BERENGUELA I DE CASTILLA 

 

La reina Berenguela I de Castilla (1180-1246) es una gran desconocida en la Historia de España y, sin embargo, fue la primera mujer que reinó en Castilla y una de las reinas más influyentes en el devenir de nuestra Historia.

Berenguela era la hija de Alfonso VIII, y de Leonor de Inglaterra (Leonor Plantagenet), descendiente a su vez del rey Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania.

Berenguela fue heredera de la corona de Castilla mientras sus padres no tuvieron un heredero varón, motivo por el cual fue prometida en matrimonio a Conrado, tercer hijo de Federico I Barbarroja. Sin embargo, el nacimiento de su hermano Fernando eliminó esa posibilidad primera de reinar y Conrado, visto que sus aspiraciones a ser rey se desvanecían, rompió el compromiso.

Sus padres concertaron, entonces, su matrimonio con Alfonso IX de León, lo que le otorgó el título de reina consorte del Reino de León. Con este matrimonio se pretendía poner fin a la guerra que venía enfrentando a ambos reinos cristianos: Castilla y León. El enlace fue favorecido por la reina Leonor, tropezando con las reticencias de Alfonso VIII, que preveía ya las dificultades venideras por razón del parentesco entre ambos contrayentes: Alfonso VIII y Alfonso IX eran primos carnales, nietos los dos de Alfonso VII de León, Emperador de España y Rey de Castilla y León. La boda de Berenguela y Alfonso se celebró en Valladolid en 1197. El matrimonio no tuvo muy buenas perspectivas desde el principio, puesto que Papa Celestino III, aunque no autorizó el enlace, no se opuso al mismo (hay que recordar que ya había anulado el primer matrimonio de Alfonso con Teresa de Portugal por consanguinidad. De aquel matrimonio habían nacido dos hijas). Sin embargo, fallecido Celestino en 1198,  su sucesor, Inocencio III , muy opuesto a los matrimonios entre consanguíneos, no paró hasta lograr la separación del matrimonio.  No contaba Inocencio conque los reyes de León se enamoraran; el amor y la dote de Berenguela que dejaba a Alfonso IX en una situación muy desfavorable en caso de disolución del matrimonio, hicieron que se opusieran con todas sus fuerzas a su separación. Aquella oposición duró siete años y cinco hijos. Sólo el ataque directo del Papa a Alfonso VIII y la alteración que estas amenazas podía producir en Castilla, lograron que Alfonso VIII llegara a un acuerdo con el Papa para que el matrimonio no se disolviera de iure pero se separaba de facto.

De este modo, Berenguela dejó León y se instaló con sus hijos en Castilla en 1204. Sus hijos fueron: Leonor que murió de niña en 1201; Constanza que profesaría como religiosa cisterciense en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos, donde murió en 1242; Fernando, futuro Fernando III el santo; Alfonso, futuro Alfonso de Molina  (concordia de Zafra); la quinta, llamada como su madre, Berenguela, será la futura Reina de Jerusalén, por su matrimonio, celebrado en Toledo en 1224, con Juan de Brienne, Rey de Jerusalén.

Cuando llegó Berenguela a Castilla en aquel 1204, acababa de nacer su segundo hermano varón, Enrique, lo que la relegaba a la tercera posición en la sucesión al trono castellano.

En 1211 moría su hermano mayor Fernando y en 1214 sus padres. En esta situación, Enrique es proclamado Rey de Castilla a la edad de once años, nombrando a Berenguela como tutora y regente. Su actuación como regente fue siempre prudente y adecuada, hasta que las intrigas palaciegas, sobre todo de los hijos del conde Nuño Pérez de Lara, obligan a Berenguela a nombrar ayo, para el cuidado y educación de su hermano, a Álvaro Pérez de Lara. Aquellas intrigas también lograron que Álvaro se hiciese con la regencia, aunque con algunas limitaciones. El enfrentamiento entre Álvaro y los nobles y también entre Álvaro y Berenguela obligó a ésta a refugiarse en el castillo de Autillo ( Palencia) y a que enviara a su hijo Fernando al recaudo de su padre, el Rey de León.

Evidentemente aquella división en dos bandos llevaba sin remedio a un enfrentamiento armado que se produjo en abril de 1217. Mientras Álvaro rodeaba el castillo de Autillo en el que estaban refugiados Berenguela y sus partidarios, dejó al niño rey en el palacio arzobispal, con tan mala fortuna que, jugando en el patio del palacio, le cayó una teja encima y le mató.

Berenguela mandó comunicación a su hijo Fernando para que se reuniera con ella. Berenguela había logrado escapar y llegar hasta Valladolid desde dónde dirigió las negociaciones para que la nobleza y los concejos castellanos la nombraran a ella, como legítima heredera, Reina de Castilla, con la intención, señalada en aquellos acuerdos, de entregar su reino a su hijo Fernando. Esta proclamación de Berenguela y de su hijo Fernando como Reina y Rey de Castilla tuvo lugar en la plaza del mercado de Valladolid el 2 o el 3 de julio de 1217. La relación de madre e hijo fue siempre armoniosa y cordial.

“Casi treinta años duró esta entente admirable entre madre e hijo; Fernando I será el rey propietario del reino castellano y como tal gobernará con plenos poderes, pero el consejo prudente y desinteresado de su madre estará presente en todas las decisiones de Fernando III; los diplomas se expiden siempre a nombre de Fernando, pero éste consignará en todos ellos que lo hace “con el asenso y beneplácito de la reina doña Berenguela”. Nunca, que se sepa, hubo una disensión entre madre e hijo, por eso resulta prácticamente imposible distinguir qué decisiones corresponden al hijo y cuáles a la madre. Cuando Fernando inicia el año 1224, sus expediciones de conquista por Andalucía, prácticamente anuales, es su madre la que queda en Castilla, casi siempre en Burgos, gobernando el reino con su sagacidad y prudencia y apoyando con toda clase de pertrechos las campañas del hijo”.[1]

La prudencia y el tino de Berenguela fueron determinantes para guiar los pasos de Fernando III y que éste lograra la sucesión pacífica de su padre en el reino de León. En este camino es muy destacable la llamada Concordia de Benavente de 1230, que fue el acuerdo alcanzado por Berenguela con Teresa de Portugal tras la muerte de Alfonso IX de León mediante el cual, su primera mujer, Teresa de Portugal, renunciaba a los derechos que sus hijas, Sancha y Dulce de León, tenían al trono de León en favor de su hermanastro el Rey de Castilla, e hijo del segundo matrimonio de Alfonso IX con Berenguela, Fernando.

Aquella resultó ser la unión definitiva de los reinos de Castilla y León, que recordamos incluían Galicia, toda la cornisa cantábrica, parte de La Rioja actual y se encaminaban a la conquista de Andalucía de la que ya en parte era castellana.

“Especialmente emotivo resulta el último encuentro entre madre e hijo, que tuvo lugar en Pozuelo de don Gil, la actual Ciudad Real, en la primavera de 1245; fue la reina la que se trasladó de Burgos a Toledo, desde donde envió aviso a su hijo, que se encontraba en Córdoba, manifestando sus deseos de encontrarse con él, para tratar asuntos del heredero, Alfonso. Fue la última vez que se vieron madre e hijo, pues Berenguela murió el 8 de noviembre de 1246, dejando tras de sí una bien merecida fama de mujer y de gobernante siempre prudente y discreta; sus restos mortales fueron depositados en las Huelgas de Burgos junto a sus padres”.[2]

BIBLIOGRAFÍA

Cruz, Fray Valentín de la. Berenguela la grande: Enrique I el Chico (1179-1246). Ediciones Trea, S.L. 2006.

 

Martínez Díez., Gonzalo SJ. “Fernando III. 1217-1252”. Ed La Olmeda.1993.

[1] Gonzalo Martínez Díez. SJ. “Fernando III. 1217-1252”. Ed La Olmeda.199

[2] Op. Cit.

 

La Mesta

La reconquista contribuyó a asegurar en Castilla una economía pastoril. En una tierra árida, siempre cercana a la frontera con los moriscos y llena de algaradas y enfrentamientos por ese motivo, la ganadería era una actividad segura – se podía trasladar el ganado hacia zonas que no eran atacadas y volver cuando crecían los pastos- y bien remunerada.

La prosperidad pastoril y los intereses comunes de los ganaderos dieron lugar a su asociación. No está claro si la iniciativa fue puramente profesional, es decir, entre los propios pastores o tiene origen real. Con carácter mayoritario se entiende que su origen estaría en las pequeñas mestas locales que existían ya en la Alta Edad Media entre los pastores de las majadas leonesas y castellanas, como producto de su asociación ante problemas derivados de su profesión, para reforzar sus fueros y hacerse cargo de las reses desmandadas dándoles dueño (mostrencos). De este modo, la monarquía sólo tuvo que dotarla de legalidad. En un primer momento, la agrupación sólo perseguía ordenar el complicado sistema de trashumancia, de acuerdo con el cual los rebaños eran conducidos a través de España desde los pastos de verano en el norte a los pastos invernales del sur. Posteriormente, pretendió hacerse con el control de todos los rebaños de la cabaña lanar castellana aprovechando para abaratar el mismo y hacerlo más seguro pues se trasladaba acompañado de una guardia armada, llamada esculca o rafala. Aquella cabaña lanar era mucho más próspera a medida que la reconquista avanzaba hacia el sur, pues a la oveja tradicional castellana- Churra- se le unió, probablemente en el último tercio del S XIII, una raza de oveja nueva procedente del norte de África- la oveja Merina-. Esta nueva raza daba una lana de excelente calidad que se convirtió en el primer producto en exportaciones del reino; era una parte sustancial de la economía. La oveja churra, era más importante para consumo humano.

A medida que se prosperaba y se incrementaba el terrero sobre el que extender los rebaños surgieron complicaciones en las tareas de aquellas asociaciones de ganaderos. Estas complicaciones en las tareas a realizar y los derechos a defender dio lugar al nacimiento de una asociación más organizada e institucionalizada: el Concejo de la Mesta.

El origen de la complicación social se debió, como hemos señalado, al avance de la reconquista. Al llegar Fernando III, el santo, a Andalucía el territorio se estabilizó, de modo que lo que habían sido siempre zonas ganaderas- zonas fronterizas cercanas a los territorios musulmanes, fueron acogiendo a más colonos cuya actividad principal era la agricultura. Los agricultores no querían que el ganado trashumante se comiera sus cosechas, surgiendo así enfrentamientos entre ganaderos y agricultores.

La solución la dio el rey Alfonso X, el sabio, hijo de Fernando. Pactó con las asociaciones de ganaderos unos caminos por los que transitar y no molestar a los agricultores. El rey dio así el impulso definitivo al Concejo de la Mesta en 1273, que más tarde se llamó Honrado Concejo de la Mesta, tras la reglamentación que le dio Alfonso IX en 1347.

Para que el ganado no dañara los cultivos, se idearon unos itinerarios especiales que, dependiendo del tamaño de la vía, recibían diferentes nombres. De menor a mayor se denominaron coladas, veredas, cordeles o cuerdas, y cañadas. Las cañadas más importantes eran conocidas como cañadas reales.

Los ganaderos que pertenecían a la Mesta obtuvieron privilegios reales, como la exención del servicio militar y de testificar en los juicios y ventajas como derechos de paso y pastoreo. Con el tiempo obtuvo nuevos privilegios reales y ventajas fiscales.

La Mesta celebraba dos asambleas al año, una en el sur de la península y otra en el norte. Principalmente se debatían los cargos internos (presidente) y cómo se iban a organizar los itinerarios.

La Mesta alcanzó gran poder y contribuyó, junto con la pacificación de las zonas ya reconquistadas, al desarrollo de una destacada actividad textil que se localizaba en ciudades de la cuenca del Duero, como Zamora, Palencia, Soria o Segovia, pero también en ciudades ganadas al islam, tales como Toledo, Cuenca Córdoba o Murcia. La producción textil de Castilla y León era modesta, al menos si la comparamos con la excepcional producción de lana de los reinos. Pero a medida que se desarrollaron centros industriales, sobre todo, en el País vasco, la producción creció.

Por lo que se refiere al comercio en el siglo XIII, es un dato significativo el hecho de que se crearan nuevas ferias, sobre todo en ciudades de la meseta sur y de Andalucía; así, en Brihuega, Alcalá de Henares, Cuenca, Cáceres, Badajoz o Sevilla.

En las cortes de Toledo de 1480 se decreta dejar libre el paso de rebaños entre Aragón y Castilla, siendo el reflejo del destacado concepto en el que los Reyes Católicos tuvieron a la Mesta. Aquella libertad de tránsito pretendía proteger la actividad e ​ incrementar los ingresos de la corona mediante el arrendamiento y la venta de derechos de pastos. A partir de entonces, el presidente de la Mesta sería el miembro más antiguo del Consejo Real.

La Mesta alcanzó su máximo esplendor en 1492, año en que los campesinos consideraron excesivos los privilegios concedidos a la Mesta.

Fue una organización muy poderosa debido a los privilegios que los reyes le concedían, ya que la lana era un importante producto entre los que exportaba Castilla a Europa, por lo que se debía fomentar la producción de lana, a veces en detrimento de la agricultura. En ocasiones se acusa a la Mesta de la desforestación de la península ya que la gran cantidad de ganado necesitaba mucho pasto para alimentarse.

Sin embargo, la Mesta llegó a su decadencia. Principalmente por la perdida del monopolio mundial. Tal ruptura se debió a que varios corderos merinos fueron regalados por Felipe V a su abuelo el rey de Francia, Luis XIV. Los franceses aprovecharon su crianza para extender esta ganadería por todo su país y ejercer de exportadores a centro Europa en detrimento de España. En nada favoreció a nuestro país las guerras napoleónicas que destrozaron infraestructuras y cañadas dificultado la actividad trashumante. A ello se unió, que la industria española no era lo suficientemente competitiva frente a los talleres europeos, lo que incrementaba el precio de la lana española frente a la europea.

Además, los continuos enfrentamientos internos entre campesinos y agricultores y las necesidades económicas de la corona, laminaron muchos privilegios de la Mesta. Las grandes fortunas nobiliarias y también los conventos y eclesiásticos van poco a poco abandonando esta actividad y refugiándose en otras más prosperas.

Todos esos motivos fueron esenciales para la desaparición del Concejo de la Mesta en 1836.

BIBLIOGRAFÍA

ANES, Gonzalo y GARCÍA SANZ, Ángel (coord.) “Mesta, trashumancia y vida pastoril”. Ed. Investigación y Progreso. 1994.

KLEIN, Julius. “La Mesta: estudio de la historia económica española, 1273-1836.” Alianza editorial. 1979.

OCTAVO CENTENARIO DE ALFONSO X, EL SABIO.

Alfonso nace en Toledo el 23 de noviembre de 1221 y muere en Sevilla el 4 de abril de 1284 era hijo del monarca castellano Fernando III, el Santo, y de la princesa alemana Beatriz de Suabia. Alfonso X fue Rey de Castilla desde el fallecimiento de su padre en 1252, hasta la fecha de su muerte. Si bien, los dos últimos años de su vida los pasó recluido en Sevilla por orden de su hijo Sancho.

Por tanto, en noviembre de este año se cumplirán 800 años de su nacimiento.

La figura de Alfonso X fue importante y destacada en muchos aspectos, pero si en algo sobresalió fue en su amor por la cultura. Por eso, sobrevolaremos por sus otras facetas, algunas tan importantes que merecerían una crónica propia como, por ejemplo, el “fecho del Imperio”, para centrarnos en los aspectos culturales.

De su padre heredó los reinos de Castilla y León (unidos definitivamente desde 1231 por Fernando III) más la ampliación de los territorios hacia el sur de la península, ganados por las armas a los musulmanes, lo que establecía las bases para la creación del reino cristiano más grande y poderoso de la Península. Así, siendo aún infante de Castilla y León incorporó a la Corona el reino taifa de Murcia y una vez en el trono, con 31 años, Alfonso X continuó con la conquista de Andalucía iniciada por su padre, lo que le hizo tomar Cádiz, Jerez, Medina-Sidonia, Lebrija, Niebla (coincidente con buena parte de la actual provincia de Huelva). Repobló Murcia y la Baja Andalucía. Hizo frente a una sublevación de los musulmanes de sus reinos, promovida por los Reyes de Granada y Túnez e, incluso, se atrevió a una efímera incursión en territorio africano -expedición a Salé (1260)- que fue, sobre todo, de gran valor simbólico tras siglos de dominación musulmana en la Península.

Por parte de su madre, Alfonso pertenecía a la familia de los Staufen y descendiente de Federico Barbarroja y de Alejo Comneno, el Emperador Bizantino. Su origen alemán le hacía aspirante a la corona imperial del Sacro Imperio. Ese acontecimiento es conocido en las fuentes de la época como “el fecho del Imperio”. Presentó su candidatura al título imperial germánico después de que se lo suplicara una embajada procedente de la ciudad italiana de Pisa, que se reunió con él en Soria, en el año 1256. Consideraban los pisanos que Alfonso descendía “de la sangre de los duques de Suabia, una Casa a la que pertenece el Imperio con derecho y dignidad por decisión de los príncipes y por entrega de los Papas de la Iglesia”. Alfonso X fue elegido emperador el día 1 de abril del año 1257, con el apoyo de Sajonia, Brandeburgo, Bohemia y varias ciudades italianas intitulándose “Rey de Romanos y emperador electo”. Pero al mismo tiempo tuvo lugar, de manera sorprendente, la elección de otro candidato a dicho título: el inglés Ricardo de Cornualles. Alfonso X defendía su corona por el hecho de que él había sido elegido emperador “por la mayor y más importante parte de los príncipes de Alemania”- hay que recordar que la corona imperial germana era electiva-. A partir de aquel momento se inició una fuerte disputa entre los dos electos por el trono imperial germánico. Aquella aspiración de Alfonso que en el fondo unía la dignidad imperial nacida en Asturias con el Sacro imperio y cuya plasmación se dará posteriormente con Carlos V, supuso un gran desembolso para las arcas castellanas. Motivo por el cual, aquella pretensión real, el “fecho del Imperio” fue muy impopular en Castilla, pues exigió dinero y hombres que, unidos a los gastos de la corte y a las continuas guerras, crearon dificultades financieras importantes. En este sentido hay que recordar la depreciación que se aplicó al vellón, cuyo resultado fue un completo fracaso. Las medidas tomadas por Alfonso X relativas a la política económica fueron, por lo general, inoportunas, debido a que se adoptaron, por necesidades urgentes derivadas de sus empresas políticas y bélicas que, en algunos casos, ninguna falta le hacían a Castilla. Por otra parte, su política fiscal, con un incremento considerable de los impuestos por las mismas razones que las devaluaciones, motivaron un gran descontento tanto en los concejos como en la alta nobleza, protagonista de una revuelta contra el Rey Alfonso X en el año 1272 (capitaneada por el Infante Felipe, hermano del Rey).  Pero, lo peor no fue el descontento interno, sino que la causa de su origen no valió para nada; el empeño de Alfonso de alcanzar el imperio le llevó a fortalecer sus relaciones con el bando de los gibelinos de la vecina Italia, sin que aquello le grajeara las simpatías papales, si siquiera a raíz de la muerte de su rival, el inglés Ricardo de Cornualles, suceso que aconteció en el año 1272. Todo parecía inclinado a su favor, pero la oposición del papa Alejandro IV, y sus sucesores Urbano IV, Clemente IV y Gregorio X inclinaron la balanza en favor Rodolfo de Habsburgo, renunciando Alfonso al Imperio en 1276.

Además del fracaso imperial, otras facetas muy importantes de su reinado fueron desatendidas por concurrir a la elección germana. Así en política el exterior, no pudo incorporar el territorio del Algarve a su corona y también tuvo que renunciar a la Gascuña francesa. E internamente, en una de sus ausencias por el asunto del Imperio, los benimerines norteafricanos desembarcaron en Algeciras (1272). En aquella campaña murió el infante Fernando de la Cerda- llamado así por el mucho pelo corporal que tenía, primogénito de Alfonso y heredero del trono, antes de que su hermano Sancho consiguiera rechazar a los musulmanes. Posteriormente, los benimerines derrotaron a una flota castellana en el estrecho de Gibraltar (1278), obligando a Alfonso a pactar una tregua.

Esto provocó el conflicto interno más importante de su reinado, el que le costó el trono. Ya había promulgado las Partidas (como luego veremos). En ellas, contra la tradición castellana, se establecía que debía sucederle el hijo mayor del difunto Fernando de la Cerda; pero al morir éste prefirió declarar heredero en 1278 a su segundo hijo, Sancho IV, siguiendo la tradición castellana. Sin embargo, el carácter de Alfonso a veces era vacilante y contradictorio y, por ello, en un intento posterior de hacer al infante de la Cerda Rey de Jaén provocó la rebeldía de Sancho. Creando un problema interno con repercusiones internacionales. Aragón y Portugal apoyaban a Sancho y Francia al infante de la Cerda. Sancho convocó Cortes en Valladolid en las que desafió a su padre y le destituyó como Rey. La acometida de Sancho dejó a su padre confinado en Sevilla y a punto de aliarse con el Rey benimerín para recuperar el trono. Pero murió antes de enfrentarse a Sancho. Alfonso X murió en Sevilla, ciudad que nunca dejó de serle fiel, en el año 1284 y en su testamento deshereda a Sancho y reconoce como sucesores a los infantes de la Cerda, dando así lugar a uno de los enfrentamientos más destacados de la Edad Media española y al nacimiento en la Historia de la figura de una mujer muy destacada, María de Molina, a la que algún día dedicaremos una entrada en este blog.

También tuvo conflictos con sus hermanos, además del ya señalado con Felipe, se enfrentó a Enrique, dando lugar a la revuelta de Vizcaya de 1255.

A pesar de todo lo visto, las crónicas recuerdan a Alfonso como un buen Rey, aunque lleno de contradicciones.

En el plano económico, aun teniendo en cuenta la veleidad alemana y sus consecuencias, Alfonso destaca por poner en marcha durante aquel reinado numerosas ferias y sobre todo por instituir en 1273, el “Concejo de la Mesta”. Realmente, no lo crea, ya existían Mesta locales y regionales, pero le da carácter institucional y lo proyecta sobre todo el reino de Castilla. La Mesta controlaba la actividad ganadera, en particular la ovina, su trashumancia a través de las cañadas, dando gran relieve y desarrollo económico a esta actividad en Castilla.

Asimismo, conviene señalar que durante el reinado de Alfonso X se fortaleció la institución de las Cortes, generalizada para los reinos de Castilla y de León.

Por otro lado, la aventura imperial trajo a España y a Castilla uno de los elementos más trascendentes del reinado de Alfonso X: el carácter internacional que tuvo en todo momento la Corte del Rey. Este carácter no tuvo igual en ningún país de la Europa del momento. Se manifestaba en la multitud de vasallos llegados de todas las partes de Europa y áfrica. Los judíos y árabes tuvieron un papel destacado en aquella corte, sobre todo en el ámbito de las traducciones, lo que no fue excusa para que Alfonso se empleara a fondo en su tarea de Reconquista y expulsión de los musulmanes de España. Pero los intelectuales musulmanes fueron tratados con exquisitez en su corte, donde vivieron en plena armonía cristianos, judíos y árabes. Esta es una de las consecuencias de aquella internacionalización y uno de los puntos más destacados de lo que fue la mayor obra de Alfonso X: la cultura.

Fernando III procuró a todos sus hijos una esmerada educación. Alfonso tuvo grandes e importantes preceptores que le inculcaron el amor al estudio, favorecido por una inclinación natural del monarca a las letras y las ciencias, a querer ser un compendio del saber, resultando un adelantado al Renacimiento. El historiador Robert Sabatino López ha afirmado que el principal legado transmitido a la posteridad por Alfonso X fue “su patronato y su contribución personal a todas las ramas del saber y del arte”[1]. El monarca se convirtió en el director de un amplio programa de estudio, traducción e investigación, cuyos pilares fueron, en principio, la ciencia (incluyendo astronomía, astrología y medicina) y el derecho, incorporándose después la historia y la poesía. La luz de obra permitió el desarrollo paralelo de otras manifestaciones culturales y así en aquella época alcanzaron la mayoría de edad las artes plásticas y la arquitectura.  Como hemos dicho el Rey esencialmente dirigía y en algún caso escribía de su puño y letra; como describe Don Juan Manuel el Rey dialogaba con sus intelectuales, y para planear sus obras con ellos, seguía sus estudios, les hacía recopilar y leer multitud de libros llegados de todas partes del mundo con la finalidad de componer las obras más completas posibles. En esta tarea de establecer centros de estudio a lo largo de la península que en ocasiones se movían donde se movía el Rey, en otras se asentaban en un centro concreto e informaban al Rey de sus avances, lo que permitió, entre otras cosas, un gran desarrollo a las Universidades, que mucho le deben al Rey sabio, especialmente la de Salamanca.

En un análisis de la obra cultural alfonsina nos referiremos primero a un hecho común y esencial en la evolución histórica y cultural de España: a Alfonso X el Sabio se le considera el unificador de la prosa castellana, de hecho, puede datarse en su época la adopción del castellano como lengua oficial.

El Rey Sabio comprendió que la lengua y el derecho eran los dos pilares básicos sobre los que tenía que asentar sus reformas culturales y políticas. Entendió que el desarrollo cultural sería más eficaz en la lengua vernácula que en el latín, de ahí que impulsara la traducción de textos del latín, árabe y hebreo, renovó la ortografía y el léxico. En su labor en la corrección y consolidación del castellano como lengua del reino, el Rey se rodeó de “emendadores” del lenguaje, cuyo propósito era hacer una reforma definitiva para lo que utiliza el habla de Toledo como modelo de nivelación lingüística del reino. Si bien, el Rey, gran aficionado a la poesía, gustaba escribirla en lengua gallega, más dulce y sonora, según su gusto. Sus composiciones trataban todos los campos poéticos: amorosa, trovadoresca con la cual llegaba también a los poemas de escarnio, con un uso del lenguaje irónico y mordaz. Aunque sus mejores resultados los obtuvo en la poesía religiosa, en sus “Cántigas a Santa María”, dedicadas a ensalzar los milagros de la Virgen, constituyendo todo un legado armonioso de musicalidad y variedad métrica.

Su interés por las más diversas áreas del saber lo llevaron a impulsar la organización de tres grandes centros culturales en Toledo, Sevilla y Murcia.

En la primera ciudad quedó ubicada la famosa Escuela de Traductores de Toledo, la cual, junto a compiladores y autores originales repartidos por el resto, emprendió una ingente labor de recogida de toda clase de materiales para la elaboración de libros. En este contexto, se asentaron intelectuales de cualquier origen religioso o nacional, como hemos señalado anteriormente, de ahí que se tradujeran la Biblia, el Corán, el Talmud y la Cábala.

En el ámbito jurídico muestra su propósito de contribuir a la labor unificadora emprendida por su padre, Fernando III. También aquí fue de gran trascendencia el estudio del lenguaje castellano pues le permitió establecer las bases esenciales de gran parte de los conceptos jurídicos, que trascenderían y alcanzarían la tradición de nuestro ordenamiento jurídico posterior y fundamento del aprendizaje del derecho incluso en la actualidad.

Su obra marga en este campo son “Las Partidas” (1256-1265). Su nombre original era “Libro de las Leyes”, y hacia el siglo XIV recibió el nombre de las siete partidas o simplemente partidas, por las secciones en que se encontraba dividida.

Se trata al tiempo de una enciclopedia, no sólo jurídica, llena de definiciones redactadas en un lenguaje exquisito, y de una norma que alcanzó fuerza de ley. Es obra de un conjunto de expertos juristas castellanos e italianos y en su redacción intervino directamente el Rey sabio. Este procedimiento de trabajo en grupo es una constante en la obra de Alfonso.

Las siete partidas son suspendidas por Sancho, su hijo, pues en ellas se consideraba el sistema de sucesión por representación, alterando la tradición y convirtiendo su reinado en Ilegal. Será en el Siglo XIV cuando se establezcan como norma, de nuevo, con Alfonso XI, estando vigentes durante buena parte de la historia jurídica posterior de España y de nuestro Imperio americano. De hecho, en Hispanoamérica estuvieron en vigor hasta la época de las compilaciones en el S XIX.

La obra jurídica alfonsina no se entendería sin sus primeras obras jurídicas, Fuero Real Espéculo. Las tres obras (estas dos más las partidas) componen una trilogía de saber jurídico- normativo de carácter correlativo, como un proyecto continuo, cuyo origen estaba marcado por el Fuero Juzgo, traducción del Liber Iudiciorum visigodo hecha en tiempos de Fernando III, el Santo. Este compendio representa el apogeo de la recepción del derecho común (de base romano-canónica), es decir, Alfonso utiliza el Derecho Romano como fundamento de la unidad jurídica del poder, orientado a ser un claro antecedente de la creación del concepto moderno de soberanía, que si bien tiene su origen en los estudios que desde Bolonia se venían haciendo desde el siglo XI, no deja de ser una muestra de que el Rey castellano, también en este aspecto, mantenía una visión europeísta, internacional, que colocó el derecho castellano entre los más avanzados de su tiempo.

Entre las obras de carácter histórico figuran una biografía de Alejandro Magno y dos títulos fundamentales: la Crónica general y la Grande e general estoria, textos cuya ambiciosa empresa es contar, el primero de ellos, la historia de España desde un punto de vista unificador, en términos nacionales y políticos; el segundo, en cambio, se propone la relación de la historia universal. Su pretensión era justificar sus derechos al trono imperial, justificar el derecho histórico de sus Reyes a ocupar las tierras musulmanas de la península Ibérica y asimismo documentar históricamente la preeminencia de la monarquía sobre la nobleza. De nuevo, Alfonso se convierte en un superador de los preceptos medievales del “primus inter pares”, del feudalismo, para concebir la monarquía como manifestación de poder en su auctoritas y en su potestas. Fue el gran fortalecedor de la Monarquía hispana. A él le deben mucho, en este sentido, todos sus sucesores.

La Crónica General consta de dos partes. La primera comienza con el Génesis y llega hasta la rebelión de Pelayo contra los musulmanes en Asturias. Se escribió en época de Alfonso X. La segunda parte comprende el período que va de Pelayo a Fernando III, y se redactó durante el reinado del hijo de Alfonso, Sancho IV. (de parte de estos acontecimientos dimos buena cuenta en esta entrada del blog:  https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/ ). Se hicieron dos versiones: una oficial o culta, en latín, y otra popular, en castellano. Como fuentes se utilizaron la Biblia, las crónicas castellanas de la primera mitad del siglo XIII, los romances populares, los clásicos latinos, las leyendas eclesiásticas y las crónicas árabes. La obra presentaba el reino de Castilla y León como el eje de la Historia de España. Tuvo gran difusión, a través de numerosas copias y resúmenes, y no perdió fama durante los siglos posteriores.

La General Estoria es una historia universal estructurada en seis edades (división usual desde san Agustín y san Isidoro), de las que no se completaron la quinta y la sexta. La crónica empieza, con la creación del mundo según la Biblia y acaba poco antes del nacimiento de Cristo, uniendo la historia propiamente dicha con relatos legendarios y mitológicos.

Obras científicas son los Libros del saber de astronomía con sus Tablas astronómicas o Tablas alfonsíes, destinadas a descifrar el “juicio de las estrellas” (Libro conplido en los iudizios de las estrellas) , fruto, en parte, de las observaciones efectuadas en el observatorio fundado por el Rey en el toledano castillo de San Servando. Estas obras significaron un hito en el transito desde la Astrología a la Astronomía. Así, presenta en esta materia textos compuestos de tratados originales, refundiciones y traducciones que pretenden compilar todo el conocimiento astronómico de la época con el fin de promover su desarrollo. La idea motriz de la obra científica de Alfonso parece supeditarse a la tradición aristotélica, entre macrocosmos y microcosmos, entre el universo y el hombre.  Alfonso X se apoya en esta idea de conocer los secretos del destino y prepararse para afrontarlos en las mejores condiciones. La producción en este campo del saber permite la traducción de tres distintos tratados astrológicos (Libro conplido en los iudizios de las estrellasLibro de las cruzes y Quadripartitum), dos de los cuales (el primero y el tercero) tuvieron una amplísima influencia en Europa a través de traducciones latinas encargadas por el propio Alfonso. No hay que olvidar que en la Edad Media la astrología, funcionaba como catalizador de la sabiduría global.

Asimismo, cabe registrar el Lapidario, tratado en el que se describen quinientas piedras preciosas, metales y algunas sustancias.

Promueve avances en Medicina, Farmacia, Mecánica y Física, por ejemplo, en el Tratado del cuadrante señero o en traducciones de libros árabes sobre mecánica que llevaron a construir algunas de las máquinas allí descritas. En estas ramas del saber cuenta con el respaldo esencial de los intelectuales judíos.

Por último, señalar que también se ocupó de otros saberes dedicados al entretenimiento como los estudios sobre el juego de ajedrez “Libros de ajedrez, dados y tablas” o la traducción de cuentos como los de “Calila y Dimna”.

BIBLIOGRAFÍA

MARTÍNEZ, H. Salvador, Alfonso X, el SabioUna biografía. Polifemo. 2003.

O’CALLAGHAN, Joseph, El rey Sabio. El reinado de Alfonso X de Castilla, Sevilla, Universidad de Sevilla. 1996

TORRES FONTES, Juan, Documentos de Alfonso X el Sabio. Academia Alfonso X el Sabio, 1963 (Colección de Documentos para la Historia del Reino de Murcia, 1).

LÓPEZ, Robert S. El nacimiento de Europa. Editorial Labor, S.A.1965

[1] López, Robert S. (1965). El nacimiento de Europa. Editorial Labor, S.A.1965