VII Conde de Toreno

Esta entrada se la dedico a mis amigos M.ª Ángeles Z., Luis A., y sus hijos.

José María Queipo de Llano y Ruiz de Saravia. VII Conde de Toreno, vizconde de Matarrosa. Nacido en Oviedo, el 26 de noviembre de 1786, y fallecido en París, el 16 de septiembre de 1843, fue un político- yo diría que la expresión más adecuada para definirle es, hombre de Estado-, liberal y excelente historiador.

Nació como primogénito de la casa de Toreno, una de las más ricas, antiguas e ilustres del Principado de Asturias. Único hijo varón de una familia con 5 hijos, fue educado de manera excelsa y exquisita. Cuando contaba con 4 años de edad, su familia se traslada a Madrid,  donde tiene como preceptor a su paisano Juan Valdés. Valdés, culto y liberal, instruye al niño en latín, literatura, humanidades, matemáticas y física. Hizo cursos avanzados en química, mineralogía y botánica. De gran facilidad para los idiomas, hablará griego clásico, francés, inglés e italiano, así como algo de alemán; pero dónde destacó fue en su facilidad para el conocimiento y uso del castellano. Las enseñanzas de su maestro Valdés no se limitaron a los aspectos culturales, sino que influyó de manera muy destacada en su pensamiento político, de tendencia liberal, al iniciarle en la lectura de libros como El Emilio El Contrato Social, de Rousseau.

Partamos de una aclaración previa, que veremos en profundidad en futuras entradas del blog. El liberalismo en el siglo XIX, el que profesaba nuestro invitado de hoy, se entendía como el movimiento contrario al antiguo régimen, como la defensa de la existencia del Estado para garantizar la igualdad ante la ley de todos sus ciudadanos y el respeto y garantía del ejercicio justo de las libertades individuales. Para ellos, el Estado debe contar con límites claros a su poder para que no constituya un impedimento al ejercicio de la vida libre y autónoma. No se trata de moderados o radicales, de progresistas o conservadores, sino de la esencia común a todos ellos.

Toreno fue en excelente estudiante, un hombre ilustrado y un escritor destacado que expresó en sus libros sus conocimientos de todo tipo, aunque destacó en sus textos sobre Historia y Política.

En 1803, sus padres regresaron a Asturias, y él continuó sus estudios y entabló contacto con grandes políticos liberales, muchos asturianos y otros de Madrid: Agustín Argüelles (apodado “el divino” por su oratoria durante las Cortes de Cádiz. Abogado, político y diplomático, fue presidente de las Cortes en 1841 y tutor de la reina Isabel II), José Fernández Queipo (pariente del nuestro personaje y brillante político asturiano) y Ramón Gil de la Cuadra (formó parte de la Junta de Instrucción Pública. Firmó el informe sobre la reforma general de la educación nacional que redactó la Comisión en las Cortes de Cádiz). Se cree que, por entonces, con sólo 17 años, hizo una traducción de Eutropio, escritor romano del siglo IV, autor de un Compendio de Historia Romana, en diez libros que no editó, pero que anunciaban su afición a los estudios históricos.

La guerra contra los franceses, el 2 de mayo de 1808, le sorprendió en Madrid. Tras abandonar Madrid e instalarse de nuevo en Oviedo y estando congregada la Junta General del Principado de la que era miembros natos los condes de Toreno, por privilegio de familia, fue incluido él –además de su padre- como miembro de la misma, con tan sólo 22 años. Fue elegido para viajar a Inglaterra a solicitar la ayuda militar inglesa frente al invasor francés. Representó en Londres a la Junta Suprema de Asturias y su papel resultó crucial. Logró que el ministro de Relaciones Extranjeras les recibiera y viera con buenos ojos prestar ayuda a España.  Allí entabló amistad con otros políticos y militares como Castlereahg, Wellington, lord Holland (político, hispanista, amigo de Jovellanos y elemento fundamental en la forja de nuestro Estado liberal en sus primeros momentos). También logró contactos para sus intereses intelectuales como el del escritor Scheridan.

En diciembre de 1808, regresó a Oviedo donde, a la muerte de su padre, cambió su título de vizconde de Matarrosa, por el de conde de Toreno. Permaneció en Oviedo hasta mayo de 1809, ocupado por asuntos familiares y en la asistencia a las sesiones de la Junta, hasta que llegó a Oviedo el marqués de La Romana – encargado del ejército español en la defensa del norte (ver https://algodehistoria.home.blog/2024/11/08/cuando-galicia-mostro-el-camino-de-la-libertad-al-resto-de-espana-puente-sampayo/ )

La Romana disolvió la Junta asturiana y creó otra a punta de bayoneta, y nombró a Toreno miembro de ella. Sin embargo, el conde, no estando de acuerdo con las formas del marqués, no aceptó el cargo y se enfrentó a La Romana. Esto le podría haber creado más de un disgusto, de los que se libró por ser invadida Asturias por el ejercito francés al mando de Ney. La Romana se refugió en las montañas de Covadonga – con menos éxito y valor que Pelayo- y cuando los franceses se marcharon hacia Galicia – sin abandonar Asturias-, se desplazó a Andalucía. Dejando a nuestro protagonista tranquilo. En 1810, Toreno viaja a Cádiz en representación de Asturias en la Junta Central que se reúne en la isla de León. La finalidad de la Junta de Asturias era transmitir a la Central que debía representar a la Regencia y convocar Cortes. Se le encargó la redacción de la exposición que permitiría la defensa de esas posiciones. Tuvo éxito de nuevo y logró la convocatoria, no sin tener algunos desencuentros entre sectores más conservadores.

Las Cortes se proclaman el día de la Merced (24 de septiembre) de 1810. La invasión de Asturias, retrasó las elecciones en el Principado. A ellas se presenta Toreno sin tener los 25 años necesarios para ser elegido Diputado, pero una dispensa del Congreso le permitió concurrir y ser representante de Asturias en las Cortes de Cádiz.

Todos sus discursos estuvieron llenos de brillantez y espíritu liberal. Defendió la propiedad, pero no los señoríos – en contra de sus propios intereses económicos y tradicionales, dando muestras de gran patriotismo-, la soberanía nacional, que la potestad legislativa fuera compartida por las Cortes y el Rey ( hasta entonces sólo la ejercía el monarca). Aceptó la existencia de una sola Cámara. Partidario de configurar una normativa uniforme sobre la Administración territorial y local, anticipa lo que serán sus posiciones durante la regencia de M.ª Cristina . Defendió la creación de la figura del Alcalde como jefe político – en representación de la Soberanía Nacional- con representación popular y mando en plaza.

Siguió siendo Diputado cuando las Cortes se trasladan a Madrid. Si bien, con la intención de residir en Asturias. Tenía prevista su salida de Madrid para Asturias el 5 de mayo de 1814, como así aconteció, pero con más precipitación de la deseada.  El día 4 de mayo, Fernando VII firmó el Decreto de Valencia por el que declaraba nulo y sin valor todo lo acontecido en las Cortes extraordinarias y ordinarias, volviendo a implantar el sistema del antiguo régimen. No sólo anuló la obra de Cádiz, sino que en vez de premiar a los patriotas que habían luchado por España y preservado su Trono, el Rey felón declaró rebeldes a los liberales y constitucionalistas de Cádiz . En Asturias, Toreno recibió la noticia de la disolución de las Cortes, de la prisión de los Regentes, de los ministros y de varios de los diputados amigos suyos, así como que él se hallaba en situación de busca y captura. Salió hacia Ribadeo con intención de llegar a Portugal y, una vez en Lisboa, decidió trasladarse a Londres. Quiso instalarse posteriormente en París, pero la Presencia de Napoleón le hizo volver a Londres.

Después de la batalla de Waterloo, y restablecido en el trono Luis XVIII, volvió a Francia, a principios de agosto de 1815, pensando que sería un lugar seguro; sin embargo, su cuñado el general Juan Diez Porlier, preso en La Coruña por sus ideas liberales, se levantó contra el régimen absolutista. El pronunciamiento se inicia en la noche del 18 al 19 de septiembre de 1815.

Fue un pronunciamiento de corte liberal, pero moderado, que pretendía la vuelta a la Constitución de Cádiz y la convocatoria de Cortes. Este levantamiento tuvo repercusiones en Francia, pues temeroso de que el ejemplo se trasladara al país vecino, le gobierno francés persiguió a los liberales españoles asentados en Francia. Como consecuencia de ello, el Conde de Toreno fue hecho prisionero durante dos meses, al cabo de los cuales fue liberado sin cargos. Sin cargos, sin propiedades – Fernando VII se las había incautado- vivió en París pobre, pero muy reconocido por su talento y sus escritos. De esta época es su obra, traducida a varios idiomas: “Noticia de los principales sucesos ocurridos en el gobierno de España desde 1808 hasta la disolución de las Cortes en 1814”.

En 1820, a raíz del levantamiento de Riego. Fernando VII, como tantos traidores que cambian de opinión cuando les viene bien, afirmó: “marcharemos francamente, y yo el primero por la senda constitucional”.  Al conde de Toreno se le restituyeron todos sus bienes. Fue nombrado ministro plenipotenciario en Berlín. Pero se negó a aceptar el puesto, esperando ser elegido Diputado por Asturias, como ocurrió.  A punto estuvo de ser nombrado presidente de las Cortes, pero aún sin la presidencia fue un parlamentario brillante, especialmente en materia económica. En esta etapa, colaboró y entabló amistad con Martínez de la Rosa y otros diputados. Su prestigio volvió a engrandecerse, y gracias a él se logró que los disturbios provocados por Riego y otros exaltados no fueran a mayores. Sus años de exilio y penurias le habían hecho más tolerante y negociador. De ahí que a Toreno y a Martínez de la Rosa les llamaran pasteleros. Fueron los exaltados los que apodaron de aquella manera a dos brillantes personajes de la vida española. Lo que puso en peligro sus vidas: a la salida del Congreso, intentaron asesinarle en 1822. Llevado a su casa, en la que vivía con su hermana, la viuda de Diez Portier, allanaron el edificio e hirieron a varios criados. Al día siguiente, magullados, pero dignos e íntegros, Toreno y Martínez de La Rosa, volvieron al Congreso.

El Rey le pidió formar gobierno, pero se negó. En cambio, aceptó dar los nombres para el nuevo gabinete y así dio el de Francisco Martínez de la Rosa. Toreno, que ya no era Diputado, se marchó a París previendo lo que se avecinaba con los acuerdos del Congreso de Verona y la llegada de los 100.000 mil hijos de San Luis.  Viajó con toda Europa y fue bien reconocido, pero su experiencia no dejaba de ser amarga, la amargura del exiliado. 10 años duró esta etapa, aunque larga, no participó en ninguna conspiración. En otros aspectos, estos años fueron muy destacados: tuvo contactos con ilustres personajes, Châteaubriand, Say, Madame Staël, M. de Villèle, , el general Fay, Benjamín Constant, N. de Lafayette, M. Guizot, M. Thiers, el duque de Broglie y otros insignes liberales que prepararon la nueva senda liberal en que entró Francia en 1830.

A fines de 1827 empezó a poner en práctica su proyecto de escribir una Historia de España. En 1830,  concluyó el libro décimo de esa obra. En 1831 presentó los libros undécimo y duodécimo. Durante el año siguiente volvió a viajar por toda la Europa central e Inglaterra; y, a pesar de tanto viaje, escribió otros seis tomos.

El 15 de octubre de 1832, la Reina Gobernadora publicó el decreto de la primera amnistía, con ciertas restricciones que desaparecerían en breve. Toreno volvió a España en julio de 1833 y se instaló en Asturias donde permaneció hasta la muerte del Rey.

La Diputación General de Asturias lo nombró su representante ante la Reina Gobernadora en las proclamaciones del nacimiento y minoría de edad de la princesa Isabel.

Tras los Gobiernos de Cea Bermúdez y el ministerio de Javier de Burgos que lidiaron por modernizar España, para lo que, entre otras medidas, reorganizaron territorialmente el País y su Administración con tal éxito que la división territorial dura hasta la actualidad.

La Reina Regente se vio obligada a elegir a ministros entre los sectores liberales, fundamentalmente porque los más conservadores- con los que quizá comulgaba más con sus ideas-, se habían aliado con los carlistas, que le habían declarado la guerra. A ello hay que unir su matrimonio (secreto. Aunque un secreto a voces) con un plebeyo Fernando Muñoz, lo que le impedía proclamar la boda frente a los carlistas que se consideraban legítimos herederos.

Entre los sectores liberales eligió a los más templados por entonces,  y así nuestro protagonista fue nombrado ministro de Hacienda en 1834, en el gobierno de Martínez de la Rosa, gobierno que aprueba la carta otorgada que es el Estatuto Real. Bajo los dictados del Estatuto Real se desarrollaron los gobiernos de Martínez de la Rosa, Toreno, Mendizábal e Isturiz.

La situación económica de España, con una deuda exterior desbocada y los mercados ingleses cerrados para nuestro país, era desalentadora. Sin embargo, las medidas de Toreno surtieron efecto y logró con gran éxito encauzar las cuentas públicas. Fue ministro durante la presidencia de Martínez de la Rosa. Cuando éste cesó, fue elegido presidente del Consejo de ministros, es decir, presidente del Gobierno reteniendo el Ministerio de Hacienda y desempeñando de forma interina el de Estado.

Su conocimiento de Francia y Gran Bretaña le llevó a querer la modernización de España al modo británico. Sin embargo, no pudo desarrollar estas cuestiones pues duró en el puesto tres meses; la sublevación militar de los sargentos de La Granja, en agosto de 1836, hizo que se marchara de nuevo a París y a Londres, huyendo ahora de los liberales, como antes había huido de los absolutistas. De vuelta a España, logra, de nuevo, ser Diputado por Asturias.

Tras el Estatuto Real de Martínez de la Rosa denostado por los liberales más exaltados que querían recuperar la constitución de 1812, Toreno y otros sectores moderados impulsaron la constitución de 1837. Menos moderada que el Estatuto Real, pero sacada adelante con el consenso de todas las fuerzas liberales. Fue una constitución aceptada por exaltados y moderados. Fue una constitución que duró menos de 10 años, pero con la trascendencia de haber significado la institucionalización definitiva de un régimen constitucional en España. Estaba inspirada en la francesa de Luis Felipe de Orleans y en el liberalismo radical de Bentham, que además de la constitución francesa, había inspirado las de Brasil, USA y el sistema británico. España gozaba en aquellos momentos de un de los sistemas libertades y derechos más avanzados del mundo. Determinó además el nacimiento de los partidos políticos, moderados, por un lado, progresistas por otro. Se implantó un nuevo sistema electoral. Las siguientes elecciones, las más limpias de todo el Siglo XIX español,  las ganaron los moderados y en ellas Toreno volvió a conseguir el acta de diputado por su provincia natal. El conde acudió a Madrid para desempeñar su cargo de diputado y recibir el título de Grande de España que le había concedido la Reina.

Para entonces ya llevaba escritos 18 volúmenes de su Historia de España.

La regente María Cristina de Borbón, tras la revolución de 1840 que causa su dimisión, abandona el país. Se inicia así la regencia de Espartero (1840-1843).

Toreno, al igual que la Reina Regente y otros liberales, se instala en Francia con toda su familia. Se inicia en la recopilación de material para escribir una Historia de la Casa de Austria. Recorrió Alemania, Suiza, Italia, Bélgica y Países Bajos, todo lugar que le permitiera documentarse sobre este trabajo histórico.

En 1843, cuando, depuesto Espartero, se disponía a volver a España, falleció de manera inesperada y en pocos días.

Dejó viuda y tres hijos. Sus restos se depositaron en el cementerio de San Isidro de Madrid, para ser luego trasladados al panteón familiar de Cangas de Tineo.

La Real Academia de la Historia le había nombrado académico. Cuando murió, España se encontraba en una de tantas situaciones críticas que necesitan de las cabezas más brillantes para superar el futuro, pero Toreno ya no estaba.

A personas como Toreno se los echa de menos, entonces y ahora.

BIBLIOGRAFÍA

GONZÁLEZ MUÑIZ, Miguel Ángel.- “Los Asturianos y la Política”. Ed.  Ayalga, 1976 .

JOVER ZAMORA, José María  ( DIR.) “Historia de España: La España de Fernando VII”. Espasa-Calpe. 1978.

MARCO, José María. “Una Historia patriótica de España”. Planeta.2011

VARELA SUANZES-CARPEGNA. Joaquín- “ El Conde de Toreno (1786- 1843). Biografía de un liberal”. Ed Marcial Pons, 2005.

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del Siglo XIX” Ed. Espasa-Calpe. 1981.

 

El Origen de la Guardia Civil

Al finalizar la Guerra de la Independencia, la debilidad del Estado es total y la inseguridad se apodera de los caminos españoles.

Algunas de nuestras proezas históricas también habían tenido consecuencias negativas: los levantamientos contra los romanos, las tierras de nadie durante la Reconquista, el periodo de decadencia del camino de Santiago ( del siglo XIV al XIX) crearon como mal endémico nacional a los bandoleros y asaltantes de caminos. La guerra de guerrillas propia de la Guerra de Independencia, determinó la existencia de personajes heroicos contra el invasor que, acabado el conflicto se dedicaron al bandolerismo. La misma consecuencia tuvo la oposición a la llegada de los cien mil hijos de San Luis. Aunque, lo que realmente provocó el incremento de los bandoleros en el siglo XIX, fue el empobrecimiento del medio rural a finales del siglo XVIII. Así se empezaron a formar cuadrillas, en gran parte procedentes de los jornaleros agrícolas, pero también artesanos, antiguos soldados… Todos ellos unidos en la búsqueda de sustento. Esta situación se vio agravada cuando a partir de 1836, la desamortización de Mendizábal, expropió las tierras de manos muertas del clero y las subastó entre los pequeños propietarios, provocando un fraccionamiento de la propiedad rural.

En todos estos casos la población plantea una mayor demanda de seguridad.  Hasta 1844, la seguridad interior estaba en manos de cuerpos armados de carácter local y muy escasa eficacia: fusileros de Aragón, mozos de escuadra y rondas volantes en Cataluña, migueletes y miñones en Valencia y las Vascongadas, escopeteros en Andalucía,  milicias honradas en Galicia, guardabosques y otras partidas en Castilla…

Aunque el bandolerismo se suele identificar en el imaginario común con Andalucía,  esto no se compadece con la verdad, como señala el profesor Martínez Ruiz:

“El bandolerismo no fue un fenómeno específico del sur de España. Con excepción del País Vasco, el fenómeno afectó a todo el territorio nacional, aunque con sus peculiaridades regionales. Galicia, sin ir más lejos, sufrió un bandolerismo muy violento, con asaltos por doquier. A diferencia de los andaluces, sin embargo, volvían a casa después de dar el golpe y allí preparaban el siguiente. Es una tradición que derivaría años después en contrabando y, finalmente, en narcotráfico”.[1]

La búsqueda de soluciones a este problema, tampoco se ciñe al siglo XIX, así, por ejemplo, Fernando el Católico lideró una serie de incursiones contra los bandoleros de Aragón en 1515,  en años anteriores se organizó la Santa Hermandad de Toledo, con el fin de atrapar a los indeseables en tierras manchegas, o José Bonaparte, en 1811, intentó mejorar la seguridad creando la Gendarmería Nacional.

Pero en el siglo XIX, la gravedad de la situación hace que se busquen soluciones de todo tipo. El encargo al Ejército de las tareas policiales no era una buena opción dada la politización de las milicias y su propensión al golpe de Estado.

En 1920, con el alzamiento de Riego, Pedro Agustín Girón y de las casas, Primer duque de Ahumada, militar profesional, es nombrado Ministro de la Guerra. En aquel momento concibe la creación de la Legión de Salvaguardias Nacionales. Los conflictos nacionales obligaron al Primer duque de Ahumada y a su familia a exiliarse.

Como la situación delincuencial no se solventaba, en 1829, Fernando VII crea el real Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras. En 1842, se reorganizó como el Cuerpo de Carabineros del Reino, al que se hacía depender del Ministerio de Hacienda. En 1843, el presidente del Gobierno Luis González Bravo determinó que la persecución de los delincuentes debía depender de una fuerza policial a cargo del Ministerio de la Gobernación, alejando su dependencia del Ministerio de Defensa y del ejército.

En 1844, se redactó un decreto cuyo artículo 10 aprobaba la creación de “una fuerza especial destinada a proteger eficazmente a las personas y las propiedades, cuyo amparo es el principal objeto del ramo de protección y seguridad» dependiente del Ministerio de Gobernación. Al ser unos guardias armados al servicio del poder civil, la Reina Isabel II los denominó guardias civiles. La reina Isabel II firmó el Real Decreto de creación el 28 de marzo de 1844.

La organización de este cuerpo le fue encargada al mariscal de campo Francisco Javier Girón Ezpeleta, Segundo duque de Ahumada. Tomo como referencia la organización e instrucción de la gendarmería francesa, adaptándolo a las condiciones geográficas y sociales de España. Este nuevo Cuerpo poseía una organización interna de carácter militar, con unos medios y entrenamiento que nada tenían que envidiar al Ejército. El 20 de diciembre de 1845, de la propia mano del Duque de Ahumada, se aprueba un documento que constituye el auténtico código moral de la Institución: la»Cartilla del Guardia Civil» que sintetiza los reglamentos anteriores y que, con alguna modificación, compone el actual Reglamento para el Servicio de la Guardia Civil. A lo largo de su articulado, la “Cartilla” establece “la doctrina del Cuerpo; un código deontológico que pretende dotar al personal de un alto concepto moral, del sentido de la honradez y de la seriedad en el servicio y que está presidido por su artículo más famoso donde se lee: “el honor es la principal divisa del guardia civil; debe, por consiguiente, conservarlo sin mancha. Una vez perdido, no se recobra jamás”.[2]

La Guardia Civil fue la depositaría de la seguridad en los caminos, el medio rural y el ferrocarril.

Según los artículos 4, 6 y 7 del decreto de creación, la guardia civil se compondría de un total de 20 escuadrones de caballería y 89 compañías de infantería: el total de la fuerza sumaría 15.369 hombres.

La organización y disciplina del nuevo Cuerpo se acreditó bien pronto. La seguridad de los caminos quedó garantizada. Los conductores de diligencias no tuvieron que pagar ya la “protección” de los famosos bandoleros; ni los viajeros necesitaban asegurarse con sus propias escoltas. Se acabó también con las sospechosas connivencias entre venteros y bandidos para desvalijar a los caminantes.

Poco a poco los tercios de la Guardia Civil van relevando a las antiguas partidas de seguridad. Los puestos y cuarteles de la Guardia Civil se instalan pronto en todos los pueblos y ciudades importantes, conviviendo con la vecindad.

En este sentido, la Guardia Civil representa sin duda uno de los pasos más importantes de España para avanzar desde el Antiguo Régimen a un país moderno. Inició el proceso de unificación del control de las diferentes fuerzas policiales del país para lograr estabilidad, al mismo tiempo que dotaba al gobierno civil de una herramienta para su defensa y la imposición de las decisiones que tomaba.

El mérito principal del duque de Ahumada, procedente de los moderados, y de su continuador, el progresista, Facundo Infante, fue haber sabido hacer de la Guardia Civil una institución nacional para resolver un problema nacional. Ni moderado, ni progresista, de todos y para el bienestar de todos. Por eso también arraigó, porque nada arraiga si no anida en la sociedad entera. Si la Guardia Civil se hubiera limitado a ser la expresión de un particularismo nunca hubiera triunfado. Por ese foco nacional, por esa institucionalización universalmente aceptada (salvo por los delincuentes, claro), por su continuidad de institucionalización históricamente aceptada:  por la revolución de 1868, por la Primera República, por la Restauración y el resto del siglo XX con sus múltiples avatares, alcanzó el éxito. Curiosamente, Franco consideraba a la Guardia civil responsable del fracaso de la insurrección en Madrid, Barcelona y Valencia, lo que le hizo barajar la posibilidad de disolver al cuerpo armado. Al final, en 1940 refuerza a la Guardia Civil con la incorporación a sus filas del Cuerpo de Carabineros y la adscripción de gran número de jefes y oficiales del Ejército especialmente en los Tercios de Costas y Fronteras cuyo objeto era la defensa frente al exterior.  En 1959, se crea la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil, En los años sesenta, el Servicio de Montaña, las actividades subacuáticas y la agrupación de helicópteros. En 1974, nace el Servicio de Desactivación de Explosivos, génesis de los modernos TEDAX y GEDEX. En 1988, se instaura el Servicio de Protección de la Naturaleza (SEPRONA). En 1991, surge el Servicio Marítimo de la Guardia Civil encargado de los delitos cometidos en el mar territorial, luchar contra el contrabando, pesca furtiva, protección del patrimonio histórico sumergido, control de la inmigración irregular, etc.

En el año 1988, por Real Decreto Ley, se regula la incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas, abriendo el camino para el ingreso de las mujeres en la Benemérita. Si bien, desde 1948, las mujeres ya prestaban algunos servicios a través de la figura de la matrona, que realizaban los registros sobre personas del mismo sexo en los controles aduaneros. Su reclutamiento se realizaba entre viudas y huérfanas del Cuerpo, se regían por su propio reglamento y no podían portar armas, aunque llevaban uniforme y no estaban sujetas a disciplina militar, ni eran funcionarias.

Con la aprobación de la Constitución de 1978, la Guardia Civil se adscribe a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado conservando su naturaleza militar, pero dejando de formar parte de las Fuerzas Armadas.

Con la Ley Orgánica 2/1986, de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de 13 de marzo, se define a la Guardia Civil como instituto armado de naturaleza militar, dependiente del Ministerio del Interior en lo referente a retribuciones, destinos, acuartelamientos, material y servicios, y del Ministerio de Defensa en el régimen de ascensos, situaciones del personal y naturaleza de las misiones de carácter militar.[3]

La Guardia Civil , se acreditó por su labor de servicio, por su doble función de defensa del orden,  y de ayuda social (calamidades públicas, epidemias, tráfico…) siempre dentro de la mayor lealtad al Estado.

La historia de la Guardia Civil es un reflejo de la Historia de España y, como en nuestra Historia, hay luces y sombras, pero las luces son mucho más luminosas que las sombras. Su tarea de honradez, sacrificio , sentido del deber y lealtad es encomiable, y con ella han alcanzado el cariño de la mayoría de la población.

BIBLIOGRAFÍA

Martínez Ruiz, E. “El bandolerismo español” .ED Libros la Catarata. 2020.

 

Martínez Ruiz, E. “Creación de la Guardia Civil”. Editora Nacional. 1977.

 

PALACIO ATARD. Vicente. “La España del Siglo XIX”. Espasa-Calpe. 1981.

 

Web de la Guardia Civil. https://www.guardiacivil.es/es/institucional/Conocenos/historiaguacivil/index.html

 

 

[1] El bandolerismo español. Martínez Ruiz, E.

[2] Página Web de la Guardia Civil.

[3] Web Guardía Civil

AGUSTINA DE ARAGÓN

Uno de los hechos más destacados de la resistencia española a la invasión napoleónica se dio en Zaragoza. Los sitios de Zaragoza son ejemplo de heroísmo, patriotismo y lucha sin cuartel contra un enemigo común y, representan, junto con el levantamiento del 2 de mayo en Madrid, la uno de los acontecimientos más destacables del principio del fin de Napoleón. A los acontecimientos de Zaragoza y Madrid  habrá que unir otros muchos hechos heroicos de aquella victoria como, por ejemplo, la resistencia de Gerona, Vitoria y otros lugares; la movilización patriótica del pueblo español, en las ciudades o en la guerrilla, el tambor del Bruch, el valor del ejército, como en Bailén, o el sentido institucional y jurídico de construcción nacional de las Juntas y el liberalismo reunido en Cádiz etc.

Como Señala Domínguez Ortiz, la Guerra de la Independencia fue la ocasión que tuvo España de demostrar que la unidad nacional forjada durante siglos había impregnado la conciencia de todos

En Zaragoza se produjeron dos asedios. La plaza era clave para garantizar las comunicaciones del noreste, el abastecimiento de las tropas francesas en Cataluña y controlar Aragón.

La ciudad se subleva a raíz del levantamiento madrileño del 2 de mayo, los franceses envían a su ejército a restablecer el orden. Las tropas francesas eran superiores en número, sin embargo, la ciudad, bajo el mando del general Palafox, resistió. Esto obligó a los franceses a retirarse en agosto, para volver a finales de año e iniciar el segundo sitio. De aquella resistencia el mariscal Lannes escribió a Napoleón: “Nunca he visto tal encarnizamiento. He visto mujeres que se dejan matar en la brecha”.

La ciudad diezmada por la guerra y las enfermedades capituló el 21 de febrero de 1809. Sin embargo, su brava resistencia fue inmortalizada en muy diversas maneras: música, literatura, pintura, escultura… Unas veces alabando el protagonismo colectivo de la resistencia: Galdós plasmó aquel acontecimiento en uno de sus Episodios Nacionales o en la literatura extranjera como en “Guerra y Paz” dónde León Tolstoi se hace referencia al sitio. Cabe recordar la música popular, las Jotas, que hablan de aquel acontecimiento: La Virgen del Pilar dice/Que no quiere ser francesa/Que quiere ser capitana/De la tropa aragonesa.

O aquella otra que canta: aquel que quiera saber / lo que Zaragoza vale / que pregunte a los franceses / que los franceses lo saben.

En marchas militares, por ejemplo, en el himno de la Academia General Militar de Zaragoza: 

«…Honor y Gloria para España/Zaragoza con sangre ganó/y en el solar Zaragozano/ mi alma el temple recibió…»

El cine también se ocupó de la heroicidad general de la ciudad, como en el film de 1903 de Segundo de Chomón, documentales, museos o nombres de calles en las ciudades recuerdan la gesta zaragozana.

Pero toda gesta se compone de héroes y en el caso que nos ocupa de una heroína destacada: Agustina de Aragón.

Realmente, Agustina de Aragón era catalana. Había nacido en Barcelona (algunas biografías dicen que en Reus) en 1786, de padres leridanos. De hecho, su nombre era Agustina Zaragoza Domenech, si bien en muchas biografías aparece su primer apellido en terminología catalana, es decir, Agustina Saragossa i Domènech.

A los 17 años se casa con el gerundense Joan Roca i Vilaseca, cabo segundo de artillería que había sido destinado temporalmente a Barcelona. Tuvieron un hijo y una vida apacible en la ciudad condal durante cinco años. Pero la invasión napoleónica traslada a Joan Roca a Zaragoza y Agustina sigue a su marido a la ciudad maña (existe cierta controversia sobre si fueron juntos o Roca se quedó luchando en Barcelona y envió a su mujer e hijo a Zaragoza por considerarlo lugar más seguro).

Los franceses bajo el mando del general Lefebvre comenzaron el ataque a la ciudad en junio de 1808.  Allí Francia reune un ejército de 14.000 soldados de infantería, más de mil de caballería, más de 20 cañones, morteros y obuses frente a escasamente 8.000 españoles. Se inicia el sitio el día 15 de junio y, después de sesenta y un días de heroica defensa, el general Verdier, que había sustituido a Lefevbre, lo levanta el 14 de agosto.

Los bombardeos habían comenzado en los primeros días de julio. Toda la ciudad se aprestó a la defensa, siendo los artilleros los que sobrellevaban buena parte del peso de la misma. Las mujeres se dedicaban especialmente a tareas de cuidado de la tropa y al suministro de munición y comida. En uno de los días de la campaña cuando se dirigía hacia el Portillo, según dejo escrito ella misma en unas notas de 1809, Agustina Zaragoza vio como los artilleros de la batería allí instalada habían caído muertos o heridos por una granada enemiga. Sin pensarlo dos veces, y ante la presencia de una columna enemiga que se acercaba para penetrar en la ciudad por aquel lugar, en mitad de una lucha encarnizada, en medio del polvo y el humo, cogió una mecha y, con la mayor intrepidez, empezó a descargar el cañón sin parar durante todo el ataque. Al tiempo que animaba a los españoles con los gritos de ¡Viva España! ¡Viva el Rey Fernando! Los franceses, sorprendidos, retrocedieron para protegerse del fuego propagado por Agustina, a la que en unos minutos vinieron a apoyar los miembros de otra batería, y así, entre todos consiguieron que el enemigo francés se retirara.

Aquel mismo día, conocidos los hechos e informado el general Palafox, la condecoró con el título de artillera y sueldo de seis reales diarios. Hasta el final del asedio, Agustina continuó sirviendo en la defensa, en aquella y en otras baterías, y por su heroico comportamiento Palafox le concedió los dos escudos de honor con los lemas “Defensora de Zaragoza” y “Recompensa del valor y patriotismo”.

También fue destacada su labor artillera en la defensa de la Puerta del Carmen y en el desalojo de los franceses del convento de la Trinidad desde el de la Misericordia, cuando, con riesgo de su vida, logró recuperar dos fusiles que los franceses habían quitado a los españoles.

Era el segundo sitio, entre el 30 de noviembre de 1808 y el 22 de febrero de 1809, la ciudad de Zaragoza fue escenario de la gran batalla que la hizo famosa. Fue más larga y dolorosa que las más encarnizadas del primer sitio. Llovían bombas, granadas (seis mil cayeron en una semana) y ni así se rindieron los bravos aragoneses. Hasta diez veces tuvieron que atacar la iglesia para que se rindieran sus defensores.

Los franceses habían aprendido algo del Primer Sitio. Precisaban cercar la ciudad desde ambos márgenes del Ebro para poder cortar las vías  de entrada de provisiones y refuerzos a través del Arrabal. En la madrugada del 26 de enero, con el mariscal Lannes al mando, cincuenta cañones pesados abrieron tres brechas entre Santa Engracia y el convento de Santa Mónica. Al día siguiente empezó el asalto a gran escala. Pero no fueron las bombas ni las bayonetas lo que rindió a los aragoneses, sino la peste. La peste que postró en cama a Palafox, que tumbó a Agustina, la cual aún quería seguir luchando a pesar de la carencia de fuerzas y de la fiebre. La peste, junto con el hambre, causaron la capitulación de Zaragoza el 23 de febrero de 1809.

Todavía enferma, y llevando con ella a su hijo, fue conducida con los demás prisioneros camino de Francia, falleciendo el niño al llegar a Ólvega (Soria), debido a la enfermedad, el cansancio del viaje y el hambre. Al llegar a Puente la Reina, Agustina consiguió escapar y llegar hasta Cervera del río Alhama, desde donde, una vez recuperada, pasó a Teruel. Allí la Junta le concedió pasaporte para el ejército, con el que se dirigió a Andalucía. En el Alcázar de Sevilla, el 30 de agosto de 1809, la Junta Suprema Central del Gobierno de España, en ausencia del Rey, prisionero en Francia, le concedió, en atención a sus méritos, el grado y sueldo de subteniente de artillería. La propia Agustina le había escrito al Rey contándole sus actuaciones en la Guerra:

“Agustina Zaragoza, por otro nombre la Artillera de Zaragoza se presenta á V. M. y con su mayor respeto espone: que a primeros de Junio de 1808 salió de Barcelona con dirección a la capital de Aragón, habiéndose encontrado de paso en la primera escaramuza que padecieron los Franceses desde Esparraguera al Bruch, de donde se retiraron a Barcelona, y pudo la Esponente continuar su viaje. Llega á Zaragoza cuando empieza á ser asaltada por los Franceses, y queriendo alternar con sus mayores defensores los Artilleros, los anima y exhorta a la firmeza; y empezó a hacer este oficio sirviendo tacos y otras provisiones[1]

Tras Andalucía, participó en la defensa de Tortosa, donde de nuevo fue hecha prisionera, y trasladada a Zaragoza. En 1813 se encuentra otra vez en combate, en esta ocasión en Vitoria, donde el general Pablo Morillo certificó también su heroísmo. Entre Tortosa y Vitoria se une a la guerrilla. Agustina se incorpora en la Mancha al grupo guerrillero capitaneado por Francisco Abad Moreno, a quien apodan el Chaleco. Colabora con audacia y entusiasmo a las acciones de la guerrilla.

Terminada la guerra, Agustina permaneció en Zaragoza. El 25 de agosto de 1814, el Rey Fernando VII le concedió, en premio, un aumento de cien reales de vellón mensuales, sobre el sueldo que le estaba señalado, y el privilegio de usar la Cruz de Distinción otorgada “a los Generales, jefes, oficiales y demás individuos que se hallaron en el primer sitio de la inmortal plaza de Zaragoza”.

En 1818 nace su segundo hijo, Juan. Su marido fallece en 1823 y, en 1824, Agustina se vuelve a casar. Esta vez el elegido es Juan Cobos Mesperuza, Barón de Cobos de Belchite, y médico almeriense con el que tiene una hija, Carlota que es autora de una biografía de su madre: “Historia de la heroína de Zaragoza”.

No parece que ninguno de sus matrimonios fuera muy feliz ni que la convivencia conyugal se extendiera durante toda la existencia del vínculo legal. Del segundo marido conocemos que era carlista y que esto provocó enormes desavenencias conyugales. De sus hijos sabemos que Juan estudió y ejerció la medicina en Sevilla y Carlota se casó con un militar que fue destinado a Ceuta. Allí se trasladó Agustina en 1853. En la ciudad norteafricana murió el 29 de mayo de 1857. Seguía teniendo la condición de miliar. Se la entierra en el cementerio de Santa Catalina de Ceuta. El 14 de junio del mismo año, el Ayuntamiento de Zaragoza comenzó las gestiones para trasladar sus restos a Zaragoza, cosa que acabó ocurriendo en 1870. Después de un funeral solemne en la catedral de Ceuta, la comitiva salió hacia Zaragoza, haciendo escalas en Cádiz, Sevilla y Madrid, ciudades en las que se le rindieron honores militares y se celebraron solemnes exequias, hasta que el 14 de junio los restos de la heroína llegaron a Zaragoza y quedaron depositados provisionalmente en la Basílica del Pilar.

El 26 de octubre de 1908, se inaugura un monumento a Agustina, obra de Mariano Benlliure  https://www.zaragozaturismo.info/visitar-en-zaragoza/plazas-y-estatuas/monumento-a-agustina-de-aragon/12/87/ , en la Plaza del Portillo y el 15 de junio de 1909, en un acto presidido por el rey Alfonso XIII, se trasladan definitivamente los restos de Agustina de Aragón, a la capilla de la Asunción de la Virgen en la iglesia de Nuestra Señora del Portillo.

Agustina de Aragón por su heroísmo se convirtió en un mito, retratada por autores diferentes desde Goya (https://www.pinterest.es/pin/314055773985665456/)  a Ferrer Dalmau (http://rafa-pardo-almudi.blogspot.com/2013/08/ferrer-dalmau-spanish-painter-of-battles.html ).

Fue protagonista de películas como la exacerbada historia de Juan de Orduña, donde la representó Aurora Bautista. Se han erigido estatuas con su persona y hasta algún político la ha tenido en sus discursos, como hizo Castelar para ensalzar a la mujer aragonesa.

Curiosamente, la historiografía catalana se ha olvidado de su figura, en un momento en el que una parte de los historiadores y políticos nacionalistas gustan de convertir en catalanes a todas las personas ilustres del mundo, desde Colon a Teresa de Jesús, se olvidan de reivindicar a una de las catalanas más célebres que ha dado la Historia de España; una de las que defendió con mayor bravura a la patria española. Quizá es esa defensa de España lo que ha hecho que en vez de reivindicarla los catalanes lo hayan hecho con gran fervor y agradecimiento los aragoneses y el resto de los españoles.

BIBLIOGRAFÍA

QUERALT, Pilar. “Agustina de Aragón: la mujer y el mito”. La esfera de los libros. 2008.

CASAMAYOR, Faustino, Diario de los Sitios de Zaragoza (1808-1809), Editorial Comuniter. 2000

MONTERO ALONSO, José. “Agustina de Aragón. Una mujer En la Guerra de la Independencia”. Ed Semana. 1965.

DOMINGUEZ ORTIZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Marcial Pons Historia. Vigésima edición, 2020.

[1] Carta escrita el 12 de agosto de 1809 y recogida en la documentación que aporta Montero Alonso en su obra: “la mujer en la guerra de independencia”.