CÓMO SE FRAGUÓ LA SUCESIÓN DE CARLOS II EL HECHIZADO. EL CARDENAL PORTOCARRERO.

Los sucesivos matrimonios consanguíneos hicieron que la descendencia de los Austrias acabara llenándose de enfermedades y discapacidades. En este entorno hay que entender la figura de Carlos II, conocido como el hechizado, posiblemente por el estado de postración al que le condujeron las pócimas que le daban para apaciguar sus dolencias. Aunque hoy en día está en revisión su figura por considerar que ni era tan incapaz, ni tan inútil como se nos ha presentado, de hecho, durante su reinado, España gozó de una prosperidad económica que hacía siglos que no se conocía en nuestra monarquía.

Bien es verdad que casi no se ocupó de dirigir directamente su reino y que tal prosperidad puede ser atribuida a los validos y consejeros que se fueron sucediendo en el reino. Pero él tuvo la sabiduría suficiente para elegirlos. A uno de esos validos, el cardenal Fernández de Portocarrero, vamos a dedicarle un espacio un poco mayor en esta entrada, pues a él se debe en gran medida, la elección del sucesor a la corona tras la muerte de Carlos II.

La visión del Reinado de Carlos conviene dividirla en tres periodos destacados.

Carlos era hijo de Felipe IV y su segunda esposa, Mariana de Austria, accedió al trono con sólo 4 años de edad, siendo su madre la que ejerció la regencia durante su minoría de edad.

Iniciamos así el primer periodo del Reinado de Carlos II.

La Reina viuda fue asesorada por una Junta de Regencia formada por 6 miembros pertenecientes al alto clero (el arzobispo de Toledo y el Inquisidor general), la nobleza y miembros del Consejo de Castilla y del Consejo de Estado. La composición de este consejo de regencia quedó plasmada por voluntad de Felipe IV en su testamento.

Cuando Mariana se hizo con la regencia, el arzobispo de Toledo había fallecido. Para ocupar la plaza primada, la Reina maniobró de manera que nombró arzobispo de Toledo al hasta entonces Inquisidor general, quedando vacante ésta, mucho más trascendental en cuanto a poder e influencia.  La vacante inquisitorial fue cubierta por deseos de la viuda por Juan Everardo Nithard, confesor de la Reina, austríaco como ella y persona de su máxima confianza.

Ahora bien, su nombramiento no fue fácil. En primer lugar, la norma castellana impedía que un extranjero ocupara el cargo de Inquisidor general, motivo por el cual, la Reina tuvo que pedir el apoyo de las Cortes castellanas, que se lo concedieron. En segundo término, Nithard era jesuita y, por ello, dependía de una dispensa papal, que le fue otorgada, para acceder a cargos políticos.

La labor como valido de Nithard fue más bien mediocre, se le acusaba de obstaculizar las relaciones de los consejos y de la nobleza española con la Reina, cuando la verdad es que ésta desconfiaba profundamente de los españoles…y los españoles de ella. Tal fue así que, el ascenso de un extranjero puso en contra de la nueva Corte a la nobleza y la llegada de un jesuita, logró la oposición de los dominicos.

Realmente, los fracasos de Nithard se contaban por cientos, entre otros la firma del tratado de Lisboa que reconocía la independencia del País vecino. En el plano económico fue incapaz de poner en marcha una política económica eficiente y las subidas de impuestos se sucedieron para hacer frente a unos gastos que no controlaba. Por si fuera poco, el pueblo español no le perdonaba que hubiera prohibido las representaciones teatrales.

El mayor enemigo del confesor real fue Juan José de Austria (hijo extramatrimonial, pero reconocido, de Felipe IV, por tanto, hermanastro de Carlos II). Gran militar, Gobernador y virrey de diversos territorios de la Corona española durante el gobierno de su padre, despertaba grandes recelos en la Reina regente que le retiró del mando militar y lo envió, casi confinó, en su encomienda de Consuegra.

Don Juan José, tras diversos problemas con el confesor y valido austríaco, encabezó un levantamiento en Aragón y Cataluña que terminó con la expulsión de Nithard en 1669. La Reina no aguantó mucho en el gobierno del reino por sus veleidades y favoritismos y fue expulsada igualmente de la Corte, fijando su residencia en el Alcázar de Toledo. Don Juan José se puso al frente del gobierno. Muchas esperanzas se pusieron en este mandato, sin embargo, fueron en vano pues las reformas que intentó acometer en la Hacienda Pública no tuvieron buen resultado y derrochó su gobierno en las luchas internas contra sus adversarios y, externas, en defender la dramática situación en la que se encontraba nuestra nación por la posición avasalladora de la Francia de Luis XIV, a la que acabó cediendo el Franco Condado por la Paz de Nimega en 1679. La situación de guerra dejó las arcas públicas tan exhaustas que hubo de pedir a los aristócratas un do­nativo “voluntario” en abril de 1679. Ese mismo año, murió don Juan, posiblemente envenenado.

El segundo gran periodo del Reinado de Carlos comienza cuando alcanza la mayoría de edad en 1679.

Se había casado con Mª Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV de Francia, que fue la elegida por la fuerte oposición que, en su momento, ejerció don Juan José contra el matrimonio con una princesa austríaca. Tenía miedo de que la nueva Reina se hiciera fuerte en un bloque con la Reina madre y en contra de él. Sin embargo, Don Juan José murió poco antes de celebrarse la boda. Este matrimonio duró hasta el fallecimiento de la Reina en 1689. No tuvieron descendencia.

A los 10 días de su fallecimiento, al Rey le señalaban la necesidad de volver a casarse.

Durante este periodo, Carlos II, conocedor de su incapacidad, pero con la suficiente inteligencia como para rodearse de buenos administradores, consiguió, frente a la oposición de la nueva Reina y de parte de la nobleza, el nombramiento como validos, de manera sucesiva, de tres grandes hombres: Valenzuela, del Duque de Medinaceli y del Conde de Oropesa.

El primero de ellos, Valenzuela, inició un movimiento reformador con varias medidas que fueron continuadas por su sucesor, el Duque de Medinaceli.

Consiguieron controlar la inflación desmedida a base de deflaciones que, aunque en un primer momento no fueron muy buenas para las arcas de la Corona, sí lo fueron para los ciudadanos. Dando así el primer paso para la recuperación económica que se logró de manera patente con el Conde de Oropesa. El Conde creó la “Superintendencia General de Hacienda”. Esta institución se dedicó por primera vez a establecer un presupuesto coherente, con techo de gasto y estructuración a base de objetivos y proyectos reales, siendo el primer ejemplo de presupuesto en base cero de España, aunque entonces no se denominara así. Se condonaron las deudas municipales para intentar que las mismas no lastraran la recuperación local y redujeron los gastos superfluos de la Corte. Hubo una bajada general de impuestos y se buscaron administradores – funcionarios- entre personas conocedoras de la materia, aunque no fueran nobles. La consecuencia fue el florecer económico de España que, por primera vez desde los tiempos de los diferentes reyes “Felipe” de la casa de Austria, dejó de tener bancarrotas. Muy al contrario, el Estado logró superávit y la organización y paz económica permitieron el florecimiento de nuevos negocios y la llegada de fondos que antes no se concebían.

Con todo, este periodo estuvo caracterizado, en la parte negativa, por la oposición interna de una parte de la Corte, especialmente por la facción encabezada por la Reina, y también por una parte del clero y, en el aspecto internacional, por los problemas militares con Francia.

Aquellos problemas y la presión callada pero constante de Portocarrero, ambicioso arzobispo de Toledo, hicieron que cayera en desgracia el Conde de Oropesa.

Se inicia así, en la década de los 90, un tercer periodo en el reinado de Carlos II. La mayor parte de este tiempo se desarrolla con la nueva Reina, Mariana de Neoburgo, ejerciendo las tareas de gobierno y, como valido, el cardenal de Toledo, Luis Fernández de Portocarrero. Es un periodo dominado por las intrigas palaciegas y las redes de influencia europea para determinar quién debía ser el sucesor de Carlos II en la Corona española.

Presentemos brevemente a Portocarrero y cómo su persona influye en los dos periodos anteriores del mandato de Carlos II y es esencial en este tercero.

Portocarrero era hijo menor de Leonor de Guzmán y del conde de Palma del Río y marqués de Almenara, Luis Andrés Fernández de Portocarrero y Mendoza. Licenciado en Teología, canónigo y deán de la catedral de Toledo, vicario general de esa diócesis durante las ausencias del arzobispo Pascual de Aragón, y finalmente cardenal nombrado por Clemente IX, en el período en que Mariana de Austria- la Reina madre- ejercía la regencia, el 29 de septiembre de 1669, aunque no parece que la Soberana apoyara su designación con entusiasmo.

Desde su llegada a la Corte, ya ejerció algún cargo político en la época de Felipe IV, Portocarrero había tenido gran influencia política y así siguió toda su vida, a veces en primer plano, a veces más en la sombra, pero siempre al tanto y con gran peso en la vida política debido a su profunda preparación y considerable inteligencia, habilidad y ambición.

Su primer gran impulso hacía el poder lo logró durante la regencia de don Juan de Austria. En 1677, ocupó la vacante del arzobispado de Toledo por muerte de Pascual de Aragón y poco después, en abril, fue nombrado también consejero de Estado y virrey de Sicilia interino entre 1677-1678. Estos importantes puestos le obligaron a ausentarse de la sede arzobispal y por ello su sobrino Pedro, desde el arcedianato, actuó como su sustituto en la ciudad de Toledo. En Sicilia demostró sus dotes de gobernante en un momento realmente difícil con el levantamiento de Mesina.

Fallecido don Juan José, la Reina madre, como regente, aparta de la corte y de los puestos de representación a todos los partidarios del hermanastro del Rey. El cardenal es enviado de vuelta a Toledo. Una vez allí, Portocarrero preparó sus propios proyectos de reforma religiosa, social y política. Convocó el sínodo de Toledo con el que pretendía incrementar de forma considerable la presencia de la Iglesia en la sociedad, a base de convertirla en el eje y guía de las instituciones municipales.

A finales de la década de los 80 mientras España florecía en su economía y con cierta paz interior, se dilucidaba en las altas instancias y consejos quién debía de ser la segunda esposa del Rey, sobre todo, pensando en la necesidad de darle un heredero. Se formaron diversas camarillas, siendo mayoritaria la que veía con buenos ojos a alguna princesa austríaca. El Cardenal Portocarrero, que era miembro del Consejo de Estado y su hermano Pedro, como Presidente del Consejo de Aragón, abogaban por Mariana de Neoburgo, hija del elector del Palatinado, que finalmente fue la elegida.

Pero la nueva Reina favoreció a los consejeros enviados desde la corte imperial frente a los españoles. Así se inicia un periodo de poder de la camarilla austríaca, con oposición callada pero importante de los nobles y clero españoles. En esa tarea resultó especialmente eficaz el cardenal Portocarrero que aprovechó la ocasión para intentar un asalto al poder, poniendo como excusa que los austríacos habían incrementado la presión fiscal, según decían, para hacer frente a la defensa de Cataluña frente al ejército invasor francés, pero tales razones defensivas no justificaban adecuadamente el incremento de los impuestos, sobre todo, contando con el despilfarro que los austríacos llevaban en la corte. En el verano de 1679, Barcelona cayó bajo el dominio de las tropas francesas. Mariana pretendía seguir la contienda frente a Francia siguiendo las directrices del emperador Leopoldo, mientras Portocarrero y los demás opositores a los austríacos preferían alcanzar un acuerdo de paz con Francia ante la desesperada situación militar que auguraba la pérdida del resto de Cataluña. Durante unos años la guerra continuó.

A mediados de los años 90, a los problemas señalados se unió de manera imperiosa el problema sucesorio. Portocarrero fue de los primeros en darse cuenta de que la salud del Rey hacía harto improbable que un heredero llegara de aquel matrimonio real. Pero para lograr sus propósitos era necesario alejar al Rey de la influencia de la Reina. Aprovechó la ocasión que le brindó una recaída importante del Rey en su enfermedad al tiempo que la Reina también se encontraba indispuesta, para acceder al poder. Consiguió que el Rey le diera el plácet a la redacción de un testamento en la que dejaba el trono a de José Fernando de Baviera, el sobrino-nieto de Carlos II. Portocarrero, desde el Consejo de Estado, logró la designación como heredero de José Fernando de Baviera; consiguiendo una tercera vía entre las pretensiones francesas de Luis XIV y las austríacas del emperador y de la propia Reina.

En el ámbito exterior, una maniobra habilidosa de Luis XIV, que también pensaba en la sucesión a la corona de España, permitió iniciar una serie de negociaciones que culminaron con la firma del tratado de Ryswick (1697). Tratado que pone fin a la guerra de los 9 años en la que se enfrentaban Francia en un bando y España apoyada por Inglaterra, los Países Bajos y el Sacro Imperio Romano Germánico, por otro. El fundamento del acuerdo consistió en devolver los territorios conquistados y mantener el statu quo existente tras el tratado de Nimega. Así España recuperó Cataluña. El resto de los participantes, también recuperaron plazas ocupadas; entre otras y de gran trascendencia para el futuro, los Países bajos españoles recuperarían Ath, Charleroi, Luxemburgo, Mons, Namur, Nieuwpoort y Oudenaarde. Cuando años más tarde Luis XIV invadiera de nuevo estos territorios flamencos en nombre de su nieto Felipe, se iniciará la guerra de sucesión española.

Para mantener la paz, era necesaria la ratificación del testamento de Carlos II por las fuerzas firmantes de la paz de Ryswick y para eso Portocarrero sabía que debía separar al Rey de la influencia de la Reina. La excusa la encontró el Cardenal en la débil salud de Carlos. Alegando que mejoraba cuando estaba fuera de la Corte, lo trasladó a Toledo, bajo su protección. Cierto es que el Rey mejoraba fuera de la Corte pues los médicos de Toledo, más modernos en sus métodos, administraban al Rey quinina, lo que favorecía su recuperación, frente a los protocolos de los médicos de la Corte que limitaban su acción a tratar al Rey con agua ferru­ginosa mezclada con vino y lavativas de toda ín­dole. Es comprensible que el Rey, con semejante tratamiento, empeorase en Madrid.

Inocencio XII ratificó en 1698 el testamento de Carlos II en el que instituía heredero universal de toda la Monarquía a don José Fernando, en aquel momento un niño. Por lo que se dejó estipulado también la composición del consejo de Regencia, por si fuera necesario. El cardenal Portocarrero sería quien presidiría ese Consejo de Regencia con amplios poderes.

Pero la “solución Bávara” posiblemente la más favorable a los intereses españoles para mantener nuestra posición en Europa se extinguió el 3 de febrero de 1699 cuando José Fernando murió.

De nuevo la facción austríaca, encabezada por la Reina, y la borbónica se enfrentaban en la Corte española. Portocarrero optó por defender la sucesión en la persona del nieto de Luis XIV, al considerar que era la mejor opción para mantener la integridad territorial de la Monarquía. De nuevo el cardenal de Toledo maniobra para logar que Carlos II firme un nuevo testamento, ahora, en favor de la opción borbónica y en contra de las pretensiones de la Reina. En el tes­tamento, se elige, como sucesor de Carlos II, a Felipe de Anjou, con la condición expresa de que éste, de aceptar su herencia, renunciaría a cualquier derecho a la Corona francesa.

El testamento fue aprobado por el Consejo de Estado y el de Castilla donde Portocarrero mantenía sus influencias e incluso las incrementaba día a día por las injerencias de los austríacos y de la Reina. Injerencias extranjerizantes, que nada gustaban a los españoles.

La labor de Pedro Portocarrero, sobrino del cardenal y nuncio ad latere del papa, unido a las amistades que el propio cardenal había conseguido durante su estancia en Italia, fueron suficientes para que el Papa Inocencio XII, de nuevo, estuviera de acuerdo con el arzobispo de Toledo y aprobara el nuevo testamento real.

El último acto de Carlos II como Rey fue nombrar a Portocarrero regente de la Monarquía. Con todo el poder en sus manos desterró a sus enemigos en la corte y a la propia Reina. Alejados y dispersos sus oponentes, el poder de Portocarrero se hizo aún mayor.

No sólo dirigió la regencia, sino que fue nombrado consejero del gabinete de Felipe V y logró que a uno de sus sobrinos lo nombrara el nuevo monarca virrey de Cataluña.

Su última maniobra política de importancia fue el matrimonio de Felipe V con María Luisa Gabriela de Saboya. Pero sus días de mando tocaban a su fin. Como miembro de la Junta de Gobierno que rigió la Monarquía durante el viaje de Felipe V a Italia en 1702, tuvo múltiples discrepancias y enfrentamientos con el embajador francés en Madrid. La primera junta se formó a instancia de Portocarrero sólo por españoles. Pero Luis XIV, al poco tiempo, logró introducir la presencia de algunos consejeros franceses, en especial del embajador que con el tiempo se fue adueñando de las decisiones, que, realmente, dictaba el Rey de Francia. El embajador era el nuevo valido.

Los primeros enfrentamientos entre el embajador francés y Portocarrero se debieron a la forma de manejar la Hacienda, por el uso de las cuentas en la guerra de sucesión que ya se había iniciado. Posteriormente, fue destituido el sobrino de Portocarrero como Virrey de Cataluña. Ante esta situación, Portocarrero dimitió acusando de despectivo y erróneo la utilización que los franceses hacían de los Consejos españoles tradicionales.

La guerra avanzaba, Portocarrero se refugió en su sede arzobispal alejado de toda influencia política. Pero su malestar era tan profundo que, el 25 de junio de 1706, cuando el archiduque y sus tropas entraron en Madrid, el pretendiente austríaco fue aceptado como Rey de Toledo (donde residía la Reina viuda), y el propio arzobispo Primado ofició el Te Deum de proclamación. Cierto es que en aquel momento Felipe V huía hacia Burgos y que España parecía que iba a caer en manos austríacas. Pero no fue así.

A la vuelta de Felipe V a Madrid, el 4 de octubre, Portocarrero pidió perdón y le ofreció su lealtad. Su ofrecimiento contó con el profundo desprecio de la Corte, que, sin embargo, lo mantuvo en el cargo arzobispal. Y allí bautizó al príncipe de Asturias, Luis, en diciembre de 1707 y un año más tarde actuó de padrino en el juramento que el príncipe hizo, en la iglesia de San Jerónimo, como heredero de la Corona. Fue el último acto público relevante de Portocarrero antes de fallecer el 14 de septiembre de 1709.

BIBLIOGRAFIA

RIBOT, L. “La sucesión de Carlos II. Diplomacia y lucha política a finales del siglo XVII”, Ed. Junta de Castilla y León, 2004.

RIBOT, L (dir.). “Carlos II. El Rey y su entorno cortesano”. Ed, Centro de Estudios de Europa Hispánico. 2009.

CALVO POYATO, José. “La vida y época de Carlos II el Hechizado”. Ed. Planeta. 1998

PEÑA IZQUIERDO, J.R. “La Casa de Palma. La familia Portocarrero en el gobierno de la Monarquía Hispánica (1665-1700)” Ed.  Universidad Córdoba. 2004

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