PLATAJUNTA

Esta entrada se la dedico a mi hermana, la persona más dulce y buena de este mundo.

Siempre que se estudia la Transición española hacia la democracia se plantea el gran trabajo realizado por el Rey Juan Carlos y por Adolfo Suarez para acometer un cambio de la ley a la Ley con Torcuato Fernández Miranda como gran hacedor en la sombra. Sin embargo, en ocasiones se obvia la actuación de otros personajes que no contaban con el protagonismo principal, aunque trabajaban para obtenerlo. Hoy vamos a centrarnos en esos otros personajes.

Ya vimos aquí como Santiago Carrirllo a la sazón dirigente máximo del Partido Comunista de España había virado hacia el eurocomunismo en cuanto denotó que el comunismo tradicional tenía los días contados, que, en occidente, no iría a ningún lado y que las posiciones de los partidos comunistas francés y, sobre todo, italiano, tenían mejores perspectivas de éxito político. El Eurocomunismo, como vimos aquí, es un movimiento de los años 70, época en la que casi triunfa en Italia, se afianza en Francia; mientas, España y Portugal libran sus respectivas batallas contra las dictaduras en la que el comunismo pretendía tener un lugar destacado.

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La necesidad del cambio político se asentaba en 1974 al vislumbrar el cercano fin de Francisco Franco y el contexto en el que se desarrollaba:

  • El anacronismo político de una Dictadura dentro de una Europa democrática, sobre todo, tras la caída de la dictadura portuguesa el 25 de abril de 1974 (con todo su proceso violento y revolucionario).
  • La aparición de un sector empresarial desligado del franquismo y necesitado de un pacto social que frenase la creciente conflictividad laboral.
  • La evolución de la jerarquía eclesiástica hacia posiciones conciliares, buscando un hueco democrático que la alejara del franquismo y no la asociara con él.

En este entorno dos sectores se abrían paso en la vida política: los reformistas, partidarios de seguir los pasos que trazara el llamado a suceder a Franco en la jefatura del Estado, el entonces príncipe Juan Carlos, y los rupturistas, partidarios de acabar de manera radical con todo lo anterior.

Uno de los sectores rupturistas lo conformaban los comunistas. Precisamente, varios de los conflictos sociales provenientes, en buena medida, de la crisis internacional de petróleo se vieron aumentados por las posiciones comunistas que no supieron frenar su violencia, buscando contribuir con ello al rupturismo. Se aprovecharon para esa actividad del creciente desarrollo de un potente movimiento obrero y social; destacado en las huelgas de las fábricas y en los movimientos estudiantiles en las universidades.

En julio de 1974, en pleno declive del franquismo y avance de los movimientos populares, tres personalidades ligadas al diario Madrid: Antonio García-Trevijano, Rafael Calvo Serer y Antonio Fontán (miembros, los dos últimos, del Opus- Dei y ligados a Don Juan de Borbón) idearon crear la Junta Democrática de España. Se pusieron en contacto con el Partido Comunista de Carrillo que envió a negociar con Trevijano a Sánchez Montero y Armando López Salinas.

Su objetivo principal era la ruptura democrática, la amnistía y la instauración de una democracia representativa, impulsando la unidad de fuerzas civiles y políticas. Fuerzas variopintas e incoherentes ideológicamente.

El principal ideólogo era García Trevijano, notario que había hecho fortuna con negocios en Guinea Ecuatorial y ganado influencias gracias a la familia de su mujer, una modelo francesa. La idea de Trevijano era la creación de una red de Juntas en toda España, que promoviera la agitación en las calles hasta lograr la caída del Régimen. De ahí se pasaría a un gobierno provisional que organizaría el país a base de democracia directa (es decir, por medio de referéndums) y modificaría la estructura territorial de España concediendo estatutos de autonomía a todas las regiones, amnistía total para presos políticos, libertades fundamentales, legalización de partidos y el retorno de exiliados. El plan se comunicó a Santiago Carrillo que lo aceptó al ver en la Junta un medio para convertir al PCE en el partido hegemónico de la izquierda. Además, en aquellos momentos del año 74, la situación de los comunistas portugueses y griegos apoderándose del poder parecían darle la razón en el camino emprendido.

Al plan se unieron personalidades muy heterogéneas: José María Lasarte del PNV; José Andreu de ERC; Alejandro Rojas-Marcos del partido andalucista; el partido socialista del interior que luego cambió su nombre por Partido Socialista Popular, es decir, Tierno Galván; el Partido Carlista, Partido del Trabajo de España (PTE), la Alianza Socialista de Andalucía, la plataforma Justicia Democrática, sindicatos como Comisiones Obreras (CCOO) y USO y otras personalidades. Se dirigieron a Don Juan (el padre del rey Juan Carlos), al que creían enfrentado a su hijo, para que presidiera el movimiento. Éste aceptó, hasta que Luis María Anson, Pedro Sainz Rodríguez y José María Pemán lograron convencer a Don Juan de que aquello era una locura y un descrédito para la monarquía. Don Juan finalmente desistió de participar en esta Junta. Ante su renuncia, la Junta pasó de defender la monarquía como forma de política del Estado a pregonar la necesaria instauración de una república.

Esta Junta era un despropósito en su origen y composición, personalidades diversas que presumían de grandes influencias que, a la hora de la verdad, se limitaban a ellos y su familia, y eso ni siquiera en todos los casos. El único partido organizado era el PCE. El propio Tierno Galván, aunque apoyó el proyecto, lo hizo con cierta distancia cuando le plantearon sus proyectos y como iban a llevarlos a cabo.

Trevijano y Tierno no se soportaban. Las entrevistas y memorias de ambos muestran una colección de descalificaciones sobre el otro. Lo más suave era motejarse el uno al otro y viceversa de soberbio, pedante y de poco fiar. Puede que ambos tuvieran razón. Los planes de Trevijano de crear Juntas en cada “villorrio”- en palabras de Tierno Galván-, eran analizadas por desprecio por el viejo profesor- en aquel entonces no tan viejo- y con cierto sarcasmo por Carrillo. Sin embargo, este último creía que alguno de esos planes podía servir a su objetivo final.

Sin embargo, otros sectores contrarios al régimen e incluso los que habían pasado los años de gobierno de Franco de vacaciones, como sarcásticamente señaló Carrilo en referencia al PSOE, tenían una visión diferente del futuro.

Los socialistas se posicionaron en contra de la Junta, por las mismas razones que el PCE estaba dentro: querían la hegemonía de la izquierda.

Desde el congreso de Toulouse (1970), los socialistas españoles habían mantenido una pugna abierta entre, por un lado, los que creían necesaria una renovación con gente joven que tendiera a la democracia y no recordara con su sola presencia la II República y con ella la Guerra Civil. Esta opción era apoyada por el partido socialista alemán cuya cabeza visible era Willy Brandt. La segunda opción socialista la componían los llamados históricos a cuyo frente se encontraba Rodolfo Llopis, que recelaba del apoyo alemán.

El grupo de jóvenes socialistas se conformó en torno a dos sectores el “grupo de los sevillanos” formado por Felipe Gónzalez, Alfonso Guerra y Manuel Chaves y el “grupo de los vascos”, con Nicolás Redondo y Enrique Múgica como destacados.

Será fundamental esperar al congreso de Suresnes (11-13 de octubre de 1974), para conocer el resultado final de aquella confrontación socialista. Ganaron los jóvenes, el grupo de los sevillanos apoyados por los vascos, pues, aunque en un primer momento se ofreció la presidencia a Nicolás Redondo, este declino la oferta en favor de Felipe Gónzalez.

A este lado del espectro de la izquierda empezaron a producirse convergencias que, al igual que las de la Junta democrática, eran de lo más extravagantes. Así se unieron los socialistas y sectores de la izquierda democristiana, capitaneados por Ruiz-Giménez, que había sido ministro de Franco y que posteriormente creó Izquierda democrática, también se unieron a ellos algunos falangistas.  Prueba de aquella simbiosis un tanto contra natura es la reunión celebrada en noviembre de 1974, en la madrileña calle del Segre, por un grupo de personas promovidas por el falangista Dionisio Ridruejo. Trataban de organizar lo que luego fue la Plataforma de Convergencia Democrática. En esa reunión además de Dionisio Ridruejo estaban los socialistas Felipe González, Txiki Benegas, y Nicolás Redondo Urbieta. El nacionalista catalán Heribert Barrera y los democristianos Juan Ajuriaguerra, José María Gil-Robles (hijo) y Jaime Cortezo. Todos ellos fueron detenidos por la policía. Se libraron de la detención dos personalidades que se habían marchado antes de la reunión: Joaquín Ruiz-Giménez y Fernando Álvarez de Miranda. Cuando estos dos últimos conocieron la noticia al día siguiente, se presentaron en comisaría para autoinculparse y que los detuvieran. Todos fueron puestos en libertad.

Este sector era observado con benevolencia por el régimen, ya en su declive, y por estar apoyados por EE.UU, Alemania y Suecia.

La idea de este grupo era abandonar el marxismo ortodoxo y avanzar hacia una fórmula socialdemócrata al modo sueco, muy flexible, según las circunstancias, y que permitiera incorporar a sus filas a un espectro popular de mayor amplitud que el PCE. Esa flexibilidad los llevó a aceptar la monarquía del Rey Juan Carlos como medio de lograr no una ruptura sino una reforma. Asimismo, contribuían a conseguir una idea preeminente en Willy Brandt: derrotar al eurocomunismo y evitar el contagio portugués en España, y de ahí al resto de Europa.

El 11 de junio de 1975, se presentó la Plataforma de Convergencia Democrática conducida por el PSOE, con 15 organizaciones más: el Movimiento Comunista de España (no confundir con el Partido Comunista); la Unión Social Democrática Española (de Dionisio Ridruejo); la Izquierda Democrática Cristiana de Ruíz-Giménez; el PNV (que se fue de la Junta del PCE) o el sindicato UGT e incluso algunas escisiones de otras organizaciones también presentes en la Junta Democrática, como el Partido Carlista …

En su primer manifiesto pregonaban la ruptura con todo lo anterior y la creación de una España federal con el derecho a la autodeterminación de todas sus “nacionalidades y regiones”. Pero era un radicalismo impostado, más dirigido a las bases obreras a fin de que no se fueran con la Junta Democrática comunista. En cambio, de puertas adentro la estrategia del PSOE era reformista. Así se presentaban ante Wells Stabler, embajador de EE.UU en España. Felipe González consideraba que si querían llegar a gobernar tenían que alejarse de los extremismos. Además, al contrario de lo que había pasado con el PSP de Tierno que siguió en la Junta comunista, esta posición más moderada le valió el apoyo exterior de Brandt, Palme, Harold Wilson, Craxi y otros. Esas posiciones, radical, de cara a la militancia y reformista en su interior eran incoherentes y, como señalaba Virgilio Zapatero, lo que existía era una gran confusión y cierto desahogo ideológico.

El 26 de marzo de 1976, mediante la presentación de un manifiesto, la Junta Democrática acabó uniéndose a la Plataforma de Convergencia Democrática para formar “Coordinación Democrática» (conocido popularmente como «Platajunta»). Buscaba la unificando de toda la oposición antifranquista antes de las elecciones de 1977. El organizador de la fusión fue Antonio García-Trevijano, gran partidario, como vimos, de la ruptura. Sin embargo, Carrillo ya conocía y apoyaba los proyectos del Rey Juan Carlos que había sabido atraerlo a sus posiciones. Por su parte, los socialistas, aunque se habían unido oficialmente a la Platajunta, por detrás, iniciaron una campaña de desprestigio de Trevijano, pues ya tenían pactada su participación en la reforma política comandada por el Rey Juan Carlos y por el Presidente Adolfo Suarez. La reforma política pactada, limitó y acabó con la influencia de la Platajunta en favor de la Ley para la Reforma Política de 1977. Y con ella se produjo la desaparición de multitud de grupúsculos que no tenían ni gran organización ni mayor influencia y se generó, en la izquierda, la hegemonía del PSOE sobre el PCE.

 

BIBLIOGRAFÍA

CARR, Raymond y FUSI, Juan Pablo. – “España de la dictadura a la democracia”. Ed. Planeta. 1979.

JIMÉNEZ LOSANTOS, Federico. – “Memoria del Comunismo. De Lenin a Podemos”. La esfera de los libros. 2018.

UBIETO, A; REGLÁ, J; JOVER, J.M. Y SECO. C.- “Introducción a la Historia de España”. Ed. Teide. 1983.

VILCHES, Jorge. “1975. Esta España viva, Esta España Muerta”. Ed. La esfera de los libros. 2025.

 

EL CONTUBERNIO DE MÚNICH

Tras el final de la II Guerra Mundial, muchos políticos europeos consideraron que había que realizar un movimiento paneuropeísta a fin de dirimir amistosamente las diferencias que surgieran entre los países europeos, en vez de recurrir a enfrentamientos armados que tantos disgustos habían dado. Aquel movimiento, del que Churchill fue uno de sus primeros impulsores, defendía los principios de la democracia liberal. Ya lo vimos en las entradas sobre la creación de una conciencia europea https://algodehistoria.home.blog/2019/09/19/creacion-de-una-conciencia-europea-2/

Pero Churchill no fue el único, en toda Europa existían otra serie de movimientos con la misma finalidad europeísta: el liberal, el socialista, el federalista y el demócrata-cristiano. En la confluencia de esas ideas se van construyendo las instituciones europeas. Así, en 1949, se crea el Consejo de Europa. En 1951, ve la luz la CECA; su tratado constitutivo fue firmado por Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos. En 1957, se firman, en Roma, el tratado que crea el Mercado Común y el que da lugar al EURATOM.

Mientras tanto, en España, se intenta salir del aislamiento al que estábamos sometidos tras el final de la II Guerra Mundial con tres acuerdos, todos ellos de 1953: en enero, España se incorpora a la UNESCO; en agosto, se firmó el concordato con la Santa Sede, y, en septiembre, se firma el Tratado de Amistad y Cooperación con los EE. UU (que realmente eran tres tratados, entre los que se permitía la presencia de bases americanas). A cambio, España, empezaba a ser considerada parte del mundo occidental.  Al mismo tiempo, surgen en España los primeros grupos europeístas a la luz de lo que se estaba produciendo en Europa. Aquellos movimientos que, evidentemente, buscaban una apertura del régimen, estando muy mal vistos por el franquismo como era lógico, aunque no fueron perseguidos de manera inmediata entre otras razones porque su grupo más activo estaba vinculado a la Iglesia Católica y a la Asociación Católica de Propagandistas. Hubo un segundo grupo, más en la clandestinidad, que también tuvo cierta fuerza en aquel movimiento europeísta. Se formó en la Universidad de Salamanca y entre sus miembros destacaba el profesor Enrique Tierno Galván.

Pero son los primeros, en torno a la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), los que de verdad movilizan a un numeroso grupo de personas. Tuvieron la astucia de nacer como asociación cultural, aparentemente sin vinculación política, lo que les permitía una mayor desenvoltura.

El gobierno no quería ni oír hablar del movimiento europeísta ni del Mercado Común; de hecho, el mismo Franco, en el discurso de Navidad de 1956, manifestó que la idea de una unión europea estaba llamada al fracaso. Sin embargo, en mayo de 1957, crea una comisión con forma de oficina de información que ha de estudiar cómo afectan los acuerdos europeos el régimen. Poco después, en 1959, el plan de estabilización de los tecnócratas requería un cambio de rumbo económico lo que obligaba a una cierta apertura al exterior. Con esa perspectiva, España logra entrar en lo que hoy son el Fondo Monetario Internacional y la OCDE.

Igual que el régimen evoluciona, las asociaciones europeístas también lo hacen pasando de meras asociaciones culturales a grupos políticos. Especial cambio sufre la AECE de los propagandistas cuando es nombrado presidente de la misma José María Gil Robles y se unen a ella no sólo los democristianos sino también ciertos sectores liberales y algunos socialistas. Esta asociación se pone en contacto con los españoles en el exilio, pero excluyendo a los comunistas. Ni los Comunistas estaban bien vistos en Europa ni ellos veían con buenos ojos la comunidad europea que se fraguaba. Además, los socialistas no querían que se les asociara con ellos. Este grupo de europeístas españoles, del interior y del exterior, habían previsto un primer encuentro en Mallorca, que poco tiempo antes de que se produjera fue suspendido por orden gubernativa. Todos los actores de aquel tiempo coinciden en que fue la ceguera del Ministro de Gobernación lo que hizo fracasar aquella reunión y dio lugar a la convocatoria de una reunión de los movimientos europeístas españoles en el marco del propio Movimiento Europeo, que había de celebrar su IV Congreso en el mes de junio de 1962 (del 5 al 8 de junio), en la ciudad de Múnich.

En una de las aparentes contradicciones del régimen, el 9 de febrero de 1962, España solicita la apertura de negociaciones para entrar en la CEE. Realmente, aquello no era más que una concesión formalista de Franco a los empresarios españoles que clamaban por una mayor apertura al exterior, pero el Caudillo no tenía ningún interés en entrar en el Mercado Común, ni los miembros del tratado de Roma de que España entrara, por eso rechazaron la solicitud española.

Mientras tanto, seguía en marcha la organización de la participación española en el congreso de Múnich. Salvador de Madariaga que representaba a los liberales españoles exiliados y llevaba la dirección de la participación española en Múnich se encargó de lograr el apoyo de los organizadores, especialmente de Robert Van Schendel, Secretario General del Movimiento Europeo desde 1955, que trabajó al lado de los eminentes y míticos padres de la Europa Unida, como Robert Schuman, Walter Hallestein, Jean Rey, Maurice Faure y que conocía perfectamente toda la problemática del europeísmo español. En el interior, fue José María Gil-Robles quien asumió la responsabilidad de coordinar la asistencia y los trabajos para el congreso, en unas condiciones nada fáciles. Ambos contaron con varios colaboradores en la organización: Gorkin, antiguo miembro del PROUM, como conseguidor de fondos- fue la CIA la que estaba interesada en aquel congreso y la que aportó los fondos para los viajes y las estancias en Múnich-. Fue Enrique Adroher, conocido como Gironella, el dirigente socialista que negoció con Gil Robles la estructura de la representación. Querían que fuera numerosa- más de 100 personas- que hubiera más representantes del interior que del exterior y que del interior abundaran los representantes de la derecha y, por supuesto, la ya mencionada inasistencia de comunistas. Fue José Vidal Beneyto el encargado de coordinar y enlazar el interior y el exterior. El reclutamiento interior vino de la mano de Beneyto y de Fernando Álvarez de Miranda, entre otros. Se buscaron representantes de la Iglesia, de la banca, del ejército. Asistieron miembros de la Asociación Católica de Propagandistas, de Acción Católica, de la banca, hasta falangistas como Dionisio Ridruejo. Pero no aceptaron ir los representantes del Opus Dei. Al final la delegación española contó con 118 representantes, 80 de los cuales fueron del interior y el resto del exterior. Aquí se puede consultar el listado de participantes (si bien en este listado realizado en el aniversario del congreso se omite por error 4 nombres): http://www.movimientoeuropeo.org/contubernio-de-munich/

Los representantes españoles parten para Múnich cuando había estallado una huelga en la minería asturiana secundada por obreros de otros lugares, destacando los conflictos en el País Vasco, lo que provocó la declaración del estado de excepción en ambas regiones.

Evidentemente, el régimen, conocedor del congreso, no se estuvo quieto y presionó a los organizadores y al gobierno alemán para que la delegación española no tuviera participación activa en el congreso. Incluso enviaron a espías franquistas a Múnich con el fin de tener información de primera mano de lo que allí ocurriera. Se dice que una de las cosas que más inquietó y enfadó al tiempo a Franco fue la presencia de Dionisio Ridruejo, uno de los falangistas de la primera hora y responsable de la propaganda del bando franquista en la Guerra Civil, en aquel cónclave europeísta.

Al llegar a Múnich los congresistas hispanos se dividieron en dos grupos de trabajo, uno del interior y otro con los del exterior. Esto desconcertó a los participantes pues creían que iban a estar en una reunión conjunta. Se hizo así para mitigar una posible tensión al reunir a personas que unos años antes habían estado combatiendo en bandos enfrentados. Sin embargo, los intercambios entre congresistas fueron constantes y tras los primeros acuerdos entre cada sector se produjo la ansiada reunión conjunta. De ella salió un texto común que, en resumen, defendía el compromiso de luchar por la instauración en España de instituciones representativas y democráticas; la efectiva garantía de los derechos humanos; el respeto a las libertades individuales con especial mención a la de expresión, reunión, asociación, sindicales, la posibilidad de organizar corrientes de opinión y partidos políticos.

Aquel texto tropezó en un primer momento con un punto de fricción al insistir los socialistas en que figurara la república como forma política de Estado. Los monárquicos no podían aceptar esta propuesta. Joaquín Satrústegui, miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona -también Gil Robles lo era- consiguió convencer a los socialistas de que aceptaran como forma de Estado la monarquía democrática y parlamentaria al haber sido un poder neutral durante la guerra. El Rey se había marchado y su hijo y heredero, don Juan, no era partidario del franquismo. La república y los republicanos habían sido uno de los bandos de la guerra y establecer la república como forma de Estado era querer imponer una victoria después de haber sido derrotados y eso no podían aceptarlo los representantes del interior. Al final, Rodolfo Llopis – representante del PSOE en el exilio solicitó a Joaquín Satrústegui que transmitiera al Conde de Barcelona lo siguiente:

“El PSOE tiene un compromiso con la República que mantendrá hasta el final. Ahora bien, si la Corona logra establecer pacíficamente una verdadera democracia, a partir de ese momento el PSOE respaldará lealmente a la Monarquía.”

Gil Robles y Rodolfo Llopis sellaron el acuerdo con un emocionante abrazo de reconciliación. El manifiesto se leyó en la reunión del congreso acompañado de dos discursos uno de Gil Robles y otro de Salvador de Madariaga. Ambos brillantes, ambos emocionantes, ambos lograron poner de pie al auditorio.

Estos discursos fueron aireados por la prensa mundial. En España, el ministro de información, Arias Salgado, en otro error sin precedentes, desencadenó una campaña innecesariamente brutal contra los asistentes. Utilizó al periódico afín al régimen “Arriba” para sus fines. Éste empleó la descalificación de “contubernio” -alianza para fines censurables o la cohabitación ilegal de dos personas-, para definir la reunión de los miembros de un congreso europeísta; lo que era volver al lenguaje rebuscadamente agresivo de otros tiempos. Aquella excitación de algunos sectores del franquismo llevó a la aprobación de un Decreto-ley  el 8 de junio por el que el general Franco suspendía la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles, es decir, terminaba con la libertad de residencia, una de las pocas reconocidas en España. Se trataba del paso previo a la represión que siguió a los participantes. A pesar de que el gobierno alemán reclamó a Franco que no encarcelase ni reprimiese a los participantes y éste manifestó que la idea alemana de España como país represor era anticuada y nada realista, al regreso a España, los congresistas hispanos de Múnich fueron detenidos y enviados al destierro a las islas Canarias. Un numeroso grupo, Satrústegui, Jaime Miralles y Álvarez de Miranda entre ellos, fueron deportados a la isla de Fuerteventura y otros, a la de Hierro. Iñigo Cavero, contaba en sus clases en la facultad, cuáles eran condiciones de vida en Hierro en aquellos años, las de Fuerteventura no eran mejores: alejados de su familia, sin saber cuándo volverían a verlos y sin las comodidades que hoy existen en las Islas Canarias. Entonces no había agua corriente ni la electricidad funcionaba adecuadamente. No pensemos en el paraíso canario actual, sino en islas pequeñas, sin infraestructuras adecuadas y aisladas.

Aquella reclusión duró aproximadamente unos 11 meses. Si bien, marcó la vida de los participantes a su vuelta a la vida civil en aquellos años. Si la situación no fue peor, se debió a la promesa realizada a Alemania y, sobre todo, porque Franco se percató de que necesitaba abrir las fronteras para mejorar la economía. Ahora, la idea de ingresar en el Mercado Común se iba haciendo más aceptable. Se dio cuenta del error de Arias Salgado, el cual fue destituido. Su lugar lo ocupó Manuel Fraga. Curiosamente, Fraga, con gran visión, empezó una tarea aperturista que se inició con su ley de prensa de la que ya tratamos en este blog ( https://algodehistoria.home.blog/2020/11/20/libertad-de-prensa-ley-fraga-1966/ )y que permitió poco a poco, abrir España al exterior y a cierta flexibilidad. Se puede decir que Fraga fue uno de los triunfadores del contubernio de Múnich, sin haber participado en él.

Otras de las consecuencias de aquel congreso fueron las siguientes:

1.- En Múnich se harían presentes los partidos y las ideologías que años después alcanzarían presencia mayoritaria en las elecciones nacionales.

2.- El consenso que hizo posible la Constitución de 1978 tiene en la idea de Europa una de sus principales causas.

3.- La izquierda se forjó en torno al PSOE. Curiosamente, la oposición al franquismo la habían llevado a cabo en España el PCE y CC.OO. Como dijo sarcástica y gráficamente Santiago Carrillo, el PSOE había estado “cuarenta años de vacaciones”. Pero a raíz de Múnich los europeos vieron en el PSOE la fuerza de izquierda adecuada para España y así en su 27º congreso (Madrid, diciembre de 1976) Felipe González apareció apoyado por Willy Brandt, François Mitterrand, Olof Palme, Pietro Nenni, Michael Foot, Simon Peres… Carrillo tuvo que conformarse con dos o tres representantes menores del llamado eurocomunismo en alguno de sus mítines. Jorge Semprún (1923-2011), intelectual y antiguo miembro del PCE, lo contó en su libro, “Autobiografía de Federico Sánchez”, en el que afirmaba que el PCE aparecía como partido ambiguo ante los valores democráticos y cosmopolitas europeos. El resultado fue una amplísima diferencia de votos en favor del PSOE frente al PCE en las elecciones de 1977.

4.- El Congreso de Múnich también supuso la confirmación de la monarquía como forma política del Estado, pero no en la figura de Don Juan, pues fue muy crítico con el congreso de Múnich, lo que le hizo perder la confianza de los republicanos. Así emerge la figura de su hijo, Juan Carlos I, como único posible Rey, aceptado por izquierda y derecha, que pudiese encarnar el futuro democrático de España.

BIBLIOGRAFÍA

Joaquín Satrústegui. Ensayo titulado “La política de Don Juan en el exilio”. 1990

Paul Preston. “Franco: Caudillo de España”. Barcelona. Círculo de lectores. 1994

Fernando ÁLVAREZ DE MIRANDA. “Del «contubernio» de Múnich al consenso”. Barcelona, Ed. Planeta,1985

Jordi Amat. “La primavera de Múnich”. TUSQUETS. 2016