En 1944, la situación japonesa en el Pacífico era crítica. El Ejército Imperial se hallaba en serias dificultades tras la desastrosa campaña de las islas Marianas, que conllevó el hundimiento de gran parte de su flota en el transcurso de la batalla del mar de Filipinas. Especialmente desastrosa fue la situación de Japón desde octubre con la derrota en batalla del Golfo de Leyte también conocida como segunda batalla del mar de Filipinas. Desde aquella batalla (del 23 al 26 de octubre de 1944) hasta el final de la guerra, Japón tomó una drástica decisión con la finalidad de atajar la ventaja norteamericana en el mar de reclutar pilotos suicidas, los famosos kamikaze. Fueron los comandantes aéreos los que propusieron la desesperada acción de estrellar con sus aviones los barcos enemigos. Se considera que la táctica propuesta por los japoneses procedía de una idea italiana, de Mussolini. Durante la invasión de Etiopía, el duce se propuso crear un escuadrón suicida que estrellase sus aviones contra los buques de la Marina Real Británica, pero los italianos nunca llevaron a cabo ese siniestro proyecto.
Los Kamikaze eran lo más escogido de la aviación japonesa. Su presencia en el ejército japones adquiriría un ideal casi místico. No olvidemos el sentido religioso de todo Oriente, del que dará cuenta la presencia de pequeños templos en todos los buques de la armada japonesa.
El nombre, Kamikaze, significa viento celestial o divino. El nombre fue rescatado de la historia japonesa a partir de un relato sobre un emperador mongol cuya flota fue hundida o desviada por un tifón, que los japoneses atribuyeron a “los dioses que enviaron un viento celestial”. El tifón dispersó la flota mongola que amenazaba con invadir Japón. Databa la leyenda de 1281.
Además de la táctica suicida, no existía ninguna estrategia especial en los aviones Kamikaze. Fiados en la velocidad que desarrollaban los cazas Zero, a veces también usaban bombarderos más ligeros, se enfilaban sobre su objetivo, utilizando su propio avión como proyectil. Su forma de ataque consistía en lanzarse en picado desde gran altura sobre la presa, calculando el ángulo muerto de los cañones antiaéreos y procurando esquivar su fuego.
Los aviones a veces se cargaban con bombas y tanques de gasolina adicionales antes de volar hacia sus objetivos. Los pilotos eran hombres jóvenes que se ofrecían como voluntarios para la misión. Los pilotos eran bendecidos por sacerdotes sintoístas, realizaban una ceremonia especial en la que bebían sake y comían arroz antes de volar. También se les entregaban medallas y una espada katana durante estas ceremonias. Los pilotos llevaban preciadas posesiones para atesorarlas después de la muerte. Antes de entrar en combate, se vestían con un traje de ceremonia con botones negros y la insignia de la flor del cerezo salvaje y se cubrían la frente con pañuelos de seda con el sol naciente y en los que estaban grabados versos patrióticos. Tenían un elemento común en todos ellos, su inquebrantable lealtad al Emperador
Parece que la aviación imperial contaba con unos 4.000 de esos hombres . Extrañamente alguno, muy pocos, sobrevivieron. La mayoría perdió la vida, y en numerosas ocasiones, para no lograr sus objetivos. Fueron derribados por las defensas antiaéreas de los buques antes de estrellarse. Se cree que solo el 10% de las misiones tuvieron éxito; hundieron unas 50 naves de los aliados.
Muchos de estos hombres eran seguidores del código samurái del Bushido. El bushido se basa en siete virtudes principales que los samuráis debían cultivar: rectitud, coraje, benevolencia, respeto, honestidad, honor y lealtad. Cada una de estas virtudes se consideraba esencial para forjar el carácter del samurái y vivir una vida honorable y digna. Pero, sobre todo, el código mantenía un concepto de la virtud y del honor, desprendido de la vida, sobre la que no tenían gran apego.
A partir de 1945, la recluta de estos pilotos dejó de ser voluntaria para obligar a los universitarios a alistarse. Éstos, en gran número, se hicieron el hará-kiri; en una especie de acto de rebeldía en el que demostraban tener valor, pero negándose a que el sacrificio de su vida viniera de una imposición.
Se cree que el último piloto suicida fue M. Ugaki, cuando Japón se había rendido, decidió que mientras el Emperador no le comunicara el final de la guerra personalmente, él seguiría fiel a la defensa de su País. Así, optó por volar él sólo en una última misión suicida. Antes de subirse al aparato realizó todo el ritual habitual y partió en busca de los buques norteamericanos, pero no logró su objetivo. Su aeronave se estrelló en una playa de la isla de Ishikawa. Fue encontrado tiempo después por los norteamericanos.
Me he decidido a contar la historia de los kamikazes después de leer algunas noticias de la política española. Más parece que, en ocasiones, los partidos políticos sólo quisieran en sus filas a kamikazes fieles al líder hasta el final. Hasta el suicidio político o , incluso, judicial… Fidelidad al líder, que no a España.
BIBLIOGRAFÍA
AGUIRRE, J.F. .- “ La segunda guerra mundial”. Ed Argos. 1964
PROCACCI, G. .- “ Historia General del Siglo XX”. Ed crítica 2001
MURRAY, W. Y MILLETT, A.-“ La guerra que había que ganar”. Ed Crítica. 2002.