CHECAS

No pretendo acudir a eso tan manido hoy en día de contar la Guerra Civil española como un recuento de muertos de uno y otro bando, como una remembranza constante del “y tú más” u otras expresiones de enfrentamiento a palos entre unos y otros tan característico de nuestra Historia, como bien representó Goya. En aquella desgraciada guerra, todos fueron víctimas.  De hecho, nuestra Guerra Civil tiene como distinción frente a otras vividas hasta aquel momento, especialmente, las desarrolladas en el S.XIX, que el número de muertos como consecuencia de la represión desatada en ambas retaguardias fue casi igual al de muertos en el campo de batalla. Al fin y al cabo, una guerra civil es la más incivil de todas las guerras.

Hoy vamos analizar la represión en una de esas retaguardias, la republicana con sus checas.

El 20 de diciembre de 1917, Lenin ordenó la organización de una comisión especial para combatir a los contrarrevolucionarios y especuladores, la citada comisión fue conocida por las siglas ChK. (iniciales de su nombre en ruso, que, en Castellano, se traduciría por Comisión Panrusa extraordinaria de lucha contra la contrarrevolución, la especulación y el sabotaje). La cheka no era más que un servicio secreto que implantó un régimen de terror de estado para permitir a los bolcheviques mantenerse en el poder. Pasó a tener los nombres sucesivos de GPU, OGPU, NKVD, MVD y KGB. Este sistema se extendería dos décadas después a España, con ciertas características particulares en nuestra patria y que cuajó con carácter más general en 1936, al tiempo que se producía el alzamiento nacional, y se extendió en las zonas dominadas por la República.

¿Por qué cuajó esta situación? Porque en España no había democracia. Pensar que la Segunda república era democrática o que amplios sectores defendían abiertamente la democracia es una falacia. La democracia no se construye en dos días. España estaba formada por una población acostumbrada al caciquismo en las zonas rurales y no tan rurales; España estaba formada por una sociedad casi analfabeta, sólo algunas élites habían estudiado lo suficiente como para entender qué es y cómo actuar en democracia; en España los políticos trasladaron la mentalidad caciquil a la política nacional. Por supuesto que había sectores moderados, cultos y defensores de la democracia, pero estaban en franca minoría.

Además, el mundo en la tercera década del S XX estaba lleno de presiones de los totalitarismos presentes en Europa. Los principios básicos de aceptación del adversario y alternancia en el poder no estaban claros en la España de los años 30. Es más, algunos sectores creían (y así se vio tras las elecciones del 32 cuando se impidió que la CEDA accediera al Gobierno o en el pucherazo que se dio en el 36), que determinados sectores no debían gobernar nunca. Precisamente por la intolerancia se persiguió a los católicos y se quemaron Iglesias casi desde el inicio de la República. En aquel contexto y levantado el ejército el 18 de julio, se produjo en las zonas gobernadas por los republicanos una represión que se asemejó al terror de la Revolución Francesa o al bolchevique, el cual sirvió de inspiración al que luego ejercieron los nazis.

El 18 de julio de 1936, José Giral, presidente del Consejo de Ministros, dio orden de armar al pueblo. Evidentemente, para él, el pueblo estaba formado sólo por los sectores de la izquierda. Semejante quiebra del monopolio de la fuerza que debe estar en manos del Estado en todo país democrático no podía traer nada bueno. La represión y el asesinato inmisericorde contra el que no fuera de izquierdas sembró el terror en toda España, pero muy especialmente en Madrid. También las persecuciones de Barcelona y Valencia tuvieron gran repercusión sin olvidar otras a menor escala como, por ejemplo, la ocurrida en Ciudad Real, sobre la que se ha publicado no hace mucho un interesante libro (Fernando del Rey. “Retaguardia Roja” Galaxia Gutenberg. 2019). El orden constitucional y, en no pocas ocasiones, el simple orden, era inexistente en el las zonas dominadas por el Frente Popular en aquellos momentos.

La represión se inició con la excusa de perseguir golpistas, para centrarse luego en los enemigos de clase, especialmente miembros de la CEDA, de Comunión Tradicionalista o Falange, y continuar con los simples simpatizantes de esos partidos o con lo que ellos consideraban terratenientes y nobles, empresarios, industriales y, sobre todo y por encima de todo, católicos, que fueron los “privilegiados” en las persecuciones. Aunque también represaliaron a políticos de la República que se mostraron contrarios a la llamada revolución social, como Melquiades Álvarez.

Se iniciaron persecuciones en masa, personas fusiladas encima de zanjas abiertas previamente que se convertirían en tumbas colectivas. Sin juicio alguno, simplemente por no ser “de ellos”. De aquellos primeros asesinatos en masa cabe señalar en Madrid los del cuartel de la Montaña, la cárcel Modelo o el cuartel de Simancas, por no recordar la Matanza en Paracuellos con cerca de 2.000 asesinados.

Existía la convicción, heredada de la influencia soviética, de que la Revolución debería implantarse a costa de hacer desparecer a todos aquellos individuos desafectos con la misma. Esta convicción no nace en julio del 36 sino que ya venía de antiguo, la quema de Iglesias del 31 lo atestiguan, los señalamientos a políticos de la derecha por parte de los de la izquierda en el Parlamento lo corroboran (que se lo pregunten a Calvo-Sotelo)… En este ambiente nacen las checas (agosto de 1936) como cárceles no estatales, controladas por los partidos políticos y las organizaciones de izquierda, donde se torturaba y se asesinaba, bien dentro de la propia checa, bien fuera de ella.

Los estudios realizados al finalizar la guerra señalaron que sólo en Madrid hubo 225 checas, sin embargo, en una actualización llevaba a cabo por el CEU, la cifra se eleva a 345 en Madrid capital. En los pueblos hubo otras muchas.

Algunos creen que por hacer seguidismo de Rusia las checas fueron organizaciones empleadas por el Partido Comunista. No fue así, todos los partidos y sindicatos de izquierda tuvieron las suyas. Horrores criminales se vivieron en todas ellas. Con el avance de la guerra y los enfrentamientos internos entre los diferentes bandos del Frente Popular los anarquistas también sufrieron las torturas a manos comunistas, algunas de ellas de forma sofisticada al encerrarlos en espacios decorados con formas psicodélicas para que perdieran la razón.[1]

Tan brutales fueron las torturas en todas las checas de España, que el anarquista, Diego Abad de Santillán dice lo siguiente en el libro “Por qué perdimos la guerra”: “Uno de los aspectos que más nos sublevaba era la introducción de los métodos policiales rusos en nuestra política interior. Las torturas, los asesinatos, las cárceles clandestinas, la ferocidad con las víctimas, inocentes o culpables, estaban a la orden del día […] Lo ocurrido en las checas comunistas de la España republicana cuesta trabajo creerlo.”

Orwell describió muy bien la situación en Cataluña y lo que allí vio le hizo renegar del comunismo y contarlo al mundo entero. En Cataluña se creó una fuerza paramilitar llamada Patrullas de control, dependientes del Comité Central de Milicias antifascistas de Cataluña. En Valencia, las crueldades y ejecuciones fueron destacadas, especialmente en la checa de la calle Sorní o en las de Santa Úrsula, de Trinitarios… entre otras.

No nos vamos a centrar en los métodos de tortura, violaciones y otras vejaciones, simplemente porque dan vergüenza ajena, porque son tan repulsivos que me niego a reproducirlos. A mí me han dado nauseas cuando he leído sobre ellos. En uno de los enlaces que incluyo en la bibliografía, dentro de los estudios realizados por el CEU, se pueden ver fragmentos de una película que intenta reproducir parte de lo vivido, pero nada parecido a lo descarnado del relato directo de los testigos.

Las checas adquirían su nombre de la calle en la que se encontraban o del edificio que ocupaban, por eso muchas tienen nombres religiosos, al instalarse en conventos o Iglesias. La persecución a los religiosos fue de tal nivel que se cifra en 7.000 el número de muertos entre sacerdotes, religiosos y monjas durante la República, esencialmente en aquellos días. Asesinados, tras ser previamente torturados y/o violados. Se calcula que desde Diocleciano los cristianos no habían sufrido una persecución igual. Durante toda la represión republicana el número de católicos, no religiosos, asesinados por sus creencias ascendió a casi 111.000 personas. [2]

Los comunistas, para asesinar a los detenidos de sus checas, solían elegir la Ciudad Universitaria, la Casa de Campo, la carretera del Pardo y Puerta de Hierro. Los anarquistas solían asesinarlos dentro de la checa. El mismo comportamiento tuvo el socialista García Atadell, que regentaba dos checas una en la calle de La Montera y otra en la calle Marqués de Cubas, dentro torturaba y asesinaba y, después, abandonaba los cadáveres en las tapias de un cementerio o en la cuneta de una carretera. De ese mismo estilo fueron otras checas socialistas, como, por ejemplo, las de Marqués de Riscal o la de la Agrupación Socialista Madrileña. Es curioso observar como los enclaves para los fusilamientos iban cambiando a medida que los nacionales se acercaban a Madrid.

La acción de las checas no quedó limitada a los partidos o sindicatos, las autoridades republicanas fiscalizaron directamente alguna de ellas. Este fue el papel del Comité provincial de investigación pública (que se agrupó y regentó las checas de Bellas Artes – hasta finales de agosto de 1936- y se trasladó después a la de Fomento). Esta situación iría derivando a un aumento del número de checas por parte de las autoridades republicanas y a una unificación administrativa que nunca fue completa porque el Partido Comunista adquirió una posición preponderante, eliminando autoridad al resto. El comité no supuso la desaparición de las checas, sino que dio una capa de aparente legalidad a la ilegalidad y al atropello más absoluto con respaldo gubernamental.

Algunos de los primeros asesinados fueron los miembros de la policía y la Guardia Civil que fueron sustituidos en sus funciones por milicianos de izquierdas sin más formación que el carnet del partido. Estos “nuevos” policías no sólo eran los encargados de la seguridad de las checas, sino que se convirtieron en los agentes de los paseíllos y las sacas. En su tarea no hacían distingos, atacaban por igual a mujeres, hombres o niños.

Su actividad se iniciaba por las noches cuando el terror más furibundo acechaba las ciudades. Famosa fue la “Escuadrilla del Amanecer” dependiente de la Dirección General de Seguridad. A esas horas iban a los domicilios a detener a los miembros de cualquier familia que se tuviera por derechista, católica o simplemente que hubiera sido denunciada por algún vecino que los quería mal. Se iniciaban los “paseíllos” desde sus domicilios a las checas y desde allí se les “sacaba” de manera masiva con el objeto de ser asesinados. La escuadrilla del amanecer no siempre completaba el proceso, en ocasiones recurría a otras checas, sobre todo a la de Fomento, para que ellos realizaran las ejecuciones.

El método era el siguiente. Se iniciaba un simulacro de juicio en los que los procesados, después de ser torturados, carecían de defensa, se les juzgaba en la clandestinidad en medio de insultos y amenazas por jueces que no eran imparciales ni profesionales sino milicianos; con ellos se quebraba cualquier vestigio de garantías penales y procesales. La finalidad de estos supuestos juicios era la confesión de creencias religiosas o ideas políticas; acabado el interrogatorio, dicho tribunal resolvía. Si el detenido era considerado culpable, se escribía en su sentencia la palabra “libertad” seguida de un punto y se le invitaba a irse a su casa. A la salida, le esperaba un grupo de milicianos que le subían en un automóvil y le asesinaban. Si se declaraba que no era culpable quedaba libre, excepto cuando se trataba de personal militar o diputados a Cortes, en cuyo caso pasaban a la Dirección de Seguridad.

Las milicias y checas identificaban a sus víctimas por los ficheros que se les proporcionaban, como el de la Secretaria Técnica del Director de Seguridad, o por los ficheros que conseguían en sus saqueos, como los de Acción Católica y Adoración Nocturna.[3] También, sus víctimas eran elegidas entre algunos republicanos moderados que no comulgaban con esta horrible situación o entre personas que por su saneada economía eran ultrajados del modo más salvaje para incautarse de sus pertenencias.

Entre los chequitas el número de ladrones y de asesinos convictos fue numeroso. A este tipo de ladrones lo que les importaba no era la ideología sino la capacidad económica de las víctimas. El Director General de Seguridad, Ángel Galaza, fue el tesorero de lo requisado. Con aquellos bienes se pagaba a jueces, agentes y milicianos de todo tipo que “trabajaban” en las checas. Pero no todo llegaba a tal fin; fue clamoroso el caso de la checa de Marqués de Cubas bajo el mando del socialista García Atadell y de la UGT, con Felipe Ortiz Torres al frente, famosa por el número de asesinatos y, sobre todo, por la cantidad de las incautaciones de bienes económicos. La razón de su efectividad residió en la abundante información que sobre los vecinos dio la organización sindical de los porteros de Madrid. Pero esta checa tuvo un fin rápido. A finales de octubre de 1936, García Atadell junto con Luis Ortuño y Pedro Penabad decidieron abandonar Madrid con todo el dinero y las alhajas que pudieron acarrear. La noticia saló pronto a la luz y se conoció en toda España. Se dirigieron a Marsella y, una vez en territorio francés, vendieron parte de lo robado para lograr un billete hacia américa; con tan mala suerte, que el barco hizo escala en Santa Cruz de la Palma (Canarias) y allí fueron detenidos por la policía Nacional. Se les trasladó a Sevilla y sometió a un proceso bajo un tribunal militar. Fueron ejecutados en noviembre de 1936.

El final de los asesinatos en España y más concretamente en Madrid, dado el caos organizativo que era la República donde cada uno campaba a sus anchas y con su criterio, se debió a dos hechos, el primero el nombramiento del anarquista Melchor Rodríguez, esencialmente buena persona por encima de otra consideración, que fue nombrado Director General de Prisiones en noviembre de 1936, nada más ser nombrado prohibió las sacas. Su acción sólo se vio alterada tras el bombardeo de la aviación nacional sobre Guadalajara, pues los milicianos asaltaron la cárcel de la ciudad y asesinaron a los 320 reclusos. Cuando parecía que se iba a producir el mismo suceso en la cárcel de Alcalá de Henares, Melchor Rodríguez se enfrentó a pecho descubierto ante los milicianos y logró salvar a los presos. Pero la presión comunista logró que Rodríguez fuera sustituido el 1 de marzo de 1937. Denunció los hechos y señaló que los métodos empleados en las checas eran mucho peores que los empleados tras la aprobación de la ley de fugas de Martínez Anido y Arlegui (posiblemente para un anarquista, el pistolerismo de los años 20 había sido el mayor horror vivido nunca). Pero el segundo hecho que calma las aguas fue la estabilización del frente en Madrid, la huía del Gobierno republicano a valencia, dejando la situación a manos de la Junta de Defensa a cuyo frente estaba el general Miaja. Los miembros de las checas se trasladan a otros lugares en la retaguardia. La Policía y el Servicio de Investigación Militar (SIM), creado en agosto de 1937, acogerán a quienes intervinieron en las primeras etapas de las checas. Tras 1937, aún se conocen casos de violencia y torturas, pero de manera aislada.

Desde la creación de las checas, el único freno que tuvieron nació de las legaciones diplomáticas asentadas en Madrid.

Se entendía que las embajadas atenderían las peticiones de asilo de muchos de los ciudadanos que acudían a ellas solicitando asilo. Se pueden contar casos curiosos como el de los guardias civiles que custodiaban la embajada belga que fueron admitidos con sus familias como refugiados y como ellos, muchos españoles.

La tarea diplomática fue coordinada por el Embajador de Chile que puso de acuerdo a todas las legaciones, aunque la Embajada menos generosa fue la de Estados Unidos que sólo aceptó recoger a los que tenían nacionalidad norteamericana o a los que eran familiares de norteamericanos.

Las autoridades del Frente Popular no sólo presionaron a las legaciones diplomáticas para que entregaran a los refugiados, sino que en ocasiones recurrieron a los milicianos para que ejercieran “otro tipo de presión”; así fueron asesinados varios de los miembros de la embajada y familiares del embajador de Uruguay, siendo esta Embajada una de las más activas en la defensa de inocentes; o mataron al encargado de negocios de la Embajada belga, lo que provocó un incidente diplomático que, ante la pasividad de las autoridades republicanas, acabó siendo reclamado como un crimen de guerra por parte del Gobierno belga ante el Tribunal Internacional de la Haya. Varias legaciones fueron asaltadas: Noruega, Brasil, Perú, Finlandia… Especialmente escandaloso fue el bombardeo aéreo a la Embajada británica, causando graves daños materiales, pero afortunadamente sin fallecidos. El incidente fue utilizado por los republicanos para instar al embajador a que se alinease con las posiciones del Frente Popular, dado que insistían en que el avión era del bando nacional. Pero el resultado fue el contrario debido a que según la nota diplomática británica:” nuestra investigación probó sin lugar a dudas que el avión que nos atacó pertenecía a los leales (republicanos). Según parece, son capaces de cualquier cosa con tal de asegurarse la intervención británica”.

La gestión diplomática no logró detener las matanzas, pero sí proporcionó cobertura humanitaria a centenares de refugiados.

La acción diplomática fue además un obstáculo para la propaganda republicana en el exterior, la cual ya se nutría de intelectuales afines o no afines, pero previamente amenazados, que pusieron su pluma a favor de un sistema que claramente estaba mediatizado por la URSS en un intento de lograr en España un gobierno débil y sometido al comunismo soviético. De hecho, la prensa extranjera, sobre todo, aquella francesa que no era muy afín, fue “neutralizada”. El corresponsal del Paris Soir y los representantes de la agencia Havas sufrieron un atentado cuando se dirigían a Francia a contar los hechos vividos en las checas. Afortunadamente, vivieron lo suficiente, como para poder narrarlo.

BIBLIOGRAFIA

PAYNE, Stanley G. “¿Por qué la República perdió la guerra? Ed. Espasa. 2010.

CERVERA GIL, Javier. “Violencia en el Madrid de la Guerra Civil: Los paseos (julio a diciembre de 1936”.  ED. Universidad de Salamanca. 1995.

ALCALÁ, César. “Las checas del terror. La desmemoria histórica al descubierto”. Editorial Libros Libres (Madrid, 2007)

VIDAL, César. “Checas de Madrid”. Ed Belacua. 2003.

DEL REY, Fernando. “Retaguardia Roja” Galaxia Gutenberg. 2019

https://elpais.com/ccaa/2018/05/27/madrid/1527442555_948446.html

https://iehistoricos.ceu.es/investigacion/proyectos/checas-de-madrid/

https://www.youtube.com/watch?v=wo9EzJuaTrY

https://www.youtube.com/watch?v=GBI1zpEfdcg

[1] El País: https://elpais.com/ccaa/2018/05/27/madrid/1527442555_948446.html

[2] Documentación contenida en el santuario de la Gran Promesa de Valladolid.

[3] Instituto de Estudios Históricos del CEU.