La Busca y la Biga

Cuando se produce la unión entre Castilla y Aragón bajo el matrimonio de los Reyes Católicos el reino floreciente era Castilla y el que estaba en declive Aragón. Durante mucho tiempo la situación fue la inversa y eso se debió a los conflictos civiles producidos en Castilla con reyes débiles y enfrentamientos por la sucesión al trono mientras en Aragón florecía una pujante clase burguesa nacida del comercio, cuyo asentamiento se producía en Valencia y Cataluña, principalmente. Valencia siguió en la prosperidad, de hecho, durante el siglo XV vivía una especie de edad de oro, pero en Cataluña las circunstancias fueron muy diferentes.

En Aragón durante el siglo XIV la importante presencia burguesa se manifestaba en unos organismos gubernamentales muy perfeccionados, que ejercían de contrapeso al poder real.

Todos, aragoneses y castellanos, tenían parlamentos- el primero en el mundo fue el de León-. Las Cortes de Aragón ejercían un auténtico poder político y legislativo y se reunían periódicamente. Por el contrario, en Castilla se convocaban cuando quería el rey y casi siempre para solicitar financiación; en muchas ocasiones, esa financiación podía obtenerla el rey por otros cauces, de manera que el parlamento apenas tenía voz. Entre guerras y conflictos y carencias económicas, la Castilla del siglo XIV ofrecía un panorama en el que las Cortes estaban desunidas, el orden público había sufrido un colapso y las tierras castellanas estaban sumidas en el caos.

En Aragón, en cambio, todo parecía prosperidad debido a la gran vitalidad económica y expansiva del reino de Aragón. Sin embargo, varios acontecimientos vinieron a cambiar las tornas:

El primero: la peste. La peste fue desastrosa en toda Europa. En Cataluña se hizo casi endémica con fuertes rebrotes cada poco tiempo. Se suele decir que 1333 fue el “primer año malo” de la economía catalana. Se cree que la población catalana se vio reducida en 80.000 personas. Como consecuencia de ello se produjo una crisis en el campo. La mano de obra era escasa las tierras estaban abandonadas y el malestar campesino se convirtió en una constante en la sociedad catalana. No todos los campesinos pasaban por los mismos problemas. Sólo tenían uno en común: su vinculación a la tierra casi esclava. Pero mientras unos eran muy ricos, otros eran inmensamente pobres y su finalidad común era acabar con los llamados seis malos usos.

En toda España había impuestos o cargas que los campesinos debían abonar a los señores de las tierras. Pero los 6 usos eran exclusivos de Cataluña, a saber:

  1. Remensa: cantidad pagada por el payés por abandonar la tierra.
  2. Intestia: derecho del señor de recibir los bienes del payés en el caso de que muera sin testamento.
  3. Exortia: derecho del señor de recibir los bienes del payés si muere sin descendencia
  4. Cugucia: cantidad que debe pagar el payés si su mujer le es infiel.
  5. Arcia: cantidad que debe pagar el payés en el caso de que incendie la tierra del señor.
  6. Firma Spoli: cantidad que debe pagar el payés al señor por permitir hipotecar las tierras en garantía de la dote de su mujer.

Segundo elemento de la crisis:  crisis financiera. Aunque disminuyó la actividad comercial su actividad se replegó, pero no paró durante el siglo XIV, aunque entre 1381 y 1383 se registraron espectaculares quiebras de los principales bancos, que pasaron a poder de los bancos genoveses.

A eso se unió el tercer brazo de la crisis: el político o quizá dinástico. No por falta de rey o porque estuviera en discusión sino porque el monarca Alfonso V, el magnánimo, tenía tales ansias imperiales que volcó toda su actividad hacia el mediterráneo, olvidando su presencia en Aragón. Sus aspiraciones y necesidades militares y económicas para su empresa entraron directamente en conflicto con los intereses comerciales de la oligarquía aragonesa, especialmente, la catalana.

Aquella ausencia del monarca asentado en Nápoles suponía un duro malestar entre los sectores más pujantes, en vista de lo cual, el monarca se debatía en, ora apoyarse en los sectores populares para lograr sus empresas, ora en volver los ojos a aquellos importantes mercaderes. La consecuencia fue el caos y una ausencia de mando pues el rey estaba representado en España por los virreyes- figura de origen aragonés que luego tendría gran repercusión en nuestra historia común-. En esa debilidad fueron los genoveses los que, aprovechando las circunstancias, no sólo se hicieron más importantes banqueros, sino que luchaban por el comercio de las especias, tejidos y granos con la burguesía catalana. Además, los italianos intermediaban en el comercio de la lana castellana lo que favoreció el crecimiento comercial de Castilla. Además, se establecieron en Córdoba, Sevilla y Cádiz y controlaron los grandes puertos comerciales del sur de España.

El control de los puertos del sur fue esencial por cuanto el mediterráneo se llenó de piratas, muchos de ellos catalanes, que eran mejor sorteados por las rutas comerciales desde el sur peninsular.

Aunque los comerciantes valencianos seguían prosperando nunca tuvieron la fortaleza de sustituir a los catalanes en aquel reino de Aragón.

Todo esto llevó a que los antiguos mercaderes se sintieran tentados a invertir no en el comercio sino en bienes más duraderos como la tierra. La conjunción de las situaciones vistas llevó a que el comercio catalán se hundiera hacia 1450.

La sociedad se transformaba para lograr su supervivencia y así mientras el campesinado se organizaba en sindicatos para reanudar su lucha en el campo, en las ciudades se empieza a disputar el dominio de las mismas. Una de las mejores muestras de tal situación urbana fue el enfrentamiento entre lo que podríamos considerar dos facciones políticas: la Busca y la Biga. Busca (en castellano sería astilla) y Biga (en castellano, viga).

La composición de estos dos grupos no está nada clara, aunque se suele dar por bueno que la Biga estaba formada por el grupo de oligarcas que gobernaban las ciudades y por los terratenientes que viví­an de las rentas. Los comerciantes y artesanos se unieron para luchar por sus intereses y crearon la Busca, que, en la década de los 50 asumió muchas de las características de un movimiento popular.

Los hombres de la Busca ganaron el poder en la ciudad en 1453 y expulsaron a sus oponentes de los cargos institucionales. Además, intentaron hacer frente a los problemas de la crisis económica adoptando medidas como el proteccionismo o la devaluación de la moneda. No era un tema menor pues esto perjudicaba a los oligarcas.

El problema venía del rey ausente que, sobre todo, requería ayuda de sus súbditos para financiar sus empresas imperiales y de un virrey: Don Galcerán de Requesens, que se había ganado la enemistad de la oligarquía por su apoyo de la busca. Fue ese apoyo real el que llevó a la victoria local de la Busca en 1453. Además, en 1454, el rey nombra lugarteniente de Cataluña a su hermano Juan II, partidario de apoyar a los payeses. Con esa política y apoyos, el rey accedió a suspender los seis malos usos en 1455 y proclamó la libertad de los remensas.

La oligarquía se oponía tanto a las pretensiones de la monarquía como a la política reformista de los miembros de la Busca. La Biga seguía controlando instituciones claves como las Cortes o la Generalitat y, además, recibió el apoyo de la nobleza y la Iglesia, ya que todos ellos veían peligrar sus privilegios y, sobre todo, sus ingresos.

Las presiones de las Cortes consiguieron “suspender la suspensión” de los seis malos usos, en 1456, aunque se reactiva en 1457. De hecho, cuando Juan II es nombrado rey de Aragón, tras el fallecimiento de Alfonso V en 1458, hereda el trono y el conflicto.

Como la oligarquía estaba dispuesta a enfrentarse al nuevo rey, se encontró con la ocasión ideal en el encarcelamiento y muerte del príncipe de Viana, Carlos, lo que determinó que su hermanastro Fernando pasara a ser el heredero al trono. Se inicia así la guerra civil en Cataluña en 1462 (1462-72)

La guerra fue en una primera aproximación una lucha entre monarquía y oligarquía, que se aferraba a un sistema contractual de gobierno, absolutamente feudal y medieval, que fue muy útil en sus orígenes, pero cada vez más inadecuado para los problemas que tenía en aquel momento la sociedad.

Pero realmente no era una lucha tan simple, en ella existía un enfrentamiento político (Busca vs Biga) y otro social (payeses vs señores feudales). Monarquía, miembros de la Busca y payeses contra los oligarcas, nobles y el clero. Cada uno con sus intereses propios: la Corona, delimitar el poder de la oligarquía y de los nobles; los miembros de la Busca, mantener el poder y seguir con las reformas; los payeses, prohibir los “malos usos” y las servidumbres; oligarcas, nobles y clero, proteger sus privilegios y recuperar el poder local perdido a manos de la Busca. Por si fuera poco, enseguida, se convirtió en un conflicto internacional, pues la Generalidad catalana Biga- ofreció sucesivamente la corona a Enrique IV Castilla, al Condestable de Portugal y a Renato de Anjou. Mientras tanto Luis XI de Francia aprovecha la situación para anexionarse los condados catalanes de Cerdaña y Rosellón en 1463.

Tras la lucha prolongada durante diez años, Juan II obtuvo la victoria. Se firmó la paz en la capitulación de Pedralbes. Aunque en teoría los oligarcas fueron los derrotados, las consecuencias no fueron muy traumáticas para ellos: el rey declaró la amnistía y juró preservar las leyes catalanas. De hecho, la Biga recuperó el poder local. Y los payeses, aun estando en el bando del teórico ganador, todavía tendrían que seguir reivindicando e incluso peleando por sus derechos hasta la Sentencia Arbitral de Guadalupe dictada en 1486 por el rey de Aragón Fernando II.

La verdad es que cuando Juan II murió, en 1479, dejó a su hijo Fernando un país desgarrado, con todos sus problemas sin resolver. La economía había sufrido un colapso, la guerra civil había completado la ruina iniciada en las décadas precedentes.

A causa de este colapso, la corona de Aragón estuvo muy debilitada durante los últimos años del S XV, mientras Castilla, una vez superadas las crisis de sus enfrentamientos civiles, se levantaba y progresaba económicamente. Adquiriendo una gran importancia en el comercio internacional y con un auge indiscutible de ferias del campo que atraían a comerciantes extranjeros que circulaban sus mercancías, como vimos, sobre todo por los puertos del sur. El dinamismo desplegado por Castilla sólo era comparable al de Portugal. De ahí que muchos autores como Elliot, consideren que, si Isabel I se hubiera casado con el rey de Portugal en vez de con Fernando, ambas monarquías hubieran alcanzado un nivel de desarrollo mucho mayor que el que supuso la unión de Castilla y Aragón.

BIBLIOGRAFIA

VALDEÓN, Julio. – “Las raíces medievales de España”. Ed. Real Academia de la Historia. 2002.

VALDEÓN, Julio, SALRACH I MARÉS, Josep María, ZABALO ZABALEGUI, Javier. ”Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos (siglos xi-xv), vol. 4 de Historia de España».  Ed. Labor, 1981

ELLIOTT. John. H.- “La España imperial 1469-1716”. Ed. Vicens Vives. 2012

 

 

 

LA PACIFICACIÓN DE MARRUECOS. EL DESEMBARCO DE ALHUCEMAS

Como consecuencia de la conferencia de Berlín 1884-1885, Europa se repartió África, pero, evidentemente aquel reparto no tuvo la misma repercusión en unas naciones europeas que en otras. Además, la potencia emergente del momento era Estados Unidos, que ya se encargó, poco después, de acabar con lo poco que quedaba del imperio español.

Uno de los puntos conflictivos del reparto estaba en el norte de África.  Desde 1904 los franceses y británicos tenían una entente cordial que partía de los acuerdos alcanzados aquel año para que Egipto quedara bajo la influencia británica y Marruecos bajo la francesa. En ese reparto, los británicos propusieron que a España le quedara reservada una zona en la costa mediterránea de Marruecos, donde ya poseíamos diversas plazas, entre las que destacaban Melilla y Ceuta, ciudades que eran españolas desde los siglos XV y XVI respectivamente, mucho antes de que Marruecos soñara con existir. Los franceses no deseaban que Inglaterra, que ya ocupaba Gibraltar, se hiciera con el control de las dos orillas del Estrecho, y los ingleses preferían no tener a Francia asentada frente al Peñón, siendo preferible para ambos la opción de España, cuya debilidad proporcionaba suficiente garantía de que no se vería amenazado el control británico sobre la entrada al Mediterráneo ni el de Francia en sus posesiones marroquíes. España aceptó el acuerdo.

Se delimitaron las zonas de influencia española y francesa en Marruecos. Teóricamente se reconocía el principio de integridad e independencia de Marruecos, que continuó siendo formalmente un Imperio bajo la autoridad del sultán Abd al-Aziz IV.

En este punto, Alemania intentó intervenir en Marruecos azuzando las ideas independentistas de los marroquíes con la finalidad de enfrentar a Francia e Inglaterra, pues aquella unión no le era favorable.  Fue Alemania la que no reconoció el reparto realizado entre franceses y británico e instó a valorarlo en una reunión internacional. De ahí nació la Conferencia de Algeciras en 1906, donde se vieron las caras Alemania, España, Francia, el Reino Unido, Bélgica, Austria-Hungría, Italia, Holanda, Portugal, Rusia, Suecia, los Estados Unidos y una delegación marroquí. Mientras Alemania con el único apoyo de Austria-Hungría defendía la plena soberanía marroquí, pero con una política de puertas abiertas para que cualquier potencia pudiera comerciar allí. El resto se oponía. El Acta final reconocía la soberanía del sultán, la independencia e integridad territorial de Marruecos y el principio de libertad económica y en el acceso a los recursos del país. Sin embargo, las restantes estipulaciones del Acta favorecían los intereses franceses, al otorgar a Francia una posición de preponderancia, compartida, en parte, con España.

En la Conferencia de Algeciras se había evitado el estallido de un conflicto bélico entre las potencias europeas, pero los motivos de fricción relacionados con Marruecos no quedaron resueltos de manera definitiva. Francia, Gran bretaña y España firmaron acuerdos de cooperación mutua y fortalecieron los lazos entre las tres naciones para el dominio del estrecho y el mediterráneo sur. Alemania siguió instigando a los marroquíes para que se enfrentaran a los europeos, incluso en 1911 con el envío de la cañonera Panther frente a las costas de Agadir para hacer valer los intereses y negocios alemanes en Marruecos frente a las extralimitaciones francesas. La desactivación de esta crisis, mediante la cesión a Alemania de parte del Congo francés, permitió que en marzo de 1912 se estableciera el protectorado francés y en noviembre del mismo año el español.

Para España aquel territorio trajo muchos más enfrentamientos y sufrimientos que ventajas, como veremos.

Pero si la situación en el norte de África era complicada, la situación peninsular no estaba mucho mejor. La guerra de cuba, su crisis, la depresión psicológica nacional por perder hasta la última de las provincias de ultramar, la sublevación catalana que tenía un gran componente anarquista como se demostró en la semana trágica de Barcelona [ https://algodehistoria.home.blog/2019/10/25/la-semana-tragica-de-barcelona/ ], las posiciones nacionalistas que ya afloraban. El pistolerismo, la corrupción social, la implantación de partidos republicanos y obreristas apoyados y apoyándose en las organizaciones sindicales eran un calvario para los gobiernos. En ese ambiente, los intentos regeneracionistas “desde arriba” de Silvela y Maura no lograron cuajar, como tampoco el programa liberal de Canalejas. Así, los partidos tradicionales de la Restauración fueron debilitándose en un País que no levantaba cabeza ni en los aspectos sociales ( la revolución soviética fue un referente para el movimiento obrero español revolucionario, anarquista y antiburgués), ni políticos ( el turnismo hacía aguas y el nacionalismo florecía. Donde el pistolerismo y el terrorismo político estaban a la orden del día provocando, entre otros asaltos, los magnicidios de Canalejas y Dato. https://algodehistoria.home.blog/2020/03/13/el-asesinato-de-eduardo-dato/) ni económicos (la I Guerra Mundial trajo un periodo de pujanza económica gracias al auge de exportaciones a los países combatientes, pero supuso también el desabastecimiento interno y un alza de precios, además de no traer las inversiones que eran necesarias, por lo que las condiciones económicas de buena parte de la población no mejoraron).

Las décadas de 1910 y 1920 fueron desastrosas para España. En ese ambiente, el ejército también estaba disgustado con los sistemas de ascensos que se habían planteado desde el Gobierno. Esto llevó a una división interna en su seno que terminó con la creación de las Juntas de Defensa, que ejercieron como grupo de presión militar sobre el poder civil. Al tiempo, el ejército era llamado cada vez con más frecuencia a terminar con los problemas nacionales. Los problemas internos obligaban a declarar el estado de excepción cada poco, sobre todo por los conflictos que los nacionalistas creaban en Cataluña, unidos a los que provenían de los anarquistas y demás movimientos obreros. Así, el ejército fue determinante en el fracaso de la huelga general de 1917 y en otros conflictos. El culmen de toda aquella situación se daría con la guerra de Marruecos.

 En 1921 el líder rifeño Abd-el-Krim derrotó al ejército español en Annual en lo que fue una auténtica tragedia para España y un duro revés para el dominio español en el protectorado. Además, la situación del ejército en la guerra fue calamitosa. Faltaron condiciones adecuadas que debían haberse previsto y provisto desde la Península lo que determinó el inicio de una investigación que culminó en el llamado informe Picasso, que no era más que una búsqueda de responsabilidades políticas para el desastre.

Todo aquel conjunto de desgracias, caos y desordenes internos y externos llevaron al Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, a dar un golpe de Estado, con apoyo tácito del rey, el 13 de septiembre de 1923.

En relación a Marruecos, la postura inicial de Primo de Rivera era de abandono paulatino. De hecho, su orden primera fue que las tropas españolas se replegaran en la zona costera. Pero un sector del ejército “africano” se opuso a tal abandono. Entre los africanistas se encontraba de manera destacada Francisco Franco destinado desde hacía tiempo en los regulares de Melilla. En 1923, Franco ascendió a Teniente-Coronel y ocupaba la jefatura de la Legión. En tres años pasó a Coronel y de Coronel a General, cuando sólo tenía 33 años.

En 1924, Abd el-Krim, el líder de la autoproclamada República del Rif, lanzó una ofensiva, que derrotó a los españoles y provocó mayor número de heridos, aunque menos muertos, que el desastre de Annual. A consecuencia de aquella ofensiva el rifeño se apoderó de una parte considerable del Protectorado español. Envalentonado por su hazaña, Abd el-Krim decidió atacar posiciones francesas. Un grave error de cálculo.

Los franceses y españoles entablaron negociaciones para realizar un asalto conjunto y acabar con el conflicto de una vez. Las negociaciones hispanofrancesas comienzan en Madrid el 28 de junio de 1925. Primo de Rivera y Pétain se reúnen en Tetuán el 28 de julio y en Algeciras el 21 de agosto. Allí se pacta el sistema de ataque y la concesión del mando supremo del ejército conjunto para Primo de Rivera.

Tras llevar a cabo un estudio exhaustivo, Primo de Rivera tomó una decisión arriesgada: atacar el corazón de la revuelta a través del mar con un desembarco masivo de tropas franco-españolas. El desembarco de Alhucemas estaba en marcha (ubicada en el norte de Marruecos a un centenar de kilómetros de Melilla). No era una idea novedosa, a medida que el conflicto se encendía por el sur de nuestro protectorado, el ejército sopesaba un ataque anfibio por el norte. Era complejo y necesitaba organización exacta, buena sincronía y respaldo. Ya en 1909 nuestros militares venían rumiando la idea y los detalles que requería el proceso. Elegir Alhucemas no era casualidad, sino que allí se escondía el rifeño de Beni Urriaguel y bajo su mando la “Cabila”[1] que dirigía (a ella pertenecía Abd el-Krim) lideraba la rebelión.

Tras una larga planificación, se determinó que la operación se llevaría a cabo a principio de septiembre de 1925 y que contaría con el apoyo de la marina y la fuerza aérea. Con todo, el peso de la maniobra recaería sobre dos columnas de infantería que partirían desde Ceuta y Melilla. De esta forma, el de Alhucemas se convertiría en el primer desembarco aeronaval de la Historia, siendo un antecedente importantísimo para los mandos aliados de la II Guerra Mundial a la hora de planificar el desembarco aliado del famoso día D en las playas de Normandía.

En total, entre España y Francia lograron reunir un contingente de 13.000 soldados y más de una veintena de piezas de artillería. A su vez, y por primera vez en la Historia militar, varios carros de combate serían desembarcados a través de barcazas para apoyar el asalto de la infantería. Primo de Rivera sostenía que la sorpresa en tiempo y espacio, y la rapidez de ejecución eran indispensables para lograr el éxito. Había estudiado con detenimiento el fracaso de los aliados en Gallípoli durante la I guerra Mundial y estaba seguro de no cometer los mismos errores.

Abd El Krim había logrado ubicar en las proximidades 9.000 rifeños a los que se unieron mercenarios de todo el mundo, expertos en el uso de las diferentes armas de mano y artillería. Además de las armas de mano contaban con 14 cañones de campaña robados en anteriores operaciones a los españoles, incontables fortificaciones, decenas de nidos de ametralladoras e, incluso, centenares de minas que habían sido enterradas a lo largo de una de las playas donde se realizaría el desembarco.

La operación prevista para el 5 de septiembre se retrasó al 8 por las inclemencias meteorológicas.

Al amanecer, las primeras columnas en embarcar en las lanchas fueron las comandadas por Francisco Franco y el coronel Martín –con 4.500 y 2.800 hombres respectivamente-. No sin grandes dificultares lograron llegar a tierra. Las primeras en desembarcar fueron las tropas del Coronel Franco. El “Diario de Barcelona” en la crónica del desembarco contó:

“Cuando varan en el fondo de arena o piedras, la Legión que manda Franco (…) se tira al agua y ante ellos los guardacostas, tienden una barrera de fuego que impide se acerque el enemigo. Ya están en tierra, ya se ven como puntitos movedizos, columnas de hombres en guerrilla que, sobre blanco con oscuro, se nos figuran aquellas líneas de puntos notas en un pentagrama que escriben una página musical, épica y gloriosa, que aleja al influjo de sus notas el fantasma del indómito rifeño. Ojo, están en tierra: ya tabletean las ametralladoras, ya los hombres invaden todo”.

La realidad fue épica, pero menos musical, la defensa rifeña era muy dura y costó enormemente llegar a dominar alguna de las primeras playas en la Cala del Quemado y en la Playa de la Cebadilla.

Los rifeños se replegaron en las fortificaciones, pero habían dejado las playas sembradas de minas que dificultaron el avance hispano-francés.  Además, los rifeños buscaban devolver al mar a las tropas españolas a base de ataques suicidas. Las tropas hispanas en la zona lograron resistir hasta la extenuación hasta la llegada de la columna de Ceuta.

Sin embargo, el asalto más sangriento se vivió el día 11 y su protagonista fue la columna Goded, a la cual, durante ese día, se le asignó la responsabilidad de defender las posiciones de vanguardia más cercanas al enemigo. La sangre no paró de correr en aquella línea de defensa durante toda la noche y parte de la madrugada, pues los hombres de Abd El Krim no cejaron en su empeño de expulsar a sus enemigos con ataques suicidas. Con la llegada del alba, la mayoría de militares españoles habían agotado su munición y, en algunos casos, habían repelido al enemigo con piedras.

La noche del 19, se produce el último gran contraataque rifeño. El 23, las tropas españolas toman la segunda línea defensiva y, el 2 de octubre, llegan a Axdir, el objetivo final. Los rifeños se repliegan y Abd el-Krim escapa. El mal tiempo del otoño y el invierno le concede una última tregua.

Semanas después todo el territorio sería español, pacificado gracias a una serie de operaciones controladas férreamente por Primo de Rivera y ejecutadas por los coroneles Goded, Sanjurjo y Franco. Durante la primavera de 1926, consumaron la derrota de Abd el-Krim y la ocupación total del Protectorado.

Lo que no sabían entonces las tropas españolas llegadas por mar era que en su repliegue los rifeños se enfrentaron con las tropas de apoyo y la población española existente en el territorio contra la que cometieron todo tipo de atrocidades: cuerpos de españoles despojados de los más elementales atributos de dignidad. Los restos de los militares del Regimiento Alcántara estaban dispersos en una vasta extensión. De este regimiento, que acudió en socorro de los fugitivos que en su momento buscaban refugio en Melilla, no quedó más que un 10% testimonial de sus jinetes, centenares de monturas habían muerto exhaustas en combate. Emasculaciones, aperturas en canal, vaciado de las cuencas de los ojos, despojo total de sus pequeñas propiedades íntimas o familiares, actos de canibalismo, parrilladas humanas… Esa fue la herencia que muchos españoles recibieron de los rifeños.

El 26 de mayo de 1926, el sangriento Abd el-Krim se rindió a los franceses en la pequeña aldea de Taza. El día anterior había ejecutado a centenar y medio de prisioneros españoles. Tuvo suerte de que la mano del ejército español no le alcanzara.

En un discurso grandilocuente, Primo de Rivera, comparó el desembarco de Alhucemas con Trafalgar y la toma de Túnez en 1535. Grandilocuente o no, aquel éxito militar, logró pacificar Marruecos y le dio al gobierno de Primo el triunfo más espectacular de su mandato. Asimismo, sentó las bases de la política exterior de la Dictadura en el futuro. La voluntad de permanencia en el poder del general Primo de Rivera a partir del año 1925, a pesar de que él mismo había indicado la provisionalidad de su régimen, provino de haber solucionado un problema que había sido la pesadilla de todos los gobernantes españoles desde 1898.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

FONTELA BALLESTA, Salvador. “La Guerra De Marruecos. 1907 – 1927: Historia completa de una guerra olvidada”. Ed. La esfera de los libros.  2017.

CARRACO GARCÍA, Antonio. “Alhucemas 1925. las imágenes del desembarco”. Ed. Almena. 2000.

FUSI, Juan Pablo y PALAFOX, Jordi. “España: 1808-1996. El desafío de la Modernidad”. Ed Espasa. 1998.

[1] Cabila es un término de origen bereber utilizado para designar tanto a las tribus bereberes como al territorio donde se asientan.