CÓMO SE FRAGUÓ LA SUCESIÓN DE CARLOS II EL HECHIZADO. EL CARDENAL PORTOCARRERO.

Los sucesivos matrimonios consanguíneos hicieron que la descendencia de los Austrias acabara llenándose de enfermedades y discapacidades. En este entorno hay que entender la figura de Carlos II, conocido como el hechizado, posiblemente por el estado de postración al que le condujeron las pócimas que le daban para apaciguar sus dolencias. Aunque hoy en día está en revisión su figura por considerar que ni era tan incapaz, ni tan inútil como se nos ha presentado, de hecho, durante su reinado, España gozó de una prosperidad económica que hacía siglos que no se conocía en nuestra monarquía.

Bien es verdad que casi no se ocupó de dirigir directamente su reino y que tal prosperidad puede ser atribuida a los validos y consejeros que se fueron sucediendo en el reino. Pero él tuvo la sabiduría suficiente para elegirlos. A uno de esos validos, el cardenal Fernández de Portocarrero, vamos a dedicarle un espacio un poco mayor en esta entrada, pues a él se debe en gran medida, la elección del sucesor a la corona tras la muerte de Carlos II.

La visión del Reinado de Carlos conviene dividirla en tres periodos destacados.

Carlos era hijo de Felipe IV y su segunda esposa, Mariana de Austria, accedió al trono con sólo 4 años de edad, siendo su madre la que ejerció la regencia durante su minoría de edad.

Iniciamos así el primer periodo del Reinado de Carlos II.

La Reina viuda fue asesorada por una Junta de Regencia formada por 6 miembros pertenecientes al alto clero (el arzobispo de Toledo y el Inquisidor general), la nobleza y miembros del Consejo de Castilla y del Consejo de Estado. La composición de este consejo de regencia quedó plasmada por voluntad de Felipe IV en su testamento.

Cuando Mariana se hizo con la regencia, el arzobispo de Toledo había fallecido. Para ocupar la plaza primada, la Reina maniobró de manera que nombró arzobispo de Toledo al hasta entonces Inquisidor general, quedando vacante ésta, mucho más trascendental en cuanto a poder e influencia.  La vacante inquisitorial fue cubierta por deseos de la viuda por Juan Everardo Nithard, confesor de la Reina, austríaco como ella y persona de su máxima confianza.

Ahora bien, su nombramiento no fue fácil. En primer lugar, la norma castellana impedía que un extranjero ocupara el cargo de Inquisidor general, motivo por el cual, la Reina tuvo que pedir el apoyo de las Cortes castellanas, que se lo concedieron. En segundo término, Nithard era jesuita y, por ello, dependía de una dispensa papal, que le fue otorgada, para acceder a cargos políticos.

La labor como valido de Nithard fue más bien mediocre, se le acusaba de obstaculizar las relaciones de los consejos y de la nobleza española con la Reina, cuando la verdad es que ésta desconfiaba profundamente de los españoles…y los españoles de ella. Tal fue así que, el ascenso de un extranjero puso en contra de la nueva Corte a la nobleza y la llegada de un jesuita, logró la oposición de los dominicos.

Realmente, los fracasos de Nithard se contaban por cientos, entre otros la firma del tratado de Lisboa que reconocía la independencia del País vecino. En el plano económico fue incapaz de poner en marcha una política económica eficiente y las subidas de impuestos se sucedieron para hacer frente a unos gastos que no controlaba. Por si fuera poco, el pueblo español no le perdonaba que hubiera prohibido las representaciones teatrales.

El mayor enemigo del confesor real fue Juan José de Austria (hijo extramatrimonial, pero reconocido, de Felipe IV, por tanto, hermanastro de Carlos II). Gran militar, Gobernador y virrey de diversos territorios de la Corona española durante el gobierno de su padre, despertaba grandes recelos en la Reina regente que le retiró del mando militar y lo envió, casi confinó, en su encomienda de Consuegra.

Don Juan José, tras diversos problemas con el confesor y valido austríaco, encabezó un levantamiento en Aragón y Cataluña que terminó con la expulsión de Nithard en 1669. La Reina no aguantó mucho en el gobierno del reino por sus veleidades y favoritismos y fue expulsada igualmente de la Corte, fijando su residencia en el Alcázar de Toledo. Don Juan José se puso al frente del gobierno. Muchas esperanzas se pusieron en este mandato, sin embargo, fueron en vano pues las reformas que intentó acometer en la Hacienda Pública no tuvieron buen resultado y derrochó su gobierno en las luchas internas contra sus adversarios y, externas, en defender la dramática situación en la que se encontraba nuestra nación por la posición avasalladora de la Francia de Luis XIV, a la que acabó cediendo el Franco Condado por la Paz de Nimega en 1679. La situación de guerra dejó las arcas públicas tan exhaustas que hubo de pedir a los aristócratas un do­nativo “voluntario” en abril de 1679. Ese mismo año, murió don Juan, posiblemente envenenado.

El segundo gran periodo del Reinado de Carlos comienza cuando alcanza la mayoría de edad en 1679.

Se había casado con Mª Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV de Francia, que fue la elegida por la fuerte oposición que, en su momento, ejerció don Juan José contra el matrimonio con una princesa austríaca. Tenía miedo de que la nueva Reina se hiciera fuerte en un bloque con la Reina madre y en contra de él. Sin embargo, Don Juan José murió poco antes de celebrarse la boda. Este matrimonio duró hasta el fallecimiento de la Reina en 1689. No tuvieron descendencia.

A los 10 días de su fallecimiento, al Rey le señalaban la necesidad de volver a casarse.

Durante este periodo, Carlos II, conocedor de su incapacidad, pero con la suficiente inteligencia como para rodearse de buenos administradores, consiguió, frente a la oposición de la nueva Reina y de parte de la nobleza, el nombramiento como validos, de manera sucesiva, de tres grandes hombres: Valenzuela, del Duque de Medinaceli y del Conde de Oropesa.

El primero de ellos, Valenzuela, inició un movimiento reformador con varias medidas que fueron continuadas por su sucesor, el Duque de Medinaceli.

Consiguieron controlar la inflación desmedida a base de deflaciones que, aunque en un primer momento no fueron muy buenas para las arcas de la Corona, sí lo fueron para los ciudadanos. Dando así el primer paso para la recuperación económica que se logró de manera patente con el Conde de Oropesa. El Conde creó la “Superintendencia General de Hacienda”. Esta institución se dedicó por primera vez a establecer un presupuesto coherente, con techo de gasto y estructuración a base de objetivos y proyectos reales, siendo el primer ejemplo de presupuesto en base cero de España, aunque entonces no se denominara así. Se condonaron las deudas municipales para intentar que las mismas no lastraran la recuperación local y redujeron los gastos superfluos de la Corte. Hubo una bajada general de impuestos y se buscaron administradores – funcionarios- entre personas conocedoras de la materia, aunque no fueran nobles. La consecuencia fue el florecer económico de España que, por primera vez desde los tiempos de los diferentes reyes “Felipe” de la casa de Austria, dejó de tener bancarrotas. Muy al contrario, el Estado logró superávit y la organización y paz económica permitieron el florecimiento de nuevos negocios y la llegada de fondos que antes no se concebían.

Con todo, este periodo estuvo caracterizado, en la parte negativa, por la oposición interna de una parte de la Corte, especialmente por la facción encabezada por la Reina, y también por una parte del clero y, en el aspecto internacional, por los problemas militares con Francia.

Aquellos problemas y la presión callada pero constante de Portocarrero, ambicioso arzobispo de Toledo, hicieron que cayera en desgracia el Conde de Oropesa.

Se inicia así, en la década de los 90, un tercer periodo en el reinado de Carlos II. La mayor parte de este tiempo se desarrolla con la nueva Reina, Mariana de Neoburgo, ejerciendo las tareas de gobierno y, como valido, el cardenal de Toledo, Luis Fernández de Portocarrero. Es un periodo dominado por las intrigas palaciegas y las redes de influencia europea para determinar quién debía ser el sucesor de Carlos II en la Corona española.

Presentemos brevemente a Portocarrero y cómo su persona influye en los dos periodos anteriores del mandato de Carlos II y es esencial en este tercero.

Portocarrero era hijo menor de Leonor de Guzmán y del conde de Palma del Río y marqués de Almenara, Luis Andrés Fernández de Portocarrero y Mendoza. Licenciado en Teología, canónigo y deán de la catedral de Toledo, vicario general de esa diócesis durante las ausencias del arzobispo Pascual de Aragón, y finalmente cardenal nombrado por Clemente IX, en el período en que Mariana de Austria- la Reina madre- ejercía la regencia, el 29 de septiembre de 1669, aunque no parece que la Soberana apoyara su designación con entusiasmo.

Desde su llegada a la Corte, ya ejerció algún cargo político en la época de Felipe IV, Portocarrero había tenido gran influencia política y así siguió toda su vida, a veces en primer plano, a veces más en la sombra, pero siempre al tanto y con gran peso en la vida política debido a su profunda preparación y considerable inteligencia, habilidad y ambición.

Su primer gran impulso hacía el poder lo logró durante la regencia de don Juan de Austria. En 1677, ocupó la vacante del arzobispado de Toledo por muerte de Pascual de Aragón y poco después, en abril, fue nombrado también consejero de Estado y virrey de Sicilia interino entre 1677-1678. Estos importantes puestos le obligaron a ausentarse de la sede arzobispal y por ello su sobrino Pedro, desde el arcedianato, actuó como su sustituto en la ciudad de Toledo. En Sicilia demostró sus dotes de gobernante en un momento realmente difícil con el levantamiento de Mesina.

Fallecido don Juan José, la Reina madre, como regente, aparta de la corte y de los puestos de representación a todos los partidarios del hermanastro del Rey. El cardenal es enviado de vuelta a Toledo. Una vez allí, Portocarrero preparó sus propios proyectos de reforma religiosa, social y política. Convocó el sínodo de Toledo con el que pretendía incrementar de forma considerable la presencia de la Iglesia en la sociedad, a base de convertirla en el eje y guía de las instituciones municipales.

A finales de la década de los 80 mientras España florecía en su economía y con cierta paz interior, se dilucidaba en las altas instancias y consejos quién debía de ser la segunda esposa del Rey, sobre todo, pensando en la necesidad de darle un heredero. Se formaron diversas camarillas, siendo mayoritaria la que veía con buenos ojos a alguna princesa austríaca. El Cardenal Portocarrero, que era miembro del Consejo de Estado y su hermano Pedro, como Presidente del Consejo de Aragón, abogaban por Mariana de Neoburgo, hija del elector del Palatinado, que finalmente fue la elegida.

Pero la nueva Reina favoreció a los consejeros enviados desde la corte imperial frente a los españoles. Así se inicia un periodo de poder de la camarilla austríaca, con oposición callada pero importante de los nobles y clero españoles. En esa tarea resultó especialmente eficaz el cardenal Portocarrero que aprovechó la ocasión para intentar un asalto al poder, poniendo como excusa que los austríacos habían incrementado la presión fiscal, según decían, para hacer frente a la defensa de Cataluña frente al ejército invasor francés, pero tales razones defensivas no justificaban adecuadamente el incremento de los impuestos, sobre todo, contando con el despilfarro que los austríacos llevaban en la corte. En el verano de 1679, Barcelona cayó bajo el dominio de las tropas francesas. Mariana pretendía seguir la contienda frente a Francia siguiendo las directrices del emperador Leopoldo, mientras Portocarrero y los demás opositores a los austríacos preferían alcanzar un acuerdo de paz con Francia ante la desesperada situación militar que auguraba la pérdida del resto de Cataluña. Durante unos años la guerra continuó.

A mediados de los años 90, a los problemas señalados se unió de manera imperiosa el problema sucesorio. Portocarrero fue de los primeros en darse cuenta de que la salud del Rey hacía harto improbable que un heredero llegara de aquel matrimonio real. Pero para lograr sus propósitos era necesario alejar al Rey de la influencia de la Reina. Aprovechó la ocasión que le brindó una recaída importante del Rey en su enfermedad al tiempo que la Reina también se encontraba indispuesta, para acceder al poder. Consiguió que el Rey le diera el plácet a la redacción de un testamento en la que dejaba el trono a de José Fernando de Baviera, el sobrino-nieto de Carlos II. Portocarrero, desde el Consejo de Estado, logró la designación como heredero de José Fernando de Baviera; consiguiendo una tercera vía entre las pretensiones francesas de Luis XIV y las austríacas del emperador y de la propia Reina.

En el ámbito exterior, una maniobra habilidosa de Luis XIV, que también pensaba en la sucesión a la corona de España, permitió iniciar una serie de negociaciones que culminaron con la firma del tratado de Ryswick (1697). Tratado que pone fin a la guerra de los 9 años en la que se enfrentaban Francia en un bando y España apoyada por Inglaterra, los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico, por otro. El fundamento del acuerdo consistió en devolver los territorios conquistados y mantener el statu quo existente tras el tratado de Nimega. Así España recuperó Cataluña. El resto de los participantes, también recuperaron plazas ocupadas; entre otras y de gran trascendencia para el futuro, los Países bajos españoles recuperarían Ath, Charleroi, Luxemburgo, Mons, Namur, Nieuwpoort y Oudenaarde. Cuando años más tarde Luis XIV invadiera de nuevo estos territorios flamencos en nombre de su nieto Felipe, se iniciará la guerra de sucesión española.

Para mantener la paz, era necesaria la ratificación del testamento de Carlos II por las fuerzas firmantes de la paz de Ryswick y para eso Portocarrero sabía que debía separar al Rey de la influencia de la Reina. La excusa la encontró el Cardenal en la débil salud de Carlos. Alegando que mejoraba cuando estaba fuera de la Corte, lo trasladó a Toledo, bajo su protección. Cierto es que el Rey mejoraba fuera de la Corte pues los médicos de Toledo, más modernos en sus métodos, administraban al Rey quinina, lo que favorecía su recuperación, frente a los protocolos de los médicos de la Corte que limitaban su acción a tratar al Rey con agua ferru­ginosa mezclada con vino y lavativas de toda ín­dole. Es comprensible que el Rey, con semejante tratamiento, empeorase en Madrid.

Inocencio XII ratificó en 1698 el testamento de Carlos II en el que instituía heredero universal de toda la Monarquía a don José Fernando, en aquel momento un niño. Por lo que se dejó estipulado también la composición del consejo de Regencia, por si fuera necesario. El cardenal Portocarrero sería quien presidiría ese Consejo de Regencia con amplios poderes.

Pero la “solución Bávara” posiblemente la más favorable a los intereses españoles para mantener nuestra posición en Europa se extinguió el 3 de febrero de 1699 cuando José Fernando murió.

De nuevo la facción austríaca, encabezada por la Reina, y la borbónica se enfrentaban en la Corte española. Portocarrero optó por defender la sucesión en la persona del nieto de Luis XIV, al considerar que era la mejor opción para mantener la integridad territorial de la Monarquía. De nuevo el cardenal de Toledo maniobra para logar que Carlos II firme un nuevo testamento, ahora, en favor de la opción borbónica y en contra de las pretensiones de la Reina. En el tes­tamento, se elige, como sucesor de Carlos II, a Felipe de Anjou, con la condición expresa de que éste, de aceptar su herencia, renunciaría a cualquier derecho a la Corona francesa.

El testamento fue aprobado por el Consejo de Estado y el de Castilla donde Portocarrero mantenía sus influencias e incluso las incrementaba día a día por las injerencias de los austríacos y de la Reina. Injerencias extranjerizantes, que nada gustaban a los españoles.

La labor de Pedro Portocarrero, sobrino del cardenal y nuncio ad latere del papa, unido a las amistades que el propio cardenal había conseguido durante su estancia en Italia, fueron suficientes para que el Papa Inocencio XII, de nuevo, estuviera de acuerdo con el arzobispo de Toledo y aprobara el nuevo testamento real.

El último acto de Carlos II como Rey fue nombrar a Portocarrero regente de la Monarquía. Con todo el poder en sus manos desterró a sus enemigos en la corte y a la propia Reina. Alejados y dispersos sus oponentes, el poder de Portocarrero se hizo aún mayor.

No sólo dirigió la regencia, sino que fue nombrado consejero del gabinete de Felipe V y logró que a uno de sus sobrinos lo nombrara el nuevo monarca virrey de Cataluña.

Su última maniobra política de importancia fue el matrimonio de Felipe V con María Luisa Gabriela de Saboya. Pero sus días de mando tocaban a su fin. Como miembro de la Junta de Gobierno que rigió la Monarquía durante el viaje de Felipe V a Italia en 1702, tuvo múltiples discrepancias y enfrentamientos con el embajador francés en Madrid. La primera junta se formó a instancia de Portocarrero sólo por españoles. Pero Luis XIV, al poco tiempo, logró introducir la presencia de algunos consejeros franceses, en especial del embajador que con el tiempo se fue adueñando de las decisiones, que, realmente, dictaba el Rey de Francia. El embajador era el nuevo valido.

Los primeros enfrentamientos entre el embajador francés y Portocarrero se debieron a la forma de manejar la Hacienda, por el uso de las cuentas en la guerra de sucesión que ya se había iniciado. Posteriormente, fue destituido el sobrino de Portocarrero como Virrey de Cataluña. Ante esta situación, Portocarrero dimitió acusando de despectivo y erróneo la utilización que los franceses hacían de los Consejos españoles tradicionales.

La guerra avanzaba, Portocarrero se refugió en su sede arzobispal alejado de toda influencia política. Pero su malestar era tan profundo que, el 25 de junio de 1706, cuando el archiduque y sus tropas entraron en Madrid, el pretendiente austríaco fue aceptado como Rey de Toledo (donde residía la Reina viuda), y el propio arzobispo Primado ofició el Te Deum de proclamación. Cierto es que en aquel momento Felipe V huía hacia Burgos y que España parecía que iba a caer en manos austríacas. Pero no fue así.

A la vuelta de Felipe V a Madrid, el 4 de octubre, Portocarrero pidió perdón y le ofreció su lealtad. Su ofrecimiento contó con el profundo desprecio de la Corte, que, sin embargo, lo mantuvo en el cargo arzobispal. Y allí bautizó al príncipe de Asturias, Luis, en diciembre de 1707 y un año más tarde actuó de padrino en el juramento que el príncipe hizo, en la iglesia de San Jerónimo, como heredero de la Corona. Fue el último acto público relevante de Portocarrero antes de fallecer el 14 de septiembre de 1709.

BIBLIOGRAFIA

RIBOT, L. “La sucesión de Carlos II. Diplomacia y lucha política a finales del siglo XVII”, Ed. Junta de Castilla y León, 2004.

RIBOT, L (dir.). “Carlos II. El Rey y su entorno cortesano”. Ed, Centro de Estudios de Europa Hispánico. 2009.

CALVO POYATO, José. “La vida y época de Carlos II el Hechizado”. Ed. Planeta. 1998

PEÑA IZQUIERDO, J.R. “La Casa de Palma. La familia Portocarrero en el gobierno de la Monarquía Hispánica (1665-1700)” Ed.  Universidad Córdoba. 2004

INDIANOS, SUS OBRAS Y SUS CASONAS EN EL CANTÁBRICO CENTRAL.

Como cada año en torno al 24 de septiembre un comentario sobre arte. Aunque en el de hoy se mezclen temas sociales con los artísticos.

El término indiano evoca una de las figuras más características de la emigración española. En el caso que nos ocupa aquella recogida en el diccionario de la RAE en su acepción 4ª: “Indiano. 4. Adj. Dicho de una persona: Que vuelve rica de América”.

Aunque nos vamos a referir someramente a la figura del indiano emigrante durante el SXIX, no podemos olvidar que la figura del indiano nace con la propia conquista de América, es decir, muchos siglos antes.

A mitades del siglo XIX, en 1853, se suprimieron las leyes que prohibían la emigración (con anterioridad se requería una autorización especial, aunque emigrantes clandestinos existían y muchos). Su liberalización no fue más que dotar de legalidad a una realidad. En España la revolución industrial, avanzaba muy lenta y sin impulso, los transportes eran una quimera y la desamortización en vez de mejorar la economía, en muchos aspectos y lugares, la empeoró. Las posibilidades nacionales de prosperar no eran muchas y “hacer las américas” se convirtió en el sueño de una vida mejor de un numeroso grupo de españoles.

Las zonas más alfabetizadas de España se encontraban en la cornisa cantábrica desde Galicia al País Vasco, en muchos casos por la propia influencia de las comunicaciones con el exterior, muy ricas y prosperas desde el mar cantábrico. Esa alfabetización convertía a esos ciudadanos en mano de obra cualificada, que no encontraban un trabajo acorde con su preparación, precisamente por esa falta de despegue industrial. Por el contrario, lo que se necesitaba en las zonas industrializadas y mineras del norte era mano de obra barata. Allí acudían muchos inmigrantes del centro y sur de la península, con poca preparación técnica, muchas ganas de trabajar y pocas posibilidades de hacerlo en sus provincias.

La consecuencia fue una especie de presión “hacia el mar” por usar una expresión gráfica que defina los deseos y necesidad de inmigrar, esencialmente, de la población masculina, alfabetizada, entre 20 y 40 años, solteros y de familias campesinas o entornos urbanos menos prósperos que vieron en América un porvenir inexistente en España. Esa condición de alfabetizados fue esencial para prosperar en las provincias de ultramar. Ni en Cuba, ni en Cartagena de Indias, ni en México, ni en Venezuela o en Argentina abundaba de este tipo de población y eran muy bien recibidos en las explotaciones de caña de azúcar y café, sobre todo, en Cuba y Puerto Rico, donde, junto con Venezuela, fueron muchos emigrantes procedentes de las provincias cantábricas y también canarios.

La presencia canaria se debió a que antes de la liberalización de la emigración en todo el país, los canarios tuvieron una serie de peculiaridades que les llevaron a América. Los canarios fueron moneda de cambio entre la Península y América debido a los intereses de la metrópoli de hacer prevalecer a Sevilla, su puerto y su Casa de Contratación, como los principales beneficiarios del comercio entre Europa y América. Para evitar acogerse a los dictados del puerto sevillano, la Real Cédula de 25 de mayo de 1678, sometió a los canarios al conocido entre los historiadores como el “tributo de sangre”. Estipulaba la Real Cédula que se debía enviar a cinco familias de cinco miembros por cada cien toneladas que se exportasen desde las islas. Éste era el precio que había que pagar si no se quería depender de Sevilla para comerciar con América. Esta situación dio lugar a importantes conexiones familiares de los canarios en esos territorios.

Sin el tributo señalado, pero debido a la emigración ilegal, también existían esos lazos familiares entre los emigrantes norteños.

Habitualmente, muchos de ellos se dedicaron a trabajar en las grandes Haciendas, pero otros, menos escrupulosos, lo hicieron en el tráfico de esclavos, desarrollado por los criollos y extendido desde América a África, aun cuando las leyes antiesclavistas españolas lo prohibían.

Inmersos en esta práctica muchos indianos, entre otros y muy destacadamente, Antonio López, Marqués de Comillas, se opusieron enconadamente a la “Ley Moret” de 1870, que concedía la libertad a los hijos de esclavos nacidos en las colonias de Cuba y Puerto Rico: la esclavitud era, desgraciadamente, un negocio muy próspero en las latitudes hispanoamericanas del siglo XIX. El Marqués de Comillas, no fue el único, pero sí un muy destacado hacedor de sí mismo que logró presentarse como prototipo del indiano que ocultando lo oscuro de alguno de sus negocios americanos utilizó su riqueza para fundar diversas empresas en Cataluña (su mujer era catalana), y contribuir a embellecer Barcelona con palacetes neogóticos y modernistas. Pero, sobre todo, a hacer prosperar su tierra cántabra, en especial su Comillas natal, con la construcción del palacio de Sobrellano y la capilla-Panteón y asentar diversos negocios en Santander, ciudad y provincia.

Aunque el Marqués de Comillas sea uno de los indianos más conocidos, fueron muchos los que habiendo hecho fortuna vuelven, trayendo a España parte de su riqueza y con ella  gustos nuevos, una música nueva, alimentos y recetas desconocidas en España, y una arquitectura de palacios señoriales, multicolores, rodeados de palmeras. Fundaron compañías mercantiles en España, crearon escuelas y hospitales, carreteras, puentes, que hoy siguen en pie.

Ese compartir la riqueza también hizo cambiar la visión del Indiano en la Península.

Así, esta figura en sus orígenes, fue tratada por la literatura española, sobre todo, la del siglo de oro, de manera muy despectiva.

Los autores del siglo de Oro español utilizaban la figura del indiano para criticar los nuevos valores que se estaban asentando en la sociedad española y amenazaban los valores tradicionales. Para ellos representaba los vicios, la avaricia, el materialismo, la corrupción, la falta de respeto a las jerarquías establecidas… haciéndole responsable de todos los males que acaecían la caída y decadencia española. Otro factor que contribuyó a aumentar la mala imagen que los intelectuales de la época tenían sobre el indiano, era el hecho de que no solo viajaban en busca de riquezas (lo que consideraban moralmente mal visto), sino que, además, ostentaban de sus riquezas a su vuelta. Esto suponía ser el centro de la envidia de los demás habitantes que no pudieron partir a América, o que lo hicieron, pero sin tanta suerte, exponiéndose a ser asaltados, como ocurrió en 1784 al ser asaltada la casa del indiano Manuel Palacio en Rumoroso, o en 1795 el asalto a la casona de Tudanca[1]

Durante el siglo XIX, la percepción de la figura del indiano cambió debido a su labor filantrópica. Aunque la ostentación de sus riquezas fuera objeto de envidias y desprecio. De este modo, en la literatura ya se empieza a dar entrada al indiano como personaje destacado de la sociedad, como alguien con poder a quién hay que tener en consideración en las esferas sociales de las poblaciones en las que se asienta. Lo vemos así en obras como “La Regenta” de Clarín (1884) o en “Monografía de Asturias” de Félix Aramburu (1899). No será hasta el siglo XX, cuando por su persistencia en las tareas filantrópicas, por la implicación en la creación de factorías y por la contribución a la modernización y enriquecimiento de las zonas a las que volvían, su imagen mejoró tan considerablemente que autores como Ortega y Gasset los ensalzan, y ponen de manifiesto sus virtudes a través de la transformación territorial que generaron. Es el propio Ortega el que, a modo de ejemplo, entre otros, destaca la mejora de Asturias por la labor de estos personajes.

En realidad, en el Siglo XIX, el regreso al solar materno, al pueblo mínimo, que para el indiano siempre ha de tener una grandiosa valoración, va unido al deseo de afincarse definitivamente en él, haciendo o rehaciendo sobre la casa humilde o el solar de sus mayores una más importante construcción. Así surgen, labradas por el esfuerzo del emigrante, las más bellas muestras de nuestra arquitectura típica que tiene un elemento común en todos ellos: el concepto del lujo y la modernidad. La ostentación del que quiere mostrar a las claras su éxito (a veces unido a la compra de algún título nobiliario). Otro de los elementos comunes, es que los indianos adaptaron las formas constructivas coloniales a las de la Península y por tanto ese germen común crece con matices locales. Se manifiestan, siempre desde el lujo que olvide el pasado familiar humilde y a menudo incorporaban en sus jardines palmeras como símbolo y recordatorio de su estancia en tierras tropicales. Pero ese matiz local señalado hace que las casas indianas de Cantabria sean diferentes a las de Asturias, y éstas a las canarias, gallegas, vascas o catalanas.

Centrándonos en la costa cantábrica podemos señalar la importancia artístico-decorativa de las casonas de Cantabria y Asturias.

En la primera, los indianos se asentaron principalmente en Santander, Torrelavega, Comillas, aunque el origen mayoritario de ellos fuera Santillana del Mar. En un primer momento procedentes, en su mayoría de Cuba, aumentando su origen americano con el paso de los años, sobre todo a finales del SXIX. El capital indiano favoreció el desarrollo urbano de Santander, Torrelavega, Laredo, Colindres y Castro Urdiales principalmente, debido a la extensión de las instituciones benéficas y factorías creadas por los emigrantes. “Por ejemplo, en Torrelavega se instaló la fábrica de curtidos de “Capanaga y Compañía” al término del siglo XVIII y posteriormente esta misma empresa abrió una fábrica de harinas en la zona. (…) En Renedo de Piélagos se instaló en el siglo XIX una gran fábrica textil con (…) 150 obreros y maquinaria inglesa, belga y francesa, lo que dio lugar a la mejora de las infraestructuras hasta la zona, como la construcción del puente sobre el Pas de Renedo a Torrelavega, o que la línea de ferrocarril pasara por Renedo. En La cavada se abre la fábrica textil “La Montañesa” con capital indiano llegado de Cuba (…) La modernización de Cantabria también se dio gracias a la inversión de los indianos en la mejora de las infraestructuras, la construcción de carreteras, la traída de aguas… pudiendo confundir en este punto su propio interés con las filantropía, ya que generalmente estos indianos estaban acostumbrados a la electricidad, los automóviles y el agua corriente, por tanto añadieron todas las comodidades que conocía a las casas que levantaron a su vuelta, pero generalmente no se podía hacer de manera individual, por lo que se beneficiaba todo el pueblo del interés de mejora de la calidad de vida del indiano[2]

En Asturias, las poblaciones de Colombres, Bustio, Villanueva, Noriega y, sobre todo Somao, son auténticas obras de arte urbano construidas con capital indiano, procedente del fenómeno de la emigración de muchos jóvenes del concejo a países como Méjico y Cuba. Al igual que en Cantabria destacan las tareas filantrópicas que mejoraron los pueblos asturianos. Como elemento común, siempre mejoraron las iglesias de los pueblos en los que se asentaron, pero realizaron otras contribuciones, por ejemplo, en Luarca crearon escuelas, hospitales y bibliotecas, becaron a estudiantes y dotaron a mujeres pobres.

Ribadesella alcanzó su esplendor como balneario construido por los indianos que permitió ser lugar de veraneo de indianos y nobles (como la marquesa de Arguelles) lo que creó una riqueza inesperada en la zona.

En Somao y Llanes llevaron la electricidad y también en Somao, la escuela. Como curiosidad en Somao y Noreña instalaron salas de cine, siendo las únicas salas de origen indiano en todo el norte.

La arquitectura de estas casonas cantábricas- en ambas provincias- tiene una estructura semejante. Con elementos eclécticos traídos de la arquitectura colonial, incluyendo los planos de las edificaciones que provenían de América o el colorido de sus fachadas. Su estructura se basa en la simplicidad y en la simetría de la triple división de la casa en zona del servicio, la zona de las habitaciones, y la zona de recepción, que pasa a ocupar un lugar muy destacado en la planta baja, además se comienzan a proyectar jardines en torno a las viviendas, lo que las da un mayor toque de distinción. En esta época los estilos que siguen a la hora de construir los edificios son varios, desde la continuidad del barroco, hasta el neoclasicismo, el clasicismo romántico. Así, en las casonas de indianos encontramos elementos colonialistas, como los pórticos, las verandas y las coronaciones, pero también ojivas propias del art déco o miradores y balaustradas de estilo art nouveau. Cualquier referencia a la arquitectura culta europea era bienvenida, con tal de dejar atónitos a los invitados.

La galería acristalada es uno de los elementos más característicos de la vivienda indiana. Asimismo, en el interior de las mismas encontramos desde bibliotecas a salas de billar o de costura. Y muy destacadamente, los baños, todavía un lujo al alcance únicamente de las clases privilegiadas. El indiano fue pionero en apuntarse al progreso del aseo en el hogar.

Muchas de esas edificaciones siguen en pie y continúan dando servicio. Por ejemplo, el edificio de la escuela se Somao, sigue siendo la escuela hoy en día, o el Palacio Ferrara en Avilés se han convertido en hotel, o la casa Guadalupe en Colombres alberga el archivo Indiano. Algunas Iglesias se mantienen en la actualidad como colegios, como la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe de Gijón, ahora colegio de Santo Ángel.

No podemos extendernos en describir con detalle la multitud de edificios que contribuyeron a embellecer los pueblos norteños y a traer a España un estilo arquitectónico especial.

Pero si puedo invitaros a ver algunas de ellas (todas de Asturias). Aunque mejor es ir a visitarlas en directo.

Escuela de Somao

https://www.praviaturismo.es/info-34-somao-escuelas-unitarias/

Palacio Ferrara. Avilés

https://www.pinterest.es/pin/342132902934185238/

Casa Guadalupe (archivo indiano). Colombres

https://www.pinterest.es/pin/408842472396376325/

https://www.youtube.com/watch?v=nZeAng_112M

Palacio de Eladio Muñiz. Avilés

https://blogs.elcomercio.es/episodios-avilesinos/2016/09/25/el-regalo-de-eladio-muniz/

Capilla de nuestra señora de Guadalupe (hoy colegio Santo Ángel). Gijón.

https://www.dendecaguelu.com/2020/07/capilla-de-nuestra-senora-de-guadalupe.html

Cangas de Onís:

https://www.youtube.com/watch?v=GaDnsmA7ofo

Bibliografía

ARAMBURU- ZABALA HIGUERA, M. Á.; SOLDEVILLA ORIA, C. “Arquitectura de los Indianos en Cantabria (Siglos XVI- XX)”. Santander: Librería Estuvio, 2007.

Canal Prestosu/ Secretos de Asturias. https://www.youtube.com/watch?v=nZeAng_112M

Manín Llangreu. Una Historia de Indianos. https://www.youtube.com/watch?v=Ml8MhMyw9gM&list=RDLVMl8MhMyw9gM&index=1

[1] 1ARAMBURU- ZABALA HIGUERA, M. Á.; SOLDEVILLA ORIA, C. Arquitectura de los Indianos en Cantabria (Siglos XVI- XX). Santander: Librería Estuvio, 2007

[2] Op. Cit.

El Consulado de Burgos

Vimos cómo durante el siglo XIII, la corona de Aragón tuvo en el comercio la base esencial de su crecimiento económico e institucional. Es la existencia de una burguesía mercantil fuerte la que impone su presencia en las Cortes aragonesas, manifestando así un sentido más plural, si se quiere más feudal y diverso en el ejercicio del poder que el existente en Castilla. En Castilla, la figura preponderante del rey y los acontecimientos históricos del momento, con luchas por la sucesión a la corona, sólo hacían posible la convocatoria de Cortes con finalidades presupuestarias para dotar de apoyo militar a las diversas facciones contendientes.

Fue en el siglo XIV cuando las cosas cambiaron. La prosperidad aragonesa tocó a su fin durante el reinado de Alfonso el magnánimo y sus veleidades imperiales, dando lugar a una serie de levantamientos entre los mercaderes y también entre el campesinado que llevó a un declive de la prosperidad del reino que sólo Fernando el católico, tras muchos años de esfuerzo diplomático y ordenación administrativa, logró devolver. En aquel momento, fue la Castilla de Isabel la católica, gracias al fin de las luchas sucesorias, la que logró el nacimiento de una clase burguesa, mercantilista, basada sobre todo en el comercio de la lana de las ovejas castellanas.

La expulsión de los judíos en 1492 dislocó el mercado de la lana y, para restablecer su equilibrio, los Reyes católicos, crearon en 1494 el Consulado de Burgos.

El origen ideológico de la institución del consulado era aragonés. Los consulados mercantiles no eran más que la ampliación de la jurisdicción de los previos consulados navales tan populares en el Mediterráneo durante el S. XIII. A mediados del siglo XV existían 8 consulados en la zona levantina de España. Los mercaderes burgaleses solicitaron a la reina Isabel un trato semejante.

Los consulados eran al mismo tiempo asociación religioso-benéfica, cofradía, corporación económico-profesional (Universidad de mercaderes) y Tribunal mercantil. A pesar de su evolución en el tiempo, nunca perdió su primer carácter como asociación de caridad y piedad, que atendía principalmente a viudas y huérfanos de mercaderes o mantenían instituciones como el Monasterio y hospital de San Juan y el Monasterio de la Madre de Dios.

También como asociación corporativa ideó numerosas normas de comercio y como Tribunal tenía una jurisdicción de primera instancia, correspondiendo las apelaciones al Corregidor y a la Chancillería de Valladolid- esto diferenciaba a Burgos frente a los consulados mediterráneos, pues su ámbito en razón de la materia era pleno, abarcaba todos los aspectos del tráfico mercantil, no sólo los marítimos como los levantinos. El ámbito territorial su límite coincidía con la frontera que marcaba de manera natural el río Ebro, separando así la jurisdicción burgalesa de la vizcaína, con la que tuvo algún enfrentamiento.

Su origen tiene como fundamento la exportación de productos lanares y otras mercancías castellanas a Flandes y otros puertos del Atlántico norte.  Su tarea fue esencial por cuanto coordinaba el comercio interior con la exportación (especialmente el comercio proveniente de La Rioja, Soria y otras provincias castellanas, principalmente Palencia, Valladolid y Segovia) e indirectamente, servir de elemento unificador y centralizador del poder tan del gusto de los Reyes Católicos. Burgos no tenía salida al mar, pero se convirtió en una especie de depósito general, de control centralizado de la economía lanera y de exportación castellana, fue el enlace necesario para dar salida a las exportaciones. Los productos se embarcaban en los puertos del cantábrico, especialmente Santander y Laredo y los que controlaban el tráfico eran los “cónsules”. Ha quedado una buena documentación de toda esta actividad gracias a los escribanos de los puertos cántabros que documentaban exhaustivamente cada salida y llegada, tenían representantes en Flandes y en otros puertos europeos. Los miembros del “consulado” obtuvieron algunos privilegios, por ejemplo, la exención de derechos señoriales y portazgo.

Pero el Consulado de Burgos también destacó en el ámbito mercantil por haber sido el origen de métodos como el de las letras de cambio, los seguros y reaseguros.

Pero no sólo se exportaban los productos castellanos desde los puertos de lo que hoy es Cantabria, sino que una buena parte lo hacían desde Bilbao.  De manera que Burgos, con ese carácter centralizador, adquirió el monopolio del comercio total que salía por los puertos del mas cantábrico hacia el norte de Europa. Esto permitió estimular la flota mercante con ayudas reales para la construcción de barcos de gran tonelaje o la aprobación en 1500 de una ley de navegación. En el lado negativo de esta centralización, la creación del consulado burgalés provocó un endurecimiento de la tradicional hostilidad que mantenía con la Cofradía de Mercaderes de Bilbao, que en 1494 había conseguido eximir al Señorío de Vizcaya de su jurisdicción, como hemos dicho anteriormente, pero que se molestaba por no gozar de los mismos privilegios que Burgos. Después de varios acuerdos, en 1511 la universidad de mercaderes de Bilbao consigue de la reina Juana (realmente de Fernando el católico) el privilegio de crear su propio consulado. Como prueba de la pugna entre ambos consulados, los burgaleses redactan entonces sus primeras ordenanzas de fletamentos, aprobadas en 1512. Las ordenanzas generales no aparecerán hasta más tarde, siendo aprobadas por Carlos I en Valladolid el 18 de septiembre de 1538, – cuya importancia histórica sobrepasa la regulación del momento y se convierte en el primer cuerpo legislativo sobre seguros y prácticas mercantes que atañe al mundo atlántico, después de las del Consulado de Bilbao, aunque éstas de confirmación real posterior-. La pragmática de 1558 delimitará las competencias de ambos consulados y eximirá de la jurisdicción de Burgos a los naturales de las provincias vascongadas de Guipúzcoa y Álava. En 1572, en relación con las averías de la flota de lanas atacada por los protestantes en Zelanda, se redactan nuevas ordenanzas generales que permanecerán vigentes más de dos siglos. En 1766 se redactan las terceras ordenanzas generales, cuando se intentaba un resurgimiento de la institución.

El sistema de Consulado había resultado tan idóneo para resolver los problemas mercantiles que se decidió extender el modelo al comercio con América, dando lugar al nacimiento de la Casa de Contratación de Sevilla en 1503. Así nació el monopolio sevillano en el comercio con el Nuevo Mundo que se prolongó durante doscientos años.

El consulado tuvo otras repercusiones en el ámbito internacional con relaciones florecientes de Burgos con Flandes, Inglaterra, Francia, Alemania, etc. Burgaleses dejaron su impronta en Florencia y Colonia (donde construyeron la capilla de los Reyes Magos), u otros importantes legados en Brujas, o Amberes.

Los ricos hombres burgaleses contribuyeron a la mejora de los caminos en directa colaboración con los Reyes Católicos para facilitar el comercio interior o financiaron algunos o parte de los grandes viajes de los descubrimientos españoles, por ejemplo, la familia Haro, Cristóbal de Haro en concreto, financió en gran parte el viaje de Magallanes-Elcano alrededor del mundo.

Fueron estas familias de comerciantes burgaleses los importaron las más notables piezas artísticas de orígenes flamencos y alemanes que se concentran en Castilla. La propia Catedral de Burgos tiene un patrimonio ingente de pinturas, tapices y piezas de orfebrería de orígenes europeos fruto de este comercio.

A partir de la pérdida de la flota de las lanas de 1572 en Middelburg y la guerra abierta con Inglaterra y las provincias holandesas, el comercio lanero inicia su decadencia, que coincide también con la decadencia del consulado a lo largo del siglo XVII. A finales del siglo XVIII durante el reinado de Carlos III, se intenta una reactivación mediante la aplicación de medidas mercantilistas, en realidad fue una institución ya diferente y, en general, sin éxito. El consulado desapareció en la primera mitad del siglo XIX, como el resto de instituciones con jurisdicciones especiales de su misma índole.

 

BIBLIOGRAFÍA

BASAS, Manuel. El consulado de burgos. CSIC. 1963

GARCÍA DE QUEVEDO Y CONCELLÓN, Eloy. Ordenanzas del Consulado de Burgos de 1538. Diputación provincial de Burgos. 1995.

ELLIOTT. John. H.- “La España imperial 1469-1716”. Ed. Vicens Vives. 2012

La Busca y la Biga

Cuando se produce la unión entre Castilla y Aragón bajo el matrimonio de los Reyes Católicos el reino floreciente era Castilla y el que estaba en declive Aragón. Durante mucho tiempo la situación fue la inversa y eso se debió a los conflictos civiles producidos en Castilla con reyes débiles y enfrentamientos por la sucesión al trono mientras en Aragón florecía una pujante clase burguesa nacida del comercio, cuyo asentamiento se producía en Valencia y Cataluña, principalmente. Valencia siguió en la prosperidad, de hecho, durante el siglo XV vivía una especie de edad de oro, pero en Cataluña las circunstancias fueron muy diferentes.

En Aragón durante el siglo XIV la importante presencia burguesa se manifestaba en unos organismos gubernamentales muy perfeccionados, que ejercían de contrapeso al poder real.

Todos, aragoneses y castellanos, tenían parlamentos- el primero en el mundo fue el de León-. Las Cortes de Aragón ejercían un auténtico poder político y legislativo y se reunían periódicamente. Por el contrario, en Castilla se convocaban cuando quería el rey y casi siempre para solicitar financiación; en muchas ocasiones, esa financiación podía obtenerla el rey por otros cauces, de manera que el parlamento apenas tenía voz. Entre guerras y conflictos y carencias económicas, la Castilla del siglo XIV ofrecía un panorama en el que las Cortes estaban desunidas, el orden público había sufrido un colapso y las tierras castellanas estaban sumidas en el caos.

En Aragón, en cambio, todo parecía prosperidad debido a la gran vitalidad económica y expansiva del reino de Aragón. Sin embargo, varios acontecimientos vinieron a cambiar las tornas:

El primero: la peste. La peste fue desastrosa en toda Europa. En Cataluña se hizo casi endémica con fuertes rebrotes cada poco tiempo. Se suele decir que 1333 fue el “primer año malo” de la economía catalana. Se cree que la población catalana se vio reducida en 80.000 personas. Como consecuencia de ello se produjo una crisis en el campo. La mano de obra era escasa las tierras estaban abandonadas y el malestar campesino se convirtió en una constante en la sociedad catalana. No todos los campesinos pasaban por los mismos problemas. Sólo tenían uno en común: su vinculación a la tierra casi esclava. Pero mientras unos eran muy ricos, otros eran inmensamente pobres y su finalidad común era acabar con los llamados seis malos usos.

En toda España había impuestos o cargas que los campesinos debían abonar a los señores de las tierras. Pero los 6 usos eran exclusivos de Cataluña, a saber:

  1. Remensa: cantidad pagada por el payés por abandonar la tierra.
  2. Intestia: derecho del señor de recibir los bienes del payés en el caso de que muera sin testamento.
  3. Exortia: derecho del señor de recibir los bienes del payés si muere sin descendencia
  4. Cugucia: cantidad que debe pagar el payés si su mujer le es infiel.
  5. Arcia: cantidad que debe pagar el payés en el caso de que incendie la tierra del señor.
  6. Firma Spoli: cantidad que debe pagar el payés al señor por permitir hipotecar las tierras en garantía de la dote de su mujer.

Segundo elemento de la crisis:  crisis financiera. Aunque disminuyó la actividad comercial su actividad se replegó, pero no paró durante el siglo XIV, aunque entre 1381 y 1383 se registraron espectaculares quiebras de los principales bancos, que pasaron a poder de los bancos genoveses.

A eso se unió el tercer brazo de la crisis: el político o quizá dinástico. No por falta de rey o porque estuviera en discusión sino porque el monarca Alfonso V, el magnánimo, tenía tales ansias imperiales que volcó toda su actividad hacia el mediterráneo, olvidando su presencia en Aragón. Sus aspiraciones y necesidades militares y económicas para su empresa entraron directamente en conflicto con los intereses comerciales de la oligarquía aragonesa, especialmente, la catalana.

Aquella ausencia del monarca asentado en Nápoles suponía un duro malestar entre los sectores más pujantes, en vista de lo cual, el monarca se debatía en, ora apoyarse en los sectores populares para lograr sus empresas, ora en volver los ojos a aquellos importantes mercaderes. La consecuencia fue el caos y una ausencia de mando pues el rey estaba representado en España por los virreyes- figura de origen aragonés que luego tendría gran repercusión en nuestra historia común-. En esa debilidad fueron los genoveses los que, aprovechando las circunstancias, no sólo se hicieron más importantes banqueros, sino que luchaban por el comercio de las especias, tejidos y granos con la burguesía catalana. Además, los italianos intermediaban en el comercio de la lana castellana lo que favoreció el crecimiento comercial de Castilla. Además, se establecieron en Córdoba, Sevilla y Cádiz y controlaron los grandes puertos comerciales del sur de España.

El control de los puertos del sur fue esencial por cuanto el mediterráneo se llenó de piratas, muchos de ellos catalanes, que eran mejor sorteados por las rutas comerciales desde el sur peninsular.

Aunque los comerciantes valencianos seguían prosperando nunca tuvieron la fortaleza de sustituir a los catalanes en aquel reino de Aragón.

Todo esto llevó a que los antiguos mercaderes se sintieran tentados a invertir no en el comercio sino en bienes más duraderos como la tierra. La conjunción de las situaciones vistas llevó a que el comercio catalán se hundiera hacia 1450.

La sociedad se transformaba para lograr su supervivencia y así mientras el campesinado se organizaba en sindicatos para reanudar su lucha en el campo, en las ciudades se empieza a disputar el dominio de las mismas. Una de las mejores muestras de tal situación urbana fue el enfrentamiento entre lo que podríamos considerar dos facciones políticas: la Busca y la Biga. Busca (en castellano sería astilla) y Biga (en castellano, viga).

La composición de estos dos grupos no está nada clara, aunque se suele dar por bueno que la Biga estaba formada por el grupo de oligarcas que gobernaban las ciudades y por los terratenientes que viví­an de las rentas. Los comerciantes y artesanos se unieron para luchar por sus intereses y crearon la Busca, que, en la década de los 50 asumió muchas de las características de un movimiento popular.

Los hombres de la Busca ganaron el poder en la ciudad en 1453 y expulsaron a sus oponentes de los cargos institucionales. Además, intentaron hacer frente a los problemas de la crisis económica adoptando medidas como el proteccionismo o la devaluación de la moneda. No era un tema menor pues esto perjudicaba a los oligarcas.

El problema venía del rey ausente que, sobre todo, requería ayuda de sus súbditos para financiar sus empresas imperiales y de un virrey: Don Galcerán de Requesens, que se había ganado la enemistad de la oligarquía por su apoyo de la busca. Fue ese apoyo real el que llevó a la victoria local de la Busca en 1453. Además, en 1454, el rey nombra lugarteniente de Cataluña a su hermano Juan II, partidario de apoyar a los payeses. Con esa política y apoyos, el rey accedió a suspender los seis malos usos en 1455 y proclamó la libertad de los remensas.

La oligarquía se oponía tanto a las pretensiones de la monarquía como a la política reformista de los miembros de la Busca. La Biga seguía controlando instituciones claves como las Cortes o la Generalitat y, además, recibió el apoyo de la nobleza y la Iglesia, ya que todos ellos veían peligrar sus privilegios y, sobre todo, sus ingresos.

Las presiones de las Cortes consiguieron “suspender la suspensión” de los seis malos usos, en 1456, aunque se reactiva en 1457. De hecho, cuando Juan II es nombrado rey de Aragón, tras el fallecimiento de Alfonso V en 1458, hereda el trono y el conflicto.

Como la oligarquía estaba dispuesta a enfrentarse al nuevo rey, se encontró con la ocasión ideal en el encarcelamiento y muerte del príncipe de Viana, Carlos, lo que determinó que su hermanastro Fernando pasara a ser el heredero al trono. Se inicia así la guerra civil en Cataluña en 1462 (1462-72)

La guerra fue en una primera aproximación una lucha entre monarquía y oligarquía, que se aferraba a un sistema contractual de gobierno, absolutamente feudal y medieval, que fue muy útil en sus orígenes, pero cada vez más inadecuado para los problemas que tenía en aquel momento la sociedad.

Pero realmente no era una lucha tan simple, en ella existía un enfrentamiento político (Busca vs Biga) y otro social (payeses vs señores feudales). Monarquía, miembros de la Busca y payeses contra los oligarcas, nobles y el clero. Cada uno con sus intereses propios: la Corona, delimitar el poder de la oligarquía y de los nobles; los miembros de la Busca, mantener el poder y seguir con las reformas; los payeses, prohibir los “malos usos” y las servidumbres; oligarcas, nobles y clero, proteger sus privilegios y recuperar el poder local perdido a manos de la Busca. Por si fuera poco, enseguida, se convirtió en un conflicto internacional, pues la Generalidad catalana Biga- ofreció sucesivamente la corona a Enrique IV Castilla, al Condestable de Portugal y a Renato de Anjou. Mientras tanto Luis XI de Francia aprovecha la situación para anexionarse los condados catalanes de Cerdaña y Rosellón en 1463.

Tras la lucha prolongada durante diez años, Juan II obtuvo la victoria. Se firmó la paz en la capitulación de Pedralbes. Aunque en teoría los oligarcas fueron los derrotados, las consecuencias no fueron muy traumáticas para ellos: el rey declaró la amnistía y juró preservar las leyes catalanas. De hecho, la Biga recuperó el poder local. Y los payeses, aun estando en el bando del teórico ganador, todavía tendrían que seguir reivindicando e incluso peleando por sus derechos hasta la Sentencia Arbitral de Guadalupe dictada en 1486 por el rey de Aragón Fernando II.

La verdad es que cuando Juan II murió, en 1479, dejó a su hijo Fernando un país desgarrado, con todos sus problemas sin resolver. La economía había sufrido un colapso, la guerra civil había completado la ruina iniciada en las décadas precedentes.

A causa de este colapso, la corona de Aragón estuvo muy debilitada durante los últimos años del S XV, mientras Castilla, una vez superadas las crisis de sus enfrentamientos civiles, se levantaba y progresaba económicamente. Adquiriendo una gran importancia en el comercio internacional y con un auge indiscutible de ferias del campo que atraían a comerciantes extranjeros que circulaban sus mercancías, como vimos, sobre todo por los puertos del sur. El dinamismo desplegado por Castilla sólo era comparable al de Portugal. De ahí que muchos autores como Elliot, consideren que, si Isabel I se hubiera casado con el rey de Portugal en vez de con Fernando, ambas monarquías hubieran alcanzado un nivel de desarrollo mucho mayor que el que supuso la unión de Castilla y Aragón.

BIBLIOGRAFIA

VALDEÓN, Julio. – “Las raíces medievales de España”. Ed. Real Academia de la Historia. 2002.

VALDEÓN, Julio, SALRACH I MARÉS, Josep María, ZABALO ZABALEGUI, Javier. ”Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos (siglos xi-xv), vol. 4 de Historia de España».  Ed. Labor, 1981

ELLIOTT. John. H.- “La España imperial 1469-1716”. Ed. Vicens Vives. 2012

 

 

 

LA PACIFICACIÓN DE MARRUECOS. EL DESEMBARCO DE ALHUCEMAS

Como consecuencia de la conferencia de Berlín 1884-1885, Europa se repartió África, pero, evidentemente aquel reparto no tuvo la misma repercusión en unas naciones europeas que en otras. Además, la potencia emergente del momento era Estados Unidos, que ya se encargó, poco después, de acabar con lo poco que quedaba del imperio español.

Uno de los puntos conflictivos del reparto estaba en el norte de África.  Desde 1904 los franceses y británicos tenían una entente cordial que partía de los acuerdos alcanzados aquel año para que Egipto quedara bajo la influencia británica y Marruecos bajo la francesa. En ese reparto, los británicos propusieron que a España le quedara reservada una zona en la costa mediterránea de Marruecos, donde ya poseíamos diversas plazas, entre las que destacaban Melilla y Ceuta, ciudades que eran españolas desde los siglos XV y XVI respectivamente, mucho antes de que Marruecos soñara con existir. Los franceses no deseaban que Inglaterra, que ya ocupaba Gibraltar, se hiciera con el control de las dos orillas del Estrecho, y los ingleses preferían no tener a Francia asentada frente al Peñón, siendo preferible para ambos la opción de España, cuya debilidad proporcionaba suficiente garantía de que no se vería amenazado el control británico sobre la entrada al Mediterráneo ni el de Francia en sus posesiones marroquíes. España aceptó el acuerdo.

Se delimitaron las zonas de influencia española y francesa en Marruecos. Teóricamente se reconocía el principio de integridad e independencia de Marruecos, que continuó siendo formalmente un Imperio bajo la autoridad del sultán Abd al-Aziz IV.

En este punto, Alemania intentó intervenir en Marruecos azuzando las ideas independentistas de los marroquíes con la finalidad de enfrentar a Francia e Inglaterra, pues aquella unión no le era favorable.  Fue Alemania la que no reconoció el reparto realizado entre franceses y británico e instó a valorarlo en una reunión internacional. De ahí nació la Conferencia de Algeciras en 1906, donde se vieron las caras Alemania, España, Francia, el Reino Unido, Bélgica, Austria-Hungría, Italia, Holanda, Portugal, Rusia, Suecia, los Estados Unidos y una delegación marroquí. Mientras Alemania con el único apoyo de Austria-Hungría defendía la plena soberanía marroquí, pero con una política de puertas abiertas para que cualquier potencia pudiera comerciar allí. El resto se oponía. El Acta final reconocía la soberanía del sultán, la independencia e integridad territorial de Marruecos y el principio de libertad económica y en el acceso a los recursos del país. Sin embargo, las restantes estipulaciones del Acta favorecían los intereses franceses, al otorgar a Francia una posición de preponderancia, compartida, en parte, con España.

En la Conferencia de Algeciras se había evitado el estallido de un conflicto bélico entre las potencias europeas, pero los motivos de fricción relacionados con Marruecos no quedaron resueltos de manera definitiva. Francia, Gran bretaña y España firmaron acuerdos de cooperación mutua y fortalecieron los lazos entre las tres naciones para el dominio del estrecho y el mediterráneo sur. Alemania siguió instigando a los marroquíes para que se enfrentaran a los europeos, incluso en 1911 con el envío de la cañonera Panther frente a las costas de Agadir para hacer valer los intereses y negocios alemanes en Marruecos frente a las extralimitaciones francesas. La desactivación de esta crisis, mediante la cesión a Alemania de parte del Congo francés, permitió que en marzo de 1912 se estableciera el protectorado francés y en noviembre del mismo año el español.

Para España aquel territorio trajo muchos más enfrentamientos y sufrimientos que ventajas, como veremos.

Pero si la situación en el norte de África era complicada, la situación peninsular no estaba mucho mejor. La guerra de cuba, su crisis, la depresión psicológica nacional por perder hasta la última de las provincias de ultramar, la sublevación catalana que tenía un gran componente anarquista como se demostró en la semana trágica de Barcelona [ https://algodehistoria.home.blog/2019/10/25/la-semana-tragica-de-barcelona/ ], las posiciones nacionalistas que ya afloraban. El pistolerismo, la corrupción social, la implantación de partidos republicanos y obreristas apoyados y apoyándose en las organizaciones sindicales eran un calvario para los gobiernos. En ese ambiente, los intentos regeneracionistas “desde arriba” de Silvela y Maura no lograron cuajar, como tampoco el programa liberal de Canalejas. Así, los partidos tradicionales de la Restauración fueron debilitándose en un País que no levantaba cabeza ni en los aspectos sociales ( la revolución soviética fue un referente para el movimiento obrero español revolucionario, anarquista y antiburgués), ni políticos ( el turnismo hacía aguas y el nacionalismo florecía. Donde el pistolerismo y el terrorismo político estaban a la orden del día provocando, entre otros asaltos, los magnicidios de Canalejas y Dato. https://algodehistoria.home.blog/2020/03/13/el-asesinato-de-eduardo-dato/) ni económicos (la I Guerra Mundial trajo un periodo de pujanza económica gracias al auge de exportaciones a los países combatientes, pero supuso también el desabastecimiento interno y un alza de precios, además de no traer las inversiones que eran necesarias, por lo que las condiciones económicas de buena parte de la población no mejoraron).

Las décadas de 1910 y 1920 fueron desastrosas para España. En ese ambiente, el ejército también estaba disgustado con los sistemas de ascensos que se habían planteado desde el Gobierno. Esto llevó a una división interna en su seno que terminó con la creación de las Juntas de Defensa, que ejercieron como grupo de presión militar sobre el poder civil. Al tiempo, el ejército era llamado cada vez con más frecuencia a terminar con los problemas nacionales. Los problemas internos obligaban a declarar el estado de excepción cada poco, sobre todo por los conflictos que los nacionalistas creaban en Cataluña, unidos a los que provenían de los anarquistas y demás movimientos obreros. Así, el ejército fue determinante en el fracaso de la huelga general de 1917 y en otros conflictos. El culmen de toda aquella situación se daría con la guerra de Marruecos.

 En 1921 el líder rifeño Abd-el-Krim derrotó al ejército español en Annual en lo que fue una auténtica tragedia para España y un duro revés para el dominio español en el protectorado. Además, la situación del ejército en la guerra fue calamitosa. Faltaron condiciones adecuadas que debían haberse previsto y provisto desde la Península lo que determinó el inicio de una investigación que culminó en el llamado informe Picasso, que no era más que una búsqueda de responsabilidades políticas para el desastre.

Todo aquel conjunto de desgracias, caos y desordenes internos y externos llevaron al Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, a dar un golpe de Estado, con apoyo tácito del rey, el 13 de septiembre de 1923.

En relación a Marruecos, la postura inicial de Primo de Rivera era de abandono paulatino. De hecho, su orden primera fue que las tropas españolas se replegaran en la zona costera. Pero un sector del ejército “africano” se opuso a tal abandono. Entre los africanistas se encontraba de manera destacada Francisco Franco destinado desde hacía tiempo en los regulares de Melilla. En 1923, Franco ascendió a Teniente-Coronel y ocupaba la jefatura de la Legión. En tres años pasó a Coronel y de Coronel a General, cuando sólo tenía 33 años.

En 1924, Abd el-Krim, el líder de la autoproclamada República del Rif, lanzó una ofensiva, que derrotó a los españoles y provocó mayor número de heridos, aunque menos muertos, que el desastre de Annual. A consecuencia de aquella ofensiva el rifeño se apoderó de una parte considerable del Protectorado español. Envalentonado por su hazaña, Abd el-Krim decidió atacar posiciones francesas. Un grave error de cálculo.

Los franceses y españoles entablaron negociaciones para realizar un asalto conjunto y acabar con el conflicto de una vez. Las negociaciones hispanofrancesas comienzan en Madrid el 28 de junio de 1925. Primo de Rivera y Pétain se reúnen en Tetuán el 28 de julio y en Algeciras el 21 de agosto. Allí se pacta el sistema de ataque y la concesión del mando supremo del ejército conjunto para Primo de Rivera.

Tras llevar a cabo un estudio exhaustivo, Primo de Rivera tomó una decisión arriesgada: atacar el corazón de la revuelta a través del mar con un desembarco masivo de tropas franco-españolas. El desembarco de Alhucemas estaba en marcha (ubicada en el norte de Marruecos a un centenar de kilómetros de Melilla). No era una idea novedosa, a medida que el conflicto se encendía por el sur de nuestro protectorado, el ejército sopesaba un ataque anfibio por el norte. Era complejo y necesitaba organización exacta, buena sincronía y respaldo. Ya en 1909 nuestros militares venían rumiando la idea y los detalles que requería el proceso. Elegir Alhucemas no era casualidad, sino que allí se escondía el rifeño de Beni Urriaguel y bajo su mando la “Cabila”[1] que dirigía (a ella pertenecía Abd el-Krim) lideraba la rebelión.

Tras una larga planificación, se determinó que la operación se llevaría a cabo a principio de septiembre de 1925 y que contaría con el apoyo de la marina y la fuerza aérea. Con todo, el peso de la maniobra recaería sobre dos columnas de infantería que partirían desde Ceuta y Melilla. De esta forma, el de Alhucemas se convertiría en el primer desembarco aeronaval de la Historia, siendo un antecedente importantísimo para los mandos aliados de la II Guerra Mundial a la hora de planificar el desembarco aliado del famoso día D en las playas de Normandía.

En total, entre España y Francia lograron reunir un contingente de 13.000 soldados y más de una veintena de piezas de artillería. A su vez, y por primera vez en la Historia militar, varios carros de combate serían desembarcados a través de barcazas para apoyar el asalto de la infantería. Primo de Rivera sostenía que la sorpresa en tiempo y espacio, y la rapidez de ejecución eran indispensables para lograr el éxito. Había estudiado con detenimiento el fracaso de los aliados en Gallípoli durante la I guerra Mundial y estaba seguro de no cometer los mismos errores.

Abd El Krim había logrado ubicar en las proximidades 9.000 rifeños a los que se unieron mercenarios de todo el mundo, expertos en el uso de las diferentes armas de mano y artillería. Además de las armas de mano contaban con 14 cañones de campaña robados en anteriores operaciones a los españoles, incontables fortificaciones, decenas de nidos de ametralladoras e, incluso, centenares de minas que habían sido enterradas a lo largo de una de las playas donde se realizaría el desembarco.

La operación prevista para el 5 de septiembre se retrasó al 8 por las inclemencias meteorológicas.

Al amanecer, las primeras columnas en embarcar en las lanchas fueron las comandadas por Francisco Franco y el coronel Martín –con 4.500 y 2.800 hombres respectivamente-. No sin grandes dificultares lograron llegar a tierra. Las primeras en desembarcar fueron las tropas del Coronel Franco. El “Diario de Barcelona” en la crónica del desembarco contó:

“Cuando varan en el fondo de arena o piedras, la Legión que manda Franco (…) se tira al agua y ante ellos los guardacostas, tienden una barrera de fuego que impide se acerque el enemigo. Ya están en tierra, ya se ven como puntitos movedizos, columnas de hombres en guerrilla que, sobre blanco con oscuro, se nos figuran aquellas líneas de puntos notas en un pentagrama que escriben una página musical, épica y gloriosa, que aleja al influjo de sus notas el fantasma del indómito rifeño. Ojo, están en tierra: ya tabletean las ametralladoras, ya los hombres invaden todo”.

La realidad fue épica, pero menos musical, la defensa rifeña era muy dura y costó enormemente llegar a dominar alguna de las primeras playas en la Cala del Quemado y en la Playa de la Cebadilla.

Los rifeños se replegaron en las fortificaciones, pero habían dejado las playas sembradas de minas que dificultaron el avance hispano-francés.  Además, los rifeños buscaban devolver al mar a las tropas españolas a base de ataques suicidas. Las tropas hispanas en la zona lograron resistir hasta la extenuación hasta la llegada de la columna de Ceuta.

Sin embargo, el asalto más sangriento se vivió el día 11 y su protagonista fue la columna Goded, a la cual, durante ese día, se le asignó la responsabilidad de defender las posiciones de vanguardia más cercanas al enemigo. La sangre no paró de correr en aquella línea de defensa durante toda la noche y parte de la madrugada, pues los hombres de Abd El Krim no cejaron en su empeño de expulsar a sus enemigos con ataques suicidas. Con la llegada del alba, la mayoría de militares españoles habían agotado su munición y, en algunos casos, habían repelido al enemigo con piedras.

La noche del 19, se produce el último gran contraataque rifeño. El 23, las tropas españolas toman la segunda línea defensiva y, el 2 de octubre, llegan a Axdir, el objetivo final. Los rifeños se repliegan y Abd el-Krim escapa. El mal tiempo del otoño y el invierno le concede una última tregua.

Semanas después todo el territorio sería español, pacificado gracias a una serie de operaciones controladas férreamente por Primo de Rivera y ejecutadas por los coroneles Goded, Sanjurjo y Franco. Durante la primavera de 1926, consumaron la derrota de Abd el-Krim y la ocupación total del Protectorado.

Lo que no sabían entonces las tropas españolas llegadas por mar era que en su repliegue los rifeños se enfrentaron con las tropas de apoyo y la población española existente en el territorio contra la que cometieron todo tipo de atrocidades: cuerpos de españoles despojados de los más elementales atributos de dignidad. Los restos de los militares del Regimiento Alcántara estaban dispersos en una vasta extensión. De este regimiento, que acudió en socorro de los fugitivos que en su momento buscaban refugio en Melilla, no quedó más que un 10% testimonial de sus jinetes, centenares de monturas habían muerto exhaustas en combate. Emasculaciones, aperturas en canal, vaciado de las cuencas de los ojos, despojo total de sus pequeñas propiedades íntimas o familiares, actos de canibalismo, parrilladas humanas… Esa fue la herencia que muchos españoles recibieron de los rifeños.

El 26 de mayo de 1926, el sangriento Abd el-Krim se rindió a los franceses en la pequeña aldea de Taza. El día anterior había ejecutado a centenar y medio de prisioneros españoles. Tuvo suerte de que la mano del ejército español no le alcanzara.

En un discurso grandilocuente, Primo de Rivera, comparó el desembarco de Alhucemas con Trafalgar y la toma de Túnez en 1535. Grandilocuente o no, aquel éxito militar, logró pacificar Marruecos y le dio al gobierno de Primo el triunfo más espectacular de su mandato. Asimismo, sentó las bases de la política exterior de la Dictadura en el futuro. La voluntad de permanencia en el poder del general Primo de Rivera a partir del año 1925, a pesar de que él mismo había indicado la provisionalidad de su régimen, provino de haber solucionado un problema que había sido la pesadilla de todos los gobernantes españoles desde 1898.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

FONTELA BALLESTA, Salvador. “La Guerra De Marruecos. 1907 – 1927: Historia completa de una guerra olvidada”. Ed. La esfera de los libros.  2017.

CARRACO GARCÍA, Antonio. “Alhucemas 1925. las imágenes del desembarco”. Ed. Almena. 2000.

FUSI, Juan Pablo y PALAFOX, Jordi. “España: 1808-1996. El desafío de la Modernidad”. Ed Espasa. 1998.

[1] Cabila es un término de origen bereber utilizado para designar tanto a las tribus bereberes como al territorio donde se asientan.

El Tratado de los Pirineos

La guerra de los 30 años se libró en centro-Europa entre 1618 y 1648. Inicialmente, se trataba de otra más de las guerras de religión entre los partidarios de la Reforma y los que se mantenían en la Contrarreforma, pero ya vimos en su momento que Lutero obtuvo el respaldo a sus tesis porque los príncipes alemanes encontraron en las mismas una forma de conseguir independencia política, es decir, un modo de lograr su propio poder frente a Carlos V. Sin embargo, la intervención paulatina de diferentes y cada vez más numerosas potencias europeas cambió el signo de la guerra para luchar por el poder hegemónico en Europa. Especialmente entre Inglaterra y, sobre todo, Francia frente al Imperio español y al Sacro Imperio Romano-Germánico. La consecuencia de los conflictos fue la devastación total de las zonas en las que se desarrollaron los enfrentamientos, y muy destacadamente, en lo que hoy es Alemania, República Checa, Italia y los Países Bajos… Aquellos conflictos tuvieron forma de guerras locales. De algunas, los españoles sabemos más, quizá por la literatura o el cine, como fueron los enfrentamientos en Flandes, pero también cabe hablar de la guerra de sucesión de Mantua, guerra de los Grisones suizos, la guerra anglo-española, la guerra polaco-otomana o la recientemente mencionada en este blog, la Guerra de restauración portuguesa. https://algodehistoria.home.blog/2022/06/03/la-union-iberica/

El final de la guerra de los treinta años supuso el principio del fin de la hegemonía española en Europa, que sería sustituida por la francesa. Aquella guerra tuvo su final en los tratados de Westfalia en 1648 y la paz de los Pirineos (1659). El primero acabó con la guerra de los treinta años en Alemania y con la guerra de los 80 años entre los países bajos y España.  El segundo, el Tratado de los pirineos, termina con el enfrentamiento entre Francia y España.

Realmente los enfrentamientos entre Francia y España se venían produciendo desde la Guerra de los 80 años, pero se incrementaron y fueron más directos, tras las victorias españolas contra los rebeldes holandeses en 1625, contra los suecos en Nördlingen en 1634 y por la invasión española del francófilo electorado de Tréveris en 1635, tras la previa invasión francesa del español ducado de Lorena y Bar. Pero lo que más dolió y supuso la continuación de la guerra contra Francia fue que en 1640, Francia apoyara la sublevación de Cataluña, al tiempo que España apoyaba la revuelta de la Fronda en 1648. Así mismo, ya vimos como Francia buscó candidato portugués- duque de Braganza- para que, una vez proclamado rey, independizara el territorio luso de España y acabaran con la Unión Ibérica. Además, en 1648, Francia se anexionó los territorios del sur de Alsacia cerrando así el llamado “camino español” o “camino de los tercios españoles”, es decir, el camino terrestre ideado por Felipe II para llevar dinero y tropas a Flandes y que unía Flandes con Italia a través de Suiza y el franco Condado; y, ya por mar, Barcelona con Génova.

Ya vimos como, enmarcada en aquella guerra de los 80 años, se había producido la batalla y gran derrota de los tercios en Rocroi (19 de mayo de 1643)[ https://algodehistoria.home.blog/2020/12/04/rocroi-1643/ ] que se inició con la intención de aliviar la presión francesa sobre el Franco Condado y Cataluña. Aquella derrota, aunque fue considerada por algunos como el inicio del fin de los tercios y del dominio español de Europa, no fue así, todavía daríamos mucha guerra; sin embargo, la batalla que determina el inicio del dominio francés frente al español y es causa muy importante de la firma de la paz de los pirineos, fue la batalla de las Dunas (14 de junio de 1658). Hay que saber que, previamente, en 1657, Inglaterra y Francia habían firmado el tratado de París en virtud del cual se convertían en aliados- por primera vez en siglos- contra España. La derrota en las Dunas supuso la toma de la ciudad de Dunkerque por las tropas franco-inglesas el 24 de junio. El 7 de noviembre de 1659 se firmaba la paz de los Pirineos que ponía fin a 24 años de guerra entre Francia y España.

Aunque se firmó en noviembre, las negociaciones de paz se iniciaron en julio. La historiografía tradicional ha sido muy crítica con el negociador español, Luis de Haro, si bien, últimamente las críticas se han vuelto más benévolas, como veremos.

El tratado se firmó en la Isla del Faisán, en el Bidasoa, con Luis de Haro en representación de Felipe IV de España y el Cardenal Mazarino en nombre de Luis XIV de Francia, y sus consecuencias directas fueron:

Francia recibió el condado de Artois y una serie de plazas fuertes en Flandes, Henao y Luxemburgo. Los franceses devolvieron a España Charolais, en el Franco Condado y los territorios ocupados en Italia. Se entregaron a Francia los territorios catalanes del Rosellón, Conflent, Vallespir y una parte de la Cerdaña, todos ellos situados en la vertiente septentrional de los Pirineos y que las tropas francesas habían ocupado en apoyo de los sublevados catalanes. La frontera con España se fijará desde entonces siguiendo los Pirineos, salvo en lo que se refiere al diminuto enclave de Llivia (perteneciente a la provincia de Gerona, pero rodeada de territorio francés por todas partes) y al valle de Arán.

El tratado también preveía la boda entre Luis XIV de Francia y María Teresa de Austria, hija de Felipe IV de España. Esta relación familiar fue la que determinó que al morir Carlos II sin descendencia fuera nombrado el duque de Anjou, como rey de España- Felipe V-.

La paz de los Pirineos se completó un año después por el tratado de Llivia (1660) que acordó el paso a soberanía francesa de 33 pueblos y lugares del valle de Carol y el Capcir, quedando el enclave de Llivia bajo dominio español. De esta forma se fijó de un modo más preciso la división de la Cerdaña entre España y Francia. Como señala el profesor Reglá se comprende así el valor geo-histórico de la cordillera y se circunscribe el tratado de los Pirineos en el inicio de un poder geometrizante en Europa, manifestado en otros tratados como fueron los de Westfalia, Oliva, Copenhague y Kardís; y al inicio de una política de geo-soluciones que serán características de Europa a partir de aquel entonces. Aquel acuerdo solventaba el problema francés de seguridad del Midi.

Aquella política tuvo dos excepciones curiosas, la ya señalada de Llivia y la de la isla de los Faisanes, en la que se firmó el acuerdo.

La Isla de los Faisanes, una pequeña parcela de tierra (2.000 metros cuadrados) en el río Bidasoa, cambia de soberanía cada seis meses entre Francia y España desde aquel acuerdo hasta la actualidad. De agosto a enero, forma parte del país galo, mientras que, de febrero a julio, de España.

La Isla, en su calidad de frontera, quedó en una posición incierta en el tratado de Paz de los pirineos, sin aclarar si era francesa o española. No fue el único caso. No sería hasta el reinado de Isabel II cuando se llega a un acuerdo entre España y Francia, en los llamados Tratados fronterizos de Bayona (fueron cuatro), que perfilaron las fronteras que desde 1659 estaban en puja.

En el primero de 1856, se determinó las fronteras de las provincias de Guipúzcoa y Navarra, y en él se establece la soberanía compartida entre Francia y España de la Isla de los Faisanes. En los tratados de 1862, que regulaba la frontera en las regiones de Huesca y Lérida; y en el de 1866 que solucionaba los problemas fronterizos desde Andorra hasta el Mediterráneo. Como cuarto se consideran las disposiciones adicionales a los anteriores y el acta final firmado en 1868. El interés en que esta isla fuese compartida tiene que ver con los derechos de pesca del río Bidasoa y por ser paso fronterizo. De hecho, allí se concertaron los matrimonios entre las infantas españolas y los reyes franceses que vimos como parte del Acuerdo de Paz de los Pirineos.

Otros acuerdos consecuencia del tratado fueron la concesión de un indulto general y la restitución de bienes a todos los perseguidos durante los años de la sublevación catalana (1640-1659), en la parte española. En la francesa se comprometían a mantener la vigencia de los Usatges de Barcelona y sus instituciones al norte de los Pirineos, con sede en Perpiñán. Luis XIV incumplió estos acuerdos y en 1660 los Usatges fueron derogados, lo que conllevó la abolición de las instituciones propias en Cataluña septentrional y en 1700 se prohibió del uso del catalán en el ámbito público y oficial con sanciones en caso de incumplimiento. El francés fue y sigue siendo la única lengua oficial en esas regiones del sur de Francia.

En cuanto a las posiciones españolas, fueron muy criticadas por entender que Luis de Haro se doblegó a los deseos franceses sin saber imponer unas condiciones más favorables para España. En este sentido fue especialmente duro Cánovas del Castillo, gran estudioso de la España de Felipe IV y de la figura del rey.  Pero Lasso de la vega y otros historiadores consideran que poco más se podía hacer ante la debilidad que presentaba España, sobre todo, por la rebeldía catalana. En este sentido la historiografía catalana, por ejemplo, Sanabre, consideran el acuerdo como una catástrofe para las posiciones catalanistas. Los nacionalistas siempre han defendido la posición de los catalanes frente al Conde-Duque y a Felipe IV como la adecuada ante el centralismo opresor de Madrid y, por ello, la consideración de libertador de los borbones franceses. Sin embargo, esto se tornó cuando vieron que en el Rosellón y demás provincias de la antigua Cataluña la posición francesa era mucho más aplastante que la española y justifica, por ello, la posición en favor del Archiduque Carlos de las provincias catalanas durante la guerra de sucesión. Es por esa posición avasalladora de los franceses por lo que Sanabre y otros reconocen la buena tarea de los negociadores españoles para lograr salvar los puertos de Rosas y Cadaqués que pretendían los franceses. Sin embargo, el historiador Vilar, frente a la idealización nacionalista de sus pretensiones de unidad entre el norte y el sur catalán, abre los ojos al hecho cierto del enfrentamiento cada vez mayor entre Barcelona y Perpiñán por el dominio y capitalidad administrativa de la región. Un enfrentamiento interno que no auguraba nada bueno.

Pierre Vilar va incluso más allá, y afirma que “la unión con los condados no representaba para el Principado una necesidad material fundamental”. De hecho, los representantes catalanes del momento, ante la pérdida del Rosellón, escribieron a Madrid alarmados, no por la pérdida de ningún elemento esencial para la identidad catalana sino por el peligro geopolítico que suponía, a su entender, entregar la llave del principado a los franceses.

Con todo, la visión romántica de la historiografía catalanista, exaltada en la “Renaixença”, despertó una idealización de aquel movimiento y un victimismo, fomentado, posteriormente, por la II República, que aún padecemos y algunos se empeñan en fomentar sin atender a la verdad de los acontecimientos y alejando sus afirmaciones de cualquier evidencia científico-histórica.

Es muy conocido el artículo publicado por Domínguez Ortiz en el tricentenario de la firma del tratado de los Pirineos, que desmitifica y quita dramatismo a la negociación realizada por España. Según Domínguez Ortiz, el tratado no es más que la consecuencia lógica de un país en decadencia frente a uno en ascendente pujanza. Por esa debilidad se perdió el Bidasoa. Es más, considera que, en aquellas circunstancias, lo que hizo Felipe IV fue luchar denodadamente por conservar los territorios que habían sido de la monarquía española y que había recibido en herencia, de ahí que prolongara la guerra tras la paz de Westfalia, en un ambiente europeo complicadísimo para España. Por eso, Domínguez Ortiz considera un logro que la Paz de los Pirineos fue “una honrosa transacción entre un vencido digno y un vencedor moderado”, donde territorialmente las pérdidas fueron mínimas. Incluso en la espinosa cuestión del condado rosellonés, que se había convertido en el refugio de los exiliados catalanes contrarios a Madrid y en el que la presencia de pobladores franceses era tanto o más considerable que la española. Por último, nos recuerda, que la guerra no se debatía en el Rosellón, sino en la Cataluña surpirenaica. Así, renunciando a algo que no se poseía (el Rosellón), recuperábamos los puertos costeros de Gerona.

El propio Domínguez Ortiz considera males menores aquellos acuerdos territoriales y detecta perfectamente las dos consecuencias peores del Tratado para España: de un lado, las pérdidas comerciales cuyas transacciones acabaron siendo muy favorables a Francia y, por otro, el propio retraso en la firma del tratado nos perjudicó más que nos favoreció.

También hay que destacar que aquella paz y la hegemonía francesa que vino con ella tuvieron consecuencias en toda Europa, así, en la Paz de Oliva por las fronteras entre el ducado de Prusia y las de Polonia y Suecia, o el intento de retorno de los Estuardo a Inglaterra. Además, la decadencia española y la paz de los pirineos dieron lugar a la pérdida de influencia del Vaticano en el devenir de los acontecimientos europeos y provocó la aparición de una, cada vez mayor, Europa secularizada.

Intentar entender el tratado de paz de los Pirineos desde una óptica local, es contraria a toda lógica. Era una paz internacional, con consecuencias internacionales, que incidieron de manera destacada en España por ser la potencia hegemónica hasta el momento y a la que quedaba aún mucho poder y territorio por el mundo. Toda tentación localista está marcada por el uso de orejeras en la visión histórica.

BIBLIOGRAFÍA

DOMÍNGUEZ ORTÍZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Ed. Marcial Pons.2020.

DOMÍNGUEZ ORTÍZ, Antonio. “España ante la Paz de los Pirineos”. Ed, Ariel, 1984.

VILAR,Pierre. “Cataluña en la España Moderna”. Ed. Crítica, 1979.

SANABRE, Josep.  “El Tratado de los Pirineos y sus antecedentes” [ El Tractat Dels Pirineus I Els Seus Antecedents (Episodis de la història)]. Rafael Dalmau, 1961.

ROJIGUALDA.

No es extraño que las comunidades, incluso las más primitivas, tengan algún símbolo que las identifique frente a otros grupos. En España uno de los primeros símbolos, si no el primero, fue el penacho de color rojo que llevaban los íberos en sus cascos de bronce. También fue roja la escarapela de los gorros militares españoles hasta su sustitución por la bicolor a mediados del siglo XIX. No por casualidad el color rojo se convirtió en el color nacional por excelencia.

Con los Reyes Católicos las banderas del nuevo Estado unen en sus escudos las armas de Aragón y Castilla. En términos descriptivos no heráldicos: Castillos con tres almenas sobre fondos rojos, la almena del medio de mayor altura, leones rampantes sobre fondo blanco de los castellanos y barras rojas y amarillas del mismo tamaño en posición vertical o partidas con flancos blancos sobre los que se asienta un águila negra, que hacía referencia al reino de las Dos Sicilias. (En términos heráldicos: cuartelado en el que se alternaban las armas de Castilla (de gules, y un castillo de oro almenado de tres almenas, con tres homenajes, siendo el de en medio mayor. Además, cada homenaje tiene también tres almenas. Mamposteado de sable y aclarado de azur) y León (de plata y un león de púrpura, coronado de oro, lenguado y armado de gules), con las de Aragón (de oro y cuatro palos de gules) y las Dos Sicilias (partido y flanqueado, jefe y puntas de oro y cuatro palos de gules, flancos de plata y un águila de sable, coronada de oro, picada y membrada de gules[1]). Posteriormente, tras la conquista de Granada en 1492 se añadió el emblema de este reino, una granada (de plata y una granada al natural, rajada de gules, tallada y hojada de dos hojas de sinople)[2].

Ese ajedrezado en forma de cuadrícula con la corona encima y todo ello sujeto por el Águila de San Juan, con el yugo y las fechas en los laterales inferiores, símbolos de la unión y la fuerza, y, a los pies, el lema “tanto monta, monta tanto”, fue el primero de los escudos de España elegido Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla como armas comunes en 1475.

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Con Juana I se unió al escudo la cruz de San Andrés o aspa de Borgoña, que, si bien procedía de la presencia de Felipe, el hermoso, es decir, tenía origen extranjero, no era extraña a los españoles pues había sido utilizada por algunas milicias del norte de España. La cruz de San Andrés se convertiría, más tarde, en el símbolo hispano muy destacado, pasando a tomar carácter secundario el color del paño donde se bordara. Esta cruz alcanzó carácter tan español porque las tropas hispanas lo llevaban bordado en sus ropas, a modo de distinción en la batalla, ya que entonces no existían uniformes y los soldados vestían de civil y sólo el símbolo de cada país los identificaba.

Con Carlos I, las tropas, aún sin uniforme, seguían identificándose con la cruz de san Andrés, que también se llevaba a modo de bandera a la que se unía otra, símbolo de los Austrias. Esta era de seda amarilla con el Escudo Imperial bordado.

Carlos I transforma el escudo de los reyes católicos para incorporar a él sus armas, con lo que se unen los símbolos tradiciones de los reinos españoles a los de la casa de Austria, de borgoña, Brabante, Flandes y el Tirol (que se manifiesta esencialmente en el águila bicéfala que sirve de soporte). Cambia la corona real por imperial, que se coloca encima del águila y se añaden las columnas de Hércules con la leyenda «Plus Ultra«, en representación del Imperio ultramarino. Finalmente, rodea el escudo el collar del Toisón de Oro, en conmemoración de que Carlos I era soberano de dicha Orden.

El escudo resultaba ciertamente abigarrado:  https://www.pinterest.es/pin/292593307033557517/

Los sucesores de Carlos I descargan el escudo de ornamentos externos, sustituyen la corona imperial por la real y mantienen el Toisón, que a partir de entonces permanecerá en todos los escudos reales.

En 1580, Felipe II de España se proclama rey de Portugal e incorpora las armas del nuevo reino al escudo, que se mantienen hasta que reconoce la independencia portuguesa en 1668.  Se puede ver en el enlace este escudo, donde la representación de Portugal se produce por un pequeño escudete de plata (blanco) y cinco escudetes en azur (azul), puestos en cruz con cinco dineros en plata (blancos) puestos en sotuer (aspa o cruz), bordura de gules (borde de color rojo vivo) con siete castillos de oro. Situado en la parte superior del escudo.

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Escudo_de_Felipe_II.svg

La llegada de los Borbones, con Felipe V, en el siglo XVIII determina un cambio de filosofía en los símbolos y aunque aún no hay una bandera propia, si se atisban los orígenes de la misma.

En primer lugar, Felipe V dará un símbolo unificado y propio a España. Antes, los símbolos, como hemos visto, procedían del escudo real. Felipe V establece una tela blanca con el aspa de borgoña (Cruz de San Andrés) y el escudo, muy parecido a los anteriores, añadiendo la flor de lis de los Borbones.

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Escudo_de_Felipe_V_de_Espa%C3%B1a_Tois%C3%B3n_y_Espiritu_Santo_Leones_de_gules.svg

La actual bandera de España, nació bajo el reinado de Carlos III

La historia de nuestra bandera surge por la necesidad de distinguir a los barcos de la flota española. Hasta ese momento, los barcos iban con el distintivo real, el cual, en el caso de los borbones y como hemos señalado antes, se establecía sobre un fondo blanco y el escudo de la corona en medio. El mismo fondo blanco que tenía media Europa como color principal en sus banderas: Francia, Gran Bretaña, Sicilia, Toscana y otras naciones, lo que dificultaba distinguir al enemigo en los enfrentamientos navales.

Para solucionar el problema, Carlos III mandó a su ministro de Marina, Antonio Valdés y Fernández Bazán, que elaborase una nueva bandera destinada únicamente para uso naval. Valdés convocó entonces un concurso y escogió los mejores bocetos, que presentó al Rey para que tomase la decisión final. Carlos III eligió aquellos que permitieran la visibilidad a gran distancia.

El rey eligió dos modelos diferenciados por el tamaño de las franjas para distinguir a la Marina de Guerra y la Mercante, pero en ambos casos los colores elegidos eran el rojo de la Corona de Castilla y las franjas rojigualdas de la corona de Aragón, pero con la peculiaridad de que se constituyeran en horizontal con la banda amarilla en medio y de doble tamaño que las dos laterales de color rojo y el escudo se situaba en la franja amarilla en su lado izquierdo. El escudo consistía en un óvalo dividido verticalmente en dos mitades en la de la izquierda figuraba sobre fondo rojo el castillo tradicional del escudo desde los Reyes Católicos y, a la derecha, sobre fondo blanco, un león rampante. Todo el conjunto se remataba con la corona real.

https://www.arenaldesevilla.com/banderas-de-espana/bandera-espana-1785-carlos-iii-129-.html

Desde el 28 de mayo de 1785 se usó esta bandera, aunque aún no tuviera la consideración formal de bandera nacional

Durante el reinado de Carlos IV, el uso de la bandera se va extendiendo alcanzando su cenit durante la Guerra de la Independencia. Será durante el reinado de Isabel II cuando la bandera llegará al Ejército de Tierra con el Real Decreto del 13 de octubre de 1843, y la consideración de bandera nacional.

La bandera no cambió sustancialmente ni en el reinado de Amadeo I de Saboya ni en la Primera República. Lo que se modificaron fueron los escudos.

Este era el escudo de la I República:

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Escudo_del_Gobierno_Provisional_y_la_Primera_Rep%C3%BAblica_Espa%C3%B1ola.svg

La Segunda República ejecutó la idea de poner una banda morada en la línea inferior, que se había barajado y finalmente desechado durante la I República. También se cambió el himno nacional.

El decreto del bando nacional de 29 de agosto de 1936 señala: “Se restablece la bandera bicolor, roja y gualda, como bandera de España”. Tras la victoria de los nacionales en 1939 se impuso definitivamente la insignia bicolor acompañada del águila de San Juan.

Ya en democracia, el Rey Juan Carlos I sancionó el Real Decreto 1511/1977, que regulaba banderas y estandartes, guiones, insignias y distintivos. La Constitución Española, artículo 4.1, constitucionaliza que “la bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas”. También hay que destacar en esta normativa la  “Ley 39/1981, de 28 de octubre, por la que se regula el uso de la bandera de España y el de otras banderas y enseñas”. A ella se une el escudo actual que es casi igual al de la II República, excepto que en vez de coronar el escudo un castillo lo hace una corona, y que se le añadió el emblema de los borbones – un escudete enmarcado con tres flores de lis situado en medio de cuartelado -.

 

BIBLIOGRAFÍA

https://www.heraldicahispanica.com/escudo-de-espana/evolucion-del-escudo-de-espana/

GÓMEZ HERRERA, Rafael Luis. “Compendio de las banderas de España”. Ed Sociedad española de Vexilología.

Diferentes leyes.

[1] https://www.heraldicahispanica.com/escudo-de-espana/evolucion-del-escudo-de-espana/

[2] Op. Cit.

LA Unión Ibérica

Decíamos al hablar del Tratado de las Alcazobas (https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ ) que una de las consecuencias del mismo fue “la boda entre la hija de los Reyes Católicos, Isabel, y el nieto del rey de Portugal, Alfonso, que se celebró en 1490. Al morir Alfonso a los pocos meses, Isabel contrajo matrimonio en 1497 con el nuevo heredero al trono portugués, Manuel I de Portugal- primo de Juan II-. Tuvieron un hijo que murió a los dos años de edad. Poco después moría Isabel. Su hermana, María de Aragón, contraería nupcias con Manuel I. María y Manuel I tuvieron una hija, Isabel de Portugal, esposa de Carlos I de España y madre de Felipe II. Por este ascendiente, Felipe II pudo reclamar la corona de Portugal tras la muerte de Sebastián I. Felipe II fue coronado rey de Portugal el 16 de abril de 1581 en las Cortes de Tomar, logrando así “la unión ibérica”.”

Veamos cómo se desarrolló aquel acontecimiento.

Como, en tantas cosas destacables de nuestra Historia, son los Reyes Católicos los que inician el camino y no tanto por aquel matrimonio, que, efectivamente, a la postre fue decisivo, sino por la instauración de una idea esencial para cimentar el futuro de España: la unidad.

Felipe II fue el más digno heredero de aquella constante, tanto por su tendencia a la unidad de mando como por la convicción de la necesidad de una unidad de los territorios que gobernaba.

Durante su reinado completó la obra de sus abuelos y de su padre consiguiendo la unidad de España con Portugal, lo que, a su vez, le permitió subsumir el Imperio portugués y el español bajo su corona, ampliando de manera hegemónica y brillante el contenido material de la idea imperial de la corona de España que se venía produciendo desde los reyes astures y, sobre todo, desde Alfonso X.

La unidad de la península ibérica se había dado ya con los romanos y con los visigodos. Por tanto, lograr la unidad de los reinos peninsulares era una idea que estaba instalada al sur de los Pirineos desde siempre. Ya Juan I de castilla, casado con una princesa portuguesa, aspiró a aquel trono, pero perdió la batalla de Aljubarrota, con lo que se inició la dinastía Avis en Portugal con Juan I como rey de Portugal (en honor de la victoria mandó edificar el maravilloso monasterio de santa María de Victoria, más conocido como Monasterio de Batalla- en portugués: Santa Maria de Vitória o de Batalha- ejemplo de arquitectura gótico-tardío portuguesa o estilo manuelino-.  Posteriormente, fue Alfonso V de Portugal, al unirse a la causa de Juana la Beltraneja, quien pretendió también la unión con Castilla bajo la corona de su hijo, pero ya vimos en la entrada sobre el Tratado de las Alcazobas que tal cosa no ocurrió. En 1500 la muerte prematura del príncipe Miguel de la Paz, hijo de Manuel I de Portugal y heredero simultáneo de las coronas de Portugal, Castilla y Aragón, abortó otra oportunidad de unión de los reinos peninsulares. Hoy contamos un nuevo intento que obtuvo más éxito.

Sebastián I, rey de Portugal desde 1557, falleció en la batalla de Alcazarquivir en 1578. Era nieto de Carlos I de España por línea materna y bisnieto, tanto por línea materna como paterna de Manuel I de Portugal.

El joven rey era un místico que se tenía a sí mismo como un cruzado enviado por Dios para acabar con el poder musulmán en el norte de África. Antes de iniciar la gran cruzada en Fez, Felipe II, su tío, intentó disuadirle. No sólo porque temía por su vida: el rey portugués era muy joven y no muy ducho en ese tipo de acciones militares frente a unos miembros del imperio turco que en demasiadas ocasiones habían dejado muestras de su valía militar. Además, aquello acontecía poco después de Lepanto y Felipe II no quería un nuevo levantamiento otomano.

En la batalla de Alcazarquivir murió el Rey Sebastián y también el rey de musulmán. Gran parte de la nobleza portuguesa cayó prisionera, por cuyas vidas se exigió un gran rescate, lo que acabó prácticamente con el tesoro de Portugal.

Recuperado el cadáver del rey Sebastián se enterró tras unas cuantas peripecias en el monasterio de los Jerónimos de Belém en Lisboa.

Entorno a él apareció una corriente –el sebastianismo- que creó considerables problemas. Algo de esto vimos en su momento, en la tercera de estas leyendas: https://algodehistoria.home.blog/2020/05/08/curiosidades-de-la-historia-2-entre-cuentos-y-leyendas/

Hereda el trono portugués el tío-abuelo del rey fallecido, el cardenal Enrique de Portugal (Enrique I de Portugal). Hombre de edad avanzada que falleció dos años después sin dejar herederos.

Se inician los problemas sucesorios. Se postulaban al trono: Catalina de Portugal, nieta de Manuel I y casada con el duque de Braganza; Antonio, prior de Crato, también nieto de Manuel I, aunque era hijo ilegítimo de Luis de Portugal, motivo por el que una parte importante de la nobleza lo rechazaba, y Felipe II, rey de España, también nieto de Manuel I de Portugal por línea materna. De manera más lejana, pretendía el trono otros personajes como Catalina de Médici (reina madre de Francia).

Antonio, Prior de Crato, se proclamó rey, contando con el apoyo del pueblo llano. Felipe II envió un ejército bajo el mando del Duque de Alba, que venció a los partidarios de Crato en la batalla de Alcántara (1580).  Crato huyó a Francia y se refugió bajo la protección de Catalina de Médici. Se llevó con él las joyas de la corona portuguesa que le permitieron aliarse con los franceses para armar una flota e intentar la recuperación del trono portugués, pero fueron derrotados en la Batalla de la Isla Terceira por la armada española dirigida por Álvaro de Bazán. Más tarde, en 1589 volvió a la carga, esta vez apoyado por la Inglaterra de Isabel I, previo pago de la ayuda. Fue otro fracaso que además le dejó arruinado. Murió sólo y bajo la caridad del rey de Francia, años después.

Mientras, Felipe II fue proclamado Rey de Portugal el 12 de septiembre de 1580. Tomó juramento como Rey en las Cortes de Tomar, el 15 de abril de 1581. Se inicia así lo que en Portugal se conoce como dinastía Filipina o Tercera dinastía. Felipe II había contado desde el principio con el apoyo de la nobleza portuguesa y la incipiente burguesía del país, a los que prometió respeto a sus instituciones y autonomía de gobierno, ya que garantizaba el mantenimiento de las estructuras de poder, los fueros y costumbres de Portugal. Por ello, únicamente contó con la presencia en Lisboa de un gobernador (a veces un virrey) cuya función era representar y velar por los intereses de la corona en los nuevos territorios unidos. Además, en aquella España de los grandes Consejos se crea el Consejo de Portugal en 1582 (no olvidemos que ni España ni ningún otro país era una nación en el sentido actual. Desde el siglo XV se estaban formando las naciones-estado cuyo basamento unificador era la corona, que, el caso español, respetaba los fueros y costumbres de los antiguos reinos). El Consejo tuvo el papel de asesorar y gestionar ante el rey los asuntos referidos a la justicia, la gracia, y la economía de la Corona portuguesa. Cualquier decisión del rey con referencia a Portugal tenía que pasar por una consulta al Consejo antes de ser transmitido a la cancillería de Lisboa.

La idea de unidad estaba tan presente en Felipe II que estudió un proyecto que hiciera navegable el Tajo desde Toledo a Lisboa. Esta idea de unir la península por medio de franjas horizontales ya la tuvieron los romanos que intentaron unir Mérida con la costa portuguesa. Pero ni las técnicas del momento permitieron aquella empresa ni, posiblemente, el tiempo que los portugueses habían vivido como nación independiente les hacía sentir es unión y, sin embargo, aquella unidad se mantuvo un tiempo y en el espíritu aún permanece y no son pocos los portugueses que claman por la misma.

La unión Ibérica se había producido bajo la corona de los Austria y duró desde 1580 a 1640. Tres reyes españoles tuvieron el privilegio de gobernar unido el territorio peninsular: Felipe II (1580-1598); Felipe III (1598-1621), y Felipe IV de 1621 a 1640.

Aquella unión añadió al ya extenso imperio español la nada desdeñable del imperio portugués lo que supuso el gobierno de la mayor porción del mundo que haya tenido nunca un Estado: desde América al Pacífico, de Extremo Oriente a África, de la India a Europa.

Portugal, añadía extensión y una gran riqueza sobre todo por el comercio de especias. Vasco de Gama había llegado a Oriente navegando alrededor de África en 1497-98, completando los esfuerzos exploratorios iniciados por Enrique el Navegante. Esto abrió nuevas rutas de navegación que permitieron sortear los obstáculos que creaba el tránsito por Oriente Medio.

Aquel modo de gobierno, muy descentralizado, no dejó de dar dolores de cabeza al rey Felipe, pero no sólo en Portugal, también en la antigua corona de Aragón, en los Países Bajos, en Nápoles y Milán o en Sicilia y por supuesto en los territorios de ultramar. Realmente, la unidad como tal se manifestaba esencialmente, además de en las decisiones comunes que realizara la corona, en la unidad de acción y criterio en la política exterior. Con todo, bajo un rey supervisor y trabajador como Felipe II, los problemas se fueron solventando y afianzando la unidad.

Su sucesor, Felipe III, tuvo un reinado relativamente tranquilo en lo que a Portugal se refiere, a pesar de que con él se iniciaron ciertos procesos centralizadores, los problemas que los holandeses crearon en Brasil y los añadidos por el aumento de impuestos.

Pero los mayores disgustos para la Unión Ibérica acontecieron en el reinado de Felipe IV, especialmente a partir de 1630 cuando la tensión se incrementó a raíz de las guerras en los Países Bajos (guerra de los 80 años) y por los enfrentamientos contra Inglaterra, cuyos ataques estaban poniendo en peligro los intereses comerciales de la burguesía portuguesa en sus colonias, sobre todo, el comercio de especias y el de esclavos. Asimismo, los portugueses se quejaban de que la Corona favorecía la situación comercial de las provincias españolas en América o en Flandes frente al comercio tradicional de los territorios portugueses. En ese aspecto fue especialmente significativa la crisis del comercio de maderas de Madeira y Azores frente a de las provincias españolas en América. Todo ello contribuyó a que el comercio portugués entrara en decadencia y a que su riqueza comercial dependiera cada vez más de sus colonias, esencialmente de India y Brasil. Además, socialmente, los enfrentamientos en Flandes originaron la muerte de muchos soldados portugueses, lo que aumentó considerablemente el malestar, si bien, la corona se esforzaba en interrumpir el comercio holandés y en defender los intereses portugueses en Brasil. La situación tuvo cierta contención hasta que en 1634 y 1637 se produjeron las dos primeras revueltas portuguesas, que, si bien no fueron radicalmente peligrosas para los intereses de la unidad, sí propiciaron la revolución   definitiva de 1640.

La falta de respeto a los privilegios, costumbres y fueros portugueses, tradicionalmente aceptados y dignificados por Felipe II en Tomar pusieron en alerta a los lusos, pero lo que más afectó a la población portuguesa fue la subida de impuestos, así como un intento de desamortización que puso en alerta a los eclesiásticos, sobre todo, a los jesuitas que tenían gran predicamento y poder en Portugal y no mantenían las mejores relaciones con la Corona española. Ni pueblo llano ni comerciantes ni nobles ni eclesiásticos estaban muy contentos con la política de Felipe IV. La gota que colmó el vaso fue la intención del conde- duque de Olivares de utilizar tropas portuguesas contra los catalanes sublevados. Así que el conde-duque en vez de solventar un problema, aumentó dos.

Además, el cardenal francés, Richelieu, con una poderosa red de informadores en Portugal, halló un líder, en el duque de Braganza (nieto de Catalina de Portugal- como vimos aspirante al trono junto a Felipe II-), que impulsara, con apoyo francés, un levantamiento contra Margarita de Saboya, duquesa de Mantua y gobernadora de Portugal y contra su secretario- Miguel de Vasconcelos-. La revuelta de 1 de diciembre de 1640, acabó con la vida de Vasconcelos, y el duque de Braganza se proclamó rey de Portugal con el nombre de Juan IV. Se inicia así en Portugal la dinastía de Braganza. Esta revolución, que de facto supuso el fin de la Unión Ibérica, no fue aceptada por España. Se inició un largo conflicto conocido como Guerra de Restauración portuguesa. Duró 28 años y terminó con el Tratado de Lisboa de 1668 por el que España reconoce la Independencia de Portugal. El Tratado fue firmado por Alfonso VI de Portugal y Carlos II de España.

La victoria portuguesa se debió a que los mayores esfuerzos militares españoles estaban puestos en Cataluña, así como al apoyo de las potencias europeas, Inglaterra y Francia- esta última con gran interés- con la finalidad de limitar el poderío de la Corona española. Con ese mismo objetivo, al tiempo, mantenían la guerra contra España en Holanda.

En aquel tiempo los portugueses aprovecharon para expulsar a las tropas holandesas de Brasil, Angola, y Santo Tomé y Príncipe, recuperando así también, parte de su imperio.

BIBLIOGRAFÍA

PEMAN, José María. “La Historia de España contada con sencillez”. Ed Bibliotheca Homolegens. 2009.

KAMEN, Henry. “Felipe II”. Ed Siglo XXI. 1997.

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Ed. Marcial Pons. 2020.

COLOMER, José Luis. “Arte y diplomacia de la Monarquía Hispánica en el siglo XVII”. Ed. Fernando Villaverde. 2003

El Origen de la OTAN

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Europa estaba devastada. Mantenía un miedo enorme a que Alemania volviera a levantarse contra sus vecinos como ya había hecho en dos ocasiones anteriores siendo, su aptitud, el germen de las dos guerras mundiales. A lo que había que unir que la vieja Europa se encontró, casi de la noche a la mañana, con un territorio dividido en dos que por mor de los acuerdos internacionales de paz.

Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña acordaron en Yalta (febrero de 1945), poner fin a la guerra, fijaron las condiciones de paz a Alemania, su partición y reparto. Establecieron las nuevas fronteras europeas y el nuevo mapa internacional que quedará claramente delimitado en dos áreas de influencia política, una bajo la tutela de la URSS y la otra bajo el amparo de los EEUU. Más tarde, en Potsdam (julio-agosto de 1945), se ultimaron las condiciones ya prefijadas en Yalta y se rubricaron las bases del futuro geoestratégico del mundo.

En este contexto, USA estaba interesadísima en reconstruir Europa ( Plan Marshall-1948- https://algodehistoria.home.blog/2021/02/05/la-reconstruccion-de-europa-el-plan-marshall/ ) pues necesitaba del mercado europeo para poner sus productos en venta, lo que incluía la ayuda a Alemania. Para EE. UU sólo con una Alemania liberal (y para eso su reconstrucción económica era esencial), se podría tener paz y tranquilidad. Pero esto no gustaba a Francia, que era muy suspicaz con Alemania, y no sin motivos. Además, las aspiraciones de EE. UU a gran potencia requerían de un sistema de seguridad que le permitiera el control de sus intereses en el mundo y para ello, nada mejor que el establecimiento y guarda de gobiernos liberales y democráticos. Frente a esto, la URSS, aspirante desde los zares a dominar territorialmente Europa, buscaba la expansión de su poder y área de influencia por el control de gobiernos y personas bajo el régimen comunista.

Ambas situaciones, el miedo a un nuevo enfrentamiento con Alemania y la posición totalitaria de la URSS, hicieron que Francia y Gran Bretaña trataran de crear un sistema de seguridad y apoyo mutuo que produjese la debida protección.

Con esa finalidad, acordaron, en 1947, mediante el Tratado de Dunkerque, formar una alianza militar.  Las disputas por su dirección y control hicieron imposible el avance por este camino, aunque la semilla de una unidad defensiva había sido puesta en tierra. En 1948, Bélgica, Francia, Holanda, Luxemburgo y Reino Unido suscribieron el Tratado de Bruselas, también denominado de la Unión Occidental, cuyos fines eran la colaboración económica, social, cultural y militar. Se configuró como un sistema de seguridad colectiva de forma que, en caso de agresión a uno de sus miembros, los otros le proporcionarían ayuda y asistencia con todos los me­dios a su alcance, militares y no militares, con­forme a lo dispuesto en el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas.

Complementariamente, el presidente norteamericano Truman en dos discursos ante el congreso, en el mismo año 1947, primero, aludiendo a los conflictos existentes en Turquía (problemas fronterizos con la URSS) y Grecia (guerra civil entre las guerrillas comunistas y la monarquía), y, posteriormente, con referencia al auge de los partidos comunistas de Italia y Francia, perfiló lo que se denominó la “Doctrina Truman”, consistente en el apoyo a “los pueblos libres que resistan las tentativas de subyugación por parte de minorías armadas o presiones externas” ya que esos regímenes representan una amenaza para el capitalismo y  “  socavan los fundamentos de la paz internacional y la seguridad de Estados Unidos”.

Se trató de una doctrina de clara tendencia anticomunista y, por ende, de acusación directa a la URSS y su expansionismo ideológico y militar (no olvidemos que el 17 de febrero de 1948 Rusia propició y, por supuesto, apoyó el Golpe de Estado comunista en Checoslovaquia).

Esta política se extendió por el mundo y no sólo en Europa. Así se formalizan: el Pacto de Río o Pacto Interamericano de Asistencia recíproca (TIAR) firmado el 2 de septiembre de 1947 por casi todos los estados iberoamericanos- a excepción de México, Ecuador, Bolivia, las Guayanas, Cuba y algún estado isleño. Maduro no reconoce la presencia de Venezuela en el mismo, aunque en 2019 Venezuela renovara su adhesión-. El Pacto de Bagdad para Oriente Próximo- firmado en 1955 y vigente hasta 1979. Suscrito por Irán, Irak, Pakistán, Turquía, Reino Unido y EE.UU. En 1959 se retiró Irak y el pacto cambió de nombre al de CENTO-. La SEATO en el Sudeste asiático (vigente desde 1955 a 1977) constituida por Australia, Francia, Nueva Zelanda, Pakistán, Filipinas, Tailandia, Gran Bretaña y EE.UU.

Además, como consecuencia de la doctrina Truman, los EE. UU instalaron bases militares en Turquía y Grecia. Esta presencia fue ampliada tiempo después a otras zonas.

En lo que podríamos considerar una prolongación de la doctrina Truman, el Senado Americano en una resolución de 19 de mayo de 1948, conocida con el nombre de “Resolución Vandenberg”, señalaba que no era posible llevar adelante una política de paz en el seno de las Naciones Unidas por el derecho a veto que ejercía la URSS en el Consejo de Seguridad. (Evidentemente, EE. UU también vetaba las propuestas soviéticas, pero de eso no se hablaba).

La conjunción del acuerdo de Bruselas, limitado por la falta de medios de los países europeos, y la doctrina Truman permitieron el inicio de conversaciones entre los firmantes del Acuerdo de Bruselas y los EE. UU, a las que se incorporaron Canadá, Dinamarca, Islandia, Noruega y Portugal. Como consecuencia de ellas, el 4 de abril de 1949, se firmó en Washington el Tratado de la Alianza Atlántica, como coalición militar trasatlántica en tiempo de paz. Fue suscrito por doce naciones: Bélgica, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Islandia, Italia, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos, Portugal y Reino Unido.

El acuerdo no fue fácil. El primer obstáculo lo constituía la entrada de Portugal, gobernado por un régimen dictatorial, pero nada comunista, y con una posición geoestratégica privilegiada en las Islas de las Azores. Tampoco admitir a Italia fue sencillo.  Los países ribereños del Atlántico no deseaban el ingreso de países que no fueran atlánticos. Finalmente EE.UU. -para frenar el auge del partido comunista italiano- y Francia -para que se aceptará el territorio de Argelia en el Tratado-lograron imponer su punto de vista e Italia firma el acuerdo de la OTAN. Irlanda también fue invitada a formar parte del Pacto Atlántico desde el primer momento, pero declinó la oferta por los problemas que mantenía con Gran Bretaña por el Ulster.

Sin embargo, el acuerdo no solventaba el problema alemán. Si Alemania no formaba parte de la Alianza, las posiciones defensivas de Europa frente a la URSS seguirían siendo muy débiles. Por eso, se idea la creación de la Comisión Europea de Defensa (CED), en la que se invita a participar a la Alemania Federal. Pero el sistema fracasó por la oposición de Francia. Continuaron las negociaciones y en el 23 de octubre de 1954, se crea en París la Unión Europea Occidental (UEO), que no fue más que una modificación del tratado de Bruselas en la que se invita a entrar a la República Federal Alemana. El acuerdo se logra bajo la seguridad de que los países occidentales conseguirían un estricto control sobre el rearme de Alemania y la creación de una zona defensiva en suelo alemán.

El Tratado Atlántico nacía como una institución defensiva, no agresiva. Su misión era la consolidación de la paz y el deseo de vivir en paz con todos los pueblos y gobiernos del mundo, reafirmando su fe en los principios de Naciones Unidas.

Este acuerdo hará reaccionar inmediatamente a la Unión Soviética, que creará el bloque militar comunista: el Pacto de Varsovia, que se firma en esa ciudad el 14 de mayo de 1955.

Hasta la caída del Muro de Berlín en 1989, la OTAN tuvo tres ampliaciones y con ellas, cuatro miembros más: Grecia y Turquía en 1952, la señalada de Alemania en 1955 y España en 1982 (con una negociación peculiar, por los enfrentamientos internos, con el partido socialista oponiéndose a la entrada “OTAN, de entrada, no” para, posteriormente, una vez alcanzado el Gobierno, promover un referéndum que se celebró el 12 de marzo de 1986, en el que el PSOE cambió su posición hacia el sí a la OTAN. Pero dejando fuera de la cobertura defensiva a Canarias, Ceuta y Melilla).

La caída del muro y del orden soviético propició que en marzo de 1999 se incorporaran Hungría, Polonia y República Checa; en marzo de 2004, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumania y, en abril de 2009, en la sexta ampliación y de momento última, Albania y Croacia. La OTAN está constituida hoy por veintiocho naciones.

No nos vamos a extender sobre el contenido del tratado, sólo diremos que es muy breve, consta de una exposición de motivos y catorce artículos, en los que se manifiesta fundamentalmente que estamos ante una alianza defensiva. Se trata de la institucionalización del derecho a la legítima defensa dentro del marco del artículo 51 de la ONU. Porque el Pacto atlántico se considera subsidiario de la ONU. En ese ambiente defensivo los miembros establecen la obligación de consulta mutua en caso de amenaza. Si bien la asistencia armada no tiene por qué ser inmediata, sino que la decisión de asistencia en caso de conflicto armado es determinada soberanamente por cada Estado miembro y no conlleva obligatoriamente la aportación de medios militares – aunque el principio de solidaridad que impregna el Tratado hace más que probable que esa ayuda armada se establezca por parte de todos, en caso de ataque a uno de sus miembros-.  No es un club cerrado, la Alianza permanece abierta a cualquier incorporación con los siguientes requisitos: primero, el ingreso no puede solicitarse, sino que ha de ser una demanda de uno o de varios de los signatarios. Segundo, ha de tratarse de un Estado europeo. Tercero, se precisa para el ingreso, la aprobación unánime de los miembros del Pacto. Es un tratado defensivo, militar, pero que atribuye ciertas posibilidades políticas y económicas a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, pero en consonancia con su actividad defensiva. Así, por ejemplo, señala entre sus principios el de salvaguardar la libertad de sus pueblos, su herencia común y su civilización, fundadas en los principios de democracia, libertades individuales y el imperio del derecho.

Para asumir sus finalidades la Alianza adoptó una Organización, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), constituida por una estructura civil y otra militar. La estructura civil está formada por el Consejo General, presidido por el Secretario General y conformada por los representantes permanentes de los ministerios de Asuntos Exteriores o, según los casos, por los Jefes de Estado y Gobierno, y por diversos Comités, siendo el principal el Comité de Planes de Defensa (DPC). La estructura militar constituida por el Comité Militar, formado por los Jefes de Estado Mayor, con representantes permanentes, y por varios Mandos.[1]

La intencionalidad de los firmantes del Pacto Atlántico puede considerarse en un doble sentido: el primero, imponer prudencia al potencial agresor, haciéndole ver el peligro en el que puede incurrir en caso de ataque y, segundo, reforzarse militarmente para poder rechazar un ataque armado.

Ese sentido disuasorio se incrementó por el refuerzo de armas atómicas dentro del arsenal de la OTAN, y su función de contener a la URSS fue realmente efectiva durante la guerra fría.

Tras la caía del muro y la desintegración de la URSS, la OTAN siguió en su papel de institución de seguridad europea. Destacan en este ámbito misiones que asumió en el conflicto de los Balcanes. Tanto en apoyo de Bosnia, como contra Serbia a la que se bombardeó en defensa de Kosovo para detener los crímenes contra la humanidad que se cometieron en la región. Fue la primera acción armada de la OTAN que no contó con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU por las reticencias de Rusia y China. Aunque después, en 1999, sí se viera respaldada por la Resolución 1244 de la ONU en la creación de la fuerza de paz KFOR.

La segunda operación militar de gran envergadura tuvo su origen en los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, que llevaron a la organización a invocar por primera vez el artículo 5 del Tratado para responder a la agresión contra un país miembro. La Alianza desde un primer momento apoyó las operaciones contra los talibanes y Al Qaeda en Afganistán.

Otras actuaciones fuera del escenario europeo han sido el despliegue en el Índico contra la piratería somalí en la Operación Escudo Oceánico y, en especial, los bombardeos en Libia en marzo de 2011, Operación Protector Unificado.

Más allá de su actividad militar, desde el final de la guerra fría, la OTAN ha mantenido una intensa actividad diplomática ampliando el número de sus Estados miembros y buscando la colaboración con otros países y organizaciones internacionales.

En 1997, se firmó el Acta Fundacional OTAN-Rusia sobre Relaciones Mutuas. Pretendía diseñar un marco de confianza para que Moscú no recelara de la expansión de la organización hacia el este, y de cooperación (como las misiones en Bosnia y Kosovo donde tropas rusas se coordinaron con los contingentes de la Alianza). Pero desde la llegada de Putin al poder y sus ansias expansionistas, los rusos han visto con muy malos ojos cualquier extensión de la OTAN. Así se comprobó en Georgia en 2008. Asimismo, la posible ampliación de la OTAN a Ucrania ha sido la excusa que ha elegido Putin para iniciar la invasión de ese país, con la correspondiente alerta defensiva de los miembros de la Alianza que, sin intervención directa, apoyan a país invadido.

La invasión de Ucrania ha conseguido poner en alerta a todos los vecinos de Rusia y que países tradicionalmente neutrales como Finlandia o Suecia soliciten el ingreso en la OTAN.

BIBLIOGRAFIA

Barcía Trelles, Camilo. «El Pacto Atlántico«, Instituto de Estudios Políticos, Madrid (1950).

Benz, W. y Graml, H. «El siglo XX. Europa después de la Segunda guerra mundial 1945-1982«, Tomo I, Ed. Siglo XXI, Madrid (1986).

Reuter, Paul. «Organizaciones europeas«. Ed. Bosch. Barcelona (1968).

«La organización del Atlántico Norte«, Instituto de Estudios Políticos, Madrid (1963).

Web de la OTAN. https://WWW.nato.int

[1] Web de la OTAN

JORGE PRÓSPERO DE VERBOOM  

Hoy el hilo se lo dedico a todos mis familiares y amigos ingenieros.

Hoy vamos a hablar de un destacado español, de los que habían nacido en el territorio de la Corona española de Flandes. Fue una gran figura, como tantos otros de nuestra historia, desconocido para la mayoría, a pesar de que sus acciones fueron esenciales para dos disciplinas: la militar y la de la ingeniería.

Jorge Próspero Verboom. Marqués de Verboom nació en Amberes, Flandes, en 1665 y murió en Barcelona el 19 de enero de 1744.  Fue hijo de María Ana de Wolf y del también ingeniero militar Cornelio Verboom, que fue ingeniero mayor de los Ejércitos del Rey de España en los Países Bajos.

Es decir, nace siendo rey Carlos II y muere con Felipe V como monarca, lo que significa que por medio se produjo la guerra de sucesión al trono. Asunto no menor para comprender algunos de los pasajes de su vida.

Su primer aprendizaje lo hizo de la mano de su padre que le instruyó como ingeniero y militar al incluirle entre sus ayudantes en la guerra del Franco Condado, aún sin haber ingresado el joven Jorge en el ejército.

El 5 de febrero de 1677, ingresó oficialmente en el Ejército como cadete del regimiento de Infantería Valona del conde de Moucron. Esta actividad la compaginó con la asistencia a los cursos de la Real Academia Militar de los Países Bajos con sede en Bruselas, donde fue discípulo del director del centro, el ingeniero militar Sebastián Fernández de Medrano, con el que además desarrolló una especial colaboración.

La importancia de los ingenieros en el ejército se incrementa a raíz de la aparición de la artillería como arma clave en el desarrollo de las batallas, lo que supuso un cambio en los sistemas defensivos de las ciudades y el nacimiento de sistemas especiales de fortificación. Esto trajo consigo la necesidad creciente de la presencia de ingenieros en el ejército y en los campos de batalla, tanto para el diseño de las obras defensivas como para dirigir el ataque a las mismas.

Con fecha 8 de enero de 1685, recibió el nombramiento de alférez de Infantería, su primer destino fue Namur donde intervino en las obras de fortificación de aquella plaza. Tanto aquí como en el siguiente estallido de la guerra contra Francia, en 1688, Verboom demuestra su habilidad y conocimientos, su valía, para el ejercicio de la ingeniería lo que le valió que pronto fuera ascendido a un cargo de relevancia: Cuartel Maestre General e Ingeniero Mayor del Ejército y Plazas de los Países Bajos. Tenía tan sólo 27 años.

En 1697, contrae matrimonio, fruto del cual nacieron 5 hijos. Dos de los cuales fueron militares e ingenieros, como su padre.

Pero sus grandes dotes para la ingeniería militar se mostraron durante la Guerra de Sucesión española (1702-1714), en la que Verboom tuvo importantes actuaciones en favor de Felipe V.

Al fallecer sin descendencia Carlos II de España, es nombrado rey el nieto de Luis XIV de Francia – recordamos que Luis era hijo y esposo de españolas-, Felipe de Anjou, que reinará con el nombre de Felipe V. Fue coronado el 4 de octubre de 1700 en París. Pero la sucesión no fue pacífica ya que también reclamaba la corona española, Carlos de Habsburgo, descendiente de la rama Habsburgo reinante en el sacro imperio desde la herencia favorable a su hermano, Fernando, del emperador Carlos I. Las naciones europeas temían la fortaleza que alcanzarían Francia y España si se producía una alianza familiar entre las dos naciones; motivo por el cual, Austria, Inglaterra, Países Bajos, Prusia y Portugal forman la Gran Alianza que era favorable a Carlos de Habsburgo, lo mismo que determinadas regiones españolas, como Cataluña, lo que dará lugar, durante más de trece años, a la Guerra de Sucesión Española.

Los estados de Flandes se unen a la alianza hispano-francesa. El gobierno de los Países Bajos recayó en el Elector de Baviera que tenía a Isidro de la Cueva y Enríquez, marqués de Bedmar como jefe del ejército hispano. Los ingenieros que allí se encontraban, continuaron bajo control del Ingeniero Mayor, Verboom, si bien sometidos a la organización de los ingenieros franceses. De entre las tareas realizadas, destacó la fortificación de Amberes. En este periodo Verboom fue ascendido a mariscal de Campo.

El 23 de mayo de 1706, el ejército inglés, al mando del duque de Marlborough, derrota a los franceses en Ramillies. La derrota fue tremenda y la retirada, un verdadero desastre para el ejército francés, además, muchas ciudades se pasaron al bando Habsburgo. A todos aquellos que llegaron a Francia se les exigió un juramento de fidelidad a la causa borbónica, que Verboom, “ofendido por la desconfianza que se le mostraba” rehusó hacer por dignidad personal, lo que determinó su arresto el 4 de julio de 1706 en Valenciennes y posteriormente en Arras.

Tras su liberación marchó a Chartres y en 1709 Felipe V le llama a España para que ejerza como ingeniero en la península. En primer lugar, fue destinado a reconocer la frontera con Portugal, para saber del estado de las fortificaciones- bastante desastradas, según el informe emitido-. Pero su tarea esencial, para la que realmente fue reclamado en la Península era la de constituir un Cuerpo de Ingenieros Militares. A fin de que realizara tal función y para prestigiar más la misma, Felipe V le asciende y nombra, el 13 de enero de 1710, Ingeniero General y Cuartel Maestre General de los Ejércitos. Sin embargo, la idea de crear un Cuerpo de ingenieros tuvo que retrasarse un poco, pues la campaña militar se complicó en la provincia de Lérida, siendo Verboom enviado a aquella zona en junio de 1710. A pesar de su pericia como estratega e ingeniero, resultó herido y hecho prisionero en la batalla de Almenara, por lo que fue trasladado a Barcelona donde quedó en cautiverio.

El tiempo en que estuvo preso lo aprovechó para dos cosas: primero y debido a los códigos de honor con las que eran tratados los prisioneros entonces, pudo tener una reclusión que le permitía pasear dentro de la fortaleza defensiva de Barcelona, lo que aprovecho para estudiar los puntos débiles y fuertes de aquella fortaleza, algo muy útil para el posterior y exitoso asalto de las tropas hispano-francesas a Barcelona y, en segundo lugar, trazar los pasos y procedimientos necesarios para constituir el Cuerpo de Ingenieros militares. Se las ingenió para hacer llegar al Rey sus ideas y con ellas, Felipe V aprobó mediante un Real Decreto, de 17 de abril de 1711, el Plan General de los Ingenieros de los Ejércitos y Plazas, lo que suponía la fundación del Cuerpo de Ingenieros del ejército, en tanto que Verboom continuaba en prisión en Barcelona.

Cuando fue liberado, se instala en Barcelona, dirigiendo bajo las ordenes de duque de Berwick el asalto a la ciudad. Verboom dirige el asalto por el baluarte de la Puerta Nueva, que fue definitiva para la rendición de la ciudad el día 12 de julio de 1714.

El rey Felipe V dispuso, por Decreto de 1 de junio de 1715, que se construyese una ciudadela en Barcelona, cuyo proyecto y ejecución fueron confiados a Jorge Próspero de Verboom, que destacó con el diseño y construcción de la misma. Una vez concluida, fue nombrado gobernador de la misma, cargo que conservó toda su vida. También mejoró las defensas de Gerona, la Seo de Urgel y el Castillo de Figueras.

La capitulación de Barcelona, fue un gran éxito en su carrera profesional y esencial para su desarrollo como ingeniero general en los años posteriores. Asimismo, destacó por la creación de la Real Academia de Matemáticas, destinada a los miembros del cuerpo de ingenieros, en virtud de lo dispuesto en la Real Ordenanza e Instrucción para los Ingenieros publicada el 4 de julio de 1718, una vez sancionada por Felipe V.

 De lo expuesto en el preámbulo de estas Ordenanzas se deduce que los Ingenieros se ocuparían del reconocimiento de los ríos para su utilización como medio de transporte, del descubrimiento de aguas subterráneas para regadío, de abrir nuevos caminos y construir puentes para facilitar la comodidad de los “pasajeros” y “comerciantes”, es decir de todas las obras de tipo civil que estuvieran a cargo de su Real Hacienda. Todo ello era consecuencia de la inexistencia de un cuerpo de Ingenieros civiles hasta 1785, año en el que Agustín de Betancourt propuso la creación de la Inspección General de Caminos y Canales. Posteriormente, en 1802, crea la Escuela de Ingenieros de Caminos.

La creación de la Real Academia de Matemáticas se debió a que la formación de los ingenieros quedó interrumpida al cerrarse la Academia Real y Militar del Ejército de los Países Bajos de Bruselas en 1706, por lo que el Ingeniero General planteó, en 1712, la apertura de una nueva Academia que la sustituyera en España, la cual, como hemos visto, se aprobó en 1718, si bien no fue hasta 1720 cuando fue inaugurada la Real Academia de Matemáticas de Barcelona.

Otra de sus grandes y continuas preocupaciones fue la retribución económica de sus ingenieros que no recibían a tiempo sus sueldos. Su biografía está llena de continuas reclamaciones no solamente de su propia paga sino de las del resto de sus subordinados o sus pensiones. Por ello, en 1720, decidió crear un Montepío o Caja Fraternal destinada, mediante una retención de sus pagas, a asegurar una pensión para las viudas de los ingenieros fallecidos. Sin embargo, no pudo ver conseguido este deseo ya que hasta 1752, después de su fallecimiento, no se hizo realidad.”[1]

La primera promoción del Cuerpo de ingenieros se compuso de 26 ingenieros franceses que habían llegado durante la Guerra y que se quedaron en España, en un acuerdo entre Felipe V y Luis XIV.

Las guerras no pararon y se extendieron a Italia. El Cardenal Alberoni, primer ministro de Estado, en la guerra del Sacro Imperio y España contra determinadas posiciones en el Mediterráneo, envió una expedición militar a Cerdeña en la que los ingenieros ya formaban parte indiscutible de sus filas. El éxito de la campaña, los llevó a atacar Sicilia, en esta ocasión, con Verboom dirigiendo a los ingenieros, y logrando el asalto exitoso de la ciudadela de Messina (del 28 de junio al 29 de septiembre de 1718).

Entre 1721 y 1727, Verboom viajó por toda España y de su labor de investigación se realizan mejoras en las fortificaciones de Málaga ciudad y especialmente de su puerto. La fortificación de Ceuta, Cádiz ciudad y Algeciras (obra especialmente destacada y brillante, motivo por el que se le rindió un homenaje y erigió una estatua hace pocos años). Reforzó el sistema defensivo de Pamplona. Asimismo, revisó las obras hidráulicas de los pantanos de Tibi y Elche y de las acequias en la región de Murcia. En Sevilla, realizó estudios de navegabilidad del río Guadalquivir hasta Córdoba.

Por toda esta eminente tarea que mejoró las infraestructuras españolas civiles y militares, Felipe V, por Real decreto de 9 de enero de 1927, le otorga el título de Marqués de Verboom, a la vez que dispensa del “derecho de Lanzas”.

Por toda su experiencia fue enviado a poner sitio a la plaza de Gibraltar en 1727 bajo el mando del Conde de las Torres. Su relación no fue buena por discrepar profundamente en el modo de llevar a cabo el ataque. Mientras el Conde de las Torres se empeñó en hacerlo por tierra, Verboom quería hacerlo por mar. Se realizó como decía Conde de las Torres y fue un competo fracaso. Esta fue la última misión sobre el terreno de Verboom, que regresó a Barcelona en 1731, tras haber pasado una larga temporada en Madrid recuperándose de diversas dolencias.

Su salud y su estado anímico no debían de ser muy buenos por diversas razones, pero empeoraron sustancialmente cuando en 1732 murió su hijo primogénito y también militar e ingeniero, Isidro Próspero.

Con todo y sin moverse de Barcelona, fue capaz de estudiar y dar las órdenes oportunas para la mejora de diversas fortificaciones.

En 1737 fue ascendido a Capitán General.

Falleció en la ciudadela de Barcelona el 19 de enero de 1744, siendo enterrado, tal como había dispuesto en su testamento, en el Real Convento de Santa Catalina de la Orden de Predicadores, donde estaba enterrada su esposa Maríe Marguerite Visscher.

 

BIBLIOGRAFIA

CARRILLO DE ALBORNOZ Y GALBEÑO, Juan. “El Ingeniero General don Jorge Próspero de Verboom, marqués de Verboom” Dianlet. 2003.

CAPEL, E. H. y otros “Los ingenieros militares en España. Siglo XVIII. Repertorio biográfico e inventario de su labor científica”. Ediciones de la Universidad de Barcelona. 1983.

[1] José Ignacio Mexía y Algar. Coronel de Ingenieros. Comisión histórica del Arma de Ingenieros- diversos textos a partir del estudio de Carrillo de Albornoz-.