Alfonso nace en Toledo el 23 de noviembre de 1221 y muere en Sevilla el 4 de abril de 1284 era hijo del monarca castellano Fernando III, el Santo, y de la princesa alemana Beatriz de Suabia. Alfonso X fue Rey de Castilla desde el fallecimiento de su padre en 1252, hasta la fecha de su muerte. Si bien, los dos últimos años de su vida los pasó recluido en Sevilla por orden de su hijo Sancho.
Por tanto, en noviembre de este año se cumplirán 800 años de su nacimiento.
La figura de Alfonso X fue importante y destacada en muchos aspectos, pero si en algo sobresalió fue en su amor por la cultura. Por eso, sobrevolaremos por sus otras facetas, algunas tan importantes que merecerían una crónica propia como, por ejemplo, el “fecho del Imperio”, para centrarnos en los aspectos culturales.
De su padre heredó los reinos de Castilla y León (unidos definitivamente desde 1231 por Fernando III) más la ampliación de los territorios hacia el sur de la península, ganados por las armas a los musulmanes, lo que establecía las bases para la creación del reino cristiano más grande y poderoso de la Península. Así, siendo aún infante de Castilla y León incorporó a la Corona el reino taifa de Murcia y una vez en el trono, con 31 años, Alfonso X continuó con la conquista de Andalucía iniciada por su padre, lo que le hizo tomar Cádiz, Jerez, Medina-Sidonia, Lebrija, Niebla (coincidente con buena parte de la actual provincia de Huelva). Repobló Murcia y la Baja Andalucía. Hizo frente a una sublevación de los musulmanes de sus reinos, promovida por los Reyes de Granada y Túnez e, incluso, se atrevió a una efímera incursión en territorio africano -expedición a Salé (1260)- que fue, sobre todo, de gran valor simbólico tras siglos de dominación musulmana en la Península.
Por parte de su madre, Alfonso pertenecía a la familia de los Staufen y descendiente de Federico Barbarroja y de Alejo Comneno, el Emperador Bizantino. Su origen alemán le hacía aspirante a la corona imperial del Sacro Imperio. Ese acontecimiento es conocido en las fuentes de la época como “el fecho del Imperio”. Presentó su candidatura al título imperial germánico después de que se lo suplicara una embajada procedente de la ciudad italiana de Pisa, que se reunió con él en Soria, en el año 1256. Consideraban los pisanos que Alfonso descendía “de la sangre de los duques de Suabia, una Casa a la que pertenece el Imperio con derecho y dignidad por decisión de los príncipes y por entrega de los Papas de la Iglesia”. Alfonso X fue elegido emperador el día 1 de abril del año 1257, con el apoyo de Sajonia, Brandeburgo, Bohemia y varias ciudades italianas intitulándose “Rey de Romanos y emperador electo”. Pero al mismo tiempo tuvo lugar, de manera sorprendente, la elección de otro candidato a dicho título: el inglés Ricardo de Cornualles. Alfonso X defendía su corona por el hecho de que él había sido elegido emperador “por la mayor y más importante parte de los príncipes de Alemania”- hay que recordar que la corona imperial germana era electiva-. A partir de aquel momento se inició una fuerte disputa entre los dos electos por el trono imperial germánico. Aquella aspiración de Alfonso que en el fondo unía la dignidad imperial nacida en Asturias con el Sacro imperio y cuya plasmación se dará posteriormente con Carlos V, supuso un gran desembolso para las arcas castellanas. Motivo por el cual, aquella pretensión real, el “fecho del Imperio” fue muy impopular en Castilla, pues exigió dinero y hombres que, unidos a los gastos de la corte y a las continuas guerras, crearon dificultades financieras importantes. En este sentido hay que recordar la depreciación que se aplicó al vellón, cuyo resultado fue un completo fracaso. Las medidas tomadas por Alfonso X relativas a la política económica fueron, por lo general, inoportunas, debido a que se adoptaron, por necesidades urgentes derivadas de sus empresas políticas y bélicas que, en algunos casos, ninguna falta le hacían a Castilla. Por otra parte, su política fiscal, con un incremento considerable de los impuestos por las mismas razones que las devaluaciones, motivaron un gran descontento tanto en los concejos como en la alta nobleza, protagonista de una revuelta contra el Rey Alfonso X en el año 1272 (capitaneada por el Infante Felipe, hermano del Rey). Pero, lo peor no fue el descontento interno, sino que la causa de su origen no valió para nada; el empeño de Alfonso de alcanzar el imperio le llevó a fortalecer sus relaciones con el bando de los gibelinos de la vecina Italia, sin que aquello le grajeara las simpatías papales, si siquiera a raíz de la muerte de su rival, el inglés Ricardo de Cornualles, suceso que aconteció en el año 1272. Todo parecía inclinado a su favor, pero la oposición del papa Alejandro IV, y sus sucesores Urbano IV, Clemente IV y Gregorio X inclinaron la balanza en favor Rodolfo de Habsburgo, renunciando Alfonso al Imperio en 1276.
Además del fracaso imperial, otras facetas muy importantes de su reinado fueron desatendidas por concurrir a la elección germana. Así en política el exterior, no pudo incorporar el territorio del Algarve a su corona y también tuvo que renunciar a la Gascuña francesa. E internamente, en una de sus ausencias por el asunto del Imperio, los benimerines norteafricanos desembarcaron en Algeciras (1272). En aquella campaña murió el infante Fernando de la Cerda- llamado así por el mucho pelo corporal que tenía–, primogénito de Alfonso y heredero del trono, antes de que su hermano Sancho consiguiera rechazar a los musulmanes. Posteriormente, los benimerines derrotaron a una flota castellana en el estrecho de Gibraltar (1278), obligando a Alfonso a pactar una tregua.
Esto provocó el conflicto interno más importante de su reinado, el que le costó el trono. Ya había promulgado las Partidas (como luego veremos). En ellas, contra la tradición castellana, se establecía que debía sucederle el hijo mayor del difunto Fernando de la Cerda; pero al morir éste prefirió declarar heredero en 1278 a su segundo hijo, Sancho IV, siguiendo la tradición castellana. Sin embargo, el carácter de Alfonso a veces era vacilante y contradictorio y, por ello, en un intento posterior de hacer al infante de la Cerda Rey de Jaén provocó la rebeldía de Sancho. Creando un problema interno con repercusiones internacionales. Aragón y Portugal apoyaban a Sancho y Francia al infante de la Cerda. Sancho convocó Cortes en Valladolid en las que desafió a su padre y le destituyó como Rey. La acometida de Sancho dejó a su padre confinado en Sevilla y a punto de aliarse con el Rey benimerín para recuperar el trono. Pero murió antes de enfrentarse a Sancho. Alfonso X murió en Sevilla, ciudad que nunca dejó de serle fiel, en el año 1284 y en su testamento deshereda a Sancho y reconoce como sucesores a los infantes de la Cerda, dando así lugar a uno de los enfrentamientos más destacados de la Edad Media española y al nacimiento en la Historia de la figura de una mujer muy destacada, María de Molina, a la que algún día dedicaremos una entrada en este blog.
También tuvo conflictos con sus hermanos, además del ya señalado con Felipe, se enfrentó a Enrique, dando lugar a la revuelta de Vizcaya de 1255.
A pesar de todo lo visto, las crónicas recuerdan a Alfonso como un buen Rey, aunque lleno de contradicciones.
En el plano económico, aun teniendo en cuenta la veleidad alemana y sus consecuencias, Alfonso destaca por poner en marcha durante aquel reinado numerosas ferias y sobre todo por instituir en 1273, el “Concejo de la Mesta”. Realmente, no lo crea, ya existían Mesta locales y regionales, pero le da carácter institucional y lo proyecta sobre todo el reino de Castilla. La Mesta controlaba la actividad ganadera, en particular la ovina, su trashumancia a través de las cañadas, dando gran relieve y desarrollo económico a esta actividad en Castilla.
Asimismo, conviene señalar que durante el reinado de Alfonso X se fortaleció la institución de las Cortes, generalizada para los reinos de Castilla y de León.
Por otro lado, la aventura imperial trajo a España y a Castilla uno de los elementos más trascendentes del reinado de Alfonso X: el carácter internacional que tuvo en todo momento la Corte del Rey. Este carácter no tuvo igual en ningún país de la Europa del momento. Se manifestaba en la multitud de vasallos llegados de todas las partes de Europa y áfrica. Los judíos y árabes tuvieron un papel destacado en aquella corte, sobre todo en el ámbito de las traducciones, lo que no fue excusa para que Alfonso se empleara a fondo en su tarea de Reconquista y expulsión de los musulmanes de España. Pero los intelectuales musulmanes fueron tratados con exquisitez en su corte, donde vivieron en plena armonía cristianos, judíos y árabes. Esta es una de las consecuencias de aquella internacionalización y uno de los puntos más destacados de lo que fue la mayor obra de Alfonso X: la cultura.
Fernando III procuró a todos sus hijos una esmerada educación. Alfonso tuvo grandes e importantes preceptores que le inculcaron el amor al estudio, favorecido por una inclinación natural del monarca a las letras y las ciencias, a querer ser un compendio del saber, resultando un adelantado al Renacimiento. El historiador Robert Sabatino López ha afirmado que el principal legado transmitido a la posteridad por Alfonso X fue “su patronato y su contribución personal a todas las ramas del saber y del arte”[1]. El monarca se convirtió en el director de un amplio programa de estudio, traducción e investigación, cuyos pilares fueron, en principio, la ciencia (incluyendo astronomía, astrología y medicina) y el derecho, incorporándose después la historia y la poesía. La luz de obra permitió el desarrollo paralelo de otras manifestaciones culturales y así en aquella época alcanzaron la mayoría de edad las artes plásticas y la arquitectura. Como hemos dicho el Rey esencialmente dirigía y en algún caso escribía de su puño y letra; como describe Don Juan Manuel el Rey dialogaba con sus intelectuales, y para planear sus obras con ellos, seguía sus estudios, les hacía recopilar y leer multitud de libros llegados de todas partes del mundo con la finalidad de componer las obras más completas posibles. En esta tarea de establecer centros de estudio a lo largo de la península que en ocasiones se movían donde se movía el Rey, en otras se asentaban en un centro concreto e informaban al Rey de sus avances, lo que permitió, entre otras cosas, un gran desarrollo a las Universidades, que mucho le deben al Rey sabio, especialmente la de Salamanca.
En un análisis de la obra cultural alfonsina nos referiremos primero a un hecho común y esencial en la evolución histórica y cultural de España: a Alfonso X el Sabio se le considera el unificador de la prosa castellana, de hecho, puede datarse en su época la adopción del castellano como lengua oficial.
El Rey Sabio comprendió que la lengua y el derecho eran los dos pilares básicos sobre los que tenía que asentar sus reformas culturales y políticas. Entendió que el desarrollo cultural sería más eficaz en la lengua vernácula que en el latín, de ahí que impulsara la traducción de textos del latín, árabe y hebreo, renovó la ortografía y el léxico. En su labor en la corrección y consolidación del castellano como lengua del reino, el Rey se rodeó de “emendadores” del lenguaje, cuyo propósito era hacer una reforma definitiva para lo que utiliza el habla de Toledo como modelo de nivelación lingüística del reino. Si bien, el Rey, gran aficionado a la poesía, gustaba escribirla en lengua gallega, más dulce y sonora, según su gusto. Sus composiciones trataban todos los campos poéticos: amorosa, trovadoresca con la cual llegaba también a los poemas de escarnio, con un uso del lenguaje irónico y mordaz. Aunque sus mejores resultados los obtuvo en la poesía religiosa, en sus “Cántigas a Santa María”, dedicadas a ensalzar los milagros de la Virgen, constituyendo todo un legado armonioso de musicalidad y variedad métrica.
Su interés por las más diversas áreas del saber lo llevaron a impulsar la organización de tres grandes centros culturales en Toledo, Sevilla y Murcia.
En la primera ciudad quedó ubicada la famosa Escuela de Traductores de Toledo, la cual, junto a compiladores y autores originales repartidos por el resto, emprendió una ingente labor de recogida de toda clase de materiales para la elaboración de libros. En este contexto, se asentaron intelectuales de cualquier origen religioso o nacional, como hemos señalado anteriormente, de ahí que se tradujeran la Biblia, el Corán, el Talmud y la Cábala.
En el ámbito jurídico muestra su propósito de contribuir a la labor unificadora emprendida por su padre, Fernando III. También aquí fue de gran trascendencia el estudio del lenguaje castellano pues le permitió establecer las bases esenciales de gran parte de los conceptos jurídicos, que trascenderían y alcanzarían la tradición de nuestro ordenamiento jurídico posterior y fundamento del aprendizaje del derecho incluso en la actualidad.
Su obra marga en este campo son “Las Partidas” (1256-1265). Su nombre original era “Libro de las Leyes”, y hacia el siglo XIV recibió el nombre de las siete partidas o simplemente partidas, por las secciones en que se encontraba dividida.
Se trata al tiempo de una enciclopedia, no sólo jurídica, llena de definiciones redactadas en un lenguaje exquisito, y de una norma que alcanzó fuerza de ley. Es obra de un conjunto de expertos juristas castellanos e italianos y en su redacción intervino directamente el Rey sabio. Este procedimiento de trabajo en grupo es una constante en la obra de Alfonso.
Las siete partidas son suspendidas por Sancho, su hijo, pues en ellas se consideraba el sistema de sucesión por representación, alterando la tradición y convirtiendo su reinado en Ilegal. Será en el Siglo XIV cuando se establezcan como norma, de nuevo, con Alfonso XI, estando vigentes durante buena parte de la historia jurídica posterior de España y de nuestro Imperio americano. De hecho, en Hispanoamérica estuvieron en vigor hasta la época de las compilaciones en el S XIX.
La obra jurídica alfonsina no se entendería sin sus primeras obras jurídicas, Fuero Real y Espéculo. Las tres obras (estas dos más las partidas) componen una trilogía de saber jurídico- normativo de carácter correlativo, como un proyecto continuo, cuyo origen estaba marcado por el Fuero Juzgo, traducción del Liber Iudiciorum visigodo hecha en tiempos de Fernando III, el Santo. Este compendio representa el apogeo de la recepción del derecho común (de base romano-canónica), es decir, Alfonso utiliza el Derecho Romano como fundamento de la unidad jurídica del poder, orientado a ser un claro antecedente de la creación del concepto moderno de soberanía, que si bien tiene su origen en los estudios que desde Bolonia se venían haciendo desde el siglo XI, no deja de ser una muestra de que el Rey castellano, también en este aspecto, mantenía una visión europeísta, internacional, que colocó el derecho castellano entre los más avanzados de su tiempo.
Entre las obras de carácter histórico figuran una biografía de Alejandro Magno y dos títulos fundamentales: la Crónica general y la Grande e general estoria, textos cuya ambiciosa empresa es contar, el primero de ellos, la historia de España desde un punto de vista unificador, en términos nacionales y políticos; el segundo, en cambio, se propone la relación de la historia universal. Su pretensión era justificar sus derechos al trono imperial, justificar el derecho histórico de sus Reyes a ocupar las tierras musulmanas de la península Ibérica y asimismo documentar históricamente la preeminencia de la monarquía sobre la nobleza. De nuevo, Alfonso se convierte en un superador de los preceptos medievales del “primus inter pares”, del feudalismo, para concebir la monarquía como manifestación de poder en su auctoritas y en su potestas. Fue el gran fortalecedor de la Monarquía hispana. A él le deben mucho, en este sentido, todos sus sucesores.
La Crónica General consta de dos partes. La primera comienza con el Génesis y llega hasta la rebelión de Pelayo contra los musulmanes en Asturias. Se escribió en época de Alfonso X. La segunda parte comprende el período que va de Pelayo a Fernando III, y se redactó durante el reinado del hijo de Alfonso, Sancho IV. (de parte de estos acontecimientos dimos buena cuenta en esta entrada del blog: https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/ ). Se hicieron dos versiones: una oficial o culta, en latín, y otra popular, en castellano. Como fuentes se utilizaron la Biblia, las crónicas castellanas de la primera mitad del siglo XIII, los romances populares, los clásicos latinos, las leyendas eclesiásticas y las crónicas árabes. La obra presentaba el reino de Castilla y León como el eje de la Historia de España. Tuvo gran difusión, a través de numerosas copias y resúmenes, y no perdió fama durante los siglos posteriores.
La General Estoria es una historia universal estructurada en seis edades (división usual desde san Agustín y san Isidoro), de las que no se completaron la quinta y la sexta. La crónica empieza, con la creación del mundo según la Biblia y acaba poco antes del nacimiento de Cristo, uniendo la historia propiamente dicha con relatos legendarios y mitológicos.
Obras científicas son los Libros del saber de astronomía con sus Tablas astronómicas o Tablas alfonsíes, destinadas a descifrar el “juicio de las estrellas” (Libro conplido en los iudizios de las estrellas) , fruto, en parte, de las observaciones efectuadas en el observatorio fundado por el Rey en el toledano castillo de San Servando. Estas obras significaron un hito en el transito desde la Astrología a la Astronomía. Así, presenta en esta materia textos compuestos de tratados originales, refundiciones y traducciones que pretenden compilar todo el conocimiento astronómico de la época con el fin de promover su desarrollo. La idea motriz de la obra científica de Alfonso parece supeditarse a la tradición aristotélica, entre macrocosmos y microcosmos, entre el universo y el hombre. Alfonso X se apoya en esta idea de conocer los secretos del destino y prepararse para afrontarlos en las mejores condiciones. La producción en este campo del saber permite la traducción de tres distintos tratados astrológicos (Libro conplido en los iudizios de las estrellas, Libro de las cruzes y Quadripartitum), dos de los cuales (el primero y el tercero) tuvieron una amplísima influencia en Europa a través de traducciones latinas encargadas por el propio Alfonso. No hay que olvidar que en la Edad Media la astrología, funcionaba como catalizador de la sabiduría global.
Asimismo, cabe registrar el Lapidario, tratado en el que se describen quinientas piedras preciosas, metales y algunas sustancias.
Promueve avances en Medicina, Farmacia, Mecánica y Física, por ejemplo, en el Tratado del cuadrante señero o en traducciones de libros árabes sobre mecánica que llevaron a construir algunas de las máquinas allí descritas. En estas ramas del saber cuenta con el respaldo esencial de los intelectuales judíos.
Por último, señalar que también se ocupó de otros saberes dedicados al entretenimiento como los estudios sobre el juego de ajedrez “Libros de ajedrez, dados y tablas” o la traducción de cuentos como los de “Calila y Dimna”.
BIBLIOGRAFÍA
MARTÍNEZ, H. Salvador, Alfonso X, el Sabio. Una biografía. Polifemo. 2003.
O’CALLAGHAN, Joseph, El rey Sabio. El reinado de Alfonso X de Castilla, Sevilla, Universidad de Sevilla. 1996
TORRES FONTES, Juan, Documentos de Alfonso X el Sabio. Academia Alfonso X el Sabio, 1963 (Colección de Documentos para la Historia del Reino de Murcia, 1).
LÓPEZ, Robert S. El nacimiento de Europa. Editorial Labor, S.A.1965
[1] López, Robert S. (1965). El nacimiento de Europa. Editorial Labor, S.A.1965