LAS HERMANAS CLARY Y NUESTRA REINA AUSENTE.

Como se acerca la Navidad vamos a tratar un divertimento muy familiar. Vamos a hablar de dos hermanas que llegaron a ser reinas. Una de ellas de España. Una reina que nunca pisó territorio nacional y posiblemente sea la más desconocida de nuestras consortes en la Edad Contemporánea.

Me refiero a las hermanas Clary, Julia y Desirée. Hijas de un rico comerciante de sedas de Marsella, François Clary. La buena posición económica hace que Monsieur Clary se case, en segundas nupcias, con una señora perteneciente a la alta burguesía de la ciudad. Fruto de ese segundo matrimonio nacen nuestras hermanas protagonistas: Julia en 1771 y Desirée en 1777.

Cuando estalló la Revolución Francesa (1789), alcanzó Marsella y la llenó, como al resto de Francia, de episodios de radicalismo y violencia. La riqueza alcanzada por la familia Clary les había dado notoriedad social y, así, uno de los hijos varones de nuestro comerciante había alcanzado lustre suficiente como para convertirse en diputado del departamento de las Bocas del Ródano durante el Consulado, con cargos administrativos bajo el Imperio. Por ello, en 1792 se convirtió en objetivo de El Terror y fue encarcelado.

Ambas hermanas se dirigieron a solicitar clemencia por su hermano ante los jóvenes militares de la Revolución. Entre ellos figuraban dos hermanos de posición social menos importante que la de nuestras protagonistas, lo que en aquellos tiempos tenía su trascendencia. Uno de esos hermanos era el jefe de la Artillería en el sitio de Toulon, el otro era el secretario del Ejercito. A este segundo, llamado José, se dirigieron las hermanas Clary. José logró liberar al hermano detenido, al tiempo que quedaba prendado de la pequeña Desirée. El caso es que ese flechazo lo sintió también el hermano menor de los dos (Napoleón). La capacidad de persuasión de Napoleón sobre su hermano hizo que José se prometiera con Julia -bajita, delgadita,  con ojos marrones vivarachos-, no era la hermana más agraciada. Sin embargo, ambas gozaban de modales refinados y excelente educación, lo que las hacía más atractivas.

Napoleón se promete con Desirée el 21 de abril de 1795.

Sin embargo, esta promesa se rompió cuando Napoleón conoció a Josefina Beauharnais, viuda rica, cosmopolita, próxima a los círculos de Barrás, y con influencias suficientes para abrirle unas puertas que la ambición política de Napoleón no podía desdeñar. Dejó a Desirée, quien en las cartas que se conservan en los archivos históricos de Suecia le dijo: “Has hecho mi vida miserable, pero soy bastante débil para perdonarte”.

Napoleón se casó con Josefina en 1796. Pero no dejó abandonados ni a su hermano José, ni a su antigua novia. Motivo por el cual, Josefina, que no se fiaba, logró que Napoleón casara a Desirée con Jean-Baptiste Bernadotte, uno de sus mariscales más brillantes.

En este punto la vida de las dos hermanas sigue caminos diferentes, aunque no tanto como pudiera parecer.

En 1794, Julia se casó con José Bonaparte. No se sabe bien si en una ceremonia religiosa muy discreta o en una ceremonia civil. La historiografía no se pone de acuerdo, aunque hay razones para pensar que, dado el ambiente revolucionario poco cristiano, fue una ceremonia civil , afianzándose esta opinión debido a que la ceremonia de la boda civil se ocultó a la religiosa sociedad española de entonces para evitar aún mayor aversión hacia los nuevos reyes. Pero nos hemos adelantado unos años.

Durante las guerras napoleónicas, José I actuó como enviado de su hermano y firmó tratados con Estados Unidos, Austria, Gran Bretaña y el Vaticano. Fue embajador en Roma en 1797 y contribuyó a la preparación del golpe de Estado dado por su hermano, el 9 de noviembre de 1799 (logrado tras una reunión organizada por Julia en su finca familiar, y con las buenas relaciones de Josefina).

La vida familiar continuaba en todo este periplo y llegaron al mundo las dos hijas de Julia y José (Zenaida y Carlota. Fue Carlota la más conocida de las hermanas, por su actividad como artista y pintora. Ambas se casaron con primos suyos, Bonaparte, y tuvieron título aristocrático. Carlota falleció en 1839 y está enterrada en la Santa Croce en Florencia).

Napoleón, ya emperador, adjudicó a su hermano José el Trono de Nápoles en 1806, donde gobernó hasta el verano de 1808. Julia le acompañó a Italia donde ejerció de reina consorte.

Después de las abdicaciones de Bayona, Napoleón instaló a su hermano José al frente de la Corona española ( el 7 de julio de 1808 era proclamado Rey de España y de las Indias. Prestó juramento en las Cortes, reunidas por su hermano en la ciudad francesa de Bayona – que previamente habían aprobado la Constitución ofrecida por Napoleón a los españoles-) y proclamó a Murat, que estaba al frente de las tropas francesas en España, como Rey de Nápoles.

En España, José reinó cinco años marcados por la Guerra de la Independencia. Mientras, Julia se instalaba en Francia, con sus hijas. Nunca pisó suelo español y se la conoció como la “reina ausente”.

El nuevo rey nunca fue del agrado popular llegando incluso despectivamente a llamarle con el mote de Pepe Botella . Aunque era abstemio. El rey José trataba de atraerse la simpatía del pueblo llano, otorgando leyes populares y organizando fiestas (por ejemplo, retiró los impuestos sobre el alcohol y abolió el tribunal de la Inquisición – abolió la Inquisición el 4 de diciembre de 1808 a través de los decretos de Chamartín. Sin embargo, esta abolición solo tuvo efecto en la España «afrancesada» bajo su control y no se aplicó en la España «patriota», donde fue abolida posteriormente por las Cortes de Cádiz en 1813), pero no había forma de que los españoles le quisiéramos ni un poquito. Se le consideraban como el máximo representante de la opresión extranjera. En enero de 1810, dirigió personalmente la campaña de Andalucía. Un año después, y tras realizar un viaje a París, quiso abdicar, pero Napoleón le nombró generalísimo de todo el ejército de España. En 1812, al constituirse las Cortes de Cádiz, intentó infructuosamente alcanzar un acuerdo con ellas. Las derrotas francesas en Arapiles (julio de 1812) y la de Vitoria (13 de junio de 1813), terminaron en el final de su breve reinado español en 1813. En diciembre de este mismo año, se firmaba el tratado de Valençay, por el que Napoleón reconocía a Fernando VII como rey de España. El 13 de marzo de 1814, José I Bonaparte regresaba a Francia, no sin antes llevarse con él un buen número de las joyas de la corona española. Muchas valieron para sufragar las guerras napoleónicas , otras acabaron en manos de Julia. De entre estas últimas, la famosa perla Peregrina, que llevaba en poder de la Corona española desde Felipe II. Julia, en su testamento, legó la perla Peregrina a su sobrino Carlos Luis Napoleón-Bonaparte (futuro Napoleón III). Tras ser derrocado, Napoleón III se exilia en Inglaterra, donde vendió la famosa perla en 1848 al marqués de Abercorn, y desde allí fue pasando a diversos coleccionistas y millonarios de forma privada.

Pero dejemos el saqueo de nuestras joyas y volvamos al matrimonio Bonaparte.

A José se le ofreció ser emperador de México, pero al final se quedó en Washington, mientras julia permaneció en París debido a sus problemas de salud y por las constantes infidelidades de su esposo. En Francia mantuvo una vida holgada gracias a la venta de algunas joyas y a la ayuda de su hermana, de la que enseguida hablaremos.

Finalmente, tras el derrocamiento de Napoleón I,  José vuelve a Europa, primero a Londres, y posteriormente, en 1841, a Florencia. Pidió perdón a Julia, que le perdona y se instala con él en Florencia, donde le cuidará en sus últimos días. José muere en Florencia el 28 de julio de 1844 y Julia al año siguiente.

A Desirée la habíamos dejado casada con Jean-Baptiste Bernadotte. Matrimonio que se concertó con un contrato prenupcial, algo novedosísimo para la época. Esto permitiría a Desirée mantenerse como única dueña de su herencia familiar, evitando que su marido interfiriera en su independencia económica. Gracias a ese dinero pudo sufragar su lujosa vida en París y, ayudar a su hermana,  mientras su esposo iba de batalla en batalla. En 1799 nació su único hijo, Óscar

En 1798, Bernadotte, fue nombrado ministro de la Guerra, responsabilidad para la que demostró grandes habilidades.

Bernadotte, en aquel tiempo se mantuvo a poca distancia de Napoleón, pero ya mostraba ideas propias cuando se negó a apoyarle en los preparativos del golpe de Estado de noviembre de 1799 (18 de Brumario). Al llegar el Imperio, Bernadotte fue nombrado uno de los dieciocho mariscales de Francia. Siempre fue un gran militar, corroborándolo, por ejemplo,  en la magnífica dirección militar que llevó a la victoria francesa en Austerlitz, lo que le valió el título de príncipe de Pontecorvo. Como decimos, siempre tuvo sus más y sus menos con Napoleón al que desobedeció en más de una ocasión. Al tiempo que entre sus hombres se labraba una fama de independencia, incorruptibilidad, moderación y capacidad administrativa. Fama que incluso se extendió por los territorios que ocupó y administró.

Fue el primero en quien pensó Napoleón para ocupar la corona española, pero la rechazó, de ahí que recayera en José Bonaparte.

En 1810, a punto de tomar posesión como gobernador en Roma , fue elegido heredero de la corona sueca. Esta elección realizada por el ejército sueco se debió a que el ejército, previendo futuras complicaciones con Rusia , se mostraba favorable a la elección de un soldado como heredero, y en parte también porque Bernadotte era muy popular en Suecia por el buen trato dispensado a los prisioneros suecos durante la última guerra contra Dinamarca.

El 5 de noviembre de 1810, recibía el homenaje de los estados suecos, siendo adoptado por el rey Carlos XIII bajo el nombre de Carlos Juan. El nuevo príncipe fue pronto muy popular, y se convirtió en el hombre más poderoso de Suecia y Noruega (las coronas estaban unidas).

En 1813, alió la corona sueco-noruega con Gran Bretaña y Prusia en la Sexta Coalición contra Napoleón. Dos años más tarde, 18 de junio de 1815, tuvo lugar la batalla de Waterloo, el principio del fin del Imperio de Napoleón, una derrota lograda por Arthur Wellesley, duque de Wellington, que dirigía una tropa aliada de varios países europeos entre ellos, Suecia y Noruega.

Los Bernadotte fueron coronados reyes de Suecia y Noruega en 1823. Jean-Baptiste Bernadotte reinó bajo el nombre de Carlos XIV.

Asentada ya en Estocolmo, la vida de la reina Desirée fue larga, ya que vivió hasta los 83 años en una época de gran bonanza para su nuevo país. Aunque nunca aprendió sueco y emprendía viajes personales secretos bajo el nombre de condesa de Gotland, sobre todo para ir a Francia, llegó a ser muy querida por los ciudadanos nórdicos.

La literatura y sobre todo el cine han contribuido a incrementar la leyenda, históricamente no comprobada , del mantenimiento de su amistad con Napoleón.  Esa leyenda popular, quedó reflejada en la película ‘Désirée’. con Jean Simmons en el papel de Desirée y Marlon Brando como Napoleón.  Meses antes de su fallecimiento, su nieta menor (princesa Eugenia) le preguntó lo que más extrañaba de Francia, y esta le respondió: «Tener 18 años y ser muy feliz porque el amor entró una tarde por la puerta de mi casa de Marsella».

Por último, no podemos olvidarnos de mencionar que, cosas del destino (o de la amistad perdurable y el interés político), el hijo de Jean-Baptiste y Désirée, el rey Oscar I, se casó con Josefina de Leuchtenberg. Es decir, con la nieta de Josefina de Beauharnais (por parte de su primer matrimonio con el vizconde de Beauharnais).

Desirée falleció el 17 de diciembre 1860 en Estocolmo y al igual que el rey Carlos XIV (fallecido en 1844) está enterrada en la Iglesia de Riddarholmen, ubicada en la isla Riddarholmen – siendo uno de los edificios más altos y vistosos en el perfil urbano de Estocolmo- y que sirve como panteón de los reyes suecos.

La actual casa reinante en Suecia procede directamente de Jean-Baptiste y Désirée Bernadotte.

FELIZ NAVIDAD Y UN AÑO 2026 LLENO DE VENTURA, PARA TODOS MIS LECTORES

ALÍ BEY

Los que me conocen bien, saben que en verano yo cuelgo las botas, como si hubiera ganado la Champions, y, en vez de estudiar historia, me dedico a leer novela negra- nunca truculenta- pero sí de mucha investigación policial y/o mucho espía.

Como ya se acerca julio y el verano se nos echa encima, voy a aunar ambas diversiones, la historia y los espías. Iniciando aquí una nueve serie dedicada a tan intrépida profesión.

Espías españoles los ha habido siempre y siempre los habrá, buenos, valientes y eficaces… casi siempre, y aquellos que, aunque fuera brillantemente, espiaron para otro país. Los iremos viendo.

Hoy le dedicaré este espacio a Domingo Badía, alias Alí Bey, al que muchos consideran el mejor espía español de todos los tiempos. Esto de las clasificaciones siempre es discutible.

Domingo Badía y Leblich, nació en Barcelona el 1 de abril de 1767 y murió en Siria en agosto de 1818.

De familia acomodada gracias a su buena posición en la Administración española, pasó su infancia en Almería, donde se aprovisionaba a las tropas españolas destinadas en Ceuta y Melilla, familiarizándose así con el mundo islámico, por su contacto con mercaderes bereberes y con el territorio del norte de áfrica por las travesías que en compañía de su padre realizó a la costa africana.

En 1786, se matriculó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Gran estudioso, amante de los libros y de la lectura, se matriculó también en las Reales Escuelas de Química y Física. Posteriormente, sucedió a su padre como contador de guerra en la costa de Granada. En 1793, fue nombrado administrador de la Real Renta de Tabacos en Córdoba, tras haberse casado el año anterior. En Córdoba se granjeó fama como científico por sus experimentos sobre el peso de la atmósfera y los principios en los que se basa el funcionamiento del barómetro. Comenzó entonces a trabajar en su gran proyecto: la construcción de un globo aerostático que pensaba emplear para llevar a cabo observaciones atmosféricas, lo que le granjeó la mofa de sus vecinos e importantes deudas, que pagó su suegro. Motivo por el cual, pidió el traslado a Puerto Real y de ahí a Madrid, donde, con escaso sueldo y muchas privaciones, siguió adelante; pasando el tiempo que le dejaba el trabajo de librería en librería. Leía en inglés, francés, alemán y algo de árabe, y casi todos los libros estaban dedicados a la explotación de África. Pronto ideó un plan para establecer alianzas políticas y comerciales para España con la explotación del continente africano. Así mismo, pretendía una misión científica: cartográfica, de observaciones geológicas, meteorológicas, botánica… y todo ello con la peculiaridad de que quería viajar sólo y hacerse pasar por árabe durante sus viajes. Ese plan se lo entregó a Godoy en 1801.

A Godoy le interesaba establecer rutas comerciales en el interior de África en lo que con el tiempo sería Marruecos, pero le interesaba aún más las relaciones políticas con el sultán Solimán (1766-1822). Éste había embargado el comercio con España, especialmente grave por la importación de trigo que España traía de Marruecos, y, aún peor, por la presión que el sultán ejercía sobre Ceuta y Melilla. Pero la vida política en Marruecos no era pacífica, pues los rebeldes del sur del territorio se oponían al Sultán. A Godoy se le ocurrió que Badía podía reunirse con ellos y ofrecerles el respaldo militar de España para destronar a Solimán a cambio importantes concesiones comerciales. En sus Memorias, publicadas en 1836, Godoy observó: “Badía era el hombre para el caso. Valiente y arrojado como pocos, disimulado, astuto, de carácter emprendedor, amigo de aventuras, hombre de fantasía y verdadero original, de donde la poesía pudiera haber sacado muchos rasgos para sus héroes fabulosos; hasta sus mismas faltas, la violencia de sus pasiones y la genial intemperancia de su espíritu le hacían apto para aquel designio”.

Aunque, el 7 de agosto, el Rey había decidido aprobar el plan, no fue hasta la primavera de 1802 cuando Badía consiguió el dinero y el pasaporte, para poder emprender el viaje. Se trasladó, primero a París, y de allí a Londres. Entabló contacto con importantes científicos en ambos lugares y, en Inglaterra, logró los instrumentos científicos que le hacían falta para su exploración. Su maletín lleno con útiles para la astronomía no solo encerraba herramientas, cristales de aumento, instrumentos de medición, catalejos…; tenía un doble fondo que albergaba elementos para elevar el espionaje a la categoría de arte. Toda una gama de tintas invisibles circularían entre Badía y España, impresas en minúsculos trozos de papel diseñado a tal efecto. Porque Badía no era un espía al uso, llevaba consigo una misión política y también científica . Sus cuadernos de viaje, en los que recopilaba todos sus descubrimientos científicos, fueron admirados por Napoleón y estudiados en Francia antes que en España, tan olvidadiza con sus genios.

Ya bajo la identidad de Alí Bey llegó a Cádiz en abril de 1803. Cruzó el estrecho y, una vez en Tánger, se presentó como hijo y heredero universal de un príncipe sirio fabulosamente rico, descendiente directo de los califas abasíes ( para qué andarse con minucias, debió pensar), que había tenido que huir de su país por razones políticas. Contaba que, tras recibir una exquisita educación en Inglaterra, Francia e Italia había decidido, como fervoroso musulmán, ir de peregrino a la Meca. El cuento coló, y así se hizo acreedor de la amistad de las más altas instancias de Tánger. En el mes de octubre ya tenía información suficiente para conocer la situación de los rebeldes y provocar una revolución. Entre 1803 y 1805 el coronel Amorós desde Tánger gestionó una ingente información que Badía-Alí Bey le proporcionaba con destino al Gobierno de España.

En ese periodo se produjo el hecho inesperado de que el Sultán visitó la ciudad de Tánger y se quedó impresionado por la sabiduría de Alí Bey, al que comunicó su deseo de que se trasladase con él a su corte, primero en Fez y luego a lo que hoy es en Marrakech. El sultán le regaló dos espléndidas mansiones. Siguió con su actividad subversiva informando constantemente a Godoy, el cual sólo daba noticias vagas a Carlos IV. Cuando, el monarca español supo que se preparaba una sublevación contra un monarca, retiró su apoyo a la expedición – Carlos IV estaba muy impresionado por los sucesos de la Revolución Francesa-.

En estas circunstancias, Alí bey intentó convencer a los rebeldes de que pospusieran su levantamiento. Su situación era enormemente delicada. Por un lado, sabía que el sultán no tardaría en conocer sus auténticas intenciones y, por otro, el sultán, que aún le admiraba y le consideraba amigo, no hacía más que presionarle para que se casara con una mujer se su harén. Además, los rebeldes ya desconfiaban de él. Su única salida era continuar su peregrinaje a la Meca.

Cuando España declaró la guerra a Inglaterra, y Marruecos, a pesar de su fingida neutralidad, ayudaba en secreto a los ingleses, Carlos IV autorizó a Badía a reanudar los planes para una revolución. Demasiado tarde. Enterado Solimán expulsó a Badía de su país.

El español se refugió en Argelia y de ahí a Chipre, donde se enteró del plan británico de derrocar al Bajá de Egipto. Se trasladó a Egipto y logró frustrar el plan inglés. En Alejandría, conoció al escritor francés Chateaubriand, quien le consideró “el turco más inteligente y cortés” que había conocido. Su periplo sufre un cambio de objetivo, sin olvidar su lealtad a España como espía. Ahora se transforma en un analista brillante de historia, costumbres, y viajes. En diciembre de 1806, salió para la Meca, llegando allí el 11 de enero de 1807. Fue el primer europeo en realizar una descripción detallada y exacta de los ritos del peregrinaje. Mientras estaba en Arabia, haciéndose pasar por ferviente musulmán, observó la captura de los lugares santos musulmanes por los antepasados de la actual casa reinante en Arabia, siendo el único testigo europeo de esos eventos. Después de volver al Cairo, pasó tres meses viajando por Palestina y Siria. En Palestina llevó a cabo un estudio de las condiciones de los monjes franciscanos que administraban los santos lugares con fondos del Gobierno español. En Siria descubrió y destruyó una línea secreta que tenían los ingleses para comunicarse con la India. Por el mes de octubre de 1807 estaba de vuelta en Constantinopla.

Tras visitar Tierra Santa, Siria, Turquía y cruzar toda Europa de vuelta hacia París, Badía llegó a Bayona el 9 de mayo de 1808, justo cuando Carlos IV y su hijo Fernando VII habían renunciado a la corona española en favor de Napoleón. Carlos IV recibió a Badía en audiencia y le recomendó ponerse al servicio del nuevo régimen. Para su desgraciaBadía, siempre fiel a los monarcas españoles, hizo caso a Carlos IV. Se puso bajo el mando de Napoleón, al que convenció para que invadiera Marruecos. Fue tal la descripción que hizo del Sultán y del territorio que Napoleón decidió mandar allá al capitán Antoine Burel para investigar la posibilidad de convertirlo en colonia francesa. Fascinado por aquel hombre, Bonaparte le recomendó ante su hermano. Badía volvió entonces a España, donde se reunió con su familia a la que no había vuelto a ver desde 1801. En septiembre de 1809, José Bonaparte le nombró intendente de Segovia, y, en abril del año siguiente, fue nombrado prefecto de Córdoba. Desempeñó ambos cargos con gran distinción, introduciendo muchas reformas en la agricultura, la administración municipal y la educación. En Córdoba creó una Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, que llevó a cabo muchos proyectos de investigación bajo su mecenazgo.

La expulsión de los franceses de España acabó llevándose a Badía al exilio en Francia. En 1814, publicó la primera edición de sus viajes. Lo hizo en francés con el título de “Viajes de Alí Bey por África y Asia”. En su edición incluyó más de un centenar de mapas y láminas. Es una obra de arte en el sentido más amplio de la palabra, no solamente por su elaborada confección, sino por su documentado e ingente contenido. Cientos de exploradores, ya sea profesionales o aficionados, han recorrido sus huellas y los trayectos que lo consagraron como el probablemente más implicado y comprometido de los exploradores de todos los tiempos. Fue traducida al inglés, italiano y alemán. La primera edición en español tuvo que esperar hasta 1836.

En el país galo, ahora bajo el gobierno de Luis XVIII, la vida sonreía al viajero español, que recibió la nacionalidad francesa, fue nombrado mariscal y se hizo un hueco en la vida cultural y social de París. En 1815, y en el marco de la competencia colonial con Gran Bretaña, Badía propuso al gobierno francés peregrinar a La Meca para luego atravesar África de costa a costa. Badía recibió el visto bueno y partió en enero de 1818, haciéndose llamar Alí Abu Othman. En julio estaba en Damasco, donde cayó enfermo de disentería y murió en agosto, con 50 años de edad, cuando su rumbo le llevaba de nuevo a La Meca.

Durante su periodo francés, aunque acomodado, no dejó de ser un extranjero, aceptado y brillante, pero extranjero. Le hubiera gustado volver a España, pero le era imposible por la acusación de afrancesado, a pesar de que su colaboración con los franceses se debió a su deseo de obedecer a Carlos IV. Es lo que tienen los malos gobernantes.

Tuvo que pasar más de un siglo desde su muerte para que en España se le reconociese por su capacidad intelectual, sus análisis científicos, compendio de la ilustración, por su personalidad polifacética, por ser un viajero perspicaz ( el Lawrence de Arabia español, como ha dicho Bernard Durán en El debate),  y por su intrepidez, valentía y osadía como espía al servicio siempre fiel y leal a España.

BIBLIOGRAFÍA

BARBERÁ, Salvador.- “Alí-Bey, Viajes por Marruecos”, Ediciones B, 1997.

DURÁN, Bernard: https://www.eldebate.com/historia/20230916/domingo-badia-lawrence-arabia-espanol_139999.html

MESONERO ROMANOS, R. “ El Príncipe Alí Bey el Abbassi (D. Domingo Badía Leblich)”. En obras completas. Biblioteca de Autores españoles 1967.

RODRÍGUEZ, Javier. “Peregrino a la Meca”. Ed Jaguar. 1998.

RUSPOLI, Enrique. –“Memorias de Godoy: primera edición abreviada de memorias críticas y apologéticas para la historia del reinado del señor D. Carlos IV de Borbón”. La esfera de los libros.2008.