La Intervención Norteamericana en Panamá

Desde que el 25 de septiembre de 1513, Núñez de Balboa encaramado en una cima, desde el istmo de lo que con los años será Panamá, avistase por primera vez el océano Pacífico, al que denominó “Mar del Sur” (años más tarde, Fernando de Magallanes le dio el nombre de Pacífico) muchas naciones intentaron encontrar una ruta que uniera el Océano Atlántico y el Pacífico sin tener que dar la vuelta por todo el continente y pasar  por el Estrecho de Magallanes.

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Se evaluaron numerosas ideas: un canal en Nicaragua, uno en Tehuantepec (México), otro en el Darién y un paso por el istmo de Panamá, que por ese entonces era territorio colombiano. Pero ninguna de esas ideas se concretarían hasta el siglo XIX.

En este punto conviene hacer un inciso con una mínima explicación sobre la situación geopolítica de la zona en el Siglo XIX.

La independencia del Virreinato de Nueva Granada de España (1821) supuso un giro importante para todos los territorios que conformaban aquella división administrativa española (abarcaba los territorios actuales de Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá). Se forma así la Gran Colombia. Su superficie sumaba a los territorios ya nombrados la Guayana Esequiba (parte de Guayana) y otros territorios en disputa como el este de Costa Rica, parte de Nicaragua y Honduras, los territorios al nordeste de Brasil y la zona norte del Perú.  En 1831, con la disolución de la Gran Colombia, se crea la República de Nueva Granada y posteriormente Confederación Granadina formada por lo que serán Colombia y Panamá, que pasó por diversas vicisitudes y formas políticas y diversos nombres a lo largo del S. XIX. Durante la segunda mitad del S. XIX, la integridad territorial de aquella Republica fue puesta en peligro en diversas ocasiones, casi todas ellas por la injerencia norteamericana para controlar el istmo de Panamá.  En 1846 Colombia firmó un tratado por el que permitía a EE UU construir un ferrocarril que cruzara el istmo; le garantizaba además la libertad de tránsito y el derecho a proteger el ferrocarril con militares. Las élites de Colombia y de la región del Istmo se enriquecieron con el ferrocarril.

A la luz de estos negocios se vislumbró la idea de realizar en esa misma zona un canal. El primer intento importante ocurrió en 1880, cuando Bogotá otorgó la concesión para la construcción del canal a Fernando de Lesseps, un ingeniero francés que había construido el Canal de Suez. Las obras se inician en 1881, pero se detuvieron en 1889 por falta de confianza de los inversores debido a problemas de ingeniería y a la elevada tasa de mortalidad de los trabajadores (la humedad y la falta de medidas sociosanitarias adecuadas creaban muchas enfermedades).

En esa época, Estados Unidos era una potencia emergente que estaba a punto de quedarse con el control de Puerto Rico y Cuba.

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Colombia tenía multitud de problemas internos, lo que aprovechó USA para pretender no sólo construir el Canal sino quedarse con él y comprar todo el territorio de alrededor por 40 millones de dólares. Colombia no lo aceptó, pero sí firmó el tratado Herrán-Hay (el secretario de Estado estadounidense, John Hay, y el ministro colombiano Tomás Herrán) entre Colombia y Estados Unidos, por el que se concede a USA la licitación y construcción del Canal. En la propuesta se establecían dos elementos claves, la construcción de otro canal en Nicaragua, para no depender en todo del de Panamá y el abono de una indemnización a Colombia y a Francia, por la inversión ya realizada. Sin embargo, ni el canal en Nicaragua se construyó, ni el Parlamento Colombiano aceptó los términos del tratado en la sesión celebrada el 5 de agosto de 1903 y que fue el detonante para la independencia de Panamá de Colombia. El 3 de noviembre de 1903, una junta revolucionaria panameña declaró la independencia de Panamá, apresurándose el Gobierno norteamericano a reconocer de inmediato la soberanía del país. Aunque Colombia intentó sofocar la independencia con su ejército, las tropas norteamericanas se lo impidieron. Colombia no reconoció la independencia de Panamá hasta 1921 cuando USA pagó a Colombia 25 millones de dólares como compensación.

Tras la independencia, se firmó un acuerdo Panamá- EE.UU (Administración Roosevelt) , el Tratado Hay-Bunau Varilla, firmado el 18 de noviembre de 1903. Garantizaba que USA mantendría la independencia de Panamá mientras ese país le otorgara la concesión a perpetuidad del canal, además del domino de la que se denominó la Zona del Canal, que comprendía 8 kilómetros hacia cada lado de la estratégica vía. Panamá recibiría 10 millones de dólares.

Estados Unidos inició el proyecto constructivo en 1904 e inauguró el Canal en 1914. USA siguió controlando el Canal y la zona circundante hasta los acuerdos Torrijos- Carter de 1977.

TORRIJOS Y NORIEGA

Omar Torrijos Herrera fue un militar panameño que estudió en las academias militares de Venezuela, El Salvador y USA. En 1966 era teniente coronel de la Guardia Nacional panameña.

En 1968 un golpe militar derribó el orden constitucional en Panamá y derrocó al presidente Arnulfo Arias. Se formó una Junta Militar que fue presidida por Torrijos. Torrijos desplegó una política nacionalista y antiimperialista. Reconoció a la Cuba revolucionaria, nacionalizó parte de la producción industrial y decidido la recuperación del Canal, bajo la ayuda de la ONU. Así logró que la débil Administración Carter firmara el acuerdo señalado en 1977, que reconocía la soberanía panameña sobre la zona del Canal y se comprometía a ceder el control total del Canal a Panamá en 1999, como así ocurrió.

Torrijos, a su vez, se comprometía a ceder el poder civil a los panameños, convocando unas aparentes elecciones libres en 1981, aunque se reservaba el mando de la Guardia Nacional. Murió en lo que muchos consideran un sospechoso accidente de avioneta en 1981.

La democracia no llegó a Panamá. Dos años después, el coronel Manuel Antonio Noriega tomó el poder de la Guardia Nacional, se ascendió a sí mismo a general y se nombró líder de Panamá.

Noriega, desde entonces, “condicionó” la vida política de Panamá.

Antiguo agente de la CIA y graduado en la Escuela de las Américas, empezó a consolidar su poder con rapidez siempre con el supuesto apoyo de USA. En las elecciones de 1984, Noriega proclamó la victoria de N. Ardito Barletta frente al autentico ganador Arnulfo Arias. Además, se le consideró inductor del asesinato de algunos miembros de la oposición democrática.

Las cosas fueron de mal en peor a principios de 1987, cuando Noriega se convirtió en el centro de un escándalo internacional. Muchos panameños exigieron la renuncia de Noriega, hubo protestas, huelgas generales y manifestaciones que derivaron en choques violentos con las fuerzas de defensa de Panamá. En febrero de 1988, el presidente panameño Eric Arturo Delvalle trató de expulsar a Noriega, pero el general conservó las riendas del poder, derrocó a Delvalle y lo obligó a exiliarse. Noriega nombró a continuación un presidente más afín a su causa. Todo esto puso a EE.UU en contra de Noriega.

En febrero de 1988, el general Noriega fue acusado por un tribunal de Miami de narcotráfico, crimen organizado y lavado de dinero. El entonces presidente estadounidense Ronald Reagan le ofreció un trato: renunciar al poder y abandonar Panamá, y los cargos por drogas serían retirados. Noriega no tenía intención de irse, pero los panameños contrarios a Noriega apoyados por los norteamericanos ansiaban su destitución. Así pues, en 1989, el entonces presidente estadounidense George Bush padre, elegido apenas unos meses antes, envió más tropas a las bases estadounidenses en Panamá.

La reacción de Noriega fue anular las elecciones de 1989. El 15 de diciembre de 1989, la asamblea legislativa nombró presidente a Noriega y su primera acción oficial fue declarar la guerra a EE UU. Al día siguiente, soldados panameños mataron a un marine estadounidense desarmado y vestido de civil cuando salía de un restaurante en Ciudad de Panamá. A primera hora del 20 de diciembre de 1989, Ciudad de Panamá fue atacada por aviones, tanques y 26.000 soldados estadounidenses en la operación Causa Justa. Aunque la finalidad era apresar a Noriega, la operación se vio oscurecida por la falta de información, lo que dio lugar a que 2.000 civiles murieran y decenas de miles perdieran sus viviendas al quedar destruidas zonas enteras de la ciudad.

En un discurso a la nación tras la invasión, Bush dijo que quería decirles a los estadounidenses «lo que hice y por qué lo hice»: «Las imprudentes amenazas y ataques del general Noriega contra los estadounidenses en Panamá crearon un peligro inminente para los 35.000 ciudadanos estadounidenses en Panamá. … Como presidente, mi mayor obligación es salvaguardar la vida de los ciudadanos estadounidenses… Se han alcanzado objetivos militares clave…La mayor parte de la resistencia organizada ha sido eliminada, pero la operación aún no ha terminado. El general Noriega se esconde.»

El día de Navidad, el quinto de la invasión, Noriega pidió asilo en la embajada vaticana. Fuerzas estadounidenses rodearon la embajada y presionaron al Vaticano para que lo entregase, ya que entrar en la embajada habría supuesto un acto de guerra contra Estado papal. No obstante, EE.UU utilizó una táctica psicológica: atronar los oídos de todos los residentes en la embajada con música heavy metal y hard rock (Van Halen, Metallica, Guns N’ Roses, Iron Maiden …). La embajada también quedó rodeada por masas de panameños furiosos que exigían la expulsión de Noriega. 10 días después Noriega se entregó a las tropas de EE.UU. Era el 3 de enero 1990 ( justo 36 años antes de que “extrajeran” a Maduro de Venezuela).

En Miami, Noriega fue juzgado y condenado a 40 años de prisión por tráfico de drogas. Durante ese juicio, Estados Unidos admitió haber pagado a Noriega 322.000 dólares estadounidenses en efectivo y regalos durante su relación con la CIA.

En 2007, fue liberado de prisión por buena conducta y extraditado a Francia, donde cumplió pena de prisión por lavado de dinero. En 2011 regresó a Panamá y fue encarcelado de nuevo por asesinato, corrupción y malversación de fondos. Falleció en 2017.

Panamá, tras la caída de Noriega, con altas y bajas (problemas de desigualdad social, corrupción…), afianza su sistema democrático y su prosperidad económica.

¿Terminó la influencia USA con la llegada de la democracia y la devolución de la soberanía del canal en 1999?

 La respuesta es no. Aunque los soldados se fueron relativamente rápido, Washington siguió desempeñando un papel en la conformación del futuro de Panamá.

Su influencia persistió a través de canales políticos, económicos e institucionales. No sólo en la configuración del sistema de seguridad impulsando la abolición del ejército y la creación de un modelo de seguridad basado en la policía. También influyó en la política económica mediante la ayuda, las instituciones financieras y la integración comercial.

Nació así un tipo de «gobernanza indirecta», demostrando cómo después de una intervención militar puede seguirse ejerciendo una influencia sin recurrir a una ocupación.

Para USA el canal es una infraestructura estratégica y vulnerable- Trump habla de espionaje chino-, pero la verdad es que tiene un valor militar y defensivo tan grande como comercial.

La justificación del interés actual del presidente Trump es, de nuevo, el narcotráfico. Es cierto que los cárteles colombianos camuflan sus envíos ilegales entre los contenedores legales. Panamá ha ofrecido a Trump un mayor control sobre ese trapicheo. Intentan así conservar la soberanía sobre el canal.

BIBLIOGRAFÍA

.- BENZ. W Y GRAML. H. “El siglo XX. Problemas mundiales de los dos bloques de poder”. Ed Siglo XXI. 1981

.- MUNIESA, B y OLIVER, J.- “Diccionario de Historia Actual (1945-2000)”. Ed Salvat. 2000

.- Procacci, G.- “Historia General del Siglo XX”. Ed. Crítica.2001

.- artículos de prensa

LAS HERMANAS CLARY Y NUESTRA REINA AUSENTE.

Como se acerca la Navidad vamos a tratar un divertimento muy familiar. Vamos a hablar de dos hermanas que llegaron a ser reinas. Una de ellas de España. Una reina que nunca pisó territorio nacional y posiblemente sea la más desconocida de nuestras consortes en la Edad Contemporánea.

Me refiero a las hermanas Clary, Julia y Desirée. Hijas de un rico comerciante de sedas de Marsella, François Clary. La buena posición económica hace que Monsieur Clary se case, en segundas nupcias, con una señora perteneciente a la alta burguesía de la ciudad. Fruto de ese segundo matrimonio nacen nuestras hermanas protagonistas: Julia en 1771 y Desirée en 1777.

Cuando estalló la Revolución Francesa (1789), alcanzó Marsella y la llenó, como al resto de Francia, de episodios de radicalismo y violencia. La riqueza alcanzada por la familia Clary les había dado notoriedad social y, así, uno de los hijos varones de nuestro comerciante había alcanzado lustre suficiente como para convertirse en diputado del departamento de las Bocas del Ródano durante el Consulado, con cargos administrativos bajo el Imperio. Por ello, en 1792 se convirtió en objetivo de El Terror y fue encarcelado.

Ambas hermanas se dirigieron a solicitar clemencia por su hermano ante los jóvenes militares de la Revolución. Entre ellos figuraban dos hermanos de posición social menos importante que la de nuestras protagonistas, lo que en aquellos tiempos tenía su trascendencia. Uno de esos hermanos era el jefe de la Artillería en el sitio de Toulon, el otro era el secretario del Ejercito. A este segundo, llamado José, se dirigieron las hermanas Clary. José logró liberar al hermano detenido, al tiempo que quedaba prendado de la pequeña Desirée. El caso es que ese flechazo lo sintió también el hermano menor de los dos (Napoleón). La capacidad de persuasión de Napoleón sobre su hermano hizo que José se prometiera con Julia -bajita, delgadita,  con ojos marrones vivarachos-, no era la hermana más agraciada. Sin embargo, ambas gozaban de modales refinados y excelente educación, lo que las hacía más atractivas.

Napoleón se promete con Desirée el 21 de abril de 1795.

Sin embargo, esta promesa se rompió cuando Napoleón conoció a Josefina Beauharnais, viuda rica, cosmopolita, próxima a los círculos de Barrás, y con influencias suficientes para abrirle unas puertas que la ambición política de Napoleón no podía desdeñar. Dejó a Desirée, quien en las cartas que se conservan en los archivos históricos de Suecia le dijo: “Has hecho mi vida miserable, pero soy bastante débil para perdonarte”.

Napoleón se casó con Josefina en 1796. Pero no dejó abandonados ni a su hermano José, ni a su antigua novia. Motivo por el cual, Josefina, que no se fiaba, logró que Napoleón casara a Desirée con Jean-Baptiste Bernadotte, uno de sus mariscales más brillantes.

En este punto la vida de las dos hermanas sigue caminos diferentes, aunque no tanto como pudiera parecer.

En 1794, Julia se casó con José Bonaparte. No se sabe bien si en una ceremonia religiosa muy discreta o en una ceremonia civil. La historiografía no se pone de acuerdo, aunque hay razones para pensar que, dado el ambiente revolucionario poco cristiano, fue una ceremonia civil , afianzándose esta opinión debido a que la ceremonia de la boda civil se ocultó a la religiosa sociedad española de entonces para evitar aún mayor aversión hacia los nuevos reyes. Pero nos hemos adelantado unos años.

Durante las guerras napoleónicas, José I actuó como enviado de su hermano y firmó tratados con Estados Unidos, Austria, Gran Bretaña y el Vaticano. Fue embajador en Roma en 1797 y contribuyó a la preparación del golpe de Estado dado por su hermano, el 9 de noviembre de 1799 (logrado tras una reunión organizada por Julia en su finca familiar, y con las buenas relaciones de Josefina).

La vida familiar continuaba en todo este periplo y llegaron al mundo las dos hijas de Julia y José (Zenaida y Carlota. Fue Carlota la más conocida de las hermanas, por su actividad como artista y pintora. Ambas se casaron con primos suyos, Bonaparte, y tuvieron título aristocrático. Carlota falleció en 1839 y está enterrada en la Santa Croce en Florencia).

Napoleón, ya emperador, adjudicó a su hermano José el Trono de Nápoles en 1806, donde gobernó hasta el verano de 1808. Julia le acompañó a Italia donde ejerció de reina consorte.

Después de las abdicaciones de Bayona, Napoleón instaló a su hermano José al frente de la Corona española ( el 7 de julio de 1808 era proclamado Rey de España y de las Indias. Prestó juramento en las Cortes, reunidas por su hermano en la ciudad francesa de Bayona – que previamente habían aprobado la Constitución ofrecida por Napoleón a los españoles-) y proclamó a Murat, que estaba al frente de las tropas francesas en España, como Rey de Nápoles.

En España, José reinó cinco años marcados por la Guerra de la Independencia. Mientras, Julia se instalaba en Francia, con sus hijas. Nunca pisó suelo español y se la conoció como la “reina ausente”.

El nuevo rey nunca fue del agrado popular llegando incluso despectivamente a llamarle con el mote de Pepe Botella . Aunque era abstemio. El rey José trataba de atraerse la simpatía del pueblo llano, otorgando leyes populares y organizando fiestas (por ejemplo, retiró los impuestos sobre el alcohol y abolió el tribunal de la Inquisición – abolió la Inquisición el 4 de diciembre de 1808 a través de los decretos de Chamartín. Sin embargo, esta abolición solo tuvo efecto en la España «afrancesada» bajo su control y no se aplicó en la España «patriota», donde fue abolida posteriormente por las Cortes de Cádiz en 1813), pero no había forma de que los españoles le quisiéramos ni un poquito. Se le consideraban como el máximo representante de la opresión extranjera. En enero de 1810, dirigió personalmente la campaña de Andalucía. Un año después, y tras realizar un viaje a París, quiso abdicar, pero Napoleón le nombró generalísimo de todo el ejército de España. En 1812, al constituirse las Cortes de Cádiz, intentó infructuosamente alcanzar un acuerdo con ellas. Las derrotas francesas en Arapiles (julio de 1812) y la de Vitoria (13 de junio de 1813), terminaron en el final de su breve reinado español en 1813. En diciembre de este mismo año, se firmaba el tratado de Valençay, por el que Napoleón reconocía a Fernando VII como rey de España. El 13 de marzo de 1814, José I Bonaparte regresaba a Francia, no sin antes llevarse con él un buen número de las joyas de la corona española. Muchas valieron para sufragar las guerras napoleónicas , otras acabaron en manos de Julia. De entre estas últimas, la famosa perla Peregrina, que llevaba en poder de la Corona española desde Felipe II. Julia, en su testamento, legó la perla Peregrina a su sobrino Carlos Luis Napoleón-Bonaparte (futuro Napoleón III). Tras ser derrocado, Napoleón III se exilia en Inglaterra, donde vendió la famosa perla en 1848 al marqués de Abercorn, y desde allí fue pasando a diversos coleccionistas y millonarios de forma privada.

Pero dejemos el saqueo de nuestras joyas y volvamos al matrimonio Bonaparte.

A José se le ofreció ser emperador de México, pero al final se quedó en Washington, mientras julia permaneció en París debido a sus problemas de salud y por las constantes infidelidades de su esposo. En Francia mantuvo una vida holgada gracias a la venta de algunas joyas y a la ayuda de su hermana, de la que enseguida hablaremos.

Finalmente, tras el derrocamiento de Napoleón I,  José vuelve a Europa, primero a Londres, y posteriormente, en 1841, a Florencia. Pidió perdón a Julia, que le perdona y se instala con él en Florencia, donde le cuidará en sus últimos días. José muere en Florencia el 28 de julio de 1844 y Julia al año siguiente.

A Desirée la habíamos dejado casada con Jean-Baptiste Bernadotte. Matrimonio que se concertó con un contrato prenupcial, algo novedosísimo para la época. Esto permitiría a Desirée mantenerse como única dueña de su herencia familiar, evitando que su marido interfiriera en su independencia económica. Gracias a ese dinero pudo sufragar su lujosa vida en París y, ayudar a su hermana,  mientras su esposo iba de batalla en batalla. En 1799 nació su único hijo, Óscar

En 1798, Bernadotte, fue nombrado ministro de la Guerra, responsabilidad para la que demostró grandes habilidades.

Bernadotte, en aquel tiempo se mantuvo a poca distancia de Napoleón, pero ya mostraba ideas propias cuando se negó a apoyarle en los preparativos del golpe de Estado de noviembre de 1799 (18 de Brumario). Al llegar el Imperio, Bernadotte fue nombrado uno de los dieciocho mariscales de Francia. Siempre fue un gran militar, corroborándolo, por ejemplo,  en la magnífica dirección militar que llevó a la victoria francesa en Austerlitz, lo que le valió el título de príncipe de Pontecorvo. Como decimos, siempre tuvo sus más y sus menos con Napoleón al que desobedeció en más de una ocasión. Al tiempo que entre sus hombres se labraba una fama de independencia, incorruptibilidad, moderación y capacidad administrativa. Fama que incluso se extendió por los territorios que ocupó y administró.

Fue el primero en quien pensó Napoleón para ocupar la corona española, pero la rechazó, de ahí que recayera en José Bonaparte.

En 1810, a punto de tomar posesión como gobernador en Roma , fue elegido heredero de la corona sueca. Esta elección realizada por el ejército sueco se debió a que el ejército, previendo futuras complicaciones con Rusia , se mostraba favorable a la elección de un soldado como heredero, y en parte también porque Bernadotte era muy popular en Suecia por el buen trato dispensado a los prisioneros suecos durante la última guerra contra Dinamarca.

El 5 de noviembre de 1810, recibía el homenaje de los estados suecos, siendo adoptado por el rey Carlos XIII bajo el nombre de Carlos Juan. El nuevo príncipe fue pronto muy popular, y se convirtió en el hombre más poderoso de Suecia y Noruega (las coronas estaban unidas).

En 1813, alió la corona sueco-noruega con Gran Bretaña y Prusia en la Sexta Coalición contra Napoleón. Dos años más tarde, 18 de junio de 1815, tuvo lugar la batalla de Waterloo, el principio del fin del Imperio de Napoleón, una derrota lograda por Arthur Wellesley, duque de Wellington, que dirigía una tropa aliada de varios países europeos entre ellos, Suecia y Noruega.

Los Bernadotte fueron coronados reyes de Suecia y Noruega en 1823. Jean-Baptiste Bernadotte reinó bajo el nombre de Carlos XIV.

Asentada ya en Estocolmo, la vida de la reina Desirée fue larga, ya que vivió hasta los 83 años en una época de gran bonanza para su nuevo país. Aunque nunca aprendió sueco y emprendía viajes personales secretos bajo el nombre de condesa de Gotland, sobre todo para ir a Francia, llegó a ser muy querida por los ciudadanos nórdicos.

La literatura y sobre todo el cine han contribuido a incrementar la leyenda, históricamente no comprobada , del mantenimiento de su amistad con Napoleón.  Esa leyenda popular, quedó reflejada en la película ‘Désirée’. con Jean Simmons en el papel de Desirée y Marlon Brando como Napoleón.  Meses antes de su fallecimiento, su nieta menor (princesa Eugenia) le preguntó lo que más extrañaba de Francia, y esta le respondió: «Tener 18 años y ser muy feliz porque el amor entró una tarde por la puerta de mi casa de Marsella».

Por último, no podemos olvidarnos de mencionar que, cosas del destino (o de la amistad perdurable y el interés político), el hijo de Jean-Baptiste y Désirée, el rey Oscar I, se casó con Josefina de Leuchtenberg. Es decir, con la nieta de Josefina de Beauharnais (por parte de su primer matrimonio con el vizconde de Beauharnais).

Desirée falleció el 17 de diciembre 1860 en Estocolmo y al igual que el rey Carlos XIV (fallecido en 1844) está enterrada en la Iglesia de Riddarholmen, ubicada en la isla Riddarholmen – siendo uno de los edificios más altos y vistosos en el perfil urbano de Estocolmo- y que sirve como panteón de los reyes suecos.

La actual casa reinante en Suecia procede directamente de Jean-Baptiste y Désirée Bernadotte.

FELIZ NAVIDAD Y UN AÑO 2026 LLENO DE VENTURA, PARA TODOS MIS LECTORES

LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA POLITICA FORESTAL EN ESPAÑA

Mi admirado profesor Ferreiro, tantas veces nombrado en este blog, con su español escacharrado, pero certero, decía que para hablar de historia había que “dárselo morto”. Lo que recuerda que la Historia es el análisis del pasado y periodismo la del presente. Como este es un blog de Historia no pretendo adentrarme en las procelosas aguas de la política forestal actual.

Los Ingenieros de Montes definen la política forestal como:

La política forestal la componen el conjunto de objetivos, acciones y medios que, en un plazo determinado, trata de fomentar la conservación del monte como medio natural, el aprovechamiento, comercialización y transformación industrial de sus productos, la investigación y desarrollo de técnicas de gestión, el uso público de los servicios ambientales del monte, la formación de profesionales y la cultura forestal que debe poseerla sociedad”.[1]

En 1700 murió Carlos II sin sucesor. Desaparecía la dinastía de los Austrias, tras la guerra civil de sucesión que trajo a España a Felipe de Anjou, Felipe V, nieto del monarca francés Luis XIV. Consolidada la nueva dinastía, Felipe V comenzó a introducir profundas reformas en la organización y administración del Estado, que incluían los organismos centrales de la monarquía, el gobierno interior, en especial en lo que atañía a la Corona de Aragón, y a la política fiscal. También procedió a una reorganización del Ejército; la Marina fue objeto de un proceso racionalizador y centralizador, en lo que desempeñó un papel fundamental la Intendencia General de la Marina, de la que en 1717 se hizo cargo José Patiño. El intendente tenía bajo su mando todo aquello que no concernía directamente a las operaciones militares. Entre estas funciones se encontraba la obtención de la materia prima para la construcción de los barcos, es decir, los montes y plantíos necesarios y el personal a ello vinculado. Fernando VI dispuso que la Marina se hiciese cargo de algunos montes próximos al mar y a los ríos navegables. Esta medida tuvo efectos globalmente beneficiosos, pues la Marina se hizo responsable de realizar una gestión racional. Se comprometía a plantar tres árboles por cada uno cortado y a marcar los árboles cuya tala estaba prohibida. Esto contribuyó a salvar bosques irreemplazables.

Fue todo un programa ilustrado que caracterizará el siglo XVIII, lo que incluía no sólo las reformas administrativas y militares, sino también la política de fomento de la producción, la construcción de nuevas infraestructuras, el desarrollo cultural y la creación de instituciones científicas, culturales y económicas.

Este programa continuó durante el reinado de Fernando VI y el ministerio de Ensenada, y verá su mayor desarrollo en la segunda mitad del siglo, sobre todo, con Carlos III. Es importante poner de relieve la continuidad entre estas etapas del siglo XVIII, que puede fácilmente rastrearse en la labor política de personajes como José Patiño, José del Campillo y Zenón de Somodevilla, no sólo por haber ocupado en diferentes momentos el poderoso Ministerio de Hacienda, Guerra, Marina e Indias, sino por el programa que habían esbozado y en uno u otro grado impulsado.  Esta continuidad, pacífica, inteligente y bien planificada llevó a que el siglo XVIII español haya sido uno de los más próspero de nuestra Historia, quizá pocas veces bien ponderado, hasta que Carlos IV y sobre todo Fernando VII malograron toda la obra anterior.

En materia forestal, durante las primeras décadas del XVIII se adoptaron medidas destinadas a la conservación de los recursos de los montes, por ejemplo, ante las demandas de las Cortes de Castilla, Felipe V ordenó una reforestación rápida y tomó algunas medidas proteccionistas, como la Ordenanza de 1719 para la defensa del pinsapar de la Sierra de Grazalema, que salvó esta importante reliquia forestal. Estas medidas no contradecían, sino que reforzaban lo legislado por los Austrias. Son numerosas las ordenanzas municipales que se establecieron en los siglos XVI y XVII destinadas a regular la convivencia entre los vecinos de los pueblos. Estas ordenanzas solían contener algún articulado que contemplaba los usos vecinales de los montes, que en algún caso estuvo vigente hasta bien entrado el siglo XIX. Esto es comprensible si tenemos en cuenta que, para muchos municipios, el monte era un recurso de primer orden y, además, con frecuencia fuente de conflictos. De todas formas, la importancia que se le concede en las diversas ordenanzas varía mucho, en función, sin duda, de su peso en la vida colectiva. En lo que a los aprovechamientos forestales se refiere, estas normas se presentaban en numerosos casos bajo la forma de prohibiciones, indicándose la multa o castigo consiguiente.

En 1748, se publicaron unas nuevas ordenanzas de montes dentro del programa de reformas impulsado por Ensenada. Existe la opinión generalizada de que estas ordenanzas estuvieron inspiradas en la Ordonnance de Louis XIV, que en 1669 hizo aprobar Jean Baptiste Colbert, lo que da pie a plantear la existencia de un cambio cualitativamente muy importante en la legislación forestal a partir de este momento. Se promulgaron diversas ordenanzas para “el aumento y conservación de los bosques”, se instituyó la figura del guardabosques y se reforzaron las penas a los pastores responsables de quemar el monte. El resultado permitió mejorar sensiblemente la situación. Hacia el final de siglo, se estima que existía una extensión algo superior a los diez millones de hectáreas. Importante fue también la renovación de la silvicultura de la mano de diversos autores franceses, como Henri Louis Duhamel du Monceau (1700- 1782) que en 1731 comenzó a realizar trabajos de investigación en materia de silvicultura para la Marina.

La influencia francesa tuvo dos hitos destacados: 1) el nacimiento de una ciencia de los montes que irá desarrollando en torno a diversas personalidades vinculadas al Jardín Botánico de Madrid, y 2) Las figuras de los jardineros que acabaran siendo profesores y de ahí a la creación de las cátedras de agricultura. El primero de estos jardineros fue, en 1799, Claudio Boutelou, quien en 1807 fue nombrado profesor de Agricultura y, en 1809, el gobierno de José Bonaparte lo nombró director del Jardín Botánico, ocupando el puesto que se había visto obligado a abandonar Lagasca. La política liberal e ilustrada española tendrá sus referencias en Jovellanos y su Informe sobre la ley agraria; el padre Manuel Gil, miembro de la Sociedad Económica de Sevilla; Bernardo Ward y su Proyecto Económico entre otros.

Todas las mejoras del Siglo XVIII se perdieron en un desastroso XIX.

En el siglo XIX, se introdujeron medidas por medio de las cuales se querían impulsar los plantíos, pero fueron poco adecuadas, imponiéndose además onerosísimos gravámenes a los pueblos, con el resultado de que éstos hacieron todo lo posible para que los plantíos fracasaran. En cuanto a los aprovechamientos, contaban con el grave inconveniente de dejar su ejecución en manos de las justicias de los pueblos y los subdelegados, lo que dio lugar a frecuentes abusos, además de representar un menoscabo de la autonomía municipal. Entre los propietarios de bosques privados fueron extremadamente impopulares.

A eso hay que unir las diversas desamortizaciones (tanto la de Mendizábal como la de Madoz), pero, sobre todo, esta última. Se cebó en los bosques comunales de los pueblos, con terribles consecuencias medioambientales y sociales.

En muy pocos casos los nuevos propietarios hicieron una gestión acorde con criterios técnicos. Se produjeron muchas roturaciones a la búsqueda de un beneficio inmediato. El pastoreo no tuvo límites y también se multiplicaron los incendios provocados como protesta social. Toda esta política llevó a una desforestación destacada. Los bosques españoles quedaron reducidos a menos de seis millones de hectáreas, la menor dimensión de nuestra historia. La desaparición de la cubierta forestal protectora dio lugar a una serie de inundaciones y fenómenos torrenciales que causaron grandes desastres humanos en los núcleos de población situados próximos a los cauces de los ríos y cuantiosas pérdidas económicas al arrasar numerosos cultivos agrícolas ribereños.

Paralelamente a este proceso destructivo, la sociedad fue tomando conciencia del peligro que suponía el gigantesco proceso de degradación que se había producido y se seguía produciendo. Para frenar las actividades destructivas de la cubierta vegetal y desarrollar un programa racional de reconstrucción de la vegetación forestal y velar por su conservación y aprovechamiento, se creó, a mediados del siglo XIX, la Administración Forestal Española. Si bien, de toda aquella actividad administrativa poco fructífera sólo trascendió en el tiempo la Escuela de Ingenieros de Montes, creada en 1848. Fueron ellos, prácticamente los únicos, quienes, al promulgarse la desamortización, denunciaron que los montes públicos estratégicos pudiesen pasar al dominio de particulares sin ningún control, por los riesgos que supondría para las escorrentías, los suelos y la agricultura del país. Para dar respuesta a los daños causados por las inundaciones y los desastres torrenciales, se crearon, en 1888, las llamadas Comisiones de Repoblación encargadas de repoblar las cuencas hidrográficas más deforestadas y en las cuales los riesgos de inundaciones eran más probables. Son el antecedente de las Confederaciones hidrográficas.

Las medidas de mejora de la foresta fueron recogidas por los regeneracionistas, que incluyeron en su programa la defensa y recuperación de los montes. Aprobaron la primera ley contemporánea de montes (Ley de 24 de junio de 1918), cuyo objetivo era frenar la especulación desencadenada por los altos precios de la madera derivados del cierre de los mercados exteriores durante la Primera Guerra Mundial. El primer Plan Nacional de Repoblación Forestal se aprobó por Real Decreto de 26 de julio de 1926. En su preámbulo se dice que uno de los problemas que más directamente afectan a la riqueza nacional, y que ha llegado a interesar vivamente a la opinión pública es el de la repoblación forestal. Su política de ordenación de montes, bien intencionada, obtuvo escasos resultados.

Durante la República se aprobó la Ley de 9 de octubre de 1935, por la que se crea un organismo forestal específico para la repoblación, denominado Patrimonio Forestal del Estado (PFE), cuyo principal objetivo era restaurar, conservar e incrementar la superficie forestal del país. La guerra civil española (1936-39), no permitió la puesta en marcha de esta Ley.

El gran cambio se produce en la política forestar del nuevo régimen. En 1941, se recrea el organismo Patrimonio Forestal del Estado. Nace para desarrollar el Plan Nacional de Repoblación Forestal (PNRF). Cuyos objetivos principales eran los siguientes:

  • Conseguir mediante la repoblación de pequeños rasos y claros de los montes, el máximo de producción de madera compatible con la especie repoblada y con las características ecológicas de la estación.
  • Incrementar la superficie forestal arbolada en seis millones de hectáreas en un periodo de cien años.
  • Conseguir el interés de los propietarios privados para que colaborasen en la consecución del objetivo anterior, poniendo sus tierras a disposición del PFE para que fuesen repobladas. Esta colaboración se materializaba mediante la firma de un consorcio.

El plan se desarrollaba en diversas etapas:

La primera etapa, se extendió desde 1940 a 1959. En ella el objetivo prioritario era paliar el alto paro rural.

La segunda etapa comprende de 1960 a 1971. Inició la mecanización de los trabajos de reforestación debido a la escasez de mano de obra y al aumento, relativo, de los salarios, que encarecían excesivamente el proceso.

La Tercera etapa comprende de 1972 a 1982. Esta etapa se extiende desde la desaparición del organismo Patrimonio Forestal del Estado y la creación del Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA); organismo autónomo perteneciente al Ministerio de Agricultura (1972), hasta que se produce el traspaso de las competencias forestales a la Comunidades Autónomas, que habían surgido como consecuencia de la implantación del nuevo régimen democrático.

La cuarta etapa comprende desde 1982 a 1995. Con el traspaso de las competencias forestales a las Comunidades Autónomas en 1982 que no se encuentran vinculadas al PNRF se produce, de hecho, la desaparición del PNRF.

La presión de los movimientos ecologistas, y la vinculación del PNRF al régimen de Franco influyo negativamente en la política de reforestación. Los nuevos políticos, no eran partidarios de continuar políticas muy vinculadas a épocas anteriores, y aunque los propietarios privados, los servicios forestales, la economía y la restauración de extensas áreas degradadas en la vertiente mediterránea aconsejaban continuar repoblando, el proceso repoblador sufrió una reducción considerable.

Como consecuencias de la política desarrollada en esas cuatro etapas, surgieron algunos hitos importantes en la conservación de los montes. Así:

En 1955, se creó el primer servicio específico de lucha contra los incendios forestales, el Servicio Especial de Defensa de los Montes contra los Incendios, el cual contará con brigadas profesionales e incluso medios aéreos.

En 1969, se alquiló el primer avión anfibio en Canadá y después de unas prácticas fue destinado a Galicia, principal foco de los incendios en aquellos tiempos.

En 1971 se compraron dos aparatos y se firmó un convenio con el Ejército del Aire para su gestión, mantenimiento de los aparatos y suministro de tripulaciones. Tres años antes se había fundado la base de datos sobre incendios, que permitió mediante estudios basados en las estadísticas e incendios previos realizar una política de prevención efectiva contra el fuego.

Se realizaron campañas de concienciación hacia una población mayoritariamente urbana que había olvidado a conciencia su origen rural, en las que se recordaba lo nefasto de las colillas mal apagadas o fuegos abandonados y mal apagados. En ese sentido, fueron famosas las campañas publicitarias destinadas a la prevención. La campaña con mayor éxito fue con el lema “Cuando un monte se quema, algo tuyo se quema”. Esa campaña se vio apoyada, por ejemplo, en 1962, con la creación de un personaje animado, el conejo Fidel, que ejercía de guarda forestal en las campañas de televisión alertando sobre el riesgo de no vigilar las conductas humanas que ponían en peligro el bosque.

Asimismo, se realizaron varios programas en la televisión pública – la que había- de defensa de la fauna ibérica, con Félix Rodríguez de la Fuente, como protagonista en su condición de naturalista y divulgador ambientalista. Su programa “El hombre y la tierra” obtuvo tal éxito que aún se recuerda. También se hizo famoso por las campañas de salvamento de distintas especies animales en peligro de extinción, como el lobo, el oso y el águila imperial.

Pero el instrumento más eficaz para cuidar la naturaleza y protegerla de los incendios fue el ICONA. El Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza además de buscar la concienciación ciudadana en materia de protección de los bosques, realizó el primer Inventario Forestal Nacional en 1965, dando como resultado que la superficie de los bosques españoles se había elevado desde 1941 hasta los 11,8 millones de hectáreas.

El esfuerzo español de repoblación tuvo reconocimiento internacional a través de la FAO.

El Programa de Plantaciones Productivas de Alto Rendimiento realizado por la iniciativa privada con subvenciones del Estado se separó del ICONA y pasó a depender de la Dirección General de la Producción Agraria (DGPA) del Ministerio de Agricultura, dando prioridad a las repoblaciones de alto interés protector, ecológico o social.

El Programa de Plantaciones Productivas de Alto Rendimiento se subvencionó a través de la Ley Para el Fomento de la Producción Forestal aprobada en 1977, que gestionaba la DGPA y que comprendía además de las ayudas a la reforestación un programa de ayudas y subvenciones a fondo perdido para la realización de trabajos culturales en masas naturales y repobladas de propiedad privada. Las críticas surgidas entre ciertos sectores ecologistas dieron como resultado una ralentización de la actividad de reforestación pública, no así la privada, que siguió su curso.

La desaparición del ICONA y la transmisión apresurada de sus competencias a las comunidades autónomas tuvieron penosas consecuencias. Entre 1981 y 1994 ardieron nada menos que dos millones de hectáreas, más del triple de las que se quemaban anualmente en el periodo anterior.

Actualmente, todas las comunidades autónomas han elaborado sus propios planes de reforestación, y pese a los problemas presupuestarios, están incrementando su actividad repobladora, si bien, éstas no se consideran suficientes y requieren de unas actividades de conservación, limpieza y mantenimiento que no siempre se realizan, en ocasiones por el abandono de la población de las zonas rurales, en otras por las dificultades que la Ley estatal 43/2003, de 21 de noviembre, de Montes impone para realizar esas tareas. Además, esa reforestación debería ir acompañada de algunas obras hidráulicas que no parece que vayan a acometerse.

 

BIBLIOGRAFÍA

PEMÁN GARCÍA, Jesús; IRIARTE GOÑI, Iñaki; LARIO LEZA, Francisco José.- “La restauración forestal de España: 75 años de una ilusión”. Ed Ministerio de Agricultura. 2017

SILVA SUÁREZ, Manuel.- “ TÉCNICA E INGENIERÍA EN ESPAÑA III EL SIGLO DE LAS LUCES De la industria al ámbito agroforestal”. Ed Universidad de Zaragoza. 2005.

Página Web del Colegio de Ingenieros de Montes.

[1] Web del Colegio de Ingenieros de Montes

HÓRREOS

Como todos los años en torno al 11 de noviembre, un recuerdo a Galicia.

Hoy dedicado al hórreo. Hórreo gallego, del que veremos su diferenciación con su homónimo asturiano, más conocido como panera.

El hórreo es una construcción destinada a guardar y conservar los alimentos alejados de la humedad y de los animales para mantenerlos en un estado óptimo para su consumo. Se caracteriza por construirse levantado sobre pilares o pegollos para evitar los peligros señalados y para permitir la ventilación a través de ranuras en las paredes perimétricas. En su interior, se suelen guardar el grano, las frutas y hortalizas, la matanza y aperos agrícolas, además, bajo él, es costumbre situar el carro, el arado o la leña recogida para el invierno.

No está muy claro cuándo apareció el hórreo. Algunas hipótesis remontan su génesis a la prehistoria; otros investigadores creen que su origen sería germánico, basándose en una urna funeraria encontrada en Obliwitz (Alemania) que tiene una forma muy similar a los hórreos actuales; otros lo derivarían de un tipo de casa asturiana anterior a la llegada de los romanos… Evidentemente, si es anterior a los romanos, se aleja de la estructura germana que, de haber llegado a  España, tuvo que hacerlo tras las oleadas del siglo V, con la presencia bárbara de vándalos y alanos en la Península.

Sea cual sea su origen, parece que las dimensiones actuales proceden de la necesidad de almacenar el maíz llegado de América. Las mazorcas ocupaban más espacio y requerían una terminación de su ciclo de maduración en lugar bien ventilado, seco, a salvo de la lluvia.  Aunque en Galicia, sobre todo en las zonas de costa, también se usaban como secadero de pescado.

En general, podemos distinguir dos tipos de hórreos:

  • Los cuadrados característicos de la cornisa cantábrica, especialmente en Asturias (estas son las llamadas paneras), aunque, en algunos casos, los encontramos también en el norte de León o Palencia. Existiendo también en Galicia

https://www.glosarioarquitectonico.com/glossary/panera/

En este aspecto cuadrangular en piedra, casi de cubo, cabe destacar en Galicia el conjunto de hórreos de Piornedo (aldea de Piornedo en los Montes de Os Ancares -Lugo-). Estos hórreos se adaptaban a las particularidades de su ubicación en la montaña, con una silueta de cuatro pies de piedra que lo elevan del suelo .

https://www.tripadvisor.es/LocationPhotoDirectLink-g4505730-d4026060-i480476757-Aldea_De_Piornedo-Piornedo_Province_of_Lugo_Galicia.html

  • Los hórreos rectangulares de Galicia y Portugal, incluidas algunas regiones del oeste de Asturias.

En cualquier caso, su forma y tamaño dependerá del espacio disponible en la era y del volumen de la cosecha.

La morfología más habitual de los hórreos gallegos es rectangular.

Su estructura, de abajo a arriba y por tramos, es la siguiente:

Parte baja. Suelen construirse sobre una losa, para evitar tener que colocar cimientos. De no existir esa base, será necesario realizar la cimentación. Encima van los soportes que al contrario que en las paneras, no suelen limitarse a 4 sino a 6 pilares, como poco. Dependiendo de la longitud del lado largo del hórreo, pueden aumentar. La estructura más común de los soportes es la que se da en la provincia de Pontevedra, en forma de columnas, con un fuste redondeado más estrecho en la zona central y más ancho en su base y una especie de capitel en forma de rueda colocada sobre el diámetro. Suelen ser de granito y, en considerables ocasiones, de madera.

https://www.gettyimages.es/detail/foto/soajo-granaries-in-north-of-portugal-imagen-libre-de-derechos/1545757387?phrase=horreo&adppopup=true

Existen otras opciones como la de colocar unos fustes, semejantes redondeados o, en ocasiones, rectangulares, sobre los que se sitúan unas losas que atraviesan de lado a lado- por el lado corto del rectángulo- la estructura.

https://www.gettyimages.es/detail/fotograf%C3%ADa-de-noticias/horreos-in-the-galician-language-horreos-or-fotograf%C3%ADa-de-noticias/2179006586?adppopup=true

En otras ocasiones, la base es una cámara que, o bien es maciza, o bien hueca, con espacio de almacenaje y una puerta, que sirve de basa continuada a los espacios superiores del hórreo.

https://www.shutterstock.com/es/image-photo/typical-galician-granary-old-construction-called-2494886123

En su segundo tramo, la parte superior situada sobre la base, se encuentra la cámara propia del hórreo. Dependiendo del territorio, puede ser de piedra, madera o mixta. El suelo también puede ser de madera, de roble o castaño, o de granito. Lo más común es que la cámara sea mixta: de madera con los bordes de la cavidad en piedra. Tiene puerta de entrada y ventanas o barrotes de madera separados para permitir la ventilación.

Cada una de los “barrotes” se llaman dovelas y pueden disponerse, comúnmente en vertical, y en algunos casos, en horizontal. Las maderas solían pintarse.

Por encima, en el tercer tramo de estructura, se sitúa la cubierta, normalmente a dos aguas construida con tejas, pizarra o losas.

En cada extremo superior del lado largo del rectángulo se sitúan las terminaciones. Aunque en los extremos puede haber diversas formas, como relojes de sol, santos, animales… habitualmente, más en los hórreos de piedra y mixtos que en los de madera, se sitúa un pináculo por un lado (cuyo significado no es conocido y las opiniones son muy variadas al respecto) y una cruz por el otro (invocando la protección divina). En este sentido no es extraño encontrar hórreos cerca de algún cruceiro.

https://algodehistoria.home.blog/2022/11/11/cruceiros/

Los hórreos gallegos se han convertido también en elementos de interés turístico, no sin razón. Veamos algunos claramente significativos:

El más llamativo por su longitud, se sitúa en el municipio de Carnota, en La Coruña, con 35 metros de largo y declarado Monumento Histórico Nacional. No es el más largo del mundo por pocos centímetros; el más grande, situado en Lira, pero está en peor estado de conservación. Destaca también por su longitud , entre otros, el de San Martín de Ozón.

Carnota:

https://www.turismo.gal/que-visitar/destacados/horreos-pazos-e-cruceiros/horreos?langId=es_ES

https://www.tripadvisor.es/Attraction_Review-g815521-d3942167-Reviews-Horreo_de_Carnota-Carnota_Province_of_A_Coruna_Galicia.html

San Martín de Ozón

https://www.gettyimages.es/detail/fotograf%C3%ADa-de-noticias/the-horreo-of-san-martino-de-ozon-is-located-in-fotograf%C3%ADa-de-noticias/1492145746?adppopup=true

Lira:

https://www.galiciamaxica.eu/galicia/a-coruna/horreolira/

Las mayores concentraciones de hórreos en una comarca o localidad se dan en dos lugares muy diferentes:

  • En La Merca en Orense, donde se concentran 34 hórreos. Casi todos ellos construidos en madera.

https://www.viajargalicia.com/ourense/a-merca/conjunto-de-horreos-de-la-merca

  • Combarro, en plena ría de Pontevedra y con un censo de 60 hórreos, constituye la población con mayor concentración de hórreos de toda España. Suelen ser de piedra y su mayor característica es que se alinean en la costa, junto al mar.

https://stock.adobe.com/es/search?k=combarro

 Con todo, más que en foto, la mejor forma de conocer estas estructuras es ir a Galicia, verlas y disfrutarlo.

 

BIBLIOGRAFÍA

SALVATELLA. “El Hórreo gallego (Arquitectura rural)”. Ed. Salvatella. 1985

MARTÍNEZ RODRÍGUEZ, Ignacio. “El hórreo gallego: estudio cartográfico”. Ed Fundación Barrié. 1979.

 

 

DOCTRINA BALFOUR

Hablaremos en esta entrada de la Doctrina Balfour, el precedente que determinó la creación del Estado de Israel.

Haremos un brevísimo análisis para situar la declaración británica en su contexto con una doble visión: 1) Los antecedentes sobre el origen del Reino de Israel y su evolución y 2) los acontecimientos que rodeaban al mundo en 1917 cuando se produjo la declaración.

1) Los antecedentes sobre el origen del Reino de Israel y su evolución:

  • 1250 a. C.: Los israelitas se establecieron en la región de Palestina.
  • 900 a. C.: Construcción del Primer Templo (significaba ejercer su fe y construir en torno al templo su reino). Capital en Jerusalén.
  • 733 a. C.: destrucción del Primer Templo, reconstruido en el siglo siguiente. Es lo que se llama la primera diáspora ( dispersión de los judíos fuera del Reino de Israel (Samaria) por los asirios).
  • 597 a.C. Exilio de los habitantes del reino de Judá. Exilio Babilónico. Termina 70 años después con la declaración de Ciro en virtud de la cual se permitía a los judíos volver a Jerusalén.
  • Tras el asedio de Jerusalén en el año 63 a. C., el territorio judío se convirtió en un protectorado de Roma, y en el 6 d. C. se organizó como la provincia romana de Judea.
  • Los judíos se rebelaron contra el Imperio Romano en el año 66 d. C. que culminó con la destrucción de Jerusalén en el año 70. Durante el asedio, los romanos destruyeron el Segundo Templo y la mayor parte de la ciudad. Iniciándose así la DIÁSPORA ROMANA ​ o exilio romano. Los Jerarcas judíos fueron exiliados, asesinados o vendidos como esclavos. Posteriormente, en el 132 d. C. Adriano eliminó por completo cualquier atisbo de independencia judía. La región anteriormente ocupa por los judíos pasó a llamarse Siria Palestina. Los judíos no volvieron a tener un estado propio hasta 1948.
  • En el antiguo territorio judío, de manera muy dispersa y como tribus nómadas se asentaron los antiguos filisteos (un pueblo procedente del Egeo). Con el tiempo, la región fue habitada por diversas poblaciones. El concepto de un pueblo palestino no se consolidó hasta el siglo XX, durante el Mandato Británico de Palestina (1920-1948).
  • Los judíos se dispersaron por el mundo tras la diáspora romana que realmente marca su existencia. Se asientan fundamentalmente en Babilonia (actual IRAK), España y norte y centro de Europa.
  • La presencia judía en la Europa medieval y primeros años del renacimiento, con los estados-nación en proceso de creación siempre supuso un conflicto latente. Los judíos mantenían su confesionalidad y costumbres, pero en grupos que se adherían a la sociedad dominante -cristiana- de manera subordinada.
  • En el caso de España, fueron, en principio, parte de la sociedad con connotaciones culturales propias; admitidos, en ocasiones marginados, pero no expulsados; al contrario que los árabes. Su espíritu comercial, su pericia financiera, su capacidad para el préstamo -y consiguiente acusación de usura- les hace al tiempo imprescindibles y molestos. Esta posición era privilegiada frente a otros lugares europeos; de hecho, aunque se crea lo contrario, España, en 1492, fue de las últimas sociedades que expulsó a los judíos -dando previamente todo tipo de facilidades para la conversión-.
  • Será la posición del papado en última instancia y la presión de algunas naciones que consideraban que la creación de un estado nación exigía una unidad religiosa, la que acabe expulsando a los judíos de Europa. En la Europa medieval entre los años 1000 a 1770, los judíos, especialmente en Centroeuropa, llevaban una existencia precaria, tolerados pero confinados a ocupaciones especializadas y sujetos a impuestos y restricciones especiales. Sufrieron repuntes periódicos de violencia antijudía, especialmente en la época de las primeras Cruzadas (alrededor de 1100) y de la Peste Negra (1347-1348). Las ciudades alemanas de Maguncia, Worms y Espira son recordadas como “ciudades de martirio” tras las masacres de 1095-1096; los judíos fueron expulsados ​​de Inglaterra en 1290 y de Francia en 1306. Los ataques contra los judíos se centran principalmente en su frágil estatus social, su posición como «forasteros» y el “papel útil” que estos podían desempeñar para los líderes políticos y otros grupos como chivos expiatorios en tiempos de crisis.
  • A medida que los judíos eran expulsados ​​de Europa occidental, muchos encontraron refugio en Rusia y, sobre todo, en Polonia, donde los reyes locales fomentaron el asentamiento por razones económicas. A pesar de la ola de masacres de las décadas de 1640 y 1650, Polonia se convirtió en el mayor centro judío. El movimiento de resurgimiento judío comienza en el sur de Polonia, alrededor de 1740.
  • Entre 1770 y 1870 se considera la “Era de la Emancipación judía“ pues pequeñas comunidades judías en Europa Occidental y Norteamérica obtienen derechos legales y civiles.
  • Entre 1870 y 1933, aumentan las persecuciones de los judíos en el Imperio ruso, lo que conduce a la migración masiva de judíos de Europa del Este a Estados Unidos y Europa Occidental.
  • Entre 1880 y 1914, la comunidad judía estadounidense se convierte en la más grande del mundo. El creciente antisemitismo en Europa impulsa la formación del movimiento sionista (1896) con el objetivo de crear una patria judía en Palestina. Se crean pequeños asentamientos judíos en Palestina a partir de la década de 1880. Los judíos en países occidentales (EE. UU., Inglaterra, Francia, Alemania) pueden acceder a más ocupaciones y puestos públicos, pero su exitosa asimilación produce un antisemitismo más manifiesto.
  • 1933: Hitler llega al poder en Alemania e impone severas restricciones a los judíos. Se les priva de la ciudadanía y se les prohíbe casarse con no judíos (1935); se destruyen sinagogas y se confiscan negocios judíos (1938).
  • 1939: Comienza la Segunda Guerra Mundial. La ocupación alemana de Polonia pone bajo su control a la mayor comunidad judía europea.
  • 1941: Alemania invade la Unión Soviética. Comienzan las masacres de judíos a gran escala.
  • 1942: Se abren campos de exterminio en Europa del Este; comienza el asesinato de judíos en países fuera de la zona de guerra.
  • 1945: Las fuerzas del eje (Alemania, Italia, Japón) son derrotadas por los aliados. Las bajas judías durante el Holocausto se estiman entre 5 y 6 millones; unos 100.000 supervivientes fueron encontrados en campos alemanes.
  • 1947: Las Naciones Unidas votan a favor de la partición de Palestina, creando dos estados, uno judío y otro árabe.
  • 1948: Se proclama la independencia de Israel (14 de mayo de 1948). Se inician las tensiones con los países árabes de alrededor.

2) Contexto histórico de la declaración de Balfour. 2 de noviembre de 1917.

En 1917, Rusia estaba en plena Revolución soviética. La Primera guerra mundial aún estaba a un año de finalizar y si hasta entonces había estado estancada, la presencia de USA en ella (acababa de entrar en la guerra tras aprobar el congreso la propuesta del presidente Wilson en abril de 1917) permitió dar un giro favorable al lado aliado.

Se habían iniciado algunos movimientos de pacificación: los de Austria-Hungría (affaire Sixto – Por Sixto de Borbón-Parma, cuñado del Emperador y autor de un texto de paz lleno de promesas para las minorías) Y, sobre todo, el proceso nacido de la intervención de Benedicto XV.

Desde el principio de la guerra, las posiciones de cada nación responden a intereses territoriales y de poder, aunque algunos analistas hablen de problemas religiosos, éstos fueron una excusa para la búsqueda del dominio en la zona. Mientras los alemanes presionaban al sultán otomano para que declarase una guerra santa en el norte de África y Oriente Medio, con la finalidad de expulsar a los aliados, sobre todo, a los ingleses. Gran Bretaña necesitaba proteger el Canal de Suez, esencial para las comunicaciones de su imperio, especialmente en el camino hacia la India, y lograr cierta estabilidad en la zona para mantener sus intereses comerciales. Aquel territorio estaba en aquel momento en manos del Imperio Otomano (en el cual Egipto actuaba con plena autonomía y sobre cuyos sultanes Gran Bretaña ejercía mucha influencia). Con la intención de defender su Imperio, Reino Unido había encontrado en la población judía de Oriente Próximo una esfera de influencia interesante a sus fines. Francia tejía lazos con las comunidades católicas y Rusia con las ortodoxas.

Desde esta base se creó una teleología coincidente que afirmaba que la historia nacional británica y la judía confluirían en el futuro. Esta confluencia fue divulgada por los propagandistas del gobierno británico deseosos de atraerse al sionismo. Circunstancia que también se extendió a los Estados Unidos.

Esta política de acercamiento a los judíos había nacido mucho tiempo antes y desde principios del Siglo XX el gobierno inglés negoció con líderes del sionismo para establecer un estado judío. La Organización Sionista Mundial quería que ese estado se ubicara en Palestina- su tierra antes de la diáspora romana-. Las conversaciones se estancaron en 1906 con la derrota electoral del conservador Arthur Balfour, pero la rivalidad con los otomanos durante la IGM abrió otra oportunidad. El cambio de gobierno en 1916, con Balfour como ministro de Exteriores, dio un nuevo impulso a la idea de un estado israelí.

En 1916, el gobierno británico logró convencer al Jerife de La Meca para que iniciase una revuelta contra la dominación otomana a cambio de reconocer la independencia. Pero, ese mismo año, los gobiernos de Francia, Gran Bretaña y Rusia habían firmado en secreto el Acuerdo Sykes-Picot, que dividía el Oriente Próximo en esferas de influencia para estas potencias en caso de la derrota del imperio Otomano: una árabe con capital en Damasco, otra judía en la Palestina histórica, primero internacionalizada, y otra cristiana en Líbano. No obstante, algunas fuentes afirman también que, entre las promesas que hizo Gran Bretaña a los árabes, estaba la cesión del gobierno de Palestina al acabar la guerra.

Es bien sabido que británicos y franceses no cumplieron lo pactado en el Acuerdo Sykes-Picot y que, tras la guerra, dividieron sus respectivas zonas de influencia como consideraron oportuno.

Mapa de la zona en 1916:

https://www.jewishvirtuallibrary.org/jsource/images/sykes.gif

 

3) Declaración Balfour ( 2 de noviembre de 2017)

La declaración se expresó en una breve carta. En ellas los británicos prometían apoyar la creación de un «un hogar nacional para el pueblo judío» en Palestina.  Decía así:

 “El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, en el entendido de que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, ni los derechos y el estatuto político de que gocen los judíos en cualquier otro país”.

El texto a pesar de su ambigüedad (hablaba de hogar y no de Estado Judío), valió para que los israelíes consideran el documento como la piedra fundacional del Israel moderno, mientras muchos árabes lo consideraron como un acto de traición, ya que habían colaborado con los británicos en su lucha contra el Imperio Otomano.

En 1920, durante la Conferencia de San Remo en Italia, la Sociedad de Naciones asignó el mandato sobre palestina al Reino Unido. El Imperio Otomano había sido derrotado y disuelto, y sus territorios repartidos entre algunas potencias vencedoras del conflicto, en especial Francia y el propio Reino Unido. La partición se estableció a través del Tratado de Sevres en 1920, pero entró en vigor en 1922,  aunque el Reino Unido administraba estos territorios de facto desde 1917. El Mandato entró en vigor en junio de 1922 y expiró 1948.

Con el mandato comenzó la gran emigración de judíos hacia la tierra prometida y se puso en marcha el gran plan del sionismo, que llevaba desde finales del siglo pasado esperando este momento.  En 1930 surgieron los primeros problemas de la comunidad árabe, con algunas revueltas importantes como las de 1936. El ejército británico reprimió con dureza las primeras protestas.

Sin embargo, los británicos pretendieron olvidar la Declaración de Balfour en torno a 1939, cuando sus intereses cambiaron. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial querían a los árabes de su lado contra Hitler, con promesas sobre el territorio palestino que no se cumplieron; estando éstas en la base de los conflictos posteriores entre árabes e israelíes.  Sin embargo, el Holocausto revitalizó el apoyo internacional a un estado judío. Esta vez, no sólo por los británicos, sino y muy especialmente, del presidente de Estados Unidos, Harry Truman. El 14 de mayo de 1948, el control británico sobre Palestina finalizó, y se proclamó el Estado de Israel.

Hoy en día no hay historiador que no valore que la Declaración Balfour fue algo más que un acto simbólico pues claramente allanó el camino a la creación del Estado de Israel.

4) Conflictos posteriores a la declaración del Estado de Israel.

En un análisis esquemático de estos enfrentamientos:

 

Listado de Guerras árabes israelíes desde la Creación del Estado de Israel
Año Nombre del conflicto Principales fuerzas árabes involucradas Principales acontecimientos
1948–49 Guerra de la Independencia Egipto, Jordania, Iraq, Siria y Líbano La guerra comenzó formalmente el 15 de mayo de 1948 y terminó el 20 de julio de 1949. Para Israel, la guerra es recordada como la Guerra de la Independencia porque aseguró la existencia del país. Para los árabes, la guerra es recordada como «la Nakba” (“la catástrofe») debido al desplazamiento masivo de palestinos que resultó de la guerra.

Se establecen las fronteras de Israel, Cisjordania y la franja de Gaza; comienza la crisis de refugiados palestinos; Jordania ocupa Cisjordania; Egipto ocupa la Franja de Gaza.

1956 Crisis de Suez Egipto Egipto nacionaliza el canal de Suez; se sientan los precedentes para futuras guerras árabe- israelíes
1967 Guerra de los seis días Egipto, Jordania y Siria Israel ocupa la Franja de Gaza, Cisjordania (incluida Jerusalén oriental), los Altos del Golán y la península del Sinaí. Fue seguida por años de combates esporádicos. Anwar el-Sadat, presidente de Egipto, hizo propuestas para llegar a un acuerdo pacífico si, de acuerdo con la Resolución 242 de las Naciones Unidas, Israel devolvía los territorios que había capturado. Israel rechazó esos términos y la lucha se convirtió en una guerra a gran escala en 1973.
1973 Guerra del Yom Kippur Egipto y Siria De manera indirecta la situación llevó a la intervención de USA y URSS. Con la creciente presión internacional, la guerra cesó el 26 de octubre de 1973, y la posterior firma entre los contendientes. La guerra no alteró inmediatamente la dinámica del conflicto árabe-israelí, pero sí tuvo impacto en la relación entre Egipto e Israel que culminó con la devolución de la península del Sinaí a Egipto a cambio de una paz duradera.

Realmente el acuerdo final de paz se firmó el 17 de septiembre de 1978 -Acuerdos de Camp David-, que condujeron al año siguiente a un tratado de paz entre Egipto e Israel. El primero de ese tipo entre Israel y sus vecinos árabes. Fueron negociados por el presidente norteamericano, Carter y el primer ministro israelí, Begin, y el egipcio, Anwar el-Sadat.

1982 Guerra Civil en el Líbano Líbano Palestina y Siria Guerra civil en el Líbano. Entre sus consecuencias estuvo la ocupación del Líbano por Siria hasta 2005; la ocupación de Israel del sur del Líbano hasta el año 2000, la creación de Herbolá -grupo terrorista chií formado expresamente para enfrentarse a Israel, luego pasó a ser un partido político-; se expulsa a la OLP ( organización para la Liberación de Palestina) del Líbano. Se intenta la reconstrucción del Líbano por parte de un grupo de empresarios entre los que estaba el por dos veces (1992-98 y 200-04) primer ministro Rafic al Hariri, de la facción Suní. En 2005 fue asesinado por Hezbolá.
2006 Segunda guerra del Líbano Hezbolá Comenzó con el asesinato y captura de soldados israelíes por parte de Hezbolá; Israel atacó, aunque en esta ocasión Hezbolá consiguió rehacerse. Terminó el conflicto con las fuerzas de intermediación de la ONU en el Líbano, y un acuerdo de intercambio de prisioneros.
2023–hasta la actualidad Guerra entre Israel y el grupo terrorista palestino Hamás (apoyado fundamentalmente por Irán) Hamás con el apoyo de otros países, destacando entre ellos, Irán La Guerra comienza realmente por un enfrentamiento entre las dos facciones musulmanas Chiitas – dominados por Irán- y Sunitas -dominados por Arabia Saudí-. El conflicto tiene lugar pocos días antes de que Israel firme los acuerdos de Abraham con Emiratos árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos. Además de un acuerdo histórico con Arabía Saudí producido en septiembre de 2023. Este reforzamiento a la facción sunita no puede ser admitido por Irán que aspira dominar el mundo árabe.

El conflicto lo inicia Hamás, el 7 de octubre de 2023, atacando a Israel por tierra, mar y aire. Violó, mató y secuestró a miles de jóvenes israelíes que estaban asistiendo a un concierto. Se convirtió en el ataque más feroz contra Israel desde el Holocausto.

Al día siguiente, Israel declaró la guerra a Hamás. La guerra se desarrolló en un primer momento en forma de bombardeos en varios frentes, pues también se bombardeó a Irán, posteriormente fue el bloqueo y la entrada de forma terrestre de los soldados israelíes en la franja de Gaza.  El daño causado en la zona aumenta la creciente presión internacional contra Israel. El presidente norteamericano Trump presenta una propuesta de paz en septiembre de 2025, contando con amplio apoyo internacional. En octubre de 2025 tanto Hamás como Israel aceptaron la propuesta americana. El 10 de octubre entró en vigor el alto el fuego y el 13 de octubre Hamás liberó a los últimos rehenes vivos.

A la fecha de esta entrada, hay un peligro cierto de enfrentamiento civil entre palestinos, Hamás contra quienes no les apoyan.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

BENZ, W Y GRAML, H. “El siglo XX.  III. Problemas mundiales entre los dos bloques de poder”. Ed Siglo XXI. 1981.

CULLA , Joan B. y FORTET, A. “Israel. La tierra más disputada: Del sionismo al conflicto de Palestina”. Ed península. 2024.

MARTÍNEZ CARRERAS. José Urbano. “Introducción a la Historia Contemporánea”. Ed. Istmo. 1985.

PROCACCI, Giuliano. “Historia general del Siglo XX”. Ed Crítica. 2001.

Diversos periódicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ORFEBRERÍA ARTESANAL ESPAÑOLA

Hoy, en esta fecha cercana al 24 de septiembre, siempre dedicada al arte, vamos a hablar de la orfebrería artesanal española.

Según el diccionario de la RAE, orfebrería es el arte o técnica de labrar objetos artísticos de oro, plata u otros metales preciosos. El artesano, utilizando diversas técnicas y materiales, produce piezas únicas según su visión y talento. Técnicamente, el cincelado, el repujado, el esmaltado… son métodos para extraer de unas simples láminas de metal una obra de arte, a la que se suelen acompañar de gemas, perlas y esmaltes para dar color, variedad y prestancia a sus creaciones.

Desde la antigüedad el hombre se ha dedicado a adornarse o adornar los recintos que tenían más importancia en su vida: casas,  palacios, templos.

No son muchas las piezas que nos han llegado desde los primeros periodos dado que su alto valor monetario y carácter mueble han propiciado el expolio de muchísimas de ellas y, en ocasiones, el refundido o reaprovechamiento de sus materiales para otros objetos al gusto de cada época.

Los primeros indicios de orfebrería se remontan a la Edad de Bronce, cuando se crean objetos de cobre y oro. Estas primeras piezas eran muy simples.

Un poco más adelante en el tiempo, en civilizaciones como la egipcia, la griega y la romana, la orfebrería alcanzó niveles extraordinarios de perfección. Los egipcios, por ejemplo, eran famosos por sus intrincadas joyas de oro y piedras preciosas, que no solo servían como adornos, sino también como amuletos y símbolos de poder. Algunas de estas piezas han llegado a nuestra península, sobre todo las romanas, y se conservan en diversos museos nacionales. Por ejemplo, hallazgos de la ciudad de Baelo Claudia, pequeñas y muy interesantes piezas de orfebrería encontradas en ajuares de tumbas de la necrópolis de esta ciudad hispanorromana, se hallan en el Museo Arqueológico Nacional.

https://ceres.mcu.es/pages/ResultSearch?Museo=MAN&txtSimpleSearch=Aguja%20de%20pelo&simpleSearch=0&hipertextSearch=1&search=simple&MuseumsSearch=MAN%7C&MuseumsRolSearch=9&

Durante la Edad Media, la orfebrería alcanzó su apogeo en Europa, donde los gremios de orfebres adquirieron gran relevancia. Los elementos religiosos eran esenciales en ese momento:  frontales de altar, arcas, relicarios y material litúrgico: cruces, copones, cálices… No hay que olvidar que el oro se consideraba la manifestación de la luz de Dios y que, en el año 803, en el concilio de Reims, se prohibió la utilización de cálices realizados con materiales de origen vegetal y animal, ya que la sangre y cuerpo de Cristo sólo podía estar en contacto con metales preciosos.

Numerosos museos cuentan con obras de este momento, como el museo Arqueológico Nacional (MAN), el Lázaro Galdiano o Museo Nacional de Arte de Cataluña, como más principales. Destacaremos entre ellos el Tesoro de Guarrazar que se encuentra en el MAN. Con sus magníficas coronas votivas y su influencia islámica. Esta mezcla de elementos cristianos y árabes es una de las notas distintivas de la orfebrería española frente a la del resto de Europa. Esa mezcolanza se produjo, además, gracias a nuevas técnicas metalúrgicas, la decoración geométrica. Técnicas como el esmalte o la filigrana—hilos de oro o plata entrelazados— dieron lugar a objetos litúrgicos y joyas de gran valor. Era común el uso de pedrería. No solían ser piedras preciosas sino gemas más o menos irregulares brillantes y de colores (de almandina o granate, cristal de roca, ágata…) que se presentan pulidas (cabujones) o talladas (chatones) y también se usan perlas irregulares (aljofares) y se aprovechan entalles y camafeos antiguos. Estas piedras se engastan (se incrustan dentro de una pequeña cazoleta soldada a la lámina base y se remachan los bordes), o se engarzan (se sujetan en el aire con patitas o garras).

https://www.man.es/man/coleccion/catalogo-cronologico/edad-media/guarrazar.html

Habitualmente se elaboraban estas obras con oro, plata y bronce u otras aleaciones como el latón, que frecuentemente eran repujados y colocados sobre bases de «alma» de madera ( por ejemplo. la cruz de la Victoria y la cruz de los Ángeles de la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo)

Es de destacar en el periodo Prerrománico y Románico la proliferación de esmaltes. Los esmaltes son vidrios coloreados compuestos de sílice y óxidos metálicos colorantes: antimonio, plomo, plata (amarillos); hierro (rojo); cobre (verde); cobalto (azul); manganeso (violeta); cinc (blanco). que se aplicaban sobre objetos o planchas de plata, oro, cobre o incluso hierro. En el mundo bizantino los esmaltes adquirieron una enorme importancia y de allí se trasladó a Europa Central (monasterios renanos) gracias al matrimonio de Otón II con la princesa bizantina Teofanía. Los talleres germánicos de la época estaban en el entorno de Colonia, la Escuela del Rhin, y en el territorio del Mosa (Escuela Mosana) con especial relevancia en Verdún.

Durante toda esta época altomedieval (período bizantino, prerrománico y comienzos del románico) los esmaltes se realizaban con la técnica del Tabicado Bizantino, sobre oro o plata, poco sobre cobre: siguiendo las líneas del dibujo elegido se colocaban, perpendicularmente soldadas, laminillas finas o tabiques; los compartimientos resultantes se llenaban con polvos de esmaltes fundiéndolos en el horno y puliéndose luego la superficie.

Algunos ejemplos de orfebrería prerrománica y románica en España lo constituyen la Arqueta relicario de plata de San Isidoro creada para albergar el cuerpo de San Isidoro de Sevilla, el Cáliz de Doña Urraca, Arqueta de los marfiles (San Juan Bautista y San Pelayo) – se encuentra en San Isidoro de León- y, muy especialmente, el Tesoro de la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo.

Además del estilo Prerrománico asturiano de las ya mencionadas cruces de la Victoria y de los Ángeles, en época posterior se encuentra el Arca de las ágatas y el Arca Santa:

Alfonso VI en 1075, tras abrir la vieja arca de cedro que contenía desde hacía siglos varias importantes reliquias, entre ellas el Santo Sudario de Cristo, mandó cubrir el viejo arcón con plata sobredorada y repujada. Las escenas representadas tienen que ver el ciclo de la Infancia de Jesús y la crucifixión. La cara principal, a modo de frontal, representa a Cristo en Majestad con cuatro ángeles portando la mandorla y los doces apóstoles bajo arquerías de medio punto. Sin duda, es una obra de excelente calidad y sorprende la movilidad de las figuras en unas fechas tan iniciales del Románico.

Cámara Santa – Catedral de Oviedo. Sancta Ovetensis

Díptico relicario del Obispo Don Gonzalo

Obra encargada por el obispo Gonzalo Menéndez entre 1162 y 1175. Se trata de dos planchas de madera recubiertas de plata finamente tratada con filigranas y cabujones, además de pedrería. Las figuras de marfil representan la crucifixión entre María, San Juan y Adán y un Pantocrator en medio de los símbolos de los cuatro evangelistas. Se trata de una obra de carácter románico pleno similar en estilo a las representaciones de madera de la época.

https://www.asturnatura.com/turismo/guia/diptico-del-obispo-gonzalo-de-oviedo-15312

Otras piezas destacadas de la época son el Tesoro del Monasterio de Silos.

https://www.ucm.es/tesoros/arqueta

https://www.monestirs.cat/monst/annex/espa/calleo/burgos/csilosOR.htm

Con el avance de la Reconquista, y ya en los albores del Renacimiento la orfebrería floreció, dando lugar a un poderoso gremio de plateros que tuvieron un importante desarrollo en Aragón y Castilla, especialmente en Burgos y Toledo, en este caso con gran tradición anterior. Estas piezas mostraban un resurgimiento del interés por el arte clásico y el desarrollo de nuevas técnicas y estilos.

Entre las piezas de la corona de Aragón más destacadas se encuentran el trono de plata del rey Martín el Humano (finales del siglo XIV), conservado en la Catedral de Barcelona (https://ordenconstantiniana.org/en/la-real-delegacion-de-cataluna-en-el-corpus-de-barcelona/), o la monumental cruz procesional de Gerona (siglo XV).

En materia de esmaltes, en torno al camino de Santiago, florecieron los talleres de Conques, y pronto destaca Limoges donde se abandona la técnica de tabicado bizantino y se centra en el tipo excavado o «champlevé» mucho más barato que el bizantino, pero igualmente vistoso. Consiste en tallar cavidades o recesos en la superficie de una pieza para luego rellenarlos con esmaltes de colores de amplio colorido. Su producción fue tan importante que, alrededor del año 1200, sobrepasó el ámbito de los monasterios pasando al artesanado laico. Pero el exceso de elaboración supuso una caída de la calidad y los precios. Ejemplos de esmaltes de Limoges se pueden ver en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

https://ceres.mcu.es/pages/ResultSearch?Museo=MAN&txtSimpleSearch=Taller:%20Limoges&simpleSearch=0&hipertextSearch=1&search=simple&MuseumsSearch=MAN%7C&MuseumsRolSearch=9&listaMuseos=[Museo%20Arqueol%F3gico%20Nacional]

Siguiendo esa técnica, destacan en España:

La Virgen de la Vega de la Catedral de Salamanca. Es una Virgen sedente con Niño realizadas con broce dorado y cobre y esmaltes. El Crucifijo esmaltado de la Seu de Urgell. El Retablo de San Miguel in Excelsis, en San Miguel de Aralar o los esmaltes de Limoges de la Catedral de Orense.

https://glazomaniadebona.blogspot.com/2019/06/18-esmalte-de-limoges-orense.html

En pleno Renacimiento, la orfebrería europea vivió una nueva era de esplendor. Inspirados por el arte clásico y por la precisión técnica de los grandes maestros italianos, los talleres comenzaron a concebir piezas que fusionaban escultura, arquitectura y orfebrería.  Uno de los orfebres más influyentes y destacados fue Benvenuto Cellini.

En España, el siglo XVI dio lugar al estilo Plateresco (tanto gótico como renacentista). Del llamado estilo Isabel al Gótico flamígero caracterizado por la mezcla de elementos arquitectónicos y una ornamentación que recuerda a las filigranas de los plateros, de ahí su nombre. Situado en la etapa manierista del Gótico cuenta con una profusa decoración, mezclando motivos clásicos con mitología, creando estructuras simétricas. En su temática, aunque siguen proliferando los elementos religiosos, el adorno personal y una visión más propia del humanismo del momento es característica esencial.

Uno de los mayores exponentes de esta etapa es la Gran Custodia de la Catedral de Toledo. https://www.catedralprimada.es/es/info/museos/la-custodia-de-enrique-de-arfe

Hacia finales del siglo XVII, la influencia artística comenzó a orientarse hacia Francia. El estilo Luis XV y el Barroco tardío trajeron consigo una estética más exuberante: curvas asimétricas, flores, guirnaldas, angelotes en relieve y superficies ricamente ornamentadas caracterizadas por la elegancia y la profusión de motivos naturales como conchas, flores y follaje. Se manifiesta en objetos de lujo, principalmente de plata u oro, utilizando diamantes, piedras preciosas y esmaltes.

Socialmente el Rococó se caracterizó por el lujo al igual que el Barroco clásico; no obstante, el rococó tendría un carácter aristocrático, buscando siempre la distinción a través del virtuosismo técnico. Se suele destacar del Rococó el gusto por la decoración con colores pálidos y marfileños, de formas blandas y curvilíneas. El Rococó es un arte social, por eso esta tendencia decorativa invadió no solo iglesias, sino también palacios y mansiones en toda Europa.

En España, florecieron los encargos eclesiásticos de gran formato, como urnas-relicario, candeleros y candelabros monumentales y custodias en plata cincelada. Pero la esencia española de la época es su fusión con el churrigueresco autóctono con el que comparte la riqueza ornamental.

La joyería con finalidad ornamental civil y personal se expande a lo largo del siglo XVIII. Las gemas más usadas en las joyas del siglo XVIII en España son los diamantes, las esmeraldas y perlas. El gusto español tiende hacia la policromía, de ahí que se engarcen en oro, dejando en segundo lugar la plata, con motivos que unen los elementos naturales con cintas, lazos y plumas.

Sin embargo, este arte comenzó a declinar a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. La Guerra de Sucesión y las invasiones napoleónicas paralizaron los encargos suntuarios y afectaron a la economía artesanal. Al mismo tiempo, el sistema gremial entró en crisis. La llegada de la Revolución Industrial transformó radicalmente los métodos de producción, también en el ámbito de la joyería. Técnicas como la galvanoplastia (revestimiento electroquímico de oro o plata) o el uso de troqueles mecánicos permitieron fabricar piezas en serie, reduciendo costes y democratizando el acceso a los adornos metálicos. Esta industrialización, relegó parcialmente la producción artesanal, aunque muchas familias joyeras mantuvieron viva la tradición, modernizándose y creando piezas de mayor originalidad y calidad.

A finales de siglo, surgieron nuevas corrientes: el Art Nouveau, y una proliferación de artesanía regional que se caracterizó:

  • En Córdoba, por la filigrana en plata que decoraba peinetas y joyas tradicionales.
  • En Toledo, renacía el antiguo arte del damasquinado, incrustando oro en acero negro.
  • En Galicia, perduraron las joyas de plata y azabache, de fuerte arraigo popular.
  • En Cataluña, el Modernismo. Este estilo, heredero del Art Nouveau europeo, se caracterizó por sus formas orgánicas, asimétricas y fluidas, inspiradas en la naturaleza.

https://www.museunacional.cat/es/la-joyeria

Esta riqueza regional aportó matices únicos a la identidad de la joyería y orfebrería española, incluso en plena era industrial.

El Novecentismo (1910–1920) recuperó la sobriedad clásica y las formas puras, anticipando el Art Déco de los años 20. París en el resto de Europa y Barcelona en España se convirtieron en centros neurálgicos de la inspiración artística y de la orfebrería, ya no sólo como joyería personal sino también como un concepto global de ornamentación.

Durante los años 70 y 80 del siglo XX y hasta la actualidad nos encontramos con una gran pluralidad de creaciones, dando lugar a una joyería de autor, donde diseñadores-artesanos elaboran piezas únicas, cargadas de intención estética y conceptual.

La característica más destacada de finales del siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI es el uso de materiales novedosos. Unidos al clásico oro, la plata o el platino, hoy se integran titanio, paladio, acero damasquinado, resinas, maderas exóticas, cerámicas, materiales reciclados e incluso biocompatibles.

BIBLIOGRAFÍA

De la Garma Ramírez, David.- “Iconografía y Simbolismo Románico”. Ed Arteguias. 2020

Martín González, J.J.- “Historia del Arte”. Ed. Gredos. 1990.

Coordinador Víctor Álvarez.- “ Summa Artis”.Ed Espasa. 2004

El Tratado de Tordesillas

El Tratado de Tordesillas fue un acuerdo entre los reinos de España y Portugal, que permitió, entre otras cosas, el reparto del mundo entre las dos grandes potencias del momento. Nos situamos en 1494.

El precedente del Tratado de Tordesillas, fue el Tratado de Alcazobas o Alcáçovas (en portugués), que ya vimos aquí: https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ firmado, en 1479, entre las coronas española y portuguesa. Dicho tratado ponía fin a la guerra de sucesión a la Corona de Castilla, tras la muerte del rey Enrique IV, y que enfrentó a la hermanastra de Enrique, Isabel, y a la hija de aquel, Juana la Beltraneja. Esta última contaba con el apoyo del rey de Portugal. Como todos sabemos, aquella guerra culminó en la victoria de los partidarios de Isabel, que asciende al trono como Isabel I de Castilla. La trascendencia del tratado de Alcazobas se incrementó por delimitar los derechos de navegación de Castilla y Portugal. En su clausulado se reparte la costa atlántica conocida o por explorar utilizando como elemento divisorio los paralelos de la Tierra. Portugal mantiene el control sobre sus posesiones de Guinea, la Mina de Oro, Madeira, las Azores, Flores y Cabo Verde, y se le reconoce la exclusividad de la conquista del Reino de Fez. A Castilla se le concede la soberanía sobre las islas Canarias y la parte superior del paralelo que delimitan esas islas afortunadas.

Con el tiempo, múltiples incidentes ponen en peligro la paz conquistada en Alcazobas. La situación se complica cuando Juan II de Portugal (no olvidemos que Cristóbal Colón ofreció sus servicios al rey de Portugal antes que a Castilla para emprender la conquista de las Indias navegando por occidente y los portugueses no quisieron financiar los gastos de aquella empresa) recibió a Colón a la vuelta de su primer viaje a las Indias. Recordemos que fue la carabela La Pinta la que antes arribó a las costas españolas, por Galicia, y transmitió las primeras noticias del descubrimiento del Nuevo Mundo. Los rumores, que también llegaron a Portugal, se confirmaron cuando Colón, que viajaba en La Niña, atracó en Lisboa, siendo recibido por el rey de Portugal. Convencido Juan II de que los nuevos territorios estaban por debajo del paralelo correspondiente a las islas Canarias, no tardó en reclamarlos para su país, al tiempo que la Corona española aseveraba que el territorio recién descubierto era propiedad de Castilla.

Se producía así un choque dialéctico entre ambas monarquías por la interpretación del tratado de Alcazobas y por el dominio de la navegación mundial. Se iniciaron unas tensas negociaciones en las que primaba el sincero interés mutuo de no alcanzar un enfrentamiento armado.

En aras a encontrar una solución, Fernando el Católico propuso la mediación del Papa español Alejandro VI, Papa Borgia, con el que mantenía una excelente relación el rey aragonés. El Papa Alejandro, gran político, interesado siempre el engrandecimiento de los Estados Pontificios, tuvo algunos sonados enfrentamientos con las potencias europeas, muy especialmente con Francia. Aunque también fue un excelente diplomático que obtuvo alianzas hasta con sus más acérrimos enemigos; pero, con carácter general,  España fue su gran valedor internacional. En el momento de la historia que nos hallamos, Alejandro tenía serios enfrenamientos con Carlos VIII de Francia. En este contexto no es de extrañar que al Papa le interese apoyar los intereses españoles en las negociaciones mantenidas con Portugal. Los Reyes Católicos (que recibieron ese título precisamente de Alejandro VI) rechazaban las pretensiones portuguesas: entendían que África debía ser para Portugal y las zonas del nuevo descubrimiento para España.

La intermediación papal se concreta en las conocidas como “Bulas Alejandrinas” dictadas en 1493. Se trata de tres bulas: «I Inter Caeteras» que  establece que todas las tierras descubiertas por Colón y las que posteriormente se descubran serán para Castilla; «II Inter Caeteras» modifica el sentido de la primera y fija una línea a 100 leguas al oeste de las Azores y Cabo Verde para definir el dominio marítimo y terrestre de Castilla; la tercera bula, «Eximiae devotiones» no menciona la existencia de la segunda y ratifica lo señalado en la primera, ampliando, así, las concesiones asignadas a Castilla.

A esta maniobra de Fernando, se unió su rapidez en organizar una segunda expedición al Nuevo Mundo, adelantándose a lo que pudiera hacer Portugal.

Aunque el rey de Portugal protestó, acabó aceptando el nuevo reparto, con ligeras modificaciones en relación a las bulas alejandrinas. Aquel acuerdo se plasmó en el Tratado de Tordesillas,  acordado en la ciudad vallisoletana por los representantes de ambos países el 7 de junio de 1494. Los Reyes Católicos lo firmaron en Arévalo el 2 de julio y, el 5 de septiembre, lo rubricó Juan II en Setúbal. Entonces no se conocía aún la dimensión de lo descubierto por Colón; a Portugal lo que le interesaba era mantener abierta la ruta hacia la India, la ruta de las especias, tan lucrativa en aquellos tiempos y limitada, en su discurrir por la tradicional ruta mediterránea, por el bloqueo turco.

La esencia del acuerdo consistió en una modificación del sistema de reparto. Si en el tratado de Alcazobas se utilizaron los paralelos, en el de Tordesillas, la división se hizo utilizando los meridianos.  El tratado acabó estableciendo, tras varias propuestas, un meridiano a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, es decir, en 46° 37′ longitud oeste. Todos los territorios por descubrirse al este de dicha línea quedarían bajo dominio portugués, mientras que España tendría soberanía sobre los ubicados al oeste. La cartografía de entonces no era muy precisa por lo que se acordó que marinos y astrónomos de ambas naciones estudiaran la situación exacta sobre el terreno, determinando el lugar exacto en el que se establecería la línea divisoria. Tales trabajos no se llevaron a cabo. El empeño portugués en modificar esa línea, que coincide con la actual ciudad de Sao Paulo, fue enorme. No sólo por dar legitimidad a la toma de posesión del Brasil hecha por Pedro Álvares en el año 1500 (aunque los portugueses le consideran el primer explorador que llegó a Brasil, lo cierto es que ese honor le cabe al español Vicente Yáñez Pinzón, tres meses antes de la llegada del portugués, pero la división territorial hecha en Tordesillas dejaba sin legitimidad la conquista española) sino, como señalan algunos historiadores, por lograr el territorio más importante del nuevo continente y, a medida que se fue conociendo lo que hoy es Sudamérica, por controlar el paso hacia las Indias por el cabo de Hornos. Fuera como fuere, esta posesión portuguesa y su delimitación dio algunos problemas al mantenimiento de tratado de Tordesillas.

Además de lo dicho, el tratado señalaba que:

  • Ninguno de los dos reinos podía enviar expediciones hacia el territorio asignado al otro.
  • A los barcos españoles se les otorgaba libertad y seguridad de tránsito por las aguas portuguesas cuando navegaran hacia América, siempre que siguieran una línea recta hacia sus respectivos destinos.
  • Dado que estaba en marcha un nuevo viaje de Colón, se acordó que hasta el 20 de junio de 1494 España tendría derecho de posesión sobre las tierras e islas que descubriera durante ese plazo entre las 250 y 370 leguas desde Cabo Verde, cosa que no sucedió dado que en el segundo viaje Colón no se aproximó a Sudamérica.
  • También ponía límites en los meridianos que trazaban las zonas de influencia en Asia.

El tratado fue enviado para su confirmación a la Santa Sede, dado que alteraba los términos establecidos en las Bulas Alejandrinas, como ya indicamos con anterioridad. El papa Alejandro VI nunca confirmó el tratado, por lo que la aprobación papal llegó con su sucesor, Julio II, en 1506, mediante la bula “Ea quae pro bono pacis”.

El tratado de Tordesillas permitió que los reinos español y portugués continuaran con sus expediciones navales sin enfrentamiento entre ellos. Por el contrario, países como Francia, Holanda e Inglaterra cuestionaron el reparto de tierras entre Castilla y Portugal -ambos se convertían en poderosos imperios, lo que suponía un serio peligro para el resto de potencias europeas-. De ahí nace la razón de las expediciones organizadas por esas potencias menores para atacar territorios portugueses y españoles, que tuvieron cierta frecuencia desde entonces.

Los límites establecidos por el Tratado de Tordesillas quedaron en desuso al producirse la Unión Ibérica (1580-1640). En este momento, tanto Portugal como sus posesiones pasaron a formar parte de la Corona española.

Los colonos portugueses ya no tenían obligación de quedarse sólo en la costa y comenzaron a aventurarse en el interior del territorio. Además, y coincidiendo con la independencia de Portugal en 1640, el nuevo Estado emprendió, ya sin base legal, algunas acciones comerciales y coloniales más allá de dicho límite; por ejemplo, la fundación en 1680 de la Nueva Colonia del Santísimo Sacramento, frente por frente  a la ciudad de Buenos Aires, es decir en las costas rioplatenses del actual Uruguay, y la fundación, en 1737, del fuerte de “Jesús, María, José” que dio origen al Estado federal brasileño de Río Grande del Sur, en la orilla opuesta del Río de la Plata en la que se encuentra Buenos Aires. Esto provocó una serie de disputas entre España y Portugal durante años. El Tratado de Madrid de 1750 aclara estas fronteras y delimita los márgenes de Brasil casi como son en la actualidad.

Pero ya con anterioridad, el tratado había sufrido modificaciones por el tratado de Zaragoza (1529), que modifico los límites del acuerdo en Asia,  el de Lisboa (1701) y con las disposiciones del Tratado de Utrecht (1713-1715) que afectaban a España y Portugal.

Del tratado, al ser bilateral, se conservan dos originales: en versión castellana se conserva en el Archivo Nacional de la Torre de Tombo en Lisboa y en versión portuguesa en el Archivo General de Indias ( Sevilla ).

La gran trascendencia de aquel acuerdo ha sido reconocida por la UNESCO, que en 1997 creó el Programa Memoria del Mundo con la finalidad de que no se perdieran para el futuro los acontecimientos más destacados de la Historia de la humanidad. A ese programa España y Portugal presentaron de forma conjunta el Tratado de Tordesillas, como documento que merecía tal consideración y ha pasado a formar parte del registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO.

Esto conviene recordarlo en serio, pero también de forma un poco más divertida. Dado que se acerca el verano y el descanso merecido de este blog.

Recordemos que fuimos un Imperio y que el tratado de Tordesillas fue parte importante del mismo. Los Nikis año 1985 “El Imperio contraataca”: https://youtube.com/watch?v=71m3JuHKngY&si=6RUfich2n112glG6

 

BIBLIOGRAFIA

El Tratado de Tordesillas: https://www.escrituraydocumentos.com/el-tratado-de-tordesillas-de-1494-digitalizado-en-pdf/

AGUADO BLEYE, Pedro.- “Manual de Historia de España”. Ed Espasa-Calpe. 1954

MARCO, José María.- “Una historia patriótica de España”. Ed Planeta.2011

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed Teide. 1983

FRANCISCO MANUEL DE MELO

Hoy traemos al blog a Francisco Manuel de Melo. Personaje poco conocido pero importante en su relación con el conde-duque de Olivares. El conde -duque vivió entre 1587- 1645 y fue Valido del rey Felipe IV entre octubre de 1622 y enero de 1643.

En aquel momento, Portugal formaba parte de España, desde que fue nombrado monarca portugués Felipe II, en la llamada Unión Ibérica que se extendió entre 1580 y 1640.

Debido a aquella unión, los reinados de Felipe II y Felipe III fueron pacíficos en el interior de la Península Ibérica entre los antiguos reinos de España y Portugal: hubo poca interferencia española en Portugal -que gozaba de cierto grado de autonomía- y los portugueses no se quejaban. Pero con Felipe IV la situación empeoró, como no podía ser de otro modo, porque empeoró la situación en toda España, sobre todo, por las continuas luchas en Flandes (enfrentamiento franco-español, afianzado por el tratado franco-neerlandés de ayuda mutua, especialmente importante a partir de 1635). Aquel enfrentamiento se vio impulsado , además, por la rivalidad y prepotencia de los validos ( conde – duque de Olivares por España y el Cardenal Richelieu por Francia), lo que determinó una contienda con importantes consecuencias para la vida diaria, económica y política de la Península Ibérica;  en la que al igual que se vieron mermadas las posibilidades comerciales de España, se vieron reducidas las de Portugal; además, dio lugar a una mayor injerencia de la antigua España en los asuntos portugueses. Todo eso condujo a dos levantamientos populares portuguesas, en 1634 y 1637, que se sofocaron con relativa facilidad. No así la tercera revolución, en el fatídico año de 1640, cuando el poder militar español ya estaba dividido entre la guerra contra Francia y la sublevación de Cataluña.

Las arcas del Estado necesitaban fondos y los impuestos aumentaron, se produjeron reducciones en los privilegios de la nobleza, y las posesiones de ultramar (el mayor imperio del mundo por la unión de los territorios de España y Portugal) se vio amenazado por holandeses y, sobre todo, británicos. La fuerza naval española estaba más centrada en la guerra contra Francia que en defender el Imperio. La gota que colmó el vaso fue la intención del conde-duque, en 1640, de usar tropas portuguesas en la defensa de Cataluña.

En ese contexto, el Cardenal Richelieu encontró medios para ayudar a la sublevación portuguesa que logró su la independencia y el reconocimiento de Juan IV como rey de Portugal y Brasil.

No todo aquel desastre cabe achacárselo al conde-duque. Olivares tenía un sentido de estado y de servicio más que acreditado. Intentó, con poco éxito, más por la abulia real y por la presión de otros miembros de la nobleza, celosos del poder del conde-duque, que la Unión Ibérica fuera efectiva. El profesor Jover lo cuenta así:

Señala Olivares: “Tenga Vuestra Majestad por el negocio más importante de su Monarquía el hacerse Rey de España; quiero decir que no se contente con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, conde de Barcelona, sino que trabaje por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla sin ninguna diferencia, que si Vuestra Majestad lo alcanza será el príncipe más poderoso del mundo”…

​“Olivares se manifiesta aquí, precursor de la Nueva Planta de Felipe V. Su audaz arbitrio apuntaba a una especie de consumación del movimiento renacentista encaminado a la reconstrucción de la España visigoda, centrada en torno a Castilla, fundiendo en un solo molde las tres Coronas destinadas a fundamentar la monarquía. Lo prematuro de tal propuesta quedará reflejado, cinco años más tarde, en unos párrafos de la Suplicación dirigida al mismo monarca por el portugués Lorenzo de Mendoza, allí donde alude a la unión de Reinos y Monarquía de Vuestra Majestad, que principalmente depende de estas tres Coronas de Castilla, Portugal y Aragón unidas y hermanadas”.[1]

En ese ambiente enrarecido, en el que se estaba cercana la restauración de la Corona portuguesa, pero aún formaba parte de España, se desenvolvieron unas cuantas vidas complejas. Una de ellas fue la de Francisco Manuel de Melo, excelso escritor y poeta, vasto intelectual, militar, asesor político y súbdito leal a ambos territorios: España y Portugal.

Hijo primogénito de una familia noble, pero con mezcla de sangre, que en aquellos tiempos podía modificar un destino. Su padre fue un ilustre militar, de apellido Manuel, que mostraban grandeza y nobleza de origen. Sin embargo, su madre, descendía de familia rica, de cierta hidalguía, aunque con orígenes conversos, lo que obligó a nuestro protagonista a pedir autorización especial cuando quiso ingresar en la Orden de Cristo (orden militar portuguesa).

Su padre falleció en el campo de batalla cuando Francisco contaba seis años de edad. Fue su madre la encargada de la educación de sus hijos y se esforzó enormemente para que ingresara en el colegio de Santo Antao de la Compañía de Jesús, en Lisboa. Su formación académica fue excelente, y de ella nació su afición literaria y humanista en general. Fue gracias a los Jesuitas que logró tener una formación ilustrada (hombre de amplios saberes, escribió poesía, libros de empresa e incluso un tratado de matemáticas “Concordancias matemáticas). Ese carácter intelectual le valió con el tiempo el favor del conde-duque (hombre también muy culto, de gran amor a la literatura y a los libros de los que consiguió formar una muy buena biblioteca de la que se encargó en mantener, ampliar y velar por el lujoso encuadernamiento de los volúmenes- una de las manías del conde-duque- Francisco Manuel de Melo).

Pero las inquietudes del portugués no se limitaban al estudio y la meditación, sino que fue una persona fuertemente inclinada a la acción. Al cumplir diez años, Felipe III lo había nombrado hidalgo escudero de su Corte y a los diecisiete abandonó los estudios para seguir la carrera militar, intentando mantenerse activo en las armas y en las letras. Su experiencia más intensa, en aquellos primeros años, aconteció en 1627, cuando una escuadra portuguesa que debía escoltar a la flota de Indias desde La Coruña a Lisboa naufragó. Las prisas por recuperar la mercancía depositada en la bodega de aquellos barcos, determinó una serie de malas decisiones que acabaron perdiendo el contenido importado de América y muriendo los marineros que salieron en su auxilio. Francisco Manuel fue uno de los pocos supervivientes.

Continuó su actuación militar defendiendo las aguas y costas portuguesas de los navíos ingleses.

La tragedia de la flota de Indias le inspiró una de sus cuatro Epanáforas (así denominó a su historia de Portugal en cuatro actos): la Epanáfora trágica. Al tiempo se centraba en el desarrollo de su obra poética. Nacen así los Doce Sonetos por varias acciones en la muerte de doña Inés de Castro. Y su primera obra en castellano: Las tres musas del Melodino. En 1665 se publica su obra poética completa, una recopilación en portugués y en castellano (salvo aquellos doce sonetos), denominada: Obras métricas.

Francisco Manuel fue un escritor perfectamente bilingüe. Usaba el castellano para asuntos científicos, ensayos y obras a las que quería dar una visión más universal. El portugués, lo utilizaba para temas más locales. Estudió a fondo la literatura portuguesa e hizo varios trabajos de revisión crítica de los clásicos.

De 1629 a 1634, Melo se repartía entre Madrid y Lisboa. Especialmente cuando ejerció de asesor del conde-duque, sus estancias en Madrid eran prolongadas. En su obra sobre el conde-duque, Gregorio Marañón, señala como Melo fue espía para el valido (Olivares era muy aficionado a tener espías en todas partes, incluso en la cámara del Rey que le informaban de cada paso de éste, de la familia real y del resto de los nobles), pero también señala el ilustre médico como Melo se convirtió en una especie de asesor del Valido, pues confiaba plenamente en su criterio.

Nuestro protagonista trabó amistad en Madrid con los círculos literarios y existe constancia de su relación epistolar con Quevedo, al que dedicó alguno de sus sonetos. Lo convirtió en personaje de su diálogo Hospital das Letras, y hasta llegó a promover la edición en Lisboa de una de sus obras, el San Pablo.

Según algunos autores, Melo no era persona de fiar y no siempre fue fiel al conde-duque. También es cierto que el valido de Felipe IV tenía un carácter variable, voluble y colérico que tan pronto estaba de buenas como entraba en una tormenta de expresiones y gritos, muy de temer; cierto es que, igual que se sulfuraba sin causa, se apaciguaba fácilmente, teniendo la virtud de no ser rencoroso. La relación del conde-duque con Quevedo fue tormentosa y el poeta acabó en prisión sin una causa clara, y por más que clamó al dignatario, este no se ablandó. Algo semejante, sin que se sepa muy bien la causa, pasó con Melo.

En su epistolario (Cartas familiares),  empieza a revelar a partir de 1637 un tono quejoso y algo desengañado. Creía merecer más de lo que tenía y porfiaba en sus pretensiones en la Corte. De septiembre a diciembre de 1637, el año de la tensa Revuelta de Évora, estaba preso en Lisboa, en el Castillo de San Jorge sin que se sepan las causas. Fue testigo de primera línea de las algaradas y del malestar popular portugués, y lo analizó todo con la enorme perspicacia que demostró en su Epanáfora política y en las cartas.

El conde- duque llamó a capítulo a todos los portugueses de importancia en la Corte y les advirtió de su cuota de responsabilidad por la revuelta. Ese malestar lo muestra Melo con un retrato no muy positivo del conde-duque en esa Epanáfora . Entre otras cosas critica su afición a compararse con los clásicos. Algo que se ha dado muchas veces a lo largo de la Historia entre los absolutistas o tiranos más bien tiranos de cierta formación, claro, los actuales no llegan a semejante nivel. Cierto es también que, a decir del Dr. Marañón, el conde-duque tenía una propensión a la grandeza claramente enfermiza. Dice Melo:

Los libros políticos e históricos que leía Olivares le habían dejado algunas máximas desproporcionadas al humor de nuestros tiempos; de donde procedía intentar a veces cosas ásperas sin otra conveniencia que la imitación de los antiguos; como si los mismos Tácitos, Sénecas, Plutarcos, Plinios, Livios, Polibios y Procopios de que se aconsejaba no mudaron de opinión, viviendo ahora, en vista de las diferencias que cada época impone a las costumbres y a los intereses de los hombres.”[2]

Quizá por esta desavenencia o por otras, Melo acabó encarcelado en dos ocasiones en Lisboa. Pero como señalaba en párrafos anteriores, el conde -duque no era rencoroso y al salir de la segunda prisión, en 1638, permite a Melo incorporarse a un tercio en la potente armada enviada a Flandes y que, para desgracia de España,  sufrió, en 1639, la considerada por toda la Historiografía como la peor derrota española en Flandes: la batalla de las Dunas.

Melo dejó testimonio preciso del desastre en su Epanáfora bélica. Enfermo, llegó en 1640 a Madrid, donde no recibió la prometida recompensa por sus trabajos. En cambio, fue requerido para ir a Vitoria en apoyo de las tropas que lucharon contra Francia. Y de ahí a Cataluña, como adjunto del marqués de Los Vélez, para sofocar la creciente rebelión.

La estancia en Cataluña dará como fruto la obra por la que fue más conocido, y la considerada por muchos su mejor texto en prosa: Historia de los movimientos y separación de Cataluña.

Pero nada más conocer la sublevación de Portugal, Melo fue apresado y enviado de vuelta a Madrid. Éste es el periodo más oscuro de su vida. Tras dos meses de cárcel fue liberado, nombrado maestre de campo y enviado a Flandes. Consiguió huir a Londres para ponerse al servicio de Portugal, ya independizado de la Corona española.

Curiosamente, su vida en Portugal no fue fácil, le ocupó puestos de relevancia, pero su estrecha colaboración anterior con el valido español, le trajo, al tiempo, una desconfianza en la Corte portuguesa que le llevó desde 1644 a una sucesión continua de prisión-libertad-destierro que no acaba hasta 1658. No hay una documentación clara que explique las causas de este peregrinar. Primero fue desterrado a las colonias portuguesas en África, luego a la India, recurrió ambas sentencias y las ganó, pero fue desterrado a Brasil. Allí, en tierras americanas, vivió quejoso de la inhóspita vida, poco refinada en lo material y demasiado exuberante en su naturaleza. En esos años en Brasil, produjo gran parte de su obra, siempre bilingüe.

Con la llegada del nuevo rey de Portugal, Alfonso VI, le fue concedido el indulto (era 1659). A la vuelta a Lisboa empezó un período de reconocimiento y honores no exentos de relevantes tareas diplomáticas: la negociación del casamiento del rey con una princesa María Francisca Isabel de Saboya, la recuperación de los obispados vacantes desde 1640 (en Roma).

En su dilatada estancia en Roma se aproximó a lo más selecto de la vida intelectual, en especial cerca de la Compañía de Jesús, y preparó con cuidado la recopilación definitiva de su obra —quiso repartirla en diez grandes títulos—, que sólo en parte logró organizar.

Al volver a Lisboa se le nombró miembro de la Junta de los tres Estados ( importantísimo órgano, creado a raíz de la independencia para controlar que el monarca no se excediera en sus poderes. Especialmente destacado en el seguimiento de los asuntos de la guerra y la Administración). Apenas pudo ejercer esta tarea y distinción, pues murió el 13 de octubre de 1666.

 

BIBLIOGRAFÍA

ELLIOT, John.- “El Conde-Duque de Olivares”. Ed. Austral. 2014

JOVER ZAMORA, José María; BALDÓ I LACOMBA, Marc y RUIZ TORRES, Pedro.- “Historia y civilización: escritos seleccionados”, Universidad de Valencia.1997.

MANUEL DE MELO, Francisco.- “Cartas familiares”. Ed Livraria Sá da Costa. 1937.

MARAÑÓN, Gregorio.- “El Conde-Duque de Olivares. La pasión de mandar”. Ed Espasa. 2006.

 

[1] José María Jover Zamora, Marc Baldó i Lacomba y Pedro Ruiz Torres.- “Historia y civilización: escritos seleccionados”, Universidad de Valencia.1997

 

[2] “Cartas familiares” Publicado por Livraria Sá da Costa. 1937

 

GUERRA DE RELIGIÓN. La persecución de los católicos en la II República, y 2

Ya vimos el otro día la primera parte de esta entrada: https://algodehistoria.home.blog/2025/05/09/guerra-de-religion-en-espana-la-persecucion-de-los-catolicos-en-la-ii-republica-1/

Veamos ahora la segunda.

Todo el anticlericalismo existente a la llegada de la Republica no hubiera podido provocar la dureza de la persecución que se produjo cinco años después, sobre todo, en los territorios que , tras el alzamiento, quedaron en zona republicana. Si no se hubieran polarizado y encendido los ánimos por culpa de las acciones y normas de los primeros años de la República, no se hubiera predispuesto a las masas a ejercer una violencia desmedida y convertir el anticlericalismo existente en un auténtico genocidio.

El clima de tensión político-social en el país había crecido sensiblemente ya antes de las elecciones de 1933. Desde el verano de 1932, es decir, desde el fracaso de la famosa “sanjurjada”, la coalición presidida por Azaña se deterioró no sólo por la oposición que le venía de fuera, sino también por la descomposición interna. A la represión que siguió al intento de golpe de estado de Sanjurjo, se añadió la matanza de Casas Viejas a principios de 1933 —personas inocentes fueron asesinabas por guardias de asalto republicanos—. Este suceso se convirtió en una auténtica tragedia nacional. No fue más que la gota que colmó el vaso de la paciencia del pueblo ante los atropellos de la izquierda, que determinaron la reacción ciudadana que dio la victoria a las derechas en las elecciones de 1933. Durante el bienio moderado (de noviembre de 1933 a febrero de 1936), la oposición socialista intentó una auténtica revolución en el mes de octubre. Programada para toda España, tuvo éxito solamente en Asturias, porque en Cataluña se sofocó antes de que pudiera triunfar del todo. El presidente de la Generalitat, Companys, proclamó en Barcelona el Estado Catalán dentro de la República Federal Española. El Gobierno de Madrid impidió esta sublevación; 500 soldados republicanos dominaron la situación en pocas horas, con un total de 46 muertos y 11 heridos. Lo de Asturias fue mucho más grave. Centrándonos en el tema de esta entrada: 58 iglesias fueron destruidas y 34 sacerdotes asesinados (algunas fuentes elevan la cifra a 40)[1]. La persecución a los religiosos fue realmente salvaje.

Algunos sacerdotes y religiosos fueron asesinados a culatazos, otros fueron ahorcados y sus cuerpos expuestos en público durante días. En Mieres, se incendió la residencia de los Padres Pasionistas y fueron asesinados y arrojados al río los novicios pasionistas. En Valdecuna, se asesinó al ecónomo párroco y se quemó la iglesia, el retablo, imágenes y archivos parroquiales. En Oviedo los revolucionarios queman el convento de las benedictinas de San Pelayo, el convento de Santo Domingo (en la calle se fusila a los seminaristas que habían conseguido huir del convento) y el Palacio Arzobispal de Oviedo. Todos quedaron destruidos. El 9 de octubre, son fusilados en Turón 9 sacerdotes de La Salle (Mártires de Turón. Canonizados en 1999). El 11 de octubre los revolucionarios socialistas colocan una bomba en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo. En este atentado se destruyen numerosas obras de arte y reliquias del cristianismo, también sufre daños la catedral. Pocos días después, también en Oviedo, los revolucionarios incendian el colegio religioso de las Recoletas de Oviedo.

El analfabetismo de aquellos exaltados no se limitó a destruir las obras religiosas,  el 13 de octubre, dinamitan el edificio de la antigua Universidad de Oviedo perdiéndose importantes obras de gran valor y quemándose toda su biblioteca, inaugurada en el año 1765 y cuyos orígenes se remontaban a 1608. Esta biblioteca de la universidad se había convertido en uno de los primeros centros bibliográficos universitarios de España. También fue destruida la pinacoteca de la universidad.

Marañón afirmó que “la sublevación de Asturias en octubre de 1934 fue un intento en regla de ejecución del plan comunista de conquistar España[2] .

El movimiento revolucionario procede de todos los grupos izquierdistas que no fueron capaces de aceptar el resultado adverso de las elecciones del 19 de noviembre de 1933. Desde entonces se dedicaron a conspirar contra la más alta magistratura de la Nación y el Parlamento ( lo llevaban haciendo desde el fin del turnismo, siendo especialmente virulento desde la segunda década del S.XX. En el republicanismo encontraron un nicho de encuentro las aspiraciones anarquistas, las socialistas, las de los nacionalistas catalanes y vascos. Pero un republicanismo que concebían destructor, revolucionario). Lerroux intentó consolidar una República que estuviese abierta a todos los españoles. La revolución de octubre sirvió para unir a una parte de las derechas, ya que el Partido Radical de Lerroux y la CEDA eran las dos únicas fuerzas que quedaban con aspiraciones de respeto a la constitución y la República. Lerroux tuvo que colaborar con los católicos de derechas y Gil Robles con los radicales para estabilizar la situación. La extrema violencia vivida consiguió lo contrario de lo que querían los revolucionarios: que los católicos tuvieran responsabilidades de gobierno. Destacados políticos de la CEDA ocuparon carteras ministeriales desde octubre de 1934 hasta fines de 1935. Evidentemente, esto, lejos de calmar a los violentos los envalentonó.

Con su tenaz voluntad subversiva las izquierdas consiguieron acabar con las pocas posibilidades que existían de que prosperara una república democrática en España. El Gobierno pudo controlar la situación con las fuerzas armadas, pero no tuvo la entereza de modificar la política del primer bienio, ni de sofocar de verdad a los revolucionarios. Las condenas fueron poco enérgicas, aunque llevaron a las cárceles, por poco tiempo, a un nutrido grupo de revolucionarios, convirtiendo las celdas en nidos de propaganda de una sublevación que se manifestó a su excarcelación. Tampoco el gobierno supo realizar una política social que contrarrestara la demagogia de sus enemigos.

La victoria de la izquierda en febrero 1936, en un claro fraude electoral por la manipulación de las actas ( ya lo vimos aquí: https://algodehistoria.home.blog/2023/06/30/el-fraude-electoral-de-1936/ ), provocó otra exaltación anticlerical que, en dos meses, supuso la quema de 142 iglesias. En algunos casos con asaltos a los colegios católicos, apuntando con pistolas o cuchillos a los sacerdotes delante de los niños, como ocurrió en el colegio de los marianistas, San Felipe Neri, de Cádiz.

El futuro Cardenal Tarancón, que por entonces era un joven sacerdote relató que:

En aquella época [antes del alzamiento de julio] era peligroso ir con sotana —o con hábito religioso— por las calles de Madrid. Sobre todo, en las horas del atardecer, cuando casi todos los días desfilaban manifestaciones de distinto signo por las mismas. Se inventaban calumnias absurdas para atacar brutalmente a religiosas indefensas, como aquella de los «caramelos envenenados» que movilizó a un grupo numeroso de personas en Puente Vallecas que atacó a unas religiosas al salir de su convento. Se insultaba fácilmente a los sacerdotes, sobre todo cuando desfilaban grupos de manifestantes y encontraban una sotana en su camino. […] las izquierdas habían hecho imposible la convivencia en paz. Y con su persecución religiosa habían herido en lo más vivo la conciencia de la inmensa mayoría de los españoles que reaccionaban todavía en cristiano.[3]

Pero tras el alzamiento del 18 de julio de 1936, los católicos que estaba en la zona republicana fueron declarados enemigos del régimen, por ejemplo, Andrés Nin, dirigente del partido revolucionario POUM, proclamaba en un mitin llevado a cabo el 8 de agosto de 1936 que habían resuelto la cuestión religiosa:

Nosotros lo hemos resuelto totalmente yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto”.[4]

El culto católico debió suspenderse y los ciudadanos católicos hubieron de pasar a la clandestinidad, pues eran buscados para ser detenidos y llevados a tribunales arbitrarios, en los que en miles de ocasiones se decretaba la pena de muerte con la única acusación de ser católico. La posesión de un Rosario, o la denuncia de alguien de que un ciudadano solía ir a Misa o participaba en reuniones de Acción Católica, era suficiente para ser llevado a un pelotón de fusilamiento. Las ejecuciones eran muchas veces inmediatas, e iban precedidas de torturas salvajes. La situación más precaria era la de los religiosos hombres o mujeres.

Stanley G. Payne señala que la ferocidad republicana contra la Iglesia en España fue mucho mayor que la del periodo jacobino francés, pero con la “especialidad” española de ser particularmente cruenta contra los sacerdotes, clérigos y monjas. Según Payne “fue la masacre más importante y la más concentrada de sacerdotes y religiosos católicos de la que se tenga constancia histórica[5]

La persecución no fue homogénea ni en el tiempo ni en el espacio en la retaguardia republicana. La mayoría de los martirios se produjeron en 1936 y primeros meses de 1937. Especialmente trágico fue el verano de 1936. Según Gabriel Jackson, “los primeros tres meses de la guerra fueron el período de máximo terror en la zona republicana. Las pasiones republicanas estaban en su cenit. Los sacerdotes fueron las principales víctimas del gangsterismo puro1[6].

No sólo se mataba, también se mofaban de la fe de los católicos con profanaciones sacrílegas, actos civiles o conciertos en cementerios católicos en domingo, procesiones carnavalescas con ornamentos sagrados, farsas irreverentes sobre la misa, mujerzuelas llevadas en andas con los atributos de la Virgen…

Como recuerda Payne, basándose en la obra de Antonio Montero Moreno: “ la Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939”, el número de víctimas mortales de la persecución religiosa durante la república fue:

Sacerdotes seculares 4.022; Religiosos 2.376; Religiosas 282; Seminaristas 95; Obispos 12; Administrador apostólico 1.

Con todo, gracias a la ayuda de algunas de las legaciones diplomáticas en España fueron salvados 394 miembros del clero. Algunos de sus funcionarios ayudaron, con riesgo de perder su vida, al mantenimiento del culto católico clandestino y a su conexión con la Iglesia en la zona. Fueron las embajadas las que transmitieron al mundo el horror vivido por los católicos en España.

También el gobierno catalán ayudó a salvar al Cardenal Vidal y enviarlo a Roma.

Desde principios de 1937 disminuyó el número de muertes, aunque hubo un repunte durante la retirada del ejército republicano tras la caída del frente de Cataluña.

En cuanto a la distribución territorial, en el País Vasco la Iglesia Católica pudo desarrollar su actividad casi con total normalidad, mientras que la persecución se cebó en Madrid, Valencia, Aragón y Cataluña. La diócesis más castigada fue la de Barbastro, en la que fueron asesinados el 90 por ciento de los sacerdotes, incluido el obispo: tenía entre 110 y 120 sacerdotes a finales de 1935; al acabar la guerra, solo quedaba vivos 12 sacerdotes.

Se dieron episodios de gran crueldad y de verdadero sadismo; así, hubo casos en que las víctimas fueron quemadas vivas, enterradas vivas, terriblemente mutiladas antes de morir o sometidos a verdaderas torturas psicológicas. También hubo quienes fueron arrastrados por coches. Hubo casos en que se entregó el cuerpo de una persona asesinada a los animales para que lo comieran. En muchas ocasiones se mantenía a las víctimas desnudas mientras eran insultadas, golpeadas, pinchadas y mutiladas hasta morir. Las religiosas fueron violadas antes de asesinarlas, con especial crueldad contra las novicias. Se realizaban rituales colectivos humillando a las víctimas, deshumanizándolas, para así, tratadas como animales, quitar el cargo de conciencia que pudiera existir entre sus verdugos.

Numerosos obispos, sacerdotes, religiosos y seglares sufrieron torturas evidentes de martirio, reconocidos por testigos e incluso por los mismos asesinos arrepentidos, porque en ellos se dieron todas las circunstancias del martirio cristiano, es decir, que murieron por su condición de sacerdotes, religiosos o cristianos, que fueron ejecutados “in odium fidei” e “in odium Ecclesiae”, que aceptaron las torturas y la muerte por amor a Dios y fidelidad a Cristo, que manifestaron la virtud teologal de la caridad perdonando explícitamente a sus verdugos y asesinos y oraron por ellos, a imitación de Cristo en la Cruz. Esta situación sólo puede ser reconocida mediante el proceso canónico. San Juan pablo II activó el estudio de muchos casos que fueron paralizados por la Iglesia durante el Régimen de Franco. Otros muchos siguen en proceso de análisis y averiguación de sus circunstancias.

A la barbarie descrita hay que sumar los bienes artísticos y edificios- muchos con valor histórico- que fueron destruidos o robados, de un valor incalculable. De esto también hablamos aquí: https://algodehistoria.home.blog/2020/07/17/el-expolio-del-patrimonio-espanol-durante-la-republica-y-la-guerra-el-arte-y-la-cultura/

En este contexto no cabe reprochar al Obispo de Pamplona que en 1937 señalase que la guerra era una cruzada, o que salvo cinco obispos ( todos de El País Vasco o Cataluña) firmaran también el 1937, la carta colectiva en favor del bando nacional. El papa Pio XI no vio con buenos ojos esta carta y hubiera preferido una posición más neutral, pero cuando a uno le quieren matar la neutralidad no sé si es una posición demasiado elevada.

Salvador de Madariaga Rojo, diputado por la Federación Republicana Gallega, escribe en su libro, “España”, “Muchos diputados eran hombres de espíritu doctrinario y dogmático, esta circunstancia fue un verdadero infortunio para la República, pues llevó a las Cortes a poner en pie una Constitución que no era viable; siendo sus tres defectos capitales, la flojedad del ejecutivo, la falta de Senado y la separación de la Iglesia y el Estado”.

Para Madariaga si la segunda República Española hubiera continuado con el vigente Concordato de 1851, hubiera arreglado la cuestión religiosa y asegurado su vida política; “pero el apasionamiento anticlerical de sus prohombres no se lo permitió, y los llevó a un ataque frontal contra la Iglesia”, que propiciará el fracaso de la segunda República Española y la guerra civil de 1936.[7]

BIBLIOGRAFÍA

CÁRCEL ORTÍ, Vicente.- “La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939)”. Ediciones RIALP, S. A. 1990.

GARRALDA, A – “La persecución religiosa del clero en Asturias (1934 y 1936-1937)”. Ed. SND. 2009.

GUIJARRO, José Francisco.- “Persecución religiosa y guerra civil. La Iglesia en Madrid, 1936-1939”. Ed. La Esfera de los Libros. 2006.

IRUJO, Manuel.-  “Memorándum del 9 de enero de 1937 de Manuel de Irujo sobre la persecución religiosahttps://www.hispanidad.info/irujo1937.htm

JACKSON, Gabriel.- “La República española y la guerra civil, 1931 1919”. Ed. Critica. 1976.

MAURA, Miguel .- “Así cayó Alfonso XIII”. Ed. Ariel. 1995.

PALACIO ATARD, Vicente.-  “Cinco historias de la República y de la Guerra”. Ed Nacional, 1973.

PAYNE, Stanley G.- “¿Por qué la República Perdió la Guerra?” Ed. Espasa. 201

[1] Manuel Irujo. Diputado del PNV y ministro en los Gobiernos de Largo caballero y Negrín. Escribió al respecto el  “Memorándum del 9 de enero de 1937 de Manuel de Irujo sobre la persecución religiosa” y en su obra “La Guerra Civil en Euskadi”.

[2] A. Garralda.- La persecución religiosa del clero en Asturias (1934 y 1936-1937).

[3] VICENTE CÁRCEL ORTÍ.- La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939) Ediciones RIALP, S. A. 1990

[4] Vicente Palacio Atard.-  “Cinco historias de la República y de la Guerra”, Ed Nacional, 1973.

[5] Stanley G. Payne.- “ ¿Por qué la República Perdió la Guerra? Ed Espasa. 2010

[6] G Jackson, La República española y la guerra civil, 1931 1919 .Ed Critica 1976

[7]José Francisco Guijarro.- “Persecución religiosa y guerra civil. La Iglesia en Madrid, 1936-1939”. Ed. La Esfera de los Libros. 2006.

 

GUERRA DE RELIGIÓN EN ESPAÑA. La persecución de los católicos en la II República. 1.

Esta entrada constará de dos partes. Hoy expongo la primera.

Muchos han querido ver en la persecución religiosa durante la II República la respuesta a la situación que describían los anticlericales desde el S XIX, cuyo argumentario se basaba en que la Iglesia mantenía un poder tiránico sobre el pueblo, ejercía un enorme dominio económico y que los sacerdotes, malvados, sólo pretendían enturbiar la mente de los ciudadanos; la religión como opio del pueblo. Pero esa visión responde a un movimiento ideológico no a la realidad.

Por otro lado, muchos de los estudios que se han hecho sobre la persecución republicana intentan rebatir el argumentario de izquierdas, con la mejor voluntad y señalando las virtudes y defectos de la Iglesia que, como casi todas las cosas, de ambos tiene. Sin embargo, no se percatan estos estudiosos que ninguno de esos argumentos es válido para explicar lo ocurrido en la República y mucho menos lo acontecido en el año 1936. En aquel año luctuoso, la Iglesia y el Estado llevaban cinco años de separación, los ingresos económicos de la iglesia habían quedado mermados tras las desamortizaciones del siglo XIX, en 1931 y mucho más en 1936, la Iglesia católica española era una Iglesia pobre y empobrecida, y más que quedó con la destrucción de un patrimonio que era de España y de los españoles, no sólo de la Iglesia. Desde la Constitución de 1931, se había negado la posibilidad de recibir una educación católica impartida por las órdenes religiosas, por acusarlas de adoctrinar a los jóvenes, incluidos los jóvenes católicos. No existía la opción de elegir. Los ateos y anticlericales estaban preocupadísimos por acabar con toda enseñanza y costumbre católica. Una buena parte de la legislación republicana estaba encaminada a mostrar y ensalzar el anticlericalismo que sus autores llevaban dentro.

El problema de fondo nacía de que, para los republicanos, al modo de la revolución bolchevique, o de la francesa de 1792, o de la mexicana de 1910, la religión resultaba un estorbo, producía raíces que anclaban a las personas a algo más profundo y crítico que lo que dijera el Estado. La finalidad republicana era erradicar la religión y a los religiosos, como modo de cincelar a un hombre nuevo a su modo y manera, para inclinarlo hacia sus posiciones, adoctrinando ellos a todos, mientras acusaban de adoctrinamiento a la Iglesia. Su actuación durante aquellos años, pero más en los primeros meses de 1936, fue un auténtico genocidio, pensado y consentido por las autoridades republicanas. H. Thomas ha escrito: “Posiblemente en ninguna época de la historia de Europa, y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y cuanto con ella se encuentra relacionado”[1]

En contra de lo que pudiera pensarse, la llegada de la República fue acogida con optimismo por bastantes católicos. La Iglesia manifestó su lealtad a la República desde el primer momento. Lealtad y cautela impuesta desde la Conferencia Episcopal Española sobre todo por el Cardenal tarraconense Vidal y también desde el Vaticano. Cierto es que, la propia cautela mostrada es reflejo de un cierto miedo a lo que pudiera realizar la República portadora en su seno de la tradición anticlerical de la izquierda española de todo el Siglo XIX. La Iglesia siempre intentó respetar las leyes de la República, cosa que la Republica no siempre hizo. En un editorial publicado el 15 de abril de 1931 en el diario católico El Debate se afirmaba: “La República es la forma de gobierno establecida en España; en consecuencia, nuestro deber es acatarla”. El obispo de Barcelona, Manuel Irurita, en una circular publicada el 16 de abril, ordenaba a los sacerdotes que no se mezclaran en contiendas políticas y que guardasen “con las autoridades seculares todos los respetos debidos” y colaborasen con ellas; pidió además oraciones públicas para que el Señor “derrame sobre la Patria y sus gobernantes las gracias tan necesarias en los actuales momentos”.

De toda la jerarquía española sólo el Cardenal Segura, Primado de España, se mostró activo contra los hechos que se iban conociendo.

La Carta Pastoral publicada por el Cardenal Segura (“Sobre los deberes de los católicos en la hora actual”, 1 de mayo de 1931), el anuncio de la fundación de Acción Nacional y el asomo de algunos brotes de reacción, soliviantaron a los revolucionarios. Todo lo que no fuera soportar lo que impusieran las izquierdas,  era interpretado como signo de violencia y provocación.  La jerarquía católica, por medio del nuncio Tedeschini, intentó reconducir las relaciones con el Gobierno, y para ello se llegó al acuerdo de que el Cardenal Segura abandonara España a cambio de que la República respetase la libertad de culto y de enseñanza. La Iglesia cumplió su palabra; el Gobierno, en especial algunos de sus ministros (con principal ahínco Fernando de los Ríos, ministro de Justicia), no.

La expulsión del Cardenal Segura fue uno de los actos más sectarios de la República, y una de las muestras de desunión mayor de la Iglesia. El Cardenal aceptó la situación para calmar los ánimos. La renuncia de Segura a la sede primada fue considerada por muchos católicos y también por algún obispo como un verdadero despojo por parte de la autoridad civil. Así como un agravio a la fe de un pueblo en la persona que ostentaba la representación más alta de la jerarquía en la nación.

Todo el esfuerzo de la Iglesia por convivir con el régimen fue en balde. No fue la Iglesia la que se posicionó al margen de la República, sino que fue la Republica la que expulsó a los católicos.

En el primer Gabinete republicano había tres ministros católicos: el presidente, Alcalá Zamora; el titular de la Gobernación, Miguel Maura, y el de Economía, Luis Nicolau d’Olwer, que representaba a los catalanes republicanos e izquierdistas. Los dos primeros fueron la garantía inicial para los católicos, ya que los restantes miembros del Gobierno eran de diversas tendencias, pero todos ellos anticlericales, que mostraba formas aparentes de respeto hacia el nuncio y algunos obispos, pero seguían un plan legislativo laicista.

El anticlericalismo se extendió por todos los pueblos y ciudades gobernados por la izquierda, cuenta Maura en sus memorias: “Al proclamarse la República, recibí —cuando hacía unas horas que estaba en el Ministerio de la Gobernación— un telegrama del alcalde de un pueblo cuyo nombre no hace al caso: «Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación. Madrid. Proclamada la República. Diga qué hacemos con el cura»”.[2]

El anticlericalismo campaba a sus anchas y así, al mes de declarada la República sucedió la primera quema de Iglesias. El 10 de mayo empezaron los disturbios, pero lo peor aconteció en la mañana del 11. Primero en Madrid. Comenzaron los incendios por el templo y residencia de los jesuitas de la calle de la Flor (junto a la Gran Vía) y continuaron a lo largo de la mañana por el resto de la ciudad; después se extendieron por el resto de España, sobre todo, por el sur y el este.

Cuando Miguel Maura intentó sacar a la Guardia Civil para sofocar los asaltos, Azaña desde el Ateneo lo frenó con la frase de: “Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano”.

Todo el gobierno conocía que se iban a quemar iglesias; Maura lo cuenta en sus memorias.

La connivencia del Gobierno republicano llega a tal punto, que el general Gómez García Caminero, gobernador militar de Málaga, llegó a enviar un telegrama a Madrid que indicaba escuetamente:

“Ha comenzado el incendio de iglesias. Mañana continuará”.

Las quejas de los diarios católicos llevaron a su cierre, como ya vimos aquí:

https://algodehistoria.home.blog/2025/02/07/la-ley-de-defensa-de-la-republica-y-otras-restricciones-a-la-libertad-de-prensa-durante-la-ii-republica/

Los acontecimientos ocurridos entre el 10 y el 13 de mayo de 1931 dieron como resultado la muerte de tres personas, hubo heridos de diversa consideración y se quemaron más de 100 conventos e Iglesias. Se perdió un patrimonio cultural irrecuperable para España Sólo en la quema de la biblioteca de la casa profesa de los Jesuitas ardieron 80.000 volúmenes y en el Instituto católico de Artes e Industria 20.000 libros más. Se perdieron obras de Zurbarán, Valdés Leal, Pacheco, Van Dyck, Coello, Mena, Montañés, Alonso Cano…

Los vándalos y asesinos fueron perseguidos con tanto cariño gubernamental que cuando casualmente alguno era detenido y juzgado, desaparecían las pruebas para su condena.

Uno de los mayores errores de la República fue no haber comprendido que una parte mayoritaria de los españoles era católica y deseaba seguir siéndolo, aunque no practicara asiduamente la religión. No todos los católicos eran monárquicos ni ideológicamente pensaban igual. Pero la República buscaba la unificación de criterios y de pensamiento. De ahí surgió un conflicto que tuvo consecuencias desastrosas. Además, la República no se percató que España había encontrado en el catolicismo su identidad histórica y su unidad nacional. Es decir, que la Iglesia católica existía en España antes que el Estado; que la Iglesia había dado solidez a la nación no sólo mediante la fe católica, sino también, mediante la lengua y la cultura, conservada, enriquecida y transmitida en patrimonio común gracias a los obispos y a los abades, a los sacerdotes y a los monjes.

Ante la situación creada en mayo, los temores católicos iban en aumento. La tramitación del texto constitucional de 1931 ya establecía diversas cuestiones profundamente anticlericales que, si bien hoy podemos ver con ojos más acostumbrados a la relajación de las costumbres católicas, en 1931 supusieron un auténtico escándalo. En otros casos, causarían escándalo incluso en la actualidad. Los artículos que crearon más polémica fueron: la afirmación de que España no tenía religión oficial (art 3), eliminaba la tradicional ayuda estatal a las órdenes religiosas y previsión de la nacionalización de sus propiedades (art 26), suspendían las contribuciones estatales a los salarios del clero, legalizaban el divorcio (art 43) e introducían un sistema de enseñanza primaria laica, obligatoria y gratuita. El famoso artículo 26 iba destinado a ofender y expulsar a la Compañía de Jesús y a su actividad en la enseñanza. Lograron su expulsión ( el 23 de enero de 1932) y con ella empobrecer la vida educativa y cultural española. El hecho provocó la retirada de las minorías católicas de las Cortes, la ruptura de la coalición gubernamental –al dimitir Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura–, el aumento del recelo católico sobre el régimen y el incremento de la debilidad de los partidos republicanos conservadores. Al ausentarse la oposición, el resto del anteproyecto provocó un menor número de debates en la mayoría de diputados de izquierdas. A lo largo de la República, pudieron volver algunos, pero nunca con aprobación oficial, sino ejerciendo su actividad en privado. Hay 114 jesuitas entre los mártires de la guerra.

El laicismo, término que estaba muy mal visto en aquellos momento, con unas connotaciones negativas de las que hoy, en parte, se ha desprendido, tenía un baluarte poderoso en la masonería, que ahondaba sus raíces en recíprocas campañas de desprestigio, que alcanzaron momentos de gran tensión tras la condenación de la masonería por León XIII, en 1884, con la encíclica Humanum genus, y se acentuaron en 1930 cuando Pío XI publicó la Divini illius magistri sobre la educación cristiana de la juventud y contra el laicismo de la escuela. Para muchos afiliados a la masonería, con la República llegaba el momento deseado para poner en práctica el programa laicista en todos los ámbitos del Estado, pero fundamentalmente en el de la enseñanza.

El artículo 26 se acabó imponiendo tras el discurso de Azaña, que fue calificado por Lerroux como una “obra maestra de la perfidia, que desautorizaba a su jefe de gobierno y contentaba a la galería, menos atenta al interés de la República que al interés sectario” . Alcalá Zamora le acusó de haber frustrado todo intento de paz religiosa al pronunciar un discurso que parecía improvisado, cuando en realidad había sido cuidadosamente preparado y concertado. Con todo el discurso consiguió suavizar algo el articulado anticlerical, pero puso en guardia a toda la Iglesia. El Cardenal Vidal obispo de Tarragona definió todo el debate parlamentario de “bajo nivel intelectual y moral de parte de los diputados[3]

El Papa, Pio XI, a través del nuncio Tedeschini hizo llegar una enérgica protesta contra las múltiples ofensas infligidas a los sacrosantos derechos de la Iglesia y que invitaba por medio de  la carta encíclica Nova impendet (2 octubre 1931) a todos los católicos del mundo para que rezaran por las necesidades más urgentes de aquellos momentos y proponiéndose unirse a tales plegarias y ofrecer por dicha intención la santa misa en la basílica de San Pedro el día de Cristo Rey, invitaba también a que todos se unieran con él en la especial intención de que cesara la gran tribulación que sufría la Iglesia y el pueblo de la querida nación española.[4]

Pero no se quedó en eso la legislación anticlerical. La república incumpliendo unilateralmente y sin consultar a la Iglesia ni buscar una negociación que evitara tensiones, empezó a legislar en contra de determinados asuntos concordados. Así, establecieron el carácter voluntario de la enseñanza religiosa en los centros estatales (6 mayo); el Crucifijo fue retirado de las escuelas; fueron disueltos los cuerpos eclesiásticos del Ejército (30 de junio) y de la Armada (10 julio), así como las Ordenes militares religiosas (29 abril): Orden de Santiago, Calatrava, Alcántara, Montesa; quedó suprimida la obligación que tenían los militares de asistir a los actos religiosos durante los días festivos (18 abril); el juramento que se emitía al aceptar un cargo público fue sustituido con una obligatoria promesa (8 mayo). La Iglesia se vio afectada por medidas de carácter económico como la supresión de exenciones tributarias (8 mayo), la obligación de inscribir en los Registros de la Propiedad los bienes fundacionales de las capellanías privadas (31 mayo) y el deber de informar sobre los haberes de los sacerdotes diocesanos, paso previo para la supresión del presupuesto del culto y clero (3 julio). Además, a las autoridades civiles se les prohibió asistir oficialmente a los actos religiosos de carácter nacional, provincial o municipal. La Confederación Nacional Católico-Agraria fue privada de su reconocimiento oficial. Los obispos fueron excluidos del Consejo de Instrucción Pública. Al Santísimo Sacramento le fueron suprimidos los honores militares que se le otorgaban durante las procesiones. El Crucifijo fue retirado de las escuelas en las que algún alumno rechazaba la enseñanza religiosa y fueron violadas algunas inmunidades personales de los religiosos.

Una de las legislaciones más dolorosas fue la que secularizaba los cementerios (9 julio), y que de modo genérico ya estaba recogida en el artículo 27 de la Constitución. Se impidieron los entierros católicos. Si alguien quería un entierro cristiano debía de pedirlo ante notario. Los notarios tenían que realizar una escritura en cada caso; se prohibió utilizar modelos tipo que permitieran expresar la voluntad del futuro difunto y que, además,  abarataban y aceleraban el procedimiento. Sin esa escritura el entierro sería civil. No valía por tanto la voluntad de los deudos o familiares. Si alguien había expresado su voluntad de entierro católico sin haberlo formalizado en escritura notarial, no podría ser enterrado al modo católico. La situación además creaba una desigualdad entre los que podían pagar el acta notarial y los menos favorecidos que no tenían recursos para ello. La situación se convirtió no sólo en un despropósito sino en un medio de persecución de los que se habían mostrado deseosos de un entierro cristiano. Por supuesto desaparecieron las capillas y los capellanes de los cementerios.

A las arbitrariedades cometidas desde el Gobierno central había que unir las de carácter municipal.

La sectaria legislación fue desacreditando rápidamente a la República y mostrando su animosidad a la Iglesia, a sus personas e instituciones. Muchos diputados católicos lo reprobaron y el catalán Carrasco Formiguera llegó a decir: “Los republicanos católicos nos sentimos engañados por no haber respetado la República nuestros sentimientos y faltado a sus promesas”.  Los temores de los católicos de que los hechos más violentos se sucedieran en años posteriores se vieron corroborados a lo largo de 1932, no sólo con la expulsión de los jesuitas, como vimos, sino con sucesos de violencia callejera e intimidación contra los católicos y sobre todo sacerdotes y monjas en Zaragoza, Córdoba y Cádiz (actos especialmente violentos en enero y octubre), Sevilla (abril y octubre), Granada (julio) y Granada (octubre).

La respuesta católica fue a base de protestas civilizadas ninguna acción violenta. Y se reflejó en tres documentos esenciales: 1) la carta colectiva del episcopado de 25 de mayo. 2) Pío XI dio a conocer la encíclica Dilectissima nobis el 3 de junio, en la que condenaba el “espíritu anticristiano” del régimen español. 3) El nuevo arzobispo primado de Toledo, Gomá, publicó su enérgica carta pastoral “Horas graves” el 12 de junio. En los tres documentos coinciden en lo esencial: denuncia del durísimo trato que se dispensaba a la Iglesia en España; la contradicción abierta entre los principios constitucionales del Estado y la violación de la libertad religiosa y condenación abierta de la legislación sectaria.

Pero nada de esto hizo reflexionar a la República, al contrario, lo peor estaba por llegar…

 

[1] H. Thomas. “La guerra civil española 1936-1939”. Ed. Ruedo Ibérico, 1962.

[2] Miguel Maura.- “ Así cayó Alfonso XIII”. Ed. Ariel. 1995.

[3] VICENTE CÁRCEL ORTÍ.- La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939) Ediciones RIALP, S. A. 1990

[4] VICENTE CÁRCEL ORTÍ Op. Cit.