Beatriz de Bobadilla (marquesa de Moya)

Vamos a empezar la temporada introduciéndonos en el hilo dedicado a las grandes mujeres que ha dado al Historia de España. Esta vez con Beatriz de Bobadilla.

Pedro de Bobadilla y María Maldonado pertenecientes a la pequeña nobleza castellana lograron, gracias a su amistad con los reyes, casar a sus hijos de manera brillante para la época. Tales matrimonios permitieron que al final de sus días se hubiera producido un ascenso social de la familia hasta topar con la alta nobleza castellana: su hija Isabel se casa con Álvaro de Luna y Ayala (1440-1519) llamado «el de las grandes fuerzas, Señor de Fuentidueña » ( no confundir con el Valido de Juan II de Castilla, antepasado de éste); Francisco «El Corregidor», primer señor de Pinos y Beas,  militar a la orden de los Reyes Católicos que fue comendador de Granada ( no confundir con su sobrino del mismo nombre y conquistador de América), y Beatriz, la más conocida.

Pedro de Bobadilla era alcaide del castillo de Arévalo lugar de residencia de la Reina vida, Isabel de Portugal y de sus hijos, Isabel y Alfonso. La muerte de Juan II había transmitido el trono a Enrique IV, hijo del primer matrimonio de Juan II, y, por ende, hermanastro de Isabel y Alfonso.

Durante la estancia de la reina y sus hijos en Arévalo, Beatriz se convirtió en la amiga de juegos de la infanta Isabel, hermanastra de Enrique IV, a pesar de que Beatriz era 11 años mayor. Ejerció de amiga, confidente y protectora hasta que, en 1462, Isabel y Alfonso fueron trasladados a la Corte. Con todo, Beatriz siguió siendo amiga de la futura reina Isabel I. Tanto era así que Enrique, viendo la amistad entre ambas, nombró a Beatriz doncella de la Infanta, y, en 1466, le procuró matrimonio con el Mayordomo real, Andrés Cabrera. Como regalos de boda, el Rey les concedió diversas prebendas, entre otras, trescientos mil maravedíes de juros (los juros eran un documento por el que se definía un privilegio a favor de la persona citada en él. El Rey le concedía el privilegio de cobrar una parte de determinados impuestos de la renta feudal,  citados en el documento, hasta una cantidad prefijada).

La vida de Isabel al lado de su hermano Enrique cambió a raíz de que, en 1465, el Príncipe Alfonso fuera proclamado Rey por los nobles de Ávila. La guerra civil que se inicia encuentra a Isabel en el palacio de Enrique. El marqués de Villena propuso a Enrique IV un arreglo: le proporcionaría los medios necesarios para liquidar el movimiento si casaba a Isabel con su hermano, Pedro Girón, maestre de Calatrava. De este modo, Girón se situaba en la línea de sucesión a la Corona. El maestre de Calatrava superaba los 50 e Isabel apenas contaba con 15 años. Desolada, sólo acertaba a rogar a Dios de rodillas que la ayudara en aquel trance. Pero su dama, Beatriz de Bobadilla, pensó aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando” y le prometió que ella misma se encargaría de impedir, incluso apuñalando al vejestorio del novio si era preciso, aquella disparatada boda. No hizo falta, curiosamente Girón enfermó y murió durante el viaje a la Corte para celebrar su boda. Posiblemente envenenado.

Isabel nunca olvidó el apoyo de Beatriz, aunque no fuera artífice de la desaparición del maestre.

Beatriz sí colaboró con los seguidores de Alfonso, cuando, meses después, tras la batalla de Olmedo – 1467-, lograron sacar de Palacio a Isabel, Beatriz y a otra dama, Mencía de la Torre, y llevarlas con ellos. En ese momento, Isabel se posicionó al lado de su hermano Alfonso y las huestes de Ávila, pero exigió un juramento: no se casaría contra su propia voluntad.

En 1468, muere asesinado Alfonso. Isabel es reconocida en Guisando como heredera de la corona de Castilla, frente a Juana, la Beltraneja ( supuesta hija de Enrique IV).  Pero el culmen del enfrentamiento con su hermanastro Enrique se produce, cuando, de nuevo, desobedece los planes de boda que éste tenía para Isabel, y se escapa para casarse con Fernando de Aragón.

El matrimonio Bobadilla-Cabrera hizo lo posible para que la infanta no se casara con Fernando, si bien, una vez realizado el matrimonio, se convirtieron en los más firmes defensores de los príncipes, así como intermediarios con el Monarca para que se produjera tanto la reconciliación entre los hermanastros como el reconocimiento de Isabel como heredera. El hecho de que Cabrera fuera el alcaide del alcázar de Segovia ( el tesoro real estaba allí depositado), permite al marido de Beatriz tener la llave del Reino y a Beatriz acomodar a Isabel en Segovia. Fue la habilidad de Beatriz la que logró que los partidarios de Isabel – Alonso de Quintanilla- aceptaran el cambio de posición de Beatriz y su marido en favor del matrimonio de Isabel, pero con la promesa de no combatir contra Enrique. La finalidad era evitar una guerra civil, y al tiempo que Isabel fuera reconocida como futura reina. Estos planes de Beatriz encuentran apoyo en el cardenal Mendoza.

Lograron que Enrique IV se reconciliara con su hermana, aunque no cambió su posición sobre la sucesión del Reino. Un año después de estos hechos el monarca muere, pero los príncipes ya están en Segovia, en donde Isabel se proclama Reina propietaria. Dueños del tesoro del Reino custodiado por el fiel Cabrera, comenzará la guerra civil que finalmente ganaron Isabel con el apoyo de Fernando, su marido.

Isabel recompensó con diversas mercedes el favor de Cabrera y Beatriz. En ocasiones, esos favores fueron depositados sólo en Beatriz; por ejemplo, la mejora del escudo de armas de la familia sólo en los aspectos referentes a Beatriz (hecho nada común que se mejorara el de la esposa y no el del marido). Sin embargo, la más destacable de los regalos reales fue el señorío de Moya con título de marquesado concedido al matrimonio el 4 de julio de 1489. Un señorío riquísimo, fronterizo entre los reinos de Castilla y Aragón, en contacto con el mercado valenciano. También les fueron otorgados los sexmos segovianos de Casarrubios y Valdemoro (los sexmos son una división administrativa que, en un principio, equivalían a la sexta parte de un territorio determinado), después convertido en señorío, y, más tarde, en condado de Chinchón.

Durante el reinado de los Reyes Católicos, Beatriz no dejó de ejercer su influencia no sólo por amistad, y sentido común, también por cultura —se interesó por el estudio del latín como todo el entorno femenino de Isabel—. Sus enemigos la juzgaban gastadora y apasionada por las joyas. Otros cronistas, más benevolentes,  no dudan en subrayar su discreción y valentía.

Durante la guerra de Granada, concretamente en 1487, fue confundida con la propia soberana. Beatriz fue atacada por un moro que la hirió sin gravedad gracias a la defensa que de ella hacían los adornos de oro de su traje. Su afición a los “arreos” —en palabras sus enemigos— le había salvado la vida. Isabel compensó a su dama entregándole unas casas en Sevilla, así como treinta esclavas de las que se tomaron en la ciudad de Málaga, y poder comerciar con Guinea.

Entre los acontecimientos destacados en los que participó Beatriz, se dice que pudo interceder en favor de Cristóbal Colón, aunque es bien sabido que la que sí tuvo contactos con el descubridor fue su sobrina del mismo nombre.

Siempre fue amiga de la reina y nunca perdió esa amistad, hasta el fallecimiento de Isabel I el 26 de noviembre de 1504 en Medina del Campo y, según la tradición, es la marquesa de Moya la que tuvo el privilegio de cerrarle los ojos.

Aunque la reina Isabel recomendó a su hija Juana que mantuviera la amistad con el matrimonio Cabrera- Bobadilla, la realidad fue que desaparecida la reina Isabel,  tuvieron que luchar por conservar su mayor propiedad: la alcaldía del alcázar de Segovia que Felipe el hermoso les había arrebatado, sin embargo, el buen hacer de Beatriz, logró que Fernando el Católico se la devolviera.

A partir de entonces se dedicaron a preparar su alma para la otra vida haciendo varias obras de misericordia y fundando conventos.

El matrimonio tuvo 9 hijos, algunos se convirtieron en hombres de Iglesia y el resto se posicionaron excelentemente gracias a las rentas de sus padres y los magníficos matrimonios que hicieron.

Beatriz de Bobadilla muere en Madrid el 17 de enero de 1511. Su marido lo hace poco tiempo después. Ambos están enterrados en el convento de Santa Cruz de Carboneras, cerca de Cuenca.

 

Bibliografía:

DE AZCONA, T. “ Isabel la Católica”. Ed. Biblioteca de Autores Cristianos, 1993.

MÁRQUEZ DE LA PLATA Y FERRÁNDIZ, Mª.  “Mujeres renacentistas en la corte de Isabel la Católica: Beatriz de Bobadilla, Beatriz Galindo, Lucía de Medrano, Beatriz de Silva, Catalina de Aragón, María Pacheco” Ed. Castalia, 2005

MORALES MUÑIZ, D.C.  “Alonso de Quintanilla, un asturiano en la Corte de los Reyes Católicos”. Ed.  El Persevante Borgoñón, 1993.

MUÑOZ ROCA-TALLADA, C. “La marquesa de Moya”. Ed. Instituto de Cultura Hispánica, 1966

Maquiavelo y El Principe.

La historia está repleta de acontecimientos que han cambiado el mundo, pero en ocasiones esos acontecimientos no son un hecho sino una forma de pensar. Una transformación intelectual. La publicación de “El Príncipe” de Maquiavelo supuso un cambio radical en la concepción de la política.

No voy a hacer ni un análisis literario, ni político, ni filosófico del libro, que todo eso cabe, sino una exposición de aquellos aspectos más destacados y la repercusión histórica del libro.

Niccolò Macchiavelli (conocido en español simplemente como Maquiavelo) nació en Florencia el 3 de mayo de 1469, el mismo año en que Lorenzo de Medici se convertía en señor de facto de la ciudad hasta su fallecimiento en 1492. Era el tercer hijo de una familia de cierto renombre, su padre era un destacado jurista, con recursos modestos pero suficientes para proporcionarle una buena educación. Además de sus maestros, tenía a su disposición la biblioteca personal de su padre, llena de los grandes clásicos. Leyendo las obras de Cicerón, Tucídides, Tito Livio, Polibio, Plutarco… aprendió que el ejercicio del poder a menudo se apartaba de razones morales como la lealtad o la ética.

En 1494, es nombrado funcionario de la república de Florencia. Gobernaba Florencia Girolamo Savonarola, con quien Maquiavelo era muy crítico, lo que entorpeció la carrera pública de Maquiavelo. Cuando Savonarola fue declarado hereje y quemado públicamente en 1498, Maquiavelo fue nombrado segundo canciller, encargándose de la política exterior y de los asuntos militares. Viajó muchísimo y entabló conversaciones con mandatarios de toda Europa. En 1501 contrajo matrimonio y en 1502 conoció a uno de los personajes que más le influyó: César Borgia. César Borgia era uno de los hijos del Papa Borgia, Alejandro VI, y en su forma de dirigir demostró tener tan pocos escrúpulos morales como su padre; aplicándose durante su mandato a incrementar su poder territorial a costa de estados del centro de la península itálica. César impresionó a Maquiavelo por la manera relativamente original y, a la vez, profundamente práctica y amoral de solventar los problemas. De esta época es su obra “Descripción de la manera en que César Borgia dio muerte a Vitelli, Oliverotto da Fermo, al señor Paolo y al duque de Gravina Orsini”. Desde 1503 hasta 1512 no deja de realizar nuevas misiones diplomáticas a Francia, ante el Vaticano del nuevo Papa, Julio II, o ante el emperador del Sacro-Imperio Romano Germánico, Maximiliano I. No logró muchos éxitos en este puesto por culpa de la propia naturaleza fragmentaria de la península itálica, llena de reinos, condados y repúblicas enfrentadas a todas horas entre sí.

En 1512, los Medici regresaron al poder, y Maquiavelo fue despedido y torturado. Se refugió su pequeña propiedad en San Casciano in Val di Pesa, a unos quince kilómetros de Florencia. Aquí malvive ejerciendo diversos oficios manuales, si bien, por las noches sigue leyendo a los clásicos y escribiendo. De esta época es su obra “Discursos de la primera década de Tito Livio”, donde muestra su visión política, describiendo, entre otras cosas, como mejor forma de gobierno una república y no una monarquía absoluta. El contenido de esta obra para algunos autores entrará en contradicción con El Príncipe. En cambio, otros consideran que El Príncipe es una parte más de los Discursos, una parte desgajada que se completa con los Discursos donde las diferencias entre las formas de gobierno que describe y admira en cada caso no caen en una contradicción, porque lo que busca es describir el Poder. Poco a poco consiguió, a veces con auténticos golpes de fortuna, recuperar ligeramente su posición. Sobre todo, a raíz de que el Papa Clemente VII, otro Medici, le encargue una obra sobre la historia de Florencia por 120 florines. Por ello, Maquiavelo fue considerado por algunos como partidario de los Medici, cuando realmente la presencia cercana de los Medici sólo le trajo disgustos. Nicolás Maquiavelo murió en su ciudad natal el 21 de junio de 1527, por causa de una peritonitis. El mismo año en el que los Medici perdieron el poder para volver a recuperarlo en 1530.

Curiosamente El Príncipe está dedicado a Lorenzo de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico, en un intento de hacerse perdonar por la familia gobernante, sin embargo, la obra no se publicó hasta la muerte de Maquiavelo.

Maquiavelo es un analista, un observador de la realidad política cuyo impulso no es otro que buscar la unificación de Italia debido a que la fragmentación territorial de la “bota” sólo conducía al caos.  Con esa finalidad de fondo constata que el mundo ha cambiado lo que le lleva a plantear los siguientes elementos novedosos respecto a las edades históricas previas:

  • La realidad social de la Edad Media se fundamentaba siempre el origen divino del Poder, y eso no es algo que se pueda sostener en el siglo XVI. Maquiavelo desvela que el mundo en la tensión entre el ideal y lo práctico ha optado por esto último.

Observó que el gobierno humano se alejaba de la moral cristiana, que frente a las enseñanzas de Jesús que proscriben toda clase de violencia, la violencia se daba e incluso era defendida y practicada por los papas para el mantenimiento de su poder terrenal. No era un asunto de defensa espiritual de lo justo en la Tierra, no era una posición espiritual de defensa de la Fe, como en la guerra santa contra el islam, por ejemplo, en las Cruzadas. No. Se trataba de criticar aquellas guerras y opresiones que los papas realizaban para defender el propio poder político y territorial.

Por eso, plantea la separación entre Iglesia y Estado, dando lugar a la creación del Estado moderno.  Maquiavelo, al fundar la ciencia política moderna, estableció con ello la autonomía de la política. Fue Benedetto Croce quien le atribuyó por primera vez a Maquiavelo paternidad ideológica de la separación de la política de la moral —entendida como emancipación de la política respecto a la moral y la religión—, con lo que situaba la política en un plano diferente al del bien y mal morales . Podían coincidir, pero no tenían por qué hacerlo. Cuando Maquiavelo estudia la creación de los nuevos principados comprendió que el Poder, el verdadero y efectivo Poder político, no tiene nada de divino, como señalaban los medievales.

Para Maquiavelo, no es la Providencia sino los hombres, libres y voluntarios colaboradores de esa Providencia, quienes hacen la historia y  crean su propio destino como hombres (individual) y como sociedad. Es nuestro libre albedrío el que decide. Lo cual no quiere decir que no reconozca muchas veces, como creyente que era, la providencial intervención de Dios en el acontecer humano.

Nuestra religión —dice Maquiavelo— en vez de héroes canoniza solamente a los mansos y los humildes”, mientras que los paganos “divinizaban tan sólo a los hombres llenos de gloria mundanal, como grandes comandantes e ilustres jefes de comunidades”. Para Maquiavelo, en Roma, la religión pudo llegar a ser la fuente principal de la grandeza del Estado, y no una fuente de debilidad. Los romanos se aprovecharon siempre de la religión para reformar el Estado, para promover sus guerras y para apaciguar tumultos.

Por consiguiente, la religión era y debía ser un simple instrumento en manos de los dirigentes políticos. Desde la óptica del Estado, la religión  era un arma poderosa en toda lucha política. Una religión meramente pasiva, que se aleja del mundo en vez de implicarse en él para organizarlo, ha demostrado, en la visión de Maquiavelo, ser la ruina de muchos reinos y Estados. En el ámbito del Estado y desde la óptica del Estado para Maquiavelo se debe usar una especie de “paganización de la religión” de manera que sólo es buena si conduce al orden y con el buen orden social se logra la buena fortuna y el éxito, en cualquier empresa. El proceso de secularización ha llegado a su término, con Maquiavelo, pues el Estado secular existe ya de jure y no sólo de facto: ha encontrado su definida legitimación teórica.

Esta parte de su obra le valió la condena del papado. El Príncipe Fue incluido en el Índice de libros prohibidos por disposición del Papa Pablo IV, en 1559, lo que constituyó una poderosa traba para la difusión de esa obra en muchos países. La prohibición quedó confirmada por Pío IV en el Índice tridentino, de 1564, y más tarde, en el de 1583 y eso a pesar de que Maquiavelo señaló que los mejores principados eran los eclesiásticos, porque se basaban en leyes canónicas ( Capítulo IX).

Con todo, las obras de Maquiavelo demuestran que el autor de El Príncipe, de los Discursos y de la Historia de Florencia continuaron interesado siempre a los intelectuales, aunque entre ellos fueran más lo que lo condenaban que los que lo aprobaban.

  • Además, en su intento buscar la estabilidad política y la unidad de la que carecía la península itálica analizó los diferentes modelos de adquirir el poder y conservarlo:

“El príncipe natural tiene menos causas y necesidad de ofender por lo que sus súbditos lo estiman más… y es natural que lo amen”.

Situación muy distinta es la de los príncipes nuevos, y especialmente los mixtos- es decir, aquellos que amplían su territorio con el de los países próximos- en esos casos no debe fiarse de sus súbditos, debe acudir a la astucia para actuar conforme se comporta la naturaleza humana: “deberá extinguir la línea de sucesión de la anterior estirpe”. Es importante mantener bases en el nuevo territorio para sofocar cualquier motín. En casos de revuelta, la respuesta debe ser muy dura para evitar que otros se levanten en armas. “Los hombres se vengan de las ofensas leves, pero no de las graves” por eso, ante cualquier ofensa, hay que procurar que los autores se sometan por las buenas o deben ser aniquilados.

Para obtener nuevos partidarios, el príncipe debe buscar la forma de que se sumen a él, pero no todos, sino una mayoría, para eso conviene levantar barreras entre los súbditos, enfrentarlos entre sí; fomentar la envidia entre ellos es una muy buena opción para lograrlo, según Maquiavelo. Es esos casos, el príncipe debe buscar que los súbditos que le sean afines no tengan tampoco demasiada fuerza o unión entre sí. ( Capítulo VII)

Cabe la posibilidad de que un territorio nuevo adquirido tuviera previamente leyes propias, que vivieran sus ciudadanos en libertad. Esos estados también pueden ser sometidos por los siguientes métodos: a) arruinarlos; b) unirse a ellos en su forma de vida; c) dejarlos vivir con sus propias leyes, pero incrementando los tributos y estableciendo un gobierno oligárquico que conserve la amistad hacia el príncipe.

En todas esas opciones , conviene al príncipe no olvidar nunca el uso de la violencia– Maquiavelo rememora aquí a los Sforza y a los Borgia- bien directamente sobre los súbditos o bien de manera indirecta mediante la introducción del desorden en el territorio que se quiere anexionar, y si hace falta cometer un crimen, se comete… Dice así:

“Quién usurpa un Estado debe realizar de una vez todos los actos de crueldad que considere necesarios para lograr sus objetivos. De esa manera no se verá obligado a repetirlos y vivirá seguro atrayendo a sus súbditos con beneficios… Es mejor hacer de una vez el mal que deba hacerse, porque las ofensas hieren menos si se repiten menos, por el contrario, es bueno que los beneficios se concedan poco a poco porque así se saborean mejor ” ( capítulo VIII)

También considera que existe la posibilidad de llegar al poder aupado por el pueblo. En general- dice- los poderosos apoyan a alguien del pueblo cuando temen que se alzará contra ellos y lo que persigue el poderoso es seguir medrando a costa del pueblo. El Príncipe nunca puede estar seguro del pueblo, que es multitud, y sí puede estarlo de los poderosos que son pocos.

Maquiavelo era hijo de su tiempo, de un humanismo que despertaba, de unos pensadores y esplendor literario de la Florencia en la que vivió y aunque no fue acogido bajo el brazo protector de los Medici, sí participó del ambiente y los resultados. Fue el primer pensador que se percató del nacimiento de una nueva estructura política. Conoció sus orígenes y previó sus efectos. Anticipó, en su pensamiento, el curso entero de la futura vida de Europa. Cuando se dio cuenta de ello, perseveró en el estudio de la forma política de los nuevos principados, de la actuación minuciosa de los nuevos dirigentes, del detalle de ese nuevo ejercicio del Poder. Sabía perfectamente que su estudio, al ser comparado con las teorías políticas anteriores, sería considerado como una  anomalía, e intentó hacerse perdonar por la orientación insólita de su pensamiento.

A pesar de que se le ha presentado como un amoral y un fomentador de la crueldad, Maquiavelo no lo interpretaba desde esa posición sino como la descripción del mundo moderno en el que el Estado ha conquistado su plena autonomía. En Maquiavelo el Estado es completamente independiente, pero al mismo tiempo está completamente aislado y, por ello, se defiende.

Con anterioridad en el tiempo,  el Estado estaba atado a la totalidad orgánica de la existencia humana. En el Renacimiento, el mundo político ha perdido su conexión no sólo de la religión o la metafísica, sino también con todas las demás formas de la vida ética y cultural del hombre. Así presentada, Maquiavelo sólo describe el quehacer político, fascinado por él y, al tiempo, lo muestra como procedimiento para encontrar la estabilidad política en una península itálica sumida en el caos de la desintegración tras la caída del imperio Romano.

  • Tras esa exposición describe las virtudes que ha de poseer el príncipe, como brazo gestor de ese estado. Las virtudes del príncipe caracterizado por la utilidad política, que debe traducirse en estabilidad.

Para Maquiavelo los dirigentes- el príncipe-, destaca no por sus virtudes humanas ( los hay avaros, generosos, dadivosos, rapaces, crueles, piadosos, humanos, soberbios…) sino por su capacidad para mantenerse en el poder y evitar la mala fe. Para el príncipe lo importante no es la virtud, sino el éxito. Por eso no discute ni se plantea qué es mejor para el príncipe si ser amado o temido, lo que nunca puede ser es odiado.

Para mantener esa estabilidad puede mentir o utilizar otras habilidades, pero siempre con la finalidad no sólo de conservar lo que tiene o de reprimir cualquier oposición, sino de alcanzar la estima de sus súbditos.

En este sentido siempre se ha dicho que El Príncipe estaba inspirado en la figura de Fernando el Católico:

“Nada hace que se estime tanto al príncipe como sus grandes empresas y sus ejemplos excepcionales. Un ejemplo en nuestros días es Fernando de Aragón, rey de España…, se ha convertido de rey de un estado pequeño en primer soberano de la cristiandad. Si examináis sus acciones, las encontrareis todas inmensas y algunas extraordinarias” ( Capítulo XXI).

Entre esas empresas debe contarse el favorecer a los que tienen méritos, estimular el trabajo y el comercio, saber mantener el equilibrio fiscal y divertir a las masas. Debía encontrarse el equilibrio entre la meritocracia y la práctica de cierto grado de demagogia…Un buen príncipe debe contar con buenos consejeros y evitar a los aduladores.

  • Con eso, entramos de lleno en el mito del Maquiavelo diabólico y mendaz y del maquiavelismo como adjetivo adecuado para las conductas más perversas, mito que resulta bastante chocante aplicado a este florentino de fino humor y costumbres amistosas, probo funcionario, padre de familia ejemplar, que en sus obras se manifiesta como un dechado de buen sentido, bastante pesimista, es cierto, pero siempre animoso.

Esta visión retorcida y malvada, que se desprende del análisis de su obra, no era la pretendida por el autor, ni la que encuentran muchos de los admiradores y estudiosos de la originalidad de su obra. Curiosamente, el tema dominante en El Príncipe es el de la regeneración de un organismo político corrupto o, por adoptar el término que aparece en el capítulo XXVI, de su “redención” mediante la introducción de “órdenes nuevos” por obra de un “príncipe nuevo” ( idea inspirada por Savonarola).

  • La influencia de El Príncipe en la política fue esencial a partir del S XVIII por los estudios de brillantes eruditos: Hegel, Fichte entre otros. Pero, sobre todo, influyó enormemente en diversos dirigentes como Federico II el Grande- de Prusia- o en Napoleón Bonaparte.

Ellos vieron que no todo era negativo o amoral en Maquiavelo. En realidad, Maquiavelo como hemos señalado reiteradamente, buscaba la estabilidad, pues la ausencia de ella es terrible; él mismo sufrió las consecuencias de esa inestabilidad. Por eso busca soluciones prácticas. La ética se había quebrado en los Estados de su tiempo y buscaba encontrar otro elemento de estabilidad que encontró en el ”interés de Estado”. Pero ese interés de Estado exige el uso del Poder del Estado en favor de esa estabilidad y bienestar común. Otra cosa es que algunos políticos identificaron o siguen identificando el Interés de Estado con su propio interés y no el de su Nación.  España ya vivió la gran visión de Estado de Fernando el Católico, o de su nieto y bisnieto, pero también ha visto la decepción contraria que nos llevó a perder nuestro Imperio. Esperemos aprender de ello, porque como decía Napoleón en los comentarios que escribió al Príncipe de Maquiavelo: “ hay que aprender de la Historia para no volver a cometer los mismos errores”.

BIBLIOGRAFÍA

CONDE, Francisco Javier.- “ El saber político de Maquiavelo”. Ed Ministerio de Justicia. 1948. https://core.ac.uk/download/pdf/71821666.pdf

MAQUIAVELO, Nicolas.- “El Príncipe” (comentado por Napoleón Bonaparte). Ed. Espasa-Calpe. 1976

PRIETO, Fernando. “ Historia de las ideas y de las formas políticas”. Unión Editorial. 1985.

RENAUDET, Augustin.- “ Maquiavelo”. Ed Tecnos. 1965.

ZAMITIZ GAMBOA, H.- «Para entender la originalidad de Maquiavelo en el V centenario de El Príncipe». Estudios políticos. México. 2014.

LA UNIÓN DE NAVARRA

Tras la toma de Granada, la unión de Navarra a las coronas de Castilla y Aragón, constituía una prioridad que permitiría completar la unidad peninsular y formar en torno a los Pirineos una frontera de difícil acceso para los franceses que pretendían adentrarse en el territorio al sur de la cordillera pirenaica.

El matrimonio entre Blanca de Navarra y Juan de Aragón en 1420 había decidido la suerte de Navarra durante todo el siglo XV. Abandonando la esfera de influencia francesa, predominante en los siglos XIII y XIV, el reino había retornado al ámbito español, presidido por la rivalidad entre Castilla y Aragón, pero también proclive a su unión gracias a la presencia de la dinastía de Trastámara en las tres monarquías. Las guerras civiles, auspiciadas por bandos nobiliarios ávidos de controlar el poder regio, fueron una nota característica del siglo XV en España y el resto de Europa occidental. Sin embargo, a partir de 1480, las monarquías fueron venciendo a las ligas y bandos nobiliarios y avanzaron hacia la configuración de Estados modernos de amplia base territorial[1].  Aunque este no fue el caso de Navarra donde la debilidad monárquica y la guerra civil se convirtieron en un mal endémico.

Fernando el católico era hijo de Juan II de Aragón y de su segunda esposa, Juana Enríquez. Desde siempre Fernando aspiró a ser rey de Navarra, trono al que se creía con derecho por herencia paterna. Sus intentos de conseguir la corona se manifestaron ya en solitario, ya en unión de su esposa Isabel, buscando alianzas matrimoniales de sus hijos con los herederos navarros, pero tales bodas no fructificaron. Al último intento de casar al primogénito de los Reyes Católicos, Juan, con la Reina Catalina de Navarra, se opuso la reina madre de Navarra que era hija de Luis XI de Francia. Catalina se casó con el francés Juan de Albret. La familia de Catalina siempre fue proclive a emparentar con los reyes franceses, su tío, Juan- señor de Narbona-, se desposó con María, hermana de Luis XII de Francia, de este matrimonio nacieron Gascón que fue general del ejército francés de su tío Luis XII y Germana, segunda esposa de Fernando el Católico.

Pues bien, Juan de Foix, señor de Narbona (Juan I de Narbona) pretendió el trono de Navarra entre 1483 a 1492. Quería arrebatárselo a su sobrina Catalina porque consideraba que las mujeres no podían ser reinas. Pero en Navarra, al igual que en Castilla, no existía la ley sálica. Catalina solicitó ayuda a los Reyes Católicos que la apoyaron frente a Juan y a Luis XII de Francia, posicionado junto a su sobrino.

El joven matrimonio real navarro tuvo que sortear durante toda su vida las presiones de las dos grandes monarquías del momento, la francesa y la española, en lo que José María Lacarra llamó “política de balancín”. Pero esta neutralidad se adivinaba cada día más complicada de mantener. La posición navarra de supuesta neutralidad se originó entre otras cosas porque el rey francés amenazó a los reyes con desposeerles de las tierras que ambos monarcas tenían en Francia, que eran muchas y, sobre todo, muy ricas, si se mostraban favorables a las políticas castellano-aragonesas. Pero la neutralidad se tornó en un imposible tras el enfrentamiento de Luis XII con el papado.

Este episodio merece un comentario en medio de la Historia de Navarra, porque sin él no se pueden entender los pasos posteriores.

A finales del siglo XV la península itálica era un conglomerado de repúblicas enfrentadas entre sí y dónde los intereses de las potencias dominantes eran evidentes. Ya vimos algo de ello en la entrada sobre El Gran Capitán. https://algodehistoria.home.blog/2021/11/19/gonzalo-fernandez-de-cordoba-el-gran-capitan/

Entre los estados enfrentados en la península itálica no jugaba un papel menor el papado.

Si bien la autoridad ejercida por los papas no era propiamente la de un soberano en el concepto moderno del término hasta los pontificados de Alejandro VI y Julio II, como vimos también en la entrada sobre los estados pontificios. https://algodehistoria.home.blog/2021/04/23/los-estados-pontificios/

El Papa Julio II al acceder al trono de San Pedro puso en marcha una estrategia de recuperación de la solera perdida por los Estados Pontificios en la que como mínimo aspiraba a reconquistar los territorios de los Borgia. Para lograr sus objetivos se enfrentó a algunas de las repúblicas menores de la Península Itálica, pero no tenía fuerzas militares suficientes para luchar contra Venecia. Para batallar contra los venecianos organizó la Liga de Cambrai en la que colaboraron Luis XII de Francia, Fernando el Católico y el emperador del Sacro Imperio, Maximiliano. Venecia fue derrotada. El siguiente paso concebido por el Papa en la búsqueda de la grandeza perdida fue enfrentarse a Francia que había ocupado el Ducado de Milán y la República de Génova. Para ello formó otra Liga Santa integrada por los Estados Pontificios, la Inglaterra de Enrique VIII, Venecia y España. A los que se unirían más tarde el emperador Maximiliano y Suiza.

A esta Liga invitó Fernando el católico a los reyes de Navarra, que se negaron a participar por no ir en contra del rey de Francia.

La batalla más cruenta de aquellos enfrentamientos fue la batalla de Rávena (1512) en la que murió Gascón de Foix, lo que dejaba a Germana de Foix como heredera de los bienes de la casa de Foix y única pretendiente de esa rama dinástica al trono de Navarra – no olvidemos que Isabel la Católica había muerto en 1504 y que, en octubre de 1505, Fernando el Católico se había desposado con Germana-.

Rávena fue una gran victoria para Francia, aunque murieron en la batalla muchos más franceses que españoles, pero a partir de entonces todos los enfrentamientos con la Santa Liga terminaron en derrotas francesas. Luis XII tuvo que renunciar a Milán, Bolonia, Parma, Reggio, Piacenza…,y soportar que los ingleses los acosaran en Dijon y el Sacro imperio los presionara en la frontera.

Rodeada y sin aliados, Francia se rindió a finales de 1512.

Durante el periodo en el que las fuerzas europeas de enfrentaban en Italia, en Navarra la situación distaba de ser tranquila. Se prolongaron las luchas entre dos de los bandos dinásticos de las antiguas familias nobiliarias navarras: beaumonteses y agramonteses. Estos últimos apoyaban y se apoyaban en los reyes navarros. En 1507, los reyes Juan y Catalina consiguieron doblegar y expulsar del reino a los beaumonteses, pero sus partidarios siguieron buscando la forma de hacerse con la corona.

A esos enfrentamientos internos hubo de añadirse, tras la derrota francesa en Italia y, sobre todo, tras la muerte de Gascón de Foix, el incremento del interés y legitimidad de Fernando el católico sobre la corona navarra. Esta era una amenaza que ni el rey de Francia ni los reyes navarros iban a tolerar.  Esta circunstancia sirvió para que el monarca francés se atrajera definitivamente a Juan y Catalina. Como manifestación de aquella alianza de intereses, el 18 de julio de 1512, ambas partes firmaban el tratado de Blois: Luis XII se comprometía a devolver a los navarros las posesiones de la casa de Foix y les reconocía su soberanía en el Bearn; a cambio los navarros se comprometían a no dejar pasar por sus tierras a aquellos ejércitos que pretendieran atacar al rey de Francia, lo que venía a romper la neutralidad a la que hasta entonces habían aspirado.

Al tiempo que se firmaban aquella alianza, el Papa Julio II que se sentía en deuda con sus colaboradores y muy especialmente con Fernando de Aragón. Hizo un movimiento esencial para el futuro de Navarra.

Era lugar común en aquel momento que el rey francés era partidario de la doctrina herética albigense – una rama del movimiento cátaro-. Según se decía, los reyes de Navarra fomentaban esta herejía. Motivo por el cual el Papa dictó una bula, la “Pastor Ille Caelestis”, 1512, en la que se excomulgaba al Rey francés y a sus los aliados. En aquellos tiempos esto era motivo suficiente para desposeer a un rey.

Fernando que se sentía legítimo aspirante al reino de Navarra, que la posición pro francesa de los navarros le era hostil y que no estaba en condiciones de hacer concesiones al rey de Francia, solicitó a las Cortes  de Aragón que le dieran su apoyo para la toma de Navarra. Era el mes de julio de 1512 y, aunque las Costes aragonesas no habían dictado acuerdo, a finales de julio, Fernando se presentaba en la frontera navarra con un ejército dirigido por el Duque de Alba.

El 21 de julio, las tropas aragonesas cruzaron la frontera del Reino de Navarra, y avanzaron por el valle de Araquil hasta llegar a Huarte. Ese mismo día, Catalina de Foix huyó hacia el Béarn con sus hijos.

El 24 de julio, llegaron las tropas del duque de Alba a Pamplona y, tras una serie de negociaciones y capitulaciones que terminaron con la rendición de Pamplona, entraron en la ciudad al día siguiente. En agosto, Fernando el Católico se autoproclama soberano de Navarra y Pamplona presta su juramento al rey el 28 de agosto.

En septiembre, las Cortes de Aragón, ante los hechos consumados, dan su conformidad a la conquista.

Al año siguiente, en 1513, Julio II dictó una segunda bula, “Exigit Contumacium”, en la que desposeía a los reyes de Navarra del título y dignidad reales y confiscaba sus posesiones, para que pasasen a ser legítima propiedad de quienes «en la más justa y más santa» las hubiesen adquirido, legitimando, por tanto, la conquista que un año había hecho Fernando.

Esta conquista se ratificó en una reunión de las Cortes de Navarra el 13 de marzo de 1513, nombrando Rey de Navarra a Fernando el Católico. Fernando juró respetar los fueros, usos y costumbres del Reino. En un primer momento, la adscripción de la conquista fue al reino de Aragón, aunque el apoyo militar mayoritario lo recibió Fernando de Castilla; quizá esa fue la razón por la que acabó adscribiendo el nuevo reino a la corona de Castilla en una ceremonia que se hizo en las Costes reunidas en Burgos en 1515 y en las que el Duque de Alba llevó la representación real.

La guerra con Francia por la conquista de Navarra duró con menor entidad algunos años más. Normalmente se data su final en 1529. Si bien siguieron algunas escaramuzas que se extendieron por el norte del antiguo reino de Navarra, en zonas que hoy forman parte de la CC. AA vasca, pero que en su origen eran navarras. Estas refriegas, sin tener una importancia extraordinaria en lo histórico si han dado mucho de sí para la historiografía nacionalista empeñada en tergiversar la historia y la legitimidad de Fernando, analizando con ojos actuales acontecimientos de otra época; haciendo un uso torticero y anacrónico de las fuentes. Estas tergiversaciones se han convertido en el principal motor ideológico de lo que podíamos denominar “navarrismo nacionalista vasco”. Pero ya se sabe que vivimos tiempos convulsos en los que la Historia no es materia de estudio sino de manoseo político. Con todo, las fuentes están ahí y su uso higiénico no lleva a concebir una Navarra euzkaldunizada. Si eso ocurre será por manipulación política no por certeza histórica.

BIBLIOGRAFÍA

  • José María Lacarra. “Historia Política del Reino de Navarra”. Editorial Aranzadi. 1972.
  • FORTÚN, Luis Javier. ““Juan III y Catalina. Dos reyes para un Estado pirenaico imposible” Desperta ferro. Historia Moderna. Nº 53.
  • AGUADO BLEYE, Pedro. “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963

[1]Juan III y Catalina. Dos reyes para un Estado pirenaico imposible” Luis Javier Fortún. Desperta ferro. Historia Moderna. Nº 53

Gonzalo Fernández de Córdoba: el Gran Capitán

Hoy traemos un  gran héroe de nuestra Historia de España

Dice Pedro Insua en su obra”1492. España ante sus fantasmas” que en aquel año se iniciaron los caminos para convertir a España en una gran nación, y para ser objeto de la envidia, lo que en el fondo demuestra admiración, del resto de los pueblos de occidente. En aquel año se produce la toma de Granada y por tanto el inicio de España como Estado-Nación con intención de unidad y de universalidad que se completa con la expulsión de los judíos; y el descubrimiento de América que marca el inicio de la universalidad, afianzado por la internacionalidad que nace de la presencia de tropas españolas en Italia (donde Fernando rey de Aragón, reclamaba sus derechos dinásticos).

Pero nunca los gobernantes ni siquiera los más brillantes, como los Reyes Católicos, han conseguido nada solos. Fueron enormes los esfuerzos colectivos, los de grandes personajes y los de pequeños héroes anónimos para alcanzar todas aquellas gestas. En el caso que nos ocupa queremos destacar la figura de un héroe alabado como tal ya en su tiempo, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, sin el cual la conquista de Italia hubiera sido imposible.

Gonzalo Fernández de Córdoba nació en Montilla (Córdoba), el 1 de septiembre de 1453, en el seno de una familia de la pequeña nobleza de aquella ciudad. Gonzalo era el segundo de sus hermanos. Como era tradición, el primogénito heredaba el patrimonio familiar y al segundo le estaba destinado un futuro como militar. Su padre murió cuando Gonzalo aún era muy joven y fue enviado a la ciudad de Córdoba para que se educara bajo el cuidado de Diego de Cárcamo, pariente lejano de la familia, aunque sus estudios los pagó su hermano. Educado en las armas quiso probar fortuna en la corte de Castilla en el bando de los partidarios de la princesa Isabel. No hay que olvidar que en aquel momento aquella corte vivía en plena inestabilidad por las luchas intestinas dinásticas debido a las pretensiones de Juana, la Beltraneja. Superados estos asuntos, Isabel, apoyada por su marido, Fernando de Aragón, centró sus atenciones militares en Andalucía a fin de reducir al invasor musulmán.

Gonzalo formaba parte de las topas castellanas en la conquista de Granada. Destacó por su valentía e inteligencia militar en el cerco a la ciudad y ese valor ganó la admiración del rey que le encargó la negociación con el rey nazarí Boabdil para establecer los términos del tratado de rendición. Por todo ello, le distinguió con la orden de Santiago.

Tras el final de la Reconquista y cuando parecía que muchos soldados iban a quedarse sin empleo, las guerras en la península itálica ampliaron la actividad de todos ellos. Ya no se trataba sólo de tropas aragonesas, también había castellanos en esta empresa, así como gallegos, catalanes o vizcaínos… Se empezaba a asomar la grandeza de España, la unidad y el orgullo nacional de sus ciudadanos. La corona de Aragón siempre había tenido intereses en el mediterráneo, Fernando, con el tiempo, llegó a ser además de rey de Aragón, rey de Sicilia, de Nápoles y de Cerdeña. De hecho, los acontecimientos que contamos en esta entrada le conceden la corona de Nápoles, como veremos.

Ahora el enemigo no era principalmente musulmán sino francés. Carlos VIII de Francia decidió invadir Italia, lo que amenazaba el reino de Nápoles y las demás posesiones de interés aragonés en la zona. En 1494, Fernando se convertía en el defensor de los territorios italianos frente a los franceses. Para ello formó una Liga organizada en Venecia en la que estaban el papado, Venecia, el milanesado y España. Las tropas formadas por unos dos mil hombres se pusieron bajo el mando de Gonzalo Fernández de Córdoba. Las fuerzas aliadas no empezaron la conquista con buen pie, fueron derrotadas en Seminara. Fernández de Córdoba, sin embargo, logró rehacerse, salir dignamente de aquella derrota para acto seguido apoderarse de las dos Calabrias. Fueron las batallas de Atella, primero, y de Ostia, después, las determinantes de esta primera guerra de Italia y la expulsión de los franceses salvo de Gaeta y Tarento. Estamos en 1496, y el asedio de Atella se tornó como un gran desastre para los franceses. El éxito de la liga se debió a una acción conjunta de las tropas terrestres de Fernández de Córdoba y las navales bajo el mando de Galcerán de Requeséns, comandante de las galeras sicilianas. Ya en las guerras de Granada, Gonzalo había expresado su genio militar, ahora en Italia se desvela como un miliar brillantísimo que manejó conjuntamente la infantería, la caballería y la artillería, aprovechando el apoyo naval. Esta combinación se realizó por primera vez y fue el genio militar de Fernández de Córdoba en que la ideó y gestionó con éxito.

En relación con la segunda de las batallas mencionadas, Ostia, fue el Papa Alejandro VI quien solicita ayuda del cordobés. El corsario vasco Manaldo Guerri se había hecho fuerte en el puerto dirigiendo tropas francesas e impedía el abastecimiento de Roma. Fernández de Córdoba tomó el puerto e hizo prisionero al pirata. Con ello liberó los Estados Pontificios.

Pero siguiendo con la toma de Nápoles y situados en el siglo XVI, Fernández de Córdoba se dispone a expulsar a los franceses definitivamente de Nápoles, en lo que se ha llamado la segunda guerra de Nápoles entre Francia y España. Ahora el Rey francés es Luis XII, pero sus aspiraciones son las mismas que las de su predecesor Carlos VIII. Los comienzos no fueron muy alentadores para las tropas españolas. En 1502, el general francés D’Aubigny derrotó a los castellanos en Terranova de Calabria. Fue una derrota significativa para el Gran Capitán, que prefería los asedios defensivos a las batallas a campo abierto. Pero comprendió que el arte de la guerra requiere de todos los recursos, por ello, aprendió a luchar en campo abierto y en 1503 se produce la victoria española en Cerignola (o Ceriñola), pequeña villa sobre un cerro y protegida por un foso y un terraplén levantado por las tropas españolas allí acantonadas. Esta batalla fue importante por la estrategia empleada por Gonzalo Fernández de Córdoba fundamentada en un terraplén que dificultaba el ascenso al monte en el que se enclavaba la ciudad, finalizado en una trinchera desde la que los españoles hacían llover fuego de arcabuz. Se dice que esta fue la primera vez que las armas de fuego fueron determinantes en una batalla en Europa occidental. Cabe señalar que la introducción de artillería de asedio en las guerras fue obra de los ingenieros italianos, pero González de Córdoba, que ya las había utilizado con éxito en Granada, fue el que les dio un uso decisivo como táctica en algunos combates.

Cerignola marca el inicio de la hegemonía que España en los Campos de batalla europeos, que se mantendrá durante siglo y medio.

El 14 de mayo de 1503, las tropas de el Gran Capitán entraban victoriosas en Nápoles entre las aclamaciones del pueblo, mientras Federico I, rey de Nápoles, otorgaba a Fernández de Córdoba los ducados de Terranova y Sant’Angelo, junto con todas sus tierras, ciudades, villas y fortalezas.

Pero los franceses no se arredraban y enviaron una fuerza desde Milán. La batalla definitiva fue la ocurrida a orillas del rio Garigliano cerca de la villa de Gaeta.

En un noviembre atroz de frío y lluvia, Fernández de córdoba consiguió impedir que los franceses se movieran por la ribera del río como pretendía y acabaron atrincherados en Gaeta. En aquel asedio, tuvieron que rendirse y retirarse. El día de Año Nuevo de 1504, las tropas españolas y napolitanas entraron en la ciudad, último baluarte importante de los franceses en tierras napolitanas. En marzo de 1504, los franceses reconocieron la soberanía del Fernando el Católico sobre el territorio napolitano.

Cabe señalar que Nápoles se convirtió en una posesión dinástica de Fernando no de España. Lo sucedido en Italia, con todo, contribuyó a la reputación militar de España, como lo reconoció y alabó Maquiavelo en su obra “El arte de la Guerra”. Nápoles fue el inicio de la presencia de más de 200 años de los españoles en la península itálica. Pero España no estuvo allí como dominadora sino como salvadora de la invasión francesa.

Giovio, historiador italiano de aquella época, promovió con gran interés la figura de Fernández de Córdoba ensalzando su buen hacer como militar, su nobleza como persona y su heroísmo. Para él y otros historiadores del S.XVI, italianos y españoles (estos ensalzaban, además, su piedad, cortesía y generosidad), Fernández de Córdoba contribuyó a la defensa de Italia no a su sometimiento ante el extranjero como hubiera ocurrido de ganar los franceses. Fueron estas crónicas, más los hechos irrefutables de su buen hacer militar, las que lograron que al cordobés se le conociera como El Gran Capitán.

Fue aclamado como amigo y se le dieron, como vimos ricas tierras y fue nombrado Virrey de Nápoles, lo que motivó posiblemente la envidia del rey Fernando que le pidió las famosas cuentas, contestadas supuestamente con la famosa: “entre picos, palas y azadones, 100 millones” continuada por: “y con 100 más, di un reino a su majestad”. Lo que sí es cierto es que Fernando nombró a Fernández de Córdoba duque de Sessa pero a condición de que dejara de ser virrey.

El Gran Capitán fue obligado a regresar a España, estableciéndose en Loja, lejos de la corte. Murió el 2 de diciembre de 1515.

El Gran Capitán fue un genio militar, no sólo por lo ya señalado a lo largo de este texto sino porque se le considera el creador del ejército profesional español e impulsor de la infantería como base del mismo. Revolucionó esta arma mediante el uso de coronelías, precedente directo de los Tercios. Se trataba de un tipo de formación gobernada por un coronel que permitía una mejor movilidad y flexibilidad operativa. Potenció a los arcabuceros, dotó de armas cortas a los soldados para que se movieran por debajo de los piqueteros. Cambió el papel de la caballería dedicándola a la persecución del enemigo previamente dañado por la infantería. Puso en marcha una estructura de la batalla en tres líneas sucesivas de ataque, para tener una de reserva y una posibilidad suplementaria de maniobra. Fraccionó los batallones en compañías lo que agilizaba la formación de combarte encontrando desprevenido al enemigo.

Además, implantó una disciplina férrea en sus soldados y una moral excepcional basada en el orgullo de cuerpo militar, en el sentido del honor nacional y en un profundo espíritu religioso.

Los franceses decían de aquel ejército español que “no habían luchado contra hombres sino contra diablos”.

Querido por sus soldados, admirado por todos los que le conocieron, el Gran Capitán tuvo en su popularidad la causa de la envidia de quien podía ser su peor enemigo, el rey.

BIBLIOGRAFIA

MARTÍNEZ LAÍNEZ, Fernando.” Grandes estrategas de la Historia”. Ed Mundo Revistas. 1974.

MARTÍNEZ LAÍNEZ, Fernando y SÁNCHEZ DE TOCA, José maría. “El Gran Capitán”. Ed. EDAF. 2021

KAMEN, Henry. “Poder y Gloria: los héroes de la España Imperial”. Austral. 2012

INSUA, Pedro. “1492. España ante sus fantasmas”. Ariel. 2018.

 

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