Serrano

A muchos de los visitantes de Madrid les gusta pasear por la calle Serrano, con sus lujosas tiendas. Pero seguramente muy pocos sepan quién fue ese Serrano que da nombre a una de las arterias más emblemáticas de la capital de España.

El general Serrano fue una de las figuras más relevantes de la España de Isabel II. Influyó enormemente en la reina de la que se dijo que fue su amante. Rubio y bien parecido, impresionó a la monarca (que, por otro lado, se dejaba impresionar fácilmente) que le llamaba el “general bonito”.  Entre su apostura, la debilidad real, su habilidad política y valentía militar, nos encontramos ante un personaje fascinante. Su carácter positivo, conciliador, diplomático, afable y amable le permitió ser llamado como “solucionador” de situaciones difíciles, cosa que logró en la mayoría de los casos, con gran éxito. A eso unió un gran valor militar con el que alcanzó múltiples victorias, ascensos y condecoraciones.

Se casó con cerca de cuarenta años con Antonia Micaela Domínguez y Borrell, hija de los condes de San Antonio, con la que tuvo cinco hijos.

Serrano perteneció a una ilustre y nobiliaria familia andaluza de Jaén. Su padre, Francisco Serrano Cuenca, militar destacado, participó activamente en la Guerra de la Independencia, llegó a ser mariscal de campo. De hecho, nuestro general nació en Cádiz en 1810, por ser su padre diputado en las Cortes liberales gaditanas; posteriormente, durante el Trienio Liberal ocupó el cargo de ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina. Estuvo perseguido por Fernando VII como todos los patriotas liberales de Cádiz, como ya vimos en la biografía del Conde de Toreno: https://algodehistoria.home.blog/2024/12/20/vii-conde-de-toreno/

Pero ocupémonos del hijo, que es el que nos trae hoy aquí. Francisco Serrano Domínguez (1810-1885) I duque de la Torre. Conde de San Antonio y Regente del Reino.

Serrano fue ante todo un gran militar. Su hoja de servicios es una de las más brillantes de cuantos militares ha tenido España. A los seis años, fue enviado a estudiar Humanidades al prestigioso Colegio de Vergara (Guipúzcoa), de inspiración ilustrada. A los nueve años, ingresó en el Colegio Militar de Valencia donde permaneció tres años hasta que pasó al Regimiento de Lanceros de Castilla, y posteriormente al Regimiento de Caballería de Sagunto, en el que comenzó a recibir su formación militar como cadete, obteniendo el grado de alférez en diciembre de 1825; tenía 15 años. Sin embargo, la persecución que Fernando VII mantuvo contra los liberales, también perjudicó a los hijos de éstos, y nuestro Serrano no fue una excepción: hasta 1830 vio su carrera militar estancada. Solicitó entonces plaza en el Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras, siendo nombrado subteniente y destinado a Málaga, permaneciendo en este servicio hasta el año 1832.

En 1833, ingresó en el Regimiento de Coraceros de la Guardia Real de Caballería. Fue a la muerte del rey Fernando VII y con la Primera Guerra Carlista (1833 y 1840), cuando su capacidad militar descuella. Comenzó la guerra siendo subteniente y la finalizó ascendiendo a mariscal de campo.

En la guerra del norte conoció a un joven capitán de infantería, Leopoldo O’Donnell, haciéndose desde entonces muy amigos. Fueron múltiples sus hechos militares en los que destacó nuestro protagonista tanto en la País Vasco, como en el frente catalán o en la persecución de los carlistas en el interior (en Cuenca, por ejemplo). Sus éxitos militares le llevaron a obtener la Cruz Laureada de San Fernando.

En 1839, al firmarse el Convenio de Vergara, adquiría el rango de brigadier, al tiempo que era elegido diputado por Málaga, militando en el Partido Progresista. En 1840, fue ascendido a mariscal de campo.

Una de sus primeras actuaciones como diputado fue votar a favor de la candidatura única del general Espartero como Regente del Reino en mayo de 1841. Sin embargo, entre Espartero y Serrano se fue abriendo una profunda brecha a causa de las tendencias dictatoriales del Príncipe de Vergara, su personalismo político y la dureza mostrada en el juicio sumarísimo y posterior fusilamiento del general Diego de León y sus compañeros (Diego de León fue un brillante militar, azote de los carlistas, que fue acusado de sedición por Espartero, por querer devolver la regencia a la reina M.ª Cristina).

Distanciado del regente, Serrano se unió a otros progresistas del momento como fueron los civiles Joaquín María López, Salustiano Olózaga y Manuel Cortina. A pesar de la falta de entendimiento, Espartero pidió a Joaquín María López —tras ofrecérselo a Cortina y Olózaga y éstos negarse a ello—, que formara Gobierno. Serrano —a la sazón vicepresidente del Congreso de los Diputados—, ocupó también la cartera de Guerra.  Tan sólo tenía 33 años.

El bombardeo de Barcelona por parte de Espartero (3 de diciembre de 1842: https://algodehistoria.home.blog/2023/03/10/la-insurreccion-de-barcelona-y-su-bombardeo-en-1842/ ) y la falta de consideración sobre las medidas que López y sus ministros le proponían desde el gobierno lograron la ruptura total de estos con el Regente. Ya en 1843, Serrano conspiró, junto a Juan Prim y González Bravo, para derrocar al dictador. Desde Barcelona, constituyó con aquellos, el «ministerio universal», que puso fin a la Regencia de Espartero. Por los servicios prestados durante el Ministerio Universal, Serrano fue ascendido a teniente general y se le concedió la Gran Cruz de la Real Orden de San Fernando.

Declarada la mayoría de edad de la reina Isabel II, Serrano se convirtió en el favorito de ésta, y fue objeto de regios favores. Esto provocó intrigas en la corte. Una de las más destacadas la del Duque de Sotomayor que, en 1847, pretendió alejarle de palacio, sin conseguirlo, nombrándole Capitán General de Granada.

Tras cesar en la Capitanía General de Granada, solicitó permiso para retirarse a sus tierras de Arjona, en Jaén, apartándose por un tiempo de la política. Meses después, viajó a Moscú y a Berlín para estudiar la organización militar rusa y prusiana. Pero el fin de la época moderada, con una situación política caótica, le llevó a regresar a España y suscribir el Manifiesto de Manzanares, redactado por Cánovas, que, en última instancia, suponía el apoyo al pronunciamiento militar de O´Donnell. Durante el “Bienio Progresista” Serrano se afilió a la Unión Liberal de O´Donnell, y obtuvo diversos cargos militares que ejerció con éxito, por ejemplo, sofocando los violentos sucesos de julio de 1856, que pusieron fin al Bienio Progresista (la revolución callejera de los antiguos milicianos y, sobre todo, la conflictividad social).

En agosto de 1856, el general Serrano fue nombrado embajador de España en París. Se inició así una difícil tarea diplomática para impedir la ambiciosa expansión que Napoleón III pretendía ejercer en territorio español. Su éxito consistió en desbaratar los planes franceses y, al tiempo, mantener la armonía entre ambas naciones.

Durante el “Gobierno largo” de la Unión Liberal (denominado Quinquenio Unionista, 1858-1863), O’Donnell le nombró gobernador-capitán general de la isla de Cuba.

Tampoco fue empresa fácil, para lo que se necesitaba un tacto especial, tanto por los incipientes gérmenes separatistas que iban en aumento, como por el desbarajuste administrativo que existía en ella. Durante los tres años que Serrano estuvo al frente de Cuba, su gestión fue muy positiva; supo conjugar la autoridad de su cargo con un trato humano y cortés, que hasta entonces nunca había sido utilizado por los capitanes generales que le habían precedido. Serrano llevó a cabo en la isla una política conciliadora, escuchó atentamente a todos en sus planteamientos y fomentó la participación, por primera vez, de los cubanos en la Administración de Cuba. Influyó decisivamente en la creación del Ministerio de Ultramar independiente del Ministerio de la Guerra. Por su positiva gestión, la reina Isabel II le otorgó el título de duque de la Torre con Grandeza de España.

En enero de 1863, Serrano fue nombrado por O’Donnell ministro de Estado, cargo que ocupó pocos meses, a causa de la última crisis del “Gobierno largo”. Siguieron una serie de gobiernos moderados, con Narváez al frente y poco éxito de gestión, lo que, de nuevo, en el turno correspondiente, llevó a Isabel II a llamar a O’Donnell.

Se inicia en España un periodo de alteración, claramente prerrevolucionario, en el que Serrano, entre otras actividades, ayudó a sofocar la rebelión del Cuartel de San Gil (1866), por lo que obtuvo el Toisón de Oro (la rebelión no sólo pretendía cambiar la regencia o a la reina, como las revueltas que habían existido hasta entonces, sino que pretendía la expulsión definitiva de los Borbones). A la muerte de O’Donnell pasó a liderar el partido de la Unión Liberal siendo uno de los partícipes y artífices de la revolución de 1868, con la que se inicia el llamado Sexenio Revolucionario.

La revolución conocida como La Gloriosa comienza el 18 de septiembre de 1868, con el pronunciamiento de la Armada en Cádiz, al mando del almirante Juan Bautista Topete y del ejército dirigido por los generales Juan Prim y Serrano. Ya hablamos de ella, aquí:

https://algodehistoria.home.blog/2023/06/02/la-gloriosa/

La reina se exilia a Francia, el 30 de septiembre, y tres días más tarde el general Serrano lidera el gobierno provisional, asumiendo la regencia en junio de 1869.

La forma política del Estado recogida en la Constitución de 1869 seguía siendo la monarquía, pero, recogiendo el espíritu de San Gil, excluyendo a los Borbones. Esto implicaba la búsqueda de un nuevo rey. En la sesión de Cortes de 16 de noviembre de 1870, se elige entre los siguientes candidatos monárquicos: Amadeo de Saboya, el duque de Montpensier, Espartero.

Serrano era partidario de la candidatura del Duque de Montpensier, cuñado de Isabel II, si bien todos sabemos que Amadeo de Saboya fue el elegido. Su valedor, Prim, fue asesinado cuando el nuevo Rey llegaba a España y algunas de las sospechas sobre los instigadores del asesinato recayeron en el duque de Montpensier y en Serrano. Estas sospechas nunca pudieron ser corroboradas.

https://algodehistoria.home.blog/2025/02/21/magnicidios-en-la-espana-contemporanea/

Este periodo culmina con la llegada de la Primera República y su caos. Serrano intentó con Cristino Martos (fue ministro de Estado, de Gracia y Justicia, y presidente del Congreso durante el Sexenio revolucionario), sublevar la Milicia Nacional contra la República.

Fracasado en su objetivo, huyó y se estableció en Biarritz. Regresó a Madrid, poco antes del golpe del general Pavía, fue elegido de nuevo diputado y también presidente del poder ejecutivo, es decir, presidente del Gobierno. Se trató de un Gobierno-puente debido la proclamación de la Restauración en 1874. Tras el pronunciamiento de Sagunto del General Martínez Campos se mantuvo alejado de la vida política durante algunos meses, pero acabó por reconocer al rey Alfonso XII, como rey de España.

El duque de la Torre falleció el mismo día que era enterrado el rey Alfonso XII – 30 de noviembre de 1885-.

BIBLIOGRAFÍA

DE LA CIERVA, Ricardo. “El Triángulo”. Ed Planeta. 1991

PALACIO ATARD, Vicente.- “ La España del Siglo XIX. 1808-1898”. Ed Espasa- Calpe. 1891

SÁNCHEZ GONZÁLEZ, Mª Dolores del Mar; PÉREZ MARCOS, Regina Mª; MONTES SALGUERO, Jorge J;  ALVARADO PLANAS, Javier.- “Corte y monarquía en España” Editorial Universitaria Ramón Areces. 2003.

 

LA INSURRECCIÓN DE BARCELONA  Y SU BOMBARDEO EN 1842

En 1840 la guerra carlista había sido liquidada. La crisis bélica de los años 30 quedaba concluida y el régimen liberal parecía afianzado. Dos características se unieron en aquel momento de la Historia de España, de un lado, unas clases medias que podían participar más activamente en la vida pública, no sólo en su contribución económica por el pago de impuestos, sino mediante la aplicación del sufragio censitario y, de otro, a partir de la situación bélica vivida, se había socializado acudir al ejército para solventar los problemas. La popularización del militarismo permitió utilizar la vía militar para imponer la voluntad de las diferentes facciones políticas en sus intentos de alcanzar el poder. Así, por esa popularidad, llegó el General Espartero a ser el regente de Isabel II el 10 de mayo de 1841 (el progresismo había relegado al exilio a la reina Mª Cristina de Borbón e Isabel II era menor de edad).

Baldomero Espartero procedente de una modesta familia artesana de un pueblo manchego (Granátula) inició su carrera militar en la Guerra de Independencia, que continuó en las campañas en América y culminó en las guerras carlistas. Su formación intelectual era más bien elemental y, desde luego, su conocimiento de las doctrinas políticas, no era mayor. Eso sí, si tomaba una decisión tenía energía suficiente para “sostenella y no enmendalla”. Sobre todo, sus acciones venían siempre precedidas de la estima o desestima que tuviera al personaje o acontecimiento al que se debía enfrentar. El sentimentalismo por principio político. Así surgieron sus enfrentamientos con Narváez, así su militancia o apoyo en el liberalismo progresista, aunque cuando se suscitó la primera crisis entre los progresistas divididos entre progresistas civiles y militares, optó por los segundos, también por razones de camaradería y amistad. Los civiles encabezados por Joaquín María López, Salustiano Olózaga y Manuel Cortina, aunque representaban a tres facciones diferentes, no lograron entenderse con él; incluso entre los militares acabó por tener problemas.

Había además arraigado un sentimiento hostil contra él en Cataluña. En la Ciudad Condal, al igual que en otras zonas de España, se había creado una Junta de Vigilancia formada por el Ayuntamiento, la Diputación y la Milicia nacional, en defensa del gobierno progresista. El 13 de noviembre de 1842, se inicia una insurrección en Barcelona. La ciudad se reveló contra la política librecambista de Espartero que amenazaba al proteccionismo exigido por los industriales catalanes para mantener el monopolio de sus productos textiles en España.

Las medidas liberales progresista de Espartero, promovían la apertura de las fronteras españolas a los productos ingleses, competidores en aquel momento por calidad y precios de los fabricados en Cataluña (el gobierno inglés de Palmerston, también subvencionaba los productos ingleses). Las negociaciones librecambistas con Inglaterra concluyeron con el anuncio de un tratado comercial. Esto ocasionó el desencanto e indignación de la burguesía catalana, a la que se unieron asociaciones de obreros que pedía la protección de la Industria regional.

El detonante del levantamiento se produjo en el Portal del Ángel por el pago de impuestos de consumo que cobraba el Ayuntamiento. El incidente comenzó cuando un grupo de obreros que regresaba de comer intentó pasar al interior de la ciudad una pequeña cantidad de vino sin pagar los «derechos de puertas». Estos acontecimientos provocaron una guerra de barricadas protagonizada por la milicia, apoyada por paisanos armados, contra el ejército al que acusaban de que los soldados habían saqueado tiendas y robado a los transeúntes. Otros vecinos apoyaban a los milicianos lanzando piedras y muebles desde las ventanas y las azoteas. La respuesta de la autoridad militar fue ocupar el Ayuntamiento y detener a varios periodistas de «El Republicano» presentes en los hechos, cuyo periódico acababa de publicar un llamamiento que decía: «Cuando el pueblo quiera conquistar sus derechos, debe empuñar las armas en masa al grito de ¡Viva la República”!

Por si fuera poco, la burguesía reunió a la Junta de Vigilancia tornada en Junta Popular y que, actuando de manera autónoma, lanzó la siguiente proclama:

CIUDADANOS:
Valientes nacionales: catalanes todos: la hora es llegada de combatir á los tiranos que bajo el férreo yugo militar intentan esclavizarnos.Con toda la emocion del placer he visto prestar esponiendo vuestras vidas los mayores sacrificios, en favor de nuestra nacional independencia: sí, os he visto llenos del mayor entusiasmo, briosos, lanzaros al fuego de los que alucinados por gefes tan déspotas como tiranos, quisieron hollar vuestros mas sagrados derechos. Nó, no les dictaba su corazon el hostilizaros; una mano de hierro les impuso tan infernal y abominable crimen. Puesto que habeis mostrado que quereis ser libres, lo seréis a pesar de un gobierno imbecil que aniquila vuestra industria, menoscaba vuestro intereses y trata por fin de sumiros en la mas precaria y lastimera situacion, en la mas degradante miseria.Una sola sea vuestra divisa, hacer respetar el buen nombre catalan; union y fraternidad sea vuestro lema, y no os guien, hermanos mios las seductoras palabras de la refinada ambicion de unos , y la perfidia y maledicencia de otros.Guiado de las mas sanas intenciones he creido oportuno dirigirme en estos momentos á los batallones, Escuadron, Zapadores y Artillería de Milicia Nacional, para que sirviéndose nombrar un representante por eleccion en cada uno de ellos, se constiuyan en junta, dicten las mas enérgicas medidas y os proporcionen cuantos bienes su penetracion les sugiera en estas criticas circunstancias.Al momento, no hay duda, sentireis las mejoras. Vosotros los que abandonando una triste subsistencia que os produce quizás un miserable jornal,habeis preferido quedaros sin pan antes que sucumbir á infernales maquinaciones, sois dignos de todo elogio, habeis despreciado la muerte con bizarría, justo es quedeis indemnizados de vuestras fatigas y penalidades. No dudeis levantará su enérgica voz en vuestro apoyo vuestro hermano y compañero de armas.

Barcelona 15 de noviembre de 1842

Juan Manuel Carsy

Juan Manuel Carsy fue un valenciano, militar y redactor de El Republicano, que presidió la junta revolucionaria formada en Barcelona en noviembre de 1842 contra la regencia de Espartero.

Benito Pérez Galdós en su obra “Los Ayacuchos”, novela de la tercera serie de los Episodios Nacionales, refleja los sucesos de ese día en Barcelona y bajo la expresión de su personaje Fernando Calpena define a Juan Manuel Carsy: (sabiendo que Don Benito lo consideraba un traidor a todos, infiltrado de la reina Gobernadora, Mª Cristina de Borbón, al que pagaban desde Francia).

Juan Manuel Carsy, el alma de esta trapisonda, es un valenciano que hace poco vino aquí; comerciaba sin dinero ni mercancías, y se metió a periodista sin saber escribir. Ni posee el don de elocuencia para fascinar a las muchedumbres, ni la prodigiosa facultad del mando para conducirlas al combate. Es hombre vulgarísimo; y reconociéndolo así toda Barcelona, nadie se detiene a pensar en el enigma de su rápido encumbramiento. […] Me consta que desde el 14 disponía ese oscuro y ridículo Carsy de grandes sumas de moneda corriente, en plata y oro, las cuales no debió ganar en el comercio ni en el periodismo… Y pregunto yo: ¿De dónde ha salido este dinero?…”

En este barullo, la Junta Popular redobló la apuesta contra el Gobierno y dictaminó el derribo de la fortaleza de la Ciudadela.

La sublevación iniciada en noviembre, obligó a Antonio Van Halen (Capitán General de Cataluña) a ordenar la salida del ejército de la Ciudadela para refugiarse a las afueras de la ciudad en el Castillo de Montjuic, a la espera de la llegada de refuerzos.

El repliegue de las tropas gubernamentales fue considerado un triunfo por los sublevados. En un manifiesto hecho público el 17 de noviembre la Junta Provisional transformada en Junta Central de Gobierno, emitió un manifiesto en el que se fijaban como objetivos la “unión y puro españolismo entre todos los catalanes libres”, la “independencia de Cataluña, con respecto a la corte, hasta que se restablezca un gobierno justo” y la protección de la industria española, el comercio, la agricultura y las clases laboriosas y productivas.

El 2 de diciembre Espartero llega a la ciudad. Ese mismo día el general Van Halen, por orden de Espartero, comunicó que Barcelona sería bombardeada desde el castillo de Montjuic si antes de 48 horas no se rendían los insurrectos. Entonces cundió el desconcierto en la ciudad y la Junta Central fue sustituida por otra más moderada dispuesta a negociar con Espartero, pero éste se negó a recibirles a pesar de que en ella participaba el propio obispo –“Espartero no quería una rendición pactada sino un castigo”, afirma Josep Fontana. Se formó una tercera Junta, esta vez dominada por los republicanos y dispuesta a resistir. El bombardeo se produjo, los incendios se extendieron por la ciudad, se destruyeron 300 edificios y murieron en torno a 30 personas. Hubo desperfectos importantes en el Ayuntamiento, en el Palacio de Justicia, la Casa de la Caridad, hospitales, fábricas… en todas partes.

A las 6 de la tarde dos comisiones de ciudadanos, una de la ciudad y la otra de la Barceloneta, se presentaron en el Cuartel General del ejército para solicitar el cese de hostilidades; pero las acciones continuaron hasta las 12 de la noche. Entonces, la Junta Revolucionaria se rindió y se entregó a las autoridades.

El día 4, Barcelona recibió la entrada de las tropas al mando de Van Halen y Espartero. Los revolucionarios habían sido desarmados y el ejército había tomado la Ciudadela, los cuartelillos, las puertas de la ciudad y los edificios más emblemáticos y representativos. El capitán general declaró la ciudad en estado de sitio por tiempo indefinido. Las medidas de castigo fueron muy duras, desde la pena de muerte para los cabecillas de la revolución hasta la prisión incondicional con grado de dureza según la implicación de cada uno en la revuelta.

Además, se castigó colectivamente a la ciudad con el pago de una contribución extraordinaria de doce millones de reales para sufragar la reconstrucción de la Ciudadela. Asimismo, disolvió la Asociación de Tejedores de Barcelona y cerró todos los periódicos salvo el «Diario de Barcelona».

Espartero había conseguido acabar con la revuelta, pero con el bombardeo y la dura represión posterior perdió el inmenso apoyo social y político que había tenido tradicionalmente no sólo en Barcelona, sino también en Madrid.  Por esta acción, un militar catalán y progresista como era Prim, le atacó en las Cortes por su inclinación al librecambismo contrario a las clases industriales catalanas. Se produjo asimismo una ofensiva de la prensa de la oposición contra Espartero y también la prensa militar le deja de dar el apoyo que tenía con anterioridad.

Juan Manuel Carsy huyó a Francia y volvió para participar en las revueltas contra Espartero de 1843 No se paró ahí, participó posteriormente en otras revueltas contra los gobiernos moderados. Acabó en el exilio de Francia, con una considerable fortuna.

El bombardeo de 1842 no fue el único de la época a la Ciudad Condal, el segundo se produjo en 1843.  Nació como reacción a una segunda insurrección en contra del Gobierno. Se formó en la ciudad una Junta Suprema (junio-agosto), que tan pronto buscaba la mayoría de edad de Isabel II como mantenía posiciones cuasi republicanas. El 2 de septiembre de 1843, se inician los disturbios y la revuelta conocida como la jamancia. Barcelona fue asediada durante tres meses por el ejército. La ciudad fue bombardeada el 24 de octubre desde la ciudadela. Siempre se atribuyó a Prim este bombardeo, sin embargo, recientes estudios, atribuyen esta autoridad a Laureano Sanz y Soto de Alfeirán, Capitán General de Cataluña durante la revolución de “La Jamancia”. La ciudad se rindió y fue disuelto el movimiento pseudo republicano.

A los amigos del victimismo cabe comunicarles que Barcelona no fue la única ciudad bombardeada para acabar con conflictos; Sevilla, por ejemplo, corrió la misma suerte en el mismo año. Era la política de la época.

BIBLIOGRAFÍA

AGUADO BLEYE, Pedro. – “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963.

FONTANA, Josep. – “La época del liberalismo. Vol. 6 de la Historia de España, dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares.” Ed. Crítica/Marcial Pons. 2007

PALACIO ATARD, Vicente. – “La España del siglo XIX”. Ed Espasa-Calpe. 1981.

REVOLUCIONES CONTRA LOS IMPUESTOS EN ESPAÑA: LEVANTAMIENTOS EN EL BIENIO PROGRESISTA (1854-56)

En nuestra historia hemos tenido muchas revueltas sociales por la carestía de la vida, muchas de ellas causadas por la subida de impuestos, así, a modo de ejemplo, podemos nombrar el Motín de Esquilache, del que ya hablamos aquí, https://algodehistoria.home.blog/2020/01/24/el-motin-de-esquilache/ cuyo inicio fue la subida del precio del pan y de la cera de las velas por razones, entre otras, impositivas. O, en otro curiosísimo ejemplo, el levantamiento encabezado de María Castaña o Castiñeira en la provincia de Lugo en el S XIV (1386), contra los impuestos que quería cobrar el obispo de Lugo. Esta María Castaña es la que ha dado lugar a la expresión popular de “en tiempos de Maricastaña”.

Pero una de las revueltas fiscales más importantes de nuestra historia, aunque un tanto incomprensible en cuanto a sus orígenes se produjo en España a lo largo del Bienio Progresista (1854-56). https://algodehistoria.home.blog/2022/01/28/la-guerra-de-crimea/

Coincidiendo con la guerra de Crimea, se produjo un doble movimiento, por un lado, el aumento de la venta de grano y trigo castellano, al dejar de producir Rusia, y de otro una escasez de trigo en España por las exportaciones, a lo que se unió una subida de precios por culpa de la imposición, el avance del cólera importado desde el norte de Europa y la pérdida de gran parte de la cosecha a causa del pedrisco. La región que más sufrió la prosperidad primera y la crisis posterior fue Castilla. Pero, al tiempo, acontecía un hecho trascendente, el conflicto obrero que se dio en la pequeña industria, de manera significativa, aunque no única, en Cataluña, sobre todo, en las fábricas de Barcelona donde proliferaron las primeras asociaciones obreras y donde se produjo el levantamiento por la aparición de máquinas que realizaban el hilado frente al hilado a mano (conflicto de las selfactinas. Nombre que proviene del término inglés “self-acting”). Fue una manifestación contra el mecanicismo y la primera huelga general que se produjo en España- 1855-.

Salvo contadas excepciones, no se trataba de conflictos de subsistencia al antiguo modo sino una conflictividad social exacerbada en un momento, en el que, por otra parte, existió cierta prosperidad, por lo menos en amplios sectores. Fue un enfrentamiento entre antiguos y nuevos usos de producción, por una mala planificación económica del gobierno que dejó escasez en los mercados nacionales y una muestra de disconformidad social por un sistema impositivo desmesurado, sobre todo, más que por el incremento de los tributos directos, por la recaudación indirecta del odiado impuesto de Consumos y los Derechos de Puertas. Todo esto provocó una oleada de conflictividad social con más de 200 motines, sin que el Gobierno de Espartero pudiera atajarlo y donde los modos de levantamientos urbanos se trasladaron a las protestas campesinas: algaradas callejeras y asonadas en los que perdieron la vida varias decenas de personas con una violencia desmedida en los revolucionarios y en los “apaciguadores”.

Veamos los sucesos con mayor detenimiento.

El nuevo sistema fiscal provenía de la reforma de la Hacienda Pública llevada a cabo por Mon y Santillán de 1845. Esta reforma contempló una nueva tipología de impuestos, algunos directos y dos indirectos sobre el comercio interior, el de Consumos y los Derechos de Puertas. Ambos eran herederos de viejas figuras tributarias, las alcabalas que fue el impuesto más importante del Antiguo Régimen español, que grababa el comercio, y “millones y cientos que era un impuesto sobre el vino, vinagre, aceite, carne, jabón y velas de sebo que instituyó Felipe II en 1590.

En el Siglo XIX, se generalizó la contribución sobre consumos, (Contribución General de Consumos) que gravaba una veintena de productos básicos, de “comer, beber y arder”. A cada Ayuntamiento se le asignaba una cantidad anual que debía remitir a la Hacienda pública. De esta manera, esta contribución se convirtió en la principal fuente de ingresos, tanto de la Hacienda nacional, como de las locales. Los consumos generaron muchos problemas, la polémica principal tenía que ver con el hecho de que gravaba productos de primera necesidad, afectando a las clases populares. Los consumos encarecían el precio final de los productos, pero, además, su recaudación generaba una clara desigualdad, ya que los grandes propietarios y comerciantes podían zafarse del pago de los consumos gracias al fraude. Por si fuera poco, el sistema recaudatorio no lo ejercían directamente los municipios, sino que empleaban como intermediarios a las llamadas “empresas de puertas”, que llevaban a cabo la recaudación en nombre de las haciendas locales, con un trato humillante al ciudadano y originando, además, un proceso inflacionista.

Por si fuera poco, el Ministerio de Hacienda, en su intento de mejorar la situación de las Haciendas locales en estado agónico desde hacía décadas, autorizaron a los Ayuntamientos a fijar nuevos derechos sobre la entrada y consumo de mercancías en sus localidades hasta igualar lo recaudado por la Hacienda y a financiar el déficit hacendístico mediante arbitrios sobre artículos cuyo consumo no gravaba la Administración central con la única condición de que no fuesen de consumo imprescindible, retórico requisito que rara vez fue respetado[1].

Sin embargo, los problemas surgieron por las desigualdades en que incurrió la Hacienda en el reparto territorial de la carga tributaria provocando encendidas protestas locales sobre todo en Castilla, a las que el Gobierno no hizo caso en un primer momento. Fueron los jornaleros castellanos y leoneses los que, debido a los cálculos realizados por la Hacienda a tenor de las ventas de cereal de años anteriores, pagaron en 1855 y 1856 en torno a un 20% más que el resto de España, lo que en el caso de Palencia se elevó por encima del 70%, cuando, ya en 1856, los ingresos habían disminuido en más de un 17%.[2]

Además, el descontento por la subida de impuestos y su consiguiente subida de precios venía de antiguo. Las obras públicas que emprendió Bravo Murillo desde 1851 y que a la larga supusieron una gran mejora en las comunicaciones y servicios de transporte de mercancías y ciudadanos y, con ello, un gran avance integrador de España, tuvieron un elevado coste que obligó a un incremento de la presión fiscal, lo que originó un enorme malestar social, que Bravo Murillo intentó paliar con concesiones fiscales a los menesterosos y con un endurecimiento de la política de orden público. Los mayores incidentes de aquellos primeros años cincuenta se dieron en Andalucía y Valencia.

Los sucesivos gobiernos y ministros de Hacienda y de Gobernación de la época no acertaron en su intención de enderezar la situación del Erario. Unos prometían acabar con los impuestos indirectos, otros como Sartorius, Conde de San Luis, a fomentarlos y a incrementar el gasto en obras públicas que no se ejecutaron, pero sí proyectaron y “curiosamente” tuvieron gastos que sólo beneficiaron a determinados miembros del Gobierno.

Es más, el afán recaudador de la Hacienda del Estado llevó a crear el cuerpo de Agentes de la Administración provincial de Hacienda en 1853 cuya finalidad era acabar con el fraude fiscal en el sector industrial, y aunque su tarea no iba dirigida a las harineras ni al campo si afectó a la vida rural y a los pequeños propietarios. La población rural tenía que hacer frente al pago de unos tributos abusivos y a la consiguiente subida de los precios, lo que creó problemas de subsistencia en el noreste español. En castilla, se complicó la situación por el enfado de los pequeños industriales, ganaderos y pequeños jornaleros.

Pero ni toda la presión fiscal era suficiente para atender las necesidades de un gobierno manirroto y corrupto. Las arcas del estado estaban vacías. No se podía ni pagar el sueldo de los funcionarios. El Banco de España se negó a seguir monetarizando la deuda. La situación era desesperada, cuando las tropas inglesas y francesas entraron en guerra en Crimea, en septiembre de 1854, el incremento de las exportaciones alivió las arcas de la Hacienda y logró calmar los ánimos en Castilla, no sin ciertos levantamientos en Burgos, Segovia y en otras poblaciones, especialmente en la frontera portuguesa,  por la política de exportación de grano castellano que  dio lugar a que se arrancaran viñedos para plantar trigo, que era el producto que generaba más ingresos, originando un aumento del paro en los jornaleros vitivinícola. Pero no sólo en Castilla hubo altercados, en otras zonas de España también existieron sublevaciones, conocidas fueron las de Zaragoza.

La tensión se contuvo durante unos pocos meses, pero, al poco tiempo, se recrudeció a lo largo y ancho de toda España. Tras varios ministros e intentos de arreglar la situación con muy poco éxito, los levantamientos se sucedieron durante 1855, con huelga general convocada en Barcelona, levantamientos en Zaragoza, Calatayud, Santiago de Compostela… sólo Castilla estaba aparentemente tranquila, pero más por la epidemia de cólera que se extendía por la región que por falta de descontento. Los artesanos urbanos protestaban también por su mísera condición. De ahí que fuera Burgos la primera ciudad castellana en sublevarse, dando lugar a decretar el Estado de Sitio en la Capitanía General de Burgos y someter al resto de las provincias castellanas a similares cautelas, pero los Universitarios vallisoletanos desafiaron a la epidemia y a la Guardia Civil, al igual que los ciudadanos de Palencia y Zamora.

Los progresistas, que habían llegado al poder aupados por la ciudadanía, se veían ahora abocados a perder el poder en manos de los propios ciudadanos hartos de su manirroto proceder.

Con estos altercados se llega a 1856 y al fin de la guerra de Crimea, lo que hace disminuir el precio del pan en España. Por poco tiempo, puesto que la propia dinámica de la postguerra impide que las cosechas rusas tengan la producción deseada, con lo que se vuelve a las exportaciones castellanas, a la escasez de pan y a la subida de precios. La primera ciudad en la que carestía hizo saltar las revueltas fue Valencia. A ella se unieron otras, con gran crudeza las castellanas. Los ciudadanos para demostrar su hartazgo por los impuestos y la escasez, quemaron talleres y campos. Las revueltas fueron sofocadas con gran dureza; en Castilla el Capitán General y sus tropas detuvieron durante las jornadas de los días 23 y 24 de junio de 1856 en Valladolid, Medina de Rioseco y Palencia a algo más de medio millar de personas, acusadas de sedición, que fueron juzgadas a las pocas horas de su arresto por tribunales militares, con arreglo a la Ley de abril de 1821 y sin ninguna garantía procesal. El día 25 de junio comenzaron las ejecuciones.

La revuelta se extendió con extraordinaria rapidez al resto del país a finales de junio. El Gobierno recibió partes de levantamientos en Torrelavega, Comillas, Albacete, Gijón, Palma de Mallorca, Granada, Pontevedra, Toledo, Badajoz, Alcoy, Riotinto, Cuenca, Tortosa, Vigo, Murcia, Manises, Bilbao, Sigüenza, Guadalajara, Barcelona y hasta un centenar de localidades más, en la mayor parte de los casos, coincidiendo con la celebración de la festividad de San Pedro (29 de junio). Fábricas de harinas y de hilados, plazas de toros y fielatos en los cuatro puntos cardinales ardieron en protesta por la carestía y en homenaje a los héroes de Castilla, como rezaban los pasquines repartidos por todo el país.

Para O’Donnell aquella situación era insostenible y consideró llegada la hora de deshacerse de Espartero y cortar aquella marejada activada desde enero de 1856 por la llegada de Escosura al ministerio de Gobernación. Se produce un choque frontal en el Consejo de Ministros entre O’Donnell y Espartero, ambos presentan la dimisión, pero la Reina no acepta la de O’Donnell. Era el mes de julio de 1856. Pero el bienio progresista también era obra de O’Donnell y su presencia al frente del gobierno creaba poca confianza en las Cortes y en la población, así, en octubre de 1856, cayó también su gobierno. El bienio progresista había acabado.

La paz fue llegando poco a poco, en unos movimientos sociales más de protesta por la actuación del Gobierno y el caos de precios que por crisis de subsistencia. En términos generales fue una época de prosperidad, aunque con sectores muy maltratados. Fue una prosperidad mal repartida; se podría haber llegado a una mayor comodidad social si la eficacia del gobierno hubiera sido mayor y, sobre todo, la corrupción, menor. De este modo, se perdió una oportunidad de modernización y mejora de España, que podría haber tenido unos cauces más adecuados. Siendo una época de prosperidad, un mal gobierno determinó carencias y enfrentamientos que generaron en un auténtico caos.

BIBLIOGRAFÍA

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PAN-MONTOJO, J. «Lógica legal y lógica social de la Contribución de Consumos y los Derechos de Puertas». Servicio de publicaciones del Ministerio de Hacienda. 1994.

PALACIO ATARD, Vicente. “Historia del Siglo XIX. 1808-1898”. Ed.  Espasa-Calpe. 1981.

[1] COMÍN COMÍN, Francisco. “Historia de la Hacienda Pública. España (1808-1995). Pag 193-213

[2] PAN-MONTOJO, J. «Lógica legal y lógica social de la Contribución de Consumos y los Derechos de Puertas»