Los validos aparecieron en las monarquías occidentales como puestos de mayor confianza del monarca en cuestiones temporales. Importante matiz porque las materias espirituales eran competencia del confesor real. Ambos solían ejercer una influencia enorme en las cortes europeas.
Se suele señalar a los validos como algo propio de la monarquía española, pero no es cierto, validos existieron en otras como Richelieu o Mazarino en Francia o Buckingham en Inglaterra. Pero sí se puede decir que fue en España donde se dio esta figura por antonomasia. Nunca tuvo un carácter institucional puesto que sólo servía al rey mientras éste tenía confianza en la persona elegida. Si hasta Felipe II, salvo alguna extraña excepción, era el propio monarca con el apoyo de secretarios y Consejos el que dirigía el reino, desde Felipe III, todos los Austrias gobernaron o dejaron en manos de personajes de su confianza la dirección del imperio. Especialmente conocidos fueron Baltasar de Zúñiga; el Duque de Lerma; el Conde-Duque de Olivares; el Duque de Medinaceli; el Conde de Oropesa… Casi todo ellos muy mal tratados por la opinión de sus contemporáneos (especialmente de la nobleza que no había sido elegida para tal confianza y se llenó de resentimiento contra estas figuras) y por los historiadores. Las acusaciones de vagos, manipuladores, avariciosos, corruptos, rastreros e inútiles… eran comunes. Según soplaran los vientos, el valido era odiado, adulado, respetado, obedecido o vilipendiado. Aunque en el S XVII no eran una institución, sí se legitimaba su función por medio de una serie de documentos firmados por los reyes que avalaban la tarea del valido.
Con anterioridad al siglo XVII, las actuaciones de los validos se debían mucho más aún a la propia confianza del rey. En nuestra historia se considera que el primer valido fue Álvaro de Luna en los inicios del siglo XV en la Corte de Juan II de Castilla.
Conquense de nacimiento, Álvaro de Luna era hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, un noble aragonés, y de una mujer, cuya identidad no está del todo clara, pero que fue madre natural de otros hijos de diferentes padres. Quizá por esta razón, el padre de Álvaro siempre mostró serias dudas sobre su paternidad; aun así, dio sus apellidos a aquel niño. Cuando el padre falleció, el niño Álvaro, tenía sólo siete años y quedó al cuidado de sus tíos paternos: Juan Martínez de Luna y su tío abuelo el papa de Aviñón Benedicto XIII (el Papa Luna). Otro de los hermanos de su padre, Pedro de Luna, arzobispo de Toledo, logró que entrara en la Corte al servicio del rey niño, Juan II, como paje de éste en 1408 o 1410.
Para entender la situación haré algunas digresiones a lo largo de la exposición, la primera debe partir de conocer quién era Juan II. Fue hijo de Enrique III, rey de Castilla, y de Catalina, hija del duque de Lancaster, Juan de Gante, y de su segunda esposa, Constanza, hija del monarca castellano Pedro I; el matrimonio, había supuesto la renuncia a los eventuales derechos de Constanza al Trono castellano y la consolidación en éste de los Trastámara.
La temprana muerte de Enrique III, en Toledo, el 25 de diciembre de 1406, abría el reinado del nuevo monarca, un niño que todavía no había cumplido dos años. Se abrió, por tanto, un largo periodo de regencias, que terminaron cuando Juan cumplió los 14 años y le proclamaron mayor de edad.
Durante la regencia del tío del rey, Fernando, que terminó en 1412, Álvaro de Luna no pudo ascender más allá del puesto de sirviente. Cuando, Fernando fue elegido rey de Aragón (Fernando I) tras el Compromiso de Caspe (24 de junio de 1412), en el que contó con la inestimable ayuda para su proclamación del tío de Álvaro de Luna, Benedicto XIII (el papa Luna), la regencia quedó en manos de la madre del rey, y en esa Corte, Álvaro tuvo más oportunidades de prosperar.
Segunda digresión. Fernando era hermano del rey Enrique III y conocido en su regencia como Fernando de Antequera o Fernando Trastámara, se casó con Leonor de Alburquerque y fue nombrado rey de Aragón como Fernando I (como quedó dicho). Fernando era hijo de Juan I de Castilla y de Leonor de Aragón. Por línea materna le venía también relación con el linaje siciliano. Por eso, Fernando fue, además de rey de Aragón, rey de Valencia, de Mallorca, de Sicilia, de Cerdeña y de Córcega, a los que une el gobierno en forma de condado de otros muchos lugares. Así se entiende la vinculación de la corona de Aragón con Italia y el Mediterráneo que hemos explicado en otras entradas.
Fernando muere en 1416 y hereda el trono Aragonés y todos los demás reinos su hijo Alfonso, con el nombre de Alfonso V, el Magnánimo.
Catalina de Lancaster, la reina madre de Castilla, fallece en 1418 y es uno de los primos aragoneses de Juan II de Castilla, también llamado Juan, el que se sitúa en castilla como protector del rey.
Por tanto, Juan II de Castilla estaba directamente emparentado con los reyes de Aragón además de con los de Castilla, y sus primos aragoneses, los descendientes de Fernando I, tenían derechos dinásticos tanto en Aragón como en Castilla.
Volviendo a Álvaro de Luna, su andadura política se inició con la recuperación del señorío paterno, su matrimonio con Elvira Portocarrero, en marzo de 1420, del que no hubo descendencia, y su decisiva participación en los acontecimientos del mes de julio de ese año, el llamado “golpe de estado de Tordesillas” o “asalto de Tordesillas”.
Nos detendremos un momento en aquel acontecimiento. Los hechos se resumen en un ataque perpetrado, el 14 de julio de 1420, por el Infante de Aragón, Enrique, que consistió en el secuestro del Rey de Castilla, quien a sus catorce años acababa de ser proclamado mayor de edad. La captura del rey tuvo lugar en la localidad de Tordesillas donde residía la corte castellana. El hecho se produjo durante la ausencia del infante de Aragón, Juan, que estaba aquellos días en Navarra para desposarse con Blanca de Navarra y convertirse así en heredero al trono de aquel reino. El golpe acabó fracasando pues, don Juan, movilizó a sus partidarios para intentar rescatar al rey y porque Álvaro de Luna ideó y ayudó al niño rey a huir. Enrique fue detenido.
Sobre las causas profundas de los acontecimientos de Tordesillas, dos son las más destacadas, de un lado, se trata de uno de los últimos intentos de una ya moribunda nobleza por recuperar el control de sus territorios y doblegar al rey castellano. Es decir, se trató de un movimiento feudal. Por otro, aparece la ambición del infante Enrique por aunar poder y ejercerlo en la corte castellana sobre un rey que necesitaba tutor.
La detención de Enrique provocó la intervención del rey de Aragón, Alfonso V el Magnánimo, como hermano mayor de los infantes de Aragón. Éste buscó aliados para la causa del infante entre la alta nobleza castellana y reclutó un ejército en Aragón que desplegó en la frontera con Castilla. También se puso en contacto con el infante don Juan, para juntos negociar un acuerdo con el rey castellano. Las conversaciones culminaron con la firma del Tratado de Torre de Arciel, el 3 de septiembre de 1425, que satisfizo todas las reclamaciones del rey Alfonso el Magnánimo, ya que no solo se acordó la puesta en libertad del infante don Enrique, sino que éste recobró su cargo como maestre de la Orden de Santiago, además de los bienes patrimoniales y rentas que le fueron confiscados tras su detención.
En otra nota más para entender la interconexión entre los reinos, debemos señalar que Fernando I había dispuesto la boda entre Alfonso el Magnánimo con la hermana de Juan II de Castilla, María. A la que proclamó heredera de Castilla en caso de fallecimiento de Juan II. A su vez, decidió la boda de Juan II con su hija y, por tanto, la hermana de los infantes de Aragón, también llamada María. De ese matrimonio, nacería el futuro Enrique IV de Castilla, hermanastro de Isabel la Católica.
En el plano político, todas estas peripecias y ambiciones consiguieron la fragmentación del “bando” aragonés lo que permitió a Álvaro de Luna, que desde hacía más de diez años gozaba de la amistad y confianza del Rey, y también de la cordialidad de los infantes de Aragón, ascender en su poder en la corte. Tanta influencia tenía que, durante aquellos años en los que aparentemente el infante aragonés Juan ejercía la dirección del reino, era Álvaro el que, desde su posición en el Consejo de regencia, como Condestable de Castilla, controlaba la política del reino.
Juan II de Castilla, se reveló como un rey de poco carácter, sufrido donde los haya, traicionado en múltiples ocasiones incluso por su propio hijo, y que dejó en manos de Álvaro de Luna el ejercicio del gobierno del reino. Por otro lado, dadas las ambiciones de los primos aragoneses y de la nobleza castellana y la falta de escrúpulos de todos ellos, no es descabellado comprender que el rey depositara su confianza en un favorito que tenía todas las razones del mundo para permanecer fiel al monarca. Siempre le fue leal, bien fuese por interés, bien por nobleza o bien por alguna otra razón achacable a la amistad entre rey y favorito- razones que siempre surgen en España cuando se quiere mancillar el buen nombre de alguien, aunque, en este caso, Gregorio Marañón haya estudiado ambas figuras y sostenga la homosexualidad de rey y favorito.
Álvaro, además de buen gobernante, tenía otras cualidades personales que le hacían persona de agradable y entretenido trato: era un aceptable caballero, un habilidoso lancero, buen poeta y elegante prosista. Todas ellas cualidades muy apreciables en personas que, como Juan II, odiaban las armas, las guerras, las grandes cabalgadas…
La época de Juan II fue un periodo de conflicto constante provocado por tornadizas coaliciones de nobles que, bajo el pretexto de liberar al rey de la perniciosa influencia de su favorito, realmente trataban de convertirle en una marioneta que sirviera a sus propios intereses.
Frente a los infantes de Aragón y la gran nobleza terrateniente, Álvaro de Luna forjó una alianza con la pequeña nobleza, las ciudades, el bajo clero y los judíos, que se oponían a la oligarquía nobiliaria castellana y a los infantes de Aragón, que defendían los tradicionales intereses políticos y económicos de su familia en Castilla.
La historia de Álvaro de Luna estuvo llena de constantes expulsiones de la corte por parte de facciones victoriosas, y de retornos cuando la facción vencedora se disgregaba.
En 1427, la victoria de la nobleza contraria a D. Álvaro y favorable a los aragoneses que, por supuesto, contaba con el apoyo de éstos, logró la salida de Álvaro de la Corte durante poco más de un año como medida imprescindible de paz y de buen gobierno, objetivo que dicho bando se arrogaba.
Lo que en realidad se había producido era una sustitución del gobierno personal de don Álvaro por el de los infantes, hecho que infundía temor a otra parte de la nobleza castellana. Estos últimos convencieron al rey en tiempo record de la vuelta del Condestable a la Corte. Lo que se produjo el 6 de febrero de 1428.
La consecuencia fue que los Infantes de Aragón invadieron Castilla, con poco éxito, ya que fueron expulsados de manera casi definitiva. Aquella guerra terminó con las treguas de Majano (16 de julio de 1430). Los bienes de los aragoneses y partidarios fueron confiscados por el rey castellano y Alfonso V viró su política definitivamente hacia el Mediterráneo, es decir, hacia la península itálica.
Se iniciaba una etapa de gobierno de la oligarquía nobiliaria presidida por don Álvaro, en la que se lograron los éxitos más notables del reinado de Juan II: paz con Portugal, guerra contra Granada y victoria en La Higueruela (1 de julio de 1431), que permitió instalar a un nuevo sultán bajo el protectorado castellano. Éxitos en el golfo de Vizcaya, que logró el comercio castellano en Borgoña e Inglaterra y reconoció la exclusividad castellana en aquellas aguas. Protagonismo castellano en el Concilio de Basilea. En este Concilio, Castilla se erigió en la defensora de una verdadera reforma, que venía preparándose desde hacía varias décadas. También se debatieron cuestiones sobre el dominio de las Canarias o la unión con la Iglesia griega.
Al tiempo, en Aragón, la presencia de Alfonso V en Italia, le obligó a dejar el reino en manos de su hermano Juan, como gobernador, y a buscar una paz duradera con Castilla. Esta se firmó el 22 de septiembre de 1436 en Toledo. Por ella, se acordaron varias alianzas matrimoniales entre los herederos castellanos y los de Navarra y Aragón. Fue la forma de retornar a la política castellana de los aragoneses y el modo de intentar parar a Álvaro de Luna y su extremado poder en el gobierno de la corte castellana.
Para eliminar toda disidencia, Juan de Aragón depuró el Consejo situando en él a partidarios de toda confianza y redujo prácticamente a reclusión a Juan II. Un golpe de estado, dado el 9 de julio de 1443, que proporcionaba a Álvaro de Luna un argumento excelente para el levantamiento: la liberación del Rey. Teóricamente este movimiento liberador lo encabezó el príncipe heredero, que cobraría su apoyo con la concesión del título de príncipe de Asturias.
Ante la presencia en Nápoles de Alfonso, fueron Juan y de nuevo Enrique los que formaron un enorme ejército dirigido por este último contra las tropas de Álvaro de Luna y Juan II.
En mayo de 1445, los aragoneses fueron derrotados en la batalla de Olmedo. Como consecuencia de las heridas recibidas en aquella batalla murió el infante Enrique de Aragón, y el favorito castellano, Álvaro de Luna, le sucedió en su título de Gran Maestre de la Orden de Santiago.
Al igual que en momentos anteriores, Álvaro buscó acuerdos internacionales que reforzaran su poder y el de Castilla. De ahí nació la alianza matrimonial de Juan II, viudo de maría de Aragón, con Isabel de Portugal, que se celebró en Madrigal de las Altas Torres en 1447-. De este matrimonio nació Isabel la Católica-. En ese momento, el poder del valido parecía incontestable. Pero fue precisamente la segunda esposa del rey, conocedora de las intrigas, abusos y ciertos asesinatos dispuestos por Álvaro, la que urgió a su marido a prescindir del favorito.
Juan II cedió y el 4 de abril de 1453, Álvaro de Luna fue detenido y encarcelado
Su esposa, Juana Pimentel, y su hijo, Juan de Luna, se refugiaron en Escalona, desde donde pidieron ayuda al Papa, por ser la Orden de Santiago protegida papal. Aunque se inició una rebelión de los partidarios del condestable, no pudieron parar su ejecución, la cual tuvo lugar el 2 de junio de 1453, tras una parodia de juicio.
Primero fue enterrado en Valladolid, en el convento de San Francisco, para recibir cristiana sepultura de manera definitiva en Toledo en la suntuosa capilla de la catedral, llamada de Santiago, construida a sus expensas, donde yacía enterrado su hermano el arzobispo don Juan de Cerezuela, y reposarían después los restos de su mujer, doña Juana Pimentel, y otros miembros de su familia.
Juana Pimentel, al conocer la ejecución de su marido, abandonó la resistencia y rindió el Castillo de Escalona a las tropas reales. A partir de este momento, y hasta su muerte, Juana firmaría todos sus documentos como “La triste Condesa”, mostrando así el lamento que le producía la ejecución de su marido.
En Castilla, el poder del condestable lo pasó a ejercer el príncipe de Asturias que pasó a ser el rey, Enrique IV, en 1454 a la muerte de Juan II.
BIBLIOGRAFIA
ÁLVAREZ ÁLVAREZ, César. “Los infantes de Aragón”. Ed. Historia de España de la Edad Media. Barcelona: Ariel.
MARAÑÓN, Gregorio.” Ensayo biológico de Enrique IV de Castilla”. Boletín de la Real Academia de la Historia. 1930
SERRANO BELINCHÓN, José. “El condestable: de la vida, prisión y muerte de don Álvaro de Luna”. AACHE Ediciones. 2000