LA UNIÓN DE NAVARRA

Tras la toma de Granada, la unión de Navarra a las coronas de Castilla y Aragón, constituía una prioridad que permitiría completar la unidad peninsular y formar en torno a los Pirineos una frontera de difícil acceso para los franceses que pretendían adentrarse en el territorio al sur de la cordillera pirenaica.

El matrimonio entre Blanca de Navarra y Juan de Aragón en 1420 había decidido la suerte de Navarra durante todo el siglo XV. Abandonando la esfera de influencia francesa, predominante en los siglos XIII y XIV, el reino había retornado al ámbito español, presidido por la rivalidad entre Castilla y Aragón, pero también proclive a su unión gracias a la presencia de la dinastía de Trastámara en las tres monarquías. Las guerras civiles, auspiciadas por bandos nobiliarios ávidos de controlar el poder regio, fueron una nota característica del siglo XV en España y el resto de Europa occidental. Sin embargo, a partir de 1480, las monarquías fueron venciendo a las ligas y bandos nobiliarios y avanzaron hacia la configuración de Estados modernos de amplia base territorial[1].  Aunque este no fue el caso de Navarra donde la debilidad monárquica y la guerra civil se convirtieron en un mal endémico.

Fernando el católico era hijo de Juan II de Aragón y de su segunda esposa, Juana Enríquez. Desde siempre Fernando aspiró a ser rey de Navarra, trono al que se creía con derecho por herencia paterna. Sus intentos de conseguir la corona se manifestaron ya en solitario, ya en unión de su esposa Isabel, buscando alianzas matrimoniales de sus hijos con los herederos navarros, pero tales bodas no fructificaron. Al último intento de casar al primogénito de los Reyes Católicos, Juan, con la Reina Catalina de Navarra, se opuso la reina madre de Navarra que era hija de Luis XI de Francia. Catalina se casó con el francés Juan de Albret. La familia de Catalina siempre fue proclive a emparentar con los reyes franceses, su tío, Juan- señor de Narbona-, se desposó con María, hermana de Luis XII de Francia, de este matrimonio nacieron Gascón que fue general del ejército francés de su tío Luis XII y Germana, segunda esposa de Fernando el Católico.

Pues bien, Juan de Foix, señor de Narbona (Juan I de Narbona) pretendió el trono de Navarra entre 1483 a 1492. Quería arrebatárselo a su sobrina Catalina porque consideraba que las mujeres no podían ser reinas. Pero en Navarra, al igual que en Castilla, no existía la ley sálica. Catalina solicitó ayuda a los Reyes Católicos que la apoyaron frente a Juan y a Luis XII de Francia, posicionado junto a su sobrino.

El joven matrimonio real navarro tuvo que sortear durante toda su vida las presiones de las dos grandes monarquías del momento, la francesa y la española, en lo que José María Lacarra llamó “política de balancín”. Pero esta neutralidad se adivinaba cada día más complicada de mantener. La posición navarra de supuesta neutralidad se originó entre otras cosas porque el rey francés amenazó a los reyes con desposeerles de las tierras que ambos monarcas tenían en Francia, que eran muchas y, sobre todo, muy ricas, si se mostraban favorables a las políticas castellano-aragonesas. Pero la neutralidad se tornó en un imposible tras el enfrentamiento de Luis XII con el papado.

Este episodio merece un comentario en medio de la Historia de Navarra, porque sin él no se pueden entender los pasos posteriores.

A finales del siglo XV la península itálica era un conglomerado de repúblicas enfrentadas entre sí y dónde los intereses de las potencias dominantes eran evidentes. Ya vimos algo de ello en la entrada sobre El Gran Capitán. https://algodehistoria.home.blog/2021/11/19/gonzalo-fernandez-de-cordoba-el-gran-capitan/

Entre los estados enfrentados en la península itálica no jugaba un papel menor el papado.

Si bien la autoridad ejercida por los papas no era propiamente la de un soberano en el concepto moderno del término hasta los pontificados de Alejandro VI y Julio II, como vimos también en la entrada sobre los estados pontificios. https://algodehistoria.home.blog/2021/04/23/los-estados-pontificios/

El Papa Julio II al acceder al trono de San Pedro puso en marcha una estrategia de recuperación de la solera perdida por los Estados Pontificios en la que como mínimo aspiraba a reconquistar los territorios de los Borgia. Para lograr sus objetivos se enfrentó a algunas de las repúblicas menores de la Península Itálica, pero no tenía fuerzas militares suficientes para luchar contra Venecia. Para batallar contra los venecianos organizó la Liga de Cambrai en la que colaboraron Luis XII de Francia, Fernando el Católico y el emperador del Sacro Imperio, Maximiliano. Venecia fue derrotada. El siguiente paso concebido por el Papa en la búsqueda de la grandeza perdida fue enfrentarse a Francia que había ocupado el Ducado de Milán y la República de Génova. Para ello formó otra Liga Santa integrada por los Estados Pontificios, la Inglaterra de Enrique VIII, Venecia y España. A los que se unirían más tarde el emperador Maximiliano y Suiza.

A esta Liga invitó Fernando el católico a los reyes de Navarra, que se negaron a participar por no ir en contra del rey de Francia.

La batalla más cruenta de aquellos enfrentamientos fue la batalla de Rávena (1512) en la que murió Gascón de Foix, lo que dejaba a Germana de Foix como heredera de los bienes de la casa de Foix y única pretendiente de esa rama dinástica al trono de Navarra – no olvidemos que Isabel la Católica había muerto en 1504 y que, en octubre de 1505, Fernando el Católico se había desposado con Germana-.

Rávena fue una gran victoria para Francia, aunque murieron en la batalla muchos más franceses que españoles, pero a partir de entonces todos los enfrentamientos con la Santa Liga terminaron en derrotas francesas. Luis XII tuvo que renunciar a Milán, Bolonia, Parma, Reggio, Piacenza…,y soportar que los ingleses los acosaran en Dijon y el Sacro imperio los presionara en la frontera.

Rodeada y sin aliados, Francia se rindió a finales de 1512.

Durante el periodo en el que las fuerzas europeas de enfrentaban en Italia, en Navarra la situación distaba de ser tranquila. Se prolongaron las luchas entre dos de los bandos dinásticos de las antiguas familias nobiliarias navarras: beaumonteses y agramonteses. Estos últimos apoyaban y se apoyaban en los reyes navarros. En 1507, los reyes Juan y Catalina consiguieron doblegar y expulsar del reino a los beaumonteses, pero sus partidarios siguieron buscando la forma de hacerse con la corona.

A esos enfrentamientos internos hubo de añadirse, tras la derrota francesa en Italia y, sobre todo, tras la muerte de Gascón de Foix, el incremento del interés y legitimidad de Fernando el católico sobre la corona navarra. Esta era una amenaza que ni el rey de Francia ni los reyes navarros iban a tolerar.  Esta circunstancia sirvió para que el monarca francés se atrajera definitivamente a Juan y Catalina. Como manifestación de aquella alianza de intereses, el 18 de julio de 1512, ambas partes firmaban el tratado de Blois: Luis XII se comprometía a devolver a los navarros las posesiones de la casa de Foix y les reconocía su soberanía en el Bearn; a cambio los navarros se comprometían a no dejar pasar por sus tierras a aquellos ejércitos que pretendieran atacar al rey de Francia, lo que venía a romper la neutralidad a la que hasta entonces habían aspirado.

Al tiempo que se firmaban aquella alianza, el Papa Julio II que se sentía en deuda con sus colaboradores y muy especialmente con Fernando de Aragón. Hizo un movimiento esencial para el futuro de Navarra.

Era lugar común en aquel momento que el rey francés era partidario de la doctrina herética albigense – una rama del movimiento cátaro-. Según se decía, los reyes de Navarra fomentaban esta herejía. Motivo por el cual el Papa dictó una bula, la “Pastor Ille Caelestis”, 1512, en la que se excomulgaba al Rey francés y a sus los aliados. En aquellos tiempos esto era motivo suficiente para desposeer a un rey.

Fernando que se sentía legítimo aspirante al reino de Navarra, que la posición pro francesa de los navarros le era hostil y que no estaba en condiciones de hacer concesiones al rey de Francia, solicitó a las Cortes  de Aragón que le dieran su apoyo para la toma de Navarra. Era el mes de julio de 1512 y, aunque las Costes aragonesas no habían dictado acuerdo, a finales de julio, Fernando se presentaba en la frontera navarra con un ejército dirigido por el Duque de Alba.

El 21 de julio, las tropas aragonesas cruzaron la frontera del Reino de Navarra, y avanzaron por el valle de Araquil hasta llegar a Huarte. Ese mismo día, Catalina de Foix huyó hacia el Béarn con sus hijos.

El 24 de julio, llegaron las tropas del duque de Alba a Pamplona y, tras una serie de negociaciones y capitulaciones que terminaron con la rendición de Pamplona, entraron en la ciudad al día siguiente. En agosto, Fernando el Católico se autoproclama soberano de Navarra y Pamplona presta su juramento al rey el 28 de agosto.

En septiembre, las Cortes de Aragón, ante los hechos consumados, dan su conformidad a la conquista.

Al año siguiente, en 1513, Julio II dictó una segunda bula, “Exigit Contumacium”, en la que desposeía a los reyes de Navarra del título y dignidad reales y confiscaba sus posesiones, para que pasasen a ser legítima propiedad de quienes «en la más justa y más santa» las hubiesen adquirido, legitimando, por tanto, la conquista que un año había hecho Fernando.

Esta conquista se ratificó en una reunión de las Cortes de Navarra el 13 de marzo de 1513, nombrando Rey de Navarra a Fernando el Católico. Fernando juró respetar los fueros, usos y costumbres del Reino. En un primer momento, la adscripción de la conquista fue al reino de Aragón, aunque el apoyo militar mayoritario lo recibió Fernando de Castilla; quizá esa fue la razón por la que acabó adscribiendo el nuevo reino a la corona de Castilla en una ceremonia que se hizo en las Costes reunidas en Burgos en 1515 y en las que el Duque de Alba llevó la representación real.

La guerra con Francia por la conquista de Navarra duró con menor entidad algunos años más. Normalmente se data su final en 1529. Si bien siguieron algunas escaramuzas que se extendieron por el norte del antiguo reino de Navarra, en zonas que hoy forman parte de la CC. AA vasca, pero que en su origen eran navarras. Estas refriegas, sin tener una importancia extraordinaria en lo histórico si han dado mucho de sí para la historiografía nacionalista empeñada en tergiversar la historia y la legitimidad de Fernando, analizando con ojos actuales acontecimientos de otra época; haciendo un uso torticero y anacrónico de las fuentes. Estas tergiversaciones se han convertido en el principal motor ideológico de lo que podíamos denominar “navarrismo nacionalista vasco”. Pero ya se sabe que vivimos tiempos convulsos en los que la Historia no es materia de estudio sino de manoseo político. Con todo, las fuentes están ahí y su uso higiénico no lleva a concebir una Navarra euzkaldunizada. Si eso ocurre será por manipulación política no por certeza histórica.

BIBLIOGRAFÍA

  • José María Lacarra. “Historia Política del Reino de Navarra”. Editorial Aranzadi. 1972.
  • FORTÚN, Luis Javier. ““Juan III y Catalina. Dos reyes para un Estado pirenaico imposible” Desperta ferro. Historia Moderna. Nº 53.
  • AGUADO BLEYE, Pedro. “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963

[1]Juan III y Catalina. Dos reyes para un Estado pirenaico imposible” Luis Javier Fortún. Desperta ferro. Historia Moderna. Nº 53

2 comentarios sobre “LA UNIÓN DE NAVARRA

  1. Muy buen post y necesaria aclaración en un momento actual en el que unos cuantos viven de la tergiversación interesada de la historia para conseguir nuevas cuotas de poder . Ahí tenemos a los bilduetarras en Navarra ocupándose de que los niños se eduquen en la creencia de que no existió nunca el Reino de Navarra sino que esta región era parte de esa mítica Euskalherria cuya existencia es tan real como la de los reinos de juego de tronos

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