El Tratado de Tordesillas

El Tratado de Tordesillas fue un acuerdo entre los reinos de España y Portugal, que permitió, entre otras cosas, el reparto del mundo entre las dos grandes potencias del momento. Nos situamos en 1494.

El precedente del Tratado de Tordesillas, fue el Tratado de Alcazobas o Alcáçovas (en portugués), que ya vimos aquí: https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ firmado, en 1479, entre las coronas española y portuguesa. Dicho tratado ponía fin a la guerra de sucesión a la Corona de Castilla, tras la muerte del rey Enrique IV, y que enfrentó a la hermanastra de Enrique, Isabel, y a la hija de aquel, Juana la Beltraneja. Esta última contaba con el apoyo del rey de Portugal. Como todos sabemos, aquella guerra culminó en la victoria de los partidarios de Isabel, que asciende al trono como Isabel I de Castilla. La trascendencia del tratado de Alcazobas se incrementó por delimitar los derechos de navegación de Castilla y Portugal. En su clausulado se reparte la costa atlántica conocida o por explorar utilizando como elemento divisorio los paralelos de la Tierra. Portugal mantiene el control sobre sus posesiones de Guinea, la Mina de Oro, Madeira, las Azores, Flores y Cabo Verde, y se le reconoce la exclusividad de la conquista del Reino de Fez. A Castilla se le concede la soberanía sobre las islas Canarias y la parte superior del paralelo que delimitan esas islas afortunadas.

Con el tiempo, múltiples incidentes ponen en peligro la paz conquistada en Alcazobas. La situación se complica cuando Juan II de Portugal (no olvidemos que Cristóbal Colón ofreció sus servicios al rey de Portugal antes que a Castilla para emprender la conquista de las Indias navegando por occidente y los portugueses no quisieron financiar los gastos de aquella empresa) recibió a Colón a la vuelta de su primer viaje a las Indias. Recordemos que fue la carabela La Pinta la que antes arribó a las costas españolas, por Galicia, y transmitió las primeras noticias del descubrimiento del Nuevo Mundo. Los rumores, que también llegaron a Portugal, se confirmaron cuando Colón, que viajaba en La Niña, atracó en Lisboa, siendo recibido por el rey de Portugal. Convencido Juan II de que los nuevos territorios estaban por debajo del paralelo correspondiente a las islas Canarias, no tardó en reclamarlos para su país, al tiempo que la Corona española aseveraba que el territorio recién descubierto era propiedad de Castilla.

Se producía así un choque dialéctico entre ambas monarquías por la interpretación del tratado de Alcazobas y por el dominio de la navegación mundial. Se iniciaron unas tensas negociaciones en las que primaba el sincero interés mutuo de no alcanzar un enfrentamiento armado.

En aras a encontrar una solución, Fernando el Católico propuso la mediación del Papa español Alejandro VI, Papa Borgia, con el que mantenía una excelente relación el rey aragonés. El Papa Alejandro, gran político, interesado siempre el engrandecimiento de los Estados Pontificios, tuvo algunos sonados enfrentamientos con las potencias europeas, muy especialmente con Francia. Aunque también fue un excelente diplomático que obtuvo alianzas hasta con sus más acérrimos enemigos; pero, con carácter general,  España fue su gran valedor internacional. En el momento de la historia que nos hallamos, Alejandro tenía serios enfrenamientos con Carlos VIII de Francia. En este contexto no es de extrañar que al Papa le interese apoyar los intereses españoles en las negociaciones mantenidas con Portugal. Los Reyes Católicos (que recibieron ese título precisamente de Alejandro VI) rechazaban las pretensiones portuguesas: entendían que África debía ser para Portugal y las zonas del nuevo descubrimiento para España.

La intermediación papal se concreta en las conocidas como “Bulas Alejandrinas” dictadas en 1493. Se trata de tres bulas: «I Inter Caeteras» que  establece que todas las tierras descubiertas por Colón y las que posteriormente se descubran serán para Castilla; «II Inter Caeteras» modifica el sentido de la primera y fija una línea a 100 leguas al oeste de las Azores y Cabo Verde para definir el dominio marítimo y terrestre de Castilla; la tercera bula, «Eximiae devotiones» no menciona la existencia de la segunda y ratifica lo señalado en la primera, ampliando, así, las concesiones asignadas a Castilla.

A esta maniobra de Fernando, se unió su rapidez en organizar una segunda expedición al Nuevo Mundo, adelantándose a lo que pudiera hacer Portugal.

Aunque el rey de Portugal protestó, acabó aceptando el nuevo reparto, con ligeras modificaciones en relación a las bulas alejandrinas. Aquel acuerdo se plasmó en el Tratado de Tordesillas,  acordado en la ciudad vallisoletana por los representantes de ambos países el 7 de junio de 1494. Los Reyes Católicos lo firmaron en Arévalo el 2 de julio y, el 5 de septiembre, lo rubricó Juan II en Setúbal. Entonces no se conocía aún la dimensión de lo descubierto por Colón; a Portugal lo que le interesaba era mantener abierta la ruta hacia la India, la ruta de las especias, tan lucrativa en aquellos tiempos y limitada, en su discurrir por la tradicional ruta mediterránea, por el bloqueo turco.

La esencia del acuerdo consistió en una modificación del sistema de reparto. Si en el tratado de Alcazobas se utilizaron los paralelos, en el de Tordesillas, la división se hizo utilizando los meridianos.  El tratado acabó estableciendo, tras varias propuestas, un meridiano a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, es decir, en 46° 37′ longitud oeste. Todos los territorios por descubrirse al este de dicha línea quedarían bajo dominio portugués, mientras que España tendría soberanía sobre los ubicados al oeste. La cartografía de entonces no era muy precisa por lo que se acordó que marinos y astrónomos de ambas naciones estudiaran la situación exacta sobre el terreno, determinando el lugar exacto en el que se establecería la línea divisoria. Tales trabajos no se llevaron a cabo. El empeño portugués en modificar esa línea, que coincide con la actual ciudad de Sao Paulo, fue enorme. No sólo por dar legitimidad a la toma de posesión del Brasil hecha por Pedro Álvares en el año 1500 (aunque los portugueses le consideran el primer explorador que llegó a Brasil, lo cierto es que ese honor le cabe al español Vicente Yáñez Pinzón, tres meses antes de la llegada del portugués, pero la división territorial hecha en Tordesillas dejaba sin legitimidad la conquista española) sino, como señalan algunos historiadores, por lograr el territorio más importante del nuevo continente y, a medida que se fue conociendo lo que hoy es Sudamérica, por controlar el paso hacia las Indias por el cabo de Hornos. Fuera como fuere, esta posesión portuguesa y su delimitación dio algunos problemas al mantenimiento de tratado de Tordesillas.

Además de lo dicho, el tratado señalaba que:

  • Ninguno de los dos reinos podía enviar expediciones hacia el territorio asignado al otro.
  • A los barcos españoles se les otorgaba libertad y seguridad de tránsito por las aguas portuguesas cuando navegaran hacia América, siempre que siguieran una línea recta hacia sus respectivos destinos.
  • Dado que estaba en marcha un nuevo viaje de Colón, se acordó que hasta el 20 de junio de 1494 España tendría derecho de posesión sobre las tierras e islas que descubriera durante ese plazo entre las 250 y 370 leguas desde Cabo Verde, cosa que no sucedió dado que en el segundo viaje Colón no se aproximó a Sudamérica.
  • También ponía límites en los meridianos que trazaban las zonas de influencia en Asia.

El tratado fue enviado para su confirmación a la Santa Sede, dado que alteraba los términos establecidos en las Bulas Alejandrinas, como ya indicamos con anterioridad. El papa Alejandro VI nunca confirmó el tratado, por lo que la aprobación papal llegó con su sucesor, Julio II, en 1506, mediante la bula “Ea quae pro bono pacis”.

El tratado de Tordesillas permitió que los reinos español y portugués continuaran con sus expediciones navales sin enfrentamiento entre ellos. Por el contrario, países como Francia, Holanda e Inglaterra cuestionaron el reparto de tierras entre Castilla y Portugal -ambos se convertían en poderosos imperios, lo que suponía un serio peligro para el resto de potencias europeas-. De ahí nace la razón de las expediciones organizadas por esas potencias menores para atacar territorios portugueses y españoles, que tuvieron cierta frecuencia desde entonces.

Los límites establecidos por el Tratado de Tordesillas quedaron en desuso al producirse la Unión Ibérica (1580-1640). En este momento, tanto Portugal como sus posesiones pasaron a formar parte de la Corona española.

Los colonos portugueses ya no tenían obligación de quedarse sólo en la costa y comenzaron a aventurarse en el interior del territorio. Además, y coincidiendo con la independencia de Portugal en 1640, el nuevo Estado emprendió, ya sin base legal, algunas acciones comerciales y coloniales más allá de dicho límite; por ejemplo, la fundación en 1680 de la Nueva Colonia del Santísimo Sacramento, frente por frente  a la ciudad de Buenos Aires, es decir en las costas rioplatenses del actual Uruguay, y la fundación, en 1737, del fuerte de “Jesús, María, José” que dio origen al Estado federal brasileño de Río Grande del Sur, en la orilla opuesta del Río de la Plata en la que se encuentra Buenos Aires. Esto provocó una serie de disputas entre España y Portugal durante años. El Tratado de Madrid de 1750 aclara estas fronteras y delimita los márgenes de Brasil casi como son en la actualidad.

Pero ya con anterioridad, el tratado había sufrido modificaciones por el tratado de Zaragoza (1529), que modifico los límites del acuerdo en Asia,  el de Lisboa (1701) y con las disposiciones del Tratado de Utrecht (1713-1715) que afectaban a España y Portugal.

Del tratado, al ser bilateral, se conservan dos originales: en versión castellana se conserva en el Archivo Nacional de la Torre de Tombo en Lisboa y en versión portuguesa en el Archivo General de Indias ( Sevilla ).

La gran trascendencia de aquel acuerdo ha sido reconocida por la UNESCO, que en 1997 creó el Programa Memoria del Mundo con la finalidad de que no se perdieran para el futuro los acontecimientos más destacados de la Historia de la humanidad. A ese programa España y Portugal presentaron de forma conjunta el Tratado de Tordesillas, como documento que merecía tal consideración y ha pasado a formar parte del registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO.

Esto conviene recordarlo en serio, pero también de forma un poco más divertida. Dado que se acerca el verano y el descanso merecido de este blog.

Recordemos que fuimos un Imperio y que el tratado de Tordesillas fue parte importante del mismo. Los Nikis año 1985 “El Imperio contraataca”: https://youtube.com/watch?v=71m3JuHKngY&si=6RUfich2n112glG6

 

BIBLIOGRAFIA

El Tratado de Tordesillas: https://www.escrituraydocumentos.com/el-tratado-de-tordesillas-de-1494-digitalizado-en-pdf/

AGUADO BLEYE, Pedro.- “Manual de Historia de España”. Ed Espasa-Calpe. 1954

MARCO, José María.- “Una historia patriótica de España”. Ed Planeta.2011

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed Teide. 1983

FRANCISCO MANUEL DE MELO

Hoy traemos al blog a Francisco Manuel de Melo. Personaje poco conocido pero importante en su relación con el conde-duque de Olivares. El conde -duque vivió entre 1587- 1645 y fue Valido del rey Felipe IV entre octubre de 1622 y enero de 1643.

En aquel momento, Portugal formaba parte de España, desde que fue nombrado monarca portugués Felipe II, en la llamada Unión Ibérica que se extendió entre 1580 y 1640.

Debido a aquella unión, los reinados de Felipe II y Felipe III fueron pacíficos en el interior de la Península Ibérica entre los antiguos reinos de España y Portugal: hubo poca interferencia española en Portugal -que gozaba de cierto grado de autonomía- y los portugueses no se quejaban. Pero con Felipe IV la situación empeoró, como no podía ser de otro modo, porque empeoró la situación en toda España, sobre todo, por las continuas luchas en Flandes (enfrentamiento franco-español, afianzado por el tratado franco-neerlandés de ayuda mutua, especialmente importante a partir de 1635). Aquel enfrentamiento se vio impulsado , además, por la rivalidad y prepotencia de los validos ( conde – duque de Olivares por España y el Cardenal Richelieu por Francia), lo que determinó una contienda con importantes consecuencias para la vida diaria, económica y política de la Península Ibérica;  en la que al igual que se vieron mermadas las posibilidades comerciales de España, se vieron reducidas las de Portugal; además, dio lugar a una mayor injerencia de la antigua España en los asuntos portugueses. Todo eso condujo a dos levantamientos populares portuguesas, en 1634 y 1637, que se sofocaron con relativa facilidad. No así la tercera revolución, en el fatídico año de 1640, cuando el poder militar español ya estaba dividido entre la guerra contra Francia y la sublevación de Cataluña.

Las arcas del Estado necesitaban fondos y los impuestos aumentaron, se produjeron reducciones en los privilegios de la nobleza, y las posesiones de ultramar (el mayor imperio del mundo por la unión de los territorios de España y Portugal) se vio amenazado por holandeses y, sobre todo, británicos. La fuerza naval española estaba más centrada en la guerra contra Francia que en defender el Imperio. La gota que colmó el vaso fue la intención del conde-duque, en 1640, de usar tropas portuguesas en la defensa de Cataluña.

En ese contexto, el Cardenal Richelieu encontró medios para ayudar a la sublevación portuguesa que logró su la independencia y el reconocimiento de Juan IV como rey de Portugal y Brasil.

No todo aquel desastre cabe achacárselo al conde-duque. Olivares tenía un sentido de estado y de servicio más que acreditado. Intentó, con poco éxito, más por la abulia real y por la presión de otros miembros de la nobleza, celosos del poder del conde-duque, que la Unión Ibérica fuera efectiva. El profesor Jover lo cuenta así:

Señala Olivares: “Tenga Vuestra Majestad por el negocio más importante de su Monarquía el hacerse Rey de España; quiero decir que no se contente con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, conde de Barcelona, sino que trabaje por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla sin ninguna diferencia, que si Vuestra Majestad lo alcanza será el príncipe más poderoso del mundo”…

​“Olivares se manifiesta aquí, precursor de la Nueva Planta de Felipe V. Su audaz arbitrio apuntaba a una especie de consumación del movimiento renacentista encaminado a la reconstrucción de la España visigoda, centrada en torno a Castilla, fundiendo en un solo molde las tres Coronas destinadas a fundamentar la monarquía. Lo prematuro de tal propuesta quedará reflejado, cinco años más tarde, en unos párrafos de la Suplicación dirigida al mismo monarca por el portugués Lorenzo de Mendoza, allí donde alude a la unión de Reinos y Monarquía de Vuestra Majestad, que principalmente depende de estas tres Coronas de Castilla, Portugal y Aragón unidas y hermanadas”.[1]

En ese ambiente enrarecido, en el que se estaba cercana la restauración de la Corona portuguesa, pero aún formaba parte de España, se desenvolvieron unas cuantas vidas complejas. Una de ellas fue la de Francisco Manuel de Melo, excelso escritor y poeta, vasto intelectual, militar, asesor político y súbdito leal a ambos territorios: España y Portugal.

Hijo primogénito de una familia noble, pero con mezcla de sangre, que en aquellos tiempos podía modificar un destino. Su padre fue un ilustre militar, de apellido Manuel, que mostraban grandeza y nobleza de origen. Sin embargo, su madre, descendía de familia rica, de cierta hidalguía, aunque con orígenes conversos, lo que obligó a nuestro protagonista a pedir autorización especial cuando quiso ingresar en la Orden de Cristo (orden militar portuguesa).

Su padre falleció en el campo de batalla cuando Francisco contaba seis años de edad. Fue su madre la encargada de la educación de sus hijos y se esforzó enormemente para que ingresara en el colegio de Santo Antao de la Compañía de Jesús, en Lisboa. Su formación académica fue excelente, y de ella nació su afición literaria y humanista en general. Fue gracias a los Jesuitas que logró tener una formación ilustrada (hombre de amplios saberes, escribió poesía, libros de empresa e incluso un tratado de matemáticas “Concordancias matemáticas). Ese carácter intelectual le valió con el tiempo el favor del conde-duque (hombre también muy culto, de gran amor a la literatura y a los libros de los que consiguió formar una muy buena biblioteca de la que se encargó en mantener, ampliar y velar por el lujoso encuadernamiento de los volúmenes- una de las manías del conde-duque- Francisco Manuel de Melo).

Pero las inquietudes del portugués no se limitaban al estudio y la meditación, sino que fue una persona fuertemente inclinada a la acción. Al cumplir diez años, Felipe III lo había nombrado hidalgo escudero de su Corte y a los diecisiete abandonó los estudios para seguir la carrera militar, intentando mantenerse activo en las armas y en las letras. Su experiencia más intensa, en aquellos primeros años, aconteció en 1627, cuando una escuadra portuguesa que debía escoltar a la flota de Indias desde La Coruña a Lisboa naufragó. Las prisas por recuperar la mercancía depositada en la bodega de aquellos barcos, determinó una serie de malas decisiones que acabaron perdiendo el contenido importado de América y muriendo los marineros que salieron en su auxilio. Francisco Manuel fue uno de los pocos supervivientes.

Continuó su actuación militar defendiendo las aguas y costas portuguesas de los navíos ingleses.

La tragedia de la flota de Indias le inspiró una de sus cuatro Epanáforas (así denominó a su historia de Portugal en cuatro actos): la Epanáfora trágica. Al tiempo se centraba en el desarrollo de su obra poética. Nacen así los Doce Sonetos por varias acciones en la muerte de doña Inés de Castro. Y su primera obra en castellano: Las tres musas del Melodino. En 1665 se publica su obra poética completa, una recopilación en portugués y en castellano (salvo aquellos doce sonetos), denominada: Obras métricas.

Francisco Manuel fue un escritor perfectamente bilingüe. Usaba el castellano para asuntos científicos, ensayos y obras a las que quería dar una visión más universal. El portugués, lo utilizaba para temas más locales. Estudió a fondo la literatura portuguesa e hizo varios trabajos de revisión crítica de los clásicos.

De 1629 a 1634, Melo se repartía entre Madrid y Lisboa. Especialmente cuando ejerció de asesor del conde-duque, sus estancias en Madrid eran prolongadas. En su obra sobre el conde-duque, Gregorio Marañón, señala como Melo fue espía para el valido (Olivares era muy aficionado a tener espías en todas partes, incluso en la cámara del Rey que le informaban de cada paso de éste, de la familia real y del resto de los nobles), pero también señala el ilustre médico como Melo se convirtió en una especie de asesor del Valido, pues confiaba plenamente en su criterio.

Nuestro protagonista trabó amistad en Madrid con los círculos literarios y existe constancia de su relación epistolar con Quevedo, al que dedicó alguno de sus sonetos. Lo convirtió en personaje de su diálogo Hospital das Letras, y hasta llegó a promover la edición en Lisboa de una de sus obras, el San Pablo.

Según algunos autores, Melo no era persona de fiar y no siempre fue fiel al conde-duque. También es cierto que el valido de Felipe IV tenía un carácter variable, voluble y colérico que tan pronto estaba de buenas como entraba en una tormenta de expresiones y gritos, muy de temer; cierto es que, igual que se sulfuraba sin causa, se apaciguaba fácilmente, teniendo la virtud de no ser rencoroso. La relación del conde-duque con Quevedo fue tormentosa y el poeta acabó en prisión sin una causa clara, y por más que clamó al dignatario, este no se ablandó. Algo semejante, sin que se sepa muy bien la causa, pasó con Melo.

En su epistolario (Cartas familiares),  empieza a revelar a partir de 1637 un tono quejoso y algo desengañado. Creía merecer más de lo que tenía y porfiaba en sus pretensiones en la Corte. De septiembre a diciembre de 1637, el año de la tensa Revuelta de Évora, estaba preso en Lisboa, en el Castillo de San Jorge sin que se sepan las causas. Fue testigo de primera línea de las algaradas y del malestar popular portugués, y lo analizó todo con la enorme perspicacia que demostró en su Epanáfora política y en las cartas.

El conde- duque llamó a capítulo a todos los portugueses de importancia en la Corte y les advirtió de su cuota de responsabilidad por la revuelta. Ese malestar lo muestra Melo con un retrato no muy positivo del conde-duque en esa Epanáfora . Entre otras cosas critica su afición a compararse con los clásicos. Algo que se ha dado muchas veces a lo largo de la Historia entre los absolutistas o tiranos más bien tiranos de cierta formación, claro, los actuales no llegan a semejante nivel. Cierto es también que, a decir del Dr. Marañón, el conde-duque tenía una propensión a la grandeza claramente enfermiza. Dice Melo:

Los libros políticos e históricos que leía Olivares le habían dejado algunas máximas desproporcionadas al humor de nuestros tiempos; de donde procedía intentar a veces cosas ásperas sin otra conveniencia que la imitación de los antiguos; como si los mismos Tácitos, Sénecas, Plutarcos, Plinios, Livios, Polibios y Procopios de que se aconsejaba no mudaron de opinión, viviendo ahora, en vista de las diferencias que cada época impone a las costumbres y a los intereses de los hombres.”[2]

Quizá por esta desavenencia o por otras, Melo acabó encarcelado en dos ocasiones en Lisboa. Pero como señalaba en párrafos anteriores, el conde -duque no era rencoroso y al salir de la segunda prisión, en 1638, permite a Melo incorporarse a un tercio en la potente armada enviada a Flandes y que, para desgracia de España,  sufrió, en 1639, la considerada por toda la Historiografía como la peor derrota española en Flandes: la batalla de las Dunas.

Melo dejó testimonio preciso del desastre en su Epanáfora bélica. Enfermo, llegó en 1640 a Madrid, donde no recibió la prometida recompensa por sus trabajos. En cambio, fue requerido para ir a Vitoria en apoyo de las tropas que lucharon contra Francia. Y de ahí a Cataluña, como adjunto del marqués de Los Vélez, para sofocar la creciente rebelión.

La estancia en Cataluña dará como fruto la obra por la que fue más conocido, y la considerada por muchos su mejor texto en prosa: Historia de los movimientos y separación de Cataluña.

Pero nada más conocer la sublevación de Portugal, Melo fue apresado y enviado de vuelta a Madrid. Éste es el periodo más oscuro de su vida. Tras dos meses de cárcel fue liberado, nombrado maestre de campo y enviado a Flandes. Consiguió huir a Londres para ponerse al servicio de Portugal, ya independizado de la Corona española.

Curiosamente, su vida en Portugal no fue fácil, le ocupó puestos de relevancia, pero su estrecha colaboración anterior con el valido español, le trajo, al tiempo, una desconfianza en la Corte portuguesa que le llevó desde 1644 a una sucesión continua de prisión-libertad-destierro que no acaba hasta 1658. No hay una documentación clara que explique las causas de este peregrinar. Primero fue desterrado a las colonias portuguesas en África, luego a la India, recurrió ambas sentencias y las ganó, pero fue desterrado a Brasil. Allí, en tierras americanas, vivió quejoso de la inhóspita vida, poco refinada en lo material y demasiado exuberante en su naturaleza. En esos años en Brasil, produjo gran parte de su obra, siempre bilingüe.

Con la llegada del nuevo rey de Portugal, Alfonso VI, le fue concedido el indulto (era 1659). A la vuelta a Lisboa empezó un período de reconocimiento y honores no exentos de relevantes tareas diplomáticas: la negociación del casamiento del rey con una princesa María Francisca Isabel de Saboya, la recuperación de los obispados vacantes desde 1640 (en Roma).

En su dilatada estancia en Roma se aproximó a lo más selecto de la vida intelectual, en especial cerca de la Compañía de Jesús, y preparó con cuidado la recopilación definitiva de su obra —quiso repartirla en diez grandes títulos—, que sólo en parte logró organizar.

Al volver a Lisboa se le nombró miembro de la Junta de los tres Estados ( importantísimo órgano, creado a raíz de la independencia para controlar que el monarca no se excediera en sus poderes. Especialmente destacado en el seguimiento de los asuntos de la guerra y la Administración). Apenas pudo ejercer esta tarea y distinción, pues murió el 13 de octubre de 1666.

 

BIBLIOGRAFÍA

ELLIOT, John.- “El Conde-Duque de Olivares”. Ed. Austral. 2014

JOVER ZAMORA, José María; BALDÓ I LACOMBA, Marc y RUIZ TORRES, Pedro.- “Historia y civilización: escritos seleccionados”, Universidad de Valencia.1997.

MANUEL DE MELO, Francisco.- “Cartas familiares”. Ed Livraria Sá da Costa. 1937.

MARAÑÓN, Gregorio.- “El Conde-Duque de Olivares. La pasión de mandar”. Ed Espasa. 2006.

 

[1] José María Jover Zamora, Marc Baldó i Lacomba y Pedro Ruiz Torres.- “Historia y civilización: escritos seleccionados”, Universidad de Valencia.1997

 

[2] “Cartas familiares” Publicado por Livraria Sá da Costa. 1937