EL CONFLICTO DE BEAGLE

El otro día en la entrada sobre la Guerra de las Malvinas, hacíamos mención a que Chile no apoyó a Argentina en la guerra por el conflicto que ambos países tenían en el canal de Beagle. https://algodehistoria.home.blog/2023/04/14/la-guerra-de-las-malvinas/

Veamos en qué consistió aquel conflicto.

Tras la detención de Fernando VII por las huestes napoleónicas en 1808 se producen las primeras juntas de gobierno en España y también en Hispanoamérica. Muchas de estas últimas en un acto de traición a su país, España, proceden a buscar la independencia de los diferentes territorios.

Lo que hoy son Chile y Argentina dependieron durante un tiempo del Virreinato del Perú. Posteriormente, al crearse el Virreinato del Rio de la Plata- de manera definitiva, el 27 de octubre de 1777, estableciendo su capital en la ciudad de Buenos Aires-, se separaron en su gobierno ambos territorios.

Su proceso de emancipación culmina, en el caso de Argentina, el 9 de julio de 1816 en el Congreso de Tucumán en el que las Provincias Unidas del Río de la Plata proclaman su independencia de España. En cuanto a Chile, la materialización de la independencia se produjo cuando las tropas independentistas refugiadas en la ciudad de Mendoza formaron junto con las de las Provincias Unidas del Río de la Plata, fundamentalmente lo que hoy es Argentina, el ejército de los Andes, comandado por José San Martín. Tras la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, se inicia el periodo de Patria Nueva y la consiguiente independencia chilena.

Aquella armonía conjunta para lograr la independencia se vio truncada poco después por la falta de definición de la frontera sur de ambos países. Ahí es donde aparece en nuestra historia el canal Beagle. Este estrecho paso conecta el océano Atlántico y el océano Pacífico. Tiene unos 240 km de longitud al sur de Tierra de Fuego y al norte del cabo de Hornos. Por situarnos geográficamente, toda la zona occidental del canal está íntegra y totalmente dentro de Chile, mientras que la zona oriental es compartida por Chile y Argentina (al norte Argentina y al sur Chile) formando la frontera entre ambos países.

Este canal fue objeto de controversia desde 1811. El centro del litigio fue la soberanía de las islas de Lennox, Picton y Nueva, en función de la importancia económica de sus aguas y fondos marinos, y de la proyección continental hacia la Antártida. El conflicto del Beagle se enmarca en las numerosas disputas y tensiones que han existido entre Chile y Argentina desde que se convirtieron en Estados soberanos y trazaron sus fronteras. La relevancia geoestratégica de la región austral de la Patagonia es conocida y pretendida por ambos países: acceso a los dos océanos, a recursos marinos y a la plataforma continental de la Antártida. En esto se puede decir que bajo la Corona española vivían mejor.

El nombre original del canal era canal Onashaga, que en lengua nativa de la zona significaba “canal de los cazadores”. El nombre “Beagle” es heredado del nombre del famoso barco británico HMS Beagle, el cual realizó una expedición a principios de 1800 a cargo del Capitán Robert Fitz Roy, en el que navegaba el célebre naturalista inglés Charles Darwin.

En 1881 hubo un primer intento de llegar a una solución pactada y así Argentina y Chile firmaron el llamado Tratado de Límites, donde se hizo la siguiente repartición territorial: son argentinas todas las islas que “haya sobre el Atlántico, al oriente de la Tierra de Fuego y costas orientales al sur del canal de Beagle hasta el cabo de Hornos y las que haya al occidente de la Tierra de Fuego”.

Fue necesario formular un Protocolo Aclaratorio debido a lo inconcreta que resultaba esta descripción. Por lo tanto, en 1893, ambos países firmaron el documento adicional al de 1881, buscando unos términos más concretos. Pero no se consiguió y en 1896 se trató de resolver un conflicto mediante un tratado en el cual las partes sometían sus divergencias a un arbitraje internacional.

La disputa se centraba en si el Canal Beagle, y por lo tanto la frontera, corría al norte de las tres islas clave de Picton, Lennox y Nueva (lo que las convertiría en chilenas), o al sur de las islas (lo que las convertiría en argentinas).  En una mejor definición, la problemática se centraba en definir dónde empezaban las aguas del Atlántico y dónde las del Pacífico. En una división tácita, nunca expresa, Argentina se inclinaba a controlar el Atlántico y dejaba el Pacífico a Chile. Por lo tanto, el problema no eran las islas en sí mismas, que son frías y áridas, sino que la propiedad de ellas podría permitir a Chile reclamar la soberanía o establecer una zona económica exclusiva a 200 millas en el Atlántico Sur, inhibiendo la capacidad de Argentina para proyectar su influencia en esa región,  en sus islas clave (incluidas las Islas Malvinas) y en la Antártida.

Desde entonces los avatares de la disputa de ambos países fueron múltiples y prolongados en el tiempo hasta llegar a la decisión de buscar un arbitraje. La primera propuesta se remonta a 1902. En aquel año se firmaron los Pactos de Mayo donde se establecía que la Corona Británica ejercería de árbitro- Suiza también fue propuesta, pero rechazó la oferta-. Su decisión sería jurídicamente vinculante para ambos Estados. Pero nada más concreto se hizo y las discusiones continuaron con reclamaciones territoriales permanentes por parte de ambos países.

El 28 de noviembre de 1967, la marina argentina expulsó una cañonera chilena de Ushuaia, ciudad situada en el canal de Beagle. Unos días más tarde, Chile solicitó activar el arbitraje británico acordado en 1902.

El hecho de ser países vecinos llevó a los Estados a buscar, por medios diplomáticos, la solución del conflicto. Sin embargo, el fuerte nacionalismo mostrado por ambos gobiernos y pueblos, sumado a que la decisión marcaría la diferencia con respecto al acceso a ambos océanos y a la plataforma Antártica, hicieron subir la tensión en la frontera.

La firma del Acuerdo sobre Arbitraje se produjo en Londres el 22 de julio de 1971. El Acuerdo sobre Arbitraje era un compromiso que solicitaba la determinación de los límites argentino-chilenos en el canal Beagle y la adjudicación de las islas Picton, Nueva y Lennox e islotes adyacentes. Asimismo, aún designando al Gobierno de Su Majestad Británica como árbitro de la disputa limítrofe, no le correspondía a éste la resolución final, sino que debía nombrar un Tribunal Arbitral de cinco jueces de la Corte Internacional de Justicia.

Al día siguiente se reunirían los líderes de los dos Estados enfrentados, Allende y Lanusse.

Esta reunión fue considerada “histórica y esperanzadora” donde ambos superarían las diferencias que los procesos de integración regional les determinaban.

El fallo de la Corte Arbitral llegó seis años después a través del Laudo Arbitral de 1977. El mismo otorgaba a Chile las islas Lennox, Nueva y Picton, ubicadas en el canal Beagle, las islas e islotes adyacentes, así como las demás islas e islotes cuya superficie total terrestre se encuentre situada enteramente dentro de la región perteneciente a la República de Chile.

En 1977, en Chile gobernaba Pinochet que se apresuró a reconocer el fallo. No ocurrió lo mismo del lado argentino, donde la dictadura militar no podía aceptar lo que consideraban una incursión de Chile en sus aguas territoriales. El laudo le permitía a Chile la proyección en el Atlántico, tan temida por los sectores nacionalistas argentinos.

La protesta argentina fue expresada en virtud de las siguientes razones:

1.- Chile debía garantizar a Argentina un límite en el Atlántico Sur de manera que no pudieran los chilenos avanzar hacia el Este.

2.- El gobierno chileno debía reconocer que el frente marítimo del Atlántico Sur era argentino.

3.- Desde Santiago se debía efectuar una declaración que expresara que “sin prejuicio de sus legítimos derechos antárticos, Argentina termina en el cabo de Hornos y que éste constituye el punto divisorio entre las aguas del Atlántico y Pacífico”

En 1978, el gobierno argentino de Videla presentó una Declaración de Nulidad del arbitraje y, al tiempo, aprobó una serie de maniobras militares en la zona de conflicto. Chile comunicó que acudiría al Tribunal de la Haya, y, al igual que Argentina, desplegó a su marina por la zona.

En aquel momento, Chile tenía también conflictos en el Pacífico con Bolivia y Perú.

Esto convertía la zona en un polvorín.

Durante todo el año 1978, se buscó un acuerdo bilateral, pero no fue posible. Las posiciones de ambos países estaban demasiado polarizadas: Chile se beneficiaba del statu quo que le proporcionaba el laudo británico, y Argentina continuaba revindicando errores en el arbitraje y buscaba una revisión de lo establecido.

Esta tensión empeoraba la situación de las fronteras, tanto marítimas como terrestres, en las que se vivían momentos de auténtica zozobra, con amplios despliegues militares. El empleo de las armas se veía venir por instantes. La situación pasaba por encontrar un nuevo mediador o acabaría produciéndose una guerra. La administración Carter se ofreció a ejercer esa mediación, también se pensó en España y al final se puso encima de la mesa al Vaticano y al Papa Juan Pablo II, que fue el elegido.

El 23 de diciembre de 1978, el Vaticano designó al cardenal italiano Samoré como enviado personal del Papa para mediar en la disputa territorial. Durante el verano de 1980, se anunciaron grandes avances en las conversaciones. De hecho, el 12 de diciembre de 1980, el Papa Juan Pablo II entregó a ambos gobiernos una propuesta de paz. Argentina buscó demorar aquel acuerdo y seguir negociando. Las negociaciones se alargaron cuatro años. El peligro de conflicto se redujo conforme se fue abriendo paso el dialogo. Fueron varias las visitas de los lideres americanos a la Santa Sede durante este tiempo. El descubrimiento de yacimientos petrolíferos dificultó la medicación, ya que esto sumaba relevancia geopolítica a las islas. Pero el vaticano consiguió que las negociaciones no naufragaran. Cuando el cardenal Samoré falleció, el 3 de febrero de 1983, antes de la firma del tratado final, continuó la mediación el Cardenal Agostino Casaroli, siempre con el apoyo y presencia del Papa Juan Pablo II. Los ministros de exteriores Dante Caputo por Argentina y Jaime del Valle Allende en nombre de Chile firmaron un tratado de amistad en Roma el día 23 de enero de 1984.

Aquella mediación de Juan Pablo II había frenado una inminente invasión militar argentina a territorio chileno. El fallo final fue aceptado por el país transandino, mientras que Argentina quedó disconforme y dejó avanzar los días. Sin embargo, el fin de la dictadura llegaba y el gobierno de Raúl Alfonsín retomó las negociaciones y aceptó la firma de un acuerdo que se celebró en el Vaticano el 18 de octubre de 1984.  Argentina quiso someter el acuerdo a referéndum, que se celebró el 25 de noviembre de aquel año. El texto del acuerdo fue aprobado por el pueblo argentino que lo avaló con el 82% de los votos.  Si bien la consulta no era vinculante, permitió acabar con el conflicto a pesar de la oposición de los peronistas.

El pacto consistía en tres partes. La primera se refería a la paz y amistad. La segunda a la delimitación marítima y la última a la cooperación económica y la integración física.

No se mencionó la controvertida división entre los océanos, sin embargo, se acepta que la delimitación del canal de Beagle era la establecida por el laudo británico . Asimismo, ambos Estados se consideran soberanos “sobre el mar, suelo y subsuelo”. Tampoco se hace mención a la plataforma continental y al espacio aéreo.

A pesar del laudo firmado, no se han eliminado las diferentes interpretaciones y disputas sobre la soberanía en los mares australes entre estos dos Estados, pero sí se logró la pacificación de la zona y el fin de las demostraciones de fuerza de unos y otros.

Si alguien se pregunta por qué Argentina aceptó ahora una solución semejante a la que habían señalado los británicos en 1977, la respuesta es que, en este segundo momento, 1984, los condicionantes era otros: la condición católica de ambos contendientes; el agotamiento económico de ambos países , especialmente en Argentina; los cambios políticos con el fin de las dictaduras; la guerra de las Malvinas…

Este no fue el primer caso de mediación papal en un conflicto internacional. Sin embargo, es uno de los más destacables del siglo XX, ya que la intervención del Vaticano evitó que estallara una guerra. «La guerra es siempre una derrota de la humanidad», en palabras de Juan Pablo II.

BIBLIOGRAFÍA

BENADAVA, Santiago.- Recuerdos de la Mediación Pontificia entre Chile y Argentina (1978-1985). Editorial Universitaria (Chile). 1999.

MARÍN MADRID, Alberto. El arbitraje del Beagle y la actitud argentina. Editorial Universitaria (Chile). 1978.

PASSARELLI, Bruno.- El delirio armado: Argentina-Chile la guerra que evitó el Papa. Buenos Aires: Editorial Sudamericana. 1998.

Tribunal Arbitral (1977). Beagle Channel Arbitration between the Republic of Argentina and the Republic of Chile, Report and Decision of the Court of Arbitration, 17 de febrero de 1977. Naciones Unidas. Beagle Channel Arbitration (en inglés).

Sabella, Bruno.- “Conflicto del Beagle: la guerra que no fue”. Diario Siglo XXI. 2022.

Héroe a pesar de todo.

Con este calor que pasamos en estos días de julio, voy a contar una historia muy fría en lo climatológico y de gran tesón, esfuerzo y ambición en lo humano.

Hoy vamos a hablar de unos héroes, no españoles, sino británicos y noruegos. Aunque nos centraremos en el que quedó peor parado de aquella aventura. Vamos a hablar de la conquista del polo Sur pero no tanto de su conquistador, Amundsen, sino del que quedó segundo, el británico Scott.

Hablamos de vencedores y perdedores porque aquella conquista tuvo mucho de carrera, de competición nacional. Ya desde mediados del siglo XIX y más aún a raíz de la conferencia de Berlín en 1885, los distintos países, sobre todo, europeos y muy especialmente Gran Bretaña se lanzaron a una espectacular carrera por descubrir el mundo sin dejar nada ignoto en el mapamundi. Si aquello había llevado a conquistar África, las cumbres más altas del planeta- el Himalaya- o las zonas tropicales más desconocidas, también llevaría a la toma del polo norte y del polo sur.

No sólo se trataba de avances científicos o geográficos sino de ambición nacionalistas en la que los nuevos estados, como Noruega, vivían una efervescencia nacionalista que concluiría con su independencia de Suecia en 1905.

El primer polo explorado fue el norte, en los avances para su conquista tuvo mucho que ver el noruego Nansen. Marino, diseñador naval, científico, oceanógrafo, zoólogo, diplomático, escritor, antropólogo, esquiador, político, destacado humanista y explorador. Premio Nobel de la paz y propuesto para el Nobel de medicina por sus estudios neurológicos realizados a partir de sus estancias en el Ártico- Nobel que ganó Ramón y Cajal-. La aportación de Nansen a la conquista de los polos, de los dos, pero sobre todo al éxito de Amundsen y de Noruega, fue fundamental. Posteriormente, logró, como embajador en Gran Bretaña, el apoyo suficiente para mantener la frágil independencia noruega. Nansen es un héroe en su país y realmente sin sus conocimientos y sin su barco, el éxito de Amundsen no se hubiera producido.

El inicio de la conquista del polo sur se originó en el polo norte. Amundsen estaba preparando la conquista del norte cuando llegaron noticias de que Robert Peary lo había logrado. Sólo un paréntesis en la Historia, para comprender las dificultades que traía la conquista polar: tanto Peary y Frederick Cook, en dura disputa entre ellos, se acusaron mutuamente de no haber logrado la llegada al polo norte. Parece que Cook se acercó más y que Peary se quedó a 150 kilómetros, en el mejor de los casos, pues los que los últimos estudios acusan a Peary poco menos que de fraude. Parece que la conquista del polo norte hay que datarla en 1969, cuando el explorador británico Sir Wally Herbert, lo alcanzó por primera vez en una histórica travesía a pie y en completa autonomía durante la denominada “Expedición Británica Transártica”, un viaje en el que empleó 16 meses. 1969, curiosamente el mismo año que el hombre pisó la luna, lo que demuestra la complejidad de las hazañas que comentamos hoy.

Pero en 1909, retomando nuestra historia, no se sabía nada de lo contado en el párrafo anterior y la noticia fue un revés considerable para alguien tan ambicioso como Amundsen que había empeñado toda su vida desde que se embarcó por primera vez a los 17 años en conquistar el ártico. Lejos de amilanarse, con gran sentido práctico empleó todos sus preparativos y el barco que le prestó Nansen en emprender la ruta hacia el sur y conquistar el otro polo. Habló con el gobierno noruego y acordó no desentrañar su destino, pues sabía que los británicos estaban trabajando desde hacía tiempo en llegar al polo sur.

Efectivamente, las primeras expediciones a la Antártida fueron británicas. Con el capitán Scott al frente, acompañado de una tripulación cuyo tercero era Shackleton. Aquella expedición era la Expedición Antártica Británica de 1901-1904. A ellos se unió el físico Edward Wilson. Alcanzaron un punto de la meseta antártica situado a 857 kilómetros del polo Sur. Esto sin tener ninguna experiencia polar, ni en el manejo de los perros ni de los trineos, malcomiendo, tomando decisiones equivocadas y produciéndose continúas disputas entre ellos. Ante la imposibilidad de continuar, volvieron a Gran Bretaña. 

Shackleton, en 1907, lideró la Expedición Antártica Imperial Británica, conocida por el nombre del barco empleado, Discovery. Alcanzaron la isla de Ross desde donde realizaron incursiones al interior. Consiguieron la primera ascensión del volcán Erebus, determinaron la posición del polo Sur magnético, encontraron un paso en el glaciar Beardmore y cruzaron la cordillera Transantártica. Se quedaron a 180 kilómetros del polo Sur. Extenuados, volvieron a casa. Posteriormente Shackleton tuvo otras expediciones a la Antártida con numerosas aventuras que acompañaron una vida interesantísima. Pero lo que nos interesa es aquella expedición de 1907, porque estableció una ruta y dejó unos depósitos y señales que aprovechó Scott. De hecho, una de las diferencias entre el camino de Scott y Amundsen se establece al inicio del recorrido, los dos en el mar de Ross (en la zona antártica más cercana a Nueva Zelanda), pero con unos grados de diferencia hacia el este de Scott. Aunque ambos se cruzan en el punto en el que Shackleton dejó su última medición.

Amundsen no publicita su objetivo final hasta no encontrarse en la isla de Madeira. Desde allí informó a Nansen, propietario del barco de la expedición, el Fram, del cambio de rumbo, y también desde Madeira escribió a Scott: “Permítame informarle que el ‘Fram’ se dirige a la Antártida. Amundsen”.  Con tan escueto mensaje se inició una de las carreras más dramáticas emprendidas por el ser humano para la conquista del mundo. Atrás quedaban las excusas científicas. Lo importante era llegar el primero y alcanzar la gloria correspondiente. Las condiciones atmosféricas, la dureza natural del clima ya de por sí eran un inconveniente, si a ello se le suma el querer llegar el primero y la gestión de esa competición, psicológicamente se convirtió en una aventura terrible. Amundsen con su cambio de rumbo calculaba que, si llegaba primero, tendría garantizadas la fama y la financiación de exploraciones futuras. Adelantamos que no fue así. Sus conferencias dieron para poco.

Scott, al recibir el telegrama se da cuenta de que Amundsen le lleva ventaja temporal. Aunque no sólo temporal, como veremos.

Cuando Scott llegó al polo sur e inició el camino marcado por Shackleton, en 1907, con 65 hombres a bordo del “Terra Nova”, trineos motorizados, perros, caballos, otras provisiones y combustibles, siguió paso a paso su proyecto sin alterarlo en nada por el telegrama recibido. Tras pasar un invierno en su campamento base en el borde de la plataforma de Ross, Scott llevaba solo cinco días de retraso respecto a Amundsen. El resto sí fue diferente. 

La expedición inglesa sufrió algunos contratiempos en la primera temporada que entorpecieron los preparativos y eso a pesar de, en principio, tener la ventaja de contar con el camino trazado por la expedición del Discovery. Cuando quisieron emprender la marcha, la diferencia de días con Amundsen era de 34. No sólo había que correr, sino que había que correr en unas condiciones climatológicas peores y además con un equipamiento peor. Este fue el gran problema de la expedición británica, la que a la larga determinó no sólo su derrota sino el final de sus vidas.

Amundsen había supervisado minuciosamente el equipo, ya preparado para el polo norte. Sabía por Nansen que los perros eran mucho mejor sistema de transporte que otros animales. Sabía de las dificultades del camino y de avanzar por el hielo. Los noruegos eran expertos esquiadores. Por otro lado, tenían conocimiento de que las provisiones deben ser mucho más abundantes de lo aparentemente necesario por la posibilidad de que el mal tiempo detenga durante algunos días la andadura. 

Al contrario que el noruego, Scott no esquiaba bien, utilizó como transporte ponis y trineos motorizados. Como él no sabía nada de estas cosas, pensó que los ponis eran una buena idea porque Shackleton los había usado con aparente éxito. Confió la compra de los animales a antiguos colaboradores de Shacketon que seleccionaron buenos perros siberianos y ponis manchúes. Pero los ponis elegidos resultaron poco aptos para una estancia en la Antártida. Los trineos motorizados se compraron en Francia y Noruega. En algunos casos el frío estropeó su maquinaria. Amundsen jalonó la ruta con tres veces más provisiones que Scott. Scott pasó hambre y sufrió el escorbuto.

Para completar la imagen de ambos, la vestimenta era muy diferente. Mientras los noruegos vestían con pieles de reno ajustadas por los extremos y sueltas en el interior que proporcionaban calor y ventilación, y botas de pelo de animal, los ingleses vestían con lana. Además, los noruegos realizaron ajustes en las tiendas para que no se volaran con el viento polar y construyeron iglús en los que tener mayor confort. También portaban raquetas de nieve.

El viaje de 1.300 kilómetros fue arduo para todos, con caminatas extenuantes, grietas glaciares, bordeando los abismos y el hielo de las montañas de la Reina Maud y ascendiendo a la meseta polar con una meteorología imprevisible. Con todo, los noruegos alcanzaron el destino sin incidentes reseñables.

El camino de los británicos se trazó de estación en estación. Las que iban creando a medida que avanzaban, dejando en cada depósito, víveres y combustible para facilitar el regreso. 

Tras varios kilómetros de marcha, mediciones y avances, el equipo inglés iba disminuyendo su composición, volviendo al campamento base los expedicionarios que ya no eran necesario y así aligerar el equipo y aprovechar mejor el avituallamiento, con menor desgaste de fuerzas. Al final, Scott seleccionó a cinco hombres elegidos para la gloria, el propio Scott más Edward Wilson ( el mismo que había participado en la expedición de 1904), Henry Bowers, Lawrence Oates y Edgar Evans.  En este sentido las expediciones inglesa y noruega tuvieron un comportamiento parecido. 

A medida que avanzaba la expedición británica se comprobó que los ponis no caminan bien en la nieve blanda. Motivo por el que se agotaron sin dar un rendimiento completo.  Imaginemos, como hace Zweig, una tierra yerma, un frío extremo, una ventisca que no permite ver al expedicionario que llevamos delante, una inclemencia que impide caminar los 40 kilómetros diarios previstos en la planificación previa, una ropa que se convierte en harapos por la climatología. Un avance infernal, donde cada ser vivo es imprescindible, donde cada poni es un seguro de vida o un pasaje para la muerte si desaparecen. Por la noche, excavan empalizadas con el hielo para proteger a los animales, los pocos que les van quedando y a ellos mismos. Cada retraso supone una disminución en la ración de comida de todos, hombres y animales. Hasta que en el glaciar Beardmore, los ponis se desploman y la salud del equipo empieza a resentirse. Uno se ha quedado ciego por la nieve, otro tiene algún miembro congelado. Ni ponis ni perros suficientes para dirigir los trineos, Scott y sus hombres se ven obligados a empujar sus propios trineos, los pies se llenan de heridas, pero el espíritu inglés no se doblega, siguen adelante, tienen que llegar al polo. Es su deber. El deber de un inglés, más de un oficial inglés, es obedecer a su deber y Scott es ante todo un militar británico.

El avance se convierte en un carrusel emotivo, unos días los ánimos se elevan, otros, cuando las dificultades arrecian, los ánimos se desploman. Es 16 de enero, ya falta muy poco, menos de 30 kilómetros. En su pensamiento la duda que de otro se les haya podido adelantar. El 18 de enero las dudas se disipan. Una bandera negra al fondo confirma sus peores expectativas. Amundsen había sido el primero. Desencajado Scott escribe:” Aquí no hay nada que ver. Nada que sea diferente de la atroz monotonía de los últimos días”. Pero no era del todo cierto. Encontraron una carta de Amundsen que estaba dirigida al rey de Noruega Haakon VII:” así alcanzamos por fin nuestro destino –escribió Amundsen el 14 de diciembre de 1911–, y clavamos nuestra bandera en el polo sur geográfico, la meseta del rey Haakon VII. ¡Gracias a Dios!” Y una carta dirigida a Scott: “y unas líneas para Scott, quien presumo será el primero en llegar después de nosotros”. La carta ga­­rantizaba que se conocería su éxito si les ocurriese una desgracia. Además, encargaba al pobre Scott que custodiase con honor la carta, probando el éxito de Amundsen. Era una forma de restregar a los ingleses el éxito noruego. También dejaron provisiones que les habían sobrado, alguna de las cuales recuperaría agradecido el equipo de Scott. 

Si el 18 de enero de 1912, los ingleses llegaban al polo. Poco después, el 26 de enero, los victoriosos noruegos embarcaban de nuevo en su barco para contar al mundo su gloria.

Pero para los ingleses quedaba un largo y doloroso camino de regreso. Tras clavar la “Union Jack” al lado de la bandera noruega, Scott escribe en su diario: “me espanta el regreso”.

Si en el camino de ida les guio la brújula ahora, de vuelta, deben seguir el rastro que ellos mismos dejaron en su avance, siempre que la ventisca no lo haya borrado. El tiempo se vuelve aún más desapacible y el ánimo está sumergido, tan frío como el suelo. La nieve que cae atrapa sus pies, dificultando el caminar. El agotamiento es indescriptible. Oates tiene los pies congelados, esta situación le impide caminar al ritmo que los demás, está retrasando la marcha. Él lo sabe y aunque los demás le animan, se siente una carga.  Se refugian en las tiendas, pero por la mañana se levanta una especie de temporal. Oates quiere dar un paseo, para despejarse-dice-. Sus compañeros se lo quieren impedir, pero él no ceja en su intención. Todos saben que si sale no volverá. Así fue. 

El resto de la expedición continúa, más arrastras que caminado, no les quedan fuerzas, pero saben que a poco menos de 20 kilómetros hay un depósito de comida. Hacen una parada, las inclemencias y las pocas fuerzas no les permiten continuar ese día.

Scott escribe su diario y diversas cartas. Son cartas de despedida, sabe que no tienen fuerza para seguir, que carecen de alimentos, que la tormenta levanta las tiendas, es difícil que puedan continuar. Escribe a su mujer, a su hijo, a su mejor amigo y a la nación inglesa. En esta última misiva señala como ha sido el camino, las dificultades, como han sido derrotados por los contratiempos y hace un llamamiento a todos los ingleses para que no abandonen a sus familias, también les solicita que envíen su diario a su esposa. Hasta el último aliento, hasta que sus dedos se congelaron, continuó escribiendo.

¿Qué fue de ellos? El desasosiego llenó el campamento base. Ninguno de sus compañeros quiso volver a Inglaterra sin saber de Scott y sus cuatro compañeros. Se iniciaron varias expediciones de rescate, pero el frio y las inclemencias obligaron a retroceder una y otra vez, hasta que, en octubre de 1912, pudieron emprender la marcha que los llevaría hasta los cadáveres del Capitán Scott y sus hombres el 12 de noviembre. Una sencilla cruz en medio del polo recuerda su presencia en la Antártida. pero los británicos no dejaron en el polo su recuerdo. Poco después de ser conocida la Historia, lo convirtieron en un héroe. El orgullo británico se inflamaba por la lucha contra el destino, las inclemencias y las dificultades, coincidiendo con sus funerales llenos de solemnidad y honores en la Catedral de San Pablo en Londres, el periódico London Evening News hizo un llamamiento para que la historia de Scott se estudiara en todas las escuelas británicas. Para los ingleses Scott fue un héroe, no importa nada que quedara segundo, lo que cuenta es el coraje, el espíritu de disciplina y sacrificio tan británicos como el Big-Ben, él y sus hombres fueron los sacrificados, ellos los que pusieron el empeño en una expedición que era suya. 

Se condecoró a su viuda y la memoria de Scott nunca cayó en el olvido, siendo sus diarios y sus cartas, la mejor narrativa de los acontecimientos. Mejor que todo lo que era capaz de contar Amundsen. El cual, en Gran Bretaña, quedó relegado a un competidor que había empleado una estratagema engañosa. En los doce años siguientes a la muerte de Scott se erigieron más de treinta monumentos y memoriales en el Reino Unido.  La base de los Estados Unidos  en el Polo Sur, fundada en 1957, se llama Base Amundsen- Scott en memoria de los dos exploradores. 

Con el tiempo los diferentes estudios históricos han demostrado que la expedición noruega estuvo mucho mejor preparada y que la de Scott acumuló infortunios en la preparación y ejecución. Pero esta reconstrucción histórica no ha permitido que los británicos reparen la imagen que tienen de Amundsen y de Scott. Y algo de razón hay que darles a los ingleses, no en el tratamiento a Amundsen sino en que la expedición de Scott y sus compañeros fue una auténtica muestra de coraje y abnegación en beneficio de la historia de Gran Bretaña. No lograron sus objetivos, pero al espíritu inglés se engrandeció con ellos. Algo digno de elogio y ejemplo.

BIBLIOGRAFIA

Stefan Zweig. “Momentos estelares de la humanidad”. Ed Acantilado. 2002

Robert Falcon Scott. “Diario del Polo Sur. El último viaje del capitán Scott 1910-1912”. Ed. Interfolio.2011.

Roland Huntford. The last Place on Earth. Ed. Penguin Random House. 2021