Rocroi, 1643

No todo han sido victorias en la Historia de España. Si no contáramos también las derrotas, nadie entendería cómo pudimos pasar de las glorias imperiales a la situación que vivimos hoy en España. Traigo al blog una de nuestras más heroicas derrotas. Heroicas por el comportamiento de nuestros soldados, sobre todo, de los Tercios. Voy a hablar de la Batalla de Rocroi en 1643.

En un inciso previo a describir aquella batalla cabe señalar que Rocroi es una localidad del departamento de las Árdenas, en el N.O de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. La zona y la ciudad han sido escenarios de enfrentamientos destacados en la Historia moderna y contemporánea. Por ejemplo, la ciudad sufrió un sitio en la guerra franco-prusiana de 1870 a 1871 y la región, fue escenario de la famosa batalla de las Árdenas, la desesperada ofensiva alemana al final de la II Guerra Mundial (del 16 de diciembre de 1944 al 25 de enero de 1945) y en la que la propia naturaleza del lugar jugó un importante papel.

En 1643, España, aunque seguía siendo la fuerza hegemónica del mundo, se veía amenazada por la pugna entre Inglaterra y Francia para ocupar ese lugar. Por eso se vio abocada a participar en la guerra de los 30 años, de la que nada bueno obtuvo.

La batalla de Rocroi (19 de mayo de 1643) se encuadra dentro de esa guerra de los 30 años (entre 1618 y 1648) que ha sido el conflicto más devastador que ha vivido Europa hasta la I Guerra Mundial. Se suele señalar que la Guerra de los 30 años fue un enfrenamiento religioso entre protestantes contra católicos, lo cual no es del todo cierto. Quizá tuvo un atisbo inicial en esa dirección, pero en el fondo tenía mucho más de búsqueda del control político-militar de Europa, que de defensa de un credo religioso. Por eso, el enfrentamiento sería esencialmente contra los Habsburgo, que reinaban en España y en el Sacro Imperio Romano Germánico y dominaban Europa desde Carlos I de España, siendo sus enemigos Francia y Suecia. Las etiquetas de “católicos” y “protestantes” se introdujeron en el siglo XIX para simplificar los hechos. Fueron las razones geoestratégicas las que determinaron el comportamiento de las grandes potencias. Este tipo de motivos explica que Francia, un país católico, luchara contra dos potencias de su misma fe, España y el Sacro Imperio Germánico. 

El cardenal Richelieu, favorito de Luis XIII, fue quien concibió que el futuro glorioso de Francia germinaría de imponerse a estas dos Coronas de los Habsburgo. Los franceses sabían que para lograr su expansión no podían verse estrangulados por vecinos demasiado poderosos. Tras la victoria de las tropas imperiales (Sacro Imperio y españolas) sobre los suecos en Nördlingen, Richelieu ve el momento propicio para enfrentarse abiertamente a los Habsburgo. Al principio, con poca fortuna, hasta que el Infante Fernando se aproximó peligrosamente a París. Tal vez  el Habsburgo hubiera ocupado la capital del Sena de contar con los recursos adecuados. Pero España no estaba en condiciones de apoyarle convenientemente. De hecho, la situación interna de despoblación, de escasez de hombres, recursos y con más necesidades de las que podían atender generaba suficiente inestabilidad expresada en formas de revueltas, que para colmo, fueron alentadas por nuestros enemigos, especialmente en Cataluña y Portugal. Así se desencadenaron las rebeliones de los segadores en Cataluña y la guerra de la Restauración en Portugal (finalizada con el tratado de Lisboa en 1668, por el cual se reconoció la independencia de Portugal). En 1643, los españoles, para disminuir la gran presión que los franceses imprimían en Cataluña y en la zona del Franco Condado (que era español por entonces y lo siguió siendo hasta 1678), en una maniobra de distracción, atacaron la parte norte de Francia, sitiando Rocroi. Una fortaleza defendida por 500 hombres, por lo que la creyeron fácilmente conquistable.

El ataque lo realizaron las tropas imperiales bajo el mando de Francisco Melo de Portugal y Castro miembro de la dinastía Braganza. Hombre de confianza de Felipe IV y por entonces capitán general de los Tercios españoles de Flandes. Algunos lectores se acordarán de él por la película Alatriste (la película termina en Rocroi. Supuestamente, una de las dos novelas que Pérez- Reverte ha prometido a sus lectores para terminar el ciclo de Alatriste, pero aún no editadas, se situará en Rocroi).

Francisco de Melo no tuvo una exitosa carrera militar y en nada la mejoró en esta ocasión. Cuando decidió atacar la ciudad no tuvo la precaución de proteger su retaguardia o cerrar el acceso por si los franceses mandaban refuerzos, que fue exactamente lo que hicieron.  A mediados de mayo de 1643, los franceses enviaron un ejército de apoyo a la ciudad de Rocroi. Gracias a este ejército de socorro, la fuerza defensiva francesa era muy parecida a la atacante española. Los franceses contaban con más infantería, peor y más escasa artillería, pero en el conjunto, ambos contendientes estaban en igualdad de condiciones.

Lo que desequilibró la situación fue la estrategia y la capacidad de los mandos. Melo, como no tenía mucha experiencia, cedió el despliegue táctico al veterano conde de Fontaine, de 67 años y enfermo de gota, el cual requería silla de mano para ser trasladado. Los franceses, por su parte, estaban dirigidos por el joven Luis II de Borbón-Condé, duque d’Enghien, de solo 22 años, impetuoso, soberbio y tenaz, valiente en su osadía y poco presto a la rendición. Si bien, su prudencia o miedo final, como veremos, casi convirtió el combate en un empate.

Los problemas de los nuestros se manifestaron desde el primer momento al considerar que los franceses iban a defender la plaza y no a presentar batalla en campo abierto. Pero se equivocaron. En esas circunstancias, el lugar elegido no podía ser más inoportuno para nuestra tropa: con una zona boscosa, otra pantanosa y la propia ciudad fortificada de Rocroi a su espalda. Además, no contaban con los pertrechos adecuados. Melo se olvidó cargar con las palas y zapas para abrir trincheras que hubieran ayudado durante el combate a proteger el flanco izquierdo en el que estaba la caballería del bravo duque de Alburquerque, al que no pudo socorrer debido a su imprevisión.

Como creían que las posiciones francesas serían defensivas y no irían al ataque desde el principio, la distribución de las tropas fue muy semejante a la que hizo d’Enghien: dos líneas de infantería en el centro, sendas escuadras de caballería a cada flanco y una línea de artillería en el frente. En el caso español, los Tercios se pusieron en vanguardia, privilegio que tenían las tropas de élite. La caballería española en el ala derecha formada por caballeros loreneses bajo la dirección del conde de Isenburg y el ala izquierda por los jinetes flamencos al mando del duque de Alburquerque. En la retaguardia los soldados valones, alemanes, borgoñones e italianos.

La batalla comenzó el 19 de mayo de 1643 a las 3 de la madrugada. Los franceses iniciaron el ataque por el ala izquierda española. Los arcabuceros españoles situados entre la caballería y el bosque resistieron el envite e hicieron retroceder a los franceses, a ello se unió la carga de los de Alburquerque que logró infligir un grave daño al enemigo. Tampoco los franceses, en su ataque por el ala derecha, tuvieron mejor suerte. Además, las tropas españolas lograron hacerse con varias piezas de la artillería enemiga. Si en ese momento Melo hubiera lanzado a la infantería, seguramente la batalla se hubiera ganado. Pero no lo hizo, creyendo que los franceses se replegarían y que la victoria caería del lado español. Otra vez, como vimos con Vernon en Cartagena de Indias, un general se da por victorioso antes de tiempo. Melo no contó con la valentía y el buen hacer del Duque d’Enghien, que se paseaba a caballo analizando las zonas más débiles del enemigo y, así, en un alarde de osadía reunió los restos de su caballería y los volvió contra el ala izquierda, la de Alburquerque, que luchó con valentía, pero no pudo con la caballería croata bajo el mando francés. Nuestros caballeros se retiraron de forma desordenada.

Con la artillería de nuevo en manos francesas y la caballería bajo su control, Luis II fue a desbaratar la infantería. Los primeros en ser atacados y en huir fueron los italianos, adelantándose a aquel principio de los desertores italianos en la II guerra mundial: soldado que huye vale para otra guerra. A ellos se había unido, poco antes, Melo, con la aseveración de “aquí quiero morir, con los señores italianos”. El que murió fue Fontaine y algunos buenos mandos españoles. Acto seguido, el francés atacó a los valones y alemanes, que resistieron con la mayoría de sus oficiales heridos o muertos.

La resistencia final recayó sobre los veteranos españoles. Sobre los Tercios, es decir, la infantería, invencibles hasta ese momento y temidos en toda Europa. Su modo de guerrear se basaba en la mezcla de armas blancas (la pica) con armas de fuego (arcabuz y mosquetón), lo cual fue  una novedad en su tiempo. Una de sus habilidades más exitosas era su capacidad para atacar unidos o de dividirse en unidades más pequeñas, con un alto nivel de movilidad, que iban despegándose según las necesidades de la batalla hasta llegar al cuerpo a cuerpo individual, para lo cual habían sido entrenados especialmente, haciendo recaer su fortaleza de ánimo y capacidad combativa como un elemento más de la fuerza empleada contra el enemigo. Ese grado de movilidad era un elemento novedoso en su desarrollo, pero en su concepción partía de una adaptación de las legiones romanas y macedonias. Al igual que estos eran capaces de unirse como un solo cuerpo, atacando al unísono sin dejar huecos a la injerencia enemiga. Algo semejante a la formación en tortuga que hizo famosas a las legiones romanas, pero con un elemento más propio de las legiones macedonias: las picas. En los Tercios, los piqueros, que también portaban espada de doble filo y no mayor de un metro, para un más ligero transporte y uso, se situaban en el centro de la formación dejando a su derredor a los arcabuceros y a los mosqueteros (introducidos por el Duque de Alba y de gran éxito en la historia de los Tercios). 

Con ese panorama, con esa formación unida con las picas, arcabuces y mosquetes en perfecta formación, los españoles aguantaron los ataques franceses por ambos costados durante horas (seis horas duró la batalla). Supervivientes del resto del ejército, especialmente los de Alburquerque se unieron a ellos y combatieron hasta el final.

Los franceses intentaron una negociación ofreciendo respetar la vida y libertad de los todavía supervivientes, dejarles ondear sus banderas y portar sus armas. Así lo hicieron los Tercios de Garcíez y Villalba. Pero, quedaron los de Alburquerque y otros veteranos luchando hasta quedarse sin munición, sin fuerzas pero nunca sin ganas ni honor, hasta la extenuación. Lograron, en esas condiciones una rendición pactada, con las mismas condiciones ofrecidas, ciertamente generosas, tanto que algunos historiadores hablan de empate en la batalla. Posiblemente, la razón por la que el francés fue tan dadivoso se debió al miedo a que llegasen los refuerzos que Melo había solicitado. El barón de Beck, al frente de 4.000 hombres, incluido el Tercio de Ávila, habían iniciado su rumbo a Rocroi, sin embargo, conocedor de la situación de la batalla, Beck había ordenado esperar antes de meter a sus hombres en un avispero. Con todo, D’Enghien sabía que si no paraba pronto aquello, los refuerzos españoles llegarían y no estaba en condiciones de continuar la lucha contra aquella “masa de carne” como las crónicas de la batalla calificaron al bloque formado por los Tercios, imposible de penetrar.

Las bajas fueron numerosas, se dice que, entre muertos y heridos, 5.000 españoles cayeron en Rocroi, aunque, el número de muertos y heridos franceses fue mayor que el de españoles, con numerosos oficiales fallecidos o maltrechos. Los españoles lucharon infatigablemente contra una infantería mayor en número y lograron mantenerse en pie y salir con honra.

La batalla de Rocroi se ha identificado como el símbolo del principio del fin de los Tercios de Flandes. La historiografía más reciente, no tiene esa consideración. Se entiende que Rocroi fue una batalla perdida, la primera de nuestros Tercios, pero fue una batalla más. Mayoritariamente se considera que la batalla que marca el fin de nuestra hegemonía en Europa fue la batalla de las Dunas (1658). En 1643, nuestro ejército seguía siendo poderoso y de hecho derrotó a los franceses pocos meses después en la batalla de Tuttlingen. 

En lo que perdimos, como casi siempre, fue en la propaganda. Peter H. Wilson, reconoce que “Rocroi debe su lugar en la historia militar a la propaganda francesa”.

Voltaire dejó escrito lo siguiente: “Jamás hubo victoria mas gloriosa ni mas importante para Francia y se debió a la conducta e inteligencia del duque D’Enghien por una acción pronta que percibía a un tiempo el peligro y que a la cabeza de la caballería atacó por tres veces y rompió en fin esta infantería española invencible hasta entonces; desvaneció el miedo que le tenía (a esta infantería española) y las armas francesas después de muchas épocas fatales a su crédito comenzaron a ser respetadas y sobre todo la caballería, adquiriendo en esta jornada la gloria de ser la mejor de Europa”

Como casi siempre, este relato favorable a los franceses se paseó por Europa sin que los españoles, en una situación que a veces parece cercana a la abulia, hicieran nada por contrarrestarla.

La verdad es que el duque D’Enghien fue un militar de mayor enjundia que Melo, pero muchos, incluso algunos historiadores franceses, le recuerdan como impetuoso, dado a las operaciones prontas y destructoras con pérdidas enormes. Se le acusaba de buscar el brillo de sus acciones sin reparar el derramamiento de sangre. En su vida, el conde maniobró  en la Corte en contra de Mazarino, la situación le llevó a la paradoja de que durante las revueltas de la Fronda, Condé fue encarcelado y acabó huyendo a Flandes uniéndose a las tropas españolas, con las que participó en la victoria de Valenciennes contra los franceses y en la derrota española de las Dunas.  El Tratado de los pirineos en 1659, le concedió el perdón real y su vuelta a Francia con todos los honores.

BIBLIOGRAFIA

Peter H. Wilson  “La guerra de los Treinta Años”. Desperta Ferro.

Pablo Martín Gómez  “El Ejército español en la Guerra de los Treinta años”. Almena.

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