Álvaro de Luna

Los validos aparecieron en las monarquías occidentales como puestos de mayor confianza del monarca en cuestiones temporales. Importante matiz porque las materias espirituales eran competencia del confesor real. Ambos solían ejercer una influencia enorme en las cortes europeas.

Se suele señalar a los validos como algo propio de la monarquía española, pero no es cierto, validos existieron en otras como Richelieu o Mazarino en Francia o Buckingham en Inglaterra. Pero sí se puede decir que fue en España donde se dio esta figura por antonomasia. Nunca tuvo un carácter institucional puesto que sólo servía al rey mientras éste tenía confianza en la persona elegida. Si hasta Felipe II, salvo alguna extraña excepción, era el propio monarca con el apoyo de secretarios y Consejos el que dirigía el reino, desde Felipe III, todos los Austrias gobernaron o dejaron en manos de personajes de su confianza la dirección del imperio.  Especialmente conocidos fueron Baltasar de Zúñiga; el Duque de Lerma; el Conde-Duque de Olivares; el Duque de Medinaceli; el Conde de Oropesa… Casi todo ellos muy mal tratados por la opinión de sus contemporáneos (especialmente de la nobleza que no había sido elegida para tal confianza y se llenó de resentimiento contra estas figuras) y por los historiadores. Las acusaciones de vagos, manipuladores, avariciosos, corruptos, rastreros e inútiles… eran comunes. Según soplaran los vientos, el valido era odiado, adulado, respetado, obedecido o vilipendiado. Aunque en el S XVII no eran una institución, sí se legitimaba su función por medio de una serie de documentos firmados por los reyes que avalaban la tarea del valido.  

Con anterioridad al siglo XVII, las actuaciones de los validos se debían mucho más aún a la propia confianza del rey. En nuestra historia se considera que el primer valido fue Álvaro de Luna en los inicios del siglo XV en la Corte de Juan II de Castilla.

Conquense de nacimiento, Álvaro de Luna era hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, un noble aragonés, y de una mujer, cuya identidad no está del todo clara, pero que fue madre natural de otros hijos de diferentes padres. Quizá por esta razón, el padre de Álvaro siempre mostró serias dudas sobre su paternidad; aun así, dio sus apellidos a aquel niño. Cuando el padre falleció, el niño Álvaro, tenía sólo siete años y quedó al cuidado de sus tíos paternos: Juan Martínez de Luna y su tío abuelo el papa de Aviñón Benedicto XIII (el Papa Luna). Otro de los hermanos de su padre, Pedro de Luna, arzobispo de Toledo, logró que entrara en la Corte al servicio del rey niño, Juan II, como paje de éste en 1408 o 1410.

Para entender la situación haré algunas digresiones a lo largo de la exposición, la primera debe partir de conocer quién era Juan II. Fue hijo de Enrique III, rey de Castilla, y de Catalina, hija del duque de Lancaster, Juan de Gante, y de su segunda esposa, Constanza, hija del monarca castellano Pedro I; el matrimonio, había supuesto la renuncia a los eventuales derechos de Constanza al Trono castellano y la consolidación en éste de los Trastámara.

La temprana muerte de Enrique III, en Toledo, el 25 de diciembre de 1406, abría el reinado del nuevo monarca, un niño que todavía no había cumplido dos años. Se abrió, por tanto, un largo periodo de regencias, que terminaron cuando Juan cumplió los 14 años y le proclamaron mayor de edad.

Durante la regencia del tío del rey, Fernando, que terminó en 1412, Álvaro de Luna no pudo ascender más allá del puesto de sirviente. Cuando, Fernando fue elegido rey de Aragón (Fernando I) tras el Compromiso de Caspe (24 de junio de 1412), en el que contó con la inestimable ayuda para su proclamación del tío de Álvaro de Luna, Benedicto XIII (el papa Luna), la regencia quedó en manos de la madre del rey, y en esa Corte, Álvaro tuvo más oportunidades de prosperar.

Segunda digresión. Fernando era hermano del rey Enrique III y conocido en su regencia como Fernando de Antequera o Fernando Trastámara, se casó con Leonor de Alburquerque y fue nombrado rey de Aragón como Fernando I (como quedó dicho). Fernando era hijo de Juan I de Castilla y de Leonor de Aragón. Por línea materna le venía también relación con el linaje siciliano. Por eso, Fernando fue, además de rey de Aragón, rey de Valencia, de Mallorca, de Sicilia, de Cerdeña y de Córcega, a los que une el gobierno en forma de condado de otros muchos lugares. Así se entiende la vinculación de la corona de Aragón con Italia y el Mediterráneo que hemos explicado en otras entradas.

Fernando muere en 1416 y hereda el trono Aragonés y todos los demás reinos su hijo Alfonso, con el nombre de Alfonso V, el Magnánimo.

Catalina de Lancaster, la reina madre de Castilla, fallece en 1418 y es uno de los primos aragoneses de Juan II de Castilla, también llamado Juan, el que se sitúa en castilla como protector del rey.

Por tanto, Juan II de Castilla estaba directamente emparentado con los reyes de Aragón además de con los de Castilla, y sus primos aragoneses, los descendientes de Fernando I, tenían derechos dinásticos tanto en Aragón como en Castilla.

Volviendo a Álvaro de Luna, su andadura política se inició con la recuperación del señorío paterno, su matrimonio con Elvira Portocarrero, en marzo de 1420, del que no hubo descendencia, y su decisiva participación en los acontecimientos del mes de julio de ese año, el llamado “golpe de estado de Tordesillas” o “asalto de Tordesillas”.

Nos detendremos un momento en aquel acontecimiento. Los hechos se resumen en un ataque perpetrado, el 14 de julio de 1420, por el Infante de Aragón, Enrique, que consistió en el secuestro del Rey de Castilla, quien a sus catorce años acababa de ser proclamado mayor de edad. La captura del rey tuvo lugar en la localidad de Tordesillas donde residía la corte castellana. El hecho se produjo durante la ausencia del infante de Aragón, Juan, que estaba aquellos días en Navarra para desposarse con Blanca de Navarra y convertirse así en heredero al trono de aquel reino. El golpe acabó fracasando pues, don Juan, movilizó a sus partidarios para intentar rescatar al rey y porque Álvaro de Luna ideó y ayudó al niño rey a huir.  Enrique fue detenido.

Sobre las causas profundas de los acontecimientos de Tordesillas, dos son las más destacadas, de un lado, se trata de uno de los últimos intentos de una ya moribunda nobleza por recuperar el control de sus territorios y doblegar al rey castellano. Es decir, se trató de un movimiento feudal. Por otro, aparece la ambición del infante Enrique por aunar poder y ejercerlo en la corte castellana sobre un rey que necesitaba tutor.

La detención de Enrique provocó la intervención del rey de Aragón, Alfonso V el Magnánimo, como hermano mayor de los infantes de Aragón. Éste buscó aliados para la causa del infante entre la alta nobleza castellana y reclutó un ejército en Aragón que desplegó en la frontera con Castilla. También se puso en contacto con el infante don Juan, para juntos negociar un acuerdo con el rey castellano. Las conversaciones culminaron con la firma del Tratado de Torre de Arciel, el 3 de septiembre de 1425, que satisfizo todas las reclamaciones del rey Alfonso el Magnánimo, ya que no solo se acordó la puesta en libertad del infante don Enrique, sino que éste recobró su cargo como maestre de la Orden de Santiago, además de los bienes patrimoniales y rentas que le fueron confiscados tras su detención.

En otra nota más para entender la interconexión entre los reinos, debemos señalar que Fernando I había dispuesto la boda entre Alfonso el Magnánimo con la hermana de Juan II de Castilla, María. A la que proclamó heredera de Castilla en caso de fallecimiento de Juan II. A su vez, decidió la boda de Juan II con su hija y, por tanto, la hermana de los infantes de Aragón, también llamada María. De ese matrimonio, nacería el futuro Enrique IV de Castilla, hermanastro de Isabel la Católica.

En el plano político, todas estas peripecias y ambiciones consiguieron la fragmentación del “bando” aragonés lo que permitió a Álvaro de Luna, que desde hacía más de diez años gozaba de la amistad y confianza del Rey, y también de la cordialidad de los infantes de Aragón, ascender en su poder en la corte. Tanta influencia tenía que, durante aquellos años en los que aparentemente el infante aragonés Juan ejercía la dirección del reino, era Álvaro el que, desde su posición en el Consejo de regencia, como Condestable de Castilla, controlaba la política del reino.

Juan II de Castilla, se reveló como un rey de poco carácter, sufrido donde los haya, traicionado en múltiples ocasiones incluso por su propio hijo, y que dejó en manos de Álvaro de Luna el ejercicio del gobierno del reino. Por otro lado, dadas las ambiciones de los primos aragoneses y de la nobleza castellana y la falta de escrúpulos de todos ellos, no es descabellado comprender que el rey depositara su confianza en un favorito que tenía todas las razones del mundo para permanecer fiel al monarca. Siempre le fue leal, bien fuese por interés, bien por nobleza o bien por alguna otra razón achacable a la amistad entre rey y favorito- razones que siempre surgen en España cuando se quiere mancillar el buen nombre de alguien, aunque, en este caso, Gregorio Marañón haya estudiado ambas figuras y sostenga la homosexualidad de rey y favorito.

Álvaro, además de buen gobernante, tenía otras cualidades personales que le hacían persona de agradable y entretenido trato: era un aceptable caballero, un habilidoso lancero, buen poeta y elegante prosista. Todas ellas cualidades muy apreciables en personas que, como Juan II, odiaban las armas, las guerras, las grandes cabalgadas…

La época de Juan II fue un periodo de conflicto constante provocado por tornadizas coaliciones de nobles que, bajo el pretexto de liberar al rey de la perniciosa influencia de su favorito, realmente trataban de convertirle en una marioneta que sirviera a sus propios intereses.

Frente a los infantes de Aragón y la gran nobleza terrateniente, Álvaro de Luna forjó una alianza con la pequeña nobleza, las ciudades, el bajo clero y los judíos, que se oponían a la oligarquía nobiliaria castellana y a los infantes de Aragón, que defendían los tradicionales intereses políticos y económicos de su familia en Castilla.

La historia de Álvaro de Luna estuvo llena de constantes expulsiones de la corte por parte de facciones victoriosas, y de retornos cuando la facción vencedora se disgregaba.

En 1427, la victoria de la nobleza contraria a D. Álvaro y favorable a los aragoneses que, por supuesto, contaba con el apoyo de éstos, logró la salida de Álvaro de la Corte durante poco más de un año como medida imprescindible de paz y de buen gobierno, objetivo que dicho bando se arrogaba.

Lo que en realidad se había producido era una sustitución del gobierno personal de don Álvaro por el de los infantes, hecho que infundía temor a otra parte de la nobleza castellana. Estos últimos convencieron al rey en tiempo record de la vuelta del Condestable a la Corte. Lo que se produjo el 6 de febrero de 1428.

La consecuencia fue que los Infantes de Aragón invadieron Castilla, con poco éxito, ya que fueron expulsados de manera casi definitiva. Aquella guerra terminó con las treguas de Majano (16 de julio de 1430). Los bienes de los aragoneses y partidarios fueron confiscados por el rey castellano y Alfonso V viró su política definitivamente hacia el Mediterráneo, es decir, hacia la península itálica.

Se iniciaba una etapa de gobierno de la oligarquía nobiliaria presidida por don Álvaro, en la que se lograron los éxitos más notables del reinado de Juan II: paz con Portugal, guerra contra Granada y victoria en La Higueruela (1 de julio de 1431), que permitió instalar a un nuevo sultán bajo el protectorado castellano. Éxitos en el golfo de Vizcaya, que logró el comercio castellano en Borgoña e Inglaterra y reconoció la exclusividad castellana en aquellas aguas. Protagonismo castellano en el Concilio de Basilea. En este Concilio, Castilla se erigió en la defensora de una verdadera reforma, que venía preparándose desde hacía varias décadas. También se debatieron cuestiones sobre el dominio de las Canarias o la unión con la Iglesia griega.

Al tiempo, en Aragón, la presencia de Alfonso V en Italia, le obligó a dejar el reino en manos de su hermano Juan, como gobernador, y a buscar una paz duradera con Castilla. Esta se firmó el 22 de septiembre de 1436 en Toledo. Por ella, se acordaron varias alianzas matrimoniales entre los herederos castellanos y los de Navarra y Aragón. Fue la forma de retornar a la política castellana de los aragoneses y el modo de intentar parar a Álvaro de Luna y su extremado poder en el gobierno de la corte castellana.

Para eliminar toda disidencia, Juan de Aragón depuró el Consejo situando en él a partidarios de toda confianza y redujo prácticamente a reclusión a Juan II. Un golpe de estado, dado el 9 de julio de 1443, que proporcionaba a Álvaro de Luna un argumento excelente para el levantamiento: la liberación del Rey. Teóricamente este movimiento liberador lo encabezó el príncipe heredero, que cobraría su apoyo con la concesión del título de príncipe de Asturias.

Ante la presencia en Nápoles de Alfonso, fueron Juan y de nuevo Enrique los que formaron un enorme ejército dirigido por este último contra las tropas de Álvaro de Luna y Juan II.
En mayo de 1445, los aragoneses fueron derrotados en la batalla de Olmedo. Como consecuencia de las heridas recibidas en aquella batalla murió el infante Enrique de Aragón, y el favorito castellano, Álvaro de Luna, le sucedió en su título de Gran Maestre de la Orden de Santiago.

Al igual que en momentos anteriores, Álvaro buscó acuerdos internacionales que reforzaran su poder y el de Castilla. De ahí nació la alianza matrimonial de Juan II, viudo de maría de Aragón, con Isabel de Portugal, que se celebró en Madrigal de las Altas Torres en 1447-. De este matrimonio nació Isabel la Católica-. En ese momento, el poder del valido parecía incontestable. Pero fue precisamente la segunda esposa del rey, conocedora de las intrigas, abusos y ciertos asesinatos dispuestos por Álvaro, la que urgió a su marido a prescindir del favorito.

Juan II cedió y el 4 de abril de 1453, Álvaro de Luna fue detenido y encarcelado

Su esposa, Juana Pimentel, y su hijo, Juan de Luna, se refugiaron en Escalona, desde donde pidieron ayuda al Papa, por ser la Orden de Santiago protegida papal. Aunque se inició una rebelión de los partidarios del condestable, no pudieron parar su ejecución, la cual tuvo lugar el 2 de junio de 1453, tras una parodia de juicio.

Primero fue enterrado en Valladolid, en el convento de San Francisco, para recibir cristiana sepultura de manera definitiva en Toledo en la suntuosa capilla de la catedral, llamada de Santiago, construida a sus expensas, donde yacía enterrado su hermano el arzobispo don Juan de Cerezuela, y reposarían después los restos de su mujer, doña Juana Pimentel, y otros miembros de su familia.

Juana Pimentel, al conocer la ejecución de su marido, abandonó la resistencia y rindió el Castillo de Escalona a las tropas reales. A partir de este momento, y hasta su muerte, Juana firmaría todos sus documentos como “La triste Condesa”, mostrando así el lamento que le producía la ejecución de su marido.

En Castilla, el poder del condestable lo pasó a ejercer el príncipe de Asturias que pasó a ser el rey, Enrique IV, en 1454 a la muerte de Juan II.

BIBLIOGRAFIA

ÁLVAREZ ÁLVAREZ, César. “Los infantes de Aragón”. Ed. Historia de España de la Edad Media. Barcelona: Ariel.

MARAÑÓN, Gregorio.” Ensayo biológico de Enrique IV de Castilla”.  Boletín de la Real Academia de la Historia. 1930

SERRANO BELINCHÓN, José. “El condestable: de la vida, prisión y muerte de don Álvaro de Luna”. AACHE Ediciones. 2000

 

VELLIDO DOLFOS

Hoy vamos a contar la historia de un traidor. Teniendo en cuenta que lo que sabemos de su vida es mitad verdad, mitad leyenda.

Pero para comprender mejor la situación hemos de remontarnos unos años antes al acontecimiento que determinó que nuestro protagonista alcanzara los libros Historia.

Fernando I de Castilla, llamado el Grande o el Magno, era hijo de Sancho III el Mayor de Navarra y de doña Muniadonna (en algunos libros conocida como doña Mayor), hija del conde de Castilla, Sancho García. Fernando, en 1029, recibió por herencia materna el condado castellano, aunque fue su padre quien lo gobernó hasta su fallecimiento en 1035; entonces, Fernando recibió el pleno dominio de Castilla con título de rey. El territorio recibido se vio mermado en beneficio de Navarra y de León. Esta situación llevó a un enfrentamiento con sus vecinos. Pero tras las batallas de Tamarón y Atapuerca se produce la conquista de buena parte del reino de Navarra que le había sido arrebatado lo que unido a la herencia de su esposa, Sancha de León, permitió a Fernando agrandar su reino y ser proclamado rey de León (Fernando I).

La última parte de su vida la dedicó a combatir contra los musulmanes: reconquistó Viseo, Lamego (1055) y Coimbra (1064); y dirigió varias expediciones militares para exigir de los reinos de Taifas de Zaragoza, Toledo, Badajoz y Sevilla el pago de tributos en reconocimiento de vasallaje.

Pero el buen rey Fernando generó uno de los grandes problemas sucesorios de la historia de España. Este provino de la alteración de la costumbre testamentaria leonesa y, en vez de transmitir su reino al primogénito, repartirlo entre sus hijos, siguiendo los usos del reino de Navarra lo que era la tradición de su linaje. Aunque hay quien dice que la idea de la división nacía de la clara preferencia que sentía por su hijo segundo, Alfonso.

En la división hereditaria, a su hijo mayor, Sancho, le dejó Castilla (Sancho II) junto a las Asturias de Santillana y las tierras de los Banu Gómez: Liébana, Monzón, Saldaña y Carrión de los Condes. A ellas se añadían los derechos sucesorios de Pamplona, así como los tributos de la taifa de Zaragoza; a Alfonso le nombra rey de León (Alfonso VI) y le otorga los tributos de la taifa de Toledo; a García lo hace rey de Galicia y le concede los impuestos que debían pagar las taifas de Badajoz y Sevilla; a sus hijas les deja las ciudades de Toro, a Elvira, y Zamora, a Urraca, ambas bajo el título de reinas y con sustanciosas rentas.

Fernando muere en 1065. Poco después, Sancho nombra alférez de Castilla, equivalente a máximo responsable de su ejército a Rodrigo Díaz de Vivar, futuro “Cid Campeador”.

El joven rey Sancho no tardó en hacerse acreedor de su apelativo “el Fuerte” tras enfrentarse y derrotar al rey Sancho de Navarra, que le había arrebatado a su padre algunas plazas fronterizas y al rey Sancho Ramírez de Aragón, que pretendía expandirse por la taifa de Zaragoza, tributaria de Castilla.

En 1067, fallece la reina Sancha, esposa de Fernando I. Desaparecida su madre y la armonía que por ella mantenían sus hijos, se precipitaron en una serie de enfrentamientos fratricidas. El 19 de julio de 1068, Sancho se enfrentó a su hermano Alfonso en el campo de Llantada, cerca de Lantadilla (actual provincia de Palencia).  Para evitar una guerra pactaron celebrar un Juicio de Dios (combate que decidiría de parte de quien estaba Dios y, por ello, la razón). El combate lo ganaron los castellanos, pero Alfonso VI se negó a cumplir el resultado y cederle el trono leonés a Sancho.

Aún a pesar de estar enfrentados, poco después, ambos hermanos se pusieron de acuerdo para invadir conjuntamente el reino de Galicia, desposeyendo a su hermano García del trono.

Sancho nunca abandonó la idea de reunificar en su persona los territorios de su padre. Así que, una vez que se había deshecho de su hermano García, se decidió a asaltar los territorios otorgados a su hermano Alfonso.

En enero de 1072, los ejércitos castellano y leonés combatieron en Golpejera, a pocos kilómetros de Carrión de los Condes. El resultado final de la contienda fue la derrota de Alfonso, que fue hecho prisionero y enviado a Burgos. Sancho se coronó rey de León el 12 de enero de 1072, pero el alto clero y de la nobleza leonesa nunca le quisieron como rey.

Poco después tomó Toro, donde su hermana Elvira no opuso resistencia. Fue su hermana Urraca, señora de Zamora, quien se rebeló contra su hermano. En la ciudad se refugiaron muchos de los nobles leoneses enemistados con Sancho y no dispuestos a obedecer sus órdenes como nuevo rey de León.

Urraca se preparó para defenderse tras las poderosas murallas de su ciudad. El bloqueo fue largo, de ahí la frase “Zamora no se tomó en una hora”, pero la situación al cabo del tiempo (siete meses y seis días duró el asedio) empezó a volverse muy difícil. Durante el cerco de Zamora, aparece nuestro antihéroe de hoy, un caballero llamado Vellido Adaúlfiz (Vellido Dolfos) en ocasiones también escrito con B (Bellido).

Hay que señalar que una buena parte de la historiografía niega la existencia del cerco zamorano, por lo menos con esa longitud, del mismo modo que en la historia de Vellido Dolfos se mezclan la leyenda y la verdad.

De Dolfos se tienen noticias a menudo contradictorias y no demasiado fiables a través de diversas crónicas y cantares de la época, como el Cantar de Sancho II de Castilla, recogido en la Crónica Najerense y posteriormente consignado en otras crónicas, como la Primera Crónica General. Según la leyenda, era amante de Urraca; en otras crónicas, un simple caballero de la Corte. La leyenda o la realidad sostiene que Vellido Dolfos salió de la ciudad de Zamora y consiguió acercarse al rey Sancho. En unas crónicas cuentan que Vellido, fingiendo desertar, solicitó una entrevista con Sancho para pasarse a las filas de éste y mostrarle los lugares más vulnerables de la muralla. Durante su encuentro, en un descuido del monarca, lo asesinó por la espalda con el venablo que éste llevaba. En otros relatos se dice que simplemente encontró al rey desprevenido y lo mató por la espalda. Unas crónicas dicen que tales hechos acontecieron a los pies de la muralla; en otras que Vellido hizo creer al Rey que había un pasadizo, a través de una de las puertas de la muralla, que le permitiría entrar en la ciudad, y allí lo asesinó. Fuera como fuese, el caso es que todas las crónicas coinciden en que Vellido Dolfos mató al rey Sancho a traición en 1072.

De nuevo la leyenda, los diferentes documentos difieren de cuál fue la suerte del traidor desde entonces. Unos cuentan que fue El Cid quien lo vio y mató a los pies de la muralla de Zamora y otros dicen que lo persiguió, pero no pudo acabar con él. Algunos, en cambio, afirman que lo hirió y que fue ajusticiado. Otras fuentes mantienen que se refugió en la ciudad, logrando escapar así de sus perseguidores, y que luego doña Urraca le permitió marcharse. Incluso hay crónicas que aseguran que Diego Ordóñez, primo del rey Sancho, logró vengar su muerte y lo mandó descuartizar vivo.

La verdad es que el Cid no pudo matarle a los pies de la muralla de Zamora porque hay restos históricos que sitúan a Vellido viviendo en Zamora durante el reinado de Alfonso VI y le cuentan con vida hasta su desaparición de toda fuente histórica en 1075.

En cualquier caso, el regicidio influyó de manera decisiva en la historia de España al dejar a Castilla sin rey. El acontecimiento ha permanecido en la tradición literaria, fundamentalmente la de los cantares de gesta. Pero muy especialmente su traición quedó marcada por el “Romance de la Jura de Santa Gadea”. En él se cuenta como Rodrigo Diaz de Vivar, el Cid Campeador, obligó a Alfonso VI, rey de León y de Castilla tras la muerte de su hermano, a jurar que no había tomado parte en el asesinato del rey Sancho. En ninguna crónica se dice que alguien pidiera cuentas a Urraca, que parece mucho más cercana a los acontecimientos y era bien conocido su amor fraternal por Alfonso del que siempre se sintió protectora.

“En Santa Gadea de Burgos/do juran los hijosdalgo, /allí toma juramento/el Cid al rey castellano, /sobre un cerrojo de hierro/y una ballesta de palo… si tú fuiste o consentiste/en la muerte de tu hermano.”

La historiografía y los estudios de literatura afirman que la jura es un mito creado en el Siglo XIII, tras la unión definitiva de los reinos de Castilla y de León en la persona de Fernando III.

No hubo, pues, juramentos en la iglesia de Santa Gadea; ni enemistad del rey ni destierro del Cid por este motivo. Esas son leyendas elaboradas en épocas más tardías. Al revés, en un principio, el Cid gozó de la amistad y el favor del rey Alfonso más que ningún otro noble de la Corte. La leyenda nace en Castilla pues los nobles castellanos no querían a un rey leones y sus crónicas buscan ensalzar las virtudes castellanas frente a los leoneses, a los que tachan de todo tipo de bajezas; no perdonan a Alfonso hasta que éste reconoce en el Cid al paladín de las virtudes castellanas.

Así se escribe la historia, porque esa tradición de Alfonso como intruso y traidor ha pasado a las crónicas y romanceros cuando la verdad es que Alfonso se encuentra entre los grandes monarcas de nuestra Edad Media. Fue uno de los artífices de la génesis de nuestra nación. Durante su largo reinado de cuarenta y tres años y medio, dos fueron sus aportaciones más notables a la configuración de España: la primera, haber hecho progresar la frontera meridional de su reino desde el río Duero hasta el río Tajo, avance simbolizado en la conquista de Toledo; la segunda, haber puesto fin a un aislamiento cultural de tres siglos y medio y haber incorporado plenamente su reino a la Cristiandad europea.

Pero si malo es que en el siglo XIII quisieran reivindicar la figura de Sancho tergiversando la de Alfonso, o reivindicar la preeminencia castellana sobre la leonesa, que de eso se trataba, peor es que en el Siglo XXI, en concreto en 2010, las autoridades zamoranas, decidieran sustituir el nombre de la puerta de la muralla de Zamora de la que supuestamente se valió Vellido Dolfos para traicionar al rey sancho, de Portón de la traición a “Portón de la lealtad. La alcaldesa de Zamora oficializó el cambio de nombre con un texto de desagravio para Vellido Dolfos y una placa conmemorativa, al considerar a Dolfos héroe de la defensa de Zamora.

No calificaré este hecho contemporáneo porque la capacidad intelectual de los actores se califica por sí sola, que cada lector los denomine como le parezca.

BIBLIOGRAFIA

GONZÁLEZ MÍNGUEZ, César (2002). “El proyecto político de Sancho II de Castilla (1065-1072). dialnet.unirioja.es.

MARTINEZ DÍEZ, Gonzalo. “Alfonso VI: señor del Cid, conquistador de Toledo.” Ed.: Temas de Hoy. 2003.

AGUADO BLEYE. “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963

BELTRÁN DU GUESCLIN

“Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”

Seguramente todos los lectores han oído o pronunciado alguna vez esta frase o, al menos, el inicio de la misma. Muchos sabrán su origen, pero otros no. Supuestamente fue pronunciada por un personaje bastante oscuro ante otros que no lo eran menos. En todo caso, se le atribuye a un extranjero que cambió la Historia de España en un acto que unos calificarán de traición, otros de ayuda a quien le pagaba, pues su señor era, sobre todo, el dinero.

Me estoy refiriendo a Beltrán du Guesclin o Beltrán Duguesclín como es más conocido en España. Nació en La Motte-Brons, Francia, 1320. Era miembro de la nobleza de la Bretaña francesa y, aunque poseía varios señoríos, sus rentas eran más bien escasas. Fue armado caballero en 1357 lo que le permitió pasar al servicio de la Corona francesa, en aquel momento el monarca francés era Carlos V, que se encontraba envuelto en la Guerra de Cien Años (Guerra que realmente duró 116 años entre Francia e Inglaterra, desde mayo de 1337 a octubre de 1453).  El conflicto provenía del enfrentamiento por el dominio de los territorios que en Francia poseían los monarcas ingleses tras el ascenso al trono inglés de Enrique II Plantagenet, conde de Anjou y duque de Aquitania, entre otros títulos. Casado con Leonor de Aquitania, fue el padre de 8 hijos, entre ellos Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra. La guerra terminó con la derrota inglesa y la retirada de las tropas anglosajonas de territorio francés a excepción de la ciudad de Calais, la cual se incorporó a Francia de manera definitiva en 1598.

Duguesclín es descrito de manera bastante siniestra por todas las crónicas del momento. Su fealdad era legendaria: «aquel hombre de cabeza enorme, cuerpo grande, piernas cortas, ojos pequeños, aunque de mirar vivo y penetrante”. Aquella fealdad unida a una proverbial fuerza, singular destreza en el uso de las armas y fiereza en su aplicación lo hacían ser temido por sus enemigos de manera extraordinaria.

Se convirtió en mercenario desde el principio de su vida militar durante la guerra de sucesión bretona (1341-1364). No era el único, fue típico de la Francia del S. XIV la existencia de soldados de fortuna sumamente violentos que vivía de la rapiña y de la guerra. Ejercían una especie de guerra de guerrillas con sorpresas y emboscadas, sobre todo, hacia los destacamentos aislados. Esta forma de pelea les permitía debilitar, con pocos hombres, a ejércitos mucho más numerosos, como era el inglés asentado en el noroeste de Francia. Du Guesclin combatió por lo general de forma victoriosa, en Bretaña, en Normandía y en Maine. Muy significativa fue la victoria lograda contra los navarros en la batalla de Cocherel (1364)- el rey de Navarra pretendía el trono francés y se alió con los ingleses-.

Poco después Beltrán du Guesclin fue derrotado y hecho prisionero en la batalla de Aury. Se pidió un alto rescate por su persona, aunque se cuenta que fue él mismo el que decidió subir su cotización pues el rescate solicitado por los ingleses le pareció muy bajo para “su valía”.

Una vez devuelto a Francia, el rey le puso al frente de las compañías de mercenarios, “Compañías blancas”, si bien su presencia en Francia se le hacía al monarca un tanto incómoda, motivo por el cual, lo envió a combatir a España al lado de Enrique de Trastámara en la dilucidación de la guerra civil que se vivía en el reino castellano (1351-1369).

La guerra civil, la primera guerra civil castellana, se produjo por la sucesión del trono de Castilla entre los hijos de Alfonso XI; unos, descendientes legítimos de la reina María de Portugal- Pedro I- y, los otros, ilegítimos, descendientes de la amante del Rey, Leonor de Guzmán- los Trastámara representados por Enrique-.

Realmente fue algo más que una guerra de sucesión. Por un lado, Pedro I se vio enfrentado a la alta nobleza castellana que se unió a los Trastámara para recortar las atribuciones del rey. De otro, la pequeña nobleza percibía a Pedro no como cruel sino como justiciero al ser el promulgador de una serie de leyes que fomentaron el comercio, la artesanía y la seguridad de las personas. Pedro I emprendió una política de apertura económica al tiempo que reforzaba el poder real y se enfrentaba al reino de Aragón por apoyar a los príncipes bastardos.

La conspiración contra Pedro la inicia el Señor de Alburquerque. Ex Valido de Pedro I que cayó en desgracia cuando fracasó el matrimonio del rey con Blanca de Borbón, princesa francesa, a la que maltrató y despreció en favor de su amante María de Padilla. No era la única crueldad cometida por Pedro, que ya había mandado asesinar a la amante de su padre, Leonor de Guzmán, y a seis de sus hermanastros, quedando sólo vivo, Enrique de Trastámara. El odio de los Trastámara a Pedro I era inconmensurable.

Por si el conflicto era poco, a él se unen las fuerzas inglesas y francesas posicionadas en favor de uno y otro contendiente. Mientras Francia se ponía del lado del Enrique de Trastámara y en defensa de su princesa, mancillada por Pedro; los ingleses, con el príncipe negro a la cabeza, se situaron en apoyo de Pedro I (el Príncipe negro, conocido así por portar una armadura de tal color, era realmente el Príncipe de Gales y de Aquitania- Eduardo de Woodstock-, aunque murió antes de llegar al trono, siendo así el primer príncipe de gales que no llegó a ser rey).

El Príncipe negro estaba vinculado a Pedro I el cruel, que solicitó su ayuda con la promesa de darle el señorío de Vizcaya si derrotaban a los Trastámara. Esa derrota aconteció en la batalla de Nájera (1367), donde los franco-trastámaras sufrieron un duro revés. Pero Pedro incumplió su promesa, con lo que el Príncipe negro decidió abandonar Castilla, dejando sólo a Pedro I en su lucha. En aquella batalla de Nájera, Beltrán Duguesclín fue hecho prisionero. Rescatado volvió a Francia, donde fue nombrado condestable para, a principios de 1369, presentarse por segunda vez en Castilla al frente de su compañía de mercenarios bretones y unirse a don Enrique en el campo de Orgaz.

En su primera etapa en España, Duguesclín fue uno de los inspiradores de la autoproclamación de Enrique II como rey de Castilla, según el cronista, Pedro López de Ayala.

En aquella primera etapa, Enrique II otorgó a Bertrand du Guesclin, como premio por su valiosa ayuda militar, el título de conde de Trastámara, así como el señorío de Molina, localidad fronteriza con el reino de Aragón.

En la segunda etapa de su estancia en Castilla, ahora en tierras manchegas, du Guesclin desempeñó un papel clave en los sucesos que tuvieron lugar en la localidad de Montiel a finales de marzo de 1369.

Las versiones sobre los hechos de marzo son diversas. En todas ellas aparece Pedro I intentando sobornar a Dugesclín para que traicionara a Enrique y fracasando en el intento, posiblemente porque Enrique pagó más o prometió más.

Fuera como fuese, se produjo un encuentro entre los dos hermanos, unos dicen que entre insultos llegaron a las manos y otros cuentan que, directamente, se enzarzaron en una pelea. En todo caso, con Pedro mucho más fuerte que Enrique, éste cayó al suelo y…, de nuevo varias versiones, unos señalan que Duguesclín mató a Pedro, y otros, en versión más comúnmente aceptada, opinan que estando Enrique de Trastámara en el suelo a punto de ser aniquilado por Pedro, Duguesclín les dio la vuelta, de manera que el sorprendido Pedro quedaba abajo y Enrique, ya encima de su hermano, le clavó una daga y lo amató. En esas circunstancias, du Guesclin pronuncia la famosa frase: “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. La verdad es que muchos historiadores, Julio Valdeón entre ellos, dudan de la exactitud de los hechos y de la frase.

Lo que sí está demostrado es que, en la noche del 22 al 23 de marzo, el monarca Pedro I pereció a manos de Enrique de Trastámara. Este último, se convirtió así en Enrique II de Castilla.

Bertrand du Guesclin recibió, en mayo de 1369, las villas de Soria, Atienza y Almazán, aunque perdió Molina de Aragón, y en 1370, después de haber recibido de Enrique II de Castilla la importante cantidad de 120.000 doblas de oro, retornó a Francia. En el país vecino, Carlos V de Francia le premió con el condado de Longueville.

Siguió participando en la guerra de Francia contra los ingleses, luchando en acontecimientos tan destacados como la batalla de Guyena o el asedio a Cherburgo.

Du Guesclin murió en 1380 en la toma de Châteauneuf-de-Randon. Su tumba se encuentra en Saint-Denis, próxima a la de su rey Carlos V.

BIBLIOGRAFIA

BONILLA GARCÍA, Luis: “Beltrán du Guesclin. El aventurero que cambió de rumbo la Historia”. Ed.  Sala, 1974;

 VALDEÓN BARUQUE, Julio: “Pedro I, el Cruel y Enrique de Trastámara: ¿la primera guerra civil?” Ed. Aguilar. 2002

OCTAVO CENTENARIO DE ALFONSO X, EL SABIO.

Alfonso nace en Toledo el 23 de noviembre de 1221 y muere en Sevilla el 4 de abril de 1284 era hijo del monarca castellano Fernando III, el Santo, y de la princesa alemana Beatriz de Suabia. Alfonso X fue Rey de Castilla desde el fallecimiento de su padre en 1252, hasta la fecha de su muerte. Si bien, los dos últimos años de su vida los pasó recluido en Sevilla por orden de su hijo Sancho.

Por tanto, en noviembre de este año se cumplirán 800 años de su nacimiento.

La figura de Alfonso X fue importante y destacada en muchos aspectos, pero si en algo sobresalió fue en su amor por la cultura. Por eso, sobrevolaremos por sus otras facetas, algunas tan importantes que merecerían una crónica propia como, por ejemplo, el “fecho del Imperio”, para centrarnos en los aspectos culturales.

De su padre heredó los reinos de Castilla y León (unidos definitivamente desde 1231 por Fernando III) más la ampliación de los territorios hacia el sur de la península, ganados por las armas a los musulmanes, lo que establecía las bases para la creación del reino cristiano más grande y poderoso de la Península. Así, siendo aún infante de Castilla y León incorporó a la Corona el reino taifa de Murcia y una vez en el trono, con 31 años, Alfonso X continuó con la conquista de Andalucía iniciada por su padre, lo que le hizo tomar Cádiz, Jerez, Medina-Sidonia, Lebrija, Niebla (coincidente con buena parte de la actual provincia de Huelva). Repobló Murcia y la Baja Andalucía. Hizo frente a una sublevación de los musulmanes de sus reinos, promovida por los Reyes de Granada y Túnez e, incluso, se atrevió a una efímera incursión en territorio africano -expedición a Salé (1260)- que fue, sobre todo, de gran valor simbólico tras siglos de dominación musulmana en la Península.

Por parte de su madre, Alfonso pertenecía a la familia de los Staufen y descendiente de Federico Barbarroja y de Alejo Comneno, el Emperador Bizantino. Su origen alemán le hacía aspirante a la corona imperial del Sacro Imperio. Ese acontecimiento es conocido en las fuentes de la época como “el fecho del Imperio”. Presentó su candidatura al título imperial germánico después de que se lo suplicara una embajada procedente de la ciudad italiana de Pisa, que se reunió con él en Soria, en el año 1256. Consideraban los pisanos que Alfonso descendía “de la sangre de los duques de Suabia, una Casa a la que pertenece el Imperio con derecho y dignidad por decisión de los príncipes y por entrega de los Papas de la Iglesia”. Alfonso X fue elegido emperador el día 1 de abril del año 1257, con el apoyo de Sajonia, Brandeburgo, Bohemia y varias ciudades italianas intitulándose “Rey de Romanos y emperador electo”. Pero al mismo tiempo tuvo lugar, de manera sorprendente, la elección de otro candidato a dicho título: el inglés Ricardo de Cornualles. Alfonso X defendía su corona por el hecho de que él había sido elegido emperador “por la mayor y más importante parte de los príncipes de Alemania”- hay que recordar que la corona imperial germana era electiva-. A partir de aquel momento se inició una fuerte disputa entre los dos electos por el trono imperial germánico. Aquella aspiración de Alfonso que en el fondo unía la dignidad imperial nacida en Asturias con el Sacro imperio y cuya plasmación se dará posteriormente con Carlos V, supuso un gran desembolso para las arcas castellanas. Motivo por el cual, aquella pretensión real, el “fecho del Imperio” fue muy impopular en Castilla, pues exigió dinero y hombres que, unidos a los gastos de la corte y a las continuas guerras, crearon dificultades financieras importantes. En este sentido hay que recordar la depreciación que se aplicó al vellón, cuyo resultado fue un completo fracaso. Las medidas tomadas por Alfonso X relativas a la política económica fueron, por lo general, inoportunas, debido a que se adoptaron, por necesidades urgentes derivadas de sus empresas políticas y bélicas que, en algunos casos, ninguna falta le hacían a Castilla. Por otra parte, su política fiscal, con un incremento considerable de los impuestos por las mismas razones que las devaluaciones, motivaron un gran descontento tanto en los concejos como en la alta nobleza, protagonista de una revuelta contra el Rey Alfonso X en el año 1272 (capitaneada por el Infante Felipe, hermano del Rey).  Pero, lo peor no fue el descontento interno, sino que la causa de su origen no valió para nada; el empeño de Alfonso de alcanzar el imperio le llevó a fortalecer sus relaciones con el bando de los gibelinos de la vecina Italia, sin que aquello le grajeara las simpatías papales, si siquiera a raíz de la muerte de su rival, el inglés Ricardo de Cornualles, suceso que aconteció en el año 1272. Todo parecía inclinado a su favor, pero la oposición del papa Alejandro IV, y sus sucesores Urbano IV, Clemente IV y Gregorio X inclinaron la balanza en favor Rodolfo de Habsburgo, renunciando Alfonso al Imperio en 1276.

Además del fracaso imperial, otras facetas muy importantes de su reinado fueron desatendidas por concurrir a la elección germana. Así en política el exterior, no pudo incorporar el territorio del Algarve a su corona y también tuvo que renunciar a la Gascuña francesa. E internamente, en una de sus ausencias por el asunto del Imperio, los benimerines norteafricanos desembarcaron en Algeciras (1272). En aquella campaña murió el infante Fernando de la Cerda- llamado así por el mucho pelo corporal que tenía, primogénito de Alfonso y heredero del trono, antes de que su hermano Sancho consiguiera rechazar a los musulmanes. Posteriormente, los benimerines derrotaron a una flota castellana en el estrecho de Gibraltar (1278), obligando a Alfonso a pactar una tregua.

Esto provocó el conflicto interno más importante de su reinado, el que le costó el trono. Ya había promulgado las Partidas (como luego veremos). En ellas, contra la tradición castellana, se establecía que debía sucederle el hijo mayor del difunto Fernando de la Cerda; pero al morir éste prefirió declarar heredero en 1278 a su segundo hijo, Sancho IV, siguiendo la tradición castellana. Sin embargo, el carácter de Alfonso a veces era vacilante y contradictorio y, por ello, en un intento posterior de hacer al infante de la Cerda Rey de Jaén provocó la rebeldía de Sancho. Creando un problema interno con repercusiones internacionales. Aragón y Portugal apoyaban a Sancho y Francia al infante de la Cerda. Sancho convocó Cortes en Valladolid en las que desafió a su padre y le destituyó como Rey. La acometida de Sancho dejó a su padre confinado en Sevilla y a punto de aliarse con el Rey benimerín para recuperar el trono. Pero murió antes de enfrentarse a Sancho. Alfonso X murió en Sevilla, ciudad que nunca dejó de serle fiel, en el año 1284 y en su testamento deshereda a Sancho y reconoce como sucesores a los infantes de la Cerda, dando así lugar a uno de los enfrentamientos más destacados de la Edad Media española y al nacimiento en la Historia de la figura de una mujer muy destacada, María de Molina, a la que algún día dedicaremos una entrada en este blog.

También tuvo conflictos con sus hermanos, además del ya señalado con Felipe, se enfrentó a Enrique, dando lugar a la revuelta de Vizcaya de 1255.

A pesar de todo lo visto, las crónicas recuerdan a Alfonso como un buen Rey, aunque lleno de contradicciones.

En el plano económico, aun teniendo en cuenta la veleidad alemana y sus consecuencias, Alfonso destaca por poner en marcha durante aquel reinado numerosas ferias y sobre todo por instituir en 1273, el “Concejo de la Mesta”. Realmente, no lo crea, ya existían Mesta locales y regionales, pero le da carácter institucional y lo proyecta sobre todo el reino de Castilla. La Mesta controlaba la actividad ganadera, en particular la ovina, su trashumancia a través de las cañadas, dando gran relieve y desarrollo económico a esta actividad en Castilla.

Asimismo, conviene señalar que durante el reinado de Alfonso X se fortaleció la institución de las Cortes, generalizada para los reinos de Castilla y de León.

Por otro lado, la aventura imperial trajo a España y a Castilla uno de los elementos más trascendentes del reinado de Alfonso X: el carácter internacional que tuvo en todo momento la Corte del Rey. Este carácter no tuvo igual en ningún país de la Europa del momento. Se manifestaba en la multitud de vasallos llegados de todas las partes de Europa y áfrica. Los judíos y árabes tuvieron un papel destacado en aquella corte, sobre todo en el ámbito de las traducciones, lo que no fue excusa para que Alfonso se empleara a fondo en su tarea de Reconquista y expulsión de los musulmanes de España. Pero los intelectuales musulmanes fueron tratados con exquisitez en su corte, donde vivieron en plena armonía cristianos, judíos y árabes. Esta es una de las consecuencias de aquella internacionalización y uno de los puntos más destacados de lo que fue la mayor obra de Alfonso X: la cultura.

Fernando III procuró a todos sus hijos una esmerada educación. Alfonso tuvo grandes e importantes preceptores que le inculcaron el amor al estudio, favorecido por una inclinación natural del monarca a las letras y las ciencias, a querer ser un compendio del saber, resultando un adelantado al Renacimiento. El historiador Robert Sabatino López ha afirmado que el principal legado transmitido a la posteridad por Alfonso X fue “su patronato y su contribución personal a todas las ramas del saber y del arte”[1]. El monarca se convirtió en el director de un amplio programa de estudio, traducción e investigación, cuyos pilares fueron, en principio, la ciencia (incluyendo astronomía, astrología y medicina) y el derecho, incorporándose después la historia y la poesía. La luz de obra permitió el desarrollo paralelo de otras manifestaciones culturales y así en aquella época alcanzaron la mayoría de edad las artes plásticas y la arquitectura.  Como hemos dicho el Rey esencialmente dirigía y en algún caso escribía de su puño y letra; como describe Don Juan Manuel el Rey dialogaba con sus intelectuales, y para planear sus obras con ellos, seguía sus estudios, les hacía recopilar y leer multitud de libros llegados de todas partes del mundo con la finalidad de componer las obras más completas posibles. En esta tarea de establecer centros de estudio a lo largo de la península que en ocasiones se movían donde se movía el Rey, en otras se asentaban en un centro concreto e informaban al Rey de sus avances, lo que permitió, entre otras cosas, un gran desarrollo a las Universidades, que mucho le deben al Rey sabio, especialmente la de Salamanca.

En un análisis de la obra cultural alfonsina nos referiremos primero a un hecho común y esencial en la evolución histórica y cultural de España: a Alfonso X el Sabio se le considera el unificador de la prosa castellana, de hecho, puede datarse en su época la adopción del castellano como lengua oficial.

El Rey Sabio comprendió que la lengua y el derecho eran los dos pilares básicos sobre los que tenía que asentar sus reformas culturales y políticas. Entendió que el desarrollo cultural sería más eficaz en la lengua vernácula que en el latín, de ahí que impulsara la traducción de textos del latín, árabe y hebreo, renovó la ortografía y el léxico. En su labor en la corrección y consolidación del castellano como lengua del reino, el Rey se rodeó de “emendadores” del lenguaje, cuyo propósito era hacer una reforma definitiva para lo que utiliza el habla de Toledo como modelo de nivelación lingüística del reino. Si bien, el Rey, gran aficionado a la poesía, gustaba escribirla en lengua gallega, más dulce y sonora, según su gusto. Sus composiciones trataban todos los campos poéticos: amorosa, trovadoresca con la cual llegaba también a los poemas de escarnio, con un uso del lenguaje irónico y mordaz. Aunque sus mejores resultados los obtuvo en la poesía religiosa, en sus “Cántigas a Santa María”, dedicadas a ensalzar los milagros de la Virgen, constituyendo todo un legado armonioso de musicalidad y variedad métrica.

Su interés por las más diversas áreas del saber lo llevaron a impulsar la organización de tres grandes centros culturales en Toledo, Sevilla y Murcia.

En la primera ciudad quedó ubicada la famosa Escuela de Traductores de Toledo, la cual, junto a compiladores y autores originales repartidos por el resto, emprendió una ingente labor de recogida de toda clase de materiales para la elaboración de libros. En este contexto, se asentaron intelectuales de cualquier origen religioso o nacional, como hemos señalado anteriormente, de ahí que se tradujeran la Biblia, el Corán, el Talmud y la Cábala.

En el ámbito jurídico muestra su propósito de contribuir a la labor unificadora emprendida por su padre, Fernando III. También aquí fue de gran trascendencia el estudio del lenguaje castellano pues le permitió establecer las bases esenciales de gran parte de los conceptos jurídicos, que trascenderían y alcanzarían la tradición de nuestro ordenamiento jurídico posterior y fundamento del aprendizaje del derecho incluso en la actualidad.

Su obra marga en este campo son “Las Partidas” (1256-1265). Su nombre original era “Libro de las Leyes”, y hacia el siglo XIV recibió el nombre de las siete partidas o simplemente partidas, por las secciones en que se encontraba dividida.

Se trata al tiempo de una enciclopedia, no sólo jurídica, llena de definiciones redactadas en un lenguaje exquisito, y de una norma que alcanzó fuerza de ley. Es obra de un conjunto de expertos juristas castellanos e italianos y en su redacción intervino directamente el Rey sabio. Este procedimiento de trabajo en grupo es una constante en la obra de Alfonso.

Las siete partidas son suspendidas por Sancho, su hijo, pues en ellas se consideraba el sistema de sucesión por representación, alterando la tradición y convirtiendo su reinado en Ilegal. Será en el Siglo XIV cuando se establezcan como norma, de nuevo, con Alfonso XI, estando vigentes durante buena parte de la historia jurídica posterior de España y de nuestro Imperio americano. De hecho, en Hispanoamérica estuvieron en vigor hasta la época de las compilaciones en el S XIX.

La obra jurídica alfonsina no se entendería sin sus primeras obras jurídicas, Fuero Real Espéculo. Las tres obras (estas dos más las partidas) componen una trilogía de saber jurídico- normativo de carácter correlativo, como un proyecto continuo, cuyo origen estaba marcado por el Fuero Juzgo, traducción del Liber Iudiciorum visigodo hecha en tiempos de Fernando III, el Santo. Este compendio representa el apogeo de la recepción del derecho común (de base romano-canónica), es decir, Alfonso utiliza el Derecho Romano como fundamento de la unidad jurídica del poder, orientado a ser un claro antecedente de la creación del concepto moderno de soberanía, que si bien tiene su origen en los estudios que desde Bolonia se venían haciendo desde el siglo XI, no deja de ser una muestra de que el Rey castellano, también en este aspecto, mantenía una visión europeísta, internacional, que colocó el derecho castellano entre los más avanzados de su tiempo.

Entre las obras de carácter histórico figuran una biografía de Alejandro Magno y dos títulos fundamentales: la Crónica general y la Grande e general estoria, textos cuya ambiciosa empresa es contar, el primero de ellos, la historia de España desde un punto de vista unificador, en términos nacionales y políticos; el segundo, en cambio, se propone la relación de la historia universal. Su pretensión era justificar sus derechos al trono imperial, justificar el derecho histórico de sus Reyes a ocupar las tierras musulmanas de la península Ibérica y asimismo documentar históricamente la preeminencia de la monarquía sobre la nobleza. De nuevo, Alfonso se convierte en un superador de los preceptos medievales del “primus inter pares”, del feudalismo, para concebir la monarquía como manifestación de poder en su auctoritas y en su potestas. Fue el gran fortalecedor de la Monarquía hispana. A él le deben mucho, en este sentido, todos sus sucesores.

La Crónica General consta de dos partes. La primera comienza con el Génesis y llega hasta la rebelión de Pelayo contra los musulmanes en Asturias. Se escribió en época de Alfonso X. La segunda parte comprende el período que va de Pelayo a Fernando III, y se redactó durante el reinado del hijo de Alfonso, Sancho IV. (de parte de estos acontecimientos dimos buena cuenta en esta entrada del blog:  https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/ ). Se hicieron dos versiones: una oficial o culta, en latín, y otra popular, en castellano. Como fuentes se utilizaron la Biblia, las crónicas castellanas de la primera mitad del siglo XIII, los romances populares, los clásicos latinos, las leyendas eclesiásticas y las crónicas árabes. La obra presentaba el reino de Castilla y León como el eje de la Historia de España. Tuvo gran difusión, a través de numerosas copias y resúmenes, y no perdió fama durante los siglos posteriores.

La General Estoria es una historia universal estructurada en seis edades (división usual desde san Agustín y san Isidoro), de las que no se completaron la quinta y la sexta. La crónica empieza, con la creación del mundo según la Biblia y acaba poco antes del nacimiento de Cristo, uniendo la historia propiamente dicha con relatos legendarios y mitológicos.

Obras científicas son los Libros del saber de astronomía con sus Tablas astronómicas o Tablas alfonsíes, destinadas a descifrar el “juicio de las estrellas” (Libro conplido en los iudizios de las estrellas) , fruto, en parte, de las observaciones efectuadas en el observatorio fundado por el Rey en el toledano castillo de San Servando. Estas obras significaron un hito en el transito desde la Astrología a la Astronomía. Así, presenta en esta materia textos compuestos de tratados originales, refundiciones y traducciones que pretenden compilar todo el conocimiento astronómico de la época con el fin de promover su desarrollo. La idea motriz de la obra científica de Alfonso parece supeditarse a la tradición aristotélica, entre macrocosmos y microcosmos, entre el universo y el hombre.  Alfonso X se apoya en esta idea de conocer los secretos del destino y prepararse para afrontarlos en las mejores condiciones. La producción en este campo del saber permite la traducción de tres distintos tratados astrológicos (Libro conplido en los iudizios de las estrellasLibro de las cruzes y Quadripartitum), dos de los cuales (el primero y el tercero) tuvieron una amplísima influencia en Europa a través de traducciones latinas encargadas por el propio Alfonso. No hay que olvidar que en la Edad Media la astrología, funcionaba como catalizador de la sabiduría global.

Asimismo, cabe registrar el Lapidario, tratado en el que se describen quinientas piedras preciosas, metales y algunas sustancias.

Promueve avances en Medicina, Farmacia, Mecánica y Física, por ejemplo, en el Tratado del cuadrante señero o en traducciones de libros árabes sobre mecánica que llevaron a construir algunas de las máquinas allí descritas. En estas ramas del saber cuenta con el respaldo esencial de los intelectuales judíos.

Por último, señalar que también se ocupó de otros saberes dedicados al entretenimiento como los estudios sobre el juego de ajedrez “Libros de ajedrez, dados y tablas” o la traducción de cuentos como los de “Calila y Dimna”.

BIBLIOGRAFÍA

MARTÍNEZ, H. Salvador, Alfonso X, el SabioUna biografía. Polifemo. 2003.

O’CALLAGHAN, Joseph, El rey Sabio. El reinado de Alfonso X de Castilla, Sevilla, Universidad de Sevilla. 1996

TORRES FONTES, Juan, Documentos de Alfonso X el Sabio. Academia Alfonso X el Sabio, 1963 (Colección de Documentos para la Historia del Reino de Murcia, 1).

LÓPEZ, Robert S. El nacimiento de Europa. Editorial Labor, S.A.1965

[1] López, Robert S. (1965). El nacimiento de Europa. Editorial Labor, S.A.1965

LA EXPULSIÓN DE LOS JUDIOS DE ESPAÑA EN 1492

La expulsión de los judíos de España tras el decreto de 31 de marzo de 1492 firmado en Granada por los Reyes Católicos no fue una excepción en Europa.

Realmente cabe explicar el antijudaísmo que se vivió en Europa en la Edad Media como un fenómeno complejo que arranca de una época muy anterior a los acontecimientos sociales del siglo XV, justificándose como una demanda de conversión de los judíos, es decir, como un fenómeno religioso que se fue complicando con el tiempo y al que se unen factores económicos, sociales y hasta xenófobos. Se trata de un fenómeno europeo, continental, no se puede entender como un ejemplo francés, español o alemán.

Sus primeras manifestaciones se descubren en la segunda mitad del S XII en el momento en el que se estaban constituyendo y ordenando las comunidades judías en occidente. Puede presentarse como antecedente el sanguinario suceso ocurrido en 1096, cuando los caballeros cruzados, poseídos de gran exaltación religiosa asaltaron las juderías de Renania. Se decía que iban a rescatar con la sangre de los judíos el sepulcro de Jesús ya que no podían mirar con pasividad a los que fueron sus verdugos.

De esa visión se deriva el hecho de que los judíos fueran mirados con recelo, como una especie de casta pecadora, cuyo contacto mismo contaminaba. Era una especie de concepto de impureza irreversible que se dejaba notar en leyes de convivencia en todo el continente.

El primer país en expulsar a los judíos fue Inglaterra y su acción constituye un modelo para lo que vendría después en todas partes. La impopularidad de los judíos llevó a tres grandes revueltas contra ellos: Norwich en 1144; Gloucester en 1168 y St. Edmonsbury en 1181. Cuando Ricardo I partió para las cruzadas los impuestos se multiplicaron y los ingleses arreciaron contra los judíos. A éstos, en las Islas, no se les trató de convencer para que se convirtieran, simplemente eran unos buenos financieros, normalmente acaudalados, y se les trató de exprimir a impuestos. Cuando ya no fue posible sacarles rendimiento, Eduardo I decidió su expulsión, primero en Gascuña (1289) y luego en Inglaterra (1290). Los judíos de la Corte de los Plantagenet tuvieron que emigrar.

Tras la acción inglesa vinieron los franceses. Felipe IV los expulsó en 1306 en condiciones más duras que las inglesas y muchísimo más injustas que en España en 1492. En Alemania e Italia no se produjo un decreto de expulsión simplemente por carecer de suficiente poder el Emperador del Sacro Imperio, pero la violencia se desató en el siglo XV contribuyendo a la expulsión de los judíos de Austria y del Ducado de Parma.

La pervivencia de las comunidades judías era un problema en una Europa que estaba formando sus primeros Estados-Nación e imponían la unidad religiosa como forma de crear unidad entorno a esas sociedades políticas nacientes.

En el siglo XIII España era la excepción, un oasis de paz para los judíos. Protegidos por diversas leyes, su situación distaba de ser perfecta,  pero era en los reinos peninsulares junto con Provenza en los únicos lugares en los que los judíos podían vivir en plenitud la fe judía, sus enseñanzas y su pensamiento.

En España, la idea de Sefarad como un Estado independiente o un Estado dentro del Estado, no existe, nada puede asemejarse a la situación musulmana. Muchos de los judíos llevaban en la península ibérica desde hacía siglos, otros habían recalado en España tras las expulsiones europeas, vinieron pacíficamente, no con una idea de invasión; otros se encontraban en las taifas musulmanas.

Con el avance de la Reconquista la población judía de los territorios árabes se va incorporando a los distintos reinos, al principio como cautivos de guerra, para pasar posteriormente, al ser una población muy útil, a depender directamente de la protección real, al servicio del rey, como miembros propios de la Cámara y del Tesoro. Es decir, en España, gracias a los reyes, los judíos tuvieron una vida mejor que en el resto de Europa. Si alguien les atacaba, ataca una propiedad real, lo que conllevaba penas enormes. Esta utilidad les depara un ascenso social, además de servir de puente entre las poblaciones cristinas y musulmanas.

Las Aljamas judías se construyen como lugar de vida de los judíos en España. No se integraron en la sociedad hispana por rechazo mutuo. Ni la sociedad cristiana dominante los aceptaba como miembros de la sociedad al mismo nivel que los cristianos ni los judíos querían vivir en una sociedad que no tuviera sus mismas costumbres. Pero no son repelidos, la incompatibilidad teológica se amortigua y se suaviza por los intereses reales que les dan, como dijimos, un privilegio de inmunidad. Tanto era así que, si fallaba el apoyo real, la población judía quedaba desprotegida a expensas de una parte de la población cristiana , a veces apoyada por algún clérigo exaltado, que los atacaba. Así, amparados, se distribuyen entre los distintos reinos, cada uno con sus leyes y sin formar, insistimos, un Estado propio porque Sefarad al contrario que Al-Andalus es un concepto o idea mítica, no contiene una concepción política. Precisamente, los judíos españoles se consideraban Sefarad, ( de ahí el nombre sefardita) herederos de Judá ( según la única mención bíblica al nombre que aparece en el libro de Abdías, venidos a la península ibérica antes de nacimiento de cristo y, por tanto, carentes de responsabilidad en su muerte.  Pero esa carencia de estado o pretensiones de tenerlo y el respaldo real no dejaba de crear algunos problemas legales. Así los judíos eran súbditos directos del rey, pero al no ser cristianos no se les podía aplicar la ley del Papa, lo que en aquellos tiempos significaba que una parte del derecho penal no les era de aplicación. Tan sólo cuando tenían un conflicto con los cristianos los judíos perdían sus privilegios, quedando completamente desprotegidos. Esta situación obligaba a los judíos a estar cada vez más atrincherados, siendo la razón de su autonomía su prosperidad, pero también la causa de su aislamiento. Los judíos en España no se dedicaban sólo a temas financieros como vimos que ocurría en Inglaterra sino a diversas profesiones, médicos, matemáticos, traductores… y, por supuesto, recaudadores de impuestos. Existían en todas las capas sociales, más ricos y más pobres.

El proselitismo cristiano llevó a querer convertir a los judíos; y ciertas situaciones de violencia, llevaron a conseguir un buen número de conversiones al cristianismo.

Muchas de aquellas conversiones empezaron a producirse durante el reinado de Enrique II de Castilla, a mediados del siglo XIV, que es cuando se produjeron los primeros conflictos de gravedad. Especialmente significativos fueron los sucesos de 1391, año en el que se saqueó e incendió la aljama sevillana. Fue el primer caso, pero pronto la violencia se extendió a otras poblaciones. Los asaltos y el asesinato de judíos se dieron en otras juderías andaluzas, castellanas y aragonesas. Esta situación provocó un sentimiento de miedo en el grupo judío. Muchos de ellos optaron por la conversión al cristianismo.

La posición de los reinos hispanos trataba de reabsorber las Aljamas creando “nuevos cristianos”. Una vez convertidos los nuevos cristianos tendrían que ser incorporados al cuerpo social con toda normalidad, como unos súbditos más. Esta apostasía del judaísmo para abrazar el cristianismo generó tal número de problemas que a la larga fue la clave que marcaría el destino en España de los judíos.

Las conversiones generaron el problema de la sinceridad de las mismas; y, por tanto, la sospecha de los cristianos nuevos frente a los cristianos viejos que como título de orgullo tanto se blandía en España.

Se sospechaba de todo converso, considerando que su postura era cierta hacia el exterior, pero que en su intimidad seguía practicando el judaísmo ( marranos). Evidentemente, no todo el mundo sospechaba, algunos como San Vicente Ferrer logró importantes conversiones entre las capas populares del judaísmo, siendo el reino de Valencia uno de los que tenía una legislación más favorable y Navarra, por el contrario, el que menos favoreció a los judíos.

Parte de los problemas sociales que se generaron contra los judíos se debieron a la crisis económica que asoló la Península hacia el año 1380.  Los judíos, recordémoslo, eran los principales recaudadores de impuestos y esto incrementó la animadversión de una población arruinada. Murieron en los enfrentamientos del siglo XIV unos cuatro mil judíos. Un número mucho mayor que en el siglo siguiente.

Con el incremento de las conversiones las comunidades judías en el siglo XV perdieron parte de su esplendor.

Esto incrementó el problema de la división entre judíos públicos y judíos ocultos.

Esa acusación de judaizar en secreto lleva a un estallido de violencia en Toledo en 1449, que seguirá deteriorando la situación en la capital manchega y en otras ciudades. Se buscó como solución establecer estatutos de “limpieza de sangre” cuyo fin era lograr la unidad de los cristianos absorbiendo a los nuevos y sinceros cristianos. Así mismo, algunos obispos como el de Cuenca criticaba la actitud cizañadora de parte de la población en un intento, que no fue el único, de defender a los judíos. En ese ambiente de tensión la nobleza ideó un sistema de detección de los judíos ocultos, que se aplicaría a través de un tribunal eclesiástico. Así nace la Inquisición en 1478.

A inicios del reinado de los Reyes Católicos el número de conversos se había equiparado, prácticamente, con el número de judíos. En total eran aproximadamente 200.000 conversos y 200.000 judíos. Los judíos seguían copando profesiones liberales, estando mejor preparados que islámicos y cristianos en algunos puestos, lo que aumentaba las rencillas y rivalidades.

Según Domínguez Ortiz la expulsión de los judíos fue la creencia de que mientras hubiese sinagogas en España los conversos estarían tentados de judaizar de nuevo. Este historiador opina que los reyes no buscaban lucrarse con los bienes confiscados a los judíos, recompensa muy golosa, sino que procuraban que se convirtieran el mayor número posible de judíos. Nunca pusieron obstáculos para que se devolvieran sus bienes a los que regresaban posteriormente y se convertían al cristianismo.

El 31 de marzo de 1492, se dictó el decreto de expulsión de los judíos. Este decreto es conocido también con el nombre de Decreto de la Alhambra o Edicto de Granada, ya que los Reyes Católicos se encontraban allí desde la conquista de la ciudad a inicios del año 1492.

Este decreto, que fue redactado por el Inquisidor General, Torquemada,   concedía a los judíos un plazo de 4 meses para salir de los territorios de Castilla. De forma simultánea el rey Fernando de Aragón firmó un segundo decreto donde expulsaba a la población judía de la Corona de Aragón. Es decir, se expulsaba a los judíos de todos los territorios pertenecientes a la monarquía hispánica.

La actitud de los Reyes católicos fue ejemplar, pensaban que con el decreto de Expulsión acabarían con el judaísmo, pero creyeron que los judíos permanecerían en España convertidos. La idea de la expulsión, como dijimos, nace de la Inquisición, no de los Reyes. Los cuales, sin embargo, la aceptan por una multitud de causas, pero las principales fueron el miedo a un estallido social y a la idea de que una Nación debía constituirse como unidad en torno a una única fe.

Exactamente las mismas causas que en otros países europeos, sólo que siglos más tarde. Con otra diferencia importante, los Reyes Católicos dieron todo tipo de facilidades para que los conversos se quedaran en España. Es verdad que las cifras de expulsados parecen altas, pero no hay que olvidar que España fue el refugio de los judíos expulsados del resto del continente con anterioridad. Esas cifras de los expulsados varían. De los 200.000 judíos que vivían en España, se convirtieron unos 50.000. Hay quien dice que el resto se marchó. Otros historiadores consideran que las cifras fueron menos elevadas, dado que muchos, cuando se fueron y vieron las condiciones de miseria en las que les estaba obligado vivir fuera, volvieron a España y se convirtieron. Parece que las cifras más relistas hablan de que fueron expulsados entre 50.000 y 20.000 judíos.

Como señala Ángel Alcalá “La expulsión de los judíos no obedeció a parámetros renacentistas, sino medievales, orientados a la sumisión bajo el manto de la conversión, no a un deseo explícito de expulsión ni, mucho menos, de exterminación”.

Las consecuencias de la expulsión se perdió una buena parte de la población urbana cualificada. La economía se vio afectada ya que desapareció mano de obra artesana y de determinadas profesiones liberales que habían sido ocupadas tradicionalmente por los judíos. Con todo ,no se cayó en una depresión económica.

Historiográficamente, Claudio Sánchez Albornoz, o Domínguez Ortiz que han estudiado profundamente el tema de la expulsión de los judíos de España, desmienten muchas de las patrañas que sobre este hecho se han hecho a lo largo del tiempo, señalan las buenas condiciones que expusieron los Reyes católicos comparadas no sólo con los países que los expulsaron antes, sino con el vecino reino de Portugal que los echó después en condiciones de suma dureza

Hugh Thomas señala que había que ser muy fanático para no aceptar las condiciones ofrecidas por España. Quizá Thomas también exagere. Pero asimismo se posiciona en favor de España por el hecho de que la Expulsión de los judíos se convirtió y aún sirve para la causa a la leyenda negra. Ver en la expulsión una mezcla de odio e intolerancia es confundir las circunstancias y los hechos. Esta afirmación en favor de España y en favor también de la integración ejemplar que tuvieron los conversos que se quedaron aparece en las obras del historiador judío Cecil Roth.

Como señala Pedro Insua en su libro “1492. España frente a su laberinto”. En aquel año se unieron la expulsión de los musulmanes, el nacimiento de España como realidad política tras la toma de Granada y la Unión de los reinos en las figuras de los reyes católicos, la conquista de América y el inicio de un imperio, la expulsión de los judíos, que muchos estudian a través de la tergiversación de la Inquisición. Fue el año del inicio de una gran nación y la envidia de sus adversarios que frente a la hegemonía militar que impuso el Imperio español durante los siglos XVI y XVII en toda Europa, sólo pudieron oponer propaganda. Inglaterra, Holanda y Francia, se dedicaron con denuedo a escribir la Historia a su modo, y para eso valía todo, hasta tergiversar las condiciones de la expulsión de los judíos, cuando fueron mucho mejores que las sostenidas en sus propios países.

Bibliografía

DOMÍNGUEZ ORTIZ, “España. Tres milenios de Historia”. ED Espasa- Calpe. 2007

PEDRO DE INSUA. “1492. España ante sus fantasmas”. Ed Ariel. 2018

LUIS SUAREZ. “ La expulsión de los judíos”. Fundación Mapfre.

Las Navas de Tolosa y sus consecuencias

Tras la aniquilación del imperio almorávide por Alfonso VII de Castilla, Al-Ándalus se vio sumida en un nuevo periodo de taifas que veían peligrar sus dominios a manos cristianas, con lo que, volvieron a pedir socorro a los árabes del norte de África; ahora, los almohades.

Los almohades eran una secta musulmana, surgida en torno a la figura de Muhammad ibn Tumart, nacido en 1084, al sur de lo que luego será Marruecos. En 1121, se proclamó al-Mahdí al Masum y en 1122 se enfrentó con los almorávides que eran sus rivales en la predicación de un mensaje islámico rigorista. Murió en 1130, pero en 1147, el mismo año en el que Alfonso VII tomaba Almería, sus seguidores de apoderaban de Marrakesch. En su avance, en 1148, los almohades se habían asentado en Sevilla, en 1149 en Córdoba y en 1157 se apoderaron de Almería dando un duro golpe a los cristianos y preparando el camino para la invasión, que se produjo de manera efectiva en 1161 cuando el ejército almohade desembarca en Gibraltar.

Los almohades no eran una tribu caracterizada por su pacifismo, tanta era su violencia y radicalismo que provocaron que se fueran al exilio musulmanes como Averroes y, con muchas más razones para huir, el judío Maimónides.

Los sinsabores cristianos aumentaron de manera radical con la derrota, en 1195, de Alfonso VIII de Castilla en la batalla de Alarcos, que destrozó al ejército castellano y, en 1196, remató la desgracia, el sitio de Toledo por los almohades. Apenas un año antes del encuentro de Las Navas de Tolosa, en 1211, la fortaleza calatrava de Salvatierra había sido expugnada por un gran ejército almohade, creando tal sufrimiento que estremeció a sus contemporáneos e hizo reaccionar a los cristianos.

Alfonso VIII de Castilla, enfrentado con otros reyes cristianos, sabía que debía reaccionar, pero no alcanzaba a saber cómo hacerlo, fue el obispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada el que le señaló el camino: convertir aquella batalla en una cruzada, para lo cual, le sugirió que pidiera una bula al Papa Inocencio III. El Obispo fue el encargado de ir a Roma y lograrla. Con la bula aprobando la cruzada, el Papa advertía que no asistir a las tropas castellanas supondría la excomunión. Jiménez de Rada se encargó asimismo de pregonarla en tierras francesas y españolas en su camino de regreso de Roma a Toledo. Consiguió que numerosos obispos como los de Narbona o Nantes le apoyaran y mandaran tropas francesas a luchar con Alfonso VIII. El primer apoyo peninsular lo obtuvo del Rey de Aragón, Pedro II que vino acompañado del fuerte ejército aragonés encabezado por los obispos de Barcelona y Tarragona. A ellos se unirían las tropas navarras de Sancho VII con el refuerzo de efectivos portugueses y leoneses y contando con el empuje de miles de cruzados llegados desde Francia. La expedición finalmente se dio cita en Toledo, el 20 de mayo de 1212. Hay que hacer notar que, entre las tropas castellanas se encontraban los representantes vascos, puesto que, Álava se había unido a la Castilla de Alfonso VIII en 1199-1200, de manera voluntaria, tras huir del anexionismo navarro y porque sabía que Castilla respetaría sus libertades; algo parecido aconteció con Guipúzcoa que se unió a Castilla en 1200 y Vizcaya en el siglo XI era un señorío independiente que se vio anexionado a Navarra por la acción de Sancho el Mayor, pero en 1180 recobró su independencia bajo la protección de Castilla que en 1200 nombró señor de Vizcaya a los López de Haro, formando parte, de manera autónoma de la corona de Castilla, hasta que, en 1379, Juan II de Castilla se convirtió en señor de Vizcaya al heredar el señorío. Este había sido uno de los problemas que habían enfrentado a Alfonso VIII con el Rey de Navarra.

El 20 de junio de 1212, “el ejército del Señor”, como fue calificado por el arzobispo de Toledo, se puso en marcha y su progresión hacia el sur, a lo largo del camino que unía Toledo y Córdoba, fue fulgurante: en apenas veinte días tomaron las fortalezas de Malagón, Calatrava, Alarcos, Piedrabuena, Benavente y Caracuel. Entre tanto, el ejército islámico se preparaba, encabezado por el califa musulmán al-Nasir, que había invernado en Sevilla tras la anterior campaña de Salvatierra. Muhammas an-Nasir, llamado por los árabes Amir Ul-Muslimn (príncipes de los creyentes) y conocido entre los cristianos como “Miramamolin”, era hijo de una esclava cristiana y su objetivo era acabar con la presencia cristiana en España e incluso prometió a sus fieles llevarlos hasta Roma, su táctica fue encaminarse hacia Jaén para intentar bloquear los estrechos pasos de Sierra Morena para frenar el ataque enemigo y masacrar al que osara atravesar el cerco. El paso de Sierra Morena se había resistido a los cristianos pues sus estrechos desfiladeros permitían a los defensores situados al sur, aun teniendo un ejército menor, bloquear las salidas de las tropas atacantes y acabar con ellas, por lo angosto del paso.

En 1212, todo parecía llevar el mismo devenir, sin embargo, las tropas cristianas acamparon algunos kilómetros antes de llegar al paso de la losa, lugar que debían cruzar, allí se les acercó un pastor que les indicó que había otro camino bordeando la sierra que permitiría atacar a los musulmanes a campo abierto. La leyenda dice que ese pastor fue San Isidro Labrador que se apareció al Rey castellano. Fuera como fuese, los cristianos siguieron el camino envolvente. Tal maniobra fue detectada por los espías árabes, sin embargo, nada pudieron hacer.

El 16 de julio, tuvo lugar el enfrentamiento en las Navas de Tolosa, cerca de la actual La Carolina.El líder musulmán siguió la estrategia clásica de una batalla campal centrándose en las cargas de caballería ligera y pesada, la lluvia de flechas y los avances de infantería una vez se rompiera la línea del rival. Por su parte, los cristianos se dividieron en tres cuerpos (cada uno de ellos dirigido por un rey: Alfonso VIII por el centro, el Rey de Aragón por la izquierda y el Rey de Navarra por la derecha), colocaron a Diego López de Haro en la vanguardia junto a guerreros templarios y hospitalarios y reservaron a las mejores tropas de caballería en la retaguardia para socorrer al flanco más débil o rematar el ejército enemigo en su caída final. Colocar a estas tropas de caballería como refuerzo o ataque sorpresa era una novedad en los enfrentamientos cristianos con los musulmanes. Las tropas vizcaínas rompieron las dos primeras filas de combatientes islámicos y fueron decisivas para la actuación de las tropas navarras. Las cargas de don Diego fueron brutales y muy efectivas, desmontando la defensa musulmana y enzarzando al grueso de las tropas rivales en una lucha sangrienta que los monarcas cristianos aprovecharon para lanzar la famosa “carga de los tres reyes” contra el campamento base de Al Nasir, que estaba desprotegido. Precisamente, la táctica musulmana, señalada al principio de este párrafo, imponía dejar en retaguardia el “Palenque” o campamento del sultán, protegido por una tropa de especial formación, llamados los desposados, pues, para evitar su huida, se hacían atar por cadenas en las rodillas. Fue contra el campamento base de Al Nasir contra el que lucharon los navarros, no sólo derrotaron a los desposados, sino que les rompieron las cadenas, las cuales, desde entonces, figuran en el escudo de Navarra.

El día terminó con la victoria de los reinos cristianos decisiva para evitar una nueva invasión musulmana que podía haber llegado más allá de los Pirineos.

En noviembre de 1212, en Coímbra, los reyes de Castilla, León y Portugal firmaron un tratado en virtud del cual se asignaban las zonas de conquista. En 1223, los almohades desaparecen de la península.

La victoria fue decisiva para el fin de la Reconquista, que aún se retrasó 200 años, hasta la toma de Granada, pero que hubiera llegado antes si no hubiera sido por la llegada de una epidemia y la muerte de Alfonso VIII.

Las consecuencias de la victoria no sólo fueron esenciales para la Reconquista, sino que tuvieron dos efectos muy importantes:
1) Se crearon los lazos para la unidad de España que se fraguará con los Reyes Católicos.
2) Como consecuencia de la necesaria ayuda que los reyes requerían para batallar contra los almohades se convocó en León, en 1188, a solicitud de Alfonso IX de León, la reunión extraordinaria de la curia regia, un órgano de gobierno procedente de la tradición visigoda, que incluye representantes de todas las ciudades del reino y de poblaciones relevantes. Allí estaban representados, la nobleza, el clero y las ciudades (era la primera vez que los representantes de las ciudades acudían a una reunión de la Curia).
Se trataba de la primera reunión de un Parlamento en Europa, que es tanto como decir, el primer parlamento del mundo. Sus competencias estaban relacionadas con los impuestos y el presupuesto. El Parlamento podía conceder un “petitum” o el derecho a acuñar moneda. En 1188, Alfonso IX recibió un “petitum”, pero en la reunión de Benavente de 1202 vendió a los municipios se derecho para quebrar moneda (acuñar moneda, pero variando su aleación) durante 7 años. En 1188, a cambio del “petitum”, el Rey concedió lo que se ha dado en llamar la Carta Magna leonesa en la que se recogían derechos del pueblo como inviolabilidad del domicilio, que la declaración de guerra o la firma de la paz estuvieran acogidos a la aprobación de los tres estamentos y otros derechos más, entre ellos una especie de constitución especial para Galicia. Por si alguno tenía dudas sobre la antigüedad de este acontecimiento, en 2013 la Unesco reconoció en el programa “memoria del Mundo” que este documento era “El testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo”. Con anterioridad, en 2011, la junta de Castilla y león concedió a León el título de “Cuna del parlamentarismo” y en 2019, hicieron lo mismo las Cortes Generales.

LA DAMA DE ARINTERO

Nos encontramos en la confluencia de dos de nuestros hilos tradicionales, el de curiosidades de la historia unido al de los héroes, en este caso heroína.

Nos situamos en 1474 y se dilucidaba la corona del Reino de Castilla tras la muerte del Rey Enrique IV. Las aspirantes al trono eran la supuesta hija del Rey, Juana, conocida como la Beltraneja, por considerar sus enemigos que era la hija de Don Beltrán de la Cueva, valido del Rey y del que decían contaba con los favores de la Reina y, por otro lado, su tía, Isabel. A las dudas de la procedencia de Juana se unían la falta de testamento del Rey lo que propició que varias grandes casas de Castilla y León proclamaran legítima heredera a Isabel. A la sazón, Juana estaba casada con su tío y Rey de Portugal, Alfonso V, e Isabel, con Fernando, Rey de Aragón.

Estalló una guerra civil en la que el Reino de Aragón apoyaba a Isabel y Portugal, a Juana, con el claro objetivo de anexionarse el territorio de Castilla.

Los portugueses iniciaron una serie de ofensivas y ocuparon Plasencia, Toro y Zamora. La ciudad leonesa se puso al lado de Juana y varios nobles del bando “juanista” tomaron el castillo de Burgos, al tiempo que el Rey de Francia, se inmiscuía, colateralmente, apoyando a Portugal, es decir, a Juana, la beltraneja.

La futura alianza de los Reyes Católicos y la Unidad de España corrían peligro.

En el sistema de leva habitual del momento, cada familia, sobre todo los hidalgos, debían enviar al menos un hombre a luchar en favor de su señor. De no hacerlo, sería castigado por traición. Sin embargo, en la familia noble de los García de Arintero no había ningún varón en condiciones de batallar. Juan García, señor de Arintero, era demasiado mayor y sus descendientes directos eran siete mujeres. Además, en el concejo vivían apenas un centenar de personas, casi todas mayores o mujeres. Tampoco tenían recursos suficientes para pagar a un caballero que los representase, puesto que aquellas tierras eran duras, apenas producían y los bienes ganados con honor en la defensa de Granada por Juan García habían mermado con los años y las dotes de las seis hijas mayores. Ahora,  el honor de la familia estaba en entredicho. Viendo la angustia con la que su padre vivía la situación, Juana, la hija pequeña, encontró la solución: ella iría a la guerra en representación de la familia. Su padre se negó, pero no encontrando otra opción acabó accediendo y adiestrando a su hija para la guerra.

Entre la declaración de guerra y la llamada a filas tenía un margen de unos dos meses para enseñar a Juana en el manejo de la espada, a montar, a pelear con la lanza, a sostenerse con la coraza…

Juana, se cortó el pelo y se fajó para disimular las formas de mujer . Adoptó el nombre de Diego Oliveros y con ese bagaje marchó a Benavente para alistarse a las órdenes del Rey Fernando.

El plan de los portugueses era avanzar sobre el territorio en línea recta para crear un corredor desde Coímbra hasta Burgos donde esperarían la ayuda de su aliado francés, Luis XI, interesado en las tierras al sur de los pirineos y en eliminar la influencia de Aragón en Nápoles (con quien rivalizaba abiertamente). Nada de aquello ocurriría sin asegurar las plazas del camino, entre ellas Zamora y Toro. Los castellanos, con Fernando a la cabeza y apoyados por los nobles castellanos, especialmente por la casa de Mendoza, los duques de Median Sidonia y Benavente, reconquistaron Zamora, tras una dura lucha en la que, Juana de Arintero, vestida de caballero, aguantó como un “hombre” más. Los portugueses decidieron salir hacia Toro para hacerse fuertes allí. Fernando vio la oportunidad de perseguir al mermado ejercito portugués y ganarles por la retaguardia.

Fue a las puertas de Toro y tras una memorable entrega de valentía, ferocidad y esfuerzo, cuando Juana García, de Arintero, fue herida. Sus compañeros de armas mataron al portugués que la asediaba, pero no se sabe si por la rotura de la armadura o bien, al intentar curarla, se descubrió su sexo.

Sea como fuere, aquel hecho llamó la atención del Rey Fernando que la mandó llamar a su tienda donde la recibió flanqueado por un cura y un caballero de noble aspecto. El sacerdote expuso brevemente que había confirmado, en recatada presencia de dos monjas, la feminidad del llamado caballero Oliveros. El segundo hombre, que no era otro que el Almirante de Castilla, relató al monarca el informe de las hazañas del “Diego de Oliveros”. El Rey invitó a cenar a Juana para que le contara como había llegado a aquella situación. Después decidiría que hacer con ella pues debería tener un castigo por mentir ante Notario real al inscribirse y por violar las leyes, al guerrear siendo mujer.

Sin embargo, el relato de Juana de Arintero le granjeó las simpatías del Rey que lejos de castigarla, dio conformidad a la petición que le hizo ésta: librar a su tierra de los tributos de sangre, haciendo a todos los naturales hijosdalgos.

La concesión del Rey fue darle la libertad, licenciarla del ejercito, un salvoconducto para regresar a su casa y, además del privilegio solicitado, dio al lugar el privilegio de no pagar impuestos, sus habitantes quedaban exentos del pago de tributos reales y del servicio militar; a ello se unieron otra serie de privilegios para los principales del lugar.

Sin embargo, no todo fue alegría, un soldado le hace saber a Juana de Arintero que la perseguían para quitar el documento real que otorgaba aquellos presentes, no se sabe con certeza, si por envidias o porque partidarios de la Reina Isabel no querían que unas zonas tuvieran más privilegios que otras. Lo cierto es que Juana volvió a su tierra dando un rodeo y llegó al pueblo de La Cándana,  a pocas leguas de su casa, donde tenía familia. A estos les encargó llevar el documento real a Arintero por miedo a que la asaltaran, como así ocurrió. Ella murió en La Cándana, pero Arintero mantuvo los privilegios concedidos por el Rey Fernando hasta el siglo XIX.  El documento original desapareció durante la Guerra Civil . En la casa solariega de los Arintero aún se puede ver el blasón de una dama a caballo concedido también por Fernando, y en La Cándana, una talla con idéntico blasón y una inscripción:

“Conoced los de Arintero
vuestra Dama tan hermosa
pues que como caballero
con su Rey fue valerosa.
Si quieres saber quién es
este valiente guerrero
quitad las armas y veréis
ser la Dama de Arintero”.

Como todos sabemos, Isabel logró la victoria, los Reyes Católicos gobernaron Castilla y Aragón y de su unión, tras el fin de la Reconquista, nació España. Para llegar ahí ,la sangre de muchos valientes, como Juana de Arintero, fue necesaria.

EL REINO DE ASTURIAS O LA VICTORIA DE ESPAÑA

Todos los asturianos sabemos que Asturias es España y el resto tierra conquistada, pero este aserto jocoso tiene mucho de verdad histórica, veamos el porqué.

El término “Hispania” fue utilizado por los romanos para denominar aquella península que los griegos llamaron iberia. Estrabón en su libro III de Geografía señala que aquel territorio- en la parte conquistada hasta ese momento- se dividía en dos provincias. Hispania citerior e Hispania ulterior. La primera comprendía lo que hoy es Cataluña, Valencia y parte de Murcia y la ulterior, el valle del Guadalquivir. Posteriormente los visigodos fundaron su Reino en Toledo con una extensión semejante a lo que hoy es la Península ibérica, de hecho, se suele presumir que el Reino Visigodo constituyó el primer Estado español.

Ahora bien, el nombre de España, históricamente hablando, es el desarrollo cultural de una nación que desde el principio fue concebida como imperio cuyo núcleo surge a partir de la resistencia de las sociedades asentadas, en principio, en la cordillera cantábrica, en tono a los picos de Europa.

La invasión musulmana iniciada en el 711 supone, pues, la ruina del Reino Visigodo de Toledo y la victoria de España, concebida no como simple organización político-jurídica estatal o sociedad nacional sino como elevación de la misma por la formación de un imperio. Ambos aspectos culminan en 1492, la transformación de la realidad histórica que era España en realidad política con la toma de Granada y el culmen imperial con el descubrimiento del Nuevo Mundo.

Como decíamos esa idea imperial nace en las montañas de Covadonga. Se trata de una realidad política distinta de la del Reino de Toledo, por más que esa idea goda esté en el sustrato del movimiento astur. De hecho, a Oviedo se la denomina en un primer momento “nueva Toledo”, sin embargo y significativamente, tal nombre no trascendió.

¿Qué diferencia a un Estado de un Imperio?

Quizá podríamos concluir que un Estado se forma entre gentes que tienen una larga convivencia por proximidad geográfica, por costumbres afines, por una larga historia de intercambios y relaciones humanas de todo tipo, incluso por guerras. El imperio, lo forman gentes diversas que tuvieron poco o nada que ver entre sí. Es más, normalmente un Estado aspira a posiciones más ambiciosas transformándose, así, en un imperio.[1]También podemos señalar que el imperio es una forma de superar fronteras, de crear un desplazamiento de sus propias fronteras mirando hacia un objetivo superior.

Con esa diferencia en mente, veremos que el origen de España, como realidad histórica, no es sólo la recuperación del Estado visigodo sino el impulso de una idea que, potenciada esencialmente por el proselitismo cristiano, busca abarcar todo el territorio ocupado por el islam hasta terminar desbordando la península por el inesperado descubrimiento de América y los hechos que trascendieron al descubrimiento: la vuelta al mundo y posesiones en todos los mares “hasta no ponerse el sol”

El reino astur, formado entre las montañas de los Picos de Europa, con Pelayo al frente como primer Rey de una dinastía, que continúa su hijo Favila y extiende su yerno Alfonso I tras la boda con Ermesinda, hija de Pelayo, y expansionada por Alfonso II, que se denomina primer Rey de España, y Alfonso III, causante de la idea imperial, marca y dirige el futuro de la gran nación que es hoy España (da igual si H.  Kamen tiene o no razón al considerar a Pelayo una leyenda, porque Pelayo, existiera como tal o no, existió en cuanto representa a aquellas tribus cantábricas, que sin duda vivieron, y cuya fortaleza, lucha y esfuerzo contra el invasor, trajeron lo que hoy somos).

A Alfonso I las crónicas posteriores atribuyen el sobrenombre de «el católico», circunstancia no menor en la pretensión imperial de aquellos reyes forjados en la dureza y belleza de las montañas asturianas. Aquel Reino alcanzó su máxima extensión territorial gracias a las conquistas de casi todos sus monarcas, entre los que destacaremos a modo de compendio: Alfonso I, que incorpora Galicia y parte de Portugal; su hijo Fruela I que refuerza sus posiciones; Alfonso II, el casto,que además de ampliar en gran manera el territorio, impuso oficialmente en todo el Reino la legislación romana-visigoda, la Lex Visogothorum, futuro “ Fuero Juzgo” y sus sucesores, Ramiro I y Ordoño I que extienden el reino hacia el este, hasta la frontera pirenaica, y Alfonso III, el magno, uno de los más brillantes monarcas de la Historia de España, que lo lleva hasta Zamora.

Alfonso III es el último rey asturiano con capital en Oviedo (Reino de Oviedo), tras él el Reino traslada su capital a León. A Alfonso III le debemos la autentica idea de España, la idea imperial y la mejor crónica histórica de aquella época que permitió forjar, entender y desarrollar España.

Como decimos, es la crónica de Alfonso III, el magno, la que vincula oficialmente, con intención narrativa, la dinastía astur con el reino Visigodo de Toledo (Alfonso II fue precursor en ello, pero sin la trascendencia histórico-documental de Alfonso III). Así, el tercer Alfonso considera que Pelayo es un noble visigodo y Alfonso I descendiente de Leovigildo y Recaredo. Realmente Alfonso III busca reforzar el prestigio de la dinastía y su propio prestigio personal vinculando su origen con el del Reino de Toledo y los últimos reyes godos.

Alfonso, además, introduce en la crónica y en la intencionalidad del Reino otro elemento esencial: la fe cristiana.  A primera vista aparece como un milagro histórico que los musulmanes después de haber derrotado al potente y bien organizado Reino visigodo fueran a tropezar con un reino pequeñín situado tras la cordillera cantábrica. Pero así fue.  Cuando casi dos siglos después del inicio de la invasión, Alfonso III recapitulaba la historia de sus orígenes, veía en Covadonga la salvación de España y la reparación de la caída del reino godo (la batalla de Covadonga no está confirmada por la historiografía, la cual,  basándose en los restos arqueológicos, entiende, como mejor explicación que, Covadonga no sea más que una metáfora histórica para aglutinar en un pasaje la multitud de pequeñas, grandes o medianas escaramuzas que mantuvieron los asturianos  y los musulmanes en los Picos de Europa y que lograron la derrota de estos últimos). Pero la imagen de la gran batalla con la Santina al fondo permitía al cronista y al Rey transmitir a sus seguidores un sentimiento de misión providencial, a la vez religiosa y política: salvar a la iglesia cristiana y a la Monarquía hispana (astur-goda).

Evidentemente, Alfonso III no parte de la nada, no se inventa un relato vacío de razón, sino que los sustratos hispano- godos estaban en la realidad social desde los romanos y los visigodos y los elementos cristianos se mostraban en el sustrato del propio Reino astur-godo. Así, recordemos que hasta Alfonso I no había en el reino ninguna ciudad episcopal, pero la figura episcopal, mucho más desarrollada por Alfonso II (se le atribuye la creación del Obispado de Oviedo), no deja de surgir por el desarrollo de dos elementos que son la base del avance astur, ideados y puestos en marcha por Alfonso I: la repoblación y el monacato. Los dos se inician y desarrollan al tiempo, siendo el segundo casi la base esencial para lograr el primero. Estos monasterios parecen muchas veces fórmulas económicas, tanto o más que pactos religiosos. Los hombres se asocian bajo la autoridad de un abad, para alabar a Dios y ganar el sustento. Por todo ello y con mucha intención, las crónicas alfonsinas bautizaron a Alfonso I como el católico. Estableciendo así un eslabón narrativo, de guerra santa, de lucha contra el infiel, a la idea de Reconquista, enlazando de ese modo la realidad social y el ideario político.

Insistimos en que, Alfonso III no parte de la nada, transcribe los hechos de fe de sus antecesores y les da una intencionalidad. Pero esos hechos existieron, por ejemplo, tras fomentar los monacatos institucionalizados por sus antecesores, Alfonso II formó una pequeña ciudad, en la que instala su palacio adosado a una capilla (la cámara Santa, con las reliquias traídas de Toledo). Nacía así Oviedo. Más tarde Ramiro I mandaba edificar un Aula regia (Santa María del Naranco) a la que se agregó, posiblemente como iglesia palatina, San Miguel de Lillo. Reforzando la idea de capitalidad de Oviedo y de monarquía católica. A esto Alfonso III añade como símbolo del Reino la Cruz de la Victoria.

Además, a estas actuaciones reales, se unen con el tiempo una serie de anacoretas entre los que destaca Santo Toribio de Liébana, seguramente la mayor figura intelectual de la época.

Con Alfonso III, el Reino asturiano es, dentro de la Península, una potencia que mantiene contactos con los núcleos pirenaicos de resistencia católica; alimenta pretensiones evidentes de hegemonía en la Reconquista y manifiesta ambición de realizarla enfrentándose al poder de Córdoba. Siempre teniendo presente en su ideario una colaboración discursiva y narrativa entre los núcleos astur- romano e hispano godo. Es decir, del Imperio romano y del Estado visigodo.

Por todo ello y con gran intención, Alfonso III, es el primer rey español que se hace llamar emperador.  Su idea de imperio es la de avanzar fronteras para imponerse a aquellos invasores de lengua, religión y costumbres extrañas a los que querían expulsar. En sus crónicas, identifica desde el primer momento las guerras contra el islam en los Picos de Europa como acción superior de defensa de la Fe, pero hoy sabemos que ese concepto no fue esencial en la sublevación de Pelayo, no inundaba las almas de las primigenias tribus locales.  Para ellos lo fundamental era expulsar de sus tierras al ocupante ilícito. Es la voluntad y visión de Alfonso III la que determina el carácter imperial, al querer expandirse más allá de sus fronteras buscando un dominio universal cuya base se encontró en la lucha contra el islam. El título de Emperador otorgado a Alfonso III se transmitió después de su muerte a sus sucesores. Se conoce un documento del año 916 que dice “Ego Hordonius Rex Imperator-filius Adefonsus magni Imperatoris”. Pero no todos lo utilizan, tras Alfonso III, Alfonso VI, Alfonso VII se intitulan emperadores, de hecho, Alfonso VII es ungido emperador dos veces, la primera frente a Alfonso I de Aragón, el batallador, como una muestra de recuperar lo que era suyo y en segundo lugar tras hacerse con parte del Reino de Aragón y haber avanzado considerablemente en la Reconquista, es decir, de nuevo al superar sus fronteras frente al islam. El “fecho del imperio” de Alfonso X, el sabio, o el imperio de Carlos I continúan esa línea de tener un alcance global que llega a su máxima extensión con Felipe II. Es ese concepto y realidad de imperio lo que eleva a España, históricamente, al nivel de la Grecia clásica, Roma, Gran Bretaña, Francia o Rusia y EE.UU , por encima de Portugal, Japón y Alemania. “Tú me diste la vuelta”, la divisa que regala Carlos I a Elcano o la enseña con el “Plus Ultra” demuestran esa idea imperial, y es ese imperio el que pone a España en la Historia Universal.

La realidad histórica y política nacional, la Nación histórica, nacida del estado visigodo y recuperada por el reino Astur alcanza su realidad política plena, como dijimos, con la toma de Granada y con toda nitidez a partir del siglo XVI se consolida como unidad política con identidad imperial, la cual se resquebraja tras la batalla de Trafalgar (1805), donde cede el dominio de los mares a Gran Bretaña y, sobre todo, tras la invasión napoleónica en 1808. Pero entonces, aquella sociedad con conciencia soberana, que defendía su soberanía territorial, política y social frente al invasor musulmán en Covadonga, se transforma en soberanía popular histórica con el levantamiento del 2 mayo de 1808 y en soberanía popular reconocida política y jurídicamente con la constitución de 1812.

España es lo que es hoy día gracias a Pelayo, Covadonga y sobre todo a la idea estatal y nacional de recuperación del Reino de Toledo elevada a imperio por Alfonso III. La continuidad de esa idea fraguó una gran nación con espíritu imperial.

Ya lo advertía Unamuno:

“¿Es España una nación? Me preguntaba un lego en historia. Y le dije: España es internacional, que es modo universal de ser más que nación, sobrenación. Un conglomerado de republiquetas no es nada universal si no se eleva a imperio.”[2]

Espero que nuestros gobernantes nacionales y locales recuerden que ni España es un conjunto de republiquetas ni Asturias, una de ellas. Espero que la Historia de grandeza de Asturias se recuerde y fortalezca en lo que es: nacional e imperial y no se pretenda su reversión histórica imponiendo una serie de elementos culturales, muy dignos de preservación, pero no de imposición. Espero que se recuerde la grandeza histórica de Asturias y su contribución elevada a la Historia de España en vez de querer identificarla con elementos pueblerinos locales.

BIBLIOGRAFÍA

  • ELVIRA ROCA. Imperiofobia y Leyenda Negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español. Ed. Siruela. 2019
  • AGUADO BLEYE. “Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1963
  • PEDRO INSUA. 1492. España ante sus fantasmas. Ariel. 2018.
  • MIGUEL DE UNAMUNO. “República española y España republicana”. Artículo publicado en el diario El Sol, 16 de julio de 1931.
  • HÉLÈNE SIRANTOINE. “Exclusión e integración: la conquista y el imperio en los reinados de Alfonso VI y Alfonso VII”. Historia digital. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Históricas / Silex Ediciones. 2015. Edición digital de 2017.
  • JOSÉ MANUEL PÉREZ PRENDES. “Historia del Derecho español”. Ed UCM.1986.
  • JOSÉ JAVIER ESPARZA. “La gran aventura del Reino de Asturias. Así empezó la Reconquista”. Ed. La esfera de los libros. 2009.

[1]Elvira Roca. Imperiofobia y Leyenda Negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español. Ed. Siruela. 2019

[2]Miguel de Unamuno. “República española y España republicana”. Artículo publicado en el diario El Sol, 16 de julio de 1931.

Hordas

Según el diccionario de la RAE el término “horda” tiene dos acepciones:

1.- Comunidad de salvajes nómadas.

2.- Grupo de gente que obra sin disciplina y con violencia.

Todos hemos oído o leído en los medios eso de “se concentraron hordas de violentos…” últimamente parece que la expresión se nos hace más cercana ante la presencia de grupos de individuos violentos y descontrolados en algunas de nuestras calles; pero, históricamente, ¿de dónde viene esa expresión?

Si seguimos con el diccionario de la RAE nos indica que la palabra horda proviene del francés “horde”y éste del mongol “orda”en relación también con el turco “ordu”(campamento militar).

Viajemos, pues, a la historia de Mongolia para ver si allí encontramos algún dato histórico que nos aclare que eran históricamente hablando esas “ordas” que devienen en nuestras “hordas”.

Debemos situarnos en la Prehistoria para encontrar los primeros rastros, con la dificultad que todo acontecimiento prehistórico tiene en cuanto a la comprobación de sus hechos. Se suele asociar el término horda “orda” a unas organizaciones sociales en las regiones propias de Mongolia, China o la parte más oriental de Rusia. Por las pinturas rupestres encontradas en la zona parece que se trataba de grupos de individuos que, en número reducido, unos veinte, se organizaban conjuntamente para lograr mayor eficacia en la caza o en la autodefensa. Estas agrupaciones respondían a la ley del más fuerte, sin normas organizativas de mayor nivel. Estas hordas determinaron la creación de tribus según su afinidad, siempre en torno al más fuerte.

Con la llegada de la agricultura, los asentamientos humanos se fueron generalizando y la búsqueda de refugio, también. Se cree que estas hordas tenían cobijos colectivos, de ahí que en las zonas de los tártaros- incluyendo a todos los túrquicos- se denominara horda a una especie de campamento.

Posiblemente, de esa conjunción de grupos nómadas dominados por la fuerza de sus componentes y la acepción como campamento provenga el término “orda”- Horda- como división territorial del imperio mongol en la era de Gengis Kan durante el siglo XIII. Aquel imperio abarcó un territorio que va desde la península de Corea hasta el Danubio. En la actualidad las regiones ocupadas serían China, Mesopotamia, Persia, Europa oriental, Rusia, India y algunas de las nuevas naciones nacidas de la descomposición de la URSS.

La formación del imperio se debió a la preeminencia de la tribu de Temuyin (que se cambió el nombre por el de Gengis Kan- unas fuentes lo traducen como emperador de un océano; otras, como emperador del cielo-) proclamado “Gran Kan”. Se enfrentó a las tribus vecinas llegando a dominarlas. Su secreto se basaba en un ejército temible, nómada, bien organizado y dotado de algunas innovaciones técnicas que lo hicieron invencible, sobre todo, por una y sorprendente táctica: el espionaje. Nunca atacaba sin conocer bien al enemigo. Este sistema fue empleado con gran éxito por sus descendientes, especialmente por Bacú, su nieto, en la conquista de Europa. Además, sembraban el terror por donde quiera que iban debido a la ferocidad de sus ataques y a las torturas a las que sometían a sus enemigos. Como curiosidad, señalar que una de sus tácticas consistía en atacar con flechas en las que iban trozos del cuerpo de los muertos por la peste, para contagiar a sus enemigos.

En aquel vasto imperio se cree que existía un pigmentado código direccional para señalar los puntos cardinales: el negro era el norte; el azul representaba el este, el rojo el sur, el blanco el oeste y el amarillo (o dorado) el centro. Esas coloridas denominaciones unidas a la palabra “horda” nombraban las regiones del imperio mongol y, sobre todo, las zonas de reparto del imperio entre los hijos del emperador.

A la muerte de Gengis Kan (1162-1227), el imperio se dividió entre sus cuatro hijos:

  • Debido al fallecimiento de su hijo mayor y heredero de la horda de oro o dorada, dividió la misma entre sus nietos: a Batú, le concedió la horda azul (este), más allá del Volga, estableciendo la capital en la ciudad de Sarai (cerca de la actual Astracán, al borde del mar Caspio), y a Orda Kan, le nombró, emperador de la horda Blanca (oeste), Asia central y suroeste de Siberia. La capital estaba en el actual Kazajistan.

Batú fue el encargado de conquistar Europa. Saqueó todas las ciudades que encontró a su paso, llegando a Polonia, Bohemia y Hungría, alcanzando el Danubio y la costa del Adriático. Aunque estuvo en las puertas de Viena, no entró, por la muerte de Ogodei (tercer hijo de Gengis Kan) y la necesidad de volver a Mongolia a hacerse el territorio de su tío y el de su hermano y así reconstruir bajo su mando la horda dorada. Esto salvó de la invasión, saqueo y terror mongol a Europa central y occidental.

  • Al segundo de los hijos de Gengis Kan, Chagatai, señor de la horda de bronce o roja, le correspondió Asia central entre los ríos Amú –Daria y Sir-Daria y los territorios del Turquestán hasta los montes Atai (desde el Mar Caspio hasta las fronteras de China, India y Pakistán). Su nieto Kaidu, se enfrentó con su primo Kublai Kan (hijo del más pequeño de los hijos de Gengis Kan), por el dominio de China y de toda la horda roja. Kublai derrotó a su primo y dominó y sometió toda China, siendo su primer emperador, iniciando la dinastía Yuan y estableciendo la capital en el actual Pekín. Intentó la conquista de Japón y llegó a las fronteras de Birmania, invadió Vietnam, aunque no lo conquistó, y se asomó a Java.
  • Al tercer hijo, Ogodei, le correspondió la horda negra, parte de Siberia, Mongolia oriental y China meridional, llegó hasta Corea y sometió a su rey a vasallaje. Colaboró con su sobrino Batú Kan en la conquista de Europa y no terminó sus enfrentamientos con China hasta que fue conquistada por su sobrino Kublai Kan.
  • El menor de los hijos, Tolui, colaboró con su hermano, Ogodei, en la Administración de Mongolia. A él le había correspondido el éste de Mongolia y partes de Persia. Fueron sus hijos: Mongke, muy especialmente Hulagu y el gran Kublai los que expandieron la horda por la conquista completa de Persia, dominaron el califato Abasida, entraron en Siria y Palestina camino de Egipto. Recordamos que, Klubai, estaba llamado a otras grandes conquistas como hemos visto.

Las hordas mongolas dominaron el mundo, por la inteligencia y estrategia de el gran Gengis kan y de alguno de sus descendientes, pero, sobre todo, por el miedo que provocaban en sus enemigos y en la población conquistada, sometida a su crueldad. No es de extrañar que el recuerdo de aquellas “ordas” haya determinado que el término “horda” tenga siempre connotaciones negativas por su violencia y virulencia.

¿LLEGARON LOS CELTAS A GALICIA?

Dedicado a los que cumplían y a los que cumplen años el 11 de noviembre.

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Este es un asunto muy controvertido en Galicia por cuanto el sustrato celta, si es que existió, sirve de excusa a los nacionalistas para identificar Galicia como nación.

Dejaremos las “nacioncinas” patrias a un lado para intentar analizar la situación desde un punto de vista más científico, dentro de lo que en este corto espacio se puede profundizar.

¿Quiénes fueron los celtas?

Debemos remontarnos a la prehistoria para contestar. Encontrar certezas en unos orígenes que se remontan a la Edad del Bronce, es complicado. Pero algunas cosas se saben o se intuyen con cierta seguridad.

En una contextualización rápida debemos señalar que la terminología de Edad del Bronce se empleó por primera vez en 1820 y se debe al arqueólogo danés Chistian Jürgensen Thomsen. Con ella señala una época que se caracteriza en el Próximo Oriente y Europa por la aparición de la metalurgia (hay más indicios de edades metalúrgicas en otras partes de la Tierra, pero no coinciden cronológicamente). Jürgensen clasificó la Edad del Bronce en Bronce antiguo, Bronce medio y Bronce final. Aunque, normalmente, se suele ordenar por las etapas anterior (Edad del Cobre) y la posterior (Edad del Hierro).

La edad del Bronce final nos sitúa en torno a unos mil años antes de Cristo, por entonces, en centro Europa, existían una serie de tribus de perfil muy guerrero con elementos comunes de raíz indoeuropea. Tenían algunas costumbres comunes, no sabían escribir y sus lenguas tenían algunos términos semejantes. Es decir, no se trataba de una única tribu sino de varias y dispersas. El profesor Caro Baroja, en sus estudios etnográficos sobre el origen de la cultura, señala como, desde los primeros asentamientos, el hombre realiza algunas cosas igual que sus semejantes bien porque las condiciones geográficas o etnográficas así lo determinaron o bien, como también sostenía Levy, por el intercambio de habilidades, utensilios o formas de hacer  a través de las comunicaciones que nacían de unos poblados y al modo de los círculos concéntricos, como ondas expansivas, se van transmitiendo a otros pueblos. Estas pueden ser las razones para encontrar estos rasgos comunes entre tribus dispersas. Esos rasgos semejantes permitieron a los griegos unificarlos e identificarlos con un solo nombre: celtas. Entre esas tribus no había ni unidad política ni social y, tampoco está claro, identidad étnica (este punto no es posible asegurarlo ni desmentirlo con los hallazgos arqueológicos que poseemos). Aunque fueron los griegos los primeros que utilizan esa denominación, la mayor parte de las características de estos pueblos nos han llegado gracias a los romanos.

A partir de aquí, saber cómo se expanden los celtas se convierte en una tarea llena de especulaciones. Sabemos por los romanos que, en el S. IV a. C., los celtas atacaron lo que hoy es el norte de Italia y los Balcanes y parece que llegaron a Anatolia. En el Siglo II a. de C. los romanos dan cuenta de su presencia en “Hispania”, a pesar de que algunos autores suelen situarlos en la península desde el S. VIII.

Sobre su llegada a la península se mantienen tres teorías:

1) Plinio el Viejo afirma que los celtas tienen su asiento primero en la Lusitania y desde ahí ocupan el resto de la península.

2) P. Bosch Gimpera, establece la llegada de los celtas en razón a distintas oleadas invasoras desde Centroeuropa.  En la segunda de esas grandes oleadas, una de las tribus celtas (los sefes) en torno al siglo II a. de C., presionados por pueblos germánicos, bajaron hacia el Pirineo occidental. Desde allí se adentraron en la península en tres direcciones: hacia el norte, por la cordillera cantábrica, llegando a Galicia; por el centro hacia el oeste, acabaron en Salamanca y Extremadura y, hacia el sur, asentándose en torno al sistema ibérico, llegaron hasta Teruel, Cuenca y las estribaciones del sistema montañoso entre el maestrazgo y la sierra de Espadán (actual provincia de Castellón).

3) Señala que los celtas nacen en Galicia y desde allí se diseminan por Europa.

Fuera como fuese, estos pueblos celtas no entraron y se asentaron sin tener contacto con la población de la península. Su interacción es evidente. Una de las mejores pruebas estriba en que aquellos pueblos centro europeos que no sabían escribir, empezaron a utilizar la escritura íbera en las zonas que rondaban el sistema montañoso ibérico (celtíberos) y todos, en cualquier lugar de la península, comenzaron a hablar y a escribir en latín en cuanto se tropezaron con los romanos. Utilizaban el latín con las peculiaridades que les daban sus propias lenguas de origen, que no eran una sino varias, quizá todas de origen indoeuropeo, pero sin que los conocimientos actuales nos permitan una mayor diferenciación. De las lenguas celtas, sólo quedan restos vivos actualmente en el bretón, el córnico, el gaélico escocés, el galés, el irlandés y el manés. No en el gallego ni en el portugués.

En España, los trabajos de arqueólogos y lingüistas, no permiten obtener una teoría clara sobre el origen de los celtas en España ni de las lenguas que hablaban al llegar ni de la evolución de las mismas salvo lo ya señalado de su evolución dentro del latín.

Centrándonos en Galicia, ¿llegaron los celtas a Galicia?

Parece que llegar, llegaron. Ahora bien, como fue esa llegada y asentamiento es otra cosa.

En primer lugar, los restos arqueológicos en la Edad de Hierro nos hablan de una zona con pocos restos metalúrgicos y pocas armas. Por tanto, cabe hacer una primera conclusión: aquellos que se asentaron en Galicia no eran los feroces guerreros de Centroeuropa, o, si lo fueron, quedaron muy amansados tras su posicionamiento en España.

No podemos saber si tenían una identidad lingüística, por cuanto lo que nos ha llegado de su idioma es a través de las inscripciones en latín, sin que eso nos marque diferencias significativas frente a otras lenguas locales que se daban en zonas limítrofes y que nos han sido transmitidas de igual forma.

Por el contrario, sí había algo que los distinguía y acercaba a los celtas centroeuropeos: las construcciones megalíticas casi siempre funerarias, tan comunes en otros lugares europeos y los castros. Éstas se extendieron por otras zonas de la península, sobre todo, en la zona cantábrica y más concretamente en Asturias, de modo que no se puede decir que fueran exclusivas de aquellos pueblos asentados en Galicia, aunque sí, preeminentes en la zona.

Los castros son fortificaciones circulares cuyo origen se data en el siglo VI a de C. Con ellas se formaban poblados carentes de calles que se situaban en zonas naturalmente protegidas: promontorios, mesetas elevadas, revueltas de ríos, penínsulas. Se solían situar cerca de aguas dulces y no muy lejos de llanuras de pastoreo. Además de las defensas naturales, se solían proteger por fosos, parapetos y murallas que preservaban la zona habitada. En ocasiones, en sus cercanías o accesos había un torreón (castellas, en gallego).

Su mayor auge se cree que se dio en el S.II a de C. y con la llegada de los romanos se produjo un doble efecto, de un lado, se destruyeron algunos; de otro, los romanos reocuparon y reconstruyeron los castros para uso de sus propias tropas y población frente a los ataques de otras tribus.

De todos modos, la región debía tener algún rasgo propio que permitió a los romanos darle nombre común (Callaecia o Gallaecia, según los autores). Pero esa identidad puede ser por razones geográficas, por ejemplo, por diferencias frente a la cordillera cantábrica de las tierras colindantes, o por razón de las costumbres (entre las que cabe incluir los mámoa o los  Castros) o por otras que se nos escapan en la actualidad o por una mezcla de todas ellas.

Quien más ha estudiado la presencia, o no, de los celtas en Galicia fue el profesor Gerardo Pereira-Menaut (Santiago de Compostela, 1946-2015), entre otras cosas, Catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Santiago de Compostela.

Son varias sus obras publicadas a este respecto. Una de ellas, El celtismo de Galicia. Ciencia y leyenda reconciliadas, me sirve de inspiración en este hilo.[1]

No está tan claro para el profesor Pereira- Menaut que los celtas, con todas las características propias de las tribus centroeuropeas, se asentaran en Galicia. Es comúnmente aceptado por la historiografía que esta idea impregna el imaginario colectivo en el siglo XIX a través de los autores románticos. Los Románticos llevaron el nacionalismo por toda Europa con sus obras, especialmente en Alemania con Goethe. Ese romanticismo literario inspiró la política y, en España, unida a la inestabilidad política y las dificultades acaecidas durante la Restauración, impidieron una explicación coherente del idealismo de estos movimientos que nada tenían que ver con la historia real, generándonos unos problemas que aún padecemos.

El profesor busca fundamentos en tres líneas de investigación: autores clásicos, lingüistas y etnógrafos.

Ya hemos visto como algunas de esos caminos no nos llevan a ninguna conclusión clara.

En materia lingüística, añade, sobre lo ya visto, una crítica a los autores románticos que realizaban asociaciones de nombres, recogidos por los autores clásicos, queriendo darles un origen celta que no es demostrable. Es más, en las inscripciones romanas aparecen algunos nombres no romanos que pueden tener origen celta o de otras tribus asentadas en la zona, y siempre son palabras escasas que aparecen de manera puntual y no reiterada. Llegando a la conclusión primera de este hilo: la población estaba mezclada con otras tribus, de modo y manera que, si hubo celtas en Galicia, estos no estaban solos ni se mantuvieron aislados de esas otras tribus. Su desarrollo, no pudo ser muy diferente al de los celtíberos del nordeste.

Veamos la línea etnográfica. Pereira-Menaut, en la obra mencionada, afirma que “la genética no va nunca a establecer un “carnet de identidad genético celta”, sencillamente porque no existe tal cosa.”

Para estos estudios se fundamenta en lo que el profesor Ángel Carracedo (catedrático y director del Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Santiago de Compostela)ha analizado y concluido desde hace más de dos décadas.

Carracedo asevera que “la genética sólo puede averiguar si un pueblo tiene un origen genético común o relacionado, por sus cromosomas o por el ADN mitocondrial”. Descartando, de esta forma, que la genética pueda confirmar que Galicia es celta.[2]

Lo que sí permite distinguir la genética es la existencia de dos grandes grupos genéticos en Galicia: uno que ocuparía la zona norte y centro, y otro que ocuparía el sur de Galicia y el norte de Portugal. Sin que se puedan sacar conclusiones generales al respecto. “Carracedo, en la conferencia “Los movimientos de población del Noroeste gallego a la luz de la genética” durante el III Congreso Internacional sobre la Cultura Celta (2011),confirmó que Galicia sirvió como refugio glaciary que, después de las glaciaciones, parte de esta población se desplazó a Inglaterra e Irlanda. Pero, a pesar de esta afirmación, quiso dejar claro que él, cuando se refiere a los movimientos de población, no habla de celtismo, ni de culturas o lenguas, sino de genética de los pueblos”.[3]

Hablaremos, por último, de un aspecto cultural, la música y en concreto de la gaita. La gaita es un instrumento muy extendido por toda Europa. Su origen es discutido, algunos señalan que su origen es indio, otros que nace en los pueblos babilónicos. Existen representaciones en Egipto en las que músicos tocaban un instrumento semejante a la gaita actual. Los celtas, los hebreos y los fenicios también lo utilizaron (posiblemente por su origen fenicio se extendió su uso por las Baleares). Es comúnmente aceptado que los romanos la extendieron a toda Europa, tanto en territorios supuestamente celtas como en otros que no lo son. A finales del S. XV este instrumento perdió popularidad, salvo en las regiones españolas de Galicia, Asturias, León, Cantabria, Mallorca y en las europeas de: Escocia, Inglaterra, Francia y la baja Bretaña. También en Suiza existe tradición gaitera.

Tampoco, por aquí vamos a encontrar una identidad propia de los celtas.

La realidad científica, parece que discurre por unos caminos ajenos a los que el relato imaginario (y a veces político), lleno de tergiversaciones históricas, pretende llevarnos. Eso no quita belleza a las leyendas de Breogán, de los druidas, a los monumentos megalíticos (Monte Seixo, entre otros), los petroglifos (el laberinto atlántico de Mogor, por ejemplo) o al sonido de la gaita. Pero, esas leyendas o supuestos misterios mágicos, como los sueños de Segismundo, leyendas son. Por lo menos, la ciencia, en este momento, no cuenta con elementos para darlos validez. Es posible que los nacionalistas tengan que remontarse nada menos que al Neolítico o, como muy cerca, a la Edad del Bronce, cuando casi nada se puede demostrar científicamente, para encontrar un elemento singular de Galicia ajeno a lo que es España; pero si lo analizan racionalmente, si hay que ir al S.VIII a de C. cuando nada era lo que es, es que no hay donde agarrarse para mantener esas teorías. En el S.VIII a de C. todos teníamos elementos diferenciadores y, al tiempo, todos empezábamos a ser iguales. Las tribus asentadas en la Península discurrían en común, se mezclaban y su devenir histórico fue el mismo, el que hace de España una nación única y espléndida.

[1]Gerardo Pereira-Menaut. “Elceltismo de Galicia. Ciencia y leyenda reconciliadas”. Museo de Pontevedra. 2007

[2]Entrevista al profesor Carracedo,  en el diario “ El Mundo” el día 15 de abril de 2011.

[3]Diario “El Mundo”, 15 de abril de 2011