EL ANARQUISMO EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Para situar el contexto del anarquismo durante la Guerra Civil española primero analizaremos los antecedentes tanto ideológicos como históricos de manera muy sucinta.

El anarquismo es una filosofía política y social que llama a oponerse a todo elemento estatal, busca la abolición del Estado entendido como gobierno y, por extensión, de toda autoridad, jerarquía o control social que se imponga al individuo, por considerarlas indeseables, innecesarias y nocivas. También se oponen a la propiedad privada

Su activismo político se suscita a partir de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) o Primera Internacional fundada en Londres en 1864 que agrupó inicialmente a los sindicalistas ingleses, anarquistas y socialistas franceses y a los republicanos italianos. Nace como un foro para abordar temas comunes, en el que colaboran Marx, Engels y Bakunin. Allí se pone de manifiesto la diferencia de criterio entre Marx, los partidarios del socialismo y del comunismo y Bakunin, partidario del anarquismo colectivista. Los primeros propugnaban la lucha de los partidos obreros por las conquistas sociales y laborales proponían la revolución social a través de la conquista del poder del Estado. Los anarquistas por su parte postulaban un modelo revolucionario basado en la organización asociativa-cooperativa que pregona el poder de decisión por medio del consenso. Si bien es cierto que el anarquismo, lógicamente por su propia concepción, no tuvo una línea de actuación única.

En 1872, el Consejo General de la AIT se traslada desde Londres, donde está situado desde sus inicios, a Nueva York, disolviéndose oficialmente el 1876. En 1922, aparece la Asociación Internacional de los Trabajadores, organización anarcosindicalista que pretende recoger el testigo del ala libertaria de la Internacional y que llega hasta la actualidad.

La Primera Internacional fue considerada como uno de los factores que condujeron a la creación de la Comuna de París en 1871. Si bien comunistas y anarquistas se disputaban la mayor o menor influencia en este movimiento.

Desde finales del siglo XIX las ideas de la I internacional fueron llegando a España. A partir de ese momento será cuando se comience a gestar una serie de grupos, diferenciados, como internacionalmente lo estaba el anarquismo y cuya distancia se fundamentaba en la mayor o menor violencia y radicalidad en la búsqueda de lograr sus objetivos.

Consecuencia de aquellas ideas de la I internacional fue la creación de la CNT (sindicato anarquista) y la UGT (sindicato socialista) ya entrados en el siglo XX .

El anarquismo evolucionó en España de manera oscura debido a su desorganización unida a una violencia extrema que llevó a ataques de corte terrorista y numerosos asesinatos, como el de Cánovas del Castillo el 8 de agosto de 1897 o los atentados contra Alfonso XII que tuvieron lugar en octubre de 1878, el primero, y en diciembre de 1879, el segundo.

En 1917, la CNT y la UGT confluyeron en sus esfuerzos para convocar la huelga de aquel año. Inmediatamente después separaron sus caminos siendo la CNT perseguida por todos los gobiernos por su alto nivel de intransigencia y de violencia (vuelven a cometer numerosos asesinatos de políticos y de miembros de la Iglesia).

Pero en 1931 empieza su etapa más importante. Los sindicatos anarquistas tanto la CNT como la Federación Anarquista Ibérica (FAI) tenían una amplia membresía y desempeñaban un papel destacado en las luchas obreras. En general, su participación fue muy activa en la vida política. Aunque dejaron la clandestinidad y el aislamiento, no perdieron un ápice de su violencia, a pesar de ello en 1936 fueron integrados en el gobierno de España, siendo los nombres más sobresalientes, Juan López, Federica Montseny y Peiró, los cuales estarían en el gabinete de Largo Caballero.

El anarquismo desempeñó un papel significativo en la Guerra Civil española.

Su fuerza fue especialmente importante en Cataluña donde lograron que el 20 de julio de 1936, las ciudades más populosas, menos Gerona, estuvieran bajo el control del comité de las milicias antifascistas, de corte anarquista. Especialmente destacado fue el enfrentamiento calle a calle entre el ejercito Nacional y los anarquistas en Barcelona. Los republicanos se hicieron con el control de la ciudad.

También, cabe destacar su presencia en los alrededores de Madrid. En la capital convocaron una huelga revolucionaria el 18 de julio, asaltaron los cuarteles de la Guardia Civil y repartieron las armas entre los milicianos. Esta forma de actuar también la llevaron a cabo en Valencia. En Madrid, lograron hacerse con el Cuartel de la Montaña, y el 21 de julio caía en sus manos Alcalá de Henares. En Valencia, lograron que, en zonas de menor implantación como Alicante, la huelga general convocada para el 20 de julio tuviera un seguimiento destacado.

Sin duda el sistema anarquista quería instaurar una serie de gobiernos independientes para conformar una nueva realidad en el País.

Tres son los hechos destacados de su presencia allí donde dominaban: primero, la creación de las milicias que se dedicaron desde un primer momento a vigilar a las personas ajenas a sus pensamientos llegando incluso a arrestarlas y ajusticiarlas. Tal fue el miedo desplegado en las zonas dominadas por los anarquistas, que los católicos de Cataluña y alrededores de Madrid se refugiaron en las iglesias, abandonando sus casas, creyendo que ahí estarían más seguros. No fue así, ni respetaron las iglesias ni a los sacerdotes ni a los feligreses. Segundo, su énfasis en la colectivización y la autogestión. En las zonas controladas por los anarquistas, muchas de ellas en Cataluña, Aragón y Valencia, se llevaron a cabo procesos de colectivización de la tierra y la industria. Las tierras y las fábricas fueron tomadas por los trabajadores y gestionadas de forma colectiva, eliminando la propiedad privada y estableciendo principios de autogobierno.

Su colectivización partía del hecho de que las personas que no quisieron adherirse a ellos se les obligaba a no contratar a terceras personas para labrar la tierra; debía hacerlo con ayuda de su familia y si las tierras no eran cultivadas, les eran arrebatadas y adheridas a la comunidad. De entre las comunidades anarquistas más conocidas destacan las de Alcorisa, Alcañiz, Calanda, Fraga o Valderrobes, todas ellas en Aragón.

Esto del “exprópiese” tan en boga en nuestros días no nace de hoy. Los anarquistas también expropiaron, aunque quizá fuera más correcto decir incautaron muchas viviendas que no fueron a parar a los más necesitados sino a los dirigentes de la CNT al igual que las riquezas que obtenían mediante robos, muy frecuentes en las zonas gestionadas por los anarquistas. En esta actividad colectivizadora se inventaron un sistema de vales para sustituir el dinero, lo que hacía que en la práctica los dirigentes anarquistas se quedaran con el dinero, la moneda de curso legal,  quitada a la población. Las tierras y las viviendas fueron devueltas a sus dueños tras la guerra, no sin grandes problemas porque el registro de la propiedad no era de gran fiabilidad, no hay que olvidar que el Registro de la Propiedad como lo conocemos se crea en 1934 y muchas propiedades anteriores no figuraban en él al estallar la guerra.

La consecuencia económica de la colectivización y las huelgas fue la paralización de la producción. En la colectivización nadie se sentía responsable último, todo era de todos y nada era de nadie. En resumen, la economía cayó en el más absoluto caos y el desplome económico fue general en las zonas republicanas. Además, el orden jurídico republicano desapareció allí donde dominaban los anarquistas.

El tercer elemento de la gestión anarquista fue la creación de una serie de Escuelas de Militantes Libertarios, que era donde se formaban los “cuerpos de defensa”. Pero a su sombra también se enseñó a leer y escribir a mucha gente.

A medida que avanzaba la guerra otro factor se introdujo en la zona republicana, una especie de guerra civil en la guerra civil por el enfrentamiento entre los anarquistas y los comunistas, y en ocasiones de todos contra todos en el bando republicano.

Estas trifulcas, en un primer momento, eran vistas desde la distancia por los socialistas, divididos en dos facciones históricas, la de Largo Caballero y la de Indalecio Prieto, que aguardaban para acabar de situarse en el bando ganador de la izquierda.

Los tres bandos-porque realmente eso eran-, socialistas, comunistas y anarquistas, querían ostentar el poder para introducir sus cambios respectivos sin ceder prácticamente ninguno de ellos a las exigencias del otro. Especialmente significativos fueron los acontecimientos del 3 al 8 de mayo de 1937 en Barcelona, iniciado por el control del edificio de telefónica. Hasta aquel momento en manos anarquistas que utilizaban la interceptación de conversaciones para “dar el paseíllo” a los ciudadanos que se manifestaban contra el gobierno o el bando republicano. Las tropas del gobierno, apoyadas por los comunistas, querían el edificio para interceptar las conversaciones del bando nacional, para una especie de “inteligencia” republicana que les permitiera adelantarse en el frente. Tras aquellos días, los anarquistas fueron desalojados de todo tipo de comunicaciones, de hecho, no obtuvieron el control ni de una imprenta, imprescindibles para el adoctrinamiento de la población. A partir de ese momento comunistas, por un lado, y anarquistas, por otro, se repartieron Barcelona y empezaron una guerra que causó más de mil muertos y en torno a 1.500 heridos. La situación era tan complicada que la 26 División Anarquista, anteriormente conocida como la Columna Durruti, se acuarteló en Barbastro para trasladarse a Barcelona a apoyar a sus correligionarios contra los comunistas. Finalmente, el día 7 de mayo, dos columnas de guardias de asalto formadas por 5.000 hombres llegan desde Madrid y Valencia a Barcelona. Sus órdenes son claras: desarmar a los anarquistas para restablecer el orden.

En su enfrentamiento, los comunistas organizaron a dieciocho mil comerciantes, artesanos y pequeños fabricantes en la Federación Catalana de Gremios y Entidades de Pequeños Comerciantes e Industriales (conocida como GEPCI) algunos de cuyos miembros eran, según frase de Solidaridad Obrera, órgano de la CNT «… patronos intransigentes, feroces antiobreristas…». Esencialmente, al igual que en el campo valenciano, en donde también se afiliaron millares de campesinos al PCE para evitar la colectivización, los comunistas aprovecharon el caos anarquista para situarse al frente de la gran masa, que había quedado huérfana de representación por parte de la izquierda republicana moderada.

La pérdida de poder de los anarquistas no fue sólo fruto de una mayor presencia de socialistas y comunistas sino de la mejor – o menos mala- organización de esos sectores. Los anarquistas dividían sus fuerzas en grupúsculos “anarquistas”, es decir,  sin un orden claro. Así es muy difícil ganar nada. Cuando los enfrentamientos pasaron de ser verbales a empuñar las armas entre ellos, el descontrol fue mayor. Pero las consecuencias fueron trascendentes para todo el bando republicano

Aquellos días de Barcelona fueron tan infernales que el propio Azaña consiguió salir in extremis de Barcelona, en donde quedó atrapado por aquella batalla campal entre anarquistas y comunistas, escoltado hasta el puerto por una compañía de guardias de asalto que habían llegado a tal efecto desde Valencia.

Aquel intercambio de tiros entre socialistas, comunistas y anarquistas, evidenciaba, las dificultades del proyecto de una coalición, la del Frente Popular,  encaminada al desastre. Realmente se ponía de manifiesto una revolución latente y desde siempre desleal con la propia República. Si en 1934, fue Largo Caballero al frente de la UGT y con la aquiescencia del PSOE, quien había intentado la revolución obrera rompiendo la legalidad de la II República; en julio del 36 el Frente Popular no había descabezado al ejército por temor a una insurrección armada de los anarquistas, y para mayo del 37, los anarquistas ya en el gobierno y dominando amplias regiones del país,  gestionaron sus territorios con la gran deslealtad a la República que todos habían previsto-  y con el apoyo de los nacionalistas catalanes, siempre dispuestos a la disolución del Estado español en Cataluña-. Esta revolución anarquista pasó por encima del mismo Largo Caballero, y sus consecuencias serían aún más profundas. Aquella confrontación política acabó, una semana después, con la dimisión forzada, -la sustitución- del presidente Francisco Largo Caballero, como fruto de una maniobra de los comunistas, que se aseguraron a partir de entonces el poder, aunque la cabeza visible del gobierno fuera el socialista Negrín.

No fue esta la única razón de la caída de Largo Caballero. Otro de los enfrentamientos con los comunistas se había producido poco antes de los enfrentamientos de mayo en Barcelona, pero esos acontecimientos se dieron esta vez en Madrid. Largo había planeado una operación estratégica en la zona centro que tenía que servir para romper en dos el territorio de los nacionales separando sur y norte a la altura de Extremadura, más una insurrección en el protectorado de Marruecos, controlado también por los nacionales desde el inicio de la guerra, en este segundo caso con el objeto de aislar Andalucía y al general Queipo de Llano. La operación fue diseñada por el coronel de Estado Mayor Segismundo Casado, que protagonizaría precisamente la última trifulca entre anarquistas y comunistas en marzo de 1939 justo antes de rendir Madrid al general Francisco Franco ( el 5 de marzo de 1939, un grupo de anarquistas y socialistas, con el coronel Casado al frente, se rebeló contra el Gobierno de Negrín, apoyado por los comunistas. Se creó un Consejo Nacional de Defensa, con la finalidad de negociar con los nacionales la inminente derrota republicana).

Largo Caballero se quejaba constantemente de que el general José Miaja se negaba a tomar las medidas necesarias para la preparación de la ofensiva, lo cual era cierto porque ya el deterioro del gobierno era patente y las conspiraciones de los comunistas y los socialistas de Prieto para socavarle estaban avanzadas. Miaja se había hecho comunista poco antes de la ofensiva nacional y había quedado como el héroe de Madrid, lo que aislaba aún más a Largo Caballero en sus pretensiones por sustituirlo al frente de los Ejércitos del Centro. Según la historiografía más común, los comunistas no querían ejecutar la ofensiva -que habría sido un golpe duro para los nacionales que comenzaban la campaña del norte- sencillamente porque habría resultado una gran victoria de Largo Caballero y un impedimento para poder quitárselo de encima. La política por encima de la guerra.

En resumen, podemos señalar, al igual que la mayor parte de la historiografía, que, en medio del caos, apareció una «solución» comunista: la contrarrevolución de un partido que en las elecciones de febrero de 1936 apenas había tenido representación y que se iba a convertir en el brazo fuerte de la resistencia republicana con un socialista al frente, Juan Negrín, en una forma de enmascarar sus verdaderas intenciones comunistas de hacerse con todo el poder. Aunque fue una solución que no logró su finalidad.

Los enfrentamientos y las purgas entre los componentes del bando republicano continuaron, sobre todo en Cataluña y Valencia, durante toda la Guerra Civil, prácticamente hasta el final de la contienda. Así no hacen falta enemigos para perder una guerra. Pero, además, el enemigo, es decir, el bando nacional se caracterizó por su correcta organización.

BIBLIOGRAFÍA

BOLLOTEN, Burnett.- “La Guerra Civil Española: Revolución y Contrarrevolución”. Alianza ed. 2015.

GUILLAMÓN, Agustín.- “Barricadas en Barcelona. La CNT de la victoria de julio de 1936 a la necesaria derrota de mayo de 1937”.Ediciones Espartaco Internacional, 2007.

JIMENEZ LOSANTOS, Federico.- “Historia del Comunismo. De Lenin a Podemos”. Ed. La esfera de los Libros. 2018.