El Eurocomunismo

Sabemos que el comunismo desde Marx ha sufrido diversas transformaciones, casi siempre unidas a ciertos fracasos. Una de esas transformaciones fue el llamado eurocomunismo.

Se conoce como “ eurocomunismo” a la ideología que se inserta en los partidos comunistas de Europa occidental, sobre todo, a partir de la invasión de Checoslovaquia por parte de las fuerzas del Pacto de Varsovia en 1968, poniendo fin a lo que se llamó “comunismo de rostro humano” o “ Primavera de Praga”, originada por la teoría de Brézhnev de la “soberanía limitada” ( aunque la teoría es realmente originaria de Suslov). La doctrina Brézhnev o “doctrina de la soberanía limitada” marcó la política exterior de la Unión Soviética en un intento de evitar la democratización o independencia en países socialistas, mediante la intervención militar.  Tal doctrina consideraba el bloque del Este como un todo en el que los países de la Europa oriental no eran independientes. «La URSS no puede ser, ni será jamás, indiferente al destino de la edificación del socialismo en otros países hermanos; tampoco lo será con relación a la causa del socialismo mundial». Trataba así de justificar una intervención del Pacto de Varsovia en cualquier país del bloque oriental que se alejara de los dictados de ”Moscú» y se acercara al capitalismo de Estados Unidos (Seguro que más de un lector se ha acordado de Putin y la intervención en Ucrania).

Esa acción de invasión de Checoslovaquia fue condenada en el oeste europeo, lo que fuerza, de algún modo, a los partidos comunistas del mundo occidental a pronunciarse ante sus respectivas sociedades, sobre la condena o no del sometimiento de los derechos ciudadanos checoslovacos, pisoteados por los tanques soviéticos. Esa situación obliga a los partidos comunistas más importantes de occidente, italiano y francés, a condenar la invasión; explícitamente, los primeros y, con ciertos matices, los segundos.

Son, por lo tanto, los secretarios generales de los partidos comunistas de Francia e Italia, Marchais y Berlinguer, quienes dan consistencia política al eurocomunismo; añadiéndoseles inmediatamente, Santiago Carrillo. Hay que estimar, por lo dicho, que el Eurocomunismo estará siempre unido a esas tres figuras:  Marchais, Berlinguer y Carrillo. Más en los dos segundos que en el primero, que siempre fue más renuente a condenar el comunismo ortodoxo soviético.

Es obvio, sin embargo, que, si bien el concepto eurocomunismo irá ligado a las personas citadas, incluso una de ellas, Santiago Carrillo, escribió un libro bajo ese título- Eurocomunismo-. Éste no es nada más que un proceso ideológico evolutivo, que, partiendo del marxismo, pretende llegar al poder, prescindiendo del Leninismo. Fue una búsqueda de encontrar un camino que compaginara la vía marxista con las democracias occidentales durante el último cuarto del S. XX.  Un camino que diese luz a la crisis de los principios que habían sido básicos en los marxistas clásicos, fundamentado en que la transformación de la sociedad capitalista, debía revisar los tres pilares clásicos: revolución a escala mundial, vanguardia de los países desarrollados y extensión rápida del proceso revolucionario una vez iniciado.

Esta línea de pensamiento no nace de las cabezas de aquellos hombres que tenían responsabilidades representativas en los partidos comunistas occidentales, sino en las cabezas de los intelectuales marxistas/comunistas que, viviendo en el mundo occidental, se dan cuenta de que hay que casar la libertad del mundo en el que viven con la dictadura del proletariado, y que esa libertad en el mundo occidental comporta dos elementos esenciales: “pluralismo” y “elecciones”. Son los grandes teóricos del marxismo occidental: Gramsci,  Althusser, Aragón…, quienes poniendo al día sus ideas marxistas, determinaron, en primer lugar, la separación del leninismo al comprobar que su expansión por occidente no se producía, como habrían creído con anterioridad, y que la resistencia en los países del Éste, era evidente. Con lo que, en segundo término, sentenciaron que la sociedad no se volvería comunista por la vía revolucionaria sino por un medio estrictamente electoral, respetando, en principio, el pluralismo de sus respectivas sociedades. Lo que veían aquellos teóricos era que para Marx la sociedad comunista alcanzaría sus últimos estadios en la conjunción de los logros de sus etapas previas: idea materialista de la Historia, lucha de clases, dictadura del proletariado, sociedad comunista en la que el Estado desaparece. Lenin, por su parte, admite las tres primeras etapas, pero no se pronuncia respecto de la cuarta, pues la considera tan lejana, y a la sociedad tan falta de condiciones para vivir sin Estado, que la ignora. La tercera, la dictadura del proletariado, la entiende como una acción revolucionaria, en la que el proletariado ejerce su acción no como una clase, sino a través de una vanguardia, la formada por el “partido comunista” stricto sensu, que implantado en el Estado (en Rusia), será el faro universal para el desarrollo de la revolución mundial. Es esa vanguardia quien garantiza que no habrá traición a la revolución, es la que asegura la prepotencia del Estado sobre sus enemigos posteriores. Es quien preservará la ortodoxia del propio marxismo, frente a quien pretende alterarlo.

Esas ideas leninistas, aumentadas y elevadas por Stalin, condujeron a una de las mayores dictaduras del Mundo, al imperialismo soviético, y a la añoranza del mismo que ahora sufrimos.

Las posiciones eurocomunistas, primero ideológicas, para pasar a fundamentos de realidad política, consideraron que el momento propicio para lograr su triunfo sería en los años 70 del siglo XX. El eurocomunismo no se presenta como una táctica tras la cual esconder una sustancia inmutable y una inalterada relación con la Unión Soviética; tampoco fue simplemente un proceso de social-democratización de los partidos comunistas de Francia, España e Italia. El eurocomunismo surgió en medio de una crisis general, primero, como hemos señalado por la resistencia de los ciudadanos del Éste a las políticas soviéticas y, después, en occidente con la crisis económica de los años 70, el relentizamiento económico, la crisis energética y la creciente inflación que rompió el equilibrio económico y político creado por Bretton Woods. Los eurocomunistas creían llegado el momento de alcanzar un régimen marxista a través de una revolución democrática, proponiendo una trasformación de la sociedad basada en la “modificación cualitativa de las relaciones entre el consentimiento y la coacción”, como señaló Gramsci. Se trataba de dar una alternativa a las exigencias de las clases trabajadoras sin tener que agotar la vía parlamentaria democrática, utilizando el descontento por la crisis general de las sociedades para lograr un Estado equitativo en el que cada uno tuviera “según sus capacidades y reciba según sus necesidades”

Que esas aspiraciones estuvieran animadas por los partidos comunistas italiano, español y, en menor medida, francés, es lógico si se piensa en las circunstancias históricas de sus respectivos países. Así, en Italia, el llamado “compromiso histórico”, es decir, la convergencia del Partido Comunista italiano y la Democracia Cristiana para una acción de gobierno común estuvo a punto de producirse en plenitud. Se intentaba conseguir el máximo consenso posible en torno a las instituciones democráticas y a través de una política reformista, evitando tentaciones de autoritarismo.

Este compromiso histórico se realizó parcialmente mediante el apoyo externo del PCI al gobierno democristiano de Giulio Andreotti en 1978 y acabó (1980) con el asesinato de Aldo Moro, uno de sus mayores defensores.

Realmente, durante los años 70, el avance electoral del Partido Comunista había sido espectacular, tanto que logró acercarse, por primera vez en su historia, a la mayoría relativa de los votos, pudiendo, por fin, aspirar a gobernar el país en torno a los comicios de 1975 y 1976.

El PCI apostaba por una política de trasformación de la sociedad, por una renegociación de las bases sociales y una nueva orientación socialmente equitativa. El PCI se ponía en la primera línea como alternativa política, lo que casi los lleva al poder si no llega a ser por la formación del “Pentapartito”, compuesto por los democristianos de Giulio Andreotti y el Partido Socialista Italiano (PSI), el Partido Socialista Democrático, el Partido Liberal y el Partido Republicano. En el fondo la sombra del viejo comunismo era alargada.

Contemporáneamente en Francia, la situación era parecida: el movimiento de mayo de 1968 contribuyó a la decadencia del golismo, que aceleró irrevocablemente la muerte del propio General De Gaulle. La elección de Valery Giscard d’Estaing como presidente y el nombramiento de Jacques Chirac como jefe del Gobierno no fueron suficientes para detener la crisis: el nuevo ejecutivo, caracterizado por el nacionalismo populista-golista, se enfrentaba a una grave crisis y a un avance significativo de los partidos de izquierda. Las huelgas generales y la organización de varias movilizaciones demostraban la existencia de un malestar generalizado y un fuerte deseo ciudadano de cambio. Mientras tanto, el Partido Socialista elegía a su nuevo líder, François Mitterrand, buscando una posible alianza entre las fuerzas de izquierda; la idea parecía ser secundada por el secretario del PCF, Georges Marcháis. El consentimiento alrededor de este acercamiento lo certificó el buen resultado electoral que las izquierdas alcanzaron en 1974, tanto que Mitterrand estuvo a punto de vencer en las elecciones presidenciales: la convergencia entre socialistas y comunistas se presentaba como una posibilidad concreta que contaba con el apoyo de ambas militancias. Si bien, la embajada soviética en París, se mostró encantada de la derrota final de Mitterrand por cuanto el francés criticaba abiertamente al comunismo y resultaba un enemigo muy hábil en su estrategia de reequilibrio de la izquierda.

En esta actitud de colaboración con los socialistas, el PCF abandonó el concepto de dictadura del proletariado y una parte del partido se acerco a los postulados del partido Comunista italiano. Pero esto era más aparente que real, pues el PCF internacionalmente se mantuvo fiel a Moscú y, en 1979, Georges Marchais apoyó la invasión de Afganistán.

En las elecciones de 1981, Marchais criticó el «giro a la derecha» del PS. Pero Mitterrand obtuvo 25% de los votos y sólo el 15% fue para Marchais. Para la segunda vuelta, el PCF exhortó a sus partidarios a votar por Mitterrand, que fue elegido presidente. En aquel primer gobierno de Mitterrand los comunistas tuvieron asiento en el Consejo de ministros.

En España, la situación se presentaba más complicada, la muerte de Francisco Franco, el 20 de noviembre de 1975, hizo precipitar el proceso de liquidación del franquismo y la creación de nuevas condiciones políticas, económicas y sociales. Las fuerzas de izquierda, independientemente de su capacidad política, querían asumir un nuevo papel en un estado renovado, favoreciendo la alternativa democrática, potenciada hacia el socialismo. La despenalización del PCE hizo volver a Carrillo y concederle un papel esencial en la vida pública.

Este breve análisis de las condiciones socio-políticas de estos tres países de la Europa meridional, muestra cómo estaban en marcha procesos de crisis y deseos de cambio que, pese a su natural diferencia, revelaban algunos elementos en común: en primer lugar, en los tres países no se aspiraba a un simple cambio de gobierno o a una política reformada: al contrario, se trataba de un deseo concreto de cambio, de una exigencia de ampliación y profundización de la democracia, tanto en las esferas políticas como de la producción. En segundo lugar, las fuerzas políticas, sindicales y culturales que luchaban por la realización del socialismo contaban con el apoyo no sólo de la mayoría de los trabajadores, sino también de otros núcleos sociales. Esta realidad, que parecía más evidente en Italia y Francia, iba preparándose también en España. La presencia de un amplio sector de izquierda deseoso de cambios en general, hacía posible que en estos tres países se plantease concretamente la alternativa democrática-socialista. En tercer lugar, el eje político comunista-socialista constituía en los tres países la columna vertebral del bloque político y social de la izquierda. Sin embargo, el equilibro interno entre comunistas y socialistas era diferente en cada país: en Italia, el eje se inclinaba netamente del lado comunista en todos los aspectos, tanto que el PCI eclipsaba al partido socialista. En Francia la situación se mostraba más complicada en cuanto que, si era efectiva la preeminencia del lado socialista en el plano electoral, el partido comunista se distinguía desde el punto de vista de la organización e implementación en la clase obrera. En España, la situación aún no se presentaba clara, aunque parecía poder asemejarse más bien al caso francés. La coincidencia temporal, la simultaneidad en la exigencia de cambio y la contigüidad geográfica hicieron que las influencias entre ellos fueran apreciables y el deseo de operar conjuntamente también.

Sin embargo, este producto comunista se puede considerar fracasado porque electoralmente nunca alcanzó las cuotas deseadas. La creciente dificultad para compaginar la filosofía de la historia que constituye el hilo conductor del marxismo clásico con los acontecimientos de la lucha de clases del S.XX, hacía caer en tremendas contradicciones a los eurocomunistas; la evidencia que el llamado socialismo real no era más que otra forma de totalitarismo, restaba apoyos. Así, en el caso de España, el PCE fue barrido por el PSOE en todas las elecciones a las que se presentó. En las elecciones del 15 de junio de 1977, el PCE descubrió tener una notable extensión, pero un corto porcentaje de votos. Llenaba plazas de toros, estadios, polideportivos abarrotados por multitudes, pero no llenaba las urnas. Para el Partico Comunista, los resultados de 1977, que dieron la victoria a UCD (con 34,7% de los votos) fueron muy decepcionantes, ya que el partido obtuvo un 9,24%, muy por debajo de sus expectativas y del PSOE (29,2% de los votos).

A esas causas internas se unieron otras externas, sobre todo, de la propia URSS, la invasión de Afganistán, las guerras en Indochina- tras la derrota del imperialismo norteamericano- que llevó a regímenes tan horrorosos como los de Camboya, Vietnam del Norte, Corea del Norte; las crisis de los países del Éste; el mantenimiento de las posiciones leninistas en el movimiento obrero manifestadas en la OIT, y la situación francesa e italiana que tampoco alcanzaron el éxito, colocó a estos partidos en una posición de fragilidad y debilidad, contribuyendo a su declive.

De aquella época y aquellos miedos, procede la retirada del término “marxista” de los partidos socialistas” y del término “ leninista” de los partidos comunistas.

La caída del muro de Berlín y la descomposición de la URSS dejó ver las costuras del comunismo que, carente de ideología práctica ha buscado otras formas de acercarse a la sociedad- muchas de ellas pagadas por Rusia y China (poderosas dictaduras comunistas)- basadas en el ecologismo, el populismo, el wokismo,  nacionalismo y todo tipo de conceptos que en muchos casos son completamente disparatados, con la única finalidad de arrancar las raíces de Occidente y provocar una crisis, no ya económica sino de identidad de la sociedad, que permita, en ese mundo inestable, alcanzar el poder a los nuevos comunistas disfrazados de seda, y, por supuesto, no perderlo nunca más.

BIBLIOGRAFÍA

CARRILLO. S. –“Eurocomunismo, socialismo en libertad escritos sobre eurocomunismo” Ed. Forma. 1977.

DONOFRIO, A.- “ El final del Eurocomunismo y el Partido comunista de España (PCE)”. Universidad de Salamanca. 2013.

DONOFRIO, A .- “El Eurocomunismo, ¿Producto de la crisis económica y política de los setenta?” Revista de Estudios Políticos. 2014.

GRAMSCI. A .-Gramsci y el P.C.I.: entrevista con Norberto Bobbio, en el libro AA. VV.: Gramsci y el Eurocomunismo. Editorial Materiales. 1978.

PARAMIO, L.- “El Eurocomunismo en la Historia del Movimiento Obrero”.- En el libro “Ideologías y movimientos políticos contemporáneos”. Ed ministerio de Educación y Ciencia. Secretaría de Estado de Universidades e Investigación. 1981.

P.S. Felices vacaciones. Hasta septembre.

FRAP

En los últimos días, por la victoria judicial que Cayetana Álvarez de Toledo ha obtenido frente a la demanda interpuesta contra ella por el padre de Pablo Iglesias, ha vuelto a nuestros oídos el nombre del grupo terrorista FRAP. Pero, ¿qué fue el FRAP?

El Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP), fue una organización terrorista que surgió de las ramificaciones del PCE, desde que Carrillo postulara una política de reconciliación nacional en 1956, oficialmente aceptada en el VI Congreso del Partido Comunista de España celebrado en Praga en diciembre de 1959. Carrillo presentaba una estrategia que defendía la salida pacífica del franquismo y el pacto con sectores del régimen; ideas que fue madurando poco a poco durante la década de los 60 y que, en la de los 70, le llevaron a abrazar el eurocomunismo.

El eurocomunismo se caracterizó por rechazar el modelo político desarrollado por la URSS y, con cierto carácter práctico, acercarse a las clases medias y bajas surgidas del capitalismo y aceptar el modelo pluripartidista. Los más destacados partidos eurocomunistas fueron el italiano y el francés. En España ante la evolución de los acontecimientos de la transición, el Partido Comunista de España de Carrillo y el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) se abrazan al eurocomunismo y, precisamente, su legalización en los inicios de la transición, se debió a esta posición más conciliadora con las democracias liberales.

Sin embargo, no todos los comunistas defendían esta estrategia, lo que dio lugar a diferentes escisiones, como la del Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE) y el Partido de los y las Comunistas de Cataluña (PCC). Los cuales se unían así a otras ramificaciones que se habían dado con anterioridad, como fue la del Partido Comunista de España (marxista-leninista), cuyas siglas fueron: PCE (m-l), de carácter estalinista. La visión política de estos últimos era favorable a la revolución por medio de la violencia. La diferencia con los anteriores, especialmente con las otras dos escisiones señaladas (PCPE y PCC) estribaba en que para estos la violencia era una opción, normalmente manifestada en la algarada callejera, de corte totalitario, supuestamente en nombre del pueblo, pero para el PCE (m-l), la violencia era un imperativo para lograr sus fines.

En el fondo de esta discusión no había más que un conflicto entre el comunismo soviético del PCUS -abrazado en España por Santiago Carrillo- y el comunismo maoísta chino, que profesaba el PCE marxista-leninista y que defendía la lucha revolucionaria y el belicismo como máxima para instaurar su propio régimen. A partir de 1976 el maoísmo perdería fuerza en el PCE (m-l) en favor del modelo comunista y aislacionista de Albania.

Este abrazo a la violencia no era una novedad en el comunismo, no olvidemos que Trotski en 1917 había señalado en una arenga: “Os digo que las cabezas tienen que rodar, y la sangre tiene que correr (…). La fuerza de la Revolución francesa estaba en la máquina que rebajaba en una cabeza la altura de los enemigos del pueblo. Era una máquina estupenda. Debemos tener una en cada ciudad”.

 El PCE ml sigue la tradición de Robespierre, Lenin, Stalin y Trotski, que nunca se pararon en barras a la hora de liquidar a los opositores dentro y fuera del partido. El terror está en la base intelectual y el designio político del comunismo.[1]

En esto, los totalitarismos de todo signo suelen coincidir, al menos en sus manifestaciones teóricas, que desgraciadamente, también se llevan a la práctica. “La base del poder es la violencia, nunca el derecho”. Posición defendida por uno de los máximos ideólogos del nazismo, Carl Schmitt [2] y que también aplicaron los comunistas.

Esa concepción de la violencia radical y criminal que justificaban definiéndola como lucha frente al franquismo, llevó al PCE (m-l) junto con otros grupos disidentes a crear el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP), como brazo armado para llevar a cabo sus actividades terroristas.  Para ellos, como ha señalado algún militante, tan enemigo era Franco como Carrillo al que consideraban un traidor.

La década de los 70 en España nació ciertamente revuelta. Franco se encontraba enfermo de Párkinson, el entonces Príncipe Juan Carlos había sido nombrado sucesor a título de Rey. Las familias del régimen se posicionaban ante lo que era evidente: la muerte de Franco en un tiempo no muy lejano. Ahí aparecen los codazos por el poder entre las facciones más duras del régimen y las que eran más partidarias de una apertura. En ese contexto, ETA cometió su primer asesinato en 1968- supuestamente, al igual que el FRAP, como lucha frente al franquismo, si bien al mayor parte de sus asesinatos ocurrieron tras la muerte de Franco-. El juicio por aquellas muertes se sustanció en el llamado proceso de Burgos, que ocasionó uno de los mayores momentos de tensión en España en mucho tiempo. Tanto que, las duras penas impuestas (penas de muerte) tuvieron que ser conmutadas por penas de prisión ante la presión ejercida desde el exterior por un número considerable de países.

Por otro lado, la sociedad  tenía un mayor conocimiento de lo que ocurría fuera de España  gracias al turismo y a la apertura en las costumbres acontecida desde los años 60, como ya contamos aquí: (https://algodehistoria.home.blog/2020/06/19/que-decada-la-de-aquel-regimen/), se generaron más conflictos sociales, sobre todo, manifestaciones estudiantiles en Madrid y Barcelona o un número muy importante de huelgas que se produjeron en 1970.

La economía parecía ajena a las crisis internacionales que ya se vislumbraban y a las luchas políticas, consolidando lo que los historiadores definen como el milagro económico español, con un país creciendo a una media superior al siete por ciento, herencia de las reformas de los tecnócratas. Reforzadas por los acuerdos con los EE. UU o la firma del Acuerdo Económico Preferencial entre el Estado Español y la CEE, en junio de 1970.

En este contexto, el 23 de enero de 1971, en París, se creó el comité que daría lugar al nacimiento de FRAP. Cuyos objetivos se mostraron en el número 1 de la revista ¡Acción!, editada el 1 de marzo de 1971. Se concretaban en 6 puntos:

  1. Derrocar la dictadura fascista y expulsar al imperialismo estadounidense de España mediante la lucha revolucionaria.
  2. Establecimiento de una República Popular y Federativa que garantice las libertades democráticas y los derechos para las minorías nacionales.
  3. Nacionalización de los bienes monopolísticos y confiscación de los bienes de la oligarquía.
  4. Profunda reforma agraria sobre la base de la confiscación de los grandes latifundios.
  5. Liquidación de los restos del imperialismo español.
  6. Fundación de un Ejército al servicio del pueblo.

Sin embargo, la constitución formal del grupo terrorista no se concretó hasta 2 años después, también en París. Julio Álvarez del Vayo, ex ministro del PSOE con Largo Caballero, durante la guerra civil, fue nombrado presidente y lo lideraría hasta su muerte en 1975. Tras la guerra civil, Julio Álvarez del Vayo se exilió en los EEUU y México. Fue expulsado del PSOE por su radicalismo procomunista. Instalado en Francia, aglutinará a diversos grupos revolucionarios. En la segunda reunión de París, se ratificaron los puntos programáticos editados en 1971 y cuya síntesis en palabras de Vayo era “destruir la dictadura de Franco y crear una República Popular y Federal a través de la lucha armada”[3].

Este grupo terrorista, cometió diversas acciones criminales en los cinco años posteriores. Las manifestaciones, las huelgas, el reparto octavillas eran consustanciales al grupo desde sus comienzos, pero, subiendo escalones de violencia, llegó al robo de armas, al lanzamiento de cócteles molotov a distintas instituciones, sobre todo, bancos, a los que también atracaban a mano armada, buscando así una forma de financiación. Motivo por el cual,  también asaltaron furgones que trasladaban dinero.

Las acciones más violentas del FRAP se inician el 1 de mayo de 1973 cuando en una manifestación en la calle Antón Martín de Madrid un grupo de policías fueron emboscados, rodeados y atacados con armas blancas, uno de ellos es asesinado a puñaladas. Se trataba del jovencísimo subinspector de la brigada político-social (tenía 21 años y estudiaba medicina, profesión a la que quería dedicarse en el futuro) Juan Antonio Fernández Gutiérrez.

José Catalán Deus, hoy periodista y entonces militante del FRAP, ha contado en numerosas entrevistas, y en su libro: “Crónica de medio siglo. Del FRAP a Podemos. Un viaje por la historia reciente con Ricardo Acero y sus compañeros”, como aquel primero de mayo fue muy complicado. “Ocurrieron cosas muy graves, hubo grandes redadas y cayó prácticamente toda la organización”[4]. Él fue detenido, estuvo preso desde julio a noviembre de 1973, posteriormente logró salir clandestinamente e instalarse en Albania, donde permanecía cuando la actividad criminal del FRAP se recrudeció en 1975.

Las víctimas del FRAP eran siempre miembros del Ejército y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado​, centrando sus ataques en Madrid, Barcelona y Valencia. Daba igual la graduación o el Cuerpo. Muchos cayeron heridos, otros muertos.  Muchas de las víctimas fueron atacadas cuando se encontraban fuera de servicio, aisladas o en labores totalmente ajenas a cuestiones policiales. Su actividad se recrudeció coincidiendo con el incremento de atentados perpetrados por ETA.

La actividad del FRAP y de otros grupos terroristas se acrecentó con la primera hospitalización de Franco en julio de 1974, los terroristas querían influir en el devenir de España ante el cambio de régimen.

Entre julio y septiembre de 1975, se produjeron los atentados del FRAP contra cuatro policías y un guardia civil, todos ellos fallecieron: Francisco Jesús Anguas Barragán; Lucio Rodríguez Martín; Antonio Pose Rodríguez, Juan Ruiz Muñoz y Diego del Río Martín. Pero como afirma Azcona, el “salto” terrorista de la formación, “no se produjo de la noche a la mañana”. “El paso de la actividad puramente dogmática o ideológica al campo del terror se fraguó en reuniones en pisos francos, con gente más proclive a la violencia, al chantaje, a la muerte”.

El 27 de septiembre de 1975, fueron condenados a muerte por estos hechos once militantes del FRAP, de los que tres fueron fusilados. Estos, junto a dos miembros de ETA, se convirtieron en los cinco últimos ejecutados del franquismo.

Como respuesta, dos días después, el FRAP atracó la pagaduría de la Residencia Sanitaria Valle de Hebrón de Barcelona. Abrieron fuego contra una pareja de Policías Armados que se encontraban allí de vigilancia. Diego del Río Martín, de 25 años falleció; su compañero, Enrique Camacho Jiménez, sobrevivió. Los terroristas se llevaron un botín de 21 millones de pesetas que empleó en seguir con sus actividades violentas.

Durante la transición, su actividad fue decayendo. Aunque no es fácil señalar cuándo acabó del todo su acción criminal, porque se teme que muchos de ellos se involucraron en otros grupos terroristas como el GRAPO. De hecho el atentado contra el hotel Corona de Aragón, el 12 de julio de 1979, donde murieron 78 personas y 113 fueron heridas, fue reivindicado, según señaló Radio Zaragoza y el periódico “El Heraldo de Aragón”, por llamadas que decían ser de  ETA, otras del FRAP y por el GRAPO. Aunque nunca se pudo resolver con certeza.

Se sospecha de algún otro atentado, como señala el periodista César Cervera en ABC  “La muerte del guardia de seguridad Jesús Argudo Cano, producida en Zaragoza el 2 de mayo de 1980, también fue atribuida al FRAP e incluso la Fundación de Víctimas del Terrorismo así lo señala en su libro ‘Víctimas del terrorismo, 1968-2004”.

Los  exmiembros del FRAP niegan más acciones porque el grupo ya estaba inactivo en esas fechas.

BIBLIOGRAFÍA

AZCONA, José Manuel, AVILÉS, Juan, y RE, Matteo. “Después del 68: la deriva terrorista en Occidente”. Ed Silex. 2019.

CERVERA, César. ABC https://www.abc.es/historia/abci-frap-organizacion-terrorista-asesino-cuatro-policias-forma-salvaje-finales-franquismo-202005312315_noticia.html

HERMIDA REVILLAS, Carlos. La oposición revolucionaria al franquismo: el Partido Comunista de España (marxista-leninista) y el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota. Universidad Complutense de Madrid.

https://www.pceml.info/actual/images/Biblioteca/HERMIDA_Laoposicinrevolucionariaalfranquismo_ElPCEmlyelFRAP.PDF

JIMÉNEZ LOSANTOS, Federico “Memoria del Comunismo”. Ed la esfera de los libros.2018.

Periodistadigital: https://www.periodistadigital.com/cultura/guia-cultural/20200602/frap-noticia-689404318338/

[1] Federico Jiménez Losantos. “Memoria del Comunismo”. Ed la esfera de los libros.2018

[2] Op. Cit.

[3] José Manuel Azcona, Juan Avilés y Matteo Re. “Después del 68: la deriva terrorista en Occidente”.Ed Silex. 2019

[4] Periodistadigital: https://www.periodistadigital.com/cultura/guia-cultural/20200602/frap-noticia-689404318338/

Sobre la Transición

Ya hace tiempo hablamos del espíritu de la Transición apoyándonos en la escena final de la película “Solos en la madrugada” de José Luis Garci. https://wordpress.com/post/algodehistoria.home.blog/122

No es el único momento en el que hemos hablado de la Transición, pero sí el más directo. Hoy me referiré con más detalle a aquellos años.

Stanley Paine señala que “la Transición democrática tras la muerte de Franco es el gran éxito político español de la historia contemporánea. Destacó no solamente por su éxito, sino también por su cronología, siendo a la vez la primera ocasión en la historia de Europa en que un régimen autoritario firmemente establecido abrió paso a un sistema genuinamente democrático sin intervención o derrota militar, y también el primer ejemplo de lo que se llamaría “la tercera ola” internacional de la democratización del siglo XX”[1]. Presentó una especie de “modelo español” que sirvió de ejemplo a otros países sobre todo en la Europa del este y en Iberoamérica.

Añade Paine: “Todo tan diferente del “cainismo político” español ampliamente demostrado en su historia reciente”.

La Transición está en la memoria colectiva de los españoles que la vivieron, en la prensa, incluyendo las revistas del corazón, en la narrativa, en el cine, en la música…

Hay dos canciones que destacan sobre las demás “Libertad sin ira” de Jarcha y “Habla, pueblo habla “de Vino Tinto. La primera, convertida en un auténtico himno y cuya letra nos va a servir de guía a esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=LxzLr8RO8AU

  • Dicen los viejos que en este país hubo una guerra/y hay dos Españas que guardan aún, /el rencor de viejas deudas/Dicen los viejos que este país necesita/palo largo y mano dura/para evitar lo peor

La guerra como algo recordado por las personas mayores pero olvidado o sin ganas de rememorar por las generaciones más jóvenes. Tal cosa no ocurrió de la noche a la mañana, el punto de inflexión se suele situar en la España de los tecnócratas, el Plan de estabilización de 1959, la recuperación económica, la creación de una clase media y la prosperidad y nuevas ideas que llegaron a España de la apertura económica, del turismo… La década de los 60 con su desarrollismo fue crucial para entender lo que se produce en la segunda mitad de los 70.

Lo que fue aquella década ya lo explicamos también aquí https://algodehistoria.home.blog/2020/06/19/que-decada-la-de-aquel-regimen/

Todo aquello hizo olvidar el pasado para mirar al futuro. El futuro de un país próspero que no podía consentir, porque su sociedad no lo aceptaba, el inmovilismo. La demanda de apertura, curiosamente para el régimen, no llegó tanto desde la izquierda- salvo la muy honrosa excepción de Comisiones Obreras y algunos grupos en  el exilio- como de los sectores más próximos al régimen, los liberales y los democristianos con espíritu europeísta cuya manifestación más internacional fue el contubernio de Múnich, creando así un desasosiego en un gobierno que apenas empezaba a ser aceptado en determinadas instituciones internacionales y que pretendía ser admitido en la Comunidad económica europea. https://algodehistoria.home.blog/2021/01/22/el-contubernio-de-munich/. La propia Iglesia católica, tras el Concilio Vaticano II, se movía reclamando más libertad. Algunos sectores del régimen comprendieron que era necesaria una apertura que calmara los ánimos y que, sobre todo, estableciera las bases para preparar el futuro cuando Franco, por ley de vida, ya no estuviera.

Con los tecnócratas, además, se produce un esfuerzo enorme en orden a conseguir grandes realizaciones técnicas encaminadas a logar un soporte institucional más sólido por su eficacia. Estas medidas técnicas llevaban aparejadas una disminución de la carga ideológica del régimen y tuvieron un correlato normativo que se plasmó en la Ley Orgánica del Estado de 1966 y la ley sucesoria de 1969. La primera pretendía una ampliación del sistema representativo; reconocimiento de la libertad religiosa, una reorganización del sistema sindical y una separación de la jefatura del Estado y de la jefatura del gobierno, además de una canalización de las tendencias “políticas” mediante una mejora y apertura del asociacionismo político. De aquí nacieron la ley de libertad religiosa; una apertura de la sindicación que, pretendiendo encauzar el sindicalismo vertical, logró, muy a su pesar, la entrada de miembros de CC.OO infiltrados entre aquellos cuadro; la ley de libertad de prensa que, aunque fue atajada poco después por la Ley de secretos oficiales, permitió la salida a escena de periódicos y diversas revistas que cambiaron el panorama informativo español (https://algodehistoria.home.blog/2020/11/20/libertad-de-prensa-ley-fraga-1966/ ). Sin embargo, la ley de asociaciones no logró el cambio esperado, si bien los “aperturistas” dentro del régimen quisieron dar entrada a algo semejante a los partidos políticos, los “inmovilistas”- también conocidos como “el bunker”- se encargaron de aplacar sus esfuerzos, como quedó reflejado en las contrarreformas que cada ley de apertura acababa sufriendo en su tramitación en las Cortes. Los aperturistas se dieron cuenta de que con Franco en el poder nada se podría hacer. Menos aún al mantener el Generalísimo la jefatura del estado y del gobierno bajo su persona hasta 1973, aunque promoviendo en una vicepresidencia al Almirante Carrero Blanco, fiel seguidor de los principios del régimen.

De ahí que, la esperanza de todos los aperturistas estuviera en la figura del “sucesor a título de Rey” del jefe del Estado, es decir, de Don Juan Carlos de Borbón. En un primer momento, su figura levantaba más suspicacias que seguridades. Pero en Don Juan Carlos se daba la convicción de la misión histórica de la dinastía y de la necesidad de superar la guerra civil mediante una reconciliación efectiva entre los bandos contendientes. Realmente, la reconciliación ya se había dado en la sociedad española, donde familias procedentes de bandos diferentes se habían casado, formado familias que convivían en paz, sin revivir el pasado. No habían olvidado a sus muertos, de un lado y de otro, sino que hicieron un esfuerzo generoso por lograr el perdón mutuo.

  • ” Pero yo sólo he visto gente/que sufre y calla/Dolor y miedo/Gente que sólo desea su pan, /su hembra y la fiesta en paz”

Si en algo se esforzó el rey Juan Carlos fue en estimular la reforma política para establecer en España una democracia liberal de corte europeo y hacerlo respetando su juramento a las leyes fundamentales. Esta es la gran hazaña de Don Juan Carlos en lo que Julián Marías llamó “la devolución de España a los españoles”. Volveremos sobre ello.

En 1973, se producen dos acontecimientos que cambian el rumbo de la situación: la subida de los precios del petróleo que determina una crisis económica mundial y, en segundo término, el asesinato a manos de ETA de Carrero Blanco.

Arias Navarro asume la presidencia del Gobierno y, con la intención de estimular la apertura, se dirige a las Cortes con un discurso que se conoce por la fecha en que se pronunció: “el espíritu del 12 de febrero” de 1974. Realmente se sabe que el redactor del mismo fue Gabriel Cisneros, uno de los futuros padres de la Constitución de 1978. Manifestó Arias su intención de crear un estatuto de asociaciones, una ley de Administración local que permitiera “liberalizar y democratizar” la gestión provincial, se buscaba una reforma progresiva de las instituciones y una política tolerante en materia de información.

Pero la situación no era propicia para Arias. Nadie confiaba en su capacidad para convencer a los más conservadores ni para estimular a los más liberales. Pero, si su personalidad y pasado no le hacían la persona más indicada para la transformación que necesitaba España, la situación y algunos sectores lo hicieron imposible. La Iglesia y el nacionalismo incipiente- que se aunaron en la figura del obispo de Bilbao- Añoveros- detenido tras una desafortunada homilía en la que agitaba el avispero vasco fueron fuentes de tensión. Añoveros logró incrementar la tirantez en las ya nada fáciles relaciones entre el Vaticano y el régimen, que venían muy deterioradas por las posiciones transformadoras del Vaticano II y porque la Iglesia española en su fuero interno contenía algunas posiciones moderadas y muchas extremistas, de un lado y otro. Sectores muy tradicionales que no veían con buenos ojos ninguna de las reformas de Roma y radicales de izquierda que, a la luz de esas reformas, quisieron situar sus postulados lejos de la ortodoxia, llegando incluso a crear y proteger en su seno a los terroristas de ETA.

En el verano de 1974, Franco aquejado de una grave tromboflebitis dejó temporalmente la jefatura del Estado al Príncipe Juan Carlos. Algunos pretendían que en esos momentos el futuro rey estableciera acciones aperturistas, pero no era el momento. En septiembre, volvió Franco al poder y a las actitudes reaccionarias que se manifestaron en el cese del ministro Cabanillas, máximo exponente en el Consejo de ministros del aperturismo. Con él diversas personalidades de todos los ámbitos de la Administración dimitieron o fueron destituidos: Gabriel Cisneros, Ricardo de la Cierva, Marcelino oreja, Fernández Ordoñez… Fue la crisis del 29 de octubre que acabó con el espíritu del 12 de febrero.

En el verano de 1975, se inician diversos movimientos en favor de las reformas, internamente muy destacada la acción de Fraga Iribarne, embajador en Londres en aquel momento, que planteó la necesidad de una auténtica reforma política, y, desde las fuerzas situadas fuera del régimen, por la creación de un frente rupturista.

A ellos hubo que unir la crisis económica y un repunte aterrorizador del terrorismo de ETA y también de otros grupos como el Grapo o el FRAP. La durísima represión a los mismos, llevaron al régimen a un completo aislamiento internacional y, en ese momento, Franco ve complicada de nuevo su salud, esta vez de manera definitiva. El príncipe Juan Carlos asume la jefatura del estado por segunda vez. Esta interinidad es aprovechada por el rey Hassan de Marruecos para desencadenar la famosa Marcha verde y la anexión del territorio saharaui unos días antes de la muerte de Franco, que aconteció el 20 de noviembre de 1975.

Hay quien cifra, con acierto, el inicio de la Transición democrática aquel 20 de noviembre, pero no es menos cierto que sin la creación de unas clases medias en los años 60 y el convencimiento general de la sociedad de que la dictadura no podía seguir manteniéndose cómo régimen político, nada hubiera pasado como pasó.

Dos días después de la muerte de Franco, Don Juan Carlos fue proclamado Rey de España, con el nombre de Juan Carlos I. El 14 de mayo de 1977, además, se convirtió en heredero legítimo de los derechos dinásticos de Alfonso XIII, por la renuncia de su padre Don Juan. Este reconocimiento está constatado en la Constitución, al reconocer a Juan Carlos I como depositario de la “dinastía histórica”

El cambio político no sólo vino de la mano del rey, sino que entre las propias fuerzas franquistas existían discrepancias notables, mientras Arias Navarro hablaba de evolución dentro de los principios fundamentales y del legado franquista; Fraga, Areilza y Garrigues, los más dinámicos, señalaban abiertamente a una reforma. En los primeros meses de 1976 Arias seguía al frente del gobierno, pero sus pasos hacia la apertura fueron tan timoratos que sólo logró decepcionar a todo el mundo. Con todo, reconoció la existencia de partidos políticos, pero con el veto a aquellos que estuvieran sometidos a un mandato internacional, es decir, el partido comunista. Socialmente, fue una época de estallidos callejeros, de huelgas, de violencia, de devaluación de la peseta, de inflación… Toda esta inestabilidad peligrosísima para el futuro de España fue atajada con la consabida oscilación de Arias en sus decisiones: unas veces permisivo, otras, represor con toda rigurosidad. Así, el 3 de marzo, se produjeron violentos enfrentamientos en Vitoria entre policía y huelguistas. La durísima represión de la que fue partícipe Manuel Fraga fue el fin del reformismo vacilante y ambiguo del gobierno Arias y, además, se comprometió de manera decisiva la imagen liberal de Fraga. La oposición señaló la ruptura de todo acercamiento al gobierno. El rey se sentía decepcionado. El 1 de julio forzó la dimisión de Arias. Parecía que sin Arias sólo quedaba la ruptura, sin opción a la reforma. Pero no fue así.

  • Libertad, libertad sin ira libertad/guárdate tu miedo y tu ira
    porque hay libertad, sin ira libertad/y si no la hay sin duda la habrá.

Cuando todo el mundo pensaba en Areilza para suceder a Arias, incluso en Fraga, ni uno ni otro entraron en la terna preceptiva que el presidente de las Cortes, Fernández Miranda, según la legislación del momento, presentó al Rey. Los elegidos fueron: Silva Muñoz, López Bravo y Adolfo Suárez.

El 7 de julio, el rey designó a Suárez. La designación de Suárez fue recibida con sorpresa y decepción. Se le veía como un continuador procedente del Movimiento sin ser la persona adecuada para logar el cambio que se requería y demandaba la sociedad. Se habló incluso del “error Suárez” en consonancia con el “error Berenguer” en palabras de Ortega y Gasset para definir al presidente del Gobierno elegido tras la dictadura de Primo de Rivera.

Sin embargo, los agoreros se equivocaron. Visto a posteriori los resultados de la política de Suárez fueron extraordinarios. No fue una obra suya en exclusiva, sino que, en un símil, podríamos decir que el arquitecto jefe fue el rey Juan Carlos, el diseñador del entramado Torcuato Fernández Miranda y el ejecutor de la obra, Adolfo Suárez.

Es de destacar la figura de Fernández Miranda, profesor de derecho político del Rey, presidente de las Cortes lo que conllevaba la presidencia del Consejo del Reino. Fernández Miranda es el redactor de la Ley para la reforma política. Con su enorme conocimiento jurídico posibilitó el transcurrir desde la dictadura a la democracia sin saltarse la ley- “de la Ley a la Ley”- lo que es una de las más admirables obras de aquella Transición. La ley consta sólo de cinco artículos y tres disposiciones transitorias y, con tanta brevedad y sencillez, se logró algo extraordinariamente importante. Su redacción suponía una notable alteración del ordenamiento vigente: reconocía los derechos fundamentales de la persona como inviolables (artículo 1), confería la potestad legislativa en exclusiva a la representación popular (artículo 2) y preveía un sistema electoral inspirado en principios democráticos y de representación proporcional- posteriormente, en 1977, por Real se reguló el procedimiento para la elección de las Cortes, estableciendo el sistema D’Hondt y la financiación estatal de los partidos políticos.

Fernández Miranda logra con gran habilidad que las Cortes franquistas se hagan el “hara-kiri” aprobando la Ley para la reforma política. Simplificó el procedimiento de tramitación parlamentaria de modo que fueran las Cortes reunidas en Pleno las que decidieran aprobar la norma o rechazarla; enfrentándose, en el segundo caso, a un caos político-institucional indescriptible. Se eligió a Miguel Primo de Rivera, sobrino del fundador de la Falange, para defender la ley en la tribuna de oradores, buscando reducir las reticencias de los diputados más próximos al franquismo. Los diputados conocían de sobra la voluntad del pueblo, la del Rey, la de la oposición e incluso la de la Iglesia y la tesitura comprometida del Gobierno. Se sabían observados por todo el orbe y no quisieron cargar con la responsabilidad de abrir una crisis constitucional de enorme envergadura. Sin Fernández Miranda no se hubiera logrado la Transición tal y como la conocemos, y su persona, como la de tantos otros insignes personajes de la Transición, se merece un reconocimiento que España aún no le ha dado.

El 15 de diciembre de 1976, la reforma política era aprobada por abrumadora mayoría del pueblo español sometido a referéndum.

Precisamente como parte de la campaña del mismo se hizo popular la canción de Vino Tinto: “Habla, pueblo habla” que es toda una incitación a ejercer los principios democráticos y el voto. https://www.youtube.com/watch?v=3ydVeaQbaqw

Con anterioridad, el 30 de julio, el Gobierno, con el apoyo de la mayor parte de la oposición, desde luego del PSOE y del PC, porque fue Alianza Popular la que votó en contra, había concedido una amnistía que permitió la liberación de todos los que se consideraban presos políticos, ampliada posteriormente (1977) hasta incluir a los presos terroristas. Aquella ley de amnistía es una de las mayores demostraciones de perdón y concordia que nos dimos los españoles, cualquier paso en contra de la misma es un desafuero. Poco después suprimió el Tribunal de Orden Público. En septiembre se autorizó la celebración de la diada catalana. En enero de 1977, se legalizó la bandera vasca. En febrero se modificó la Ley se Asociación Política, para permitir los partidos políticos y el 9 de abril llevar a cabo la legalización del PC. Al tiempo se deshacía la Secretaría General del Movimiento y Sindicatos (verticales). En marzo se aprobó la ley de Asociación sindical que restablecía la libertad sindical y legalización de los sindicatos.

Suárez era consciente de que nada se lograría sin el consenso y la aportación de todos. Por eso se reunió con toda la oposición logrando dividirla entre sí y unirla a su proyecto. Se reunió con Felipe González para revisar y lograr acuerdos institucionales que paralizaran las protestas que los socialistas apoyaban en la calle. Felipe declaró que la reforma de Suárez “podría suponer la liquidación del autoritarismo “. Se reunió con Tierno Galván. Con Santiago Carrillo, cuando aún no se había legalizado el PC para logar esa legalización. Eso era lo que más le importaba al líder comunista, pues sabía que su legalización había sido vetada por los sectores más tradicionales, de ahí que moderara sus manifestaciones y se inclinara hacia la defensa del eurocomunismo, como hacían los partidos comunistas de Francia e Italia, alejándose de la ortodoxia de obediencia a las internacionales y a la URSS, se abrazara a la bandera nacional y se sintiera muy cómodo con la monarquía de D. Juan Carlos. Sabía que, si no era legalizado, no podría participar en las primeras elecciones y dejaría toda la izquierda en manos del PSOE, cosa que, de todos modos, casi ocurrió. Suárez se reunió con Tarradellas, presidente de la Generalidad catalana en el exilio, del que consiguió, por la habilidad política de éste, el encauzamiento de los nacionalistas catalanes en el marco de la reforma emprendida. Se reunió con los democristianos, con la Iglesia, y, sobre todo, con el Ejército. El 8 de septiembre de 1976 transmitió a los altos jefes militares del país la esencia de la reforma política y les solicitó su apoyo por razones patrióticas. No todos eran favorables, por ejemplo, el general Díaz de Mendívil, vicepresidente del Gobierno, que dimitió por no estar de acuerdo con la legalización de los comunistas. Fue sustituido por Gutiérrez Mellado, liberal y reformista, su presencia en el gobierno fue una garantía para el Ejército y un considerable refuerzo a la reforma democrática.

De este modo, liberales, demócratas-cristianos, socialdemócratas, socialistas y comunistas aceptaron participar en las siguientes elecciones. Adolfo Suárez, formó su propio partido – Unión de Centro democrático (UCD)-. Las elecciones se celebraron el 15 de junio de 1977. El despliegue de propaganda fue fabuloso. Los partidos políticos no dejaron rincón ni medio por el que pedir el voto- Recuérdese a este respecto la magnífica obra de Miguel Delibes “el disputado voto del Sr. Cayo”-. Votó el 79,24% del electorado. Las elecciones fueron el triunfo de la moderación. Suárez ganó aquellas primeras elecciones democráticas con el 34,44% de los votos y 165 diputados, y formó gobierno.

Dos problemas aparecían frente al gobierno. De un lado el problema económico para lograr reducir la inflación, el desempleo y el déficit comercial. El encargado de llevar a cabo aquella importantísima y dificilísima tarea fue el vicepresidente para Asuntos Económicos Fuentes Quintana. Además, contó con el apoyo del ministro de Hacienda Fernández Ordoñez al que se le encargó realizar una importante reforma fiscal. Pero todos sabían que ningún fruto se obtendría sin un drástico plan de austeridad y esto fue lo que se negoció en los llamados Pactos de la Moncloa, de los que ya hablamos en su día: https://wordpress.com/post/algodehistoria.home.blog/308

En segundo lugar, el Gobierno necesitaba dar una respuesta a las autonomías que se reclamaban desde los sectores nacionalistas y desde una buena parte de la izquierda. Consiguió gracias a la habilidad de Tarradellas reconocer la existencia de la Generalidad catalana, adelantándose a las pretensiones de Pujol, al que Tarradellas no tenía en gran simpatía. No tuvo un interlocutor igual en el País Vasco. Pero al problema nacionalista se le intentó dar solución mediante su encaje constitucional, si bien, visto con la perspectiva actual y recordando al presidente Calvo-Sotelo, los nacionalistas siempre quieren más y no hay forma de contentarlos.

Las cortes nacidas de las elecciones de 1977 tuvieron desde el principio carácter constituyente

La Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas del Congreso de los Diputados nombró una ponencia que elaboró el proyecto de Constitución. Sus ponentes, conocidos como “padres de la Constitución” fueron: -por UCD- Gabriel Cisneros, José pedro Pérez-Llorca y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón; – por el grupo catalán- Miguel Roca i Junyent; -por Alianza Popular- Manuel Fraga; por el PSOE- Gregorio Peces-Barba; y- por el PSUC- Jordi Solé Tura. La base fundamental del texto se fundamentaba en la tradición española, en buena parte reflejada en la Constitución de 1812, y en el constitucionalismo continental europeo, esencialmente en la Ley fundamental de Bonn.

A ellos hay que unir como redactores del preámbulo a Enrique Tierno Galván apoyado por Donato Fuejo Lago, Raúl Modoro, Enrique Linde y Pablo Lucas Verdú

El anteproyecto se discutió en la Comisión y fue posteriormente debatido y aprobado por el Congreso de los Diputados de donde pasó al Senado. Las discrepancias entre ambas en una Comisión Mixta Congreso-Senado, que elaboró un texto definitivo. Este fue votado y aprobado en el Congreso por 325 votos a favor, 14 abstenciones y 6 en contra. Hubo 5 diputados ausentes. También obtuvo amplísima mayoría a favor en el Senado. El Proyecto de Constitución fue sometido a referéndum el 6 de diciembre de 1978, refrendado por el 87,78% de los votantes. La Constitución fue sancionada el 27 de diciembre por el rey y publicada en el B.O.E el 29 de diciembre.

Se aprobaba así un texto que se constituía en la norma suprema del ordenamiento español, que sigue vigente tras 44 años de existencia habiendo dado algunos de los mejores, más próspero y pacíficos años de convivencia en España.

Con su entrada en vigor se considera culminado el proceso de la Transición. Pero lo decisivo es que gracias a aquel proceso se alcanzó la democracia y la libertad. Es la primera vez, como señala Julián Marías[2], que se ofrece a los españoles un “estado como piel”, no un “estado como aparato ortopédico”- siguiendo a Ortega y Gasset-. Pero Marías teme la prepotencia, el abuso del poder y la visión única que nos devuelva al aparato ortopédico. La democracia se tiene, pero hay que defenderla con valentía. Hace falta coraje, imaginación y voluntad de defender lo que somos, lo que hemos sido y lo que debemos seguir siendo, sin complejos.

BIBLIOGRAFIA

MARÍAS, Julián. “España inteligible. Razón histórica de las Españas”. Alianza Editorial. 2019.

CARR, Raymond y FUSI, Juan Pablo. “España de la dictadura a la democracia”. Ed. Planeta. 1979

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed. Teide. 1983

DOMINGUEZ ORTIZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Ed Marcial Pons. 2020.

MOA, Pio, “La transición de Cristal “. Libros libres. 2010. Con prólogo de Stanley G. Payne.

[1] Stanley G. Payne. Prólogo a “La Transición de Cristal” de Pío Moa. Ed libros libres. 2010

[2] Julián Marías. “España inteligible. Razón histórica de las Españas”. Alianza Editorial. 2019

EL CONTUBERNIO DE MÚNICH

Tras el final de la II Guerra Mundial, muchos políticos europeos consideraron que había que realizar un movimiento paneuropeísta a fin de dirimir amistosamente las diferencias que surgieran entre los países europeos, en vez de recurrir a enfrentamientos armados que tantos disgustos habían dado. Aquel movimiento, del que Churchill fue uno de sus primeros impulsores, defendía los principios de la democracia liberal. Ya lo vimos en las entradas sobre la creación de una conciencia europea https://algodehistoria.home.blog/2019/09/19/creacion-de-una-conciencia-europea-2/

Pero Churchill no fue el único, en toda Europa existían otra serie de movimientos con la misma finalidad europeísta: el liberal, el socialista, el federalista y el demócrata-cristiano. En la confluencia de esas ideas se van construyendo las instituciones europeas. Así, en 1949, se crea el Consejo de Europa. En 1951, ve la luz la CECA; su tratado constitutivo fue firmado por Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos. En 1957, se firman, en Roma, el tratado que crea el Mercado Común y el que da lugar al EURATOM.

Mientras tanto, en España, se intenta salir del aislamiento al que estábamos sometidos tras el final de la II Guerra Mundial con tres acuerdos, todos ellos de 1953: en enero, España se incorpora a la UNESCO; en agosto, se firmó el concordato con la Santa Sede, y, en septiembre, se firma el Tratado de Amistad y Cooperación con los EE. UU (que realmente eran tres tratados, entre los que se permitía la presencia de bases americanas). A cambio, España, empezaba a ser considerada parte del mundo occidental.  Al mismo tiempo, surgen en España los primeros grupos europeístas a la luz de lo que se estaba produciendo en Europa. Aquellos movimientos que, evidentemente, buscaban una apertura del régimen, estando muy mal vistos por el franquismo como era lógico, aunque no fueron perseguidos de manera inmediata entre otras razones porque su grupo más activo estaba vinculado a la Iglesia Católica y a la Asociación Católica de Propagandistas. Hubo un segundo grupo, más en la clandestinidad, que también tuvo cierta fuerza en aquel movimiento europeísta. Se formó en la Universidad de Salamanca y entre sus miembros destacaba el profesor Enrique Tierno Galván.

Pero son los primeros, en torno a la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), los que de verdad movilizan a un numeroso grupo de personas. Tuvieron la astucia de nacer como asociación cultural, aparentemente sin vinculación política, lo que les permitía una mayor desenvoltura.

El gobierno no quería ni oír hablar del movimiento europeísta ni del Mercado Común; de hecho, el mismo Franco, en el discurso de Navidad de 1956, manifestó que la idea de una unión europea estaba llamada al fracaso. Sin embargo, en mayo de 1957, crea una comisión con forma de oficina de información que ha de estudiar cómo afectan los acuerdos europeos el régimen. Poco después, en 1959, el plan de estabilización de los tecnócratas requería un cambio de rumbo económico lo que obligaba a una cierta apertura al exterior. Con esa perspectiva, España logra entrar en lo que hoy son el Fondo Monetario Internacional y la OCDE.

Igual que el régimen evoluciona, las asociaciones europeístas también lo hacen pasando de meras asociaciones culturales a grupos políticos. Especial cambio sufre la AECE de los propagandistas cuando es nombrado presidente de la misma José María Gil Robles y se unen a ella no sólo los democristianos sino también ciertos sectores liberales y algunos socialistas. Esta asociación se pone en contacto con los españoles en el exilio, pero excluyendo a los comunistas. Ni los Comunistas estaban bien vistos en Europa ni ellos veían con buenos ojos la comunidad europea que se fraguaba. Además, los socialistas no querían que se les asociara con ellos. Este grupo de europeístas españoles, del interior y del exterior, habían previsto un primer encuentro en Mallorca, que poco tiempo antes de que se produjera fue suspendido por orden gubernativa. Todos los actores de aquel tiempo coinciden en que fue la ceguera del Ministro de Gobernación lo que hizo fracasar aquella reunión y dio lugar a la convocatoria de una reunión de los movimientos europeístas españoles en el marco del propio Movimiento Europeo, que había de celebrar su IV Congreso en el mes de junio de 1962 (del 5 al 8 de junio), en la ciudad de Múnich.

En una de las aparentes contradicciones del régimen, el 9 de febrero de 1962, España solicita la apertura de negociaciones para entrar en la CEE. Realmente, aquello no era más que una concesión formalista de Franco a los empresarios españoles que clamaban por una mayor apertura al exterior, pero el Caudillo no tenía ningún interés en entrar en el Mercado Común, ni los miembros del tratado de Roma de que España entrara, por eso rechazaron la solicitud española.

Mientras tanto, seguía en marcha la organización de la participación española en el congreso de Múnich. Salvador de Madariaga que representaba a los liberales españoles exiliados y llevaba la dirección de la participación española en Múnich se encargó de lograr el apoyo de los organizadores, especialmente de Robert Van Schendel, Secretario General del Movimiento Europeo desde 1955, que trabajó al lado de los eminentes y míticos padres de la Europa Unida, como Robert Schuman, Walter Hallestein, Jean Rey, Maurice Faure y que conocía perfectamente toda la problemática del europeísmo español. En el interior, fue José María Gil-Robles quien asumió la responsabilidad de coordinar la asistencia y los trabajos para el congreso, en unas condiciones nada fáciles. Ambos contaron con varios colaboradores en la organización: Gorkin, antiguo miembro del PROUM, como conseguidor de fondos- fue la CIA la que estaba interesada en aquel congreso y la que aportó los fondos para los viajes y las estancias en Múnich-. Fue Enrique Adroher, conocido como Gironella, el dirigente socialista que negoció con Gil Robles la estructura de la representación. Querían que fuera numerosa- más de 100 personas- que hubiera más representantes del interior que del exterior y que del interior abundaran los representantes de la derecha y, por supuesto, la ya mencionada inasistencia de comunistas. Fue José Vidal Beneyto el encargado de coordinar y enlazar el interior y el exterior. El reclutamiento interior vino de la mano de Beneyto y de Fernando Álvarez de Miranda, entre otros. Se buscaron representantes de la Iglesia, de la banca, del ejército. Asistieron miembros de la Asociación Católica de Propagandistas, de Acción Católica, de la banca, hasta falangistas como Dionisio Ridruejo. Pero no aceptaron ir los representantes del Opus Dei. Al final la delegación española contó con 118 representantes, 80 de los cuales fueron del interior y el resto del exterior. Aquí se puede consultar el listado de participantes (si bien en este listado realizado en el aniversario del congreso se omite por error 4 nombres): http://www.movimientoeuropeo.org/contubernio-de-munich/

Los representantes españoles parten para Múnich cuando había estallado una huelga en la minería asturiana secundada por obreros de otros lugares, destacando los conflictos en el País Vasco, lo que provocó la declaración del estado de excepción en ambas regiones.

Evidentemente, el régimen, conocedor del congreso, no se estuvo quieto y presionó a los organizadores y al gobierno alemán para que la delegación española no tuviera participación activa en el congreso. Incluso enviaron a espías franquistas a Múnich con el fin de tener información de primera mano de lo que allí ocurriera. Se dice que una de las cosas que más inquietó y enfadó al tiempo a Franco fue la presencia de Dionisio Ridruejo, uno de los falangistas de la primera hora y responsable de la propaganda del bando franquista en la Guerra Civil, en aquel cónclave europeísta.

Al llegar a Múnich los congresistas hispanos se dividieron en dos grupos de trabajo, uno del interior y otro con los del exterior. Esto desconcertó a los participantes pues creían que iban a estar en una reunión conjunta. Se hizo así para mitigar una posible tensión al reunir a personas que unos años antes habían estado combatiendo en bandos enfrentados. Sin embargo, los intercambios entre congresistas fueron constantes y tras los primeros acuerdos entre cada sector se produjo la ansiada reunión conjunta. De ella salió un texto común que, en resumen, defendía el compromiso de luchar por la instauración en España de instituciones representativas y democráticas; la efectiva garantía de los derechos humanos; el respeto a las libertades individuales con especial mención a la de expresión, reunión, asociación, sindicales, la posibilidad de organizar corrientes de opinión y partidos políticos.

Aquel texto tropezó en un primer momento con un punto de fricción al insistir los socialistas en que figurara la república como forma política de Estado. Los monárquicos no podían aceptar esta propuesta. Joaquín Satrústegui, miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona -también Gil Robles lo era- consiguió convencer a los socialistas de que aceptaran como forma de Estado la monarquía democrática y parlamentaria al haber sido un poder neutral durante la guerra. El Rey se había marchado y su hijo y heredero, don Juan, no era partidario del franquismo. La república y los republicanos habían sido uno de los bandos de la guerra y establecer la república como forma de Estado era querer imponer una victoria después de haber sido derrotados y eso no podían aceptarlo los representantes del interior. Al final, Rodolfo Llopis – representante del PSOE en el exilio solicitó a Joaquín Satrústegui que transmitiera al Conde de Barcelona lo siguiente:

“El PSOE tiene un compromiso con la República que mantendrá hasta el final. Ahora bien, si la Corona logra establecer pacíficamente una verdadera democracia, a partir de ese momento el PSOE respaldará lealmente a la Monarquía.”

Gil Robles y Rodolfo Llopis sellaron el acuerdo con un emocionante abrazo de reconciliación. El manifiesto se leyó en la reunión del congreso acompañado de dos discursos uno de Gil Robles y otro de Salvador de Madariaga. Ambos brillantes, ambos emocionantes, ambos lograron poner de pie al auditorio.

Estos discursos fueron aireados por la prensa mundial. En España, el ministro de información, Arias Salgado, en otro error sin precedentes, desencadenó una campaña innecesariamente brutal contra los asistentes. Utilizó al periódico afín al régimen “Arriba” para sus fines. Éste empleó la descalificación de “contubernio” -alianza para fines censurables o la cohabitación ilegal de dos personas-, para definir la reunión de los miembros de un congreso europeísta; lo que era volver al lenguaje rebuscadamente agresivo de otros tiempos. Aquella excitación de algunos sectores del franquismo llevó a la aprobación de un Decreto-ley  el 8 de junio por el que el general Franco suspendía la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles, es decir, terminaba con la libertad de residencia, una de las pocas reconocidas en España. Se trataba del paso previo a la represión que siguió a los participantes. A pesar de que el gobierno alemán reclamó a Franco que no encarcelase ni reprimiese a los participantes y éste manifestó que la idea alemana de España como país represor era anticuada y nada realista, al regreso a España, los congresistas hispanos de Múnich fueron detenidos y enviados al destierro a las islas Canarias. Un numeroso grupo, Satrústegui, Jaime Miralles y Álvarez de Miranda entre ellos, fueron deportados a la isla de Fuerteventura y otros, a la de Hierro. Iñigo Cavero, contaba en sus clases en la facultad, cuáles eran condiciones de vida en Hierro en aquellos años, las de Fuerteventura no eran mejores: alejados de su familia, sin saber cuándo volverían a verlos y sin las comodidades que hoy existen en las Islas Canarias. Entonces no había agua corriente ni la electricidad funcionaba adecuadamente. No pensemos en el paraíso canario actual, sino en islas pequeñas, sin infraestructuras adecuadas y aisladas.

Aquella reclusión duró aproximadamente unos 11 meses. Si bien, marcó la vida de los participantes a su vuelta a la vida civil en aquellos años. Si la situación no fue peor, se debió a la promesa realizada a Alemania y, sobre todo, porque Franco se percató de que necesitaba abrir las fronteras para mejorar la economía. Ahora, la idea de ingresar en el Mercado Común se iba haciendo más aceptable. Se dio cuenta del error de Arias Salgado, el cual fue destituido. Su lugar lo ocupó Manuel Fraga. Curiosamente, Fraga, con gran visión, empezó una tarea aperturista que se inició con su ley de prensa de la que ya tratamos en este blog ( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/20/libertad-de-prensa-ley-fraga-1966/ )y que permitió poco a poco, abrir España al exterior y a cierta flexibilidad. Se puede decir que Fraga fue uno de los triunfadores del contubernio de Múnich, sin haber participado en él.

Otras de las consecuencias de aquel congreso fueron las siguientes:

1.- En Múnich se harían presentes los partidos y las ideologías que años después alcanzarían presencia mayoritaria en las elecciones nacionales.

2.- El consenso que hizo posible la Constitución de 1978 tiene en la idea de Europa una de sus principales causas.

3.- La izquierda se forjó en torno al PSOE. Curiosamente, la oposición al franquismo la habían llevado a cabo en España el PCE y CC.OO. Como dijo sarcástica y gráficamente Santiago Carrillo, el PSOE había estado “cuarenta años de vacaciones”. Pero a raíz de Múnich los europeos vieron en el PSOE la fuerza de izquierda adecuada para España y así en su 27º congreso (Madrid, diciembre de 1976) Felipe González apareció apoyado por Willy Brandt, François Mitterrand, Olof Palme, Pietro Nenni, Michael Foot, Simon Peres… Carrillo tuvo que conformarse con dos o tres representantes menores del llamado eurocomunismo en alguno de sus mítines. Jorge Semprún (1923-2011), intelectual y antiguo miembro del PCE, lo contó en su libro, “Autobiografía de Federico Sánchez”, en el que afirmaba que el PCE aparecía como partido ambiguo ante los valores democráticos y cosmopolitas europeos. El resultado fue una amplísima diferencia de votos en favor del PSOE frente al PCE en las elecciones de 1977.

4.- El Congreso de Múnich también supuso la confirmación de la monarquía como forma política del Estado, pero no en la figura de Don Juan, pues fue muy crítico con el congreso de Múnich, lo que le hizo perder la confianza de los republicanos. Así emerge la figura de su hijo, Juan Carlos I, como único posible Rey, aceptado por izquierda y derecha, que pudiese encarnar el futuro democrático de España.

BIBLIOGRAFÍA

Joaquín Satrústegui. Ensayo titulado “La política de Don Juan en el exilio”. 1990

Paul Preston. “Franco: Caudillo de España”. Barcelona. Círculo de lectores. 1994

Fernando ÁLVAREZ DE MIRANDA. “Del «contubernio» de Múnich al consenso”. Barcelona, Ed. Planeta,1985

Jordi Amat. “La primavera de Múnich”. TUSQUETS. 2016