Este año se cumplen 450 años de la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), considerada la mayor batalla naval de la Historia, y de una trascendencia enorme en la Historia de la humanidad. Si el mundo lo conocemos como es, en gran parte, se lo debemos a Lepanto. Goethe llamaba a la Historia “Misterioso taller de Dios” y en ese taller los momentos realmente trascendentes no son tantos. Hoy estamos ante uno de ellos.
En España, esta batalla se recuerda más por Cervantes, que participó y fue herido en la misma (el manco de Lepanto), que por la batalla en sí. Cervantes perdió la movilidad del brazo, que no el brazo, y a pesar de ello, orgulloso como estaba de aquella lucha, comprendiendo lo importantísimo de aquella victoria, definió la batalla como “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.
En los antecedentes históricos debemos destacar algunos personajes destacados y algunos acontecimientos que condujeron a la batalla definitiva.
Europa estaba dominada por los Habsburgo tanto en el Imperio español de Felipe II como en el Sacro Impero Romano-germánico. Era la época de la contrarreforma frente a los protestantes que ya vimos en parte cuando hablamos de Carlos I en este blog: https://algodehistoria.home.blog/2019/06/21/carlos-i-de-1517-a-1522-4/
Por tanto, Europa estaba dividida entre católicos y protestantes. A esos enfrentamientos se unía el peligro que representaban los musulmanes y, más en concreto, los turcos. Durante el siglo XVI los otomanos habían conquistado los territorios que formaron en el pasado parte del Imperio Bizantino y su pretensión se centraba en alcanzar el control total del mar Mediterráneo y los territorios aledaños. En aquel momento de formación de los Estados Nación, la idea de enfrentarse al Imperio español y al dominio español de Europa y del mundo era más importante para las naciones protestantes que la defensa de la cristiandad. Por eso Gran Bretaña y, muy especialmente, Francia consideraban al turco un buen aliado que podía debilitar a España y a Felipe II. Tan es así que los turcos pretendían expansionarse gracias a la base que los franceses de Francisco I les habían dejado en Tolón. Con estos apoyos atacaron en diversas ocasiones las posesiones españolas en el norte de África, Sicilia y sur peninsular de Italia. A eso hay que unir, los levantamientos moriscos dentro de la península ibérica a lo largo del Siglo XVI, como el de las Alpujarras en 1501, Valencia en 1525 o la más destacada y cercana a los acontecimientos que narramos, de nuevo en Granada y de nuevo en las Alpujarras en 1568.
Felipe II comprendió que militarmente no podía aceptar esa presencia turca pues le creaba problemas dentro y fuera de sus fronteras. Por tanto, se imponía el dominio del mar Mediterráneo, atestado de piratas turcos, que no sólo perjudicaban a sus dominios, sino que limitaban el comercio. Ya en los siglos XV-XVI, el Mediterráneo se erige en distribuidor del flujo humano y comercial entre el occidente dominado por los europeos (emporio renacentista, textil lanero y metalúrgico), el extremo oriental controlado por los turcos (que canalizaba la Ruta de la Seda oriental y el tráfico suntuario de porcelana), el África del Norte (donde confluía el oro subsahariano con las caravanas de esclavos negros), y el Océano Índico conectado a través del Mar Rojo y el Estrecho de Ormuz, disputado por árabes y portugueses (clave para el tráfico de especias y también de textiles, sobre todo, alfombras y tapices persas).
El mayor afectado por el pirateo del comercio marítimo en el Mare Nostrum era Venecia. El Dux, no estaba por la labor de enfrentarse al turco, más bien era partidario de sobornar a sus piratas para que le dejaran comerciar. A pesar de ello y con gran visión, pagaba a los turcos con una mano y con la otra se preparaba para la guerra.
Pero quien realmente se daba cuenta de la importancia de acabar con los turcos era el Papa. Pio V, San Pío V sabía que lo que se jugaba en aquella partida no era sólo el dominio del mar sino la idea misma de la cristiandad y la concepción del mundo occidental tal y como se conocía. Por ello, impulsa la bula de cruzada para formar una Liga Santa y hacer frente a los protestantes y a los musulmanes. Como vimos en la construcción de los estados pontificios, los papas tenían una fuerza militar menor y en aquellos tiempos eran las tropas de los países católicos, las de España esencialmente, las que defendían al papado y la cristiandad. https://algodehistoria.home.blog/2021/04/23/los-estados-pontificios/
Al principio nadie parecía tener mucho interés en participar en esta Liga Santa. La excusa llegó de la mano de la invasión de Chipre por parte de los turcos. Unos años antes de Lepanto, los otomanos asediaron la entonces veneciana Malta (1564), pero en 1570 conquistan Chipre, también posesión veneciana. La fortificación poderosa de la isla y de su capital resistió todo lo humanamente posible, pero finalmente cayó ante los otomanos, el sultán Selim II escribía: “He derrotado a esos infieles que no me rendían pleitesía. Iremos a Venecia, y de allí a Roma”. Al peligro para la integridad de los territorios y el comercio se unió, y fue otro factor decisivo para la batalla, las horribles torturas a las que los turcos sometieron a sus dignos rivales. El horror se extendió por toda Europa.
Venecianos y pontificios sabían que sin España no tendrían ninguna oportunidad de ganar a la todopoderosa armada turca. España accede a participar y, el 25 de mayo de 1571, se firman en Roma las capitulaciones de la Liga Santa que unió al Imperio Español, el Papado, Venecia, Toscana, Génova, Saboya y la Orden de Malta. Su objetivo era enviar una flota de guerra a aguas del Mediterráneo Oriental cada año y detener la ofensiva naval turco-berberisca. Francia no participó por estar envuelta en guerras de religión internas entre católicos y hugonotes y por no venir mal a sus intereses el poder turco, en una muy corta visión de la realidad. El Sacro Imperio no participó directamente pues sus tropas estaban dedicadas a la dura tarea de contener a los turcos en los Balcanes.
Entre los acuerdos de la Liga estaban que España pagaría la mitad del gasto, Venecia un tercio y el Papado el resto. Asimismo, se recogía la capitanía de cada flota y el mando supremo a cargo de Don Juan de Austria. Como plasmación de aquel acuerdo, la flota conjunta de la Liga Santa, en su organización interna, estaba comandada por Marco Antonio Colonna por el Papado; la flota veneciana, por Sebastián Veniero y la del Imperio español por Don Juan de Austria, quien, dirigiendo la Nave Real, haría efectivo el mando militar supremo de la Liga Santa. Don Juan de Austria que contaba con 24 años en aquel momento y una amplia experiencia militar, tenía como consejeros y hombres de confianza, entre otros, a Luis de Recasens y a Álvaro de Bazán. A ambos les debemos buena parte de la victoria.
El gran organizador, excelente marino y enorme estratega en la batalla fue Don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, Capitán General de las Galeras de Nápoles, una de las más grandes figuras de la vida militar española al que España no le ha rendido el homenaje y, sobre todo, el recuerdo adecuado. Aquella victoria se la debemos en gran parte al genio de Don Álvaro, tan gran marino que jamás fue vencido.
El 20 de julio de 1571, tras haber entrado en Barcelona un mes antes bajo el manto de los vítores de la población, Don Juan de Austria sale con 47 galeras de la flota imperial camino de Mesina donde se ha de reunir la flota conjunta. A mitad de camino, el 5 de septiembre, se suma a la flota imperial Don Álvaro de Bazán con 30 naves. En Mesina se fraguó una flota con 6 galeazas, 207 galeras, 76 fragatas y aproximadamente unos 98.000 hombres.
El 15 de septiembre de 1571, salían de Mesina las primeras naves en dirección al golfo de Tarento, lugar donde se encontrarían de nuevo todas las naves aliadas para ultimar los preparativos e ir avanzando poco a poco hasta encontrarse con las tropas musulmanas.
En el otro bando, los espías del Imperio Otomano, que se apostaban a lo largo de toda la costa mediterránea, habían informado de la grandeza de la formación naval cristiana, lo que movilizó las tropas turcas para hacer frente a los cristianos cerca de Grecia. Así, bajo el mando de los almirantes, Alí Bajá, Uluj Alí y Mehmed Siroco, se comandarían 87 galeotes y 210 galeras, además de unos 120.000 hombres.
Aunque en apariencia las fuerzas estaban equilibradas, la realidad haría visible otros aspectos que inclinaron la batalla al lado cristiano. En esa inclinación de la balanza las dotes de mando de Don Juan, para calmar las disensiones que empezaban a surgir entre los aliados, con los sabios consejos de Luis de Recasens, la genial estrategia de Don Álvaro y el genio constructor veneciano, fueron definitivos.
Las galeazas eran un invento veneciano que, tras algunos ensayos previos, había encargado el Dux a Francesco Duodo, uno de los más modernos constructores de armas y barcos. Las galeazas, naos mucho más versátiles que los galeotes y galeras tradicionales, con cañones en todos los lados del barco (llegaron a tener hasta 60 cañones por barco), algunos, alternando con los remos, la mayoría en proa y popa. Eran muy elevadas en altura, lo que impedía el abordaje. Además, aquellos cañones denominados “»sforzato» (tenso), tenían una longitud de lanzamiento mucho mayor que los tradicionales. Aunque recientes estudios quitan importancia a estas naves en la batalla por su inmenso peso y poca maniobrabilidad y sobre todo porque sus cañones, en el fragor de la batalla con tantos barcos podían acabar tanto con los turcos como los cristiano, sin embargo, veremos que lograron algún éxito destacado.
Don Álvaro de Bazán fue el primero en usar las galeazas venecianas de las que se nutría, por su petición, la armada española. Galeazas y galeras constituían una flota temible. Las características de estos últimos eran su gran altura y enorme fondo donde se situaban los remeros y la capacidad para llevar tropas: la infantería de marina, de la que también fue creador Bazán. La infantería en aquella batalla la compusieron Tercios Viejos españoles e italianos, reforzados con mercenarios italianos, alemanes y suizos, curtidos en mil batallas. Además, el arma secreta estaba bajo cubierta: a los efectivos cristianos habría que sumar otros 34.000 marineros y galeotes (muchos de ellos penados a remar sin sueldo) que fueron armados al entrar en combate con la promesa del indulto.
El armamento también era desigual: los cristianos disparaban arcabuces, mientras que los turcos preferían las flechas envenenadas. Además, los soldados turcos eran jóvenes e inexpertos, sus galeotes eran en su mayoría cristianos e incluso llevaban como remeros a mujeres.
Durante la navegación desde Mesina hasta Lepanto, Álvaro de Bazán tiene como misión dirigir el cuerpo de retaguardia de la Armada, recogiendo a las galeras que se quedasen atrás para que no se perdiese ninguna.
Una de las razones de la victoria estuvo también en las divergencias en el mando turco. Mientras los lugartenientes de la flota con más experiencia y avisados por sus espías de la fortaleza de la escuadra aliada, querían quedarse resguardados en el golfo de Lepanto. Ali Pachá (el general en jefe de los turcos) da órdenes a finales de septiembre de combatir a los cristianos allí donde les encuentren. Se dice que Alí Pachá era tan joven y tan inexperto como ególatra, la mezcla ideal para salir descabezado, que fue lo que ocurrió.
Los turcos salieron a alta mar, cerca de Oxia, en el golfo de Patras frente a la ciudad de Lepanto. El combate tuvo lugar el día 7 de octubre de 1571. Día en el que los católicos conmemoramos a la Virgen del Rosario, a cuya advocación se encomendó la armada aliada, celebrando una misa antes del combate. El papa Pio V también oró en Roma frene a una imagen de la Virgen del Rosario.
No vamos a detallar toda la estrategia de la batalla, pero sí un breve resumen de los acontecimientos más destacados. La lucha se puede explicar en tres zonas divididas en el flanco derecho, centro y flanco izquierdo. En el ala izquierda turca, flanco derecho cristiano, las naves genovesas comandadas por Andrea Doria se distinguieron por no obedecer las órdenes de Don Juan de Austria en algunos momentos, creando un grave problema por aquel flanco al alejarse del grueso de la armada cristiana persiguiendo a algunos barcos turcos, lo que dejó espacio para que los otomanos viraran y atacaran a los barcos de la Orden de Malta, destrozándolos y capturando al Prior. Esto obligó a Álvaro de Bazán a socorrer el ala derecha. Fue el uso de las galeazas lo que puso orden en aquel sector de la batalla. Con 4 de las 6 galeazas se destrozó a una buena parte de la flota enemiga, eso permitió a Don Álvaro acudir en ayuda de Don Juan de Austria en la zona central de la lucha.
En el centro, la nave Sultana fue atacada por la Nave Real con Don Juan de Austria peleando como uno más de sus hombres, con el apoyo inestimable de Marco Antonio Colonna y el de Álvaro de Bazán. Allí los Tercios se destacaron en su lucha contra los jenízaros- temibles soldados turcos-. Luchaban como bravos a brazo partido, con la eficacia de sus espadas y los arcabuces españoles, que, aunque tenían un disparo de corto alcance era de una eficacia letal. Era tan fáciles de manejar que pronto desplazaron a la ballesta, arma que aún empleaban los turcos. De la eficacia del arcabuz habla Cervantes en el Quijote, capítulo XXXVIII: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería. A cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos”
Mientras, el lado izquierdo de la armada cristiana era atacado por Siroco, el Almirante turco más agresivo en la batalla, que logra rodear a los barcos del veneciano Barbarigo, el cual tampoco había obedecido exactamente las órdenes del mando. Cayó muerto de un flechazo en el ojo y la flota italiana batalló bajo las órdenes del segundo de abordo, Federico Nani, que resultó ser un muy valiente y eficaz guerrero, que consiguió poner orden en aquel sector, donde acaba pereciendo también Siroco.
Con cierto orden en los flancos, por el centro se lucha sin descanso ante la avalancha turca contra la Nave Real; allí acuden los refuerzos del barcelonés D. Luis de Recasens, mentor de don Juan de Austria y auxilio fundamental para mantener viva la resistencia cristiana. Por orden expresa de Felipe II, Recasens ejercía de segundo jefe de la Armada y tutor del Príncipe. Otro de los mejores marinos españoles, otro de los héroes de Lepanto, siempre al servicio de su patria con una eficacia y humildad extraordinarias, y al que tampoco se la ha hecho justicia histórica.
Álvaro de Bazán envía diez galeras y un grupo de fragatas y bergantines para intentar hacerse con la nave capitana otomana. Como resultado de este refuerzo, el centro otomano queda totalmente deshecho y Ali Bajá herido de muerte. La leyenda dice que un soldado le corta la cabeza y la exhibe encima de una pica para acabar con la moral turca. No está comprobado que tal cosa ocurriera. Pero sí que, desde la muerte del Almirante turco, la batalla está decidida para el bando cristiano. Aún los turcos intentan revolverse, aún se cuentan por heroicidades las actuaciones cristianas: la de Álvaro de Bazán persiguiendo a los turcos a fin de recuperar la galera de Malta, salvar al Prior y a la bandera robada a la cristiandad. Logra salvar al Prior, pero no así la bandera; o el de los Tercios de Sicilia, que acaban por derrotar a los otomanos envalentonados hacia el flanco derecho cristiano. Eran 500 los de los Tercios y acaban vivos 50, pero derrotaron la última carga musulmana. A ellos se une en su vuelta Andrea Doria, que conquistó y rindió varias galeras.
El resultado militar final fue de 8.000 soldados cristianos muertos y de los musulmanes, 30.000 y 8.000 prisioneros y una de las más importantes victorias que vieron los siglos.
Como consecuencia de Lepanto caben destacar que los musulmanes retrocedieron en sus andanzas y dominio del Mediterráneo, aunque fuera momentáneamente y, en todo caso, nunca más con el poder anterior. El pacto realizado tiempo después entre Felipe II y el propio Selim II, propiciaría que hubiera una tregua en el Mediterráneo, hecho que aprovecharon ambos monarcas para enfrentarse a otros problemas internos de sus respectivos imperios.
El mundo occidental se desarrolló como lo conocemos, desde la tradición judeo-cristiana y greco-latina. No fueron sustituidos sus fundamentos por los musulmanes como hubiera ocurrido en caso de derrota. Tras la muerte del papa Pio V, en mayo de 1572, no se continuó con la acción de la Liga Santa. Sin embargo, las diferentes naciones europeas, crearon escuadras más potentes para ir atacando a los posibles piratas.
Desde el punto de vista religioso el sucesor del Papa Pío, Gregorio VIII, asoció la conmemoración de Lepanto a la devoción de la Virgen del Rosario.
Se lograron beneficios económicos y especialmente para el comercio, y España siguió siendo el Imperio que conocemos algún tiempo más.
Se ha escrito largo y tendido sobre la batalla, se han estudiado miles de archivos y se tienen testimonios históricos y literarios de gran valor sobre la misma y, sin embargo, no se conservan grandes recuerdos materiales de la batalla: banderas, barcos, armas y demás. Aún se buscan en el fondo del mediterráneo las naos cristianas, se han encontrado algunas turcas, pero está por descubrir qué fue de las que no regresaron, de las banderas perdidas…
Luis de Recasens, con gran sentido de la cultura y la Historia intentó recuperar todo lo que pudo, primero para acumular los pertrechos utilices para futuras luchas. En segundo lugar, para dotar a las naciones participantes, a los templos católicos o a algunos de los participantes de recuerdos de aquella victoria de la cristiandad. El hecho es que los elementos materiales se dispersaron. Así se dice que fue muy importante, casi totalmente decisiva, la intervención de Luis de Recasens para que la imagen del Santísimo Cristo de Lepanto y varias de las banderas de aquel memorable encuentro fueran llevadas a Barcelona. El estandarte de la nao capitana cristiana está en la catedral de Toledo; fanales y cañones de las galeras enemigas quedaron en poder del marqués de Santa Cruz (don Álvaro de Bazán). Muchos de ellos, hoy, residentes en Museos navales. En el Museo naval de Barcelona se conserva una de las galeras. En el magnífico Museo Naval de Madrid, aparecen medallas conmemorativas, una legendaria bandera abandonada entre la oscuridad, maquetas de barcos, espléndidos cuadros… El lugarteniente en la galera capitana, Miguel de Moncada (en cuyo tercio sirvió Cervantes) entregó al convento de Nuestra Señora del Remedio (Valencia) la aljuba de tela de oro de Alí Bajá y un estandarte de seda de una galera. Fernando Carrillo de Mendoza, Consejero de don Juan de Austria y que fue quien dio la noticia de la victoria a Pio V recibió una bula de jubileo para la Capilla del Rosario de la parroquia de Priego (Cuenca), donde también funda el convento de San Miguel de la Victoria en 1572.
Así podríamos recorrer el monasterio de San Lorenzo de el Escorial, la Real Armería de Madrid, las catedrales de Toledo y Santiago. Monasterios como el de Santa María de las Huelgas, el de Monserrat o Montesión. Pequeñas iglesias como la de Medina del Campo. Museos y palacios no sólo españoles sino, por ejemplo, italianos: la comuna de Forno di Zoldo, la iglesia de Santo Stefano de Pisa, el castillo de Rivalta, la iglesia de San Domenico de Turín, en Génova, por supuesto en la Santa sede (donde se conserva, por ejemplo, el estandarte de la nave capitana otomana) e incluso en Viterbo… o en Turquía como en el estupendo museo Dieniz Musezi de Estambul. Podríamos continuar para demostrar lo atomizado del recuerdo, pero quiero terminar con uno especial: Don Luis de Recasens mandó construir un monasterio y una Iglesia en Villarejo de Salvanés, provincia de Madrid. El Papa Pio V en agradecimiento a su labor en la batalla, le regaló la imagen de la Virgen del Rosario a cuyos pies rezaba el Santo Padre. Esa virgen, conocida y venerada hoy como Virgen de la Victoria sigue en la Iglesia del pueblo madrileño y este año conmemora su año jubilar.
Aquella gran victoria se logró por la unidad de los católicos, pero en sus comienzos estaba la brecha que la Reforma y las guerras de religión abrieron en Europa; brecha en la que los musulmanes creyeron ver un camino de entrada para sus principios que eran, al tiempo, el fin de nuestra civilización. Han pasado varios siglos y la situación geopolítica universal nos parece traer ecos de aquel pasado. A ver si aprendemos de las virtudes que nos enseña la Historia y de los errores que nos marca, en recuerdo de Goethe, ese “misterioso taller”.
BIBLIOGRAFIA
. BARBERO Alessandro: “Lepanto: La batalla de los tres imperios”. Pasado y Presente Editorial, 2011.
. Manuel RIVERO RODRIGUEZ, Manuel. “La Batalla de Lepanto: Cruzada, Guerra Santa e Identidad Confesional”. ED. Sílex. 2012.
. David y Enrique GARCÍA HERNÁN, David y Enrique. “Lepanto: el día después”. ED Actas, 1999.
. BRAUDEL, Fernand. ” El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II”. Fondo de Cultura Económica. 1953.