La Mesta

La reconquista contribuyó a asegurar en Castilla una economía pastoril. En una tierra árida, siempre cercana a la frontera con los moriscos y llena de algaradas y enfrentamientos por ese motivo, la ganadería era una actividad segura – se podía trasladar el ganado hacia zonas que no eran atacadas y volver cuando crecían los pastos- y bien remunerada.

La prosperidad pastoril y los intereses comunes de los ganaderos dieron lugar a su asociación. No está claro si la iniciativa fue puramente profesional, es decir, entre los propios pastores o tiene origen real. Con carácter mayoritario se entiende que su origen estaría en las pequeñas mestas locales que existían ya en la Alta Edad Media entre los pastores de las majadas leonesas y castellanas, como producto de su asociación ante problemas derivados de su profesión, para reforzar sus fueros y hacerse cargo de las reses desmandadas dándoles dueño (mostrencos). De este modo, la monarquía sólo tuvo que dotarla de legalidad. En un primer momento, la agrupación sólo perseguía ordenar el complicado sistema de trashumancia, de acuerdo con el cual los rebaños eran conducidos a través de España desde los pastos de verano en el norte a los pastos invernales del sur. Posteriormente, pretendió hacerse con el control de todos los rebaños de la cabaña lanar castellana aprovechando para abaratar el mismo y hacerlo más seguro pues se trasladaba acompañado de una guardia armada, llamada esculca o rafala. Aquella cabaña lanar era mucho más próspera a medida que la reconquista avanzaba hacia el sur, pues a la oveja tradicional castellana- Churra- se le unió, probablemente en el último tercio del S XIII, una raza de oveja nueva procedente del norte de África- la oveja Merina-. Esta nueva raza daba una lana de excelente calidad que se convirtió en el primer producto en exportaciones del reino; era una parte sustancial de la economía. La oveja churra, era más importante para consumo humano.

A medida que se prosperaba y se incrementaba el terrero sobre el que extender los rebaños surgieron complicaciones en las tareas de aquellas asociaciones de ganaderos. Estas complicaciones en las tareas a realizar y los derechos a defender dio lugar al nacimiento de una asociación más organizada e institucionalizada: el Concejo de la Mesta.

El origen de la complicación social se debió, como hemos señalado, al avance de la reconquista. Al llegar Fernando III, el santo, a Andalucía el territorio se estabilizó, de modo que lo que habían sido siempre zonas ganaderas- zonas fronterizas cercanas a los territorios musulmanes, fueron acogiendo a más colonos cuya actividad principal era la agricultura. Los agricultores no querían que el ganado trashumante se comiera sus cosechas, surgiendo así enfrentamientos entre ganaderos y agricultores.

La solución la dio el rey Alfonso X, el sabio, hijo de Fernando. Pactó con las asociaciones de ganaderos unos caminos por los que transitar y no molestar a los agricultores. El rey dio así el impulso definitivo al Concejo de la Mesta en 1273, que más tarde se llamó Honrado Concejo de la Mesta, tras la reglamentación que le dio Alfonso IX en 1347.

Para que el ganado no dañara los cultivos, se idearon unos itinerarios especiales que, dependiendo del tamaño de la vía, recibían diferentes nombres. De menor a mayor se denominaron coladas, veredas, cordeles o cuerdas, y cañadas. Las cañadas más importantes eran conocidas como cañadas reales.

Los ganaderos que pertenecían a la Mesta obtuvieron privilegios reales, como la exención del servicio militar y de testificar en los juicios y ventajas como derechos de paso y pastoreo. Con el tiempo obtuvo nuevos privilegios reales y ventajas fiscales.

La Mesta celebraba dos asambleas al año, una en el sur de la península y otra en el norte. Principalmente se debatían los cargos internos (presidente) y cómo se iban a organizar los itinerarios.

La Mesta alcanzó gran poder y contribuyó, junto con la pacificación de las zonas ya reconquistadas, al desarrollo de una destacada actividad textil que se localizaba en ciudades de la cuenca del Duero, como Zamora, Palencia, Soria o Segovia, pero también en ciudades ganadas al islam, tales como Toledo, Cuenca Córdoba o Murcia. La producción textil de Castilla y León era modesta, al menos si la comparamos con la excepcional producción de lana de los reinos. Pero a medida que se desarrollaron centros industriales, sobre todo, en el País vasco, la producción creció.

Por lo que se refiere al comercio en el siglo XIII, es un dato significativo el hecho de que se crearan nuevas ferias, sobre todo en ciudades de la meseta sur y de Andalucía; así, en Brihuega, Alcalá de Henares, Cuenca, Cáceres, Badajoz o Sevilla.

En las cortes de Toledo de 1480 se decreta dejar libre el paso de rebaños entre Aragón y Castilla, siendo el reflejo del destacado concepto en el que los Reyes Católicos tuvieron a la Mesta. Aquella libertad de tránsito pretendía proteger la actividad e ​ incrementar los ingresos de la corona mediante el arrendamiento y la venta de derechos de pastos. A partir de entonces, el presidente de la Mesta sería el miembro más antiguo del Consejo Real.

La Mesta alcanzó su máximo esplendor en 1492, año en que los campesinos consideraron excesivos los privilegios concedidos a la Mesta.

Fue una organización muy poderosa debido a los privilegios que los reyes le concedían, ya que la lana era un importante producto entre los que exportaba Castilla a Europa, por lo que se debía fomentar la producción de lana, a veces en detrimento de la agricultura. En ocasiones se acusa a la Mesta de la desforestación de la península ya que la gran cantidad de ganado necesitaba mucho pasto para alimentarse.

Sin embargo, la Mesta llegó a su decadencia. Principalmente por la perdida del monopolio mundial. Tal ruptura se debió a que varios corderos merinos fueron regalados por Felipe V a su abuelo el rey de Francia, Luis XIV. Los franceses aprovecharon su crianza para extender esta ganadería por todo su país y ejercer de exportadores a centro Europa en detrimento de España. En nada favoreció a nuestro país las guerras napoleónicas que destrozaron infraestructuras y cañadas dificultado la actividad trashumante. A ello se unió, que la industria española no era lo suficientemente competitiva frente a los talleres europeos, lo que incrementaba el precio de la lana española frente a la europea.

Además, los continuos enfrentamientos internos entre campesinos y agricultores y las necesidades económicas de la corona, laminaron muchos privilegios de la Mesta. Las grandes fortunas nobiliarias y también los conventos y eclesiásticos van poco a poco abandonando esta actividad y refugiándose en otras más prosperas.

Todos esos motivos fueron esenciales para la desaparición del Concejo de la Mesta en 1836.

BIBLIOGRAFÍA

ANES, Gonzalo y GARCÍA SANZ, Ángel (coord.) “Mesta, trashumancia y vida pastoril”. Ed. Investigación y Progreso. 1994.

KLEIN, Julius. “La Mesta: estudio de la historia económica española, 1273-1836.” Alianza editorial. 1979.

LA GUERRA DE LAS TRES CORONAS O DE LOS TRES REINOS

Ahora que ya sabemos todos que Gran Bretaña tiene un rey que es el tercero de los Carlos que han gobernado las islas, vamos a interesarnos por quien fue su homónimo más famoso. Hablaremos, por tanto, de Carlos I de Inglaterra y del difícil asentamiento como unidad de lo que eran realmente tres reinos

Las guerras de los tres reinos (Inglaterra, Escocia e Irlanda) se extendieron durante gran parte del siglo XVII. No fue un único proceso sino una serie de guerras entrelazadas que tuvieron lugar entre 1639 y 1653 entre los tres reinos mencionados cuyo lazo de unión era la cabeza de la monarquía, en este caso, Carlos I.  Asimismo, las guerras tuvieron como origen cuestiones de gobierno y de religión, lo que dio lugar a rebeliones, guerras civiles e invasiones.

Carlos I nació el 19 de noviembre de 1600 en Escocia. Era el segundo hijo de Jacobo, I de Inglaterra e Irlanda y VI de Escocia, y de Ana de Dinamarca.  Fue rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda de 1625 a 1649. El hermano mayor de Carlos y heredero al trono, Enrique, murió en 1612 y su hermana, Isabel, abandonó Inglaterra en 1613 para casarse con el elector del Palatinado. Carlos se queda sólo y esto cinceló el carácter de aquel niño, segundón, enfermizo, pequeño de estatura, tímido, silencioso y reservado; con ligero tartamudeo y acento escocés que nunca abandonó. Siempre se mostró cortés y amable en el trato, pero los que le conocieron señalan que carecía del más elemental sentido común. Viajó poco y no le gustaba el trato con la gente del pueblo. En el lado positivo cabe señalar que fue un gran mecenas de las artes, sobre todo, de la pintura y la tapicería; llevó a Inglaterra a Van Dyck y a Rubens. Además, como todos los Estuardo, fue un gran aficionado a los caballos y a la caza. Dos notas más caracterizan su personalidad, siendo ambas fundamentales para entender su reinado: tenía un carácter profundamente religioso y concebía la monarquía, tal y como le enseñó su padre, como el designio de Dios a una determinada familia para ejercer el poder. Nunca se mostró flexible o imaginativo y fue incapaz de entender y aceptar el papel del Parlamento.

Los primeros problemas los tuvo Carlos en 1623, antes de ser rey. Aquel año, acompañado del duque de Buckingham, realizó una visita a España con el fin de acordar su matrimonio con la hija del rey Felipe III. La misión fracasó, en gran parte debido a la arrogancia de Buckingham y a la insistencia de la corte española en que Carlos se convirtiera al catolicismo.

Carlos, despechado, no tuvo mejor idea, mientras se concertaba su matrimonio con Enriqueta María, hija de Enrique IV y hermana Luis XIII de Francia, que presionar al rey Jacobo I, su padre, para que iniciara una guerra contra España en apoyo de las Provincias Unidas.

En marzo de 1625, Carlos I se convirtió en rey y se reunió con el Parlamento por primera vez en junio. La reunión se desarrolló en un ambiente de tensión por cuanto nadie se fiaba de Buckingham, que había conservado su ascendencia sobre el nuevo rey. Aquel mismo año se inició la guerra anglo-española que terminaría en 1630 con una amplia derrota de los ingleses. Así se cuenta el asedio de Breda- que finalizó con la famosa rendición en 1625 que refleja el cuadro de Velázquez-, como en el fracaso del asalto a Cádiz, que dio lugar a la huida de los ingleses y el inicio de otro enfrentamiento, para ocultar el fracaso anterior, esta vez apoyando a Richelieu en contra de los protestantes franceses (hugonotes) a cambio de la ayuda francesa contra la presencia española en el Palatinado. El Parlamento inglés se opuso a un enfrentamiento entre protestantes ingleses contra protestantes franceses, calificando la posición del duque de Buckingham como pro-católica. Casi lo peor que se podía llamar a un inglés en aquellos tiempos. Así que, Buckingham cambió el rumbo y decidió defender a los hugonotes, siendo derrotado con toda severidad en la isla de Ré y en La Rochelle por las tropas franco-españolas. El último enfrentamiento se dio en el caribe contra la invasión anglo-francesa de las islas españoles de San Cristóbal y Nieves, donde también los españoles salieron victoriosos.  La guerra terminó con el Tratado de Madrid en 1630. Todos aquellos enfrentamientos tuvieron un reflejo interior en forma de forcejeo del rey con la Cámara de los Comunes.

Las tensiones con los Comunes venían de antiguo. La Cámara de los Comunes estaba formada mayoritariamente por los puritanos, que defendían la oración y la predicación independientes en la Iglesia de Inglaterra. Por el contrario, el rey simpatizaba con lo que llegó a conocerse como “High Church Party”, que imponía una única versión del Libro de oración común anglicano. Así, pronto surgió el antagonismo entre el nuevo rey y la Cámara de los Comunes. Como consecuencia de ello, el Parlamento se negó a autorizarle el derecho a imponer tonelaje y libras (derechos de aduana), aunque este derecho se había concedido a los monarcas anteriores de por vida. La segunda gran pelea con el Parlamento se dio a raíz del fracaso en la toma de Cádiz. Los Comunes intentaron acusar a Buckingham de traición y el rey disolvió el Parlamento. Pero la guerra contra España le obligaba a obtener fondos, por lo que el rey impuso a sus súbditos “un préstamo forzoso”, que los jueces declararon ilegal. Despidió al presidente de la Corte Suprema y ordenó el arresto de más de 70 caballeros que se negaron a contribuir. Sus acciones prepotentes se sumaron a la sensación de agravio que fue discutida en el siguiente Parlamento. Cuando se reunió el tercer Parlamento de Carlos (marzo de 1628), coincidió con la expedición de Buckingham en La Rochelle, la reacción de la Cámara fue la de aprobar varias resoluciones que condenaban los impuestos y los encarcelamientos arbitrarios. Además, establecieron una normativa en virtud de la cual se reconocerían cuatro principios: nada de impuestos sin el consentimiento del Parlamento; ningún encarcelamiento sin causa; ningún acuartelamiento de soldados sin aprobación previa de la Cámara; no a la ley marcial en tiempos de paz. El rey, a pesar de sus esfuerzos por evitar la aprobación de esta norma, se vio obligado a aceptarla. Cuando se reunió el cuarto Parlamento en enero de 1629, Buckingham había sido asesinado.  El rey ordenó la clausura del Parlamento el 2 de marzo de 1629. Antes de la clausura los parlamentarios se encerraron y aprobaron tres resoluciones condenando la conducta del rey. Dada la actitud revolucionaria de la Cámara de los Comunes, Carlos I gobernó los siguientes 11 años sin convocar el Parlamento.

En este periodo, el rey que, como hemos señalado, se consideraba responsable de sus acciones sólo ante Dios según la doctrina del derecho divino de los reyes, reconoció su deber para con sus súbditos como “un padre indulgente”. Con esa intención realizó algunas reformas: reordenó la Administración, el ejército y estableció ciertas normas de austeridad en la corte. Los reinos parece que disfrutaron de cierta prosperidad hasta 1639, cuando se enfrentó a los escoceses en la conocida como “Guerra de los Obispos”.

El malestar escocés venía de antiguo. Ya con Jacobo I se había producido el enfrentamiento entre Presbiterianos- a favor del gobierno de la Iglesia mediante consejos eclesiásticos- y Episcopalianos, a favor de del Gobierno mediante obispos, nombrados por el rey. El resultado es que para los escoceses esta posición monárquica acercaba la Iglesia escocesa a posiciones anteriores a la reforma más que al calvinismo que querían profesar.

Esta presencia de los obispos no sólo se convirtió en un problema religioso, sino que fue motivo de preocupación entre la nobleza escocesa.  Esta situación se fundía con la unión de las Coronas en 1603 creando un gran resquemor, pero la situación se mantuvo estable, hasta que, en 1637, el rey se empeña en imponer el libro de la liturgia inglesa en Escocia.

Los presbiterianos escoceses firmaron un pacto nacional (entiéndase nacional como escocés) en defensa de su visión religiosa. Carlos I intentó someterlos a la fuerza, pero fue derrotado por el ejército escocés. Tan es así, que cuando el rey llegó a York en marzo de 1639, la primera guerra de los obispos estaba perdida. Se firmó una tregua el 18 de junio.

Siguiendo el consejo de los dos hombres que habían reemplazado a Buckingham como consejeros:  el arzobispo de Canterbury, y el conde de Strafford, lord diputado en Irlanda, Carlos convocó al Parlamento, que se reunió en abril de 1640 (conocido como el Parlamento Corto), con el fin de recaudar fondos para la guerra contra Escocia.  Pero, de nuevo, la Cámara se le rebeló, de manera que se impuso una discusión sobre los agravios cometidos por el Rey, para acto seguido denegarle los fondos para la guerra. El 5 de mayo, el rey volvió a disolver el Parlamento.

El rey siguió con la guerra, financiándola con una serie de impuestos al comercio y aduanas. Pero de nuevo el éxito miliar lo abandonó y el ejército escocés cruzó la frontera invadiendo el norte de Inglaterra. Ante esta segunda derrota, Carlos I vuelve a convocar al Parlamento (conocido como Parlamento Largo) en noviembre de 1640.

La nueva Cámara de los Comunes, demostrando ser tan poco comprensiva con el rey como el rey con los comunes, condenó las acciones reales y acusó a Strafford y otros ministros de traición. El rey adoptó una actitud conciliadora, aceptó la “Ley Trienal” que aseguraba la reunión del Parlamento una vez cada tres años e intentó salvar a Strafford, sin éxito. Strafford fue decapitado el 12 de mayo de 1641; y Carlos se vio obligado a aceptar una medida por la cual el Parlamento existente no podía disolverse sin su propio consentimiento. También aceptó proyectos de ley que declaraban ilegales los fondos obtenidos mediante las medidas fiscales arbitradas por Carlos y, en general, condenaban sus métodos de gobierno durante los 11 años anteriores.

Pero Carlos, inasequible al desaliento y no contento con los problemas que ya había tenido con el Parlamento, viajó a Escocia para tratar de obtener allí apoyo antiparlamentario. Para ello aceptó el establecimiento completo del presbiterianismo en su reino del norte y permitió que los estados escoceses nombraran funcionarios reales.

Mientras tanto, la Cámara de los Comunes volvió a reunirse en Londres el 22 de noviembre de 1641. Los Comunes aprobaron la “Gran Protesta” al rey, exponiendo todo lo que había ido mal desde su ascenso al trono.

Como los problemas nunca vienen solos, y menos en la vida del pobre Carlos, al mismo tiempo, se inicia una rebelión en Irlanda. Los católicos irlandeses se rebelaron contra el establecimiento masivo de protestantes en la isla. Las causas de la rebelión de 1641 fueron muy complejas y aún hoy son debatidas por los historiadores, pero en esencia, se levantaron para poner fin a la discriminación religiosa, así como a la colonización de vastas franjas del país por parte de colonos protestantes de Inglaterra y Escocia (el mayor ejemplo fue la Plantación de Ulster). Muchos católicos irlandeses también temían que los escoceses estuvieran a punto de invadir Irlanda para reforzar su posición contra el rey.

Los líderes de la Cámara de los Comunes, temiendo que, si se el rey reclutaba un ejército para reprimir la rebelión irlandesa, podría usarlo contra ellos, planearon hacerse con el control del ejército obligando al rey a aceptar un proyecto de ley de milicias. Además, se pidió al monarca que entregara el mando del ejército, a lo que Carlos I se negó.

El rey reunió a unos 400 hombres y al frente de los mismos intentó el arresto de algunos de los Comunes. Pero estos huyeron. Tras este nuevo desastre, el rey abandonó Londres hacia el norte de Inglaterra el 10 de enero de 1642. La reina viajó a Holanda en febrero para recaudar fondos para su esposo empeñando las joyas de la corona.

El rey se instaló en York, donde ordenó que se reunieran los tribunales de justicia y donde poco a poco se le fueron asentando miembros realistas de Inglaterra y Escocia. En junio, la mayoría de los miembros de las Cámaras que quedaban en Londres enviaron al rey las conocidas como “Diecinueve Proposiciones”, que incluían demandas de que no se nombrara ningún ministro sin la aprobación parlamentaria, que el ejército debería estar bajo control parlamentario y que el Parlamento debería decidir sobre el futuro de la Iglesia.

No hubo acuerdo. El rey izó formalmente el estandarte real en Nottingham el 22 de agosto, iniciándose así la conocida como “Guerra Civil”.

Inglaterra se dividió entre las fuerzas leales al rey, llamadas Cavaliers, y los parlamentarios, que se identificaban como Roundheads (cabezas redondas), por su pelo corto. Tras un avance realista que le permitió al soberano aposentarse con cierta tranquilidad en Oxford y dirigir la guerra desde allí, se logró una reconquista parlamentaria. El enfrentamiento decisivo se produjo en la Batalla de Naseby en 1645, cuando los Roundheads codirigidos por un parlamentario llamado Oliver Cromwell aplastaron a los Cavaliers. Carlos, intuyendo lo peor, logró que su hijo mayor y su mujer huyeran a Francia.

Las tropas realistas se rehicieron y el rey pudo instalarse en Oxford, de nuevo, durante la primavera de 1646. Sin embargo, la ciudad universitaria fue rodeada. El rey huyó con dos de sus hijos. Su intento de ir a la isla de Jersey y de ahí a Francia se frustró al producirse un desvío en el trayecto y acabar en la Isla de Wight, donde el gobernador era leal al Parlamento (realmente, tendremos que reconocer que este hombre tenía mal fario)

Retenido hizo lo posible para pactar con escoceses y parlamentarios, prometiendo a cada uno lo que quería oír, aunque fueran pactos contradictorios entre sí. Llegó a un acuerdo secreto con los escoceses el 26 de diciembre de 1647, pero rechazó en dos ocasiones los términos ofrecidos por el Parlamento inglés. En agosto de 1648, los últimos partidarios escoceses de Carlos fueron derrotados en la Batalla de Preston. Así terminó la Segunda Guerra Civil. El ejército exigió que el rey fuera juzgado por traición como «el gran autor de nuestros problemas» y la causa del derramamiento de sangre.

Carlos fue trasladado al castillo de Hurst en Hampshire a fines de 1648 y de allí llevado al castillo de Windsor para Navidad. El 20 de enero de 1649, fue juzgado, acusado de alta traición, por un tribunal superior de justicia especialmente constituido para la ocasión en el palacio de Westminster y dirigido por Oliver Cromwell. El rey se negó a reconocer la legalidad de la corte porque “un rey no puede ser juzgado por ninguna jurisdicción superior en la tierra”. Se negó a declarar, pero sostuvo que, en toda su actuación, defendía “la libertad del pueblo de Inglaterra”. Fue condenado a muerte y ejecutado el 30 de enero de 1649.

La monarquía fue abolida en los tres reinos y proclamada una república con Cromwell a la cabeza como Lord protector. Figura controvertida la de Cromwell, pero tratada mayoritariamente como prototipo de dictador, cruel, que confirió a su actuación política un sentido místico y providencialista. Quiso que a su muerte le sucediera su hijo y así fue del 3 de septiembre de 1658 al 25 de mayo de 1659, pero los ingleses prefirieron volver a la monarquía, y así, en 1660, la corona fue restablecida en los tres reinos bajo la soberanía de Carlos II, hijo de Carlos I.

BIBLIOGRAFÍA

JENKINS, Simon. “Breve historia de Inglaterra”. Ed La esfera de los libros. 2021.

MAUROIS, André.” Historia de Inglaterra”. Ed Ariel. 2007.

BENNETT, Martyn. “The Civil Wars in Britain and Ireland 1638-1651”. Unv. Oxford. 1997.

CÓMO SE FRAGUÓ LA SUCESIÓN DE CARLOS II EL HECHIZADO. EL CARDENAL PORTOCARRERO.

Los sucesivos matrimonios consanguíneos hicieron que la descendencia de los Austrias acabara llenándose de enfermedades y discapacidades. En este entorno hay que entender la figura de Carlos II, conocido como el hechizado, posiblemente por el estado de postración al que le condujeron las pócimas que le daban para apaciguar sus dolencias. Aunque hoy en día está en revisión su figura por considerar que ni era tan incapaz, ni tan inútil como se nos ha presentado, de hecho, durante su reinado, España gozó de una prosperidad económica que hacía siglos que no se conocía en nuestra monarquía.

Bien es verdad que casi no se ocupó de dirigir directamente su reino y que tal prosperidad puede ser atribuida a los validos y consejeros que se fueron sucediendo en el reino. Pero él tuvo la sabiduría suficiente para elegirlos. A uno de esos validos, el cardenal Fernández de Portocarrero, vamos a dedicarle un espacio un poco mayor en esta entrada, pues a él se debe en gran medida, la elección del sucesor a la corona tras la muerte de Carlos II.

La visión del Reinado de Carlos conviene dividirla en tres periodos destacados.

Carlos era hijo de Felipe IV y su segunda esposa, Mariana de Austria, accedió al trono con sólo 4 años de edad, siendo su madre la que ejerció la regencia durante su minoría de edad.

Iniciamos así el primer periodo del Reinado de Carlos II.

La Reina viuda fue asesorada por una Junta de Regencia formada por 6 miembros pertenecientes al alto clero (el arzobispo de Toledo y el Inquisidor general), la nobleza y miembros del Consejo de Castilla y del Consejo de Estado. La composición de este consejo de regencia quedó plasmada por voluntad de Felipe IV en su testamento.

Cuando Mariana se hizo con la regencia, el arzobispo de Toledo había fallecido. Para ocupar la plaza primada, la Reina maniobró de manera que nombró arzobispo de Toledo al hasta entonces Inquisidor general, quedando vacante ésta, mucho más trascendental en cuanto a poder e influencia.  La vacante inquisitorial fue cubierta por deseos de la viuda por Juan Everardo Nithard, confesor de la Reina, austríaco como ella y persona de su máxima confianza.

Ahora bien, su nombramiento no fue fácil. En primer lugar, la norma castellana impedía que un extranjero ocupara el cargo de Inquisidor general, motivo por el cual, la Reina tuvo que pedir el apoyo de las Cortes castellanas, que se lo concedieron. En segundo término, Nithard era jesuita y, por ello, dependía de una dispensa papal, que le fue otorgada, para acceder a cargos políticos.

La labor como valido de Nithard fue más bien mediocre, se le acusaba de obstaculizar las relaciones de los consejos y de la nobleza española con la Reina, cuando la verdad es que ésta desconfiaba profundamente de los españoles…y los españoles de ella. Tal fue así que, el ascenso de un extranjero puso en contra de la nueva Corte a la nobleza y la llegada de un jesuita, logró la oposición de los dominicos.

Realmente, los fracasos de Nithard se contaban por cientos, entre otros la firma del tratado de Lisboa que reconocía la independencia del País vecino. En el plano económico fue incapaz de poner en marcha una política económica eficiente y las subidas de impuestos se sucedieron para hacer frente a unos gastos que no controlaba. Por si fuera poco, el pueblo español no le perdonaba que hubiera prohibido las representaciones teatrales.

El mayor enemigo del confesor real fue Juan José de Austria (hijo extramatrimonial, pero reconocido, de Felipe IV, por tanto, hermanastro de Carlos II). Gran militar, Gobernador y virrey de diversos territorios de la Corona española durante el gobierno de su padre, despertaba grandes recelos en la Reina regente que le retiró del mando militar y lo envió, casi confinó, en su encomienda de Consuegra.

Don Juan José, tras diversos problemas con el confesor y valido austríaco, encabezó un levantamiento en Aragón y Cataluña que terminó con la expulsión de Nithard en 1669. La Reina no aguantó mucho en el gobierno del reino por sus veleidades y favoritismos y fue expulsada igualmente de la Corte, fijando su residencia en el Alcázar de Toledo. Don Juan José se puso al frente del gobierno. Muchas esperanzas se pusieron en este mandato, sin embargo, fueron en vano pues las reformas que intentó acometer en la Hacienda Pública no tuvieron buen resultado y derrochó su gobierno en las luchas internas contra sus adversarios y, externas, en defender la dramática situación en la que se encontraba nuestra nación por la posición avasalladora de la Francia de Luis XIV, a la que acabó cediendo el Franco Condado por la Paz de Nimega en 1679. La situación de guerra dejó las arcas públicas tan exhaustas que hubo de pedir a los aristócratas un do­nativo “voluntario” en abril de 1679. Ese mismo año, murió don Juan, posiblemente envenenado.

El segundo gran periodo del Reinado de Carlos comienza cuando alcanza la mayoría de edad en 1679.

Se había casado con Mª Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV de Francia, que fue la elegida por la fuerte oposición que, en su momento, ejerció don Juan José contra el matrimonio con una princesa austríaca. Tenía miedo de que la nueva Reina se hiciera fuerte en un bloque con la Reina madre y en contra de él. Sin embargo, Don Juan José murió poco antes de celebrarse la boda. Este matrimonio duró hasta el fallecimiento de la Reina en 1689. No tuvieron descendencia.

A los 10 días de su fallecimiento, al Rey le señalaban la necesidad de volver a casarse.

Durante este periodo, Carlos II, conocedor de su incapacidad, pero con la suficiente inteligencia como para rodearse de buenos administradores, consiguió, frente a la oposición de la nueva Reina y de parte de la nobleza, el nombramiento como validos, de manera sucesiva, de tres grandes hombres: Valenzuela, del Duque de Medinaceli y del Conde de Oropesa.

El primero de ellos, Valenzuela, inició un movimiento reformador con varias medidas que fueron continuadas por su sucesor, el Duque de Medinaceli.

Consiguieron controlar la inflación desmedida a base de deflaciones que, aunque en un primer momento no fueron muy buenas para las arcas de la Corona, sí lo fueron para los ciudadanos. Dando así el primer paso para la recuperación económica que se logró de manera patente con el Conde de Oropesa. El Conde creó la “Superintendencia General de Hacienda”. Esta institución se dedicó por primera vez a establecer un presupuesto coherente, con techo de gasto y estructuración a base de objetivos y proyectos reales, siendo el primer ejemplo de presupuesto en base cero de España, aunque entonces no se denominara así. Se condonaron las deudas municipales para intentar que las mismas no lastraran la recuperación local y redujeron los gastos superfluos de la Corte. Hubo una bajada general de impuestos y se buscaron administradores – funcionarios- entre personas conocedoras de la materia, aunque no fueran nobles. La consecuencia fue el florecer económico de España que, por primera vez desde los tiempos de los diferentes reyes “Felipe” de la casa de Austria, dejó de tener bancarrotas. Muy al contrario, el Estado logró superávit y la organización y paz económica permitieron el florecimiento de nuevos negocios y la llegada de fondos que antes no se concebían.

Con todo, este periodo estuvo caracterizado, en la parte negativa, por la oposición interna de una parte de la Corte, especialmente por la facción encabezada por la Reina, y también por una parte del clero y, en el aspecto internacional, por los problemas militares con Francia.

Aquellos problemas y la presión callada pero constante de Portocarrero, ambicioso arzobispo de Toledo, hicieron que cayera en desgracia el Conde de Oropesa.

Se inicia así, en la década de los 90, un tercer periodo en el reinado de Carlos II. La mayor parte de este tiempo se desarrolla con la nueva Reina, Mariana de Neoburgo, ejerciendo las tareas de gobierno y, como valido, el cardenal de Toledo, Luis Fernández de Portocarrero. Es un periodo dominado por las intrigas palaciegas y las redes de influencia europea para determinar quién debía ser el sucesor de Carlos II en la Corona española.

Presentemos brevemente a Portocarrero y cómo su persona influye en los dos periodos anteriores del mandato de Carlos II y es esencial en este tercero.

Portocarrero era hijo menor de Leonor de Guzmán y del conde de Palma del Río y marqués de Almenara, Luis Andrés Fernández de Portocarrero y Mendoza. Licenciado en Teología, canónigo y deán de la catedral de Toledo, vicario general de esa diócesis durante las ausencias del arzobispo Pascual de Aragón, y finalmente cardenal nombrado por Clemente IX, en el período en que Mariana de Austria- la Reina madre- ejercía la regencia, el 29 de septiembre de 1669, aunque no parece que la Soberana apoyara su designación con entusiasmo.

Desde su llegada a la Corte, ya ejerció algún cargo político en la época de Felipe IV, Portocarrero había tenido gran influencia política y así siguió toda su vida, a veces en primer plano, a veces más en la sombra, pero siempre al tanto y con gran peso en la vida política debido a su profunda preparación y considerable inteligencia, habilidad y ambición.

Su primer gran impulso hacía el poder lo logró durante la regencia de don Juan de Austria. En 1677, ocupó la vacante del arzobispado de Toledo por muerte de Pascual de Aragón y poco después, en abril, fue nombrado también consejero de Estado y virrey de Sicilia interino entre 1677-1678. Estos importantes puestos le obligaron a ausentarse de la sede arzobispal y por ello su sobrino Pedro, desde el arcedianato, actuó como su sustituto en la ciudad de Toledo. En Sicilia demostró sus dotes de gobernante en un momento realmente difícil con el levantamiento de Mesina.

Fallecido don Juan José, la Reina madre, como regente, aparta de la corte y de los puestos de representación a todos los partidarios del hermanastro del Rey. El cardenal es enviado de vuelta a Toledo. Una vez allí, Portocarrero preparó sus propios proyectos de reforma religiosa, social y política. Convocó el sínodo de Toledo con el que pretendía incrementar de forma considerable la presencia de la Iglesia en la sociedad, a base de convertirla en el eje y guía de las instituciones municipales.

A finales de la década de los 80 mientras España florecía en su economía y con cierta paz interior, se dilucidaba en las altas instancias y consejos quién debía de ser la segunda esposa del Rey, sobre todo, pensando en la necesidad de darle un heredero. Se formaron diversas camarillas, siendo mayoritaria la que veía con buenos ojos a alguna princesa austríaca. El Cardenal Portocarrero, que era miembro del Consejo de Estado y su hermano Pedro, como Presidente del Consejo de Aragón, abogaban por Mariana de Neoburgo, hija del elector del Palatinado, que finalmente fue la elegida.

Pero la nueva Reina favoreció a los consejeros enviados desde la corte imperial frente a los españoles. Así se inicia un periodo de poder de la camarilla austríaca, con oposición callada pero importante de los nobles y clero españoles. En esa tarea resultó especialmente eficaz el cardenal Portocarrero que aprovechó la ocasión para intentar un asalto al poder, poniendo como excusa que los austríacos habían incrementado la presión fiscal, según decían, para hacer frente a la defensa de Cataluña frente al ejército invasor francés, pero tales razones defensivas no justificaban adecuadamente el incremento de los impuestos, sobre todo, contando con el despilfarro que los austríacos llevaban en la corte. En el verano de 1679, Barcelona cayó bajo el dominio de las tropas francesas. Mariana pretendía seguir la contienda frente a Francia siguiendo las directrices del emperador Leopoldo, mientras Portocarrero y los demás opositores a los austríacos preferían alcanzar un acuerdo de paz con Francia ante la desesperada situación militar que auguraba la pérdida del resto de Cataluña. Durante unos años la guerra continuó.

A mediados de los años 90, a los problemas señalados se unió de manera imperiosa el problema sucesorio. Portocarrero fue de los primeros en darse cuenta de que la salud del Rey hacía harto improbable que un heredero llegara de aquel matrimonio real. Pero para lograr sus propósitos era necesario alejar al Rey de la influencia de la Reina. Aprovechó la ocasión que le brindó una recaída importante del Rey en su enfermedad al tiempo que la Reina también se encontraba indispuesta, para acceder al poder. Consiguió que el Rey le diera el plácet a la redacción de un testamento en la que dejaba el trono a de José Fernando de Baviera, el sobrino-nieto de Carlos II. Portocarrero, desde el Consejo de Estado, logró la designación como heredero de José Fernando de Baviera; consiguiendo una tercera vía entre las pretensiones francesas de Luis XIV y las austríacas del emperador y de la propia Reina.

En el ámbito exterior, una maniobra habilidosa de Luis XIV, que también pensaba en la sucesión a la corona de España, permitió iniciar una serie de negociaciones que culminaron con la firma del tratado de Ryswick (1697). Tratado que pone fin a la guerra de los 9 años en la que se enfrentaban Francia en un bando y España apoyada por Inglaterra, los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico, por otro. El fundamento del acuerdo consistió en devolver los territorios conquistados y mantener el statu quo existente tras el tratado de Nimega. Así España recuperó Cataluña. El resto de los participantes, también recuperaron plazas ocupadas; entre otras y de gran trascendencia para el futuro, los Países bajos españoles recuperarían Ath, Charleroi, Luxemburgo, Mons, Namur, Nieuwpoort y Oudenaarde. Cuando años más tarde Luis XIV invadiera de nuevo estos territorios flamencos en nombre de su nieto Felipe, se iniciará la guerra de sucesión española.

Para mantener la paz, era necesaria la ratificación del testamento de Carlos II por las fuerzas firmantes de la paz de Ryswick y para eso Portocarrero sabía que debía separar al Rey de la influencia de la Reina. La excusa la encontró el Cardenal en la débil salud de Carlos. Alegando que mejoraba cuando estaba fuera de la Corte, lo trasladó a Toledo, bajo su protección. Cierto es que el Rey mejoraba fuera de la Corte pues los médicos de Toledo, más modernos en sus métodos, administraban al Rey quinina, lo que favorecía su recuperación, frente a los protocolos de los médicos de la Corte que limitaban su acción a tratar al Rey con agua ferru­ginosa mezclada con vino y lavativas de toda ín­dole. Es comprensible que el Rey, con semejante tratamiento, empeorase en Madrid.

Inocencio XII ratificó en 1698 el testamento de Carlos II en el que instituía heredero universal de toda la Monarquía a don José Fernando, en aquel momento un niño. Por lo que se dejó estipulado también la composición del consejo de Regencia, por si fuera necesario. El cardenal Portocarrero sería quien presidiría ese Consejo de Regencia con amplios poderes.

Pero la “solución Bávara” posiblemente la más favorable a los intereses españoles para mantener nuestra posición en Europa se extinguió el 3 de febrero de 1699 cuando José Fernando murió.

De nuevo la facción austríaca, encabezada por la Reina, y la borbónica se enfrentaban en la Corte española. Portocarrero optó por defender la sucesión en la persona del nieto de Luis XIV, al considerar que era la mejor opción para mantener la integridad territorial de la Monarquía. De nuevo el cardenal de Toledo maniobra para logar que Carlos II firme un nuevo testamento, ahora, en favor de la opción borbónica y en contra de las pretensiones de la Reina. En el tes­tamento, se elige, como sucesor de Carlos II, a Felipe de Anjou, con la condición expresa de que éste, de aceptar su herencia, renunciaría a cualquier derecho a la Corona francesa.

El testamento fue aprobado por el Consejo de Estado y el de Castilla donde Portocarrero mantenía sus influencias e incluso las incrementaba día a día por las injerencias de los austríacos y de la Reina. Injerencias extranjerizantes, que nada gustaban a los españoles.

La labor de Pedro Portocarrero, sobrino del cardenal y nuncio ad latere del papa, unido a las amistades que el propio cardenal había conseguido durante su estancia en Italia, fueron suficientes para que el Papa Inocencio XII, de nuevo, estuviera de acuerdo con el arzobispo de Toledo y aprobara el nuevo testamento real.

El último acto de Carlos II como Rey fue nombrar a Portocarrero regente de la Monarquía. Con todo el poder en sus manos desterró a sus enemigos en la corte y a la propia Reina. Alejados y dispersos sus oponentes, el poder de Portocarrero se hizo aún mayor.

No sólo dirigió la regencia, sino que fue nombrado consejero del gabinete de Felipe V y logró que a uno de sus sobrinos lo nombrara el nuevo monarca virrey de Cataluña.

Su última maniobra política de importancia fue el matrimonio de Felipe V con María Luisa Gabriela de Saboya. Pero sus días de mando tocaban a su fin. Como miembro de la Junta de Gobierno que rigió la Monarquía durante el viaje de Felipe V a Italia en 1702, tuvo múltiples discrepancias y enfrentamientos con el embajador francés en Madrid. La primera junta se formó a instancia de Portocarrero sólo por españoles. Pero Luis XIV, al poco tiempo, logró introducir la presencia de algunos consejeros franceses, en especial del embajador que con el tiempo se fue adueñando de las decisiones, que, realmente, dictaba el Rey de Francia. El embajador era el nuevo valido.

Los primeros enfrentamientos entre el embajador francés y Portocarrero se debieron a la forma de manejar la Hacienda, por el uso de las cuentas en la guerra de sucesión que ya se había iniciado. Posteriormente, fue destituido el sobrino de Portocarrero como Virrey de Cataluña. Ante esta situación, Portocarrero dimitió acusando de despectivo y erróneo la utilización que los franceses hacían de los Consejos españoles tradicionales.

La guerra avanzaba, Portocarrero se refugió en su sede arzobispal alejado de toda influencia política. Pero su malestar era tan profundo que, el 25 de junio de 1706, cuando el archiduque y sus tropas entraron en Madrid, el pretendiente austríaco fue aceptado como Rey de Toledo (donde residía la Reina viuda), y el propio arzobispo Primado ofició el Te Deum de proclamación. Cierto es que en aquel momento Felipe V huía hacia Burgos y que España parecía que iba a caer en manos austríacas. Pero no fue así.

A la vuelta de Felipe V a Madrid, el 4 de octubre, Portocarrero pidió perdón y le ofreció su lealtad. Su ofrecimiento contó con el profundo desprecio de la Corte, que, sin embargo, lo mantuvo en el cargo arzobispal. Y allí bautizó al príncipe de Asturias, Luis, en diciembre de 1707 y un año más tarde actuó de padrino en el juramento que el príncipe hizo, en la iglesia de San Jerónimo, como heredero de la Corona. Fue el último acto público relevante de Portocarrero antes de fallecer el 14 de septiembre de 1709.

BIBLIOGRAFIA

RIBOT, L. “La sucesión de Carlos II. Diplomacia y lucha política a finales del siglo XVII”, Ed. Junta de Castilla y León, 2004.

RIBOT, L (dir.). “Carlos II. El Rey y su entorno cortesano”. Ed, Centro de Estudios de Europa Hispánico. 2009.

CALVO POYATO, José. “La vida y época de Carlos II el Hechizado”. Ed. Planeta. 1998

PEÑA IZQUIERDO, J.R. “La Casa de Palma. La familia Portocarrero en el gobierno de la Monarquía Hispánica (1665-1700)” Ed.  Universidad Córdoba. 2004

El Consulado de Burgos

Vimos cómo durante el siglo XIII, la corona de Aragón tuvo en el comercio la base esencial de su crecimiento económico e institucional. Es la existencia de una burguesía mercantil fuerte la que impone su presencia en las Cortes aragonesas, manifestando así un sentido más plural, si se quiere más feudal y diverso en el ejercicio del poder que el existente en Castilla. En Castilla, la figura preponderante del rey y los acontecimientos históricos del momento, con luchas por la sucesión a la corona, sólo hacían posible la convocatoria de Cortes con finalidades presupuestarias para dotar de apoyo militar a las diversas facciones contendientes.

Fue en el siglo XIV cuando las cosas cambiaron. La prosperidad aragonesa tocó a su fin durante el reinado de Alfonso el magnánimo y sus veleidades imperiales, dando lugar a una serie de levantamientos entre los mercaderes y también entre el campesinado que llevó a un declive de la prosperidad del reino que sólo Fernando el católico, tras muchos años de esfuerzo diplomático y ordenación administrativa, logró devolver. En aquel momento, fue la Castilla de Isabel la católica, gracias al fin de las luchas sucesorias, la que logró el nacimiento de una clase burguesa, mercantilista, basada sobre todo en el comercio de la lana de las ovejas castellanas.

La expulsión de los judíos en 1492 dislocó el mercado de la lana y, para restablecer su equilibrio, los Reyes católicos, crearon en 1494 el Consulado de Burgos.

El origen ideológico de la institución del consulado era aragonés. Los consulados mercantiles no eran más que la ampliación de la jurisdicción de los previos consulados navales tan populares en el Mediterráneo durante el S. XIII. A mediados del siglo XV existían 8 consulados en la zona levantina de España. Los mercaderes burgaleses solicitaron a la reina Isabel un trato semejante.

Los consulados eran al mismo tiempo asociación religioso-benéfica, cofradía, corporación económico-profesional (Universidad de mercaderes) y Tribunal mercantil. A pesar de su evolución en el tiempo, nunca perdió su primer carácter como asociación de caridad y piedad, que atendía principalmente a viudas y huérfanos de mercaderes o mantenían instituciones como el Monasterio y hospital de San Juan y el Monasterio de la Madre de Dios.

También como asociación corporativa ideó numerosas normas de comercio y como Tribunal tenía una jurisdicción de primera instancia, correspondiendo las apelaciones al Corregidor y a la Chancillería de Valladolid- esto diferenciaba a Burgos frente a los consulados mediterráneos, pues su ámbito en razón de la materia era pleno, abarcaba todos los aspectos del tráfico mercantil, no sólo los marítimos como los levantinos. El ámbito territorial su límite coincidía con la frontera que marcaba de manera natural el río Ebro, separando así la jurisdicción burgalesa de la vizcaína, con la que tuvo algún enfrentamiento.

Su origen tiene como fundamento la exportación de productos lanares y otras mercancías castellanas a Flandes y otros puertos del Atlántico norte.  Su tarea fue esencial por cuanto coordinaba el comercio interior con la exportación (especialmente el comercio proveniente de La Rioja, Soria y otras provincias castellanas, principalmente Palencia, Valladolid y Segovia) e indirectamente, servir de elemento unificador y centralizador del poder tan del gusto de los Reyes Católicos. Burgos no tenía salida al mar, pero se convirtió en una especie de depósito general, de control centralizado de la economía lanera y de exportación castellana, fue el enlace necesario para dar salida a las exportaciones. Los productos se embarcaban en los puertos del cantábrico, especialmente Santander y Laredo y los que controlaban el tráfico eran los “cónsules”. Ha quedado una buena documentación de toda esta actividad gracias a los escribanos de los puertos cántabros que documentaban exhaustivamente cada salida y llegada, tenían representantes en Flandes y en otros puertos europeos. Los miembros del “consulado” obtuvieron algunos privilegios, por ejemplo, la exención de derechos señoriales y portazgo.

Pero el Consulado de Burgos también destacó en el ámbito mercantil por haber sido el origen de métodos como el de las letras de cambio, los seguros y reaseguros.

Pero no sólo se exportaban los productos castellanos desde los puertos de lo que hoy es Cantabria, sino que una buena parte lo hacían desde Bilbao.  De manera que Burgos, con ese carácter centralizador, adquirió el monopolio del comercio total que salía por los puertos del mas cantábrico hacia el norte de Europa. Esto permitió estimular la flota mercante con ayudas reales para la construcción de barcos de gran tonelaje o la aprobación en 1500 de una ley de navegación. En el lado negativo de esta centralización, la creación del consulado burgalés provocó un endurecimiento de la tradicional hostilidad que mantenía con la Cofradía de Mercaderes de Bilbao, que en 1494 había conseguido eximir al Señorío de Vizcaya de su jurisdicción, como hemos dicho anteriormente, pero que se molestaba por no gozar de los mismos privilegios que Burgos. Después de varios acuerdos, en 1511 la universidad de mercaderes de Bilbao consigue de la reina Juana (realmente de Fernando el católico) el privilegio de crear su propio consulado. Como prueba de la pugna entre ambos consulados, los burgaleses redactan entonces sus primeras ordenanzas de fletamentos, aprobadas en 1512. Las ordenanzas generales no aparecerán hasta más tarde, siendo aprobadas por Carlos I en Valladolid el 18 de septiembre de 1538, – cuya importancia histórica sobrepasa la regulación del momento y se convierte en el primer cuerpo legislativo sobre seguros y prácticas mercantes que atañe al mundo atlántico, después de las del Consulado de Bilbao, aunque éstas de confirmación real posterior-. La pragmática de 1558 delimitará las competencias de ambos consulados y eximirá de la jurisdicción de Burgos a los naturales de las provincias vascongadas de Guipúzcoa y Álava. En 1572, en relación con las averías de la flota de lanas atacada por los protestantes en Zelanda, se redactan nuevas ordenanzas generales que permanecerán vigentes más de dos siglos. En 1766 se redactan las terceras ordenanzas generales, cuando se intentaba un resurgimiento de la institución.

El sistema de Consulado había resultado tan idóneo para resolver los problemas mercantiles que se decidió extender el modelo al comercio con América, dando lugar al nacimiento de la Casa de Contratación de Sevilla en 1503. Así nació el monopolio sevillano en el comercio con el Nuevo Mundo que se prolongó durante doscientos años.

El consulado tuvo otras repercusiones en el ámbito internacional con relaciones florecientes de Burgos con Flandes, Inglaterra, Francia, Alemania, etc. Burgaleses dejaron su impronta en Florencia y Colonia (donde construyeron la capilla de los Reyes Magos), u otros importantes legados en Brujas, o Amberes.

Los ricos hombres burgaleses contribuyeron a la mejora de los caminos en directa colaboración con los Reyes Católicos para facilitar el comercio interior o financiaron algunos o parte de los grandes viajes de los descubrimientos españoles, por ejemplo, la familia Haro, Cristóbal de Haro en concreto, financió en gran parte el viaje de Magallanes-Elcano alrededor del mundo.

Fueron estas familias de comerciantes burgaleses los importaron las más notables piezas artísticas de orígenes flamencos y alemanes que se concentran en Castilla. La propia Catedral de Burgos tiene un patrimonio ingente de pinturas, tapices y piezas de orfebrería de orígenes europeos fruto de este comercio.

A partir de la pérdida de la flota de las lanas de 1572 en Middelburg y la guerra abierta con Inglaterra y las provincias holandesas, el comercio lanero inicia su decadencia, que coincide también con la decadencia del consulado a lo largo del siglo XVII. A finales del siglo XVIII durante el reinado de Carlos III, se intenta una reactivación mediante la aplicación de medidas mercantilistas, en realidad fue una institución ya diferente y, en general, sin éxito. El consulado desapareció en la primera mitad del siglo XIX, como el resto de instituciones con jurisdicciones especiales de su misma índole.

 

BIBLIOGRAFÍA

BASAS, Manuel. El consulado de burgos. CSIC. 1963

GARCÍA DE QUEVEDO Y CONCELLÓN, Eloy. Ordenanzas del Consulado de Burgos de 1538. Diputación provincial de Burgos. 1995.

ELLIOTT. John. H.- “La España imperial 1469-1716”. Ed. Vicens Vives. 2012

El Tratado de los Pirineos

La guerra de los 30 años se libró en centro-Europa entre 1618 y 1648. Inicialmente, se trataba de otra más de las guerras de religión entre los partidarios de la Reforma y los que se mantenían en la Contrarreforma, pero ya vimos en su momento que Lutero obtuvo el respaldo a sus tesis porque los príncipes alemanes encontraron en las mismas una forma de conseguir independencia política, es decir, un modo de lograr su propio poder frente a Carlos V. Sin embargo, la intervención paulatina de diferentes y cada vez más numerosas potencias europeas cambió el signo de la guerra para luchar por el poder hegemónico en Europa. Especialmente entre Inglaterra y, sobre todo, Francia frente al Imperio español y al Sacro Imperio Romano-Germánico. La consecuencia de los conflictos fue la devastación total de las zonas en las que se desarrollaron los enfrentamientos, y muy destacadamente, en lo que hoy es Alemania, República Checa, Italia y los Países Bajos… Aquellos conflictos tuvieron forma de guerras locales. De algunas, los españoles sabemos más, quizá por la literatura o el cine, como fueron los enfrentamientos en Flandes, pero también cabe hablar de la guerra de sucesión de Mantua, guerra de los Grisones suizos, la guerra anglo-española, la guerra polaco-otomana o la recientemente mencionada en este blog, la Guerra de restauración portuguesa. https://algodehistoria.home.blog/2022/06/03/la-union-iberica/

El final de la guerra de los treinta años supuso el principio del fin de la hegemonía española en Europa, que sería sustituida por la francesa. Aquella guerra tuvo su final en los tratados de Westfalia en 1648 y la paz de los Pirineos (1659). El primero acabó con la guerra de los treinta años en Alemania y con la guerra de los 80 años entre los países bajos y España.  El segundo, el Tratado de los pirineos, termina con el enfrentamiento entre Francia y España.

Realmente los enfrentamientos entre Francia y España se venían produciendo desde la Guerra de los 80 años, pero se incrementaron y fueron más directos, tras las victorias españolas contra los rebeldes holandeses en 1625, contra los suecos en Nördlingen en 1634 y por la invasión española del francófilo electorado de Tréveris en 1635, tras la previa invasión francesa del español ducado de Lorena y Bar. Pero lo que más dolió y supuso la continuación de la guerra contra Francia fue que en 1640, Francia apoyara la sublevación de Cataluña, al tiempo que España apoyaba la revuelta de la Fronda en 1648. Así mismo, ya vimos como Francia buscó candidato portugués- duque de Braganza- para que, una vez proclamado rey, independizara el territorio luso de España y acabaran con la Unión Ibérica. Además, en 1648, Francia se anexionó los territorios del sur de Alsacia cerrando así el llamado “camino español” o “camino de los tercios españoles”, es decir, el camino terrestre ideado por Felipe II para llevar dinero y tropas a Flandes y que unía Flandes con Italia a través de Suiza y el franco Condado; y, ya por mar, Barcelona con Génova.

Ya vimos como, enmarcada en aquella guerra de los 80 años, se había producido la batalla y gran derrota de los tercios en Rocroi (19 de mayo de 1643)[ https://algodehistoria.home.blog/2020/12/04/rocroi-1643/ ] que se inició con la intención de aliviar la presión francesa sobre el Franco Condado y Cataluña. Aquella derrota, aunque fue considerada por algunos como el inicio del fin de los tercios y del dominio español de Europa, no fue así, todavía daríamos mucha guerra; sin embargo, la batalla que determina el inicio del dominio francés frente al español y es causa muy importante de la firma de la paz de los pirineos, fue la batalla de las Dunas (14 de junio de 1658). Hay que saber que, previamente, en 1657, Inglaterra y Francia habían firmado el tratado de París en virtud del cual se convertían en aliados- por primera vez en siglos- contra España. La derrota en las Dunas supuso la toma de la ciudad de Dunkerque por las tropas franco-inglesas el 24 de junio. El 7 de noviembre de 1659 se firmaba la paz de los Pirineos que ponía fin a 24 años de guerra entre Francia y España.

Aunque se firmó en noviembre, las negociaciones de paz se iniciaron en julio. La historiografía tradicional ha sido muy crítica con el negociador español, Luis de Haro, si bien, últimamente las críticas se han vuelto más benévolas, como veremos.

El tratado se firmó en la Isla del Faisán, en el Bidasoa, con Luis de Haro en representación de Felipe IV de España y el Cardenal Mazarino en nombre de Luis XIV de Francia, y sus consecuencias directas fueron:

Francia recibió el condado de Artois y una serie de plazas fuertes en Flandes, Henao y Luxemburgo. Los franceses devolvieron a España Charolais, en el Franco Condado y los territorios ocupados en Italia. Se entregaron a Francia los territorios catalanes del Rosellón, Conflent, Vallespir y una parte de la Cerdaña, todos ellos situados en la vertiente septentrional de los Pirineos y que las tropas francesas habían ocupado en apoyo de los sublevados catalanes. La frontera con España se fijará desde entonces siguiendo los Pirineos, salvo en lo que se refiere al diminuto enclave de Llivia (perteneciente a la provincia de Gerona, pero rodeada de territorio francés por todas partes) y al valle de Arán.

El tratado también preveía la boda entre Luis XIV de Francia y María Teresa de Austria, hija de Felipe IV de España. Esta relación familiar fue la que determinó que al morir Carlos II sin descendencia fuera nombrado el duque de Anjou, como rey de España- Felipe V-.

La paz de los Pirineos se completó un año después por el tratado de Llivia (1660) que acordó el paso a soberanía francesa de 33 pueblos y lugares del valle de Carol y el Capcir, quedando el enclave de Llivia bajo dominio español. De esta forma se fijó de un modo más preciso la división de la Cerdaña entre España y Francia. Como señala el profesor Reglá se comprende así el valor geo-histórico de la cordillera y se circunscribe el tratado de los Pirineos en el inicio de un poder geometrizante en Europa, manifestado en otros tratados como fueron los de Westfalia, Oliva, Copenhague y Kardís; y al inicio de una política de geo-soluciones que serán características de Europa a partir de aquel entonces. Aquel acuerdo solventaba el problema francés de seguridad del Midi.

Aquella política tuvo dos excepciones curiosas, la ya señalada de Llivia y la de la isla de los Faisanes, en la que se firmó el acuerdo.

La Isla de los Faisanes, una pequeña parcela de tierra (2.000 metros cuadrados) en el río Bidasoa, cambia de soberanía cada seis meses entre Francia y España desde aquel acuerdo hasta la actualidad. De agosto a enero, forma parte del país galo, mientras que, de febrero a julio, de España.

La Isla, en su calidad de frontera, quedó en una posición incierta en el tratado de Paz de los pirineos, sin aclarar si era francesa o española. No fue el único caso. No sería hasta el reinado de Isabel II cuando se llega a un acuerdo entre España y Francia, en los llamados Tratados fronterizos de Bayona (fueron cuatro), que perfilaron las fronteras que desde 1659 estaban en puja.

En el primero de 1856, se determinó las fronteras de las provincias de Guipúzcoa y Navarra, y en él se establece la soberanía compartida entre Francia y España de la Isla de los Faisanes. En los tratados de 1862, que regulaba la frontera en las regiones de Huesca y Lérida; y en el de 1866 que solucionaba los problemas fronterizos desde Andorra hasta el Mediterráneo. Como cuarto se consideran las disposiciones adicionales a los anteriores y el acta final firmado en 1868. El interés en que esta isla fuese compartida tiene que ver con los derechos de pesca del río Bidasoa y por ser paso fronterizo. De hecho, allí se concertaron los matrimonios entre las infantas españolas y los reyes franceses que vimos como parte del Acuerdo de Paz de los Pirineos.

Otros acuerdos consecuencia del tratado fueron la concesión de un indulto general y la restitución de bienes a todos los perseguidos durante los años de la sublevación catalana (1640-1659), en la parte española. En la francesa se comprometían a mantener la vigencia de los Usatges de Barcelona y sus instituciones al norte de los Pirineos, con sede en Perpiñán. Luis XIV incumplió estos acuerdos y en 1660 los Usatges fueron derogados, lo que conllevó la abolición de las instituciones propias en Cataluña septentrional y en 1700 se prohibió del uso del catalán en el ámbito público y oficial con sanciones en caso de incumplimiento. El francés fue y sigue siendo la única lengua oficial en esas regiones del sur de Francia.

En cuanto a las posiciones españolas, fueron muy criticadas por entender que Luis de Haro se doblegó a los deseos franceses sin saber imponer unas condiciones más favorables para España. En este sentido fue especialmente duro Cánovas del Castillo, gran estudioso de la España de Felipe IV y de la figura del rey.  Pero Lasso de la vega y otros historiadores consideran que poco más se podía hacer ante la debilidad que presentaba España, sobre todo, por la rebeldía catalana. En este sentido la historiografía catalana, por ejemplo, Sanabre, consideran el acuerdo como una catástrofe para las posiciones catalanistas. Los nacionalistas siempre han defendido la posición de los catalanes frente al Conde-Duque y a Felipe IV como la adecuada ante el centralismo opresor de Madrid y, por ello, la consideración de libertador de los borbones franceses. Sin embargo, esto se tornó cuando vieron que en el Rosellón y demás provincias de la antigua Cataluña la posición francesa era mucho más aplastante que la española y justifica, por ello, la posición en favor del Archiduque Carlos de las provincias catalanas durante la guerra de sucesión. Es por esa posición avasalladora de los franceses por lo que Sanabre y otros reconocen la buena tarea de los negociadores españoles para lograr salvar los puertos de Rosas y Cadaqués que pretendían los franceses. Sin embargo, el historiador Vilar, frente a la idealización nacionalista de sus pretensiones de unidad entre el norte y el sur catalán, abre los ojos al hecho cierto del enfrentamiento cada vez mayor entre Barcelona y Perpiñán por el dominio y capitalidad administrativa de la región. Un enfrentamiento interno que no auguraba nada bueno.

Pierre Vilar va incluso más allá, y afirma que “la unión con los condados no representaba para el Principado una necesidad material fundamental”. De hecho, los representantes catalanes del momento, ante la pérdida del Rosellón, escribieron a Madrid alarmados, no por la pérdida de ningún elemento esencial para la identidad catalana sino por el peligro geopolítico que suponía, a su entender, entregar la llave del principado a los franceses.

Con todo, la visión romántica de la historiografía catalanista, exaltada en la “Renaixença”, despertó una idealización de aquel movimiento y un victimismo, fomentado, posteriormente, por la II República, que aún padecemos y algunos se empeñan en fomentar sin atender a la verdad de los acontecimientos y alejando sus afirmaciones de cualquier evidencia científico-histórica.

Es muy conocido el artículo publicado por Domínguez Ortiz en el tricentenario de la firma del tratado de los Pirineos, que desmitifica y quita dramatismo a la negociación realizada por España. Según Domínguez Ortiz, el tratado no es más que la consecuencia lógica de un país en decadencia frente a uno en ascendente pujanza. Por esa debilidad se perdió el Bidasoa. Es más, considera que, en aquellas circunstancias, lo que hizo Felipe IV fue luchar denodadamente por conservar los territorios que habían sido de la monarquía española y que había recibido en herencia, de ahí que prolongara la guerra tras la paz de Westfalia, en un ambiente europeo complicadísimo para España. Por eso, Domínguez Ortiz considera un logro que la Paz de los Pirineos fue “una honrosa transacción entre un vencido digno y un vencedor moderado”, donde territorialmente las pérdidas fueron mínimas. Incluso en la espinosa cuestión del condado rosellonés, que se había convertido en el refugio de los exiliados catalanes contrarios a Madrid y en el que la presencia de pobladores franceses era tanto o más considerable que la española. Por último, nos recuerda, que la guerra no se debatía en el Rosellón, sino en la Cataluña surpirenaica. Así, renunciando a algo que no se poseía (el Rosellón), recuperábamos los puertos costeros de Gerona.

El propio Domínguez Ortiz considera males menores aquellos acuerdos territoriales y detecta perfectamente las dos consecuencias peores del Tratado para España: de un lado, las pérdidas comerciales cuyas transacciones acabaron siendo muy favorables a Francia y, por otro, el propio retraso en la firma del tratado nos perjudicó más que nos favoreció.

También hay que destacar que aquella paz y la hegemonía francesa que vino con ella tuvieron consecuencias en toda Europa, así, en la Paz de Oliva por las fronteras entre el ducado de Prusia y las de Polonia y Suecia, o el intento de retorno de los Estuardo a Inglaterra. Además, la decadencia española y la paz de los pirineos dieron lugar a la pérdida de influencia del Vaticano en el devenir de los acontecimientos europeos y provocó la aparición de una, cada vez mayor, Europa secularizada.

Intentar entender el tratado de paz de los Pirineos desde una óptica local, es contraria a toda lógica. Era una paz internacional, con consecuencias internacionales, que incidieron de manera destacada en España por ser la potencia hegemónica hasta el momento y a la que quedaba aún mucho poder y territorio por el mundo. Toda tentación localista está marcada por el uso de orejeras en la visión histórica.

BIBLIOGRAFÍA

DOMÍNGUEZ ORTÍZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Ed. Marcial Pons.2020.

DOMÍNGUEZ ORTÍZ, Antonio. “España ante la Paz de los Pirineos”. Ed, Ariel, 1984.

VILAR,Pierre. “Cataluña en la España Moderna”. Ed. Crítica, 1979.

SANABRE, Josep.  “El Tratado de los Pirineos y sus antecedentes” [ El Tractat Dels Pirineus I Els Seus Antecedents (Episodis de la història)]. Rafael Dalmau, 1961.

La Unión Ibérica

Decíamos al hablar del Tratado de las Alcazobas (https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ ) que una de las consecuencias del mismo fue “la boda entre la hija de los Reyes Católicos, Isabel, y el nieto del rey de Portugal, Alfonso, que se celebró en 1490. Al morir Alfonso a los pocos meses, Isabel contrajo matrimonio en 1497 con el nuevo heredero al trono portugués, Manuel I de Portugal- primo de Juan II-. Tuvieron un hijo que murió a los dos años de edad. Poco después moría Isabel. Su hermana, María de Aragón, contraería nupcias con Manuel I. María y Manuel I tuvieron una hija, Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España y madre de Felipe II. Por este ascendiente, Felipe II pudo reclamar la corona de Portugal tras la muerte de Sebastián I. Felipe II fue coronado rey de Portugal el 16 de abril de 1581 en las Cortes de Tomar, logrando así “la unión ibérica”.”

Veamos cómo se desarrolló aquel acontecimiento.

Como, en tantas cosas destacables de nuestra Historia, son los Reyes Católicos los que inician el camino y no tanto por aquel matrimonio, que, efectivamente, a la postre fue decisivo, sino por la instauración de una idea esencial para cimentar el futuro de España: la unidad.

Felipe II fue el más digno heredero de aquella constante, tanto por su tendencia a la unidad de mando como por la convicción de la necesidad de una unidad de los territorios que gobernaba.

Durante su reinado completó la obra de sus abuelos y de su padre consiguiendo la unidad de España con Portugal, lo que, a su vez, le permitió subsumir el Imperio portugués y el español bajo su corona, ampliando de manera hegemónica y brillante el contenido material de la idea imperial de la corona de España que se venía produciendo desde los reyes astures y, sobre todo, desde Alfonso X.

La unidad de la península ibérica se había dado ya con los romanos y con los visigodos. Por tanto, lograr la unidad de los reinos peninsulares era una idea que estaba instalada al sur de los Pirineos desde siempre. Ya Juan I de castilla, casado con una princesa portuguesa, aspiró a aquel trono, pero perdió la batalla de Aljubarrota, con lo que se inició la dinastía Avis en Portugal con Juan I como rey de Portugal (en honor de la victoria mandó edificar el maravilloso monasterio de santa María de Victoria, más conocido como Monasterio de Batalla- en portugués: Santa Maria de Vitória o de Batalha- ejemplo de arquitectura gótico-tardío portuguesa o estilo manuelino-.  Posteriormente, fue Alfonso V de Portugal, al unirse a la causa de Juana la Beltraneja, quien pretendió también la unión con Castilla bajo la corona de su hijo, pero ya vimos en la entrada sobre el Tratado de las Alcazobas que tal cosa no ocurrió. En 1500 la muerte prematura del príncipe Miguel de la Paz, hijo de Manuel I de Portugal y heredero simultáneo de las coronas de Portugal, Castilla y Aragón, abortó otra oportunidad de unión de los reinos peninsulares. Hoy contamos un nuevo intento que obtuvo más éxito.

Sebastián I, rey de Portugal desde 1557, falleció en la batalla de Alcazarquivir en 1578. Era nieto de Carlos I de España por línea materna y bisnieto, tanto por línea materna como paterna de Manuel I de Portugal.

El joven rey era un místico que se tenía a sí mismo como un cruzado enviado por Dios para acabar con el poder musulmán en el norte de África. Antes de iniciar la gran cruzada en Fez, Felipe II, su tío, intentó disuadirle. No sólo porque temía por su vida: el rey portugués era muy joven y no muy ducho en ese tipo de acciones militares frente a unos miembros del imperio turco que en demasiadas ocasiones habían dejado muestras de su valía militar. Además, aquello acontecía poco después de Lepanto y Felipe II no quería un nuevo levantamiento otomano.

En la batalla de Alcazarquivir murió el Rey Sebastián y también el rey de musulmán. Gran parte de la nobleza portuguesa cayó prisionera, por cuyas vidas se exigió un gran rescate, lo que acabó prácticamente con el tesoro de Portugal.

Recuperado el cadáver del rey Sebastián se enterró tras unas cuantas peripecias en el monasterio de los Jerónimos de Belém en Lisboa.

Entorno a él apareció una corriente –el sebastianismo- que creó considerables problemas. Algo de esto vimos en su momento, en la tercera de estas leyendas: https://algodehistoria.home.blog/2020/05/08/curiosidades-de-la-historia-2-entre-cuentos-y-leyendas/

Hereda el trono portugués el tío-abuelo del rey fallecido, el cardenal Enrique de Portugal (Enrique I de Portugal). Hombre de edad avanzada que falleció dos años después sin dejar herederos.

Se inician los problemas sucesorios. Se postulaban al trono: Catalina de Portugal, nieta de Manuel I y casada con el duque de Braganza; Antonio, prior de Crato, también nieto de Manuel I, aunque era hijo ilegítimo de Luis de Portugal, motivo por el que una parte importante de la nobleza lo rechazaba, y Felipe II, rey de España, también nieto de Manuel I de Portugal por línea materna. De manera más lejana, pretendía el trono otros personajes como Catalina de Médici (reina madre de Francia).

Antonio, Prior de Crato, se proclamó rey, contando con el apoyo del pueblo llano. Felipe II envió un ejército bajo el mando del Duque de Alba, que venció a los partidarios de Crato en la batalla de Alcántara (1580).  Crato huyó a Francia y se refugió bajo la protección de Catalina de Médici. Se llevó con él las joyas de la corona portuguesa que le permitieron aliarse con los franceses para armar una flota e intentar la recuperación del trono portugués, pero fueron derrotados en la Batalla de la Isla Terceira por la armada española dirigida por Álvaro de Bazán. Más tarde, en 1589 volvió a la carga, esta vez apoyado por la Inglaterra de Isabel I, previo pago de la ayuda. Fue otro fracaso que además le dejó arruinado. Murió sólo y bajo la caridad del rey de Francia, años después.

Mientras, Felipe II fue proclamado Rey de Portugal el 12 de septiembre de 1580. Tomó juramento como Rey en las Cortes de Tomar, el 15 de abril de 1581. Se inicia así lo que en Portugal se conoce como dinastía Filipina o Tercera dinastía. Felipe II había contado desde el principio con el apoyo de la nobleza portuguesa y la incipiente burguesía del país, a los que prometió respeto a sus instituciones y autonomía de gobierno, ya que garantizaba el mantenimiento de las estructuras de poder, los fueros y costumbres de Portugal. Por ello, únicamente contó con la presencia en Lisboa de un gobernador (a veces un virrey) cuya función era representar y velar por los intereses de la corona en los nuevos territorios unidos. Además, en aquella España de los grandes Consejos se crea el Consejo de Portugal en 1582 (no olvidemos que ni España ni ningún otro país era una nación en el sentido actual. Desde el siglo XV se estaban formando las naciones-estado cuyo basamento unificador era la corona, que, el caso español, respetaba los fueros y costumbres de los antiguos reinos). El Consejo tuvo el papel de asesorar y gestionar ante el rey los asuntos referidos a la justicia, la gracia, y la economía de la Corona portuguesa. Cualquier decisión del rey con referencia a Portugal tenía que pasar por una consulta al Consejo antes de ser transmitido a la cancillería de Lisboa.

La idea de unidad estaba tan presente en Felipe II que estudió un proyecto que hiciera navegable el Tajo desde Toledo a Lisboa. Esta idea de unir la península por medio de franjas horizontales ya la tuvieron los romanos que intentaron unir Mérida con la costa portuguesa. Pero ni las técnicas del momento permitieron aquella empresa ni, posiblemente, el tiempo que los portugueses habían vivido como nación independiente les hacía sentir es unión y, sin embargo, aquella unidad se mantuvo un tiempo y en el espíritu aún permanece y no son pocos los portugueses que claman por la misma.

La unión Ibérica se había producido bajo la corona de los Austria y duró desde 1580 a 1640. Tres reyes españoles tuvieron el privilegio de gobernar unido el territorio peninsular: Felipe II (1580-1598); Felipe III (1598-1621), y Felipe IV de 1621 a 1640.

Aquella unión añadió al ya extenso imperio español la nada desdeñable del imperio portugués lo que supuso el gobierno de la mayor porción del mundo que haya tenido nunca un Estado: desde América al Pacífico, de Extremo Oriente a África, de la India a Europa.

Portugal, añadía extensión y una gran riqueza sobre todo por el comercio de especias. Vasco de Gama había llegado a Oriente navegando alrededor de África en 1497-98, completando los esfuerzos exploratorios iniciados por Enrique el Navegante. Esto abrió nuevas rutas de navegación que permitieron sortear los obstáculos que creaba el tránsito por Oriente Medio.

Aquel modo de gobierno, muy descentralizado, no dejó de dar dolores de cabeza al rey Felipe, pero no sólo en Portugal, también en la antigua corona de Aragón, en los Países Bajos, en Nápoles y Milán o en Sicilia y por supuesto en los territorios de ultramar. Realmente, la unidad como tal se manifestaba esencialmente, además de en las decisiones comunes que realizara la corona, en la unidad de acción y criterio en la política exterior. Con todo, bajo un rey supervisor y trabajador como Felipe II, los problemas se fueron solventando y afianzando la unidad.

Su sucesor, Felipe III, tuvo un reinado relativamente tranquilo en lo que a Portugal se refiere, a pesar de que con él se iniciaron ciertos procesos centralizadores, los problemas que los holandeses crearon en Brasil y los añadidos por el aumento de impuestos.

Pero los mayores disgustos para la Unión Ibérica acontecieron en el reinado de Felipe IV, especialmente a partir de 1630 cuando la tensión se incrementó a raíz de las guerras en los Países Bajos (guerra de los 80 años) y por los enfrentamientos contra Inglaterra, cuyos ataques estaban poniendo en peligro los intereses comerciales de la burguesía portuguesa en sus colonias, sobre todo, el comercio de especias y el de esclavos. Asimismo, los portugueses se quejaban de que la Corona favorecía la situación comercial de las provincias españolas en América o en Flandes frente al comercio tradicional de los territorios portugueses. En ese aspecto fue especialmente significativa la crisis del comercio de maderas de Madeira y Azores frente a de las provincias españolas en América. Todo ello contribuyó a que el comercio portugués entrara en decadencia y a que su riqueza comercial dependiera cada vez más de sus colonias, esencialmente de India y Brasil. Además, socialmente, los enfrentamientos en Flandes originaron la muerte de muchos soldados portugueses, lo que aumentó considerablemente el malestar, si bien, la corona se esforzaba en interrumpir el comercio holandés y en defender los intereses portugueses en Brasil. La situación tuvo cierta contención hasta que en 1634 y 1637 se produjeron las dos primeras revueltas portuguesas, que, si bien no fueron radicalmente peligrosas para los intereses de la unidad, sí propiciaron la revolución   definitiva de 1640.

La falta de respeto a los privilegios, costumbres y fueros portugueses, tradicionalmente aceptados y dignificados por Felipe II en Tomar pusieron en alerta a los lusos, pero lo que más afectó a la población portuguesa fue la subida de impuestos, así como un intento de desamortización que puso en alerta a los eclesiásticos, sobre todo, a los jesuitas que tenían gran predicamento y poder en Portugal y no mantenían las mejores relaciones con la Corona española. Ni pueblo llano ni comerciantes ni nobles ni eclesiásticos estaban muy contentos con la política de Felipe IV. La gota que colmó el vaso fue la intención del conde- duque de Olivares de utilizar tropas portuguesas contra los catalanes sublevados. Así que el conde-duque en vez de solventar un problema, aumentó dos.

Además, el cardenal francés, Richelieu, con una poderosa red de informadores en Portugal, halló un líder, en el duque de Braganza (nieto de Catalina de Portugal- como vimos aspirante al trono junto a Felipe II-), que impulsara, con apoyo francés, un levantamiento contra Margarita de Saboya, duquesa de Mantua y gobernadora de Portugal y contra su secretario- Miguel de Vasconcelos-. La revuelta de 1 de diciembre de 1640, acabó con la vida de Vasconcelos, y el duque de Braganza se proclamó rey de Portugal con el nombre de Juan IV. Se inicia así en Portugal la dinastía de Braganza. Esta revolución, que de facto supuso el fin de la Unión Ibérica, no fue aceptada por España. Se inició un largo conflicto conocido como Guerra de Restauración portuguesa. Duró 28 años y terminó con el Tratado de Lisboa de 1668 por el que España reconoce la Independencia de Portugal. El Tratado fue firmado por Alfonso VI de Portugal y Carlos II de España.

La victoria portuguesa se debió a que los mayores esfuerzos militares españoles estaban puestos en Cataluña, así como al apoyo de las potencias europeas, Inglaterra y Francia- esta última con gran interés- con la finalidad de limitar el poderío de la Corona española. Con ese mismo objetivo, al tiempo, mantenían la guerra contra España en Holanda.

En aquel tiempo los portugueses aprovecharon para expulsar a las tropas holandesas de Brasil, Angola, y Santo Tomé y Príncipe, recuperando así también, parte de su imperio.

BIBLIOGRAFÍA

PEMAN, José María. “La Historia de España contada con sencillez”. Ed Bibliotheca Homolegens. 2009.

KAMEN, Henry. “Felipe II”. Ed Siglo XXI. 1997.

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Ed. Marcial Pons. 2020.

COLOMER, José Luis. “Arte y diplomacia de la Monarquía Hispánica en el siglo XVII”. Ed. Fernando Villaverde. 2003

JORGE PRÓSPERO DE VERBOOM  

Hoy el hilo se lo dedico a todos mis familiares y amigos ingenieros.

Hoy vamos a hablar de un destacado español, de los que habían nacido en el territorio de la Corona española de Flandes. Fue una gran figura, como tantos otros de nuestra historia, desconocido para la mayoría, a pesar de que sus acciones fueron esenciales para dos disciplinas: la militar y la de la ingeniería.

Jorge Próspero Verboom. Marqués de Verboom nació en Amberes, Flandes, en 1665 y murió en Barcelona el 19 de enero de 1744.  Fue hijo de María Ana de Wolf y del también ingeniero militar Cornelio Verboom, que fue ingeniero mayor de los Ejércitos del Rey de España en los Países Bajos.

Es decir, nace siendo rey Carlos II y muere con Felipe V como monarca, lo que significa que por medio se produjo la guerra de sucesión al trono. Asunto no menor para comprender algunos de los pasajes de su vida.

Su primer aprendizaje lo hizo de la mano de su padre que le instruyó como ingeniero y militar al incluirle entre sus ayudantes en la guerra del Franco Condado, aún sin haber ingresado el joven Jorge en el ejército.

El 5 de febrero de 1677, ingresó oficialmente en el Ejército como cadete del regimiento de Infantería Valona del conde de Moucron. Esta actividad la compaginó con la asistencia a los cursos de la Real Academia Militar de los Países Bajos con sede en Bruselas, donde fue discípulo del director del centro, el ingeniero militar Sebastián Fernández de Medrano, con el que además desarrolló una especial colaboración.

La importancia de los ingenieros en el ejército se incrementa a raíz de la aparición de la artillería como arma clave en el desarrollo de las batallas, lo que supuso un cambio en los sistemas defensivos de las ciudades y el nacimiento de sistemas especiales de fortificación. Esto trajo consigo la necesidad creciente de la presencia de ingenieros en el ejército y en los campos de batalla, tanto para el diseño de las obras defensivas como para dirigir el ataque a las mismas.

Con fecha 8 de enero de 1685, recibió el nombramiento de alférez de Infantería, su primer destino fue Namur donde intervino en las obras de fortificación de aquella plaza. Tanto aquí como en el siguiente estallido de la guerra contra Francia, en 1688, Verboom demuestra su habilidad y conocimientos, su valía, para el ejercicio de la ingeniería lo que le valió que pronto fuera ascendido a un cargo de relevancia: Cuartel Maestre General e Ingeniero Mayor del Ejército y Plazas de los Países Bajos. Tenía tan sólo 27 años.

En 1697, contrae matrimonio, fruto del cual nacieron 5 hijos. Dos de los cuales fueron militares e ingenieros, como su padre.

Pero sus grandes dotes para la ingeniería militar se mostraron durante la Guerra de Sucesión española (1702-1714), en la que Verboom tuvo importantes actuaciones en favor de Felipe V.

Al fallecer sin descendencia Carlos II de España, es nombrado rey el nieto de Luis XIV de Francia – recordamos que Luis era hijo y esposo de españolas-, Felipe de Anjou, que reinará con el nombre de Felipe V. Fue coronado el 4 de octubre de 1700 en París. Pero la sucesión no fue pacífica ya que también reclamaba la corona española, Carlos de Habsburgo, descendiente de la rama Habsburgo reinante en el sacro imperio desde la herencia favorable a su hermano, Fernando, del emperador Carlos I. Las naciones europeas temían la fortaleza que alcanzarían Francia y España si se producía una alianza familiar entre las dos naciones; motivo por el cual, Austria, Inglaterra, Países Bajos, Prusia y Portugal forman la Gran Alianza que era favorable a Carlos de Habsburgo, lo mismo que determinadas regiones españolas, como Cataluña, lo que dará lugar, durante más de trece años, a la Guerra de Sucesión Española.

Los estados de Flandes se unen a la alianza hispano-francesa. El gobierno de los Países Bajos recayó en el Elector de Baviera que tenía a Isidro de la Cueva y Enríquez, marqués de Bedmar como jefe del ejército hispano. Los ingenieros que allí se encontraban, continuaron bajo control del Ingeniero Mayor, Verboom, si bien sometidos a la organización de los ingenieros franceses. De entre las tareas realizadas, destacó la fortificación de Amberes. En este periodo Verboom fue ascendido a mariscal de Campo.

El 23 de mayo de 1706, el ejército inglés, al mando del duque de Marlborough, derrota a los franceses en Ramillies. La derrota fue tremenda y la retirada, un verdadero desastre para el ejército francés, además, muchas ciudades se pasaron al bando Habsburgo. A todos aquellos que llegaron a Francia se les exigió un juramento de fidelidad a la causa borbónica, que Verboom, “ofendido por la desconfianza que se le mostraba” rehusó hacer por dignidad personal, lo que determinó su arresto el 4 de julio de 1706 en Valenciennes y posteriormente en Arras.

Tras su liberación marchó a Chartres y en 1709 Felipe V le llama a España para que ejerza como ingeniero en la península. En primer lugar, fue destinado a reconocer la frontera con Portugal, para saber del estado de las fortificaciones- bastante desastradas, según el informe emitido-. Pero su tarea esencial, para la que realmente fue reclamado en la Península era la de constituir un Cuerpo de Ingenieros Militares. A fin de que realizara tal función y para prestigiar más la misma, Felipe V le asciende y nombra, el 13 de enero de 1710, Ingeniero General y Cuartel Maestre General de los Ejércitos. Sin embargo, la idea de crear un Cuerpo de ingenieros tuvo que retrasarse un poco, pues la campaña militar se complicó en la provincia de Lérida, siendo Verboom enviado a aquella zona en junio de 1710. A pesar de su pericia como estratega e ingeniero, resultó herido y hecho prisionero en la batalla de Almenara, por lo que fue trasladado a Barcelona donde quedó en cautiverio.

El tiempo en que estuvo preso lo aprovechó para dos cosas: primero y debido a los códigos de honor con las que eran tratados los prisioneros entonces, pudo tener una reclusión que le permitía pasear dentro de la fortaleza defensiva de Barcelona, lo que aprovecho para estudiar los puntos débiles y fuertes de aquella fortaleza, algo muy útil para el posterior y exitoso asalto de las tropas hispano-francesas a Barcelona y, en segundo lugar, trazar los pasos y procedimientos necesarios para constituir el Cuerpo de Ingenieros militares. Se las ingenió para hacer llegar al Rey sus ideas y con ellas, Felipe V aprobó mediante un Real Decreto, de 17 de abril de 1711, el Plan General de los Ingenieros de los Ejércitos y Plazas, lo que suponía la fundación del Cuerpo de Ingenieros del ejército, en tanto que Verboom continuaba en prisión en Barcelona.

Cuando fue liberado, se instala en Barcelona, dirigiendo bajo las ordenes de duque de Berwick el asalto a la ciudad. Verboom dirige el asalto por el baluarte de la Puerta Nueva, que fue definitiva para la rendición de la ciudad el día 12 de julio de 1714.

El rey Felipe V dispuso, por Decreto de 1 de junio de 1715, que se construyese una ciudadela en Barcelona, cuyo proyecto y ejecución fueron confiados a Jorge Próspero de Verboom, que destacó con el diseño y construcción de la misma. Una vez concluida, fue nombrado gobernador de la misma, cargo que conservó toda su vida. También mejoró las defensas de Gerona, la Seo de Urgel y el Castillo de Figueras.

La capitulación de Barcelona, fue un gran éxito en su carrera profesional y esencial para su desarrollo como ingeniero general en los años posteriores. Asimismo, destacó por la creación de la Real Academia de Matemáticas, destinada a los miembros del cuerpo de ingenieros, en virtud de lo dispuesto en la Real Ordenanza e Instrucción para los Ingenieros publicada el 4 de julio de 1718, una vez sancionada por Felipe V.

 De lo expuesto en el preámbulo de estas Ordenanzas se deduce que los Ingenieros se ocuparían del reconocimiento de los ríos para su utilización como medio de transporte, del descubrimiento de aguas subterráneas para regadío, de abrir nuevos caminos y construir puentes para facilitar la comodidad de los “pasajeros” y “comerciantes”, es decir de todas las obras de tipo civil que estuvieran a cargo de su Real Hacienda. Todo ello era consecuencia de la inexistencia de un cuerpo de Ingenieros civiles hasta 1785, año en el que Agustín de Betancourt propuso la creación de la Inspección General de Caminos y Canales. Posteriormente, en 1802, crea la Escuela de Ingenieros de Caminos.

La creación de la Real Academia de Matemáticas se debió a que la formación de los ingenieros quedó interrumpida al cerrarse la Academia Real y Militar del Ejército de los Países Bajos de Bruselas en 1706, por lo que el Ingeniero General planteó, en 1712, la apertura de una nueva Academia que la sustituyera en España, la cual, como hemos visto, se aprobó en 1718, si bien no fue hasta 1720 cuando fue inaugurada la Real Academia de Matemáticas de Barcelona.

Otra de sus grandes y continuas preocupaciones fue la retribución económica de sus ingenieros que no recibían a tiempo sus sueldos. Su biografía está llena de continuas reclamaciones no solamente de su propia paga sino de las del resto de sus subordinados o sus pensiones. Por ello, en 1720, decidió crear un Montepío o Caja Fraternal destinada, mediante una retención de sus pagas, a asegurar una pensión para las viudas de los ingenieros fallecidos. Sin embargo, no pudo ver conseguido este deseo ya que hasta 1752, después de su fallecimiento, no se hizo realidad.”[1]

La primera promoción del Cuerpo de ingenieros se compuso de 26 ingenieros franceses que habían llegado durante la Guerra y que se quedaron en España, en un acuerdo entre Felipe V y Luis XIV.

Las guerras no pararon y se extendieron a Italia. El Cardenal Alberoni, primer ministro de Estado, en la guerra del Sacro Imperio y España contra determinadas posiciones en el Mediterráneo, envió una expedición militar a Cerdeña en la que los ingenieros ya formaban parte indiscutible de sus filas. El éxito de la campaña, los llevó a atacar Sicilia, en esta ocasión, con Verboom dirigiendo a los ingenieros, y logrando el asalto exitoso de la ciudadela de Messina (del 28 de junio al 29 de septiembre de 1718).

Entre 1721 y 1727, Verboom viajó por toda España y de su labor de investigación se realizan mejoras en las fortificaciones de Málaga ciudad y especialmente de su puerto. La fortificación de Ceuta, Cádiz ciudad y Algeciras (obra especialmente destacada y brillante, motivo por el que se le rindió un homenaje y erigió una estatua hace pocos años). Reforzó el sistema defensivo de Pamplona. Asimismo, revisó las obras hidráulicas de los pantanos de Tibi y Elche y de las acequias en la región de Murcia. En Sevilla, realizó estudios de navegabilidad del río Guadalquivir hasta Córdoba.

Por toda esta eminente tarea que mejoró las infraestructuras españolas civiles y militares, Felipe V, por Real decreto de 9 de enero de 1927, le otorga el título de Marqués de Verboom, a la vez que dispensa del “derecho de Lanzas”.

Por toda su experiencia fue enviado a poner sitio a la plaza de Gibraltar en 1727 bajo el mando del Conde de las Torres. Su relación no fue buena por discrepar profundamente en el modo de llevar a cabo el ataque. Mientras el Conde de las Torres se empeñó en hacerlo por tierra, Verboom quería hacerlo por mar. Se realizó como decía Conde de las Torres y fue un competo fracaso. Esta fue la última misión sobre el terreno de Verboom, que regresó a Barcelona en 1731, tras haber pasado una larga temporada en Madrid recuperándose de diversas dolencias.

Su salud y su estado anímico no debían de ser muy buenos por diversas razones, pero empeoraron sustancialmente cuando en 1732 murió su hijo primogénito y también militar e ingeniero, Isidro Próspero.

Con todo y sin moverse de Barcelona, fue capaz de estudiar y dar las órdenes oportunas para la mejora de diversas fortificaciones.

En 1737 fue ascendido a Capitán General.

Falleció en la ciudadela de Barcelona el 19 de enero de 1744, siendo enterrado, tal como había dispuesto en su testamento, en el Real Convento de Santa Catalina de la Orden de Predicadores, donde estaba enterrada su esposa Maríe Marguerite Visscher.

 

BIBLIOGRAFIA

CARRILLO DE ALBORNOZ Y GALBEÑO, Juan. “El Ingeniero General don Jorge Próspero de Verboom, marqués de Verboom” Dianlet. 2003.

CAPEL, E. H. y otros “Los ingenieros militares en España. Siglo XVIII. Repertorio biográfico e inventario de su labor científica”. Ediciones de la Universidad de Barcelona. 1983.

[1] José Ignacio Mexía y Algar. Coronel de Ingenieros. Comisión histórica del Arma de Ingenieros- diversos textos a partir del estudio de Carrillo de Albornoz-.

ÁLVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA

Hoy vamos a hablar de un héroe que sólo pasó penurias. Un héroe a su pesar. Un héroe que no conquistó nada y que no ganó fortuna alguna. Un héroe cuya vida fue la del antihéroe.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) en una fecha indeterminada entre 1481 y 1495, aunque una buena parte de la historiografía lo sitúa en el último año señalado, en virtud de una cédula de curatela – tutela- del menor Álvar que en 1509 contaba, parece ser, catorce años.

Álvar procede de un linaje con raíces en los castellanos viejos que lucharon en las Navas de Tolosa (1212), de hecho, lo de cabeza de vaca se lo otorgó como apellido Sancho de Navarra al pastor Martín Alhaja, por haber señalado éste, con el cráneo de una res, el pasadizo por donde penetraron los cristianos para vencer a los árabes en la batalla de las Navas de Tolosa. Por línea materna estaría entroncado también con Pedro de Estopiñán, marido de su tía y tutora Beatriz, conquistador de Melilla y posteriormente Gobernador y Capitán General de Santo Domingo.

Todavía adolescente, entró al servicio de los duques de Medinasidonia. Por influencia del duque fue admitido, como tesorero y Alguacil mayor, en la expedición que en 1527 Pánfilo de Narváez lideró camino del Golfo de México. De esta expedición ya nos hicimos eco aquí. https://algodehistoria.home.blog/2020/07/03/la-presencia-espanola-en-ee-uu/ Cabeza de vaca fue uno de los cuatro supervivientes de aquella desastrosa expedición compuesta por 600 hombres y cinco barcos.

La expedición recaló, tras un tormentoso viaje, en la bahía de Tampa (actual Florida). Allí, se dividieron los expedicionarios unos en barcos otros a pie. El propio Narváez y 300 hombres, entre ellos nuestro jerezano protagonista, se abrieron paso por tierra enfrentándose a pantanos, ciénagas, manglares, mosquitos, enfermedades y muchos y poco amistosos indígenas. Álvar se convirtió en el mayor opositor a Pánfilo, que era un desastre en su organización y ordenación de aquellos pobres españoles. Unas veces en barcas improvisadas, otras andando, los expedicionarios pasaron más penurias que un perro sin dueño, sobre todo sed. Tan fue así que algunos no aguantaron y bebieron agua del mar hasta morir. Cuando ya creían que la muerte les iba a llegar a todos, descubrieron un gran cauce de agua dulce: el Mississippi. Aunque, de nuevo cuando parecía que iban a poder aprovisionarse, tuvieron que salir huyendo, en barcazas hechas por ellos mismos, para escapar de los indios. En ese instante Pánfilo de Narváez decide volver a dividir el grupo en dos. El grupo de Álvar logró pisar tierra firme el 6 de noviembre, tal vez en las actuales Luisiana o Texas.

No volvieron a tener noticias de Pánfilo que murió por un golpe de mar.

En total de aquella enorme expedición que salió de España en 1527 sobrevivieron 4 personas.  Cabeza de vaca fue una de ellas.

Tras dar unas cuantas vueltas más para huir de los indios, desorientados, enfermos, hambrientos y llenos de frío… los 4 supervivientes fueron esclavizados por los indígenas (avivares y susolas) y así, en esas lamentables condiciones, estuvieron 6 años. Sin embargo, su suerte cambio cuando por obra del azar, fueron considerados extraordinarios taumaturgos. En un momento dado, Cabeza de Vaca sopló a un indio desmayado que a los pocos minutos “sanó”; desde entonces adquirieron fama de hacer milagros, de ser hijos del sol, de sanar los cuerpos… con hierbas, cuentas de colores, soplidos y oraciones.

Como se ve, Álvar Núñez Cabeza de Vaca no les va a valer de ejemplo a los amigos de la Leyenda negra, no mató indios, no sacrificó nativos, no se lió a machetazos, al contrario, sufrió en manos de los indios, pasó más hambre y miseria que cualquier “piel roja” que haya existido.

En 1534, lograron evadirse definitivamente, marchando siempre rumbo oeste, cubiertos de pieles, con largas barbas y curtidos por el sol y el aire. Pero su fama había trascendido y en ocasiones le seguían miles de personas esperando que bendijera a sus familias, soplara a sus enfermos y santificara sus víveres. Así, caminando, recorrió miles de kilómetros durante unos 10 meses por Florida, Texas, Nuevo México, Arizona y California; cruzando el río Bravo (por encima de su confluencia con el Pecos), hasta alcanzar lo que hoy es El Paso; desde allí y de nuevo a través del río, prosiguieron por Sonora. En este último lugar, hallaron a un indio con una hebilla colgada en el cuello, quien les aseguró que pertenecía a unos hombres barbudos que habían llegado del cielo a caballo. Ese hecho les indicó que cerca habría algún español. Fueron conducidos hasta San Miguel de Culiacán. Dos semanas después, se reunieron con Hernán Cortés, y en 1537, Cabeza de Vaca, en otro complicado viaje, regresa a España, alcanzando Lisboa el 9 de agosto de 1537 (habían transcurrido 10 años de penoso devenir por el sur de lo que hoy es Estados Unidos). Decidió escribir una relación sobre su experiencia, que fue titulada Naufragios a la que años más tarde se sumaron los Comentarios (transcritos por el escribano real Pedro Hernández por encargo del expedicionario). A la vez que redactaba su obra entre 1537 y 1540, el jerezano se convirtió en una figura con la que convenía hablar si se deseaba conocer el Nuevo Mundo. Su obra era enormemente descriptiva, sin ahorrar detalles, en la que cuenta lo bueno y malo de todos, españoles e indios. Nada que ver con la exagerada auto laceración de la obra de Bartolomé de las Casas.

Esta primera parte de su obra sólo tuvo una publicación casi clandestina.

Su estancia en España fue corta pues pronto convenció a la Corona para volver a América, esta vez para continuar la conquista del Río de la Plata, donde Pedro de Mendoza había fundado Buenos Aires en 1536. Mendoza había fallecido y su lugarteniente, Juan de Ayolas, ejercía el mando en la zona, pero sin dar cuentas a España desde 1539. El 15 de abril de 1540, la Corona firmó la correspondiente Capitulación con el jerezano, permitiéndole la conquista de las provincias del Río de la Plata, “desde dicho río hasta la Mar del Sur, con más de 200 leguas, desde donde termina la gobernación de Almagro, hasta el estrecho de Magallanes”. Dicha Cédula se complementaba con otra, fechada el 24 del mismo mes, en la que se le concedía el título de Adelantado.

Nada más llegar, tuvieron constancia de que el lugarteniente había perecido y le sustituía Domingo Martínez de Irala, quien había tomado el poder desde la sede del gobierno en Asunción. Álvar Núñez sabía que tendría que enfrentarse a él, pero prefirió sorprenderle y entrar por tierra en vez de por mar. En esa ruta, recorrió dos mil kilómetros a través de selvas, ríos y barrancos. En febrero de 1542 navegó por el Iguazú, topándose con sus impresionantes cataratas, siendo el primer europeo que exploró el curso del río Paraguay y el primer blanco que contempló las cataratas del Iguazú. Las llamó Salto de Santa María.  En Asunción logró que Martínez de Irala se sometiera a su disciplina y le nombró su lugarteniente. Le encargó como primera misión explorar una ruta en la que siguiendo el curso del río Paraguay, localizase una vía de comunicación con Perú. Núñez Cabeza de Vaca sabía de los metales preciosos del Perú y quería hacerse con ellos. Si no fue él en persona en la expedición se debió a la necesidad de apaciguar a un caudillo guaraní sublevado. Pero la detención y posterior ejecución del indio no le trajo beneficio alguno pues supuso la excusa necesaria para que los españoles partidarios de Irala le acusaran de maltratador.

Irala volvió al poco tiempo señalando que había encontrado una ruta de paso al Perú, por lo que Cabeza de Vaca reunió un ejército de españoles e indígenas que partieron en septiembre de 1543 hacia el camino señalado. La expedición fue un gran fracaso pues sufrieron picaduras de especies venenosas y se quedaron sin provisiones, lo que conllevó la muerte de la mayor parte de los expedicionarios. Tras siete meses de viaje tuvieron que abandonar su empresa y volver a la ciudad. En 1544, se produjo una insurrección, los rebeldes le apresaron, y nombraron capitán a Martínez de Irala. Después de diez meses de cautiverio, Álvar Núñez fue enviado como reo a España; llegó en agosto de 1545. El Consejo de Indias inició en febrero de 1546 un proceso contra él por maltrato y como consecuencia perdió todos sus cargos y privilegios.  Le condenaron, además, a una pena de destierro en Orán.

Es en ese periodo, a su vuelta a España, cuando dictó las Confesiones. Era la prolongación natural de los Naufragios. Y así lo advirtió Álvar Núñez al pedir a la reina Isabel de Portugal licencia de impresión de ambas obras: “El un libro y el otro era toda una misma cosa y convenía que de los dos se hiciese un volumen”.

El libro de Cabeza de Vaca se ha descrito como libro de aventuras en su forma, pero pleno de realidad y verosimilitud en su contenido, entretenido por mostrar las penurias con humor y fina ironía al tiempo que la realidad de lo sufrido por su protagonista, y lo vivido y contado por los españoles en América que estuvo marcado por el sufrimiento y el dramatismo en una mayoría de casos. Ni la fe ni la patria estaban en el objetivo individual de muchos exploradores sino la búsqueda de nuevos horizontes personales, de una vida mejor, más cómoda y acomodada. Pero la riqueza no fue un común logro. Vagabundos, míseros y abandonados vivieron en un padecimiento y humillación indescriptible: resistiendo nubes de mosquitos, hambre hasta el canibalismo (que documenta por primera vez en hombres castellanos), ataques de indios insuperables con el arco, sed, hambre, golpes, muerte. Tal es la crueldad de su paso por américa, sin lograr fortuna alguna, su historia tiene la virtud añadida de contar sin alardes la realidad patética y, además, la singularidad de que un hidalgo admita haber pasado por tales trances. A otro su honor se lo impediría. A Cabeza de Vaca, no, y, gracias a ello, nos dejó otra huella de lo que fue la presencia española en América, de la bravura y aguante de los españoles, que como he dicho, no contribuye a la leyenda negra, quizá por eso no se benefició de la amistad con la imprenta de Gutenberg como si hicieron holandeses y británicos con la obra de Bartolomé de las casas.

El relato es la visión desde otro prisma de la conquista, el de la supervivencia. Tan extraordinaria es su exposición, tan duro, dramático y ameno su relato que conmovió a Felipe II. Tanto, que el rey le conmutó la pena de destierro en Orán y le concedió una pensión de 12.000 maravedíes.

Con todo, arruinado económica y moralmente, falleció entre 1559 y 1564 no se sabe si en Sevilla o en Valladolid, parece ser que en todo caso lo hizo recluido en un convento.

No fue en héroe en su tiempo y, sin embargo, es uno de los más grandes hombres que España dio a la conquista

 

 BIBLIOGRAFIA

“Relación de los naufragios y comentarios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Tomo 1 (Formato PDF)”. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. 2017

LACALLE, Carlos.  “Noticias sobre Alvar Núñez Cabeza de Vaca”. Ed. Instituto de Cultura Hispánica. 1961.

GLANTZ, Margo (coord.). “Notas y comentarios sobre Alvar Núñez Cabeza de Vaca”. Ed. Grijalbo. 1993.

(La falta de) fanatismo religioso en Felipe II

Este hilo se lo dedico a la listísima hija de mi listísima amiga Cristina, una admiradora incondicional de Felipe II.

El otro día en un programa de televisión y hablando de la actualidad, el corresponsal de un periódico británico en España puso de ejemplo, aunque no venía mucho a cuento, el fanatismo religioso de Felipe II. No hay nada como ser importante para que alrededor surjan las envidias y las malas lenguas. Así se podría describir en términos muy coloquiales lo que fue el origen de la leyenda negra que alcanzó a España y también a nuestro rey Felipe II. Porque lo de su fanatismo religioso forma parte de la leyenda negra.

Cuando Carlos V abdicó del trono en 1556, dos años antes de su muerte, dividió su imperio en dos Partes: a su hijo Felipe le entregó España, América, Italia y Flandes y a su hermano, Fernando, le otorgó el sacro imperio.

Felipe, rey trabajador e inteligente, se ocupó personalmente de los asuntos de Estado, reformó las instituciones heredadas de los Reyes Católicos dotándolas de mayor solidez, lo que le permitió, además, con gran sabiduría, hacer frente a no pocas conspiraciones internas y a engrandecer más aún el Imperio Español; siendo destacado el desarrollo de la presencia española en el continente americano y en el Pacífico, muy especialmente, en  Filipinas, no en vano el archipiélago lleva ese nombre en honor de nuestro gran rey Felipe II. Fueron sus enemigos externos ayudados por algunos internos como, por ejemplo, Antonio Pérez, o la difusión anglo-holandesa de las barbaridades dichas por Fray Bartolomé de las Casas, los que hicieron recaer una injusta leyenda negra que aún se arrastra. De ambos traidores hemos hablado aquí:

https://algodehistoria.home.blog/2020/10/30/un-traidor-antonio-perez/

https://algodehistoria.home.blog/2020/04/24/traidor-fray-bartolome-de-las-casas/

Imprenta y propaganda fueron los medios de una leyenda nacida de los deseos de independencia, de hacerse con las rutas comerciales españolas o engrandecer sus posiciones en Europa de, respectivamente, Holanda, Inglaterra y Francia. Entre las críticas recaídas sobre nuestro rey y convertida en leyenda está la acusación de fanatismo religioso, conservadurismo extremo, arrogancia y crueldad. Todo ello muy ajeno a la realidad.

Cuando murió Felipe II el Imperio Español era el más extenso del mundo, con territorios europeos, posesiones americanes, africanas y asiáticas, los ingleses empezaban a prosperar, pero aún debían esperar muchos años para poder alcanzar un dominio del mundo que pudiera conllevar la denominación de imperio. Se habla mucho de la derrota de la Armada Invencible, pero poco de la derrota de la Contra armada británica a manos de los españoles poco después. https://algodehistoria.home.blog/2020/10/23/la-contra-armada-inglesa/

El único imperio que hacía sombra a la visión imperial española durante algunos años era el de Portugal, y en 1580 Felipe II se anexiona Portugal, en la Unión Ibérica, lo que hace confluir los dos grandes imperios ultramarinos de la Península en uno sólo, bajo el mando de Felipe II. Como para no cogerle tirria si eras inglés o francés

Durante el reinado de Felipe II, los conflictos con Francia continuaron hasta que se produjo la victoria de los tercios españoles en San Quintín (1557), y la firma de la Paz de Cateau-Cambresis (1559) iniciándose un periodo de tranquilidad militar.

Pero el desgarro interno europeo provenía del protestantismo. La reforma protestante contra la que tanto batalló su padre, seguía dando que hacer.

Que mejor cosa en ese ambiente que calificar a Felipe II de fanático religioso.

Lutero fijó sus 95 tesis, enfrentándose al papado, negando los dogmas católicos y los sacramentos, el culto a la Virgen María y a los santos. Sus escritos se difundieron rápidamente, gracias a la imprenta de Gutenberg y a que los príncipes alemanes vieron una oportunidad política en esta ruptura con Roma para conseguir más poder oponiéndose al Papa y a Carlos V, emperador de Alemania, Rey de España y Nápoles. Lo que continúa con su hijo Felipe. A esa oportunidad se unen los holandeses buscando también su independencia.

No fue el único movimiento anti papado. En Francia, Calvino, más intransigente y radical que Lutero, si cabe, encabezó otro movimiento reformista y rupturista, extendiéndose rápidamente a otros países. Pero el protestantismo en Francia acarreó años de enfrentamientos civiles en las guerras de religión. Felipe II apoyó a los católicos frente a los hugonotes (protestantes seguidores de Calvino), especialmente ante las pretensiones al trono de Enrique de Borbón, que era hugonote. En 1593, Enrique se convirtió al catolicismo, subió al trono como Enrique IV- “París bien vale una misa”- y España y Francia firmaron la Paz de Vervins en 1598.

Para completar el mapa religioso europeo del S XVI, hay que mencionar que en Inglaterra aparece el anglicanismo al negar el Papa el divorcio del rey Enrique VIII de su legítima esposa Catalina de Aragón y, con ello, legitimar el matrimonio con Ana Bolena. El monarca rompe con Roma y se autoafirma cabeza de la iglesia.

Que la corrupción se extendía por la Iglesia romana, era evidente desde hacía tiempo. Por ello, en España, el Cardenal Cisneros con el apoyo explícito de la Reina Católica realizó una profunda reforma de la vida eclesiástica, buscando un modelo moral más acorde con el mensaje evangélico. De hecho, si Lutero no hubiera sido un intransigente y sin el apoyo político alemán nunca se hubiera desarrollado su herejía, pues los problemas se podrían haber arreglado internamente. Intentos hubo, el más importante el Concilio de Trento, iniciado bajo el gobierno en España de Carlos V y terminado bajo el de Felipe II. El concilio no logró reunir a sus hijos cristianos, pero sí fortaleció a la contrarreforma, al papado y puso los basamentos para ejecutar una genuina reforma interna de la Iglesia.

En España, los acuerdos de Trento se declaran de obligado cumplimiento en una pragmática de 1564. Asimismo, se promulgaron leyes para vetar la importación de libros y se limitó el derecho cursar estudios en el extranjero. Para asegurar su cumplimiento, la Inquisición publicaba un índice de libros prohibidos y registraba bibliotecas. Además, numerosas órdenes religiosas contribuyen a la educación y la enseñanza. La Compañía de Jesús, entre otras, ayudó a difundir la doctrina católica por Europa y América mediante una amplia labor educativa, fundando escuelas y universidades. Precisamente la labor evangelizadora española está presente desde los tiempos de la llegada de Colón a La Española y en todas las expediciones promovidas por la monarquía hispana hay un grupo de frailes cuya misión es evangelizar, como ya vimos en Filipinas y China. https://algodehistoria.home.blog/2022/03/25/andres-de-urdaneta-y-el-tornaviaje/

España se pone al frente de la cristiandad en apoyo del papado, pero no es menos cierto que en el Siglo XVI nadie concebía una unidad nacional, estatal, sin la misma unidad religiosa. Felipe II no era más fanático que los demás monarcas coetáneos. En ningún momento o lugar en aquella época era concebible la libertad de pensamiento o de culto.

Es más, gracias a la actuación de Felipe, que no quería para España unos enfrentamientos como los de otros lugares, la vida religiosa en nuestro país fue mucho más tranquila que en otros lugares. Como señala Kamen[1] la herejía protestante había causado poco impacto en España y así siguió y no porque la Inquisición española fuera más cruel que otras – ya vimos un interesantísimo reportaje de la BBC ( https://algodehistoria.home.blog/2020/07/10/el-mito-de-la-inquisicion-en-espana/ ), difundiendo lo que es una verdad histórica comprobada, que nuestra Inquisición fue mucho más justa y liviana que la holandesa o la de otros países-, es más, fue el Rey quien se ocupó de que el Santo Oficio se condujera por caminos de mayor justicia. Felipe había visto los efectos de las guerras de religión en Europa y no quería nada igual para España. Se sabe, por ejemplo, que en 1559 los ingleses, bajo el mandato de la Reina María, habían ejecutado a casi tres veces más herejes que en España. En Francia, bajo Enrique II, se habían ejecutado al doble de personas que en nuestro país y en los Países Bajos eran diez veces más los sacrificados en nombre de la fe.

Fue la presencia de los turcos de Solimán el Magnífico y su amenaza al papado y a todos los católicos lo que hizo que Felipe II avanzara aún más en su condición de Príncipe de la cristiandad. No era un problema de fanatismo religioso, como ya vimos en la entrada sobre Lepanto: https://algodehistoria.home.blog/2021/06/18/lepanto/

Se trataba simplemente de que eran ellos o nosotros. El mundo occidental tal y como lo conocemos se lo debemos a aquella victoria de la Santa Liga. Victoria que debemos al Papa, a los estados italianos, especialmente a Venecia, y, sobre todo, a Felipe II, porque ni alemanes, ni franceses ni ingleses colaboraron en sofocar aquel peligro. Al contrario, consideraban más importante la merma de poder de España que la defensa de su propia integridad y de los valores greco-romanos y judeo-cristianos que habían conformado nuestra civilización europea. Habría que meditar dónde residía el fanatismo.

Suele señalarse que, Felipe II fracasó en extirpar el protestantismo, pero quizá sería más adecuado, como hace Pío Moa[2], decir que los “protestantes fracasaron en su afán de extirpar el catolicismo, pues de ellos había partido la agresión a una religión ya establecida siglos atrás.  Felipe, en definitiva, mantuvo católica la mitad sur de Europa, y aunque no derrotó por completo a sus enemigos sí marcó los límites a su expansionismo, del mismo modo que lo hizo con el Imperio otomano. Libró a España de guerras internas como las de Francia, que   causaron unos cuatro millones de muertos y devastaron regiones enteras, y que se habrían propagado a nuestro país de haber permitido la victoria de los calvinistas franceses.  Teniendo en cuenta el poder y empeño, por así decir fanático, de sus enemigos, no fue un pequeño logro.”

Felipe II fue un gran rey católico, con auténtica fe, aunque algunos historiadores como Joseph Pérez afirmen que Felipe II utilizó la religión para justificar su imperialismo. Muchos otros consideran que el imperialismo le venía de cuna, si bien obvian que la fe ha de mantenerse por uno mismo. Una de las manifestaciones de esa fe católica de Felipe II y muy alejada de la frialdad y fanatismo que nos han querido contar está en el hecho de que fue un gran amante de las artes, un gran mecenas y uno de nuestros reyes más cultos. En su imperio territorial se fraguó un imperio cultural como fue el siglo de oro en el que la religión tuvo una presencia destacada. No sólo en la literatura se manifiesta la fe católica, lo hace en el mecenazgo de pintores que transmitan valores religiosos en sus obras o en la Arquitectura. La España cabeza de la cristiandad está en el ambiente. Recordemos en este sentido y a modo de ejemplo, la obra de Tiziano: “La Religión socorrida por España”. La pintura conmemora la actuación de la monarquía hispana en la batalla de Lepanto. En la obra España acude en ayuda de la Religión, defensora de la Fe Católica contra todos sus enemigos y no sólo contra el turco, pues las serpientes simbolizan la herejía protestante.

En la pintura España aparece armada con coraza, lanza y escudo y toma de la mano a una mujer que porta una espada (la Justicia). Al fondo, en el mar, figura un carro conducido por Poseidón con un amenazador turbante turco.

En otro orden artístico: arquitectura, destaca el Monasterio de El Escorial. En el Monasterio se muestra la fe profunda del rey. Cada cuadro, cada obra, la propia planta del edificio y los jardines responden a los intereses de la contrarreforma católica. Edificio del que Fray José de Sigüenza (asesor de Felipe II, miembro de la Orden jerónima y bibliotecario real en El escorial. Realizó el sermón que inauguró el Monasterio, entre otras muchas cosas), dijo: “Obra tan santa, tan pía, tan llena de cristiandad y de tantos provechos para todo… Donde se conserva tanta hermosura de pinturas e imágenes”. No es casualidad que sus obras empezaran en 1563, año de la clausura del Concilio de Trento. Tampoco fue casualidad que la orden religiosa a la que el rey encomendó la custodia del monasterio fuera la Orden jerónima. Precisamente San Jerónimo representa la verdadera fe, siendo además el traductor de la vulgata, único texto autorizado de la Biblia en el Concilio de Trento.

Llamar fanático a Felipe II es no comprender su posición: fue testigo de los desastres de las devastadoras guerras de religión en Francia, Alemania y Flandes, y de la sangrienta persecución a los católicos en Inglaterra e Irlanda. Amén del peligro del turco y el posible fin de la Cristiandad si no se les paraba.

De hecho, en los últimos años, la historiografía, incluso la anglosajona, (Pierson, Maltby, Parker, Thompson y Kamen) ha revisado sus posiciones y puesto en cuestión los tópicos negativos sobre Felipe II. Se destaca una imagen más exacta y ecuánime en la figura del gran monarca español en todos los órdenes: hombre, rey y mito.

Hay que explicárselo a algunos gacetilleros.

BIBLIOGRAFIA

KAMEN, Henry. “Felipe de España”. Ed. SXXI. 1997.

PÉREZ, Joseph. “La España de Felipe II”. Ed Crítica. 2000.

MOA, Pio “Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI”. La esfera de los libros. 2010

[1] Henry Kamen. “Felipe de España”. Ed. SXXI.

[2] Pio Moa “Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI”.

ANDRÉS DE URDANETA Y EL TORNAVIAJE.

La grandeza de la Historia de España no se entendería sin personajes excepcionales. Hoy traigo a colación a una de esas personas que siendo de una brillantez y capacidad enormes, es muy poco conocido por el público en general. Otra muestra más de lo mal que se estudia la Historia de España y de lo mal que recordamos a nuestros héroes.

Héroes los hay de muchas formas, no sólo el que batalla con valentía, también lo es o el que tiene la inteligencia, capacidad de estudio y arrojo de encontrar soluciones científicas a su quehacer. Entre estos destaca Andrés de Urdaneta.

Andrés de Urdaneta nació en Ordizia (Guipúzcoa) a finales de 1507 o principios de 1508. Sus padres, Juan Ochoa de Urdaneta y Gracia de Cerain, pertenecían a la burguesía goierritarra, lo que les permitió dar una buena educación a su hijo. Que ya desde pequeño destacó por su talento, agudeza y capacidad para el estudio y la observación

Andrés, se embarcó por primera vez, con 17 años, en la expedición que García Jofre de Loaysa dirigió con la intención de colonizar las islas Molucas, ricas en especias, cuya propiedad se disputaban España y Portugal. Las especias era una de las fuentes de riquezas de la época y todos querían apropiarse de ellas. La expedición salió de La Coruña el 24 de junio de 1525 y entre sus integrantes figuraba Juan Sebastián Elcano además de nuestro protagonista. Elcano mandaba la nave Sancti Spiritus, en la que embarcó Urdaneta, en un cargo sin especificar, pues, aunque por edad, podría pensarse que entró de grumete, la verdad es que su formación le llevó a empresas más elevadas como lo demuestran hechos como los siguientes: firmó como testigo documentos trascendentales como el testamento de Elcano (todos los marinos hacían testamento antes de embargarse y, en este caso, con gran sentido porque Elcano murió en esta travesía), asumió pronto diversas responsabilidades y escribió un diario en el que se mostraba conocedor de la situación náutica y crítico con la navegación de Elcano, con aseveraciones que se mostraron acertadas.

Aquella travesía se tradujo en una sucesión de desastres, especialmente en el momento de dar la vuelta hacia el Pacífico en el estrecho de Magallanes. De las siete naves que componían la expedición, tres no llegaron a cruzar el estrecho y otras tres desaparecieron por diversas vicisitudes. Además, casi todos los tripulantes murieron por enfermedad, especialmente por el escorbuto al no haber planificado adecuadamente la provisión de fruta y agua. Sólo la nao Santa María de la Victoria alcanzó Mindanao y posteriormente las Molucas.

Urdaneta permaneció 9 años en estas islas, demostrando sus dotes de diplomático, estratega y observador. Allí adquirió, por el análisis de los intentos fracasados de diversas expediciones españolas de retornar a América por el Pacífico y del trato con navegantes asiáticos, conocimientos sobre el clima y la navegación local que resultarán cruciales para su gran aportación a la náutica, lo que le hizo grande a él y a España: el tornaviaje de 1565.

El 22 de abril de 1528, Carlos V vendió a Portugal sus pretendidos derechos sobre las Molucas (Tratado de Zaragoza, 1529). Urdaneta regresa a España vía Cochín (India), cabo de Buena Esperanza y Lisboa concluyendo una vuelta al Mundo, la segunda. Llegó a Lisboa el 26 de junio de 1536. A su llegada, los portugueses le requisaron toda la documentación de que era portador, que incluía los derroteros de los viajes de Loaysa, mapas y todas sus memorias.

Una vez más, demuestra su capacidad reconstruyendo de memoria aquellos datos que había recopilado. Tras huir de Portugal, entregó aquel relato en la Corte y en el Consejo de Indias donde apreciaron su gran conocimiento y precisión detallista.

Poco después se enrola en la expedición que Pedro de Alvarado estaba preparando hacia Nueva España con la intención de continuar, desde América por el Pacífico, hasta las islas especieras. Zarparon de Sevilla el 16 de octubre de 1538, pero a su llegada a México la segunda parte de la expedición quedó en suspenso por las malas relaciones de Alvarado y el virrey. Éste le ordenó al extremeño que antes de zarpar para las Molucas debía sofocar la rebelión de los indios en Nueva Galicia (actuales estados mejicanos de Jalisco, Nayarit, Aguascalientes, Zacatecas, Sonora y otros, y los territorios estadounidenses de Tejas, Nuevo México y California). Alvarado muere en estos enfrentamientos.

Urdaneta permaneció en México ocupándose de diversas cuestiones. Entre otras, escribe un relato sobre variados temas en relación con la navegación por el Caribe, la formación de los ciclones tropicales, la reproducción de las tortugas marinas o la curación de las fiebres tropicales.

En 1553, todavía en México, ingresó en la orden de los agustinos, muy implicados en la educación de las élites indígenas. No hay muchos datos acerca su actividad religiosa pero sí sabemos que perseveró en sus actividades náuticas, ya que participó en alguna expedición y que mantuvo relaciones con diversos conquistadores.

El 24 de septiembre de 1559, Felipe II ordenó al virrey el envío de una expedición a las Filipinas, sin tocar en el área de las Molucas, en cumplimiento del Tratado de Zaragoza, con el objetivo de descubrir la ruta de tornaviaje- es decir la vuelta desde las islas especieras a Nueva España por el Pacífico. Ruta que hoy nos parece de lo más normal pero que supuso un considerable hallazgo. El virrey pidió a Felipe II que ordenara participar a Andrés de Urdaneta en la expedición como cosmógrafo. Así lo hizo, acompañado de otros 4 frailes agustinos, pues el objetivo de rey Felipe era doble: fomentar el comercio y la evangelización de la zona.

Urdaneta, inicialmente, redactó las instrucciones para el viaje, buscando el derrotero que a él le parecía más seguro para desde allí emprender la vuelta y éste, para él, era Nueva Guinea lo que le hubiera conducido a Australia, más que a Filipinas. Sin embargo, tras diversas vicisitudes, las órdenes oficiales no conocidas hasta estar en altamar orientaron la expedición definitivamente hacia Filipinas.

Felipe II sabía que las Filipinas caían en la demarcación portuguesa según el Tratado de Tordesillas (https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ ), pero también era sabedor de que en Filipinas no había portugueses. La importancia económica de las Filipinas no era muy grande, de ahí que nadie, sobre todo los portugueses, se preocuparan por la llegada de los españoles, para establecerse en ellas. Sin embargo, los portugueses no supieron ver que la importancia de estas islas estribaba en la proximidad y facilidad para acceder a las costas chinas y a sus productos y comercio.

Para consolidar el dominio de Filipinas y establecer un puente comercial con China era imprescindible, sin embargo, hallar una ruta de retorno a través de Pacífico hasta Nueva España. Cinco intentos anteriores de tornaviaje habían fracasado.

La expedición zarpa, al mando de Miguel López de Legazpi el 21 de noviembre de 1564 del puerto de La Navidad, en Nueva España. Urdaneta dio pruebas sobradas de la precisión de sus cálculos y su conocimiento del inmenso Pacífico. El 21 de enero de 1565, avisaba de la proximidad de la isla de Guam, avistada al día siguiente; los pilotos de la expedición creían estar ya en Filipinas, pero no era así, como bien vaticinó Urdaneta. No sin varias vueltas por diversas islas y poblaciones para aprovisionarse, cosa que consiguieron, no sin dificultad, gracias al conocimiento del idioma malayo que hablaba Urdaneta, se instalaron en Cebú en abril.

En mayo, Urdaneta comunicó a Legazpi su disposición a realizar el viaje de vuelta, el tornaviaje. Para ello contaba con la nao San pedro, a la que consideraba la más apropiada para aquella aventura y al frente de la misma, como capitán, al sobrino de Legazpi, Felipe Salcedo, que, si bien era joven, era un buen navegante. Al amanecer del 1 de junio de 1565, salió de su fondeadero de la isla de Cebú camino de Nueva España la nave española por la ruta estudiada por Urdaneta. Bordeó Filipinas hacia el norte, camino de japón. El día 9 de junio, la nao navegaba ya en mar abierto. Había llegado el momento de poner rumbo nordeste donde esperaba encontrar vientos favorables. Los pilotos iban anotando rumbo y distancias y el día 17 creían hallarse en 18.º N y poco después (21 de junio, día del Corpus) avistaron una isla en el punto que hoy se denomina Parece Vela o Okino-Tori (20.º 32’ N, 136.º 13’ E). El primero de julio la nave está a la altura del paralelo 24º de latitud norte, más o menos frente a Taiwan. El 3 de agosto alcanzó los 39°, hasta llegar al paralelo 42°, es decir, la latitud del norte del Japón. Esta ruta, mucho más al norte de las seguidas por los que fracasaron con anterioridad, era más larga, pero evitaba la influencia negativa de los vientos alisios, que en los intentos anteriores había dificultado e impedido la navegación. A partir de aquí el barco gira al este, siguiendo la corriente marítima del Kuro Shivo, en dirección a lo que es hoy Estados Unidos. Los vientos les permitieron avanzar a mayor velocidad que los días precedentes. Pero el problema surgió de las provisiones, a pesar de que Urdaneta había mejorado con mucho el aprovisionamiento de futas y verduras de expediciones anteriores. La carne y el pecado, así como la verdura fresca se habían acabado hacía ya días, y el menú consistía en arroz o maíz, pan seco y garbanzos rociados con un poco de vino de palmera. A mediados de agosto con mar gruesa y aguaceros de mediana virulencia, determinaron poner rumbo al SO.

El escorbuto había hecho su aparición y el número de enfermos iba en aumento.

El 1 de septiembre, justo tres meses después de la salida, murió el primer marinero enfermo, al que siguieron otros. El 18 de septiembre de 1565, avistaron una isla a la que Salcedo bautizó como la Deseada. No estaban aún en el continente, pero sí cerca. Avistaron tierra el 26 de septiembre de 1565, era la costa de California, superado el cabo Mendocino (al norte de la actual San Francisco) y, de aquí bajando por la costa de México, el 1 de octubre, entró la San Pedro en el puerto de la Navidad, con la tripulación muy mermada. Urdaneta, recordando lo mal sano del puerto de la Navidad con las pocas condiciones que reunía para la asistencia hospitalaria (hay que recordar que de doscientos tripulantes sólo quedaron dieciocho activos al terminar el viaje. El resto o había muerto o estaban enfermos), decidió sugerir a Salcedo que se dirigiera a Acapulco, donde llegaron el 8 de octubre de 1565.

El viaje de vuelta había durado cuatro meses y ocho días.

Todo quedó anotado minuciosamente por la propia tripulación, empezando por Esteban Rodríguez, piloto mayor del barco, y excelente cronista de la expedición hasta su muerte, – su crónica la completo su sustituto, Rodrigo de Espinosa–.

Urdaneta no cuenta gran cosa, pero sí se sabe que fue el primer europeo que constata la circulación de los vientos en el anticiclón del Pacifico, dando así con una de las claves para el éxito del viaje.

Urdaneta es recibido por la Audiencia de México, tras su hazaña, volvió a España para informar al rey de los primeros pasos de la conquista de Filipinas y, sobre todo, del éxito del tornaviaje. En abril de 1566, lo recibió Felipe II a quien mostró y entregó los mapas, relaciones, libros de navegación y otros documentos. Casi inmediatamente, en 1567, estaba de vuelta en México y se reincorporaba a su convento de los agustinos, donde muere al año siguiente (1568)

Había establecido, lo que se llamó el “paso de Urdaneta” es decir, la ruta del tornaviaje. De Filipinas a Acapulco. Nunca fue de fácil recorrido, pero permitió la conquista de Filipinas y el comercio de la zona con el conocido como “galeón de Manila” que utilizó esta ruta durante dos siglos y medio, hasta su supresión en 1815, coincidiendo con las presiones coloniales británicas sobre China.

El galeón salía de México con plata y productos que no se daban en Filipinas (desde armas hasta objetos de culto, y muy especialmente animales y plantas: vacas, caballos, maíz, cacao, tabaco, caña de azúcar, cacahuete, tomate, calabaza, papaya, pimiento…) y frailes. A los chinos no les interesan los productos europeos, pero sí la plata con la que pagaban los productos los europeos. Los frailes buscaban la evangelización. De vuelta, el galeón llegaba a Acapulco, cargado de especias, seda en hilo, en tejidos y bordados, marfil, lacas y madera lacada, biombos y madreperlas y porcelanas chinas de la dinastía Ming, etc. Se establecía así, una de las rutas marítimas comerciales más duraderas de la historia mundial. La que permitió durante aquel tiempo generar tal riqueza en Nueva España, es decir, en México, que la capital mexicana durante mucho tiempo tuvo mucha más importancia comercial e influencia en nuestro imperio que Madrid.

Este intercambio incorporó a la cultura española algunos productos muy populares, tanto que acabaron fabricándose también en España, como los mantones de Manila, tejidos y bordados en China, o medias, para mujeres y para hombres.  La popularidad del galeón era tal que la literatura se hace eco de él, como ocurre en “Fortunata y Jacinta” de Pérez Galdós, en el S. XIX.

Pero no sólo fue famosa la ruta de Urdaneta por el comercio, la expedición para extender la vacuna de la viruela de Balmis llegó a Filipinas, a Macao y Cantón siguiendo la ruta del agustino vasco.

BIBLIOGRAFÍA

RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Agustín. “Urdaneta y el tornaviaje”. Ed La Esfera de los Libros. 2021

CABRERO, Leoncio: «España en el Pacífico», Cuadernos Historia 16, núm. 122.

MADUEÑO GALÁ, José María. “ANDRÉS DE URDANETA, UN AVENTURERO.”

MIRA TOSCANO, Antonio.  “Andrés de Urdaneta y el tornaviaje de Filipinas a Nueva España”. Universidad de Huelva (España). file:///C:/Users/Administrador/Downloads/Dialnet-AndresDeUrdanetaYElTornaviajeDeFilipinasANuevaEspa-5613036%20(1).pdf

Documental: España, la primera globalización.