LAS HORCAS CAUDINAS

El otro día oyendo una de esas tertulias televisivas, un todólogo que hablaba con absoluta seguridad en sí mismo, dejando patente su gran conocimiento de mundo, de la historia y de la vida en sus más amplios aspectos, dijo, en dos ocasiones, que temía que llegaran las “hordas caudinas” (sic).

El contexto de la tertulia no viene al caso. Lo que nos importa es el aspecto histórico. Es seguro que no existieron nunca las “hordas caudinas”. Si eran hordas, no eran caudinas y si eran caudinas eran horcas nunca hordas.

Las hordas como ya vimos en este blog, tuvieron su origen en Mongolia

https://algodehistoria.home.blog/2019/12/13/hordas/

En cambio, la batalla de las Horcas Caudinas es un acontecimiento histórico que aconteció en el 321 A.C.  en la conquista romana de los pueblos del sur de la península itálica. Se trata de una batalla en la segunda guerra romano- samnita, en la que los romanos fueron derrotados; lo que se recordó siempre en la Historia de Roma con gran dolor.

Los samnitas eran un pueblo que se situaba al sur de la península itálica. Si consideramos que la península tiene forma de bota, y nos imaginamos que la calzamos con un botín que suba ligeramente por encima del tobillo, en el borde superior de ese botín estaría el territorio de los samnitas; que haciendo una curva descendente ocuparía todo el territorio peninsular del Adriático al Tirreno, estando la zona más elevada encima del tacón de la bota. La batalla se produjo a la altura de la actual ciudad de Foggia, pero más al centro de la península. El sendero de no más de un kilómetro de largo discurre entre los montes Tifata y Taburno, en los Apeninos y entre las actuales localidades de Arpaia y Montesarchio. El nombre de Horcas Caudinas se debe a la proximidad de la ciudad de Caudio.

La victoria se produjo gracias a un engaño ideado por los samnitas para doblegar al poderoso ejército romano. Las legiones romanas dirigidas por Espurio Postumio Albino y Tito Veturio Calvino se encaminaron al sur; engañados por unos pastores, que resultaron ser soldados samnitas disfrazados, tomaron el camino que les obligaba a pasar por el desfiladero de las Horcas Caudinas en los Apeninos. Los samnitas, conocedores del terreno, habían taponado el final del desfiladero con piedras. Tras adentrarse en el estrecho hueco entre montañas y verse bloqueados en su final, los romanos intentaron desandar el camino, pero al otro lado les esperaba el ejercito samnita. Les encerraran, sin agua ni alimentos, entre aquellas montañas y, cuando se rindieron, les obligaron a salir sin corazas ni armas y a pasar por una especie de arco bajo o yugo formado por dos lanzas verticales y una horizontal. Es decir, los romanos debieron bajar la cabeza y agacharse para salir de las horcas.

La humillación fue terrible, más allá de los territorios perdidos y de pactar una tregua de cinco años. El senado romano en señal de duelo prohibió los casamientos y fiestas durante un año y los senadores se despojaron de sus túnicas púrpuras.

La venganza romana vino en forma de victoria en el 516 A.C. Consiguieron dominar la capital del territorio Samnita (Lucena) y rescatar las armas, estandartes y rehenes perdidos en la batalla de las Horcas Caudinas.

De aquella derrota viene la expresión pasar bajo el yugo o pasar por las horcas caudinas, que significa tener que aceptar sin remedio una situación humillante y deshonrosa o una gran derrota.

Esa es la diferencia histórica de la llegada de las hordas a pasar por las Horcas Caudinas. Es la misma distancia que hay de Gengis Kan a Cayo Poncio (caudillo samnita y vencedor de la batalla de las Horcas Caudinas).

BIBLIOGRAFIA

KOVALIOV, Serguéi Ivanovic. “Historia de Roma”. Ed. Akal. 1982.

Atlas Histórico Mundial. Ed. ITSMO. 1982

CHECAS

No pretendo acudir a eso tan manido hoy en día de contar la Guerra Civil española como un recuento de muertos de uno y otro bando, como una remembranza constante del “y tú más” u otras expresiones de enfrentamiento a palos entre unos y otros tan característico de nuestra Historia, como bien representó Goya. En aquella desgraciada guerra, todos fueron víctimas.  De hecho, nuestra Guerra Civil tiene como distinción frente a otras vividas hasta aquel momento, especialmente, las desarrolladas en el S.XIX, que el número de muertos como consecuencia de la represión desatada en ambas retaguardias fue casi igual al de muertos en el campo de batalla. Al fin y al cabo, una guerra civil es la más incivil de todas las guerras.

Hoy vamos analizar la represión en una de esas retaguardias, la republicana con sus checas.

El 20 de diciembre de 1917, Lenin ordenó la organización de una comisión especial para combatir a los contrarrevolucionarios y especuladores, la citada comisión fue conocida por las siglas ChK. (iniciales de su nombre en ruso, que, en Castellano, se traduciría por Comisión Panrusa extraordinaria de lucha contra la contrarrevolución, la especulación y el sabotaje). La cheka no era más que un servicio secreto que implantó un régimen de terror de estado para permitir a los bolcheviques mantenerse en el poder. Pasó a tener los nombres sucesivos de GPU, OGPU, NKVD, MVD y KGB. Este sistema se extendería dos décadas después a España, con ciertas características particulares en nuestra patria y que cuajó con carácter más general en 1936, al tiempo que se producía el alzamiento nacional, y se extendió en las zonas dominadas por la República.

¿Por qué cuajó esta situación? Porque en España no había democracia. Pensar que la Segunda república era democrática o que amplios sectores defendían abiertamente la democracia es una falacia. La democracia no se construye en dos días. España estaba formada por una población acostumbrada al caciquismo en las zonas rurales y no tan rurales; España estaba formada por una sociedad casi analfabeta, sólo algunas élites habían estudiado lo suficiente como para entender qué es y cómo actuar en democracia; en España los políticos trasladaron la mentalidad caciquil a la política nacional. Por supuesto que había sectores moderados, cultos y defensores de la democracia, pero estaban en franca minoría.

Además, el mundo en la tercera década del S XX estaba lleno de presiones de los totalitarismos presentes en Europa. Los principios básicos de aceptación del adversario y alternancia en el poder no estaban claros en la España de los años 30. Es más, algunos sectores creían (y así se vio tras las elecciones del 32 cuando se impidió que la CEDA accediera al Gobierno o en el pucherazo que se dio en el 36), que determinados sectores no debían gobernar nunca. Precisamente por la intolerancia se persiguió a los católicos y se quemaron Iglesias casi desde el inicio de la República. En aquel contexto y levantado el ejército el 18 de julio, se produjo en las zonas gobernadas por los republicanos una represión que se asemejó al terror de la Revolución Francesa o al bolchevique, el cual sirvió de inspiración al que luego ejercieron los nazis.

El 18 de julio de 1936, José Giral, presidente del Consejo de Ministros, dio orden de armar al pueblo. Evidentemente, para él, el pueblo estaba formado sólo por los sectores de la izquierda. Semejante quiebra del monopolio de la fuerza que debe estar en manos del Estado en todo país democrático no podía traer nada bueno. La represión y el asesinato inmisericorde contra el que no fuera de izquierdas sembró el terror en toda España, pero muy especialmente en Madrid. También las persecuciones de Barcelona y Valencia tuvieron gran repercusión sin olvidar otras a menor escala como, por ejemplo, la ocurrida en Ciudad Real, sobre la que se ha publicado no hace mucho un interesante libro (Fernando del Rey. “Retaguardia Roja” Galaxia Gutenberg. 2019). El orden constitucional y, en no pocas ocasiones, el simple orden, era inexistente en el las zonas dominadas por el Frente Popular en aquellos momentos.

La represión se inició con la excusa de perseguir golpistas, para centrarse luego en los enemigos de clase, especialmente miembros de la CEDA, de Comunión Tradicionalista o Falange, y continuar con los simples simpatizantes de esos partidos o con lo que ellos consideraban terratenientes y nobles, empresarios, industriales y, sobre todo y por encima de todo, católicos, que fueron los “privilegiados” en las persecuciones. Aunque también represaliaron a políticos de la República que se mostraron contrarios a la llamada revolución social, como Melquiades Álvarez.

Se iniciaron persecuciones en masa, personas fusiladas encima de zanjas abiertas previamente que se convertirían en tumbas colectivas. Sin juicio alguno, simplemente por no ser “de ellos”. De aquellos primeros asesinatos en masa cabe señalar en Madrid los del cuartel de la Montaña, la cárcel Modelo o el cuartel de Simancas, por no recordar la Matanza en Paracuellos con cerca de 2.000 asesinados.

Existía la convicción, heredada de la influencia soviética, de que la Revolución debería implantarse a costa de hacer desparecer a todos aquellos individuos desafectos con la misma. Esta convicción no nace en julio del 36 sino que ya venía de antiguo, la quema de Iglesias del 31 lo atestiguan, los señalamientos a políticos de la derecha por parte de los de la izquierda en el Parlamento lo corroboran (que se lo pregunten a Calvo-Sotelo)… En este ambiente nacen las checas (agosto de 1936) como cárceles no estatales, controladas por los partidos políticos y las organizaciones de izquierda, donde se torturaba y se asesinaba, bien dentro de la propia checa, bien fuera de ella.

Los estudios realizados al finalizar la guerra señalaron que sólo en Madrid hubo 225 checas, sin embargo, en una actualización llevaba a cabo por el CEU, la cifra se eleva a 345 en Madrid capital. En los pueblos hubo otras muchas.

Algunos creen que por hacer seguidismo de Rusia las checas fueron organizaciones empleadas por el Partido Comunista. No fue así, todos los partidos y sindicatos de izquierda tuvieron las suyas. Horrores criminales se vivieron en todas ellas. Con el avance de la guerra y los enfrentamientos internos entre los diferentes bandos del Frente Popular los anarquistas también sufrieron las torturas a manos comunistas, algunas de ellas de forma sofisticada al encerrarlos en espacios decorados con formas psicodélicas para que perdieran la razón.[1]

Tan brutales fueron las torturas en todas las checas de España, que el anarquista, Diego Abad de Santillán dice lo siguiente en el libro “Por qué perdimos la guerra”: “Uno de los aspectos que más nos sublevaba era la introducción de los métodos policiales rusos en nuestra política interior. Las torturas, los asesinatos, las cárceles clandestinas, la ferocidad con las víctimas, inocentes o culpables, estaban a la orden del día […] Lo ocurrido en las checas comunistas de la España republicana cuesta trabajo creerlo.”

Orwell describió muy bien la situación en Cataluña y lo que allí vio le hizo renegar del comunismo y contarlo al mundo entero. En Cataluña se creó una fuerza paramilitar llamada Patrullas de control, dependientes del Comité Central de Milicias antifascistas de Cataluña. En Valencia, las crueldades y ejecuciones fueron destacadas, especialmente en la checa de la calle Sorní o en las de Santa Úrsula, de Trinitarios… entre otras.

No nos vamos a centrar en los métodos de tortura, violaciones y otras vejaciones, simplemente porque dan vergüenza ajena, porque son tan repulsivos que me niego a reproducirlos. A mí me han dado nauseas cuando he leído sobre ellos. En uno de los enlaces que incluyo en la bibliografía, dentro de los estudios realizados por el CEU, se pueden ver fragmentos de una película que intenta reproducir parte de lo vivido, pero nada parecido a lo descarnado del relato directo de los testigos.

Las checas adquirían su nombre de la calle en la que se encontraban o del edificio que ocupaban, por eso muchas tienen nombres religiosos, al instalarse en conventos o Iglesias. La persecución a los religiosos fue de tal nivel que se cifra en 7.000 el número de muertos entre sacerdotes, religiosos y monjas durante la República, esencialmente en aquellos días. Asesinados, tras ser previamente torturados y/o violados. Se calcula que desde Diocleciano los cristianos no habían sufrido una persecución igual. Durante toda la represión republicana el número de católicos, no religiosos, asesinados por sus creencias ascendió a casi 111.000 personas. [2]

Los comunistas, para asesinar a los detenidos de sus checas, solían elegir la Ciudad Universitaria, la Casa de Campo, la carretera del Pardo y Puerta de Hierro. Los anarquistas solían asesinarlos dentro de la checa. El mismo comportamiento tuvo el socialista García Atadell, que regentaba dos checas una en la calle de La Montera y otra en la calle Marqués de Cubas, dentro torturaba y asesinaba y, después, abandonaba los cadáveres en las tapias de un cementerio o en la cuneta de una carretera. De ese mismo estilo fueron otras checas socialistas, como, por ejemplo, las de Marqués de Riscal o la de la Agrupación Socialista Madrileña. Es curioso observar como los enclaves para los fusilamientos iban cambiando a medida que los nacionales se acercaban a Madrid.

La acción de las checas no quedó limitada a los partidos o sindicatos, las autoridades republicanas fiscalizaron directamente alguna de ellas. Este fue el papel del Comité provincial de investigación pública (que se agrupó y regentó las checas de Bellas Artes – hasta finales de agosto de 1936- y se trasladó después a la de Fomento). Esta situación iría derivando a un aumento del número de checas por parte de las autoridades republicanas y a una unificación administrativa que nunca fue completa porque el Partido Comunista adquirió una posición preponderante, eliminando autoridad al resto. El comité no supuso la desaparición de las checas, sino que dio una capa de aparente legalidad a la ilegalidad y al atropello más absoluto con respaldo gubernamental.

Algunos de los primeros asesinados fueron los miembros de la policía y la Guardia Civil que fueron sustituidos en sus funciones por milicianos de izquierdas sin más formación que el carnet del partido. Estos “nuevos” policías no sólo eran los encargados de la seguridad de las checas, sino que se convirtieron en los agentes de los paseíllos y las sacas. En su tarea no hacían distingos, atacaban por igual a mujeres, hombres o niños.

Su actividad se iniciaba por las noches cuando el terror más furibundo acechaba las ciudades. Famosa fue la “Escuadrilla del Amanecer” dependiente de la Dirección General de Seguridad. A esas horas iban a los domicilios a detener a los miembros de cualquier familia que se tuviera por derechista, católica o simplemente que hubiera sido denunciada por algún vecino que los quería mal. Se iniciaban los “paseíllos” desde sus domicilios a las checas y desde allí se les “sacaba” de manera masiva con el objeto de ser asesinados. La escuadrilla del amanecer no siempre completaba el proceso, en ocasiones recurría a otras checas, sobre todo a la de Fomento, para que ellos realizaran las ejecuciones.

El método era el siguiente. Se iniciaba un simulacro de juicio en los que los procesados, después de ser torturados, carecían de defensa, se les juzgaba en la clandestinidad en medio de insultos y amenazas por jueces que no eran imparciales ni profesionales sino milicianos; con ellos se quebraba cualquier vestigio de garantías penales y procesales. La finalidad de estos supuestos juicios era la confesión de creencias religiosas o ideas políticas; acabado el interrogatorio, dicho tribunal resolvía. Si el detenido era considerado culpable, se escribía en su sentencia la palabra “libertad” seguida de un punto y se le invitaba a irse a su casa. A la salida, le esperaba un grupo de milicianos que le subían en un automóvil y le asesinaban. Si se declaraba que no era culpable quedaba libre, excepto cuando se trataba de personal militar o diputados a Cortes, en cuyo caso pasaban a la Dirección de Seguridad.

Las milicias y checas identificaban a sus víctimas por los ficheros que se les proporcionaban, como el de la Secretaria Técnica del Director de Seguridad, o por los ficheros que conseguían en sus saqueos, como los de Acción Católica y Adoración Nocturna.[3] También, sus víctimas eran elegidas entre algunos republicanos moderados que no comulgaban con esta horrible situación o entre personas que por su saneada economía eran ultrajados del modo más salvaje para incautarse de sus pertenencias.

Entre los chequitas el número de ladrones y de asesinos convictos fue numeroso. A este tipo de ladrones lo que les importaba no era la ideología sino la capacidad económica de las víctimas. El Director General de Seguridad, Ángel Galaza, fue el tesorero de lo requisado. Con aquellos bienes se pagaba a jueces, agentes y milicianos de todo tipo que “trabajaban” en las checas. Pero no todo llegaba a tal fin; fue clamoroso el caso de la checa de Marqués de Cubas bajo el mando del socialista García Atadell y de la UGT, con Felipe Ortiz Torres al frente, famosa por el número de asesinatos y, sobre todo, por la cantidad de las incautaciones de bienes económicos. La razón de su efectividad residió en la abundante información que sobre los vecinos dio la organización sindical de los porteros de Madrid. Pero esta checa tuvo un fin rápido. A finales de octubre de 1936, García Atadell junto con Luis Ortuño y Pedro Penabad decidieron abandonar Madrid con todo el dinero y las alhajas que pudieron acarrear. La noticia saló pronto a la luz y se conoció en toda España. Se dirigieron a Marsella y, una vez en territorio francés, vendieron parte de lo robado para lograr un billete hacia américa; con tan mala suerte, que el barco hizo escala en Santa Cruz de la Palma (Canarias) y allí fueron detenidos por la policía Nacional. Se les trasladó a Sevilla y sometió a un proceso bajo un tribunal militar. Fueron ejecutados en noviembre de 1936.

El final de los asesinatos en España y más concretamente en Madrid, dado el caos organizativo que era la República donde cada uno campaba a sus anchas y con su criterio, se debió a dos hechos, el primero el nombramiento del anarquista Melchor Rodríguez, esencialmente buena persona por encima de otra consideración, que fue nombrado Director General de Prisiones en noviembre de 1936, nada más ser nombrado prohibió las sacas. Su acción sólo se vio alterada tras el bombardeo de la aviación nacional sobre Guadalajara, pues los milicianos asaltaron la cárcel de la ciudad y asesinaron a los 320 reclusos. Cuando parecía que se iba a producir el mismo suceso en la cárcel de Alcalá de Henares, Melchor Rodríguez se enfrentó a pecho descubierto ante los milicianos y logró salvar a los presos. Pero la presión comunista logró que Rodríguez fuera sustituido el 1 de marzo de 1937. Denunció los hechos y señaló que los métodos empleados en las checas eran mucho peores que los empleados tras la aprobación de la ley de fugas de Martínez Anido y Arlegui (posiblemente para un anarquista, el pistolerismo de los años 20 había sido el mayor horror vivido nunca). Pero el segundo hecho que calma las aguas fue la estabilización del frente en Madrid, la huía del Gobierno republicano a valencia, dejando la situación a manos de la Junta de Defensa a cuyo frente estaba el general Miaja. Los miembros de las checas se trasladan a otros lugares en la retaguardia. La Policía y el Servicio de Investigación Militar (SIM), creado en agosto de 1937, acogerán a quienes intervinieron en las primeras etapas de las checas. Tras 1937, aún se conocen casos de violencia y torturas, pero de manera aislada.

Desde la creación de las checas, el único freno que tuvieron nació de las legaciones diplomáticas asentadas en Madrid.

Se entendía que las embajadas atenderían las peticiones de asilo de muchos de los ciudadanos que acudían a ellas solicitando asilo. Se pueden contar casos curiosos como el de los guardias civiles que custodiaban la embajada belga que fueron admitidos con sus familias como refugiados y como ellos, muchos españoles.

La tarea diplomática fue coordinada por el Embajador de Chile que puso de acuerdo a todas las legaciones, aunque la Embajada menos generosa fue la de Estados Unidos que sólo aceptó recoger a los que tenían nacionalidad norteamericana o a los que eran familiares de norteamericanos.

Las autoridades del Frente Popular no sólo presionaron a las legaciones diplomáticas para que entregaran a los refugiados, sino que en ocasiones recurrieron a los milicianos para que ejercieran “otro tipo de presión”; así fueron asesinados varios de los miembros de la embajada y familiares del embajador de Uruguay, siendo esta Embajada una de las más activas en la defensa de inocentes; o mataron al encargado de negocios de la Embajada belga, lo que provocó un incidente diplomático que, ante la pasividad de las autoridades republicanas, acabó siendo reclamado como un crimen de guerra por parte del Gobierno belga ante el Tribunal Internacional de la Haya. Varias legaciones fueron asaltadas: Noruega, Brasil, Perú, Finlandia… Especialmente escandaloso fue el bombardeo aéreo a la Embajada británica, causando graves daños materiales, pero afortunadamente sin fallecidos. El incidente fue utilizado por los republicanos para instar al embajador a que se alinease con las posiciones del Frente Popular, dado que insistían en que el avión era del bando nacional. Pero el resultado fue el contrario debido a que según la nota diplomática británica:” nuestra investigación probó sin lugar a dudas que el avión que nos atacó pertenecía a los leales (republicanos). Según parece, son capaces de cualquier cosa con tal de asegurarse la intervención británica”.

La gestión diplomática no logró detener las matanzas, pero sí proporcionó cobertura humanitaria a centenares de refugiados.

La acción diplomática fue además un obstáculo para la propaganda republicana en el exterior, la cual ya se nutría de intelectuales afines o no afines, pero previamente amenazados, que pusieron su pluma a favor de un sistema que claramente estaba mediatizado por la URSS en un intento de lograr en España un gobierno débil y sometido al comunismo soviético. De hecho, la prensa extranjera, sobre todo, aquella francesa que no era muy afín, fue “neutralizada”. El corresponsal del Paris Soir y los representantes de la agencia Havas sufrieron un atentado cuando se dirigían a Francia a contar los hechos vividos en las checas. Afortunadamente, vivieron lo suficiente, como para poder narrarlo.

BIBLIOGRAFIA

PAYNE, Stanley G. “¿Por qué la República perdió la guerra? Ed. Espasa. 2010.

CERVERA GIL, Javier. “Violencia en el Madrid de la Guerra Civil: Los paseos (julio a diciembre de 1936”.  ED. Universidad de Salamanca. 1995.

ALCALÁ, César. “Las checas del terror. La desmemoria histórica al descubierto”. Editorial Libros Libres (Madrid, 2007)

VIDAL, César. “Checas de Madrid”. Ed Belacua. 2003.

DEL REY, Fernando. “Retaguardia Roja” Galaxia Gutenberg. 2019

https://elpais.com/ccaa/2018/05/27/madrid/1527442555_948446.html

https://iehistoricos.ceu.es/investigacion/proyectos/checas-de-madrid/

https://www.youtube.com/watch?v=wo9EzJuaTrY

https://www.youtube.com/watch?v=GBI1zpEfdcg

[1] El País: https://elpais.com/ccaa/2018/05/27/madrid/1527442555_948446.html

[2] Documentación contenida en el santuario de la Gran Promesa de Valladolid.

[3] Instituto de Estudios Históricos del CEU.

LOS ESTADOS PONTIFICIOS

Hace pocas fechas, en un documental televisivo se hablaba del poder del Papa, sin diferenciar el poder espiritual, que determina su influencia en el mundo, y se confundía, de manera no muy sutil, con el poder temporal, siempre marcado por el dominio territorial y la Soberanía. Por eso voy a intentar desentrañar cuál ha sido y es la influencia temporal, territorial y soberana del papado y su evolución para tener una perspectiva de lo que hoy comprende objetivamente el Estado Vaticano.

  1. EDAD MEDIA.

Reciben la denominación de Estados Pontificios los territorios sometidos a la soberanía temporal del Papa, mayoritariamente situados en el centro de Italia, con capital en Roma, y que desde el 752 conformaron un estado independiente bajo la autoridad papal o, quizá pudiera señalarse con más acierto, en algunos momentos ha sido independiente bajo la autoridad papal y, que, contribuyen, a garantizar la independencia y autonomía espirituales de la Iglesia.

A la caída del Imperio romano de Occidente, la comunidad cristiana de Roma y su cabeza, el Papa, poseían amplios territorios extendidos por diversas regiones (Italia, Dalmacia, Galia meridional, África del norte) constituyendo el llamado Patrimonium Petri. El Papa no era el soberano de esos territorios, aunque tuviera la potestad de gobernar los mismos. El primero en reconocer las prerrogativas papales fue el emperador Justiniano I mediante la “Pragmática sanción” de 554. Aunque la cabeza de esos territorios se situaba en Roma, su defensa correspondía al imperio Bizantino. Pero Constantinopla distaba enormemente de la ciudad eterna cuando los germanos y, sobre todo los lombardos atacaban Roma, de ahí que sus habitantes y gobiernos clamaran al Papa para que los defendiera.  Cuando los Lombardos, que ocupaban el norte de Italia, intentaron ocupar Roma, la inoperancia bizantina en la defensa de la antigua capital del mundo; la respuesta dada por los griegos al Papa de que negociara una paz con los lombardos; la orden lejana y desatendida de los bizantinos a los lombardos de que devolvieran los territorios ocupados, hicieron que el Papa pidiera socorro a los francos. El interés despertado en Pipino, el breve, para que el Papa rezara por su salvación y por su reino (la intercesión divina que era muy apreciada en el medievo), determinaron que, en el 756, apoyara al Papa Esteban II frente a los lombardos, restituyendo a Roma sus territorios y señalando que en los mismos el Papa sería la máxima autoridad. Se concedía así a los Papas poder civil y político además del religioso. Pipino extendió las posesiones del papado por medio de donaciones, propias y de otros nobles. Nacían así los Estados Pontificios.

El hijo de Pipino, Carlomagno, confirmó la donación hecha por su padre a Roma, pero se retractó posteriormente y recortó considerablemente las dimensiones de los territorios dados, al tiempo que aumentó su injerencia en los asuntos romanos. El Papa León III, temeroso del poder de Carlomagno, en la Navidad del 800, coronó a Carlomagno como Emperador de Occidente, lo que suponía reconocer la condición de emperador también sobre Roma. El hijo de Carlomagno, Ludovico Pío, ante las revueltas de los nobles en territorio pontificio, actuó para asentar en el soleo romano a Eugenio II, motivo que determinó, en el 924, la promulgación de la Constitución Romana (Constitutio Lotharii – nombre del hijo de Ludovico Pío-) por cuyas cláusulas se estipulaba que el Emperador ejercería en adelante en Roma, sin menoscabo del poder ejecutivo en posesión del Papa, el derecho de suprema justicia; al tiempo que se obligaba mediante juramento a aplazar la consagración de los Pontífices elegidos en el futuro hasta tanto que éstos no prometiesen fidelidad al Emperador, ante sí o en presencia de sus representantes. Consecuentemente, el poder papal se vio mermado y sometido al del Imperio y al mundo occidental. Esa posición de preeminencia del Imperio se vio mermada a la muerte de Ludovico Pío por las escisiones nacidas en el Imperio romano germánico. Sin embargo, motivado por la presencia de los berberiscos en las costas de los territorios papales y por las luchas intestinas de Roma el Papa volvió a solicitar ayuda a los germanos. Especialmente señaladas fueron las relaciones con Otón I (Rey de Francia oriental en el 936 y coronado por el Papa como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico el 2 de febrero del 962) y Federico I Barbarroja (Federico I de Hohenstaufen. Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico del 1155 al 1190) pues en ambos casos las injerencias políticas y espirituales del Imperio en el papado fueron destacadas, quedando el Papa a merced de las decisiones imperiales a cambio de su protección militar.

El papado no se vio algo más libre hasta Inocencio III, el cual inmiscuyéndose en los conflictos dinásticos del Imperio logra por la Constitución de Spira (1209) el rescate de la casi totalidad de las concesiones hechas en épocas pasadas al Imperio en materia espiritual. También recuperó parte de los territorios y los incrementó extendiéndose por el norte de Italia gracias a la herencia que dejan a la Santa Sede la condesa Matilde de Toscana y Raimundo IV de Tolosa. Además, consigue poner al frente del Imperio a Federico II, nieto de Barbarroja y educado por el Papa. Sin embargo, el Emperador se muestra poco agradecido con su tutor y sus sucesores, Gregorio IX e Inocencio IV, este último buscaría ayuda francesa para frustrar las aspiraciones de Federico II. La desaparición de la dinastía Hohenstaufen traería consigo una concordia casi inalterable entre las dos potencias hasta los conflictos religiosos del Siglo XVI.

Los conflictos en los Estados Pontificios continuaron, no ya contra el Imperio sino por el cisma de Aviñón, lo que aumentó el estado anárquico y la paulatina disgregación de los territorios pontificios. En esta difícil situación, Inocencio VI, en 1353, encargó al cardenal español Gil de Albornoz poner orden en el caos existente. Lo hizo. Recuperó los territorios perdidos y organizó su administración por medio de un código que permaneció en vigor durante más de 400 años. Aunque el orden duró poco y la anarquía volvió a los Estados Pontificios.

  1. EDAD MODERNA.

Con los Habsburgo en el trono, la situación de Italia fue de tranquilidad. Los Estado Pontificios existían, pero la autoridad ejercida por los Papas no era propiamente la de un soberano, en el concepto moderno del término, hasta los pontificados de Alejandro VI y Julio II. Alejandro VI Borgia organizó el papado como una monarquía unipersonal y centralista, propiciando la formación de un reino italiano independiente de la Santa Sede cuyo gobierno estaría en manos de alguno de sus hijos, primero Juan de Gandía y luego César Borgia. Entre 1503 y 1513, Julio II recuperó para la Iglesia algunas de las posesiones de los Borgia. Tarea que continuaron Clemente VII y Pablo III. Los Estados Pontificios llegaron a abarcar prácticamente todo el centro de la península itálica, alcanzando su mayor extensión territorial en el siglo XVI. Pero la situación del momento, el problema protestante y la defensa del catolicismo en la figura del Emperador español Carlos I, propició que la presencia internacional del papado quedara en un segundo plano bajo la sombra de España, y mucho más tras la firma de la Paz de Cateau-Cambrésis. Tratado de gran importancia en la Europa del siglo XVI por la duración de sus acuerdos que estuvieron vigentes durante un siglo. El tratado, firmado por Felipe II de España, Enrique II de Francia e Isabel I de Inglaterra, supuso el reparto y reorganización de diversos territorios europeos, con ellos se refuerza la presencia española en el milanesado, Francia renuncia a sus ambiciones en la península itálica y acuerda, asimismo, trabajar junto a España contra la herejía protestante, lo que provoca no pocos sinsabores internos a los galos, el mayor de todos, las guerras de religión en Francia. La Paz de Cateau-Cambrésis llevó la tranquilidad a la península italiana hasta el siglo XVIII. Aquel periodo de tranquilidad fue aprovechado por los sucesivos Papas para robustecer su poder y la prosperidad de sus territorios, a través principalmente de medidas militares y económicas. De entre los Papas del aquel siglo destaca por la importancia de sus reformas Sixto V (1585 a 1590). Realizó una profunda reforma de la Iglesia; reorganizó su gobierno y aplicó rigurosamente los decretos conciliares del Concilio de Trento, impulsando un clima de moralidad entre los obispos y prelados; reformó el Tribunal de la Rota; emprendió una reforma de las órdenes religiosas, endureciendo su disciplina especialmente en relación con la clausura; publicó la constitución apostólica que imponía a los obispos la obligación de visitar la sede pontificia en Roma al menos cada cuatro años con objeto de informar al Papa del estado de su diócesis; impuso normas morales para ordenar la conducta de los ciudadanos de Roma; reformó el Colegio de Cardenales y estableció para ellos normas disciplinarias mucho más duras que las existentes a través de la publicación en 1586, de la constitución apostólica Postquam verus ille; se ocupó de sus misioneros, sobre todo en Asia, donde eran perseguidos…

En los aspectos del gobierno de sus territorios, creó una estructura administrativa y burocrática que favoreciera la gestión y gobierno de un estado moderno, estableció en su primer consistorio (1585) la prioridad de acabar con el bandidaje, administrar justicia y terminar con el hambre de sus súbditos. También construyó una flota para combatir las razias berberiscas en las costas de sus dominios. Puso orden en las finanzas de los Estados Pontificios creando un fondo de garantía y unos recursos para casos de extrema necesidad. Además, emprendió un amplio programa de obras que embellecieron y saneamiento de Roma.

El Siglo XVII fue el del inicio de la decadencia española, en este contexto el papado, marginado de la vida internacional durante el siglo anterior, aumento su prestigio y presencia internacional y en el ámbito cultural del momento. Un gran pontífice, Benedicto XIV supo calibrar las difíciles consecuencias, para el prestigio y la irradiación espiritual de la Iglesia, el mantenimiento de un poder temporal sin medios capaces de garantizar su eficacia e incesantemente menospreciado por los vaivenes políticos de cada época. Por ello se planteó diversas reformas que desbarataron con poco tino sus sucesores. Así dejamos, en el más absoluto ensombrecimiento, los Estados Pontificios cuando se produce la Revolución Francesa (en adelante, RF).

  1. DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA A MUSSOLINI.

Al estallar la RF (los Estados Pontificios comprendían la franja central de la península italiana, desde Frosinone hasta Ferrara, además de los enclaves pontificios de Avignon y el condado Venassino, en Francia, y Pontecorvo y Benevento en el reino de Nápoles). La RF supuso el principio del fin de los Estados Pontificios. En septiembre de 1791 la Asamblea legislativa declaró territorio nacional francés Avignon y el condado Venassino.

En marzo de 1796, Napoleón Bonaparte como general en jefe del cuerpo de ejército francés de Italia, se apoderó del Piamonte y Cerdeña y posteriormente de la totalidad de la Lombardía, Bolonia y Ferrara. Tras intentos infructuosos de paz, en febrero de 1798 los franceses ocupan Roma, deponen a Pío VI y proclaman la República romana. Las iglesias, los museos y el Vaticano fueron saqueados por los franceses, y el Papa deportado a Valence, donde falleció el 29 de agosto de 1799, después de una larga y penosa peregrinación de año y medio hasta llegar a su destino. En el conclave que tuvo lugar en Venecia, fue elegido Papa (año 1800) Pío VII, el cual regresa inmediatamente a Roma, recuperada por las tropas napolitanas de Fernando IV. El Papa buscó un acuerdo con Napoleón. El acuerdo que pretendía respetar la inviolabilidad de la Iglesia y la libertad de cultos, entre otras cosas, no fue aceptado por la Asamblea francesa, por lo que Napoleón decretó unilateralmente una serie de artículos que suponían el sometimiento de Roma a Bonaparte. Pío VII buscó un arreglo al modo tradicional, coronando emperador a Napoleón en París, con la pretensión de conseguir modificar algunos de los artículos orgánicos. Tras la coronación, Pío VII fue retenido en París durante cinco meses, pero en abril de 1805 pudo regresar a Roma.  De nada sirvió su predisposición al acuerdo, las guerras europeas de Napoleón le daban escusas para penetrar en los estados pontificios, así lo hizo en 1805 y en 1806. Y, en 1808, las tropas francesas ocupan Roma. Pío VII reaccionó lanzando una bula de excomunión, que le valió el arresto, envío a Savona y posteriormente, en 1812, a Fontainebleau. En 1814, cuando los aliados se aproximaban a París, el Papa fue puesto en libertad y regresó a Roma. En el Congreso de Viena, el cardenal Consalvi consiguió que fuesen restituidos a la Iglesia todos los territorios a excepción de Avignon y el condado Venassino que se integraron en Francia.

Las revoluciones de 1820 y 1830 tuvieron en Italia varios estallidos; la primera se centró en Nápoles y Piamonte y, la segunda, además de afectar a más territorios, inició el movimiento independentista en Italia solicitando la creación de un estado italiano separado del papado. Esto precipitó la presencia austríaca y francesas en defensa papal; el ejército francés se situó en Roma y no abandonó la ciudad hasta que los austríacos no salieron de los Estados Pontificios en 1838.

En junio de 1846, fue elegido Papa Pío IX, hombre de sincero fervor y profundo espíritu de oración. Con su bondad natural conquistó fácilmente la simpatía universal. Cuando llegó al solio pontificio debió enfrentar dos problemas: una reforma administrativa de los Estados Pontificios y definir la posición del papado ante las aspiraciones de unidad e independencia difundidas en Italia. El Papa mantuvo posiciones nada claras hasta 1848. Pero, los acontecimientos se precipitaron cuando la católica Austria declaró la guerra a Cerdeña y el Papa señaló que no podía declarar la guerra a una nación católica. Esto tornó el entusiasmo hacia el Papa en odio. Se produjeron manifestaciones frente al Quirinal que obligaron al Santo Padre a quedar recluido dentro de él. La noche del 24 de noviembre, ayudado por los embajadores de Baviera, España y Francia, el Papa conseguía huir. Cuando el 9 de febrero de 1849 la Asamblea constituyente romana declaró la República y la caída del poder temporal del pontífice, Pío IX solicitó la ayuda militar de Austria, Francia, España y Nápoles. El 3 de julio, las tropas francesas entraban en Roma, mientras las austriacas ocuparon las ciudades del norte. Restablecido el orden y expulsados los elementos más exaltados, el Papa regresó a la capital el 12 de abril de 1850, arropado por las tropas francesas que permanecieron en los Estados Pontificios hasta 1867.

Pero antes de llegar a ese año crucial debemos comprender el enfrentamiento que surgió entre el Papado y el reino de Cerdeña como consecuencia de las leyes Siccardi, que se presentaron a la Cámara en tres momentos: 1850, 1855 y 1866. Por estas leyes se suprimía el fuero y privilegios de los religiosos, el derecho de asilo en iglesias y conventos, las manos muertas, la adquisición de bienes estatales sin la aprobación del Rey y la abolición de las penas de quienes no guardaban las festividades religiosas. Además, acabaron aprobando un matrimonio civil, que tras 1865, se convirtió en obligatorio, privando de toda eficacia y legalidad al matrimonio religioso. Por otro lado, se restringió la capacidad civil y política de los eclesiásticos, alejándolos de los cargos y oficios públicos, a lo que se unió la negativa a dar reconocimiento jurídico a las órdenes religiosas que no estuviesen dedicadas a la predicación, a la educación o al cuidado de los enfermos. Además, disponían la incautación de todos sus bienes destinándolos a las necesidades del clero secular. La Santa Sede reaccionó excomulgando al Rey y al Parlamento, lo que provocó una separación mayor entre católicos y liberales.

A este problema religioso se unió el problema político de la unificación italiana. En una visión rápida y siempre con los ojos puestos en los Estados Pontificios, la acción de Cavour, Mazzini, Garibaldi y Víctor Manuel II encaminada a lograr la ansiada unidad de la península supuso un conflicto internacional en el que estuvieron implicadas todas las potencias europeas, con múltiples alianzas, ora en favor de unos, ora en favor de otros, siempre con Francia y Austria en posiciones enfrentadas. Quizá sea bueno recordar que los estados italianos en aquel momento eran: el reino de Cerdeña (Cerdeña y Piamonte); el reino de las Dos Sicilias (sur de Italia y la isla de Sicilia); los Estados Pontificios (en el centro de la península esencialmente); el reino Lombardo-Veneciano, y los ducados de Parma, Módena y Toscana.

Cavour y Víctor Manuel sabían que la unidad pasaba por enfrentarse a Austria, que se había anexionado el reino lombardo-véneto y que se oponía a la unión, y posiblemente también al Papa. Para ello, los piamonteses se unieron a Napoleón III con la promesa de que Francia obtendría Saboya y Niza. El enfrentamiento franco-austríaco en las batallas de Magenta y Solferino en 1859, supuso la victoria franco-piamontesa. Sin embargo, Napoleón, sin conocimiento de los sardos, firmó un acuerdo con Austria por el cual la Lombardía pasaba a depender del reino piamontés y Venecia seguía en manos austriacas. Cavour emprendió una actividad de propaganda para convencer al resto de los ciudadanos de la Península de que se adhirieran a una Italia unificada. La victoria sobre Austria facilitó esta tarea y un plebiscito de dudosa legalidad convocado en 1860 determinó la incorporación al reino de Cerdeña de los estados de Parma, Módena y Toscana. A ellos se unió la Romagna lo que supuso el enfrentamiento con el Papa que reuniendo un ejército se enfrentó a los piamonteses, siendo derrotado en la batalla de Castelfidardo.

Pocos meses después, en 1861, Giuseppe Garibaldi, con el apoyo secreto de Cavour, desembarcó en Sicilia, al mando de un cuerpo de mil voluntarios que vestían camisas rojas, se apoderó de la isla y ocupó el reino de Nápoles. El ejército sardo, al mando del propio Víctor Manuel II, después de conquistar los Estados de la Iglesia, que quedaron reducidos a Roma y alrededores, se unió a Garibaldi en Nápoles. El 13 de marzo de 1861, el primer parlamento nacional reunido en Turín, proclamó como Rey de Italia a Víctor Manuel II.

Napoleón III se mostró defensor del poder temporal del Papa para no perder el voto de los católicos y propiciando, al mismo tiempo, las aspiraciones de unidad italiana. Pío IX condenó en el Syllabus, sin demasiado énfasis, a quienes quisieran acabar con el poder temporal del Papa En el mes de diciembre de 1866 las últimas tropas francesas abandonaban el territorio de la Iglesia y, unos meses más tarde, en septiembre de 1867, Garibaldi invadía los Estados Pontificios con el apoyo de nuevo del gobierno italiano. Pero fue derrotado el 3 de noviembre por las tropas francesas y pontificias, en la batalla de Mentana.

En julio de 1870, al estallar la guerra franco-prusiana, las tropas francesas tuvieron que abandonar de nuevo Roma. Cuando el ejército francés fue derrotado en la batalla de Sedán, Napoleón III encarcelado y proclamada la República francesa, Víctor Manuel II decidió ocupar Roma, lo que hizo el 10 de septiembre. Organizó un Plebiscito para incorporar los territorios pontificios a la unión que ganó con mayoría abrumadora.

El reino de Italia, para disipar la impresión de haber arrebatado al Papa sus posesiones y de impedirle el ejercicio de su libertad espiritual, aprobó en el mes de mayo de 1871 las Leyes de Garantías, por las que concedía al Pontífice, al que consideraba implícitamente como súbdito italiano, honores de soberano, el derecho de representación activa y pasiva, una dotación anual y el usufructo, que no la propiedad, de los palacios Vaticano, Laterano y de Castelgandolfo. Pío IX rechazó la oferta y se consideró prisionero en el Vaticano. En el mundo entero y mucho más entre los católicos italianos creció la estima por el Papa al considerarle una víctima. Nace así la cuestión romana que se prolongó casi sesenta años (1870-1929).

En ese periodo, las disputas entre el reino de Italia y el Papa son continuas, especialmente por la prohibición expresa del Papa a los católicos de participar activamente en la vida política italiana (Non expedit: no es conveniente). Esta situación creó conflictos sociales y políticos evidentes pues dejaba toda la actividad y la regulación civil italiana a socialistas y liberales. Fue el Papa Pío X (1903-1914) el que poco a poco levantó la prohibición, con resultados positivos en las elecciones administrativas de 1909 y espectaculares en las elecciones generales de 1913. Benedicto XV (1914-22) puso las bases definitivas para solucionar el problema. En su primera encíclica ya planteó el tema de la soberanía pontificia como la necesidad del Papa de ser libre y no como una cuestión territorial. Permitió a los católicos italianos intervenir en política y alentó al sacerdote Sturzo a fundar el Partito Popular Italiano, que tuvo un gran éxito en las elecciones de 1919. Además, otros dos hechos vinieron a contribuir a romper las barreras existentes: la participación de los católicos italianos en la guerra, fieles a su patria, y la autorización dada por el Pontífice para que los Jefes de Estado que fuesen a Roma pudiesen visitar al mismo tiempo al Rey y al Papa. Precisamente, en ese año 19 se iniciaron conversaciones para lograr ese estado pontificio. Pero no es hasta 1926, cuando las negociaciones se afianzan. Los postulados de la Santa Sede se fundamentaban en la constitución de un estado de la Iglesia, indemnización económica y concordato. El 11 de febrero de 1929, se firmaban los Pactos de Letrán (suscritos por el Primer Ministro italiano, Benito Mussolini y el Papa Pío XI). Eran tres pactos o acuerdos diferentes: el tratado con la creación del Estado de la Ciudad del Vaticano, con una extensión de 44 hectáreas, más los edificios que gozan de extraterritorialidad, y con todos los atributos propios de una soberanía: bandera, banca, moneda, policía, organización judicial, comunicaciones, derecho de legación activa y pasiva. El concordato, que además de las cuestiones semejantes a los firmados con otras naciones, recogía algunos aspectos exclusivos de Italia: salvaguardar el carácter sacro de Roma, cesión a la Santa Sede de los santuarios de Padua, Loreto y Asís, y el reconocimiento de personalidad jurídica a las casas generales de las órdenes religiosas ubicadas en Italia.  Convenio económico, que se estableció en 750 millones de liras, lo que suponía menos de la mitad de los que el Gobierno Italiano había ofrecido en la Ley de Garantías y 1.000 millones en títulos del Estado. Los acuerdos alcanzados en los Pactos de Letrán supusieron una ganancia en autoridad moral e independencia política del papado para el libre ejercicio de la actividad pastoral.

BIBLIOGRAFIA

Curso de Historia de la Iglesia. Universidad San Pablo. CEU.

LABOA, Juan María. “La Revolución francesa y la Iglesia” en Historia de la Iglesia Católica. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC). 2002

ÚLSTER: 23 AÑOS DE LOS ACUERDOS DE VIERNES SANTO

Hoy vamos a hablar del conflicto norirlandés. Que, pese a las comparaciones siempre odiosas, nada tiene que ver con otros problemas que algunos tildan de semejantes sin serlo.

Realmente los problemas provienen de muy antiguo. En 1609, los ingleses se asientan en el Úlster, tras la “huida de los condes” al finalizar los enfrentamientos entre irlandeses y la dinastía Tudor.  El resultado es que se conceden tierras en aquel territorio a escoceses e ingleses protestantes frente a los nativos irlandeses y católicos. Esta situación provocó conflictos sangrientos durante toda la segunda mitad del siglo XVII. Lo que se acentúa cuando en 1695 con la aprobación de las Leyes Penales, que prohibían a los católicos poseer tierras o ejercer cualquier profesión de relevancia. La cultura, la música y la educación irlandesa se vetaron con la esperanza de erradicar el catolicismo (se produce por el apoyo irlandés a Jacobo II frente al aspirante Orange, futuro Guillermo III). Una considerable mayoría de la población católica pasó a vivir como inquilina en sus tierras y en condiciones paupérrimas.

Desde entonces empezó una dura pugna de Irlanda por su independencia. Tras muy serios enfrentamientos, Irlanda logró un Estatuto de Autonomía que se aprobó en 1914, pero el estallido de la I Guerra Mundial lo congeló hasta el final del conflicto. Los irlandeses pelearon fielmente al lado del Imperio Británico, aunque dos grupos (una sección de los Voluntarios de Irlanda y el Ejército Ciudadano Irlandés), conspiraron para urdir una rebelión que se ideó por medio de una marcha sobre Dublín el lunes de Pascua de 1916. Fueron reducidos en menos de una semana y el ejército inglés tuvo que escoltarlos a la cárcel por miedo a que los furiosos dublineses, que no consideraban adecuado el momento para tal acción, quisieran lincharlos. La Insurrección de Pascua apenas hubiese tenido relevancia en la cuestión irlandesa si los británicos no hubieran convertido en mártires a sus líderes con condenas a muerte que desencadenaron un cambio radical en la opinión pública, y el apoyo a los republicanos creció exponencialmente.

Cuando acabó la I Guerra Mundial, el Estatuto de Autonomía se quedaba muy corto. En las elecciones de 1918, los republicanos se presentaron bajo el estandarte del Sinn Féin y lograron la gran mayoría de escaños irlandeses. Sus primeras acciones condujeron a una declaración de independencia de Irlanda y formaron la primera Dáil Éireann (Asamblea o Cámara Baja irlandesa). Los Voluntarios de Irlanda se convirtieron en el Ejército Republicano Irlandés (IRA) y el Dáil lo autorizó a luchar contra las tropas británicas en Irlanda.

En comparación con otras, la Guerra de la Independencia irlandesa fue poca cosa: duró dos años y medio y se saldó con apenas 1.200 bajas. Sin embargo, se trató de un asunto peliagudo, pues el IRA emprendió una campaña de guerrilla contra los británicos. El 6 de diciembre de 1921, se acordó la firma de un tratado que creaba el Estado Libre de Irlanda. Que, sin embargo, se enfrentó a una cruda guerra civil tras la independencia. La guerra finalizó en 1923, y tras diversos mandatos, en 1948, Irlanda abandonó oficialmente la Commonwealth y se convirtió en una República. Irlanda se sumió en una crisis económica que no se paró hasta los años 60.

Mientras, Irlanda del Norte seguía bajo poder británico. Un remanente marginado del IRA sobrevivió a la Guerra Civil irlandesa. Esto tendría un gran impacto en Irlanda del Norte. Aunque el IRA fue proscrito en ambos lados de la nueva frontera irlandesa, se mantuvo ideológicamente comprometido a derrocar a los gobiernos de Irlanda del Norte y del Estado Libre por la fuerza de las armas para unificar Irlanda.

El gobierno de Irlanda del Norte aprobó el Acta de Poderes especiales en 1922, la cual supondría relegar a la población católica que representaba el 40% del total en Irlanda del norte, despojándola de todo poder real o fuerza representativa en un Parlamento que favoreció a los unionistas (protestantes) a través de los subsidios económicos, la asignación de viviendas y la manipulación: las fronteras electorales de Derry se trazaron de nuevo para garantizar un consejo protestante, aunque la ciudad tenía dos tercios de católicos.  Se creó la protestante Gendarmería Real del Ulster (RUC), que con su fuerza paramilitar no se preocuparon por enmascarar su sesgo ideológico y sectario pro británico: Irlanda del Norte era, a todos los efectos, un estado apartheid. Un estado con dos sectores enfrentados, con conflictos más o menos atenuados en las décadas de los 40, 50 y 60 del siglo XX hasta que en 1967 se crea la Asociación de Derechos Civiles, con gran influencia de su homóloga estadounidense, que buscaban corregir el escandaloso sectarismo de en la Asamblea parlamentaria.

En octubre de 1968, la RUC interrumpió abruptamente una manifestación católica en Derry ante los rumores de que el IRA había garantizado ‘seguridad’ a los manifestantes. El conflicto de Irlanda del Norte había empezado en su fase más radical. Aquellos problemas (“The Troubles”, llaman los británicos a aquel conflicto especialmente el que se acrecienta a partir de 1968) tienen en su basamento problemas religiosos, étnicos, nacionalistas, demográficos, políticos…su enfrentamiento fue una auténtica guerra civil en el territorio de Irlanda del Norte, aunque con el tiempo el conflicto se extendió a las dos islas e incluso Gibraltar. Para dominar la situación, los gobiernos ingleses mandaron al ejército al Úlster, a los seis condados (Fermanagh, Tyrone, Derry/ Londonderry, Antrim, Down y Armagh). El ejército se presentó como elemento neutral que pretendía salvar el orden y la vida de los ciudadanos. De hecho, al principio, fueron bien recibidas en algunos barrios católicos, pero pronto se manifestaron como una herramienta de la mayoría protestante. Las reacciones desmesuradas del ejército espolearon los alistamientos a un IRA que llevaba tiempo inactivo, y cuyas filas se engrosaron particularmente tras el Domingo Sangriento, 30 de enero de 1972, cuando las tropas británicas mataron a 13 civiles en Derry. Después del Domingo Sangriento, el IRA declaró la guerra al Reino Unido. Aunque seguía con sus atentados en Irlanda del Norte, también empezó a operar en Gran Bretaña, con víctimas inocentes, y la oposición de ciudadanos y partidos de ambos bandos del conflicto. Entretanto, los paramilitares unionistas (terroristas protestantes) comenzaron una campaña contra los católicos. Si los enfrentamientos ya eran brutales, a partir de 1979 aumentaron en su escalada de violencia. Especialmente, en 1981, cuando los prisioneros republicanos de Irlanda del Norte, en huelga de hambre, exigieron el reconocimiento, de nuevo, como presos políticos ( en Irlanda se les había concedido el estatus de presos políticos y no comunes, de ahí que la mayor parte de la historiografía hable de grupos paramilitares y no de terroristas, cuando, en opinión de muchos, lo que verdaderamente les define- a los paramilitares de ambos bandos- era la palabra terrorista) o en 1984 al atentar contra el hotel en el que se alojaba el partido conservador para celebrar su congreso, salvándose Margaret Thatcher de auténtica casualidad o el 1988 en un brutal atentado contra el ejército británico…

Las aguas se enturbiaron aún más cuando los partidos políticos se atomizaron, los grupos paramilitares (terroristas) de un lado y otro respondieron a la violencia con violencia.

A finales de la década de los 80, todos, pero muy especialmente los republicanos (irlandeses) tenían claro que la lucha armada no conducía a ningún lugar. Por eso se inician las negociaciones de paz.  El proceso de negociación de la paz en Irlanda del Norte se prolongó por más de una década, desde la Iniciativa Anglo-irlandesa en 1987 hasta el Acuerdo de Viernes Santo en 1998, si bien, enfrentamientos de orden menor se han seguido produciendo.

Como hemos visto el cansancio de las partes propició el inicio de las conversaciones, pero a ello se debe unir la necesidad económica de lograr la paz, las posturas favorables de los gobiernos de Irlanda y de Gran Bretaña y el apoyo, como elemento neutral frente a ambos bandos, de la Administración norteamericana de Clinton que envió como comisionado a las reuniones, a George John Mitchell, senador demócrata por Maine.

El antecedente más directo fue el Acuerdo Anglo-irlandés de 1985, caracterizado como un acuerdo de alto nivel firmado entre primeros ministros. Sin embargo, obtuvo el rechazo de los sectores políticos y los paramilitares unionistas (protestantes) de Irlanda.

Posteriormente, el hito esencial lo constituyó la Iniciativa Brooke de principios de los 1990, que creaba las condiciones políticas para un diálogo multilateral entre los distintos partidos involucrados en el conflicto. Se generó un lento proceso, que incluso mantuvo negociaciones secretas con el IRA. Los gobiernos británico e irlandés redactaron la Declaración de Downing en la que se ofrecía al Sinn Féin participar en dichas negociaciones siempre y cuando el IRA renunciara a las armas. El desarme era esencial para los británicos que lo habían puesto de manifiesto en lo que se ha llamado “Washington Tree” y era conditio sine qua non para la incorporación del Sinn Féin a las negociaciones. Esta postura tenía dos elementos, uno la destrucción de las armas, haciéndolas permanentemente inutilizables y la segunda procurar al IRA una participación política. En este segundo aspecto se buscaba hacer comprender al IRA que los atentados permanentes no conducían a nada. Se buscaba acabar con los ingleses en territorio irlandés pero los ingleses seguían allí y sin tambalearse. Realmente, lo mismo ocurría con los protestantes que golpearon e intentaron humillar durante siglos a los irlandeses, los cuales también seguían allí impertérritos. Por tanto, el cansancio y la inutilidad de la violencia era un aspecto compartido. Esta postura está relacionada con el alto el fuego que declarará el IRA posteriormente y que rompió el 9 de febrero de 1996 ante su inconformidad con el ritmo de las conversaciones y las divisiones internas que empezaba a presentar la organización.

Las negociaciones eran complejas, primero el protagonismo de los gobiernos irlandés y británico no era muy bien aceptado por ninguno de los bandos. Posteriormente, tras las elecciones de 1996, la representación parlamentaria quedó tan fragmentada que contar con tantos interlocutores no era tarea fácil. Se iniciaron negociaciones en diferentes comisiones, lo que dificultaba el acuerdo final. Los puntos de discusión eran:

1: Relaciones dentro de Irlanda del Norte. 2: Relaciones en la isla de Irlanda: República de Irlanda (Irlanda del Sur) e Irlanda del Norte. 3: Relaciones entre Reino Unido y la República de Irlanda.

En 1997 el Sinn Féin fue admitido en la mesa de negociación, a cambio de firmar los “Principios Mitchell”, llamados así en honor al comisionado de Clinton y consistían en:

  • Aceptar el uso de medios exclusivamente democráticos y pacíficos para resolver las cuestiones políticas. Lo que supone:
  • Comprometerse a respetar los términos de cualquier acuerdo alcanzado en las negociaciones y a recurrir a métodos exclusivamente democráticos y pacíficos para tratar de modificar cualquier aspecto de esos acuerdos con los que puedan estar en desacuerdo
  • Entrega de armas y destrucción de las mismas por parte de las organizaciones terroristas. El desarme debía ser verificado por una comisión independiente.
  • Renunciar ellos mismos, y oponerse a cualquier intento de otros, a utilizar la fuerza o amenazar con utilizarla para influir en el curso o en los resultados alcanzados en las negociaciones. Asimismo, instar a que los crímenes terroristas terminen y a tomar medidas eficaces para prevenir tales acciones.

Como consecuencia de aquello, el IRA se dividió en dos: el IRA provisional y el IRA auténtico, el cual quería acabar con la negociación.

De hecho, los acuerdos de Viernes Santo se firman el 10 de abril de 1998 y el 15 de agosto de aquel año, el IRA auténtico se atribuye el atentado de Omagh, que provocó la muerte de 31 personas (entre ellos un estudiante español). El atentado recibió el repudio de Jerry Adams y el conjunto de la dirección militar del IRA Provisional, así como del Sinn Féin. Este repudio venía de sectores que habían usado esa forma de violencia durante más de 25 años generando centenares de víctimas militares y civiles.

Los acuerdos de paz fueron firmados por los entonces primeros ministros británico e irlandés, Tony Blair y Bertie Ahern, además de ocho partidos o grupos políticos.

El acuerdo de Viernes Santo tiene varios aspectos a destacar, el principal es que restauró el autogobierno a Irlanda del Norte bajo el modelo de compartir el poder. Y así:

  • Nace una Asamblea de Irlanda del Norte. Conformada a partir de un sistema de representación proporcional que tendría atribuciones de carácter legislativo y ejecutivo en diferentes ámbitos de la vida de Irlanda del Norte, tales como: medio ambiente, desarrollo económico, educación y servicios sociales, entre otros. Se pretendía con ello establecer consensos entre ambas comunidades sobre aspectos básicos de la vida cotidiana.
  • Consejo Ministerial Norte-Sur. Concebido como una salida institucional a la reivindicación de la unificación irlandesa. El Consejo tenía como objetivo estrechar los lazos entre las dos Irlandas, pero dando garantías a los británicos y a los protestantes norirlandeses de que no sería un instrumento para la unificación de Irlanda. Pera ello tenía representación en el mismo un representante de Gran Bretaña, Irlanda del Norte, Gales, Escocia y los unionistas.

Tras las elecciones, en 1999, se formó un ejecutivo formado por los cuatro partidos principales, incluido el Sinn Féin. Manteniendo los principios ya establecidos por Mitchell de igualdad y respeto mutuo y resolución por medios pacíficos y democráticos de los conflictos. Eso llevó a que en todos los campos de la vida civil se establecieron cuotas de participación de todos los sectores. Por ejemplo, el Servicio de policía de irlanda del Norte, debía reclutar al menos una cuota del 50% de católicos durante diez años. Se creó una comisión de derechos humanos y otra de igualdad para garantizar que se respetaran las preferencias religiosas y culturales y facilitasen la reconciliación entre las dos comunidades enfrentadas

Se volvía a los juicios con jurado, eliminados con anterioridad por las presiones que tenían de los grupos paramilitares. Sin embargo, en algún caso excepcional se han recuperado.

Un proceso de normalización de la seguridad también se inició como parte del tratado, que comprendía el cierre progresivo de parte de los cuarteles del ejército británico.

Otro de los acuerdos alcanzados se refería a que el destino de Irlanda del Norte estaría sujeto al deseo de la “mayoría de la población”, expresado a través del voto. El acuerdo levantó acta entonces de que la mayoría era partidaria de la unidad con el Reino Unido. De todas maneras, el pacto dejó abierta la posibilidad de que el territorio acabase uniéndose a Irlanda, la gran aspiración de los nacionalistas republicanos, si así lo deseaba la mayoría de la población. Para que prevaleciera la voluntad del pueblo de Irlanda del Norte, los gobiernos británico e irlandés acordaron cambiar sus respectivas Constituciones.  Londres renunció a la ley de 1920 que le dotaba de soberanía sobre el territorio y Dublín su reivindicación sobre el norte de la isla.

Uno de los problemas con los que se encontró el acuerdo fue la necesidad de reconocer el sufrimiento y el dolor de las víctimas del conflicto armado. Se nombró a un comisionado de las víctimas, y el Sinn Féin fue reiterativo en crear una comisión de la verdad con características similares a la nacida en Sudáfrica al final del apartheid. En Sudáfrica fue algo útil, en Irlanda no llegó a ningún lado.

El acuerdo en algunos aspectos se puede considerar inacabado y sobre él pende una constante inestabilidad unas veces provocada por las tensiones de un lado, otras, por las del otro.

Últimamente, se temió por su pervivencia a raíz de las negociaciones sobre el Brexit, al tratar sobre la situación en la que quedaría la frontera con Irlanda, que en la práctica como miembros ambos de la UE, era la inexistencia. De hecho, la semana pasada, el New York Times se hacía eco de los enfrentamientos que se habían producido en el Úlster en los últimos días (6 noches de conflictos) que habían provocado heridas a 55 policías y detenciones de 10 asaltantes. Estas alteraciones, según los analistas se deben no sólo al Brexit sino también a protestas por las restricciones a causa de la Covid. Según miembros del partido conservador, la situación aún no está descontrolada, pero temen que pueda estarlo si no se ataja enseguida.

El día 14 de abril de 2021, el periódico El Mundo publicaba un reportaje sobre los estallidos de violencia. Señalan que el enfado nace por trazar una frontera en el mar del Norte por el Brexit. Sin embargo, unionistas y miembros del IRA se siguen acusando mutuamente de provocación. Se ha declarado una tregua por los actos fúnebres del Duque de Edimburgo. Pero la situación se muestra preocupante.

BIBLIOGRAFIA

  • SIERRA, LUIS ANTONIO. “Irlanda del Norte. Historia del conflicto (periodismo histórico)”. Silex. 1999.
  • JOHN O’BEIRNE RANELAGH. “Historia de Irlanda”. Akal. 2014
  • TEXTO DEL ACUERDO:

https://web.archive.org/web/20111003065655/http://www.nio.gov.uk/agreement.pdf

  • Notas de prensa.

LA TERCERA GUERRA DE INDEPENDENCIA CUBANA Y SUS CONSECUENCIAS

El factor decisivo para la independencia de Cuba fue la intervención de los EE. UU. Esta se produjo escalonadamente, del mismo modo que actuaría años después en las dos guerras mundiales:

  • Prestó ayuda material a los rebeldes. La enviaba por medios navales utilizando métodos del filibusterismo.
  • Por la presión diplomática directa sobre Madrid para que cediera a la compra de la isla.
  • Declarando la guerra.

La razón primera que impulsaba a EE. UU a enfrentarse con España era que consideraba a Cuba como esencial para la defensa estratégica de los Estados Unidos y, además, porque estimaba factible realizar la compra a España debido a que daban por supuesto que la isla resultaba una carga inútil y costosa para España. No era la primera vez que los americanos actuaban así, ya habían comprado a Francia la Luisiana y nos habían comprado la Florida.

El primer movimiento de interés por Cuba se produce como consecuencia del “Manifiesto de Ostende” en 1854. Se considera a James Buchanan, Jr. como el principal redactor del mismo. Lo hizo tres años antes de ser nombrado Presidente de los EE. UU y marcó la tendencia de la política exterior de USA en el Caribe. Lo que realmente preocupaba a los americanos no era la titularidad española, sino que la debilidad de nuestro país llevara a que la isla fuera tomada como posesión por parte de franceses o británicos, potencias mucho más fuertes. Además, en aquel momento, Cuba estaba en la mente de los estados del sur pues supondría un eslabón más en la expansión de las posiciones esclavistas frente a los abolicionistas del norte. La Guerra de Secesión marcó un paréntesis en las pretensiones americanas, pero volvieron a la carga en 1869 con la presión del Embajador de Estados Unidos en España sobre Prim.

Los americanos intentaron el apoyo internacional para intervenir en la Guerra Grande (https://algodehistoria.home.blog/2021/03/26/las-primeras-guerras-de-independencia-de-cuba/ ), no lo lograron y a partir de 1895 inician la ayuda a los insurrectos de manera aún más importante. Hay que tener presente que en aquellos años, como ha puesto de manifiesto la historiografía en repetidas ocasiones, existía un estado de sobreexcitación en los Estados Unidos, por la expansión hacia el oeste, por el desarrollo industrial creciente, por la prosperidad en abundancia que hizo a muchos autores escribir sobre la superioridad de la sociedad americana, incluso de la raza blanca y anglosajona destinada a desposeer a razas más débiles o a moldear a otras hasta “anglosajonizar” a toda la Humanidad. Ejemplo de esto es el libro de Strong “Our Country” o el de Alfred.Th. Mahan “The Interest of America in Sea Power; Present and Future”, ambos de gran difusión en la Norteamérica del momento.

Además, ambos marcan dos formas de ver la situación, siempre partiendo de la superioridad americana; de un lado, los que prefieren soluciones diplomáticas, para llegar a un acuerdo de compraventa; y otros, los belicistas, resueltos a no pararse en ningún obstáculo hasta llegar a la guerra, si hacía falta.

Una parte importante de la historiografía norteamericana contemporánea, como, por ejemplo, la obra de Chidsey[1] señala “Los EE. UU estaban deseosos de pelea como cualquier matón de taberna. Cada vez era más antipatriótico estar a favor de la paz”.

Las posiciones belicistas no eran compartidas por el presidente Cleveland ni lo fueron posteriormente por McKinley, pero las razones estratégicas vistas, a las que se unió la idea de construir el Canal de Panamá, acrecentaba la necesidad de dominar esa zona marítima del Caribe. A ellas se unieron las presiones de los comerciantes y una situación Psicológica en favor del enfrentamiento promovida por la prensa. En esto, la rivalidad de dos grandes editores, Pulitzer y Hearst, enfrentados por ver quién vendía más periódicos y, por ende, quién influía más en la opinión pública, azuzó aún más la presión sobre el gobierno.

Mientras, el gobierno español confiaba en evitar el enfrentamiento con los norteamericanos. Esta visión era compartida tanto por Cánovas como por Sagasta, pero la táctica a aplicar el Cuba para alcanzarla era diferente. Mientras Cánovas prefería someter a los insurrectos y luego aplicar reformas; Sagasta confiaba en que la realización de reformas previas doblegara la voluntad de guerra de los ya insurrectos. Ambos consideraban a Cuba una parte de España, una provincia más, no una colonia que pudiera comprarse o venderse.

España carecía de medios para enfrentarse militarmente con éxito a los Estados Unidos y, sin embargo, como vimos en el conflicto de las Carolinas https://algodehistoria.home.blog/2021/03/05/el-incidente-de-las-carolinas/ la prensa nacional actuó de manera irresponsable incitando a la guerra. Pi y Margall la calificó de prensa “infame”. El profesor Pabón, de acuerdo con el ex presidente de la República, señala que se produjo un belicismo frívolo que España no podía permitirse. Nuestra única salida era una acción diplomática apoyada por otras potencias.

De ello se encargó el Ministerio de Estado (antecesor del actual Ministerio de Exteriores) cuya política durante el tiempo de Cánovas fue la de buscar acuerdos diplomáticos a los conflictos internacionales. En el caso de Cuba debemos destacar la acción del II duque de Tetuán que logró un acuerdo comercial con Estados Unidos el 1 de agosto de 1891 y así consiguió crear un ambiente de mayor sosiego frente al gigante naciente en América. En 1896, buscó asimismo acuerdos internacionales con otras potencias, pero la amenaza del gobierno USA hizo desistir a los europeos de apoyar a España. La posición de equilibrio triangular, Londres, Washington, Madrid, vista en las Guerras Grande y Chiquita, duró hasta los años setenta y desde entonces el mundo se había consagrado al “derecho a la fuerza”. En EE. UU esto se conocía como la política del bastonazo (big stick policy). Inglaterra, había aplicado la razón de la fuerza a Francia en el ultimátum de Fachoda y a su vez recibió el bastonazo de los norteamericanos en los límites de la Guayana. Así que, ahora le tocaba recibir a España. Posiblemente, sin la exaltación patriotera de la prensa española, el descalabro militar no hubiera provocado la depresión moral nacional que aconteció en el 98, pero la población aún soñaba con viejas gestas.

Cuando Antonio Maura, ministro de Ultramar en 1893 quiso restablecer el régimen de autonomía fue rechazado por todos los partidos cubanos. Se radicalizaron los sentimientos. En 1892, José Martí, que se había erigido tras la Guerra Chiquita en líder cubano, ante el temor de que prosperasen las tendencias autonomistas, había creado un partido revolucionario cubano, y no aceptó de buen grado el proyecto del ministro de ultramar en 1895- Abárzuza-. El proyecto de Abárzuza fue aprobado en las Cortes españolas y consistía en una nueva Ley autonómica para Cuba. Diez días después se inicia el “Grito de Baire”, es decir, la tercera y definitiva guerra de independencia cubana (24 de febrero de 1895).

Dado que la vía diplomática no había funcionado, Cánovas decidió combatir la separación de la Isla de España ”hasta el último hombre y la última peseta”. Cánovas fue asesinado en 1897. La primera consecuencia fue que el mando español en Cuba pasó de Martínez Campos, que no había logrado una solución pactada, al general Weyler. Weyler, para defender mejor las posiciones españolas, da la orden de “concentración de pacíficos” por la que se obligaba a la población rural dispersa a concentrarse en núcleos urbanos, a fin de restar apoyos a las guerrillas insurrectas. Tras esta medida, la posibilidad de victoria militar aumentó, pero su gestión fue utilizada por la prensa norteamericana para crear una mala imagen exterior de España, basada en relatos de sufrimiento de la población civil. La prensa amarilla de los Estados Unidos lanzó una campaña de insultos y calumnias y preparó a la opinión pública para la guerra que se avecinaba, la cual recayó, en España, sobre los hombros de un envejecido Sagasta que se vio en la tesitura de hacer frente a la situación más compleja que había vivido España desde la Guerra de la Independencia.

La guerra fue declarada por los EE.UU. en vista de que España no vendía la isla y ante el temor de que prosperase el régimen autonómico concedido por las Cortes y el Gobierno español.

La excusa que sirvió de base para la declaración fue el hundimiento del acorazado Maine, anclado en el puerto de La Habana. La acusación de que fue una mina puesta por los españoles era absurda, España lo último que quería era una guerra con los USA y, sin embargo, esa fue y sigue siendo la versión oficial de los estadounidenses. Hoy en día la historiografía norteamericana sostiene lo indefendible de la postura de los Estados Unidos.

Domínguez Ortiz, considera que a España casi le debería haber provocado alivio aquella declaración de guerra, pues el malestar por la leva para ir a la guerra de Cuba (se podía librar el que pagara 2.000 pesetas- es decir, los ricos-. Sólo los pobres o hijos de la escasa clase media fueron reclutados), más otros incidentes que se estaban produciendo en España estaban creando un ambiente revolucionario y pro-republicano que amenazaba a la Corona y a la estabilidad del Estado. La guerra provocaría el fin de aquel conflicto, lo que podría haber sido una buena solución para centrarse en la paz y prosperidad interior. Sin embargo, la depresión en la que se sumió el país tras la derrota provocó el efecto contrario.

Tras la explosión del Maine, España ofreció someter la cuestión a un arbitraje internacional que EE. UU no aceptó. El gobierno de McKinley inicia una doble negociación por un lado en defensa de los cubanos y sus derechos humanitarios, que se hace de manera pública; y otra, confidencial, para la compra de la isla y el traspaso pacífico de la misma.

La negociación confidencial culmina en febrero de 1898. Los norteamericanos proponen la compra por 300 millones de dólares, más un millón de comisión para los negociadores españoles; la alternativa sería la guerra. España no aceptó la propuesta, que pasó a ser ofrecida por la vía oficial. Sagasta afirma que España estaba entre la guerra o el deshonor; y para que las cosas no le fueran tan fáciles al coloso americano afirma que irán a la guerra por una Cuba autónoma frente a una Cuba anexionada a los EE.UU. Aquella posición obligó a los norteamericanos a declarar que, si ganaban la guerra, Cuba sería independiente. Con lo que perdían la mayor causa para querer ocupar Cuba, su situación estratégica, aunque soñaban con dominarla de manera indirecta desde los EE.UU.

España se dirige por tercera vez a las seis principales potencias europeas para que medien en el conflicto. Pero la clave la tenía la Inglaterra de Balfour cuya política era de amistad con los Estados Unidos para mantener unidos a los pueblos anglosajones. La suerte de España estaba echada.

El 11 de abril, el presidente McKinley presenta la situación en su mensaje al Congreso, lo que determina que, el 18 de abril, éste apruebe una “Resolución Conjunta” fundamentada en un ultimátum a España para que abandonara Cuba, que es transmitido el 20 de abril. España, como respuesta, expulsa al embajador norteamericano. El 25 de abril de 1898, el Congreso de los Estados Unidos declara formalmente la guerra a España.

Realmente la guerra se extendió a tres escenarios Puerto Rico, Filipinas y Cuba. El 1 de mayo, los españoles sufrían una severa derrota en la llamada batalla de Cavite, en Filipinas, que en España la prensa calificó de “glorioso desastre”. Por otro lado, el haber provocado que Cuba tuviera que ser independiente dio pie a que los americanos ocuparan Puerto Rico, como alternativa a su estrategia defensiva de dominio del Caribe. Pero nos centraremos en Cuba.

En Cuba, la guerra no fue muy larga. Los combates más destacados fueron la Batalla de El Caney; la Batalla de las Colinas de San Juan y la Batalla Naval de Santiago de Cuba. En el primero de los lugares Vara del Rey y sus hombres aguantaron contra más de 8.000 estadounidenses desde su posición durante casi doce horas, lo que impidió a éstos hacerse paso a través de las defensas y dirigirse a las Colinas de San Juan como se les había pedido desde el mando estadounidense. Los norteamericanos habían calculado una hora de combate, pero duró diez, gracias a la heroica defensa española. No menos valiente y sacrificada fue la defensa de las Colinas de San Juan. Aquella loma se convirtió en un cementerio por las bombas americanas. Casi toda la guarnición fue exterminada; la artillería española acabó sin munición.  Allí mueren como valientes las tropas del Coronel Vaquero. Al anochecer, el Capitán de Navío Joaquín Bustamante, Jefe del Estado Mayor de la flota, al mando de 100 marineros de las columnas de desembarco, intenta reconquistar la loma de San Juan. Cae herido en el intento y morirá poco después.

Los españoles defendieron sus posiciones en ambas batallas de manera tan valerosa como inútil. Ralentizaron el avance americano, pero no lo pararon. Entre el mando norteamericano se encontraba el futuro presidente Roosevelt que reconoció la valentía española. El último capítulo militar destacado fue la Batalla naval en Santiago de Cuba.

En la defensa de Cuba, España envió al Almirante Cervera con una escuadra, que entró en Santiago tras forzar el bloqueo del puerto el 19 de mayo, pero quedó atrapada allí, embotellada por la flota americana.

El 6 de junio, los norteamericanos entraron en Guantánamo y se unieron a las tropas del Comandante cubano Calixto García en el asedio por tierra a Santiago.

Cervera, convencido de su inferioridad, escribe a Madrid, señalando que saldría, aunque sin saber si lo mejor era destruir la flota, perderla en la defensa de Santiago o sacrificarla con algún acto de heroísmo. Desde Madrid, le ordenan salir con dirección a La Habana. Cervera decidió salir a primeras horas del día, el 3 de julio, pegado a la costa para salvar el mayor número de vidas posibles. La decisión del almirante de partir para el combate con luz diurna se fundamentó en su preocupación por la seguridad de sus barcos. Esta decisión era, militarmente hablando, la peor de todas las posibles, pues probablemente una salida nocturna o en un día de mal tiempo hubiese evitado la destrucción total de la flota. Además, la estrechez del canal de salida del puerto obligó a los barcos a navegar uno tras otro. Y uno tras otro fueron cayendo; algunos embarrancados por los españoles a fin de utilizar sus cañones en la defensa.

Destruida la flota, Santiago se entregó el 17 de julio. Esto provocó que el gobierno español pidiera negociar la paz, que, por intermediación de Francia, se plasmaría en el Tratado de París.

Los americanos aceptaban la paz bajo las siguientes premisas: renuncia de España a Cuba, cesión de Puerto Rico y de la bahía de Manila a Estados Unidos. Se firmó el protocolo de Washington el 12 de agosto que anunciaba diversas reuniones para lograr el acuerdo definitivo.  Se iniciaron una serie de negociaciones, que no fueron tales, durante el verano. España sólo pudo acatar y, a lo sumo, protestar por el ejercicio de fuerza americano, como hizo Montero Ríos en una carta fechada el 18 de octubre. No valió de nada, en vez de admitir las enmiendas españolas, los americanos aumentaron sus exigencias, quedándose así también con la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas, con Mindanao y Joló, dando la mísera indemnización de 20 millones de dólares. El 10 de diciembre de 1898, se firma el tratado de París.

La independencia de Cuba no fue reconocida por los EE. UU hasta el 12 de junio de 1901.

Se consumó así el gran desastre, que fue ante todo una derrota militar (murieron en aquellos enfrentamientos unos 120.000 combatientes, no todos españoles, pero sí en gran número). España condujo las negociaciones durante y después de la guerra con realismo y dignidad. Muchos historiadores consideran que las duras críticas que se realizaron fueron exageradas e injustas. Realmente, las críticas fueron fruto de la insolidaridad ante la derrota; una polémica sobre las responsabilidades que no fue más que un enfrentamiento entre la clase política y la militar y un trauma colectivo reflejado en la literatura.

Sin embargo, internamente podía haber tenido algunos efectos positivos. Tras la derrota se produjo un intento de revisión del sistema canovista desde dentro del mismo, planteado sin éxito por el gobierno de Silvela y renovado posteriormente por Maura y Canalejas. Se produjo un revisionismo, reflejado espléndidamente en la literatura. Se hacía no con tintes casticistas sino europeos buscando un futuro mejor, aunque con poco éxito práctico.

En el orden internacional, el desastre influyó en la decisión española de transferir la soberanía de los restos de nuestro imperio en el Pacífico con la venta de las Carolinas, Marianas y Palao, como vimos. También influyó en el recorte de nuestras pretensiones en cuanto a los límites del Sahara y Guinea Ecuatorial frente a Francia (tratado de 1900).

Además de los efectos vistos, el desastre permitió liquidar los restos de la “Economía colonial” y repatriar unos capitales que fueron decisivos en el saneamiento financiero y de la actividad económica de los primeros lustros del S. XX.

BIBLIOGRAFIA

UBIETO, REGLA, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed. Teide. 1983.

PALACIO ATARD, VICENTE. “La España del Siglo XIX”. Ed. Espasa- Calpe. S.A. 1981.

DOMÍNGUEZ ORTIZ, ANTONIO. “España, tres milenios de Historia”. Marcial Pons (edición especial 20º aniversario. 2020).

TUÑÓN DE LARA, MANUEL. “Estudios sobre el S. XIX español”. Ed Siglo XXI. 1972.

FUSI, Juan Pablo y PALAFOX, Jordi. “España: 1808-1996. El desafío de la Modernidad”. Ed. Espasa -Calpe. 1998.

[1] D.B. Chidsey: “La guerra hispano-americana 1896-1898. Barcelona, 1973.

A Jesucristo Nuestro Señor expiando en la Cruz

Hoy hace 1.988 años que Jesús murió por nuestra salvación. Así lo recordaba Quevedo:

.

La profecía en su verdad quejarse,

la muerte en el desprecio enriquecerse,

el mar sobre sí propio enfurecerse,

y una tormenta en otra despeñarse.

.

Pronunciar su dolor, y lamentarse

el viento entre las peñas al romperse

desmayarse la luz, y anochecerse

es nombrar vuestro Padre y declararse.

.

Mas veros en un leño mal pulido,

Rey en sangrienta púrpura bañado,

sirviendo de martirio a vuestra Madre.

.

Dejado de un ladrón, de otro seguido,

tan solo, y pobre a no le haber nombrado,

dudaron gran Señor si tenéis Padre.

LAS PRIMERAS GUERRAS DE INDEPENDENCIA DE CUBA.

Cuando hablamos de la independencia de Cuba, estamos hablando, históricamente, de tres enfrentamientos por la independencia cubana:

La primera es la llamada guerra de los 10 años o Guerra Grande (1868-1878) y que termina con la paz de Zanjón en 1878.

Este acuerdo no fue aceptado por grupos dispersos de nacionalistas cubanos que continuaron luchando durante la mayor parte del año 1878. Motivo por el cual intentarían reiniciar la lucha durante la segunda guerra de independencia, llamada Guerra Chiquita, que va de 1879 a 1880 según algunos historiadores, y que otros prolongan hasta 1895; enlazando, sin solución de continuidad, con la tercera y última, que es la que determina la auténtica independencia cubana, en 1898.

Hoy nos vamos a referir a las dos primeras.

Tuñón de Lara explica como a Cuba llegaron a lo largo del Siglo XIX hombres y capitales tras la emancipación del continente que provocaron la prosperidad de la economía cubana que pasó de basarse en la agricultura y ganadería al cultivo extensivo de caña de azúcar en grandes ingenios, café y tabaco. Lo que generó importantes beneficios a los grandes hacendados cubanos.

Quizá por ello, durante el primer cuarto del S.XIX no había repercutido en Cuba (ni en Puerto Rico) el movimiento independentista de la América continental española. Es más Domínguez Ortiz, considera que el movimiento independentista cubano nace por el favoritismo y desgobierno de la metrópoli.

El origen de esa mejora económica procedió de las mejoras técnicas en el cultivo del azúcar y el tabaco- el café decayó en su producción a medados del siglo XIX-.

Aquellas extensiones de cultivo, sobre todo, la caña de azúcar, demandaban gran presencia de mano de obra que era traída por los negreros desde áfrica. Cuando la metrópoli intentó prohibir la esclavitud, la trata de negros, la sociedad criolla cubana se reveló en la revolución de 1854. Realmente no todos los gobiernos españoles tenían la misma visión de lo que debía hacerse en Cuba. Los gobiernos de O’Donnell eran partidarios del esclavismo y aunque eran conscientes de que había que hacer reformas, nunca llegó a consumarlas. No hay que olvidar que O’Donnell había sido Capitán General de la isla, donde se enriqueció. Su gestión estuvo marcada por la idea de que para mantener la soberanía española había que proteger la esclavitud y el tráfico esclavista, base de la riqueza de la Isla. Con esa finalidad no dudó en potenciar ambos fenómenos, en abierta contradicción con los tratados internacionales hispanos ejerciendo, además, una durísima represión sobre los que los pusieron en cuestión. Al mismo tiempo, en su actividad se entremezclaron los intereses públicos y los privados, la política y los negocios. La realidad es que la trata de negros siguió realizándose de manera clandestina, al tiempo que las leyes españolas liberalizaron la emigración y se permitió la salida de españoles hacia Cuba que, ocupaban las ciudades y se dedicaban esencialmente al comercio y que con el desarrollo del cultivo del tabaco acabaron enriqueciéndose en buena medida y número. Aquellos emigrantes españoles eran enemigos de las reformas y encontraban su eco en España por parte de todos los que se beneficiaban de aquel estado de cosas. Las anunciadas reformas sociales no llegaban por más que se prometían, lo que generaba un gran malestar entre la población criolla.

Al tiempo, la mayor producción implicó la búsqueda de nuevos mercados que se encontraron en EE.UU. Entre el malestar y la buena sintonía encontrada en los nuevos mercados dio lugar a que muchos criollos pensaran en acuerdos anexionistas con los norteamericanos. Establecieron en Nueva York el “Consejo Cubano” presidido por Gaspar Bethéncourt y financiaron las revueltas armadas de Narciso López en 1849 y 1851, que fracasaron. No sólo se pensaba en la anexión a los Estados Unidos por razones económicas sino por la inestabilidad política de España.

Las aspiraciones de los EE. UU ya se habían manifestado a principios de siglo, pero durante los primeros sesenta años del S.XIX, Inglaterra había frenado esas aspiraciones. De manera que los intereses de las rutas comerciales que nacían o terminaban en Cuba tenían un vértice controlado por Londres, Washington y Madrid. Posteriormente, la guerra de secesión norteamericana, puso un paréntesis en las aspiraciones norteamericanas. Mientras, en la isla se abrieron tres tendencias, una proesclavista que no quería reforma alguna; otra autonomista y una tercera independentista.

El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel Céspedes se alzó en el ingenio de la Demajagua, cerca de Yara (“El grito de Yara”), organizándose el primer núcleo insurrecto en Bayamo. El Capitán General de las islas, Lersundi, abandonado a sus propios recursos por coincidir con la revolución de septiembre en la Península[1], organiza la resistencia contra los insurrectos a base de voluntarios cubanos leales a la Corona, con lo que, la lucha, en sus comienzos, constituye una auténtica guerra civil cubana. El grito de Yara no fue secundado por los hacendados de occidente, zona mucho más próspera que la oriental de la Isla. A su vez se formó el “Partido español” que optó por enfrentarse tanto a los insurrectos como a la metrópoli que, tras la revolución de 1868- la Gloriosa-, pretendía establecer reformas en la isla, bastante moderadas en sí, pero favorecedoras de los azucareros frente a otros sectores. Posiblemente, sin el estallido de la Gloriosa en España, la revolución de Céspedes no se hubiera producido o no del mismo modo.

El Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba que explicaba las causas del levantamiento decía que era antiesclavista e independentista.

Con la llegada al poder de Amadeo de Saboya se aprobó un programa reformista que significó el fin de la esclavitud, la concesión de la autonomía y el enfado de los “negreros” en Madrid, encabezados por el Marqués de Manzanedo. Fuertemente partidarios de la “integridad nacional”. Su oposición desencadenó el nacimiento en España de la “Liga Nacional” que se oponía a las “funestas” reformas proyectadas.

Con el cambio de Gobierno en Madrid, en Cuba el general Dulce sustituye a Lersundi. Intenta un fin de la revolución por una vía negociadora que fracasó; al tiempo, los EE. UU redoblan su presión sobre España para comprar la isla.

Tras el fracaso de Dulce, España cambia de táctica e inicia una “guerra sin cuartel” bajo el mando de Caballero de Rodas, que había sido nombrado Capitán General de Cuba (1869-1870). Como no pudo hacer frente a la revolución autonomista de los “Voluntarios”[2], dimitió y regresó a España (1870) sucediéndole en el cargo el general Conde de Balmaseda. El cual logra victorias en la Campaña de los cien días (marzo-junio de 1870) y otras tantas en la zona de Oriente y en Camagüey. Pero este conflicto se comporta como guerra de guerrillas o en pequeñas zonas; algunas pantanosas que provocan en el ejército español más pérdidas por las enfermedades que por el fuego enemigo. El desgaste de la guerra hizo estragos en ambos bandos. Además, los cubanos tenían enfrentamientos internos que llevaron a sustituir a Céspedes por Cisneros Bethéncourt. Al tiempo, el entrometimiento norteamericano puso en alarma a Inglaterra que no quería ver comprometidas sus rutas comerciales. EE. UU enviaba armas y hombres a los insurrectos. En ocasiones, los cargamentos eran interceptados por la marina española   y detenidos hombres y barcos, lo que generó más de un conflicto diplomático, en un claro antecedente de lo que será la tercera y definitiva guerra de la independencia en 1898.

La guerra continuaba en las islas mientras la 1ª República nombra a Jovellar Capitán General de la isla caribeña. No es hasta la restauración canovista cuando la situación cubana se encauzada militarmente al poner al mando de la isla al General Martínez- Campos en 1876. Su brillante acción militar puso contra las cuerdas a los insurrectos, pero Martínez- Campos no pretendía lograr exclusivamente una victoria militar, quería evitar un aplastamiento que convirtiera a los insurrectos en víctimas. Para eso buscó de nuevo la negociación como vía del arreglo. Ofrece reformas político-administrativas y cierto autogobierno. El resultado de esta política fue la Paz de Zanjón, el 12 de febrero de 1878, que significaba el perdón y el indulto para los rebeldes, así como la posibilidad de expatriarse a quienes lo desearan; libertad para los esclavos; y el compromiso de establecer reformas orgánicas.  Es el fin de la Guerra Grande o de los 10 años o primera guerra de independencia cubana.

La paz de Zanjón fortalece la corriente autonomista que da lugar al nacimiento del Partido Liberal Cubano, integrado por criollos, que acepta su inclusión dentro de la monarquía española. Frente a ellos nace la “Unión Constitucional” que se definían como españoles incondicionales y se opone a las concesiones autonómicas. Estos impiden que las reformas anunciadas en Zanjón se lleven a efecto.

Tan fue así que, en agosto de 1879, se levanta en Santiago de Cuba Guillermo Moncada y se constituye el “Comité Revolucionario de la Emigración Cubana” o “Comité de los Cinco” cuya finalidad era aprovisionar de víveres y armas a los amotinados. A la lucha se une el General Calixto García que asumió la dirección del Comité Revolucionario Cubano. Sin embargo, el cansancio de diez años de lucha y las contradicciones internas del movimiento revolucionario cubano llevaron a la claudicación y al Acuerdo de Confluentes, mediante el cual capituló el 2 de junio de 1880.

No hubo muchos combates en esta guerra. Los pocos efectuados terminaron con reveses para los cubanos.

Aunque fracasó, la Guerra Chiquita demostró que el problema cubano no estaba resuelto, que la guerra había terminado sobre todo por agotamiento, y que, si el gobierno español no efectuaba drásticas reformas, la revuelta prendería de nuevo más tarde o temprano. Sin embargo, aunque los cubanos solicitaban reformas nunca las quisieron aceptar. Y así, cuando Antonio Maura, ministro de Ultramar en 1893 quiso restablecer el régimen de autonomía fue rechazado por todos los partidos cubanos. Se radicalizaron los sentimientos. En 1892, José Martí, que se había erigido tras la Guerra Chiquita en líder cubano, ante el temor de que prosperasen las tendencias autonomistas, había creado un partido revolucionario cubano, y no aceptó de buen grado el proyecto del ministro de ultramar en 1895- Abárzuza-. El proyecto de Abárzuza fue aprobado en las Cortes españolas y consistía en una nueva Ley autonómica para Cuba. Diez días después se inicia el “Grito de Baire”, es decir, la tercera y definitiva guerra de independencia cubana (24 de febrero de 1895).

La cual merece una narración aparte.

BIBLIOGRAFIA

UBIETO, REGLA, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed. Teide. 1983.

PALACIO ATARD, VICENTE. “La España del Siglo XIX”. Ed. Espasa- Calpe. S.A. 1981.

DOMÍNGUEZ ORTIZ, ANTONIO. “España, tres milenios de Historia”. Marcial Pons (edición especial 20º aniversario. 2020).

TUÑÓN DE LARA, MANUEL. “Estudios sobre el S. XIX español”. Ed Siglo XXI. 1972.

[1] Revolución de 1868, de septiembre o la Gloriosa que de todas esas maneras es conocida y que supone la expulsión de Isabel II y el inicio del Sexenio democrático (1868-1874). Es decir, Juntas revolucionarias y Gobierno provisional; Monarquía de Amadeo de Saboya y 1ª República.

[2] Batallones de los “voluntarios del comercio”. Grupo armado de la revolución.

EL VALOR DE LA HISTORIA

Cada día, si vemos el número de ventas de libros de Historia, en un sentido amplio, novelas históricas, ensayos, narrativa histórica, o el número de series de televisión o películas que tienen la Historia por referente nos daremos cuenta que el interés que inspira Clío es muy amplio. Sin embargo, si preguntamos por este o aquel acontecimiento, muchas personas no saben qué contestar o, lo que es peor, no saben discernir si esa novela histórica o esa serie que miran embelesados se fundamenta en hechos ciertos o no. Si lo que cuenta es pura ficción, si comete presentismo o anacronismo o cualquier otro “ismo” que manifieste una clara manipulación.

Hay quien dice que el conocimiento cierto de la Historia es fundamental para analizar el presente y determinar el futuro de nuestro mundo. Yo con la idea de prevenir el futuro siempre he sido un tanto escéptica, salvo en un aspecto que ya señalaba Napoleón Bonaparte en las acotaciones al “Príncipe de Maquiavelo”: “Hay que conocer la Historia para no volver a cometer los mismos errores”. No le faltaba razón al gran Bonaparte. El conocimiento de la Historia permite saber qué pasó en un tiempo anterior, lo que nos aclara el porqué del tiempo presente y nos permite discernir las consecuencias de determinados actos o de ciertos patrones de conducta de cara a suponer como se desarrollarán en el futuro. Ya sé que la Historia nunca se repite igual, sin embargo, hay elementos que cambian mucho menos de lo que pensamos. En eso, la Historia de las Relaciones Internacionales es paradigmática. Pensemos en los intereses de determinados países a través de los siglos, veremos que siguen esquemas que se mantienen en el tiempo. Así, por ejemplo, la tendencia británica al comercio sin ataduras y al espléndido aislamiento explica algunas actuaciones actuales; el interés de Rusia por buscar salidas a mares de aguas cálidas, esclarece su imperialismo en Crimea desde hace siglos y en la actualidad. Evidentemente, esos intereses o posiciones tradicionales pueden cambiar, pero no dejan de ser un vestigio de la actuación de esas soberanías.

Esto nos lleva a preguntarnos qué elementos debemos tener en cuenta para analizar el valor de la Historia. Podemos centrarlos en algunos puntos esenciales: fuentes de la Historia, el acontecimiento a estudiar, el método científico y el historiador, es decir, la historiografía. A ellos se unirán otros aspectos que no componen la historiografía pero que pueden influir en ella: los intereses políticos, los editores y el lector.   

  • Fuentes

Si hablamos de fuentes, hasta ahora hemos nombrado dos palabras esenciales: tiempo y vestigios.

El tiempo siempre es anterior, aunque nos quedaríamos cortos si nos centráramos exclusivamente en el pasado, como hemos señalado.

Vestigios de lo que pasó, es decir, restos de lo acontecido. Pero, no obviemos que los acontecimientos en los vestigios no suelen presentarse de manera completa, holística, abarcando todos los ángulos que dilucidan la acción de una sociedad en un momento concreto. Deben ser complementados por medio del estudio de otros documentos, restos arqueológicos, relatos populares… para darles un sentido global y reconstruir de manera integradora lo que pasó.

A esos documentos, huellas, ruinas, trazas, fósiles, evocaciones… se les llama fuentes primarias. A los relatos de los historiadores, fuentes secundarias.

  • Elección del acontecimiento a estudiar

Sobre el primero de estos elementos, la elección del acontecimiento a estudiar, debemos decir que el ideal sería el estudio de la sociedad mundial en su conjunto. Pero eso no es fácil, salvo que partamos de parámetros más reducidos que permitan ir ascendiendo en la investigación.

Sabemos que el ser humano es igual en todas partes del mundo lo que permite afirmar que hay aspectos comunes en su comportamiento que permiten estudios con cimientos idénticos. Lo que nos lleva a recordar los orígenes de la cultura que Caro Baroja explicaba espléndidamente tras el análisis de los estudios etnográficos y así, recordando a los antropólogos sociales como Lévi-Strauss afirmar que se puede hacer un inventario general de las diferentes sociedades, en el que los datos brutos obtenidos por el observador en una cualquier de ellas, siempre ocuparán el lugar que en otra distinta corresponden a otros datos. O, lo que es lo mismo, que dichos datos serán siempre resultado de una serie de elecciones efectuada por algún grupo concreto entre un conjunto de otras múltiples posibilidades afines a todas esas sociedades. Pero esos datos concretos, existentes en todas esas sociedades, no tienen por qué ser coincidentes en el tiempo, de manera que la comunicación de utilidades, usos o incluso esquemas espirituales proceden del contacto de unas culturas con otras a modo de círculos concéntricos. Aquello que queda dentro del círculo de contacto se transmite de unos a otros y se puede identificar en todos ellos.

Por eso para conocer una sociedad histórica se requiere dar respuesta a tres preguntas: 1) Que tenían en común y qué de diferente aquellas culturas. Qué tienen en común o diferente las actuales. 2) Cómo se relacionan entre sí las agrupaciones sociales que conviven en un momento temporal concreto. 3) Cuales son los acontecimientos que provocan cambios en esas sociedades y que generan un cambio histórico.

Ya vimos al hablar del contenido de la Historia contemporánea como el cambio de Era histórica se produce cuando en el presente vemos que algo es sustancialmente diferente a lo que habíamos visto en el pasado. Como la sociedad de hoy es muy diferente a la fechada como precedente. También vimos entonces como la datación histórica de la Era contemporánea (realmente de todas ellas) cambiaba según fueran las naciones más antiguas o aquellas que nacieron después de la II Guerra Mundial, con lo que se demuestra que la Historia, los ancestros de cada comunidad, condicionan su presente y su futuro. ( https://algodehistoria.home.blog/2021/01/15/el-concepto-de-edad-contemporanea/ )

Quizá por esa vinculación la base tradicional de todos los estudios historiográficos mundiales ha sido siempre, o casi siempre, la nación. Más recientemente, sin abandonar esos parámetros, se extienden los análisis por continentes y de manera tangencial, ante determinados acontecimientos, se busca un marco más amplio de carácter mundial. Esta exploración de una razonable dimensión espacial, temporal y temática no contradice el deseo, al menos como ideal, de una visión globalizadora de la historia de la Humanidad

La investigación tomando como referente la nación es perfectamente válida e incluso útil, como basamento sobre el que construir escalones superiores de análisis que permitan una integración en la investigación.

La nación se elige como escalón básico en el Renacimiento, cuando la creación de los Estado-Nación obligaba a establecer tesis adecuadas e influyentes en los súbditos de aquellos nacientes estados sobre los valores y principios que configuraban y hacían necesaria la creación de esos países. Es precisamente en ese elemento configurador dónde nos encontramos los relatos de héroes nacionales y de traidores ajenos, narraciones que ensalzan las peculiaridades propias o, mejor aún y más frecuente, que contraponen la necesidad de crear la nación por la lucha contra un enemigo común. El ejemplo del nacimiento de la leyenda negra española es algo que hemos visto en este blog en numerosas ocasiones. Inglaterra, Francia y Holanda se dispusieron con fruición a denigrar todo lo español como forma de lograr una identidad nacional aglutinadora de unos sentimientos que forjaran los lazos de los ciudadanos entorno a su nación y su rey.  En aquellos tres estados nacientes, bien fuera por arrebatarnos las rutas de comercio y alcanzar un imperio marítimo- caso inglés- bien por lograr un imperio continental- Francia- bien por conseguir la independencia- Países Bajos-, el arma a utilizar fue la propaganda contra España por medio de la tergiversación histórica. En este mismo sentido se encuadra gran parte de la historiografía hispanoamericana de los siglos XIX y XX. A la que habría que unir los relatos pseudohistóricos de parte de la prensa de esos y otros países; recordemos como ejemplo especialmente significativo, la posición de la prensa estadounidense en el inicio de la Guerra de Cuba o la de tantos supuestos hispanistas británicos, muchos de ellos periodistas en su origen, que siempre barren para su casa. No son los únicos ejemplos. Los nacionalismos españoles se entregan con deleite a la tergiversación histórica con tal de servir a la causa secesionista. En las tres regiones españolas con más presencia nacionalista: Galicia, País Vasco o Cataluña, esto se ha visto a lo largo de la Historia en centenares de ocasiones. En la actualidad, el caso catalán es paradigmático.

En esta misma línea de tergiversar el pasado y el presente para lograr un futuro diferente, nos encontramos con la utilización de la Historia con fines espurios de manipulación social y construcción una sociedad afín a determinados postulados políticos. Fenómeno que se ha dado con demasiada intensidad en la Historia del mundo, todos los totalitarismos, todas las dictaduras tergiversan la Historia a fin de educar en sus parámetros a los niños y a la sociedad en general. Se ve que, incluso en plena Edad Contemporánea, la Historia sí es muy útil para determinados políticos. Hemos señalado el caso catalán, pero qué decir de la Ley de Memoria Histórica, a la que también dedicamos una entrada hace tiempo. Es un modo de querer establecer un constructo mental en la colectividad para dirigir el voto.

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En un mundo globalizado, donde las redes sociales, los libros, la literatura se emplean a fondo para explicar este o aquel aspecto es difícil de conseguir una plena manipulación sólo con maniobras de esa naturaleza. Para logarlo debe unirse la tergiversación histórica la manipulación en los medios de comunicación y del sistema educativo. Por tanto, la manipulación histórica se convierte en el instrumento de algo malvado de carácter superior.

  • Historiografía

Sin embargo, en esos planes hace falta que el otro elemento que da valor al análisis histórico se preste a ello. Hablo del historiador. Si el historiador fuera auténticamente libre, si pudiera vivir de su oficio, estas opciones de tergiversar serían más exiguas. Pero para ser libre y poder vender o vivir de la Historia hace falta talento, conocimiento e imaginación para presentar ante los lectores un relato atractivo y coherente. Además, el relato debe ser completo: la económica, la cultural, la sociología, la demográfica, la política o cualquier otra especialidad son opciones investigadoras, perfectamente legítimas y productivas, a condición de que cooperen en la comprobación de la teoría general sobre el funcionamiento y cambio de los sistemas sociales basándose en un análisis cierto y riguroso de las fuentes.

La conjunción de todos ellos, así como el planteamiento diferente en el análisis, han dado lugar a diferentes corrientes de estudio histórico o escuelas históricas, la historicista, la de los Annales, el cuantitativismo o el materialismo histórico, el postmodernismo…. Bienvenidas sean todas ellas si en el ejercicio de su libertad, permite que el diálogo entre diferentes corrientes historiográficas resulte más fácil y productivo y así crecer científicamente mediante la crítica razonada y rigurosa.

Lo que no es de recibo es caer en los viejos y nocivos vicios del presentismo, el anacronismo o el teleologismo, esa perversa trilogía para el oficio de historiador.

Por tanto, no importa si nos movemos en el marco nacional, continental, en la microhistoria, en la historia local o regional… siempre y cuando las teorías generales se puedan someter a una prueba factual o simplemente que el estudio de la lógica de los relatos o fuentes llevan a la coherencia en la narración. Esta tarea investigadora, tiene un papel tan científico como pueda producirse en otras materias como la física, la química o la biología…, por ejemplo. ¿Cuántas veces la física lanza leyes que consideran ciertas y aventura hipótesis que con el paso del tiempo se manifiestan ciertas, o no? Algo así pasa con la Historia. Alguien podrá decir que estamos ante un mundo empírico imperfecto, como lo hacen los científicos de la naturaleza, pero nadie niega que sean ciencias a pesar de ello.

No se trata de obviar que cada persona, cada historiador, tiene su propio posicionamiento social, su propia ideología, su propio tiempo histórico. Los análisis de la independencia de Estados Unidos, por ejemplo, nunca podrán ser iguales en un historiador español de 1800 a uno, también español, de 1980.  Si en vez de ser español es norteamericano o británico, la óptica del estudio será muy diferente. Cuanto más alejado en el tiempo, más objetivo. De ahí esa frase, ya famosa en este blog, del profesor Ferrero: “dádmelo morto”.

El historiador no debe ponerse al servicio de la creación de las condiciones ideológicas y culturales que facilitan el mantenimiento de un determinado sistema ni, al contrario, para establecer un sistema alternativo. Un historiador no puede estar al servicio de un partido, pero sí puede tener unos valores que determinen su visión del mundo. Porque a esos valores habrá llegado, entre otras razones, analizando la evolución de la humanidad través de la Historia. Pero sin maniqueísmos, sin presentar la historia como un comic de buenos y malos. Todos los actores históricos tienen intereses; conocerlos, observarlos, determinar sus resultados y frutos obliga al historiador necesariamente a posicionarse, pero sin dogmatismos. Que un historiador no sienta simpatías por Hitler o Lenin no significa que no pueda valorar la capacidad de mover a las masas de ambos o comprenda el contexto en el que se desenvolvieron para lograr unos cambios sociales radicales.

Ese estudio riguroso permitirá al lector con auténtica inquietud intelectual profundizar en la lectura, comparar textos o relatos, discernir la realidad. Esa narrativa adecuada, esa valoración implícita en el relato, no tiene por qué ser novedosa, si lo es per se, mejor. En ocasiones nos encontramos con el narrador snob que pretende hacernos ver que el mundo, la historia, los acontecimientos fueron de otra forma, bien como mero juego de artificio bien como una táctica editorial o bien por la vanidad personal desatada.

Con la conjunción de todos esos elementos expuestos, fuentes, acontecimientos, método y honradez del historiador, se llegará al auténtico valor de la historiografía y, por ende, de la Historia: el conocimiento de la realidad pasada que actúa de forma directa en el proceso de comprensión de las sociedades presentes, y a la inversa, en tanto que son dos caras de una misma moneda, y, con ello, logra cierta proyección del futuro.

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LA NIÑA DE LOS OJOS GRISES

María de las Mercedes era una niña preciosa, morena, con unos ojos azul grisáceos grandes y vivarachos que reflejaban la agilidad de su inteligencia a los que acompañaba de una sonrisa alegre que iluminaba su rostro. Era una niña muy buena, pero, al tiempo, movida, curiosa y observadora. En su casa la llamaban María, era la pequeña de cinco hermanos a los que su padre siempre había educado en amor a la música y a la lectura, especialmente al teatro y la historia.

Su padre le había explicado que hubo un pueblo que vivió hacía mucho tiempo, se creía que su imperio comenzó en el año 3150 antes de Cristo y desapareció en el año 31 antes de Cristo. Se asentaba a las orillas de un gran río, el Nilo, en África. Se llamaban egipcios. Le mostró un libro muy grande lleno de fotos en el que se veían las obras de arte que hacían aquellos africanos. Esculturas gigantescas, edificios enormes con formas poliédricas, columnas… Pero a María lo que le fascinaba eran las pinturas y los bajo relieves que, en aquellas fotos, se asemejaban a cuadros, porque a ella lo que le gustaba era pintar y lo hacía con gran soltura.  Abría sus grandes y luminosos ojos para captar lo bonitas que eran aquellas estampas. Su padre le contó que aquellas pinturas que la atraían, aunque en un primer momento del imperio eran de figuración más tosca y menor colorido, respondían a unos cánones rigurosos que no buscaban la belleza sino la perfección de lo que querían representar, por eso su evolución a lo largo de los siglos de existencia del imperio egipcio no fue muy grande. Con todo, la pintura tuvo algunos momentos de especial fulgor por ejemplo durante la dinastía V o en el Imperio Nuevo y quizá lo más novedoso se diera con el faraón llamado Akenatón.

Las figuras egipcias tenían una función religiosa sobre la trascendencia de la vida, y respondían a esos cánones que consideraban perfectos con el objetivo de que los retratados alcanzaran la eternidad. Su finalidad era presentar a los protagonistas ante los dioses. Muchas eran escenas de la vida cotidiana y ahí, la propia realidad exigió con el tiempo ciertos cambios más vinculados al contenido de lo que se pintaba que a la forma plástica de los mismos. Al fin y al cabo, el faraón, los nobles y los sacerdotes van a ser los principales clientes. Se trata de un arte áulico y oficial, que se desarrolla fundamentalmente en virtud de la religión. No es por tanto un arte autónomo. Esa condición cortesana y religiosa aleja al resto de los habitantes de Egipto de acceder a este lujo pictórico.

A María le encantaba coger aquel libro y dibujar a aquellos personajes que no conocía muy bien pero que la atraían con su difícil perspectiva; las cabezas de medio lado, el ojo rasgados y delineados, pero con mirada hacia el espectador, de frente. Las manos y pies de perfil, aunque en estos últimos se representara siempre en primer término el dedo pulgar, de tal forma que, lo que tenían las figuras egipcias eran dos pies izquierdos. En cambio, los torsos de formas triangulares, se giran de frente al público observador. Los cuerpos se cubren de telas con airosos pliegues y muy adornados con joyas esmaltadas o de oro y plata cuajadas de piedras preciosas. Muchas de ellas con forma de serpiente en representación de algún dios. En la época del emperador Akenatón esos ropajes son casi velos transparentes que dejan traslucir el cuerpo.

Por otro lado, hay en ellos una interpretación de la naturaleza de lozana alegría. Si son animales muchas veces los representan en grupo, por supuesto de perfil y con alguna pata menos de las reales, pero nadie las echa de menos. Eran animales de la vida doméstica: vacas, patos, cabras, cocodrilos, peces. Algunos dibujados sobre cerámica y con una perfección en su forma y belleza en el trazo y colorido que hacen de ellos obras admirables para la época.

Además, se solían ver en aquellas obras otros animales aislados, escarabajos, alacranes, caracoles, cuervos, gatos, serpientes…Muchos eran la escenificación de sus dioses. Especialmente significativo es el cambio que se produce después de la segunda dinastía cuando la capital del imperio egipcio se traslada a Memfis, allí se empieza a adorar a Isis y Osiris a los que se supone hermanos y faraones del Imperio. Asociados a Osiris se unen Anubis representado por un chacal, Horus que tiene forma de halcón y Thot al que da vida ave ibis.

Pero la vida cotidiana y la naturaleza que los rodean también forma parte de la iconografía de aquellas pinturas; plantas, bien de adorno: tallos y flores de lirios, mandrágoras, bien frutos de la tierra que eran propios de su alimentación, muchas espigas de trigo, árboles y brotes hinchados en los troncos como un canto a la vida (en el colegio le habían enseñado aquel poema de Machado a un olmo viejo al que le había salido rama verde en honor a la primavera). Estos cuadros egipcios se lo recordaban.

En aquellos estucos también estaban presentes los útiles de uso habitual: puntas de lanza, ánforas, palos, herramientas de trabajo u otros elementos más comunes a la sociedad como barcos transportando mercancías por el Nilo.  María tenía aptitudes para la pintura, se fijaba y detenía en los detalles. Algún día sería una buena pintora. Al igual que los egipcios, era sorprendente la exactitud de sus dibujos. En aquellos, cada planta, cada animal tenían tal fidelidad a la naturaleza que actualmente los zoólogos son capaces de identifica las especies dibujadas por los egipcios.

Las ropas tenían colores vivos y policromados con paletas que iban desde el blanco, el amarillo siena, el rojo vivo, el ocre, el verde, el azul de la malaquita y el lapislázuli. Y siempre bordeados de negro. Eran como los recortables que hacía en el colegio y al igual que aquellos, rellenaban su área de contorno de un solo tono, plano, como un bloque de color.

María observaba como había unas figuras más grandes con poco movimiento, en contraposición con otras chiquitas que parecían siempre en plena actividad. Su padre le explicó que las figuras grandes representaban a los grandes señores, de los faraones o sacerdotes por eso llevaban tantas joyas, para mostrar su majestuosidad. En cambio, las figuras pequeñas representaban a los sirvientes que se dedicaban a las tareas domésticas, por eso presentaban más movimiento, en señal de su trabajo cotidiano. La sociedad egipcia estaba muy jerarquizada. En el lugar más alto estaba el faraón, le seguían los nobles, sacerdotes y escribas, más abajo se situaba el ejército, debajo de ellos el pueblo y por último los esclavos. Esas castas se reflejaban en las pinturas.

Otra característica que despertó su curiosidad, era que muchas escenas tenían un borde, a modo de marco, adornado con cenefas. Algunas de aquellas cenefas culminaban en formas geométricas o con el disco solar o con una cobra.  El disco solar, le habían explicado, era propio de la época del faraón Akenatón y de su mujer Nefertiti. Ambos adoradores del dios Ra. Akenatón se consideraba el dios Ra (sol) en la tierra. Esta es una época de formas delicadas, casi siempre en la representación de ambos cónyuges, especialmente en la de Nefertiti. Su busto era una escultura de gran belleza, ricamente policromada y con unas proporciones perfectas. Su padre le dijo que estaba considerado una de los retratos escultóricos más importantes de la Historia del Arte y un avance en cuanto a naturalismo y realismo en la expresividad del arte egipcio. Este giro hacia el naturalismo, permite la figuración de la familia real, en escenas a veces cotidianas, familiares, con sus hijas o en expresión de la armonía marital. Las formas pierden la rigidez y el hieratismo y ganan en movimiento. Pero tras la caída de Akenatón, se restauró el orden anterior, y el arte volvió a los rígidos esquemas anteriores.

En todas las escenas egipcias había dibujos extraños, de animales o elementos difíciles de definir. En ocasiones, paredes enteras estaban llenas de dibujos recuadrados por cenefas, en posición paralela unos de otros como teselas de un mosaico, pero sin necesidad de estar unidas por sus bordes. Eran los jeroglíficos. Su distribución respondía un método cartográfico. Tiraban líneas perfectas que permitían la distribución de los dibujos.

Si arquitectura y esculturas, siempre mastodónticas, contribuyeron al conocimiento de aquellas gentes, la pintura transmitió muchos datos de su vida diaria.

Llegar a interpretarlas con exactitud se lo debemos a los soldados franceses durante las campañas napoleónicas en Egipto que encontraron una piedra en Rosetta, que tenía grabado un decreto del faraón Ptolomeo V en tres idiomas. Posteriormente, cuando Egipto fue dominado por los británicos la piedra fue trasladada a Londres, al Museo Británico en 1801 (ya le explicó su padre que el Museo Británico es un gran centro de exposición de objetos que los ingleses han recogidos a lo largo de todo el mundo). Fue el francés Champollion quien en 1822 logró descifrar el texto contenido en la piedra Rosetta y ello permitió traducir lo que significaban los jeroglíficos y así saber un poco más de aquella civilización tan antigua.

Pero no todas las interpretaciones de la lengua egipcia provenían de la piedra Rosetta, sino de restos de cerámica o calcáreos sobre los que los escribas aprendían a escribir o a dibujar (llamados ostracones). Era el primer paso antes de utilizar los papiros que por su costoso valor solo podían ser utilizados para los escritos oficiales.

María aprendió a dibujar y pintar imitando a los egipcios. De mayor estudió Magisterio y se especializó, tras diversos estudios, en dibujo y pintura.  Siempre fue una estupenda maestra de historia y de dibujo. Se casó y fue muy feliz compartiendo sus aficiones con su marido. Tuvo dos hijas que adquirieron los gustos de su madre. Así una estudió Bellas Artes y es una gran pintora y la otra escribe artículos de Historia.