LA EXPULSIÓN DE LOS JUDIOS DE ESPAÑA EN 1492

La expulsión de los judíos de España tras el decreto de 31 de marzo de 1492 firmado en Granada por los Reyes Católicos no fue una excepción en Europa.

Realmente cabe explicar el antijudaísmo que se vivió en Europa en la Edad Media como un fenómeno complejo que arranca de una época muy anterior a los acontecimientos sociales del siglo XV, justificándose como una demanda de conversión de los judíos, es decir, como un fenómeno religioso que se fue complicando con el tiempo y al que se unen factores económicos, sociales y hasta xenófobos. Se trata de un fenómeno europeo, continental, no se puede entender como un ejemplo francés, español o alemán.

Sus primeras manifestaciones se descubren en la segunda mitad del S XII en el momento en el que se estaban constituyendo y ordenando las comunidades judías en occidente. Puede presentarse como antecedente el sanguinario suceso ocurrido en 1096, cuando los caballeros cruzados, poseídos de gran exaltación religiosa asaltaron las juderías de Renania. Se decía que iban a rescatar con la sangre de los judíos el sepulcro de Jesús ya que no podían mirar con pasividad a los que fueron sus verdugos.

De esa visión se deriva el hecho de que los judíos fueran mirados con recelo, como una especie de casta pecadora, cuyo contacto mismo contaminaba. Era una especie de concepto de impureza irreversible que se dejaba notar en leyes de convivencia en todo el continente.

El primer país en expulsar a los judíos fue Inglaterra y su acción constituye un modelo para lo que vendría después en todas partes. La impopularidad de los judíos llevó a tres grandes revueltas contra ellos: Norwich en 1144; Gloucester en 1168 y St. Edmonsbury en 1181. Cuando Ricardo I partió para las cruzadas los impuestos se multiplicaron y los ingleses arreciaron contra los judíos. A éstos, en las Islas, no se les trató de convencer para que se convirtieran, simplemente eran unos buenos financieros, normalmente acaudalados, y se les trató de exprimir a impuestos. Cuando ya no fue posible sacarles rendimiento, Eduardo I decidió su expulsión, primero en Gascuña (1289) y luego en Inglaterra (1290). Los judíos de la Corte de los Plantagenet tuvieron que emigrar.

Tras la acción inglesa vinieron los franceses. Felipe IV los expulsó en 1306 en condiciones más duras que las inglesas y muchísimo más injustas que en España en 1492. En Alemania e Italia no se produjo un decreto de expulsión simplemente por carecer de suficiente poder el Emperador del Sacro Imperio, pero la violencia se desató en el siglo XV contribuyendo a la expulsión de los judíos de Austria y del Ducado de Parma.

La pervivencia de las comunidades judías era un problema en una Europa que estaba formando sus primeros Estados-Nación e imponían la unidad religiosa como forma de crear unidad entorno a esas sociedades políticas nacientes.

En el siglo XIII España era la excepción, un oasis de paz para los judíos. Protegidos por diversas leyes, su situación distaba de ser perfecta,  pero era en los reinos peninsulares junto con Provenza en los únicos lugares en los que los judíos podían vivir en plenitud la fe judía, sus enseñanzas y su pensamiento.

En España, la idea de Sefarad como un Estado independiente o un Estado dentro del Estado, no existe, nada puede asemejarse a la situación musulmana. Muchos de los judíos llevaban en la península ibérica desde hacía siglos, otros habían recalado en España tras las expulsiones europeas, vinieron pacíficamente, no con una idea de invasión; otros se encontraban en las taifas musulmanas.

Con el avance de la Reconquista la población judía de los territorios árabes se va incorporando a los distintos reinos, al principio como cautivos de guerra, para pasar posteriormente, al ser una población muy útil, a depender directamente de la protección real, al servicio del rey, como miembros propios de la Cámara y del Tesoro. Es decir, en España, gracias a los reyes, los judíos tuvieron una vida mejor que en el resto de Europa. Si alguien les atacaba, ataca una propiedad real, lo que conllevaba penas enormes. Esta utilidad les depara un ascenso social, además de servir de puente entre las poblaciones cristinas y musulmanas.

Las Aljamas judías se construyen como lugar de vida de los judíos en España. No se integraron en la sociedad hispana por rechazo mutuo. Ni la sociedad cristiana dominante los aceptaba como miembros de la sociedad al mismo nivel que los cristianos ni los judíos querían vivir en una sociedad que no tuviera sus mismas costumbres. Pero no son repelidos, la incompatibilidad teológica se amortigua y se suaviza por los intereses reales que les dan, como dijimos, un privilegio de inmunidad. Tanto era así que, si fallaba el apoyo real, la población judía quedaba desprotegida a expensas de una parte de la población cristiana , a veces apoyada por algún clérigo exaltado, que los atacaba. Así, amparados, se distribuyen entre los distintos reinos, cada uno con sus leyes y sin formar, insistimos, un Estado propio porque Sefarad al contrario que Al-Andalus es un concepto o idea mítica, no contiene una concepción política. Precisamente, los judíos españoles se consideraban Sefarad, ( de ahí el nombre sefardita) herederos de Judá ( según la única mención bíblica al nombre que aparece en el libro de Abdías, venidos a la península ibérica antes de nacimiento de cristo y, por tanto, carentes de responsabilidad en su muerte.  Pero esa carencia de estado o pretensiones de tenerlo y el respaldo real no dejaba de crear algunos problemas legales. Así los judíos eran súbditos directos del rey, pero al no ser cristianos no se les podía aplicar la ley del Papa, lo que en aquellos tiempos significaba que una parte del derecho penal no les era de aplicación. Tan sólo cuando tenían un conflicto con los cristianos los judíos perdían sus privilegios, quedando completamente desprotegidos. Esta situación obligaba a los judíos a estar cada vez más atrincherados, siendo la razón de su autonomía su prosperidad, pero también la causa de su aislamiento. Los judíos en España no se dedicaban sólo a temas financieros como vimos que ocurría en Inglaterra sino a diversas profesiones, médicos, matemáticos, traductores… y, por supuesto, recaudadores de impuestos. Existían en todas las capas sociales, más ricos y más pobres.

El proselitismo cristiano llevó a querer convertir a los judíos; y ciertas situaciones de violencia, llevaron a conseguir un buen número de conversiones al cristianismo.

Muchas de aquellas conversiones empezaron a producirse durante el reinado de Enrique II de Castilla, a mediados del siglo XIV, que es cuando se produjeron los primeros conflictos de gravedad. Especialmente significativos fueron los sucesos de 1391, año en el que se saqueó e incendió la aljama sevillana. Fue el primer caso, pero pronto la violencia se extendió a otras poblaciones. Los asaltos y el asesinato de judíos se dieron en otras juderías andaluzas, castellanas y aragonesas. Esta situación provocó un sentimiento de miedo en el grupo judío. Muchos de ellos optaron por la conversión al cristianismo.

La posición de los reinos hispanos trataba de reabsorber las Aljamas creando “nuevos cristianos”. Una vez convertidos los nuevos cristianos tendrían que ser incorporados al cuerpo social con toda normalidad, como unos súbditos más. Esta apostasía del judaísmo para abrazar el cristianismo generó tal número de problemas que a la larga fue la clave que marcaría el destino en España de los judíos.

Las conversiones generaron el problema de la sinceridad de las mismas; y, por tanto, la sospecha de los cristianos nuevos frente a los cristianos viejos que como título de orgullo tanto se blandía en España.

Se sospechaba de todo converso, considerando que su postura era cierta hacia el exterior, pero que en su intimidad seguía practicando el judaísmo ( marranos). Evidentemente, no todo el mundo sospechaba, algunos como San Vicente Ferrer logró importantes conversiones entre las capas populares del judaísmo, siendo el reino de Valencia uno de los que tenía una legislación más favorable y Navarra, por el contrario, el que menos favoreció a los judíos.

Parte de los problemas sociales que se generaron contra los judíos se debieron a la crisis económica que asoló la Península hacia el año 1380.  Los judíos, recordémoslo, eran los principales recaudadores de impuestos y esto incrementó la animadversión de una población arruinada. Murieron en los enfrentamientos del siglo XIV unos cuatro mil judíos. Un número mucho mayor que en el siglo siguiente.

Con el incremento de las conversiones las comunidades judías en el siglo XV perdieron parte de su esplendor.

Esto incrementó el problema de la división entre judíos públicos y judíos ocultos.

Esa acusación de judaizar en secreto lleva a un estallido de violencia en Toledo en 1449, que seguirá deteriorando la situación en la capital manchega y en otras ciudades. Se buscó como solución establecer estatutos de “limpieza de sangre” cuyo fin era lograr la unidad de los cristianos absorbiendo a los nuevos y sinceros cristianos. Así mismo, algunos obispos como el de Cuenca criticaba la actitud cizañadora de parte de la población en un intento, que no fue el único, de defender a los judíos. En ese ambiente de tensión la nobleza ideó un sistema de detección de los judíos ocultos, que se aplicaría a través de un tribunal eclesiástico. Así nace la Inquisición en 1478.

A inicios del reinado de los Reyes Católicos el número de conversos se había equiparado, prácticamente, con el número de judíos. En total eran aproximadamente 200.000 conversos y 200.000 judíos. Los judíos seguían copando profesiones liberales, estando mejor preparados que islámicos y cristianos en algunos puestos, lo que aumentaba las rencillas y rivalidades.

Según Domínguez Ortiz la expulsión de los judíos fue la creencia de que mientras hubiese sinagogas en España los conversos estarían tentados de judaizar de nuevo. Este historiador opina que los reyes no buscaban lucrarse con los bienes confiscados a los judíos, recompensa muy golosa, sino que procuraban que se convirtieran el mayor número posible de judíos. Nunca pusieron obstáculos para que se devolvieran sus bienes a los que regresaban posteriormente y se convertían al cristianismo.

El 31 de marzo de 1492, se dictó el decreto de expulsión de los judíos. Este decreto es conocido también con el nombre de Decreto de la Alhambra o Edicto de Granada, ya que los Reyes Católicos se encontraban allí desde la conquista de la ciudad a inicios del año 1492.

Este decreto, que fue redactado por el Inquisidor General, Torquemada,   concedía a los judíos un plazo de 4 meses para salir de los territorios de Castilla. De forma simultánea el rey Fernando de Aragón firmó un segundo decreto donde expulsaba a la población judía de la Corona de Aragón. Es decir, se expulsaba a los judíos de todos los territorios pertenecientes a la monarquía hispánica.

La actitud de los Reyes católicos fue ejemplar, pensaban que con el decreto de Expulsión acabarían con el judaísmo, pero creyeron que los judíos permanecerían en España convertidos. La idea de la expulsión, como dijimos, nace de la Inquisición, no de los Reyes. Los cuales, sin embargo, la aceptan por una multitud de causas, pero las principales fueron el miedo a un estallido social y a la idea de que una Nación debía constituirse como unidad en torno a una única fe.

Exactamente las mismas causas que en otros países europeos, sólo que siglos más tarde. Con otra diferencia importante, los Reyes Católicos dieron todo tipo de facilidades para que los conversos se quedaran en España. Es verdad que las cifras de expulsados parecen altas, pero no hay que olvidar que España fue el refugio de los judíos expulsados del resto del continente con anterioridad. Esas cifras de los expulsados varían. De los 200.000 judíos que vivían en España, se convirtieron unos 50.000. Hay quien dice que el resto se marchó. Otros historiadores consideran que las cifras fueron menos elevadas, dado que muchos, cuando se fueron y vieron las condiciones de miseria en las que les estaba obligado vivir fuera, volvieron a España y se convirtieron. Parece que las cifras más relistas hablan de que fueron expulsados entre 50.000 y 20.000 judíos.

Como señala Ángel Alcalá “La expulsión de los judíos no obedeció a parámetros renacentistas, sino medievales, orientados a la sumisión bajo el manto de la conversión, no a un deseo explícito de expulsión ni, mucho menos, de exterminación”.

Las consecuencias de la expulsión se perdió una buena parte de la población urbana cualificada. La economía se vio afectada ya que desapareció mano de obra artesana y de determinadas profesiones liberales que habían sido ocupadas tradicionalmente por los judíos. Con todo ,no se cayó en una depresión económica.

Historiográficamente, Claudio Sánchez Albornoz, o Domínguez Ortiz que han estudiado profundamente el tema de la expulsión de los judíos de España, desmienten muchas de las patrañas que sobre este hecho se han hecho a lo largo del tiempo, señalan las buenas condiciones que expusieron los Reyes católicos comparadas no sólo con los países que los expulsaron antes, sino con el vecino reino de Portugal que los echó después en condiciones de suma dureza

Hugh Thomas señala que había que ser muy fanático para no aceptar las condiciones ofrecidas por España. Quizá Thomas también exagere. Pero asimismo se posiciona en favor de España por el hecho de que la Expulsión de los judíos se convirtió y aún sirve para la causa a la leyenda negra. Ver en la expulsión una mezcla de odio e intolerancia es confundir las circunstancias y los hechos. Esta afirmación en favor de España y en favor también de la integración ejemplar que tuvieron los conversos que se quedaron aparece en las obras del historiador judío Cecil Roth.

Como señala Pedro Insua en su libro “1492. España frente a su laberinto”. En aquel año se unieron la expulsión de los musulmanes, el nacimiento de España como realidad política tras la toma de Granada y la Unión de los reinos en las figuras de los reyes católicos, la conquista de América y el inicio de un imperio, la expulsión de los judíos, que muchos estudian a través de la tergiversación de la Inquisición. Fue el año del inicio de una gran nación y la envidia de sus adversarios que frente a la hegemonía militar que impuso el Imperio español durante los siglos XVI y XVII en toda Europa, sólo pudieron oponer propaganda. Inglaterra, Holanda y Francia, se dedicaron con denuedo a escribir la Historia a su modo, y para eso valía todo, hasta tergiversar las condiciones de la expulsión de los judíos, cuando fueron mucho mejores que las sostenidas en sus propios países.

Bibliografía

DOMÍNGUEZ ORTIZ, “España. Tres milenios de Historia”. ED Espasa- Calpe. 2007

PEDRO DE INSUA. “1492. España ante sus fantasmas”. Ed Ariel. 2018

LUIS SUAREZ. “ La expulsión de los judíos”. Fundación Mapfre.

Rampjaar (el año del desastre): 1672.

Hoy voy a hablar de un acontecimiento poco conocido, pero no por ello menos importante, se trata del fin del imperio holandés, del que los Países Bajos, nunca se recuperaron.

Lo que hoy son los Países Bajos, formaron parte de la corona española por la herencia borgoñona de Carlos I de España. Aquella zona nunca fue pacífica. Desde sus orígenes con los Vikingos a, posteriormente, bajo el poder del sacro imperio Romano, siempre habían sido provincias levantiscas contra el Imperio y al tiempo enfrentadas entre sí. Un auténtico avispero que logró algo de identidad común y relevancia económica durante el dominio borgoñón. Económicamente, su actividad se centró fundamentalmente en el comercio y por ello siempre tuvieron una buena flota y destacados medios de transporte. Ya en el siglo XV- a modo de ejemplo del floreciente poder comercial holandés- Ámsterdam se convirtió en el principal puerto comercial europeo para el grano procedente de la región báltica; esta posición comercial destacada era compartida en las provincias del sur por Amberes. Además, desde el siglo XI, los frisones desarrollaron un sistema de drenaje que hacía bajar el nivel del agua y dejaba la tierra apta para pasturas y otros cultivos agrícolas. En los siglos XII y XIII, esta técnica se aplicó para convertir en útil una vasta zona pantanosa de Holanda y Utrecht. Sus ingenieros se especializaron en obras hidráulicas para ganar poco a poco terreno al mar y unir las islas costeras mediante esclusas.

La primera vez y casi la última que todos los Países Bajos (que se conformaban aproximadamente por Holanda- actualmente Países Bajos-, y Flandes o Países Bajos Españoles, actualmente Bélgica y Luxemburgo) estuvieron unidos fue bajo el poder de los Habsburgo, con Carlos V y su hijo Felipe II. Ya estas provincias dieron que hacer a Carlos V- como vimos en las primeras entradas de este blog- el cual queriendo contentarles, cosa que no consiguió, en 1549, con la “Pragmática Sanción”, las dotó de una autonomía significativa. La situación en los Países Bajos se volvió más tensa con Felipe II por sus intentos de reforzar la persecución religiosa de los protestantes y sus esfuerzos por centralizar el gobierno, la justicia y los impuestos; las revueltas se sucedieron, sobre todo, en las provincias del norte, dando lugar, al luchar por su independencia de España, a la llamada Guerra de los Ochenta años (1568-1648). Las siete provincias rebeldes se unieron en la Unión de Utrecht en 1579 y formaron la república de los Siete Países Bajos Unidos o simplemente “Provincias unidas” (quizá la más importante de ellas fue Holanda de ahí que se conozca a esas provincias unidas por este nombre, en una especie de sinécdoque histórica). Se trataba de las provincias del norte, frente a las del sur (Flandes) que seguían en poder español. Fue Guillermo de Orange el que lideró a los holandeses frente a España.

En su organización interna, las provincias unidas era nominalmente una república, aunque realmente eran una monarquía. No es fácil de explicar. Cada ciudad y provincia tenían una amplia autonomía frente al resto de las siete provincias unidas. La soberanía residía en los Estados Provinciales y estos se unían en los Estados Generales. A la cabeza de cada provincia estaba un “Estatúder” puesto que siempre estaba ocupado por un descendiente de la casa de Orange que rendía obediencia al jefe de la casa de Orange, en aquel momento, Guillermo de Orange.

La mejor fórmula que encontraron los Orange para unir a sus provincias fue acudir a ese principio tan característico de todos los nacionalismos: encontrar un enemigo exterior común a todos ellos. Ese enemigo fue España y su imperio. No sólo aspiraban a independizarse de nuestro país, sino que querían tener un imperio propio, para lo cual, la existencia del imperio español tampoco les venía bien.  La mejor forma de combatir contra España, ya que no podían contra los Tercios, fue la creación de ese amargo sentimiento nacional que nace del uso sin escrúpulos de la propaganda contra el enemigo, siendo, por ello, los holandeses, uno de los grandes propagadores de la leyenda negra junto con ingleses y franceses, otros que también aspiraban al dominio de los mares y de América a costa de España.

Pero no sólo les unió la propaganda, sino que en el siglo XVII las Provincias Unidas se aliaron con Inglaterra y Francia para lograr su independencia. Lo que a la larga fue su perdición.

Durante la Guerra de los 80 años, las Provincias Unidas alcanzaron su periodo de mayor esplendor. En su pugna contra España desarrollaron una importante flota que emplearon en comerciar por todos los mares del mundo, descubriendo nuevas tierras y abriendo nuevas rutas comerciales. Fueron buenos ingenieros, pero, además, descubrieron antes que otros pueblos las ventajas de la propiedad privada, lo que espoleó sus deseos de sacar más productividad a sus tierras, a sus barcos y al trabajo en su conjunto. Los años triunfales de la historia de ese pequeño territorio van desde 1621- año en el que se fundó la Compañía de las Indias Occidentales, cuyos mayores beneficios provenían del comercio de esclavos (las Provincias Unidas hegemonizaron el comercio de esclavos en el Siglo XVII) y la piratería (sobre todo, asaltando barcos españoles)- hasta 1672. En esas décadas se extienden sus colonias por Asia (Célebes, Borneo, Malaca, Sumatra y Java, en Insulindia; Ceilán y Quilón, en la India), África (Ciudad del Cabo) y América (Curaçao y Guayana holandesa), aunque también sufren algunas derrotas, como las que les obligan a retirarse de Pernambuco (Brasil), la costa de Guinea o la desembocadura del río Hudson (Nueva Amsterdam se convierte en Nueva York en 1664 y pasa a ser inglesa). De ellos, en 1700 quedaban los puestos comerciales de Curaçao, San Eustaquio (St. Eustatius) y San Martín (St. Maarten), las plantaciones en la Guayana holandesa y Elmina como puerto de esclavos. Aún tuvo un postrer momento de esplendor, encarnado en Guillermo de Orange III, proclamado Estatúder (jefe del poder ejecutivo y capitán general) de Holanda y Zelanda con ocasión del ataque de los franceses de 1672.

Con el esplendor económico vino el cultural, el clima de tolerancia- menos con los católicos- que se vivió en la época atrajo a grandes pensadores: Spinoza, Descartes o Locke se asentaron en Holanda. En Ámsterdam llegó a haber 250 impresores, siendo uno de los centros de publicación de libros, legales e ilegales, más importantes del Mundo. También adquirió importancia la publicación de prensa diaria. Esto unido al conocimiento de los mares facilitado por las imprentas que permitieron la aparición de atlas y libros geográficos. Las universidades holandesas destacaron por los estudios técnicos y también se construían aparatos de medida como microscopios, telescopios; todo relacionado con las ciencias que allí se enseñaban.

Al mismo tiempo, el enriquecimiento de la burguesía hizo prosperar a arquitectos y decoradores, así como pintores. Un rasgo distintivo de la época, comparada con la pintura europea precedente, fue la escasez de pintura religiosa y el predominio de retratos, bodegones y escenas costumbristas. Vermeer, Frans Hals o Rembrandt fueron algunos de los pintores del momento.

Pero aquel mismo enriquecimiento degeneró en una corrupción de la burguesía que pasó de la austeridad calvinista previa a la apetencia de lucro desaforado y la especulación… no sólo comercial o social, sino también política.

En 1648, con la Paz de Westfalia se produce la independencia de las Provincias Unidas de España. España mantuvo el control del sur de los Países Bajos. Pero en 1650, el hacedor de la independencia Guillermo Orange murió repentinamente; su hijo, el último estatúder y futuro rey de Inglaterra, Guillermo III, nació 8 días después, por tanto, dejó a la nación sin un sucesor. Desde el inicio de la organización política de las Provincias Unidas había existido tensión entre los miembros Orange y los regentes, clase dirigente inferior y compuesta por la burguesía. Ahora éstos toman el poder, siendo su cabeza visible, especie de Primer Ministro, Johan de Witt que dirige el país hasta 1672. Fue la primera era sin Estatúder o primera república holandesa de facto. El segundo periodo sin estatúder se da entre 1702 y 1748.

Aquella república esplendorosa en lo comercial había despertado las envidias de sus antiguos aliados: Francia e Inglaterra. Witt intentó una alianza con la Francia de Luis XIV para así enfrentarse con más fuerza a Inglaterra que quería limitar el comercio holandés. Pero aquella república se antojaba débil en lo político a los ojos de Luis XIV que ambicionaba quedarse con los países bajos españoles. Así, entre alianzas triangulares de los holandeses unas veces con Francia frente a Inglaterra y otras con Inglaterra frente a Francia a las que incluso se unió Suecia (Triple Alianza de 1668), se llegó al tratado de Dover de 1670, es decir, a la alianza anglo-francesa contra los holandeses. Esta alianza tenía acuerdos secretos que implicaban a Suecia, al Obispado de Müster y al elector de Colonia, lo que permitió a Francia sortear los Países Bajos españoles para atacar a Holanda desde Colonia por el obispado de Lieja y conseguir que Suecia invadiese zonas de Pomerania para bloquear mejor las posibles ayudas que pudieran obtener los holandeses.

Witt y Holanda tuvieron que hacer frente a cuatro guerras sucesivas, con el agravante de que los Estados Generales habían ejercido su esfuerzo principal en la marina, en la que se basa el comercio y la verdadera grandeza de la república, dando como resultado que, las Provincias Unidas habían conservado su superioridad marítima y habían perdido todo el espíritu militar. Así estaban las provincias unidas en 1672, el año del desastre (Rampjaar en neerlandés): de guerra en guerra, lo que complicaba su actividad comercial. Consiguientemente, la ruina se asentó en aquellas tierras antes prósperas, el desconcierto rodeaba a la población.  La población menguó por la disminución de la riqueza y los diques se deterioraron; había poco dinero para repararlos y las inundaciones devastaron el país. La Edad de Oro había terminado.

Witt, gran matemático, era un mal organizador militar. Después de haber tomado todas las precauciones para evitar la guerra, había querido formar un ejército considerable, adelantarse al enemigo en lugar de esperarlo, destruir sus almacenes en el Rin y colocaron guarniciones, con la esperanza de que estos lugares, la mayoría de las cuales habían soportado asedios muy largos, frenaran los primeros esfuerzos de Luis XIV por invadir Holanda, suspendieran su marcha y entorpecieran las acciones enemigas a fin de ganar tiempo para lograr el apoyo de otras potencias europeas. Curiosamente sus ayudas acabaron llegando de dos países nada amigos hasta entonces: España y el Sacro imperio y, en tercer lugar, de la los Orange, es decir, de la monarquía.

En su desastre, la defensa terrestre holandesa era un coladero, no habían preparado municiones suficientes, la pólvora no llegó a la mitad del país. Cuando Guillermo de Orange, recientemente nombrado capitán general de la República, se colocó detrás de las líneas del Yssel, por donde se suponía que Luis XIV intentaría entrar en Holanda, quiso llevar a cabo el sabio consejo de abandonar los lugares más débiles para concentrarse en aquellos que su posición y fuerza hacían más necesario mantener y más fácil de defender, pero De Witt se negó. El burgués quería defender todo el territorio pensando que eso retrasaría más tiempo el avance de Luis XIV.

La confusión aumentó cuando en cuatro días, del 3 al 7 de junio, los lugares de Orsoy, Rhynberg, Burick de la línea del río Wesel habían caído en manos francesas. Las rendiciones se producían por doquier. El culmen de las desgracias se produjo cuando Luis XIV cruzó el río Rin; lo que se consideraba un proceso complicado acabó resultando más fácil de lo previsto.  Al tiempo, los ingleses preparaban un desembarco marítimo por la costa. Los holandeses estaban a punto de sucumbir a manos de sus enemigos y de ser absorbidos por ingleses y franceses. Como señaló De witt, la República estaba perdida.

Dos hechos la salvaron en el último instante; por un lado, Orange logró retroceder con las tropas holandesas detrás de la “línea de agua”, es decir, de la inundación de las tierras por la apertura de las compuertas y, de otro, el auténtico héroe holandés del momento, el Almirante de Ruyter, logró hacer retrocede a los británicos con las victorias en las batallas navales de Schooneveld y Texel. Pero la República permanecía en situación peligrosa. De Witt, trató de salvar la situación por medio de negociaciones con los atacantes.

Mientras las conversaciones se producían, el odio popular había estallado en contra Johan de Witt y su hermano Cornelius. Primero malhirieron a Johan, luego detuvieron a Cornelius y cuando el primero se acercó a ver al segundo, los asesinaron. Sus cuerpos fueron linchados, salvajemente mutilados, su piel despellejada, sus vísceras comidas por los tolerantes holandeses. Se dice que esta maniobra fue un acto pagado por Guillermo de Orange. Sea como fuese Spinoza lo calificó como “el colmo de la barbarie”.

El linchamiento de los hermanos De Witt fue descrito en los primeros capítulos de “El tulipán Negro” de Alejandro Dumas. El libro de Dumas ayudó a que esta tragedia fuese conocida entre los lectores franceses y del mundo entero porque el oscurantismo holandés sobre esta materia fue enorme. Existe un cuadro atribuido a Jan de Baen y expuesto en el Rijksmuseum de Ámsterdam, que también expresa la crudeza de la tortura.

El Rampjaar fue un año de vergüenza nacional para los holandeses, que procuran no airearlo mucho, si bien está en el imaginario popular con un dicho en forma de acertijo: HET VOLK REDELOOS, REGERING RADELOOS IN HET LAND REDDELOOS. Traducido: “La fórmula para el desastre: un pueblo irracional, un gobierno desesperado y un país más allá del rescate”.

Aquel enfrentamiento con Inglaterra y Francia terminó con Guillermo de Orange en el poder y con la estabilización de la posición holandesa gracias a la ayuda del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Leopoldo I; Brandeburgo-Prusia y de España; esto se formalizó en el Tratado de La Haya de agosto de 1673 al que Dinamarca se unió en enero de 1674. La paz definitiva de la tercera guerra Anglo-holandesa se firmó por Tratado de Westminster (19 de febrero de 1674).

Pero, aunque la pesadilla acabó, Holanda nunca volvió a ser la misma ni volvió a la prosperidad alcanzada en la edad de oro. Visto el resultado, casi, casi podrían haber dicho que contra España vivían mejor.

LA RECONSTRUCCIÓN DE EUROPA: EL PLAN MARSHALL

El final de la Segunda Guerra Mundial vino acompañado de una serie de conferencias de paz. Ya en ellas se fraguaba la división europea que determinó la guerra fría.

En las conclusiones de la conferencia de Yalta (febrero de 1945) de decía textualmente:

“Todos los pueblos de Europa tienen el derecho a elegir la forma de gobierno bajo la cual van a vivir mediante elecciones libres e instituciones democráticas”.

A aquella conferencia, Roosvelt y Churchill llegan como vencedores y artífices de la rendición alemana. Esto trastocaba los planes expansionistas de los soviéticos, que no habían olvidado los principios de la Revolución de Octubre y querían extender el comunismo y su órbita de poder por toda Europa.  Era evidente que Stalin no iba a olvidar sus pretensiones. Cuenta la leyenda que le comentó a su ministro de exteriores, el ya famoso en este blog, Molotov: “No importa, lo haremos de otra manera”.

Aquella manera fue la manipulación de todas las elecciones en los países que cayeron en su lado del reparto, de modo que los gobiernos comunistas triunfantes impusieron la dictadura comunista en ellos sin más miramientos.

Existe un principio, conocido en el ámbito de las relaciones internacionales, que afirma que los países, incluso pasando el tiempo, guardan ciertas formas de actuar o ciertos intereses que se repiten. En el caso de Rusia, porque esto es algo que precede a los soviéticos, ha existido una tendencia constante a buscar salidas a aguas cálidas. El mediterráneo y los mares del sur de Europa han sido su obsesión, de ahí vino la guerra de Crimea en 1854 y en 2014 y de ahí, también, que siempre quisiera poner bajo su órbita Grecia y Turquía.

El 12 de abril de 1945, fallece Roosevelt y su vicepresidente, Harry Truman, asume la presidencia de USA y con ella la guerra contra Japón, la decisión de lanzar las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y gestionar el futuro de Europa y podríamos decir, del mundo, en la postguerra a través de las Naciones Unidas o por intervención más directa.

Truman vio como al poco tiempo de implantarse la división de Europa Stalin se hacía presente en forma de dictadura comunista en los países de su órbita y amenazaba con invadir Grecia. El presidente norteamericano tuvo claro que se necesitaba reconstruir Europa y fomentar las democracias liberales como forma de lograr que esas naciones apoyaran a los EE. UU frente a la Unión Soviética o todo el esfuerzo realizado para alcanzar la victoria en la Guerra sería en vano.

Hace pocas fechas analizamos 12 discursos trascendentales para la era contemporánea ( https://algodehistoria.home.blog/2021/01/08/12-discursos-trascendentes-para-la-historia-contemporanea/ ), no nombré entonces el de Truman ante el Congreso de los Estados Unidos el 12 de marzo de 1947, para logar fondos para Grecia y Turquía y para reconstruir Europa, porque quería traerlo hoy a colación. Fue sin duda un discurso excepcionalmente importante en el que se expresó lo que se ha denominado la doctrina Truman, fundamentada en no dejar caer a ningún gobierno más amenazado por el socialismo.

Aquella doctrina determinó el inicio de la guerra fría de manera más o menos oficial, pues realmente la guerra la había comenzado Stalin con su asalto a las elecciones convocadas en los países del éste. Así dice Truman:

” Recientemente, los ciudadanos de varios países han visto cómo se les imponían regímenes totalitarios contra su voluntad. El Gobierno de Estados Unidos ha expresado protestas contra la coacción y la intimidación, algo que viola el acuerdo de Yalta, a la que ha sido sometida la población de Polonia, Rumania y Bulgaria. También debo manifestar que en varios otros países han ocurrido hechos similares.

En este momento de la historia mundial, casi todas las naciones deben escoger entre estilos de vida alternativos. Y muy a menudo esta elección no es libre. Una de estas formas de vida se basa en la voluntad de la mayoría, y se distingue por sus instituciones libres, su Gobierno representativo, la celebración de elecciones libres, la existencia de garantías de libertad individual, la libertad de expresión y religión y la ausencia de opresión política. El segundo estilo de vida se basa en la voluntad de una minoría impuesta por la fuerza. Su poder reside en el terror y la opresión, en una prensa y unas radios controladas, en unas elecciones amañadas y en la supresión de las libertades individuales.

Creo que la política de Estados Unidos debe consistir en brindar ayuda a los pueblos libres que se están resistiendo a ser subyugados por minorías armadas o por presiones externas. Creo que debemos prestar auxilio a los pueblos libres para que puedan elegir su propio destino. Creo que nuestra ayuda debe ser básicamente económica, lo cual es esencial para mantener la estabilidad financiera y los procesos políticos.”

Tras aquel discurso logró la ayuda del Congreso de 400 millones de dólares y apoyo militar a Grecia y Turquía.

Como parte de esa estrategia, idea el Plan Marshall para apoyar la reconstrucción de los países de Europa occidental y evitar el avance soviético, para ello se dotaba a Europa, de una ayuda económica continental, no país a país, con la finalidad de poder ayudar a Alemania y acabar con las reticencias francesas por esa ayuda a los germanos. Se buscaba con ello evitar la insolvencia y que la pobreza hiciera caer a los países occidentales en la órbita rusa. Se idearon estructuras económicas de corte capitalista que beneficiara la formación de regímenes democráticos.

Se le ha dado el nombre de plan Marshall porque fue el secretario estadounidense, George Marshall, quien propuso el proyecto durante una conferencia dictada en el año 1947 en París.

Se aprobaron más de 12.000 millones de dólares cuyo reparto se basó en el número de habitantes y capacidad industrial de cada país. Por supuesto, también se tuvo en cuenta si el receptor había sido miembro de las fuerzas aliadas, neutral o del eje. En este sentido no se olvidaron de los países del Este a los que también se ofreció ayuda, si bien la URSS la rechazó pues temía que, si se aceptaba, la forma capitalista de la economía americana diera lugar a regímenes políticos alejados del comunismo y, por ende, de la influencia soviética. 

En un inicio, esta ayuda consistió en el envío de alimentos, combustible y maquinaria, y más tarde en inversiones en industria y préstamos a bajo interés. Evidentemente, estos productos sólo los podían adquirir en USA, no por imposición americana, simplemente era la única economía productiva en aquellos momentos, con lo que los americanos veían retornar lo prestado a sus arcas, al tiempo que mejoraba la economía de aquellos países, los cuales en el futuro les seguirían comprando, ya con sus propios fondos.

El país más beneficiado fue el Reino Unido, que percibió el 26% del total. Francia, un 18%. La Alemania Occidental, un 11%. Como consecuencia de ello, Gran Bretaña pagó las deudas que había contraído a corto plazo. Francia dedicó los fondos recibidos a la adquisición de equipos industriales con los que superar su atraso tecnológico. Para Alemania esta ayuda no fue decisiva. Su situación de destrozo era enorme y aquellos 1.400 millones de dólares no permitían remontar la situación, aunque contribuyeran a ello. El milagro alemán se debió a Konrad Adenauer y a un economista de tendencia liberal, Ludwig Erhard, que implantaron las siguientes reformas: a) una nueva moneda en tan solo 48 horas: el marco alemán; b) Canceló el control de precios que había implantado Hitler para comprar material bélico a bajo coste. Los artículos de consumo reflejaron su valor real y se acabó el racionamiento; c) una remodelación fiscal que unificó el impuesto sobre la renta empresarial y minimizó el de los contribuyentes particulares.  Aquello supuso un gran sacrificio para los alemanes, pero dio sus frutos. El milagro alemán permitió que los más importantes países europeos caminaran al unísono y que en poco más de cuatro años la reconstrucción europea fuera un hecho.

Además, dado que la ayuda era continental, se impuso la idea de que, para gestionarla, los países tuvieran que realizar tareas e instituciones de cooperación. Así se funda la OECE (Organización Europea de Cooperación Económica). Comenzaba así el proceso de integración económica del Viejo Continente. Nacían también a movimientos europeístas como vimos en ocasiones anteriores, especialmente en la entrada sobre el contubernio de Múnich. Precisamente, aunque España no se benefició del plan Marshall, lo que fue retratado con maravillosa ironía y crítica nacional por Berlanga en “Bienvenido Mister Marshall”, si acabó entrando en la órbita occidental.   Los intereses geoestratégicos de la Guerra Fría terminaron por imponerse y Estados Unidos pactó con España la tripleta de acuerdos conocidos como de cooperación y amistad, en cuyos artículos se incluían la instalación de diversas bases militares en la península, lo que completaba la presencia militar americana en Europa iniciada en la postguerra con la creación de la OTAN en 1949, y que dotó a España de una asistencia económica de 800 millones, de los cuales 500 eran donativos. Fue una cifra menor que las ayudas dadas por el Plan Marshall, sin embargo, su efecto resultó determinante para el desarrollismo de los 60.

Aquel Plan dio el premio nobel de la Paz a Marshall, el secretario de Estado americano. La reacción soviética no se hizo esperar y de ella nació el COMECON.

Desde entonces, hasta ahora, la colaboración europea ha sido un hecho. Aquella fue la primera de las ayudas económicas, no ha sido la última. Si bien, no es de extrañar, viendo los esfuerzos que hicieron los europeos de entonces para salir de aquella crisis que exijan sacrificios y seriedad a la hora de aportar fondos para la ayuda entre naciones continentales.

CUANDO LOS INGLESES QUEMARON LA CASA BLANCA Y EL CAPITOLIO.

Si preguntamos por la calle a los transeúntes que señalen los acontecimientos más destacados de 1812, muchos acertarán a recordar que España aún estaba enfrascada en la Guerra de la Independencia; alguno podrá fechar en tal año la batalla de Arapiles o la reunión de las Cortes liberales en Cádiz para la promulgación de la Constitución de 1812. Asimismo, recordaran 1812 como el año en el que Napoleón con la Grande Armée enfiló el camino de Moscú para invadir Rusia. Es posible que alguno de ellos sepa calibrar la actuación portuguesa, la posición alemana o la defensa británica contra Napoleón, pero es muy probable que muy pocos sepan resaltar cuál era la situación de los distintos imperios al otro lado del Atlántico y como las guerras napoleónicas afectaron a los mismos; en el caso que nos ocupa, al Imperio Británico en América.

En 1812, Estados Unidos llevaba casi cuatro décadas de independencia, pero su vida no había sido muy pacífica, ni internamente, pues su idea expansionista los había llevado a tener problemas con los indios, ni hacia el exterior, con las colonias británicas al norte (Canadá) y, sobre todo, con la metrópoli (Gran Bretaña). Los ingleses no habían asimilado muy bien eso de que sus antiguas colonias hubieran alcanzado la independencia, a lo que se unía en aquel momento que el comercio de los EE. UU con Francia no era del agrado inglés pues favorecía a Napoleón. A raíz de las guerras napoleónicas, la Marina Real Británica (Royal Navy) había empezado a bloquear las rutas comercial marítimas de los países aliados de Francia, de la propia Francia y de los países neutrales. USA se encontraba entre estos últimos. Además, los ingleses no contentos con apresar los barcos, obligaban a los tripulantes norteamericanos a enrolarse en la flota del Reino Unido sometiéndolos así al mando británico.

Esta situación enervó a los sectores más radicales del partido Demócrata- Republicano en el Congreso que aspiraban a “dar una lección” a los ingleses. Ese sector de congresistas era conocido como los “Halcones de la Guerra”. Por el contrario, el otro partido nacional, el partido federalista, se oponía a enfrentarse contra su antigua metrópoli y, consiguientemente, favorecer a los franceses. El presidente Madison no era un halcón, sin embargo, vio en la declaración de guerra la opción de alcanzar popularidad para su reelección. En la votación en el congreso, el 18 de junio de 1812, las cifras de apoyos a la guerra estuvieron tan divididas que la declaración de Guerra se aprobó por un pequeño margen de diferencia a favor.  Se inicia así la guerra anglo-norteamericana de 1812.

En la Región de Nueva Inglaterra[1], feudo de los federalistas, las banderas ondearon a media asta cuando la guerra fue declarada. Región eminentemente comercial, temía a la guerra más que al bloqueo.

Algo de razón tenían los federalistas pues los Estados Unidos no estaban preparados para un conflicto contra Gran Bretaña. Su ejército regular no estaba bien equipado, carecía de entrenamiento y de la disciplina necesaria, tampoco tenían una marina que pudiera enfrentarse a la Royal Navy. Pero, entre las razones para iniciar aquel conflicto, estaban los deseos de los Halcones de conquistar Canadá, no sólo por mera expansión sino también para poder encauzar la conquista del Medio Oeste que estaba encallada por el apoyo británico a los indios de la zona, de hecho, los nativos tenían la promesa inglesa de formar una confederación india en esa zona, en lo que hoy es Indiana y estados limítrofes.

De 1812 a 1814, la guerra estuvo llena de intermitencias fundamentalmente porque los ingleses, ocupados en luchar contra Napoleón en Europa, tomaron una actitud defensiva. Se limitaron junto con los nativos canadienses (Canadá se conocía entonces como la Norteamérica británica) en repeler los intentos de los Estados Unidos de invadir la región. De hecho, como los americanos sabían que no tenían mucho que hacer contra la armada inglesa, decidieron invadir Canadá por tierra. Sus ataques fueron un desastre. La milicia estadounidense se mostró incompetente e ineficaz. Sin embargo, gracias a la brillante acción del Almirante Oliver Hazard Perry- hermano del no menos conocido y gran militar Matthew Calbraith Perry (que logró la apertura al mundo de Japón)- los estadounidenses lograron el control de los lagos Erie y Champlain, previniendo así cualquier amenaza de una invasión a gran escala desde el norte.

La Guerra dio un giro en 1814. Con Napoleón desterrado en la isla de Elba, los ingleses tornaron sus ojos y su ejército hacia las viejas colonias. Enviaron tres ejércitos de invasión a Estados Unidos. El 14 de agosto de 1814, una flota de buques de guerra británicos partió de la base naval de Bermudas. Su objetivo final era la ciudad de Baltimore, que entonces era la tercera ciudad más grande de Estados Unidos. Baltimore también era el puerto de origen de muchos corsarios estadounidenses que asaltaban la navegación británica.   Aunque en su periplo antes de llegar a Baltimore, los ingleses lograron arrinconar a los estadounidenses en el Estado de Main, y tras la batalla de Bladensburg, en agosto de 1814, llegaron a la capital de los Estados Unidos: Washington.

Los británicos invadieron Washington con un objetivo primordial, moralizar a los estadounidenses, ponerlos simbólicamente de rodillas quemando sus edificios públicos.

El 22 de agosto, el presidente Madison había salido de la ciudad para revisar las tropas y los enclaves militares de defensa frente a los británicos. Pero cuando pensaba regresar, los soldados que defendían la capital huían despavoridos al ver a lo lejos las casacas rojas inglesas, que el 24 de agosto llegaron a la ciudad. La única resistencia la pusieron los ciudadanos encaramados en los tejados a modo de francotiradores, la respuesta británica fue incendiar el barrio entero. De allí se fueron al Capitolio. Estaba en construcción. Su obra se había encargado a diversos arquitectos europeos que realizaran trabajos finos de decoración arquitectónica. Se preveía un edificio majestuoso que fue invadido y luego incendiado por los ingleses.  Desde el Capitolio se dirigieron a la Casa Blanca que entonces era conocida como la Casa del Presidente. Allí resistía la esposa de Madison, Dolley Madison, que se afanó hasta el último minuto por salvar todos los enseres posibles. Con la ayuda de Paul Jennings, un esclavo de 15 años, puso a salvo el más antiguo retrato de George Washington que se conservaba en la mansión, mientras un secretario se encargaba de sacar la Declaración de Independencia, que fue guardada en un molino situado cerca de Georgetown. La primera dama consiguió enviar un cargamento con objetos de oro y plata de la Casa Blanca a un Banco de Maryland y escondió varios documentos del gabinete de su marido en troncos.

Dolley Madison permaneció en la residencia presidencial hasta que los primeros “casacas rojas” aparecieron por las inmediaciones de la Casa presidencial. Entonces accedió a subir a un coche de caballos, que salió a la carrera protegido por un solo oficial, ya que el resto de los militares que debían protegerla había huido antes.

En la casa dejó preparada la mesa para un banquete oficial, que, en principio, debían dar aquella noche. Fue la cena que se tomaron los ingleses antes de quemar el edificio. Gracias a que se desató una tormenta poco después, el incendio no devastó por completo el inmueble.

Los británicos permanecieron en Washington 26 horas, ya que no disponían de las tropas necesarias para hacer frente al contraataque que ya estaba organizando el humillado presidente Madison.

Cuando la situación se calmó y el presidente y su mujer pudieron volver a la ciudad, la que fue aclamada con vítores por el pueblo fue Dolley. En el arreglo que hubo que hacer a la vivienda, una parte se pintó de blanco para intentar disimular los rescoldos del incendio. De ahí proviene el nombre de Casa Blanca.

El presidente Madison logró rehacer las tropas y así repeler a los ingleses poco después en Nueva york y Baltimore. En esta última ciudad se produjo el bombardeo desde los barcos británicos varados en la bahía; su objetivo principal fue el Fuerte McHenry, que resistió heroicamente. Este hecho inspiró al abogado y poeta Francis Scott Key, un poema que llamó “The Star-Spangled Banner”. De él surgió después el himno americano.

La última batalla de esta guerra fue dada en la ciudad de Nueva Orleans en la que destacó como héroe Andrew Jackson, futuro presidente de los EE.UU.

La paz se rubricó con el Tratado de Gante (24 de diciembre de 1814), en el que se acordó la vuelta a las posiciones fronterizas anteriores.

En Canadá celebran esta guerra como una victoria al no haber sido invadidos y los estadounidenses, también, aunque el resultado de la guerra para ellos fuera más ambiguo, porque en ella surgió un espíritu patriótico que logró la unidad de la nación como no existía hasta ese momento.

Como consecuencia de la misma, el partido federalista, acusado de desleales y localistas, desapareció y durante unos años los Demócratas- Republicanos no tuvieron rival en las elecciones. Hasta que se produjo una escisión en el mismo que, con algún cambio más, dio lugar al nacimiento de los actuales partidos demócrata y republicano.

[1] Nueva Inglaterra es una región al noreste de los EE. UU integrada por seis estados: Maine, New Hampshire, Vermont, Massachusetts, Rhode Island y Connecticut. Su nombre deriva de que fue el primer lugar de asentamiento de los primeros colonos británicos llegados en el Mayflower.

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EL CONTUBERNIO DE MÚNICH

Tras el final de la II Guerra Mundial, muchos políticos europeos consideraron que había que realizar un movimiento paneuropeísta a fin de dirimir amistosamente las diferencias que surgieran entre los países europeos, en vez de recurrir a enfrentamientos armados que tantos disgustos habían dado. Aquel movimiento, del que Churchill fue uno de sus primeros impulsores, defendía los principios de la democracia liberal. Ya lo vimos en las entradas sobre la creación de una conciencia europea https://algodehistoria.home.blog/2019/09/19/creacion-de-una-conciencia-europea-2/

Pero Churchill no fue el único, en toda Europa existían otra serie de movimientos con la misma finalidad europeísta: el liberal, el socialista, el federalista y el demócrata-cristiano. En la confluencia de esas ideas se van construyendo las instituciones europeas. Así, en 1949, se crea el Consejo de Europa. En 1951, ve la luz la CECA; su tratado constitutivo fue firmado por Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos. En 1957, se firman, en Roma, el tratado que crea el Mercado Común y el que da lugar al EURATOM.

Mientras tanto, en España, se intenta salir del aislamiento al que estábamos sometidos tras el final de la II Guerra Mundial con tres acuerdos, todos ellos de 1953: en enero, España se incorpora a la UNESCO; en agosto, se firmó el concordato con la Santa Sede, y, en septiembre, se firma el Tratado de Amistad y Cooperación con los EE. UU (que realmente eran tres tratados, entre los que se permitía la presencia de bases americanas). A cambio, España, empezaba a ser considerada parte del mundo occidental.  Al mismo tiempo, surgen en España los primeros grupos europeístas a la luz de lo que se estaba produciendo en Europa. Aquellos movimientos que, evidentemente, buscaban una apertura del régimen, estando muy mal vistos por el franquismo como era lógico, aunque no fueron perseguidos de manera inmediata entre otras razones porque su grupo más activo estaba vinculado a la Iglesia Católica y a la Asociación Católica de Propagandistas. Hubo un segundo grupo, más en la clandestinidad, que también tuvo cierta fuerza en aquel movimiento europeísta. Se formó en la Universidad de Salamanca y entre sus miembros destacaba el profesor Enrique Tierno Galván.

Pero son los primeros, en torno a la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), los que de verdad movilizan a un numeroso grupo de personas. Tuvieron la astucia de nacer como asociación cultural, aparentemente sin vinculación política, lo que les permitía una mayor desenvoltura.

El gobierno no quería ni oír hablar del movimiento europeísta ni del Mercado Común; de hecho, el mismo Franco, en el discurso de Navidad de 1956, manifestó que la idea de una unión europea estaba llamada al fracaso. Sin embargo, en mayo de 1957, crea una comisión con forma de oficina de información que ha de estudiar cómo afectan los acuerdos europeos el régimen. Poco después, en 1959, el plan de estabilización de los tecnócratas requería un cambio de rumbo económico lo que obligaba a una cierta apertura al exterior. Con esa perspectiva, España logra entrar en lo que hoy son el Fondo Monetario Internacional y la OCDE.

Igual que el régimen evoluciona, las asociaciones europeístas también lo hacen pasando de meras asociaciones culturales a grupos políticos. Especial cambio sufre la AECE de los propagandistas cuando es nombrado presidente de la misma José María Gil Robles y se unen a ella no sólo los democristianos sino también ciertos sectores liberales y algunos socialistas. Esta asociación se pone en contacto con los españoles en el exilio, pero excluyendo a los comunistas. Ni los Comunistas estaban bien vistos en Europa ni ellos veían con buenos ojos la comunidad europea que se fraguaba. Además, los socialistas no querían que se les asociara con ellos. Este grupo de europeístas españoles, del interior y del exterior, habían previsto un primer encuentro en Mallorca, que poco tiempo antes de que se produjera fue suspendido por orden gubernativa. Todos los actores de aquel tiempo coinciden en que fue la ceguera del Ministro de Gobernación lo que hizo fracasar aquella reunión y dio lugar a la convocatoria de una reunión de los movimientos europeístas españoles en el marco del propio Movimiento Europeo, que había de celebrar su IV Congreso en el mes de junio de 1962 (del 5 al 8 de junio), en la ciudad de Múnich.

En una de las aparentes contradicciones del régimen, el 9 de febrero de 1962, España solicita la apertura de negociaciones para entrar en la CEE. Realmente, aquello no era más que una concesión formalista de Franco a los empresarios españoles que clamaban por una mayor apertura al exterior, pero el Caudillo no tenía ningún interés en entrar en el Mercado Común, ni los miembros del tratado de Roma de que España entrara, por eso rechazaron la solicitud española.

Mientras tanto, seguía en marcha la organización de la participación española en el congreso de Múnich. Salvador de Madariaga que representaba a los liberales españoles exiliados y llevaba la dirección de la participación española en Múnich se encargó de lograr el apoyo de los organizadores, especialmente de Robert Van Schendel, Secretario General del Movimiento Europeo desde 1955, que trabajó al lado de los eminentes y míticos padres de la Europa Unida, como Robert Schuman, Walter Hallestein, Jean Rey, Maurice Faure y que conocía perfectamente toda la problemática del europeísmo español. En el interior, fue José María Gil-Robles quien asumió la responsabilidad de coordinar la asistencia y los trabajos para el congreso, en unas condiciones nada fáciles. Ambos contaron con varios colaboradores en la organización: Gorkin, antiguo miembro del PROUM, como conseguidor de fondos- fue la CIA la que estaba interesada en aquel congreso y la que aportó los fondos para los viajes y las estancias en Múnich-. Fue Enrique Adroher, conocido como Gironella, el dirigente socialista que negoció con Gil Robles la estructura de la representación. Querían que fuera numerosa- más de 100 personas- que hubiera más representantes del interior que del exterior y que del interior abundaran los representantes de la derecha y, por supuesto, la ya mencionada inasistencia de comunistas. Fue José Vidal Beneyto el encargado de coordinar y enlazar el interior y el exterior. El reclutamiento interior vino de la mano de Beneyto y de Fernando Álvarez de Miranda, entre otros. Se buscaron representantes de la Iglesia, de la banca, del ejército. Asistieron miembros de la Asociación Católica de Propagandistas, de Acción Católica, de la banca, hasta falangistas como Dionisio Ridruejo. Pero no aceptaron ir los representantes del Opus Dei. Al final la delegación española contó con 118 representantes, 80 de los cuales fueron del interior y el resto del exterior. Aquí se puede consultar el listado de participantes (si bien en este listado realizado en el aniversario del congreso se omite por error 4 nombres): http://www.movimientoeuropeo.org/contubernio-de-munich/

Los representantes españoles parten para Múnich cuando había estallado una huelga en la minería asturiana secundada por obreros de otros lugares, destacando los conflictos en el País Vasco, lo que provocó la declaración del estado de excepción en ambas regiones.

Evidentemente, el régimen, conocedor del congreso, no se estuvo quieto y presionó a los organizadores y al gobierno alemán para que la delegación española no tuviera participación activa en el congreso. Incluso enviaron a espías franquistas a Múnich con el fin de tener información de primera mano de lo que allí ocurriera. Se dice que una de las cosas que más inquietó y enfadó al tiempo a Franco fue la presencia de Dionisio Ridruejo, uno de los falangistas de la primera hora y responsable de la propaganda del bando franquista en la Guerra Civil, en aquel cónclave europeísta.

Al llegar a Múnich los congresistas hispanos se dividieron en dos grupos de trabajo, uno del interior y otro con los del exterior. Esto desconcertó a los participantes pues creían que iban a estar en una reunión conjunta. Se hizo así para mitigar una posible tensión al reunir a personas que unos años antes habían estado combatiendo en bandos enfrentados. Sin embargo, los intercambios entre congresistas fueron constantes y tras los primeros acuerdos entre cada sector se produjo la ansiada reunión conjunta. De ella salió un texto común que, en resumen, defendía el compromiso de luchar por la instauración en España de instituciones representativas y democráticas; la efectiva garantía de los derechos humanos; el respeto a las libertades individuales con especial mención a la de expresión, reunión, asociación, sindicales, la posibilidad de organizar corrientes de opinión y partidos políticos.

Aquel texto tropezó en un primer momento con un punto de fricción al insistir los socialistas en que figurara la república como forma política de Estado. Los monárquicos no podían aceptar esta propuesta. Joaquín Satrústegui, miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona -también Gil Robles lo era- consiguió convencer a los socialistas de que aceptaran como forma de Estado la monarquía democrática y parlamentaria al haber sido un poder neutral durante la guerra. El Rey se había marchado y su hijo y heredero, don Juan, no era partidario del franquismo. La república y los republicanos habían sido uno de los bandos de la guerra y establecer la república como forma de Estado era querer imponer una victoria después de haber sido derrotados y eso no podían aceptarlo los representantes del interior. Al final, Rodolfo Llopis – representante del PSOE en el exilio solicitó a Joaquín Satrústegui que transmitiera al Conde de Barcelona lo siguiente:

“El PSOE tiene un compromiso con la República que mantendrá hasta el final. Ahora bien, si la Corona logra establecer pacíficamente una verdadera democracia, a partir de ese momento el PSOE respaldará lealmente a la Monarquía.”

Gil Robles y Rodolfo Llopis sellaron el acuerdo con un emocionante abrazo de reconciliación. El manifiesto se leyó en la reunión del congreso acompañado de dos discursos uno de Gil Robles y otro de Salvador de Madariaga. Ambos brillantes, ambos emocionantes, ambos lograron poner de pie al auditorio.

Estos discursos fueron aireados por la prensa mundial. En España, el ministro de información, Arias Salgado, en otro error sin precedentes, desencadenó una campaña innecesariamente brutal contra los asistentes. Utilizó al periódico afín al régimen “Arriba” para sus fines. Éste empleó la descalificación de “contubernio” -alianza para fines censurables o la cohabitación ilegal de dos personas-, para definir la reunión de los miembros de un congreso europeísta; lo que era volver al lenguaje rebuscadamente agresivo de otros tiempos. Aquella excitación de algunos sectores del franquismo llevó a la aprobación de un Decreto-ley  el 8 de junio por el que el general Franco suspendía la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles, es decir, terminaba con la libertad de residencia, una de las pocas reconocidas en España. Se trataba del paso previo a la represión que siguió a los participantes. A pesar de que el gobierno alemán reclamó a Franco que no encarcelase ni reprimiese a los participantes y éste manifestó que la idea alemana de España como país represor era anticuada y nada realista, al regreso a España, los congresistas hispanos de Múnich fueron detenidos y enviados al destierro a las islas Canarias. Un numeroso grupo, Satrústegui, Jaime Miralles y Álvarez de Miranda entre ellos, fueron deportados a la isla de Fuerteventura y otros, a la de Hierro. Iñigo Cavero, contaba en sus clases en la facultad, cuáles eran condiciones de vida en Hierro en aquellos años, las de Fuerteventura no eran mejores: alejados de su familia, sin saber cuándo volverían a verlos y sin las comodidades que hoy existen en las Islas Canarias. Entonces no había agua corriente ni la electricidad funcionaba adecuadamente. No pensemos en el paraíso canario actual, sino en islas pequeñas, sin infraestructuras adecuadas y aisladas.

Aquella reclusión duró aproximadamente unos 11 meses. Si bien, marcó la vida de los participantes a su vuelta a la vida civil en aquellos años. Si la situación no fue peor, se debió a la promesa realizada a Alemania y, sobre todo, porque Franco se percató de que necesitaba abrir las fronteras para mejorar la economía. Ahora, la idea de ingresar en el Mercado Común se iba haciendo más aceptable. Se dio cuenta del error de Arias Salgado, el cual fue destituido. Su lugar lo ocupó Manuel Fraga. Curiosamente, Fraga, con gran visión, empezó una tarea aperturista que se inició con su ley de prensa de la que ya tratamos en este blog ( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/20/libertad-de-prensa-ley-fraga-1966/ )y que permitió poco a poco, abrir España al exterior y a cierta flexibilidad. Se puede decir que Fraga fue uno de los triunfadores del contubernio de Múnich, sin haber participado en él.

Otras de las consecuencias de aquel congreso fueron las siguientes:

1.- En Múnich se harían presentes los partidos y las ideologías que años después alcanzarían presencia mayoritaria en las elecciones nacionales.

2.- El consenso que hizo posible la Constitución de 1978 tiene en la idea de Europa una de sus principales causas.

3.- La izquierda se forjó en torno al PSOE. Curiosamente, la oposición al franquismo la habían llevado a cabo en España el PCE y CC.OO. Como dijo sarcástica y gráficamente Santiago Carrillo, el PSOE había estado “cuarenta años de vacaciones”. Pero a raíz de Múnich los europeos vieron en el PSOE la fuerza de izquierda adecuada para España y así en su 27º congreso (Madrid, diciembre de 1976) Felipe González apareció apoyado por Willy Brandt, François Mitterrand, Olof Palme, Pietro Nenni, Michael Foot, Simon Peres… Carrillo tuvo que conformarse con dos o tres representantes menores del llamado eurocomunismo en alguno de sus mítines. Jorge Semprún (1923-2011), intelectual y antiguo miembro del PCE, lo contó en su libro, “Autobiografía de Federico Sánchez”, en el que afirmaba que el PCE aparecía como partido ambiguo ante los valores democráticos y cosmopolitas europeos. El resultado fue una amplísima diferencia de votos en favor del PSOE frente al PCE en las elecciones de 1977.

4.- El Congreso de Múnich también supuso la confirmación de la monarquía como forma política del Estado, pero no en la figura de Don Juan, pues fue muy crítico con el congreso de Múnich, lo que le hizo perder la confianza de los republicanos. Así emerge la figura de su hijo, Juan Carlos I, como único posible Rey, aceptado por izquierda y derecha, que pudiese encarnar el futuro democrático de España.

BIBLIOGRAFÍA

Joaquín Satrústegui. Ensayo titulado “La política de Don Juan en el exilio”. 1990

Paul Preston. “Franco: Caudillo de España”. Barcelona. Círculo de lectores. 1994

Fernando ÁLVAREZ DE MIRANDA. “Del «contubernio» de Múnich al consenso”. Barcelona, Ed. Planeta,1985

Jordi Amat. “La primavera de Múnich”. TUSQUETS. 2016

EL CONCEPTO DE EDAD CONTEMPORÁNEA

A raíz del hilo anterior, un lector me preguntaba qué diferencia existe entre las escuelas continentales europeas y las anglosajonas en el cómputo de la edad contemporánea.

Voy a intentar explicarlo.

En primer lugar, señalaremos que estamos hablando de temporalidad, del reloj de la historia, por explicarlo gráficamente. No vamos a analizar otros aspectos que también influyen en el estudio histórico, como la filosofía de la Historia, por ejemplo.  Ese concepto temporal es la plataforma con la que cada generación analiza su presente y su pretérito. En el ámbito temporal en el que nos movemos, el presente determina unas condiciones que se asemejan o se alejan de las anteriores y que hacen pensar si el tiempo histórico anterior es el mismo en el que el historiador vive o ha cambiado.

La periodización clásica de la Historia en Edades -Antigua, Media, Moderna- surgió del espíritu del Humanismo (S XV), es decir, en la fase del Renacimiento tardío que se reconoce como un movimiento cultural y filosófico que se desarrolla principalmente en Florencia, Roma y Venecia, caracterizado por la presencia de pensadores, escritores, artistas… que, tomando ciertos elementos de la cultura clásica griega y romana, ponen al hombre como centro del Universo frente al teocentrismo medieval. En el fondo, el Renacimiento había superado los problemas del milenio, los de la peste y nacía en un momento de esplendor económico y de avance de las comunicaciones. Muchos países, encabezados por España, habían experimentado grandes cambios: los descubrimientos geográficos, recordemos la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, los estudios de la Escuela de Salamanca y posteriormente de otras Universidades europeas, la reforma evangélica, la Contrarreforma…

Social, política, económica y culturalmente se trataba de una nueva Era, que volvía los ojos al esplendor clásico, queriendo enlazar su presente con aquel periodo de fulgor que, en su opinión, había sido perturbado por un periodo intermedio que, para los humanistas, sólo tenía connotaciones negativas al considerar que había sido un retroceso de la supuesta brillantez de la época grecolatina, que ahora se pretendían recuperar. De ahí su nombre: Edad Media. Periodo intermedio obscuro entre periodos brillantes.  Esta visión ha pesado mucho desde entonces, convirtiéndose en un tópico que hoy ya no se sostiene.

A fines del siglo XVII, Cristóbal CELLARIUS adapta al conocimiento de la Historia la división hecha algún tiempo antes para la Literatura. La clasificación de CELLARIUS, matizada después por GATTERER, era sencilla y clara, tuvo una general aceptación y puso las bases de una concreta periodización del proceso histórico: había existido, según esta interpretación, una “Historia antigua” hasta el siglo V, a la que seguía una “Historia medieval” que se extendía hasta el siglo XV, iniciándose desde entonces una «Historia nova» o moderna que cubría los siglos XVI y XVII.

Esta división entre antiguos y modernos fue el inicio de partida de la posterior división de la época moderna en dos etapas separadas por una doble revolución, económica (Revolución Industrial) y política (Revolución liberal-burguesa), desencadenada en el mundo occidental a finales del siglo XVIII. A la segunda etapa se le denominaría Edad Contemporánea.

El concepto de edad contemporánea es, por tanto, reciente.  Nace motivada por un nuevo entusiasmo histórico provocado por la Revolución francesa, expresión de la Ilustración. Por ellas surgió la idea de una cuarta edad que se añadió a la división ya clásica de CELLARIUS. De esta forma, el momento histórico de la Revolución francesa como fase de tránsito de la Edad Moderna a la Contemporánea quedaba equiparado en trascendencia a los otros momentos que simbolizan el paso de una Edad a otra: la caída del Imperio Romano en Occidente entre la Antigua y la Media, y la del Imperio Bizantino, segunda Roma, entre la Media y la Moderna. Esta nueva Edad, Contemporánea, se adaptó con facilidad y rapidez a la Historia europea y universal, fue desde su origen motivo de interpretaciones diversas en orden a la delimitación precisa de sus caracteres y contenido.

Este concepto ilustrado de cambio de Era, de la Moderna a la Contemporánea, se lo debemos a los franceses. Es la historiografía francesa la que se extiende por el Continente y más en concreto por los países mediterráneos (España sigue en sus escuelas históricas esta misma concepción), si bien en ellas se suele establece en su origen un paso previo a la Revolución francesa que fue la Revolución americana, en lo que Palmer llamó Revoluciones Atlánticas.   Es evidente que el concepto de revolución marca el origen de esta nueva Era. EI profesor SECO SERRANO ha sintetizado la estructura de la Edad Contemporánea en dos ciclos revolucionarios: el primero comprende desde 1776 hasta 1864 -constitución en Londres de la I Asociación Internacional de Trabajadores- y es el ciclo revolucionario burgués-liberal que constituye la Alta Edad Contemporánea; y el segundo se inicia en 1864 llegando hasta nuestros días y constituyendo el ciclo revolucionario proletario-socialista, cuya máxima expresión es la Revolución Soviética en 1917 –paralela en importancia histórica a la Revolución francesa-: es la Baja Edad Contemporánea. Sin embargo, esto presenta algunos matices que proceden de la propia perspectiva temporal actual y de una serie de elementos de filosofía de la Historia o de teoría y práctica de la misma, en virtud de las diferentes escuelas de pensamiento histórico, siendo las principales al iniciarse el Siglo XX: la marxista, la escuela de los Annales y la cuantitativista. En el último tercio del siglo XX, estas escuelas empezaron a entrar en crisis, abriendo un nuevo periodo de discusiones.

Así, hoy, se discute si a partir de 1960 (los que lo defienden, como Barraclough, se centran en cambios básicos en la estructura de las sociedades nacionales y en el equilibrio de fuerzas mundial), o si desde la caída del Muro, estamos en el mismo periodo contemporáneo o iniciamos otro. Hay quien indica como señal del cambio, la crisis del concepto revolucionario que era el que daba unidad al origen contemporáneo de los estudios históricos. Sin embargo, la crisis no se produce en los aspectos de democracia liberal, aunque algunos pretendan discutirla, sino en cambios sociales provenientes de otra revolución: la llamada cuarta revolución industrial o revolución tecnológica en la que nos vemos inmersos y  que ha transformado las comunicaciones, ha creado una sociedad global, la manera de trabajar… en resumen la transformación de la ciencia aplicada que ha cambiado de manera importantísima, el establecimiento de formas alternas de enfrentar el problema de la situación de los seres humanos en el tiempo y el espacio y su ubicación en la sociedad. Si esto determina otra era histórica o no, el tiempo lo dirá.

Hasta aquí nuestro análisis se ha centrado en la escuela francesa o continental. Pero esta división temporal tuvo otras manifestaciones diferentes, así con el surgimiento de las escuelas nacionales de historia se mantuvo la tesis de la participación interpretativa del historiador en la construcción del relato histórico. Los nuevos estados con aspiraciones a transformarse en naciones surgidos al calor de la Revolución Francesa hallaron en la historia elementos suficientes para invocar la genealogía identitaria de los nuevos estados-nación. Los intelectuales creerán hallar las raíces nacionales en la cultura popular, en el Romanticismo. Una de esas escuelas fue la alemana. Frente al proceso revolucionario francés y a la presencia de Napoleón, el derrotado Estado prusiano buscó un crecimiento fuera de la revolución y creó una nueva identidad colectiva. El papel de la historiografía germana en ello fue esencial, a través de la escuela historicista. Por ello, en Alemania, el inicio de la Edad contemporánea no se produce hasta la creación del Estado alemán.

Por su parte, en el mundo académico anglosajón se entiende como Historia Contemporánea la historia a partir del siglo XX, reservando el resto para la Historia Moderna. Aun así, conviene recordar que muchos aspectos de esa etapa que denominamos Moderna o del Antiguo Régimen pervivieron hasta la Gran Guerra en muchos lugares de Europa, especialmente en la tradición británica. También muchos países del antiguo imperio británico tienen una concepción dividida, según los casos en esas dos fechas- 1914 o 1945- como inicio de la Edad contemporánea. Los países orientales y Turquía también cifran el cambio tras la I Guerra Mundial. Los norteamericanos se dividen entre los que inician el estudio con el siglo XX o, mayoritariamente, después de la II Guerra Mundial.

En los países del mundo que consiguieron la independencia en los procesos de descolonización a partir de la Segunda Guerra Mundial, la Historia Contemporánea comenzaría a mediados del siglo XX, que es cuando se produjeron grandes cambios en su seno.

En todo caso, como vemos, todo esto no deja de ser una convención para lograr un estudio homogéneo de periodos históricos. Las divisiones son fruto de cambios muy profundos que permiten hablar de etapas diferentes. Por eso, encuadrarlo en siglos exactos no es sencillo; determinar el acontecimiento que transforma la sociedad no es fácil. Hay autores que marcan las diferencias buscando las mismas en periodos de 100 años. Pero sabemos que, en ocasiones, las trasformaciones son más lentas y, en otros casos, muy rápidas. 100 años, como en el tango, no son nada…o lo son todo.

12 discursos trascendentes para la Historia Contemporánea

Muchos de los discursos de la Historia de la humanidad fueron esenciales para ganar una guerra o para motivar a un auditorio o para pedir explicaciones morales a un dirigente.

Qué sería de la historia de la oratoria, pero, sobre todo, de la Historia  de la Humanidad sin la oración fúnebre de Pericles recordando al mundo que la felicidad se basa en la libertad, y la libertad en el coraje; o sin Cicerón advirtiendo a Catalina que la paciencia de Roma se agotaba; o sin los grandes discursos de Churchill, sobre todo, los tres realizados en torno a la “batalla de Francia” y que fueron el símbolo de la resistencia heroica británica frente a Alemania al inicio de La II Guerra Mundial; o el más que famoso, reconocido que uno de los mejores discursos de la humanidad, “ I have a dream” de Martin Luther King,  esencial para entender la lucha por los derechos civiles.

Muchas son las líneas expositivas sobre los discursos claves para la Historia, pero me voy a centrar en aquellos discursos esenciales para naciones del orbe occidental realizados por sus Jefes de Estado en la Historia Contemporánea- entendida en el sentido continental, no al modo de las escuelas anglosajonas-. Algunos nos gustarán más; otros, menos; pero no estamos comentando su contenido ni su excelencia oratoria, sino su trascendencia Histórica para bien o para mal. Evidentemente, son todos los que están, pero no están todos los que son.

1.- Thomas Jefferson. 4 de marzo de 1801, primer discurso inaugural.

La trascendencia del mismo se resume en que su contenido expresa la esencia de la democracia liberal. Muestra los ideales de la Ilustración, puestos en práctica tras lo que Palmer llamó las revoluciones atlánticas (EE. UU a un lado del mar; Francia, en la otra orilla)

Ya en 1776, Jefferson había formado parte del comité que elaborarían la declaración de Independencia de EE. UU: John Adams, Benjamín Franklin, Robert R. Livingston y Roger Sherman. La redacción final correspondió a Jefferson.

En 1779 siendo Gobernador de Virginia, centró su acción en abolir los privilegios de la primogenitura, en establecer la libertad religiosa y de culto (no hay que olvidar el origen de las 13 colonias tras la huida de los puritanos de Gran Bretaña por las persecuciones religiosas allí acontecidas) y en lograr la difusión general de la educación. En 1801, fue elegido presidente. En su discurso inaugural señala los grandes principios de su mandato y que marcan el devenir democrático de Estados Unidos:

[El Gobierno adecuado debe] dejar libres a los hombres para que regulen sus propios objetivos industriales y de desarrollo, y no quite a los trabajadores el pan que han ganado…los principios esenciales de nuestro Gobierno…justicia igual y exacta para todos los hombres, de cualquier estado o convicción, religiosa o política; la paz, el comercio y amistad honesta con todas las naciones, sin enredarnos en alianzas con ninguna; el apoyo de los gobiernos de los estados en todos sus derechos…; la preservación del Gobierno General en su vigor constitucional, como la tabla de salvación de nuestra paz en el país y la seguridad en el extranjero; un celoso cuidado del derecho de elección por el pueblo; una corrección suave y segura de los abusos que son podados por la espada de la revolución cuando son desprovistos los recursos pacíficos; aquiescencia absoluta en las decisiones de la mayoría [Previamente había señalado que: aunque la voluntad de la mayoría prevalecerá en todos los casos, para ser legítima esa voluntad debe ser razonable… que la minoría posee igualmente sus derechos, que una equitativa ley debe proteger, y cuya violación será considerada opresión], el principio vital de las repúblicas, de la que no cabe recurso a la fuerza, el principio inmediato, vital y primario del despotismo… la supremacía de la autoridad civil sobre la militar; economía en el gasto público, donde el trabajo no puede ser cargado a la ligera; el pago honesto de nuestras deudas y preservación sagrada de la fe pública; fomento de la agricultura y del comercio como su sierva; la difusión de la información y la comparecencia por todos los abusos al albur de la razón pública; la libertad de religión; la libertad de prensa y la libertad de un individuo bajo la protección del habeas corpus y el juicio por jurados seleccionados con imparcialidad. Estos principios forman la brillante constelación que nos ha precedido y guiado nuestros pasos a través de la era de la revolución y la reforma. La sabiduría de nuestros sabios y la sangre de nuestros héroes ha sido dedicada a su consecución. Deben ser el credo de nuestra fe política, el texto de la instrucción cívica, la piedra de toque por la cual probar los servicios de aquellos en quienes confiamos; y debiendo vigilarles en los momentos de error o de alarma, apresurémosles a volver sobre nuestros pasos y recuperar el camino que solo conduce a la paz, la libertad y la seguridad.”

2.- Lincoln- 14 de noviembre de 1863.

Gettysburg fue una sangrienta batalla que duró tres días, murieron 50.000 hombres y tuvo la trascendencia de ser un punto de inflexión en la guerra civil norteamericana. Materialmente fue una derrota muy dura para el sur, por la pérdida de hombres y de recursos, y por ser una derrota devastadora en el plano moral. Después de Gettysburg las esperanzas de reconocimiento de la Confederación se desvanecieron.

En ese momento, dónde la victoria parecía estar más cerca, el presidente Lincoln realiza en Gettysburg, en el mismo lugar de la batalla, uno de sus más famosos discursos en defensa de los valores históricos, ya proclamados por Jefferson y en contra de la esclavitud. En sólo 300 palabras, Lincoln especificaba todo lo que los padres fundadores habían querido para su nación, para la lucha por la libertad e igualdad de todos. Decía: “Hace 87 años nuestros padres crearon en este continente una Nación. Concebida bajo el signo de la libertad, configurada con la premisa de que todos los hombres nacen iguales… Ahora, estamos librando una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier otra nación dedicada al mismo principio, puede perdurar en el tiempo… El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí se diga, mas no olvidará jamás lo que ellos [los combatientes en Gettysburg] han hecho. Nos corresponde a los que estamos vivos completar su obra inconclusa y que tan noblemente han adelantado aquellos que aquí combatieron. Nos corresponde ocuparnos de la gran tarea que nos espera. Quienes han perecido no lo han hecho en vano…Que esta nación, bajo la guía de Dios, vea renacer la libertad y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la Tierra”.

3.- Lenin 1917

Llega la revolución soviética y Lenin, gran orador, explica desde Moscú, en 1917, y en uno de sus discursos más representativos “¿Qué es el poder soviético?”, aboga por el fin del capitalismo y el alzamiento de la clase obrera que llegará al poder de la mano de los soviets. Dice así:

“Mientras la tierra siga siendo de propiedad privada el Estado gobernará siempre, incluso en la República más democrática y más libre, por medio de una pequeña minoría integrada por capitalistas y ricos a los oprimidos…por primera vez en el mundo el poder del Estado es de los obreros y campesinos trabajadores, excluyendo a los explotadores, construyendo organizaciones de masas, los soviets, a los que transfiere todo el poder. Es por eso que, el poder soviético, cualesquiera que sean las persecuciones a las que sean objeto los partidos comunistas de los distintos países, triunfará en todo el mundo de modo ineludible e inevitable en un futuro próximo. Permite a los oprimidos de ayer, la posibilidad de elevarse y tomar en sus manos toda la gobernación del Estado, toda la administración de la economía, toda la dirección de la producción… por eso es un camino seguro e invencible”. La Revolución de octubre estaba en marcha.

 4.- Hitler. Discurso ante el Parlamento el 13 de julio de 1934.

Debemos reconocer que Hitler tenía una habilidad especial para convencer a las masas con su oratoria lo que unido a la crisis que atravesaba Alemania y una serie de carambolas políticas, le llevaron al poder. Sus discursos importantes son numerosos, pero hemos elegido el pronunciado ante el Parlamento el 13 de julio de 1934. El motivo de esta elección es que marca su ascenso al poder omnímodo en Alemania y, con ello, la cuenta atrás para el inicio de la II Guerra Mundial.

La crisis de 1929 dio lugar a que nazis y comunistas alcanzaran buenos resultados en las elecciones alemanas de 1930. Aunque ambos tenían en su programa acabar con la democracia, los partidos moderados de la República de Weimar fueron incapaces de detener su ascenso, especialmente el nazi, y a pesar de ser conscientes de que nada bueno podían traer, pactaron con ellos en la absurda creencia de que podían controlarlos. En las elecciones de julio de 1932, los nazis se convirtieron en el partido con más escaños en el Reichstag. Su forma de entender el poder era el ejercicio de la violencia, es decir, el terror.

Entre sus muchos actos violentos, hay que destacar “la noche de los cuchillos largos” (la del 30 de junio a 1 de julio de 1934). En ella, Hitler, atentó contra los dirigentes de una organización paramilitar nazi (Sturmabteilung) (SA) pues temía que le arrebataran el poder. La mayor parte de los asesinatos los llevaron a cabo las SS (Schutzstaffel) y la Gestapo.  Acusado de estos crímenes y de tomarse la justicia por su mano en vez de confiar en la justicia ordinaria, Hitler se dirige al Parlamento (Reichstag), demostrando con sus palabras que todo el poder era suyo, aunque, formalmente, no lo adquirió hasta la muerte del presidente de la república en agosto de 1934. En aquel discurso, estableció quienes serían sus enemigos; los cuales, en su dialéctica, eran los enemigos del pueblo y del Estado alemán:

“…La mayoría de los trabajadores alemanes han superado ya esta postura destinada a hacer felices a esos judíos internacionalistas. El Estado nacionalsocialista hará en su interior, si fuera necesario, una guerra de cientos de años para acabar con los últimos restos de este veneno del pueblo … Por ello, cuando por fin, legitimados por la confianza de nuestro pueblo, tomamos la responsabilidad de la lucha de catorce años, no lo hicimos para dejar sueltos nuestros instintos y llevarlos a un caos, sino únicamente para fundar un nuevo y mejor orden…

Si alguien me acusa de no arreglar las cosas a base de un juicio reglamentario, únicamente les puedo decir que en esos momentos era yo el responsable de la nación alemana y por tanto juez en nombre de ella. Las acciones revolucionarias han sido siempre combatidas con decisión. Solamente un Estado no actuó así en la guerra y este Estado por ello mismo se derrumbó: Alemania…La nación ha de saber que la propia existencia – que debe ser garantizada por el orden y la seguridad interior – no puede ser amenazada por nadie sin que por ello reciba el justo castigo. Y todos han de saber para el futuro que el que levante la mano contra el Estado encontrará en la muerte su castigo.

El propio pueblo sería culpable si no acabara con esos sujetos. Si me culpan en el sentido de que únicamente un juicio celebrado normalmente hubiera podido dar el resultado apetecido de culpabilidad y resolver el problema, protesto airadamente. ¡El que se levante contra la Alemania es traidor a su patria! Y el que se levanta contra su propia patria no ha de ser juzgado por la importancia de su delito sino por el hecho en sí…Estas veinticuatro horas … el destino me volvió a demostrar que tengo inconmoviblemente a mi lado lo que es más valioso para mí: el pueblo y el Reich alemán”.

 5.- Charles de Gaulle. 18 de junio de 1940.

En junio de 1940, la línea Maginot, se revela como un juguete en manos de los nazis, que avanzan, en la guerra relámpago sin piedad y casi sin esfuerzo, a la conquista de Francia. Una Francia derrotada, que se muestra abúlica ante un destino que lejos de combatir precipita Pétain al solicitar el armisticio y dar lugar al gobierno colaboracionista de Vichy. La deshorna es total, salvo por una voz que se mantiene firme a través de la BBC, es el general Charles de Gaulle:

“¿Se ha dicho la última palabra? ¿La esperanza debe desaparecer? ¿La derrota es definitiva?” Él mismo responde: ¡“No”!

Creedme a mí que os hablo con conocimiento de causa y os digo que nada está perdido para Francia. Los mismos medios que nos han vencido pueden traer un día la victoria. ¡Porque Francia no está sola! ¡No está sola! ¡No está sola! Tiene un vasto imperio tras ella… Esta guerra no está limitada al desdichado territorio de nuestro país. Esta guerra no ha quedado decidida por la batalla de Francia. Esta guerra es una guerra mundial. Todas las faltas, todos los retrasos, todos los padecimientos no impiden que existan, en el universo, todos los medios para aplastar un día a nuestros enemigos. Fulminados hoy por la fuerza mecánica, podemos vencer en el futuro por una fuerza mecánica superior: va en ello el destino del mundo. Yo, general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y soldados franceses que se encuentren o pasen a encontrase en territorio británico, con sus armas o sin ellas, invito a los ingenieros y a los obreros especialistas de las industrias de armamento que se encuentren o pasen a encontrarse en territorio británico, a poner se en contacto conmigo. Ocurra lo que ocurra la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará”.  Efectivamente, este discurso creó la Francia libre y la Resistencia.

 6.- Stalin. Noviembre de 1941.

Tras el colaboracionismo con los nazis (pacto Ribbentrop-Molotov)

( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/), vino el intento de Hitler de invadir Rusia. Cuando las tropas nazis estaban “a las puertas de Moscú y Stalingrado” y el Ejército Rojo no era capaz de frenar el ímpetu alemán, Stalin decidió hablar a sus militares. No era un gran orador, pero aquí acude a la épica para motivar a los suyos:

“El diablo no es tan terrible como se hace ver”, dijo. “No es difícil ver que los alemanes están frente a un desastre. El hambre y la pobreza reinan en Alemania. En cuatro meses de guerra han perdido cuatro millones y medio de soldados. Alemania está sangrando, su poder se debilita… No hay duda de que Alemania no puede mantener ese esfuerzo durante mucho tiempo. Dentro de varios meses, quizá en año y medio, el peso de sus crímenes caerá sobre ellos (…). El mundo os ve como una fuerza capaz de destruir a las hordas alemanas. El pueblo europeo, esclavizado por los alemanes, os mira como sus salvadores. Una gran misión ha caído sobre ustedes. Sean dignos de esta misión. La guerra que luchan es de liberación (…) ¡Que el gran legado de Lenin vuele sobre sus cabezas! ¡Destrucción total sobre los invasores alemanes!”. Su paso hacia los aliados se había iniciado; el signo de la guerra se modificaba.

7.- Jorge VI. Discurso de la victoria.

Discursos de la Victoria hubo muchos y todos trascendentes. Hemos elegido el de Jorge VI por dos razones: 1) conocemos el discurso de la declaración de guerra por la famosa película, “El discurso del Rey”, pero sabemos que los discursos trascendentes para Gran Bretaña fueron los de Churchill. Sin embargo, Jorge VI llegó a convertirse en una figura esencial para la motivación de los británicos durante la Segunda Guerra Mundial, y en el gran apoyo de Churchill y éste del rey. Ambos lograron una gran sintonía mutua, lo que ayudó enormemente a la labor británica en la guerra. 2) Jorge VI fue el último emperador de la India. La II Guerra Mundial mostró la labor de todo un imperio al servicio de su majestad con el fin de derrotar a tan fieros enemigos. Pero, la victoria trajo consigo la independencia de las antiguas colonias y el fin del Imperio británico tal y como se conocía hasta entonces. Pero en el momento de la victoria la Unidad parecía indefinida:

“Hoy damos gracias a Dios por un gran acontecimiento…os pido que os unáis a mí en este acto de acción de gracias. Alemania, que arrastró a la guerra a Europa entera, ha sido finalmente vencida. En el Lejano Oriente aún tenemos que combatir contra los japoneses que son decididos y crueles adversarios…

… todo estaba en juego: nuestra libertad, nuestra independencia y nuestra propia vida o existencia como nación; pero también sabíamos que, al defendernos, defendíamos la libertad de todo el mundo, que nuestra causa no sólo era la de la nación ni la de su Imperio y comunidad de naciones, sino la del mundo entero, la de todas aquellas tierras donde se ama la libertad y ésta va acompañada por el respeto a la ley.

La Reina y yo nos damos perfecta cuenta de las penalidades que ha sufrido el pueblo inglés en toda la comunidad británica y en su Imperio. Nos sentimos orgullosos de vosotros…“

 8.- Kennedy, discurso inaugural 1962.

John Fitzgerald Kennedy fue el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, y el primer católico en alcanzar este puesto, lo cual ya era un hito en sí mismo. Pero además fue el presidente que cambió la imagen electoral al dar importancia a la telegenia y al márquetin. Desde su candidatura, las campañas electorales se modificaron en todo el mundo.  Pero Kennedy, había estudiado en Harvard, no todo era impostada telegenia, era un tipo brillante y en su mandato realizó muchos e importantes discursos. Destacamos el realizado el 20 de enero de 1961, día de su investidura. Llevaba meses preparándolo y, sin embargo, su duración sigue siendo la más corta de la Historia de los discursos inaugurales de USA, tan sólo 14 minutos. Nada fue improvisado, en la víspera de la ceremonia se reunió con los directivos de la cadena CBS para preparar hasta el último detalle y, como todo lo bien preparado, dio sensación de naturalidad.

Pero la trascendencia, estaba en que en esos 14 minutos expresa las líneas esenciales de lo que será su mandato. Lo que reforzará posteriormente en otros grandes discursos: Iba a dirigir un gran país, pero un país que podía ser aún mejor. Para ello, se adelanta a algunos problemas como la defensa de los derechos civiles o un programa de la “Nueva Frontera”,  que marcaba un desarrollo económico de obras civiles y también militares que acabaron confluyendo en la llegada del hombre a la luna, que él vaticinó en otro gran discurso  el 25 de mayo de 1961 en el Senado para solicitar un aumento de fondos para el programa que permitiese llevar al hombre a la luna antes del fin de la década: “Esta nación debe asumir como meta el lograr que un hombre vaya a la Luna y regrese a salvo a la Tierra antes del fin de esta década” .

Pero, el discurso inaugural marcaría esencialmente su política exterior, mucho más certera que la interior; su defensa del Mundo contra el comunismo, si bien expresada con una mano tendida al bloque del este.  Apaciguamiento, pero sin temor, con firmeza. Recordando a los padres fundadores señaló los principios de la democracia y su extensión por el mundo, mostrándose como el que ampararía a los países del sur americano en esa consecución liberal:” A los pueblos de chozas y aldeas en la mitad del mundo que luchan por liberarse de las cadenas de la miseria de masas, les prometemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para ayudarlos a ayudarse a sí mismos, durante el tiempo que sea necesario. No porque quizás lo hagan los comunistas, no porque queremos sus votos, sino porque es lo correcto. Si una sociedad libre no puede ayudar a los muchos que son pobres, no puede salvar a los pocos que son ricos… A nuestras repúblicas hermanas al sur de nuestras fronteras les ofrecemos una promesa especial: convertir nuestras palabras en hechos en una nueva alianza para el progreso, con el fin de ayudar a las personas y gobiernos libres a romper las cadenas de la pobreza. Pero esta pacífica revolución de la esperanza no puede convertirse en presa de potencias hostiles. Todos nuestros vecinos han de saber que nos uniremos a ellos para luchar contra la agresión o subversión en cualquier lugar de las Américas. Y que cualquier otra potencia sepa que este hemisferio pretende seguir siendo el amo en su propio hogar…

Por último, a esas naciones que se transformarán en nuestros adversarios, no les ofrecemos una promesa, sino una solicitud: que ambos bandos comencemos nuevamente la búsqueda de la paz… No osemos tentarlos con la debilidad, porque solo cuando tengamos la seguridad de que nuestras armas son suficientes podremos estar completamente seguros de que nunca serán usadas.”

 Y así actuó en la guerra de los misiles de cuba, uno de los grandes conflictos de su mandato.

Kennedy anunció una nueva era llena de peligros y desafíos, pero también de oportunidades y esperanza si todos se esfuerzan unidos, con un mensaje de exigencia a los ciudadanos cuya expresión se ha convertido en la frase más famosa de aquel discurso: “Así pues, compatriotas: preguntad, no qué puede vuestro país hacer por vosotros; preguntad qué podéis hacer vosotros por vuestro país.”

9.- El último discurso de Salvador Allende.

El presidente chileno derrocado por el golpe de Estado de Pinochet (11 de septiembre de 1973), se dirige a la nación. Es un discurso importante en lo emocional y, sobre todo, denuncia el inicio de las dictaduras militares del cono sur americano que tantos disgustos trajeron a la zona:” Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes”, señalaba el ya expresidente. Anunciaba así su decisión de suicidarse. Fue un acto de acusación hacia el golpista, Pinochet: “el general rastrero”.  Dejó una frase para la posteridad. “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

10.- Juan Carlos I. 23 de febrero de 1981.

El intento de golpe de estado de febrero de 1981 a manos del General Armada, Milans de Bosch, Tejero y otros, supuso un punto de inflexión en la historia de España, el discurso del rey Juan Carlos I la madrugada del 24 de febrero de 1981 permitió tranquilizar a los españoles y supuso el fracaso del golpe. En alocución televisiva, declaró que rechazaba cualquier intento de golde de Estado. Tras varias horas de intensas llamadas, reflexiones y tensión, Milans de Bosch retrocedió en sus planes y fue arrestado, mientras que Tejero resistió hasta el mediodía del 24.

 “Al dirigirme a todos los españoles, con brevedad y concisión, en las circunstancias extraordinarias que en estos momentos estamos viviendo, pido a todos la mayor serenidad y confianza y les hago saber que he cursado a los Capitanes Generales de las Regiones Militares, Zonas Marítimas y Regiones Aéreas la orden siguiente:

Ante la situación creada por los sucesos desarrollados en el Palacio del Congreso y para evitar cualquier posible confusión, confirmo que he ordenado a las Autoridades Civiles y a la Junta de Jefes de Estado Mayor que tomen todas las medidas necesarias para mantener el orden constitucional dentro de la legalidad vigente…

La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum”.

 11.-Ronald Reagan. Discurso en la Puerta de Brandeburgo. Berlín Occidental, Alemania 12 de junio de 1987.

Muchas personas ven en Ronald Reagan al gran restaurador del sueño americano. Esa tierra de libertad y oportunidades que permite a cualquier ciudadano llegar a lo más alto, por méritos propios. Como en tantas personas de su generación la II Guerra Mundial fue determinante en su vida. No pudo alistarse como quería por su miopía, pero le contrataron como actor para las películas de propaganda americana durante el conflicto. Miembro del sindicato de actores empezó a dar discursos políticos. Desde el principio sus palabras siempre tuvieron un contenido antiestatista y conservador. Consumado antifascista, antirracista y anticomunista.

Cuando llega a la presidencia el 4 de noviembre de 1980, tras el gobierno de Carter, el liderazgo mundial americano estaba en crisis: invasión de Afganistán, crisis de los rehenes en Irán, una inflación desbocada, crisis del petróleo… No se amilanó. Revertió esa situación durante su presidencia y, al tiempo, echó un pulso a los comunistas. En este último asunto de la mano de Margaret Thatcher y del Papa Juan Pablo II. Los tres doblegaron a la tiranía comunista. En representación de aquel hecho histórico que cambió la faz del mundo occidental traemos el discurso de Reagan en la puerta de Brandeburgo, varios presidentes americanos se habían dirigido a los alemanes desde la construcción del Muro, el más conocido fue Kennedy el 26 de junio de 1963, entonces con el Muro recién levantado y, ahora, Regan, con el Muro a punto de ser derribado. Kennedy dijo en medio de una multitud:“Ich bin ein Berliner”[yo también soy Berlinés] lo que ha pasado a la Historia de la esperanza de los alemanes de su reunificación.  El de Reagan, era no ya una hipotética esperanza, sino la constatación del trabajo realizado. Dijo: mientras la puerta esté cerrada, mientras se permita esta herida de muro, no es sólo la cuestión alemana que permanece abierta, sino la cuestión de la libertad de toda la humanidad. Pero no he venido aquí a lamentarme. Puesto que encuentro en Berlín un mensaje de esperanza, incluso a la sombra de este muro, un mensaje de triunfo.” Y el triunfo llegó. Continuó el presidente: “En la década de los 50, Kruschev predijo: “os enterraremos”. Pero en Occidente hoy vemos un mundo libre que ha alcanzado un nivel de prosperidad y bienestar sin precedentes en toda la historia humana. En el mundo comunista vemos fracaso, retraso tecnológico, niveles sanitarios en declive, incluso necesidad del tipo más básico: demasiada poca comida. Incluso hoy, la Unión Soviética no puede alimentarse a sí misma. Después de estas cuatro décadas, entonces, una conclusión inevitable se alza ante el mundo entero: la libertad lleva a la prosperidad. La libertad viene a sustituir los antiguos odios entre las naciones por civismo y paz. La libertad es la vencedora… Y puede que ahora los propios soviéticos, a su manera limitada, se den cuenta de la importancia de la libertad. Oímos mucho de Moscú acerca de una nueva política de reforma y apertura… ¿Son estos los comienzos de cambios profundos en el Estado soviético?”. Y Reagan gritó desde Berlín: “Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si usted busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa Oriental, si usted busca la liberalización: ¡Venga a este muro! ¡Señor Gorbachov, abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, haga caer este muro!”

El muro cayó y éste hecho, junto con la derrota del nacismo, son los dos acontecimientos más destacados e importantes del S XX.

12.- Felipe VI. 3 de octubre de 2017.  

En aquel mes de octubre, el gobierno noqueado por la celebración de un pseudo referéndum- completamente ilegal, pero que nunca debió de ocurrir-, las calles incendiadas y una huelga general amenazando Cataluña. El Rey Felipe VI, en un discurso balsámico, certero y lleno de coraje logró parar la campaña de publicidad exterior que había iniciado la Generalidad y la posibilidad de que algún país reconociera aquel acto ilegal y secesionista.

Si hubo algo esencial en aquel discurso fue la manifestación de que el estado español aún sobrevivía; de que la Corona expresaba la unidad de España y la constitución.

“Desde hace ya tiempo, determinadas autoridades de Cataluña, de una manera reiterada, consciente y deliberada, han venido incumpliendo la Constitución y su Estatuto de Autonomía, que es la Ley que reconoce, protege y ampara sus instituciones históricas y su autogobierno… Han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de Derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana, llegando ─desgraciadamente─ a dividirla. … todo ello ha supuesto la culminación de un inaceptable intento de apropiación de las instituciones históricas de Cataluña. Esas autoridades, de una manera clara y rotunda, se han situado totalmente al margen del derecho y de la democracia. Han pretendido quebrar la unidad de España y la soberanía nacional, que es el derecho de todos los españoles a decidir democráticamente su vida en común….Por todo ello y ante esta situación de extrema gravedad, que requiere el firme compromiso de todos con los intereses generales, es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de Derecho y el autogobierno de Cataluña, basado en la Constitución y en su Estatuto de Autonomía.”

 Después dirigiéndose a todos los españoles, especialmente a los ciudadanos de Cataluña preocupados por la deriva antidemocrática de sus dirigentes, les lanzó un mensaje de esperanza:

“…les digo que no están solos, ni lo estarán; que tienen todo el apoyo y la solidaridad del resto de los españoles, y la garantía absoluta de nuestro Estado de Derecho en la defensa de su libertad y de sus derechos.

Y al conjunto de los españoles, que viven con desasosiego y tristeza estos acontecimientos, les transmito un mensaje de tranquilidad, de confianza y, también, de esperanza. Son momentos difíciles, pero los superaremos. Son momentos muy complejos, pero saldremos adelante. Porque creemos en nuestro país y nos sentimos orgullosos de lo que somos. Porque nuestros principios democráticos son fuertes, son sólidos. Y lo son porque están basados en el deseo de millones y millones de españoles de convivir en paz y en libertad” …

Aquella noche, el discurso del Rey provocó un cambio de tendencia y fue el desencadenante de la manifestación del 8 de octubre que convocó a un millón de personas en las calles de Barcelona en contra del golpe de Estado. A partir de ese momento, los separatistas entraron se encontraron desunidos, actuaron con atolondramiento o huyeron como cobardes. Los que se quedaron acabaron en la cárcel condenados por sedición.

Fueros y derechos forales

Vamos a realizar una incursión en el origen histórico de los fueros y consiguientemente, llegaremos a hablar de los derechos forales, pero sin profundizar en los aspectos jurídicos de los mismos y mucho menos en eso que se ha dado en llamar régimen foral.

No es fácil escudriñar el origen de los fueros, pues si bien hay mucho escrito al respecto de manera detallada pero casi siempre local, hay pocos estudios sistemáticos y compiladores de lo que fueron los fueros en el conjunto de España. Quizá sea García Gallo el que mejor ha estudiado de manera conjunta los fueros en España.

Hablar de fueros es hablar de privilegios. Según el diccionario de la RAE, privilegio es la “exención de una obligación o ventaja especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia”.  Exactamente de eso se trataba, de librar a una persona física o jurídica de alguna carga u obligación o bien de dotarle de una ventaja por realizar algo cuyo favor concede un superior, en este caso un rey o un señor del lugar.

Históricamente, los fueros entendidos en este sentido comienzan con la Reconquista. Los reyes iban concediendo favores a los municipios y localidades que luchaban a su lado contra los musulmanes; bien por haber peleado fiel y heroicamente o por estar en la frontera y servir de parapeto para el avance cristiano o bien, mayoritariamente, como forma de lograr la repoblación de una zona vaciada, casi siempre fronterizas y, consiguientemente, objeto de razias musulmanas. Estas normas abarcaban, tanto regulaciones civiles, económicas o administrativas. La manifestación primera de estos fueros locales lo constituyen las cartas pueblas.

Debido a que su finalidad primordial era atraer pobladores, estas cartas fijaban unas condiciones jurídicas de la ocupación del territorio y nacían a partir de un acuerdo entre el Rey y esa población. Sin embargo, como señala García Gallo, no todos los fueros tuvieron carácter consuetudinario. De hecho, el término fuero proviene de una concepción de lo que era juzgado, del derecho, cuyo origen ya se ve en Roma, en el mercado, el foro. Este concepto de norma que se juzga tiene su manifestación más clara en la Península Ibérica en el Fuero Juzgo.

El Fuero Juzgo es la traducción romance del Liber Iudiciorum (código Visigodo) que es atribuida tradicionalmente a Fernando III el santo y se suele fechar en 1241. El Liber Iudiciorum fue el cuerpo de leyes que rigió la España visigoda y supuso el establecimiento de una norma de justicia común a toda la península y sus habitantes.

Su traducción fernandina, es decir, el Fuero Juzgo, se aplicó como derecho local en calidad de fuero municipal a medida que avanzaba la reconquista castellana. Por eso las cartas pueblas y los fueros municipales están íntimamente ligados. El Fuero Juzgo mantuvo su vigencia hasta la aprobación del código civil a finales del siglo XIX.

Los fueros, por tanto, fueron una manifestación de privilegio local dado por los reyes durante la Reconquista, y que es un elemento diferenciador del origen de estos en España frente a los fueros locales que también se dieron por toda Europa.

Sin embargo, señala Modesto Lafuente en su “Historia General de España”, estos fueros españoles son los más antiguos de Europa, así, incluso prescindiendo de los fueros municipales anteriores al S. X, de los que se conservan fragmentos aislados, el fuero más antiguo es el de la ciudad de León de 1020. Existen algunos cohetéanos al de León en Italia, pero son más modernos en su origen. En Francia, los fueros locales, datan del reinado de Luis VI, rey de Francia de 1108 a 1137; en Inglaterra se originan bajo el mandato de Guillermo II, conocido como “El Rojo” (de 1087 a 1100) y en el Sacro Imperio Romano Germánico, proceden de reinado de Federico I, Barbarroja, que fue emperador desde 1152 a 1190.

En Europa, al igual que en España por aplicación del Fuero Juzgo, se fueron unificando los fueros locales a través de legislación común, aunque en Europa con mayor homogeneidad. Especialmente significativa fue la unificación normativa francesa.

En España la unidad nacional realizada por los Reyes Católicos no impidió que cada uno de antiguos reinos peninsulares conservara su personalidad jurídico-política y su autonomía legislativa, así como una serie de mecanismos para la defensa de su Derecho. En la formación de nuestro Imperio durante el siglo XV no se pretendió ni buscó una unificación legislativa más allá de lo necesario. Como vimos al hablar de la configuración del Derecho de indias, no se impuso la legislación castellana sin más, sino que establecieron normas propias de cada Virreinato y se aceptaron algunas instituciones, costumbres y normas locales que permitieron la integración de los nativos en su consideración de españoles en igualdad con los peninsulares.

Por eso, la monarquía de los Austrias era una monarquía compuesta, al igual que lo eran las monarquías de toda Europa durante la Edad Moderna (principalmente, siglos XVI y XVII); como Estados-Nación en formación se habían configurado a través de un rey unificador y cabeza del Estado con una serie de antiguos reinos que mantenían su identidad institucional y legal anterior a esa unificación. La Monarquía hispánica se caracterizó por constituirse como un conjunto de “Reinos, Estados y Señoríos” bajo un mismo monarca. Así lo explicaban los Reyes Católicos por la unión dinástica de la Corona de Castilla y de la de Aragón a los que fueron uniendo posteriormente diversos reinos peninsulares y territorios en América hasta convertirse España, bajo los reyes de la Casa de Austria, en la monarquía más poderosa de su tiempo. Esta situación de monarquía compuesta se prolongó durante el gobierno de los Austrias, aunque poco a poco se vio la necesidad de unificar los sistemas de derecho, de justicia y los órganos legislativos. Motivada entre otras razones porque a principios del siglo XVII, la situación española y mundial ya no era igual. Castilla se encontraba exhausta, arruinada por el esfuerzo conquistador y un siglo de guerras casi continuas en el Europa, lo que provocó, junto con las crisis de remesas de los metales americanos y su dispersión por los territorios europeos de la Corona, diversas bancarrotas de la Hacienda española, y consiguientemente hambrunas y ruina en la Península, que se acentuaron con la participación en la guerra de los 30 años. En este contexto, se sitúa el proyecto del Conde-Duque de Olivares, valido de Felipe IV, para lograr un Estado más fuerte en torno a la figura del rey y de una única ley. Esto requería modificar el sistema de monarquía compuesta. Este proyecto se dedicó Olivares cuya primera plasmación se dio en el famoso memorial que entregó al rey en 1624. Las necesidades económicas y humanas para la guerra de los 30 años eran acuciantes, el propio Olivares rebajó el proyecto al año siguiente buscando sólo una “unión de armas” cuya esencia consistía en que los “Reinos, Estados y Señoríos” de la monarquía Hispánica contribuyeran a la formación de un poderoso ejército de casi 150 mil hombres. El proyecto fue aprobado sin entusiasmo por las cortes de Aragón y Valencia y provocaron la sublevación, como vimos en la entrada de Rocroi, de Cataluña y Portugal. Estas acabaron con el proyecto de unificación de armas y Felipe IV apartó del poder al Conde-Duque de Olivares tres años después.

Aunque el testamento de Carlos II, preveía una serie de consideraciones en virtud de las cuales se deberían preservar los derechos normativos (forales) de los reinos, Felipe V no actuó conforme al mandato de su predecesor. A medida que la Guerra de sucesión se iba desarrollando y por virtud de los acontecimientos de aquella y, sobre todo, por influencia de su abuelo, Luis XIV, el Rey Sol, de Francia. La primera reforma que introdujo Felipe V fue en la corte de Madrid. Siguiendo las indicaciones del embajador francés formó un “consejo de Despacho” —máximo órgano de gobierno de la Monarquía por encima de los Consejos tradicionales-. Allí el embajador transmitía los consejos del abuelo real y, sobre todo, los recursos económicos que el francés mandaba a su nieto a fin de sanear las maltrechas arcas españolas.

El apoyo que la antigua corona de Aragón al archiduque Carlos, aconsejó a Felipe V un cambio de situación en la estructura de la corona, buscando, no un castigo, como a veces se ha entendido, sino una forma de controlar que aquellos territorios le fueran fieles y cumplieran sus mandatos.

La victoria borbónica en la batalla de Almansa en 1707 determinó el cambio de rumbo de la monarquía. Con los Decretos de Nueva Planta se abolió el derecho especial de Valencia en 1707 y desde entonces hasta 1716 se suprimieron los órganos legislativos de Aragón, Mallorca y Cataluña buscando crear un estado centralista de inspiración francesa.

Pero es el siglo XIX el decisivo en esta tendencia unificadora. Unas veces por la vía de las victorias de guerra: Navarra perdió su potestad legislativa en 1841, y lo mismo le sucedió al País Vasco como consecuencia del denominado Decreto de Espartero de 1841. No olvidemos que el lema carlista era “Dios, Patria, Fueros”. Su derrota en la guerra conllevó a los decretos señalados. En otras ocasiones por efecto de la codificación. Evidentemente, la codificación no se presenta sólo por influencia francesa, ilustrada y, posteriormente, y, sobre todo, napoleónica, sino que responden a una determinada representación de la historia de España y, unida a ella, a una concreta concepción de la nación. Por eso, serán las Cortes de Cádiz, una vez proclamada la Nación española moderna y constitucionalista, donde la Soberanía reside en el pueblo español la que se dispone a la unificación jurídica. Si la Soberanía reside en el pueblo, el órgano legislativo único son las Cortes que representan a ese pueblo . La codificación se da en todos los órdenes jurídicos, pero al hablar de fueros nos centraremos en el civil; por ello y en este sentido, el art. 258 de la Constitución de 1812 dispone que el Código Civil, criminal y de comercio serán unos mismos para toda la monarquía, sin perjuicio de las variaciones que por particulares circunstancias puedan hacer las Cortes. Este es el inicio del fin de los fueros cuya culminación se produce con el decreto de abolición de los fueros vascos en 1876.

Con la base presentada en la Constitución de Cádiz, el siglo entero transcurre con nuestros compatriotas buscando una legislación civil unificada. Bien es cierto que, en todo momento, se pensó en que la unificación no podía dar lugar a agravios a los ciudadanos frente a la legislación foral vigente, por eso se buscaron fórmulas para intentar evitar esos daños y hacer compatible el derecho compilado nuevo con las consecuencias jurídicas del foral con el que se quería acabar. No hubo grandes oposiciones a la codificación, pero incardinar la caótica legislación civil en un código no era sencillo. Esta fase lleva consigo la elaboración de distintos proyectos de Código Civil en 1821, 1832 y 1851 de los cuales este último supone uno de los antecedentes más destacados del Código Civil vigente. Y, sobre todo, en ellos se empieza a modificar el concepto de foral no tanto, como relativo a los fueros, sino como algo excepcional y privilegiado.

Sin embargo, la oposición de estos proyectos vino de la mano de materias sociales y religiosas. Efectivamente, fue la Iglesia la que planteó algunos problemas para intentar mantener parte de sus fueros; al igual que ocurrió con los partidarios del tradicionalismo vasco que aún resistían o los seguidores de la escuela histórica alemana, que se daban más en Cataluña que en otras zonas, y que intentaban doctrinalmente apoyar la existencia de los fueros. De hecho, esta escuela no tuvo seguidores destacados en Aragón lo que le permitió seguir sin dar muchos problemas en el camino codificador, renunciando a parte de sus fueros de la manera más natural.

Precisamente en un intento de superar las dicotomías entre las escuelas jurídicas se celebró en Madrid, en 1863, el primer congreso de jurisconsultos.

Mientras se buscaba la unificación se optó por la publicación de leyes especiales como la Ley hipotecaria de 1861 y las leyes de Matrimonio Civil y del registro Civil de 1870.

Modesto Lafuente intenta explicar la necesidad de esta codificación del siguiente modo: “El célebre código de los visigodos, el Fuero Juzgo, único cuerpo legal que había regido, aunque imperfectamente, en la España de la restauración, no podía ser aplicado ya en todas partes a un pueblo cuyas condiciones de existencia habían variado tanto. Las circunstancias eran otras, otras las costumbres, distinta la posición social y era menester atemperar a ellas las leyes, era necesario no abolir las antiguas sino suplir a las que no podían tener conveniente aplicación con otras más análogas y conforme a los que exigían las nuevas necesidades de los pueblos y de los individuos. Nacieron, pues, los Fueros de León y de Castilla, de Navarra, Aragón y Cataluña y gloria eterna será de los Alfonsos,de los Sanchos, de los Fernandos y de los Berengueres de España haber precedido en más de un siglo a todos los príncipes de Europa en dotar a sus pueblos de derechos, franquicias y libertades comunales,….”

Realmente, ya los liberales reunidos en Cádiz habían señalado que era imposible tener un conocimiento exacto del número de normas civiles existentes en España por eso decidieron crear un código nuevo y común a todos, lo que ayudaría aponer orden en el caos normativo existente en España

En aquel intento codificador, hay que destacar dos hitos: en primer lugar, el Proyecto de Ley de Bases del Código Civil de 1881 elaborado por Manuel Alonso Martínez disponía que las instituciones que fuese imposible suprimir de los territorios forales debido a su arraigo serían objeto de ley especial y el Código Civil se aplicaría como Derecho supletorio. En segundo lugar, la Ley de Bases de 1888 elaborada por Francisco Silvela y que constituye el antecedente inmediato del Código Civil mantiene una posición más respetuosa con los Derechos Forales al acoger el sistema de apéndices para el Derecho Foral. El código Civil fue promulgado el 24 de julio de 1889 y entró en vigor tres días más tarde, durante la regencia de María Cristina y la minoría de edad de Alfonso XIII. Lleva el refrendo de José Canalejas, entonces ministro de Gracia y Justicia se aprobó con una serie de apéndices de derecho foral.

De este modo se conciliaban en él razón e Historia, la codificación y el derecho foral, donde todos cedieron y donde el consenso logró el acuerdo.

Durante el franquismo no se abolieron los fueros, al contrario, el Congreso Nacional de Derecho Civil celebrado en Zaragoza en 1944 supone el comienzo de una nueva fase en la consolidación de los Derechos Forales. En este congreso se produce el reconocimiento de los diversos regímenes jurídicos territoriales, el rechazo al sistema de apéndices al Código Civil y la propuesta de Compilaciones. Siguiendo estas teorías se nombran comisiones de juristas en las diversas regiones forales que se desarrollan entre 1959 y 1973. La 1ª Compilación aprobada fue la de Vizcaya y Álava en 1959. La reforma del Título Preliminar del Código Civil de 1974 vino a establecer un nuevo sistema basado en dos principios: la aplicación general de una serie de disposiciones del Código Civil en toda España y la aplicación del mismo como Derecho supletorio de segundo grado en las regiones forales.

De este modo llegamos a la Constitución de 1978 que, en cuanto al desarrollo de los derechos civiles forales y especiales en la Constitución, el art. 149.1.8ª dispone que el Estado tiene competencia exclusiva en materia de legislación civil, sin perjuicio de la conservación, modificación y desarrollo, por las Comunidades Autónomas de los derechos civiles, forales o especiales, allí donde existan…

Pero, la entrada en vigor de la Constitución de 1978 ha supuesto el establecimiento de un nuevo sistema de distribución territorial del poder político que ha dado lugar al nacimiento las Comunidades Autónomas como entes públicos territoriales dotados de sustantividad política y personalidad jurídica propias, así como de unas potestades normativas bien amplias. Son las comunidades las que se han mantenido legislando en materia civil es decir, las que han mantenido el sistema foral.

En este sentido el Art 13 del Código civil señala:

  1. Las disposiciones de este título preliminar, en cuanto determinan los efectos de las leyes y las reglas generales para su aplicación, así como las del título IV del libro I, con excepción de las normas de este último relativas al régimen económico matrimonial, tendrán aplicación general y directa en toda España.
  2. En lo demás, y con pleno respeto a los derechos especiales o forales de las provincias o territorios en que están vigentes, regirá el Código Civil como derecho supletorio, en defecto del que lo sea en cada una de aquéllas según sus normas especiales.

Pero lo que transciende y genera algunas de las situaciones más conflictivas en la España actual nacen por la aplicación de la disposición adicional 1ª de la CE, que dice: “La Constitución ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales. La actualización general de dicho régimen foral se llevará a cabo, en su caso, en el marco de la Constitución y de los Estatutos de Autonomía”.

Desde la aprobación de la Constitución y, más en concreto, desde el Congreso de Derecho Civil de 1981 se inicia la fase de expansión del derecho foral, dado que,  ninguna autonomía ha querido quedarse a la zaga en afirmaciones de historicidad, para lograr por medio de esas referencias un aumento de sus competencias. Lo han hecho en sus estatutos de autonomía, algunas poniendo más énfasis en las razones históricas- por ejemplo, Navarra, para que no hubiera dudas a su estatuto de autonomía lo ha denominado: Ley Orgánica de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra – también el País Vasco, y otras por vía del autonomismo (por la vía del artículo 151 de la Constitución, bien por el artículo 150.2 y, andando el tiempo, por la vía lenta del artículo 143). De modo que de un modo u otro todas las CC. AA han ido alcanzando niveles similares de autogobierno. Por ello, en esa misma medida, el historicismo y el foralismo han visto reducido su significado como factores y signos de identidad diferenciada, aunque el Tribunal Constitucional les haya dado cierta preeminencia, y su presencia constitucional, grosso modo, podemos reducirla a: a) El nombre de las instituciones de autogobierno (Diputación o Gobierno, Parlamento o Asamblea, Sindic de Greuges o Defensor del Pueblo…). b) Tratamiento especial de la lengua propia. c) El Derecho civil foral. d) La organización territorial interna. e) El Concierto Económico. Siendo precisamente éste último el que determina la diferencia[1].

Esa diferencia es un reducto privilegiado por vía historicista que se expresa en el llamado cupo vasco y navarro: frente a un sistema fiscal- mayoritariamente- nacional, hay dos comunidades que recaudan todos sus impuestos y, por medio de un cálculo más que obscuro, dan una parte al Estado, es decir, a todos. Es la economía- deberíamos recordar al presidente Clinton-, la que marca la diferencia. No son el resto de las comunidades, bajo un sistema de financiación autonómico común a todas ellas, en la que el manejo de los fondos y los ingresos vía impuestos pueden ejercerse de igual manera, según sea la voluntad de sus dirigentes de subir o bajar impuestos, las que tienen posiciones privilegiadas; son las comunidades que utilizan los derechos históricos para mantener un estatus diferenciado las que usan la Historia en beneficio propio, perjudicando al resto. Este es uno de las más desdichadas consecuencias de los fueros, pero no el único ni el peor.

Desgraciadamente, lo que nació en un contexto histórico concreto- la Reconquista- y se mantuvo por el respeto de todos a determinadas situaciones hoy ya trasnochadas, permiten mediante un uso torticero de los derechos históricos y apelando a los mismos, buscar fines secesionistas. Así se plantea en el último estatuto catalán, que amortiguó en sus pretensiones el Tribunal Constitucional. Por eso el profesor Torres del Moral afirma que bastaría entender que la disposición adicional primera ha entrado en vía muerta como precepto que ya ha cumplido su fin, para evitar tales abusos.

BIBLIOGRAFIA

TORRES DEL MORAL. “¿QUÉ SON LOS DERECHOS HISTÓRICOS?”. Ponencia realizada en la Fundación Roca Sastre

GARCIA GALLO

Pedro Andrés PORRAS ARBOLEDAS “Los Fueros medievales dentro de la producción de Alfonso García-Gallo”. Universidad Complutense de Madrid.

MIGUEL HERRERO DE MIÑÓN “Los derechos forales como derechos históricos” . Revista española de Derecho Constitucional.

RAFAEL D. GARCÍA PÉREZ “Derechos forales y codificación civil en España (1808-1880)”. AHDE.

MODESTO LAFUENTE. “Historia General de España”. EDITORIAL MELLADO

[1] Torres del Moral. ¿QUÉ SON LOS DERECHOS HISTÓRICOS? Ponencia realizada en la Fundación Roca Sastre

La brigadas internacionales, ¿mito o verdad?

Sobre las brigadas internacionales se ha escrito mucho desde el final de la guerra civil española. La historiografía ha pasado de relatos casi hagiográficos de aquellos extranjeros que vinieron a luchar a España hasta estudios revisionistas desmitificadores. Por supuesto hablo de historiadores neutrales, no de los partidarios de uno y otro signo que tiran de la figuras de los brigadistas a su favor o contra, como si estiraran de un chicle, o aquellos propagandistas: corresponsales, novelistas o cineastas en su mayoría, que sin estudiar nada en profundidad nos venden un mito romántico de luchadores por la libertad. No olvidemos que mucho hay de propaganda y más aún de venta en este tema que traemos hoy.

La visión romántica es bien conocida, la segunda, la revisionista, no tanto y, sin embargo, quizá esté más cerca de la realidad… o no. Ambas posiciones son defendidas por historiadores de izquierda y derechas. En eso no hay posicionamientos ideológicos, sino un uso de las fuentes más o menos afortunado. También, algunos destacados militares republicanos han contribuido a la desmitificación.

Es cierto que parte de la posición desmitificadora de las brigadas internacionales nace a raíz de las memorias e informes de los propios brigadistas una vez muerto Stalin y, más aún, cuando tras la caída del muro desapareció el miedo a la represión de los soviéticos. También la Perestroika trajo consigo la apertura de los archivos soviéticos (nuevamente cerrados, en gran parte, por Putin), lo que ha permitido tener una información mucho más completa. A ello hay que unir que aquella visión noble, novelesca y heroica de luchadores por la libertad se debe, en parte, a las maravillosas plumas de escritores como Hemingway o André Malraux. Ambos tuvieron mucho de aventureros y políticos, además de excelentes escritores, en una mezcolanza que como ha señalado Oliver Todd, biógrafo y crítico del francés, fue “el primer escritor de su generación que logró edificar de una manera eficaz su propio mito” y yo añadiría que ambos contribuyeron al mito de las brigadas internacionales. Ya decía John Dos Passos que “el escritor que escribe bien es el arquitecto de la historia”; en este caso, de la Historia. Pero no todos los escritores brigadistas revelaron esa visión, así George Orwell, salió de España completamente contrario a lo que le llevó a la guerra. Entró como comunista y aquí conoció la represión del sistema y cambió radicalmente. Por eso escribió  poco después “Rebelión en la granja” y “1984” en los que la metáfora y la ironía se unen para criticar el sistema comunista. No paró de explicar a todo el mundo que lo que había que combatir era a Stalin y al comunismo. No fue el único que renegó de aquella ideología que le llevó a arriesgar su vida de manera tan fútil, también lo hizo el sobrino de Churchill  y otros muchos.

Así llegamos a lo que empieza a ser evidente para la historiografía, las brigadas internacionales fueron un invento estalinista.  Andreu Castells sitúa el nacimiento de las Brigadas Internacionales en las reuniones de Comitern y la Profinter (sindicatos) en Praga el 21 y 26 de julio de 1936. Pero sólo tuvo consistencia aquel proyecto a mediados de septiembre de 1936 cuando Stalin intervino de lleno aportando armas y voluntarios al Frente Popular. Eso no quiere decir que no viniera a España algún iluso creyendo que de verdad luchaba a favor de la democracia y la libertad. Aquí llegaron idealistas políticos, aventureros, muchos simples trabajadores en paro o, en no pocas ocasiones, simples delincuentes. Siempre hay de todo y aquí no iba a ser menos. Pero una persona formada, con cierta capacidad de análisis puede fácilmente comprender que los que vinieron a luchar a España debían saber o intuir que de aquella triste guerra no podía salir una democracia. Ninguno de los bandos la defendía. Si bien es cierto que en las filas de las brigadas hubo muchos comunistas que tenía una visión idealizada de esta ideología y su estancia en España sirvió para abrirles los ojos y renegar de aquel movimiento. Como decía, está demostrado que la inmensa mayoría de los brigadistas , en torno al 80% fueron comunistas de obediencia soviética, que llegaron a España en virtud del reparto que la URSS hizo entre todos los partidos comunistas del mundo, porque los partidos comunistas tenían que cumplir la cuota impuesta por Moscú. Y cuando las cuotas no se cumplían, es cuando recurrían a voluntarios antifascistas, que nunca fueron anticomunistas. En este sentido cabe incluir a un numeroso grupo de judíos que por razones obvias llegaron a luchar contra el fascismo y, por ende, por su libertad y la de su pueblo. Muchos de ellos, cuando acabó la guerra prefirieron quedarse en prisiones españolas o, cuando pudieron, huir al bando aliado. Aunque también hubo judíos que apoyaron el bando nacional.

Durante julio y parte de agosto de 1936, la ayuda soviética a los republicanos fue de aliento y apoyo moral, con muchas conferencias propagandísticas y nada más práctico. A mediados de agosto enviaron armas y material a un Frente Popular que iba en retroceso y, en septiembre, Stalin  aceptó la petición de envío de hombres que el partido comunista francés, el más activo a favor de los frentepopulistas, solicitó ya en agosto. Esta dilación parece relacionada directamente con el hecho de que Stalin llegó a la conclusión de que podría cobrarse la intervención soviética con las reservas de oro del Banco de España, es decir, que la ayuda rusa no tuvo nada de gratuita. Ya tuvimos una entrada sobre este asunto:

 https://algodehistoria.home.blog/2020/07/24/el-expolio-de-la-republica-el-oro/

Por supuesto que Stalin utilizó la guerra civil española como medio de propaganda contra los fascismos. Los comunistas siempre han sido grandes propagandistas, lo mismo que lo fueron los nazis, sólo que la de los comunistas perdura, pues son aún muchos sus seguidores, aunque parezca mentira.  Los comunistas siempre han tenido entre sus fijaciones reescribir la Historia – leyes de memoria histórica-. En este caso, la idea de una contienda romántica de demócratas frente al fascismo, surge del estalinismo. Los comunistas siempre llenan sus escritos y discursos de las palabras democracia y libertad, no olvidemos, por ejemplo, que en la división alemana, la Alemania democrática era la comunista, justo la que no era democrática. Se ve que en su ideario conocen que la libertad y la democracia liberal están en la esencia  de lo que busca toda sociedad y todo ser humano, pero eso no les permitiría a ellos gobernar. Así que, penetran en la sociedad con sus promesas libertarias para salirse con sus deseos de acaparar el poder. Y si esa propaganda nos la intentan vender ahora, en los años 30, los más totalitarios de la historia de Europa, también. Sin embargo, la prueba de que su lucha no era tan evidente contra los fascismos sino un medio de lograr extender su poder por Europa, es que Stalin no puso el mismo ímpetu en la lucha contra nazis o el fascio italiano. Contra ellos no movió un dedo hasta que Hitler no invadió Rusia. Recordemos el pacto, ya visto en este blog, con los nazis (pacto Ribbentrop- Molotov)  https://algodehistoria.home.blog/2020/11/06/pacto-ribbentrop-molotov/

Es difícil saber cuántos brigadistas llegaron a España así, el historiador Manuel Requena Gallego afirma en su libro sobre las brigadas internacionales que  el número oscila entre los 35.000 y los 160.000. “Las más bajas han sido ofrecidas por Kiva Lvóvich Maidanik, Jacques Delperrié de Bayac o Hught Thomas (todos ellos con 35.000)” El general Lister utiliza también esta cifra. “El general Gómez, por su parte, eleva los brigadistas hasta 52.000, mientras que Andreu Castells hace lo propio, pero hasta 59.380.” Los más exagerados, en palabras de Requena, “han sido los historiadores pro-franquistas y la prensa del Régimen, que determinan que arribaron hasta 160.000”. En el libro “Spain Betrayed” –una recopilación realizada por la Universidad de Yale de documentos secretos soviéticos sobre la guerra civil española y posiblemente, hasta el momento, lo mejor publicado en cuanto al conocimiento de los archivos soviéticos y testimonios de brigadistas- deja el número de 52.000. Pío Moa indica que cuando en 1938, la base de operaciones de los brigadistas se trasladó a Barcelona el número era de 31.400; sin embargo otros autores lo limitan a 12.000. Aunque las cifras sean controvertidas, tanto los estudios de la universidad de Yale como los de Castells, por ser el autor que ha realizado los cálculos más pormenorizados y detallistas, parecen los más serios a la hora de obtener un dato cierto. Por otro lado, algunos autores hablan de que los brigadistas provenían de 80 naciones, aunque la mayoría los sitúa en torno a 60. El General Líster dice que provenían de 58 países.

El PC francés fue el que sirvió de organizador de las llegadas a España, no fue el único, pero sí fundamental. La infraestructura fue esencialmente francesa, comunista y con amarre en Moscú. Uno de los testimonios recogidos por el estudio de Yale es el del brigadista norteamericano Sandor Voros, comunista declarado, que afirma que vino a luchar “al lado de los legendarios dirigentes comunistas”. Y no sólo eran comunistas los brigadistas, sino que con ellos llegaron en torno a medio millar de oficiales, asesores, técnicos soviéticos por decisión de Stalin sin contar con la anuencia, ni siquiera con la petición de los españoles. Los republicanos, el primero de ellos Largo Caballero no estaban muy conformes con esta situación, así el dirigente socialista, en una de las numerosas cartas que escribió desde el exilio, dijo que “no vieron con buenos ojos aquella llegada puesto que no se integraban en el ejército republicano sino que actuaban de manera independiente.” Quienes peor aceptaron esta intromisión fueron los anarquistas, poco inclinados a someterse a una disciplina castrense. ¡Y qué disciplina, la soviética! Cuando lo que primaba en el ejercito republicano, sobre todo en los primeros meses, era el caos. Verdaderamente en el bando republicano no había un ejército sino uno por partido político que hacían la guerra como les venía bien. Recordemos a este respecto el bochornoso espectáculo del ejército vasco del PNV en Santoña (https://algodehistoria.home.blog/2019/11/29/traidores-el-pacto-de-santona/ ). La ayuda soviética actuaba al margen de la autoridad española y bajo la hegemonía del partido comunista a las órdenes de Moscú, lo que convirtió al ejército republicano en un protectorado soviético. Lo que deseaban los rusos es lograr un ejército único y no uno por partido.

Una de las primeras acciones de los brigadistas fue en la defensa de Madrid. Aquí, como siempre, los brigadistas actuaron sin respetar las órdenes de  los militares republicanos. Se ha extendido como mito que las Brigadas salvaron a Madrid de Franco, esta es una afirmación manejada desde Moscú o, quizá, también, como afirma el general Lister, promovida por el bando nacional. Todo es posible, pero viniera de donde viniera no deja de ser pura propaganda. Ambos tenían motivos para realizarla, los comunistas para seguir mandando en el ejército republicano y los nacionales para justificar la llegada de la Legión Cóndor. La verdad es que los brigadistas se negaron a intervenir en la defensa de la capital durante varios días y hasta que la jefatura del mando soviético no les dio permiso no actuaron. Su presencia lejos de ser decisiva ni siquiera fue importante. En este sentido. El general comunista Enrique Líster relativizara la importancia en una entrevista concedida a la reportera Sheelagh Ellwood y recogida en el ABC. Lister señala que, “cuando llegaron las Brigadas Internacionales, Madrid ya había sido salvado. Los tres días difíciles de Madrid fueron el 6, 7 y 8 de noviembre, y los primeros dos mil brigadistas llegaron el 9. Entraron en combate y combatieron bien, pero, claro, dos mil brigadistas no podían salvar Madrid. Su papel fue importante, sobre todo en el primer período de la guerra: pero hay un falso enfoque sobre el particular. Por parte de los franquistas, porque así les convenía decir que fueron las Brigadas Internacionales las artífices de toda una serie de batallas. Por parte de gente interesada, de las Brigadas y otros que no eran de las Brigadas, de inflar el papel militar y combativo de estas.”

En cambio, no hubo propaganda posible para contrarrestar su desastrosa presencia en la defensa de Málaga, dónde los italianos que apoyaban a Franco realizaron un papel fundamental.

Realmente, como señala Lister, no era fácil que tuvieran un papel destacado: “El ejército popular llegó a tener 1.200.000 hombres y los brigadistas que llegaron a España fueron 35.000 de 58 países. En ninguna batalla llegaron a actuar los 35.000 juntos. En batallas como el Jarama desempeñaron un papel importante.” Efectivamente, quizá en el Jarama fue dónde más destacada fue su actuación.[1]

Radosh en el prólogo del libro “Spain Betrayed”, insiste en la idea de que Stalin no tenía intención de parar al fascismo sino que consideraba a los brigadistas, bajo el mando de sus asesores soviéticos en España, el brazo ejecutor y guardián de la lenta conversión de la República española en una República Democrática de los Trabajadores, al estilo de las que la Internacional comunista quería implantar. Las brigadas fueron concebidas como columna vertebral de estricta obediencia soviética y cuyas acciones militares obedecieran en cada momento a las necesidades de Stalin en la escena política internacional. Otra prueba más de que no reconocían al ejercito español la podemos encontrar en uno de los militares de Stalin en España el general Korol Sverchefski, el cual  aprecia en las brigadas internacionales “un terco rechazo a admitir que estamos en suelo español, subordinados al ejército español, que el único superior es el pueblo español y, para quienes somos comunistas, el Partido Comunista español…” De hecho, los mandos republicanos crearon brigadas mixtas que no obtuvieron ningún éxito en su funcionamiento y organización, salvo cuando los españoles sólo eran soldados o, como mucho, suboficiales. Los brigadistas nunca aceptaron al mando español. Así sigue contándonos el general Sverchefski “Los internacionalistas vivimos nuestra propia y aislada vida. Salvo infrecuentes visitas oficiales, rara vez admitimos españoles entre nosotros… Asimismo, los internacionalistas tendían a actuar por su cuenta, sin hacer caso al mando español, y era muy difícil conseguir que relevaran a los españoles en las trincheras…” Esas conductas contaminaban todo. La insolidaridad con los “camaradas de armas” indígenas llegaba a extremos como éste: “Hasta hace poco la unidad sanitaria en Albacete atendía muy bien a los heridos internacionalistas, y sugería cínicamente que de los españoles se ocupara la división. Con magníficos hospitales en Albacete, Murcia, Alicante, Benicassim, equipados espléndidamente en personal y material, (el responsable) se negó tercamente y por largo tiempo a atender a soldados españoles que habían luchado codo con codo en las mismas brigadas internacionales. Considero un gran logro que nuestra división haya sido la primera en atender a los heridos españoles en plano de igualdad con los internacionalistas”. [2] No son los únicos ejemplos; el mismo general cuenta como no prestaban a los españoles, ni siquiera los camiones estropeados, que se podían arreglar, para facilitar su transporte o como los internacionales tenían comida hecha al gusto de sus países de origen y los españoles, en ocasiones, no tenían ni para comer.

Los alistados en las brigadas tenían su base de operaciones en Albacete, donde recibían instrucción bajo la dirección de  André Marty, comunista francés que había luchado para la revolución soviética y conocido como “el carnicero de Albacete”. Allí también se adiestraba a los españoles. La idea de crear un ejército único prosoviético se basaba en una férrea disciplina entre sus miembros y de eso se encargaba Marty. Todos ellos fueron vigilados, controlados e incluso exterminados. Esta es la parte más llamativa de las brigadas. Fueron purgados como tantos otros por Stalin. Pero no olvidemos que aunque los comunistas eran mayoritarios no todos los brigadistas lo eran e incluso los que se creían comunistas no estaban dispuestos a obedecer a la Komintern. Había simpatizantes trotskistas y otros revolucionarios de aspiración pero no de disciplina. Además, entre ellos tenían problemas de convivencia sobre todo, frente a los franceses y a los judíos; el antisemitismo era importante en las brigadas. Eran una fuerza tan heterogénea como todo el bando republicano.

La dureza de las imposiciones soviéticas transmitidas por Marty, lograron que la indisciplina llegara muy rápido y las deserciones se multiplicaban. El batallón Abraham Lincoln, por ejemplo, llegó a tener 120 desertores al ser transferido de Madrid a Aragón. Cada  caso de indisciplina era tratado por el carnicero de Albacete con “firmeza” que justificaba en informes llenos de mentiras como, por ejemplo, que descubrió a varios delincuentes, ladrones o violadores y por eso hubo de ejecutarlos. Ejercía otro sistema también muy expeditivo, en muchos casos, los brigadistas más indisciplinados eran puestos por el mando en los lugares más peligroso de la avanzadilla en cada batalla, de ahí y no por su heroísmo- como ha querido hacernos ver la versión romántica- el gran número de fallecidos entre sus filas.

Procuraban no dejar descontentos vivos, pues podían volver a Francia o Estados Unidos y contar el régimen de terror que se vivía bajo la disciplina comunista. Eso cuenta Voros, ferviente estalinista: “Los líderes del Kremlin, aunque proporcionaron material, confiaban sobre todo en el terror. Oficiales y soldados son implacablemente ejecutados siguiendo sus órdenes. El número de victimas es particularmente elevado entre  polacos, eslavos, alemanes y húngaros[3]

Las brigadas se fueron de España en 1938. Se dice que por petición de Negrín. Sí, cierto es y, también, por interés soviético ante el pacto con Hitler. Negrín consideraba que así podían obtener el apoyo de Francia e Inglaterra- Rusia buscaba también pactos con los aliados-. Pero, sobre todo, Negrín buscaba que alemanes e italianos no mandaran más tropas de apoyo a Franco. Precisamente, la llegada de las brigadas internacionales fue la excusa perfecta para que la Legión Cóndor se asentara en España apoyando al bando nacional. Alemanes, italianos y árabes apoyaron de manera numerosa a los franquistas. Pero hubo una diferencia esencial entre las ayudas extranjeras de un bando y otro. En el nacional, el mando siguió siendo español, aunque con alguna actuación estelar de italianos y alemanes (los árabes siempre estuvieron integrados en el ejército nacional); si bien esas actuaciones estelares  a los italianos se les acabaron tras el destre de Guadalajara.

Los brigadistas que no permanecieron en España- algún grupo poco numeroso se quedó-fueron despedidos en Barcelona con todo tipo de homenajes. El discurso de despedida de la Pasionaria lleno de fervor y sumisión a los soviéticos o los versos de Alberti quedan para el recuerdo triste y un tanto indigno de aquel festejo.

Los brigadistas tuvieron un futuro desigual, de vuelta a Moscú, muchos militares y agentes soviéticos cayeron en las purgas estalinistas anteriores a la II Guerra Mundial. Los que contaban con el apoyo y aprecio de Stalin, llegaron a ser primeros ministros y altos dirigentes de los países del Este o en propia URSS tras la contienda. Otros muchos volvieron a Francia y formaron parte de la resistencia frente a los nazis. Muchos de los norteamericanos tuvieron que hacer frente al macartismo y otros, que habían renunciado al comunismo, no contaron inmediatamente la realidad de la Guerra Civil española por miedo a los soviéticos. Es el caso de John Dos Passos, amigo de Hemingway, amante de España, comunista hasta que conoció que los servicios secretos soviéticos asesinaron a su amigo y traductor de sus obras José Robles Pazos. Esto le valió alejarse de Hemingway al que acusaba de escasa sensibilidad ante el sufrimiento humano 

 Se podrían contar muchas más cosas y anécdotas, pero quizá lo mejor es leer sobre las Brigadas Internacionales  estudios bien fundamentados, de uno y otro bando, de historiadores serios, no de simples vendedores de libros. De todo tipo, románticos o de los que se dicen desmitificadores, y que en ocasiones lo son y en otras no. Porque sólo con muchas lecturas se puede sacar una conclusión, más o menos clara, y, en mi opinión nada romántica, de lo que realmente pasó, pues como dice Paul Johnson, nuestra guerra civil es el acontecimiento de los años 30 sobre el que más se ha mentido… y yo diría, se sigue mintiendo.

 

BIBLIOGRAFÍA

ANDREU CASTELLS.-“Las brigadas internacionales de la guerra de España”. Planeta Agostini. 2005

RONALD RADOSH, MARY R. HABECK, GREGORY SEVOSTIANOV. “Spain Betrayed: The Soviet Union in the Spanish Civil War (Annals of Communism)”. Universidad de Yale. 2001 (utilizada la versión en castellano publicada en 2002).

MANUEL ESPADAS Y MANUEL REQUENA. “La Guerra Civil Española y las Brigadas Internacionales”.  Universidad de Castilla- La mancha. 1998.

JESÚS GONZÁLEZ DE MIGUEL. “La batalla del Jarama: febrero de 1937, testimonios“. La esfera de los Libros. 2009

PÍO MOA. ” Los mitos de la Guerra Civil”. La esfera de los libros. 2003

ALFONSO BULLÓN DE MENDOZA Y L.E. TOGORES. “La Guerra Civil Española (sesenta años después)” Actas.1999

J.M MARTÍNEZ BANDE. “La marcha sobre Madrid”. San Martín. 1982

 

 

 

[1] Ver el libro LA BATALLA DEL JARAMA: FEBRERO DE 1937, TESTIMONIOS. De Jesús González de Miguel. Muy interesantes los testimonios recogidos en el mismo.

[2] Spain Betrayed. Informe del general Korol Sverchefski

[3] Spain betrayed. Informe  Voros