Ya vimos el otro día la primera parte de esta entrada: https://algodehistoria.home.blog/2025/05/09/guerra-de-religion-en-espana-la-persecucion-de-los-catolicos-en-la-ii-republica-1/
Veamos ahora la segunda.
Todo el anticlericalismo existente a la llegada de la Republica no hubiera podido provocar la dureza de la persecución que se produjo cinco años después, sobre todo, en los territorios que , tras el alzamiento, quedaron en zona republicana. Si no se hubieran polarizado y encendido los ánimos por culpa de las acciones y normas de los primeros años de la República, no se hubiera predispuesto a las masas a ejercer una violencia desmedida y convertir el anticlericalismo existente en un auténtico genocidio.
El clima de tensión político-social en el país había crecido sensiblemente ya antes de las elecciones de 1933. Desde el verano de 1932, es decir, desde el fracaso de la famosa “sanjurjada”, la coalición presidida por Azaña se deterioró no sólo por la oposición que le venía de fuera, sino también por la descomposición interna. A la represión que siguió al intento de golpe de estado de Sanjurjo, se añadió la matanza de Casas Viejas a principios de 1933 —personas inocentes fueron asesinabas por guardias de asalto republicanos—. Este suceso se convirtió en una auténtica tragedia nacional. No fue más que la gota que colmó el vaso de la paciencia del pueblo ante los atropellos de la izquierda, que determinaron la reacción ciudadana que dio la victoria a las derechas en las elecciones de 1933. Durante el bienio moderado (de noviembre de 1933 a febrero de 1936), la oposición socialista intentó una auténtica revolución en el mes de octubre. Programada para toda España, tuvo éxito solamente en Asturias, porque en Cataluña se sofocó antes de que pudiera triunfar del todo. El presidente de la Generalitat, Companys, proclamó en Barcelona el Estado Catalán dentro de la República Federal Española. El Gobierno de Madrid impidió esta sublevación; 500 soldados republicanos dominaron la situación en pocas horas, con un total de 46 muertos y 11 heridos. Lo de Asturias fue mucho más grave. Centrándonos en el tema de esta entrada: 58 iglesias fueron destruidas y 34 sacerdotes asesinados (algunas fuentes elevan la cifra a 40)[1]. La persecución a los religiosos fue realmente salvaje.
Algunos sacerdotes y religiosos fueron asesinados a culatazos, otros fueron ahorcados y sus cuerpos expuestos en público durante días. En Mieres, se incendió la residencia de los Padres Pasionistas y fueron asesinados y arrojados al río los novicios pasionistas. En Valdecuna, se asesinó al ecónomo párroco y se quemó la iglesia, el retablo, imágenes y archivos parroquiales. En Oviedo los revolucionarios queman el convento de las benedictinas de San Pelayo, el convento de Santo Domingo (en la calle se fusila a los seminaristas que habían conseguido huir del convento) y el Palacio Arzobispal de Oviedo. Todos quedaron destruidos. El 9 de octubre, son fusilados en Turón 9 sacerdotes de La Salle (Mártires de Turón. Canonizados en 1999). El 11 de octubre los revolucionarios socialistas colocan una bomba en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo. En este atentado se destruyen numerosas obras de arte y reliquias del cristianismo, también sufre daños la catedral. Pocos días después, también en Oviedo, los revolucionarios incendian el colegio religioso de las Recoletas de Oviedo.
El analfabetismo de aquellos exaltados no se limitó a destruir las obras religiosas, el 13 de octubre, dinamitan el edificio de la antigua Universidad de Oviedo perdiéndose importantes obras de gran valor y quemándose toda su biblioteca, inaugurada en el año 1765 y cuyos orígenes se remontaban a 1608. Esta biblioteca de la universidad se había convertido en uno de los primeros centros bibliográficos universitarios de España. También fue destruida la pinacoteca de la universidad.
Marañón afirmó que “la sublevación de Asturias en octubre de 1934 fue un intento en regla de ejecución del plan comunista de conquistar España”[2] .
El movimiento revolucionario procede de todos los grupos izquierdistas que no fueron capaces de aceptar el resultado adverso de las elecciones del 19 de noviembre de 1933. Desde entonces se dedicaron a conspirar contra la más alta magistratura de la Nación y el Parlamento ( lo llevaban haciendo desde el fin del turnismo, siendo especialmente virulento desde la segunda década del S.XX. En el republicanismo encontraron un nicho de encuentro las aspiraciones anarquistas, las socialistas, las de los nacionalistas catalanes y vascos. Pero un republicanismo que concebían destructor, revolucionario). Lerroux intentó consolidar una República que estuviese abierta a todos los españoles. La revolución de octubre sirvió para unir a una parte de las derechas, ya que el Partido Radical de Lerroux y la CEDA eran las dos únicas fuerzas que quedaban con aspiraciones de respeto a la constitución y la República. Lerroux tuvo que colaborar con los católicos de derechas y Gil Robles con los radicales para estabilizar la situación. La extrema violencia vivida consiguió lo contrario de lo que querían los revolucionarios: que los católicos tuvieran responsabilidades de gobierno. Destacados políticos de la CEDA ocuparon carteras ministeriales desde octubre de 1934 hasta fines de 1935. Evidentemente, esto, lejos de calmar a los violentos los envalentonó.
Con su tenaz voluntad subversiva las izquierdas consiguieron acabar con las pocas posibilidades que existían de que prosperara una república democrática en España. El Gobierno pudo controlar la situación con las fuerzas armadas, pero no tuvo la entereza de modificar la política del primer bienio, ni de sofocar de verdad a los revolucionarios. Las condenas fueron poco enérgicas, aunque llevaron a las cárceles, por poco tiempo, a un nutrido grupo de revolucionarios, convirtiendo las celdas en nidos de propaganda de una sublevación que se manifestó a su excarcelación. Tampoco el gobierno supo realizar una política social que contrarrestara la demagogia de sus enemigos.
La victoria de la izquierda en febrero 1936, en un claro fraude electoral por la manipulación de las actas ( ya lo vimos aquí: https://algodehistoria.home.blog/2023/06/30/el-fraude-electoral-de-1936/ ), provocó otra exaltación anticlerical que, en dos meses, supuso la quema de 142 iglesias. En algunos casos con asaltos a los colegios católicos, apuntando con pistolas o cuchillos a los sacerdotes delante de los niños, como ocurrió en el colegio de los marianistas, San Felipe Neri, de Cádiz.
El futuro Cardenal Tarancón, que por entonces era un joven sacerdote relató que:
“En aquella época [antes del alzamiento de julio] era peligroso ir con sotana —o con hábito religioso— por las calles de Madrid. Sobre todo, en las horas del atardecer, cuando casi todos los días desfilaban manifestaciones de distinto signo por las mismas. Se inventaban calumnias absurdas para atacar brutalmente a religiosas indefensas, como aquella de los «caramelos envenenados» que movilizó a un grupo numeroso de personas en Puente Vallecas que atacó a unas religiosas al salir de su convento. Se insultaba fácilmente a los sacerdotes, sobre todo cuando desfilaban grupos de manifestantes y encontraban una sotana en su camino. […] las izquierdas habían hecho imposible la convivencia en paz. Y con su persecución religiosa habían herido en lo más vivo la conciencia de la inmensa mayoría de los españoles que reaccionaban todavía en cristiano.”[3]
Pero tras el alzamiento del 18 de julio de 1936, los católicos que estaba en la zona republicana fueron declarados enemigos del régimen, por ejemplo, Andrés Nin, dirigente del partido revolucionario POUM, proclamaba en un mitin llevado a cabo el 8 de agosto de 1936 que habían resuelto la cuestión religiosa:
“Nosotros lo hemos resuelto totalmente yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto”.[4]
El culto católico debió suspenderse y los ciudadanos católicos hubieron de pasar a la clandestinidad, pues eran buscados para ser detenidos y llevados a tribunales arbitrarios, en los que en miles de ocasiones se decretaba la pena de muerte con la única acusación de ser católico. La posesión de un Rosario, o la denuncia de alguien de que un ciudadano solía ir a Misa o participaba en reuniones de Acción Católica, era suficiente para ser llevado a un pelotón de fusilamiento. Las ejecuciones eran muchas veces inmediatas, e iban precedidas de torturas salvajes. La situación más precaria era la de los religiosos hombres o mujeres.
Stanley G. Payne señala que la ferocidad republicana contra la Iglesia en España fue mucho mayor que la del periodo jacobino francés, pero con la “especialidad” española de ser particularmente cruenta contra los sacerdotes, clérigos y monjas. Según Payne “fue la masacre más importante y la más concentrada de sacerdotes y religiosos católicos de la que se tenga constancia histórica”[5]
La persecución no fue homogénea ni en el tiempo ni en el espacio en la retaguardia republicana. La mayoría de los martirios se produjeron en 1936 y primeros meses de 1937. Especialmente trágico fue el verano de 1936. Según Gabriel Jackson, “los primeros tres meses de la guerra fueron el período de máximo terror en la zona republicana. Las pasiones republicanas estaban en su cenit. Los sacerdotes fueron las principales víctimas del gangsterismo puro”1[6].
No sólo se mataba, también se mofaban de la fe de los católicos con profanaciones sacrílegas, actos civiles o conciertos en cementerios católicos en domingo, procesiones carnavalescas con ornamentos sagrados, farsas irreverentes sobre la misa, mujerzuelas llevadas en andas con los atributos de la Virgen…
Como recuerda Payne, basándose en la obra de Antonio Montero Moreno: “ la Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939”, el número de víctimas mortales de la persecución religiosa durante la república fue:
Sacerdotes seculares 4.022; Religiosos 2.376; Religiosas 282; Seminaristas 95; Obispos 12; Administrador apostólico 1.
Con todo, gracias a la ayuda de algunas de las legaciones diplomáticas en España fueron salvados 394 miembros del clero. Algunos de sus funcionarios ayudaron, con riesgo de perder su vida, al mantenimiento del culto católico clandestino y a su conexión con la Iglesia en la zona. Fueron las embajadas las que transmitieron al mundo el horror vivido por los católicos en España.
También el gobierno catalán ayudó a salvar al Cardenal Vidal y enviarlo a Roma.
Desde principios de 1937 disminuyó el número de muertes, aunque hubo un repunte durante la retirada del ejército republicano tras la caída del frente de Cataluña.
En cuanto a la distribución territorial, en el País Vasco la Iglesia Católica pudo desarrollar su actividad casi con total normalidad, mientras que la persecución se cebó en Madrid, Valencia, Aragón y Cataluña. La diócesis más castigada fue la de Barbastro, en la que fueron asesinados el 90 por ciento de los sacerdotes, incluido el obispo: tenía entre 110 y 120 sacerdotes a finales de 1935; al acabar la guerra, solo quedaba vivos 12 sacerdotes.
Se dieron episodios de gran crueldad y de verdadero sadismo; así, hubo casos en que las víctimas fueron quemadas vivas, enterradas vivas, terriblemente mutiladas antes de morir o sometidos a verdaderas torturas psicológicas. También hubo quienes fueron arrastrados por coches. Hubo casos en que se entregó el cuerpo de una persona asesinada a los animales para que lo comieran. En muchas ocasiones se mantenía a las víctimas desnudas mientras eran insultadas, golpeadas, pinchadas y mutiladas hasta morir. Las religiosas fueron violadas antes de asesinarlas, con especial crueldad contra las novicias. Se realizaban rituales colectivos humillando a las víctimas, deshumanizándolas, para así, tratadas como animales, quitar el cargo de conciencia que pudiera existir entre sus verdugos.
Numerosos obispos, sacerdotes, religiosos y seglares sufrieron torturas evidentes de martirio, reconocidos por testigos e incluso por los mismos asesinos arrepentidos, porque en ellos se dieron todas las circunstancias del martirio cristiano, es decir, que murieron por su condición de sacerdotes, religiosos o cristianos, que fueron ejecutados “in odium fidei” e “in odium Ecclesiae”, que aceptaron las torturas y la muerte por amor a Dios y fidelidad a Cristo, que manifestaron la virtud teologal de la caridad perdonando explícitamente a sus verdugos y asesinos y oraron por ellos, a imitación de Cristo en la Cruz. Esta situación sólo puede ser reconocida mediante el proceso canónico. San Juan pablo II activó el estudio de muchos casos que fueron paralizados por la Iglesia durante el Régimen de Franco. Otros muchos siguen en proceso de análisis y averiguación de sus circunstancias.
A la barbarie descrita hay que sumar los bienes artísticos y edificios- muchos con valor histórico- que fueron destruidos o robados, de un valor incalculable. De esto también hablamos aquí: https://algodehistoria.home.blog/2020/07/17/el-expolio-del-patrimonio-espanol-durante-la-republica-y-la-guerra-el-arte-y-la-cultura/
En este contexto no cabe reprochar al Obispo de Pamplona que en 1937 señalase que la guerra era una cruzada, o que salvo cinco obispos ( todos de El País Vasco o Cataluña) firmaran también el 1937, la carta colectiva en favor del bando nacional. El papa Pio XI no vio con buenos ojos esta carta y hubiera preferido una posición más neutral, pero cuando a uno le quieren matar la neutralidad no sé si es una posición demasiado elevada.
Salvador de Madariaga Rojo, diputado por la Federación Republicana Gallega, escribe en su libro, “España”, “Muchos diputados eran hombres de espíritu doctrinario y dogmático, esta circunstancia fue un verdadero infortunio para la República, pues llevó a las Cortes a poner en pie una Constitución que no era viable; siendo sus tres defectos capitales, la flojedad del ejecutivo, la falta de Senado y la separación de la Iglesia y el Estado”.
Para Madariaga si la segunda República Española hubiera continuado con el vigente Concordato de 1851, hubiera arreglado la cuestión religiosa y asegurado su vida política; “pero el apasionamiento anticlerical de sus prohombres no se lo permitió, y los llevó a un ataque frontal contra la Iglesia”, que propiciará el fracaso de la segunda República Española y la guerra civil de 1936.[7]
BIBLIOGRAFÍA
CÁRCEL ORTÍ, Vicente.- “La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939)”. Ediciones RIALP, S. A. 1990.
GARRALDA, A – “La persecución religiosa del clero en Asturias (1934 y 1936-1937)”. Ed. SND. 2009.
GUIJARRO, José Francisco.- “Persecución religiosa y guerra civil. La Iglesia en Madrid, 1936-1939”. Ed. La Esfera de los Libros. 2006.
IRUJO, Manuel.- “Memorándum del 9 de enero de 1937 de Manuel de Irujo sobre la persecución religiosa” https://www.hispanidad.info/irujo1937.htm
JACKSON, Gabriel.- “La República española y la guerra civil, 1931 1919”. Ed. Critica. 1976.
MAURA, Miguel .- “Así cayó Alfonso XIII”. Ed. Ariel. 1995.
PALACIO ATARD, Vicente.- “Cinco historias de la República y de la Guerra”. Ed Nacional, 1973.
PAYNE, Stanley G.- “¿Por qué la República Perdió la Guerra?” Ed. Espasa. 201
[1] Manuel Irujo. Diputado del PNV y ministro en los Gobiernos de Largo caballero y Negrín. Escribió al respecto el “Memorándum del 9 de enero de 1937 de Manuel de Irujo sobre la persecución religiosa” y en su obra “La Guerra Civil en Euskadi”.
[2] A. Garralda.- La persecución religiosa del clero en Asturias (1934 y 1936-1937).
[3] VICENTE CÁRCEL ORTÍ.- La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939) Ediciones RIALP, S. A. 1990
[4] Vicente Palacio Atard.- “Cinco historias de la República y de la Guerra”, Ed Nacional, 1973.
[5] Stanley G. Payne.- “ ¿Por qué la República Perdió la Guerra? Ed Espasa. 2010
[6] G Jackson, La República española y la guerra civil, 1931 1919 .Ed Critica 1976
[7]José Francisco Guijarro.- “Persecución religiosa y guerra civil. La Iglesia en Madrid, 1936-1939”. Ed. La Esfera de los Libros. 2006.