María de Molina

María de Molina está considerada una de las reinas más relevantes y determinantes en la historia medieval española. 

Fue reina consorte, pero decidiendo al mismo nivel que el rey Sancho IV, su marido. Posteriormente, fue la reina regente en la minoría de edad de su hijo, futuro Fernando IV, y también durante la minoría de edad de su nieto, el futuro rey Alfonso IX. De ahí que se diga de ella que fue tres veces reina.

Aunque no se sabe con exactitud ni dónde ni cuándo nació, la mayor parte de los autores datan su nacimiento en torno a 1258 – lo que supone que tenía una edad muy similar a la de Sancho IV- y, debido a que había la costumbre de nacer en el hogar materno, se considera que debió hacerlo en Tierra de Campos.

Era hija del infante Alfonso de Molina y nieta de Alfonso IX de León, por lo tanto, prima de Sancho.

Antes de continuar debemos realizar dos aclaraciones.

  1. Sancho antes de casarse con María estaba prometido en matrimonio, desde 1270 (por voluntad de su padre, Alfonso X el Sabio, y en contra de la opinión del propio Sancho), con Guillerma de Moncada, descrita por los cronistas de la época como “rica, fea y brava”. Era hija del vizconde de Bearne, importante prohombre de la corte, rico, con muchos contactos políticos, que se hallaba emparentado con los señores de Vizcaya. El hecho de la promesa matrimonial conllevaba efectos jurídicos y canónicos, lo que supuso un problema de notable envergadura, cuando, en junio de 1282, se llevase a cabo el matrimonio en Toledo entre María y el infante Sancho, en pleno proceso de distanciamiento entre éste y el Rey, su padre, Alfonso X.
  2. Los problemas de Sancho con su padre habían nacido, esencialmente, tras el fallecimiento del hijo mayor del rey Sabio y hermano de Sancho, Fernando de la Cerda. A su muerte, el príncipe Fernando dejó dos hijos varones menores de edad: Alfonso y Fernando de la Cerda.

Alfonso X el Sabio, en Las Siete Partidas, había determinado la forma de sucesión al trono: pasaría de padres a hijos varones primogénitos o a los descendientes varones primogénitos de aquellos hijos llamados a heredar y premuertos.

En aplicación de Las Siete Partidas, el heredero a la corona de Castilla, a la muerte del príncipe Fernando, debería haber sido su hijo, Alfonso de la Cerda, y así lo estableció Alfonso X en su testamento.

En ese contexto, contrajeron matrimonio María y Sancho, sin la preceptiva dispensa canónica al ser primos los contrayentes.

La reacción del Papa al conocer la noticia de las nupcias fue fulminante en contra de la legitimidad de esta boda, tanto por el compromiso de matrimonio previo de Sancho como por la relación de parentesco de los nuevos esposos. El Papa calificó el matrimonio como incestuoso y de infamia pública.

Al problema con el Papa se sumó el enfrentamiento con el padre de su antigua prometida, Gastón de Bèarm, decidido a tomarse la venganza por la afrenta recibida.

A ello hay que unir que, el 4 de abril de 1284, muere Alfonso X sin haberse reconciliado con su hijo Sancho. Sancho se proclama rey, y junto con María fueron coronados en Toledo. Esta coronación provocó el inicio de un enfrentamiento civil entre Sancho y los partidarios de su sobrino Alfonso de la Cerda, el cual contaba con la ayuda no sólo de sus partidarios castellanos sino también del rey de Aragón.

A partir del mismo momento de la boda, María quedó incorporada al grupo de los consejeros íntimos del infante y luego rey, Sancho IV. El matrimonio tuvo siete hijos que tuvieron que esperar hasta la muerte de su padre para lograr la legitimidad.

María ejerció un papel decisivo en algunos momentos de este reinado dotando a la postre de estabilidad a la Castilla desnortada en la que reinó. Este papel esencial se produce entre otras razones por la gran diferencia de carácter con su esposo. María era una mujer formada, con conocimientos políticos, inteligente, hábil, diplomática, conciliadora y de carácter pacífico. Por su parte Sancho IV, que había recibido una formación parecida y fue un buen promotor de la cultura (escribe libros- “Castigos y documentos del rey don Sancho”-, promueve las traducciones y en algunas de ellas escribe el prólogo, elaboró una versión propia de la “Historia de España” de su padre… En 1293 promulgó los Estudios Generales de Alcalá de Henares – dónde había trasladado la Corte- en un claro antecedente de la Universidad de Alcalá). Físicamente era una persona de gran estatura y fortaleza, gran aficionado a las armas, a las que tuvo que dedicarse, por otro lado, para defender su reino. Fue un gran guerrero, y muy perseverante y ardiente defensor en sus posiciones, lo que le valió el sobrenombre de “el Bravo”.

Su reinado se inicia en un completo caos, lo que obliga a los monarcas a dos tareas esenciales: una, lograr la dispensa papal sobre su matrimonio y, segunda, acercarse al rey francés, Felipe III el Atrevido, para poder tener un aliado que los respaldase. Facilitó esta segunda labor que el rey de Aragón estuviera enfrentado al francés y tampoco tuviera muy buenas relaciones con el Papa.

A su vez, en pos de la pacificación de Castilla, buscaron ganarse a la parte de la nobleza que era partidaria de los infantes de la Cerda y de su padre Alfonso X. Para ello, en ocasiones, Sancho IV utilizaba cargos de gobierno a fin de asegurarse la fidelidad de los nombrados, asimismo premiaba a los que le habían seguido en la carrera militar. Pero, esa tarea no fue suficiente y debió enfrentarse duramente contra los rebeldes.

El 6 de diciembre de 1285, la reina dio a luz a su segundo hijo, primer varón. Recibió el nombre de Fernando. En 1288, fallecieron el papa, el rey de Aragón y el rey de Francia, lo que facilitó la estabilidad del reino. 

Ocupó la cátedra de San Pedro, el Papa, de procedencia franciscana, Nicolás IV, que consolidó una buena relación con Sancho y María, y se abrió a revisar la causa de su matrimonio, pero tropezó con tantas dificultades, que no se decidió a dar la dispensa. Este seguía siendo el aspecto más débil de su matrimonio, de la herencia de sus hijos y del futuro del trono de Castilla.

Desde 1291, la participación directa de la Reina en los asuntos políticos de la Corte se hizo especialmente intensa. Así intervino personalmente en la preparación de la campaña para la conquista de Tarifa en 1292. En septiembre de aquel año se tomó la plaza.

Fue a partir de 1293 cuando cabe referirse con propiedad a María de Molina por ser entonces cuando recibió dicho señorío.

En 1294, la salud del rey se deterioró rápidamente. Durante los meses finales del reinado el protagonismo de la reina en la Corte aumentó. Así, en ausencia del rey, proyectó la campaña que, mediante la toma de Algeciras, asegurase plenamente la reciente conquista de Tarifa y garantizase definitivamente el control del estrecho de Gibraltar por los castellanos.

Sancho muere en Toledo, no sin antes dictar su testamento en presencia de toda la Corte, con el arzobispo de Toledo al frente. En él se encargaba a María la tutoría del futuro Rey.

La situación a la que había de hacer frente María tras la muerte de su marido no podía ser más delicada. Debía tutelar a su hijo, de sólo nueve años, tratando de garantizarle el trono, en un contexto que parecía de lo más propicio para que los partidarios de los De la Cerda reivindicasen sus derechos al trono con el apoyo de un importante conjunto de la nobleza castellana. Mientras tanto, la falta de legalización del enlace matrimonial con Sancho seguía utilizándose para restar legitimidad a Fernando.

María, para reforzarse, tomó la decisión de apoyarse en los concejos y hermandades como bastión frente a la nobleza. Para ello confirmó sus fueros y privilegios concejiles y redujo o suprimió algunos impuestos, a la vez que tomaba la iniciativa de convocar Cortes, que tuvieron lugar en el mismo año de 1295 en Valladolid. A estas acciones unió su capacidad negociadora con algunos de los personajes más influyentes de la nobleza.

Ante esta delicada situación, sus enemigos declararon la guerra a Castilla: Portugal, Aragón y Francia. Hasta que tuvo lugar el reconocimiento de la mayoría de edad de Fernando, María debió hacer frente a una continua confrontación bélica con todos los partidarios de impedir la llegada de su hijo al trono.

No se amilanaba ante la posibilidad de una guerra ( por ejemplo, la que tuvo contra Aragón en territorio murciano, perteneciente a Castilla desde Alfonso X), pero su habilidad se demuestra, en su capacidad negociadora, estableciendo alianzas entre sus hijos y los hijos de los reyes de Portugal y Aragón para pacificar, en lo posible, la situación. Ejemplo de ello fue el Tratado de Alcañices en 1297 en el que quedaron fijadas, entre otros puntos, las fronteras entre Castilla y León y Portugal, que recibió una serie de plazas fuertes y villas a cambio de romper sus acuerdos con Jaime II de Aragón y demás partidarios de Alfonso de la Cerda. Al mismo tiempo, en el tratado de Alcañices fue confirmado el enlace entre Fernando IV de Castilla y la infanta Constanza de Portugal. También llegó a acuerdos eclesiásticos como el que se produjo entre las Iglesias de Castilla y Portugal para la defensa de sus derechos y libertades.

Aquellas alianzas eclesiásticas y el fuerte apoyo de la Iglesia castellana a su reina, dieron su más destacado fruto en 1301, logrando la bula pontificia de Bonifacio VIII que legitimó el matrimonio entre María y Sancho y, por ende, la descendencia habida de aquel matrimonio. Además, el Papa manifestó su voluntad de mediar en la reconciliación entre el primogénito de María, Fernando y Alfonso de la Cerda, nombrando como mediadores al obispo de Sigüenza y al arzobispo de Toledo. Todo ello llegaba justo a tiempo, cuando la terminación de la tutoría era inminente ante el reconocimiento de la mayoría de edad del Rey el 6 de diciembre de 1301.

El reinado de su hijo no fue fácil para María, los nobles se posicionaron en favor del nuevo rey, pero con la intención de sepáralo de su madre a la que obligaron a entregar las joyas recibidas del rey Sancho. El hijo, débil de carácter y desagradecido, no defendió a su madre, la cual, dando muestras de su extraordinaria abnegación y generosidad, buscó una postura conciliadora entre los nuevos partidarios de su hijo y los propios de ella, convocando Costes en Medina del Campo y mostrándose proclive a apartarse del poder. Sin embargo, en 1304, su presencia se hizo de nuevo necesaria para mediar entre Castilla, Aragón y Portugal, en aras de evitar otro conflicto.

En 1312, fallece el rey Fernando IV a los veintisiete años; dejaba un reino fraccionado y comprometido, y como heredero a un niño de un año de edad. En 1313 muere también su mujer, la reina Constanza. La orfandad del menor determinó que se nombraron tutores del rey niño, futuro Alfonso XI. Entre ellos fue elegida María de Molina. Su tarea fue de nuevo intentar pacificar y resolver los conflictos surgidos entre los propios regentes, entre los partidarios de unos y otros, y preservar el trono para su nieto. Tras el convenio de Palazuelos en 1314, María quedó como principal regente y tutora; afianzada en 1319 por la muerte de alguno de los otros tutores. Pero la buena reina falleció en 1321.

A su muerte, Castilla se dividió entre los nuevos regentes hasta que, en 1325, Alfonso XI, con 14 años de edad, asumió el trono. El nuevo rey logró reunificar y fortalecer su reino,  y recuperar las plazas que sus últimos tutores habían perdido en manos de los musulmanes. Dirigió con prudencia, astucia, inteligencia, capacidad diplomática, suavidad en las formas y mano de hierro en el fondo. Fue el fiel reflejo del legado de su abuela, mujer de moral inquebrantable, fidelidad a la corona, valentía, carácter conciliador y pacificador.

Esta última accidentada regencia de María de Molina es el tema de una de las obras maestras de Tirso de Molina, “La prudencia en la mujer”. El personaje literario de María de Molina, según el director teatral González Vergel «el más emblemático e importante personaje femenino de todo nuestro Siglo de Oro», en cuyo transcurso averigua, desbarata y castiga tres conjuras contra su nieto, el futuro Alfonso XI de Castilla. ​

Además de su labor política, María de Molina llevó a cabo una interesante labor de patronazgo religioso protegiendo y dotando diversas instituciones conventuales. Entre las que destaca la fundación del monasterio de Santa María de las Huelgas en Valladolid, donde está enterrada.

 

BIBLIOGRAFÍA

ARTEAGA Y DEL ALCÁZAR, A. “María de Molina. Tres coronas medievales”. Ed. Martínez Roca, 2004.

CARMONA RUÍZ, M.A. “María de Molina”. Plaza y Janés. 2005.

FUENTE, M. J.“¿Reina la reina? Mujeres en la cúspide del poder en los reinos hispánicos de la edad media (siglos VI-XIII)”. UNED. 2003.

ARIAS GUILLÉN, Fernando; REGLERO DE LA FUENTE, Carlos Manuel (coordinadores). “María de Molina: gobernar en tiempos de crisis (1264-1321)”. Dykinson, 2022.

OCTAVO CENTENARIO DE ALFONSO X, EL SABIO.

Alfonso nace en Toledo el 23 de noviembre de 1221 y muere en Sevilla el 4 de abril de 1284 era hijo del monarca castellano Fernando III, el Santo, y de la princesa alemana Beatriz de Suabia. Alfonso X fue Rey de Castilla desde el fallecimiento de su padre en 1252, hasta la fecha de su muerte. Si bien, los dos últimos años de su vida los pasó recluido en Sevilla por orden de su hijo Sancho.

Por tanto, en noviembre de este año se cumplirán 800 años de su nacimiento.

La figura de Alfonso X fue importante y destacada en muchos aspectos, pero si en algo sobresalió fue en su amor por la cultura. Por eso, sobrevolaremos por sus otras facetas, algunas tan importantes que merecerían una crónica propia como, por ejemplo, el “fecho del Imperio”, para centrarnos en los aspectos culturales.

De su padre heredó los reinos de Castilla y León (unidos definitivamente desde 1231 por Fernando III) más la ampliación de los territorios hacia el sur de la península, ganados por las armas a los musulmanes, lo que establecía las bases para la creación del reino cristiano más grande y poderoso de la Península. Así, siendo aún infante de Castilla y León incorporó a la Corona el reino taifa de Murcia y una vez en el trono, con 31 años, Alfonso X continuó con la conquista de Andalucía iniciada por su padre, lo que le hizo tomar Cádiz, Jerez, Medina-Sidonia, Lebrija, Niebla (coincidente con buena parte de la actual provincia de Huelva). Repobló Murcia y la Baja Andalucía. Hizo frente a una sublevación de los musulmanes de sus reinos, promovida por los Reyes de Granada y Túnez e, incluso, se atrevió a una efímera incursión en territorio africano -expedición a Salé (1260)- que fue, sobre todo, de gran valor simbólico tras siglos de dominación musulmana en la Península.

Por parte de su madre, Alfonso pertenecía a la familia de los Staufen y descendiente de Federico Barbarroja y de Alejo Comneno, el Emperador Bizantino. Su origen alemán le hacía aspirante a la corona imperial del Sacro Imperio. Ese acontecimiento es conocido en las fuentes de la época como “el fecho del Imperio”. Presentó su candidatura al título imperial germánico después de que se lo suplicara una embajada procedente de la ciudad italiana de Pisa, que se reunió con él en Soria, en el año 1256. Consideraban los pisanos que Alfonso descendía “de la sangre de los duques de Suabia, una Casa a la que pertenece el Imperio con derecho y dignidad por decisión de los príncipes y por entrega de los Papas de la Iglesia”. Alfonso X fue elegido emperador el día 1 de abril del año 1257, con el apoyo de Sajonia, Brandeburgo, Bohemia y varias ciudades italianas intitulándose “Rey de Romanos y emperador electo”. Pero al mismo tiempo tuvo lugar, de manera sorprendente, la elección de otro candidato a dicho título: el inglés Ricardo de Cornualles. Alfonso X defendía su corona por el hecho de que él había sido elegido emperador “por la mayor y más importante parte de los príncipes de Alemania”- hay que recordar que la corona imperial germana era electiva-. A partir de aquel momento se inició una fuerte disputa entre los dos electos por el trono imperial germánico. Aquella aspiración de Alfonso que en el fondo unía la dignidad imperial nacida en Asturias con el Sacro imperio y cuya plasmación se dará posteriormente con Carlos V, supuso un gran desembolso para las arcas castellanas. Motivo por el cual, aquella pretensión real, el “fecho del Imperio” fue muy impopular en Castilla, pues exigió dinero y hombres que, unidos a los gastos de la corte y a las continuas guerras, crearon dificultades financieras importantes. En este sentido hay que recordar la depreciación que se aplicó al vellón, cuyo resultado fue un completo fracaso. Las medidas tomadas por Alfonso X relativas a la política económica fueron, por lo general, inoportunas, debido a que se adoptaron, por necesidades urgentes derivadas de sus empresas políticas y bélicas que, en algunos casos, ninguna falta le hacían a Castilla. Por otra parte, su política fiscal, con un incremento considerable de los impuestos por las mismas razones que las devaluaciones, motivaron un gran descontento tanto en los concejos como en la alta nobleza, protagonista de una revuelta contra el Rey Alfonso X en el año 1272 (capitaneada por el Infante Felipe, hermano del Rey).  Pero, lo peor no fue el descontento interno, sino que la causa de su origen no valió para nada; el empeño de Alfonso de alcanzar el imperio le llevó a fortalecer sus relaciones con el bando de los gibelinos de la vecina Italia, sin que aquello le grajeara las simpatías papales, si siquiera a raíz de la muerte de su rival, el inglés Ricardo de Cornualles, suceso que aconteció en el año 1272. Todo parecía inclinado a su favor, pero la oposición del papa Alejandro IV, y sus sucesores Urbano IV, Clemente IV y Gregorio X inclinaron la balanza en favor Rodolfo de Habsburgo, renunciando Alfonso al Imperio en 1276.

Además del fracaso imperial, otras facetas muy importantes de su reinado fueron desatendidas por concurrir a la elección germana. Así en política el exterior, no pudo incorporar el territorio del Algarve a su corona y también tuvo que renunciar a la Gascuña francesa. E internamente, en una de sus ausencias por el asunto del Imperio, los benimerines norteafricanos desembarcaron en Algeciras (1272). En aquella campaña murió el infante Fernando de la Cerda- llamado así por el mucho pelo corporal que tenía, primogénito de Alfonso y heredero del trono, antes de que su hermano Sancho consiguiera rechazar a los musulmanes. Posteriormente, los benimerines derrotaron a una flota castellana en el estrecho de Gibraltar (1278), obligando a Alfonso a pactar una tregua.

Esto provocó el conflicto interno más importante de su reinado, el que le costó el trono. Ya había promulgado las Partidas (como luego veremos). En ellas, contra la tradición castellana, se establecía que debía sucederle el hijo mayor del difunto Fernando de la Cerda; pero al morir éste prefirió declarar heredero en 1278 a su segundo hijo, Sancho IV, siguiendo la tradición castellana. Sin embargo, el carácter de Alfonso a veces era vacilante y contradictorio y, por ello, en un intento posterior de hacer al infante de la Cerda Rey de Jaén provocó la rebeldía de Sancho. Creando un problema interno con repercusiones internacionales. Aragón y Portugal apoyaban a Sancho y Francia al infante de la Cerda. Sancho convocó Cortes en Valladolid en las que desafió a su padre y le destituyó como Rey. La acometida de Sancho dejó a su padre confinado en Sevilla y a punto de aliarse con el Rey benimerín para recuperar el trono. Pero murió antes de enfrentarse a Sancho. Alfonso X murió en Sevilla, ciudad que nunca dejó de serle fiel, en el año 1284 y en su testamento deshereda a Sancho y reconoce como sucesores a los infantes de la Cerda, dando así lugar a uno de los enfrentamientos más destacados de la Edad Media española y al nacimiento en la Historia de la figura de una mujer muy destacada, María de Molina, a la que algún día dedicaremos una entrada en este blog.

También tuvo conflictos con sus hermanos, además del ya señalado con Felipe, se enfrentó a Enrique, dando lugar a la revuelta de Vizcaya de 1255.

A pesar de todo lo visto, las crónicas recuerdan a Alfonso como un buen Rey, aunque lleno de contradicciones.

En el plano económico, aun teniendo en cuenta la veleidad alemana y sus consecuencias, Alfonso destaca por poner en marcha durante aquel reinado numerosas ferias y sobre todo por instituir en 1273, el “Concejo de la Mesta”. Realmente, no lo crea, ya existían Mesta locales y regionales, pero le da carácter institucional y lo proyecta sobre todo el reino de Castilla. La Mesta controlaba la actividad ganadera, en particular la ovina, su trashumancia a través de las cañadas, dando gran relieve y desarrollo económico a esta actividad en Castilla.

Asimismo, conviene señalar que durante el reinado de Alfonso X se fortaleció la institución de las Cortes, generalizada para los reinos de Castilla y de León.

Por otro lado, la aventura imperial trajo a España y a Castilla uno de los elementos más trascendentes del reinado de Alfonso X: el carácter internacional que tuvo en todo momento la Corte del Rey. Este carácter no tuvo igual en ningún país de la Europa del momento. Se manifestaba en la multitud de vasallos llegados de todas las partes de Europa y áfrica. Los judíos y árabes tuvieron un papel destacado en aquella corte, sobre todo en el ámbito de las traducciones, lo que no fue excusa para que Alfonso se empleara a fondo en su tarea de Reconquista y expulsión de los musulmanes de España. Pero los intelectuales musulmanes fueron tratados con exquisitez en su corte, donde vivieron en plena armonía cristianos, judíos y árabes. Esta es una de las consecuencias de aquella internacionalización y uno de los puntos más destacados de lo que fue la mayor obra de Alfonso X: la cultura.

Fernando III procuró a todos sus hijos una esmerada educación. Alfonso tuvo grandes e importantes preceptores que le inculcaron el amor al estudio, favorecido por una inclinación natural del monarca a las letras y las ciencias, a querer ser un compendio del saber, resultando un adelantado al Renacimiento. El historiador Robert Sabatino López ha afirmado que el principal legado transmitido a la posteridad por Alfonso X fue “su patronato y su contribución personal a todas las ramas del saber y del arte”[1]. El monarca se convirtió en el director de un amplio programa de estudio, traducción e investigación, cuyos pilares fueron, en principio, la ciencia (incluyendo astronomía, astrología y medicina) y el derecho, incorporándose después la historia y la poesía. La luz de obra permitió el desarrollo paralelo de otras manifestaciones culturales y así en aquella época alcanzaron la mayoría de edad las artes plásticas y la arquitectura.  Como hemos dicho el Rey esencialmente dirigía y en algún caso escribía de su puño y letra; como describe Don Juan Manuel el Rey dialogaba con sus intelectuales, y para planear sus obras con ellos, seguía sus estudios, les hacía recopilar y leer multitud de libros llegados de todas partes del mundo con la finalidad de componer las obras más completas posibles. En esta tarea de establecer centros de estudio a lo largo de la península que en ocasiones se movían donde se movía el Rey, en otras se asentaban en un centro concreto e informaban al Rey de sus avances, lo que permitió, entre otras cosas, un gran desarrollo a las Universidades, que mucho le deben al Rey sabio, especialmente la de Salamanca.

En un análisis de la obra cultural alfonsina nos referiremos primero a un hecho común y esencial en la evolución histórica y cultural de España: a Alfonso X el Sabio se le considera el unificador de la prosa castellana, de hecho, puede datarse en su época la adopción del castellano como lengua oficial.

El Rey Sabio comprendió que la lengua y el derecho eran los dos pilares básicos sobre los que tenía que asentar sus reformas culturales y políticas. Entendió que el desarrollo cultural sería más eficaz en la lengua vernácula que en el latín, de ahí que impulsara la traducción de textos del latín, árabe y hebreo, renovó la ortografía y el léxico. En su labor en la corrección y consolidación del castellano como lengua del reino, el Rey se rodeó de “emendadores” del lenguaje, cuyo propósito era hacer una reforma definitiva para lo que utiliza el habla de Toledo como modelo de nivelación lingüística del reino. Si bien, el Rey, gran aficionado a la poesía, gustaba escribirla en lengua gallega, más dulce y sonora, según su gusto. Sus composiciones trataban todos los campos poéticos: amorosa, trovadoresca con la cual llegaba también a los poemas de escarnio, con un uso del lenguaje irónico y mordaz. Aunque sus mejores resultados los obtuvo en la poesía religiosa, en sus “Cántigas a Santa María”, dedicadas a ensalzar los milagros de la Virgen, constituyendo todo un legado armonioso de musicalidad y variedad métrica.

Su interés por las más diversas áreas del saber lo llevaron a impulsar la organización de tres grandes centros culturales en Toledo, Sevilla y Murcia.

En la primera ciudad quedó ubicada la famosa Escuela de Traductores de Toledo, la cual, junto a compiladores y autores originales repartidos por el resto, emprendió una ingente labor de recogida de toda clase de materiales para la elaboración de libros. En este contexto, se asentaron intelectuales de cualquier origen religioso o nacional, como hemos señalado anteriormente, de ahí que se tradujeran la Biblia, el Corán, el Talmud y la Cábala.

En el ámbito jurídico muestra su propósito de contribuir a la labor unificadora emprendida por su padre, Fernando III. También aquí fue de gran trascendencia el estudio del lenguaje castellano pues le permitió establecer las bases esenciales de gran parte de los conceptos jurídicos, que trascenderían y alcanzarían la tradición de nuestro ordenamiento jurídico posterior y fundamento del aprendizaje del derecho incluso en la actualidad.

Su obra marga en este campo son “Las Partidas” (1256-1265). Su nombre original era “Libro de las Leyes”, y hacia el siglo XIV recibió el nombre de las siete partidas o simplemente partidas, por las secciones en que se encontraba dividida.

Se trata al tiempo de una enciclopedia, no sólo jurídica, llena de definiciones redactadas en un lenguaje exquisito, y de una norma que alcanzó fuerza de ley. Es obra de un conjunto de expertos juristas castellanos e italianos y en su redacción intervino directamente el Rey sabio. Este procedimiento de trabajo en grupo es una constante en la obra de Alfonso.

Las siete partidas son suspendidas por Sancho, su hijo, pues en ellas se consideraba el sistema de sucesión por representación, alterando la tradición y convirtiendo su reinado en Ilegal. Será en el Siglo XIV cuando se establezcan como norma, de nuevo, con Alfonso XI, estando vigentes durante buena parte de la historia jurídica posterior de España y de nuestro Imperio americano. De hecho, en Hispanoamérica estuvieron en vigor hasta la época de las compilaciones en el S XIX.

La obra jurídica alfonsina no se entendería sin sus primeras obras jurídicas, Fuero Real Espéculo. Las tres obras (estas dos más las partidas) componen una trilogía de saber jurídico- normativo de carácter correlativo, como un proyecto continuo, cuyo origen estaba marcado por el Fuero Juzgo, traducción del Liber Iudiciorum visigodo hecha en tiempos de Fernando III, el Santo. Este compendio representa el apogeo de la recepción del derecho común (de base romano-canónica), es decir, Alfonso utiliza el Derecho Romano como fundamento de la unidad jurídica del poder, orientado a ser un claro antecedente de la creación del concepto moderno de soberanía, que si bien tiene su origen en los estudios que desde Bolonia se venían haciendo desde el siglo XI, no deja de ser una muestra de que el Rey castellano, también en este aspecto, mantenía una visión europeísta, internacional, que colocó el derecho castellano entre los más avanzados de su tiempo.

Entre las obras de carácter histórico figuran una biografía de Alejandro Magno y dos títulos fundamentales: la Crónica general y la Grande e general estoria, textos cuya ambiciosa empresa es contar, el primero de ellos, la historia de España desde un punto de vista unificador, en términos nacionales y políticos; el segundo, en cambio, se propone la relación de la historia universal. Su pretensión era justificar sus derechos al trono imperial, justificar el derecho histórico de sus Reyes a ocupar las tierras musulmanas de la península Ibérica y asimismo documentar históricamente la preeminencia de la monarquía sobre la nobleza. De nuevo, Alfonso se convierte en un superador de los preceptos medievales del “primus inter pares”, del feudalismo, para concebir la monarquía como manifestación de poder en su auctoritas y en su potestas. Fue el gran fortalecedor de la Monarquía hispana. A él le deben mucho, en este sentido, todos sus sucesores.

La Crónica General consta de dos partes. La primera comienza con el Génesis y llega hasta la rebelión de Pelayo contra los musulmanes en Asturias. Se escribió en época de Alfonso X. La segunda parte comprende el período que va de Pelayo a Fernando III, y se redactó durante el reinado del hijo de Alfonso, Sancho IV. (de parte de estos acontecimientos dimos buena cuenta en esta entrada del blog:  https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/ ). Se hicieron dos versiones: una oficial o culta, en latín, y otra popular, en castellano. Como fuentes se utilizaron la Biblia, las crónicas castellanas de la primera mitad del siglo XIII, los romances populares, los clásicos latinos, las leyendas eclesiásticas y las crónicas árabes. La obra presentaba el reino de Castilla y León como el eje de la Historia de España. Tuvo gran difusión, a través de numerosas copias y resúmenes, y no perdió fama durante los siglos posteriores.

La General Estoria es una historia universal estructurada en seis edades (división usual desde san Agustín y san Isidoro), de las que no se completaron la quinta y la sexta. La crónica empieza, con la creación del mundo según la Biblia y acaba poco antes del nacimiento de Cristo, uniendo la historia propiamente dicha con relatos legendarios y mitológicos.

Obras científicas son los Libros del saber de astronomía con sus Tablas astronómicas o Tablas alfonsíes, destinadas a descifrar el “juicio de las estrellas” (Libro conplido en los iudizios de las estrellas) , fruto, en parte, de las observaciones efectuadas en el observatorio fundado por el Rey en el toledano castillo de San Servando. Estas obras significaron un hito en el transito desde la Astrología a la Astronomía. Así, presenta en esta materia textos compuestos de tratados originales, refundiciones y traducciones que pretenden compilar todo el conocimiento astronómico de la época con el fin de promover su desarrollo. La idea motriz de la obra científica de Alfonso parece supeditarse a la tradición aristotélica, entre macrocosmos y microcosmos, entre el universo y el hombre.  Alfonso X se apoya en esta idea de conocer los secretos del destino y prepararse para afrontarlos en las mejores condiciones. La producción en este campo del saber permite la traducción de tres distintos tratados astrológicos (Libro conplido en los iudizios de las estrellasLibro de las cruzes y Quadripartitum), dos de los cuales (el primero y el tercero) tuvieron una amplísima influencia en Europa a través de traducciones latinas encargadas por el propio Alfonso. No hay que olvidar que en la Edad Media la astrología, funcionaba como catalizador de la sabiduría global.

Asimismo, cabe registrar el Lapidario, tratado en el que se describen quinientas piedras preciosas, metales y algunas sustancias.

Promueve avances en Medicina, Farmacia, Mecánica y Física, por ejemplo, en el Tratado del cuadrante señero o en traducciones de libros árabes sobre mecánica que llevaron a construir algunas de las máquinas allí descritas. En estas ramas del saber cuenta con el respaldo esencial de los intelectuales judíos.

Por último, señalar que también se ocupó de otros saberes dedicados al entretenimiento como los estudios sobre el juego de ajedrez “Libros de ajedrez, dados y tablas” o la traducción de cuentos como los de “Calila y Dimna”.

BIBLIOGRAFÍA

MARTÍNEZ, H. Salvador, Alfonso X, el SabioUna biografía. Polifemo. 2003.

O’CALLAGHAN, Joseph, El rey Sabio. El reinado de Alfonso X de Castilla, Sevilla, Universidad de Sevilla. 1996

TORRES FONTES, Juan, Documentos de Alfonso X el Sabio. Academia Alfonso X el Sabio, 1963 (Colección de Documentos para la Historia del Reino de Murcia, 1).

LÓPEZ, Robert S. El nacimiento de Europa. Editorial Labor, S.A.1965

[1] López, Robert S. (1965). El nacimiento de Europa. Editorial Labor, S.A.1965