Rocroi, 1643

No todo han sido victorias en la Historia de España. Si no contáramos también las derrotas, nadie entendería cómo pudimos pasar de las glorias imperiales a la situación que vivimos hoy en España. Traigo al blog una de nuestras más heroicas derrotas. Heroicas por el comportamiento de nuestros soldados, sobre todo, de los Tercios. Voy a hablar de la Batalla de Rocroi en 1643.

En un inciso previo a describir aquella batalla cabe señalar que Rocroi es una localidad del departamento de las Árdenas, en el N.O de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. La zona y la ciudad han sido escenarios de enfrentamientos destacados en la Historia moderna y contemporánea. Por ejemplo, la ciudad sufrió un sitio en la guerra franco-prusiana de 1870 a 1871 y la región, fue escenario de la famosa batalla de las Árdenas, la desesperada ofensiva alemana al final de la II Guerra Mundial (del 16 de diciembre de 1944 al 25 de enero de 1945) y en la que la propia naturaleza del lugar jugó un importante papel.

En 1643, España, aunque seguía siendo la fuerza hegemónica del mundo, se veía amenazada por la pugna entre Inglaterra y Francia para ocupar ese lugar. Por eso se vio abocada a participar en la guerra de los 30 años, de la que nada bueno obtuvo.

La batalla de Rocroi (19 de mayo de 1643) se encuadra dentro de esa guerra de los 30 años (entre 1618 y 1648) que ha sido el conflicto más devastador que ha vivido Europa hasta la I Guerra Mundial. Se suele señalar que la Guerra de los 30 años fue un enfrenamiento religioso entre protestantes contra católicos, lo cual no es del todo cierto. Quizá tuvo un atisbo inicial en esa dirección, pero en el fondo tenía mucho más de búsqueda del control político-militar de Europa, que de defensa de un credo religioso. Por eso, el enfrentamiento sería esencialmente contra los Habsburgo, que reinaban en España y en el Sacro Imperio Romano Germánico y dominaban Europa desde Carlos I de España, siendo sus enemigos Francia y Suecia. Las etiquetas de “católicos” y “protestantes” se introdujeron en el siglo XIX para simplificar los hechos. Fueron las razones geoestratégicas las que determinaron el comportamiento de las grandes potencias. Este tipo de motivos explica que Francia, un país católico, luchara contra dos potencias de su misma fe, España y el Sacro Imperio Germánico. 

El cardenal Richelieu, favorito de Luis XIII, fue quien concibió que el futuro glorioso de Francia germinaría de imponerse a estas dos Coronas de los Habsburgo. Los franceses sabían que para lograr su expansión no podían verse estrangulados por vecinos demasiado poderosos. Tras la victoria de las tropas imperiales (Sacro Imperio y españolas) sobre los suecos en Nördlingen, Richelieu ve el momento propicio para enfrentarse abiertamente a los Habsburgo. Al principio, con poca fortuna, hasta que el Infante Fernando se aproximó peligrosamente a París. Tal vez  el Habsburgo hubiera ocupado la capital del Sena de contar con los recursos adecuados. Pero España no estaba en condiciones de apoyarle convenientemente. De hecho, la situación interna de despoblación, de escasez de hombres, recursos y con más necesidades de las que podían atender generaba suficiente inestabilidad expresada en formas de revueltas, que para colmo, fueron alentadas por nuestros enemigos, especialmente en Cataluña y Portugal. Así se desencadenaron las rebeliones de los segadores en Cataluña y la guerra de la Restauración en Portugal (finalizada con el tratado de Lisboa en 1668, por el cual se reconoció la independencia de Portugal). En 1643, los españoles, para disminuir la gran presión que los franceses imprimían en Cataluña y en la zona del Franco Condado (que era español por entonces y lo siguió siendo hasta 1678), en una maniobra de distracción, atacaron la parte norte de Francia, sitiando Rocroi. Una fortaleza defendida por 500 hombres, por lo que la creyeron fácilmente conquistable.

El ataque lo realizaron las tropas imperiales bajo el mando de Francisco Melo de Portugal y Castro miembro de la dinastía Braganza. Hombre de confianza de Felipe IV y por entonces capitán general de los Tercios españoles de Flandes. Algunos lectores se acordarán de él por la película Alatriste (la película termina en Rocroi. Supuestamente, una de las dos novelas que Pérez- Reverte ha prometido a sus lectores para terminar el ciclo de Alatriste, pero aún no editadas, se situará en Rocroi).

Francisco de Melo no tuvo una exitosa carrera militar y en nada la mejoró en esta ocasión. Cuando decidió atacar la ciudad no tuvo la precaución de proteger su retaguardia o cerrar el acceso por si los franceses mandaban refuerzos, que fue exactamente lo que hicieron.  A mediados de mayo de 1643, los franceses enviaron un ejército de apoyo a la ciudad de Rocroi. Gracias a este ejército de socorro, la fuerza defensiva francesa era muy parecida a la atacante española. Los franceses contaban con más infantería, peor y más escasa artillería, pero en el conjunto, ambos contendientes estaban en igualdad de condiciones.

Lo que desequilibró la situación fue la estrategia y la capacidad de los mandos. Melo, como no tenía mucha experiencia, cedió el despliegue táctico al veterano conde de Fontaine, de 67 años y enfermo de gota, el cual requería silla de mano para ser trasladado. Los franceses, por su parte, estaban dirigidos por el joven Luis II de Borbón-Condé, duque d’Enghien, de solo 22 años, impetuoso, soberbio y tenaz, valiente en su osadía y poco presto a la rendición. Si bien, su prudencia o miedo final, como veremos, casi convirtió el combate en un empate.

Los problemas de los nuestros se manifestaron desde el primer momento al considerar que los franceses iban a defender la plaza y no a presentar batalla en campo abierto. Pero se equivocaron. En esas circunstancias, el lugar elegido no podía ser más inoportuno para nuestra tropa: con una zona boscosa, otra pantanosa y la propia ciudad fortificada de Rocroi a su espalda. Además, no contaban con los pertrechos adecuados. Melo se olvidó cargar con las palas y zapas para abrir trincheras que hubieran ayudado durante el combate a proteger el flanco izquierdo en el que estaba la caballería del bravo duque de Alburquerque, al que no pudo socorrer debido a su imprevisión.

Como creían que las posiciones francesas serían defensivas y no irían al ataque desde el principio, la distribución de las tropas fue muy semejante a la que hizo d’Enghien: dos líneas de infantería en el centro, sendas escuadras de caballería a cada flanco y una línea de artillería en el frente. En el caso español, los Tercios se pusieron en vanguardia, privilegio que tenían las tropas de élite. La caballería española en el ala derecha formada por caballeros loreneses bajo la dirección del conde de Isenburg y el ala izquierda por los jinetes flamencos al mando del duque de Alburquerque. En la retaguardia los soldados valones, alemanes, borgoñones e italianos.

La batalla comenzó el 19 de mayo de 1643 a las 3 de la madrugada. Los franceses iniciaron el ataque por el ala izquierda española. Los arcabuceros españoles situados entre la caballería y el bosque resistieron el envite e hicieron retroceder a los franceses, a ello se unió la carga de los de Alburquerque que logró infligir un grave daño al enemigo. Tampoco los franceses, en su ataque por el ala derecha, tuvieron mejor suerte. Además, las tropas españolas lograron hacerse con varias piezas de la artillería enemiga. Si en ese momento Melo hubiera lanzado a la infantería, seguramente la batalla se hubiera ganado. Pero no lo hizo, creyendo que los franceses se replegarían y que la victoria caería del lado español. Otra vez, como vimos con Vernon en Cartagena de Indias, un general se da por victorioso antes de tiempo. Melo no contó con la valentía y el buen hacer del Duque d’Enghien, que se paseaba a caballo analizando las zonas más débiles del enemigo y, así, en un alarde de osadía reunió los restos de su caballería y los volvió contra el ala izquierda, la de Alburquerque, que luchó con valentía, pero no pudo con la caballería croata bajo el mando francés. Nuestros caballeros se retiraron de forma desordenada.

Con la artillería de nuevo en manos francesas y la caballería bajo su control, Luis II fue a desbaratar la infantería. Los primeros en ser atacados y en huir fueron los italianos, adelantándose a aquel principio de los desertores italianos en la II guerra mundial: soldado que huye vale para otra guerra. A ellos se había unido, poco antes, Melo, con la aseveración de “aquí quiero morir, con los señores italianos”. El que murió fue Fontaine y algunos buenos mandos españoles. Acto seguido, el francés atacó a los valones y alemanes, que resistieron con la mayoría de sus oficiales heridos o muertos.

La resistencia final recayó sobre los veteranos españoles. Sobre los Tercios, es decir, la infantería, invencibles hasta ese momento y temidos en toda Europa. Su modo de guerrear se basaba en la mezcla de armas blancas (la pica) con armas de fuego (arcabuz y mosquetón), lo cual fue  una novedad en su tiempo. Una de sus habilidades más exitosas era su capacidad para atacar unidos o de dividirse en unidades más pequeñas, con un alto nivel de movilidad, que iban despegándose según las necesidades de la batalla hasta llegar al cuerpo a cuerpo individual, para lo cual habían sido entrenados especialmente, haciendo recaer su fortaleza de ánimo y capacidad combativa como un elemento más de la fuerza empleada contra el enemigo. Ese grado de movilidad era un elemento novedoso en su desarrollo, pero en su concepción partía de una adaptación de las legiones romanas y macedonias. Al igual que estos eran capaces de unirse como un solo cuerpo, atacando al unísono sin dejar huecos a la injerencia enemiga. Algo semejante a la formación en tortuga que hizo famosas a las legiones romanas, pero con un elemento más propio de las legiones macedonias: las picas. En los Tercios, los piqueros, que también portaban espada de doble filo y no mayor de un metro, para un más ligero transporte y uso, se situaban en el centro de la formación dejando a su derredor a los arcabuceros y a los mosqueteros (introducidos por el Duque de Alba y de gran éxito en la historia de los Tercios). 

Con ese panorama, con esa formación unida con las picas, arcabuces y mosquetes en perfecta formación, los españoles aguantaron los ataques franceses por ambos costados durante horas (seis horas duró la batalla). Supervivientes del resto del ejército, especialmente los de Alburquerque se unieron a ellos y combatieron hasta el final.

Los franceses intentaron una negociación ofreciendo respetar la vida y libertad de los todavía supervivientes, dejarles ondear sus banderas y portar sus armas. Así lo hicieron los Tercios de Garcíez y Villalba. Pero, quedaron los de Alburquerque y otros veteranos luchando hasta quedarse sin munición, sin fuerzas pero nunca sin ganas ni honor, hasta la extenuación. Lograron, en esas condiciones una rendición pactada, con las mismas condiciones ofrecidas, ciertamente generosas, tanto que algunos historiadores hablan de empate en la batalla. Posiblemente, la razón por la que el francés fue tan dadivoso se debió al miedo a que llegasen los refuerzos que Melo había solicitado. El barón de Beck, al frente de 4.000 hombres, incluido el Tercio de Ávila, habían iniciado su rumbo a Rocroi, sin embargo, conocedor de la situación de la batalla, Beck había ordenado esperar antes de meter a sus hombres en un avispero. Con todo, D’Enghien sabía que si no paraba pronto aquello, los refuerzos españoles llegarían y no estaba en condiciones de continuar la lucha contra aquella “masa de carne” como las crónicas de la batalla calificaron al bloque formado por los Tercios, imposible de penetrar.

Las bajas fueron numerosas, se dice que, entre muertos y heridos, 5.000 españoles cayeron en Rocroi, aunque, el número de muertos y heridos franceses fue mayor que el de españoles, con numerosos oficiales fallecidos o maltrechos. Los españoles lucharon infatigablemente contra una infantería mayor en número y lograron mantenerse en pie y salir con honra.

La batalla de Rocroi se ha identificado como el símbolo del principio del fin de los Tercios de Flandes. La historiografía más reciente, no tiene esa consideración. Se entiende que Rocroi fue una batalla perdida, la primera de nuestros Tercios, pero fue una batalla más. Mayoritariamente se considera que la batalla que marca el fin de nuestra hegemonía en Europa fue la batalla de las Dunas (1658). En 1643, nuestro ejército seguía siendo poderoso y de hecho derrotó a los franceses pocos meses después en la batalla de Tuttlingen. 

En lo que perdimos, como casi siempre, fue en la propaganda. Peter H. Wilson, reconoce que “Rocroi debe su lugar en la historia militar a la propaganda francesa”.

Voltaire dejó escrito lo siguiente: “Jamás hubo victoria mas gloriosa ni mas importante para Francia y se debió a la conducta e inteligencia del duque D’Enghien por una acción pronta que percibía a un tiempo el peligro y que a la cabeza de la caballería atacó por tres veces y rompió en fin esta infantería española invencible hasta entonces; desvaneció el miedo que le tenía (a esta infantería española) y las armas francesas después de muchas épocas fatales a su crédito comenzaron a ser respetadas y sobre todo la caballería, adquiriendo en esta jornada la gloria de ser la mejor de Europa”

Como casi siempre, este relato favorable a los franceses se paseó por Europa sin que los españoles, en una situación que a veces parece cercana a la abulia, hicieran nada por contrarrestarla.

La verdad es que el duque D’Enghien fue un militar de mayor enjundia que Melo, pero muchos, incluso algunos historiadores franceses, le recuerdan como impetuoso, dado a las operaciones prontas y destructoras con pérdidas enormes. Se le acusaba de buscar el brillo de sus acciones sin reparar el derramamiento de sangre. En su vida, el conde maniobró  en la Corte en contra de Mazarino, la situación le llevó a la paradoja de que durante las revueltas de la Fronda, Condé fue encarcelado y acabó huyendo a Flandes uniéndose a las tropas españolas, con las que participó en la victoria de Valenciennes contra los franceses y en la derrota española de las Dunas.  El Tratado de los pirineos en 1659, le concedió el perdón real y su vuelta a Francia con todos los honores.

BIBLIOGRAFIA

Peter H. Wilson  “La guerra de los Treinta Años”. Desperta Ferro.

Pablo Martín Gómez  “El Ejército español en la Guerra de los Treinta años”. Almena.

Cartagena de Indias, 1741

La batalla o sitio de Cartagena de Indias, del 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, es uno de los conflictos armados más trascendentes ocurridos durante el siglo XVIII. Se encuadra dentro de la “Guerra de asiento” que duró de 1739 a 1748.

Antecedentes

  • El mundo había cambiado. Desde los siglos XVI y XVII, en los que España y Portugal se repartieron el mundo a base de heroicidad y descubrimientos, las posiciones de dominio se transformaron, nuevos protagonistas pretendían hacerse con el dominio de los mares (británicos) y con el de Europa (franceses, austríacos, holandeses…). Incluso el sistema de ganancias se había modificado, ya no primaba la explotación de las minas de oro y plata de América, bastante esquilmadas a estas alturas, sino el fomento del comercio gracias a las materias primas existentes en cada territorio. Realmente, esto no era una auténtica novedad, la vuelta al Mundo de Magallanes y Elcano había permitido un próspero comercio de especias. Ese sistema mercantil afianzaba ahora sus posiciones, sobre todo, porque los ingleses no estaban dispuestos a crear un imperio como el de los demás, sino a controlar una serie de territorios costeros con fines comerciales que sirvieran a su enriquecimiento.
  • Por otro lado, España había cambiado de dinastía tras la guerra de sucesión. Precisamente el tratado final de ésta (Tratado de Utrecht, 1713) resultó relevante para los acontecimientos que vamos a narrar hoy. Por aquel tratado España perdió Nápoles y Flandes; Menorca y Gibraltar y tuvo que conceder a Inglaterra dos cosas esenciales para su comercio: el “asiento de negros” que era el monopolio del tráfico de esclavos africanos con América, y el “comercio triangular” este último consistía en que los productos británicos los vendían en la costa africana, así lograban esclavos que eran cambiados en América por productos coloniales, los cuales se mandaban a Gran Bretaña y vuelta a empezar. Este comercio se acrecentó con otra de las concesiones del tratado de Utrech: el “navío de permiso” que consentía a los ingleses enviar un barco comercial al año al puerto de Portobelo (actual Panamá).  Quien negoció en nombre de España fue Luis XIV de Francia, que lo hizo en representación de su nieto, Felipe V de España. Luis antes que abuelo era francés y, por tanto, no debe sorprendernos que traicionara a España. Toda la negociación puso en tela de juicio los intereses españoles, por ejemplo, la concesión del asiento y el navío de permiso debía haberse hecho por 10 años, pero Luis les concedió 30. Si a esto unimos que los ingleses siempre han sido expertos en hacer fracasar acuerdos, en atropellar tratados, el conflicto estaba asegurado. Aunque, en esta ocasión, las consecuencias fueran nefastas para los británicos
  • Una de las características del comercio inglés era su organización a través de compañías comerciales. La llegada de los Borbones a España supuso un cambio en el sistema mercantil con América copiando, en parte, los sistemas de compañías monopolísticas británicas; naciendo la “Compañía de Honduras”, la “Real Compañía Guipuzcoana de Caracas”, la “Compañía de Filipinas”, “Compañía de Galicia”…, pero al contrario que las británicas,  nunca tuvieron ejércitos y flotas propias. En el caso que nos ocupa, Gran Bretaña concedió el monopolio del comercio con Portobelo  a la “South Sea Company”. El centro de operaciones de la misma se situaba en Jamaica.
  • La compañía inglesa no lograba el rendimiento deseado en el sistema triangular establecido de un barco al año así que pronto consideró más lucrativo practicar el contrabando a gran escala.
  • Esta situación molestaba a España. En general nuestro monarca Felipe V no estaba muy feliz con la situación internacional. A la vista de que las potencias europeas se negaban a revisar las condiciones del tratado de Utrech, tomó dos decisiones, una, centrar su presencia en Italia, lo que le llevó a intervenir en el norte de África – Oran- (de lo que hablaremos en otra entrada de este blog en algún momento) y, la otra, reforzar su presencia en América.
  • Los enfrentamientos en América con los británicos no eran una novedad, se venían sucediendo desde la guerra de sucesión española, momento aprovechado por los ingleses para atacar nuestras colonias en territorio norteamericano. Famosos fueron los choques en la Florida y Georgia  donde nuestra presencia quedó reducida al fuerte de  San Agustín o Pensacola, que tanta importancia tuvo posteriormente en la participación española en la independencia americana como ya vimos al hablar de nuestro héroe Bernardo de Gálvez (https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/). Destacado fue el enfrentamiento en fuerte Mosé, el primer asentamiento de negros libres de todo el continente americano. Donde los británicos fueron derrotados y cuya mera existencia era todo un insulto a los esclavistas anglosajones.
  • En 1738, nos encontramos con otro  enfrentamiento en las costas de Florida motivado por el contrabando inglés. El incidente, se produjo cuando un guardacostas español, ”La Isabela” al mando del Capitán Fandiño, apresó a un capitán contrabandista británico, Robert Jenkins, y supuestamente en castigo le cortó una oreja al tiempo que le decía: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”, no está clara la exactitud de estos hechos, pero la historia así contada, sirvió de excusa al Parlamento inglés para declarar al guerra a España. En la historiografía británica la “guerra de Asiento” es conocida como la “Guerra de la oreja de Jenkins”.
  • El comercio español en el Caribe tenía como bases los puertos de Veracruz (actual Méjico) en Nueva España; Cartagena de Indias (actual Colombia) y Portobelo (actual Panamá) en Nueva Granada y el más importante La Habana en Cuba donde convergían las rutas desde los demás puertos en el camino de la flota de Indias a España. El objetivo británico en esta campaña sería controlar y mantener esos cuatro puertos, con lo que cortaría el comercio español y podría utilizarlos de base para su expansión hacia el interior de los territorios. El objetivo era así comenzar la conquista de la América española para Inglaterra.
  • En 1727, dentro de las guerras británico- españolas de 1727-1729 se produjo el primer bloqueo británico a Portobelo, que resultó, a la postre, un rotundo fracaso.
  • El 22 de noviembre de 1739, una flota británica al mando del almirante Edward Vernon capturó Portobelo, disparando la euforia en Gran Bretaña. En realidad el puerto estaba vacío y no tenía mas defensas que tres fortines, el tesoro había sido puesto en lugar seguro por el gobernador y a penas tuvieron nada que saquear, pero para la prensa británica el desastre de 1727 había sido vengado. Se celebraron banquetes en honor del almirante Vernon, y se compuso para la ocasión el himno “Rule Britannia” que hoy en día se sigue cantando en Gran Bretaña. Asimismo, en Londres y Dublín se bautizaron calles con el nombre de Portobelo que perviven.

Protagonistas

Por parte británica, el Almirante inglés Edward Vernon, que  tenía bajo su mando la mayor flota construida en la historia, superior a la compuesta en la contra armada, como vimos en este blog (https://algodehistoria.home.blog/2020/10/23/la-contra-armada-inglesa/). Vernon tenía una gran trayectoria como marino no sólo en América sino en otras rutas inglesas. Tras Portobelo, intentó el asalto a  La Habana, pero lo consideró demasiado complicado y abandonó la idea, para centrarse en Cartagena de Indias.

Por parte española, nos encontramos en el Virreinato de Nueva Granada con el Virrey recientemente fallecido y el puesto vacante. En 1740, el  puesto fue ocupado de manera interina por el héroe de guerra español, el Almirante Blas de Lezo, hasta la llegada del nuevo Virrey. El 24 de abril de 1740, fue nombrado Virrey  el Teniente General Sebastián de Eslava y Lazaga

Ambos, Lezo y Eslava eran militares de gran experiencia. Blas de Lezo era un veterano marino originario de Pasajes, en Guipúzcoa. Ingresó en la armada con 12 años, se formó como oficial en la escuela naval de Cádiz. Su heroicidad era proverbial, su valentía le llevó a la lucha sin cuartel en cada combate a pesar de que en ellos fue herido de tal gravedad que cuando arribó a Cartagena de Indias en 1739  ya estaba tuerto, cojo y manco. Los británicos le llamaban “medio hombre”. Sin embargo, lo épico de su leyenda y las derrotas que había infligido a los ingleses durante la guerra de sucesión española le hacían temido como a nadie en aquellos tiempos. Está considerado como uno de los mejores estrategas de la  historia de la Armada española.

Sebastián de Eslava y Lazaga, caballero de la orden de Santiago y comendador de la orden de Calatrava, de 56 años de edad, tenía una amplia experiencia tanto militar como administrativa. Prácticamente había participado en todos los combates importantes de los últimos cuarenta años, con una brillantísima carrera.

Podemos señalar, como cuarto protagonista, a la propia ciudad de Cartagena de Indias. Cabe plantearse por qué Vernon eligió Cartagena de Indias, una vez desistió de La Habana. La respuesta nace de la posición geográfica de Cartagena. Una vez apoderados de Portobelo, si los ingleses tomaban Cartagena separarían las rutas que unían Nueva España con Nueva Granada, destrozando así las comunicaciones españolas y las rutas de nuestro comercio de América a España. Cartagena era el punto de llegada en el que confluían todas las riquezas del sur del continente para su transporte a La Habana y de ahí a España.  Por eso, el plan británico consistía en dividir  las posesiones españoles e interceptar el comercio marítimo español en el Caribe.

Además, Cartagena era la ciudad más grande del momento y una de las más prósperas. Se construyó en una zona naturalmente defendida situada entre dos bahías (bocagrande y bocachica) con las mejores murallas del Caribe español.  Desde el punto de vista náutico y militar, las condiciones geográficas de la bahía proporcionaban un entorno favorable para convertir a Cartagena de Indias en un puerto seguro, con numerosas islas bordeadas de arrecifes de coral separadas por estrechos canales y cubiertas de manglares. Igualmente ocurría con la zona donde se estableció la ciudad, situada sobre una isla cuyo frente marítimo está bordeado de arrecifes rocosos sumergidos que la convertían en impracticable desde el mar, rodeada de otras islas semejantes con una extensa red de canales y ciénagas.[1]

Sitio de Cartagena de Indias

Los dos primeros ataques ingleses se produjeron en 1740, cuando aún el Virrey no había llegado fueron rechazados por Lezo. Su leyenda se agrandaba. Pero la auténtica pesadilla se inició el 13 de marzo de 1741 llegó a Cartagena de Indias una potente flota británica que multiplicaba por 30 los efectivos españoles, ya fueran barcos u hombres.

Antes de desembarcar los ingleses inhabilitaron la red de fortalezas que defendían la ciudad. El Virrey se trasladó al navío Galicia, buque insignia de Blas de Lezo para coordinar las operaciones. Mandó cerrar con barcos y cadenas las bahías de bocagrande y bocachica. El ataque que se preveía como definitivo, se dio por la bahía de Bocachica. Allí los ingleses bombardearon durante 19 días antes de iniciar la entrada a pie al fuerte de Manzanillo. Consiguieron el repliegue de los españoles. Vernon estaba tan seguro de su victoria que  envió a Jamaica un barco con la noticia de que había vencido a don Blas de Lezo y que la ciudad no tardaría en caer. La algarabía habitó entre los británicos. Cuando las noticias llegaron a Londres se mandaron fundir monedas conmemorativas en las que Blas de Lezo aparecía de rodillas en señal de rendición.

Pero en la vida no conviene dar por cazada la presa antes de cogerla. Los escarceos continuaron y el 16 de abril los británicos se hallaban a las puertas del Castillo de San Felipe de Barajas. Ultimo fuerte en permanecer en manos españolas; desembarcaron tropas y pertrechos. Su camino no era recto sino que debían dar una vuelta de 3 km. hasta alcanzar la entrada de la fortaleza. Mientras, los españoles se recluyeron en el castillo tras ordenar Blas de Lezo construir varias trincheras por el camino que permitiera parapetarse a los españoles, ralentizar la marcha a los ingleses y retrocedes en caso de que los britanos avanzaran. Además, levantó una empalizada de tierra delante del castillo que les permitiese arcabucear a los ingleses si llegaban allí. La entrada al castillo, no era tan fácil como parecía y no sólo por los obstáculos creados por los españoles, de manera natural era una selva. Las tropas en tierra debieron enfrentarse a la jungla y la malaria, que causaron cientos de bajas entre los ingleses. La defensa española la formaban unos 300 hombres, la bravura española logró que los ingleses no avanzaran y perdieran en el asalto 1.500 hombres.

Entre el 19 y el 20 de abril, los ingleses prepararon por la noche una gran ofensiva con escalas, que servirían para entrar en la ciudad y acabar con los soldados españoles, pero Blas de Lezo, consciente de eso, mandó cavar un foso alrededor de la muralla para evitar que las escalas llegasen a lo alto. De esa forma, con escalas demasiado cortas y sin saber qué hacer, los ingleses fueron masacrados desde lo alto de la muralla. A la mañana siguiente, Blas de Lezo ordenó una salida y cargando con la bayoneta sobre los enemigos les obligó a huir hacia el mar, abandonando toda la impedimenta.  Para completar la situación, el navío Galicia que había sido apresado por los ingleses se incendió, pero el viento lo movió sin rumbo y fue a dar con parte de la flota inglesa que también se carbonizó.

Aunque desde los barcos se siguió bombardeando la ciudad durante 30 días más sin resultado, a Vernon no le quedó más remedio que retirarse el 20 de mayo de 1741.

Cuando el Rey Jorge II tuvo noticias del desastre, prohibió a sus historiadores escribir sobre una derrota tan vergonzosa. Las monedas conmemorativas se conservan aun hoy en día.

Aquella derrota ha sido la peor derrota británica de la historia y uno de los episodios más heroicos de la historia del ejército español.

Consecuencias de la batalla.

Inmediatas:

  • Jorge II de Inglaterra tuvo que retirar la garantía de intervención armada en apoyo de María Teresa de Austria con importantes consecuencias para el futuro de Austria y Prusia.
  • Vernon, aunque intentó relanzar su tropa contra el caribe español, acabó siendo relevado de su cargo en la Royal Navy aunque a su muerte fue enterrado con todos los honores en la abadía de Westminter como un gran héroe británico. Pero el ex primer ministro Lord Horace Walpole escribió en 1744: “Hemos perdido alrededor de siete millones de libras y 30.000 hombres en la guerra de España”.
  • En 1748 se llego a la paz de Aquisgrán, donde, gracias a las victorias de Cartagena de Indias y Madonna del Olmo en Italia, la Corona española pudo presentar una posición de fuerza en las negociaciones y en Europa.

A largo plazo

  • España fortaleció el control de su Imperio en América durante 70 años más. Para el Reino Unido las consecuencias a largo plazo fueron mucho más graves ya que, gracias a esta victoria, España pudo mantener unos territorios y una red de instalaciones militares en el Caribe y el Golfo de México que jugaron un papel determinante en la independencia de las colonias británicas de Norteamérica, durante la Guerra de Independencia Estadounidense, en 1776. y logró prolongar la supremacía militar española en el continente americano hasta el siglo XIX y retrasó la caída del imperio colonial español.

Sobre la suerte de nuestros héroes cabe señalar que  el virrey don Sebastián de Eslava terminó su periodo de mandato en Nueva Granada y volvió a España, donde el rey le nombró Capitán General de Andalucía y Director General de la Infantería. Llegó a ser Secretario del Despacho Universal de la Guerra (lo que hoy sería Ministro de Defensa).

Peor suerte corrió  el Teniente General de la armada don Blas de Lezo, pues falleció el 7 de septiembre de 1741 victima de la epidemia que se desata en la ciudad de Cartagena de Indias. No se sabe dónde se encuentra su tumba.

Tanto a él como al Virrey, el rey de España, Fernando VI, les concedió un título nobiliario póstumo que aún conservan sus descendientes.

La Armada española no ha olvidado a Blas de Lezo  y mantiene la tradición de tener un barco en activo con su nombre. También hay una placa en su honor en el Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando de Cádiz y varias calles dedicadas a su persona en distintas ciudades españolas.

Sin embargo, parece que los españoles se han olvidado un poco de él, no así los ingleses, como se deduce de la anécdota ocurrida en 2005. Se celebró en Gran Bretaña, entre el puerto de Porstmouth y la Isla de Wight, el bicentenario de la victoria británica de Trafalgar con una parada naval ante la reina Isabel II y el primer Lord del Almirantazgo en la que participó una numerosa representación de la flota británica y estuvieron representados otros países, entre ellos España. España envió a la parada militar al portaviones “Príncipe de Asturias” y a la fragata “Blas de Lezo”. La presencia de este último barco llamó la atención de la prensa británica, que llegó a considerar su presencia como una provocación española al llevar el nombre del protagonista de la mayor derrota de la Royal Navy en su historia.

BIBLIOGRAFÍA

JORGE CERDÁ CRESPO. “Conflictos coloniales: la Guerra de los Nueve Años 1739-1748” . Publicaciones de la Universidad de Alicante (2010).

RUBÉN SÁEZ ABAD – “La Guerra del Asiento o de la “Oreja de Jenkins” 1739-1748”. Edit. Almena (2010).

Web: http://todoababor.es/articulos/defens_cartag.htm

[1] http://todoababor.es/articulos/defens_cartag.htm

UN TRAIDOR: ANTONIO PÉREZ

Hoy volvemos a adentrarnos en el hilo de los traidores. La Historia está llena de ellos y en el caso español, hemos tenido unos cuantos, ni los más poderosos se libran. En este caso, el más poderoso era el gran Felipe II y el traidor su influyente secretario: Antonio Pérez; quien ha sido considerado por Julián Marías como uno de los impulsores de la Leyenda Negra española junto con fray Bartolomé de las Casas. Si en fray Bartolomé la soberbia y la exageración hicieron un gran trabajo en esta línea; en Pérez fue su propia desvergüenza y vicio los que sirvieron de guía a los autores de la leyenda negra. Digamos que nuestros enemigos se basaron en sus acciones para incrementar esa leyenda, aunque, ningún país serio hubiera dejado envenenar su historia con tantas mentiras y, lo que es peor, en ninguna ley de memoria histórica parece que vayamos a encontrar un impulso al estudio y difusión de la verdad histórica de nuestro imperio y nación.

Antonio Pérez nace en la localidad de Valdeconcha, Guadalajara, en 1541, falleciendo en París, en 1611. Estos dos datos, fechas de su nacimiento y muerte, son los más claros de su biografía, sobre todo, lo que se relaciona con su origen.  No está claro quién fue su padre, si a) Don Gonzalo Pérez, consumado humanista, propietario de una de las mejores bibliotecas de la época, traductor de “La Odisea” al castellano,  que fue secretario del emperador Carlos I y después del propio Felipe II y el que, al fin y al cabo, le dio su apellido o b) el aristócrata portugués, Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Éboli. Se sabe que su madre fue doña Juana de Escobar de la que se desconoce si era soltera o estaba casada con otro hombre. Fuera como fuese, Juana nunca se casó ni con Gonzalo ni mucho menos con el cabeza de la casa de Éboli. Todo apunta a que era sotera pues, no tiene sentido que Gonzalo Pérez diera su apellido al niño si la madre estaba casada. Pero, lo probable, según los rumores que corrían por la corte, es que Pérez sirviera para tapar al hijo ilegítimo de una de las dos casas más influyentes en la corte española del momento, la otra era la casa de Alba. Esta última posibilidad se refuerza con el hecho de que Ruy Gómez de Silva apadrinó a Antonio Pérez, le cobijó bajo su techo durante los primeros 12 años de su vida y lo protegió siempre. Sea de una forma u otra, el joven fue educado en las más prestigiosas universidades españolas e italianas de su tiempo, bajo la ayuda de la familia castellana de los Mendoza, que estaba emparentada con el Príncipe de Éboli a través de su matrimonio con Ana de Mendoza de la Cerda (Princesa de Éboli), la cual, para completar esta visión del “ Hola” del siglo XVI, no se sabía a ciencia cierta qué relación tenía con Felipe II, aunque las lenguas de triple filo de la época sí decían saber lo íntima que era aquella relación; de verdad, parece que las habladurías sólo eran eso. Lo que sí es cierto es que la Princesa mantuvo una enorme influencia política en la Corte incluso después de la muerte de su esposo el Príncipe de Éboli, para ello se alió con Antonio Pérez, sin que se pueda afirmar si su relación se basó sólo en intereses financieros y de poder o también amorosos. Nunca lo sabremos, aunque los que dudan de las inclinaciones sexuales de Antonio Pérez, afirman que sólo formaron un convenio por intereses.

En todo caso, Antonio, tuvo una carrera meteórica, basada en sus influencias en la corte, su buena formación intelectual, su carácter ambicioso, prudente y muy dado a las intrigas.

Al fallecer Gonzalo Pérez en 1566 queda vacante la Secretaría de Estado, y su supuesto hijo es propuesto para suplir su vacío, cosa que sucedió en 1567 y oficialmente ratificado por el rey en 1568. Que alguien de tal juventud alcanzara un puesto tan influyente era un caso excepcional en las cortes europeas. Precisamente desde 1553, año en el que se le encargaron los asuntos exteriores de la corte española, su presencia en esas cortes y, también en la política nacional, fue considerable.

Para llegar a aquel puesto tuvo que sortear un problema, no menor, para aquellos tiempos: había tenido un hijo extramatrimonial y no quería casarse con la madre (Juana de Coello)- se ve que había costumbre en la familia-. Fue, otro cortesano, Juan de Escobedo, el que terció para lograr su matrimonio con Juana y, gracias a ese hecho, pudo lograr el puesto de secretario de Felipe II. La fortuna de Antonio era holgada, y en los primeros años, y tras ganarse el favor de Felipe II, amasó grandes sumas de dinero. De él se dice que gastaba en caballerías, en ropajes, juego y otros vicios. Como es lógico, ese tren de vida no era fácil de sobrellevar, ni siquiera para un personaje como Antonio Pérez.

En aquel momento, como dijimos, dos eran las casas influyentes en España: Éboli y Alba. Ambas representaban posiciones diferentes en la política a seguir en los Países bajos. Los primeros eran partidarios del diálogo con los Orange para acabar con la guerra y la destrucción; los segundos apoyaban posiciones más duras; estos últimos representaban la causa de la mayoría de la nobleza castellana y la posición de Don Juan de Austria, hermanastro del Rey, héroe de Lepanto y gran militar.

Como secretario del hermanastro del Rey, Pérez nombra a Juan de Escobedo, con el encargo de que espíe a Don Juan y le comunique sus pasos. Pero Juan de Escobedo fue leal a Don Juan de Austria, lo que no gustó mucho a Pérez. Realmente, aquella lealtad obstaculizaba el prospero negocio organizado por Pérez y la Princesa de Éboli. Su posición frente a la sublevación de los Orange, en un primer momento, fue de auténtico interés negociador, pero, una vez comprobaron que tal solución no tenía futuro, decidieron vender secretos de Estado al enemigo.“Resulta evidente es que éstos abusaron de su privilegiada posición, como señala Marañón, para vender secretos de Estado, y acaso también por ambiciones familiares de la Princesa en la cuestión de Portugal. De lo cual Escobedo debió sospechar algo, alguna noticia amenazando con delatarles”, dice M. F. Álvarez en su libro “Felipe II y su tiempo[1] Ese hecho fue descubierto por Escobedo, por lo que éste pasó a convertirse en enemigo mortal de Antonio Pérez.

Antonio, previendo que aquello podía acabar con su cabeza, decide actuar con rapidez fabulando toda una serie de calumnias sobre Escobar y sobre Don Juan de Austria, para lograr que el Rey se enemistase con ellos. Según parece, le informa al Rey que el ambicioso Escobedo era quien trataba de convertir a Juan de Austria en monarca, que el éxito del hermanastro del Rey tras la épica victoria de la batalla de Lepanto, le hacía acreedor de la corona de Escocia o de Inglaterra por matrimonio con alguna de sus reinas. De hecho, los persistentes rumores provenientes de Escocia de aceptar a don Juan de Austria como rey si éste se casaba con María Tudor, fueron suficientes para que Felipe II creyera en la traición de su hermanastro. Además, los problemas arreciaban en el Imperio y Felipe II envió a su hermano lejos de las intrigas de la corte, aún a sabiendas de lo dificultoso de su misión, de ahí que le encomendara la defensa de las provincias holandesas donde vino a sustituir en el cargo al Gran Duque de Alba. “Era como si (Felipe II) quisiera hacer frente a los problemas de Flandes con el prestigio del nombre de su hermano; o acaso también para hundir en el fracaso inevitable a quien tanta gloria había logrado en el Mediterráneo. Porque lo cierto es que el Rey, contra el parecer de algunos miembros del Consejo de Estado –y concretamente del que más experiencia tenía en los asuntos de Flandes, el duque de Alba- siguió el consejo de Antonio Pérez”, nos dice M. Fernández Álvarez.

El 31 de enero de 1578, los tercios viejos derrotaron a los Estados Generales en la batalla de Gembloux, consiguiendo así que gran parte de los Países Bajos del Sur volvieran a la obediencia al Rey, entre ellos la provincia de Brabante. Esto hizo revolverse a las fuerzas enemigas, atacando las posiciones españolas en dos frentes: uno francés desde el Sur –al mando del duque de Anjou– y otro desde el Este –al mando de Juan Casimiro y financiado por la Reina Isabel de Inglaterra. El vencedor de Lepanto iba a necesitar más recursos para frenar ambos ataques, de no ser así, perdería inevitablemente las posiciones tan duramente logradas. Por ello, instó a su secretario, Juan de Escobedo, para que lograra del rey más dinero.

Sin embargo, Felipe II lejos de ayudar a aquella empresa como debía, no lo hizo, y siendo conocedor de las intrigas que se cernían sobre Escobedo, las permitió. Escobedo fue asesinado el 31 de marzo de 1578. Tal noticia llenó de dolor a don Juan de Austria, el cual debido al tifus y a una negligencia médica en una desastrosa operación quirúrgica, murió también a finales de septiembre en su campamento mientras sitiaba la ciudad de Namur. Viendo cerca su muerte, Don Juan nombró sucesor en el gobierno de los Países Bajos a su sobrino Alejandro Farnesio y escribió a su hermano pidiéndole que respetase este nombramiento y le permitiese ser enterrado junto a su padre. Estos deseos fueron cumplidos por Felipe II, arrepentido de la desconfianza mostrada hacia su hermano, pues al morir don Juan de Austria, el Rey recibió toda la correspondencia y documentación que éste poseía en los Países Bajos, y “vinieron a demostrar al Rey cuán lejos estaba su hermano de traicionarle y alzarse contra él. Por lo tanto, Antonio Pérez le había engañado, de forma que lo que podía tomarse como una dura, pero necesaria medida adoptada por razón de Estado, se convertía en un siniestro asesinato”. Esa complicidad fue la perdición de Antonio, pues Felipe temía que se hiciera pública alguna documentación comprometedora que podía inculparle.

Felipe II mandó encarcelar a la princesa y a Antonio Pérez. Este se escapó y la primera consecuencia de su huida fue el levantamiento del Reino de Aragón.  Los problemas de la monarquía con Aragón venían de antiguo. Existían ciertas disensiones entre la corte y los nobles aragoneses, se trataba de un viejo enfrentamiento entre las posiciones de influencia de los nobles castellanos y los aragoneses. Pérez, que mantenía buenas amistades entre la nobleza aragonesa, consiguió convencerlos de que Felipe II planeaba enviar un ejército a Aragón con la intención de abolir sus fueros. Se produjo una revuelta y, ahora sí y por ella, Felipe II envió al ejército a sofocar la misma. Al calor de las revueltas, Antonio Pérez consiguió escapar de Aragón y refugiarse en Francia.

La segunda consecuencia de la traición de Pérez viene de su vida en Francia. Una vez en el país vecino acude a la ayuda y protección de Enrique “Príncipe de Bearn” y futuro Rey Enrique IV de Francia, el famoso Enrique, protestante (calvinista), que por alcanzar la corona pronunció la famosa frase de “París bien vale una misa”, lo que dice mucho de su altura moral. Enemigo acérrimo de Felipe II, que al igual que su padre, Carlos I, era el brazo ejecutor del Vaticano en Europa y el defensor a ultranza de las posiciones católicas. Si los Orange en Holanda se habían sublevado contra el poder papal para independizarse del real, Enrique, más taimado, aceptó aparentemente el catolicismo, pero juró odio eterno a Felipe II, el cual, además, tenía la pretensión de que una hija suya acabara reinando en Francia. Este personaje acoge a Antonio Pérez y le mantiene con tal de que intrigue contra España y le venda sus consejos y documentos. En afán contra España, Antonio Pérez logra convencer a Enrique de que es fácil lograr la sublevación de Aragón contra el monarca español. Si los franceses entran con un contingente que defienda la independencia de Aragón, los moriscos aragoneses más los valencianos se sublevarán. Enrique acepta.

El fracaso de la expedición fue total. “Los soldados bearneses eran, en su mayor parte, hugonotes, y quemaron las iglesias de los primeros pueblos conquistados, con lo que los aragoneses se olvidaron de sus fueros y, enardecidos por las ofensas a su catolicismo, atacaron a los herejes furiosamente, obligándoles a repasar la frontera. Los moriscos tampoco respondieron con las armas, probablemente porque entre los capitanes de Antonio Pérez había algunos enemigos antiguos de su raza. El fracaso, en resumen, fue completo” nos narra Gregorio Marañón en su obra. Lejos de amilanarse, en 1593, el traidor español y el rey francés vuelven a intentar una nueva sublevación en la zona, esta vez, centrándose en valencia y apoyándose en los muchos franceses que allí vivían, se calcula que unos 11.000. Pero tampoco acabó bien.

Así que Pérez viaja a Inglaterra como enviado del Rey de Francia, buscando vender al mejor precio sus confidencias y sus intrigas y, sobre todo, con gran sed de venganza, hacer el mayor daño posible a la nación que lo vio nacer. Recién llegado a Inglaterra, le acoge en su casa uno de los grandes validos de la reina: Roberto Deveraux, “segundo conde de Essex”, que además era el favorito de la reina. Pérez consigue convencer a Essex de que debía invadir España, cosa que intentó el inglés en 1596 al viajar con una escuadra a Cádiz, saqueando la ciudad, incendiando varios buques y obteniendo un triunfo muy alabado entre el ejercito ingles y el pueblo de las islas, pero de un hondo fracaso en los resultados. La empresa había supuesto un alto coste económico para las arcas inglesas y el botín conseguido, exiguo. Además, esta victoria,  elevó la ya alta arrogancia de Essex lo que le acabaría quitando el favor de la Reina y le llevarían al cadalso en 1601, siendo decapitado en la Torre de Londres.

El objetivo que Antonio Pérez perseguía para con España era la sublevación de los moriscos andaluces y éstos no sólo no lo hicieron, sino que se defendieron y lucharon por evitar la caída de la ciudad en manos inglesas. Aunque al final la tacita de Plata fue saqueada por la armada anglo-holandesa al mando del Almirante Howard.

No para aquí el desafío de Pérez, facilitó datos sobre las costas valencianas y mallorquinas a los piratas berberiscos en el convencimiento de que se levantarían en contra de Felipe II. Otro error y otro fracaso en las pretensiones del ex secretario real, aunque los resultados para la población de esas zonas fueron catastróficos. Las razzias y las incursiones berberiscas ocasionaron pérdidas económicas y humanas considerables, hasta que se pudo poner fin a las mismas, sobre todo, a raíz la victoria en Lepanto.

El tercer elemento que debemos considerar para tener a Antonio Pérez como traidor fue su relato de España.

Estando en Inglaterra, escribió sus famosas “Relaciones” (1594), primero las publicó bajo pseudónimo como Rafael y Azarías Peregrino y, al poco tiempo, ya aparece en las ediciones francesas con su propio nombre. Pero ya con la edición inglesa, puso gran empeño en enviarla a cuantas personas influyentes creyó conveniente que lo leyeran y no sólo de la corte inglesa, sino venecianas, españolas y amigos principales de otras cortes europeas y logró un gran éxito, cuya base se fundamentaba en una de las estratagemas más antiguas del libelo, la excusa del testigo presencial. Las “Relaciones” eran un ataque personal a Felipe II. Se basan como modelo en la “ Apología” de Orange y confirma la acusación de que Felipe II había matado a su hijo, Carlos, que era una de las acusaciones favoritas de los Orange. La prueba de su poder difamador es que, a pesar de ser una historia completamente falsa,  se ha mantenido en el tiempo, sostenida, entre otras razones, gracias a la literatura y la música. La obra “Don Carlos” es un drama escrito por Friedrich Schille que sirve de libreto a Verdi para componer la ópera del mismo nombre y que cuenta la patraña del filicilio con gran arte.

Desprestigiar la figura de Felipe II no era algo que les sirviera a los ingleses, sí a los Orange en su búsqueda de la independencia, pero para los intereses ingleses, los galeones españoles y las rutas de las Indias eran más interesantes que el rey de España. Además, a una reina como Isabel I que tanto le había costado afianzarse en el poder, la presencia de un traidor, le resultaba molesta. De hecho, la falta de simpatías de Pérez en Inglaterra se manifiesta en la caricatura que de él realiza Shakespeare mediante el personaje del “fantasioso español don Adriano de Armando en su comedia “Trabajos de amor perdidos”. Se le presenta como pomposo, amante del lujo, afectado en sus maneras y en su vestir e indigno de confianza.

El daño propagandístico que estas publicaciones tuvieron sobre España fue nefasto y máxime, si se une a ellas la acción de Bartolomé de las casas, como ya vimos en otra entrada de este blog. España, en las postrimerías del siglo XVI, era el más poderoso imperio económico de occidente y su implicación en Europa era tan grande como grande era la molestia y envidia que generaba en otros, no es de extrañar que nos quisieran mal.

Tras Inglaterra, Antonio Pérez volvió a Francia, pero su presencia, salvado un primer momento, ya no tuvo la misma relevancia. Antonio Pérez murió en Francia, olvidado y pobre.

BIBLIOGRAFIA

  1. F. Álvarez “Felipe II y su tiempo” Espasa Calpe.

Luis Gómez López: Un traidor en el Imperio Español: Antonio Pérez.

Elvira Roca. Imperiofobia y Leyenda Negra.

[1] Ed Espasa- Calpe. 1998

LA CONTRA ARMADA INGLESA

Hoy nos vamos a sumergir en un acontecimiento que permanece en la penumbra de la historia, por culpa de la llamada “Leyenda Negra” y por el poco interés español en resaltar nuestras grandes empresas. La Historia contada por ingleses, holandeses y otros países ha ampliado la importancia de la derrota de la Armada Invencible española en 1588 y ha minimizado la derrota de la armada británica, ideada para conquistar España al año siguiente. Hoy hablamos de la conocida como la “contra-armada” inglesa o también como la Invencible Inglesa o la Contra Armada de Drake-Norreys

Después del fracaso de la Gran Armada española en su intento de invadir Inglaterra en 1588, Isabel I de Inglaterra preparó una enorme flota de represalia . La misma contó con 180 barcos y 27.667 hombres. Es fácil comprender el nombre dado a aquella empresa, se trataba de idear una flota que fuera la réplica de la Invencible española. Se encargó su mando al corsario Francis Drake, y como general de las tropas de desembarco, se nombró a John Norreys.

Entre las muchas diferencias entre la expedición española y la inglesa, la esencial era el sentido nacional de la empresa española, con Felipe II como gran ideólogo frente al sentido comercial de la inglesa, que en parte definía lo que posteriormente sería su forma imperial, mayoritariamente con colonias comerciales de transito y no de asentamiento. La contra armada inglesa fue financiada por una compañía comercial a base de emisión de acciones con un capital limitado a 80.000 libras. Un cuarto de esa cifra lo abonó la Reina, un octavo el gobierno holandés, siempre tan poco amigo de su antigua metrópoli. El resto del capital lo aportaron nobles,  mercaderes, navieros de toda condición, avariciosos de quedarse con las rutas españolas hacia América y gremios de todo tipo. No era la primera vez que en Inglaterra se actuaba así. De esta manera se habían financiado varias expediciones piratas, basadas en la sorpresa y el avituallamiento in situ, una vez tomada la plaza. Pero en esta ocasión, el sistema se demostraría calamitoso. Todos los inversores esperaban obtener grandes beneficios, empero, acabó con la quiebra de muchos de ellos y en especial de la corona inglesa de Isabel I.

Una segunda diferencia entre ambas empresas invasoras, se fundamentó en que la española estaba dirigida por profesionales de la navegación, por más que los elementos y sobre todo la dificultad de la invasión en una zona costera mal elegida y con las carencias propias de aquella época en los conocimientos de carácter técnico-científicos como para lograr el éxito. Esas mismas dificultades técnicas tenía la aventura británica, pero con el agravante anglosajón de encargar la dirección de la empresa a un pirata. Drake no era un Almirante para tal fin, si bien había tenido un éxito reconocido en el ataque a Cádiz en 1587.Pero su falta de experiencia en batallas militares le llevó a cometer diversos errores que a la larga precipitaron el fracaso de aquella expedición.  Para empezar, desconocía los elementos básicos de la logística naval en este tipo de enfrentamientos lo que  creó un problema de avituallamiento considerable y aunque no tuvo que luchar contra los elementos, los elementos tampoco le fueron del todo propicios en el inicio de su andadura, así, el mal tiempo afectó a la salida de la flota, una vez se completó ésta, porque el primer retraso se produjo debido a que los holandeses no proporcionaron todos los barcos de guerra que habían prometido, todo ello pospuso la hora de la partida  y, con ello, se consumió un tercio de las provisiones embarcadas para toda la travesía antes de salir del puerto (alguien debería estudiar el  excelente sistema de aprovisionamiento de la Invencible española para que en tan larga travesía nunca faltara alimento a sus integrantes). Drake no fue capaz de preverlo, pensaba, como buen pirata, que llegando a España se aprovisionarían con lo que robaran durante el asalto a las ciudades costeras. Pero no sólo se olvidó de embarcar los alimentos necesarios, sino que también se olvidó de portar las armas de asedio, indispensables para tomar fortalezas, y la caballería, imprescindible para lanzar cargas en las operaciones en tierra. Con estos pertrechos, aquella flota partió del Puerto de Plymouth el 13 de abril de 1589.

Tres eran las misiones esenciales de armada de Drake, que se enlazaban unas con otras a modo de gran fábula:

La primera y fundamental era destruir, en Santander, a la Gran Armada española varada en los astilleros norteños para ser reparados tras la derrota en las costas inglesas. Pensaban que conseguido esto,  España se quedaría huérfana de flota en el Atlántico europeo.

La destrucción de la armada española dejaría el mar expedito para cumplir su segunda misión: conquistar Lisboa. Esto convertiría a Portugal en país satélite de Inglaterra, la cual penetraría en el imperio luso. Para ello, se apoyaban en el Prior Antonio de Crato, primo de Felipe II y pretendiente al trono luso frente al Rey español que acababa de heredar la corona vecina de su madre, Isabel de Portugal. Crato había firmado previamente unas rigurosas cláusulas que, de cumplirse, transformaban a Portugal en un protectorado de Inglaterra.

Si todo lo anterior acontecía, su tercera misión era apostarse en las Azores; la fábula británica pretendía llegar igualmente a Sevilla,  capturar la flota de Indias y hacerse con las riquezas de ultramar. De este modo, Inglaterra sería la nueva dueña del Atlántico y se aprestaría a usurpar las rutas oceánicas españolas.

Como vemos, toda la fabula inglesa se sustentaba en un asalto imposible y en la creencia de que España estaría baja de moral tras la derrota de la invencible y de que los portugueses se rendirían en sus brazos. Nada de eso ocurrió. El resultado fue un completo fracaso, una derrota sin precedentes de la Inglaterra isabelina, el desastre de su flota y la caída en desgracia del corsario Drake .

Pese a que la intención primera de la Armada inglesa era atacar Santander para acabar con la Armada Española, Drake manda virar y dirigirse a La Coruña.  ¿Los motivos? No están del todo claros, pero parece que el hambre se había apoderado ya de los barcos y los motines florecían, además corría el rumor, no sólo entre la marinería sino que el propio Drake creía en él, de que en La Coruña se escondía un tesoro fabuloso. Por tanto, bien por voluntad propia bien impulsado por sus marineros piratas, la Contra Amada olvidó el primero de sus objetivos y puso rumbo a La Coruña.

El 4 de mayo de 1589, la flota inglesa llegaba a la altura de La Coruña, cuyas defensas eran bastante deficientes:  unos 1.500 miembros de la guardia más un número considerable de población civil, cuya presencia en la contienda fue decisiva. En cuanto a la flota disponible, tan solo se contaba con el galeón San Juan, la nao San Bartolomé, la urca Sansón y el galeón San Bernardo, así como con dos galeras, la Princesa y la Diana. El 5 de mayo, unos 8.000 soldados ingleses desembarcaron en la playa de Santa María de Oza, llevando a tierra varias piezas de artillería y batiendo desde allí a los barcos españoles que no podían cubrirse ni responder al fuego enemigo. Durante los siguientes días, los ingleses penetraron, sin muchas dificultades a la parte baja de La Coruña, saqueando y matando a numerosos civiles. Cuando los ingleses se lanzaron hacia la parte alta de la ciudad, comenzaron para ellos los problemas. Las murallas coruñesas resguardaban a la guarnición y la población de la ciudad, los cuales se defendieron con gran determinación, ocasionando la muerte de más de 1.000 ingleses asaltantes. Fueron en tales hechos donde sobresalió la heroína popular María Mayor Fernández de la Cámara y Pita, es decir, María Pita. Cuando los ingleses pretendían avanzar, ya muy mermadas las fuerzas españolas, esta coruñesa arremetió contra un alférez que arengaba a sus tropas, le atravesó con una pica, le arrebató el estandarte, provocando ante tal escena la elevación de la moral hispana. María pita no fue la única mujer destacada en la defensa de La Coruña. La necesidad de personas en la defensa hizo que en la población civil actuaran con gran arrojo mujeres y niños, que se convirtieron en el grueso de la defensa de la ciudad y de España. Entre aquellas heroicas féminas también fue distinguida Inés de Ben. Felipe II las condecoró; a María Pita la nombró “Alférez Perpetuo”.

El 18 de mayo, las tropas inglesas decidieron abandonar la ciudad. En Coruña quedaron 1.300 ingleses muertos, varios buques y barcazas hundidas, además, las epidemias empezando a hacer estragos entre la soldadesca invasora, todo lo cual provocó el desmoronamiento de la moral anglosajona y el alzamiento de la indisciplina. En la huida, diez buques con unos 1.000 hombres decidieron desertar, tomando rumbo hacia Inglaterra. El resto de la flota se dirigió hacia Lisboa.

El 26 de mayo de 1589, la flota inglesa con el Prior Crato, fondeó en la ciudad de Peniche, desembarcando la tropa al mando de Norreys. Mientras tanto, Drake puso rumbo hacia Lisboa, con el plan de penetrar por la boca del Tajo y bombardear la ciudad desde el mar y que, por tierra, Norreys apoyara dicho ataque, suponiendo que se le irían uniendo partidarios del prior Crato. Pero tal deseo no se cumplió. Crato no era un candidato demasiado apreciado; además, puestos a depender de un extranjero, los portugueses preferían al vecino hispano con el que se identificaban mejor que con el inglés; así que, los portugueses lejos de sublevarse a favor de Crato se aplicaron en la defensa contra los anglicanos con bastante empeño. Así las partidas hispanoportuguesas (unos 7.000 hombres entre hispanos y lusos) con constantes ataques, causaron cientos de bajas, al tiempo que vaciaban la ciudad de materiales, pertrechos y todo cuanto podía ser utilizado por los ingleses. La situación inglesa al llegar a las puertas de Lisboa, era dramática, sin caballos, sin pólvora, sin cañones, sin munición, sin alimentos y sin Drake que se mantenía con su flota en las afueras del puerto lisboeta, alegando que la fuerte defensa y el mal estado de la tripulación no le daban posibilidad alguna de entrar en Lisboa. Aunque, conociendo el carácter de Drake quizá estaba a la espera de que la batalla terrestre obtuviese el resultado deseado y, lograda la victoria, hacer acto de presencia y recoger los laureles. Pero lo cierto es que la entrada en la ciudad les resultó imposible. Las desgracias para los ingleses se incrementaron con la llegada a Lisboa de Alonso de Bazán, hermano de Alvaro,  atacó a la fuerza terrestre inglesa desde la ribera del tajo. Los ingleses buscaron refugio en el convento de santa Catalina, del cual tuvieron que huir ante la intensidad del fuego artillero español. Para no ser detectados levantaron un campamento en la oscuridad. Los españoles lograron hacerles salir del escondite y arreciando el fuego sobre el campamento enemigo, causaron numerosas bajas entre las tropas de Norreys.

La defensa española se completó con la llegada a Lisboa, el 11 de junio,  de nueve galeras al mando de Martín de Padilla. Norreys ordenó la retirada y poner rumbo a Inglaterra, mientras que las tropas españolas salían en su persecución. La derrota del ejército de Norryes fue total. Drake, tomó la valiente decisión de huir, pero Martín de Padilla, gran experto en la lucha en alta mar contra los piratas, lo siguió. Los ingleses sufrieron tal castigo que la flota quedó más que diezmada, se calcula que el 70% de la expedición falleció. Además, los españoles se hicieron con los papeles secretos de Antonio de Crato, que incluían una lista con los nombres de numerosos conjurados contra el Imperio Español. Se apoderaron de doce navíos. Drake logró escapar desesperado por la falta de víveres y el tifus; se dirigió primero a Vigo, pensando en invadir la costa gallega por el sur y ante la imposibilidad de hacerlo, se dirigió a las Azores, sin embargo, otro temporal le impidió llegar a las islas obligándole a retroceder, darse por vencido y ordenar el regreso a Inglaterra.

La indisciplina dominó la flota de Drake hasta el final, así al arribar en Plymouth el 10 de julio con las manos vacías y no pudiendo compensar a la soldadesca con los tesoros prometidos, los motines lograron gran violencia que fue contestada con el ajusticiamiento de varios de los pocos hombres llegados de vuelta.

La expedición de la Contra Armada está considerada como uno de los mayores desastres militares de la historia de la Gran Bretaña, quizá solo superado, siglo y medio después y durante la Guerra del Asiento, por la derrota sufrida en el sitio de Cartagena de Indias de nuevo a manos de tropas españolas.

Sin embargo, los ingleses ganaron en los que ahora se llama el relato. Hay pocos españoles que no sepan del amargo episodio de la Armada Invencible, pero muy pocos conocen que,  un año después, Inglaterra reunió una flota aún mayor que la española y que fue derrotada en los puertos españoles y portugueses. Inglaterra consiguió ocultar la vergonzosa retirada durante siglos. Sin embargo, el relato que ha permanecido en la conciencia popular es que tras la Armada Invencible se iniciaba la caída del Imperio Español. Nada más lejos de la realidad. Entre otras razones porque España no pudo invadir Inglaterra, pero no perdió casi barcos; de los galeones enviados, sólo se perdieron 3, la mayor parte de la flota volvió a España, en condiciones penosas, pero no fueron capturados por los ingleses. Felipe II se dio cuenta de la importancia de tener una Armada más poderosa para el tráfico con América y eso supuso un rearme con la construcción de barcos aún mejores. “La Armada Invencible no supuso ninguna quiebra de ningún tipo ni en el comercio con América ni en la defensa de nuestros puertos”, señala el profesor Negueruela[1]. El Imperio todavía viviría sus mejores años. En cuanto al trato recibido por la marinería, Felipe II hizo cuanto estuvo en sus manos para aliviar el sufrimiento de una tropa derrotada. Motivo por el cual, muchos estaban prestos a embarcarse en defensa de la patria en sucesivos viajes. En cambio, Isabel II, con su pregonada tacañería y su visión comercial, no tomó ninguna medida social a favor de los derrotados, de manera que la pobreza y la miseria de apoderaron de ellos. Se morían por las calles sin esperanza alguna de vida, tal como describe Burghley. El cual se avergüenza y clama contra la actitud de la Reina pues consideraba “un horror dejar morir de hambre a aquellos hombres de los que quizá sea difícil volver a conseguir su ayuda, cuando sea necesario”.[2]

Bibliografía.

  • La contra Armada: La mayor victoria de España sobre Inglaterra. Luis Gorrochategui .Ed. Planeta de los libros (Tiempo de Historia).
  • Imperiofobia y Leyenda negra. Mª Elvira Roca Barea. Titivillus. 2018.
  • Resumen de las intervenciones producidas en el I congreso Internacional sobre “ La armada española de 1588 y la Contra Armada inglesa de 1589”. Organizado por el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena.

[1] Ivan Negueruela. Director del Museo Nacional de Arqueología Subacuática durante la celebración del I Congreso Internaconal dsobre la Armada española de 1588 y la contra Armada inglesa de 1589”

[2] J.F.C “Batallas decisivas del mundo occidental”. Ed. RBA. 2009

( Nota de la autora. Lord Burglehey fue Ministro de Isabel I. Pertenece a la nueva nobleza proveniente del anglicanismo).

EXPEDICIÓN BALMIS

Algunos lectores me habían pedido que hablara de la expedición Balmis para llevar la vacuna de la viruela a América y Asia, a la que se considera la primera expedición humanitaria del mundo y una auténtica heroicidad de esas que casi sólo somos capaces los españoles. Me había resistido porque últimamente se ha hablado y escrito mucho sobre este asunto, no sólo ahora por la pandemia , sino por dos novelas y una película que hicieron llegar al gran público esta aventura extraordinaria. Almudena de Arteaga no fue la primera en recrear desde la ficción esta expedición, pero sí la primera española y lo hizo en 2010 con su novela “Ángeles custodios”. Su extensión al cine llegó, en 2016, por la película “22 ángeles”.  Quizá la más leída ha sido la esplendida novela de Javier Moro, publicada en 2015 y premio planeta, “A flor de piel”. Novelistas, periodistas y otros escritores han escrito sobre esta materia con profusión.

Nada original puedo aportar a la historia de la “Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, pero puedo ayudar a difundir tan heroico acontecimiento.

En el siglo XVIII, la viruela se había convertido en la pandemia más mortífera que azotaba a la humanidad; solo en Europa, durante esa centuria, acabó con la vida de 60 millones de personas y, en el mundo, se llevó la vida de 300 millones de seres humanos, siendo especialmente conocida su virulencia en América. Los contagiados que lograban sobrevivir a la enfermedad quedaban marcados por el resto de su vida con cicatrices sobre todo en brazos y cara. Pero, eso sí, no volvían a enfermar en las sucesivas oleadas.  Un médico inglés, Edward Jenner, había comprobado que los vaqueros habían desarrollado inmunidad al contagiarse de viruela bovina, mucho más benigna y que no dejaba marcas, lo que dio a Jenner la idea de inocular a los humanos la enfermedad bovina(variolización) con el resultado inmunitario que todos conocemos. De hecho, la palabra vacuna proviene del término latino variolae vaccinae que designa la viruela bovina. Sin embargo, el colegio de médicos británico se negó a aceptar este remedio con el curioso argumento de que a la larga todos nos volveríamos ganado.

Fue primero Napoleón y algunas damas de la aristocracia británica los que dieron el impulso definitivo a esta solución médica en Europa. Pero, el trabajo heroico de extender la vacuna por el mundo, se la debemos a un médico español, al alicantino Francisco Javier Balmis Berenguer que creyó entusiásticamente en el remedio inglés y decidió trasladarlo a América y a Asia, realidad que se llevó a cabo entre 1803 y 1806.

Francisco Javier de Balmis Berenguer inició sus estudios de Medicina en el Real Hospital Militar de Alicante en 1770, con el fin de convertirse en cirujano militar. Como médico militar participó en la Expedición de Argel contra los bereberes y en 1779 pasó a formar parte del Cuerpo de Sanidad Militar del Ejército Español, sirviendo en el Regimiento de Zamora, heredero de uno de los Tercios más célebres de España al haber participado en el milagro de Empel , como ya vimos en su momento en este blog (  https://algodehistoria.home.blog/2019/12/06/la-batalla-de-empel-o-el-milagro-de-la-virgen-inmaculada/ ).También luchó en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Por los méritos que mostró, en 1781, fue ascendido al rango de Cirujano del Ejército, siendo destinado a América y sirviendo en Cuba y México. En 1795, fue nombrado cirujano de cámara honorario del rey Carlos IV de España. Ya destinado en la corte, tuvo conocimiento de la vacuna de Jenner y se convirtió en un gran defensor de la misma. De hecho, la vacuna había llegado a España en 1800 y al año siguiente se llevaron a cabo las primeras vacunaciones exitosas en Madrid. Balmis tuvo en el Rey al mejor defensor de la vacuna en España y de cara a su extensión por América y Asia; este apoyo real provenía de que una de las hijas del monarca había fallecido de viruela.

Así se gestó la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Cuya meta era extender la vacuna por los territorios de la Corona española, pero inoculándola fundamentalmente a los niños.

En la organización del viaje, que debía durar meses, pero que abarcó tres años, el mayor problema era cómo trasladar el suero de la vacuna que había de ser inoculado en América, primera parte del viaje.

En aquel momento, la mejor manera de conservar y utilizar el suero del fluido vacuno era a través de la pústula de un recién vacunado que se podía inyectar en otra persona, que quedaba vacunada con ello y servía a su vez de portador vivo de la muestra. Por ello, Balmis decidió elegir a 22 niños huérfanos del hospicio de La Coruña a los que iría inoculando el virus paulatinamente.  De tal modo que en la práctica fue inocular la vacuna a dos niños cada semana (por si había complicaciones fatales en alguno) con las pústulas de los vacunados la semana anterior.

La Gaceta de Madrid explicaba cómo se llevaría a cabo el proceso: “siendo sucesivamente inoculados brazo a brazo en el curso de la navegación, conservarán el fluido vacuno fresco y sin alteración” hasta América.

Para poder atender a los 22 niños, Balmis logró que le acompañara a América la rectora del hospicio de La Coruña, Isabel Zendal Gómez, y una decena de médicos y enfermeros. Todos ellos, partieron el 30 de noviembre de 1803 del puerto de La Coruña con rumbo al Nuevo Mundo a bordo de la corbeta María Pita.  El plan era temerario y éticamente más que dudoso. Se eligió a niños porque, a falta de unos análisis que entonces no existían, podía establecerse con seguridad que no habían padecido la viruela. En cuanto a Isabel Zendal, había empezado a trabajar como enfermera en el hospital de la Caridad de La Coruña, fundado por Teresa Herrera. Su vida no había sido fácil, había perdido a su madre cuando ella contaba 13 años, precisamente a causa de la Viruela. Posteriormente, tuvo un hijo de soltera con lo que eso suponía en aquellos tiempos. La expedición para ella y para su hijo era una oportunidad de una vida mejor, de hecho, Balmis valoraba tanto su aportación que le pagaba un sueldo igual que el de los hombres. Al final del viaje, se instaló y se quedó a vivir en el Virreinato de Nueva España dónde siguió ejerciendo de enfermera con gran reconocimiento personal por su valía . El propio Balmis se encargó de destacar el papel fundamental de los niños y de su tutora. En una carta al ministro Caballero, el médico explicó como Zendal “con excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y día ha derramado todas las ternuras de la más sensible madre” asistiendo a los niños “enteramente en sus continuadas enfermedades”. La OMS la ha considerado la primera enfermera de la historia que participó en una misión internacional. Siempre estuvo atenta al devenir de aquellos niños que trasladó al nuevo mundo, los cuales,  fueron educados de manera esmerada, quedándose allí con un próspero porvenir.

Pero no adelantemos el final.

La expedición que salió de Galicia hizo su primera escala en Tenerife, donde comenzó su campaña de vacunación. Allí se inoculó la vacuna a los hijos de 10 distinguidas familias y desde ellos, las autoridades sanitarias canarias, extendieron la vacuna a todas las islas.

En febrero de 1804, la expedición llegó a Puerto Rico y, al mes siguiente, al territorio de la actual Venezuela, donde halló muy buena disposición de las autoridades locales, lo que permitió difundir la vacuna por toda la región. En mayo, el convoy se dividió en dos grupos: uno que se dirigió al norte mandado por Balmis y otro con destino al sur del continente, mandado por el cirujano militar catalán José Salvany Lleopart. Ésta segunda rama llegó a la Patagonia tras superar numerosas penalidades.

El  grupo comandado por el propio Balmis, llevaba como objetivo extender la vacuna por el Caribe, Centroamérica y el norte del continente, en muchos casos sin la colaboración de las autoridades locales. Para superar las reticencias y facilitar la consecución del objetivo, Balmis creó lasJuntas de Vacuna” en cada territorio al que llegaba. Estas juntas tenían la obligación de encontrar niños a los que vacunar y de mantener vivo el suero. Las juntas funcionaban de manera autónoma, siguiendo las directrices del médico español. Así se logró la vacunación del virreinato de Nueva España y la extensión de la vacunación por Texas, Arizona, Nuevo México o California. La expedición vacunó directamente a unas 250 000 personas.

Organizada la vacunación en América, Balmis decidió embarcarse hacia Filipinas y realizar similar acción allí. Esta vez no contó con la colaboración de Isabel Zendal. La misión llegó al archipiélago en abril de 1805. De nuevo los más altos cargos políticos y eclesiásticos no colaboraron, pero gracias a su perseverancia y a las autoridades de menor rango, a principios de agosto, ya se habían vacunado nueve mil personas. Balmis comisionó a varios de sus subordinados para extender la vacuna al resto de islas. Desde Filipinas se trasladó a Macao, logrando la difusión de la vacuna por todo el territorio chino.

Este fue el último viaje de Balmis antes de regresar a España, para lo que tuvo que pedir un préstamo con el que sufragar un pasaje hasta Lisboa, pues había empleado todo el dinero en la extensión de la vacuna. Llegó a la capital lusa en febrero de 1806, no sin antes haber dejado alguna vacuna en una escala en la isla de Santa Helena (territorio británico de ultramar). Pisó el suelo de Madrid el 7 de septiembre de 1806. Carlos IV le colmó de honores y felicitaciones. Había terminado el que el naturalista Alexander von Humboldt calificó como el viaje “más memorable en los anales de la historia”.

Quizá por ello, en 2020, las Fuerzas Armadas han denominado “Operación Balmis” a su despliegue en varios puntos de España para reforzar las tareas de confinamiento en estado de alarma por el coronavirus y la Comunidad de Madrid llamará Isabel Zendal al nuevo hospital de emergencias de Valdebebas

EL MITO DE LA INQUISICIÓN EN ESPAÑA

Hoy no voy a escribir mucho, dejo el trabajo a la BBC.

En 1994, la cadena pública británica realizó el que posiblemente sea uno de los documentales más certeros sobre la Inquisición Española. Evidentemente, podemos encontrar algún punto discutible, sobre todo en las explicaciones sobre por qué España no reaccionó contra la propaganda antiespañola que atacaba, tergiversando la verdad de manera tan destacada. Quizá en el documental se olviden que los atacados y los atacantes, especialmente en los Países Bajos, eran todos súbditos españoles lo que generaba no sólo problemas de orden público, también éticos y morales a la monarquía española.

Se dan datos asombrosos de la diferencia de torturados entre la Inquisición española y las persecuciones realizadas por los de otros países, en ese caso datos que siempre favorecen a la institución española. Se sabe que, los presos preferían las cárceles de la Inquisición a las normales pues el traro era mejor. La Inquisición casi no condenó por brujería, la tortura era un método excepcional y fue la primera institución, en el mundo, que abolió este sistema. No era un poder en la sombra, ni tenía capacidad para controlar la sociedad. En general su trabajo no era fácil, muy burocratizado, rutinario…

Lo mejor es ver el documental de la BBC que traigo en dos versiones , la original en inglés, que es un solo video de 50 minutos de duración y otra con traducción al castellano dividido en tres partes.

  • Original en inglés

https://www.youtube.com/watch?v=CY-pS6iLFuc

  • Versión en inglés con subtítulos en castellano realizado por Gonzalo Carlos Novillo Lapeyra.

Video 1

https://www.youtube.com/watch?v=15DJS188JV4

Video 2

https://www.youtube.com/watch?v=39gXWTkBBj0

Video 3

https://www.youtube.com/watch?v=QWxHiv82-Xw

 

DESPOTISMO Y DESPOTISMO ILUSTRADO

A decir del diccionario de la RAE

Despotismo se define en dos acepciones:

  1. m. Autoridad absoluta no limitada por las leyes.
  2. m. Abuso de superioridad, poder o fuerza en el trato con las demás personas.

El despotismo, políticamente hablando, se expresa en el régimen político gobernado por el temor y la corrupción, no existe posibilidad de expresión de los ciudadanos, y el déspota -sea un hombre, un grupo de ciudadanos o una asamblea- impone por el miedo sus normas; sólo en tal régimen, sólo en tal opresión, las divisiones son reales por debajo de la capa de uniformidad, de conformismo social. Esa uniformidad a veces se apodera de los menos formados, en ocasiones ,también de las grandes inteligencias.

En su forma clásica, el despotismo es un sistema de gobierno en el que una sola persona ejerce todo el poder y la autoridad que contiene el Estado. Esta forma de mando era común en las primeras formas de la estatalidad y la civilización, el faraón de Egipto es un ejemplo clásico del déspota, puesto que, una de sus esencias del despotismo era la concentración del poder en manos del monarca por provenir su derecho del orden divino .

El despotismo acabará desembocando y entroncando con el Absolutismo, que no dejaba de ser un sistema de gobierno, propio de las monarquías tradicionales, en el que todo el poder, era ejercido por el rey sin limitación institucional alguna, fuera de la propia ley divina. El rey era identificado como la personificación del propio Estado y por el origen divino del mismo sólo podía heredarse por sus hijos. Se sitúa en el periodo histórico conocido como Antiguo Régimen y cuya datación se inicia en el S.XVI, con la formación de los Estados-Nación, es decir, los estados modernos y que alcanza el S. XVIII. Luis XIV de Francia, el rey sol, es uno de sus mayores representantes .

En España, por coincidencia temporal, el absolutismo habría que relacionarlo en su inició con el periodo de Carlos V, prolongándose a la dinastía de los Borbón. Pero los Austrias, mantenían un sistema de consejos y ciertas atribuciones a la nobleza que impiden asociarlo al modo europeo de absolutismo radical.  En comparación con otros países de la Europa Occidental en España el absolutismo llegó más tarde y finalizó más tarde y fue Felipe IV el que estuvo más cerca de pasar por un rey absoluto al modo francés por influencia del Conde Duque de Olivares. Fueron los borbones, con Felipe V, los que introdujeron el absolutismo francés, pero, realmente su posición se acerca ya al Despotismo o absolutismo ilustrado.

El siglo XVIII marca el inicio de un cambio, que a la postre será un gran cambio. El movimiento ideológico de la Ilustración estaba contra las instituciones y amenazaba el régimen absolutista. Bajo este contexto, nace el “Despotismo ilustrado” (término acuñado en el siglo XIX para definir una situación del siglo XVIII). Su ideación es una estrategia para que los monarcas pudieran mantener su poder absoluto usando el argumento de que el Estado tenía el papel de padre protector de sus súbditos. Su forma de actuar tenía tres características esenciales: 1) supuso una reafirmación del poder absoluto de la Monarquía, por lo que no significó ninguna ruptura con la tradición política absolutista anterior. 2) Se planteó el ideal del “rey filósofo”. El monarca, amante de las artes y las ciencias, era asistido por las minorías ilustradas, sabía lo que convenía a los súbditos, y estaba en condiciones de impulsar reformas racionales necesarias para el conjunto de la sociedad con el fin de progresar y otorgar la felicidad al pueblo. Realmente, esta segunda característica procedía del renacimiento cuando ya los reyes eran mecenas antes de intentar convivir con la Ilustración. 3)  Aquella cortina de moderación que tuvo la monarquía clásica para sobrevivir, tuvo como base de actuación el fomento de la prosperidad, la cultura y los avances de sus países y súbditos, pero con la peculiaridad de hacerlo desde la élite: “Todo por pueblo, pero sin el pueblo”. El despotismo ilustrado pertenecía a un sistema de gobierno propio del Antiguo Régimen europeo, pero incluyendo las ideas filosóficas de la Ilustración, según las cuales, las decisiones del hombre son guiadas por la razón y, en aquella interpretación monárquica, ejecutadas por la monarquía que seguía concibiéndose como único representante de la Soberanía por gracia de Dios.

Entre los monarcas ilustrados más significativos del periodo deben ser citados los ejemplos de José I de Portugal; Federico II el Grande de Prusia; Catalina la Grande de Rusia, José II, Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico y, en España, el gran ejemplo es Carlos III. Todos ellos impulsaron reformas en distintas áreas (educación, justicia, agricultura, libertad de prensa o tolerancia religiosa).

La efectividad de estas medidas fue amplia en el campo económico y en las condiciones de vida de sus sociedades, sin ellas no se hubiera desarrollado una burguesía pujante que a la larga los desaloja del trono o bien los modera en su poder. Es característico de estos monarcas rodearse de grandes hombres, siempre ilustrados que aplicaran o diseñaran las reformas que se pretendía imponer. Así Voltaire asesoró a Federico II ; Diderot a Catalina II, gracias a la cual Diderot conservó su magnifica biblioteca, que ha llegado a nuestros días. En Portugal el artífice de las grandes reformas fue el Marqués de Pombal y en España recordaremos al Conde de Floridablanca, Campomanes, el Conde de Aranda o Jovellanos. Extendiéndonos mínimamente en el caso español, señalaremos que las reformas emprendidas por Carlos III, ya con sus ministros españoles tras la oposición del pueblo a las medidas de los primeros italianos ( ver entrada sobre el Motín de Esquilache) abarcaron todos los órdenes:

Se plantearon reducciones del poder de la Iglesia, que culminaron con la expulsión de los Jesuitas, también se limitó el poder de la Inquisición, se modificaron costumbres de la religiosidad popular y se puso especial empeño en aumentar la formación de los eclesiásticos, elemento de transmisión de valores entre el pueblo.

Económicamente, en el sector agrario se intentó controlar a las oligarquías locales, para ello se introdujeron en los gobiernos municipales cargos elegidos por la población –síndicos y diputados del común-, aunque acabaron controlados por el señorío local. También, se hizo una reforma agraria que nunca se llevó a cabo en toda su extensión pero que ha dejado una interesante documentación sobre las propuestas ilustradas, sobre todo, de Jovellanos. Se limitaron los derechos de la Mesta y se repoblaron zonas despobladas, especialmente interesantes, fueron las de Sierra Morena y también se desamortizaron algunas zonas comunales. Se liberó la circulación y el comercio de cereales y vinos y el comercio con América. Fue la época dorada de las Sociedades Económicas de Amigos del País, impulsadas por el Ministro José Gálvez y por Campomanes.

En el plano institucional se estableció el sistema de quintas – servicio militar- y se crearon las distintas armas en el ejército.

Quizá la reforma más interesante en cuanto supuso un importante cambio social, fue la Real Cédula de 1783 que establecía que los oficios no eran deshonrosos. También se intentó el control de grupos marginales como vagabundos o gitanos.  En este terreno social fue importante la labor a favor de la educación, las instituciones culturales y científicas. También tuvieron algunos fracasos, como el cambio del plan de estudios universitarios que contó con la oposición de la Universidad de Salamanca que aprobó el suyo propio, el cual, a la larga, fue el que se impuso en toda España.

En las obras públicas realizó el Canal Imperial de Aragón y un plan de carreteras radial con origen en Madrid y destino en Valencia, Andalucía, Cataluña y Galicia que fue la base del sistema de carreteras que tenemos hoy en día. En la Industria fomentó la de bienes de lujo: platerías, porcelanas, alfombras, cristalería ( famosa las del Buen Retiro o la Granja).

Hizo hospitales públicos, servicios de alumbrado y recogida de basura, uso de adoquines, una buena red de alcantarillado, que embellecieron y sanearon las ciudades, especialmente Madrid. En la capital, además, ejecutó un ambicioso plan de ensanche, con grandes avenidas; monumentos y museos que le granjearon al Rey el sobrenombre del mejor alcalde de Madrid.

Para financiar todo esto ideó un sistema para aumentar la recaudación fiscal: la Lotería Nacional y para la ordenación de fondos se creó el Banco Nacional de San Carlos, antecedente del Banco de España.

Volviendo al plano mundial, a pesar de las mejoras introducidas por el Despotismo ilustrado, la libertad que la Ilustración buscaba no se consiguió. Los ilustrados apoyados por los burgueses, clase mercantil emergente, comienzan a difundir la noción de libertad del hombre entre el pueblo. Comienzan así los crecientes conflictos sociales y políticos que desencadenarán en la Declaración de Independencia Americana de 1776 y la Revolución Francesa en 1789, poniendo fin al Despotismo ilustrado. En ambos casos, el alzamiento burgués supuso la aceptación de sistemas constitucionales que se basaban en la separación y contrapesos de los poderes del Estado, ideada originariamente por Montesquieu y esencia de la democracia.

Decía Montesquieu que,  todo hombre que tenga poder tenderá insensiblemente al abuso; el amor al poder -apunta Montesquieu- es en el hombre insaciable y “casi constantemente agudizado y jamás saciado por la posesión”. “Es que los hombres abusan de todo”, escribe en sus cuadernos, y “hasta la virtud necesita límites”. Esta sed de poder sería uno de los resortes, por lo demás positivo, que pone en movimiento al hombre, al movilizar la pasión de la ambición -la más potente, junto con la del amor, para los ilustrados-, que además aumenta su fuerza si, por contrapartida, no encuentra más que la tendencia al reposo de los otros, esto es, la pasividad de los otros.

Ese pensamiento y la idea de respeto a la libertad, la propiedad, a los derechos humanos los veremos plasmar de manera práctica en el mundo a través del constitucionalismo que sigue a las revoluciones liberales. Pero no todas las constituciones recogen esos principios de separación del poder de manera real, en algunas es mera retórica.

Precisamente, en las situaciones donde el constitucionalismo es meramente formal, hoy en día, hablamos de dictaduras, tiranicidio y en ellas el déspota domina a través del castigo, la violencia y siempre el miedo. La dictadura es una forma de gobierno sin restricción ni por la constitución ni las leyes y donde a la oposición no se la deja que exista, en ocasiones de manera evidente, en otras, más sibilina. Ejemplos de ello tenemos demasiados en nuestros días, sólo hay que abrir el periódico. Son ejemplos de que el Despotismo no ha sido derrotado.

BIBLIOGRAFIA

Hº Universal. Ed Espasa- Calpe.

ROBERTO FERNÁNDEZ DÍAZ. ” La España de la Ilustración”. Ed Espasa-Calpe

Curiosidades de la Historia 2. Entre cuentos y leyendas

Hoy vamos a husmear en las entretenidas, a nuestros ojos, historias de tres españoles cuyo paso por la Historia, transcurrió entre cuentos y leyendas. Son personajes reales con historias reales a los que la fantasía agrandó los hechos o la leyenda los encumbró o los condenó. Veamos a tres españoles por el mundo de la Historia.

Magno Máximo, un gallego, rey de Gales

Los que se acerquen a esta figura pensaran que me he equivocado puesto que Magno Máximo fue uno de los efímeros emperadores de la fase final del Imperio romano. Gobernó entre el 383-388. Pero hoy no quiero referirme, salvo de pasada, a su historia en Roma, que es fácil de referir, sino a la leyenda que lo sitúa como Rey de Gales.

La Historia.

Máximo era hispano, parece ser que de la provincia Gallaecia, o sea que era “gallego”. Por tanto, fue otro de los “españoles” en dirigir el Imperio romano junto con Trajano, Adriano y Teodosio, el grande. Vivió en el siglo IV, procedía de la noble familia de los Flavio y siguió una brillante trayectoria en el ejército, gracias a Teodosio el viejo, padre de Teodosio, el grande, que lo tuteló.

Debemos recordar, para situar a nuestro personaje, que, alrededor del año 337, tras la muerte de Constantino el Grande, el imperio queda dividido en dos. Por un lado, el Imperio Oriental, es decir, Bizancio, bajo el mandato de Constancio II, mientras que la parte Occidental quedó bajo el gobierno de su hermano, Constantino II. A su vez, el Imperio Occidental queda dividido en dos partes, denominadas prefecturas. La más occidental era la Prefectura de las Galias, que incluía cuatro diócesis: Hispania, Vienense, Galia y Britania. Máximo, junto a Teodosio, el futuro Teodosio, el grande, fue enviado por el emperador occidental, Valentiniano I, a defender la frontera norte de Britania, el conocido como muro de Adriano, donde las incursiones de pictos y escotos traían de cabeza a los romanos. Máximo fue un soldado valiente que se ganó el reconocimiento de sus soldados. En el 372, fue enviado a África, donde también salió victorioso. Tras la derrota del Imperio de Oriente ante los godos en Adrianópolis- 378-, Teodosio fue proclamado emperador de Oriente. Mientras Graciano era el emperador de Occidente.

Desde el 376, Máximo Magno se había instalado en las islas británicas dónde se casó y donde estaban sus más fieles soldados. En las islas se forjará su leyenda. Había vuelto a los puestos fronterizos del Imperio en el norte de la isla; de nuevo, defiende el muro de  Adriano, donde su buen hacer, su valentía y su liderazgo en la defensa del Imperio, le valieron ser nombrado por sus hombres emperador del Imperio de Occidente, lo que suponía un intento de usurpación del trono de Graciano, el legítimo emperador de occidente. El choque entre Máximo y Graciano era inevitable y se produjo cerca de la actual ciudad de París. Graciano fue traicionado por los suyos en la batalla y cuando volvía a Italia lo asesinaron en las inmediaciones de Lugdunum (Lyon).

Tras los hechos, Magno Máximo se instala en Tréveris, capital de la prefectura de las Galias, con la intención de ejercer desde allí como emperador. Para eso necesitaba ser aceptado por el emperador de oriente: Teodosio, el grande y de Valentiniano II que se consideraba sucesor de Graciano. En un primer momento, llegan a un pacto: el imperio de divide en tres. Máximo se queda como emperador de la prefectura de las Galias,  Valentiniano II como emperador del resto de occidente, es decir las dos diócesis itálicas y Panonia y Teodosio como emperador de oriente. Magno Máximo fue emperador entre los años 384-388, fecha esta última en la que encontró la muerte por orden de Teodosio, el grande.

La Leyenda

En torno a 1135 la historia de Máximo ya era una leyenda; y el lugar de su arraigo, Gales. Es citado tanto en la historia de Britania de Nennio como en la Historia de los reyes de Britania del monje galés Geoffrey de Montmouth, en la que aparece como Rey de Britania durante el mandato de Constantino. El primero, busca un linaje fantasioso que le permite dar legitimidad a los reyes de Gran Bretaña, afirmando asimismo que ayudó a los britanos a extenderse de nuevo por la isla y volver a colonizarla. En el caso del segundo, parece que la historia procede de la unión de historias de distintos personajes y algunas leyendas, al modo en el que se creó la historia del Rey Arturo.

Pero la leyenda más completa se encuentra recogida en el Mabinogion (colección de historias en prosa procedentes de manuscritos medievales galeses. Se basan en parte en acontecimientos históricos de la alta Edad Media, pero algunos elementos se remontan a tradiciones anteriores, posiblemente de la edad de bronce). Allí se narra que Máximo soñó con un castillo en el que dos hombres jugaban al ajedrez mientras una bella doncella les contemplaba. Se cuenta que, Máximo, prendado de aquella visión femenina, mandó mensajeros en busca de tan bella doncella llamada Helen Luyddawc, en su sueño. y, tras enviar emisarios por todas las islas en su busquéda, la encontró en Gales. Se casó con ella, y sus hermanos (los jugadores de ajedrez) le ayudaron a conquistar toda la isla de la que fue Rey y también de la Bretaña francesa.

De todo esto, parece que hay restos arqueológicos y documentales suficientes como para afirmar, con cierta verosimilitud, que Máximo se casó con la hija de un poderoso jefe britano de la región Caernarfon, en la zona norte de Gales y que se la conocía como Elena de Caernarfon. También se le atribuye a Máximo la iniciativa para la conquista de la Bretaña francesa. No se sabe del destino de su familia, pero parece que Teodosio perdonó la vida a su mujer e hijas, así como a su madre. De igual forma, se considera que un nieto de Máximo también intentó usurpar los laureles de emperador de Roma, resultó muerto en el intento.

Por todo ello, podemos decir que un gallego reinó en Gales, de verdad o en la leyenda, quién sabe. Lo que es cierto es que en la Historia del linaje de los reyes británicos está incluido, con más o menos bruma en torno a su persona.

Un lepero, rey de Inglaterra

Aunque a Lepe se la relaciona con los chistes, esto no es ninguna broma. Juan de Lepe era un marino de esta localidad onubense de carácter abierto, dicharachero, picaruelo y simpaticón, al que los avatares de la vida llevaron a la corte del rey de Inglaterra, Enrique VII (fundador de la dinastía Tudor-1457-1509-). Llegó a ser una mezcla de confidente y bufón del Rey. El desapacible clima de la isla, que obliga a un eterno confinamiento, hacía que el Rey pasase las horas frente a las chimeneas del Palacio, tomando cervezas y jugando partidas de cartas o ajedrez. En estas situaciones, se hacía acompañar de nuestro compatriota. El Rey tenía fama de tacaño y las apuestas, en los juegos de naipes, no iban más allá de alguna moneda; hasta que un día, pensando que Juan se echaría atrás, se jugó las rentas de Inglaterra, aunque, rápidamente arrepentido, lo dejó en la posibilidad de que, si perdía, Juan podría ser rey por un día y quedarse con las rentas de esa jornada. El juego fue a doble mano. Juan aceptó sin inmutarse, aunque si perdía, debería las rentas del día. Ganó y fue rey durante un día. Tal situación se hizo publicar en todo el país, siendo conocido como “el pequeño rey de Inglaterra” . Como espabilado que era, durante su breve reinado, se aseguró el futuro haciéndose con un buen montón de prebendas y derechos, además de las rentas ganadas, con el consiguiente permiso para poder llevarse a España todo lo conseguido. Tras la muerte de Enrique VII, en 1509, el lepero decidió regresar a su casa antes de que Enrique VIII decidiese su destino. Ya en su pueblo, se dedicó a disfrutar de la vida y de su fortuna, pero también quiso ganarse el retiro celestial y donó parte de sus riquezas al monasterio franciscano de Lepe ( Nuestra señora de la Bella) con una condición: que se grabaran en su lápida, a modo de epitafio, sus hazañas.

El expolio que vivió la iglesia a principios del siglo XIX impide conservar la lápida, pero tenemos constancia de la misma, gracias a la obra “Origine Seraphicae Religionis” (1583) del padre Francisco de Gonzaga. En la obra se describe la lápida y la historia:

“En la Iglesia de este convento aún se ve el sepulcro de cierto Juan de Lepe, nacido de baja estirpe del dicho pueblo de Lepe, el cual como fuese favorito de Enrique VII rey de Inglaterra con él comiese muchas veces y aun jugase, sucedió que cierto día ganó al rey las rentas y la jurisdicción de todo el reino por un día natural, de donde fue llamado por lo ingleses el pequeño rey. Finalmente, bien provisto de riquezas y con permiso del Rey volvió a su patria nativa y allí después de haber vivido algunos años rodeado de todos los bienes y elegido su sepultura en esta iglesia, murió. Sus amigos y parientes grabaron esta historia en lugar de epitafio, la cual quise yo, aunque no parece a propósito de esta Historia, dejarla como un recuerdo de este lugar”.

Un pastelero abulense, rey de Portugal.

Quizá este sea el episodio más conocido de los tres y, en este caso, la leyenda fue una realidad histórica.

Antes de llegar a nuestro pastelero debemos centrarnos en la situación portuguesa. En 1578, Portugal se enfrenta a una guerra por el control de lo que hoy es marruecos o parte del territorio actual del país africano. La batalla en la que fueron derrotados los portugueses y muerto su rey, el Rey Don Sebastián, fue la de Alcazarquivir o la batalla de los tres reyes en referencia al Rey Don Sebastián y los dos sultanes que se disputaban el trono en Marruecos.

Portugal estaba en plena edad de oro, sin embargo, la derrota en Alcazarquivir supuso un revés en su situación. Muerto el Rey subió al trono el Cardenal Enrique, como Enrique I, tío-abuelo del Rey Sebastián. Enrique I falleció dos años después, lo que abrió la crisis sucesoria de 1580 que llevó al trono de Portugal a Felipe II. Fue la famosa Unión Ibérica durante la cual los dos reinos tuvieron coronas separadas pero gobernadas por el mismo rey. Felipe II fue el primero de los tres reyes españoles que gobernaron esta unión hasta 1640, año en el que Portugal recobró la independencia. Durante la Unión, Portugal se vio privado de una política exterior independiente, participó, junto con España, en la guerra en los Países Bajos; sufrió grandes reveses en su imperio y perdió el monopolio comercial en el índico.

Evidentemente, aquella situación no era muy del agrado de todos los portugueses, así que un buen número de ellos se refugiaron en el “Sebastianismo” movimiento místico que aceptaba la leyenda de que el Rey Don Sebastián no había muerto en la batalla de Alcazarquivir y que , según los que le vieron tras la batalla, había hecho promesa de volver para salvar a su pueblo. Tal movimiento tuvo una extensión particular en Brasil. Uno de los mayores divulgadores del movimiento fue el poeta portugués Bandarra.

La idea de que el Rey estaba vivo y había de regresar a Portugal, propició la aparición de diversos episodios de suplantación de su personalidad. Y es en este ámbito, en el que aparece nuestro pastelero de Madrigal de las Altas Torres, Gabriel de Espinosa. Realmente no se sabe dónde nació y algunos consideran que tienen origen toledano, pero en el transcurso de nuestra historia vivía en el pueblo de Ávila. Allí, no se sabe cómo contactó con él fray Miguel de los Santos, que era portugués y había sido confesor del Rey Don Sebastián y, que, en el momento de contactar con Gabriel, era el capellán del convento de Madrigal en el que era monja Doña Ana de Austria, sobrina de Felipe II.

Parece ser que Fray Miguel era un emisario de Antonio de Portugal, prior de Crato y el mayor enemigo de Felipe II en el país luso.

El capellán del convento de Madrigal convenció a Gabriel de Espinosa de su parecido con el Rey Don Sebastián, de manera que le hizo creer que sería nombrado Rey del país vecino y se casaría con doña Ana de Austria. Se encontraron diversas cartas del fraile dirigidas al pastelero dándole tratamiento de majestad. Parece ser que Gabriel de Espinosa no hacía ascos a hacerse pasar por el rey. Incluso llegó a tener en su poder diversas joyas de la sobrina del Rey Felipe, no se sabe si por donación de ésta o porque el capellán se las hizo llegar. El caso es que alguien le denunció por poseer esas joyas y así se inició el “proceso de Madrigal”, documentado en el archivo de Simancas. Tras el juicio, Doña Ana, que llegó a creer que el suplantador era en realidad el rey portugués, su primo, con quien podría casarse tras recibir el beneplácito del Vaticano, como se lo prometió el fraile, fue declarada inocente, pero no se libró de castigo puesto que fue desposeída de todas sus pertenencias y condenada a una vida de absoluta incomunicación en un convento de Ávila. Cuando Felipe III llega al trono, a doña Ana le restituyen en la posesión de sus bienes, además, pudo volver al monasterio de Madrigal, donde llegó a ser priora. Por su parte, tanto Espinosa como fray Miguel fueron condenados a muerte y ejecutados en 1595. En el juicio, el fraile, sometido a tortura, confesó su culpabilidad, como único ideólogo e inductor de los hechos.

Esta suplantación trajo de cabeza a Felipe II, que vio en el personaje más peligro de lo que nos pueda parecer ahora. De hecho, del contenido del juicio archivado en el Archivo Histórico se desprende que las sentencias vinieron influencias por Felipe II.

Todo el episodio inspiró diversas obras literarias, la más famosa “Traidor, inconfeso y mártir” de José Zorrilla, escrita en 1849. En ella el autor cambia algunos hechos, de manera que Espinosa no es un simple pastelero sino el auténtico Don Sebastián .

La verdad sobre la vida del monarca portugués es que murió en el campo de batalla. El cadáver fue sepultado inicialmente en Alcazarquivir; en diciembre de ese mismo año fue entregado a las autoridades portuguesas en Ceuta, donde permanecería hasta 1580, fecha en que sería trasladado, por orden de Felipe II,  al monasterio de los Jerónimos de Belém, en Lisboa, donde se encuentra definitivamente enterrado.

BIBLIOGRAFÍA

The New Cambridge Medieval History. Ed Cambridge University Press

JAVIER SANZ. Bitácora “Historias de la Historia”

Kamen, Henry. Felipe II . Ed Siglo XXI. 1997.

¿Traidor? Fray Bartolomé de las Casas

A Fray Bartolomé de las Casas se le ha considerado uno de los causantes de la leyenda Negra. Así se manifiesta Julián Marías en “España inteligible” (1985) al considerar a Fray Bartolomé de las Casas y a Antonio Pérez los mayores causantes de esta plaga propagandística en contra de España. Por tal motivo, algunos autores, como Jesús Rojo Pinilla, lo incluyen en la lista de los mayores traidores a España.

Vamos a dar un repaso a su vida, de manera sucinta, siguiendo, sobre todo, los postulados de Menéndez Pidal en su obra “El Padre Las Casas. Su doble personalidad”, a fin de hacernos una idea del personaje del que estamos hablando.

Las Casas nació en Sevilla en 1484, tras estudiar en Salamanca, llegó a las indias en 1502 para hacerse cargo de los negocios de su padre en isla La Española. Guerreó al lado de Diego Velázquez de Cuéllar en la conquista de Cuba, fue encomendero y trabajó su encomienda con indios esclavizados. Repentinamente, sufrió una transformación, se convierte en religioso para más tarde ingresar en la Orden de los Dominicos.

La figura de Fray Bartolomé está llena de contradicciones, quizá porque sólo hay un elemento constante en su vida que dé unidad a toda su actuación: el amor a sí mismo, su afán de protagonismo, su vanagloria personal.

Fray Bartolomé que tuvo una larga vida, más en la época que vivió- murió con 92 años-, tras su ingreso en la vida religiosa, se dedicó a atacar toda encomienda y defender, a su manera, a los indios. Realmente, esa defensa fue más literaria que práctica; es más, cuando puso en práctica sus ideas fracasó estrepitosamente.

En el inicio de su vida religiosa,  empieza a escribir en contra de las encomiendas y contra la conquista, pero su formación no era, por entonces, muy sólida. Para incrementar su instrucción ingresa en los Dominicos (quizá la Orden religiosa que más se aproximaba a sus ideas y la que presentó más quejas ante el Rey por el trato dispensado a los indios, como vimos en la entrada sobre los Justos Títulos). Pasa siete años “desaparecido”, durante los cuales logra hacerse con una gran erudición. Esa vasta cultura adquirida se refleja de manera prolija en sus obras junto con otras de sus características personales: su enorme capacidad de persuasión. El número de sus escritos y libros es abundante, pues siempre demostró una inmensa actividad, llena de energía y tesón hacia la defensa de sus ideas, lo que le granjeó un gran respeto social. Su reaparición tras esos siete años se hizo bien visible con la publicación de su “Historia de los Indios”.

¿Fue Fray Bartolomé un historiador?

No, realmente sus libros son propagandísticos. Hacían publicidad ,sobre todo, de sí mismo, tergiversando toda la realidad a mayor gloria suya y de sus fines.

En sus escritos se muestra rigorista, con gran agresividad en la defensa de sus convicciones, utilizando la hipérbole de manera tan exagerada que alcanza el disparate, incluso Menéndez Pidal lo asemeja, por sus excesos, a los escritos burlescos de Quevedo, y, en ellos, sobrepasa con creces los límites de la difamación. Sus tesis tienen siempre los mismos elementos básicos: la condena de las encomiendas; la condena de la conquista; la condena de los españoles, siempre malvados; la defensa de una supuesta bondad universal de los indios, y dos elementos esenciales: la búsqueda de su influencia en la voluntad y conciencia del Rey de España y la publicitación de su propia bondad, rigor y virtud.

Todas sus letras llevan implícita una vanagloria desorbitada, haciéndose autor de circunstancias, normas y virtudes en las que apenas participó o no participó en absoluto. Escribía con tanta insistencia, rigorismo e inflexibilidad enfermiza, mezclada con dotes persuasivas que lograba ser advertido por ojos poco estudiosos como una persona íntegra, de gran moralidad.  La falsedad del concepto personal que proyectaba el dominico se hace patente en circunstancias como las siguientes: se hizo pasar por entregado misionero cuando jamás supo estar cerca de los indios, como evidenció el Inca Garcilaso de la Vega; jamás aprendió las lenguas vernáculas ni estableció catequesis a los naturales; fomentó el esclavismo negro; sus obras, teóricamente de carácter misional, se dirigían más contra los españoles, que en favor de los indios. Uno de los episodios más cuestionables de su vida es aquel en el que condena a todos los que viven de las riquezas llegadas de las indias, es decir, para él todos los españoles, pero sin reparar que entre los beneficiarios se encuentra él, no sólo por español sino por vivir de la generosa pensión que le pagaba el Rey y que procedía del presupuesto del Consejo de Indias y de las indias. Nunca renunció a una vida cómoda. En este sentido, el gran evangelizador, Motolinía, escandalizado por las cosas que decía y hacia el dominico, cuenta como en todos sus viajes se hacía acompañar de un buen número de indios que transportaban sus enseres, especialmente sus libros y papeles y a los que no pagaba nada. No hacían lo mismo otros españoles que, en condiciones semejantes, pagaban a sus porteadores.

Para completar el análisis brevísimo de su personalidad, debemos recordar que debido a que las cuestiones no se resolvían como él pretendía, lleno de furia, empezó a pregonar supuestas profecías contra España. Parecía emular al profeta Isaías, pero con más vehemencia, desprendía fuego en sus palabras y vaticinios. Y así, ejerciendo de profeta, pronosticó la destrucción de España en 1600. Sus visiones estaban imbuidas de una soberbia enfermiza y plenas de amenazas. Es evidente que no acertó en nada.

Con todo este panorama ,sin embargo, logra aparecer en la conciencia colectiva de algunos de sus coetáneos en América como noble misionero, incluso por encima de misioneros de verdad y de gran talla como Zumárraga o Motolinía.  Hasta que, a un lado y otro del Atlántico, se percataron de su falsedad.

¿Qué pretendía?

Acabar con las encomiendas y terminar con las conquistas (o lo que es lo mismo, expulsar a los españoles), ponderar desorbitadamente la capacidad de los indios para gobernarse a sí mismos y sobre todo y por encima de todo influir en la Corte; ejercer el poder doblegando la conciencia del Emperador. Cómo era evidente que los indios no estaban evangelizados, consintió, como único título de justa presencia española en el Nuevo Mundo la Bula del Papa Alejandro a los Reyes Católicos. Así pues, la única ley que permitía a los españoles estar en las indias era la cristianización de aquellas gentes y para eso no hacía falta armas ni guerras, decía, solo frailes y algún labriego, gentes de campo que enseñaran a los indios a mantener y sacar provecho de sus haciendas. Incluso así, tergiversó la Bula para hacerla acomodar a sus propios intereses, en última instancia, aparecer ante los demás como el guía único de estricta observancia en la gobernación de las indias.

Tres fueron los episodios en los que puso en marcha sus ideas de un modo práctico: Colonización de Cumaná, su obispado en Chiapas y el proyecto de la Vera Paz. Todas resultaron un fracaso y cada una de ellas aumentó su desprestigio ante las autoridades civiles y religiosas de la Península y de América. En Chiapas aplicó a rajatabla lo señalado en sus “confesiones”, siempre en contra de los españoles, pues negaba la confesión, absolución y comunión a todo aquel encomendero que no se desprendiera de los indios y no regalara a éstos todas sus posesiones hasta vivir en la más radical pobreza. Fomentó la delación de aquellos que no cumplieran rigurosamente sus observancias. Logró tal desafección que provocó alteraciones del orden y una pérdida de fe los españoles sin lograr la evangelización de los indios. La aplicación de su ultra rigorismo religioso, destrozó la vida en su sede en Chiapas hasta que acabó desistiendo de su empresa por imposible. Su sucesor tuvo que dar marcha atrás en todo lo pregonado por Las Casas para reconstruir la convivencia. En las otras dos, la realidad de los indios, mostró que su utopía era descabellada. Los indios no eran esos hombres buenos y pacíficos que él creía, no eran los hombres con un desarrollo intelectual a la altura de los antiguos griegos como él ensoñaba. Los indios vivían en la prehistoria, en una incipiente edad de los metales. Eran caníbales y antropófagos, con una crueldad incontrolada y aunque algunas de las tribus eran más pacíficas, otros eran guerreros y muy agresivos. Mataban frailes, niños, secuestraban mujeres y ofrecían a los dioses sacrificios humanos con torturas inenarrables. En estas condiciones, la guerra contra ellos se hacía justa y era la única forma de mantener el orden, la paz , hacer prosperar aquellas tierras y, sobre todo, evangelizar a los indios, como reconocieron los auténticos y entregados misioneros que hubo en abundancia en el Nuevo Mundo.

Fray Bartolomé jamás apreció nada malo en los indios, en contra de toda realidad, justificó su antropofagia y ritos salvajes. Toda la maldad provenía de los españoles. Jamás encontró una virtud en sus compatriotas, al contrario, muestra hacia ellos un aborrecimiento, un odio colérico absolutamente irracional. Tanto empeño puso en este pensamiento polarizado, en esta dicotomía, que cualquier observador reflexivo notaba su distorsión cognitiva. Si bien su propaganda y ese afán de mostrar integridad le dio fama y respeto personal, pero, no le ocurrió lo mismo con su influencia. Sus primeros escritos, destinados a mediatizar la conciencia de un escrupuloso Carlos I casi logran su empeño. Sin embargo, la aprobación de las Leyes Nuevas y su aplicación rigorista, tan al gusto de Las casas, ocasionó tal desastre que tuvieron que ser modificadas al poco tiempo. Lo mismo que la misión en Chiapas o los escritos de los auténticos Misioneros, especialmente Motolinía,  acabaron con su crédito.

Motolinía escribe en 1555 al Rey Carlos I señalando todas las incoherencias, falsedades y demencias de Las Casas. El buen fraile se mostraba escandalizado y sugería a Carlos I que “le encerrase en un convento antes de que hiciera males mayores”. Además, manifiesta al Rey que la guerra contra los indios es justa, que sin conquistadores aquella empresa evangelizadora no puede llevarse a cabo. Motolinía es consciente de algunos abusos de los españoles, pero sabe que superada la primera etapa de la conquista aquellos abusos disminuyeron considerablemente, en cambio, la ferocidad de los indios no disminuiría sin ser evangelizados y para ello, previamente deberían ser pacificados y no había forma de pacificación que no pasara por el concurso de los conquistadores y las encomiendas. Por eso se empeña en intentar acabar con el cargo de conciencia que Las casas había intentado inocular en el Rey. Además, llama la atención del monarca sobre el mal que los escritos de las Casas pueden hacer en la fama de la Nación española, pues lo enemigos de España tomarán sus palabras por ciertas y atacarán a España por aquellas obras suyas. Las palabras de Motolinía son premonitorias.

Carlos V recibía cada vez más muestras de lo inadecuado de los escritos de Las Casas por su falsedad, su exageración sin límites, dónde los datos y asuntos se repetían sin cesar, cambiando el lugar del suceso y agrandando las cifras que daba en cada momento. Por eso, su voz era cada vez menos escuchada. Pero su persona fue tratada con respeto y se le mantuvo la pensión que se le daba, se le nombro asesor del Consejo de Indias, cargo que ejerció residiendo ya en España, pues tras el fiasco de Chiapas y cuando se vislumbraba el desastre de la Vera Paz, volvió a la península a instalarse en la Corte, dónde más le gustaba estar.

Menéndez Pidal no se explica como “un supuesto hombre piadoso, filántropo, virtuoso, emplea la falsedad y la impostura para difamar a todo un pueblo, y lo difama en una de las empresas más importantes de ese pueblo. ¿Cómo puede ser esto?”

Su despropósito se manifiesta con mayor proporción cuando tiene que hablar de asuntos más cotidianos y no relacionados con los indios, entonces su forma de proceder es sensata, equilibrada y natural. Su afán por imponer su visión sobre lo que había que hacer en América era auténticamente enfermiza y tropezaba siempre con la realidad. Sus libros eran libelos de tal naturaleza que tuvieron que ser mandados retirar por el Consejo de Indias, por Felipe II y por el Virrey de Nueva España. Ante los hombres de letras Las Casas estuvo en descrédito después de las Leyes Nuevas. Pero ya con anterioridad, los reyes no se sentían muy conformes con los consejos extremados de Las Casas; las soluciones a los problemas de América los buscaron en los consejos de los estudiosos de la Escuela de Salamanca, especialmente en Vitoria, en un principio, o en sus discípulos, después. En la controversia de Valladolid, en su enfrentamiento con Sepúlveda, las tesis de Las Casas no triunfaron, ni siquiera los dominicos presentes fueron capaces de dar una opinión favorable a su compañero de hábito (ver los hilos sobre La escuela de Salamanca y sobre los Justos Títulos). Su tremendismo y utopías acabaron con su credibilidad. Cierto es que su celo contribuyó a mantener un cierto rigorismo moral, pero, por otra parte, su influjo fue contraproducente, pues enconó de modo terrible y sangriento la lucha entre los intereses espirituales y los temporales de parte de la conquista; Perú, es un buen ejemplo.

Murió muy obscurecido. Fue muy criticado, pero en modo alguno perjudicado. Quizá en cualquier otro país del mundo se le hubiera condenado. El espíritu de libertad de expresión que florecía en el mundo católico frente al protestante, en la corte de los Habsburgo frente a la Enrique VIII u otros monarcas europeos, quizá por el poder de expresión que tenían los clérigos y, con ellos, amplios sectores de la sociedad como los poetas, promovió el buen trato dispensado a Fray Bartolomé de las Casas.

¿Cuáles fueron las consecuencias de su obra?

No fue ni el primero ni el mejor defensor de los indios, pero su obra perduró en manos de los enemigos de España, como bien predijo Motolinía y aunque España se había preocupado por retirar sus libros, estos se reeditaron por parte de las peores manos e intenciones. Sólo el haber caído en manos de los contra-propagandistas de España ha salvado a Las Casas del olvido.

Existe casi un consenso general en la historiografía de que el libro que más daño ha hecho a España, con­si­de­rado clave en la cons­truc­ción de la Leyenda Negra fue la Bre­ví­sima rela­ción de la des­truc­ción de las Indias. Tras su publi­ca­ción en Sevi­lla en 1552 y cir­cu­lar libre­mente por España, fue traducido primeramente al francés en 1578 ( cuando ya se había mandado retirar por las autoridades españolas). Le siguieron, rápi­da­mente tra­du­cciones al holan­dés (1579), el inglés (1583), al ita­liano, al ale­mán e incluso al latín.

El caso holandés surge después de que en 1577 don Juan de Austria se comprometiera a retirar los tercios y a reconocer los privilegios feudales y cierta autonomía de distintas ciudades de los Países Bajos. Pero los partidarios de los Orange utilizaron el libelo de Las Casas para buscar excusas para su independencia.

La leyenda ya estaba en mar­cha y, “por su pro­pia iner­cia, estaba des­ti­nada a cre­cer y pros­pe­rar”, apunta Marías. En ade­lante, cada agra­viado por los intere­ses espa­ño­les, en casi cual­quier con­texto, tenía “ya pre­fa­bri­cado el vehículo para dar cauce y cum­pli­miento a su hos­ti­li­dad o ren­cor”. La traducción inglesa fue sacada a la luz en apoyo de los neerdanleses y fue aprovechada por Enrique VIII para dinamitar el Imperio español y no tener que vivir en la órbita de éste. Lo peor de la edición inglesa es que aparece ilustrada con los fan­ta­sio­sos gra­ba­dos del tam­bién edi­tor Theo­dor de Bry –impre­sor asi­mismo de la no menos oprobiosa His­to­ria del Nuevo Mundo del comer­ciante mila­nés Giro­lamo Ben­zoni,–. Si una imagen vale más que mil palabras, los grabados de Bry fueron la causa de nuestro mayor infortunio, entre otras cosas, porque la obra de Fray Bartolomé nunca se leyó en profundidad. No era fácil en sí y, además, resultaba demasiado larga y fatigosa. Pero los dibujos llenos de bárbaras acciones, llegaban a todo el mundo. Fueron la base y justificación de la conquista militar británica de la Jamaica española durante al guerra anglo-española de 1655-1660. También Montesquieu en sus “Cartas Persas” se hace eco de los nocivos efectos de la conquista española. También Voltaire recoge esta idea y otros muchos posteriormente.

Simón Bolivar lo usa para fundamentar la independencia de América; una vez lograda, nunca más se acordó de él.

“La independencia estadounidense  se basó en los textos de las casas y lo que es más llamativo en el quinto centenario vieron la ocasión propicia para el recrudecimiento de los temas de las masacres y destrucción de las culturas indígenas, hecho que parece como si sólo hubiera ocurrido en al América del sur y no en la del Norte, a pesar de la evidencia, que salta a la vista que la del sur está llena de indígenas y en la del norte hay que buscar mucho para encontrar uno, salvo que se vaya uno a los territorios hispanos que hoy forman parte de USA, porque allí si prevalecen los descendientes de los indios originarios del lugar”[1]. Fueron los indigenistas, tiempo después, los que utilizaron los libros de Las Casas para fundamentar sus posiciones, rechazando las de numerosos historiadores en España, Iberoamérica y EE.UU que pensaban lo contrario y señalaban las falsedades del fraile dominico. Sus posiciones no se han dado sólo en la América latina sino a lo largo del mundo, forjando el mito del Edén indígena aplastado por el hombre blanco. Podríamos seguir, pero lo más grave no es el uso externo de las ideas de Las casas, lo terriblemente odioso es el uso interno, nacional, para baldonar no sólo nuestra Historia, sino a los propios españoles y eso sin percatarse del papel de jueces de la historia que se arrogan, nuestros enemigos, atribuyéndose implícitamente una excelencia moral nada cierta. Podríamos analizar sus acciones para ver por qué se tienen en tal alta consideración, bien sean los nacionalistas españoles que tergiversan la Historia para sus propios fines personales y sostener posiciones supremacistas o los gobiernos sudamericanos que cometen crímenes atroces en sus propios países y llevan a sus sociedades a un vaivén que conduce a la anarquía y el despotismo.

Esta es la obra de Las Casas y sus consecuencias. Supongo que para juzgarla habrá que tener en cuenta como eximentes que el padre dominico no estaba en sus cabales, que su narcisismo y petulancia, su frialdad hacia los indios que dice defender, en resumen, su tremendismo y mentiras, tienen origen en su enfermedad, en su psicopatía, como señala Menéndez Pidal.
Ahora queda a juicio del lector encuadrarle entre los traidores a España o liberarle de la pena en razón de su locura.

 BIBLIOGRAFÍA

RAMÓN MENENDEZ PIDAL. “El Padre Las Casas. Su doble personalidad. Real Academia de la Historia. Madrid 2012

ELVIRA ROCA. “Imperiofobia y la Leyenda Negra” Ed. Siruela. 2019.

JULIÁN MARÍAS . “España inteligible”. Alianza Editorial. 1985.

 

[1]Elvira Roca. “Imperiofobia y la Leyenda Negra” Ed. Siruela

Consecuencias de la peste negra en Europa.

El siglo XIV suele datar el final de la Edad Media y determinar el inicio de la Edad Moderna. Este transito no se debió a una sola causa ni se transformó de repente el mundo al llegar al siglo XIV. Realmente, la humanidad había iniciado una larga transición desde el siglo XI. Aquellos cambios se suscitan en los ámbitos sociales, económicos, por el asentamiento en las ciudades, por las asociaciones de oficios (gremios) que no dejan de ser una manifestación lejana del empresariado y la burguesía, a los que se unía una serie de trabajadores asalariados urbanos que constituyen la avanzadilla del urbanismo y el sistema de libre comercio contemporáneo. Se producen avances técnicos en los sistemas manufacturero, agrícola, en las obras civiles, en los sistemas comerciales. Mejoró y, sobre todo, amplió los medios educativos y se elevó el interés por la ciencia y la técnica.

El avance no fue lineal y tranquilo estuvo acompañado de las hambrunas propias del medievo, guerras, crisis sociales y financieras, crisis sanitarias… Todos esos desastres contribuyeron, en ocasiones a provocar retrocesos en los avances ya acontecidos y, muchas otras, a provocar impulsos y atajos hacia el progreso.

Uno de esos desastres que acabó dando lugar a cierta prosperidad fue la peste negra. El Siglo XIV no empezó bien y continuó peor. Se suele identificar como uno de los siglos más nefastos de la historia de la Humanidad.Entre 1315 y 1317, se produjo una mini-glaciación que arrasó los campos, creando una gran hambruna. En 1328, muere Carlos IV de Francia, poniendo así fin a la dinastía de los capetos con el consiguiente enfrentamiento entre sus sucesores, enfrentamiento principal entre Francia y Gran Bretaña que dio lugar a la guerra de los 100 años.  Coetáneas a ella, surgieron enfrentamientos en otras partes del mundo, entre ellos, la guerra de sucesión de Castilla entre Pedro I, el cruel, y Enrique de Trastámara.  Pero el hecho más dramático del siglo XIV probablemente fue la peste que se desató entre 1348 y 1355 denominada peste negra, que acabó con un tercio de la población europea.

Hoy sabemos que la bacteria causante de la peste se transmitía desde algunos animales, probablemente desde las ratas o algún tipo de pulga , al hombre. Pero las deficientes condiciones profilácticas, los escasos conocimientos de medicina del momento y el miedo aterrador que se apoderó de la población, abandonando a su suerte a los enfermos, ampliaron la desgracia. Se cree que fallecieron en torno a 48 millones de personas.

Entre los impactos de la peste se encuentran dos que sobresalen sobre los demás: la radical disminución de la población y un cambio de mentalidad, diríamos que psicológico, ante la enfermedad y la muerte.

El impacto demográfico, trajo enormes consecuencias, unas directas, y otras derivadas de ellas.

  • La población rural se había desplazado a las ciudades en busca de alimento, pero dado el número de fallecidos, se creó en las ciudades gran cantidad de demanda laboral, sobre todo de oficios, que impidió la vuelta al campo de aquellas masas de población. Consiguientemente, el campo quedó despoblado, mientras la vida en las ciudades se revitalizaba y con ella, las mayores fortunas también se instalaron en las ciudades. La aristocracia rural, veía cambiar sus condiciones de vida. Ya no podían vivir de las rentas, tenían que arrendar los campos a no muy buen precio, explotarlos por sí mismo, cosa impensable hasta el momento, pagando cada vez un salario más alto a los agricultores para poder competir con las condiciones que se daban en las ciudades. Además, los burgueses de las ciudades compraban tierras, a precios muy asequibles y las explotaban invirtiendo en tecnología, con objetivos de alta rentabilidad y nuevas técnicas de comercialización. Fueron los burgueses y la parte de la vieja nobleza que supo adaptarse a los tiempos, los que consiguieron una época alcista y prospera en los cultivos, lo que repercutió en el resto de las actividades.
  • El Renacimiento fue una época de la ciencia y el estudio, en parte debido a los acontecimientos vividos, con una avidez de conocimientos para superar las crisis. Esta época nos dejó inventos como el papel, la aplicación de la pólvora a las armas de fuego, los altos hornos, la imprenta o el sistema de biela-manivela, que tantos usos tendría, además de innumerables innovaciones en la navegación y la cartografía.
  • Pero los avances técnicos alcanzaron a todos los sectores y en muchos casos asociados a aquel elemento demográfico que señalábamos. Uno de los elementos de la época feudal que desaparece por la peste es la abundancia de mano de obra, así que el desarrollo mecanicista, vinculado al avance de la ciencia, determinó la proliferación de las máquinas en sustitución de los braceros que, ahora, ya no existían. Entre esos avances estaban los matemáticos que influyeron en muchos sectores, pero de manera destacada en la construcción.
  • Filippo Brunelleschi y otros arquitectos, gracias a los avances matemáticos y al uso de enormes ingenios con poleas que permitían construcciones más elevadas, lograron realizar grandes obras, cúpulas espectaculares, edificios maravillosos que hoy admiramos, pero su verdadera importancia estuvo en las mejoras de los saneamientos de las ciudades, en dotar de solidez a las casas particulares, aportando limpieza a las estancias y locales, coadyuvando así a la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, y, por consiguiente, a la mejora de  su salud. Además, las máquinas redujeron el tiempo de construcción. Elemento, éste, el tiempo, que adquiere gran importancia, como veremos.
  • Aquella mejora de las casas contribuyó al desarrollo, todavía incipiente en el S.XIV, pero más desarrollado a partir del S. XV, de las artes decorativas, de los muebles, más confortables, de un desarrollo de la carpintería y la escultura de madera, de la realización de cofres, bancos decorados, camas, sillas y mesas más lujosas. De finos tapices, con telas más lustrosas a medida que se afianzaba el comercio. En este sentido, fue Italia, sobre todo a través de Venecia y el Milanesado por su comercio con oriente, la precursora de estas decoraciones y también en el engalanamiento de los nuevos burgueses con ricas sedas, lo que entronca con un deseo mucho más laico de vivir.
  • En las ciudades los negocios prosperan también por aplicación de nuevas técnicas organizativas y de racionalidad, entre las que destaca el uso del tiempo. La idea de la brevedad de la vida que entronca con la percepción psicológica de la muerte, llevó a apreciar el tiempo como algo excepcional, al que hasta aquel momento se había prestado poca atención. Ahora el tiempo se asocia a la brevedad de la vida. El reloj mecánico alcanzó un gran avance a lo largo de los siglos XIV y XV.
  • Las grandes epidemias del siglo XIV, principalmente la peste, pero también otras de malaria, cólera, tifus o lepra,contribuyeron al desarrollo de la prevención sanitaria. Las Juntas de Sanidad establecidas en Florencia y Venecia en 1348 para paliar los innumerables problemas que generaba la peste fueron un antecedente de las magistraturas permanentes que aparecerían en el siglo XV en Milán, Florencia y Venecia, y que son propias de la burocracia administrativa de la Edad Moderna. Además, en el paso del siglo XIV al XV disminuyó la reverencia que se profesaba hacia el cuerpo humano, que empezó a investigarse desde un punto de vista médico. La representación plástica renacentista del hombre como un ser bello y proporcionado despertó el interés por la anatomía, y, desde esta ciencia, la curiosidad se extendió también hacia la fisiología.
  • En el trayecto del hombre medieval al renacentista tuvo un peso determinante la experiencia de la muerte, siendo éste el segundo gran factor que cambio la vida en la Edad Moderna frente al Medievo, como señalábamos al principio.

Cambia el concepto de la muerte tanto desde el punto de vista religioso como en el artístico.

  • Religiosamente, la peste transformó el sentido de la vida y centró la trascendencia al momento de la muerte. Se descuidó todo propósito de una vida cristiana; el sentido de la existencia centrado en el tránsito al más allá, se manifestó en un temor ante la incertidumbre de la salvación que poco tenía que ver con el feliz encuentro con Dios, propósito de toda vida cristiana. En el temor ante el Juicio Final, afloraba el sentido de lo macabro, una reacción de repulsa ante la fealdad de la muerte y la visión del cuerpo putrefacto. Además, surge una visión de la muerte como una entidad neutral, que llegará por igual a ricos y a pobres; a buenos y a malvados de este mundo. No es una fuerza ética o moral, sino imparcial.
  • Desde el punto de vista artístico emerge una iconografía de la muerte como un ser que actúa por propia iniciativa y cuyo poder se antoja irresistible. “Una mujer en negro manto envuelta / con tal furor que yo no sé si nunca / en Flegra mostrarían los gigantes”, canta el poeta Petrarca enEl triunfo de la muerte, en el siglo XIV. Además, aquel concepto neutral de la muerte aboca a un antropocentrismo, una valoración del individuo, de la vida como algo propio y breve que acaba con la muerte y que alberga una melancolía por el abandono de los goces terrenales. La danza de la muerte de Michael Wolgemut representa este sentir en la pintura, recogiendo una trayectoria literaria que nace en Francia y se extiende por Europa.

Hay también un lamento por el deterioro físico y un anhelo de gloria, de querer perdurar en la vida terrenal, muy característico del Renacimiento, incluso entre los que conciben la vida como transito cristiano hacia el más allá, recordemos las “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique, que se sitúan más en este segundo sector.

Asimismo y por el mismo motivo, las tumbas se engalanan para elevar los muertos hacia el perpetuo recuerdo e, incluso, en cierto modo, competitivo, por incrementar la presencia decorativa que sitúe a unos muertos por encima de otros a modo de poder y renombre, mucho más terrenal que espiritual. Por esta misma concepción, por primera vez, el retrato adquiere tintes de género pictórico. Los grandes hombres del Renacimiento querrán perpetuar su grandeza en un vano deseo de supervivencia humana, de inmortalidad corporal.