HOLODOMOR

La muerte de Lenin cuando aún no se había cerrado por completo la institucionalización de la nueva rusia (URSS) provocó una serie de tensiones de cara a su sucesión. Será Stalin el que se consolide en el poder abriendo uno de los momentos de mayor terror en la dictadura soviética. El gobierno de Stalin abarcó desde 1922 hasta 1953, año de su muerte.

Fue una etapa de contrastes, entre la industrialización y el crecimiento económico- tampoco era difícil dado el nivel previo de postración económica- y el terror, que se manifestó en diversas purgas contra todos aquellos que se opusieran a su voluntad: opositores o población general.

Si ya Lenin había acabado con todo aquel que se opuso a su Revolución del 17, Stalin dio la puntilla a cualquier atisbo de contestación. No hubo sector de la sociedad que no sufriera persecución. Primero fue contra los campesinos y, posteriormente, contra los políticos que no gozaban de su confianza o le hacían sombra.

Hoy vamos a hablar de los primeros- los campesinos- pero dejaré un breve esbozo de la persecución política, para comprender la opresión a la que fueron sometidos los rusos durante aquella era del terror.

En el ámbito político, en 1934 empieza la represión conocida como “gran purga”. Este sanguinario periodo se inicia con el asesinato de Kirov, amigo de Stalin y miembro del politburó. Con amigos como Stalin, no hacía falta enemigos.

Durante este periodo, cientos de miles de miembros del partido Comunista soviético, socialistas, anarquistas y opositores a Stalin- reales o imaginarios- fueron perseguidos. Se realizaron juicios públicos (en 1936, “el proceso de los 16” y el año siguiente, conocido como año negro, “el proceso de los 17”, dirigido a perseguir fundamentalmente a Trotski y sus seguidores. En 1938, se produce el “proceso de los 21”, contra los que consideraban derechistas, entre los que seguían incluyendo a Trotski y también a traidores de todo orden: purgas entre los políticos, el ejército, el politburó, el Komitern e incluso entre los refugiados (antes de la firma del pacto Ribbentrop- Mólotov, la URSS ya colaboraba con la Gestapo para entregarles a comunistas alemanes, austriacos, o judíos de esas nacionalidades, refugiados en la URSS​). Se envió a cientos de miles de personas a campos de concentración (Gulag) y muchos fueron ejecutados.

Aclaremos que los gulags eran campos de concentración con trabajos forzados que contribuyeron a mejorar la economía del estado soviético a costa de los derechos humanos de los presos.

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La gran mayoría de estas detenciones fueron llevadas a cabo por el Comisariado del Pueblo para asuntos internos, también conocido como NKVD, dirigido sucesivamente por Iagoda, Ejov, y Beria. Más de 6 millones de personas sufrieron las persecuciones.

Pero antes que las purgas políticas, se produjeron los acontecimientos que dan título a esta entrada, la represión hacia los campesinos, o quizá fuera mejor hablar del genocidio cometido contra los campesinos de Ucrania, Kazajistán, el norte del Cáucaso, la región del Volga y Siberia occidental. De entre ellos, los ucranianos fueron perseguidos con gran saña, y todo por negarse al proceso de colectivización y a perder sus propiedades.

Realmente, las hambrunas campesinas se habían iniciado con Lenin en el poder. La sequía, las requisas y las subidas de impuestos habían creado una situación insostenible de hambre y miseria en el campo soviético que se extendió a las ciudades. Consecuencia de ello fue el aumento indiscriminado de suicidios entre los campesinos sobre todo ucranianos como solución a su penuria. Cuanta más hambre pasaban, menos se quejaban por falta de fuerzas, lo que fue constatado por Lenin que decidió no tomar ninguna solución. Al contrario, consideraba que el hambre era la forma más eficaz de acabar con la idea de Dios- el opio del pueblo- y que la Iglesia se derrumbaría igualmente. Sin embargo, Gorki y algunos otros, como Tijón y Trotski, lograron crear “ el comité social de lucha contra el hambre” en el que con ayuda precisamente de la Iglesia, de la Cruz Roja y de otras instituciones extranjeras intentaron paliar los efectos de las hambrunas. Se cree que salvaron a 25 millones de personas, pero la venganza de Lenin no se hizo esperar, disolvió el Comité y desterró a sus organizadores. Asimismo, saqueó todos los bienes de la Iglesia.

Los problemas productivos en la URSS no terminaron con la llegada de Stalin- aunque fue capaz, con el tiempo, de mejorar mucho la situación productiva y la industria-, pero la gran tragedia iba incorporada a su método de progreso.

Tras el primer plan quinquenal, Stalin y su gobierno habían proyectado los procesos de colectivización de la producción agrícola. Las zonas en las que la agricultura era esencial, con pequeños o medianos propietarios, entre otros, Georgia, Kazajistan o Ucrania. Resultando estas dos últimas especialmente afectadas.

Ha sido Ucrania, hoy sometida a una terrible guerra por la ambición de Putin, la que más ha demandado aquellos hechos como gran tragedia nacional. Como un auténtico genocidio. De ahí que se suela conocer aquellos hechos como “holodomor” (literalmente, en ucraniano, “muerte por hambruna”) que tuvo lugar entre 1932 y 1933 y que causó millones de muertos.

Aunque la historiografía ha dado cifras diversas sobre el número de fallecidos, actualmente tras el estudio llevado a cabo por Anne Applebaum y publicado en 2021 en su libro “Hambruna roja: la Guerra de Stalin contra Ucrania” , es mayoritariamente aceptado el dato de que fallecieron de hambre algo más de 4 millones de personas en Ucrania a lo que hay que unir dos millones más de muertos en Kazajistán, el norte del Cáucaso, la región del Volga y Siberia occidental. En Kazajistán se sometió a los pastores nómadas, para que abandonaran la ganadería extensiva tradicional y se sedentarizaran, creando granjas ganaderas intensivas. Le costó la vida a un millón de personas (proporcionalmente muchas más víctimas que en Ucrania u otros lugares, dada la escasa población de Kazajstán).

Como la misma Applebaum señala en la introducción de su libro: “La desastrosa decisión de la Unión Soviética de forzar a los campesinos a renunciar a sus tierras y a unirse a las granjas colectivas; el desahucio de los ‘kulaks’, los campesinos ricos, de sus hogares; el caos que siguió; todas estas políticas, en última instancia responsabilidad de Josef Stalin, secretario general del Partido Comunista Soviético, habían conducido al país al límite del hambre”.

Evidentemente, no es el primer estudio historiográfico que se ocupa del tema, pero mientras sobrevivió la URSS, los historiadores que investigaron en Occidente sobre las hambrunas fueron desacreditados. Durante muchos años la izquierda europea quería apoyar el proyecto soviético, lo necesitaba e incluso la URSS les pagaba o engañaba para que contaran la versión soviética. A modo de ejemplo, el antiguo primer ministro de Francia y líder del Partido Radical, Édouard Herriot, viajó a Ucrania en 1933 para conocer de primera mano la situación, pero lógicamente las autoridades soviéticas le hicieron visitar granjas donde había comida en abundancia. Sorprendido por el resultado de la visita, sus palabras fueron: «¡Pues bien, afirmo que he visto al país como un jardín a pleno rendimiento!». Gran Bretaña, Estados Unidos y la Sociedad de Naciones adoptaron la misma postura que Francia. Necesitaban a la URSS en el bando aliado. Tan sólo unos periodistas italianos y curiosamente alguno soviético hicieron lo posible por denunciar los hechos. Los italianos tuvieron que esperar a la muerte de Mussolini, pues el pacto entre Hitler y Rusia, también le hacía sentir al dictador italiano favorable a Stalin. El soviético, Vasili Grossman, tenía ascendencia judía y fue corresponsal de guerra del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial. Pero incapaz de justificar las barbaridades las denunció en cuanto le fue posible hacerlo. En su libro “Todo fluye”, Grossman se pregunta: “¿Quién firmó aquel asesinato en masa? Una orden así no la había firmado nunca el zar, ni los tártaros, ni los ocupantes alemanes. Una orden que decía: matar de hambre a los campesinos de Ucrania, del Don, de Kuban, matarlos a ellos y a sus hijos”.

Como hemos dicho, todo empezó tras el primer plan quinquenal, el cual tenía como objetivo levantar la industria pesada soviética a costa de la venta de la cosecha de trigo y de una importante reforma agraria. Para esto se forzó a las zonas agrícolas a realizar los cambios establecidos desde Moscú, especialmente la colectivización de las propiedades de las granjas, que pasaban de los campesinos al Estado.

Este proceso generó un fuerte conflicto entre los kulaks y el sistema soviético. “Kulak” es una palabra rusa cuya primera acepción es “puño”, pero que se usaba para designar a los campesinos acomodados. No a los terratenientes aristócratas, propietarios absentistas, sino al campesino arraigado en una aldea al que su capacidad y afán de trabajo le habían permitido tener algo más de tierras que la media, contratar algún bracero, poseer mejores aperos, etc. Los comunistas nunca los habían visto con simpatía y desde 1929 se lanzaron a una feroz campaña para liquidarlos. Pero no fueron los únicos con problemas, otros granjeros de menor entidad también considerados como “enemigos de clase”. Ilia Ehrenburg, historiador pro soviético, ha escrito que “ninguno de ellos era culpable de nada, pero pertenecía a una clase que era culpable de todo». Una siniestra lógica de la lucha de clases se usó para justificar que dos millones de “kulaks” fueran deportados a Siberia y Asia Central a partir de 1930.

Curiosamente, 1931 fue un año de una excelente cosecha, pero la requisa que se hizo del grano empezó a provocar hambre en las zonas agrícolas, afianzada en los años siguientes. El control estatal de las cosechas lo único que consiguió fue la disminución de la producción al acabar con los campesinos más emprendedores.

En apenas unos meses, a comienzos de la primavera de 1932, los campesinos comenzaron a morir de hambre. Algunos documentos encontrados por Applebaum (hay que recordar que Ucrania, antes de la actual guerra, ya había abierto sus archivos oficiales para que se pudieran estudiar estos acontecimientos) pone ejemplos espeluznantes, sobre familias comiendo hierba, cortezas de árboles, casos de canibalismo (ahora que las películas sobre accidentes aéreos nos traen ejemplos de lo mismo, deberían los cineastas acordarse de los campesinos en la URSS), migraciones masivas para encontrar algo que echarse a la boca y de cadáveres a la intemperie en las calles de Odessa porque nadie tenía fuerzas para enterrarlos.

Los propios campesinos ucranianos en la primavera de 1932 se dirigieron por carta al “ padrecito Stalin” en estos términos:

«Honorable camarada Stalin, ¿hay alguna ley del Gobierno soviético que establezca que los aldeanos deban pasar hambre? ¿Porque nosotros, los trabajadores de las granjas colectivas, no hemos tenido una rebanada de pan en nuestra granja desde el 1 de enero? ¿Cómo vamos a construir la economía del pueblo socialista si estamos condenados a morir de hambre? ¿Para qué caímos en el frente de batalla? ¿Para pasar hambre? ¿Para ver a nuestros hijos sufrir y morir de inanición?».

Lejos de socorrer a los hambrientos campesinos, Stalin aprobó, el 7 de agosto de 1932, la conocida como “Ley de las tres espigas”, que imponía penas durísimas en el gulag para aquellos que robasen cualquier propiedad estatal, lo que en la práctica incluía a aquellos que reservaban un poco de comida para el consumo personal. Tomó la decisión de endurecer las condiciones en Ucrania, bloqueando las fronteras de la región, para que la gente no pudiera salir y creando unas brigadas, formadas por el ejército y miembros del NKVD, que iban de casa en casa confiscando la comida de los campesinos.

A pesar de aquellas medidas, los robos fruto de la desesperación fueron tan elevados que las autoridades crearon tribunales para dictar penas de muerte a los saqueadores. Se ejecutó a 5.400, campesinos y fueron trasladados, después de someterlos a horribles torturas – como si el hambre no fuera bastante-, a los gulags de Siberia unos 125.000.

Esta obsesión de Stalin con los campesinos ucranianos se debía al miedo que tenía a la contrarrevolución. No se le había olvidado el papel esencial que los campesinos ucranianos habían tenido en la guerra civil de 1918-1921. Temía al nacionalismo ucraniano y que eso desestabilizara a la frágil unidad de las repúblicas soviéticas. De ahí que su programa colectivizador tuviera una doble finalidad: por una parte, pretendía eliminar físicamente a los campesinos que se resistían a las colectivizaciones forzosas de sus tierras, y, por otra, reprimir cualquier síntoma de rebrote del nacionalismo ucraniano que se definía como proeuropeo y anti moscovita (es decir, anti soviético).

Se conserva una carta de Stalin en la que decía “hoy en día, la principal cuestión es Ucrania, ya que el Partido, el Estado y los órganos de la policía política de la república están infestados de agentes nacionalistas y espías polacos, por lo que corremos el riesgo de perder Ucrania, una Ucrania que es necesario transformar en una fortaleza bolchevique”. Así pues, las decisiones estalinistas estaban encaminadas a eliminar a esos enemigos “nacionalistas y burgueses” que acechaban en cada rincón.

La situación se hizo tan clamorosamente injusta, que, aunque se intentó ocultar, el conocimiento del genocidio se extendía por la URSS. La segunda mujer de Stalin, pidió conocer la situación de primera mano. Los ucranianos le contaron como el hambre les ardía en las entrañas, como el hambre, en un primer momento, les hacía salir a buscar comida, pero la ausencia de alimento, les obligaba a regresar a casa. Sin fuerzas y sin esperanza, se tumbaban en la cama, y ya no se podían mover hasta que morían. También le contaron las detenciones, las torturas y los fusilamientos arbitrarios ordenados por el ejército. Tras ver la espeluznante situación pidió a su marido que reconsiderase su política en Ucrania.

Aquella visión, unida a los rumores continuos de infidelidad de Stalin, la llevaron al suicidio.

A inicios de 1934, el “holodomor” finalizó en toda Ucrania, Kazajastán y el norte del Cáucaso. El resultado fue que alrededor 7 millones de personas murieron de inanición en las zonas perseguidas, y hasta un total de 40 millones de seres humanos en toda la Unión Soviética se vieron afectadas por la hambruna. Para muchos historiadores, el “holodomor” que tuvo lugar entre 1932 y 1934, fue el mayor crimen cometido en época de Stalin y de toda la historia de la Unión Soviética, constituyendo una de las mayores tragedias humanitarias del siglo XX.

Es innegable que los fantasmas soviéticos siguen presentes en la rusia actual, sea contra Ucrania, sea contra los opositores políticos.

 

BIBLIOGRAFÍA

APPLEBAUM, Anne, “Hambruna Roja: La Guerra de Stalin Contra Ucrania”. Ed Debate. 2021.

GROSSMAN, Vasili.- “Todo fluye”. Galaxia Gutenberg. (reeditado en 2023).

 

 

 

 

 

La guerra de Crimea

En estos días de escalada de tensión en Ucrania recordamos un acontecimiento que está en los orígenes de la anexión de la península de Crimea y la ocupación de la región de Donbás en 2014, y del intento de invasión de Ucrania de estos días por parte de Rusia, y que no es otro que la guerra de Crimea a mediados del S XIX (1853-1854).

En relaciones internacionales, los países no tienen amigos o enemigos, tienen intereses. Tal circunstancia, la vemos hoy en el seno de la OTAN dónde Alemania parece mostrarse más favorable a Rusia que otras naciones de la Alianza Atlántica. Pero esos intereses nacionales, suelen presentar unas constantes en la Historia de cada país que marcan el devenir de algunos acontecimientos. Gran Bretaña, por ejemplo, siempre ha buscado acuerdos comerciales o pertenecer a instituciones que favorezcan sus necesidades mercantiles, pero sin perder un ápice de su soberanía. Lo hemos visto en el Brexit.

Rusia desde antiguo ha jugado a gran potencia en función de la amplitud de su territorio. Ha buscado alcanzar el mismo estatus que otras potencias europeas en razón a su extensión, de ahí su expansionismo constante, con un objetivo añadido: lograr una salida a mares de aguas cálidas. Muchos dirán que los intereses de la Rusia zarista eran muy diferentes a los de la Rusia soviética, pero si lo analizan bien verán que no hay tanta distancia. Cambiaban algunas ideas, pero, siempre, buscando doblegar a occidente bajo el mandato ruso, bien de manera directa apabullando con su territorio y posición en los acuerdos internacionales, bien por el apoyo a los partidos comunistas de occidente en el caso soviético.

Putin es un gran nacionalista, con tendencias autoritarias de gobierno que en el fondo bebe de los dos grandes regímenes anteriores. Hay que recordar que el líder ruso ha proclamado «obsoleta» la democracia liberal y que considera la ruptura de la URSS como «la mayor catástrofe geopolítica del siglo».  Sin una opinión pública que lo disturbe, ha logrado por medio de injerencias tecnológicas desestabilizar occidente – Brexit, Cataluña (con la promesa de los nacionalistas catalanes de dejarle dirigir el puerto de Barcelona. ¡Qué más podía satisfacer a los rusos!)-, con el control del gas intenta someter la voluntad de las sociedades occidentales a las que previamente contribuyó a modelar financiando las políticas verdes, a través del apoyo a los partidos de extrema izquierda, para que desecharan aquellos medios energéticos que podían hacerle sombra: energía nuclear. Pretende alianzas con Asia para dominar el comercio mundial en aquella zona, la cual presenta un crecimiento económico mucho mayor que la vieja Europa, de ahí que Gran Bretaña no haya dudado en ponerse del lado ucraniano, lo mismo que EE.UU. Putin quiere someter a su voluntad directa o indirecta las zonas limítrofes con su frontera buscando la protección directa de su territorio y un indirecto poder en la expansión territorial. Este admirador del zar Alejandro III, tiene obsesión con mantenerse en el poder rusificando o neutralizando las antiguas repúblicas soviéticas. Ve desorientado a Occidente y con tanques, ataques informáticos, financiación a las izquierdas y propaganda prepara las maniobras para alejar a la OTAN de su centro de poder, controlando Europa oriental y Asia central. Lo de siempre.

Su posición no dista tanto de las de los zares en la Guerra de Crimea de 1853-54 como veremos. Por eso no voy a contar las múltiples batallas de aquel encuentro bélico, aunque las repase por encima, sino sus antecedentes y consecuencias.

En 1815, tras la derrota de Napoleón, se organiza el congreso de Viena y, consiguientemente, se firman una serie de tratados cuya finalidad era restablecer las fronteras de Europa y restaurar el absolutismo propio del Antiguo Régimen. Es decir, su intención era retrotraer a Europa a la situación anterior a la Revolución francesa (1789) y acabar con los movimientos revolucionarios. Del Congreso de Viena devienen diferentes acuerdos. Destacamos en primer lugar, la Santa Alianza; acuerdo tripartito entre Austria, Rusia y Prusia, en el que invocando los principios cristianos buscaban contener el liberalismo revolucionario francés y sus secuelas en Europa. Para ello se conjuraron para intervenir donde fuera necesario para defender la legitimidad monárquica y los principios del absolutismo. Recordemos que estamos ante una Europa con pocos Estado-Nación y un conglomerado de pequeños “estaditos” que comprendían fragmentos de naciones dispersas por el mapa de Europa, en muchos casos, unidos de manera más o menos directa a los tres grandes imperios: el austriaco (o de los Habsburgo), el ruso (o de los Romanov) y el otomano. La llamada a la dinastía en vez de a la nación ya demuestra lo trasnochado de sus planteamientos.

Posteriormente, en el mismo año, se formaliza la Cuádruple Alianza, en el que además de los firmantes de la Santa Alianza fue suscrito por Gran Bretaña. Se firmó como un pacto de seguridad contra Francia, aunque en la práctica se amplió para evitar una nueva guerra europea. Lo más novedoso de su contenido fue su artículo sexto que promovía la celebración de conferencias para llegar a acuerdos sobre los asuntos europeos. ​ En 1818, en el congreso de Aquisgrán, Francia se unió a los acuerdos de la Cuádruple, pasando a denominarse Quíntuple Alianza.

De esta forma, surge la llamada Europa de los Congresos, que se desarrollan entre 1818 y 1822, y donde se discuten las medidas a tomar frente a las inquietudes y desórdenes de carácter liberal o nacionalista. Lo que permitió a Austria intervenir en Italia (Congreso de Laibach- 1821-) y, en el de Verona de 1822, se aprueba la llegada a España de los cien mil hijos de san Luis, y la restauración absolutista de Fernando VII.

La aversión del gobierno británico a las políticas reaccionarias dio lugar a que la alianza cayera en la inoperancia después de mediados de la década de 1820. Sin embargo, fue Rusia la que desde el primer momento realizó operaciones que socavarían aquellos acuerdos buscando ensanchar su territorio y hallar una salida al Mediterráneo.

Las revoluciones de 1830 y 1848 contribuyeron a encender los ánimos en Europa, sobre todo en Francia, contra el sofocante poder ruso. Pero también en otros lugares. No hay que olvidar que poco antes de los acontecimientos de Crimea, Rusia había reprimido una revolución en Hungría y había mediado en el enfrentamiento entre Austria y Prusia.

La guerra de Crimea será el detonante que lamine aquellos acuerdos por mor del interés de Francia en recuperar su condición de gran potencia; de Gran Bretaña por defender sus pasos comerciales y sus intereses económicos en oriente amenazados por Rusia; de los nacionalismos europeos de hacerse presentes, y de Rusia por buscar su expansión territorial.

No era la primera vez que Rusia atacaba a Turquía, casi cada generación había tenido una guerra ruso-turca, la anterior a la que señalamos hoy fue la de 1828-1829 en la que Rusia defendió la independencia recientemente conquistada por Grecia…y aprovecho para anexionarse la orilla izquierda del Danubio.

Las excusas para el inicio de los enfrentamientos fueron variadas, sobre todo, Rusia se justifica en la defensa de los cristianos a los que los musulmanes otomanos maltrataban en aquel imperio. Francia se erigió en el defensor de los monjes católicos en Tierra Santa frente a los ortodoxos que eran defendidos por Rusia. Los ortodoxos eran mayoritarios entre los cristianos de Turquía y, entre éstos, el grueso, eran rusos. Destacaban por su gran fanatismo, que la opinión pública francesa y, sobre todo, inglesa tildó de bestial. Los propios ingleses tenían más simpatía por la flexibilidad de los mahometanos del sultán Abdülmecit I que se habían mostrado más tolerantes que los “bárbaros asiáticos” ortodoxos, a decir de los periódicos británicos. Para muchos rusos en ese momento ser ortodoxo implicaba ser ruso de pleno derecho, y, de igual forma, si uno no era ortodoxo, no era un verdadero ruso.

Francia fue durante siglos el principal pueblo occidental en el cercano oriente. Habían defendido a los cristianos, financiado al Sultán y ya hablaban con él sobre la construcción del canal de Suez. Las declaraciones en favor de los cristianos en Turquía las hizo el zar Nicolás en la primavera de 1853. En principio, como defensa de aquellos cristianos, el zar hizo ocupar los principados danubianos de Moldavia y Valaquia. El fin último de los rusos era tomar Constantinopla, la ansiada puerta al Mediterráneo. Esto suponía una amenaza sobre todo para Austria. Austria intentó mediar, por miedo a que un enfrentamiento con Rusia le llevara a una revolución interna y también en sus posesiones italianas, dónde el reino de Cerdeña ya daba muestras de demasiada actividad. La mediación fracasó. En octubre de 1853, los turcos declararon la guerra a Rusia, y franceses e ingleses se aliaron en favor de los turcos. A los occidentales se unió el pequeño reino de Cerdeña. La pretensión de los sardos era plantear el problema italiano en la conferencia de paz.

Los rusos contaban con que los eslavos del imperio otomano, tras la toma de Moldavia y Valaquia, se sublevaran, pero no fue así. Rusia y Turquía contaban con ejércitos poderosos en el número de efectivos -los turcos apoyados por contingentes egipcios y tunecinos-, pero sus tácticas y armamento estaban obsoletos. Los mejores ejércitos de entonces eran los británicos y sobre todo el francés- el ejército más moderno del momento, con tácticas más actuales, oficiales preparados y soldados bien pertrechados-.

Las naciones occidentales exigieron a Rusia la evacuación de los territorios del Danubio. Pero no hubo respuesta, sino un enfrentamiento abierto entre rusos y turcos. Tras la derrota turca en la Batalla de Sinope, se cerró una alianza entre Inglaterra y Francia, la primera en muchísimos años. Declararon la guerra a Rusia, marzo de 1854, y mandaron sus barcos al mar Negro. Bombardearon el puerto comercial de Odesa y dejaron sin una de las mayores vías de suministros a los rusos. La flota británica bloqueó con éxito a la rusa en sus salidas al mar Báltico y al mar Negro. Los occidentales invadieron territorio ruso desembarcando en Crimea. La guerra en el báltico y en pacífico tuvo una importancia menor y sus enfrentamientos fueron poco decisivos.

Una guerra de dos potencias europeas contra Rusia nunca había existido y podía haber alcanzado una dimensión mundial. Pero la muerte del zar Nicolás en medio de aquella contienda y la neutralidad de las potencias centro europeas – Prusia porque no tenía nada que ganar y Austria porque tenía mucho que perder-, limitaron el conflicto esencialmente al mar Muerto y la península de Crimea.

A pesar de ello, la diplomacia austríaca jugó un papel determinante al movilizar su ejército en Galitzia y obligar a los rusos mediante un ultimátum a evacuar los principados danubianos. A los cuatro meses del comienzo de las hostilidades, la ocupación de Rumanía quedó liquidada.

Pero la guerra no terminó ahí. Británicos y franceses querían acabar con el poder ruso, por ese motivo desembarcaron sus tropas en Crimea el 14 de septiembre de 1854.

El principio del fin ruso en esta contienda lo marca la batalla del río Alma. La victoria aliada encaminó a sus soldados a la toma de Sebastopol. Sin embargo, los aliados no se pusieron de acuerdo en el sistema a emplear, hasta que triunfó la tesis francesa de asediar la ciudad.

La esperanza inicial de una victoria rápida se vio frustrada por la encarnizada resistencia de los defensores, lo que dio lugar a una guerra de trincheras. Allí, el frío, el hambre y las enfermedades causaron decenas de miles de víctimas y más muertos que los propios combates.

Los aliados para aprovisionarse de forma adecuada tomaron los puertos de Kamiesh (parte de Sebastopol hoy en día) y Balaclava, donde se asentaron los ingleses. Pronto Rusia intervino contra ellos. A finales de 1854, tiene lugar la batalla de Balaclava, donde se produce la famosa Carga de la Brigada ligera.

La Brigada ligera, dirigida por Lord Cardigan, se componía de dragones, lanceros (al frente) y húsares (en la retaguardia). Su misión era cargar contra los antiguos reductos de la caballería de los cosacos que habían vuelto a los cuarteles contando con el apoyo de la infantería; pero la caballería británica no veía sus objetivos por el accidentado terreno y llegaron a estar 45 minutos esperando órdenes “coherentes”. Finalmente, y con la insistencia del miembro de estado mayor Louis Nolan, cargaron, pero en dirección equivocada. Se dirigieron contra el centro de la artillería rusa que contaba con 12 cañones, mientras recibían, además, proyectiles del norte y sur desde las colinas donde los rusos estaban posicionados. Sin embargo, convirtieron en éxito el error. Aquel 25 de octubre de 1854, consiguieron arrollar a los cañones rusos y ahuyentar una caballería cosaca, cinco veces superior. El número de muertos y heridos fue enorme. Pero la victoria lo fue también y la heroicidad se recuerda hoy en numerosos poemas: “¿Cómo podría palidecer su gloria? ¡Oh, la salvaje carga que hicieron!” (Tennyson), también Kipling escribió sobre ellos. Aparecen en novelas históricas y en el cine. La más conocida película es “La carga de la Brigada Ligera” de 1936, dirigida por Michael Curtiz con Errol Flynn, Olivia de Havilland y David Niven en los principales papeles, y con cuyas imágenes se creó el video oficial de la canción The Trooper de Iron Maiden, dedicada a aquel acontecimiento https://www.youtube.com/watch?v=X4bgXH3sJ2Q ). Quizá esta fue la última gran batalla de la historia de la caballería. Pero, aunque los rusos hablen de resultado incierto en aquel combate, la verdad es que Balaclava y la brigada ligera lograron que se cerrara el sitio sobre Sebastopol.

Tras ella, los rusos trataron varias veces de romper el cerco, pero fueron derrotados. Así se escriben las batallas de Inkermán y Chernaia. Finalmente, la llegada de refuerzos y el agotamiento de los defensores permitió a los franceses tomar el bastión de Malakoff, lo cual obligó a los rusos a evacuar Sebastopol el 9 de septiembre de 1855. Habían pasado 11 largos meses de asedio. Poco después cae Kars y acaba la guerra con la batalla del mar de Azov. Rusia se ve obligada a pedir la paz, aceptando firmar el Tratado de París, el 30 de marzo de 1856.

Como epilogo cabe señalar que Crimea fue la última guerra antigua y la primera moderna. Las tácticas de combate de los ingleses o el armamento de los rusos eran como en el siglo XVIII, pero se usaron nuevas armas mucho más mortíferas, como la artillería de sitio de gran calibre y los fusiles rayados de los aliados. Sobre todo, se recuerda por la aparición por primera vez en el campo de batalla de médicos, como el gran Nikolái Pirogov en el frente ruso, y enfermeras, como el contingente dirigido por la heroica inglesa Florence Nightingale, precursora de la enfermería profesional contemporánea y creadora del primer modelo conceptual de enfermería que en Crimea dio unos brillantes resultados entre los aliados.

No menos destacada fue la importantísima presencia de periodistas y fotógrafos, y aunque las fotos son retratos posados que no transmiten la crudeza de la guerra, las crónicas de los corresponsales sí lo hicieron, y en Inglaterra tuvieron tal impacto en la opinión pública que causaron la caída del gobierno. Los tabloides ingleses dirigieron la voluntad de las masas obligando a los políticos a seguir las demandas populares. De ahí vendría la confrontación entre dos políticos de distinto signo, Aberdeen y Palmerston, consiguiendo el segundo ser tomado por los periódicos como la voz del pueblo inglés e imponer su opinión intervencionista en materia bélica, haciendo caer al gobierno de Aberdeen por los errores cometidos durante la contienda.

Consecuencias de la Guerra de Crimea fueron:

  • En las condiciones de paz se formalizó la libertad de navegación por el Danubio, la neutralización y desmilitarización del mar Negro. La protección del zar para los cristianos en el Imperio Otomano. Sebastopol sería desmantelado, pero Rusia ganaba territorios en el Cáucaso a costa de Turquía.
  • Supuso el fin del orden nacido del Congreso de Viena de 1815. Los nacionalismos sofocados y adormecidos hasta ahora vieron su resurgir. Así en el propio acuerdo de paz de Paris ya se preveía la independencia para los principados otomanos de Moldavia y Valaquia (unidas como Rumanía) que se constituyeron en un principado autónomo en 1858. El movimiento nacional italiano recibió un impulso a partir de 1857 y lo mismo sucedió con el alemán. Los griegos que formaban la mayor parte de la población de Creta se sublevaron contra los turcos. Las afirmaciones nacionales polacas se iniciaron y manifestaron especialmente a partir de 1863.
  • A pesar de que el movimiento defensivo austriaco fue decisivo para el signo final de la contienda, la gratitud no se da mucho en las Relaciones Internacionales y los intereses austríacos se veían mejor defendidos, en su anacronismo por el momento histórico en que se desarrollaron, con una Rusia fuerte que debilitada. La Guerra de Crimea debilitó a Rusia y a Austria (que fue derrotada por Prusia en 1866).
  • Rusia buscó modernizar el país con las reformas aplicadas por el nuevo zar, Alejandro II. Entre ellas, la abolición de la servidumbre y cambios en la estructura, reclutamiento y entrenamiento del ejército, pero pronto se vieron socavados estos intentos.
  • El apuntalamiento del Imperio otomano tampoco sirvió de fortalecimiento, sino que estuvo bailando en un equilibrio precario, como pondría en evidencia la guerra ruso-turca de 1877-78.
  • Aquel triple debilitamiento de los grandes imperios europeos (Romanov, Habsburgo y otomano) está en los orígenes de la I Guerra Mundial.
  • El resurgimiento de Francia como potencia, tras el ciclo de las revoluciones francesas de 1789, 1830 y 1848. Este era precisamente el proyecto del emperador Napoleón III (1852-70), que ordenó intervenciones militares en China, el Sudeste asiático, México, Senegal y África del Norte.

En España la guerra tuvo trascendencia, aunque en aquel conflicto nuestro país era un aliado menor. España vivió a mitad de siglo un “boom” económico reseñable. Elementos como el Canal de Castilla se finalizaron en 1849 (atravesando media Castilla y León) y los ferrocarriles comenzaron su construcción en 1851. Ello no sólo permitió el nacimiento de un mercado nacional realmente integrado (cosa antes imposible por el encarecimiento del trigo a causa del transporte), sino que llegó incluso a abrir el mercado internacional al comercio cerealista español. Aquel despegue económico coincidió con la Guerra de Crimea. Hay que tener en cuenta que el “granero de Europa” era Ucrania, que surtía a medio occidente; con el conflicto quedó bloqueado y su mercado cerrado. España se vio beneficiada por aquello y en la alegría popular por la prosperidad inesperada se hizo famosa la frase “¡Agua, sol y guerra en Sebastopol!”. Pero la mala estructura del mercado interno y la peor planificación dieron lugar a que la masiva exportación de cereales dejara sin subsistencias al mercado nacional por lo que se produjeron motines internos.

Además, la guerra finalizó y aquella expansión agraria e industrial derivó en una crisis de sobreproducción, disminuyendo los precios, cayendo la exportación, y llegando a abandonarse hasta un tercio de las tierras aradas. La misma bonanza se vio truncada con exportaciones americanas más baratas. Como consecuencia, la población rural española se vio obligada a emigrar.

BIBLIOGRAFÍA

PALMER, R y COLTON, J. “Historia contemporánea” Ed. AKAL. 1980.

RENOUVIN, Pierre. “Historia de las Relaciones Internacionales. Siglos XIX y XX”. Ed Akal. 1982.

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