EL MOTÍN DE ARANJUEZ

Antecedentes

Parte de la historiografía ha definido el reinado de Carlos IV como el reinado de María Luisa de Parma y de su favorito, Godoy, separados del Príncipe de Asturias por un abismo insalvable y acrecentado por las maniobras del propio Godoy que instigó y malmetió a Carlos IV contra su hijo siempre que tuvo ocasión y, así, en medio de la desunión familiar, mantener la influencia y el poder. Fernando, harto del valido, se hizo rodear de los enemigos de aquel y con ellos conformó lo que fue llamado “partido fernandista”.

El motín de Aranjuez marca el fin de Godoy y el inicio de un proceso revolucionario que culmina en la guerra de la independencia frente a Napoleón. Las circunstancias que llevaron al levantamiento del pueblo en el Real Sitio de Aranjuez fueron las siguientes:

  • La guerra contra el Reino Unido.

En agosto de 1796,  Manuel Godoy firmó con los franceses el tratado de San Ildefonso, en virtud del cual ambas naciones acordaron iniciar una política conjunta ( pactos de familia) contra Gran Bretaña y socorrerse militarmente en el caso de que una de las partes lo pidiera.

La guerra dura hasta 1802, aunque quizá convendría alargar su datación hasta 1805. Los enfrentamientos provocaron graves problemas económicos a España, pues los barcos españoles provenientes de América sufrieron ataques continuos por la armada británica y consiguientemente, generaron escasez de materias primas en España, crisis económica y hambre. Además, el bloqueo de Cádiz permitió a los virreinatos americanos comerciar por su cuenta, en un paso previo a incendiar aquellas provincias con procesos independentistas; por si fuera poco, aquel bloqueo naval en Cádiz supuso la pérdida de fuerzas navales que defendieran las costas españolas. El 21 de octubre de 1805,  se produce la derrota de Trafalgar ( en el marco de la tercera coalición formada por Gran Bretaña, Austria, Rusia, Nápoles y Suecia frente a Napoleón. Mientras España mantenía sus alianzas con Francia). Aquella derrota puso al pueblo y a parte de la nobleza en contra del gobierno; también al clero por temor a que la solución a la crisis recayera en alguna forma de desamortización de sus tierras o de las de los comunes.

  • El Proceso de El Escorial

En un momento de enfermedad de Carlos IV, Godoy intentó desheredar a Fernando. Primero propagó la especie de que Fernando era un incapaz y dado que sus hermanos eran menores de edad, no quedaba más remedio que nombrar un regente en caso de fallecimiento de Carlos IV. Pero, con su habilidad habitual y sus obscuras maniobras hizo ver a Carlos IV,  en vez de su enfrentamiento con el heredero, una traición de Fernando hacia su padre, un acto de usurpación al trono; por ello, el 30 de octubre de 1807, Fernando fue preso ,acusado de alta traición. Dando una vuelta de tuerca aún mayor a los acontecimientos, Godoy se presentó, entonces , como mediador entre padre e hijo y logró la liberación del Príncipe, pero consiguió que el proceso judicial siguiera para sus partidarios. El pueblo estaba convencido de que todo era una turbia maniobra del valido; no sólo el pueblo, el Consejo de Castilla, encargado de instruir la causa, dictó sentencia absolutoria de todos los procesados. Este fue el llamado “Proceso de El Escorial” , cuyas consecuencias, a la larga , fueron contraproducentes para España y para Godoy pues, de un lado, demostró la desunión y debilidad de la familia real y, de otro, el pueblo quedó indignado y predispuesto a la revolución.

La ambición de Godoy se vio, teóricamente, satisfecha cuando por el tratado de Fontainebleau logró ser nombrado Príncipe. Por tal tratado, Portugal se dividió en tres partes: a) la Lusitania septentrional quedaría en manos de la reina de Etruria ( hija de Carlos IV); el principado de los Algarves sería para Godoy y 3) la zona central entre el Duero y el Tajo quedaría a expensas de futuras compensaciones

  • El tratado de Fontainebleau

El 27 de octubre de 1807, se firmó el tratado de Fontainebleau por el que España se comprometía a dejar el paso libre a las tropas francesas y unir a ellas sus propias armas contra Portugal. Con esta medida, Napoleón buscaba invadir España y con ello lograr dos objetivos: a) una razón estratégica de afianzamiento de su bloque continental y b) eliminar a los borbones del trono de España, para que su sombra legitimista no se proyectara sobre la licitud de la “dinastía napoleónica” en Francia.

Por el tratado, el 10 de diciembre de 1807, entran por Irún 24.400 soldados franceses con el General Dupont al frente. Pero, al tiempo y sin que esto estuviera previsto en los acuerdos, se asentó, entre Burdeos y Bayona, otro ejército con 30.000 hombres al mando de Moncey. En enero y de manera sucesiva, se dan diversas órdenes para la entrada paulatina de aquel ejercito de reserva, ahora, ya incrementado en número hasta alcanzar los 90.000 soldados, que se sitúan en Figueras, Montjuich y Pamplona. A la vista de los acontecimientos y alarmado por ellos, Godoy escribe una carta a Carlos IV el 5 de febrero. Realmente, Godoy no se fiaba de Napoleón ni del Príncipe heredero. Además, algunos incidentes locales contra las tropas francesas, que fueron acogidos a su entrada de manera amistosa, provocaron un incipiente malestar popular.

Todo se complicó por el consejo de Godoy al Rey de trasladar la Corte a Cádiz y desde allí, si la situación empeoraba, trasladarse a América y seguir dirigiendo España desde las provincias del otro lado del Atlántico. Toda la historiografía reconoce que este consejo de Godoy era bueno y adecuado y que el transcurrir de los acontecimientos hubiera sido otro de haberle hecho caso. Sin embargo, todas sus anteriores maniobras para hacerse con el trono provocaban que los fernandistas desconfiaran de él en todo y por todo, de forma que, si Godoy aconsejaba una cosa, los fernandistas opinaban lo contrario. En medio de esa discusión,  Godoy, procedente de Madrid, llega a Aranjuez donde estaban los reyes y da orden de trasladar la Corte a Sevilla.

El Motín de Aranjuez.

Para acompañar al monarca, Godoy, manda a los ejércitos de Solano y Carrafa trasladarse a Aranjuez y, sin estrépito, a otra buena parte de las tropas que estaban en Madrid, moverse igualmente al Real Sitio. Esta decisión sirvió para que los partidarios del Príncipe de Asturias mostraran su oposición frontal al traslado.

En Madrid, el Conde de Montijo se encargó de unir en torno al príncipe a la nobleza y de lograr el beneplácito del Consejo de Castilla a sus posiciones. En el Consejo de Ministros del día 14 de marzo , el Marqués de Caballero se negó a firmar cualquier documento que supusiera el salvoconducto para el traslado de la Corte. Carlos IV, lleno de confusión, ordenó que se consultara al Consejo de Castilla que, previamente posicionado como hemos visto, se opuso a la orden de traslado.

Al pueblo ya habían llegado los rumores de la marcha de los reyes lo que generó movimientos de inquietud, para calmarlos se dictó una proclama de Carlos IV que desmentía la posibilidad de cualquier viaje y al tiempo que se publicaba la nota se vio a los reyes pasear por la ciudad. Pero estos rumores mantuvieron al pueblo expectante y más cuando el Real Sitio se llenó de tropas. Además, el conde de Montijo y otros nobles habían soliviantado a los habitantes de los pueblos limítrofes para que acudieran a Aranjuez a defender al Rey. El Plan para echar a Godoy estaba en marcha con tres elementos básicos: la nobleza, la utilización del pueblo y el apoyo del ejército.

En la noche del 17 al 18 de marzo, se formaron en Aranjuez numerosos grupos de embozados, armados con palos que circulaban en silencio por las calles del lugar, capitaneados y coordinados por el ya conocido conde de Montijo. No se sabe con certeza, pero parece ser que, a una señal que estableció el Príncipe Fernando, posiblemente, una luz en una ventana, las tropas del ejército ocuparon todos los caminos por los que se podía abandonar la ciudad mientras el pueblo rodeaba el palacio. Aunque los Reyes se asomaron a las ventanas para hacer ver que no se habían ido, los grupos de ciudadanos, no muy tranquilos, se dirigieron a la casa de Godoy; destrozando a hachazos la puerta principal, entraron y saquearon la casa, menos una pequeña habitación en la que el valido, oculto entre alfombras, se había encerrado.

Ante tal situación, y con la intención de salvar la vida del valido, el Rey firmó un decreto, a las cinco de la mañana, por el que tomaba personalmente el mando del ejército y la Marina y exoneraba a Godoy de todos sus cargos. Tras la real proclama parecía que todo volvía a la calma y paz cotidianas, hasta que en la mañana del 19 Godoy salió de su palacio y fue descubierto por la turba, que intentó rematar su venganza, aunque tal circunstancia no se consumó por intervención de las tropas de defensa del valido, su Guardia de Corps. Esto evitó males mayores, a lo que contribuyó también que, el futuro Fernando VII calmara a la gente prometiéndoles que enjuiciaría Godoy. Incumpliendo su promesa, Fernando intentó enviar al favorito de la Reina M. Luisa a Granada y así evitar su juicio. Se produjo una nueva sublevación del pueblo, que se zanjó por la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando el mismo 19 de marzo a las siete de la tarde. Así comenzaba el reinado de Fernando VII al que, en aquel momento, el pueblo acogió lleno de entusiasmo y esperanza.

Los acontecimientos de Aranjuez fueron los primeros estertores de la agonía del Antiguo Régimen en España; la muestra de la debilidad de la corona en manos de un valido que, gracias a la intervención popular, fue neutralizado y expulsado del poder, pero también supuso la llegada al trono de uno de los peores, sino el peor monarca de la Historia de España, al que se proclamó con entusiasmo y esperanza antes de comprender que era un felón cuyo reinado trajo consecuencias nefastas para España y que, a decir de Raymond Carr, aún sufrimos.

En aquel momento, el pueblo español mostró su valentía en contra del tirano sin legitimidad, poco después, esa valentía salvará a la Nación frente a Napoleón. Su símbolo: el levantamiento del 2 de mayo en Madrid, pero esa ya es otra parte de la Historia.

BIBLIOGRAFIA

VICENTE PALACIO ATARD. La España del S. XIX. Espasa Calpe. 1981.

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. Introducción a la Historia de España. Ed. Teide. 1983.

RAYMOND CARR . España, 1808-1975. Barcelona, 1996.

ANGEL MARTINEZ DE VELASCO: “La España de Fernando VII”. Ed Espasa.1999

 

 

DESPOTISMO Y DESPOTISMO ILUSTRADO

A decir del diccionario de la RAE

Despotismo se define en dos acepciones:

  1. m. Autoridad absoluta no limitada por las leyes.
  2. m. Abuso de superioridad, poder o fuerza en el trato con las demás personas.

El despotismo, políticamente hablando, se expresa en el régimen político gobernado por el temor y la corrupción, no existe posibilidad de expresión de los ciudadanos, y el déspota -sea un hombre, un grupo de ciudadanos o una asamblea- impone por el miedo sus normas; sólo en tal régimen, sólo en tal opresión, las divisiones son reales por debajo de la capa de uniformidad, de conformismo social. Esa uniformidad a veces se apodera de los menos formados, en ocasiones ,también de las grandes inteligencias.

En su forma clásica, el despotismo es un sistema de gobierno en el que una sola persona ejerce todo el poder y la autoridad que contiene el Estado. Esta forma de mando era común en las primeras formas de la estatalidad y la civilización, el faraón de Egipto es un ejemplo clásico del déspota, puesto que, una de sus esencias del despotismo era la concentración del poder en manos del monarca por provenir su derecho del orden divino .

El despotismo acabará desembocando y entroncando con el Absolutismo, que no dejaba de ser un sistema de gobierno, propio de las monarquías tradicionales, en el que todo el poder, era ejercido por el rey sin limitación institucional alguna, fuera de la propia ley divina. El rey era identificado como la personificación del propio Estado y por el origen divino del mismo sólo podía heredarse por sus hijos. Se sitúa en el periodo histórico conocido como Antiguo Régimen y cuya datación se inicia en el S.XVI, con la formación de los Estados-Nación, es decir, los estados modernos y que alcanza el S. XVIII. Luis XIV de Francia, el rey sol, es uno de sus mayores representantes .

En España, por coincidencia temporal, el absolutismo habría que relacionarlo en su inició con el periodo de Carlos V, prolongándose a la dinastía de los Borbón. Pero los Austrias, mantenían un sistema de consejos y ciertas atribuciones a la nobleza que impiden asociarlo al modo europeo de absolutismo radical.  En comparación con otros países de la Europa Occidental en España el absolutismo llegó más tarde y finalizó más tarde y fue Felipe IV el que estuvo más cerca de pasar por un rey absoluto al modo francés por influencia del Conde Duque de Olivares. Fueron los borbones, con Felipe V, los que introdujeron el absolutismo francés, pero, realmente su posición se acerca ya al Despotismo o absolutismo ilustrado.

El siglo XVIII marca el inicio de un cambio, que a la postre será un gran cambio. El movimiento ideológico de la Ilustración estaba contra las instituciones y amenazaba el régimen absolutista. Bajo este contexto, nace el “Despotismo ilustrado” (término acuñado en el siglo XIX para definir una situación del siglo XVIII). Su ideación es una estrategia para que los monarcas pudieran mantener su poder absoluto usando el argumento de que el Estado tenía el papel de padre protector de sus súbditos. Su forma de actuar tenía tres características esenciales: 1) supuso una reafirmación del poder absoluto de la Monarquía, por lo que no significó ninguna ruptura con la tradición política absolutista anterior. 2) Se planteó el ideal del “rey filósofo”. El monarca, amante de las artes y las ciencias, era asistido por las minorías ilustradas, sabía lo que convenía a los súbditos, y estaba en condiciones de impulsar reformas racionales necesarias para el conjunto de la sociedad con el fin de progresar y otorgar la felicidad al pueblo. Realmente, esta segunda característica procedía del renacimiento cuando ya los reyes eran mecenas antes de intentar convivir con la Ilustración. 3)  Aquella cortina de moderación que tuvo la monarquía clásica para sobrevivir, tuvo como base de actuación el fomento de la prosperidad, la cultura y los avances de sus países y súbditos, pero con la peculiaridad de hacerlo desde la élite: “Todo por pueblo, pero sin el pueblo”. El despotismo ilustrado pertenecía a un sistema de gobierno propio del Antiguo Régimen europeo, pero incluyendo las ideas filosóficas de la Ilustración, según las cuales, las decisiones del hombre son guiadas por la razón y, en aquella interpretación monárquica, ejecutadas por la monarquía que seguía concibiéndose como único representante de la Soberanía por gracia de Dios.

Entre los monarcas ilustrados más significativos del periodo deben ser citados los ejemplos de José I de Portugal; Federico II el Grande de Prusia; Catalina la Grande de Rusia, José II, Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico y, en España, el gran ejemplo es Carlos III. Todos ellos impulsaron reformas en distintas áreas (educación, justicia, agricultura, libertad de prensa o tolerancia religiosa).

La efectividad de estas medidas fue amplia en el campo económico y en las condiciones de vida de sus sociedades, sin ellas no se hubiera desarrollado una burguesía pujante que a la larga los desaloja del trono o bien los modera en su poder. Es característico de estos monarcas rodearse de grandes hombres, siempre ilustrados que aplicaran o diseñaran las reformas que se pretendía imponer. Así Voltaire asesoró a Federico II ; Diderot a Catalina II, gracias a la cual Diderot conservó su magnifica biblioteca, que ha llegado a nuestros días. En Portugal el artífice de las grandes reformas fue el Marqués de Pombal y en España recordaremos al Conde de Floridablanca, Campomanes, el Conde de Aranda o Jovellanos. Extendiéndonos mínimamente en el caso español, señalaremos que las reformas emprendidas por Carlos III, ya con sus ministros españoles tras la oposición del pueblo a las medidas de los primeros italianos ( ver entrada sobre el Motín de Esquilache) abarcaron todos los órdenes:

Se plantearon reducciones del poder de la Iglesia, que culminaron con la expulsión de los Jesuitas, también se limitó el poder de la Inquisición, se modificaron costumbres de la religiosidad popular y se puso especial empeño en aumentar la formación de los eclesiásticos, elemento de transmisión de valores entre el pueblo.

Económicamente, en el sector agrario se intentó controlar a las oligarquías locales, para ello se introdujeron en los gobiernos municipales cargos elegidos por la población –síndicos y diputados del común-, aunque acabaron controlados por el señorío local. También, se hizo una reforma agraria que nunca se llevó a cabo en toda su extensión pero que ha dejado una interesante documentación sobre las propuestas ilustradas, sobre todo, de Jovellanos. Se limitaron los derechos de la Mesta y se repoblaron zonas despobladas, especialmente interesantes, fueron las de Sierra Morena y también se desamortizaron algunas zonas comunales. Se liberó la circulación y el comercio de cereales y vinos y el comercio con América. Fue la época dorada de las Sociedades Económicas de Amigos del País, impulsadas por el Ministro José Gálvez y por Campomanes.

En el plano institucional se estableció el sistema de quintas – servicio militar- y se crearon las distintas armas en el ejército.

Quizá la reforma más interesante en cuanto supuso un importante cambio social, fue la Real Cédula de 1783 que establecía que los oficios no eran deshonrosos. También se intentó el control de grupos marginales como vagabundos o gitanos.  En este terreno social fue importante la labor a favor de la educación, las instituciones culturales y científicas. También tuvieron algunos fracasos, como el cambio del plan de estudios universitarios que contó con la oposición de la Universidad de Salamanca que aprobó el suyo propio, el cual, a la larga, fue el que se impuso en toda España.

En las obras públicas realizó el Canal Imperial de Aragón y un plan de carreteras radial con origen en Madrid y destino en Valencia, Andalucía, Cataluña y Galicia que fue la base del sistema de carreteras que tenemos hoy en día. En la Industria fomentó la de bienes de lujo: platerías, porcelanas, alfombras, cristalería ( famosa las del Buen Retiro o la Granja).

Hizo hospitales públicos, servicios de alumbrado y recogida de basura, uso de adoquines, una buena red de alcantarillado, que embellecieron y sanearon las ciudades, especialmente Madrid. En la capital, además, ejecutó un ambicioso plan de ensanche, con grandes avenidas; monumentos y museos que le granjearon al Rey el sobrenombre del mejor alcalde de Madrid.

Para financiar todo esto ideó un sistema para aumentar la recaudación fiscal: la Lotería Nacional y para la ordenación de fondos se creó el Banco Nacional de San Carlos, antecedente del Banco de España.

Volviendo al plano mundial, a pesar de las mejoras introducidas por el Despotismo ilustrado, la libertad que la Ilustración buscaba no se consiguió. Los ilustrados apoyados por los burgueses, clase mercantil emergente, comienzan a difundir la noción de libertad del hombre entre el pueblo. Comienzan así los crecientes conflictos sociales y políticos que desencadenarán en la Declaración de Independencia Americana de 1776 y la Revolución Francesa en 1789, poniendo fin al Despotismo ilustrado. En ambos casos, el alzamiento burgués supuso la aceptación de sistemas constitucionales que se basaban en la separación y contrapesos de los poderes del Estado, ideada originariamente por Montesquieu y esencia de la democracia.

Decía Montesquieu que,  todo hombre que tenga poder tenderá insensiblemente al abuso; el amor al poder -apunta Montesquieu- es en el hombre insaciable y “casi constantemente agudizado y jamás saciado por la posesión”. “Es que los hombres abusan de todo”, escribe en sus cuadernos, y “hasta la virtud necesita límites”. Esta sed de poder sería uno de los resortes, por lo demás positivo, que pone en movimiento al hombre, al movilizar la pasión de la ambición -la más potente, junto con la del amor, para los ilustrados-, que además aumenta su fuerza si, por contrapartida, no encuentra más que la tendencia al reposo de los otros, esto es, la pasividad de los otros.

Ese pensamiento y la idea de respeto a la libertad, la propiedad, a los derechos humanos los veremos plasmar de manera práctica en el mundo a través del constitucionalismo que sigue a las revoluciones liberales. Pero no todas las constituciones recogen esos principios de separación del poder de manera real, en algunas es mera retórica.

Precisamente, en las situaciones donde el constitucionalismo es meramente formal, hoy en día, hablamos de dictaduras, tiranicidio y en ellas el déspota domina a través del castigo, la violencia y siempre el miedo. La dictadura es una forma de gobierno sin restricción ni por la constitución ni las leyes y donde a la oposición no se la deja que exista, en ocasiones de manera evidente, en otras, más sibilina. Ejemplos de ello tenemos demasiados en nuestros días, sólo hay que abrir el periódico. Son ejemplos de que el Despotismo no ha sido derrotado.

BIBLIOGRAFIA

Hº Universal. Ed Espasa- Calpe.

ROBERTO FERNÁNDEZ DÍAZ. ” La España de la Ilustración”. Ed Espasa-Calpe

CACIQUISMO

Según el diccionario de la RAE el caciquismo presenta tres acepciones:

  1. m. Dominación o influencia del cacique de un pueblo o comarca.
  2. m. Sistema político basado en la dominación o influencia del cacique.
  3. m. Intromisión abusiva de una persona o una autoridad en determinados asuntos, valiéndose de su poder o influencia.

El caciquismo actuó y actúa esencialmente en Latinoamérica y fue una forma política esencial en la España de la Restauración (1875-1902).

El origen durante la Restauración tiene causas múltiples:

  • La desamortización municipal y eclesiástica y la desvinculación de los mayorazgos generó, especialmente, entre 1833 a 1876 un trasiego en la posesión de fincas en las zonas agrarias españolas fundamentalmente, aunque no únicamente, en La Mancha, Extremadura y Andalucía. En aquella desamortización una parte fue a manos de la aristocracia mientras la burguesía se enriquecía a costa de la Iglesia, del común y de los hidalgos arruinados. Este proceso generó consecuencias en todos los órdenes de la vida rural: en la gestión de las fincas, en el atraso técnico de los métodos de rendimiento y en el orden político.
  • La Restauración trajo estabilidad política a un siglo lleno de pronunciamientos, algaradas, constituciones nonatas o de corta vigencia y múltiples alteraciones más del panorama político. Esta estabilidad es una característica del momento no sólo en España sino en toda Europa occidental (en Francia, por ejemplo, con la tercera República; en Italia con el Risorgimiento;en Alemania, con la formación del segundo Reich bajo la hegemonía prusiana). En España la constitución de 1876 con su excepcionalmente largo periodo de vigencia estabiliza la vida política y trae consigo la adaptación nacional de otro rasgo europeo de entonces, un modelo de democracia al modo anglosajón. En Gran Bretaña triunfaba el bipartidismo y en España, se instauró un bipartidismo con características propias: el turno de partidos. Fue imposible el engranaje entre los partidos y asociaciones obreras o entre otros sectores, especialmente pequeña burguesía y clases medias,  con las instituciones constitucionales. Tampoco se da el concepto de soberanía nacional, sino que se trata de un constitucionalismo doctrinario (la Soberanía reside en el rey y las Cortes). La Constitución de 1876 presenta mecanismos propios de una democracia liberal clásica: convocatoria de elecciones, aumento del cuerpo electoral (sufragio universal masculino desde 1890) que elige a los representantes de la nación, con la necesaria formación del gobierno con doble confianza: del Rey y del parlamento. Pero tal presencia democrática es sólo aparente, no real.
  • En la realidad, se produjo una interferencia entre las instituciones propias de la democracia liberal y parlamentaria y las instituciones económicas y sociales. En estas circunstancias y con estas características se restaura no sólo la dinastía borbónica en España sino también la misma burguesía con base agraria latifundista que dirigía los destinos de España desde hacía muchos años, con la peculiaridad de que, a finales del siglo XIX, además, el Estado y las élites económicas aparecía reforzados por una serie de avances técnicos: perfeccionamiento burocrático, aumento del armamento eficiente para el control de las masas, facilidad para transmitir noticias por medio del telégrafo y para el desplazamiento por el ferrocarril. Pero los avances técnicos no hicieron olvidar las costumbres nacionales de no dejar opinar en la vida pública a nadie que no formara parte de esos estamentos de poder político y económico.

La gestión política de esa realidad se basaba en dos instituciones. Por una parte, la existencia de una oligarquía dirigente, constituida por hombres de los dos partidos (liberales y conservadores) y estrechamente conectados entre sí por sus relaciones, por su extracción social, por sus relaciones familiares y sociales. Todos procedían de familias terratenientes, nobleza de sangre, burguesía de negocios… Como recuerda Palacio Atard, existieron dos burguesías, la alta, ligada al poder, auténtica oligarquía, y la baja, más propia de las clases medias, que no participan del poder oligárquico. Pero no hay que olvidar que la España de la “edad dorada” de la Restauración es una España rural ya sea la de los latifundios más propios del centro y sur peninsular ya sea la de los minifundios de Galicia y, en lo que hoy es, Castilla y León, como zonas más destacadas. Esto determinaba que el electorado de aquella España, y más cuando se amplió la base electoral por el sufragio universal masculino, se formara esencialmente por campesinos, campesinos analfabetos en buen número. Esto generaba un déficit de participación que propició el nacimiento de un poder señorial rural (caciques) con el que se alía la oligarquía. Así se establecía un sistema entrelazado por los políticos en Madrid y los caciques en cada comarca, con el Gobernador civil en la capital de cada provincia como enlace entre uno y otro. Esos tres “personajes”( el Ministro de Gobernación en el ámbito nacional; el Gobernador civil, en el provincial y el cacique, en el local) constituyen la base real del sistema, que pone de manifiesto la falta de moral del régimen que falsea el sistema de representación popular.

Se establece, con ello, una profunda desconfianza mutua entre el pueblo y sus dirigentes. La ciudadanía vive lastrada por su atraso económico y cultural y el lamentable ejemplo de las capas dirigentes. Que se pone de manifiesto, esencialmente, en cada consulta electoral.

El profesor Jover [1]recoge una cita de Fernández Almagro al respecto que describe el sistema de amaño electoral propio del caciquismo:

“El delegado del gobernador reúne al Ayuntamiento y alecciona al Alcalde:-usted va a presidir una mesa electoral, lo que tiene que hacer es escamotear las candidaturas de la oposición y, en su lugar, meter en la urna las ministeriales; usted lo que tiene que hacer es volcar el  puchero, si fuera necesario para dar el triunfo al candidato ministerial; y, en último término, si ninguno de estos resortes o medios son bastantes para conseguirlo, válgase usted de todo género de recursos, en la inteligencia de que detrás de usted estoy yo como delegado del gobernador, y detrás de mi está el gobernador de la provincia y el gobierno mismo”

El sistema funcionaba, pues, de arriba abajo. La corona otorgaba el poder a un jefe de gobierno que convocaba y hacía ”las elecciones, logrando un parlamento adecuado, abstracción hecha del cuerpo electoral”. Así se turnaban los partidos en el poder. En el fondo era un problema de falta de correspondencia entre la base social de los partidos y la estructural social de España. Precisamente, el incremento de la base electoral en 1890 contribuyó a potenciar aún más el caciquismo. Como complemento de la acción caciquil electoral, en 1888, se puso en marcha, en la administración de Justicia, el juicio por jurados, lo que supuso la intromisión de los caciques en la designación de los vecinos que formarían parte de las listas de jurados.

El caciquismo tuvo origen en un sistema social familiarizado con el amiguismo. La implantación del sistema democrático en la Constitución y el sufragio universal masculino tropezó con el modo tradicional de actuación de la sociedad, contra sus modos y costumbres.

Donde más se desarrolló e implantó el caciquismo fue en Andalucía. La duración de este mecanismo resulta controvertida. Algunos autores hacen finalizar el procedimiento en la II República, pero ya vimos los amaños electorales de aquel régimen en una entrada anterior. La mayoría de la historiografía pone el final del caciquismo en la guerra civil; aunque, quizá algún lector se plantee si todavía no persisten vestigios de caciquismo o de algunas formas de amiguismo, más propias de otros tiempos, en la España actual.

BIBLIOGRAFIA

VICENTE PALACIO ATARD. La España del S. XIX. Espasa Calpe. 1981.

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. Introducción a la Historia de España. Ed. Teide. 1983.

RAYMOND CARR . España, 1808-1975. Barcelona, 1996.

[1]Ubieto, Reglá, Jover y Seco. Introducción a la Historia de España

Curiosidades de la Historia 2. Entre cuentos y leyendas

Hoy vamos a husmear en las entretenidas, a nuestros ojos, historias de tres españoles cuyo paso por la Historia, transcurrió entre cuentos y leyendas. Son personajes reales con historias reales a los que la fantasía agrandó los hechos o la leyenda los encumbró o los condenó. Veamos a tres españoles por el mundo de la Historia.

Magno Máximo, un gallego, rey de Gales

Los que se acerquen a esta figura pensaran que me he equivocado puesto que Magno Máximo fue uno de los efímeros emperadores de la fase final del Imperio romano. Gobernó entre el 383-388. Pero hoy no quiero referirme, salvo de pasada, a su historia en Roma, que es fácil de referir, sino a la leyenda que lo sitúa como Rey de Gales.

La Historia.

Máximo era hispano, parece ser que de la provincia Gallaecia, o sea que era “gallego”. Por tanto, fue otro de los “españoles” en dirigir el Imperio romano junto con Trajano, Adriano y Teodosio, el grande. Vivió en el siglo IV, procedía de la noble familia de los Flavio y siguió una brillante trayectoria en el ejército, gracias a Teodosio el viejo, padre de Teodosio, el grande, que lo tuteló.

Debemos recordar, para situar a nuestro personaje, que, alrededor del año 337, tras la muerte de Constantino el Grande, el imperio queda dividido en dos. Por un lado, el Imperio Oriental, es decir, Bizancio, bajo el mandato de Constancio II, mientras que la parte Occidental quedó bajo el gobierno de su hermano, Constantino II. A su vez, el Imperio Occidental queda dividido en dos partes, denominadas prefecturas. La más occidental era la Prefectura de las Galias, que incluía cuatro diócesis: Hispania, Vienense, Galia y Britania. Máximo, junto a Teodosio, el futuro Teodosio, el grande, fue enviado por el emperador occidental, Valentiniano I, a defender la frontera norte de Britania, el conocido como muro de Adriano, donde las incursiones de pictos y escotos traían de cabeza a los romanos. Máximo fue un soldado valiente que se ganó el reconocimiento de sus soldados. En el 372, fue enviado a África, donde también salió victorioso. Tras la derrota del Imperio de Oriente ante los godos en Adrianópolis- 378-, Teodosio fue proclamado emperador de Oriente. Mientras Graciano era el emperador de Occidente.

Desde el 376, Máximo Magno se había instalado en las islas británicas dónde se casó y donde estaban sus más fieles soldados. En las islas se forjará su leyenda. Había vuelto a los puestos fronterizos del Imperio en el norte de la isla; de nuevo, defiende el muro de  Adriano, donde su buen hacer, su valentía y su liderazgo en la defensa del Imperio, le valieron ser nombrado por sus hombres emperador del Imperio de Occidente, lo que suponía un intento de usurpación del trono de Graciano, el legítimo emperador de occidente. El choque entre Máximo y Graciano era inevitable y se produjo cerca de la actual ciudad de París. Graciano fue traicionado por los suyos en la batalla y cuando volvía a Italia lo asesinaron en las inmediaciones de Lugdunum (Lyon).

Tras los hechos, Magno Máximo se instala en Tréveris, capital de la prefectura de las Galias, con la intención de ejercer desde allí como emperador. Para eso necesitaba ser aceptado por el emperador de oriente: Teodosio, el grande y de Valentiniano II que se consideraba sucesor de Graciano. En un primer momento, llegan a un pacto: el imperio de divide en tres. Máximo se queda como emperador de la prefectura de las Galias,  Valentiniano II como emperador del resto de occidente, es decir las dos diócesis itálicas y Panonia y Teodosio como emperador de oriente. Magno Máximo fue emperador entre los años 384-388, fecha esta última en la que encontró la muerte por orden de Teodosio, el grande.

La Leyenda

En torno a 1135 la historia de Máximo ya era una leyenda; y el lugar de su arraigo, Gales. Es citado tanto en la historia de Britania de Nennio como en la Historia de los reyes de Britania del monje galés Geoffrey de Montmouth, en la que aparece como Rey de Britania durante el mandato de Constantino. El primero, busca un linaje fantasioso que le permite dar legitimidad a los reyes de Gran Bretaña, afirmando asimismo que ayudó a los britanos a extenderse de nuevo por la isla y volver a colonizarla. En el caso del segundo, parece que la historia procede de la unión de historias de distintos personajes y algunas leyendas, al modo en el que se creó la historia del Rey Arturo.

Pero la leyenda más completa se encuentra recogida en el Mabinogion (colección de historias en prosa procedentes de manuscritos medievales galeses. Se basan en parte en acontecimientos históricos de la alta Edad Media, pero algunos elementos se remontan a tradiciones anteriores, posiblemente de la edad de bronce). Allí se narra que Máximo soñó con un castillo en el que dos hombres jugaban al ajedrez mientras una bella doncella les contemplaba. Se cuenta que, Máximo, prendado de aquella visión femenina, mandó mensajeros en busca de tan bella doncella llamada Helen Luyddawc, en su sueño. y, tras enviar emisarios por todas las islas en su busquéda, la encontró en Gales. Se casó con ella, y sus hermanos (los jugadores de ajedrez) le ayudaron a conquistar toda la isla de la que fue Rey y también de la Bretaña francesa.

De todo esto, parece que hay restos arqueológicos y documentales suficientes como para afirmar, con cierta verosimilitud, que Máximo se casó con la hija de un poderoso jefe britano de la región Caernarfon, en la zona norte de Gales y que se la conocía como Elena de Caernarfon. También se le atribuye a Máximo la iniciativa para la conquista de la Bretaña francesa. No se sabe del destino de su familia, pero parece que Teodosio perdonó la vida a su mujer e hijas, así como a su madre. De igual forma, se considera que un nieto de Máximo también intentó usurpar los laureles de emperador de Roma, resultó muerto en el intento.

Por todo ello, podemos decir que un gallego reinó en Gales, de verdad o en la leyenda, quién sabe. Lo que es cierto es que en la Historia del linaje de los reyes británicos está incluido, con más o menos bruma en torno a su persona.

Un lepero, rey de Inglaterra

Aunque a Lepe se la relaciona con los chistes, esto no es ninguna broma. Juan de Lepe era un marino de esta localidad onubense de carácter abierto, dicharachero, picaruelo y simpaticón, al que los avatares de la vida llevaron a la corte del rey de Inglaterra, Enrique VII (fundador de la dinastía Tudor-1457-1509-). Llegó a ser una mezcla de confidente y bufón del Rey. El desapacible clima de la isla, que obliga a un eterno confinamiento, hacía que el Rey pasase las horas frente a las chimeneas del Palacio, tomando cervezas y jugando partidas de cartas o ajedrez. En estas situaciones, se hacía acompañar de nuestro compatriota. El Rey tenía fama de tacaño y las apuestas, en los juegos de naipes, no iban más allá de alguna moneda; hasta que un día, pensando que Juan se echaría atrás, se jugó las rentas de Inglaterra, aunque, rápidamente arrepentido, lo dejó en la posibilidad de que, si perdía, Juan podría ser rey por un día y quedarse con las rentas de esa jornada. El juego fue a doble mano. Juan aceptó sin inmutarse, aunque si perdía, debería las rentas del día. Ganó y fue rey durante un día. Tal situación se hizo publicar en todo el país, siendo conocido como “el pequeño rey de Inglaterra” . Como espabilado que era, durante su breve reinado, se aseguró el futuro haciéndose con un buen montón de prebendas y derechos, además de las rentas ganadas, con el consiguiente permiso para poder llevarse a España todo lo conseguido. Tras la muerte de Enrique VII, en 1509, el lepero decidió regresar a su casa antes de que Enrique VIII decidiese su destino. Ya en su pueblo, se dedicó a disfrutar de la vida y de su fortuna, pero también quiso ganarse el retiro celestial y donó parte de sus riquezas al monasterio franciscano de Lepe ( Nuestra señora de la Bella) con una condición: que se grabaran en su lápida, a modo de epitafio, sus hazañas.

El expolio que vivió la iglesia a principios del siglo XIX impide conservar la lápida, pero tenemos constancia de la misma, gracias a la obra “Origine Seraphicae Religionis” (1583) del padre Francisco de Gonzaga. En la obra se describe la lápida y la historia:

“En la Iglesia de este convento aún se ve el sepulcro de cierto Juan de Lepe, nacido de baja estirpe del dicho pueblo de Lepe, el cual como fuese favorito de Enrique VII rey de Inglaterra con él comiese muchas veces y aun jugase, sucedió que cierto día ganó al rey las rentas y la jurisdicción de todo el reino por un día natural, de donde fue llamado por lo ingleses el pequeño rey. Finalmente, bien provisto de riquezas y con permiso del Rey volvió a su patria nativa y allí después de haber vivido algunos años rodeado de todos los bienes y elegido su sepultura en esta iglesia, murió. Sus amigos y parientes grabaron esta historia en lugar de epitafio, la cual quise yo, aunque no parece a propósito de esta Historia, dejarla como un recuerdo de este lugar”.

Un pastelero abulense, rey de Portugal.

Quizá este sea el episodio más conocido de los tres y, en este caso, la leyenda fue una realidad histórica.

Antes de llegar a nuestro pastelero debemos centrarnos en la situación portuguesa. En 1578, Portugal se enfrenta a una guerra por el control de lo que hoy es marruecos o parte del territorio actual del país africano. La batalla en la que fueron derrotados los portugueses y muerto su rey, el Rey Don Sebastián, fue la de Alcazarquivir o la batalla de los tres reyes en referencia al Rey Don Sebastián y los dos sultanes que se disputaban el trono en Marruecos.

Portugal estaba en plena edad de oro, sin embargo, la derrota en Alcazarquivir supuso un revés en su situación. Muerto el Rey subió al trono el Cardenal Enrique, como Enrique I, tío-abuelo del Rey Sebastián. Enrique I falleció dos años después, lo que abrió la crisis sucesoria de 1580 que llevó al trono de Portugal a Felipe II. Fue la famosa Unión Ibérica durante la cual los dos reinos tuvieron coronas separadas pero gobernadas por el mismo rey. Felipe II fue el primero de los tres reyes españoles que gobernaron esta unión hasta 1640, año en el que Portugal recobró la independencia. Durante la Unión, Portugal se vio privado de una política exterior independiente, participó, junto con España, en la guerra en los Países Bajos; sufrió grandes reveses en su imperio y perdió el monopolio comercial en el índico.

Evidentemente, aquella situación no era muy del agrado de todos los portugueses, así que un buen número de ellos se refugiaron en el “Sebastianismo” movimiento místico que aceptaba la leyenda de que el Rey Don Sebastián no había muerto en la batalla de Alcazarquivir y que , según los que le vieron tras la batalla, había hecho promesa de volver para salvar a su pueblo. Tal movimiento tuvo una extensión particular en Brasil. Uno de los mayores divulgadores del movimiento fue el poeta portugués Bandarra.

La idea de que el Rey estaba vivo y había de regresar a Portugal, propició la aparición de diversos episodios de suplantación de su personalidad. Y es en este ámbito, en el que aparece nuestro pastelero de Madrigal de las Altas Torres, Gabriel de Espinosa. Realmente no se sabe dónde nació y algunos consideran que tienen origen toledano, pero en el transcurso de nuestra historia vivía en el pueblo de Ávila. Allí, no se sabe cómo contactó con él fray Miguel de los Santos, que era portugués y había sido confesor del Rey Don Sebastián y, que, en el momento de contactar con Gabriel, era el capellán del convento de Madrigal en el que era monja Doña Ana de Austria, sobrina de Felipe II.

Parece ser que Fray Miguel era un emisario de Antonio de Portugal, prior de Crato y el mayor enemigo de Felipe II en el país luso.

El capellán del convento de Madrigal convenció a Gabriel de Espinosa de su parecido con el Rey Don Sebastián, de manera que le hizo creer que sería nombrado Rey del país vecino y se casaría con doña Ana de Austria. Se encontraron diversas cartas del fraile dirigidas al pastelero dándole tratamiento de majestad. Parece ser que Gabriel de Espinosa no hacía ascos a hacerse pasar por el rey. Incluso llegó a tener en su poder diversas joyas de la sobrina del Rey Felipe, no se sabe si por donación de ésta o porque el capellán se las hizo llegar. El caso es que alguien le denunció por poseer esas joyas y así se inició el “proceso de Madrigal”, documentado en el archivo de Simancas. Tras el juicio, Doña Ana, que llegó a creer que el suplantador era en realidad el rey portugués, su primo, con quien podría casarse tras recibir el beneplácito del Vaticano, como se lo prometió el fraile, fue declarada inocente, pero no se libró de castigo puesto que fue desposeída de todas sus pertenencias y condenada a una vida de absoluta incomunicación en un convento de Ávila. Cuando Felipe III llega al trono, a doña Ana le restituyen en la posesión de sus bienes, además, pudo volver al monasterio de Madrigal, donde llegó a ser priora. Por su parte, tanto Espinosa como fray Miguel fueron condenados a muerte y ejecutados en 1595. En el juicio, el fraile, sometido a tortura, confesó su culpabilidad, como único ideólogo e inductor de los hechos.

Esta suplantación trajo de cabeza a Felipe II, que vio en el personaje más peligro de lo que nos pueda parecer ahora. De hecho, del contenido del juicio archivado en el Archivo Histórico se desprende que las sentencias vinieron influencias por Felipe II.

Todo el episodio inspiró diversas obras literarias, la más famosa “Traidor, inconfeso y mártir” de José Zorrilla, escrita en 1849. En ella el autor cambia algunos hechos, de manera que Espinosa no es un simple pastelero sino el auténtico Don Sebastián .

La verdad sobre la vida del monarca portugués es que murió en el campo de batalla. El cadáver fue sepultado inicialmente en Alcazarquivir; en diciembre de ese mismo año fue entregado a las autoridades portuguesas en Ceuta, donde permanecería hasta 1580, fecha en que sería trasladado, por orden de Felipe II,  al monasterio de los Jerónimos de Belém, en Lisboa, donde se encuentra definitivamente enterrado.

BIBLIOGRAFÍA

The New Cambridge Medieval History. Ed Cambridge University Press

JAVIER SANZ. Bitácora “Historias de la Historia”

Kamen, Henry. Felipe II . Ed Siglo XXI. 1997.

ERRORES DE LA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLA

Valga este hilo para mostrar mis condolencias a todas las familias que han perdido a un ser querido por el coronavirus y muy especialmente a la del profesor Seco Serrano,  cuyos libros de historia han cautivado y cultivado a muchas generaciones de españoles, entre las que me encuentro.

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Decía Napoleón en los comentarios a “El Príncipe” de Maquiavelo que, hay que conocer la Historia para no volver a cometer los mismos errores. En el caso que nos ocupa, los errores de la 2ª República. Ese régimen político tan idealizado por algunos, tan denostado por otros. Hoy realizo un análisis somero, de grandes causas. No puedo abarcar en un hilo este asunto en profundidad; grandes historiadores han escrito varios volúmenes sobre esto.

Intentaré seguir un cierto orden cronológico.

Primero. La república no llegó legalmente, provino de un Golpe de Estado.

El golpe fue doble, provino de la izquierda, pero, sobre todo, de la derecha, la monárquica y la republicana. Apenas se fueron conociendo los resultados de los comicios municipales en la noche del 12 al 13 de abril, donde los monárquicos habían ganado las elecciones, los republicanos se apresuraron a señalarse victoriosos. Pero fue Maura, hombre de derechas,  el que previendo que los monárquicos, que ya habían desasistido al Rey al comenzar la transición post Primo de Rivera, no presentarían resistencia, se presentó en el Ministerio de Gobernación con Azaña ( representante de la izquierda) y proclamó la República.

Efectivamente, los monárquicos no se defendieron; ni el General Sanjurjo, ni Romanones, ni Berenguer ni otros muchos hicieron nada por defender el régimen monárquico. Realmente, fue el Gobierno, no los republicanos, los que dieron carácter plebiscitario a aquellas elecciones municipales que habían ganado. Fueron los monárquicos los que regalaron el poder a los republicanos comandados en el golpe de Estado por Maura. Ya aquí aparece la figura brillante en la forma, pero discutible en el fondo de Alcalá-Zamora, hombre inteligente, hecho a sí mismo, que fue doblemente ministro de Alfonso XIII y al que traicionó, siendo uno de los impulsores de la República. La república llegó, pues, por iniciativa y dirección derechista, aunque la mayor parte de sus fuerzas tuviera carácter izquierdista.

Segundo. La constitución.Tener una constitución, no significa tener una democracia. Aquella República nació como señala Javier Tusell “como democracia poco democrática”.  Si una democracia se basa en el respeto a los derechos humanos, la libertad, la propiedad y la separación de poderes, aquella nunca los cumplió. Decían sus propagandistas que la república había venido para traernos la justicia social, que nos faltaba; la libertad, que ignorábamos. Esto de la libertad era un punto esencialísimo en la propaganda del régimen del 31. Porque no se puede olvidar que su mantra casi al modo de obsesión, como un acto de fe, era su defensa de la libertad de que se había adolecido en los últimos tiempos de la monarquía; más concretamente en los años de la Dictadura, desde 1923 a 1930, año en el que cae el Gobierno del General Primo de Rivera, y desde 1930, en el que sube Berenguer, hasta 1931. Si había, por tanto, alguna promesa inscrita en los programas de la República, esta era la de devolver al pueblo español aquella libertad de la que se le había privado durante ese llamado septenario indigno y, sin embargo, su reacción resultó contraria a su pregón porque uno de sus mayores errores fue nacer como reacción contra lo anterior, como venganza contra lo existente, como último coletazo violento de una Restauración inacabada y fracasada. La República no actuaban pensando en el futuro sino para contestar y vengarse del pasado. Con ese rencor sólo se podían cometer atrocidades.

En esa posición de venganza, la República, desde su inicio, y con la redacción de la Constitución, más, se manifiesta como una imposición de la izquierda sobre la derecha. Los problemas no vinieron por las derechas ni por las izquierdas moderadas sino por unas izquierdas radicalizadas y unos nacionalismos utópicos y mesiánicos, que no tenían forzosamente por qué imponerse, pero que los errores moderados, hicieron que se impusieran.

Tercero. Los gobiernos de Azaña. El primer bienio. La revolución desde arriba como Azaña y otros pregonaban, fue, como tantas veces un fracaso. La radicalidad acontece por asumir las masas el control de la calle, por acometer las masas unas acciones políticas sin control, sin tino, sin capacidad de reflexión sobre su actitud. Es precisamente esa activación política de las masas una de las características y uno de los errores de aquella República.

Uno de los grandes problemas que derivaron en la radicalidad de la República la planteó el partido socialista, por ser el partido más fuerte y mejor organizado de la izquierda ( obtuvo 120 diputados en las primeras elecciones). Tenía mayor experiencia porque había colaborado ya con la dictadura de Primo de Rivera, no es que compartiera sus postulados, sino que actuó movido por el posibilismo y siempre mostrándose muy moderado en aquellos años.  Pero, instaurada la República, el PSOE se radicalizó. No en su totalidad, sino que quedó dividido en dos grandes alas y un tercero que basculó la tendencia. Mientras Julián Besteiro se manifestó siempre como moderado, y por ello fue arrinconado por un Largo Caballero, cuyo modelo era la URSS de Stalin y la dictadura del proletariado. Este sector fue el predominante y más cuando el tercero en discordia- Prieto-, que podía haber equilibrado la situación apoyando a Besteiro, se inclinó por Largo Caballero. Con esa ideología participó en el primer bienio. El radicalismo lo compartían anarquistas y nacionalistas. Los otros dos graves problemas de la izquierda, en la República y en la guerra. Azaña y otros miembros de la izquierda creían que dirigían y controlaban al partido socialista y no fue así. Si tal circunstancia se vio clara en todo momento, más aún durante el segundo bienio, cuando las derechas alcanzaron el poder, porque en contra de una opinión generalizada, los republicanos no eran todos de izquierdas. De hecho, el partido republicano con mayor número de seguidores era el Radical, de Lerroux (125 diputados en las primeras elecciones) que adoptó una política moderada y en la práctica derechista. Varios de sus principales políticos serán asesinados por el Frente Popular, y el propio Lerroux y, muchos de sus seguidores, apoyarán a los nacionales.

Entre los graves errores del primer bienio hay que destacar la reforma del ejercito y la reforma de la Iglesia. Nunca pactadas, ejerciendo el gobierno un continuo “trágala” que trajo todo tipo de disgustos.

La reforma del ejército provocó tal malestar que está en la base del intento de golpe de Estado de Sanjurjo en el 32, el cual tendrá consecuencias lamentables a su vez, pues desunió al ejercito que se mostraba como una pieza frente a la reforma nefasta y que determinó alguno de las reticencias en la actuación en julio del 36. La segunda reforma, la de la Iglesia, sentó las bases del aumento de las manifestaciones anticlericales, un clásico en España, y fomentó la quema de iglesias, y, en última instancia, de una persecución a los católicos cercana al genocidio.

La tercera reforma destacada, la agraria, no supo atender las necesidades del campo, uno de los problemas continuos de la República, tanto por el descontento de la gente como por la crisis económica que no supo atajar. En este sentido aquel bienio tuvo algunos aciertos, como la reforma fiscal emprendida por Indalecio Prieto, que logró controlar la evasión de capitales y luchó por estabilizar la peseta, aunque no tuviera carácter definitivo, ideó un vasto plan para canalizar las obras públicas y rentabilizar los recursos estancados en las cuentas bancarias y en las cajas de ahorro. Pero, en cambio, no pudo realizar una estructuración de la política económica. Con todo, lo que perjudicó más a la economía fue la baja productividad nacida de las continuas reivindicaciones sociales que, en parte, provenían de una política deflacionista que aumentó el malestar social, al incrementarse el paro.

A eso hay que unir otras fuentes de malestar, como la depuración de los funcionarios poco afines, la sublevación anarquista de inicios del 33 y sobre todo, la difícil personalidad de Azaña, intelectual brillante, gran orador en el Parlamento, pero absolutamente incompetente en la comunicación social. Cayó sistemáticamente en la agresividad contra sus contrincantes políticos y contra todo aquel que le llevara la contraria, despreciaba a todos, movido por una soberbia infinita. Con el tiempo cosechó con creces el sectarismo que sembró. Entre sus enemigos se situó D. Niceto Alcalá- Zamora, Presidente de la República. Un orador casi tan brillante como Azaña, trabajador y tenaz, pero un completo petulante, de maneras caciquiles, que aspiraba a lo mismo que Azaña: a mandar por encima de cualquier otra consideración.

Cuarto. No se dejó gobernar al ganador de las elecciones del 33. Durante, el segundo bienio, tras las elecciones de 1933, los moderados llegan al poder. Las masas están cada vez más polarizadas, el anarquismo, la radicalidad y violencia son el signo de aquellos años. La izquierda llama a este periodo ”bienio negro”, pero en él mejoró la economía, el sistema financiero y se incrementó el presupuesto, especialmente, en la enseñanza. Los apoyos parlamentarios del gobierno (los partidos de derechas con sus máximos responsables Lerroux, por el partido Radical, y Gil Robles, por la C.E.D.A.) defendieron la legalidad y derrotaron la insurrección revolucionaria de izquierdistas, muy destacada en Asturias, y en Cataluña ( por los nacionalistas) en octubre de 1934.

El nacionalismo, primero el catalán que ilumina al vasco y alimenta, más lejanamente, al gallego, fue otra de las lacras de aquella República. Por más que Azaña, Salvador de Madariaga y otros dirigentes de  derechas e izquierdas fueran profundamente españoles y vieran con espanto la evolución de lo que ellos creían sectores moderados de catalanismo hacia tendencias cada vez más nacionalistas, sin ser capaces de embridar a esa “bestia” que se inició en los tiempos de la restauración y aún padecemos.

Dos grandes problemas se encontró aquel bienio:

Uno, las algaradas de la izquierda; la radicalidad de las calles; la falta de tolerancia para aceptar la derrota; el intento de golpe de Estado por parte de Azaña para impedir el gobierno de la derecha, la insurrección violentísima del 34, “insurrección [que]se hizo con el propósito textual de comenzar una guerra civil. [1]

 Aquellos acontecimientos dejaron entrar en la vida española a otro protagonista: el miedo. El miedo se apoderó de los moderados que nunca supieron reaccionar adecuadamente. Por eso, Salvador de Madariaga denunció la “actitud rebelde y anticonstitucional del socialismo”.

Dos. La división de la derecha, azuzada desde sus propias filas, sobre todo, desde la presidencia de la República por Alcalá -Zamora, hombre, también de derechas, pero absolutamente incapaz de entender los grandes problemas, sólo preocupado por pequeñeces, que siempre conducían a su ego y a mantenerse en el poder. Así, hostigó a Lerroux y Gil-Robles para dividirlos. Fue el instigador oculto, de la acusación de corrupción por el “estraperlo” que injustamente acabó con la carrera política de Lerroux. Provocó incansablemente a Gil-Robles para que no entrara en el Gobierno.

Hay unanimidad en la historiografía en apreciar que el posibilismo de Gil Robles (el famoso “gobernar desde fuera del poder” como elemento de pacificación cuando había ganado las elecciones de manera rotunda) pudo contribuir eficazmente al afianzamiento de la República, y, si se le hubiera dejado gobernar tras la revolución del 34, la República hubiera tenido alguna opción de perdurar. Pero la intransigencia socialista fue el factor decisivo en el fracaso del régimen. Pero no sólo del socialismo. Alcalá-Zamora, como Presidente de la República, aportó grandes dosis de culpabilidad a aquel fracaso; su actitud intrigante contribuyó a desestabilizar el régimen; interpuso a su fiel escudero Portela para realizar todo tipo de maniobras, cayendo en la más absoluta ilegalidad contra Gil-Robles lo que le llevó a un enjuiciamiento en la Comisión permanente de las Cortes. Precisamente, para evitar esa Comisión, convocó elecciones, las fatídicas elecciones del 1936.

Quinto. No hubo elecciones democráticas en el 36. El Frente Popular perdió aquellas elecciones, aún cuando desde el 34 había ejercicio tal violencia contra las derechas que el resultado nunca hubiera sido aceptable, la verdad es que ni así las ganaron. Tuvieron que violentar el recuento para aparentar una victoria.

Sobre el recuento, Alcalá- Zamora señala el día 24: “Manuel Becerra (…) conocedor como último ministro de Justicia y Trabajo de los datos que debían escrutarse, calculó un 50% menos de actas, cuya adjudicación se ha variado bajo la acción combinada del miedo y la crisis”. Azaña es explícito sobre las condiciones del escrutinio: “Los gobernadores de Portela habían huido casi todos. Nadie mandaba en ninguna parte y empezaron los motines”. La segunda vuelta no fue presidida ya por Portela, como era legal, sino por el propio Azaña. Una escandalosa y posterior revisión de actas a cargo de los vencedores, erigidos en juez y parte, despojó todavía de más escaños a la derecha. Las cifras de las votaciones nunca fueron publicadas.

Con esos principios Azaña quería gobernar; llevar a cabo su “programa de demoliciones”, como lo llamaba, en alianza con los sindicatos y el PSOE, a quienes considera al mismo tiempo “bárbaros”. Alcalá-Zamora vota a Azaña, en vez de defender la legalidad. Sus intenciones se fundamentaban en que, si ganaba la derecha, le destituirían como Presidente por sus numerosas irregularidades y abusos; cosa que, en cambio, no podía esperar de las izquierdas, pues si estas obtenían el poder sería precisamente gracias a él. Justicia histórica es comprobar que, Azaña y el resto de la izquierda destituyeron a Alcalá-Zamora. Se valieron de una maniobra política basada en considerar las Cortes Constituyentes como primeras Cortes disueltas, una disposición constitucional señalaba que, en caso de disolverse las Cortes dos veces, la presidencia de la República debía ser votada de nuevo. Don Niceto no compartía ese criterio, pero estaba en minoría. Alcalá no pudo hacer nada para impedir la nueva votación y su destitución. Se atrevió con los suyos, pero nunca con los de las izquierdas, ni en el 36 ni en el 31 con la quema de los conventos ni, en medio, durante el segundo bienio, como hemos visto. Siempre fue un traidor a la legalidad en favor de su propio interés.

Sexto. La clase política.Tras lo visto y si se quiere ampliar, leyendo las memorias de Azaña o de Alcalá-Zamora, analizando, en conjunto, la clase política de aquel momento fue una calamidad. Se concluye que no sólo, como señaló Maura, la República carecía de republicanos, es que careció de estadistas, en cualquier estrato político. Se impuso en sus dirigentes un vacío político que nos llevó al desastre.

BIBLIOGRAFÍA

JAVIER TUSELL. La Segunda República en Madrid. Ed. Tecnos. 1970

MANUEL TUÑÓN DE LARA. La Segunda República. Ed. Siglo XXI. 1976

PÍO MOA. Nueva Historia de España. Ed. La esfera de los libros. 2010.

PÍO MOA. 1934.Comienza la Guerra Civil. Ed Altera.2004.

Ricardo de la Cierva. Historia Básica de la España actual. Ed. Planeta. 1974

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. Introducción a la Historia de España. Ed. Teide. 1983

[1]Pio Moa: 1934.Comienza la Guerra civil.

¿Traidor? Fray Bartolomé de las Casas

A Fray Bartolomé de las Casas se le ha considerado uno de los causantes de la leyenda Negra. Así se manifiesta Julián Marías en “España inteligible” (1985) al considerar a Fray Bartolomé de las Casas y a Antonio Pérez los mayores causantes de esta plaga propagandística en contra de España. Por tal motivo, algunos autores, como Jesús Rojo Pinilla, lo incluyen en la lista de los mayores traidores a España.

Vamos a dar un repaso a su vida, de manera sucinta, siguiendo, sobre todo, los postulados de Menéndez Pidal en su obra “El Padre Las Casas. Su doble personalidad”, a fin de hacernos una idea del personaje del que estamos hablando.

Las Casas nació en Sevilla en 1484, tras estudiar en Salamanca, llegó a las indias en 1502 para hacerse cargo de los negocios de su padre en isla La Española. Guerreó al lado de Diego Velázquez de Cuéllar en la conquista de Cuba, fue encomendero y trabajó su encomienda con indios esclavizados. Repentinamente, sufrió una transformación, se convierte en religioso para más tarde ingresar en la Orden de los Dominicos.

La figura de Fray Bartolomé está llena de contradicciones, quizá porque sólo hay un elemento constante en su vida que dé unidad a toda su actuación: el amor a sí mismo, su afán de protagonismo, su vanagloria personal.

Fray Bartolomé que tuvo una larga vida, más en la época que vivió- murió con 92 años-, tras su ingreso en la vida religiosa, se dedicó a atacar toda encomienda y defender, a su manera, a los indios. Realmente, esa defensa fue más literaria que práctica; es más, cuando puso en práctica sus ideas fracasó estrepitosamente.

En el inicio de su vida religiosa,  empieza a escribir en contra de las encomiendas y contra la conquista, pero su formación no era, por entonces, muy sólida. Para incrementar su instrucción ingresa en los Dominicos (quizá la Orden religiosa que más se aproximaba a sus ideas y la que presentó más quejas ante el Rey por el trato dispensado a los indios, como vimos en la entrada sobre los Justos Títulos). Pasa siete años “desaparecido”, durante los cuales logra hacerse con una gran erudición. Esa vasta cultura adquirida se refleja de manera prolija en sus obras junto con otras de sus características personales: su enorme capacidad de persuasión. El número de sus escritos y libros es abundante, pues siempre demostró una inmensa actividad, llena de energía y tesón hacia la defensa de sus ideas, lo que le granjeó un gran respeto social. Su reaparición tras esos siete años se hizo bien visible con la publicación de su “Historia de los Indios”.

¿Fue Fray Bartolomé un historiador?

No, realmente sus libros son propagandísticos. Hacían publicidad ,sobre todo, de sí mismo, tergiversando toda la realidad a mayor gloria suya y de sus fines.

En sus escritos se muestra rigorista, con gran agresividad en la defensa de sus convicciones, utilizando la hipérbole de manera tan exagerada que alcanza el disparate, incluso Menéndez Pidal lo asemeja, por sus excesos, a los escritos burlescos de Quevedo, y, en ellos, sobrepasa con creces los límites de la difamación. Sus tesis tienen siempre los mismos elementos básicos: la condena de las encomiendas; la condena de la conquista; la condena de los españoles, siempre malvados; la defensa de una supuesta bondad universal de los indios, y dos elementos esenciales: la búsqueda de su influencia en la voluntad y conciencia del Rey de España y la publicitación de su propia bondad, rigor y virtud.

Todas sus letras llevan implícita una vanagloria desorbitada, haciéndose autor de circunstancias, normas y virtudes en las que apenas participó o no participó en absoluto. Escribía con tanta insistencia, rigorismo e inflexibilidad enfermiza, mezclada con dotes persuasivas que lograba ser advertido por ojos poco estudiosos como una persona íntegra, de gran moralidad.  La falsedad del concepto personal que proyectaba el dominico se hace patente en circunstancias como las siguientes: se hizo pasar por entregado misionero cuando jamás supo estar cerca de los indios, como evidenció el Inca Garcilaso de la Vega; jamás aprendió las lenguas vernáculas ni estableció catequesis a los naturales; fomentó el esclavismo negro; sus obras, teóricamente de carácter misional, se dirigían más contra los españoles, que en favor de los indios. Uno de los episodios más cuestionables de su vida es aquel en el que condena a todos los que viven de las riquezas llegadas de las indias, es decir, para él todos los españoles, pero sin reparar que entre los beneficiarios se encuentra él, no sólo por español sino por vivir de la generosa pensión que le pagaba el Rey y que procedía del presupuesto del Consejo de Indias y de las indias. Nunca renunció a una vida cómoda. En este sentido, el gran evangelizador, Motolinía, escandalizado por las cosas que decía y hacia el dominico, cuenta como en todos sus viajes se hacía acompañar de un buen número de indios que transportaban sus enseres, especialmente sus libros y papeles y a los que no pagaba nada. No hacían lo mismo otros españoles que, en condiciones semejantes, pagaban a sus porteadores.

Para completar el análisis brevísimo de su personalidad, debemos recordar que debido a que las cuestiones no se resolvían como él pretendía, lleno de furia, empezó a pregonar supuestas profecías contra España. Parecía emular al profeta Isaías, pero con más vehemencia, desprendía fuego en sus palabras y vaticinios. Y así, ejerciendo de profeta, pronosticó la destrucción de España en 1600. Sus visiones estaban imbuidas de una soberbia enfermiza y plenas de amenazas. Es evidente que no acertó en nada.

Con todo este panorama ,sin embargo, logra aparecer en la conciencia colectiva de algunos de sus coetáneos en América como noble misionero, incluso por encima de misioneros de verdad y de gran talla como Zumárraga o Motolinía.  Hasta que, a un lado y otro del Atlántico, se percataron de su falsedad.

¿Qué pretendía?

Acabar con las encomiendas y terminar con las conquistas (o lo que es lo mismo, expulsar a los españoles), ponderar desorbitadamente la capacidad de los indios para gobernarse a sí mismos y sobre todo y por encima de todo influir en la Corte; ejercer el poder doblegando la conciencia del Emperador. Cómo era evidente que los indios no estaban evangelizados, consintió, como único título de justa presencia española en el Nuevo Mundo la Bula del Papa Alejandro a los Reyes Católicos. Así pues, la única ley que permitía a los españoles estar en las indias era la cristianización de aquellas gentes y para eso no hacía falta armas ni guerras, decía, solo frailes y algún labriego, gentes de campo que enseñaran a los indios a mantener y sacar provecho de sus haciendas. Incluso así, tergiversó la Bula para hacerla acomodar a sus propios intereses, en última instancia, aparecer ante los demás como el guía único de estricta observancia en la gobernación de las indias.

Tres fueron los episodios en los que puso en marcha sus ideas de un modo práctico: Colonización de Cumaná, su obispado en Chiapas y el proyecto de la Vera Paz. Todas resultaron un fracaso y cada una de ellas aumentó su desprestigio ante las autoridades civiles y religiosas de la Península y de América. En Chiapas aplicó a rajatabla lo señalado en sus “confesiones”, siempre en contra de los españoles, pues negaba la confesión, absolución y comunión a todo aquel encomendero que no se desprendiera de los indios y no regalara a éstos todas sus posesiones hasta vivir en la más radical pobreza. Fomentó la delación de aquellos que no cumplieran rigurosamente sus observancias. Logró tal desafección que provocó alteraciones del orden y una pérdida de fe los españoles sin lograr la evangelización de los indios. La aplicación de su ultra rigorismo religioso, destrozó la vida en su sede en Chiapas hasta que acabó desistiendo de su empresa por imposible. Su sucesor tuvo que dar marcha atrás en todo lo pregonado por Las Casas para reconstruir la convivencia. En las otras dos, la realidad de los indios, mostró que su utopía era descabellada. Los indios no eran esos hombres buenos y pacíficos que él creía, no eran los hombres con un desarrollo intelectual a la altura de los antiguos griegos como él ensoñaba. Los indios vivían en la prehistoria, en una incipiente edad de los metales. Eran caníbales y antropófagos, con una crueldad incontrolada y aunque algunas de las tribus eran más pacíficas, otros eran guerreros y muy agresivos. Mataban frailes, niños, secuestraban mujeres y ofrecían a los dioses sacrificios humanos con torturas inenarrables. En estas condiciones, la guerra contra ellos se hacía justa y era la única forma de mantener el orden, la paz , hacer prosperar aquellas tierras y, sobre todo, evangelizar a los indios, como reconocieron los auténticos y entregados misioneros que hubo en abundancia en el Nuevo Mundo.

Fray Bartolomé jamás apreció nada malo en los indios, en contra de toda realidad, justificó su antropofagia y ritos salvajes. Toda la maldad provenía de los españoles. Jamás encontró una virtud en sus compatriotas, al contrario, muestra hacia ellos un aborrecimiento, un odio colérico absolutamente irracional. Tanto empeño puso en este pensamiento polarizado, en esta dicotomía, que cualquier observador reflexivo notaba su distorsión cognitiva. Si bien su propaganda y ese afán de mostrar integridad le dio fama y respeto personal, pero, no le ocurrió lo mismo con su influencia. Sus primeros escritos, destinados a mediatizar la conciencia de un escrupuloso Carlos I casi logran su empeño. Sin embargo, la aprobación de las Leyes Nuevas y su aplicación rigorista, tan al gusto de Las casas, ocasionó tal desastre que tuvieron que ser modificadas al poco tiempo. Lo mismo que la misión en Chiapas o los escritos de los auténticos Misioneros, especialmente Motolinía,  acabaron con su crédito.

Motolinía escribe en 1555 al Rey Carlos I señalando todas las incoherencias, falsedades y demencias de Las Casas. El buen fraile se mostraba escandalizado y sugería a Carlos I que “le encerrase en un convento antes de que hiciera males mayores”. Además, manifiesta al Rey que la guerra contra los indios es justa, que sin conquistadores aquella empresa evangelizadora no puede llevarse a cabo. Motolinía es consciente de algunos abusos de los españoles, pero sabe que superada la primera etapa de la conquista aquellos abusos disminuyeron considerablemente, en cambio, la ferocidad de los indios no disminuiría sin ser evangelizados y para ello, previamente deberían ser pacificados y no había forma de pacificación que no pasara por el concurso de los conquistadores y las encomiendas. Por eso se empeña en intentar acabar con el cargo de conciencia que Las casas había intentado inocular en el Rey. Además, llama la atención del monarca sobre el mal que los escritos de las Casas pueden hacer en la fama de la Nación española, pues lo enemigos de España tomarán sus palabras por ciertas y atacarán a España por aquellas obras suyas. Las palabras de Motolinía son premonitorias.

Carlos V recibía cada vez más muestras de lo inadecuado de los escritos de Las Casas por su falsedad, su exageración sin límites, dónde los datos y asuntos se repetían sin cesar, cambiando el lugar del suceso y agrandando las cifras que daba en cada momento. Por eso, su voz era cada vez menos escuchada. Pero su persona fue tratada con respeto y se le mantuvo la pensión que se le daba, se le nombro asesor del Consejo de Indias, cargo que ejerció residiendo ya en España, pues tras el fiasco de Chiapas y cuando se vislumbraba el desastre de la Vera Paz, volvió a la península a instalarse en la Corte, dónde más le gustaba estar.

Menéndez Pidal no se explica como “un supuesto hombre piadoso, filántropo, virtuoso, emplea la falsedad y la impostura para difamar a todo un pueblo, y lo difama en una de las empresas más importantes de ese pueblo. ¿Cómo puede ser esto?”

Su despropósito se manifiesta con mayor proporción cuando tiene que hablar de asuntos más cotidianos y no relacionados con los indios, entonces su forma de proceder es sensata, equilibrada y natural. Su afán por imponer su visión sobre lo que había que hacer en América era auténticamente enfermiza y tropezaba siempre con la realidad. Sus libros eran libelos de tal naturaleza que tuvieron que ser mandados retirar por el Consejo de Indias, por Felipe II y por el Virrey de Nueva España. Ante los hombres de letras Las Casas estuvo en descrédito después de las Leyes Nuevas. Pero ya con anterioridad, los reyes no se sentían muy conformes con los consejos extremados de Las Casas; las soluciones a los problemas de América los buscaron en los consejos de los estudiosos de la Escuela de Salamanca, especialmente en Vitoria, en un principio, o en sus discípulos, después. En la controversia de Valladolid, en su enfrentamiento con Sepúlveda, las tesis de Las Casas no triunfaron, ni siquiera los dominicos presentes fueron capaces de dar una opinión favorable a su compañero de hábito (ver los hilos sobre La escuela de Salamanca y sobre los Justos Títulos). Su tremendismo y utopías acabaron con su credibilidad. Cierto es que su celo contribuyó a mantener un cierto rigorismo moral, pero, por otra parte, su influjo fue contraproducente, pues enconó de modo terrible y sangriento la lucha entre los intereses espirituales y los temporales de parte de la conquista; Perú, es un buen ejemplo.

Murió muy obscurecido. Fue muy criticado, pero en modo alguno perjudicado. Quizá en cualquier otro país del mundo se le hubiera condenado. El espíritu de libertad de expresión que florecía en el mundo católico frente al protestante, en la corte de los Habsburgo frente a la Enrique VIII u otros monarcas europeos, quizá por el poder de expresión que tenían los clérigos y, con ellos, amplios sectores de la sociedad como los poetas, promovió el buen trato dispensado a Fray Bartolomé de las Casas.

¿Cuáles fueron las consecuencias de su obra?

No fue ni el primero ni el mejor defensor de los indios, pero su obra perduró en manos de los enemigos de España, como bien predijo Motolinía y aunque España se había preocupado por retirar sus libros, estos se reeditaron por parte de las peores manos e intenciones. Sólo el haber caído en manos de los contra-propagandistas de España ha salvado a Las Casas del olvido.

Existe casi un consenso general en la historiografía de que el libro que más daño ha hecho a España, con­si­de­rado clave en la cons­truc­ción de la Leyenda Negra fue la Bre­ví­sima rela­ción de la des­truc­ción de las Indias. Tras su publi­ca­ción en Sevi­lla en 1552 y cir­cu­lar libre­mente por España, fue traducido primeramente al francés en 1578 ( cuando ya se había mandado retirar por las autoridades españolas). Le siguieron, rápi­da­mente tra­du­cciones al holan­dés (1579), el inglés (1583), al ita­liano, al ale­mán e incluso al latín.

El caso holandés surge después de que en 1577 don Juan de Austria se comprometiera a retirar los tercios y a reconocer los privilegios feudales y cierta autonomía de distintas ciudades de los Países Bajos. Pero los partidarios de los Orange utilizaron el libelo de Las Casas para buscar excusas para su independencia.

La leyenda ya estaba en mar­cha y, “por su pro­pia iner­cia, estaba des­ti­nada a cre­cer y pros­pe­rar”, apunta Marías. En ade­lante, cada agra­viado por los intere­ses espa­ño­les, en casi cual­quier con­texto, tenía “ya pre­fa­bri­cado el vehículo para dar cauce y cum­pli­miento a su hos­ti­li­dad o ren­cor”. La traducción inglesa fue sacada a la luz en apoyo de los neerdanleses y fue aprovechada por Enrique VIII para dinamitar el Imperio español y no tener que vivir en la órbita de éste. Lo peor de la edición inglesa es que aparece ilustrada con los fan­ta­sio­sos gra­ba­dos del tam­bién edi­tor Theo­dor de Bry –impre­sor asi­mismo de la no menos oprobiosa His­to­ria del Nuevo Mundo del comer­ciante mila­nés Giro­lamo Ben­zoni,–. Si una imagen vale más que mil palabras, los grabados de Bry fueron la causa de nuestro mayor infortunio, entre otras cosas, porque la obra de Fray Bartolomé nunca se leyó en profundidad. No era fácil en sí y, además, resultaba demasiado larga y fatigosa. Pero los dibujos llenos de bárbaras acciones, llegaban a todo el mundo. Fueron la base y justificación de la conquista militar británica de la Jamaica española durante al guerra anglo-española de 1655-1660. También Montesquieu en sus “Cartas Persas” se hace eco de los nocivos efectos de la conquista española. También Voltaire recoge esta idea y otros muchos posteriormente.

Simón Bolivar lo usa para fundamentar la independencia de América; una vez lograda, nunca más se acordó de él.

“La independencia estadounidense  se basó en los textos de las casas y lo que es más llamativo en el quinto centenario vieron la ocasión propicia para el recrudecimiento de los temas de las masacres y destrucción de las culturas indígenas, hecho que parece como si sólo hubiera ocurrido en al América del sur y no en la del Norte, a pesar de la evidencia, que salta a la vista que la del sur está llena de indígenas y en la del norte hay que buscar mucho para encontrar uno, salvo que se vaya uno a los territorios hispanos que hoy forman parte de USA, porque allí si prevalecen los descendientes de los indios originarios del lugar”[1]. Fueron los indigenistas, tiempo después, los que utilizaron los libros de Las Casas para fundamentar sus posiciones, rechazando las de numerosos historiadores en España, Iberoamérica y EE.UU que pensaban lo contrario y señalaban las falsedades del fraile dominico. Sus posiciones no se han dado sólo en la América latina sino a lo largo del mundo, forjando el mito del Edén indígena aplastado por el hombre blanco. Podríamos seguir, pero lo más grave no es el uso externo de las ideas de Las casas, lo terriblemente odioso es el uso interno, nacional, para baldonar no sólo nuestra Historia, sino a los propios españoles y eso sin percatarse del papel de jueces de la historia que se arrogan, nuestros enemigos, atribuyéndose implícitamente una excelencia moral nada cierta. Podríamos analizar sus acciones para ver por qué se tienen en tal alta consideración, bien sean los nacionalistas españoles que tergiversan la Historia para sus propios fines personales y sostener posiciones supremacistas o los gobiernos sudamericanos que cometen crímenes atroces en sus propios países y llevan a sus sociedades a un vaivén que conduce a la anarquía y el despotismo.

Esta es la obra de Las Casas y sus consecuencias. Supongo que para juzgarla habrá que tener en cuenta como eximentes que el padre dominico no estaba en sus cabales, que su narcisismo y petulancia, su frialdad hacia los indios que dice defender, en resumen, su tremendismo y mentiras, tienen origen en su enfermedad, en su psicopatía, como señala Menéndez Pidal.
Ahora queda a juicio del lector encuadrarle entre los traidores a España o liberarle de la pena en razón de su locura.

 BIBLIOGRAFÍA

RAMÓN MENENDEZ PIDAL. “El Padre Las Casas. Su doble personalidad. Real Academia de la Historia. Madrid 2012

ELVIRA ROCA. “Imperiofobia y la Leyenda Negra” Ed. Siruela. 2019.

JULIÁN MARÍAS . “España inteligible”. Alianza Editorial. 1985.

 

[1]Elvira Roca. “Imperiofobia y la Leyenda Negra” Ed. Siruela

Los Pactos de la Moncloa

Se habla mucho estos días de los pactos de la Moncloa, Pero ¿qué fueron los pactos de la Moncloa?

Los pactos de la Moncloa fueron una serie de acuerdos económicos y políticos firmados en octubre de 1977, que permitieron salvar la dificilísima situación económica que vivía España y asentaron las bases políticas para el consenso constitucional. Económicamente, la inflación y el paro no paraban de aumentar, la inicial falta de reacción y las rigideces heredadas del modelo franquista habían agravado la crisis que se vivía a nivel internacional tras la crisis del petróleo de 1973. Pero la importancia de aquellos pactos fue el consenso cuyo alcance se extendió más allá de la economía; sirvió de base a los acuerdos políticos y sociales que llevó la estabilidad a España y, sobre todo, propició la firma de la Constitución un año después.

¿Era diferente a la situación actual?

Completamente, como señala el profesor Tamames[1]en una entrevista radiofónica, España en 1977 no tenía unas estructuras asentadas y ahora sí las tiene. Entonces había inflación, ahora no. No formábamos parte de la UE ni podíamos disponer de fondos comunitarios. No teníamos un sistema fiscal moderno, ahora sí.

La situación política por el cambio de la dictadura a la democracia provocaba una gran inestabilidad, el Ejecutivo de Adolfo Suárez gobernaba sin mayoría parlamentaria desde las elecciones de junio del mismo año 1977, las huelgas acontecidas durante 1976, las manifestaciones pidiendo amnistía y autonomía, sin olvidar los altercados provocados por la extrema derecha, sobre todo, con las algaradas creadas por los guerrilleros de Cristo Rey y las amenazas de golpe de Estado,  que provocaban en toda la población, políticos incluidos, un miedo enorme al fracaso y a volver a una dictadura; aunque el mayor terror provenía de los grupos terroristas:  Terra Lliure en Cataluña, Grapo y, sobre todo, por los atentados de ETA que realizaba atentados todas las semanas, creando, además, gran indignación social.

Aquella España por el contrario, tenían una ventaja: entonces todos los partidos políticos querían colaborar, a pesar de las reticencias previas del propio Suarez o del PSOE con relación al PCE o de Alianza Popular que firmó el pacto económico pero no el político; incluso así, las ganas de colaborar entre partidos eran mucho mayores que las actuales. Los partidos nacionalistas no eran traidores a España. Suarez, como Presidente del Gobierno y Fuentes Quintana como Vicepresidente para Asuntos Económicos, llamaron, pactaron, cedieron y lograron negociar con todos los miembros de la oposición, no dejaban pasar los días sin llamar a la oposición para explicarle sus medidas, sino que siempre buscaron el consenso y lo lograron de todos los grupos parlamentarios (PSOE, PCE, Alianza Popular, nacionalistas catalanes y vascos). Hubo un momento de tensión y de colapso en el mes de agosto. En aquel momento Suarez habló con Felipe González para desbloquear la situación y el Rey Juan Carlos animó a todos los partidos a continuar…, y se lograron los el acuerdos que fueron firmados por Suárez, Felipe González (PSOE), Manuel Fraga ( AP)-sólo el acuerdo económico-, Leopoldo Calvo Sotelo (UCD), Miquel Roca (CIU)Santiago Carrillo (PCE), Enrique Tierno Galván (PSP), Joan Reventós (PSC), Josep Maria Triginer (Federación Catalana del PSOE) y Juan Ajuriaguerra (PNV).Asimismo, los acuerdos se extendieron a organizaciones empresariales y sindicatos y fueron ratificados por el Congreso.

Para lograr ese consenso, Fuentes Quintana sentó las bases con un documento previo  “Acuerdo sobre el Programa de Saneamiento y Reforma de la Economía” que acabó dando como fruto numerosas medidas de reforma estructural hacia una economía de mercado.

Los pactos tuvieron unos objetivos ambiciosos, siendo dos los fundamentales: reducir la inflación mejorando el deteriorado equilibrio exterior y articular un programa de reformas para repartir con equidad los costes de la crisis. Para lograr el primero, además de devaluar fuertemente la peseta, se diseñaron nuevas políticas de moderación monetaria y de gasto público, incluyendo la Seguridad Social, hasta entonces escasamente controlada. Igualmente, se logró el compromiso de diseñar un programa energético para racionalizar el consumo, al tiempo que se acometía la liberalización del sector financiero. Para avanzar en el segundo objetivo, los firmantes se comprometieron a apoyar una reforma fiscal y un nuevo marco de relaciones laborales que derivaron en una fuerte subida salarial, bajo la previsión de la inflación prevista y no la pasada, con el objetivo de que los salarios no aumenten más de un 22% como promedio en 1978 respecto a 1977, esto suponía un gran sacrificio para la clase trabajadora, pero la izquierda lo  aceptó porque, si bien eso suponía un año de falta de mejora de las condiciones de los sectores menos favorecidos, podría mejorar en años sucesivos, como así fue. Contra el paro se presentan una serie de normas que permiten la contratación temporal, sobre todo, de jóvenes que no habían accedido nunca a un puesto de trabajo.

Los efectos de los Pactos de la Moncloa son positivos en algunos sentidos y menos en otros: la inflación acaba el año en el 26,4% contra las previsiones del 80% y cerrará 1978 en el 16%, las reservas de divisas duplican hasta alcanzar os 10.000 millones de pesetas a finales de ese añoy las cuentas de las empresas empiezan a mejorar y emprenden el camino hacia los beneficios. Asimismo, lograron recuperar el equilibrio de la balanza por cuenta corriente. Las reformas a largo plazo tardan algo más en discutirse, especialmente algunas medidas fiscales y la liberación del mercado eléctrico.

Como contrapartida a esos ajustes, la oposición obligó al Ejecutivo a comprometerse a impulsar un segundo paquete de medidas sociales en el sistema educativo, la función de los sindicatos o las modificaciones de las restricciones en materia de libertad de prensa, eliminar las restricciones en las libertades de asociación, reunión y manifestación, se tomaron medidas para la igualdad de la mujer…

 Si ahora tenemos una Constitución, un sistema democrático y unas estructuras estatales que funciona se las debemos a aquel espíritu de la transición, aquel consenso, que se materializó, por primera vez, en los Pactos de la Moncloa.

BIBLIOGRAFÍA

Entrevista a Ramón Tamames.

https://www.cope.es/programas/la-tarde/audios/tarde-06-04-2020-1700-1800-horas-20200406_1067629

Raymond Carr y Juan Pablo Fusi- España de la dictadura a la democracia. Ed. Planeta 1979.

Raymond Carr España: 1808-2008: 3ª edición actualizada. ED. Ariel. Colección Ariel Historia.

 

[1]Ramón Tamames, además de catedrático de economía era militante del partido Comunista y uno de los asesores del PCE en aquellos pactos.