LA REVOLUCIÓN CULTURAL CHINA

Mao Tse-Tung, cuyo nombre original era Mao Zedong, fundó la China comunista tras la guerra civil de 1949 y la dirigió hasta su muerte en 1976. Su persona y personalidad está llena del oscurantismo propio de un régimen que, pese a su apertura económica hace ya varias décadas, no puede dejar pasar la luz a un sistema autoritario con origen en un personaje autoritario- Mao- que dejó en herencia alguno de los capítulos más desastrosos de la Historia de China y sobre los que el régimen intenta pisar de puntillas. Nos referimos al “Gran Salto Adelante” y “La Revolución Cultural”. Podríamos analizarlos por separado, pero eso impediría seguir el hilo conductor de unos acontecimientos que se construyen por el encadenamiento de hechos enlazados por las argollas de la dictadura más férrea y del fracaso más absoluto. Antecedentes y consecuencias se concatenan con unas acciones que nacen en 1958 y finalizan en 1981.

En 1958, se inicia lo que se conoce como “Gran Salto Adelante”, que no fue nada más que un intento de los dirigentes chinos, especialmente Mao Zedong, de multiplicar la producción agrícola para buscar un desarrollo equiparable al de la industria. Utilizaron la gran mano de obra rural existente, hasta la extenuación; facilitaron la creación de guarderías para que las madres pudieran dedicarse al campo sin tener que ocuparse de los hijos, buscando una relajación de los lazos familiares; se explotaron los campos y los terrenos con poco conocimiento, lo que repercutió en hacerlos improductivos; se mataron pájaros para que no comieran las cosechas y consiguieron que se incrementase el número de insectos que atacaron el ecosistema, y se combatieron con insecticidas que enfermaron a la población; se construyeron sistemas de regadío que, en ocasiones y por las deficiencias en el diseño, provocaron inundaciones no deseadas.  Se acabó con la autarquía preexistente en el mundo rural; las reducidas dimensiones de las cooperativas agrícolas no permitían llegar a los niveles de producción proyectados, transformándolas, por ello, en comunas populares que no fueron más que centros de experimentación social sin precedentes en un intento de colectivización de la vida cotidiana.

El Gran Salto Adelante tenía como objetivo acelerar el desarrollo económico y las comunas, acelerar la transición hacia una sociedad comunista.

Hasta 1960 el régimen publica las estadísticas de producción, desde 1960 abandona tal práctica ante los pésimos datos obtenidos, como bien reconoce la historiografía actual. El Gran Salto Adelante supuso un fracaso, una gran catástrofe para la producción agrícola y la fertilidad de las tierras que quedaron destrozadas con los métodos empleados. Todo ello provocó una enorme hambruna y un retraso de 5 o 6 años en el desarrollo económico de China, que pasó sus peores momentos entre 1960 y 1964.

La “Gran Hambruna” sería la segunda fase de este proceso. Lo poco que se cultivaba se expropiaba y enviaba a la URSS a cambio de armas y componentes para las fábricas. Murieron cerca de 40 millones de chinos. La mayor catástrofe china del S XX, mucho peor que las hambrunas de Stalin en ucrania, que había acabado unos años antes con 10 millones de inocentes.

Como consecuencia del desastre, se desmembraron las comunas y los campesinos consiguieron pequeñas libertades. En aquellos años, además, se produjeron, según los casos, choques diplomáticos y algunos enfrentamientos, tales como los producidos con Taiwán, Tíbet, EE. UU, India, Vietnam y, finalmente, al pretender realizar una forma de comunismo diferenciadora de la de la Unión Soviética, con la URSS. También internamente el partido Comunista chino experimentó cambios. Mao abandona la presidencia de la República, pero no fue expulsado del Partido Comunista. Ese fue el gran error de sus enemigos. Los sectores más aperturistas dentro del comunismo, tomaron el poder.

Mao, aún fuera del Poder, mantuvo mucho poder. Sus seguidores se ocuparon de que no se le olvidara. Especialmente Li- Piao, el cual difundió entre los soldados del ejército chino un libro sobre el pensamiento de Mao, base y fundamento de las futuras facciones “maoístas” y del culto al líder. Mao, por su parte, en 1965, puso en marcha un sistema nuevo y expeditivo que le permitió ir escalando posiciones: promovió la conocida “Revolución Cultural” que, en esencia, no fue otra cosa que una campaña masiva contra los altos cargos del Partido Comunista, intelectuales, académicos y contra cualquiera que fuera tachado de contrarrevolucionario.

La revolución cultural fue una lucha de poder. La acusación de contrarrevolucionario se impuso en los dos bandos contra el contrario. Enfrentados a Mao estuvieron especialmente Liu Shaoqui, Peng Dehuai y Deng Xiaoping.

 A grandes rasgos se pueden distinguir cuatro etapas en el desarrollo de la revolución cultural:

  1. De noviembre de 1965 a mayo de 1966, en el que la fase de preparación y ofensiva maoísta es discreta e incluso soterrada. Los ataques van dirigidos a intelectuales y académico, pero ya en sus últimos momentos se inician las primeras ofensivas contra personalidades del Partido Comunista, como el Alcalde de Pekín. Todo ello organizado como si se tratara simplemente de una revolución estudiantil. Fue esa masa la “tropa” que empleó Mao en su reconquista del poder. Estos grupos, convenientemente fanatizados, viajaban por toda China, financiados por el Partido Comunista, lo cual era casi lo mismo que decir, por el Estado, reclutando miembros para su causa y organizando concentraciones masivas, en las que se fomentaba el abandono de las viejas costumbres chinas y se exaltaba la figura de Mao Zedong.La idolatría al líder será el segundo gran apunte de la revolución cultural.En el momento cumbre de la movilización, se destruyeron templos tradicionales chinos, se saquearon bibliotecas y quemaron libros, menos el libro Rojo de Mao, el “libro sagrado” de estos grupos.
  2. De mayo de 1966 a comienzos de 1967. Acantonada hasta entonces en los medios literarios, artísticos y universitarios, la crítica y la depuración escogen sus víctimas desde ahora entre los más altos dirigentes del Partido. En este periodo, Mao lleva al Comité Central, y éste aprueba, su “Decisión sobre la Gran Revolución Cultural Proletaria” o “Dieciséis puntos” convirtiendo así lo que inicialmente era un movimiento estudiantil, en una campaña que alcanza a todos los sectores sociales de todas las provincias. Al tiempo, todos los ojos se vuelven a Pekín donde proliferan lo que hasta entonces era una nota exótica: los primeros guardias rojos y los periódicos murales como medio de propaganda para sus fines y purgas. En este periodo se acentúa la presión de las masas y la intensificación del culto a Mao. El terrorismo, a manos de los guardias rojos, y el desorden se apoderan de Pekín y de otras grandes ciudades. La forma de actuar de la Guardia Roja se fundamentaba en la persecución a los acusados de “burgueses”, en realidad, sus oponentes políticos o intelectuales, apaleándolos, encarcelándolos, humillándolos públicamente, confiscando sus bienes y sentenciándolos a trabajos forzados, cuando no a la simple ejecución. Entre agosto y septiembre de 1966, fueron asesinadas unas 1.772 personas y en octubre Mao convocó a una “Conferencia Central del Trabajo”, en donde logró forzar la autocrítica de sus opositores, eliminando así toda oposición en el partido. Esta etapa constituye el periodo denominado “terror rojo”.
  1. A partir de 1967, los maoístas desencadenan una ofensiva más sistemática contra los cuadros del partido que no les son afines y que durará hasta agosto de 1967. Se inician los comités revolucionarios. En este proceso fueron clave Lin Biao, ministro de defensa fiel a Mao, y la propia esposa de Mao, Jiang Qing (una antigua actriz), quienes emplearon el prestigio del líder revolucionario para purgar a los miembros de otras facciones del Partido Comunista y materializar sus propias aspiraciones al poder.
  2. De septiembre de 1967 a abril de 1969. Las principales purgas afectaron a sectores ultraizquierdistas; no dejaban de ser detractores de Mao que atacaban al líder desde posiciones aún más radicales. Mientras, la mayoría del partido se intenta adaptar a la situación, fueran cuales fueran sus posiciones previas, para mantenerse en el Poder y además sobrevivir. Así los nuevos comités revolucionarios provinciales, que se multiplican en 1968, se constituyen sobre unas bases más ambiguas que los que comenzaron en 1967.

En abril de 1969 se convocó al IX Congreso del Partido Comunista de China, donde se reafirmó la autoridad de Mao como líder del partido y líder militar. Su doctrina fue adoptada como ideología central del partido y de la nación. Al mismo tiempo se designó a Lin Biao como su segundo al mando y sucesor. En ese congreso, el propio Mao declara terminada la Revolución cultural. Sin embargo, sus más fervientes seguidores, procurando mantenerse en el Poder, continuaron con muchas de sus actividades hasta la muerte de Mao en 1976. En ese momento, el mando del país cambia de manos y pasa a aquellos detractores de Mao que milagrosamente seguían vivos, como fue el caso de Deng Xiaoping que sobrevivió trabajando en una fábrica de motores. Los seguidores maoístas fueron detenidos por los nuevos dirigentes. En este sentido, hay que destacar a la llamada “banda de los cuatro”: la propia viuda de Mao, Jian Qing, y sus tres colaboradores: Zhang Chunqiao, Yao Wenyuan y Wang Hongwen. Fueron juzgados y ejecutados.

Como consecuencia de la Revolución Cultural millones de personas fueron perseguidas, humilladas y ejecutadas ya fuera mediante el vil asesinato, utilizando supuestas vías judiciales, simplemente muertas de hambre o puestas a trabajar hasta el desfallecimiento. Sus bienes fueron confiscados, sus familiares perseguidos, violados, torturados o desplazados a la fuerza hacia el campo. El número exacto de muertos no se conoce y es posible que nunca se sepa, dado el encubrimiento de las autoridades del momento, la falta de registros fiables y en general el obscurantismo del régimen, de entonces y los posteriores; aunque, el gobierno de Deng Xiaoping inició una serie de reformas aperturistas (más de tipo económico que social) y el partido comunista aprobó una Resolución en la que declaraba que:  la “Revolución Cultural” fue “ el revés más severo y las pérdidas más graves que sufrió el partido, el Estado  y el pueblo chino desde la fundación de la “República Popular”

Asimismo, el movimiento, en su conjunto, desde el “gran salto adelante” supuso una auténtica catástrofe para el del desarrollo de China. Mientras el Gran Salto Adelante arrasó a los campesinos y a los sectores más vulnerables, la “revolución Cultural” acribilló a los intelectuales, dirigentes y personas con cierto nivel educativo. El decaimiento de la educación fue radical tras la abolición de los exámenes de ingreso en las universidades, la redefinición de los programas de estudio orientados a poco más que a ensalzar la figura de Mao. Se cree que entre 16 y 18 millones de estudiantes chinos fueron enviados a “campos de reeducación”. Pol-Pot siguió este ejemplo al poco tiempo (la dictadura de los Jemenes Rojos, se extiende de 1975 a 1979) en Camboya.

En una visión de desenraizar a los chinos de su pasado cultural para enraizarlos exclusivamente en el pensamiento único y el partido comunista, la cultura tradicional china, el budismo, sus templos, reliquias y en general el acervo cultural chino fue asolado. Si el número de muertos  es casi imposible de conocer, la pérdida cultural es imposible de evaluar.

LA ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA EN EL REINO DE HAMMURABI (1775-1730 A. DE J.C.)

Sin lugar a dudas Hammurabi fue uno de los grandes estadistas de la antigüedad y de toda la historia de la humanidad, como lo demuestra la organización administrativa de su reino- Babilonia-, en la que destaca, y en ella nos centraremos, la administración de justicia, cuya reforma introdujo personalmente, y aún ahora causa asombro la perfección y eficacia de sus normas procesales.

Hammurabi fue un rey absoluto- no se concebía el poder de otra manera en aquellos tiempos- por tanto, organizó la administración en torno a su persona. En su palacio residía la administración de finanzas, de las propiedades, de las obras públicas y del ejército. Tenía un sistema de oficinas provinciales que mantenía bajo su control por medio de la Cancillería. A ella reportaban los gobernadores, figura que sustituyó a los antiguos príncipes, tras la unificación territorial de Mesopotamia. Las ciudades fueron confiadas a los alcaldes y en todas ellas implantó una unidad procedimental, aunque con cierto grado de autonomía para incluir las tradiciones preexistentes en aquellas provincias. Tanto los gobernadores como los alcaldes administraban justicia siempre en nombre del rey.

Los jueces de distrito se consideraban agentes de la política real y constituían los tribunales, los consejos de administración y los órganos de intervención financiera y fiscal; eran nombrados por el rey por un periodo de tiempo de varios años y actuaban de manera colegiada bajo agrupaciones de cuatro a ocho miembros a cuyo frente estaba un funcionario, “rabizu”, cuya competencia era recibir las demandas de las partes, preparar la instrucción de los asuntos y firmar las actas de los testigos con el fin de garantizar la autenticidad. Existía también un escribano con funciones de archivero y con la obligación de conservar los documentos judiciales.

Las normas y el lenguaje administrativo se realizaban en acadio, la lengua oficial y la que entendía el pueblo. Hammurabi se empeñó en que las normas tuvieran un lenguaje claro y sencillo para que fueran fáciles de entender por todos los súbditos. El sumerio era la lengua culta que se exigía a los funcionarios para acceder a la condición de tal, pero no en su trato con la población.

Con el tiempo se crearon una especie de juzgados civiles que tenían conocimiento de procesos relativos a la propiedad inmueble, sucesiones, participaciones entre coherederos y relaciones entre acreedores y deudores.

Con Hammurabi, el Tribunal Real adquirió, de forma definitiva, una clara superioridad sobre los demás tribunales. Siempre tuvo el propósito, con esta medida, de mantener el orden y el principio de igualdad entre todos los ciudadanos; así como, fomentar el respeto al Derecho y a la equidad.

La administración de justicia requería unas leyes. La más conocida es el Código de Hammurabi.

El Código de Hammurabi es uno de los conjuntos de leyes mejor conservados de la antigüedad. Se encuentra en el Museo del Louvre de París.

Su acción de justicia se basa en la aplicación de la ley del talión y es también uno de los más tempranos ejemplos del principio de presunción de inocencia. Fue escrito en 1750 a. C. y en él unifica los códigos existentes en las ciudades del imperio babilónico. No se aplicaba aleatoriamente, como ocurría en sociedades menos avanzadas, sino que permaneció en el tiempo con un sentido claro de seguridad jurídica.

Hammurabi, ya desde tiempo tan temprano en la Historia, aun teniendo la visión absolutista propia de la época, comprendió que el buen orden en su imperio y, esta fue una de las razones por las que alcanzó la condición de imperio, se fundamentaba, en la claridad y estabilidad de las normas, la seguridad jurídica y en el respeto a las decisiones judiciales de unos órganos judiciales jerárquicamente establecidos.  Su orden determinó, pasado el tiempo, una de las bases de la separación de poderes.

LA LEY SECA EN ESTADOS UNIDOS

En 2020 se cumplen cien años de la promulgación de la llamada Ley Seca en Estados Unidos. Estuvo vigente entre el dieciséis de enero de 1920 y el seis de diciembre de 1933.Pero sus orígenes son anteriores, como veremos, y sus consecuencias tuvieron carácter económico, social y político.

Desde el siglo XVIII, las iglesias protestantes, especialmente las metodistas propugnaban la prohibición de las bebidas alcohólicas como forma de salvaguardar la virtud de las mujeres y la felicidad de las familias. Esto no respondía a lo establecido por Lutero sino a la ola de puritanismo que embargó siempre el protestantismo americano, unido al hecho de que los obreros bebían a la salida del trabajo como forma de evasión barata. A las borracheras se le unían los accidentes laborales, los problemas conyugales y las enfermedades. La campaña metodista tuvo un primer éxito en 1851 cuando se aprobó la ley Maine que prohibía la venta de alcohol. A esta batalla moral se une un elemento distorsionador de la vida americana: el gran desarrollo económico de siglo XIX y sobre todo del S.XX llevó a Estados Unidos a numerosos inmigrantes que no eran anglosajones y en muchos casos no eran protestantes: irlandeses, alemanes, italianos. El puritanismo americano no era compartido por estos grupos y, los protestantes americanos, no veían con buenos ojos a los recién llegados. Es más, su presencia se les hacía odiosa no sólo por la diferencia cultural sino porque les arrebataban muchos puestos de trabajo. De manera que el puritanismo se vio sostenido por los anglosajones, protestantes y blancos que acusaban a los inmigrantes de todo tipo de calamidades existentes en las ciudades americanas. Así, desde el inicio, el problema del abstencionismo fue una batalla moral, racial y económica. Muchos de los abstencionistas eran los empresarios que vieron en la prohibición la opción de incrementar la productividad y de equilibrar los precios en un producto cuya demanda era inelástica:así suba el precio, muchos consumidores todavía lo pagarán(no hay que olvidar que no se prohibió el consumo, sino la fabricación y distribución)[1].

En 1917, dos terceras partes de los escaños del congreso estaban ocupados por partidarios de la ley seca y en diciembre de 1917 se aprobó una enmienda constitucional que prohibía ‘la fabricación, venta o transporte de bebidas alcohólicas “intoxicantes”. La enmienda definitiva se aprobó en 1920 -la decimoctava- que vedaba la venta y fabricación de bebidas con más de medio grado de alcohol.  La derogación, en 1933, se produjo mediante otra enmienda constitucional, la enmienda XXI, siendo Presidente Franklin D. Roosevelt.

Aquellos supuestos beneficios de la prohibición, no fueron tales, de hecho, las cifras del consumo de alcohol, aunque siguen siendo cuestionadas y controvertidas según los autores, parece que oscilan en una disminución en torno al 5%, se calcula que en 1925 había 100.000 bares secretos en las principales ciudades de USA, de los cuales 10.000 estaban en la ciudad de Nueva York (los conocidos como “Speakeasy”- bares situados normalmente en sótanos-). A cambio, trajo consigo el incremento del contrabando desde Canadá y del crimen organizado. Sus efectos fueron una buena época de lucrativos “negocios” para personajes como Al Capone que llegó a defender el contrabando, con gran cinismo, en términos empresariales: “Le doy al público lo que el público pide”, declaró. “Nunca he tenido que enviar vendedores agresivos. Nunca hubiera podido dar abasto”.  Dado que, entre los contrabandistas- los competidores empresariales-no se podían denunciar, los métodos para hacerse con el monopolio del mercado cada vez eran más violentos, dando lugar al crimen organizado por medio de bandas de delincuentes- gánsteres-, policías, políticos y jueces corrompidos.

Esas corruptelas, que en el caso de Capone no olvidaban a las clases populares a las que protegía y apoyaba mediante fiestas populares, comidas gratuitas y otro tipo de amparos, hicieron muy difícil acabar con este tipo de bandas. Como todo el mundo sabe, a Capone le encarcelaron por delitos contra el fisco y, en el juicio, hubo que cambiar al jurado porque había sobornado al que le correspondió en un primer momento.

Aquellos ingresos, además, hicieron florecer otros “negocios” criminales, como el tráfico de drogas y la prostitución.

El verdadero final de estas bandas vino con la legalización del comercio y fabricación de medidas alcohólicas.

En EE.UU. todavía hay condados “secos” y las llamadas “leyes azules” que prohíben su venta los domingos.De todos modos, la ley seca y sus consecuencias demuestran, una vez más en la Historia, que cuando el Estado intenta imbuir en la mentalidad de sus habitantes un tipo de moralidad concreta, forzadamente, suele fracasar, pero causando mucho sufrimiento por el camino.

BIBLIOGRAFÍA

  • MARK THORTON. “La economía de la prohibición”. 2012. Centro Mises.
  • Revista National Geographic . Octubre 2017.

[1]Mark Thorton en su libro “La economía de la prohibición”

 

Los Justos Títulos y la Controversia de Valladolid.

Cuando hablamos de los ”Justos Títulos” nos referimos a las razones jurídicas que, partiendo de un análisis  teológico-jurídico, permitían a España y, más concretamente, a la monarquía española (no hay que obviar como era la configuración del Estado en aquel momento) el dominio sobre América. Estamos hablando del principio de legalidad unido al de legitimidad dentro de los sustratos jurídicos de los siglos XV y XVI. La teoría de los justos títulos no se fraguó en un momento único, sino que evoluciona desde la llegada de Colon a América hasta el reinado de Felipe II. Tal evolución surge por la confrontación ideológica, controversias, en la que destaca la de Valladolid de 1550.  Esta búsqueda de la legalidad y la legitimidad marcan la diferencia de la conquista española en relación con otros imperios, esencialmente, por la defensa española de los derechos de los nativos de los territorios conquistados frente a las posiciones esclavistas de otros países.

Estamos ante una de los grandes momentos de nuestra Historia, esa que se solaza actuando bajo la legalidad, frente a esos otros instantes históricos en los que la búsqueda de atajos nos hace alterar el buen juicio jurídico y moral y nos convierte en el hazmerreír del mundo.

En un hilo anterior mostramos la técnica de estudio de la escuela de Salamanca. Con los justos títulos, nos situamos ante otro de esos grandes análisis que marcan el devenir jurídico del derecho mundial. Los primeros en plantearlo fueron los dominicos, pero las soluciones más brillantes vuelven a salir de Salamanca.

El problema de los justos títulos aparece por primera vez con Fernando el Católico y trae origen de la denuncia formulada por los Dominicos sobre los abusos que sufrían, en su opinión, los indios en América a manos españolas. Para comprender el problema debemos tener presentes tres dimensiones:

  • La moral que, en aquel momento, era esencial para conocer la legal.
  • La evolución de las propias posiciones filosófico- teológicas desde el “agustinismo” imperante en la época de los Reyes Católicos al “tomismo” racionalista de la escuela de Salamanca.
  • Las posiciones político-estatales de España ante la conquista.

La necesidad de actuar de manera legal bajo el amparo de una norma no era nueva en el mundo, como antecedente directo, nuestros vecinos portugueses desde tiempo anterior tenían una serie de documentos pontificios que salvaguardaban sus derechos en los territorios que iban conquistando.

Cuando Cristóbal Colón llegó a América – creyendo ir a las indias- fundamentó la conquista en el título XXIX de la Tercera Partida, en virtud de la cual una tierra descubierta, por el propio hecho del descubrimiento, permitía al país descubridor atraer bajo su poder las islas y tierras conquistadas. Sin embargo, los teólogos hispanos determinaron que a aquellas conquistas no se les podía aplicar el título XXIX, puesto que las tierras conquistadas no estaban deshabitadas, es decir, no era un territorio ignoto para la humanidad. Se requería pues, buscar una ley adecuada, la cual se halló en la Ley IX del Título I de la Partida II. En virtud de la cual, el señorío se ganaba por las siguientes razones:

a) Por herencia. b) Por anuencia de todos los implicados. c) Por casamiento. d) Por otorgamiento del Papa o del Emperador.

Es evidente que los títulos de España debían encontrarse en las razones b) o d).

Ante el precedente portugués, se solicita una bula del Papa. La misma se expidió el 3 de mayo de 1493. Bula “ínter coetera”, en virtud de la cual se hacía donación de todas las islas y tierras descubiertas o por descubrir de la parte de las indias no pertenecientes a ningún príncipe cristianos y les constituía en señores de ella con plena, libre y omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción. A este acto pontificio le faltaba delimitar hasta dónde llegaba el territorio portugués y el castellano. Esto se hizo en una segunda bula, dictada al día siguiente de la primera.

Entroncamos, de este modo, el sustrato legal con el moral y éste último con la doctrina de San Agustín. Y ello porque, en el fondo, esta forma de actuar, buscando el respaldo papal,  se fundamentaba en lo que algunos denominan ” agustinismo político”[1]; doctrina según la cual el poder civil y el imperial se subordinan al papado, sobre el que recae la potestad de nombrar reyes e intitular emperadores o de deponerlos. Al Papa, como vicario de Cristo en la tierra le corresponde el poder sobre todo el Orbe y, por tanto, el de darle a determinado rey o emperador la potestad de detentar el dominio y poder de cualquier territorio.

Ya desde el siglo XIII, con el desarrollo del pensamiento de Santo Tomás de Aquino, la doctrina del “agustinismo político” perdió fuerza. Por eso, cuando en 1510, los religiosos dominicos denuncian la codicia de algunos colonos españoles, se unen en su solución dos asuntos, de un lado, saber si las bulas pontificias son suficiente poder; por otro lado, cómo afectaba esto a la visión política estatal y a la institución de la encomienda (el uso y explotación de la tierra por los españoles en nombre del rey, aunque sin expropiar la titularidad de dominio de los indios). Se plantea la incoherencia entre la encomienda y la libertad de los indios. Buscando una respuesta se alumbraron las leyes de Burgos del 27 de diciembre de 1512. Pero ni las leyes de Burgos ni la reforma realizada poco después en Valladolid resuelven los problemas que planteaban los dominicos: cómo atraer apostólicamente a los indios al cristianismo, según las bulas papales, pero sin violar sus derechos como seres humanos y como propietarios legítimos de sus dominios. Si se violaran los derechos de los indios, el Rey y España se condenarían a ojos de Dios, ante eso era mejor abandonar la empresa. Como solución de trámite, en Burgos, se defendió el “requerimiento” hecho por los españoles ante los indios para solicitar su anuencia al proceso de conversión. Si no lo aceptaban, ya se les podía someter incluso con el empleo de la fuerza. Pero, evidentemente, ese requerimiento, que rara vez era entendido por los indios, servía de excusa permanente a los españoles. Lo que mantuvo las reivindicaciones dominicas.

En las reuniones que llevaron a las leyes de Burgos se empezaron a notar las diferencias entre los agustinistas y los tomistas. El mayor defensor de los primeros fue Fernández de Enciso y su teoría del señorío universal del Sumo Pontífice. Ante ello, los dominicos cedieron, pero no se convencieron. Las expediciones a América se reanudaron, hasta que, en 1525, los dominicos volvieron a sus denuncias. Consecuencia de lo cual, en 1526, en Granada, Carlos V firmaba una extensa carta- instrucción que representaba algunos avances. La novedad es que en cada expedición a América irían dos religiosos encargados de predicar y convertir a los naturales, también se les encomendaba la fiscalización de la navegación, nada podrá hacer el capitán sin autorización de los religiosos.

En la base de estas quejas, se encontraba la afirmación de la condición humana de los indios, que era un elemento comúnmente aceptado tanto por la moralidad católica como por la concepción política del imperio; puesto que el imperio español consideraba a los habitantes de la zona descubierta como españoles a todos los efectos, salvo por el desarrollo inferior de éstos, pero no por ello, gozaban de una condición humana inferior. La tendencia española era reequilibrar esa diferencia hasta que se pudiera considerar a los indios como ciudadanos al mismo nivel que los de la madre patria. Precisamente, la cuestión de esos habitantes y la lucha de España por tratarlos con justicia determina todas las discusiones en las controversias sobre los títulos de dominación, la legislación de indias y todo el desarrollo institucional desarrollado en América, buscando llevar la civilización de aquellos lugares y personas, con sentido evangelizador; pero a sabiendas de que el indio, a diferencia de los Sarracenos, no eran infieles, sino ignorantes de la Fe verdadera. Por tanto, a decir del padre Vitoria, no están en pecado sino en pena. De esta diferencia, parte del razonamiento que determina la solución.

Nombrar al Padre Vitoria es recordar a la Escuela de Salamanca. En ella, ya en el siglo XVI, lo que empieza a cuajar es el racionalismo tomista y con esa filosofía se afrontará el problema de la legitimidad de la presencia, dominio y conquista española del Nuevo Mundo. El paso del agustinismo al tomismo suponía la vuelta al derecho natural frente al poder del Papa, lo que reforzaba el poder del Estado. No hay que olvidar que estamos en los tiempos de la reforma protestante. Para la mitad de la población europea, el poder del papa ya no es importante, por tanto, fundamentar la legitimidad de la Conquista sólo en las bulas papales debilitaba mucho la posición española. Se imponía el racionalismo, por él el imperio se sobreponía a las comunidades indias a fin de evangelizarlas, pero en virtud del derecho de gentes los indios no perdían su condición de dueños de sus tierras.

La elección del tomismo o el agustinismo tenía otras consecuencias: la fundamentación de las razones de legitimidad de la conquista. Las mismas no se basaron en la implantación mimética del derecho castellano en América, sino que el derecho de indias partía de las nomas indígenas preexistentes en cuanto no fueran inmorales, tamizadas con los avances filosófico-teológico-morales que las controversias iban concluyendo. En las controversias se parte de dos visiones, los que consideran al indio como “el buen salvaje” y los que destacan aquellos aspectos de sus costumbres y actos que se hacían odiosos ante la Fe y ante el orden político. Las leyes de indias son un equilibrio entre las diferentes posiciones. Así, se produce un enfrentamiento intelectual del que nacerá la normativa definitiva que sostiene la conquista española.

Tras Burgos, se abre una nueva etapa discursiva que va de 1512 a 1566, caracterizada por su revisionismo en relación al orden jurídico-legislativo implantado en las indias hasta ese momento, a decir del profesor García Gallo. Razón de ello era que el tomismo había triunfado en Salamanca, aunque bajo una interpretación dual: lo que podíamos llamar la interpretación natural y sobrenatural. Derivado de su enfrentamiento se va a lograr la tendencia de la norma imperial durante tres siglos. Esto será así a partir de las conquistas de Nueva España y del Perú. No hay que olvidar que la Junta de Valladolid de 1550, se convoca a instancias del Consejo de Indias por los problemas, guerra civil, de los conquistadores en el Perú, entre cuyas causas ( además de las disputas por el reparto de la conquista, especialmente por el dominio de Cuzco, entre Pizarro y Almagro) estaban la supresión de las encomiendas hereditarias y del trabajo forzado de los indios que fue acordado en las Leyes Nuevas, promulgadas en 1542 por Carlos V a instancias de Fray Bartolomé de las Casas.

En este contexto se produce razonamiento filosófico-teológico y, en última instancia, jurídico, del Padre Vitoria y de la controversia de Valladolid, donde la discusión entre la civilización y la evangelización alcanza su punto álgido y donde, una vez más, se paraliza la acción de la conquista hasta resolver la cuestión.

A la célebre Junta acudieron, como figuras estelares Sepúlveda y Las Casas, pero también, algunos seguidores de Vitoria:  Domingo de soto, Melchor cano, Bartolomé de Carranza, todos dominicos y Bernardino de Arévalo (único franciscano).

Veamos primero las posiciones de Vitoria sobre la presencia española en América.

En Salamanca prevalece la posición de Vitoria en relación con la justificación tomista, racional, natural para defender la presencia española. Vitoria no está ni en la tendencia teocrática agustiniana católica ni en el cesaropapismo- de corte protestante-. Según Vitoria, los indios no pierden la propiedad ni publica sobre sus dominios, ni privada de sus cosas. Entre otras razones, porque los indios ignoran la existencia de la Fe; pero es una ignorancia vencible. La racionalidad del indio servirá además de punto de partida para proceder a su conversión a la Fe cristiana. Esta teoría es la base de las famosas “Relecciones” de Vitoria. Para Vitoria, la Gracia no anula la naturaleza, sino que la perfecciona. Dios había dado la Tierra a los hombres para que la dominasen y la infidelidad no borra esos dominios. A sarracenos y a judíos, aun siendo enemigos de la Fe Cristiana, se les reconoce como legítimos propietarios de sus posesiones, con mayor razón se les reconocerá tal derecho a los indios que no han arrebatado nada a los cristianos y no son enemigos de la Fe, simplemente, la desconocen.

A partir de aquí, los títulos no se basarán en la Fe sino en la razón. Por tanto, hay que ver si en el orden natural hay títulos para la presencia española, aunque sin olvidar que ese poder temporal imperial, está acompañado por el poder sobrenatural representado por el Papa Vicario de Cristo en la Tierra. Porque es en el ámbito sobrenatural en el que están ordenadas todas las criaturas. El poder eclesiástico administra los bienes espirituales que conducen a Dios (las virtudes) previniendo sobre los obstáculos (vicios) que desvían a las criaturas de su camino. Ésta acción es esencial para la salvación y, por tanto, es el fin último, algo que debe imponerse al orden natural y al imperial que no dejan de ser inferiores a ese poder sobrenatural (espiritual). Esos poderes son independientes entre sí. Con esta separación nacen los 7 títulos de Vitoria a los que se une un octavo que no es un título fijo sino probable:

  • Cualquier nación tiene derecho a entrar en comunicación (comercial, doctrinal o de cualquier otro tipo) con cualquier otra nación. Los españoles tienen derecho a recorrer cualquier lugar sin dañar los mismos o a sus habitantes. Si los indios rechazan esa comunicación sea porque los rehúyen, sea porque los agreden, esto es causa justa de guerra. La diversidad de religiones no justifica la guerra contra los indios, pero tampoco de éstos contra los españoles.
  • Los españoles tienen derecho a predicar el evangelio, sin que sea lícito usar la fuerza para evangelizar. Aquí entrarían las bulas papales como justificación de la acción española.
  • Defensa de los convertidos.
  • Para esa defensa en nombre de la Iglesia, el Papa puede nombrar un príncipe cristiano.
  • Defensa de los inocentes cuando son tiranizados por los gobiernos autóctonos degenerados.
  • La libre elección que tiene cualquiera de hacerse súbdito de quien quiera.
  • El derecho a socorrer o auxiliar al amigo o aliado.
  • El derecho de España a tutelar a los indios en razón de la incapacidad de estos para gobernarse de modo recto.

A la larga, el código Vitoria será el que se imponga. El sistema Vitoria no es axiomático y funciona a expensas de las circunstancias concretas que van apareciendo con toda su casuística al paso del desarrollo de la conquista. Así se forman varios bloques en virtud de sus posiciones en la conquista:

  1. Vitoria-Sepúlveda. A favor de la continuidad de la conquista y de la defensa de los derechos temporales de los españoles, lo que no significa ni mucho menos estar en contra de los derechos de los indios.
  2. Bartolomé de las Casas, en contra de los derechos de soberanía, por no ser tales; partidario de la suspensión del dominio temporal español, la restitución a los indios de sus propiedades y justificar la presencia española sólo, por la vía espiritual; concibe al imperio como mera delegación Papal en la línea de los dominicos.

La definición final de la posición del imperio surge en la Controversia de Valladolid, con la confrontación entre Las casas y Sepúlveda.

Aunque hasta hace algunos años en la historiografía se pensaba que la posición aceptada por el imperio era la de Las Casas, sin embargo, la revisión actual de las fuentes llega a la conclusión contraria. Es verdad, que sus posiciones parecen triunfar en “las Leyes Nuevas” pero serán revocadas después. Para De Las Casas la presencia española sólo está justificada por la vía espiritual. No cree adecuado ni el título primero de Vitoria ni el octavo porque para Las Casas no existe atraso alguno de los indios frente a los españoles. Para él, la vida en la América prehispana era una Arcadia feliz, ignorando los conflictos entre los propios indios, lo mismo que la petición de ayuda de éstos a los españoles frente a las tribus dominantes, por lo que también neutraliza el título VIII. Para Las Casas sólo las bulas papales son derechos adecuados para los españoles, pero sin que ello permita el uso de la fuerza, ni siquiera defensiva. Lo único que cabe hacer para cumplir correctamente la bula papal y no condenarse era:

  1. Restituir a los indios a sus dominios por ser los auténticos propietarios de sus reinos.
  2. Anunciar pacíficamente el Evangelio.

Vitoria no dudó jamás de la legitimidad de la Soberanía española en las indias, aunque tenía dudas de la acción española en algunos momentos. Las Casas, por el contrario, no aceptó jamás la Soberanía española. Vitoria señala que si hay algún abuso hay que enmendarlo, pero no abandonar.

Sepúlveda, centra la atención en el título VIII de Vitoria. Para Sepúlveda, dada la situación parapolítica, bárbara de los indios, estos terminarían por exterminarse si no eran tutelados dado que el derecho natural está siendo violado constantemente por ellos. Por tanto, el género humano está allí actuando de manera degenerada y conviene actuar en favor de su regeneración. Cuatro son las razones de Sepúlveda:

  • Siendo por naturaleza siervos, bárbaros, incultos e inhumanos, rechazan el imperio de los más prudentes poderosos y perfectos, el cual deben admitir para gran beneficio de los propios indios (lo que coincide con el título VIII de Vitoria).
  • Desterrar el crimen de devorar carne humana, con el que se ofende especialmente a la naturaleza, sobre todo contra ese rito monstruoso de inmolar víctimas humanas.
  • Salvar de graves peligros a numerosos inocentes a quienes los bárbaros inmolaban todos los años (Coincide con el Título Quinto de Vitoria)
  • Que la religión cristiana se propagase por donde quiera que se presentase la ocasión, en gran extensión y por motivos convenientes (una especie de síntesis de los títulos 2º, 3º y 4º de Vitoria).

Para Vitoria y Sepúlveda, no para Las Casas, los sacrificios humanos, la antropofagia, serán actos contrarios al derecho natural y, su corrección, causa justa para la dominación y la guerra. Con lo cual, los indios no pierden temporalmente sus dominios por infidelidad sino por insociabilidad. Españoles e indígenas no son iguales por ser hijos de Dios. Pero mientras Las Casas afirma un igualitarismo total sin analizar las sociedades indígenas, Sepúlveda resalta la degeneración inhumana de algunas costumbres y por ello debían ser sometidos a los españoles, no para el bien de éstos sino para el bien de los indios y así prepararlos “con las mejores costumbres y con el trato de los hombres piadosos para recibir la religión y el culto al verdadero Dios”. Es el derecho de los indios a vivir dignamente con arreglo a la racionalidad. Dice Sepúlveda: “nada hay más contrario a la justicia distributiva que dar iguales derechos a cosas desiguales”. Sepúlveda señala que no se trata de esclavizar a los indios, al contrario, se trata de destruir sus instituciones prepolíticas para salvar a los indígenas de su mutua destrucción. La conquista es, por tanto, un proceso pacificador. Según Sepúlveda tal acción no es voluntaria sino obligada para introducir más humanidad en el tutorizado, propagando sobre él las virtudes políticas que le salven de la degeneración y la corrupción. En ese ambiente la guerra era el corolario “justo” derivado de tal situación ante cualquier conato de resistencia.

La principal objeción de Las casas a Sepúlveda es que es necesaria la libertad para recibir la Fe. Si se les obliga la Fe se les antojará como algo “odioso”. La principal objeción de Sepúlveda a Las Casas es que para recibir la Fe es necesario escucharla y si no se les domina y civiliza, mal la van a escuchar al ser imposible predicarla. Y es que Las Casas obviaba que varios frailes habían sido asesinados por los indígenas. Lo que buscaba Sepúlveda era que el Imperio garantizase, en la medida de lo posible, que los indios no acabasen con la vida de los evangelizadores.

Las Casas, de manera ilusa, propone predicar la Fe sólo dónde no haya peligro y, dónde lo hubiera, construir una fortificación para desde ella pregonar el evangelio.

La solución de Sepúlveda era tutelar a los indios y para ello la institución de la encomienda permitiría a algunos varones españoles, probos, justos y prudentes que se encargaran de educarlos en la fe cristiana. La posición de Sepúlveda era a la postre la justificación de lo que ya se estaba haciendo: creación de ciudades, encomiendas, cabildos, universidades, es decir, era permitir la creación en América de un marco institucional, como modo más efectivo de evitar la postración étnica de los pueblos indígenas.

A partir de 1550, tras la Controversia de Valladolid, Las Casas deja de influir en la conciencia de Carlos V. En la Junta, Las casas y Sepúlveda participaron como informadores, quedando en manos de los jueces las decisiones que hubiera que tomar al respecto. Aunque no se posicionaran por uno u otro, en la práctica, se acogen a los señalado por Sepúlveda. “En consecuencia, la Corona reconocerá la bondad del sistema apostólico y los inconvenientes de la penetración armadas; pero nunca dejó de reconocer la realidad indiana”.

BIBLIOGRAFÍA

HENRI-XAVIER ARQUILLIÈRE. El agustinismo político. Ensayo sobre la formación de las teorías político en la Edad Media. De Universidad de Granada. 2005.

ALFONSO GARCÍA-GALLO. Manual de Historia del Derecho español. Publicado por el autor. Madrid 1964

PEDRO INSUA. 1492. España ante sus fantasmas. Ariel. 2018

JUAN MANZANO MANZANO “Los justos títulos en la dominación castellana de Indias”. Revista de Estudios Políticos, ed.

 

[1]Henri-Xavier Arquillière. El agustinismo político. Ensayo sobre la formación de las teorías político en la Edad Media. De Universidad de Granada. 2005.

EL MOTÍN DE ESQUILACHE

El gran historiador Domínguez Ortiz, en sus diversos estudios de la historia del Antiguo Régimen, siempre destaca el gran problema que suponía para la estabilidad política de cualquier país las hambrunas que se producían de cuando en cuando. En un momento de bajo desarrollo, con una economía dedicada a la agricultura, si en un año se daban malas cosechas, el hambre y la pobreza se extendían por todas partes.

España no era una excepción, la situación empezó a mejorar con las reformas ilustradas de uno de los mejores reyes de la Historia de España: Carlos III. Pero hasta ponerlas en marcha, los problemas con las cosechas y la manera de atajarlas, también le dieron disgustos.

Carlos III, accede al trono de España, tras el fallecimiento sin descendencia de su hermano Fernando VI. Carlos provenía de ser Rey de Nápoles y de Sicilia, y del país transalpino procedían algunos de sus consejeros; ellos impulsaron las primeras reformas ilustradas de un Rey que ejerció de ilustrado durante todo su reinado. Estos ministros extranjeros representaban al sector reformista más radical.

El primero de aquellos asesores reales provenientes de Italia fue Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache

Esquilache, de origen humilde, militar retirado, logró escalar en la vida social por su laboriosidad, probidad y talento. Carlos III le nombró Inspector de aduanas y más tarde se ocupó de la Secretaría de Hacienda del Reino de Nápoles.

La entronización de Carlos III como rey de España en 1759,  llevó al Marqués a España. Nombrado, primero, Consejero en la Hacienda Real, pasó a ocupar también la Secretaría de Guerra en 1763. Contaba con la absoluta confianza del Rey para iniciar reformas ilustradas y, junto al Marqués de la Ensenada, llevó a cabo cambios encaminados a la modernización del país.  Algunos de ellos del siguiente tenor: libertad comercial para los cereales, desamortización de los bienes de la Iglesia, utilización de bienes de manos muertas… Estas políticas suscitaban la manifiesta hostilidad de la nobleza, de la Iglesia y también las protestas del pueblo, que percibía las reformas como medidas de inspiración extranjera que alteraban costumbres tradicionales de la sociedad española. Además, aquellos cambios se realizaron con apresuramiento, sin la habilidad de que fueran asimilados por el pueblo o aplicados con la suficiente cautela como para buscar el momento más oportuno para su implantación. De este modo, algunas grandes ideas, como, por ejemplo, la liberalización del comercio de cereales se aplicó en un momento de malas cosechas, en 1765, lo que hizo subir el precio del pan. La carestía generó pobreza y hambrunas. Consiguientemente, una buena medida se aplicó sin oportunidad y creó un conflicto. A estas medidas, se unían otras que incluían la limpieza, pavimentación y alumbrado público de las calles de Madrid, la construcción de fosas sépticas y la creación de paseos y jardines- las condiciones de insalubridad e inseguridad de Madrid eran consideradas por el nuevo rey como indignas de una Corte ilustrada-. Sin embargo, algunas de ellas como la instalación de las nuevas farolas hizo subir el precio de la cera, de manera que muchos hogares vieron imposible pagar por ellas y permanecían a oscuras mientras las calles lucían con alegría.

Por si fuera poco, a Esquilache se le criticaba por su vida ostentosa, más en su mujer que en él, lo que unido a la época de estrecheces que pasaba el pueblo generaron un malestar enorme.

Algunas otras de las medidas tomadas estaban encaminadas al control de la población y, de entre ellas, más concretamente, al control del orden público. Ese fue el motivo de ordenar la modificación del vestuario al uso en España. Fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de un pueblo empobrecido y harto de que medidas que consideraban oprobiosas, se las dictaran una serie de consejeros extranjeros.

La indumentaria típica, impuesta como moda pocos años antes por la guardia austriaca de Mariana de Austria, se componía entre los hombres de sombrero de ala ancha (Chambergo) y las capas largas. Aquellas ropas ocultaban el rostro y a las perfiles de las personas lo que impedía la identificación de los criminales, circunstancia que se salvaba mejor con el uso de la capa corta y el sombrero de tres picos.

El empeño de Esquilache en que se aplicara la medida unido a la ira acumulada por el pueblo, provocó el estallido de un motín, muy populoso y espontaneo, el típico motín de supervivencia del Antiguo Régimen, si bien, en este caso, influido por capas de la nobleza enfrentadas contra los italianos en la Corte. En este episodio de nuestra Historia, tuvieron especial importancia los alcaldes y golillas en el levantamiento y la permisividad en la distribución de pasquines con coplillas contra Esquilache y los italianos, siempre dejando en buen lugar al Rey, el cual quizá temió por la integridad de su Palacio en un primer momento, pero salió fortalecido del conflicto. El Motín se inicia el 23 de marzo de 1766. A pesar de ser un incidente, primigeniamente, local, madrileño, pronto se extendió a Cuenca, Zaragoza, Sevilla, Bilbao, Barcelona, La Coruña, Santander o Cádiz.

La mayor parte de los ministros del Rey, incluidos los italianos Grimaldi y Sabatini a los que el pueblo también se oponía, aconsejaron ceder, dado que, lo solicitado por los amotinados era mantener la indumentaria clásica, el control de precios, la desaparición paulatina de la guardia valona y la destitución de Esquilache.

El Rey envió a Esquilache a Italia, aunque seguía contando con su buen hacer, y, por ello, le nombró embajador de España ante la Corte veneciana.

Carlos III ordenó a Grimaldi que se hiciera cargo de restaurar el orden.

Como consecuencia del Motín, Esquilache fue sustituido por Aranda. Poco a poco la Guardia valona perdió presencia y los precios del pan se controlaron. Sin embargo, no se pararon por ello las reformas ilustradas de Carlos III, pero ahora con mayor presencia de ministros españoles. De hecho, la vestimenta se cambió, pero en vez de hacerlo por medio de una orden impuesta, Aranda, de manera más astuta que Esquilache (y quizá conociendo mejor la idiosincrasia española), dispuso que los verdugos llevaran desde entonces la capa larga y el chambergo, con lo que, la gente optó voluntariamente por sustituir la capa larga por la corta y el chambergo por el sombrero de tres picos.

LA REVOLUCIÓN LIBERAL O REVOLUCIÓN BURGUESA

Este año 2020 se cumplen 190 años de las llamadas revoluciones liberales o burguesas que transformaron el mundo y, sobre todo, transformaron geográficamente Europa. En la historiografía se suele denominar como revoluciones liberales las que nacen de la Guerra de Independencia de Estados Unidos y de la Revolución Francesa de 1879, las revoluciones atlánticas, que señalaba Palmer, para extenderse posteriormente y de manera cíclica con las revoluciones de 1820, 1830 y 1848. A la de 1830, se la llama también “ revolución burguesa”. Si bien esta expresión tiene una especial connotación en la historiografía marxista como inicio del, por ellos así concebido, enfrentamiento de clases, lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, especificado con detalle a partir del Manifiesto Comunista de 1848. Para Engels, a partir de ahora: “La lucha de clases entre el proletariado y la burguesía pasa al primer plano de la historia de los países más avanzados de Europa”.

Las consecuencias de la Revolución Francesa y de las manifestaciones revolucionarias de los años 20 habían sido sofocados, aparentemente. Pero, ideológica, cultural y políticamente parte de aquellos románticos, socialistas utópicos, nacionalistas y liberales mantenían sus posiciones intentando encontrar un momento adecuado para aflorarlas. Eso ocurrió en los años 30. Se produce así la segunda oleada revolucionaria del siglo XIX (entre 1830-32) que sacude toda Europa y también los territorios de ultramar y colonias de cada potencia europea. Aún ha de llegar la tercera en 1848. Esta segunda dividió políticamente Europa; en el lado occidental, los regímenes liberal-burgueses y, en el oriental, las monarquías autocráticas.

A diferencia de las revoluciones del 20 de corte nacionalista dirigidas por militares, las del 30 venían promovidas por una burguesía que ocupaba los principales puestos económicos, sin poder político. Buscando ese poder, se levantan contra los antiguos estamentos poderosos, pero, en más de un país, las fuerzas nacionalistas seguían vivas ( en los Balcanes, Serbia y Bulgaria). A su vez, los nacionalistas mezclados con los liberales dirigen el levantamiento griego. Se producen revoluciones en Francia, Bélgica, en parte de Alemania, Italia, Suiza y Polonia…

Hasta 1830 todos los gobiernos europeos, impregnados por la Restauración se habían esforzado por mantener el “Statu Quo” de 1815. Tras 1830, aquella situación fue insostenible. Las grandes potencias de la Santa Alianza se habían conjurado en movimientos de mutua ayuda contra cualquier levantamiento revolucionario. Pero, la revolución de 1830 se inicia en Francia, una gran potencia, lo que impidió que el resto de los países intervinieran.

El mayor avance tecnológico se sitúa en la Europa occidental y allí surge el primer brote revolucionario. Al fin y al cabo, esta es una revolución nacida de la revolución industrial.

La revolución en Francia nace por la represión ejercida por el gobierno francés (Polignac) empeñado en fortalecer una monarquía absolutista y no atender las peticiones liberalizadoras de una parte de la población. En las quejas se unían los liberales, la burguesía y las capas populares. Estas últimas apabulladas por una larga crisis económica y las hambrunas correspondientes. Además de la fuerte represión, el gobierno, a modo de cortina de humo, acentúa el intervencionismo exterior- en África, conquista Argel y, en Europa, ataca la frontera del Rin.

La insurrección la inician periodistas y estudiantes, en las tres gloriosas jornadas (del 29-31 de julio de 1830), termina con el derrocamiento de Carlos X. Por las fechas, se le conoce como “Revolución de julio” o “De las tres gloriosas”.La burguesía, por miedo ante el empuje revolucionario que se extiende entre el proletariado, se adelanta y propone una monarquía constitucional que detentará Luis Felipe de Orleans. La monarquía de julio se convierte en el instrumento de la burguesía frente a las demandas sociales del resto de las clases.

Se aprueba una nueva constitución: voto censitario; prohíbe la censura previa; reconoce las libertades políticas; acepta la creación de una Guardia Nacional; aumenta las atribuciones del ejecutivo ( Rey) y de la cámara de diputados. Además, acompaña una buena coyuntura económica. Se inicia una época de prosperidad, en la que el mayor cambio será el cambio de la nobleza por una serie de notables, la laicización del Estado y un régimen de libertades formales. La bandera tricolor se impone. La monarquía orleanista es el gran dique para contener al populacho, que desencadena en una lucha permanente hasta confluir en la revolución de 1848. Tras la cada vez más prospera burguesía se inician una serie de movimientos violentos (París 1832; Lyon y París 1834). A los socialistas utópicos de antes le sucede una nueva generación más radicalizada y pragmática- socialistas proletarios- Proudhon, Blanqui, Blanc. La unión de este proletariado con la pequeña burguesía será el factor que derribe a la larga la monarquía de julio.

Ante el avance de las fronteras del Rin y el miedo a que avanzara la revolución, Inglaterra y Prusia se adelantaron a reconocer la “Monarquía de julio” intentando evitar todo contagio. Metternich (el canciller austriaco), con dudas, y el zar, con disgusto, aceptaron al nuevo monarca, con la misma finalidad de taponar la fuga de la revolución.

La extensión del movimiento por toda Europa fue inmediato, pero el éxito o el fracaso de esas revoluciones se debió a dos componentes: 1) la disposición del gobierno de turno para acoger un cambio constitucional; 2) el juego de las fuerzas de las grandes potencias, cuyas respectivas tendencias influían hacia un lado o hacia otro. Las potencias liberales frente a las partidarias de la Restauración ( Austria, Prusia, Rusia). En este sentido Francia logró de Gran Bretaña un acuerdo de no injerencia en los países que se levantaran contra los gobiernos autoritarios. Como reacción, las potencias de la Restauración firmaron una alianza de defensa mutua.

En noviembre de 1830, cayó el gobierno del partido conservador británico, presidido por Wellington. Comenzaron los preparativos para modificar el sistema electoral, admitiéndola entrada en el Parlamento a algunos sectores de la Burguesía, evitando así una revolución.

Entre los errores del legitimismo, al reordenar el mapa europeo en el congreso de Viena (1815), está el olvido de las realidades nacionales.

Con el fin de establecer un estado tapón entre Francia y Alemania se crea un estado artificial : Países bajos (Bélgica, Holanda y Luxemburgo). Artificial en todos los órdenes (lingüístico, económico- los holandeses son comerciantes partidarios del librecambismo y los belgas son agricultores o pequeños industriales que requieren protección-, religioso y político).

El legitimista Guillermo de Nassau no tiene suficiente habilidad política como para fundir intereses y actuar como árbitro entre los grandes grupos enfrentados.

Se produjo una marginación de los habitantes del sur (belgas). Con un problema gravísimo en la enseñanza, cuya raíz es un problema religioso entre los católicos belgas y los protestantes holandeses.

Los belgas, además, se acercaron a las ideas liberales, no así los holandeses. Las posturas se radicalizan y con este mar de fondo se produce la revolución liberal en Francia. Los belgas se sublevan, montan un gobierno provisional, proclaman la independencia provocando una guerra civil. Europa se divide. Las potencias tradicionales apoyan al Rey Guillermo y a los holandeses, sólo Francia y Gran Bretaña apoyan a Bélgica. En ese momento, el levantamiento polaco entretiene a los rusos, el Imperio Austro- húngaro bastante tiene con vigilar a los italianos y Prusia se desentiende del apoyo a Guillermo I de Nassau. Todo ello hace que los holandeses renuncien al empeño unionista, aunque no reconozcan a Bélgica hasta 1839.

Bélgica elabora una constitución en 1831 de base censitaria, con la monarquía como forma política del Estado (Leopoldo I) y que reconoce la libertad de cultos.

La independencia belga fue reconocida en una conferencia celebrada a los tres meses en Londres. Papel esencial jugó Prusia, pues temiendo que la guerra civil belga-holandesa se extendiera a toda Europa, se posicionó en todo momento en el grupo de Inglaterra y Francia, dejando su tradicional apoyo a los contrarreformistas.

La misma moderación de Prusia se dio en el caso de Alemania.

La fragmentada Alemania también acusa también los movimientos liberales. Con carácter general en los estados al norte del Main se produjeron cambios constitucionales y monárquicos de índole liberal, con división de poderes, garantías de derechos civiles y sujeción a la ley de los poderes públicos. En 1832, los nacionalistas programan una gran concentración (Hambach-Baviera-) para reavivar el espíritu nacionalista y coordinar sus propósitos. Se trataba de un acontecimiento cultural que se convirtió en un acto de reivindicación liberal y de unificación alamana. A imitación de las banderas tricolores francesa e italiana, se diseñó para la ocasión la bandera tricolor alemana. Hubo algunos disturbios, pero la operación fracasó por el miedo que crea en las potencias vecinas, Austria y Prusia, que deciden intervenir. Los focos subversivos son barridos del sur de Alemania. Sin embargo, el nacionalismo alemán no desaparece, únicamente tiene que cambiar de posiciones de (liberal a conservador) y agruparse en torno a Prusia (Zollverein) a la espera de mejor ocasión.

En Suiza,aun bajo la presión contrapuesta de sus vecinos, Francia y Austria, consiguió modificar las constituciones cantonales y posicionarse en el lado liberal.

Con Suiza, se termina el círculo de los éxitos de la revolución, si bien, España, dará una de cal y otra de arena.

España.  La muerte de Fernando VII en 1833 permite aprovechar las disputas dinásticas entre isabelinos y carlistas para implantar un régimen liberal. Los carlistas recurren a las armas; se inicia la guerra civil. Hacia 1840 el antiguo régimen ha sido orillado en España, pero no vencido y sus coletazos se muestran a lo largo de toda la centuria.

Los mayores fracasos se dieron en Polonia e Italia. En ambos casos, las estructuras agrarias de la sociedad no ayudaron al éxito del movimiento nacionalista-liberal, pero las potencias liberales tampoco prestaron el apoyo debido a las dos regiones que buscaban su independencia.

Poloniasale del congreso de Viena totalmente fragmentada y ocupada, sólo Cracovia es una república libre. El reparto se hace entre Rusia, Prusia y Austria. Esta parcelación es nefasta para los polacos porque a la hora de luchar por su independencia tendrán que luchar contra tres potencias. El Zar, Alejandro I, convierte a Polonia en satélite de Rusia. El hermano del zar, Constantino, se encarga del ejecutivo. El legislativo, según la carta otorgada en 1815, está en manos de una minoría ( sufragio censitario muy restringido) dócil a los rusos. El ejercito recibe órdenes de los ocupantes.

El descontento polaco va en aumento, pero con una oposición fragmentada. El partido blanco ( alta nobleza), conservador, no pretende la independencia, sino cierta autonomía. El partido rojo  (pequeña nobleza, oficiales del ejercito y profesionales liberales) lucha por la independencia nacional y un régimen parlamentario.

El ejemplo francés, con promesas formales de ayuda, es la chispa que inicia la insurrección en Polonia. Un gobierno provisional declara la independencia en 1831. Pero occidente se inhibe y la división interna facilita la reacción rusa. Tras una dura y sangrienta lucha de nueve meses, en septiembre de 1831, los rusos retornan a Varsovia iniciando un régimen ( estatuto Orgánico de 1832) que elimina todo germen nacionalista polaco. Se produce un movimiento de rusificación, se prohíbe el idioma polaco, se cierran las universidades, se impone la religión ortodoxa, en vez del catolicismo polaco. Sólo el terror mantiene el orden en Polonia, aunque no faltaron intentos de sacudirse el yugo ruso ( 1846,1848, 1863-64) con escaso éxito. Una manifestación popular en París echa en cara a la monarquía de julio el abandono de los polacos, el nuevo régimen actúa reprimiendo a sus ciudadanos con cierta dureza.

En Italia, la corriente liberal nacionalista que había surgido en los años 20 se mantiene, los carbonarios se encargan de ello. El presumible apoyo francés da alas a los libertarios- incluidos los estados pontificios-, sin embargo, el temor a que se radicalizara el ambiente interno, hace que Luis Felipe de Orleans se desentienda del asunto italiano, dejando que la ocupación austriaca sofoque el levantamiento. No hay que olvidar que el primero en solicitar ayuda a Austria fue el Papa Gregorio XVI, en esas condiciones Luis Felipe no podía arriesgarse a enfrentarse al papado. El absolutismo vuelve a apoderarse de los centros de poder italianos hasta 1848.

Como consecuencia de los sucesos de julio en Francia y sus repercusiones, Europa queda dividida. Las potencias de la restauración ( Prusia, Rusia y Austria) firman, en 1833 , diversos acuerdos de ayuda mutua, sobre el que se apoyó Palmerston, el Ministro de Exteriores de Gran Bretaña, para formar la cuádruple alianza en 1834 con Francia, Portugal y España. Decía el británico que  “se trataba de una alianza entre Estados constitucionales del oeste, que servirá como contrapeso a la Santa Alianza del este”

La importancia de la revolución liberal de 1830 estriba en ser un escalón más en el camino que llevaba a la Democracia. Revolución democrática es como se conoce a la de 1848, aunque la democracia plena, con plenas libertades, no llegará hasta el siglo XX y no en todas partes, pero aquella revolución de 1830 trajo las bases de un régimen liberal, aún no completo, sin el cual no existirían las democracias actuales. Aquella revolución liberal nos trajo esencialmente:

. Un profundo cambio social que garantizó el poder de la burguesía y la instauración de un orden clasista basado en la riqueza y no en los privilegios.

. Ampliación de la participación política, aunque aún estamos ante un sufragio censitario.

.Defensa de las libertades y derechos individuales. Especialmente de este momento histórico son las de pensamiento, conciencia, opinión, prensa y asociación, aunque todavía existen algunas restricciones.

. Afianzamiento del principio de Soberanía nacional que procedente de la Revolución Francesa y la Ilustración, se había resentido en la Restauración. Desde ahora será complicado obstaculizar el concepto de que la Soberanía reside en el pueblo y no en el Rey.

.Consiguientemente, establecimiento de un orden jurídico, manifestación de la Soberanía Nacional, mediante una ley fundamental- Constitución-. Tampoco era nuevo, pero desde ahora es irreversible, al menos, su existencia, más democrática o menos, según los momentos de la Historia. Y con ella, la aparente separación de poderes que irá adquiriendo firmeza con el tiempo; la teórica igualdad jurídica de todos los ciudadanos ante la ley.

LA REPÚBLICA FEDERAL ESPAÑOLA

Nuestro tema de hoy, de más actualidad de lo que debería, se encuadra históricamente, en un sentido amplio, en el llamado Sexenio Revolucionario. En un brevísimo apunte histórico, debemos señalar los acontecimientos que determinan su contexto:

Antecedentes.

  • La poca popularidad de los gobiernos de los moderados con Narváez como principal figura, unidos a la crisis económica de 1866, determinó un descontento en la población que salpicó a la Reina Isabel II y su corte de los milagros- en expresión de Valle Inclán-.
  • Los progresistas de Prim se habían unido a los demócratas por el pacto de Ostende cuya finalidad era derrocar a Isabel II.
  • La Unión Liberal, tras la muerte de O’Donnell, estaba liderada por el “General Bonito”- Serrano- y decidieron unirse a los progresistas en su intento de derrocamiento de los Borbones.

Sexenio revolucionario.

El sexenio comprendió desde el derrocamiento de Isabel II (con la revolución de 1868) a la restauración a finales de 1874.

Este periodo histórico muestra unos acontecimientos que se nos manifiestan de manera abigarrada, difícil de organizar en unas líneas coherentes, desordenado y caótico. En tan corto espacio de tiempo, pasó nuestra España de una monarquía a otra, por dos formas diferentes de república, dos constituciones, una guerra colonial, dos guerras carlistas, es decir, dos guerras civiles, y varias juntas revolucionarias.

Ideológicamente, España vivía en dos planos, de un lado, caminaba la utopía política y, de otro, se mostraba una realidad socioeconómica casi dramática, compleja y completamente alejada del pensamiento político, en una muestra de la extrema debilidad del país.

La utopía política se sustenta en cuatro basamentos:

  • Presencia activa de las clases populares de las ciudades.
  • El peso político y económico pasa de Castilla y Andalucía a Cataluña.
  • Respaldo intelectual de la llamada “generación del 68” o “demócratas de cátedra” que no eran más que un conjunto de profesores universitarios de filiación Krausista. Por ejemplo: Nicolás Salmerón; Emilio Castelar, Laureano Figuerola; Gumersindo de Azcárate… profesores que luego formarán parte de la Institución Libre de enseñanza.
  • Los partidos políticos divididos en dos grandes sectores: los cimbrios acaudillados por Nicolás Mª Rivero de filiación monárquica y los republicanos de Salmerón, José Mª Orense, Castelar… con un fuerte ideario federal que acaba agrupándolos en el partido Republicano Federal cuya cabeza más destacada, sobre todo, en el plano ideológico, fue Francisco Pi y Margall.

Aquel sexenio pasa por diversas juntas revolucionarias y un gobierno provisional a cuyo frente estaba Serrano. Es época de levantamientos populares y coloniales (alzamiento de Cuba al “grito de Yara” en 1868) y un enfrentamiento con los carlistas que alcanza su máxima extensión territorial.  Para estabilizar la situación se busca como solución una monarquía constitucional, promulgando la Constitución de 1869 y nombrando rey a Amadeo de Saboya.

El atentado que supuso el asesinato de Prim, dio al traste con todo aquello y provocó la renuncia de Amadeo de Saboya. Un amplio frente común se alineó contra él. No sólo los alfonsinos, cosa que entraba en la lógica de las cosas, sino que los progresistas se unieron a los carlistas frente al nuevo monarca y los republicanos radicales se separaron del bloque que apoyaba a Amadeo para enfrentarse también a él.

El republicanismo no tenía una posición común, las disensiones se mostraron desde el principio. En este sentido, fueron los republicanos intransigentes (el ala más radical del republicanismo) los que llevaron mayor inestabilidad al nuevo régimen. Hennesy ha hecho una descripción de estos “intransigentes”: ”Eran los revolucionarios profesionales, periodistas, malhumorados y frustrados buscadores de empleo que vieron en los Clubs radicales y en el desempleo de la capital, el medio de contrapesar la tradicional debilidad del partido en Madrid y, en la explotación del descontento social, la forma de forzar la mano de la cauta jefatura oficial… como optimistas que eran, prometían todo cuanto pudiera servir para  compensar el apoyo de las masas y, menos cohibidos que los benevolentes- los republicanos moderados-, ofrecía reformas sociales en las que no tenían verdadero interés, trabajando en la organización conspiratoria, confiaban conseguir sus fines por medio de la organización secreta, pero incapaces de aprender de sus errores pasados, continuaron asiéndose al mito de la revolución espontánea”[1].

El fracaso del plan insurreccional de los intransigentes entre octubre-diciembre de 1872, refuerza a Pi y Margall, que logra enderezar la situación republicana para dar la dirección al sector benevolente frente a los intransigentes.

Con todo, Amadeo de Saboya harto de tanto caos decide abdicar y volver a Italia. El mismo día de su marcha- el 11 de febrero de 1873-, el Congreso y el Senado reunidos conjuntamente en Asamblea Nacional proclaman la 1ª República.

En esta convocatoria encontramos uno de los primeros tropiezos, uno entre muchos que vendrán, de la 1ª República: aquella convocatoria de Asamblea Nacional era ilegal, porque el art 47 de la Constitución prohibía expresamente la deliberación conjunta del Congreso y del Senado. Asimismo, la abdicación de Amadeo de Saboya debió hacerse mediante Ley, lo que tampoco ocurrió. La República llegó con una revolución y se estrenó con una ilegalidad. Era algo premonitorio de lo que se podía esperar de aquel régimen.

La historiografía suele considerar que la misma no fue una única república, sino dos:

  • Entre el 11 de febrero de 1873 y el 3 de enero de 1874, la propiamente federal. Termina con el golpe de estado de Pavía.
  • El resto de 1874. Bajo la jefatura de Serrano. La República se convirtió en un régimen autoritario. Termina con el levantamiento de Martínez Campos en Sagunto y la proclamación de la Restauración

En este hilo nos vamos a referir esencialmente, a la primera parte. Aquella en la que, a decir de Payne, “el País se enfrenta a un caos absoluto”. En menos de un año hubo 4 presidentes: Figueras, el cual solía decir que “Yo no mando ni en mi casa”. Desconocemos su posición en su hogar, pero en el País, la afirmación era cierta. Cuando muere su mujer, huye a Francia y no quiere saber nada más de la República española.

Le sucede Pi y Margall, al cual Ortega y Gasset describe como: “hombre excelente, pero de dotes escasísimas, se nutría de los ridículos desplantes de ascetismo a que solía entregarse”. Durante la Presidencia de Pi, España llega al borde de la desintegración.[2]

Veamos cómo se desarrolla la República con los dos primeros presidentes antes de conocer las acciones de los dos últimos.

La República en este primer año nace bajo el auspicio intelectual de Pi, defensor a ultranza del federalismo y, por ello, intenta imponer un sistema federal “de arriba abajo”, es decir, una imposición desde las élites hacia el pueblo.

En un primer momento no se proclamó la República federal. El primer gobierno contó con Figueras como Presidente, Pi y Margal en Gobernación, Nicolás Salmerón en Gracia y Justicia y 4 ministros radicales. A los pocos días hubo un reajuste de Gobierno y los radicales salen del mismo, salvo en Guerra y Marina donde conservan la cartera por poco tiempo. Se empiezan a fraguar así una doble oposición, de un lado, los miembros del Partido Radical. Estos estaban dirigidos por Cristino Martos y apoyados por el General Pavía. En segundo término, por los republicanos intransigentes, impacientes por la instauración de la república federal.

La República española sólo fue reconocida en el ámbito internacional por Estados Unidos y Suiza.

En esta primera etapa, con Figueras en la presidencia, se hacen las siguientes concesiones a los intransigentes buscando su integración, cosa que no se consigue:

  • Supresión del impuesto de consumo.
  • Supresión de las quintas
  • Reorganización de las milicias a base de voluntarios. A los que pagaban 2 pesetas diarias.
  • Se intenta suspender el ejército acabando con las ordenanzas militares (lo que se consigue es una relajación absoluta de la disciplina).
  • Eliminación de los títulos nobiliarios.
  • Supresión de la esclavitud en Cuba y Puerto Rico.

La situación financiera era gravísima. En 1873 dejan de pagarse los intereses de la deuda. El dinero huye de la República por su inestabilidad. En Cataluña, se proclama, en tres ocasiones, el estado catalán (el 12 y el 21 de febrero y el 8 de marzo). Intentando contentar a los nacionalistas, se hicieron nuevas concesiones, como, por ejemplo, la disolución del Cuerpo de Regulares del ejército en Cataluña. Con lo que la región quedó a merced del carlismo en armas.

Asimismo, en Cuba, la primera guerra insurreccional se agravó en estos momentos aprovechando el desconcierto en el gobierno nacional.

En resumen, aún no se habían convocado elecciones constituyentes para aprobar una constitución federal y ya la situación era de un caos absoluto. Tanto que los radicales intentaron un golpe de estado que fracasa el 23 de abril. Las elecciones se celebraron entre el 10 y el 13 de mayo. Se constituyeron el 1 de junio de 1873. Hasta esa fecha en las Cortes se trabajaba en Comisión permanente que fue un auténtico despropósito. Tampoco las elecciones resultaron brillantes en su ejecución al haberse abstenido el 61% de la población llamada al voto.

El Partido Republicano Federal se dividió en tres alas:

  1. La de Castelar, Salmerón y los llamados benévolos.
  2. La de Pi y Margall apoyada por los intransigentes y algunos benévolos fluctuantes como J.M Orense.
  3. Los intransigentes extremistas.

En la primera reunión de las Cortes, Figueras presenta su renuncia. Pi y Margall se hace cargo de la Presidencia el 8 de junio. El día 11, tras considerables tumultos, consigue formar gobierno. El cual estaba formado por personajes de segunda fila, nadie importante aceptó los puestos ofrecidos y para poder jurar tuvieron que ir escoltados por un piquete de la guardia civil. El día 13 de junio, Pi realiza el discurso programático en las Cortes cuyo contenido no se llevó a la práctica. Prometía: constitución federal; separación Iglesia-Estado; reformas militares y fiscales; reformas sociales (jurados mixtos, reglamentación del trabajo infantil y femenino; desamortización…).

El día 21 de junio, tuvo la primera crisis de gobierno ocasionado por la sublevación cantonal y su falta de capacidad para hacer frente a tal situación. Los intransigentes forman el Comité Central de Salvación Pública, que plantea el levantamiento cantonal en provincias y ciudades, recogiendo así las posiciones de la izquierda más extrema que en España siempre fue anarquista. Cartagena inició la sublevación el 12 de julio en lo que Ricardo de la Cierva ha calificado como “la tragicomedia huertana”. El 18 de julio el movimiento cantonalista se había extendido a: Valencia, Málaga, Sevilla, Almansa. Y poco después a Granada, Castellón, Ávila, Salamanca, Bailén, Andújar, Algeciras, Toro, Béjar, Écija, Sanlúcar de Barrameda y otros lugares donde el cantón duró breves horas. No en todas partes el cantonalismo responde al mismo principio, así, en Valencia es un movimiento regionalista burgués; otros tienen tintes internacionales: Cartagena donde el 21 de julio el Gobierno central declara piratas a la escuadra cantonal cartagenera, la cual había detenido a unas naves alemanas. En Granada, se trata de la imposición de un caciquillo del lugar. Otros son promovidos por los obreros con poco idealismo intelectual y mucho odio de clase. Su ideología consistió en matar al que no pensaba igual que ellos. En ocasiones se enfrentaron diversas facciones cantonales entre sí.

En semejante barullo, Pi y Margall, poco antes de dimitir como Presidente de la República, circunstancia que acaeció el 18 de julio, envió al General Ripoll a sitiar Córdoba con 2.000 hombres, pero con la orden de que “no fueran en son de guerra. [Debían emplear] ante todo, la persuasión y el consejo”. Es decir, lo que hoy diríamos, que fueran a dialogar con los insurrectos. Maragall intentó desarmar políticamente a los levantiscos y lo hizo después de declarar que no derramaría sangre de los insurrectos y que la solución para el arriscado cantón de Cartagena era: ”No hay más que dos caminos, o la política de resistencia o la de concesiones. Yo declaro desde el banco del gobierno que soy partidario, para mis correligionarios levantados en Cartagena y en cuantos puntos puedan levantarse, de la política de concesiones”[3]

Tras su dimisión, comienza la acción de los dos últimos presidentes.

Sucedió a Pi y Margall, Nicolás Salmerón que llega a la presidencia el 20 de julio. No le quedó más remedio que reorganizar el ejército para restablecer el orden en España. El antimilitarismo de Pi y la relajación de la disciplina habían inutilizado al ejército. Salmerón tuvo que renovar la cúpula militar y encargó los principales mandos a generales monárquicos, como Arsenio Martínez Campos o a generales de tendencia radical, como Pavía.

Con la excusa de no querer firmar unas condenas a muerte, Salmerón dimite el 7 de septiembre de 1873. Tras su dimisión es nombrado Presidente de las Cortes y desde ese puesto se dedicó a torpedear la acción del último presidente.

En el ámbito militar, con pocas tropas, Martínez- Campos, logró sofocar el cantonalismo en menos de un mes, salvo el cantón cartagenero que duró hasta el 11 de enero de 1874. En este último, su líder, Antonio Gálvez Arce (Antonete) había ocupado, con el ejército cantonal, Orihuela el 31 de julio. El 10 de agosto, el General Salcedo lo derrota en chinchilla y Martínez-Campos lo sitia en Cartagena. Del 26 de noviembre al 9 de diciembre se sometió la ciudad a un bombardeo continuo y el 3 de enero a otro. La Junta Soberana de Salvación Pública de Cartagena, bajo la presidencia de Roque Barcia, decide capitular el 11 de enero.

Para comprender hasta dónde se había llegado durante la presidencia de Pi y Margall, el gobierno de Salmerón publicó en la prensa, con especial interés en la catalana, la necesidad de que los ciudadanos devolvieran las armas. Así el diario “independiente” a finales de agosto publicó: “Voluntarios de la república, primer batallón del segundo distrito, se intima a todos los individuos que pertenezcan al batallón y que al desertar lo hicieron con armas, equipo y vestuario pertenecientes al mismo, procedan a su devolución dentro del improrrogable plazo de 2 días”.

El 7 de septiembre, tras la dimisión de Salmerón es elegido Presidente de la República Emilio Castelar. Se inicia así la llamada “República conservadora de Castelar”.

El programa de Castelar podría sintetizarse así:

  • Reconstrucción de la unidad nacional.
  • Dar entrada a la mayoría (que no era republicana)
  • Revocación de la licencia de armas a los paisanos.
  • Suspensión de algunas libertades de manera temporal hasta restablecer el orden.
  • Robustecer el ejercito
  • Captar fondos para las exiguas arcas públicas.
  • Distensión de las tensas relaciones Iglesia-estado.

Pero, en el primer debate en que sometió a votación su programa, Castelar fue derrotado el 3 de enero de 1834 y cuando las Cortes se disponía a elegir de nuevo Presidente, la general Pavía entró en el Congreso a Caballo, dando un golpe de Estado y terminado con la Republica Federal Española, si bien no con al 1ª República, pues republicano fue el régimen totalitario que dirigió Serrano acto seguido, y que duró el resto del año 1874. En lo que sería la segunda parte de la primera República.

El General Serrano formó un gobierno con todas las fuerzas no republicanas federalistas. En esas filas se encontraban también partidarios de la restauración Borbónica.

Entre los objetivos del gobierno estaban el acabar con la revolución cantonal y con la tercera guerra carlista. En este último sentido cabe hacer una pequeña mención a la incapacidad carlista de hacerse con el poder durante aquel año. Se empeñaron en lograr el éxito sólo por medio de la guerra, sin utilizar los factores que la crisis política les daba.

El autoritarismo de Serrano se justificó en la posibilidad de que de seguir los federalistas en el poder la desmembración de España tenía muchas posibilidades de acontecer. Asímismo, señalaron que para evitar los enfrentamientos que habían acabado con Castelar en el gobierno, no se convocarían Cortes. Así, los poderes de Serrano no tenían límite institucional alguno. La instauración de la dictadura no encontró oposición salvo un ligero enfrenamiento en Barcelona, donde se declaró la huelga general. Realmente Serrano dudaba entre ser el que ofreciera el retorno a los borbones o ejercer él todo el poder, pero internamente ya había optado por la segunda situación.

Antonio Cánovas del Castillo identificó el régimen de Serrano con el del general Mac Mahon en Francia, que se hizo con el poder tras la caída de Napoleón III e impidió la restauración monárquica en el país vecino. Tras no pocos encontronazos políticos, alianzas fallidas, traiciones variadas…, el 1 de diciembre Cánovas publica el manifiesto de Sandhurst, escrito por él y firmado por el príncipe Alfonso. Con él buscaba apoyos entre los liberales a la causa borbónica. Se trataba de la culminación del proyecto de Cánovas que no era otro que inclinar la opinión pública hacia la causa Alfonsina, pero con paciencia y perseverancia, sin asonadas militares. Sin embargo, el pronunciamiento de Sagunto el 29 de diciembre de 1874 por parte de Arsenio Martínez Campos, en contra de la opinión de Cánovas, precipitó los acontecimientos

El 31 de diciembre de 1874, se formó el llamado Ministerio-Regencia presidido por Cánovas a la espera de que el príncipe Alfonso regresara a España. Se inicia la Restauración.

BIBLIOGRAFÍA

José Mº Jover Zamora. “Realidad y mito de la Primera República”. Ed Austral. 1991.

C.A.M. Hennessy. “La República Federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal 1868-1874”. 1966

Ricardo de la Cierva. “Historia básica de la España actual” (1800-1973) Ed. Planeta. 1974.

Vicente Palacio Atard. “La España del S. XIX” Ed. Espasa Calpe. 1978

Ubieto, Reglá, Jover y Seco. “Introducción a la historia de España”. Ed. Teide. 1986.

[1]C.A:M. Hennessy. “ La República Federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal 1868-1874”. Mad. 1966

[2]Citas logradas en la “Historia Básica de la España actual (1800-1973” de Ricardo de la Cierva. Ed. Planeta. 1974

[3]Cita del diario de Sesiones recogida en el Libro de Ricardo de la Cierva anteriormente citado.