LA SARGENTADA

Se conoce con el nombre popular de “la sargentada” a un levantamiento militar republicano que pretendía la deposición de Alfonso XII en 1883.

Tras la caótica 1ª República, el 29 de diciembre de 1874, acontece el pronunciamiento en Sagunto dirigido por Arsenio Martínez Campos cuya finalidad era lograr la vuelta de la Monarquía como forma de Estado en España. Se inicia así el periodo llamado Restauración borbónica. La Restauración trajo orden a la vida española, pero, en sus primeros años, estuvo amenazada por una importante movilización clandestina protagonizada por asociaciones secretas en las que la ideología republicana tuvo un indiscutible peso. La Asociación Republicana Militar fue la más activa de ellas.

La Asociación Republicana Militarfue creada a finales de 1881 por un pequeño grupo de oficiales en la reserva y pronto logró agrupar a numerosos militares republicanos que habían participado durante los años anteriores en las conspiraciones contra la Monarquía de Alfonso XII. En 1882, el movimiento republicano con intenciones golpistas se organiza en torno a la figura del líder republicano progresista en el exilio Manuel Ruiz Zorrilla. Unos años después, se fusionaron con una asociación de tendencia republicana federal dando lugar a la Asociación Revolucionaria Militar que llegó a contar con más de 7.000 afiliados. En su aparente éxito se generó su fracaso: las nuevas incorporaciones estaban trufadas por topos del gobierno que lograron impedir que las acciones previstas por la Asociación alcanzaran buen puerto, hasta que en 1890 prácticamente habían desaparecido.

Los acontecimientos que vamos a narrar ocurren siendo aún la Asociación Republicana Militar (ARM)la actuante.

Hasta aquel momento, uno de los inconvenientes para lograr el éxito en sus acciones era la separación tajante entre los movimientos militares y los civiles, de manera que su deseo de implantar un sistema republicano tenía una vinculación siempre militar que evitaba el apoyo de la sociedad civil. Sin embargo, en 1882, los proyectos fiscales del ministro de Hacienda, Camacho, provocaron una oleada de protestas, especialmente graves en Cataluña, que, por primera vez, permitieron vincular las reivindicaciones y acciones civiles con las militares. Los oficiales, sin embargo, rechazaron realizar una acción conjunta con paisanos, de modo que los planes de asonada se suspendieron durante unos meses.

Ese enfrentamiento con la sociedad civil no fue el único problema. Otra de las dificultades se basaba en la falta de fondos. Lograr el dinero para las acciones, vincular a los militares con la sociedad civil, nunca fue tarea fácil y, en última instancia, causó el fracaso de sus planes.

Tras la primera suspensión, las fuerzas levantiscas, tanto civiles como militares, acuerdan una nueva fecha para la revuelta: el 29 de junio. Uno de los puntos  esenciales de aquella negociación, y sobre lo que más incidieron los seguidores de Zorrilla, fue que Barcelona estuviera entre las ciudades levantiscas. A finales de junio, se descubrió que el propósito de entrar en Barcelona era apoderarse de unos 20 o 30 millones de pesetas y con esa cantidad hacer la revolución sin contar demasiado con el ejército. Esto indignó a los militares que abortaron el levantamiento. Tras nuevas negociaciones, la fecha del movimiento insurreccional quedó fijada para el cinco de agosto 1883.

Se esperaba un alzamiento en toda España y, sobre todo, en grandes plazas: Barcelona, Valencia, Zaragoza, Badajoz, Alicante y Logroño. El resto de las guarniciones, como por ejemplo Bilbao, Cartagena, Cádiz, Burgos, Sevilla, Granada y Málaga, se irían sumando, al fin y al cabo, por aquellas fechas el número de afiliados a la ARM ya era muy numeroso y, por tanto, la rebelión más factible.

Cuando todo estaba preparado, los elementos civiles propusieron retrasar los acontecimientos al día 10 de agosto, pero las órdenes habían sido ya enviadas a Badajoz, donde los asociados de la ARM cumplieron con precisión las mismas. Realmente el levantamiento se siguió en tres ciudades: Badajoz, Santo Domingo de la Calzada y la Seo de Urgel (también hubo algunos conatos en otras zonas de Cataluña y de Andalucía).

La situación fue grave en Santo Domingo y chusca o muy chusca en los otros dos lugares, como veremos.

En Badajoz. Los telegramas que anulaban las órdenes y que retrasaban todo habían llegaron a tiempo, pero el jefe militar, Serafín Asensio Vega, lo interpretó de manera contraria, con lo que el levantamiento se realizó. Las órdenes iniciales señalaban la una de la madrugada del día 5 de agosto como el momento del alzamiento. Así se hizo en la ciudad extremeña, donde se consiguió dominar a las autoridades militares y civiles, pero, al no haberse sublevado ningún otro acuartelamiento en el país, el movimiento, fracasó y, el día 6, los sublevados de Badajoz huyeron a Portugal.

Seo de Urgel.  Este es el episodio más pintoresco y menos serio de los tres. Los instigadores habían encargado la dirección de la sublevación al coronel don Francisco Fontcuberta. Este señor era espiritista y cuando recibió el aviso del fracaso de la sublevación iniciada en Badajoz, intentó desistir, pero, antes de hacerlo, invocó al espíritu de Prim y, según manifestación del propio sublevado, éste le aconsejó seguir adelante pues la vitoria era segura. Siguió adelante, pero se ve que el espíritu del vencedor de los Castillejos sufrió una lastimosa equivocación a la que arrastró a Fontcuberta. Eso sí, estuvo suficientemente alerta, no sabemos si por intercesión de Prim o no, para huir a Francia y así ponerse a salvo.

En Santo Domingo de la Calzada. La sublevación de la ciudad riojana se llevó a cabo a pesar de haberse realizado tras la frustración de Badajoz. En la Rioja existía un buen número de militares republicanos, así como un significativo grupo de civiles “zorrillistas” dispuestos al levantamiento, como ya se había puesto de manifiesto en 1868 durante la “Gloriosa”. Además, tuvo especial trascendencia por ser la única en la que se consiguió apresar y ajusticiar a los sublevados.

Dos fueron los destacados calceatenses que participaron en la sublevación Juan Manuel Zapatero Castillo y Juan José Cebrián. Habían participado en la organización de la sublevación en las reuniones mantenidas en Barcelona. Sus órdenes eran actuar una vez se amotinara Logroño, pero a Zapatero y Cebrián les pudo la impaciencia y decidieron sublevarse la madrugada del 8 de agosto. Aunque eran varios los acuartelamientos llamados a la desobediencia en la Rioja, realmente, el único movimiento destacado fue en del Regimiento de Caballería de Numancia acantonado en el ex convento de San Francisco de Santo Domingo de la Calzada.

Zapatero, acompañado de otros sublevados, pretendía dirigirse a Haro para alentar otros movimientos insurreccionales, pero fue interceptado e impedida su acción. Logró huir a Francia. Mientras, Cebrián seguía con sus acciones y movilizó a tres sargentos primeros y nueve sargentos segundos del campamento Numancia que levantaron a 224 hombres, entre cabos y soldados. Cebrián se había presentado en el acuartelamiento haciéndose pasar por coronel. No hubo resistencia. A los soldados se les ordenó montar sin explicarles el porqué y a dónde se dirigían (se dirigieron a Torrecilla, pues quería unirse allí a las tropas que supuestamente Zapatero había logrado reunir en Logroño y Zaragoza. Cebrián desconocía el fracaso y huida de Zapatero)

El oficial al mando del regimiento era el coronel Ramón Rubalcaba Juárez de Negrón que se encontraba fuera del cuartel en el momento de la entrada de Cebrián. Es posible que Rubalcaba fuera conocedor y participe en la organización, sin embargo, en aquel momento, traicionó sus antiguas posiciones y optó por unirse a los que perseguían a los insurrectos

Una vez en Torrecilla, Cebrían espero inútilmente la llegada de las tropas de Logroño y Zaragoza. Los que se acercaron fueron sus perseguidores, obligando a los sublevados a salir en dirección a Soria. En mitad del camino, uno de los soldados del regimiento Numancia, sin que se sepa si fue por error o por discrepancia, disparó su carabina contra Cebrián, le dio en la espalda y lo mató. Aquello se consideró una hazaña y sería convenientemente retribuido y condecorado. El resto de los soldados apresaron a los sargentos.

Aquel día, 8 de agosto, las provincias de Logroño y Soria eran declaradas en estado de guerra que se extendió el día 10 a las provincias de Sevilla, Córdoba, Huelva y Cádiz. Previamente, el día 9, la Gaceta de Madrid publicaba la suspensión de las garantías constitucionales en España, decretada por el Presidente del Consejo de Ministros interino, Arsenio Martínez Campos, a reserva de su aprobación por las Cortes. El gobernador de Madrid, conde de Xiquena, informaba el 9 de agosto a los directores de los periódicos la posibilidad de cierre de aquellos medios que alentasen la comisión de delitos contra el orden público. El día 12, tras juicio verbal y sumarísimo, fueron ejecutados los sargentos insurrectos.

Posteriormente, Zorrilla y otros miembros de la ARM recibieron notificación de sus delitos y juzgados en rebeldía. Sus penas fueron conmutadas tiempo después.

Una vez más, y no será la última en la Historia de España, los auténticamente convencidos de sus principios y que actúan con honestidad en función de ellos, sean acertados o no- no nos incumbe ahora juzgarlos- acaban soportando toda la fuerza de la ley, mientras que, los que cobardean y huyen viven plácidamente.

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