba de lo esperado por los manifestantes y otro del presidente, Gero, absolutamente radical hablando de reaccionarios burgueses y en defensa del sistema soviético. Sus palabras fueron como echar gasolina al fuego. Los manifestantes atacaron la enorme estatua de Stalin, la estatua que los estudiantes habían mencionado en su manifiesto, consiguieron derribarla y decapitarla en un símbolo contra la opresión.

El gobierno dio órdenes a la policía para que disparase contra la población. Los disparos convirtieron una manifestación pacífica en revolucionaria.

Mientras tanto, todavía en la noche del día 23, una delegación de manifestantes intentó transmitir sus demandas en la radio nacional, argumentando que la radio debía ser del pueblo.

A las 2 de la madrugada, Gero pidió a los rusos que dos unidades de tanques, que estaban en la zona norte de la ciudad, penetraran en la misma.

En la madrugada del miércoles 24 de octubre, el Kremlin volvió a poner en el cargo a Imre Nagy, creyendo que eran necesarias algunas concesiones para satisfacer al pueblo húngaro. Nagy prometió reformas a cambio del fin de la violencia. La verdad es que los tanques rusos no podían maniobrar por las calles de Budapest sin el apoyo de la infantería, que el ejército húngaro se unió a los manifestantes y armaron a la población. Además, los ciudadanos atacaron a los blindados con cócteles molotov. Los insurgentes untaron las carreteras con aceite y grasa para que los tanques patinaran. Colgaban cacerolas en los cables del telégrafo que, desde el interior de un tanque, parecían dispositivos antitanques.

La revolución se extendió por toda Hungría, renacieron los consejos locales eliminados por los soviéticos, los campesinos ocuparon sus campos, confiscados y colectivizados por el sistema comunista. Se abrieron las prisiones y sacaron a los presos, muchos de ellos presos políticos.

Una de las figuras más relevantes era la del cardenal Mindszenty. Fuertemente represaliado y perseguido por el comunismo húngaro por denunciar los atropellos cometidos contra civiles y religiosos. Fue una figura emblemática en la lucha contra el comunismo que, en 1955, había sido condenado y encarcelado a cadena perpetua. Una multitud lo escoltó de regreso al palacio del primado.

Lo que los tanques no pudieron hacer lo pretendió ejecutar la AVH; así, cuando parecía que la revolución en Budapest la estaba ganando el levantamiento, la policía secreta empezó a actuar. La reacción de la ciudadanía no se hizo esperar; se persiguió a los miembros de la AVH, que cuando no pudieron huir fueron ejecutados por la turba.

Los insurgentes irrumpieron también en las casas de los dirigentes y se escandalizaron al encontrar tanto lujo y opulencia frente a las carencias que tenían los ciudadanos. Rápidamente se erigieron barricadas para evitar la entrada de refuerzos soviéticos.

Budapest estaba en ruinas (edificios gravemente dañados por los tanques soviéticos, líneas de tranvía torcidas, cables de telégrafo caídos, árboles arrancados de raíz, adoquines arrancados, automóviles y camiones quemados) y tanques soviéticos destrozados. La gente de cualquier edad o condición se convirtió en milicia, incluso los niños pequeños llevaban cinturones de balas y rifles. Cuerpos de hombres y mujeres de la AVH colgados de los árboles; civiles y soldados rusos yacían en el suelo, sus cadáveres cubiertos con abrigos y mantas y rociados con cal para ocultar el olor. La revolución era total en las ciudades y en el campo, cada uno aportaba lo que podía a la resistencia, así los granjeros llegaban a la capital cargados de alimentos como obsequios para sus conciudadanos.

Los soldados soviéticos no se atrevieron a dejar sus tanques durante días. Los suministros del frente ruso cayeron y su moral se desplomó. Los claustrofóbicos interiores de los tanques pronto apestaron a gasolina, sudor y excrementos.

Las masacres se extendieron por toda Hungría. Una de las más notables se dio en la ciudad   Mosonmagyaróvár, cerca de la frontera con Austria, donde más de 50 insurgentes fueron asesinados a tiros por la AVH y muchos más resultaron heridos.

En aquel contexto, Nagy, la única persona que aún era escuchada por los revolucionarios, retomó el poder el 25 de octubre. El domingo 28 de octubre, Nagy, pidió un alto el fuego, prometió amnistía para quienes participaron en el levantamiento y prometió negociar con los líderes del levantamiento. Nuevamente, reconoció la ira de la gente y, lo que es más importante, admitió que los disturbios no fueron un acto contrarrevolucionario, como lo llamaron los soviéticos, sino un levantamiento legítimo y democrático. Reconoció la inocencia del cardenal Mindszenty al que el régimen exoneraba de todo cargo… siguió prometiendo y prometiendo…

El 3 de noviembre, Nagy se encontraba presidiendo un nuevo gobierno de coalición que representaba al Partido Socialista de los Trabajadores de Hungría reconstituido y al Partido de los Pequeños Propietarios, el Partido Socialdemócrata y el Partido Petofi [antiguo Partido Nacional Campesino] redivivos.

Las tropas soviéticas se habían retirado y Nagy estaba negociando su evacuación completa de las tropas rusas de Hungría. Anunció la retirada de Hungría del Pacto de Varsovia (al que se había adherido en 1955) y pidió a las Naciones Unidas que reconociera a su país como un estado neutral, bajo la protección conjunta de las grandes potencias.

Los soviéticos no estaban seguros de sí debían actuar o dejar que las cosas siguieran su curso, por temor a la intervención occidental.  Pero aquella salida de Hungría del bloque soviético, creó presiones sobre Rusia de China (el presidente de China, Mao había presionado a Khruschev, acusándole de debilidad y conminándolo a actuar con dureza) y también recibió presiones de Rumania, Checoslovaquia e incluso de Yugoslavia.  El 31 de octubre, Khruschev anunció la intención del gobierno soviético de mantener conversaciones con el gobierno húngaro sobre el tema de las tropas soviéticas en territorio húngaro. Invitó a Nagy a enviar una delegación a Moscú para iniciar esas negociaciones. Fue una trampa. Al día siguiente, 1 de noviembre, sin informar a los húngaros, decidió atacar. Los tanques soviéticos regresaron a suelo húngaro. Nagy se enfrentó al embajador de la Unión Soviética en Hungría, Yuri Andropov. Andropov, que se convertiría en primer ministro de la URSS el 12 de noviembre de 1982 y duraría en el cargo hasta su muerte, el 9 de febrero de 1984, aseguró a Nagy que los informes eran falsos: no había tanques soviéticos en suelo húngaro. Una nueva mentira. De hecho, los miembros de la delegación negociadora húngara, encabezada por el general Pal Maleter, ministro de defensa del gobierno de Nagy, cuando llegaron a la reunión fueron arrestados y posteriormente ejecutados.

Los insurgentes húngaros se reunieron y el ejército húngaro los apoyó, pero ya era demasiado tarde. Esta vez los soviéticos estaban preparados: infantería, artillería, tanques e incluso ataques aéreos diezmaron la ciudad. Los tanques redujeron a escombros todos los edificios desde los que se disparó un solo tiro.

Mientras la ciudad caía sobre él, Nagy apareció en Radio Budapest a las 5:20 de la mañana del 4 de noviembre haciendo un llamamiento al mundo para que socorriera a Hungría. A las 8:10, Radio Budapest emitió su último llamamiento de socorro.

Nagy se refugió en la embajada yugoslava y el cardenal Mindszenty en la legación estadounidense.

En la madrugada del mismo día, János Kádár, que había desertado del gobierno de Nagy y abandonado Budapest el 1 de noviembre, emitió un discurso por radio en el que declaró la ilegitimidad del gobierno de Nagy y proclamó la formación de uno nuevo “apoyado por los soviéticos”, en lo que sería, en sus palabras, un “gobierno revolucionario de trabajadores y campesinos húngaros”. Estaba formado enteramente por comunistas, que ahora se congregaban bajo la bandera del Partido Socialista de los Trabajadores de Hungría que había reemplazado al desacreditado Partido de los Trabajadores de Hungría. El nuevo gobierno estuvo encabezado por Kádár como primer ministro. Kádár prometió que una vez sofocada la “contrarrevolución” y restablecido el orden, negociaría la retirada de la guarnición soviética, aunque con vuelta al Pacto de Varsovia.

La historia oficial señaló que aquella guerra de liberación no fue más que un levantamiento contrarrevolucionario inspirado por un puñado de fascistas.

Los focos de resistencia continuaron durante unos días más. Los rebeldes de la ciudad de Stalintown (ahora llamada Dunaújváros) en el centro de Hungría aguantaron hasta una semana después 11 de noviembre.

Más de 200.000 húngaros huyeron a través de la frontera hacia Austria y Occidente hasta que se cerró esa ruta de escape. La Revolución húngara había sido sofocada a sangre y fuego.

BIBLIOGRAFÍA

SOLÉ, J.M.” Hungría agoniza. 1956. El gran miedo”. Aventura de la Historia, num. 97.

FERRERO BLANCO, D.  “La Revolución Húngara de 1956: el carácter político y la organización social”. (Universidad de Huelva) Historia Actual Online, 2006.

MARTÍN, R. PEREZ SANCHEZ, G. SZILAGY,I-“ Luchadores por la libertad: la revolución húngara de 1956”. ED Actas. 2016

Putin y el Zar Alejandro III

Dicen los chinos que para ganar las guerras hay que conocer bien al enemigo.

Putin acaba de declarar la guerra a Ucrania y posiblemente a todo occidente y en Europa aún no nos lo creemos. La mentalidad de las democracias occidentales se aleja enormemente de la mentalidad rusa, de los parámetros rusos de entendimiento de la vida y de su Historia.

Putin presenta una personalidad compleja en la que se entremezclan esos parámetros internos tradicionales. Tan tradicionales que muchos de ellos se encuentran tanto en los zares como en la URSS. Parámetros de autocracia y patrimonialismo como dominantes de la cultura política de Rusia durante siglos, tan propia del antiguo régimen como de los comunistas, incluso más férreo en estos últimos- hambrunas de Georgia, el muro de Berlín o el aplastamiento de la primavera de Praga, por citar algunos ejemplos-. El imperialismo que tanto representaban los zares “de todas las rusias” como el pacto de Varsovia. El nacionalismo que lo mismo está en Alejandro III que en las propuestas internas soviéticas durante la II Guerra Mundial. Putin es todo eso y más. Es comunista, nostálgico de la URSS, ex miembro del KGB, cosas que imprimen carácter y a él se le nota. Desprecia las democracias occidentales y liberales. Se presenta como un nacionalista en el sentido más clásico…

En esa complejidad podríamos ahondar desde diversos puntos de vista. Pero dado que siempre se ha mostrado gran admirador del Zar Alejandro III, no de los zares, sólo de Alejandro III, hasta el punto de inaugurar monumentos en honor a este zar, como ya comentamos hace pocas fechas en otra entrada dedicada a la guerra de Crimea (https://algodehistoria.home.blog/2022/01/28/la-guerra-de-crimea/ ), nos detendremos en exponer quien fue Alejandro III, Zar de todas las rusias, y quizá así comprendamos mejor a Putin.

Dos características destacaban en Alejandro, primero no era demasiado inteligente y segundo tenía una fuerza descomunal. Era enorme, se le tomaba por gigante, fortísimo, un tanto bruto y un completo autoritario.

Alejandro III nació el diez de marzo de 1845 y era el segundo de los hijos del Zar Alejandro II.

Alejandro III llegó inesperada y prematuramente al poder. Inesperadamente, porque el heredero era su hermano mayor, el príncipe Nicolás. Él era el segundón de la familia y como tal su destino estaba en ocupar un puesto en el ejército. La educación de los zarevich era mucho más exquisita que la del resto de los príncipes. Por eso, cuando en 1865 Nicolás murió de meningitis, la educación de Alejandro cambió.  Sus maestros se eligieron entre los más excelsos profesores de la Universidad de Moscú.

Uno de los maestros del gran príncipe, desde 1866, fue el profesor de Derecho e historiador Konstantín Pobedonóstsev, quien más tarde se convertiría en el “cardenal gris” de la corte imperial de Alejandro III y de su hijo Nicolás II. Pobedonóstsev consideraba que su importante alumno presentaba “pobreza de datos y de ideas”. Así lo describieron también algunos de los ministros cuando accedió al poder considerando que el zar era persona de “inteligencia común, por debajo de la media y en ese nivel inferior se encontraban no sólo sus capacidades sino, también, en sus conocimientos”. Digamos que era un hombre diferente a lo que se esperaba fuera un zar. En su juventud, tenía una fuerza excepcional: doblaba monedas con los dedos y rompía herraduras, con los años se volvió obeso y voluminoso. Pero seguía teniendo una fuerza portentosa. Muestra de ello es la anécdota, acontecida en 1888, cuando contaba 43 años de edad; el tren en el que el zar y su familia viajaban al sur de Rusia descarrilló. La familia se encontraba en el vagón restaurante, donde el techo se derrumbó sobre los comensales. El zar levantó los escombros y los sostuvo hasta que todas las personas abandonaron el vagón.  Sin embargo, a pesar de esa fuerza física, la salud no le acompañó en exceso y desde 1894 sufría problemas renales los que, unidos a un enfriamiento, provocaron su muerte el 1 de noviembre de 1894 en Crimea en el palacio de Livadia. Tenía solo 50 años de edad.

Con anterioridad, en 1866, a los veintiún años, el príncipe Alejandro viajó por Europa y visitó, entre otros lugares, Dinamarca, donde conoció a la princesa Dagmar, la segunda hija del rey Cristián IX, antigua novia de su fallecido hermano Nicolás. Alejandro se enamoró y se casó con María Sofía Federica Dagmar, quien tras ser bautizada según la tradición ortodoxa rusa recibió el nombre de María. En esto tampoco siguió los pasos propios de la dinastía porque Alejandro fue feliz en su matrimonio y fiel a su mujer, cosa poco común en los Romanov.

Tenía otras costumbres muy rusas, pero más de cosacos que de zares: le encantaba el Vodca, lo cual no ayudó mucho a su salud.

A pesar de lo dicho sobre su cultura fue un gran coleccionista de arte, que mejoró mucho las instalaciones y confortabilidad de los palacios imperiales. De gustos sencillos, simplificó el protocolo y los gastos de la corte, salvo en el arte. Sus mayores aficiones eran la caza y la pesca, esta última gustaba ejercitarla, sobre todo, en Finlandia, territorio ruso en aquellos tiempos.

También era buen aficionado a la música y tocaba excelentemente el trombón y una especie de saxofón. Como prueba de su afición ordenó a Rimski- Kórsakov la creación de un concierto para trombón y orquesta. Formó un pequeño grupo musical en el que tocaría una vez por semana durante toda su vida.

Fue el penúltimo Zar de Rusia y, por tanto, padre de Nicolás II.

Decíamos que también llegó prematuramente al trono. Lo hizo en 1881 tras el asesinato de su padre, el zar Alejandro II, a manos de terroristas de la organización clandestina Voluntad Popular.

Alejandro II había sido un zar aperturista, reformador, de carácter liberal que buscaba la manera de convertir a Rusia en una monarquía constitucional.

Su hijo, una vez en el trono, cuando todos los ministros esperaban y así se lo aconsejaron, que prosiguiera la política del liberalismo ilustrado de su padre, cambió radicalmente la tendencia y sus órdenes estuvieron encaminadas a detener las reformas.

El 29 de abril de 1881 Alejandro III aprobó un manifiesto titulado “Sobre la firmeza del poder absoluto”, que proclamaba la inamovilidad del poder del zar de Rusia. En el manifiesto se apostó por “la fuerza y la verdad sagrada del poder monárquico para el bienestar del pueblo”.

Su actuación política se desarrolló en los siguientes sentidos:

  • Persiguió duramente a los terroristas, como era de esperar. Entre los terroristas detenidos y ejecutados se encontraba Alexandr Uliánov, hermano mayor del futuro líder de los revolucionarios bolcheviques, Lenin.
  • Introdujo la represión entre los opositores a su política.
  • Aprobó leyes destinadas a la “Protección del Orden Estatal y la Tranquilidad Social”, que permitía establecer el estado de emergencia en cualquier provincia. Es decir, aplicar el poder absoluto del monarca. Alejandro III suspendió asimismo la reforma administrativa y la autogestión regional.
  • Para completar la situación, dictó estatutos universitarios que abolieron la autonomía de los centros de educación superior, eliminando las elecciones de los rectores y decanos y estableciendo el control policial sobre los estudiantes. Fue prohibida la admisión a los colegios de los hijos de sirvientes, cocineros, cocheros, etc. Y también limitó el acceso de los judíos.

Como un añadido más al control educativo a ningún estudiante se le permitió enseñar Historia a menos que tuviera el permiso del ministro de Educación.

  • No paralizó los pogromos en el sur del imperio (recordamos que los pogromos son levantamientos multitudinarios dirigidos hacia un grupo particular, étnico, religioso u otro, acompañado de la destrucción o el expolio de sus bienes. El término ha sido usado para denotar actos de violencia sobre todo contra los judíos, aunque también se ha aplicado para otros grupos, como polacos, ucranianos, georgianos o alemanes). Se probó que, en las acciones de violencia de aquellos años, especialmente 1881 y 1882, participaron policías vestidos de paisano.

Además de deshacer las reformas liberales y de acabar con los opositores, hubo un tercer elemento esencial en el reinado de Alejandro: restaurar la posición de Rusia en el ámbito internacional y también su identidad nacional, que él creía que se había diluido a lo largo del siglo XIX.

Estos actos fueron denominados «rusificación». El aspecto principal de la rusificación fue librar a Rusia de las ideas occidentales que Alejandro III creía que habían debilitado a la nación y reducido su identidad nacional. El zar quería recuperar la «rusidad» de Rusia. Para lograr esto, tuvo que eliminar a aquellas personas que habían importado a Rusia ideas ajenas que, en su opinión, socavaban de forma encubierta su autoridad y la identidad nacional rusa.

Alejandro no realizaba distinciones entre lo que quería para sí mismo y lo que quería para Rusia. La rusificación no era nueva en Rusia. Lo que la hizo tan diferente en aquel momento fue su intensidad después de 1881 y el intento de darle algún tipo de respaldo intelectual académico.

La rusificación la llevarían a cabo los gobernadores de las regiones, que utilizarían a la policía, a las escuelas y a los agentes del monarca para facilitar esta tarea. Aquellos que se opusieron a esta política fueron detenidos.

El carácter central de la ‘rusificación’ fue el poder del monarca. Se inicia así un periodo de poder autocrático donde desaparecieron los poderes dados por su padre, Alejandro II, a los consejos locales. Esos poderes pasaron a lo que sería el equivalente del Ministerio de Interior. A éste le correspondía el nombramiento de los Campesinos que ocuparían los consejos locales y también era el encargado de autorizar y controlar la recaudación de impuestos en las provincias y municipios.

 De esta manera, el gobierno, es decir el zar, se aseguró el control del poder local y el apoyo local a su gobierno. En 1889, los jueces de paz locales también fueron destituidos y reemplazados por un sistema de capitanes locales que igualmente fueron nombrados directamente por el ministro de Interior, sólo el ministro podía destituirlos y sólo respondían ante el ministro o ante el zar. A cada capitán local se le otorgó poderes enormes: enviar a los infractores al exilio, azotarlos y aplicarles la pena de muerte, entre otras.

La iglesia también se utilizó para extender el poder del zar. De 1881 a 1905, fue nombrado Procurador del Santo Sínodo Pobedonestsev, el antiguo preceptor de Alejandro III (ya el gobierno de Pedro el Grande había colocado a la iglesia bajo el control directo del gobierno. El Santo Sínodo, creado por Pedro, era una mezcla de arzobispos y funcionarios. La figura más importante en el Santo Sínodo era el Procurador).

La función más importante del Santo Sínodo en tiempos de Alejandro, era predicar la obediencia al zar; la espiritualidad quedó en segundo lugar. Esta obediencia estaba destinada a ser transmitida de los obispos al clero de los pueblos. Todos tenían la misma función: predicar la obediencia.

En la Iglesia ortodoxa, al igual que en el catolicismo, lo que se decía en la confesión nunca se divulgaba a un tercero. Pobedonestsev cambió esto y la información que se pasaba a un miembro de la iglesia durante la confesión se pasaba con frecuencia a la policía y se usaba como prueba contra el que se había confesado.

En el ámbito económico, Alejandro III logró la estabilidad económica de Rusia. En 1892 fueron aprobados nuevos estatutos aduaneros y las barreras proteccionistas animaron el mercado interno. En la costa se estableció una distancia de tres millas de profundidad como territorio ruso con efectos aduaneros y se reforzó la guardia costera, logrando que los impuestos aduaneros fueran la segunda fuente de ingresos para del Estado. La tercera fuente de ingresos tributarios provino de los gravámenes aplicados al alcohol. El monopolio estatal sobre el alcohol fue establecido en 1893. El ministro de Finanzas Serguéi Vitte protagonizó la reforma del rublo: a la moneda nacional rusa se le aplicó el patrón oro y pudo cotizar en las bolsas mundiales, lo que aseguró el flujo de inversiones extranjeras en Rusia y el aumento de las exportaciones rusas. Mejoró las infraestructuras, canalizaciones y saneamientos, pero fue especialmente relevante su ampliación de las líneas férreas, ya iniciadas por su padre. Hizo construir el transcaspiano y comenzó la obra del transiberiano.

En el plano internacional, mantuvo una clara política pacifista mediante la forja de tratados con potencias extranjeras; especialmente destinada a convenir con Francia en la búsqueda de lo que hoy denominaríamos “una pinza” que controlara a su eterno enemigo: Alemania. Debido a que durante su mandato no se produjo ni una sola guerra, fue conocido con el sobrenombre de “El pacificador”. Si bien es destacada su colonización de Turkestán y el inicio de la penetración hacia Asia central.

Los logros de aquel imperio, a expensas de las libertades personales, no se mantuvieron tras la muerte de Alejandro. Para lograr su durabilidad se necesitaba un hombre de ideas afines dispuesto a involucrarse en el arduo trabajo del gobierno. Nicolás II no era este tipo de hombre. Mientras que Alejandro III era diligente y estaba dispuesto a trabajar por lo que quería; Nicolás era débil, perezoso y esperaba que otros hicieran el trabajo por él.  Ya llegaron los soviéticos, después, dispuestos a enmendar al pobre Nicolás.

BIBLIOGRAFÍA

HOSKING, G. Una muy breve historia de la Rusia. Ed. Alianza. 2014.

HANISCH, Erdmann. Historia de Rusia. Ed. Espasa-Calpe, 1944.

DUGUIN, A. G. “La geopolítica de Rusia. De la revolución rusa a Putin”. Ed: Hipérbola Janus. 2015.

SODOR, Pablo. “Los últimos tres zares” http://www.geocities.ws/treszares/3zares.html