El legado de Napoleón

Este año se conmemora el 200 aniversario de la muerte de Napoleón Bonaparte, murió el 5 de mayo de 1821 confinado en la isla de Santa Elena.

Su figura es tan controvertida, mucho más en estos tiempos de corrección política en los que vivimos, que los franceses han decidido conmemorar en vez de celebrar el aniversario.

Los vecinos del norte se debaten entre los “napoleonistas” y los “antinapoleonistas”. Seguramente si en vez de mirar a Napoleón con los ojos actuales, en un alarde de anacronismo digno de un magnífico suspenso en cualquier facultad de Historia que se precie de tal, lo analizaran con la mentalidad de finales del Siglo XVIII y principios del siglo XIX, que es lo propio, estarían más cerca de celebrar su figura que la de denostarla. Todas las personas tenemos en la vida luces y sombras, y en eso Napoleón no ha sido una excepción. Pero desde mi óptica las luces son mucho mayores que las sombras. Napoleón fue un genio, que cometió errores, el peor de todos confiar en el inútil de Grouchy en la batalla de Waterloo, posiblemente con otro general de apoyo, Napoleón hubiera ganado aquella batalla. De hecho, a punto estuvo de hacerlo, incluso, con Grouchy perdido en medio de los bosques y sin prestarle ayuda.

Con todo, quizá el tiempo de Napoleón había pasado tras décadas en el poder, pero no es menos cierto que Napoleón tenía mucho de camaleónico, sabía acoplarse a las circunstancias, era un amante de la cultura y del poder, un militar genial y un organizador de la vida civil insuperable. Napoleón fue muchas cosas, tantas y tan distintas que no podemos hablar de un Napoleón único, porque el General o Primer Cónsul de la joven República no es el que se consagra Emperador el 2 de diciembre de 1804. Ni el hombre que consolidó la revolución con sus principios modernos e igualitarios es el mismo que dio el golpe militar que instaura un imperio personalista y autoritario. Ni el perdedor de Waterloo es el mismo que el último conquistador que ha tenido Francia, que como todos los conquistadores dejó a su paso guerras y muertos. Ni el militar genial es el que restauró la esclavitud en parte del Imperio en América. Ni el cansado general es el mismo autor del Código Civil y de las bases de un Estado de Derecho que aún persiste y no solo en Francia.

Sus detractores critican el número de guerras que emprendió y la desolación que dejó a su paso, unido a la restauración de la esclavitud, por motivos económicos, en las Antillas francesas, después de que la Revolución francesa hubiera abolido la esclavitud. Y, sin embargo, esos dos elementos mirados con la óptica del siglo XIX, no son tan disparatados como los podemos ver ahora.

Por eso hoy voy a hablar del legado de Napoleón, de aquellas cosas que el genial corso nos ha dejado y perviven en nuestros días. Igual no están todas las que son, pero son todas las que están.

En el campo militar, Napoleón más que un innovador fue un gran estudioso. Estudió a los grandes generales de la Historia. Trabajador incansable y extraordinariamente curioso hacia todas las cosas desde pequeño, leía sin parar. Él mismo venía a decir que su mayor innovación fueron los libros. Fue capaz de aplicar aquello que otros no se habían atrevido. Dos fueron sus maneras de entender la guerra, por un lado, la conquista. Fue el iniciador de un sistema de marcha continua con avituallamiento de las tropas con lo que encontraban en los lugares conquistados, por eso se planificaban las marchas para ir de ciudad en ciudad, con una equipación ligera, en la que el sable, el fusil y la bayoneta eran sus elementos esenciales. Todos ellos mucho más ligeros que los utilizados hasta aquel momento. Además, en las luchas en el campo de batalla mantenía una táctica consistente en estudiar la posición del contrario (no sólo con el uso del telégrafo óptico, o los globos aerostáticos que desde la Revolución utilizaban los franceses sino con el propio uso de la perspectiva que le daba un pequeño montículo o unos metros de distancia), descubría las debilidades del contrario, lo rodeaba y allí donde discernía que era más débil con la artillería móvil machacaba sus defensas. Acto seguido mandaba a la caballería, sus granaderos, carabineros, lanceros y, sobre todo, los temidos coraceros y dragones, y a la infantería, penetrar en medio de las filas enemigas, dejando a los contrarios divididos en dos y a merced de los franceses.

Abandonó el sistema de asedio, modalidad predilecta durante milenios, pues no respondía a la rapidez que su ambición necesitaba, aplicando la guerra relámpago como sistema. Quizá una de sus mayores aportaciones fue la de adoptar la percepción de la guerra de Julio César (son famosos los comentarios de Napoleón al libro “La Guerra de las Galias” de César). De él obtiene la concepción de que la guerra no se mantiene igual, sino que la misma varía y se adapta a las nuevas reglas del juego constantemente, incluso durante una misma batalla. Por tanto, hay que adaptarse a los cambios en el momento en el que se producen.

Napoleón era artillero, con él la artillería avanzó considerablemente por muchas razones, destacaremos las que le dieron mejor resultado y supusieron un avance considerable: estandarizó los calibres de los cañones, con el objetivo de asegurar una mayor facilidad en los suministros, y la compatibilidad entre sus piezas de artillería; además, creó unidades de artillería móviles e independientes. Para ello se introdujeron ruedas intercambiables, se redujo el peso de los cañones y se aumentó su precisión al introducir un tornillo elevador para facilitar la elevación del cañón y aumentar el alcance de tiro con menor carga. La artillería se trasladaba durante la batalla al lugar que más le convenía. La principal diferencia entre la artillería francesa y la de los aliados no estaba en la calidad de los artilleros o armas de fuego, sino en el hecho de que Napoleón utilizó la artillería ofensivamente, como hemos visto, mientras que para los aliados el objetivo principal de la artillería era defender a la caballería y la infantería.

Otro de sus elementos más modernos fue la especial atención que presta a los aspectos psicológicos de la guerra, para reforzar la moral de la tropa y minar la de sus rivales. Napoleón comía con sus soldados tras la batalla, que dirigía desde el frente, lo que le hizo ganarse una gran popularidad en un ejército en plena mutación, que había dejado de servir a un rey para ponerse al servicio de una nación fruto de la Revolución Francesa.

Frente a los conquistados, se apresuraba en tomar la capital de las naciones rivales, asestando así un golpe moral al contrario.

Tan difícil era ganarle en campo abierto que los ingleses rehuían siempre que podían estos enfrentamientos. Pero también cometió errores. Nunca supo atacar a un ejército que no fuera regular en una batalla regular, por eso tuvo sus mayores problemas contra guerrillas en España, o frente a tácticas de tierra quemada en Rusia.

Era consciente de que las guerras continuas creaban malestar en Francia. Para compensar a sus conciudadanos, acompañaba sus guerras con grandes obras monumentales, escenificación de su poder, y del boato y grandiosidad de Francia y a las que seguimos admirándonos hoy en día. París se embelleció con el Arco de Triunfo concebido en 1806 como un gran símbolo de su poderío militar para conmemorar la victoria en la batalla de Austerlitz. Dos siglos después, el colosal monumento aún representa el orgullo nacional francés y en torno a él se celebran varias conmemoraciones y actos de importancia nacional, como el día de la Victoria de 1945 (8 de mayo), el día de la Bastilla (14 de julio) y el día del Armisticio de la Primera Guerra Mundial (11 de noviembre). La gran victoria en Austerlitz dio mucho de sí para aumentar la grandiosidad napoleónica y por ende de Francia, así la columna de la plaza Vendôme en París, se levantó fundiendo los cañones que aprehendieron a las tropas austríacas en aquella batalla.

Pero no son los únicos monumentos que contribuyen al boato y ornamentación de París y que los franceses deben a Bonaparte.  En cierto modo, el obelisco de Luxor, que fue regalado por los egipcios a Francia en 1830, puede ser considerado un agradecimiento a Napoleón. Los egipcios reconocían con el obelisco la aportación francesa al conocimiento de la civilización de los faraones. Esos estudios nacen como consecuencia la entrada en Egipto del gran corso, lo que determinó la exploración de aquel país por parte de los arqueólogos franceses. Jean Francoise Champollion, fiel bonapartista, fue el descubridor de la piedra Rosetta, gracias a la que se pudieron traducir muchos de los jeroglíficos de las tumbas y construcciones egipcias.

La conquista de Italia, hizo admirar el estilo neoclásico y su importación a Francia.

El Louvre fue originalmente una fortaleza real. Hasta 1793 no se plasma la idea de un museo abierto al público. Se llama, en un primer momento, Museo de la República, y aumentó sus fondos, dándole una buena parte de la importancia que tiene hoy en día, gracias a la ayuda de las conquistas militares de Napoleón.

Incluso tras su muerte el recuerdo de Napoleón sigue engrandeciendo la ciudad como es ejemplo su magnífica tumba en los Inválidos.

No sólo lo expresado se debe a Bonaparte, toda la geografía urbana de París es un homenaje a Napoleón reflejado en los nombres de las calles, avenidas o estaciones de tren que se refieren a batallas y mariscales: Friedland, Iéna, Wagram, Austerlitz, Duroc…

Gracias al, por algunos, denostado Napoleón los franceses ingresan miles de millones anuales en turismo admirando cosas que no existirían sin el pequeño- gran General.

Unido a sus campañas militares se produce otro de las grandes aportaciones de napoleón a Francia y al mundo: la cocina. El motivo primero se encuentra en el abastecimiento de los ejércitos de Napoleón. “Un ejército marcha sobre su estómago”, decía Napoleón. Por ello dedicó tanta atención al aprovisionamiento de su tropa. Como hemos dicho, en sus campañas los soldados franceses iban de ciudad en ciudad para lograr que la población local los alojara y diera alimento. Si por el contrario marchaban sin esta opción, avanzaban por la mañana y merodeaban por la tarde, sometiendo a pillaje y requisas a la población. La tropa sólo era alimentada por los convoyes de aprovisionamiento si el enemigo se encontraba cerca y se preveía una batalla. el emperador no era ajeno al sufrimiento de sus soldados en vanguardia, alimentados sólo con bizcochos de guerra y galletas, por lo que en 1800 ofreció 12.000 francos a quien idease un método de conservación que garantizase la preservación de los productos y una mínima alteración de su sabor. El vencedor fue el repostero Nicolas Appert, que inventó la lata de hojalata, aunque era incapaz de explicar por qué el hervido y el cerrado hermético mantenían incorruptibles a los alimentos, había nacido la lata de conservas.

Pero no sólo eso, las tropas napoleónicas se hicieron con recetas locales allí donde invadieron. Curioso es el hecho de que, ante el bloqueo continental, el cacao no llegaba a Europa como debía, por ello en el Piamonte añadían pasta de avellanas al chocolate para alargar sus escasísimas reservas. Nació así la pasta de cacao a partir de la cual vendrían después la italianísma Nutella. Que también Napoleón llevó como provisión de sus tropas.

En España, las tropas francesas, saquearon las recetas de los conventos, de manera que se llevaron a Francia la cultura gastronómica española, alcanzando con el tiempo una fama de buena cocina que en su origen se debe a España. Pero que quien explota y saca rédito económico de ella son los franceses, aunque cada día más en competencia con el genio culinario español.

Políticamente, Napoleón se consideraba mejor que todos, por eso desarrolló una concepción centralizadora del poder, eficaz en los primeros años, pero que cuando amplió su radio de acción fue uno de sus puntos débiles. Su obra tuvo diversos aspectos destacables:

En el campo económico consolidó las reformas agrarias llevadas a cabo durante la Revolución y propició la formación de un campesinado de clase media que transmitió a Francia estabilidad política. Una significativa parte de las tierras expropiadas a la nobleza durante la revolución fueron devueltas a sus antiguos dueños, se instalaban las bases de un sistema que fundamentaría jurídica y económicamente la llegada del capitalismo y con él obteniendo los principios para el desarrollo político de la democracia: libertad y respeto a la propiedad privada. Además, se sentaron las bases para que Francia iniciara su industrialización. Esta política, junto a las ideas ilustradas y el constitucionalismo imperante provocaron el ascenso de la burguesía como nueva clase dominante frente a la nobleza y el clero.

La trascendencia mayor para el futuro de la Humanidad se basó en el hecho de que debido a sus conquistas transmitió las ideas revolucionarias, las ideas liberales de la ilustración y un sistema de organización jurídico-administrativa cuya huella alcanza nuestros días pues la legislación napoleónica se iba imponiendo allí donde llegaban sus conquistas.

En el ámbito legislativo y de organización, Napoleón emprendió un vasto programa de reformas interiores. Restableció el orden público con la creación del Ministerio del Interior y con una eficaz y temible policía secreta. Se centralizó la administración, y los departamentos pasaron a depender del gobierno central en París. Se estableció una profunda reforma fiscal, que extendió a todos los ciudadanos la obligación de pagar impuestos.

Pero, además de la creación de los grandes consejos, sobre todo, el Consejo de Estado, reformó la organización interna de la Administración y sentó las bases del derecho Administrativo. Aunque su tarea más destacada en este ámbito fue la tarea codificadora que se plasmó en el código penal y, muy especialmente, en el Código civil. Este último, aprobado y publicado en el año 1804, el cual, con reformas, pervive hoy en día en Francia y es la base de la codificación civil de buena parte del mundo occidental.

Fue el código que oficializó y consolidó muchas de las leyes que nacieron tras la Revolución Francesa y determinó jurídicamente el fin del Antiguo Régimen: a partir de él nacía un nuevo estado de tipo liberal; legalmente se entraba en la Edad Contemporánea; eliminó la división de la sociedad estamental y los privilegios jurídicos en función del estamento de pertenencia; eliminaba definitivamente el feudalismo.

Quizá nos sorprenda, pero fue el primero en remarcar que la ley debía ser escrita y expresada en la forma más clara posible para que los ciudadanos pudieran entenderla.

Este código civil significa el afianzamiento de las conquistas de la Revolución Francesa de 1789. Es decir: la igualdad jurídica para todos los ciudadanos, la individualidad de la propiedad, la libertad de trabajo, el principio de laicidad, la libertad de conciencia y la separación en 3 poderes (ejecutivo, legislativo y judicial).

No menos importante resultó también la legislación en materia comercial y económica, agrupó las reglas propias del Comercio Marítimo y el Terrestre en un solo cuerpo legal. Con ello el derecho mercantil dejaba de ser un derecho subjetivo para convertirse en un derecho objetivo. Se facilitaban así los intercambios mercantiles y se liberalizaba en cierto modo la economía.

La posterior caída del Primer Imperio Francés y los intentos de restauración del absolutismo monárquico no frenaron el empuje de estas ideas. Prueba de ello serán las distintas revoluciones del siglo XIX y las luchas que habrá entre los defensores del liberalismo y los defensores del absolutismo. Las ideas revolucionarias iban calando en la sociedad europea y la burguesía las defendería incluso tras la caída del Imperio Francés.

La caída del Imperio napoleónico fue interpretada por las potencias vencedoras como el desmoronamiento del proceso revolucionario y convencidos como estaban de su verdad, tratan de restaurar el antiguo orden. El congreso de Viena, el sistema de la Santa Alianza, sirven de paradigma de ese intento remodelador. Sin embargo, aquellos partidarios del antiguo régimen ya no están solos, deben convivir con otras corrientes que dejan su impronta en los albores de los movimientos liberales. Estas ideas que se expandieron en parte gracias a la aplicación del Código en distintas partes de Europa, serán asimismo la base del surgimiento del nacionalismo, donde los ciudadanos ya no son súbditos de un monarca, sino ciudadanos de una nación. Prueba de ello serán las distintas revoluciones del siglo XIX o la búsqueda de la creación de las nuevas naciones de Alemania e Italia en territorios que se habían revelado contra la ocupación de Napoleón.

La nueva administración francesa con sus instituciones, derecho y reformas se aplicó a su pasó por Europa y, además del código civil, el constitucionalismo francés, el constitucionalismo revolucionario: se extendió por Europa, con tanta fuerza que incluso en las monarquías absolutistas nacidas tras la Santa Alianza la idea constitucional perduró. En ellas, se jugaba al ejercicio de cartas otorgadas, o constituciones más o menos liberales. Pero con el tiempo todas adoptaron formas de monarquías limitadas con separación de poderes y un legislativo elegido por sufragio censitario…

Fruto de aquellas ideas y del desmoronamiento de la nuestra patria durante la invasión napoleónica a España, las repercusiones llegaron a la América española. La caída de Carlos IV y Fernando VII acabó siendo el detonante que conduciría la creación de las juntas de gobierno base de los movimientos independentistas americanos.  Además, la compra de la Luisiana y la independencia de Haití tuvieron una fuerte influencia en la Independencia de los EE.UU.

En esa búsqueda de la paz social interna, Napoleón se dio cuenta de que a nada conducían los choques entre Iglesia y Revolución, por eso cree conveniente llegar a un acuerdo con la Santa Sede para contar con el apoyo de los católicos franceses. Así se firmó un concordato con la Santa Sede (1801, firmado entre Napoleón y el papa Pío VII), que reconoció al nuevo estado francés. Bien es verdad que fruto de aquello nació el “catecismo Imperial” del todo inaceptable para un buen católico. A pesar de ello, nació cierta distensión en las relaciones con Roma, entre otras razones por reconocer la libertad religiosa y porque el concordato permite a la Iglesia un papel importante en la sociedad francesa. Esa libertad no se limitó a los católicos, también se dio a los judíos. Éstos en varias partes de se habían visto obligados a llevar brazaletes, restringiendo su actividad a ciertas profesiones, rechazados por la sociedad, vivían en guetos, y no tenían fácil ejercicio de sus celebraciones religiosas en las sinagogas. Napoleón puso fin a todas esas restricciones, hizo de los judíos ciudadanos de pleno derecho de Francia, e incluso escribió una proclama que estableció la idea de una patria judía en Israel.

En educación se introdujeron importantes reformas, comenzando por la extensión del derecho a la educación a todos los ciudadanos franceses. Una educación laica, estableció escuelas primarias, escuelas para la población en general, promovió la educación para las niñas y mejorado en gran medida la formación de los docentes. Sobre todo, realizó una reforma de la Enseñanza Secundaria (Bachillerato) que gozaría de gran prestigio internacional y subsiste aún en nuestros días.

Hay otros elementos menores, que perduran y que tienen su trascendencia. Así, es posible que entre los detractores de Napoleón haya alguno condecorado con la Legión de Honor. La Legión de Honor es la más conocida e importante de las distinciones francesas. Fue establecida por el emperador Napoleón en 1804.

En cierto modo la unidad europea debe mucho a Napoleón, acompañado de sus reformas legales y otros, ayudó a proporcionar la base para lo que hoy es la Unión Europea. Promoción de los ideales de la igualdad y la solidaridad europea. Por esa razón, Napoleón es a menudo considerado el padre de la Europa moderna.

Yo creo que los franceses deberían dejarse de anacronismos y celebrar a Napoleón como se merece, como lo que fue, un genio. Claro que tuvo un poder autoritario, pero los regímenes absolutistas que le siguieron no pretendían ser menos y si no llegaron a tanto fue por su falta de capacidad y por la herencia de Napoleón, que aún perdura.

En todo caso, en estos tiempos de iconoclastia histórica, hay que agradecer a los franceses que debatan sobre la figura, la critiquen o alaben, pero la respeten y no profanen su tumba o prohíban hablar de su figura.

BIBLIOGRAFIA

CRONIN, Vincent.” Napoleón Bonaparte: una biografía íntima”. Santiago: Zeta. 2007

HORNE, Alistair. “El tiempo de Napoleón”. Editorial Debate. 2005.

URIBE SALAS; Álvaro. “Análisis y Comentario al Código de Napoleón de 1804” UNAM. 2005