Hace tiempo que trajimos al blog una entrada sobre el origen católico de España, que conviene recordar para entender de quién vamos a hablar hoy:
https://algodehistoria.home.blog/2024/01/05/cuando-y-por-que-espana-se-convirtio-al-cristianismo/
En aquella entrada ya mostrábamos la influencia decisiva de los visigodos en la unificación religiosa de España.
Una advertencia previa. Para entender la entrada y evitar confusiones, distinguiremos en el resto del texto entre arrianos y católicos. Si bien, la distinción, no es correcta, pues todos eran cristianos (no olvidemos que el término católico fue inventado por los romanos, muy poco después de la muerte de Jesús. «Católico» aparece por primera vez a principios del siglo II, en los escritos de Ignacio de Antioquía y en los de Esmirna, una metrópoli intelectual de Asia Menor para referirse a los cristianos), por lo tanto, el arrianismo es una herejía dentro del catolicismo. Para Arrio, Jesucristo no era hijo de Dios, es decir negaban la divinidad de Jesucristo, mientras los no herejes sí creían en la misma (a estos llamaremos católicos).
España había pasado de ser una mera formulación lingüística, referente a una región romana, a una expresión política con mezcla del ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana, a la que los godos, inicialmente, quedaron incorporados. A ello se unió la monarquía como forma de organización política y la creencia religiosa cristiana como elemento de unidad y distinción. Esos tres elementos: unidad de ley con sustrato fundamental en el derecho romano (en lo que García-Gallo llamaba el “derecho romano vulgar”) y su visión imperial, monarquía y cristianismo, dispusieron el nacimiento estatal de España.
Ahora bien, no fue tan sencillo lograr la unidad religiosa. Leovigildo era arriano y estaba convencido de que conseguir la unidad estatal requería de la unidad religiosa… en torno al arrianismo. Sin embargo, los habitantes de la península los hispano-romanos, mayoritarios frente a los hispano-godos) salieron contestatarios. Eran católicos en una buena proporción y la herejía arriana no les parecía asumible.
Como Dios escribe derecho con renglones torcidos, la solución se alcanzó de manera un tanto tortuosa.
Empecemos por la vida familiar del propio Leovigildo.
En el año 567, muerto el rey Atanagildo eligen para sucederle a dos hermanos (que no eran sus hijos, no olvidemos el carácter electivo de la monarquía visigoda): Liuva y Leovigildo. Seis años después, sólo sobrevivía Leovigildo que estaba casado con Teodosia hermana de los ilustres y santos católicos Isidoro y Leandro. Aunque Leovigildo era arriano, a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, los envió a Sevilla para que recibieran una digna educación en una famosa escuela que había instituido en aquella ciudad su cuñado San Leandro.
Hermenegildo y Recaredo estaban bautizados en la herejía arriana, pero, aun sin pretenderlo, iban asimilando la doctrina católica que veían practicar a sus tíos y a algunos de sus compañeros.
Al morir Teodosia, Leovigildo volvió a contraer matrimonio, esta vez con Gosvinda (viuda de Atanagildo), y que en nada se parecía a Teodosia, no sólo en su fe, pues era una intransigente arriana, sino en su prepotencia, despotismo y otros vicios. Gosvinda no se privaba de ser una intrigante y para ello utilizaba a toda su familia. De ese modo, consiguió casar a su nieta Ingunda, con Hermenegildo, el hijo de Leovigildo.
Ingunda, procedía de un altísimo linaje godo. Era hija de Sigiberto I (561-575), que pertenecía al linaje franco de los merovingios, siendo su bisabuelo el gran Clodoveo. Por el lado de su madre, Brunequilda, su abuelo era el rey godo Atanagildo (549-567). Este último, muy probablemente, descendía del nobilísimo linaje de los Baltos, auténtica base de la etnogénesis visigoda y en el que también entroncaba la casa real del segundo Reino burgundio (de cuyo nombre deriva la región de Borgoña y el posterior ducado de Borgoña).
Ingunda era católica fervorosa y Gosvinda una fanática arriana. Gosvinda quería someter la voluntad de su nieta y afianzar así su poder. No en vano deseaba ver a ésta convertida en reina y gobernar ella (Gosvinda) por persona interpuesta.
Ingunda y Hermenegildo en Sevilla
Era tal la tensión (la historiografía señala que la abuela maltrataba a la nieta y llegó incluso a rebautizarla a la fuerza) que, para evitar males mayores, Leovigildo entregó a su hijo Hermenegildo el gobierno de la Bética, asentándose en Sevilla, circunstancia apoyada por Gosvinda para tener otra región en la que hacerse fuerte.
Hermenegildo volvió así en la ciudad en la que San Isidoro y San Leandro residían y en la que fue educado. La bética era una provincia muy romanizada y refractaria al poder visigodo. No olvidemos que la España visigoda mantuvo un nivel de instrucción y cultural mucho más importante de lo que los estudios historiográficos clásicos reconocían. Ha sido el hispanista francés Jacques Fontaine el que ha estudiado en mayor profundidad aquel periodo y como la Hispania visigoda estaba al nivel cultural de los ostrogodos romanos, ambas comunidades con un nivel muy superior a las del resto de Europa. Esa situación se debe esencialmente a San Isidoro. El gran e intelectual santo logró una mayor profundidad hispana en derecho eclesiástico, diciplina, compilaciones normativas religiosas. En aquel ambiente, y con la influencia y apoyo de San Leandro y de su propia esposa, Hermenegildo se convirtió al catolicismo en el 579. Fue una conversión destacada que corrió de boca en boca por todo el Territorio hispano-godo. Hermenegildo hasta hizo acuñar una moneda en la que mandó inscribir: “Haereticum hominen devita” (Apártate del hereje).
Cuando llegó la noticia a Toledo (capital del imperio visigodo) Leovigildo, montó en cólera, y, sobre todo Gosvinda juró que ella acabaría con su nieta y con su hijastro.
Rebelión
Hermenegildo fue llamado a la Corte de Toledo, pero el príncipe se negó, declarándose así en rebeldía. Estaba dispuesto a defender su nueva fe, pero también sus intereses políticos, buscó la ayuda de los bizantinos por el sur y de los suevos por el norte, lo que equivalía a declarar la guerra civil. Logró pronto el apoyo de ciudades como Mérida o Cáceres. Leovigildo buscando el apoyo a su causa, convocó, en el 580, un concilio arriano en Toledo, en el que suprimió la obligación de los católicos a rebautizarse, caso de convertirse al arrianismo; también abolió la prohibición del matrimonio mixto, pensando en que con estas concesiones atraería a los católicos. No lo consiguió. En un acceso de rabia procedió contra los obispos católicos, deportando a muchos de sus sedes.
En el plano militar recuperó Cáceres y Mérida el año 582, poniendo sitio a Sevilla, donde se había hecho fuerte su hijo. Dos años resistió la ciudad, pero, ante la imposibilidad de seguir aguantando el asedio, Hermenegildo huyó a Córdoba, donde fue hecho prisionero por su padre. Leovigildo lo desterró a Valencia, de donde intentó huir hacia el reino franco.
Capturado de nuevo y encarcelado en Tarragona, se negó a recibir la comunión de manos arrianas en la proximidad de la Pascua del año 585, aun sabiendo que éste era el único medio de salvar su vida. En la misma cárcel fue asesinado por un tal Sisberto por orden de su padre Leovigildo.
Conversión y unidad religiosa
Hermenegildo fue un héroe y un mártir para el pueblo, lo que incrementó la resistencia y fortaleza del bando católico.
Además, la resistencia de Hermenegildo hizo mella en su hermano Recaredo. También influyó en el ánimo de Recaredo comprobar que las duras medidas de su padre sólo valieron para enfrentar aún más a los ciudadanos godos. Aunque Recaredo fue leal a su padre durante la vida de éste -falleció en el 586, año en el que Recaredo fue nombrado Rey, estableciendo así un principio sucesorio extraordinario en la monarquía visigoda- comprendió que la unidad política y el mantenimiento de la monarquía pasaba por la unidad religiosa en torno al catolicismo, olvidando el arrianismo. En esta situación, de nuevo, San Isidoro fue esencial. Fue el primero en definir las posiciones básicas de la nueva monarquía católica, de un imperio, heredero del romano, como ya previó Leovigildo. Es decir, estableció corpus ideológico de lo que sería Hispania a la que en ocasiones nombraba de manera abreviada como Spaniae. Asimismo, se refería al nuevo reino como “patria” de los “pueblos de toda Hispania” como patria de los godos. En un territorio plenamente identificado, sin problemas fronterizos, ya marcado por la provincia romana, se llegaba a un corpus ideológico y jurídico, nacido en torno a una monarquía católica que ostentaba el poder y donde la Iglesia era un bastión esencial de su estructura, en su administración y en su función políticas.
A principios del año 587, Recaredo se hizo bautizar en secreto. En el 589, convocó el III Concilio de Toledo en el que abjuró del arrianismo y se convirtió al catolicismo:
“No creemos que se oculte a vuestras santidades cuánto tiempo padeció Hispania bajo el error de los arrianos y cómo, poco después de la muerte de nuestro padre, habiendo sabido vuestras beatitudes cómo nosotros nos habíamos unido a la santa fe católica, creemos que se produjo en todas partes un inmenso y eterno gozo”.
Con estas palabras, dirigidas a los prelados reunidos en el III concilio de Toledo, el Rey Recaredo celebraba el triunfo del catolicismo en el reino visigodo y la unificación religiosa entre visigodos e hispanorromanos, a la que aspiraba su padre de forma inversa y quien, al parecer y paradójicamente, le aconsejó esta vía, quedando así sellada la unidad espiritual y territorial del Reino Visigodo de Hispania. Evidentemente, hubo conspiraciones arrianas y la homogeneización no fue tan sencilla. Aquella unión entre visigodos e hispanorromanos se logró poco a poco, y cuyo culmen se producirá en el 633 con Recesvinto y el IV Concilio de Toledo que aludía a la población como una única “gens et patria”, del mismo modo que trece años después, durante el mismo reinado de Recesvinto, en el VII Concilio de Toledo se hablaba de “gens et patria Gothorum”, para referirse al conjunto del reino.
Pese a que no era sencillo, Recaredo se esforzó por atraerse a la nobleza, tanto la goda como la hispanorromana, y al episcopado, arriano y católico. Así, devolvió las propiedades confiscadas por Leovigildo e instituyó los seniores Gothorum, asamblea del consejo real que reunía a los aristócratas visigodos más poderosos. Gracias quizás a estas medidas, después de 590 las fuentes no documentan sedición alguna contra su poder. San Isidoro de Sevilla, en su Historia de los godos, destaca el contraste entre la política de Leovigildo y la de su hijo: “Las provincias que su padre conquistó con la guerra, él las conservó con la paz, las administró con equidad y las rigió con moderación”.
De ese modo, Recaredo logró la unidad religiosa en España, que llevó aparejada una unidad de costumbres y de acciones y un sentido que, en cierto modo, ya podemos llamar nacional.
San Hermenegildo
Lo que fue incomprensible (o quizá se entiende como medio de no alterar la paz lograda por Recaredo), es que la Iglesia española, aun después de la conversión al catolicismo de Recaredo, estableció una auténtica conjura de silencio sobre Hermenegildo. Como si no hubiera sido esencial para logar esa unidad. Su culto aparece a partir del siglo VIII, primero fuera de España; incluso llegó a ser venerado como santo antes en la Iglesia Armenia que en la peninsular. En la Península Ibérica hasta el siglo XII no hay manifestaciones de culto litúrgico.
No aparece como mártir en los libros eclesiásticos de la época de los visigodos, con excepción de la obra De vana saeculi sapientia de Valerio del Bierzo y, en Roma, en la obra de San Gregorio Magno. Como señalábamos, ha de esperarse hasta el siglo XII, en la “Historia Silense”, para encontrar la imagen de Hermenegildo tomada de los Diálogos de san Gregorio Magno y reconocerle como mártir de la Iglesia católica. Esta imagen se afianzó con las obras de Lucas de Tuy, de Rodrigo Jiménez de Rada y Juan Gil de Zamora, así como en la Crónica de Alfonso X el Sabio
A instancias del Rey Felipe II, el Papa Sixto V lo canonizó en el milésimo aniversario de su muerte. El año siguiente, a petición del Rey, las monjas del Monasterio de Sigena cedieron la cabeza de san Hermenegildo, que custodiaban como reliquia desde el siglo XII, al Monasterio de El Escorial, donde todavía se conserva.
Si, en 1586, el Papa Sixto V extendió su culto a toda España, fue Urbano VIII el que introdujo su nombre en el Calendario de la Iglesia universal en 1636. Su fiesta se celebra el 13 de abril, día supuesto de su muerte, aunque sin datos historiográficos que lo corroboren.
También ha sido lamentablemente olvidada la Princesa Ingunda que fue esencial junto con San Isidoro y San Leandro, en la conversión de San Hermenegildo. Ingunda acompañó a su marido en los años de la rebelión y guerra contra su padre y hermano.
Cuando Hermenegildo se trasladó a Córdoba, su mujer y su hijo lo acompañaron. Ingunda y su hijo, Atanagildo, en el 584, fueron acogidos por los bizantinos que, con intención, de un lado, de protegerlos y, de otro, de tener un modo de presionar a los godos, intentaron trasladarlos a Constantinopla. Durante el viaje a la capital bizantina, en Sicilia, Ingunda falleció. El hijo fue retenido por el Imperio Bizantino en Constantinopla tras la derrota y ejecución de su padre.
Aquella participación bizantina en la península fue el primer aldabonazo de lo que luego sería la relativamente fácil entrada musulmana, al romper por primera vez la unidad política goda y erosionarla sin remedio, hasta que los cristianos hispano-godos del ducado visigodo de Asturias se sublevaron contra la ruptura. Pero esa es otra historia.
BIBLIOGRAFÍA
GARCÍA-GALLO, Alfonso. – “Anuario de Historia del derecho español”. BOE. 1980. https://www.boe.es/biblioteca_juridica/anuarios_derecho/abrir_pdf.php?id=ANU-H-1980-10000000000
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MARCO, José María. – “Una Historia Patriótica de España”. Ed Planeta. 2011.
THOMSON. E.H – “Los godos en España”. Ed Alianza. 2007.
VÁZQUEZ DE PARGA IGLESIAS, Luis. – “San Hermengildo ante las fuentes históricas” Ed. Real Academia de la Historia. 1973.