HÉROE: PABLO IGLESIAS

Hoy vamos a nuestro hilo de héroes, para contar la historia de un héroe para los amantes de la libertad y del orden constitucional: Pablo Iglesias.  Es posible que muchos lectores al llegar a este punto hayan dado un respingo en el asiento, es posible que muchos lectores al leer el nombre de nuestro héroe hayan pensado en uno o dos personajes, posiblemente, uno histórico, porque ya falleció, y otro que inunda las páginas de los periódicos actuales, pero, en España, ciudadanos que se llamen Pablo Iglesias debe haber muchos y es posible que algunos lectores hayan vislumbrado que nuestro héroe de hoy es Pablo Iglesias González.

Nació en el seno de una familia de artesanos “tiradores de oro” es decir, trabajadores que presentan ese mineral en forma hilo. Su maestro en el oficio fue su padre, el cual murió a consecuencia del levantamiento del dos de mayo de 1808, en la que participó en defensa de la libertad del Rey y de España. Pablo se hizo cargo del negocio junto con su hermana y madre. La prosperidad del oficio, le posibilita una renta holgada que le permite participar en política desde 1822, y es a partir de ese momento cuando su actuación nos interesa.

Veamos, primero, la situación de España en aquellos años.

El periodo que va desde 1815 a 1848 viene significado en la Historia de Europa por el conflicto entre dos tendencias, de un lado, los absolutistas que pretendían retrotraer los sistemas sociales y políticos a la situación previa a 1789 y, de otro, los liberales, que defendían la soberanía popular y su expresión en una carta constitucional que determinara los valores y principios del orden político de cada Estado.

En España, tras el tratado de Valençay, en 1813, Fernando VII vuelve a nuestro país; desde entonces, todos los acontecimientos absolutistas producidos bajo su reinado tuvieron el apoyo unas veces explícito, otras implícito, del rey felón.

En 1812, se promulga la Constitución de Cádiz producto de las tendencias liberales e ilustradas de muchos intelectuales españoles y cuya novedad esencial es el reconocimiento de que la Soberanía Nacional reside en el pueblo español. Desde entonces y si atendemos a la superficie de los hechos,  se producen una serie de movimientos convulsos con enfrentamientos entre los partidarios del liberalismo y los propagadores del absolutismo. Fernando VII juró conducir España por la senda constitucional de 1812, pero, en 1814, apoyaba el primer movimiento absolutista. Aceptó a regañadientes el viraje constitucionalista en 1820, para volver al absolutismo en 1823 tras congratularse por la injerencia de las potencias extranjeras de la Santa Alianza y apoyarse en los cien mil hijos de San Luis. Tras su muerte, se produce la definitiva implantación constitucionalista en España aunque con sus altibajos y enfrentamientos.

Desde 1814, paralelamente a la etapa absolutista iniciada aquel año. Se desarrolla un movimiento liberal que pretende impulsar las ideas nacidas durante la guerra de la independencia. Este movimiento liberal podemos resumirlo en tres etapas: a) una primera fase de 1814 a 1820 de conspiración frente al absolutismo realista. b) una segunda etapa de 1820 a 1823 en la que gobiernan- Trienio liberal-. c) Una tercera fase que va desde 1823 a 1832, en la que, perseguidos por los absolutistas, los liberales o mueren o emigran- principalmente, vía Gibraltar a Inglaterra y tras la revolución de Luis Felipe de Orleans en Francia, revolución burguesa de 1830 , los asentados en Gran Bretaña se mudan a Francia-.

El Trienio liberal fue un periodo convulso en España, a contrapié de una Europa en retroceso político desde la derrota de Napoleón.

Cuando a partir de 1821 se empiezan a aplicar las reformas liberales (medidas desamortizadoras sobre bienes de la Iglesia, traslado de las aduanas al Bidasoa, nuevas contribuciones, servicio militar…) la oposición absolutista irá en aumento. Pero, además, desde la axiología jurídica, el Trienio liberal es el primer periodo en el que se actúa estando en vigor la Constitución de Cádiz, es decir, el constitucionalismo liberal, que era considerado como un mal ejemplo en una Europa dominada por la Santa Alianza y el regreso al Antiguo Régimen. Por ello, el Congreso de Verona reúne a las potencias europeas que deciden enviar un ejército para poner fin al proyecto liberal español y devolver el poder absoluto al Rey Fernando VII.

El propio monarca había solicitado la ayuda de las potencias europeas y, en aplicación de ese auxilio, en abril de 1823, se produce la invasión francesa de los llamados “Cien Mil Hijos de San Luis” bajo el mando del duque de Angulema. Paradójicamente, la Francia que trajo las ideas ilustradas y el constitucionalismo,  viene ahora a restaurar el absolutismo con el apoyo de la guerrilla antiliberal.

La expedición de los Cien Mil Hijos de San Luis fue prácticamente un paseo militar. Las tropas liberales fueron retirándose sin apenas oponer resistencia. Realmente, los Cien Mil Hijos de San Luis a penas superaban la cifra de 95.000, entre soldados franceses y algunos voluntarios españoles, que hubo de enfrentarse al ejército constitucional español formado por 130.000 efectivos. Pese a la superioridad numérica liberal, las tropas españolas estaban mal organizadas y sólo hubo una resistencia eficaz en Málaga, Granada y Jaén (gracias a la hábil dirección de Riego), en Cádiz (por ser la sede de las Cortes Constituyentes) y en Cataluña, donde las comandaba Francisco Espoz y Mina. El ejército francés logró sus objetivos: ocupó Madrid sin resistencia; según el Marqués de Miraflores los Cien Mil Hijos de San Luis fueron recibidos por el pueblo como libertadores a los gritos de ¡Viva el Rey absoluto! ¡Viva la Religión y la Inquisición! y, sobre todo, el más conocido de todos: ¡Vivan las cadenas! Tras la toma de la capital, el ejército foráneo persiguió a los liberales hasta Andalucía. Finalmente, tras incumplir su pacto con las Cortes de Cádiz, Fernando VII abolió las leyes del Trienio liberal y volvió a ser un rey absolutista y duramente represor de los liberales.

En este contesto aparece nuestro héroe: Pablo Iglesias González (1792-1825), defensor de la integridad nacional ante los franceses durante la Guerra de la Independencia y convencido liberal que un 24 de agosto de 1824, tras la traición de Fernando VII a la Constitución de 1812   y tras la ejecución de Rafael del Riego, el General Torrijos y otros muchos liberales, fue la cabeza visible de una rebelión constitucionalista, cuya base tuvo lugar en Almería.

Como dijimos anteriormente, en 1922, durante el Trienio liberal, entra en política tras presentarse a las elecciones municipales de Madrid y alcanzar un puesto como regidor en los escaños liberales.

En uno de los muchos enfrentamientos entre liberales y absolutistas, la Guardia Real se pronunció por el Rey absoluto, los exaltados madrileños lo hicieron a favor de la Constitución de Cádiz por medio de su Ayuntamiento y con la fuerza de los milicianos. Estábamos en el mes de julio de 1822, tras una semana de gran tensión, los guardias reales atacaron la plaza de la Constitución, hoy plaza Mayor, en cuya casa de la Panadería estaba instalado el Ayuntamiento de Madrid. Pablo Iglesias, a la sazón capitán de cazadores y regidor [equivalente al actual, concejal] en el Ayuntamiento, dirigió una valerosa defensa de la plaza, hasta conseguir poner en fuga a los guardias que se refugiaron en el Palacio Real. La jornada del 7 de julio fue conmemorada como sinónima de libertad y democracia durante todo el siglo. Sin embargo, la alegría liberal duró poco y en 1823 encontramos a Pablo Iglesias en el repliegue del Gobierno y la Administración, primero hacia Sevilla y, después, hacia Cádiz. Nuestro héroe dirigía una de las secciones de un inmenso convoy, en el que, entre otras cosas, se transportaban a lugar más seguro las urnas que contenían los restos de Daoiz, Velarde y demás víctimas del 2 de mayo, para sustraerlas a la posible profanación del ejército francés.

Vencidos los liberales por la toma de Trocadero en Cádiz, Pablo Iglesias consigue escapar hacia Málaga, y desde allí a Cartagena, plaza en la que resistía el General Torrijos. En noviembre 1823, ha de rendirse esta ciudad, el General Torrijos huye a Londres y Pablo Iglesias consigue escapar a Gibraltar, lugar en el cual se introduce entre la Jerarquía del liberalismo. Sigue en contacto con los liberales de la Península y con los que había exiliados en Londres, entre ellos, Espoz y Mina y el propio Torrijos ( poco después fusilado por los absolutistas tras dirigir un levantamiento liberal en Málaga). Cabe señalar que los liberales exiliados, no olvidaron nunca a España y promovieron todo tipo de alzamientos para recuperar el poder y el constitucionalismo. Uno de los grupos de estos exiliados creó en Gibraltar una sociedad llamada Santa Hermandad. Miembros destacados de esta sociedad fueron César Contí, Manuel Beltrán de Lis y el francés Housson de Tour, así como Pablo Iglesias. Proyectaron un ataque en Almería, nombrando a Pablo Iglesias jefe de expedición.  Partieron hacia Almería por mar desde Gibraltar la noche del seis al siete de agosto de 1824. La expedición la formaban 48 hombres, buena parte de ellos militares españoles de diferente graduación y 4 extranjeros.

Todos aquellos movimientos pretendían lograr “un grado de contagio insurreccional” que alentara al pueblo a levantarse contra el poder absolutista del monarca. A este movimiento se le denominó en Almería “los coloraos” en razón del color de la camisa que vestían.

Fracasada la acción contra Almería por la pérdida del factor sorpresa, el valiente gesto no sirvió para nada ante la fulminante reacción de poder. Así las cosas, Pablo Iglesias protagonizó una azarosa huida. Al final, fue detenido el 22 de agosto en Cúllar-Baza en unión de su compañero Antonio Santos. Se les sometió a un largo proceso, del que se valieron algunos desaprensivos para intentar deshacerse por venganza de sus propios enemigos. Incluso, parece que el ministro Calomarde ante los informes que le llegaban de Granada “les prometió que serían indultados y disfrutarían de la soberana protección, siempre que declarasen el plan de los revolucionarios, suministren pruebas que lo justifique y hagan otros descubrimientos por los cuales se asegure el Trono y El Altar”. No sometiéndose a la tentación promovida por el ministro absolutista, fueron trasladados a Madrid, a finales de enero de 1825, continuaron allí las actuaciones sin ningún paso alentador. El día 21 de abril se pronunció la sentencia, confirmada por el Consejo en Sala el día 22 de agosto: “les había de condenar y condenaba a la pena ordinaria de pena en la horca, a la que serían conducidos arrastrados”[1].

Según dicen los biógrafos de Iglesias, su madre, Francisca González, consiguió postrarse a los pies de Fernando VII, pidiendo clemencia para su hijo. El monarca la levantó afablemente, pero contestó con ambiguas frases.

Fue ejecutado a los pocos días. Su compañero de prisión, Francisco Rodríguez de la Vega, dejó constancia de sus últimas palabras: “nací, he vivido y muero en el seno de la Iglesia católica, cuya fe confieso y profeso firmemente. Sin embargo, si por igual causa que yo os llegáis a ver en este sitio, unid vuestras voces a las mías y que vuestras últimas palabras sean Libertad o Muerte”[2]. “Libertad o Muerte se convirtió desde el principio en el lema y grito de guerra de los “coloraos”, es decir, de los liberales.

Los restos mortales de Pablo Iglesias Gónzalez descansaban en el cementerio de la Puerta de Toledo. Ignoramos la situación actual. Igual suerte tuvo Antonio Santos.

En Almería, entre 1868 y 1870, se erigió el Monumento de los “coloraos” o “Pingurucho”, que estaba en la Puerta de Purchena siendo trasladado en 1900 a su actual emplazamiento en la Plaza Vieja o plaza de la Constitución. Fue demolido en 1943 tras la victoria franquista y fue reconstruido en 1987 por suscripción popular.

La importancia de este movimiento liberal fue enorme en su tiempo y así se reflejó en la literatura decimonónica española; por ejemplo, Benito Pérez Galdós le dedica un Episodio Nacional: “El Terror de 1824” y Francisco Rodríguez de la Vega en 1835, a partir de los apuntes realizados por el confesor, por el testimonio de algún amigo y de algunos escritos personales del propio Iglesias escribe “Los últimos momentos de don Pablo Iglesias”.

[1] Irene Gálvez. Diario de Almería

[2] Carmen Ravassa, El “colorao” no es rojo (Editorial Soldesol, 2016)

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