El factor decisivo para la independencia de Cuba fue la intervención de los EE. UU. Esta se produjo escalonadamente, del mismo modo que actuaría años después en las dos guerras mundiales:
- Prestó ayuda material a los rebeldes. La enviaba por medios navales utilizando métodos del filibusterismo.
- Por la presión diplomática directa sobre Madrid para que cediera a la compra de la isla.
- Declarando la guerra.
La razón primera que impulsaba a EE. UU a enfrentarse con España era que consideraba a Cuba como esencial para la defensa estratégica de los Estados Unidos y, además, porque estimaba factible realizar la compra a España debido a que daban por supuesto que la isla resultaba una carga inútil y costosa para España. No era la primera vez que los americanos actuaban así, ya habían comprado a Francia la Luisiana y nos habían comprado la Florida.
El primer movimiento de interés por Cuba se produce como consecuencia del “Manifiesto de Ostende” en 1854. Se considera a James Buchanan, Jr. como el principal redactor del mismo. Lo hizo tres años antes de ser nombrado Presidente de los EE. UU y marcó la tendencia de la política exterior de USA en el Caribe. Lo que realmente preocupaba a los americanos no era la titularidad española, sino que la debilidad de nuestro país llevara a que la isla fuera tomada como posesión por parte de franceses o británicos, potencias mucho más fuertes. Además, en aquel momento, Cuba estaba en la mente de los estados del sur pues supondría un eslabón más en la expansión de las posiciones esclavistas frente a los abolicionistas del norte. La Guerra de Secesión marcó un paréntesis en las pretensiones americanas, pero volvieron a la carga en 1869 con la presión del Embajador de Estados Unidos en España sobre Prim.
Los americanos intentaron el apoyo internacional para intervenir en la Guerra Grande (https://algodehistoria.home.blog/2021/03/26/las-primeras-guerras-de-independencia-de-cuba/ ), no lo lograron y a partir de 1895 inician la ayuda a los insurrectos de manera aún más importante. Hay que tener presente que en aquellos años, como ha puesto de manifiesto la historiografía en repetidas ocasiones, existía un estado de sobreexcitación en los Estados Unidos, por la expansión hacia el oeste, por el desarrollo industrial creciente, por la prosperidad en abundancia que hizo a muchos autores escribir sobre la superioridad de la sociedad americana, incluso de la raza blanca y anglosajona destinada a desposeer a razas más débiles o a moldear a otras hasta “anglosajonizar” a toda la Humanidad. Ejemplo de esto es el libro de Strong “Our Country” o el de Alfred.Th. Mahan “The Interest of America in Sea Power; Present and Future”, ambos de gran difusión en la Norteamérica del momento.
Además, ambos marcan dos formas de ver la situación, siempre partiendo de la superioridad americana; de un lado, los que prefieren soluciones diplomáticas, para llegar a un acuerdo de compraventa; y otros, los belicistas, resueltos a no pararse en ningún obstáculo hasta llegar a la guerra, si hacía falta.
Una parte importante de la historiografía norteamericana contemporánea, como, por ejemplo, la obra de Chidsey[1] señala “Los EE. UU estaban deseosos de pelea como cualquier matón de taberna. Cada vez era más antipatriótico estar a favor de la paz”.
Las posiciones belicistas no eran compartidas por el presidente Cleveland ni lo fueron posteriormente por McKinley, pero las razones estratégicas vistas, a las que se unió la idea de construir el Canal de Panamá, acrecentaba la necesidad de dominar esa zona marítima del Caribe. A ellas se unieron las presiones de los comerciantes y una situación Psicológica en favor del enfrentamiento promovida por la prensa. En esto, la rivalidad de dos grandes editores, Pulitzer y Hearst, enfrentados por ver quién vendía más periódicos y, por ende, quién influía más en la opinión pública, azuzó aún más la presión sobre el gobierno.
Mientras, el gobierno español confiaba en evitar el enfrentamiento con los norteamericanos. Esta visión era compartida tanto por Cánovas como por Sagasta, pero la táctica a aplicar en Cuba para alcanzarla era diferente. Mientras Cánovas prefería someter a los insurrectos y luego aplicar reformas; Sagasta confiaba en que la realización de reformas previas doblegara la voluntad de guerra de los ya insurrectos. Ambos consideraban a Cuba una parte de España, una provincia más, no una colonia que pudiera comprarse o venderse.
España carecía de medios para enfrentarse militarmente con éxito a los Estados Unidos y, sin embargo, como vimos en el conflicto de las Carolinas https://algodehistoria.home.blog/2021/03/05/el-incidente-de-las-carolinas/ la prensa nacional actuó de manera irresponsable incitando a la guerra. Pi y Margall la calificó de prensa “infame”. El profesor Pabón, de acuerdo con el ex presidente de la República, señala que se produjo un belicismo frívolo que España no podía permitirse. Nuestra única salida era una acción diplomática apoyada por otras potencias.
De ello se encargó el Ministerio de Estado (antecesor del actual Ministerio de Exteriores) cuya política durante el tiempo de Cánovas fue la de buscar acuerdos diplomáticos a los conflictos internacionales. En el caso de Cuba debemos destacar la acción del II duque de Tetuán que logró un acuerdo comercial con Estados Unidos el 1 de agosto de 1891 y así consiguió crear un ambiente de mayor sosiego frente al gigante naciente en América. En 1896, buscó asimismo acuerdos internacionales con otras potencias, pero la amenaza del gobierno USA hizo desistir a los europeos de apoyar a España. La posición de equilibrio triangular, Londres, Washington, Madrid, vista en las Guerras Grande y Chiquita, duró hasta los años setenta y desde entonces el mundo se había consagrado al “derecho a la fuerza”. En EE. UU esto se conocía como la política del bastonazo (big stick policy). Inglaterra, había aplicado la razón de la fuerza a Francia en el ultimátum de Fachoda y a su vez recibió el bastonazo de los norteamericanos en los límites de la Guayana. Así que, ahora le tocaba recibir a España. Posiblemente, sin la exaltación patriotera de la prensa española, el descalabro militar no hubiera provocado la depresión moral nacional que aconteció en el 98, pero la población aún soñaba con viejas gestas.
Cuando Antonio Maura, ministro de Ultramar en 1893 quiso restablecer el régimen de autonomía fue rechazado por todos los partidos cubanos. Se radicalizaron los sentimientos. En 1892, José Martí, que se había erigido tras la Guerra Chiquita en líder cubano, ante el temor de que prosperasen las tendencias autonomistas, había creado un partido revolucionario cubano, y no aceptó de buen grado el proyecto del ministro de ultramar en 1895- Abárzuza-. El proyecto de Abárzuza fue aprobado en las Cortes españolas y consistía en una nueva Ley autonómica para Cuba. Diez días después se inicia el “Grito de Baire”, es decir, la tercera y definitiva guerra de independencia cubana (24 de febrero de 1895).
Dado que la vía diplomática no había funcionado, Cánovas decidió combatir la separación de la Isla de España ”hasta el último hombre y la última peseta”. Cánovas fue asesinado en 1897. La primera consecuencia fue que el mando español en Cuba pasó de Martínez Campos, que no había logrado una solución pactada, al general Weyler. Weyler, para defender mejor las posiciones españolas, da la orden de “concentración de pacíficos” por la que se obligaba a la población rural dispersa a concentrarse en núcleos urbanos, a fin de restar apoyos a las guerrillas insurrectas. Tras esta medida, la posibilidad de victoria militar aumentó, pero su gestión fue utilizada por la prensa norteamericana para crear una mala imagen exterior de España, basada en relatos de sufrimiento de la población civil. La prensa amarilla de los Estados Unidos lanzó una campaña de insultos y calumnias y preparó a la opinión pública para la guerra que se avecinaba, la cual recayó, en España, sobre los hombros de un envejecido Sagasta que se vio en la tesitura de hacer frente a la situación más compleja que había vivido España desde la Guerra de la Independencia.
La guerra fue declarada por los EE.UU. en vista de que España no vendía la isla y ante el temor de que prosperase el régimen autonómico concedido por las Cortes y el Gobierno español.
La excusa que sirvió de base para la declaración fue el hundimiento del acorazado Maine, anclado en el puerto de La Habana. La acusación de que fue una mina puesta por los españoles era absurda, España lo último que quería era una guerra con los USA y, sin embargo, esa fue y sigue siendo la versión oficial de los estadounidenses. Hoy en día la historiografía norteamericana sostiene lo indefendible de la postura de los Estados Unidos.
Domínguez Ortiz, considera que a España casi le debería haber provocado alivio aquella declaración de guerra, pues el malestar por la leva para ir a la guerra de Cuba (se podía librar el que pagara 2.000 pesetas- es decir, los ricos-. Sólo los pobres o hijos de la escasa clase media fueron reclutados), más otros incidentes que se estaban produciendo en España estaban creando un ambiente revolucionario y pro-republicano que amenazaba a la Corona y a la estabilidad del Estado. La guerra provocaría el fin de aquel conflicto, lo que podría haber sido una buena solución para centrarse en la paz y prosperidad interior. Sin embargo, la depresión en la que se sumió el país tras la derrota provocó el efecto contrario.
Tras la explosión del Maine, España ofreció someter la cuestión a un arbitraje internacional que EE. UU no aceptó. El gobierno de McKinley inicia una doble negociación por un lado en defensa de los cubanos y sus derechos humanitarios, que se hace de manera pública; y otra, confidencial, para la compra de la isla y el traspaso pacífico de la misma.
La negociación confidencial culmina en febrero de 1898. Los norteamericanos proponen la compra por 300 millones de dólares, más un millón de comisión para los negociadores españoles; la alternativa sería la guerra. España no aceptó la propuesta, que pasó a ser ofrecida por la vía oficial. Sagasta afirma que España estaba entre la guerra o el deshonor; y para que las cosas no le fueran tan fáciles al coloso americano afirma que irán a la guerra por una Cuba autónoma frente a una Cuba anexionada a los EE.UU. Aquella posición obligó a los norteamericanos a declarar que, si ganaban la guerra, Cuba sería independiente. Con lo que perdían la mayor causa para querer ocupar Cuba, su situación estratégica, aunque soñaban con dominarla de manera indirecta desde los EE.UU.
España se dirige por tercera vez a las seis principales potencias europeas para que medien en el conflicto. Pero la clave la tenía la Inglaterra de Balfour cuya política era de amistad con los Estados Unidos para mantener unidos a los pueblos anglosajones. La suerte de España estaba echada.
El 11 de abril, el presidente McKinley presenta la situación en su mensaje al Congreso, lo que determina que, el 18 de abril, éste apruebe una “Resolución Conjunta” fundamentada en un ultimátum a España para que abandonara Cuba, que es transmitido el 20 de abril. España, como respuesta, expulsa al embajador norteamericano. El 25 de abril de 1898, el Congreso de los Estados Unidos declara formalmente la guerra a España.
Realmente la guerra se extendió a tres escenarios Puerto Rico, Filipinas y Cuba. El 1 de mayo, los españoles sufrían una severa derrota en la llamada batalla de Cavite, en Filipinas, que en España la prensa calificó de “glorioso desastre”. Por otro lado, el haber provocado que Cuba tuviera que ser independiente dio pie a que los americanos ocuparan Puerto Rico, como alternativa a su estrategia defensiva de dominio del Caribe. Pero nos centraremos en Cuba.
En Cuba, la guerra no fue muy larga. Los combates más destacados fueron la Batalla de El Caney; la Batalla de las Colinas de San Juan y la Batalla Naval de Santiago de Cuba. En el primero de los lugares Vara del Rey y sus hombres aguantaron contra más de 8.000 estadounidenses desde su posición durante casi doce horas, lo que impidió a éstos hacerse paso a través de las defensas y dirigirse a las Colinas de San Juan como se les había pedido desde el mando estadounidense. Los norteamericanos habían calculado una hora de combate, pero duró diez, gracias a la heroica defensa española. No menos valiente y sacrificada fue la defensa de las Colinas de San Juan. Aquella loma se convirtió en un cementerio por las bombas americanas. Casi toda la guarnición fue exterminada; la artillería española acabó sin munición. Allí mueren como valientes las tropas del Coronel Vaquero. Al anochecer, el Capitán de Navío Joaquín Bustamante, Jefe del Estado Mayor de la flota, al mando de 100 marineros de las columnas de desembarco, intenta reconquistar la loma de San Juan. Cae herido en el intento y morirá poco después.
Los españoles defendieron sus posiciones en ambas batallas de manera tan valerosa como inútil. Ralentizaron el avance americano, pero no lo pararon. Entre el mando norteamericano se encontraba el futuro presidente Roosevelt que reconoció la valentía española. El último capítulo militar destacado fue la Batalla naval en Santiago de Cuba.
En la defensa de Cuba, España envió al Almirante Cervera con una escuadra, que entró en Santiago tras forzar el bloqueo del puerto el 19 de mayo, pero quedó atrapada allí, embotellada por la flota americana.
El 6 de junio, los norteamericanos entraron en Guantánamo y se unieron a las tropas del Comandante cubano Calixto García en el asedio por tierra a Santiago.
Cervera, convencido de su inferioridad, escribe a Madrid, señalando que saldría, aunque sin saber si lo mejor era destruir la flota, perderla en la defensa de Santiago o sacrificarla con algún acto de heroísmo. Desde Madrid, le ordenan salir con dirección a La Habana. Cervera decidió salir a primeras horas del día, el 3 de julio, pegado a la costa para salvar el mayor número de vidas posibles. La decisión del almirante de partir para el combate con luz diurna se fundamentó en su preocupación por la seguridad de sus barcos. Esta decisión era, militarmente hablando, la peor de todas las posibles, pues probablemente una salida nocturna o en un día de mal tiempo hubiese evitado la destrucción total de la flota. Además, la estrechez del canal de salida del puerto obligó a los barcos a navegar uno tras otro. Y uno tras otro fueron cayendo; algunos embarrancados por los españoles a fin de utilizar sus cañones en la defensa.
Destruida la flota, Santiago se entregó el 17 de julio. Esto provocó que el gobierno español pidiera negociar la paz, que, por intermediación de Francia, se plasmaría en el Tratado de París.
Los americanos aceptaban la paz bajo las siguientes premisas: renuncia de España a Cuba, cesión de Puerto Rico y de la bahía de Manila a Estados Unidos. Se firmó el protocolo de Washington el 12 de agosto que anunciaba diversas reuniones para lograr el acuerdo definitivo. Se iniciaron una serie de negociaciones, que no fueron tales, durante el verano. España sólo pudo acatar y, a lo sumo, protestar por el ejercicio de fuerza americano, como hizo Montero Ríos en una carta fechada el 18 de octubre. No valió de nada, en vez de admitir las enmiendas españolas, los americanos aumentaron sus exigencias, quedándose así también con la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas, con Mindanao y Joló, dando la mísera indemnización de 20 millones de dólares. El 10 de diciembre de 1898, se firma el tratado de París.
La independencia de Cuba no fue reconocida por los EE. UU hasta el 12 de junio de 1901.
Se consumó así el gran desastre, que fue ante todo una derrota militar (murieron en aquellos enfrentamientos unos 120.000 combatientes, no todos españoles, pero sí en gran número). España condujo las negociaciones durante y después de la guerra con realismo y dignidad. Muchos historiadores consideran que las duras críticas que se realizaron fueron exageradas e injustas. Realmente, las críticas fueron fruto de la insolidaridad ante la derrota; una polémica sobre las responsabilidades que no fue más que un enfrentamiento entre la clase política y la militar y un trauma colectivo reflejado en la literatura.
Sin embargo, internamente podía haber tenido algunos efectos positivos. Tras la derrota se produjo un intento de revisión del sistema canovista desde dentro del mismo, planteado sin éxito por el gobierno de Silvela y renovado posteriormente por Maura y Canalejas. Se produjo un revisionismo, reflejado espléndidamente en la literatura. Se hacía no con tintes casticistas sino europeos buscando un futuro mejor, aunque con poco éxito práctico.
En el orden internacional, el desastre influyó en la decisión española de transferir la soberanía de los restos de nuestro imperio en el Pacífico con la venta de las Carolinas, Marianas y Palao, como vimos. También influyó en el recorte de nuestras pretensiones en cuanto a los límites del Sahara y Guinea Ecuatorial frente a Francia (tratado de 1900).
Además de los efectos vistos, el desastre permitió liquidar los restos de la “Economía colonial” y repatriar unos capitales que fueron decisivos en el saneamiento financiero y de la actividad económica de los primeros lustros del S. XX.
BIBLIOGRAFIA
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[1] D.B. Chidsey: “La guerra hispano-americana 1896-1898. Barcelona, 1973.