ELOY GONZALO, HÉROE DE CASCORRO

Ya hemos hablado de la pérdida de Cuba y del trauma nacional que trajo consigo el desastre del 98, reflejado en todos los órdenes sociales de nuestra España.

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https://algodehistoria.home.blog/2021/03/26/las-primeras-guerras-de-independencia-de-cuba/

Pero a pesar de que perdimos nuestra perla del caribe, los isleños pueden pregonar que estaban mejor cuando eran una provincia española.

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A pesar de la derrota, en nuestra actuación durante aquella guerra hubo héroes destacados y hoy vamos a hablar de uno de ellos: Eloy Gonzalo García.

Eloy Gonzalo nació el 1 de diciembre de 1868, en Madrid. Nada más nacer, el pequeño fue dejado en la inclusa de la calle Mesón de Paredes, en el barrio de Lavapiés. Su madre dejó una nota junto al recién nacido en el que indicaba que el niño había nacido a las seis de la mañana, estaba sin bautizar y deseaba que le pusieran el nombre de Eloy Gonzalo García además de otros datos de su madre y abuelos.

Gonzalo, fue dado en media adopción a diferentes familias hasta que, a los 11 años, edad en la que el Estado ya no ayudaba a su mantenimiento, tuvo que ganarse la vida por su cuenta. Fue peón de albañil, jornalero, aprendiz de barbero…, hasta que en 1889 se alistó en el Regimiento de Dragones de Lusitania, donde alcanzó el rango de cabo en tan solo dos años. Al año siguiente se incorporó al Cuerpo de Carabineros y en el verano de 1894 fue destinado a la Comandancia de Algeciras. En Cádiz llegó su desgracia. Un suceso desagradable le llevó ante un consejo de guerra en febrero de 1895. Fue acusado de amenazar con una pistola a un oficial superior al que, al parecer, descubrió en la cama con su prometida. Gonzalo fue condenado a doce años de prisión en Valladolid. Sin embargo, en agosto de 1895, las Cortes Generales aprobaron una ley de amnistía para todos aquellos presos que estuvieran dispuestos a luchar en la última fase de la guerra de Cuba. Gonzalo presentó su instancia y, el 25 de noviembre de 1895, embarcó en el puerto de La Coruña con destino a La Habana, previamente había sido degradado de cabo a soldado raso. Fue destinado a una guarnición que estaba en la localidad de Cascorro, muy cerca de la población cubana de Camagüey, situada en el centro de la isla.

Según muchos historiadores militares, Cascorro era indefendible, y el Ejército español nunca debería haber intentado conservarlo. El comandante supremo en Cuba, el capitán general Valeriano Weyler, admite en sus memorias que este enclave carecía de importancia militar, además de ser un objetivo muy fácil para los insurrectos cubanos.

La situación de la guarnición española en Cascorro no podía ser peor: disponía de tan solo 170 hombres frente a los 2.000 efectivos del ejército cubano. Tras una potente e incesante lluvia de proyectiles y un cerco de 13 días, la superioridad cubana quedó tan patente que el general insurrecto puso condiciones para la rendición. Los españoles se negaron a aceptarlas.

La mayor parte del fuego enemigo partía de una casa próxima a la guarnición. El Capitán al mando del cuartel español, Francisco Neila, solicitó la presencia de un voluntario para llevar a cabo un plan desesperado.

Gonzalo se presentó voluntario aún sin conocer con exactitud la misión que se le iba a encomendar.

La única solución para los hombres del capitán Neila pasaba por prender fuego a la casa desde la cual les estaban acribillando a balazos y bombas; y la única manera de hacerlo era desde dentro del propio inmueble. Eloy Gonzalo sólo planteó una única petición: que su cuerpo fuese atado a una cuerda para que, en caso de muerte, se pudiera recuperar su cuerpo.

Pertrechado con un fusil, un bote de petróleo y una caja de cerillas, Gonzalo salió del fortín español cubierto por el fuego de los españoles y muy pocas esperanzas de lograr el éxito en la operación y menos aún de volver con vida. Arrastrándose y corriendo, según los momentos, a los pocos minutos la casa estaba en llamas. Lo había conseguido y regresó indemne. Aprovechando la confusión, el capitán Neila ordenó una embestida contra los sitiadores para dispersarlos definitivamente. En esa segunda acción también participó Eloy Gonzalo. El 6 de octubre, por fin, llegó la columna de socorro para liberar a la guarnición española.

La liberación de Cascorro enalteció el ánimo de los españoles, dada la tristeza de la defensa general que hicimos de Cuba, que no lograba movilizar el resultado a nuestro favor, la defensa de Cascorro fue un broche de dignidad. El 15 de octubre, el periódico El Imparcial llevaba a primera plana la heroicidad de Gonzalo. Desde aquella primera portada saltó a todos los noticieros.

 “[se] había conseguido un éxito militar que parecía inalcanzable, dando muestras de un extraordinario valor, regresando sano y salvo de su misión”. “Uno de los episodios más gloriosos de estos últimos días ha sido, sin duda, el sitio del poblado de Cascorro”.  Decía la revista Blanco y Negro en su edición de 24 de octubre de 1896. Y añadía la misma revista en su edición del 30 de enero de 1897 sobre Eloy: «Es, sin duda, el soldado que más popularidad ha alcanzado en la presente guerra. Compendian en él la heroicidad y la bravura de los defensores de Cascorro«.

Eloy Gonzalo García fue condecorado y recibió todos los parabienes posibles en un telegrama que fue enviado desde Madrid a La Habana.

A partir de ese momento, Gonzalo tomó parte activa en otras muchas operaciones en la región cubana de Matanzas. Hasta que el 6 de junio ingresaba en el Hospital Militar de esa ciudad y, el 17 del mismo mes, fallecía como consecuencia de una infección intestinal provocada por la mala alimentación del Ejército, la cual le produjo una enterocolitis ulcerosa gangrenosa. Padeció las dolorosas y horribles consecuencias de esta enfermedad hasta que murió. Esta enfermedad y otras enfermedades infecciosas eran comunes entre los soldados del ejército español. El cadáver de Gonzalo fue repatriado al terminar la lucha en 1898. En 1901, ya estaba prácticamente terminada la estatua que recoge su imagen con el mosquete, las cerillas, el bote de petróleo y la cuerda en el rastro madrileño, en la plaza de Cascorro.

BIBLIOGRAFÍA

SEGURA GARCÍA, Germán. – «Eloy Gonzalo, héroe de Cascorro» Revista Española de Defensa (diciembre 2018).

LA BATALLA DE COVADONGA Y SU TRASCENDENCIA.

Vimos como el Reino Visigodo, sobre todo, entre los reinados de Leovigildo y Recaredo conformó un auténtico estado cuya fundamentación se basaba en la organización nacida en la mezcla entre el ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana; teniendo como unidad territorial la antigua provincia romana de Hispania y por identidad ciudadana la condición religiosa cristiana. De manera que, la unión en torno a la corona con carácter imperial y a la cristiandad como elemento aglutinador quedará en el sustrato del pueblo hispano. https://algodehistoria.home.blog/2022/10/14/el-estado-visigodo/

Pero el Reino Visigodo agota sus días entre desavenencias internas, traiciones y enfrentamientos entre distintas facciones para lograr la sucesión a la corona.

En aquel momento de decadencia visigoda, el califato Omeya, ya extendido por el norte de África, acogió entre sus fieles a un sector visigodo traidor a su pueblo con tal de recuperar el poder: los hijos de Witiza, huidos a Tánger, que buscaron el apoyo musulmán en su enfrentamiento contra Rodrigo, último rey Visigodo. Las sangrientas y crueles luchas, asesinatos, regicidios entre los godos eran conocidos por los omeyas que, conscientes de la debilidad en que esto ponía al gobierno de las tierras al norte del estrecho, se animaron a conquistar el reino visigodo. El comandante bereber Tarif ben Malik y su superior Musa ibn Nusair, embarcaron a un ejército de 12.000 hombres hacia la Hispania romana; era el año 711. https://algodehistoria.home.blog/2019/10/04/villanos-el-conde-don-julian/

Desde aquel primer instante las tropas musulmanas ascendieron por la península hasta llegar a la cordillera cantábrica en torno a los años 20 del siglo VIII. En aquellas montañas asturianas se inicia la reversión del proceso, se pasó del avance musulmán a su retroceso. Es decir, se inicia la Reconquista.

En la historiografía clásica se identifica el momento crucial de ese giro en el año 718 o, más comúnmente datado, en el año 722. En esa fecha se sitúa la batalla de Covadonga. Dando por buena la segunda fecha señalada, este año se celebrarían los 1.300 años de la batalla.

Pero, precisamente, desde hace unos años y más en concreto en algunos grupúsculos más políticos que históricos se cuestiona la existencia de la batalla de Covadonga, como paso previo a negar la existencia del concepto de Reconquista.

Es cierto que la batalla de Covadonga siempre ha estado señalada, pues las pocas fuentes de que disponemos nos la dibujan entre la realidad y la leyenda. Pero aconteciera como se cuenta en las crónicas o surgiera como la idealización de una escaramuza, sí tuvo gran trascendencia para el devenir de España y ese devenir es el que muchos ahora quieren eliminar para seguir socavando las raíces de España, como una nueva leyenda negra que se cierne sobre nuestra Historia, esta vez no promovida por ingleses u holandeses sino por algunos españoles que no merecen tan honroso título.

En el ámbito de las crónicas, las primeras menciones a Pelayo se dan en las crónicas de Alfonso III y en la albeldense de finales del siglo IX.

Según las mismas, Pelayo sería un noble astur- aunque cuesta creer que fuera visigodo ya que su nombre es de origen latino y no germánico- que viendo al invasor se revolvió contra ellos. Otras versiones nos lo dibujan como un hispano-romano no sometido a los godos y cuyos primeros levantamientos fueron contra éstos. De lo que no cabe duda, es de que el reino visigodo desde la caída de Rodrigo se resquebrajó dando lugar a divisiones más o menos numerosas, en muchos casos propiciadas por las dificultades de comunicación, de manera que no sería extraño que en las montañas cantábricas hubieran surgido comunidades más o menos organizadas y que Pelayo fuera el cabecilla de una de ellas, si su origen era godo o era de una tribu insurrecta no sometida a los germánicos, no elimina la trascendencia de los hechos.

Según esas crónicas, Pelayo luchó bravamente contra los musulmanes y gracias a la ayuda divina los expulsó de las montañas de Covadonga, donde, además, un movimiento de tierras provocado por la Divina Providencia consiguió sepultar a los musulmanes. Los que no murieron, huyeron. Entre ellos Munuza, valí o gobernador musulmán del norte de Hispania que se había asentado previamente en lo que hoy es Gijón, que, supuestamente, (hay varias versiones sobre este personaje) huyó tras la batalla y fue muerto en la batalla de Olalíes (también se presenta en diversas grafías, no siendo fácil descifrar a qué localidad se refiere. Aunque la mayor parte de los autores la sitúan cerca de lo que hoy es Lugones). Lo de menos es la leyenda o el final de Munuza, lo importante de esta parte de la crónica es la representación de una sublevación general de todo el pueblo astur contra el invasor, en el que Olalíes no es más que la continuación de la batalla de Covadonga. Es decir, nos dibuja un movimiento continuado y conjunto que nació en Asturias y se extiende hacia el oriente norteño, con episodios gloriosos en Liébana y, sobre todo, en la victoria de los francos sobre los musulmanes en la Batalla de Poitiers (732) y la creación de la Marca Hispánica (795), en tiempos de Carlomagno y de ahí hacia el sur en acciones que se sucedieron hasta lograr la expulsión de los extraños africanos.

Es digno de resaltar que la Crónica de Alfonso III está repleta de pasajes bíblicos. Esto responde a una misma tendencia de toda la historiografía europea altomedieval. Lo que permite intuir que el autor es un religioso familiarizado con el estudio de las Sagradas escrituras. Además, muestra el enfrentamiento entre las huestes hispanas y los árabes al modo que el pueblo de Israel se enfrentaba a sus vecinos. Incluso los pasajes del Antiguo Testamento han servido de modelo para las cifras dadas en la crónica (cuenta la invasión de un ejército de 187.000 guerreros musulmanes, cifra claramente exagerada, pero que se acerca a las que en las crónicas del Antiguo Testamento se atribuía a los asirios.  185.000 asirios se enfrentaban a los judíos en la conquista de Jerusalén y buscan hacer prisionero al rey Judá, siendo derrotados por la intervención divina).

Estas emblemáticas cifras fueron admitidas, o no se modificaron, por la tradición historiográfica hispano-cristiana hasta el siglo XIII.

Evidentemente, estas crónicas pro parte tienen el valor del testimonio, de saber que hubo una batalla y de conocer cómo se interpretó en un contexto en el que ese aspecto resulta muy esclarecedor.

Las crónicas musulmanas, por el contrario, hablan de escaramuzas dispersas en las montañas cantábricas, sin darles la importancia cristiana y mucho menos hablar de heroicidades o sucesos milagrosos. No perdamos de vista que son las crónicas de los derrotados. La crónica Mozárabe del 754 no recoge esta hazaña de Pelayo.

Desde un punto de vista arqueológico, no hay restos de una gran batalla, pero sí de diversos enfrentamientos de menor nivel en torno a lo que hoy es Covadonga.

Claudio Sánchez Albornoz ya lo señaló:

«No, no cabe dudar de la realidad de la batalla. ¿Batalla? Coque, encuentro, combate, nadie podrá calificar con precisión el hecho de armas. Y si se luchó en Covadonga no pudo pelearse sino como refiere la crónica alfonsina. Vencido hasta entonces y obligado a refugiarse en aquel apartado y abrupto paraje, era lógico que Pelayo se estableciera en la Cueva de Nuestra Señora, abierta en la roca y absolutamente innaccesible».

Así que, con mayor o menor pomposidad en el relato, no cabe duda de que en aquellas montañas se produjo un enfrentamiento entre tribus hispanas y musulmanas. Los hispanos de origen bien romano, por no haberse sometido a los godos, o bien godas, se identificaron o fueron identificados con estos últimos.  Lo que sí es cierto es que después de aquellas escaramuzas nació en aquellas montañas un reino cristiano con capital en Cangas de Onís (que posteriormente se trasladó a Oviedo), origen y enseña de la Reconquista.

Otra cosa es saber si aquella movilización contó desde sus comienzos con una misma idea de unidad popular, de unidad territorial, de cristiandad y de libertad frente al invasor.

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/

A los que ponen en duda la Reconquista como concepto real y continuado en el tiempo, también les contesta don Claudio:

«La historia de los comienzos de la Reconquista se ha hecho por muchos, más que con el propósito de encontrar la verdad, con el de enmarañar los testimonios de las fuentes y de crear dificultades, amaños y leyendas donde no los había».

Esto no significa que la Historia sea lineal y sencilla, como explica Julián Marías, la Reconquista es la lucha por la rectificación de la trayectoria iniciada, porque España fue árabe, en unas zonas más, en otras menos, en otras nada. Y es la facción que permaneció rebelde, la cristiana, la que empieza a luchar por evitar que se consolidara lo que empezaba a ser en la mayor parte del territorio: árabe. Aun así, ni siquiera la España árabe tenía unidad, ni Tarik, ni Muza, ni Boadbil se parecen. Entre ellos hay multitud de personajes que se muestran más o menos contrarios o favorables a la convivencia, al sometimiento o a la imposición. Lo que nos encontramos en las crónicas de la batalla de Covadonga es que la Reconquista se inicia por la lucha de la libertad a la que se le da un fundamento ideológico y unitario con el cristianismo y, por ende, en la idea de universalidad, si toda esa filosofía nace en Alfonso III y no estaba plenamente presente en Pelayo no es óbice para resaltar la lucha por la libertad y la idea de expulsión del invasor que aconteció en Covadonga.

Es cierto que el término Reconquista no empieza a utilizarse historiográficamente hasta el siglo XVIII, por ejemplo, por José Cadalso o Jovellanos, y lo hacen por influencia francesa ya que viene a sustituir a otros que se utilizaban entonces como el de «Restauración». Pero la idea responde a una especie de cordón umbilical que une el concepto moderno de España con su madre- su historia anterior-.

Durante la Reconquista, se produce la unión de los reinos cristianos frente a los musulmanes, que culmina con los Reyes Católicos y ello porque en la población y en sus dirigentes se establece una idea de España muy clara. Si se quiere histórica, si se quiere cultural, pero una idea identificativa que permitirá con el tiempo conformar el Estado español en torno a la corona en el S XV, recuperando, entre otros, aquellos elementos básicos que ya tenía el Estado visigodo. Y, aunque no es admisible hablar del término nación en el sentido moderno en el siglo XV, pues éste se manifiesta con propiedad a partir de 1808 en la sublevación de Madrid contra el invasor francés y se plasma ideológica y jurídicamente en la Constitución de Cádiz, gracias al liberalismo reunido en Cortes en el Oratorio de San Felipe Neri,  no es menos cierto que sin ese sustrato identificador de España nacido en Covadonga y en la Reconquista, los sucesos de 1808 no podían haberse dado como se dieron, ni la conciencia de unidad y defensa de la soberanía representada por el levantamiento del pueblo, ni la idea política de representación a la organización jurídico-nacional de la Junta Suprema Central, ni las Juntas regionales surgidas por doquier en el territorio español, se hubieran producido, ni mucho menos la conjunción de ambas en las Cortes y Constitución de Cádiz.

Dice Juan Pablo Fusí:

«La palabra España yo creo que se debe utilizar desde el siglo XI o XII, otra cosa es que eso que ya se conoce como España en esos siglos esté fraccionada en distintos reinos que además podían haber cristalizado perfectamente como ocurrió en Italia en diferentes estados hasta una etapa muy tardía: es decir que no hay ninguna razón especial en ese sentido. Por tanto, si hay una primera España, esa es elReino de León, el Reino de Castilla, la Corona de Aragón, el Reino de Portugal… «

Pero esos reinos medievales no se reconquistan por la razón elemental de que no existían, sino que se constituyeron como resultado parcial de la Reconquista, como recuerda Marías.

España sale de la Edad Media con una unión dinástica irreversible, y continúa Fusí: «con muchos de los elementos de lo que llamamos posteriormente nación: una continuidad en el poder, una única fuente de soberanía que es la corona, una cierta institucionalización del estado desde arriba, muy pronto una lengua y una literatura que es muy común a todos sus territorios… durante varios siglos es así y se consolida con el proyecto nacional moderno en el XIX».

En definitiva, aunque en Pelayo no existiera un proyecto claro de restauración del reino visigótico, sí se dieron los elementos básicos de la Reconquista: la expulsión del invasor y la recuperación de lo propio, basamento sustancial como para que a partir de entonces se produjera técnicamente lo que conocemos conceptualmente como Reconquista. Desde Covadonga unos reinos cristianos, continuando el camino iniciado por el reino de Cangas de Onís-Oviedo, tratan de recuperar el territorio hispano- visigodo perdido a manos de los árabes y en cuyo proceso se forma ya de manera muy temprana, en la baja Edad Media, la idea de España. A ese esfuerzo contribuyó de manera primera y esencialmente simbólica el hecho de armas de Covadonga.

BIBLIOGRAFÍA

BARRAU-DIHIGO, L. Historia política del Reino Asturiano (718–910). Ed Silverio Cañada. 1985.

MARÍAS, Julián. “La España Inteligible”. Alianza Editorial. 2014

ZABALO ZABALEGUI, Francisco Javier. “El número de musulmanes que atacaron Covadonga. Los precedentes bíblicos de unas cifras simbólicas”. Universidad de Sevilla 2004.

Dialnet-ElNumeroDeMusulmanesQueAtacaronCovadonga-1414696.pdf

Sánchez- Albornoz, Claudio. «Observaciones a unas páginas sobre el inicio de la Reconquista». Ed. Facultad de Filosofía y letras. Buenos Aires. 1968

VÉLEZ, Iván.  “Reconquista”. La Esfera de los libros. 2022

Cruceiros

Como cada 11 de noviembre, una entrada recordando a Galicia y a algunos de mis seres más queridos.

Castelao decía que un cruceiro es «un perdón del cielo», pues según el gran escritor gallego los cruceiros se erigen para hacerse perdonar algún pecado o para agradecer un milagro, una sanación o una plegaria concedida o por conceder. Muchos creyentes destinaran auténticas fortunas a levantar cruceiros y de esta forma ganar indulgencias, para ellos o alguno de sus allegados.

En otros muchos casos se erigían para sacralizar un lugar pagano o simplemente para buscar la protección divina. Así en los mercados se elevaban para lograr protección para los animales, en la proximidad a los campos auspiciaba buenas cosechas; en las calzadas señalaba el camino a los peregrinos, a los arrieros y a los viajeros, en general.

Se empleaban igualmente, para marcar los límites jurisdiccionales, civiles o eclesiásticos…

Comúnmente situados en lugares públicos, casi siempre en lugares elevados y en atrios de iglesias.

Se construyeran con la finalidad que fuera, los cruceiros son parte esencial del paisaje gallego, de la tradición y espiritualidad del lugar. Se calcula que en Galicia hay unos 12.000 cruceiros. Probablemente fue el asentamiento de la Santa Inquisición en Galicia, en 1562, lo que pudo determinar el incremento de su construcción.

Estructuralmente, los cruceiros son una imitación de las cruces procesionales góticas. Se realizan en piedra, generalmente de granito. Sobre una plataforma, compuesta de uno o varios escalones, se coloca el pedestal, casi siempre cuadrado o rectangular que puede llevar alguna inscripción, variando según el autor. Sobre el pedestal se coloca el fuste que se remata con un capitel casi siempre con figuras representativas de alguna escena religiosa, aunque hay muchos adornados con los capiteles típicos del gótico: dórico, jónico y corintio. En el punto más alto, se sitúa la cruz con Cristo en ella, y a su espalda suele haber una imagen de la Virgen María o de algún santo. Los canteros se esforzaban por mostrar en ellos todo su arte y muchos de los canteros más reconocidos de España trabajaron en estos monumentos. En muy pocas ocasiones nos podemos encontrar un cruceiro de piedra rematado con una cruz sola, lo que la diferencia de las cruces gótico-celtas de Bretaña o Irlanda, con las que también guardan alguna relación.

En cuanto a su representatividad, tanto los cruceiros gallegos como las cruces gótico-celtas del norte de Europa conllevan una misma finalidad didáctica. Si las de Bretaña o Irlanda se conocen como “sermones de piedra” porque en ellas se gravaban escenas bíblicas. En Galicia, representaban la pasión de Nuestro Señor, la expulsión del Paraíso y en  algunos casos, la visión de las almas en el Purgatorio purgando sus pecados. No se olvidan, tampoco, del amor representado por la Virgen y el dolor del Crucificado, además de incluir otros santos, de devoción más próxima, con los signos que expresaban su misión en la Tierra. Incluso se puede hacer una lectura litúrgica de la composición figurativa, por ejemplo: si las manos de Jesús permanecen cerradas es señal de omnipotencia, si se representan abiertas muestran misericordia, si los dedos índice y corazón están extendidos representa la bendición, si aparece una calavera, suele hacerlo al pie de la cruz, simboliza el triunfo de la vida sobre la muerte.

Haciendo una revisión de algunos cruceiros, podemos destacar, por ejemplo, al más antiguo que se conserva, del siglo XIV: el de Melide de clara iconografía gótica.

https://www.galiciamaxica.eu/galicia/a-coruna/comarca-da-terra-de-melide/melide/cruceiro-melide/

Sin embargo, puede que uno de los más famosos sea el de Hío en Cangas de Morrazo, que está junto a la Iglesia de San Andrés. Se trata de un grupo escultórico de iconografía barroca, con más de 30 personajes bíblicos a lo largo de su cuerpo, construido en el siglo XIX. Representa, por un lado, los momentos destacables desde el punto de vista religioso de la vida humana, desde la creación hasta la redención. La escena principal representa el descendimiento de Cristo.

http://guias.masmar.net/index.php/Puertos-de-Mar.-Fotos/Galicia/Ald%C3%A1n%2C-la-r%C3%ADa-secreta%2C-el-compendio-de-R%C3%ADas-Baixas-en-miniatura/Cruceiro-de-H%C3%ADo

https://www.amamalegustaviajar.com/2016/08/el-cruceiro-de-hio.html

Por el valor de su conjunto, destacamos el Viacrucis de Beade en Orense

http://www.turismo.gal/imaxes/mdaw/mtu5/~edisp/~extract/TURGA159849~1~staticrendition/tg_carrusel_cabecera_grande.jpg

En el que se muestra a Cristo crucificado en el cruceiro central. En los laterales el Buen Ladrón y el Mal Ladrón

Por último, traemos en caso del conjunto de cruceiros que se encuentran dentro del casco histórico de Combarro. Lo forman 7 cruceiros que se unen de manera armoniosa con los hórreos característicos de la localidad, considerada uno de los pueblos más bonitos de España.

En todos los cruceiros se escenifica la crucifixión de Cristo y la imagen de la Virgen, siempre mirando al mar para cuidar de los marineros.

https://www.minube.com/rincon/los-siete-cruceiros-a2228730

https://www.minube.com/rincon/los-siete-cruceiros-a2228730#gallery-modal

Como hemos señalado hay cerca de 12.000 cruceiros en Galicia. Aunque sea un lugar privilegiado de España para verlos, no es el único. También podemos encontrar cruceiros en Cantabria, Castilla y león… y en Madrid, en la Plaza de Benavente, por donación expresa de la Comunidad gallega.

Los cruceiros no son sólo una muestra de religiosidad, ni exclusivamente una construcción artística, sino que en su conjunto cada uno de ellos reúne todo eso y mucho más, consiguiendo alcanzar de un valor cultural destacado. Por eso la Comunidad Autónoma de Galicia en su Ley de Patrimonio Cultural de Galicia, siguiendo lo establecido por la Ley de Patrimonio Histórico Español, les da el valor, con la especial protección que eso conlleva, de Bien de interés cultural (BIC) a todos los cruceiros construidos antes de 1901.

BIBLIOGRAFÍA

Web de turismo de Galicia. https://www.turismo.gal/que-visitar/destacados/horreos-pazos-e-cruceiros/cruceiros?langId=es_ES

RÚA, Bruno. “Cruceiros e Petos”. Ed. Galician. colección Taboada Chivite de patrimonio. 2021.

http://cruceirosdegalicia.xyz/

Líneas Defensivas. Especial referencia a las de la Segunda Guerra Mundial

Estos días todos estamos oyendo hablar de la “Línea Wagner”, como una estrategia defensiva empleada por Rusia en la guerra de Ucrania.

Se trata de una construcción, parece ser de hormigón, levantada en la zona ocupada fronteriza entre ambos contendientes, en territorios que Rusia considera estratégicos dentro del Donetsk. Evidentemente, la finalidad de esta “línea” no es más que la de frenar el avance ucraniano.

Como todos sabemos la realización de fuertes, torres defensivas, murallas es un sistema defensivo más que antiguo. Ya lo emplearon, y no fueron los primeros, los romanos. Entre las construcciones de contención romanas, quizá el más famoso haya sido el Muro de Adriano en la provincia de Britania. Iba desde la orilla del rio Tyne, cerca del Mar del Norte hasta el Mar de Irlanda. Lo que permitía proyectar el poder romano hacia la tierra norteña ocupada por los pictos. Aunque, en el Orbe, posiblemente, la muralla más conocida de la antigüedad fue y es la Muralla china.  Se construyó por tramos, iniciándose en el Siglo V a de C. y se terminó en el siglo XVI con la intención de proteger la frontera norte del imperio chino sobre todo por los ataques de las hordas de Mongolia y Manchuria. https://algodehistoria.home.blog/2019/12/13/hordas/

La idea defensiva a base de construcciones se extendió fundamentalmente en la Edad Media. Muestras de ello tenemos en montones de castillos en España o de torres vigías o albarranas, como, por ejemplo, la Torre del Oro. Sin olvidarnos de las importantes murallas defensivas, algunas aún existentes en ciudades como León, Lugo o Ávila.

Pero centrándonos en periodos históricos más recientes y en guerras no tan lejanas como la Segunda Guerra Mundial (en adelante, 2GM) hay cuatro líneas defensivas muy conocidas y que responden al mismo criterio que la línea Wagner: la línea Maginot, la línea Mannerheim, la línea Gustav y la Línea Sigfrido. La primera, empleada por los franceses; la segunda, por los finlandeses, y las siguientes, por los alemanes No fueron las únicas, pero sí muy destacadas.

  • De las mencionadas, la Línea Maginot fue la primera en idearse pues su construcción se inició en periodo de entreguerras. Fue una línea de fortificación y defensa construida por Francia a lo largo de su frontera con Alemania e Italia, después del fin de la Primera Guerra Mundial. El término línea Maginot se usa indistintamente para referirse al sistema completo de fortificaciones francesas contra Alemania e Italia, o exclusivamente para referirse a las defensas contra Alemania, en cuyo caso las defensas contra Italia suelen llamarse Línea Alpina. Aquí utilizaremos esa segunda opción.

Tras la primera Guerra Mundial (en adelante, 1GM), los países europeos quedaron traumatizados por el gran número de muertos a los que condujo la guerra de trincheras, las bombas de gases y en general la guerra de posiciones, teniendo en cuenta la poca importancia de los bombardeos durante la Gran Guerra, que se circunscribieron a acciones puntuales de carácter táctico.

Los armisticios, acuerdos y tratados de Paz- esencialmente, los 14 puntos de Wilson, la conferencia de paz de París, el tratado de Versalles – sólo valieron para humillar a Alemania. https://algodehistoria.home.blog/2020/01/01/los-felices-anos-20/

Ni Francia, ni Gran Bretaña ni Estados Unidos se fiaban de ella y aunque lentamente fue entrando en la Sociedad de Naciones y en los acuerdos internacionales (sobre todo, a raíz de los acuerdos de Lorcano), la verdad es que todos pensaban que el conflicto podría reanudarse, mucho más a raíz de los acontecimientos en Alemania durante los años 30.

https://algodehistoria.home.blog/2019/10/18/la-crisis-del-29/

https://algodehistoria.home.blog/2019/09/06/el-inicio-de-la-segunda-guerra-mundial/

La Línea Maginot fue construida en la década de los 30, por iniciativa de André Maginot (1877-1932), ministro de defensa francés entre 1929 y 1932. La idea subyacente era que la siguiente guerra contra Alemania se desarrollaría al igual que la 1GM. Por tanto, tenían en mente otra guerra de trincheras, una guerra sumamente defensiva y sin dar más importancia a los avances técnicos, a la aviación y a otros elementos de la guerra moderna.

Se trataba de una fortificación lineal paralela a la frontera francesa con Bélgica y Alemania desde el mar, en el paso de Calais, hasta el mediterráneo por la Provenza. Fue una construcción magnífica con fuertes separados cada 15 kilómetros, entre los fuertes se encontraban búnkeres y ambos se unían por obstáculos antitanque, fosos, campos de minas y alambre de púas. Los búnkeres subterráneos tenían cúpulas de enorme grosor de acero que apenas eran perceptibles sobre el terreno, estaban semienterradas, pintadas con los colores del terreno para no destacar ante el enemigo y dotadas de con piezas de artillería de medio y ligero calibre. El resto de la línea se componía de edificaciones enterradas hasta unos 70 metros de profundidad. Bajo tierra había habitaciones con comodidades mejores que muchas casas, viviendas, grupos electrógenos, aire acondicionado y calefacción, trenes subterráneos… Podía cobijar a una guarnición de casi 22.000 hombres. Todas estas instalaciones se encontraban protegidas por muros de hormigón de hasta tres metros de espesor. Por su longitud y magnificencia sólo puede ser comparada con la Muralla China. Sin embargo, la Línea Maginot no era homogénea en su fortificación. El miedo al asalto alemán hizo que desde el Rin hasta Montmedy, en las cercanías del Sedán, la línea estuviera fortalecida en una triple construcción, mientras que la frontera con Bélgica apenas tuvo fortificaciones por dos razones: primero, Bélgica era neutral y, segundo, el mando francés consideró que el bosque de las Ardenas era tan sumamente espeso y dificultoso que haría imposible el paso alemán por ese lugar.

Cuando, en mayo de 1940, los alemanes invadieron Bélgica, cruzaron el extremo norte de la línea Maginot, rompieron el frente con sus tanques y aviones, a pesar de que fuerzas británicas y francesas reforzaron la zona norte de la línea. Cinco días más tarde, los soldados alemanes pisaban una vez más suelo francés. 

La batalla de Francia duró solo seis semanas, rindiéndose oficialmente el 25 de junio de 1940. Los alemanes siguieron la línea hacia el sur hasta inutilizarla, pero no destruirla.

La construcción de la línea se considera un fracaso de la defensa francesa. Tanto el General De Gaulle como Churchill criticaron la construcción. Para el general francés, la línea respondía a una mentalidad puramente defensiva y ejerció un influjo debilitador sobre el espíritu de reacción del pueblo francés. En opinión de Churchill, la construcción fue costosa en dinero, tiempo y supuso supeditar todo el potencial defensivo francés a ella. Se invirtió demasiado dinero en la fortificación de la línea y muy poco en la modernización y refuerzo de las fuerzas móviles. Respondía a un concepto anquilosado de la guerra. Churchill, con no poca sorna británica, decía cuando el desastre se cernía sobre Francia y Petain y sus generales no eran capaces de verlo: “Gracias a Dios, tenemos la Línea Maginot”.

Con todo, la fortificación que seguía en pie fue muy útil cuando Hitler ordenó la última gran ofensiva, la Operación Nordwind. Entonces las fortificaciones de la línea Maginot fueron muy útiles a los aliados. Según el historiador Stephen Ambros: «Una parte de la Línea se usó con el propósito para el que había sido diseñada y demostró la magnífica fortificación que era». 

  • También en el periodo de entre guerras mundiales se construyó la Línea Mannerheim. Fue una línea de fortificación defensiva en el Istmo de Carelia construida por Finlandia pensando en evitar una invasión por parte de la Unión Soviética. Finlandia había declarado su independencia de la URSS en 1917 y aunque los rusos reconocieron tal independencia, nadie en Finlandia se fiaba de ellos. La línea recibió el nombre del mariscal Gustaf Mannerheim y se construyó en la década de 1920-30. Se extendía desde la costa del Golfo de Finlandia, en la punta más al sur del País, pasando por Summa, hasta Vuoksen y terminando en Taipale cerca del lago Ladoga.

https://es.wikipedia.org/wiki/L%C3%ADnea_Mannerheim#/media/Archivo:Mannerheim-line.png

Se construyó en dos fases, la primera en torno a 1921, tras la guerra civil finlandesa (con dos bandos llamados rojos y blancos, los primeros apoyados por la URSS y los segundos por el imperio alemán. Así se entiende la afición de rusos y alemanes por ocupar Finlandia, pues siempre estuvieron entrometidos en su soberanía. La guerra terminó con la victoria blanca en 1918, tras retirarse la URSS de la contienda) y en una segunda fase tras 1932, siendo interrumpida la construcción por la guerra de invierno

Tres meses después del inicio de la 2GM la Unión Soviética atacó Finlandia, el 30 de noviembre de 1939. Iniciándose lo que se ha llamado la “Guerra de invierno”. Ya vimos en la entrada sobre el pacto Ribbenrop- Molotov (https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/) como Alemania y Rusia pretendía repartirse la Europa oriental. La URSS buscaba apoderarse del territorio finlandés señalando que era necesario para defender San Petersburgo, entonces llamado Leningrado. Propuso un intercambio de territorios a los fineses. Evidentemente, Finlandia se negó y la URSS invadió su país vecino. Finlandia se defendió. En esta defensa, fue esencial la Línea Mannerheim, que al contrario que la línea Maginot no se basaba en la sucesión de enormes búnkeres (los búnkeres, existieron, pero fueron escasos) sino en el aprovechamiento de los accidentes geográficos de la zona, especialmente los numerosos ríos y lagos existentes en el lugar. Las fortificaciones se hicieron principalmente de hormigón y en muchos casos se limitaron a fortificaciones menores, crear trincheras, zanjas antitanques, barreras de hormigón para tanques (también conocidas como dientes de dragón) alambre de púas…. Se llamó a este tipo de línea defensiva, línea flexible, porque al contrario que la línea Maginot, los soldados no estaban encerrados en los búnkeres y podían salir y contraatacar, no eran fortificaciones meramente defensivas. La línea estaba armada con ametralladoras y artillería no muy numerosa. No se construyó con grandes gastos, al contrario que la francesa. Su finalidad era más retrasar el avance soviético que repelerlo y, en ese sentido, fue todo un éxito. Retrasó el avance soviético durante más de dos meses a pesar de que el número se soldados fineses era muy inferior al ruso.

En 1940, se firmó un tratado de paz y Finlandia cedió parte de su territorio a la URSS, pero dejó en evidencia al ejército soviético. Tanto se vislumbró la debilidad rusa que como consecuencia de la Guerra de Invierno y la Línea Mannerheim, Hitler emprendió la operación Barbarroja para apoderarse de la URSS, lo que supuso el fin del pacto Ribbentrop-Molotov, la unión de la URSS a los aliados, la asociación de Finlandia con los alemanes y, en última instancia, la derrota alemana al abrir un frente oriental.

  • Otra de las líneas defensivas de la 2GM fue la Línea Gustav, conocida también como Línea de Invierno, construida en Italia por los alemanes con la intención principal de impedir o al menos ralentizar el acceso a Roma, en caso de invasión aliada. Fue construida de costa a costa, desde el río Garigliano hasta el mar Tirreno en el oeste, y a través de los Apeninos hasta la desembocadura del río Sangro en la costa del mar Adriático en el este.

Se componía de fortalezas y búnkeres de hormigón, líneas de alambre de espino, torres de armas y campos de minas.

Al finalizar la campaña de África, los aliados entendieron que era hora de liberar Italia. Entraron por Sicilia donde llegaron el 24 de julio de 1943. El desembarco aliado en Sicilia logró que el rey Víctor Manuel detuviera a Mussolini y firmara el armisticio entre Italia y las fuerzas aliadas el 3 de septiembre de 1943. De ahí que los aliados cruzaran el estrecho de Mesina y comenzaran el avance por la península de Calabria, llegando a Salerno el 9 de septiembre, sin gran resistencia italiana.

Pero todo se complica cuando Hitler invade la península itálica, procede a liberar a Mussolini y defender el territorio italiano frente a los aliados. Así, mientras los aliados buscan la conquista de Nápoles y la manera de expulsar a los alemanes del sur de Italia, se encuentran con una tenaz resistencia en la ciudad de Cassino, a unos 100km al sur-este de Roma. Se han tropezado con la línea Gustav.

La estrategia aliada, fundamentalmente, de americanos y británicos pasaba por la toma de Montecassino y para ello idearon, como maniobra de distracción el desembarco en Anzio. Era septiembre de 1943 y hasta el 12 de febrero de 1944 las divisiones formadas por indios y neocelandeses no conquistaron la abadía de Montecassino. El desembarco de Anzio fue un fracaso, se aseguró la cabeza de playa, pero los alemanes encajonaron a los aliados entre Anzio y la línea Gustav que bloqueo el avance aliado hasta el 11 de mayo de 1944. Ras esa fecha llegó el éxito aliado. Los alemanes se retiraron dejando expedito el camino aliado hacia Roma. Fueron los hombres del 5º ejército estadounidense los primeros que entraron en Roma en junio de 1944. Pero la línea Gustav cumplió el objetivo de retrasar a los aliados en su avance.

  • Con la misma intención de las dos anteriores, los alemanes construyeron la Línea Sigfrido Muro Occidental. Tenía una longitud de 630 km a lo largo de las fronteras con Holanda y Suiza. Se concibió como una sucesión de búnkeres (subterráneos), dientes de dragón, nidos de ametralladoras, vallas de alambre de espino y campos de minas.

La Línea Sigfrido se construyó entre 1936 y 1945 por orden de Hitler y como respuesta a la línea Maginot francesa. La construcción alemana fue amplia y magnífica y sirvió tanto de estímulo al orgullo alemán como de disuasión para los franceses. Permitió que Alemania tuviera cubierto su flanco occidental al inicio del conflicto con una pequeña guarnición de soldados, de manera que los franceses no la atacaran mientras Alemania invadía Polonia. Pero precisamente por el afán francés de sacar a los alemanes de Polonia se produjeron pequeñas escaramuzas en la frontera entre ambos países, conocidas como la “guerra de broma”.

Realmente, los franceses esperaban que el ataque alemán a sus fronteras llegara por la línea Sigfrido, cosa que no ocurrió como hemos visto, sino por Bélgica. Concluida la batalla de Francia, los alemanes desarmaron toda su línea y enviaron sus armas transportables a zonas más necesarias. Los edificios fueron abandonados y utilizados por los campesinos para guardar sus aperos.

Pero fue en 1944 tras la invasión de Normandía cuando los aliados alcanzaron la línea Sigfrido. En aquel momento, los alemanes habían entendido que los búnkeres de estas líneas servían más como “ratoneras”, que como elementos útiles para la batalla. Por eso dedicaron los búnkeres para ofrecer protección durante los bombardeos, pero las batallas se libraban fuera de ellos. Así en 1944, la línea Sigfrido proporcionó un refugio seguro a las unidades alemanas en retirada.

La injustificada falta de respeto a la muralla occidental por parte aliada, además de una serie de problemas logísticos en ese bando, dieron tiempo a los alemanes para reorganizar sus defensas.  Cuando los aliados reanudaron su avance a mediados de septiembre de 1944, se produjeron amargos y encarnizados combates y el avance sufrió un colapso. En la línea, los norteamericanos, que fueron los actuantes en esta batalla, se enfrentaron a los alemanes en diversas escaramuzas y en dos batallas destacables: la de Aquisgrán y la de Hürtgen. Siendo la segunda consecuencia de la defensa alemana de la primera. La batalla fue cruenta y la penetración hacia Alemania se consiguió por la zona norte de la línea, a la altura de Aquisgrán.  Esenciales para ello fueron los 75 cañones autopropulsados que los norteamericanos instalaron en sus carros de combate, además de modernos lanzallamas y cargas de demolición montadas en pértigas para atacar las trincheras… pero, para lograr la derrota alemana, fue necesario el ataque con dos divisiones de ejército americano, apoyados por la aviación y maniobras de distracción al sur de Aquisgrán y más al norte de donde se tenía previsto atacar; de manera que, los alemanes entendieron que lo que ocurría en el norte de la ciudad de Aquisgrán eran maniobras de distracción, no el auténtico ataque. El número de bajas total en la batalla de la línea Sigfrido alcanzó los 800.000 soldados de ambos bandos. Una auténtica sangría. Se dice que los alemanes lucharon en esta batalla con un coraje muy superior al que habían empleado en otros momentos de la guerra.

Además, y al tiempo fuera de la línea, los aliados perdieron la batalla de Arnhem y tuvieron que rechazar la contraofensiva alemana en las Ardenas en diciembre de 1944, por lo que los aliados no pudieron penetrar en territorio alemán hasta marzo de 1945.

Parece que la táctica rusa en Ucrania pretende emular cualquiera de las líneas mostradas en esta entrada, si bien según los satélites lleva construidos 2 kilómetros de muralla, pero planea prolongarla a través de unos 217 kilómetros. Todo indica que la construcción se ha detenido por el invierno y las lluvias. El “general invierno”, ese gran aliado ruso en todas las guerras.

BIBLIOGRAFÍA

ARTOLA, Ricardo. – “La Segunda Guerra Mundial”. Alianza Editorial. 1962.

GILBERT, Martin: “Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Ed. La esfera de los libros. 2014

GIBRALTAR, ESPAÑOL.

El pasado 4 de agosto, se cumplían 318 años de la toma de Gibraltar por parte de los ingleses, y ahí siguen. Ni con Brexit ni sin él tienen nuestros males remedio. Analicemos los orígenes del conflicto y su evolución.

Ya vimos como la muerte de Carlos II trajo consigo el inicio de una guerra de Sucesión con dos pretendientes principales, uno francés, Felipe V, y, otro austríaco, el archiduque Carlos. (https://algodehistoria.home.blog/2022/09/30/como-se-fraguo-la-sucesion-de-carlos-ii-el-hechizado-el-cardenal-portocarrero/). A este último le apoyaban los holandeses y los ingleses que, desde que descubrieron las ventajas comerciales del imperio español, no hicieron otra cosa que dar la lata hasta apoderarse de él; cuando no es creando la leyenda negra, es aliándose con nuestros enemigos y, cuando no, nos torean como si Curro Romero hubiera nacido en Londres.

En el inicio de la Guerra de secesión, el 1 de septiembre de 1704, una escuadra anglo-holandesa mandada por el almirante Rooke, asalta, en teoría en nombre del archiduque Carlos, la plaza de Gibraltar. Los asaltantes se presentan con 70 barcos bien armados, los defensores son 80 españoles llenos de coraje y dignidad- nuestra historia está llena de militares y ciudadanos gallardos, y muy pocos gobiernos a la altura de ellos -. El gobernador de Gibraltar, Diego Salinas, tras recibir el bombardeo con miles de balas de cañón, se rinde, pero se niega a reconocer la autoridad del archiduque, motivo por el que conduce a todos los ciudadanos que así lo deseen a la cercana ciudad de San Roque.

En el peñón, Rooke no extendió la bandera del Archiduque sino la inglesa. Las hostilidades siguieron hasta que el bando francés gana el trono español para el nieto de Luis XIV, Felipe V, quien firma el tratado de paz que pone fin a la Guerra de Sucesión española: Tratado de Utrecht.

El Tratado de Utrecht o Paz de Utrecht fue, en realidad, un conjunto de tratados firmados entre los países antagonistas en la Guerra de Sucesión Española (1701-1713), pero tomó el nombre de la ciudad holandesa –Utrecht– en que se rubricó el primero de dichos acuerdos, el 11 de abril de 1713. Él final de la guerra con Austria se consolidó por los tratados de Rastatt y Baden firmados en 1714. A ellos se unen otros 19 acuerdos comerciales y territoriales.

Territorialmente, España cedió a Gran Bretaña Menorca y Gibraltar. Menorca la recuperamos definitivamente por el tratado de Amiens en 1802. Por el contrario, los ingleses han entendido que el Peñón es de ellos para siempre. Lo cual, no me negará el lector, es muy “British”, no hay más que ver el contenido del Museo británico, para comprender qué entiende un inglés sobre lo que es suyo.

Desde 1713, España ha intentado recuperar sin éxito este enclave estratégico, unas veces por la fuerza: por ejemplo, en el siglo XVIII, España sometió a Gibraltar a constantes asedios. En el más importante de ellos, entre 1779 y 1783. En otras ocasiones, por medios diplomáticos, pero siempre sin éxito. Hemos fracasado a pesar que los ingleses han incumplido el tratado de Utrecht en casi todos sus puntos.

La cesión se reconoce en el artículo X del tratado de Utrecht:
“El Rey Católico [Felipe V], por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”.

Añadía el tratado que la propiedad se cedía “sin jurisdicción territorial y sin comunicación abierta con el país circunvecino por parte de tierra”.

Y añadía un tercer elemento al acuerdo:

“Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender o enajenar, de cualquier modo, la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla”

Por lo que hemos expuesto, la cesión se acordó con tres condiciones clave: (1) la limitación del territorio cedido; (2) la falta de comunicación con zonas vecinas; y (3) el derecho de retrocesión a España en caso de que Gran Bretaña quisiera cambiar el régimen pactado.

Además, el tipo de cesión realizada explica que el Reino Unido no disponga de una soberanía plena sobre el territorio, sino, que dispone solo de una “propiedad” que le da derecho al uso, pero no a la enajenación.

La primera de esas condiciones, es decir, la de la limitación del espacio cedido al castillo y ciudad, impide considerar como legítimo el avance británico por el istmo. En un primer incumplimiento, la presencia británica en esta zona data del Siglo XIX y la construcción de una verja, en 1909, para parar el avance inglés no impide que la ocupación británica de la lengua de tierra sea ilegal. Realmente hoy Gran Bretaña disputa el acuerdo considerando que tiene derecho a la tierra, al espacio aéreo y al mar- 12 millas territoriales de alrededor-.

España se ciñe en su defensa al contenido literal del Artículo X, por lo que mostró su oposición a la presencia británica en la lengua de tierra y también contra la construcción del aeropuerto en 1938, pues se encontraban fuera de la demarcación establecida en Utrecht. Quizá uno de los mayores logros españoles se consiguió en 2013 cuando los representantes del Ministerio de Fomento sacaron adelante, en la negociación del reglamento europeo sobre el cielo único europeo, el compromiso de que el aeropuerto de Gibraltar no tuviera jurisdicción al respecto y todos los aviones que utilizaran la infraestructura gibraltareña, requirieran la autorización previa española.

Esa posición española vino después de miles de actos de buena voluntad en el proceso negociador, como se reconoce en el acuerdo de Londres de 2 de diciembre de 1987 sobre la utilización conjunta del aeropuerto (que nunca llegó a aplicarse). Igualmente, el posterior acuerdo de Córdoba, de 18 de septiembre de 2006, se refiere, esencialmente, a cuestiones ligadas al aeropuerto, dejando claro que esos acuerdos buscan “la solución de problemas concretos, pero no tienen ninguna repercusión en absoluto en lo que atañe a la soberanía y a la jurisdicción”.

Algo parecido pasa con las aguas jurisdiccionales. La gran obsesión del Gobierno británico ha sido consagrar que las aguas que rodean el Peñón son de soberanía inglesa, algo que España no acepta, porque en Utrecht sólo se cedieron las aguas del puerto de Gibraltar. Para hacer ver que son de su Poder, el Gobierno británico no pierde ocasión de denunciar supuestas violaciones españolas de “sus” aguas jurisdiccionales, que realmente son “nuestras” aguas jurisdiccionales y ellos los violadores.

Esta cuestión de las aguas tiene directa relación con la segunda condición: el aislamiento por tierra de Gibraltar.

El artículo X subraya que la ciudad debía abastecerse por mar y solo en caso de que ese tráfico fuera interrumpido se permitiría comprar en España las mercancías necesarias para evitar “grandes angustias, siendo la mente del Rey Católico sólo impedir, como queda dicho arriba, la introducción fraudulenta de mercaderías por la vía de tierra. se ha acordado que en estos casos se pueda comprar a dinero de contado en tierra de España circunvecina la provisión y demás cosas necesarias para el uso de las tropas del presidio, de los vecinos y de las naves surtas en el puerto” Es decir, quedaba claro que se trataba de un intercambio humanitario en caso de ser necesario, pero no de mantener un negocio permanente.

Hasta 1985, España tuvo aislado a Gibraltar y sólo la inclusión en la Unión Europea (en adelante, UE) permitió avanzar en los intercambios en un proceso de negociación bilateral. Negociación que ha sido otro fracaso porque mientras España no ha logrado gran cosa, los ingleses sí han conseguido que Gibraltar se convierta en un centro de negocios, un centro de servicios internacionales y un lugar más cercano al paraíso fiscal que a otra cosa. Alterando y violando, de nuevo, el tratado de Utrecht, con el agravante de que la población española de alrededor se lucra de esta presencia británica y del comercio de la zona, lo que dificulta volver a aislar el Peñón.

La decisión española de terminar el aislamiento por tierra de Gibraltar pretendía, sobre todo, avanzar en las negociaciones sobre la retrocesión, la tercera condición del acuerdo.

El tercer pacto establecido en Utrecht es el más importante, y también ha sido incumplido, pues el gobierno británico ha intentado la enajenación, a la que no tiene derecho, en dos ocasiones:

El primer intento de cambio de régimen tuvo lugar en la década de 1960, cuando se buscó la descolonización al amparo de Naciones Unidas. Porque fue la propia Gran Bretaña la que incluyó a Gibraltar en el listado de colonias existentes en el mundo en un listado enviado a las Naciones unidas en cumplimiento de la Resolución 1.514 de la Asamblea general del 14 de diciembre de 1960, conocida como Carta Magna de la Descolonización, en la que se reconoce el derecho a autodeterminarse de todas las colonias. Y que sigue en tal situación lo demuestra que en todas las Asambleas Generales desde entonces vuelve a debatirse el tema. Ya en la resolución 2.353 (XXII) del 19 de diciembre de 1967 se indicó cómo tenía que hacerse tal descolonización: “Por negociaciones entre los gobiernos español y británico”, teniendo en cuenta que “toda situación colonial que destruya parcial o totalmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los principios y propósitos de la Carta de Naciones Unidas”. Esta misma resolución señaló que no es posible ni la cesión a terceros ni la independencia. Londres se niega. De hecho, esa Asamblea dicta su resolución tras la consulta que, en aquel en el mismo año de 1967, los británicos plantearon en el Peñón y por la cual los gibraltareños respaldaron en su gran mayoría la independencia. Naciones Unidas entendió que el referéndum contravenía la petición previa de España en la ONU, los derechos de nuestra nación y, por ello, instaba a seguir con las negociaciones.

El segundo instante vino de la mano de la “Orden Constitucional el 23 de mayo de 1969” que mantenía la consideración de Gibraltar como colonia de la Corona, pero con una cierta autonomía en su gestión interna, mientras que cuestiones clave como la defensa y las relaciones exteriores quedaban en manos del Reino Unido. Se trata de una carta otorgada, en cuyo preámbulo se contiene el compromiso unilateral de respetar la voluntad de los gibraltareños y que se expresó de manera más contundente en la reforma constitucional de 2006, que introduce el derecho de autodeterminación de los gibraltareños. Recordemos que el tratado de Utrecht habla del territorio y no de los ciudadanos, de ahí que dispusiera la reversión a España si Gran Bretaña lo abandonaba. Es más, lo que plantea el tratado es la preferencia española sobre el territorio antes de que se enajene, con la simple intención, tendríamos esa opción. Una especie, en el ámbito internacional, del derecho de tanteo de nuestra Ley de Arrendamientos Urbanos (salvando todas las distancias, claro está). Esa idea de abandono británico se ha plasmado en la Constitución de 2006 y, por tanto, legalmente, la cesión de España habría terminado y tendríamos que recuperar los derechos soberanos sobre el territorio cedido.

En términos jurídicos, también la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya favorece el título español frente a la ocupación física del terreno (¿deberíamos decir Okupación, para ser más gráficos?). Pero los ingleses han hecho caso omiso, al igual que al resto de resoluciones de la ONU.

Los dos momentos en los que la negociación sobre el retorno del Peñón, ya estando en democracia, tuvieron más fuerza fueron en los años 80 tanto con los gobiernos de UCD, como con los socialistas de Felipe González y posteriormente durante el mandato de José maría Aznar. En este último caso, debido a su amistad con Tony Blair se logró un acuerdo de cooperación policial y la esperanza de un estatuto pactado de cosoberanía durante una etapa transitoria, proyecto que nunca se vio plasmado en un documento público. El debate sobre esta posibilidad en la Cámara de los Comunes fue muy criticado y posteriormente sometido a referéndum de la población gibraltareña. El referéndum logró un enorme rechazo a la opción de la cosoberanía. Dando lugar a la promesa británica de no hacer nunca nada que no quisieran los ciudadanos del Peñón.

El Brexit creó una nueva oportunidad. Gran Bretaña había logrado meter a Gibraltar en la UE como “territorio cuyos asuntos externos lleva un estado miembro”. Pero al salir el Reino Unido de la UE, debía salir salía su colonia, o quedaría a merced de España. En un alarde de habilidad negociadora, y vendiendo el camelo, como siempre, los ingleses han logrado que se quede en el “espacio Schengen” o territorio fiscal europeo. Pero esta situación no gusta a Bruselas, que no quiere tener a los ingleses en su frontera sur con una base militar abierta, con submarinos nucleares y manejando el tráfico del estrecho. Por eso, la UE exige que en su puerto y aeropuerto haya aduanas para controlar las mercancías y personas que entren en Europa, dando a España esa responsabilidad.

A día de la fecha de esta entrada se sigue negociando el estatus que va a tener el Peñón, pero con la peculiaridad mantenida por el Ministerio de exteriores español de que se busca un acuerdo a tres bandas (UE, España, Reino Unido- en algunos momentos, en la época de Zapatero, Reino Unido tuvo el valor y España lo aceptó de convocar a un representante de Gibraltar en la mesa, al mismo nivel de responsabilidad-) con la creación de una “zona de prosperidad compartida”. Traducido por los británicos como “prosperidad compartida en todo el campo de Gibraltar”. A lo que nadie en el gobierno español ha contestado. Al contrario, nuestro ministro de Exteriores ha señalado: “Vamos hacia un nuevo modelo de prosperidad compartida en todo el Campo de Gibraltar”. Es decir, parece que la posición española, lejos de defender que Gibraltar, por incumplimiento del tratado de Utrecht, ya es español, se viste con la piel de la versión británica. Deberemos andarnos con ojo, porque con estos entendimientos y negociaciones, los ingleses pretenderán quedarse con toda Andalucía. Ya sabemos cómo describen los diplomáticos la forma de negociar de los británicos: “primero se pacta que se quedan con nuestro reloj y, después, ellos, en contraprestación negociadora, nos dan la hora”.

Llevamos más de 300 años recibiendo la hora de los británicos con nuestro reloj. A ver si espabilamos, porque no parece que, ni con el Reino Unido en sus horas más bajas, aprendamos. Si no reaccionamos nosotros confiemos que, esta vez, la UE haga algo más, aunque sólo sea por no tener un mosquito dando con el aguijón en la frontera sur. Bastante tienen con la irlandesa.

BIBLIOGRAFÍA
CALVO POYATO, José. “Los Tratados de Utrecht y Rastatt: Europa hace trecientos años”. Dendra médica. Revista de Humanidades. 2013.

CARRASCAL, José María. “La batalla de Gibraltar”. Ed Actas. 2012.

https://noticiasgibraltar.es/documentacion/1967-resoluci%C3%B3n-2353-de-la-asamblea-de-las-naciones-unidas

https://www.elmundo.es/elmundo/2001/03/15/espana/984660136.html#top

La Mesta

La reconquista contribuyó a asegurar en Castilla una economía pastoril. En una tierra árida, siempre cercana a la frontera con los moriscos y llena de algaradas y enfrentamientos por ese motivo, la ganadería era una actividad segura – se podía trasladar el ganado hacia zonas que no eran atacadas y volver cuando crecían los pastos- y bien remunerada.

La prosperidad pastoril y los intereses comunes de los ganaderos dieron lugar a su asociación. No está claro si la iniciativa fue puramente profesional, es decir, entre los propios pastores o tiene origen real. Con carácter mayoritario se entiende que su origen estaría en las pequeñas mestas locales que existían ya en la Alta Edad Media entre los pastores de las majadas leonesas y castellanas, como producto de su asociación ante problemas derivados de su profesión, para reforzar sus fueros y hacerse cargo de las reses desmandadas dándoles dueño (mostrencos). De este modo, la monarquía sólo tuvo que dotarla de legalidad. En un primer momento, la agrupación sólo perseguía ordenar el complicado sistema de trashumancia, de acuerdo con el cual los rebaños eran conducidos a través de España desde los pastos de verano en el norte a los pastos invernales del sur. Posteriormente, pretendió hacerse con el control de todos los rebaños de la cabaña lanar castellana aprovechando para abaratar el mismo y hacerlo más seguro pues se trasladaba acompañado de una guardia armada, llamada esculca o rafala. Aquella cabaña lanar era mucho más próspera a medida que la reconquista avanzaba hacia el sur, pues a la oveja tradicional castellana- Churra- se le unió, probablemente en el último tercio del S XIII, una raza de oveja nueva procedente del norte de África- la oveja Merina-. Esta nueva raza daba una lana de excelente calidad que se convirtió en el primer producto en exportaciones del reino; era una parte sustancial de la economía. La oveja churra, era más importante para consumo humano.

A medida que se prosperaba y se incrementaba el terrero sobre el que extender los rebaños surgieron complicaciones en las tareas de aquellas asociaciones de ganaderos. Estas complicaciones en las tareas a realizar y los derechos a defender dio lugar al nacimiento de una asociación más organizada e institucionalizada: el Concejo de la Mesta.

El origen de la complicación social se debió, como hemos señalado, al avance de la reconquista. Al llegar Fernando III, el santo, a Andalucía el territorio se estabilizó, de modo que lo que habían sido siempre zonas ganaderas- zonas fronterizas cercanas a los territorios musulmanes, fueron acogiendo a más colonos cuya actividad principal era la agricultura. Los agricultores no querían que el ganado trashumante se comiera sus cosechas, surgiendo así enfrentamientos entre ganaderos y agricultores.

La solución la dio el rey Alfonso X, el sabio, hijo de Fernando. Pactó con las asociaciones de ganaderos unos caminos por los que transitar y no molestar a los agricultores. El rey dio así el impulso definitivo al Concejo de la Mesta en 1273, que más tarde se llamó Honrado Concejo de la Mesta, tras la reglamentación que le dio Alfonso IX en 1347.

Para que el ganado no dañara los cultivos, se idearon unos itinerarios especiales que, dependiendo del tamaño de la vía, recibían diferentes nombres. De menor a mayor se denominaron coladas, veredas, cordeles o cuerdas, y cañadas. Las cañadas más importantes eran conocidas como cañadas reales.

Los ganaderos que pertenecían a la Mesta obtuvieron privilegios reales, como la exención del servicio militar y de testificar en los juicios y ventajas como derechos de paso y pastoreo. Con el tiempo obtuvo nuevos privilegios reales y ventajas fiscales.

La Mesta celebraba dos asambleas al año, una en el sur de la península y otra en el norte. Principalmente se debatían los cargos internos (presidente) y cómo se iban a organizar los itinerarios.

La Mesta alcanzó gran poder y contribuyó, junto con la pacificación de las zonas ya reconquistadas, al desarrollo de una destacada actividad textil que se localizaba en ciudades de la cuenca del Duero, como Zamora, Palencia, Soria o Segovia, pero también en ciudades ganadas al islam, tales como Toledo, Cuenca Córdoba o Murcia. La producción textil de Castilla y León era modesta, al menos si la comparamos con la excepcional producción de lana de los reinos. Pero a medida que se desarrollaron centros industriales, sobre todo, en el País vasco, la producción creció.

Por lo que se refiere al comercio en el siglo XIII, es un dato significativo el hecho de que se crearan nuevas ferias, sobre todo en ciudades de la meseta sur y de Andalucía; así, en Brihuega, Alcalá de Henares, Cuenca, Cáceres, Badajoz o Sevilla.

En las cortes de Toledo de 1480 se decreta dejar libre el paso de rebaños entre Aragón y Castilla, siendo el reflejo del destacado concepto en el que los Reyes Católicos tuvieron a la Mesta. Aquella libertad de tránsito pretendía proteger la actividad e ​ incrementar los ingresos de la corona mediante el arrendamiento y la venta de derechos de pastos. A partir de entonces, el presidente de la Mesta sería el miembro más antiguo del Consejo Real.

La Mesta alcanzó su máximo esplendor en 1492, año en que los campesinos consideraron excesivos los privilegios concedidos a la Mesta.

Fue una organización muy poderosa debido a los privilegios que los reyes le concedían, ya que la lana era un importante producto entre los que exportaba Castilla a Europa, por lo que se debía fomentar la producción de lana, a veces en detrimento de la agricultura. En ocasiones se acusa a la Mesta de la desforestación de la península ya que la gran cantidad de ganado necesitaba mucho pasto para alimentarse.

Sin embargo, la Mesta llegó a su decadencia. Principalmente por la perdida del monopolio mundial. Tal ruptura se debió a que varios corderos merinos fueron regalados por Felipe V a su abuelo el rey de Francia, Luis XIV. Los franceses aprovecharon su crianza para extender esta ganadería por todo su país y ejercer de exportadores a centro Europa en detrimento de España. En nada favoreció a nuestro país las guerras napoleónicas que destrozaron infraestructuras y cañadas dificultado la actividad trashumante. A ello se unió, que la industria española no era lo suficientemente competitiva frente a los talleres europeos, lo que incrementaba el precio de la lana española frente a la europea.

Además, los continuos enfrentamientos internos entre campesinos y agricultores y las necesidades económicas de la corona, laminaron muchos privilegios de la Mesta. Las grandes fortunas nobiliarias y también los conventos y eclesiásticos van poco a poco abandonando esta actividad y refugiándose en otras más prosperas.

Todos esos motivos fueron esenciales para la desaparición del Concejo de la Mesta en 1836.

BIBLIOGRAFÍA

ANES, Gonzalo y GARCÍA SANZ, Ángel (coord.) “Mesta, trashumancia y vida pastoril”. Ed. Investigación y Progreso. 1994.

KLEIN, Julius. “La Mesta: estudio de la historia económica española, 1273-1836.” Alianza editorial. 1979.

El Estado Visigodo

Esta entrada se la dedico a Blanca, Elena y Pablo, los hijos de mi amiga Mª. José, grandes lectores de este blog.

Cuando hablamos de los orígenes de España muchas veces leemos que la primera conformación de España como Estado se dio con los visigodos.

La historiografía se suele dividir en este punto y algunos opinan que los visigodos nunca formaron un Estado y otros, por el contrario, afirman la existencia estatal visigoda.

Para llegar a alguna conclusión debemos realizar dos análisis previos. De un lado, con carácter más histórico, conviene recordar que, la formulación política visigoda es consecuencia de la mezcla entre el ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana a la que los godos, inicialmente, quedaron incorporados.

Desde un aspecto más jurídico podemos partir de la acepción sexta que la palabra estado tiene para el diccionario de la RAE:

Forma de organización políticadotada de poder soberano e independienteque integra la  población de un territorio.”

Si consideramos a los antiguos pueblos germánicos organizados en base a normas de carácter privado, en donde habrían prevalecido las relaciones particulares del rey-jefe militar con quienes le seguían en su comitiva o si entendemos que estado es la concepción político-organizativa propia del S.XV, debemos negar la existencia de un Estado visigodo. Es más, caeríamos en un anacronismo al afirmar su existencia. Pero, si miramos la misma organización visigoda con unas gafas de lejos y no sólo de cerca, podemos decir sin error que en el reino visigodo en la península Ibérica sí se dieron elementos que nos permiten hablar de Estado. En este último sentido, muchos historiadores consideran que los vínculos que encontramos en el Estado visigodo son de naturaleza política y por tanto jurídico-público entre los súbditos y el monarca, dando lugar a un Estado de fuerte tendencia absolutista, aunque con cierta participación popular.

Son varios los elementos que nos permitirían llegar a esa conclusión y a ellos nos vamos a referir.

En primer lugar, debemos contextualizar el nacimiento del Estado visigodo. A la caía del Imperio romano de occidente la organización romana con un Poder soberano, con leyes comunes, con un espíritu vencedor, con una ciudadanía romana, que sí permitía hablar de Estado romano (durante el imperio), se desmembró dando lugar a una multiplicidad de sociedades que en un primer momento no respondían nada más que al caos y no a una idiosincrasia identificable frente a las demás, con un mando claro, un ejército propio y una legislación aglutinadora.

Sin embargo, esos elementos sí los encontramos en la España visigoda de Leovigildo y continuada por su hijo Recaredo. Entre esos elementos aglutinadores, destaca uno, que marca una singularidad especial en aquel pueblo: la Iglesia y su influencia sobre la comunidad pública, el poder y su ejercicio.

En el caso visigodo, el cristianismo estaba en sus creencias dando unidad al pueblo, con la peculiaridad de su creencia arriana- considerada herejía en el I concilio de Nicea-. Nace así un distintivo frente al resto del imperio romano, que les permitió no ser disueltos en el maremágnum imperial. Siempre quisieron los visigodos marcar diferencias y curiosamente, encontraron otro elemento identitario cuando ya el Imperio estaba caído y sus símbolos adoptados por el Imperio oriental, cuando los pueblos bárbaros parecían renunciar a ellos, los visigodos se apropiaron de la tradición romana, como veremos.

Un segundo elemento estatalizante lo situaremos en la existencia de una ley común.

El Código Visigodo, también conocido como Código de Eurico, era una ley para los visigodos, carecía de carácter universal, como si miembros de otras razas o pueblos avecindados en zona goda no existieran. Esta legislación no ayudó, años después, a Alarico II, cuando el Reino ya parecía asentado en Toulouse, pues los romanos seguían presentes en el territorio, se gobernaban por la legislación del Imperio, eran católicos y perseguidos para que se convirtieran al arrianismo- lo que les diferenciaba de los godos-. El rey redactó entonces una nueva ley, exclusiva para los romanos católicos dentro de su reino, la cual se llamó Lex Romana Visigothorum.

La aplicación legislativa diferenciada fue un desastre, los romanos no la aceptaban y los visigodos la consideraban un acto de debilidad y de cesión frente a sus enemigos de religión, que, en la mentalidad goda, era tanto como enemigos de su pueblo.

Tras ser derrotados por los francos en la batalla de Vouillé (año 507) los visigodos fueron expulsados de Toulouse y se establecieron en la península ibérica. Fue Leovigildo (rey de los visigodos del 568 ó 569 al 586), cuando la capital ya estaba en Toledo (no se sabe con certeza, pero parece que la capital se traslada a Toledo en el reinado de Atanagildo del 555 al 567), el que comprendió que su poder sólo se sostendría si lograba la unidad política en un territorio propio y con el dictado, desde la monarquía, del modo en qué debía ser gobernado.

A ese fin buscó una unidad legislativa. Ya sabemos que unidad de ley en los visigodos significaba unidad de creencias. En lograrlo se empleó Leovigildo y para ello, tomó como ejemplo el modelo romano, que, ahora sí, es recuperado por los visigodos como elemento diferenciador frente a otros pueblos bárbaros, sobre todo los suevos que en la península se mostraban hostiles.

Aquella unidad legislativa debía, en primer lugar, fortalecer la figura del monarca como mando supremo. Así se dieron normas, con el apoyo de la Iglesia, para que la monarquía visigoda que tenía carácter electivo- como consideran la mayoría de los autores- cumpliera una serie de requisitos y mostrara su carácter supremo sobre las demás familias e instituciones. Desde entonces, los monarcas debían poseer una serie de requisitos para poder ser elegidos; según el Concilio de Toledo: ser de estirpe goda y buenas costumbres, no pertenecer a pueblos extraños, no ser siervo, no ser clérigo ni monje tonsurado, ni alcanzar el trono habiéndose rebelado…

Realmente, la elección del rey nunca fue un asunto pacífico y el regicidio se dio con harta frecuencia entre los visigodos. Tampoco la elección por hombres libres se produjo nunca salvo en la excepción que representa Turismundo que fue aclamado por el pueblo durante las exequias de su padre Teodorico I tras la batalla de los Campos Catalaúnicos.

Normalmente los electores eran un grupo reducido en el que la Iglesia ocupaba un papel esencial. De ahí que al acceder al trono el futuro rey debía pasar por un acto de unción adquiriendo así un carácter cuasi sacerdotal.

Leovigildo sabía que debía culminar la fortaleza de su poder con otros elementos simbólicos y de mando que expresaran su supremacía sobre los demás. Desde el punto de vista icónico en su unción se rodeó de una simbología especial (indumentaria, corona, cetro, manto púrpura, …), así como la utilización de un trono (teniendo un precedente en Teodorico II).

Desde el aspecto ideológico, el segundo paso hacia la unidad legislativa lo concibió Leovigildo al modo romano. En ese ejemplo imperial y tal y como justiniano había signado el Corpus Iuris Civilis, Leovigildo redactó el Códex legislativo, que contenía una compilación de todas las leyes visigodas escritas antes de su tiempo, aderezadas por continuas referencias a los valores culturales de su pueblo que, si bien no ha llegado a nuestros días, sí tenemos referencias historiográficas sobre su existencia.

Esta aproximación al Imperio lograba, de cara al exterior, dotar de prestigio al reino visigodo y, en el interior, posicionar al monarca en clara superioridad frente a la nobleza y otros centros de poder. Este proceso es conocido como imitatio imperii y no dejará de tener gran trascendencia en la idea de Reconquista, no sólo concebida como una recuperación nacional sino una recuperación imperial, y siempre unida a una Fe.

Ese afianzamiento del poder político en aquel reino visigodo indefectiblemente debía ir unida al poder eclesiástico, dado que, recordamos, el primer elemento diferenciador de aquel pueblo era la religión.

Por eso, se intentó la conversión de todos los súbditos al arrianismo. Como la presión ejercida sobre los no arrianos no funcionó, se buscó amoldar la liturgia y creencias arrianas a una especie de posición intermedia entre el catolicismo y el arrianismo a fin de facilitar la conversión. Pero también fue un fracaso.

La situación no encontró una solución en los tiempos de Leovigildo y fue su hijo Recaredo (rey del 586 al 601) quien entendió que aquel reino fortalecido por la visión de Leovigildo sólo tendría continuidad cuando existiera unidad, cohesión y paz interna. Por eso se convirtió al catolicismo. La oposición del arrianismo fue grande, pero logró pacificarlos, primero, porque la jerarquía civil, la nobleza, vio preservados y aumentados sus poderes y porque el clero entendió que sus posiciones se verían mejor defendidas, con una seguridad político-geográfica, apoyando al Rey. Asimismo, se les aseguró y cumplió que se respetaría la jerarquía arriana a su paso al catolicismo. Por si fuera poco, Recaredo colocó a la Iglesia en una posición privilegiada al hermanar la administración eclesial con la civil y dejar en manos de los obispos la recaudación de impuestos. Hubo varias insurrecciones entre los fieles arrianos, pero, dos años después, en el 589, el ambiente era mucho más pacífico, momento propicio para que Recaredo convocara el III concilio de Toledo al que acudieron los obispos y la nobleza.

Se iniciaba así un periodo de ordenación administrativa de aquella organización, que empezaba a tener todos los atributos estatales.

Los concilios se convirtieron en una institución clave en el entramado administrativo y legislativo del estado visigodo. Las reuniones conciliares fueron de dos clases: provinciales y generales.

La organización provincial se basó en la división del bajo imperio romano, constituyendo la unidad básica la diócesis, a cuyo frente se situaba a un obispo que era elegido por el obispo metropolitano si bien cada vez fue mayor la intervención real en la designación. Cada diócesis se dividió en parroquias a cuyo frente había un párroco.

Los obispos eran los que organizaban la vida espiritual de su diócesis en sínodos y asambleas provinciales, visitando también las parroquias de la misma. Eran auxiliados por los presbíteros.

En las reuniones generales los obispos del reino y la nobleza trataban cuestiones de interés común.

Los Concilios de Toledo debatieron temas religiosos, pero también otros que dictaban pautas a las que debía ajustarse la marcha del Estado y la conducta de los monarcas.

Aquella sociedad donde lo civil y lo religioso se entremezclaban en su entramado institucional se completa con el hecho de que era el propio monarca el que dictaba cánones. De este modo se atribuía el poder de sancionar y controlador de lo que en política era correcto o no, dando al tiempo una regulación civil y profundamente moralizante.

Esta organización institucional no hubiera funcionado sin la implicación de la nobleza. Por eso Recaredo devolvió las propiedades incautadas por su padre a los nobles, los dotó de nuevas tierras y les dio participación en el gobierno, no sólo como altos funcionarios, sino como miembros de los concilios. Esto era un paso más en la participación nobiliaria puesto que como representantes de la “gens visigotorum” ya se reunían en asambleas que ejercían de asesores del monarca: el Senado y el Aula regia. La historiografía no se pone de acuerdo sobre si el Aula regia sustituyó al Senado o ambas instituciones coexistieron. A su vez la nobleza dirigía la administración provincial, concebida al modo romano en su distribución y cuyo mandato se dividían condes y duques.

El dux ostentaba la máxima representación del rey en el territorio y ejercía funciones judiciales, esencialmente, ejercía como juez de apelación de las sentencias dadas por los condes. Por lo tanto, los condes se situaban en un escalón inferior de poder con relación a los duques.

Existe cierta confusión sobre la figura de los Iudicex– a veces eran los condes, otras con tipo de funcionarios de inferior nivel- que se ocupaban de la administración provincial no sólo en el campo de la justicia.

Además, en el ámbito municipal, las funciones administrativas son ejercidas por el curator y el defensor, elegidos por la asamblea de vecinos. Siguiendo así una tradición germánica.

Por último, señalar que en el ámbito de la impartición de justicia la cabeza suprema de la pirámide judicial la ostentaba el rey y que parece ser que se pasó de una administración dual- diferenciada para godos y para hispanorromanos-, al principio de la monarquía visigoda, a una única administración de justicia para todos los ciudadanos desde Leovigildo.

Frente a esa justicia ordinaria existían jurisdicciones especiales:

  1. La eclesiástica

Los eclesiásticos que mantenían tribunales propios. Entendía de la fe, disciplina y negocios civiles de los clérigos. Los obispos eran los encargados de dictar sentencia.

  1. La militar.

Existió un derecho militar especial. Los jefes militares estaban facultados para la administración de justicia, llegando a imponer penas especiales para algunos delitos.

  1. La fiscal y mercantil.

Están en discusión en la historiografía sobre si eran jurisdicciones especiales o formaban parte de la ordinaria.

Ya vimos como la recaudación de impuestos recaía en los obispos, complementada por otros funcionarios. Pero la determinación de los impuestos era una competencia exclusivamente del monarca. El sujeto pasivo era el pueblo llano. Aquella Administración hacendística que vinculaba los ingresos a los gastos bien ordinarios bien extraordinarios. Los gastos ordinarios eran destinados al mantenimiento del ejército y al pago de los funcionarios. Mientras que los extraordinarios eran los destinados a edificaciones, donativos, regalos, donaciones, etc., realizados por los reyes.

Por su parte, los ingresos ordinarios procedían de los dominios fiscales, confiscaciones, impuestos indirectos y directos, regalías como la acuñación de moneda y penas pecuniarias.

Por último, en esa configuración estatal visigoda y como referente defensivo, existió un ejército formado por las levas obligatorias de todos los hombres con capacidad de llevar armas, entre los 20 y los 50 años. Se diferenciaba entre un ejército permanente, formado por la clase militar y otro para casos de necesidad, que se nutría en virtud del llamamiento realizado ocasionalmente.

A este llamamiento debían responder todos los hombres libres y señores, yendo estos últimos acompañado por sus siervos. Pero la práctica habitual fue que se incumpliese el llamamiento, y dada la cantidad de revueltas internas que se produjeron, y los ataques desde el exterior.

Si volvemos a la definición de la RAE sobre la palabra estado como “Forma de organización política, dotada de poder soberano e independiente, que integra la población de un territorio”, podemos afirmar que en aquel reino visigodo de Leovigildo y su hijo Recaredo existió una organización política, con unidad legal, con ejercito propio, en un territorio claramente definido y diferenciada de los demás pueblos colindantes por su peculiaridad religiosa y su organización administrativa  basada en la idea imperial romana.

Si el Imperio romano fue un estado, y lo fue, no creo que podamos dudar de que los visigodos configuraron la primera manifestación del Estado español.

BIBLIOGRAFÍA

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GARCÍA MORENO Luis A.” Historia de España Visigoda”. Ed.Cátedra, 1989.

SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Claudio. “Estudios visigodos”. Ed. Istituto Storico Italiano per il Medio Evo, 1971.

LA GUERRA DE LAS TRES CORONAS O DE LOS TRES REINOS

Ahora que ya sabemos todos que Gran Bretaña tiene un rey que es el tercero de los Carlos que han gobernado las islas, vamos a interesarnos por quien fue su homónimo más famoso. Hablaremos, por tanto, de Carlos I de Inglaterra y del difícil asentamiento como unidad de lo que eran realmente tres reinos

Las guerras de los tres reinos (Inglaterra, Escocia e Irlanda) se extendieron durante gran parte del siglo XVII. No fue un único proceso sino una serie de guerras entrelazadas que tuvieron lugar entre 1639 y 1653 entre los tres reinos mencionados cuyo lazo de unión era la cabeza de la monarquía, en este caso, Carlos I.  Asimismo, las guerras tuvieron como origen cuestiones de gobierno y de religión, lo que dio lugar a rebeliones, guerras civiles e invasiones.

Carlos I nació el 19 de noviembre de 1600 en Escocia. Era el segundo hijo de Jacobo, I de Inglaterra e Irlanda y VI de Escocia, y de Ana de Dinamarca.  Fue rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda de 1625 a 1649. El hermano mayor de Carlos y heredero al trono, Enrique, murió en 1612 y su hermana, Isabel, abandonó Inglaterra en 1613 para casarse con el elector del Palatinado. Carlos se queda sólo y esto cinceló el carácter de aquel niño, segundón, enfermizo, pequeño de estatura, tímido, silencioso y reservado; con ligero tartamudeo y acento escocés que nunca abandonó. Siempre se mostró cortés y amable en el trato, pero los que le conocieron señalan que carecía del más elemental sentido común. Viajó poco y no le gustaba el trato con la gente del pueblo. En el lado positivo cabe señalar que fue un gran mecenas de las artes, sobre todo, de la pintura y la tapicería; llevó a Inglaterra a Van Dyck y a Rubens. Además, como todos los Estuardo, fue un gran aficionado a los caballos y a la caza. Dos notas más caracterizan su personalidad, siendo ambas fundamentales para entender su reinado: tenía un carácter profundamente religioso y concebía la monarquía, tal y como le enseñó su padre, como el designio de Dios a una determinada familia para ejercer el poder. Nunca se mostró flexible o imaginativo y fue incapaz de entender y aceptar el papel del Parlamento.

Los primeros problemas los tuvo Carlos en 1623, antes de ser rey. Aquel año, acompañado del duque de Buckingham, realizó una visita a España con el fin de acordar su matrimonio con la hija del rey Felipe III. La misión fracasó, en gran parte debido a la arrogancia de Buckingham y a la insistencia de la corte española en que Carlos se convirtiera al catolicismo.

Carlos, despechado, no tuvo mejor idea, mientras se concertaba su matrimonio con Enriqueta María, hija de Enrique IV y hermana Luis XIII de Francia, que presionar al rey Jacobo I, su padre, para que iniciara una guerra contra España en apoyo de las Provincias Unidas.

En marzo de 1625, Carlos I se convirtió en rey y se reunió con el Parlamento por primera vez en junio. La reunión se desarrolló en un ambiente de tensión por cuanto nadie se fiaba de Buckingham, que había conservado su ascendencia sobre el nuevo rey. Aquel mismo año se inició la guerra anglo-española que terminaría en 1630 con una amplia derrota de los ingleses. Así se cuenta el asedio de Breda- que finalizó con la famosa rendición en 1625 que refleja el cuadro de Velázquez-, como en el fracaso del asalto a Cádiz, que dio lugar a la huida de los ingleses y el inicio de otro enfrentamiento, para ocultar el fracaso anterior, esta vez apoyando a Richelieu en contra de los protestantes franceses (hugonotes) a cambio de la ayuda francesa contra la presencia española en el Palatinado. El Parlamento inglés se opuso a un enfrentamiento entre protestantes ingleses contra protestantes franceses, calificando la posición del duque de Buckingham como pro-católica. Casi lo peor que se podía llamar a un inglés en aquellos tiempos. Así que, Buckingham cambió el rumbo y decidió defender a los hugonotes, siendo derrotado con toda severidad en la isla de Ré y en La Rochelle por las tropas franco-españolas. El último enfrentamiento se dio en el caribe contra la invasión anglo-francesa de las islas españoles de San Cristóbal y Nieves, donde también los españoles salieron victoriosos.  La guerra terminó con el Tratado de Madrid en 1630. Todos aquellos enfrentamientos tuvieron un reflejo interior en forma de forcejeo del rey con la Cámara de los Comunes.

Las tensiones con los Comunes venían de antiguo. La Cámara de los Comunes estaba formada mayoritariamente por los puritanos, que defendían la oración y la predicación independientes en la Iglesia de Inglaterra. Por el contrario, el rey simpatizaba con lo que llegó a conocerse como “High Church Party”, que imponía una única versión del Libro de oración común anglicano. Así, pronto surgió el antagonismo entre el nuevo rey y la Cámara de los Comunes. Como consecuencia de ello, el Parlamento se negó a autorizarle el derecho a imponer tonelaje y libras (derechos de aduana), aunque este derecho se había concedido a los monarcas anteriores de por vida. La segunda gran pelea con el Parlamento se dio a raíz del fracaso en la toma de Cádiz. Los Comunes intentaron acusar a Buckingham de traición y el rey disolvió el Parlamento. Pero la guerra contra España le obligaba a obtener fondos, por lo que el rey impuso a sus súbditos “un préstamo forzoso”, que los jueces declararon ilegal. Despidió al presidente de la Corte Suprema y ordenó el arresto de más de 70 caballeros que se negaron a contribuir. Sus acciones prepotentes se sumaron a la sensación de agravio que fue discutida en el siguiente Parlamento. Cuando se reunió el tercer Parlamento de Carlos (marzo de 1628), coincidió con la expedición de Buckingham en La Rochelle, la reacción de la Cámara fue la de aprobar varias resoluciones que condenaban los impuestos y los encarcelamientos arbitrarios. Además, establecieron una normativa en virtud de la cual se reconocerían cuatro principios: nada de impuestos sin el consentimiento del Parlamento; ningún encarcelamiento sin causa; ningún acuartelamiento de soldados sin aprobación previa de la Cámara; no a la ley marcial en tiempos de paz. El rey, a pesar de sus esfuerzos por evitar la aprobación de esta norma, se vio obligado a aceptarla. Cuando se reunió el cuarto Parlamento en enero de 1629, Buckingham había sido asesinado.  El rey ordenó la clausura del Parlamento el 2 de marzo de 1629. Antes de la clausura los parlamentarios se encerraron y aprobaron tres resoluciones condenando la conducta del rey. Dada la actitud revolucionaria de la Cámara de los Comunes, Carlos I gobernó los siguientes 11 años sin convocar el Parlamento.

En este periodo, el rey que, como hemos señalado, se consideraba responsable de sus acciones sólo ante Dios según la doctrina del derecho divino de los reyes, reconoció su deber para con sus súbditos como “un padre indulgente”. Con esa intención realizó algunas reformas: reordenó la Administración, el ejército y estableció ciertas normas de austeridad en la corte. Los reinos parece que disfrutaron de cierta prosperidad hasta 1639, cuando se enfrentó a los escoceses en la conocida como “Guerra de los Obispos”.

El malestar escocés venía de antiguo. Ya con Jacobo I se había producido el enfrentamiento entre Presbiterianos- a favor del gobierno de la Iglesia mediante consejos eclesiásticos- y Episcopalianos, a favor de del Gobierno mediante obispos, nombrados por el rey. El resultado es que para los escoceses esta posición monárquica acercaba la Iglesia escocesa a posiciones anteriores a la reforma más que al calvinismo que querían profesar.

Esta presencia de los obispos no sólo se convirtió en un problema religioso, sino que fue motivo de preocupación entre la nobleza escocesa.  Esta situación se fundía con la unión de las Coronas en 1603 creando un gran resquemor, pero la situación se mantuvo estable, hasta que, en 1637, el rey se empeña en imponer el libro de la liturgia inglesa en Escocia.

Los presbiterianos escoceses firmaron un pacto nacional (entiéndase nacional como escocés) en defensa de su visión religiosa. Carlos I intentó someterlos a la fuerza, pero fue derrotado por el ejército escocés. Tan es así, que cuando el rey llegó a York en marzo de 1639, la primera guerra de los obispos estaba perdida. Se firmó una tregua el 18 de junio.

Siguiendo el consejo de los dos hombres que habían reemplazado a Buckingham como consejeros:  el arzobispo de Canterbury, y el conde de Strafford, lord diputado en Irlanda, Carlos convocó al Parlamento, que se reunió en abril de 1640 (conocido como el Parlamento Corto), con el fin de recaudar fondos para la guerra contra Escocia.  Pero, de nuevo, la Cámara se le rebeló, de manera que se impuso una discusión sobre los agravios cometidos por el Rey, para acto seguido denegarle los fondos para la guerra. El 5 de mayo, el rey volvió a disolver el Parlamento.

El rey siguió con la guerra, financiándola con una serie de impuestos al comercio y aduanas. Pero de nuevo el éxito miliar lo abandonó y el ejército escocés cruzó la frontera invadiendo el norte de Inglaterra. Ante esta segunda derrota, Carlos I vuelve a convocar al Parlamento (conocido como Parlamento Largo) en noviembre de 1640.

La nueva Cámara de los Comunes, demostrando ser tan poco comprensiva con el rey como el rey con los comunes, condenó las acciones reales y acusó a Strafford y otros ministros de traición. El rey adoptó una actitud conciliadora, aceptó la “Ley Trienal” que aseguraba la reunión del Parlamento una vez cada tres años e intentó salvar a Strafford, sin éxito. Strafford fue decapitado el 12 de mayo de 1641; y Carlos se vio obligado a aceptar una medida por la cual el Parlamento existente no podía disolverse sin su propio consentimiento. También aceptó proyectos de ley que declaraban ilegales los fondos obtenidos mediante las medidas fiscales arbitradas por Carlos y, en general, condenaban sus métodos de gobierno durante los 11 años anteriores.

Pero Carlos, inasequible al desaliento y no contento con los problemas que ya había tenido con el Parlamento, viajó a Escocia para tratar de obtener allí apoyo antiparlamentario. Para ello aceptó el establecimiento completo del presbiterianismo en su reino del norte y permitió que los estados escoceses nombraran funcionarios reales.

Mientras tanto, la Cámara de los Comunes volvió a reunirse en Londres el 22 de noviembre de 1641. Los Comunes aprobaron la “Gran Protesta” al rey, exponiendo todo lo que había ido mal desde su ascenso al trono.

Como los problemas nunca vienen solos, y menos en la vida del pobre Carlos, al mismo tiempo, se inicia una rebelión en Irlanda. Los católicos irlandeses se rebelaron contra el establecimiento masivo de protestantes en la isla. Las causas de la rebelión de 1641 fueron muy complejas y aún hoy son debatidas por los historiadores, pero en esencia, se levantaron para poner fin a la discriminación religiosa, así como a la colonización de vastas franjas del país por parte de colonos protestantes de Inglaterra y Escocia (el mayor ejemplo fue la Plantación de Ulster). Muchos católicos irlandeses también temían que los escoceses estuvieran a punto de invadir Irlanda para reforzar su posición contra el rey.

Los líderes de la Cámara de los Comunes, temiendo que, si se el rey reclutaba un ejército para reprimir la rebelión irlandesa, podría usarlo contra ellos, planearon hacerse con el control del ejército obligando al rey a aceptar un proyecto de ley de milicias. Además, se pidió al monarca que entregara el mando del ejército, a lo que Carlos I se negó.

El rey reunió a unos 400 hombres y al frente de los mismos intentó el arresto de algunos de los Comunes. Pero estos huyeron. Tras este nuevo desastre, el rey abandonó Londres hacia el norte de Inglaterra el 10 de enero de 1642. La reina viajó a Holanda en febrero para recaudar fondos para su esposo empeñando las joyas de la corona.

El rey se instaló en York, donde ordenó que se reunieran los tribunales de justicia y donde poco a poco se le fueron asentando miembros realistas de Inglaterra y Escocia. En junio, la mayoría de los miembros de las Cámaras que quedaban en Londres enviaron al rey las conocidas como “Diecinueve Proposiciones”, que incluían demandas de que no se nombrara ningún ministro sin la aprobación parlamentaria, que el ejército debería estar bajo control parlamentario y que el Parlamento debería decidir sobre el futuro de la Iglesia.

No hubo acuerdo. El rey izó formalmente el estandarte real en Nottingham el 22 de agosto, iniciándose así la conocida como “Guerra Civil”.

Inglaterra se dividió entre las fuerzas leales al rey, llamadas Cavaliers, y los parlamentarios, que se identificaban como Roundheads (cabezas redondas), por su pelo corto. Tras un avance realista que le permitió al soberano aposentarse con cierta tranquilidad en Oxford y dirigir la guerra desde allí, se logró una reconquista parlamentaria. El enfrentamiento decisivo se produjo en la Batalla de Naseby en 1645, cuando los Roundheads codirigidos por un parlamentario llamado Oliver Cromwell aplastaron a los Cavaliers. Carlos, intuyendo lo peor, logró que su hijo mayor y su mujer huyeran a Francia.

Las tropas realistas se rehicieron y el rey pudo instalarse en Oxford, de nuevo, durante la primavera de 1646. Sin embargo, la ciudad universitaria fue rodeada. El rey huyó con dos de sus hijos. Su intento de ir a la isla de Jersey y de ahí a Francia se frustró al producirse un desvío en el trayecto y acabar en la Isla de Wight, donde el gobernador era leal al Parlamento (realmente, tendremos que reconocer que este hombre tenía mal fario)

Retenido hizo lo posible para pactar con escoceses y parlamentarios, prometiendo a cada uno lo que quería oír, aunque fueran pactos contradictorios entre sí. Llegó a un acuerdo secreto con los escoceses el 26 de diciembre de 1647, pero rechazó en dos ocasiones los términos ofrecidos por el Parlamento inglés. En agosto de 1648, los últimos partidarios escoceses de Carlos fueron derrotados en la Batalla de Preston. Así terminó la Segunda Guerra Civil. El ejército exigió que el rey fuera juzgado por traición como «el gran autor de nuestros problemas» y la causa del derramamiento de sangre.

Carlos fue trasladado al castillo de Hurst en Hampshire a fines de 1648 y de allí llevado al castillo de Windsor para Navidad. El 20 de enero de 1649, fue juzgado, acusado de alta traición, por un tribunal superior de justicia especialmente constituido para la ocasión en el palacio de Westminster y dirigido por Oliver Cromwell. El rey se negó a reconocer la legalidad de la corte porque “un rey no puede ser juzgado por ninguna jurisdicción superior en la tierra”. Se negó a declarar, pero sostuvo que, en toda su actuación, defendía “la libertad del pueblo de Inglaterra”. Fue condenado a muerte y ejecutado el 30 de enero de 1649.

La monarquía fue abolida en los tres reinos y proclamada una república con Cromwell a la cabeza como Lord protector. Figura controvertida la de Cromwell, pero tratada mayoritariamente como prototipo de dictador, cruel, que confirió a su actuación política un sentido místico y providencialista. Quiso que a su muerte le sucediera su hijo y así fue del 3 de septiembre de 1658 al 25 de mayo de 1659, pero los ingleses prefirieron volver a la monarquía, y así, en 1660, la corona fue restablecida en los tres reinos bajo la soberanía de Carlos II, hijo de Carlos I.

BIBLIOGRAFÍA

JENKINS, Simon. “Breve historia de Inglaterra”. Ed La esfera de los libros. 2021.

MAUROIS, André.” Historia de Inglaterra”. Ed Ariel. 2007.

BENNETT, Martyn. “The Civil Wars in Britain and Ireland 1638-1651”. Unv. Oxford. 1997.

CÓMO SE FRAGUÓ LA SUCESIÓN DE CARLOS II EL HECHIZADO. EL CARDENAL PORTOCARRERO.

Los sucesivos matrimonios consanguíneos hicieron que la descendencia de los Austrias acabara llenándose de enfermedades y discapacidades. En este entorno hay que entender la figura de Carlos II, conocido como el hechizado, posiblemente por el estado de postración al que le condujeron las pócimas que le daban para apaciguar sus dolencias. Aunque hoy en día está en revisión su figura por considerar que ni era tan incapaz, ni tan inútil como se nos ha presentado, de hecho, durante su reinado, España gozó de una prosperidad económica que hacía siglos que no se conocía en nuestra monarquía.

Bien es verdad que casi no se ocupó de dirigir directamente su reino y que tal prosperidad puede ser atribuida a los validos y consejeros que se fueron sucediendo en el reino. Pero él tuvo la sabiduría suficiente para elegirlos. A uno de esos validos, el cardenal Fernández de Portocarrero, vamos a dedicarle un espacio un poco mayor en esta entrada, pues a él se debe en gran medida, la elección del sucesor a la corona tras la muerte de Carlos II.

La visión del Reinado de Carlos conviene dividirla en tres periodos destacados.

Carlos era hijo de Felipe IV y su segunda esposa, Mariana de Austria, accedió al trono con sólo 4 años de edad, siendo su madre la que ejerció la regencia durante su minoría de edad.

Iniciamos así el primer periodo del Reinado de Carlos II.

La Reina viuda fue asesorada por una Junta de Regencia formada por 6 miembros pertenecientes al alto clero (el arzobispo de Toledo y el Inquisidor general), la nobleza y miembros del Consejo de Castilla y del Consejo de Estado. La composición de este consejo de regencia quedó plasmada por voluntad de Felipe IV en su testamento.

Cuando Mariana se hizo con la regencia, el arzobispo de Toledo había fallecido. Para ocupar la plaza primada, la Reina maniobró de manera que nombró arzobispo de Toledo al hasta entonces Inquisidor general, quedando vacante ésta, mucho más trascendental en cuanto a poder e influencia.  La vacante inquisitorial fue cubierta por deseos de la viuda por Juan Everardo Nithard, confesor de la Reina, austríaco como ella y persona de su máxima confianza.

Ahora bien, su nombramiento no fue fácil. En primer lugar, la norma castellana impedía que un extranjero ocupara el cargo de Inquisidor general, motivo por el cual, la Reina tuvo que pedir el apoyo de las Cortes castellanas, que se lo concedieron. En segundo término, Nithard era jesuita y, por ello, dependía de una dispensa papal, que le fue otorgada, para acceder a cargos políticos.

La labor como valido de Nithard fue más bien mediocre, se le acusaba de obstaculizar las relaciones de los consejos y de la nobleza española con la Reina, cuando la verdad es que ésta desconfiaba profundamente de los españoles…y los españoles de ella. Tal fue así que, el ascenso de un extranjero puso en contra de la nueva Corte a la nobleza y la llegada de un jesuita, logró la oposición de los dominicos.

Realmente, los fracasos de Nithard se contaban por cientos, entre otros la firma del tratado de Lisboa que reconocía la independencia del País vecino. En el plano económico fue incapaz de poner en marcha una política económica eficiente y las subidas de impuestos se sucedieron para hacer frente a unos gastos que no controlaba. Por si fuera poco, el pueblo español no le perdonaba que hubiera prohibido las representaciones teatrales.

El mayor enemigo del confesor real fue Juan José de Austria (hijo extramatrimonial, pero reconocido, de Felipe IV, por tanto, hermanastro de Carlos II). Gran militar, Gobernador y virrey de diversos territorios de la Corona española durante el gobierno de su padre, despertaba grandes recelos en la Reina regente que le retiró del mando militar y lo envió, casi confinó, en su encomienda de Consuegra.

Don Juan José, tras diversos problemas con el confesor y valido austríaco, encabezó un levantamiento en Aragón y Cataluña que terminó con la expulsión de Nithard en 1669. La Reina no aguantó mucho en el gobierno del reino por sus veleidades y favoritismos y fue expulsada igualmente de la Corte, fijando su residencia en el Alcázar de Toledo. Don Juan José se puso al frente del gobierno. Muchas esperanzas se pusieron en este mandato, sin embargo, fueron en vano pues las reformas que intentó acometer en la Hacienda Pública no tuvieron buen resultado y derrochó su gobierno en las luchas internas contra sus adversarios y, externas, en defender la dramática situación en la que se encontraba nuestra nación por la posición avasalladora de la Francia de Luis XIV, a la que acabó cediendo el Franco Condado por la Paz de Nimega en 1679. La situación de guerra dejó las arcas públicas tan exhaustas que hubo de pedir a los aristócratas un do­nativo “voluntario” en abril de 1679. Ese mismo año, murió don Juan, posiblemente envenenado.

El segundo gran periodo del Reinado de Carlos comienza cuando alcanza la mayoría de edad en 1679.

Se había casado con Mª Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV de Francia, que fue la elegida por la fuerte oposición que, en su momento, ejerció don Juan José contra el matrimonio con una princesa austríaca. Tenía miedo de que la nueva Reina se hiciera fuerte en un bloque con la Reina madre y en contra de él. Sin embargo, Don Juan José murió poco antes de celebrarse la boda. Este matrimonio duró hasta el fallecimiento de la Reina en 1689. No tuvieron descendencia.

A los 10 días de su fallecimiento, al Rey le señalaban la necesidad de volver a casarse.

Durante este periodo, Carlos II, conocedor de su incapacidad, pero con la suficiente inteligencia como para rodearse de buenos administradores, consiguió, frente a la oposición de la nueva Reina y de parte de la nobleza, el nombramiento como validos, de manera sucesiva, de tres grandes hombres: Valenzuela, del Duque de Medinaceli y del Conde de Oropesa.

El primero de ellos, Valenzuela, inició un movimiento reformador con varias medidas que fueron continuadas por su sucesor, el Duque de Medinaceli.

Consiguieron controlar la inflación desmedida a base de deflaciones que, aunque en un primer momento no fueron muy buenas para las arcas de la Corona, sí lo fueron para los ciudadanos. Dando así el primer paso para la recuperación económica que se logró de manera patente con el Conde de Oropesa. El Conde creó la “Superintendencia General de Hacienda”. Esta institución se dedicó por primera vez a establecer un presupuesto coherente, con techo de gasto y estructuración a base de objetivos y proyectos reales, siendo el primer ejemplo de presupuesto en base cero de España, aunque entonces no se denominara así. Se condonaron las deudas municipales para intentar que las mismas no lastraran la recuperación local y redujeron los gastos superfluos de la Corte. Hubo una bajada general de impuestos y se buscaron administradores – funcionarios- entre personas conocedoras de la materia, aunque no fueran nobles. La consecuencia fue el florecer económico de España que, por primera vez desde los tiempos de los diferentes reyes “Felipe” de la casa de Austria, dejó de tener bancarrotas. Muy al contrario, el Estado logró superávit y la organización y paz económica permitieron el florecimiento de nuevos negocios y la llegada de fondos que antes no se concebían.

Con todo, este periodo estuvo caracterizado, en la parte negativa, por la oposición interna de una parte de la Corte, especialmente por la facción encabezada por la Reina, y también por una parte del clero y, en el aspecto internacional, por los problemas militares con Francia.

Aquellos problemas y la presión callada pero constante de Portocarrero, ambicioso arzobispo de Toledo, hicieron que cayera en desgracia el Conde de Oropesa.

Se inicia así, en la década de los 90, un tercer periodo en el reinado de Carlos II. La mayor parte de este tiempo se desarrolla con la nueva Reina, Mariana de Neoburgo, ejerciendo las tareas de gobierno y, como valido, el cardenal de Toledo, Luis Fernández de Portocarrero. Es un periodo dominado por las intrigas palaciegas y las redes de influencia europea para determinar quién debía ser el sucesor de Carlos II en la Corona española.

Presentemos brevemente a Portocarrero y cómo su persona influye en los dos periodos anteriores del mandato de Carlos II y es esencial en este tercero.

Portocarrero era hijo menor de Leonor de Guzmán y del conde de Palma del Río y marqués de Almenara, Luis Andrés Fernández de Portocarrero y Mendoza. Licenciado en Teología, canónigo y deán de la catedral de Toledo, vicario general de esa diócesis durante las ausencias del arzobispo Pascual de Aragón, y finalmente cardenal nombrado por Clemente IX, en el período en que Mariana de Austria- la Reina madre- ejercía la regencia, el 29 de septiembre de 1669, aunque no parece que la Soberana apoyara su designación con entusiasmo.

Desde su llegada a la Corte, ya ejerció algún cargo político en la época de Felipe IV, Portocarrero había tenido gran influencia política y así siguió toda su vida, a veces en primer plano, a veces más en la sombra, pero siempre al tanto y con gran peso en la vida política debido a su profunda preparación y considerable inteligencia, habilidad y ambición.

Su primer gran impulso hacía el poder lo logró durante la regencia de don Juan de Austria. En 1677, ocupó la vacante del arzobispado de Toledo por muerte de Pascual de Aragón y poco después, en abril, fue nombrado también consejero de Estado y virrey de Sicilia interino entre 1677-1678. Estos importantes puestos le obligaron a ausentarse de la sede arzobispal y por ello su sobrino Pedro, desde el arcedianato, actuó como su sustituto en la ciudad de Toledo. En Sicilia demostró sus dotes de gobernante en un momento realmente difícil con el levantamiento de Mesina.

Fallecido don Juan José, la Reina madre, como regente, aparta de la corte y de los puestos de representación a todos los partidarios del hermanastro del Rey. El cardenal es enviado de vuelta a Toledo. Una vez allí, Portocarrero preparó sus propios proyectos de reforma religiosa, social y política. Convocó el sínodo de Toledo con el que pretendía incrementar de forma considerable la presencia de la Iglesia en la sociedad, a base de convertirla en el eje y guía de las instituciones municipales.

A finales de la década de los 80 mientras España florecía en su economía y con cierta paz interior, se dilucidaba en las altas instancias y consejos quién debía de ser la segunda esposa del Rey, sobre todo, pensando en la necesidad de darle un heredero. Se formaron diversas camarillas, siendo mayoritaria la que veía con buenos ojos a alguna princesa austríaca. El Cardenal Portocarrero, que era miembro del Consejo de Estado y su hermano Pedro, como Presidente del Consejo de Aragón, abogaban por Mariana de Neoburgo, hija del elector del Palatinado, que finalmente fue la elegida.

Pero la nueva Reina favoreció a los consejeros enviados desde la corte imperial frente a los españoles. Así se inicia un periodo de poder de la camarilla austríaca, con oposición callada pero importante de los nobles y clero españoles. En esa tarea resultó especialmente eficaz el cardenal Portocarrero que aprovechó la ocasión para intentar un asalto al poder, poniendo como excusa que los austríacos habían incrementado la presión fiscal, según decían, para hacer frente a la defensa de Cataluña frente al ejército invasor francés, pero tales razones defensivas no justificaban adecuadamente el incremento de los impuestos, sobre todo, contando con el despilfarro que los austríacos llevaban en la corte. En el verano de 1679, Barcelona cayó bajo el dominio de las tropas francesas. Mariana pretendía seguir la contienda frente a Francia siguiendo las directrices del emperador Leopoldo, mientras Portocarrero y los demás opositores a los austríacos preferían alcanzar un acuerdo de paz con Francia ante la desesperada situación militar que auguraba la pérdida del resto de Cataluña. Durante unos años la guerra continuó.

A mediados de los años 90, a los problemas señalados se unió de manera imperiosa el problema sucesorio. Portocarrero fue de los primeros en darse cuenta de que la salud del Rey hacía harto improbable que un heredero llegara de aquel matrimonio real. Pero para lograr sus propósitos era necesario alejar al Rey de la influencia de la Reina. Aprovechó la ocasión que le brindó una recaída importante del Rey en su enfermedad al tiempo que la Reina también se encontraba indispuesta, para acceder al poder. Consiguió que el Rey le diera el plácet a la redacción de un testamento en la que dejaba el trono a de José Fernando de Baviera, el sobrino-nieto de Carlos II. Portocarrero, desde el Consejo de Estado, logró la designación como heredero de José Fernando de Baviera; consiguiendo una tercera vía entre las pretensiones francesas de Luis XIV y las austríacas del emperador y de la propia Reina.

En el ámbito exterior, una maniobra habilidosa de Luis XIV, que también pensaba en la sucesión a la corona de España, permitió iniciar una serie de negociaciones que culminaron con la firma del tratado de Ryswick (1697). Tratado que pone fin a la guerra de los 9 años en la que se enfrentaban Francia en un bando y España apoyada por Inglaterra, los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico, por otro. El fundamento del acuerdo consistió en devolver los territorios conquistados y mantener el statu quo existente tras el tratado de Nimega. Así España recuperó Cataluña. El resto de los participantes, también recuperaron plazas ocupadas; entre otras y de gran trascendencia para el futuro, los Países bajos españoles recuperarían Ath, Charleroi, Luxemburgo, Mons, Namur, Nieuwpoort y Oudenaarde. Cuando años más tarde Luis XIV invadiera de nuevo estos territorios flamencos en nombre de su nieto Felipe, se iniciará la guerra de sucesión española.

Para mantener la paz, era necesaria la ratificación del testamento de Carlos II por las fuerzas firmantes de la paz de Ryswick y para eso Portocarrero sabía que debía separar al Rey de la influencia de la Reina. La excusa la encontró el Cardenal en la débil salud de Carlos. Alegando que mejoraba cuando estaba fuera de la Corte, lo trasladó a Toledo, bajo su protección. Cierto es que el Rey mejoraba fuera de la Corte pues los médicos de Toledo, más modernos en sus métodos, administraban al Rey quinina, lo que favorecía su recuperación, frente a los protocolos de los médicos de la Corte que limitaban su acción a tratar al Rey con agua ferru­ginosa mezclada con vino y lavativas de toda ín­dole. Es comprensible que el Rey, con semejante tratamiento, empeorase en Madrid.

Inocencio XII ratificó en 1698 el testamento de Carlos II en el que instituía heredero universal de toda la Monarquía a don José Fernando, en aquel momento un niño. Por lo que se dejó estipulado también la composición del consejo de Regencia, por si fuera necesario. El cardenal Portocarrero sería quien presidiría ese Consejo de Regencia con amplios poderes.

Pero la “solución Bávara” posiblemente la más favorable a los intereses españoles para mantener nuestra posición en Europa se extinguió el 3 de febrero de 1699 cuando José Fernando murió.

De nuevo la facción austríaca, encabezada por la Reina, y la borbónica se enfrentaban en la Corte española. Portocarrero optó por defender la sucesión en la persona del nieto de Luis XIV, al considerar que era la mejor opción para mantener la integridad territorial de la Monarquía. De nuevo el cardenal de Toledo maniobra para logar que Carlos II firme un nuevo testamento, ahora, en favor de la opción borbónica y en contra de las pretensiones de la Reina. En el tes­tamento, se elige, como sucesor de Carlos II, a Felipe de Anjou, con la condición expresa de que éste, de aceptar su herencia, renunciaría a cualquier derecho a la Corona francesa.

El testamento fue aprobado por el Consejo de Estado y el de Castilla donde Portocarrero mantenía sus influencias e incluso las incrementaba día a día por las injerencias de los austríacos y de la Reina. Injerencias extranjerizantes, que nada gustaban a los españoles.

La labor de Pedro Portocarrero, sobrino del cardenal y nuncio ad latere del papa, unido a las amistades que el propio cardenal había conseguido durante su estancia en Italia, fueron suficientes para que el Papa Inocencio XII, de nuevo, estuviera de acuerdo con el arzobispo de Toledo y aprobara el nuevo testamento real.

El último acto de Carlos II como Rey fue nombrar a Portocarrero regente de la Monarquía. Con todo el poder en sus manos desterró a sus enemigos en la corte y a la propia Reina. Alejados y dispersos sus oponentes, el poder de Portocarrero se hizo aún mayor.

No sólo dirigió la regencia, sino que fue nombrado consejero del gabinete de Felipe V y logró que a uno de sus sobrinos lo nombrara el nuevo monarca virrey de Cataluña.

Su última maniobra política de importancia fue el matrimonio de Felipe V con María Luisa Gabriela de Saboya. Pero sus días de mando tocaban a su fin. Como miembro de la Junta de Gobierno que rigió la Monarquía durante el viaje de Felipe V a Italia en 1702, tuvo múltiples discrepancias y enfrentamientos con el embajador francés en Madrid. La primera junta se formó a instancia de Portocarrero sólo por españoles. Pero Luis XIV, al poco tiempo, logró introducir la presencia de algunos consejeros franceses, en especial del embajador que con el tiempo se fue adueñando de las decisiones, que, realmente, dictaba el Rey de Francia. El embajador era el nuevo valido.

Los primeros enfrentamientos entre el embajador francés y Portocarrero se debieron a la forma de manejar la Hacienda, por el uso de las cuentas en la guerra de sucesión que ya se había iniciado. Posteriormente, fue destituido el sobrino de Portocarrero como Virrey de Cataluña. Ante esta situación, Portocarrero dimitió acusando de despectivo y erróneo la utilización que los franceses hacían de los Consejos españoles tradicionales.

La guerra avanzaba, Portocarrero se refugió en su sede arzobispal alejado de toda influencia política. Pero su malestar era tan profundo que, el 25 de junio de 1706, cuando el archiduque y sus tropas entraron en Madrid, el pretendiente austríaco fue aceptado como Rey de Toledo (donde residía la Reina viuda), y el propio arzobispo Primado ofició el Te Deum de proclamación. Cierto es que en aquel momento Felipe V huía hacia Burgos y que España parecía que iba a caer en manos austríacas. Pero no fue así.

A la vuelta de Felipe V a Madrid, el 4 de octubre, Portocarrero pidió perdón y le ofreció su lealtad. Su ofrecimiento contó con el profundo desprecio de la Corte, que, sin embargo, lo mantuvo en el cargo arzobispal. Y allí bautizó al príncipe de Asturias, Luis, en diciembre de 1707 y un año más tarde actuó de padrino en el juramento que el príncipe hizo, en la iglesia de San Jerónimo, como heredero de la Corona. Fue el último acto público relevante de Portocarrero antes de fallecer el 14 de septiembre de 1709.

BIBLIOGRAFIA

RIBOT, L. “La sucesión de Carlos II. Diplomacia y lucha política a finales del siglo XVII”, Ed. Junta de Castilla y León, 2004.

RIBOT, L (dir.). “Carlos II. El Rey y su entorno cortesano”. Ed, Centro de Estudios de Europa Hispánico. 2009.

CALVO POYATO, José. “La vida y época de Carlos II el Hechizado”. Ed. Planeta. 1998

PEÑA IZQUIERDO, J.R. “La Casa de Palma. La familia Portocarrero en el gobierno de la Monarquía Hispánica (1665-1700)” Ed.  Universidad Córdoba. 2004

INDIANOS, SUS OBRAS Y SUS CASONAS EN EL CANTÁBRICO CENTRAL.

Como cada año en torno al 24 de septiembre un comentario sobre arte. Aunque en el de hoy se mezclen temas sociales con los artísticos.

El término indiano evoca una de las figuras más características de la emigración española. En el caso que nos ocupa aquella recogida en el diccionario de la RAE en su acepción 4ª: “Indiano. 4. Adj. Dicho de una persona: Que vuelve rica de América”.

Aunque nos vamos a referir someramente a la figura del indiano emigrante durante el SXIX, no podemos olvidar que la figura del indiano nace con la propia conquista de América, es decir, muchos siglos antes.

A mitades del siglo XIX, en 1853, se suprimieron las leyes que prohibían la emigración (con anterioridad se requería una autorización especial, aunque emigrantes clandestinos existían y muchos). Su liberalización no fue más que dotar de legalidad a una realidad. En España la revolución industrial, avanzaba muy lenta y sin impulso, los transportes eran una quimera y la desamortización en vez de mejorar la economía, en muchos aspectos y lugares, la empeoró. Las posibilidades nacionales de prosperar no eran muchas y “hacer las américas” se convirtió en el sueño de una vida mejor de un numeroso grupo de españoles.

Las zonas más alfabetizadas de España se encontraban en la cornisa cantábrica desde Galicia al País Vasco, en muchos casos por la propia influencia de las comunicaciones con el exterior, muy ricas y prosperas desde el mar cantábrico. Esa alfabetización convertía a esos ciudadanos en mano de obra cualificada, que no encontraban un trabajo acorde con su preparación, precisamente por esa falta de despegue industrial. Por el contrario, lo que se necesitaba en las zonas industrializadas y mineras del norte era mano de obra barata. Allí acudían muchos inmigrantes del centro y sur de la península, con poca preparación técnica, muchas ganas de trabajar y pocas posibilidades de hacerlo en sus provincias.

La consecuencia fue una especie de presión “hacia el mar” por usar una expresión gráfica que defina los deseos y necesidad de inmigrar, esencialmente, de la población masculina, alfabetizada, entre 20 y 40 años, solteros y de familias campesinas o entornos urbanos menos prósperos que vieron en América un porvenir inexistente en España. Esa condición de alfabetizados fue esencial para prosperar en las provincias de ultramar. Ni en Cuba, ni en Cartagena de Indias, ni en México, ni en Venezuela o en Argentina abundaba de este tipo de población y eran muy bien recibidos en las explotaciones de caña de azúcar y café, sobre todo, en Cuba y Puerto Rico, donde, junto con Venezuela, fueron muchos emigrantes procedentes de las provincias cantábricas y también canarios.

La presencia canaria se debió a que antes de la liberalización de la emigración en todo el país, los canarios tuvieron una serie de peculiaridades que les llevaron a América. Los canarios fueron moneda de cambio entre la Península y América debido a los intereses de la metrópoli de hacer prevalecer a Sevilla, su puerto y su Casa de Contratación, como los principales beneficiarios del comercio entre Europa y América. Para evitar acogerse a los dictados del puerto sevillano, la Real Cédula de 25 de mayo de 1678, sometió a los canarios al conocido entre los historiadores como el “tributo de sangre”. Estipulaba la Real Cédula que se debía enviar a cinco familias de cinco miembros por cada cien toneladas que se exportasen desde las islas. Éste era el precio que había que pagar si no se quería depender de Sevilla para comerciar con América. Esta situación dio lugar a importantes conexiones familiares de los canarios en esos territorios.

Sin el tributo señalado, pero debido a la emigración ilegal, también existían esos lazos familiares entre los emigrantes norteños.

Habitualmente, muchos de ellos se dedicaron a trabajar en las grandes Haciendas, pero otros, menos escrupulosos, lo hicieron en el tráfico de esclavos, desarrollado por los criollos y extendido desde América a África, aun cuando las leyes antiesclavistas españolas lo prohibían.

Inmersos en esta práctica muchos indianos, entre otros y muy destacadamente, Antonio López, Marqués de Comillas, se opusieron enconadamente a la “Ley Moret” de 1870, que concedía la libertad a los hijos de esclavos nacidos en las colonias de Cuba y Puerto Rico: la esclavitud era, desgraciadamente, un negocio muy próspero en las latitudes hispanoamericanas del siglo XIX. El Marqués de Comillas, no fue el único, pero sí un muy destacado hacedor de sí mismo que logró presentarse como prototipo del indiano que ocultando lo oscuro de alguno de sus negocios americanos utilizó su riqueza para fundar diversas empresas en Cataluña (su mujer era catalana), y contribuir a embellecer Barcelona con palacetes neogóticos y modernistas. Pero, sobre todo, a hacer prosperar su tierra cántabra, en especial su Comillas natal, con la construcción del palacio de Sobrellano y la capilla-Panteón y asentar diversos negocios en Santander, ciudad y provincia.

Aunque el Marqués de Comillas sea uno de los indianos más conocidos, fueron muchos los que habiendo hecho fortuna vuelven, trayendo a España parte de su riqueza y con ella  gustos nuevos, una música nueva, alimentos y recetas desconocidas en España, y una arquitectura de palacios señoriales, multicolores, rodeados de palmeras. Fundaron compañías mercantiles en España, crearon escuelas y hospitales, carreteras, puentes, que hoy siguen en pie.

Ese compartir la riqueza también hizo cambiar la visión del Indiano en la Península.

Así, esta figura en sus orígenes, fue tratada por la literatura española, sobre todo, la del siglo de oro, de manera muy despectiva.

Los autores del siglo de Oro español utilizaban la figura del indiano para criticar los nuevos valores que se estaban asentando en la sociedad española y amenazaban los valores tradicionales. Para ellos representaba los vicios, la avaricia, el materialismo, la corrupción, la falta de respeto a las jerarquías establecidas… haciéndole responsable de todos los males que acaecían la caída y decadencia española. Otro factor que contribuyó a aumentar la mala imagen que los intelectuales de la época tenían sobre el indiano, era el hecho de que no solo viajaban en busca de riquezas (lo que consideraban moralmente mal visto), sino que, además, ostentaban de sus riquezas a su vuelta. Esto suponía ser el centro de la envidia de los demás habitantes que no pudieron partir a América, o que lo hicieron, pero sin tanta suerte, exponiéndose a ser asaltados, como ocurrió en 1784 al ser asaltada la casa del indiano Manuel Palacio en Rumoroso, o en 1795 el asalto a la casona de Tudanca[1]

Durante el siglo XIX, la percepción de la figura del indiano cambió debido a su labor filantrópica. Aunque la ostentación de sus riquezas fuera objeto de envidias y desprecio. De este modo, en la literatura ya se empieza a dar entrada al indiano como personaje destacado de la sociedad, como alguien con poder a quién hay que tener en consideración en las esferas sociales de las poblaciones en las que se asienta. Lo vemos así en obras como “La Regenta” de Clarín (1884) o en “Monografía de Asturias” de Félix Aramburu (1899). No será hasta el siglo XX, cuando por su persistencia en las tareas filantrópicas, por la implicación en la creación de factorías y por la contribución a la modernización y enriquecimiento de las zonas a las que volvían, su imagen mejoró tan considerablemente que autores como Ortega y Gasset los ensalzan, y ponen de manifiesto sus virtudes a través de la transformación territorial que generaron. Es el propio Ortega el que, a modo de ejemplo, entre otros, destaca la mejora de Asturias por la labor de estos personajes.

En realidad, en el Siglo XIX, el regreso al solar materno, al pueblo mínimo, que para el indiano siempre ha de tener una grandiosa valoración, va unido al deseo de afincarse definitivamente en él, haciendo o rehaciendo sobre la casa humilde o el solar de sus mayores una más importante construcción. Así surgen, labradas por el esfuerzo del emigrante, las más bellas muestras de nuestra arquitectura típica que tiene un elemento común en todos ellos: el concepto del lujo y la modernidad. La ostentación del que quiere mostrar a las claras su éxito (a veces unido a la compra de algún título nobiliario). Otro de los elementos comunes, es que los indianos adaptaron las formas constructivas coloniales a las de la Península y por tanto ese germen común crece con matices locales. Se manifiestan, siempre desde el lujo que olvide el pasado familiar humilde y a menudo incorporaban en sus jardines palmeras como símbolo y recordatorio de su estancia en tierras tropicales. Pero ese matiz local señalado hace que las casas indianas de Cantabria sean diferentes a las de Asturias, y éstas a las canarias, gallegas, vascas o catalanas.

Centrándonos en la costa cantábrica podemos señalar la importancia artístico-decorativa de las casonas de Cantabria y Asturias.

En la primera, los indianos se asentaron principalmente en Santander, Torrelavega, Comillas, aunque el origen mayoritario de ellos fuera Santillana del Mar. En un primer momento procedentes, en su mayoría de Cuba, aumentando su origen americano con el paso de los años, sobre todo a finales del SXIX. El capital indiano favoreció el desarrollo urbano de Santander, Torrelavega, Laredo, Colindres y Castro Urdiales principalmente, debido a la extensión de las instituciones benéficas y factorías creadas por los emigrantes. “Por ejemplo, en Torrelavega se instaló la fábrica de curtidos de “Capanaga y Compañía” al término del siglo XVIII y posteriormente esta misma empresa abrió una fábrica de harinas en la zona. (…) En Renedo de Piélagos se instaló en el siglo XIX una gran fábrica textil con (…) 150 obreros y maquinaria inglesa, belga y francesa, lo que dio lugar a la mejora de las infraestructuras hasta la zona, como la construcción del puente sobre el Pas de Renedo a Torrelavega, o que la línea de ferrocarril pasara por Renedo. En La cavada se abre la fábrica textil “La Montañesa” con capital indiano llegado de Cuba (…) La modernización de Cantabria también se dio gracias a la inversión de los indianos en la mejora de las infraestructuras, la construcción de carreteras, la traída de aguas… pudiendo confundir en este punto su propio interés con las filantropía, ya que generalmente estos indianos estaban acostumbrados a la electricidad, los automóviles y el agua corriente, por tanto añadieron todas las comodidades que conocía a las casas que levantaron a su vuelta, pero generalmente no se podía hacer de manera individual, por lo que se beneficiaba todo el pueblo del interés de mejora de la calidad de vida del indiano[2]

En Asturias, las poblaciones de Colombres, Bustio, Villanueva, Noriega y, sobre todo Somao, son auténticas obras de arte urbano construidas con capital indiano, procedente del fenómeno de la emigración de muchos jóvenes del concejo a países como Méjico y Cuba. Al igual que en Cantabria destacan las tareas filantrópicas que mejoraron los pueblos asturianos. Como elemento común, siempre mejoraron las iglesias de los pueblos en los que se asentaron, pero realizaron otras contribuciones, por ejemplo, en Luarca crearon escuelas, hospitales y bibliotecas, becaron a estudiantes y dotaron a mujeres pobres.

Ribadesella alcanzó su esplendor como balneario construido por los indianos que permitió ser lugar de veraneo de indianos y nobles (como la marquesa de Arguelles) lo que creó una riqueza inesperada en la zona.

En Somao y Llanes llevaron la electricidad y también en Somao, la escuela. Como curiosidad en Somao y Noreña instalaron salas de cine, siendo las únicas salas de origen indiano en todo el norte.

La arquitectura de estas casonas cantábricas- en ambas provincias- tiene una estructura semejante. Con elementos eclécticos traídos de la arquitectura colonial, incluyendo los planos de las edificaciones que provenían de América o el colorido de sus fachadas. Su estructura se basa en la simplicidad y en la simetría de la triple división de la casa en zona del servicio, la zona de las habitaciones, y la zona de recepción, que pasa a ocupar un lugar muy destacado en la planta baja, además se comienzan a proyectar jardines en torno a las viviendas, lo que las da un mayor toque de distinción. En esta época los estilos que siguen a la hora de construir los edificios son varios, desde la continuidad del barroco, hasta el neoclasicismo, el clasicismo romántico. Así, en las casonas de indianos encontramos elementos colonialistas, como los pórticos, las verandas y las coronaciones, pero también ojivas propias del art déco o miradores y balaustradas de estilo art nouveau. Cualquier referencia a la arquitectura culta europea era bienvenida, con tal de dejar atónitos a los invitados.

La galería acristalada es uno de los elementos más característicos de la vivienda indiana. Asimismo, en el interior de las mismas encontramos desde bibliotecas a salas de billar o de costura. Y muy destacadamente, los baños, todavía un lujo al alcance únicamente de las clases privilegiadas. El indiano fue pionero en apuntarse al progreso del aseo en el hogar.

Muchas de esas edificaciones siguen en pie y continúan dando servicio. Por ejemplo, el edificio de la escuela se Somao, sigue siendo la escuela hoy en día, o el Palacio Ferrara en Avilés se han convertido en hotel, o la casa Guadalupe en Colombres alberga el archivo Indiano. Algunas Iglesias se mantienen en la actualidad como colegios, como la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe de Gijón, ahora colegio de Santo Ángel.

No podemos extendernos en describir con detalle la multitud de edificios que contribuyeron a embellecer los pueblos norteños y a traer a España un estilo arquitectónico especial.

Pero si puedo invitaros a ver algunas de ellas (todas de Asturias). Aunque mejor es ir a visitarlas en directo.

Escuela de Somao

https://www.praviaturismo.es/info-34-somao-escuelas-unitarias/

Palacio Ferrara. Avilés

https://www.pinterest.es/pin/342132902934185238/

Casa Guadalupe (archivo indiano). Colombres

https://www.pinterest.es/pin/408842472396376325/

https://www.youtube.com/watch?v=nZeAng_112M

Palacio de Eladio Muñiz. Avilés

https://blogs.elcomercio.es/episodios-avilesinos/2016/09/25/el-regalo-de-eladio-muniz/

Capilla de nuestra señora de Guadalupe (hoy colegio Santo Ángel). Gijón.

https://www.dendecaguelu.com/2020/07/capilla-de-nuestra-senora-de-guadalupe.html

Cangas de Onís:

https://www.youtube.com/watch?v=GaDnsmA7ofo

Bibliografía

ARAMBURU- ZABALA HIGUERA, M. Á.; SOLDEVILLA ORIA, C. “Arquitectura de los Indianos en Cantabria (Siglos XVI- XX)”. Santander: Librería Estuvio, 2007.

Canal Prestosu/ Secretos de Asturias. https://www.youtube.com/watch?v=nZeAng_112M

Manín Llangreu. Una Historia de Indianos. https://www.youtube.com/watch?v=Ml8MhMyw9gM&list=RDLVMl8MhMyw9gM&index=1

[1] 1ARAMBURU- ZABALA HIGUERA, M. Á.; SOLDEVILLA ORIA, C. Arquitectura de los Indianos en Cantabria (Siglos XVI- XX). Santander: Librería Estuvio, 2007

[2] Op. Cit.