LAS HERMANAS CLARY Y NUESTRA REINA AUSENTE.

Como se acerca la Navidad vamos a tratar un divertimento muy familiar. Vamos a hablar de dos hermanas que llegaron a ser reinas. Una de ellas de España. Una reina que nunca pisó territorio nacional y posiblemente sea la más desconocida de nuestras consortes en la Edad Contemporánea.

Me refiero a las hermanas Clary, Julia y Desirée. Hijas de un rico comerciante de sedas de Marsella, François Clary. La buena posición económica hace que Monsieur Clary se case, en segundas nupcias, con una señora perteneciente a la alta burguesía de la ciudad. Fruto de ese segundo matrimonio nacen nuestras hermanas protagonistas: Julia en 1771 y Desirée en 1777.

Cuando estalló la Revolución Francesa (1789), alcanzó Marsella y la llenó, como al resto de Francia, de episodios de radicalismo y violencia. La riqueza alcanzada por la familia Clary les había dado notoriedad social y, así, uno de los hijos varones de nuestro comerciante había alcanzado lustre suficiente como para convertirse en diputado del departamento de las Bocas del Ródano durante el Consulado, con cargos administrativos bajo el Imperio. Por ello, en 1792 se convirtió en objetivo de El Terror y fue encarcelado.

Ambas hermanas se dirigieron a solicitar clemencia por su hermano ante los jóvenes militares de la Revolución. Entre ellos figuraban dos hermanos de posición social menos importante que la de nuestras protagonistas, lo que en aquellos tiempos tenía su trascendencia. Uno de esos hermanos era el jefe de la Artillería en el sitio de Toulon, el otro era el secretario del Ejercito. A este segundo, llamado José, se dirigieron las hermanas Clary. José logró liberar al hermano detenido, al tiempo que quedaba prendado de la pequeña Desirée. El caso es que ese flechazo lo sintió también el hermano menor de los dos (Napoleón). La capacidad de persuasión de Napoleón sobre su hermano hizo que José se prometiera con Julia -bajita, delgadita,  con ojos marrones vivarachos-, no era la hermana más agraciada. Sin embargo, ambas gozaban de modales refinados y excelente educación, lo que las hacía más atractivas.

Napoleón se promete con Desirée el 21 de abril de 1795.

Sin embargo, esta promesa se rompió cuando Napoleón conoció a Josefina Beauharnais, viuda rica, cosmopolita, próxima a los círculos de Barrás, y con influencias suficientes para abrirle unas puertas que la ambición política de Napoleón no podía desdeñar. Dejó a Desirée, quien en las cartas que se conservan en los archivos históricos de Suecia le dijo: “Has hecho mi vida miserable, pero soy bastante débil para perdonarte”.

Napoleón se casó con Josefina en 1796. Pero no dejó abandonados ni a su hermano José, ni a su antigua novia. Motivo por el cual, Josefina, que no se fiaba, logró que Napoleón casara a Desirée con Jean-Baptiste Bernadotte, uno de sus mariscales más brillantes.

En este punto la vida de las dos hermanas sigue caminos diferentes, aunque no tanto como pudiera parecer.

En 1794, Julia se casó con José Bonaparte. No se sabe bien si en una ceremonia religiosa muy discreta o en una ceremonia civil. La historiografía no se pone de acuerdo, aunque hay razones para pensar que, dado el ambiente revolucionario poco cristiano, fue una ceremonia civil , afianzándose esta opinión debido a que la ceremonia de la boda civil se ocultó a la religiosa sociedad española de entonces para evitar aún mayor aversión hacia los nuevos reyes. Pero nos hemos adelantado unos años.

Durante las guerras napoleónicas, José I actuó como enviado de su hermano y firmó tratados con Estados Unidos, Austria, Gran Bretaña y el Vaticano. Fue embajador en Roma en 1797 y contribuyó a la preparación del golpe de Estado dado por su hermano, el 9 de noviembre de 1799 (logrado tras una reunión organizada por Julia en su finca familiar, y con las buenas relaciones de Josefina).

La vida familiar continuaba en todo este periplo y llegaron al mundo las dos hijas de Julia y José (Zenaida y Carlota. Fue Carlota la más conocida de las hermanas, por su actividad como artista y pintora. Ambas se casaron con primos suyos, Bonaparte, y tuvieron título aristocrático. Carlota falleció en 1839 y está enterrada en la Santa Croce en Florencia).

Napoleón, ya emperador, adjudicó a su hermano José el Trono de Nápoles en 1806, donde gobernó hasta el verano de 1808. Julia le acompañó a Italia donde ejerció de reina consorte.

Después de las abdicaciones de Bayona, Napoleón instaló a su hermano José al frente de la Corona española ( el 7 de julio de 1808 era proclamado Rey de España y de las Indias. Prestó juramento en las Cortes, reunidas por su hermano en la ciudad francesa de Bayona – que previamente habían aprobado la Constitución ofrecida por Napoleón a los españoles-) y proclamó a Murat, que estaba al frente de las tropas francesas en España, como Rey de Nápoles.

En España, José reinó cinco años marcados por la Guerra de la Independencia. Mientras, Julia se instalaba en Francia, con sus hijas. Nunca pisó suelo español y se la conoció como la “reina ausente”.

El nuevo rey nunca fue del agrado popular llegando incluso despectivamente a llamarle con el mote de Pepe Botella . Aunque era abstemio. El rey José trataba de atraerse la simpatía del pueblo llano, otorgando leyes populares y organizando fiestas (por ejemplo, retiró los impuestos sobre el alcohol y abolió el tribunal de la Inquisición – abolió la Inquisición el 4 de diciembre de 1808 a través de los decretos de Chamartín. Sin embargo, esta abolición solo tuvo efecto en la España «afrancesada» bajo su control y no se aplicó en la España «patriota», donde fue abolida posteriormente por las Cortes de Cádiz en 1813), pero no había forma de que los españoles le quisiéramos ni un poquito. Se le consideraban como el máximo representante de la opresión extranjera. En enero de 1810, dirigió personalmente la campaña de Andalucía. Un año después, y tras realizar un viaje a París, quiso abdicar, pero Napoleón le nombró generalísimo de todo el ejército de España. En 1812, al constituirse las Cortes de Cádiz, intentó infructuosamente alcanzar un acuerdo con ellas. Las derrotas francesas en Arapiles (julio de 1812) y la de Vitoria (13 de junio de 1813), terminaron en el final de su breve reinado español en 1813. En diciembre de este mismo año, se firmaba el tratado de Valençay, por el que Napoleón reconocía a Fernando VII como rey de España. El 13 de marzo de 1814, José I Bonaparte regresaba a Francia, no sin antes llevarse con él un buen número de las joyas de la corona española. Muchas valieron para sufragar las guerras napoleónicas , otras acabaron en manos de Julia. De entre estas últimas, la famosa perla Peregrina, que llevaba en poder de la Corona española desde Felipe II. Julia, en su testamento, legó la perla Peregrina a su sobrino Carlos Luis Napoleón-Bonaparte (futuro Napoleón III). Tras ser derrocado, Napoleón III se exilia en Inglaterra, donde vendió la famosa perla en 1848 al marqués de Abercorn, y desde allí fue pasando a diversos coleccionistas y millonarios de forma privada.

Pero dejemos el saqueo de nuestras joyas y volvamos al matrimonio Bonaparte.

A José se le ofreció ser emperador de México, pero al final se quedó en Washington, mientras julia permaneció en París debido a sus problemas de salud y por las constantes infidelidades de su esposo. En Francia mantuvo una vida holgada gracias a la venta de algunas joyas y a la ayuda de su hermana, de la que enseguida hablaremos.

Finalmente, tras el derrocamiento de Napoleón I,  José vuelve a Europa, primero a Londres, y posteriormente, en 1841, a Florencia. Pidió perdón a Julia, que le perdona y se instala con él en Florencia, donde le cuidará en sus últimos días. José muere en Florencia el 28 de julio de 1844 y Julia al año siguiente.

A Desirée la habíamos dejado casada con Jean-Baptiste Bernadotte. Matrimonio que se concertó con un contrato prenupcial, algo novedosísimo para la época. Esto permitiría a Desirée mantenerse como única dueña de su herencia familiar, evitando que su marido interfiriera en su independencia económica. Gracias a ese dinero pudo sufragar su lujosa vida en París y, ayudar a su hermana,  mientras su esposo iba de batalla en batalla. En 1799 nació su único hijo, Óscar

En 1798, Bernadotte, fue nombrado ministro de la Guerra, responsabilidad para la que demostró grandes habilidades.

Bernadotte, en aquel tiempo se mantuvo a poca distancia de Napoleón, pero ya mostraba ideas propias cuando se negó a apoyarle en los preparativos del golpe de Estado de noviembre de 1799 (18 de Brumario). Al llegar el Imperio, Bernadotte fue nombrado uno de los dieciocho mariscales de Francia. Siempre fue un gran militar, corroborándolo, por ejemplo,  en la magnífica dirección militar que llevó a la victoria francesa en Austerlitz, lo que le valió el título de príncipe de Pontecorvo. Como decimos, siempre tuvo sus más y sus menos con Napoleón al que desobedeció en más de una ocasión. Al tiempo que entre sus hombres se labraba una fama de independencia, incorruptibilidad, moderación y capacidad administrativa. Fama que incluso se extendió por los territorios que ocupó y administró.

Fue el primero en quien pensó Napoleón para ocupar la corona española, pero la rechazó, de ahí que recayera en José Bonaparte.

En 1810, a punto de tomar posesión como gobernador en Roma , fue elegido heredero de la corona sueca. Esta elección realizada por el ejército sueco se debió a que el ejército, previendo futuras complicaciones con Rusia , se mostraba favorable a la elección de un soldado como heredero, y en parte también porque Bernadotte era muy popular en Suecia por el buen trato dispensado a los prisioneros suecos durante la última guerra contra Dinamarca.

El 5 de noviembre de 1810, recibía el homenaje de los estados suecos, siendo adoptado por el rey Carlos XIII bajo el nombre de Carlos Juan. El nuevo príncipe fue pronto muy popular, y se convirtió en el hombre más poderoso de Suecia y Noruega (las coronas estaban unidas).

En 1813, alió la corona sueco-noruega con Gran Bretaña y Prusia en la Sexta Coalición contra Napoleón. Dos años más tarde, 18 de junio de 1815, tuvo lugar la batalla de Waterloo, el principio del fin del Imperio de Napoleón, una derrota lograda por Arthur Wellesley, duque de Wellington, que dirigía una tropa aliada de varios países europeos entre ellos, Suecia y Noruega.

Los Bernadotte fueron coronados reyes de Suecia y Noruega en 1823. Jean-Baptiste Bernadotte reinó bajo el nombre de Carlos XIV.

Asentada ya en Estocolmo, la vida de la reina Desirée fue larga, ya que vivió hasta los 83 años en una época de gran bonanza para su nuevo país. Aunque nunca aprendió sueco y emprendía viajes personales secretos bajo el nombre de condesa de Gotland, sobre todo para ir a Francia, llegó a ser muy querida por los ciudadanos nórdicos.

La literatura y sobre todo el cine han contribuido a incrementar la leyenda, históricamente no comprobada , del mantenimiento de su amistad con Napoleón.  Esa leyenda popular, quedó reflejada en la película ‘Désirée’. con Jean Simmons en el papel de Desirée y Marlon Brando como Napoleón.  Meses antes de su fallecimiento, su nieta menor (princesa Eugenia) le preguntó lo que más extrañaba de Francia, y esta le respondió: «Tener 18 años y ser muy feliz porque el amor entró una tarde por la puerta de mi casa de Marsella».

Por último, no podemos olvidarnos de mencionar que, cosas del destino (o de la amistad perdurable y el interés político), el hijo de Jean-Baptiste y Désirée, el rey Oscar I, se casó con Josefina de Leuchtenberg. Es decir, con la nieta de Josefina de Beauharnais (por parte de su primer matrimonio con el vizconde de Beauharnais).

Desirée falleció el 17 de diciembre 1860 en Estocolmo y al igual que el rey Carlos XIV (fallecido en 1844) está enterrada en la Iglesia de Riddarholmen, ubicada en la isla Riddarholmen – siendo uno de los edificios más altos y vistosos en el perfil urbano de Estocolmo- y que sirve como panteón de los reyes suecos.

La actual casa reinante en Suecia procede directamente de Jean-Baptiste y Désirée Bernadotte.

FELIZ NAVIDAD Y UN AÑO 2026 LLENO DE VENTURA, PARA TODOS MIS LECTORES

VII Conde de Toreno

Esta entrada se la dedico a mis amigos M.ª Ángeles Z., Luis A., y sus hijos.

José María Queipo de Llano y Ruiz de Saravia. VII Conde de Toreno, vizconde de Matarrosa. Nacido en Oviedo, el 26 de noviembre de 1786, y fallecido en París, el 16 de septiembre de 1843, fue un político- yo diría que la expresión más adecuada para definirle es, hombre de Estado-, liberal y excelente historiador.

Nació como primogénito de la casa de Toreno, una de las más ricas, antiguas e ilustres del Principado de Asturias. Único hijo varón de una familia con 5 hijos, fue educado de manera excelsa y exquisita. Cuando contaba con 4 años de edad, su familia se traslada a Madrid,  donde tiene como preceptor a su paisano Juan Valdés. Valdés, culto y liberal, instruye al niño en latín, literatura, humanidades, matemáticas y física. Hizo cursos avanzados en química, mineralogía y botánica. De gran facilidad para los idiomas, hablará griego clásico, francés, inglés e italiano, así como algo de alemán; pero dónde destacó fue en su facilidad para el conocimiento y uso del castellano. Las enseñanzas de su maestro Valdés no se limitaron a los aspectos culturales, sino que influyó de manera muy destacada en su pensamiento político, de tendencia liberal, al iniciarle en la lectura de libros como El Emilio El Contrato Social, de Rousseau.

Partamos de una aclaración previa, que veremos en profundidad en futuras entradas del blog. El liberalismo en el siglo XIX, el que profesaba nuestro invitado de hoy, se entendía como el movimiento contrario al antiguo régimen, como la defensa de la existencia del Estado para garantizar la igualdad ante la ley de todos sus ciudadanos y el respeto y garantía del ejercicio justo de las libertades individuales. Para ellos, el Estado debe contar con límites claros a su poder para que no constituya un impedimento al ejercicio de la vida libre y autónoma. No se trata de moderados o radicales, de progresistas o conservadores, sino de la esencia común a todos ellos.

Toreno fue en excelente estudiante, un hombre ilustrado y un escritor destacado que expresó en sus libros sus conocimientos de todo tipo, aunque destacó en sus textos sobre Historia y Política.

En 1803, sus padres regresaron a Asturias, y él continuó sus estudios y entabló contacto con grandes políticos liberales, muchos asturianos y otros de Madrid: Agustín Argüelles (apodado “el divino” por su oratoria durante las Cortes de Cádiz. Abogado, político y diplomático, fue presidente de las Cortes en 1841 y tutor de la reina Isabel II), José Fernández Queipo (pariente del nuestro personaje y brillante político asturiano) y Ramón Gil de la Cuadra (formó parte de la Junta de Instrucción Pública. Firmó el informe sobre la reforma general de la educación nacional que redactó la Comisión en las Cortes de Cádiz). Se cree que, por entonces, con sólo 17 años, hizo una traducción de Eutropio, escritor romano del siglo IV, autor de un Compendio de Historia Romana, en diez libros que no editó, pero que anunciaban su afición a los estudios históricos.

La guerra contra los franceses, el 2 de mayo de 1808, le sorprendió en Madrid. Tras abandonar Madrid e instalarse de nuevo en Oviedo y estando congregada la Junta General del Principado de la que era miembros natos los condes de Toreno, por privilegio de familia, fue incluido él –además de su padre- como miembro de la misma, con tan sólo 22 años. Fue elegido para viajar a Inglaterra a solicitar la ayuda militar inglesa frente al invasor francés. Representó en Londres a la Junta Suprema de Asturias y su papel resultó crucial. Logró que el ministro de Relaciones Extranjeras les recibiera y viera con buenos ojos prestar ayuda a España.  Allí entabló amistad con otros políticos y militares como Castlereahg, Wellington, lord Holland (político, hispanista, amigo de Jovellanos y elemento fundamental en la forja de nuestro Estado liberal en sus primeros momentos). También logró contactos para sus intereses intelectuales como el del escritor Scheridan.

En diciembre de 1808, regresó a Oviedo donde, a la muerte de su padre, cambió su título de vizconde de Matarrosa, por el de conde de Toreno. Permaneció en Oviedo hasta mayo de 1809, ocupado por asuntos familiares y en la asistencia a las sesiones de la Junta, hasta que llegó a Oviedo el marqués de La Romana – encargado del ejército español en la defensa del norte (ver https://algodehistoria.home.blog/2024/11/08/cuando-galicia-mostro-el-camino-de-la-libertad-al-resto-de-espana-puente-sampayo/ )

La Romana disolvió la Junta asturiana y creó otra a punta de bayoneta, y nombró a Toreno miembro de ella. Sin embargo, el conde, no estando de acuerdo con las formas del marqués, no aceptó el cargo y se enfrentó a La Romana. Esto le podría haber creado más de un disgusto, de los que se libró por ser invadida Asturias por el ejercito francés al mando de Ney. La Romana se refugió en las montañas de Covadonga – con menos éxito y valor que Pelayo- y cuando los franceses se marcharon hacia Galicia – sin abandonar Asturias-, se desplazó a Andalucía. Dejando a nuestro protagonista tranquilo. En 1810, Toreno viaja a Cádiz en representación de Asturias en la Junta Central que se reúne en la isla de León. La finalidad de la Junta de Asturias era transmitir a la Central que debía representar a la Regencia y convocar Cortes. Se le encargó la redacción de la exposición que permitiría la defensa de esas posiciones. Tuvo éxito de nuevo y logró la convocatoria, no sin tener algunos desencuentros entre sectores más conservadores.

Las Cortes se proclaman el día de la Merced (24 de septiembre) de 1810. La invasión de Asturias, retrasó las elecciones en el Principado. A ellas se presenta Toreno sin tener los 25 años necesarios para ser elegido Diputado, pero una dispensa del Congreso le permitió concurrir y ser representante de Asturias en las Cortes de Cádiz.

Todos sus discursos estuvieron llenos de brillantez y espíritu liberal. Defendió la propiedad, pero no los señoríos – en contra de sus propios intereses económicos y tradicionales, dando muestras de gran patriotismo-, la soberanía nacional, que la potestad legislativa fuera compartida por las Cortes y el Rey ( hasta entonces sólo la ejercía el monarca). Aceptó la existencia de una sola Cámara. Partidario de configurar una normativa uniforme sobre la Administración territorial y local, anticipa lo que serán sus posiciones durante la regencia de M.ª Cristina . Defendió la creación de la figura del Alcalde como jefe político – en representación de la Soberanía Nacional- con representación popular y mando en plaza.

Siguió siendo Diputado cuando las Cortes se trasladan a Madrid. Si bien, con la intención de residir en Asturias. Tenía prevista su salida de Madrid para Asturias el 5 de mayo de 1814, como así aconteció, pero con más precipitación de la deseada.  El día 4 de mayo, Fernando VII firmó el Decreto de Valencia por el que declaraba nulo y sin valor todo lo acontecido en las Cortes extraordinarias y ordinarias, volviendo a implantar el sistema del antiguo régimen. No sólo anuló la obra de Cádiz, sino que en vez de premiar a los patriotas que habían luchado por España y preservado su Trono, el Rey felón declaró rebeldes a los liberales y constitucionalistas de Cádiz . En Asturias, Toreno recibió la noticia de la disolución de las Cortes, de la prisión de los Regentes, de los ministros y de varios de los diputados amigos suyos, así como que él se hallaba en situación de busca y captura. Salió hacia Ribadeo con intención de llegar a Portugal y, una vez en Lisboa, decidió trasladarse a Londres. Quiso instalarse posteriormente en París, pero la Presencia de Napoleón le hizo volver a Londres.

Después de la batalla de Waterloo, y restablecido en el trono Luis XVIII, volvió a Francia, a principios de agosto de 1815, pensando que sería un lugar seguro; sin embargo, su cuñado el general Juan Diez Porlier, preso en La Coruña por sus ideas liberales, se levantó contra el régimen absolutista. El pronunciamiento se inicia en la noche del 18 al 19 de septiembre de 1815.

Fue un pronunciamiento de corte liberal, pero moderado, que pretendía la vuelta a la Constitución de Cádiz y la convocatoria de Cortes. Este levantamiento tuvo repercusiones en Francia, pues temeroso de que el ejemplo se trasladara al país vecino, le gobierno francés persiguió a los liberales españoles asentados en Francia. Como consecuencia de ello, el Conde de Toreno fue hecho prisionero durante dos meses, al cabo de los cuales fue liberado sin cargos. Sin cargos, sin propiedades – Fernando VII se las había incautado- vivió en París pobre, pero muy reconocido por su talento y sus escritos. De esta época es su obra, traducida a varios idiomas: “Noticia de los principales sucesos ocurridos en el gobierno de España desde 1808 hasta la disolución de las Cortes en 1814”.

En 1820, a raíz del levantamiento de Riego. Fernando VII, como tantos traidores que cambian de opinión cuando les viene bien, afirmó: “marcharemos francamente, y yo el primero por la senda constitucional”.  Al conde de Toreno se le restituyeron todos sus bienes. Fue nombrado ministro plenipotenciario en Berlín. Pero se negó a aceptar el puesto, esperando ser elegido Diputado por Asturias, como ocurrió.  A punto estuvo de ser nombrado presidente de las Cortes, pero aún sin la presidencia fue un parlamentario brillante, especialmente en materia económica. En esta etapa, colaboró y entabló amistad con Martínez de la Rosa y otros diputados. Su prestigio volvió a engrandecerse, y gracias a él se logró que los disturbios provocados por Riego y otros exaltados no fueran a mayores. Sus años de exilio y penurias le habían hecho más tolerante y negociador. De ahí que a Toreno y a Martínez de la Rosa les llamaran pasteleros. Fueron los exaltados los que apodaron de aquella manera a dos brillantes personajes de la vida española. Lo que puso en peligro sus vidas: a la salida del Congreso, intentaron asesinarle en 1822. Llevado a su casa, en la que vivía con su hermana, la viuda de Diez Portier, allanaron el edificio e hirieron a varios criados. Al día siguiente, magullados, pero dignos e íntegros, Toreno y Martínez de La Rosa, volvieron al Congreso.

El Rey le pidió formar gobierno, pero se negó. En cambio, aceptó dar los nombres para el nuevo gabinete y así dio el de Francisco Martínez de la Rosa. Toreno, que ya no era Diputado, se marchó a París previendo lo que se avecinaba con los acuerdos del Congreso de Verona y la llegada de los 100.000 mil hijos de San Luis.  Viajó con toda Europa y fue bien reconocido, pero su experiencia no dejaba de ser amarga, la amargura del exiliado. 10 años duró esta etapa, aunque larga, no participó en ninguna conspiración. En otros aspectos, estos años fueron muy destacados: tuvo contactos con ilustres personajes, Châteaubriand, Say, Madame Staël, M. de Villèle, , el general Fay, Benjamín Constant, N. de Lafayette, M. Guizot, M. Thiers, el duque de Broglie y otros insignes liberales que prepararon la nueva senda liberal en que entró Francia en 1830.

A fines de 1827 empezó a poner en práctica su proyecto de escribir una Historia de España. En 1830,  concluyó el libro décimo de esa obra. En 1831 presentó los libros undécimo y duodécimo. Durante el año siguiente volvió a viajar por toda la Europa central e Inglaterra; y, a pesar de tanto viaje, escribió otros seis tomos.

El 15 de octubre de 1832, la Reina Gobernadora publicó el decreto de la primera amnistía, con ciertas restricciones que desaparecerían en breve. Toreno volvió a España en julio de 1833 y se instaló en Asturias donde permaneció hasta la muerte del Rey.

La Diputación General de Asturias lo nombró su representante ante la Reina Gobernadora en las proclamaciones del nacimiento y minoría de edad de la princesa Isabel.

Tras los Gobiernos de Cea Bermúdez y el ministerio de Javier de Burgos que lidiaron por modernizar España, para lo que, entre otras medidas, reorganizaron territorialmente el País y su Administración con tal éxito que la división territorial dura hasta la actualidad.

La Reina Regente se vio obligada a elegir a ministros entre los sectores liberales, fundamentalmente porque los más conservadores- con los que quizá comulgaba más con sus ideas-, se habían aliado con los carlistas, que le habían declarado la guerra. A ello hay que unir su matrimonio (secreto. Aunque un secreto a voces) con un plebeyo Fernando Muñoz, lo que le impedía proclamar la boda frente a los carlistas que se consideraban legítimos herederos.

Entre los sectores liberales eligió a los más templados por entonces,  y así nuestro protagonista fue nombrado ministro de Hacienda en 1834, en el gobierno de Martínez de la Rosa, gobierno que aprueba la carta otorgada que es el Estatuto Real. Bajo los dictados del Estatuto Real se desarrollaron los gobiernos de Martínez de la Rosa, Toreno, Mendizábal e Isturiz.

La situación económica de España, con una deuda exterior desbocada y los mercados ingleses cerrados para nuestro país, era desalentadora. Sin embargo, las medidas de Toreno surtieron efecto y logró con gran éxito encauzar las cuentas públicas. Fue ministro durante la presidencia de Martínez de la Rosa. Cuando éste cesó, fue elegido presidente del Consejo de ministros, es decir, presidente del Gobierno reteniendo el Ministerio de Hacienda y desempeñando de forma interina el de Estado.

Su conocimiento de Francia y Gran Bretaña le llevó a querer la modernización de España al modo británico. Sin embargo, no pudo desarrollar estas cuestiones pues duró en el puesto tres meses; la sublevación militar de los sargentos de La Granja, en agosto de 1836, hizo que se marchara de nuevo a París y a Londres, huyendo ahora de los liberales, como antes había huido de los absolutistas. De vuelta a España, logra, de nuevo, ser Diputado por Asturias.

Tras el Estatuto Real de Martínez de la Rosa denostado por los liberales más exaltados que querían recuperar la constitución de 1812, Toreno y otros sectores moderados impulsaron la constitución de 1837. Menos moderada que el Estatuto Real, pero sacada adelante con el consenso de todas las fuerzas liberales. Fue una constitución aceptada por exaltados y moderados. Fue una constitución que duró menos de 10 años, pero con la trascendencia de haber significado la institucionalización definitiva de un régimen constitucional en España. Estaba inspirada en la francesa de Luis Felipe de Orleans y en el liberalismo radical de Bentham, que además de la constitución francesa, había inspirado las de Brasil, USA y el sistema británico. España gozaba en aquellos momentos de un de los sistemas libertades y derechos más avanzados del mundo. Determinó además el nacimiento de los partidos políticos, moderados, por un lado, progresistas por otro. Se implantó un nuevo sistema electoral. Las siguientes elecciones, las más limpias de todo el Siglo XIX español,  las ganaron los moderados y en ellas Toreno volvió a conseguir el acta de diputado por su provincia natal. El conde acudió a Madrid para desempeñar su cargo de diputado y recibir el título de Grande de España que le había concedido la Reina.

Para entonces ya llevaba escritos 18 volúmenes de su Historia de España.

La regente María Cristina de Borbón, tras la revolución de 1840 que causa su dimisión, abandona el país. Se inicia así la regencia de Espartero (1840-1843).

Toreno, al igual que la Reina Regente y otros liberales, se instala en Francia con toda su familia. Se inicia en la recopilación de material para escribir una Historia de la Casa de Austria. Recorrió Alemania, Suiza, Italia, Bélgica y Países Bajos, todo lugar que le permitiera documentarse sobre este trabajo histórico.

En 1843, cuando, depuesto Espartero, se disponía a volver a España, falleció de manera inesperada y en pocos días.

Dejó viuda y tres hijos. Sus restos se depositaron en el cementerio de San Isidro de Madrid, para ser luego trasladados al panteón familiar de Cangas de Tineo.

La Real Academia de la Historia le había nombrado académico. Cuando murió, España se encontraba en una de tantas situaciones críticas que necesitan de las cabezas más brillantes para superar el futuro, pero Toreno ya no estaba.

A personas como Toreno se los echa de menos, entonces y ahora.

BIBLIOGRAFÍA

GONZÁLEZ MUÑIZ, Miguel Ángel.- “Los Asturianos y la Política”. Ed.  Ayalga, 1976 .

JOVER ZAMORA, José María  ( DIR.) “Historia de España: La España de Fernando VII”. Espasa-Calpe. 1978.

MARCO, José María. “Una Historia patriótica de España”. Planeta.2011

VARELA SUANZES-CARPEGNA. Joaquín- “ El Conde de Toreno (1786- 1843). Biografía de un liberal”. Ed Marcial Pons, 2005.

PALACIO ATARD, Vicente. “La España del Siglo XIX” Ed. Espasa-Calpe. 1981.

 

ALÍ BEY

Los que me conocen bien, saben que en verano yo cuelgo las botas, como si hubiera ganado la Champions, y, en vez de estudiar historia, me dedico a leer novela negra- nunca truculenta- pero sí de mucha investigación policial y/o mucho espía.

Como ya se acerca julio y el verano se nos echa encima, voy a aunar ambas diversiones, la historia y los espías. Iniciando aquí una nueve serie dedicada a tan intrépida profesión.

Espías españoles los ha habido siempre y siempre los habrá, buenos, valientes y eficaces… casi siempre, y aquellos que, aunque fuera brillantemente, espiaron para otro país. Los iremos viendo.

Hoy le dedicaré este espacio a Domingo Badía, alias Alí Bey, al que muchos consideran el mejor espía español de todos los tiempos. Esto de las clasificaciones siempre es discutible.

Domingo Badía y Leblich, nació en Barcelona el 1 de abril de 1767 y murió en Siria en agosto de 1818.

De familia acomodada gracias a su buena posición en la Administración española, pasó su infancia en Almería, donde se aprovisionaba a las tropas españolas destinadas en Ceuta y Melilla, familiarizándose así con el mundo islámico, por su contacto con mercaderes bereberes y con el territorio del norte de áfrica por las travesías que en compañía de su padre realizó a la costa africana.

En 1786, se matriculó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Gran estudioso, amante de los libros y de la lectura, se matriculó también en las Reales Escuelas de Química y Física. Posteriormente, sucedió a su padre como contador de guerra en la costa de Granada. En 1793, fue nombrado administrador de la Real Renta de Tabacos en Córdoba, tras haberse casado el año anterior. En Córdoba se granjeó fama como científico por sus experimentos sobre el peso de la atmósfera y los principios en los que se basa el funcionamiento del barómetro. Comenzó entonces a trabajar en su gran proyecto: la construcción de un globo aerostático que pensaba emplear para llevar a cabo observaciones atmosféricas, lo que le granjeó la mofa de sus vecinos e importantes deudas, que pagó su suegro. Motivo por el cual, pidió el traslado a Puerto Real y de ahí a Madrid, donde, con escaso sueldo y muchas privaciones, siguió adelante; pasando el tiempo que le dejaba el trabajo de librería en librería. Leía en inglés, francés, alemán y algo de árabe, y casi todos los libros estaban dedicados a la explotación de África. Pronto ideó un plan para establecer alianzas políticas y comerciales para España con la explotación del continente africano. Así mismo, pretendía una misión científica: cartográfica, de observaciones geológicas, meteorológicas, botánica… y todo ello con la peculiaridad de que quería viajar sólo y hacerse pasar por árabe durante sus viajes. Ese plan se lo entregó a Godoy en 1801.

A Godoy le interesaba establecer rutas comerciales en el interior de África en lo que con el tiempo sería Marruecos, pero le interesaba aún más las relaciones políticas con el sultán Solimán (1766-1822). Éste había embargado el comercio con España, especialmente grave por la importación de trigo que España traía de Marruecos, y, aún peor, por la presión que el sultán ejercía sobre Ceuta y Melilla. Pero la vida política en Marruecos no era pacífica, pues los rebeldes del sur del territorio se oponían al Sultán. A Godoy se le ocurrió que Badía podía reunirse con ellos y ofrecerles el respaldo militar de España para destronar a Solimán a cambio importantes concesiones comerciales. En sus Memorias, publicadas en 1836, Godoy observó: “Badía era el hombre para el caso. Valiente y arrojado como pocos, disimulado, astuto, de carácter emprendedor, amigo de aventuras, hombre de fantasía y verdadero original, de donde la poesía pudiera haber sacado muchos rasgos para sus héroes fabulosos; hasta sus mismas faltas, la violencia de sus pasiones y la genial intemperancia de su espíritu le hacían apto para aquel designio”.

Aunque, el 7 de agosto, el Rey había decidido aprobar el plan, no fue hasta la primavera de 1802 cuando Badía consiguió el dinero y el pasaporte, para poder emprender el viaje. Se trasladó, primero a París, y de allí a Londres. Entabló contacto con importantes científicos en ambos lugares y, en Inglaterra, logró los instrumentos científicos que le hacían falta para su exploración. Su maletín lleno con útiles para la astronomía no solo encerraba herramientas, cristales de aumento, instrumentos de medición, catalejos…; tenía un doble fondo que albergaba elementos para elevar el espionaje a la categoría de arte. Toda una gama de tintas invisibles circularían entre Badía y España, impresas en minúsculos trozos de papel diseñado a tal efecto. Porque Badía no era un espía al uso, llevaba consigo una misión política y también científica . Sus cuadernos de viaje, en los que recopilaba todos sus descubrimientos científicos, fueron admirados por Napoleón y estudiados en Francia antes que en España, tan olvidadiza con sus genios.

Ya bajo la identidad de Alí Bey llegó a Cádiz en abril de 1803. Cruzó el estrecho y, una vez en Tánger, se presentó como hijo y heredero universal de un príncipe sirio fabulosamente rico, descendiente directo de los califas abasíes ( para qué andarse con minucias, debió pensar), que había tenido que huir de su país por razones políticas. Contaba que, tras recibir una exquisita educación en Inglaterra, Francia e Italia había decidido, como fervoroso musulmán, ir de peregrino a la Meca. El cuento coló, y así se hizo acreedor de la amistad de las más altas instancias de Tánger. En el mes de octubre ya tenía información suficiente para conocer la situación de los rebeldes y provocar una revolución. Entre 1803 y 1805 el coronel Amorós desde Tánger gestionó una ingente información que Badía-Alí Bey le proporcionaba con destino al Gobierno de España.

En ese periodo se produjo el hecho inesperado de que el Sultán visitó la ciudad de Tánger y se quedó impresionado por la sabiduría de Alí Bey, al que comunicó su deseo de que se trasladase con él a su corte, primero en Fez y luego a lo que hoy es en Marrakech. El sultán le regaló dos espléndidas mansiones. Siguió con su actividad subversiva informando constantemente a Godoy, el cual sólo daba noticias vagas a Carlos IV. Cuando, el monarca español supo que se preparaba una sublevación contra un monarca, retiró su apoyo a la expedición – Carlos IV estaba muy impresionado por los sucesos de la Revolución Francesa-.

En estas circunstancias, Alí bey intentó convencer a los rebeldes de que pospusieran su levantamiento. Su situación era enormemente delicada. Por un lado, sabía que el sultán no tardaría en conocer sus auténticas intenciones y, por otro, el sultán, que aún le admiraba y le consideraba amigo, no hacía más que presionarle para que se casara con una mujer se su harén. Además, los rebeldes ya desconfiaban de él. Su única salida era continuar su peregrinaje a la Meca.

Cuando España declaró la guerra a Inglaterra, y Marruecos, a pesar de su fingida neutralidad, ayudaba en secreto a los ingleses, Carlos IV autorizó a Badía a reanudar los planes para una revolución. Demasiado tarde. Enterado Solimán expulsó a Badía de su país.

El español se refugió en Argelia y de ahí a Chipre, donde se enteró del plan británico de derrocar al Bajá de Egipto. Se trasladó a Egipto y logró frustrar el plan inglés. En Alejandría, conoció al escritor francés Chateaubriand, quien le consideró “el turco más inteligente y cortés” que había conocido. Su periplo sufre un cambio de objetivo, sin olvidar su lealtad a España como espía. Ahora se transforma en un analista brillante de historia, costumbres, y viajes. En diciembre de 1806, salió para la Meca, llegando allí el 11 de enero de 1807. Fue el primer europeo en realizar una descripción detallada y exacta de los ritos del peregrinaje. Mientras estaba en Arabia, haciéndose pasar por ferviente musulmán, observó la captura de los lugares santos musulmanes por los antepasados de la actual casa reinante en Arabia, siendo el único testigo europeo de esos eventos. Después de volver al Cairo, pasó tres meses viajando por Palestina y Siria. En Palestina llevó a cabo un estudio de las condiciones de los monjes franciscanos que administraban los santos lugares con fondos del Gobierno español. En Siria descubrió y destruyó una línea secreta que tenían los ingleses para comunicarse con la India. Por el mes de octubre de 1807 estaba de vuelta en Constantinopla.

Tras visitar Tierra Santa, Siria, Turquía y cruzar toda Europa de vuelta hacia París, Badía llegó a Bayona el 9 de mayo de 1808, justo cuando Carlos IV y su hijo Fernando VII habían renunciado a la corona española en favor de Napoleón. Carlos IV recibió a Badía en audiencia y le recomendó ponerse al servicio del nuevo régimen. Para su desgraciaBadía, siempre fiel a los monarcas españoles, hizo caso a Carlos IV. Se puso bajo el mando de Napoleón, al que convenció para que invadiera Marruecos. Fue tal la descripción que hizo del Sultán y del territorio que Napoleón decidió mandar allá al capitán Antoine Burel para investigar la posibilidad de convertirlo en colonia francesa. Fascinado por aquel hombre, Bonaparte le recomendó ante su hermano. Badía volvió entonces a España, donde se reunió con su familia a la que no había vuelto a ver desde 1801. En septiembre de 1809, José Bonaparte le nombró intendente de Segovia, y, en abril del año siguiente, fue nombrado prefecto de Córdoba. Desempeñó ambos cargos con gran distinción, introduciendo muchas reformas en la agricultura, la administración municipal y la educación. En Córdoba creó una Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, que llevó a cabo muchos proyectos de investigación bajo su mecenazgo.

La expulsión de los franceses de España acabó llevándose a Badía al exilio en Francia. En 1814, publicó la primera edición de sus viajes. Lo hizo en francés con el título de “Viajes de Alí Bey por África y Asia”. En su edición incluyó más de un centenar de mapas y láminas. Es una obra de arte en el sentido más amplio de la palabra, no solamente por su elaborada confección, sino por su documentado e ingente contenido. Cientos de exploradores, ya sea profesionales o aficionados, han recorrido sus huellas y los trayectos que lo consagraron como el probablemente más implicado y comprometido de los exploradores de todos los tiempos. Fue traducida al inglés, italiano y alemán. La primera edición en español tuvo que esperar hasta 1836.

En el país galo, ahora bajo el gobierno de Luis XVIII, la vida sonreía al viajero español, que recibió la nacionalidad francesa, fue nombrado mariscal y se hizo un hueco en la vida cultural y social de París. En 1815, y en el marco de la competencia colonial con Gran Bretaña, Badía propuso al gobierno francés peregrinar a La Meca para luego atravesar África de costa a costa. Badía recibió el visto bueno y partió en enero de 1818, haciéndose llamar Alí Abu Othman. En julio estaba en Damasco, donde cayó enfermo de disentería y murió en agosto, con 50 años de edad, cuando su rumbo le llevaba de nuevo a La Meca.

Durante su periodo francés, aunque acomodado, no dejó de ser un extranjero, aceptado y brillante, pero extranjero. Le hubiera gustado volver a España, pero le era imposible por la acusación de afrancesado, a pesar de que su colaboración con los franceses se debió a su deseo de obedecer a Carlos IV. Es lo que tienen los malos gobernantes.

Tuvo que pasar más de un siglo desde su muerte para que en España se le reconociese por su capacidad intelectual, sus análisis científicos, compendio de la ilustración, por su personalidad polifacética, por ser un viajero perspicaz ( el Lawrence de Arabia español, como ha dicho Bernard Durán en El debate),  y por su intrepidez, valentía y osadía como espía al servicio siempre fiel y leal a España.

BIBLIOGRAFÍA

BARBERÁ, Salvador.- “Alí-Bey, Viajes por Marruecos”, Ediciones B, 1997.

DURÁN, Bernard: https://www.eldebate.com/historia/20230916/domingo-badia-lawrence-arabia-espanol_139999.html

MESONERO ROMANOS, R. “ El Príncipe Alí Bey el Abbassi (D. Domingo Badía Leblich)”. En obras completas. Biblioteca de Autores españoles 1967.

RODRÍGUEZ, Javier. “Peregrino a la Meca”. Ed Jaguar. 1998.

RUSPOLI, Enrique. –“Memorias de Godoy: primera edición abreviada de memorias críticas y apologéticas para la historia del reinado del señor D. Carlos IV de Borbón”. La esfera de los libros.2008.

 

 

El Afianzamiento de la Nación Española. La Constitución de Cádiz

La guerra de independencia se produce en un entorno histórico en el que se disputa la preeminencia francesa con sus ideas revolucionarias exportadas por medio de los ejércitos napoleónicos frente a la sublevación de los que no se dejan dominar, dando lugar a diferentes guerras nacionales de liberación. Por otro lado y desde el punto de vista meramente político, el ambiente europeo está impregnado de los postulados de la ilustración y del constitucionalismo francés y norteamericano, o siguiendo un patrón más amplio, imbuido de las, llamadas por Palmer, revoluciones atlánticas. En todas ellas el elemento característico nace del equilibrio de poderes, en la eliminación de la ostentación del poder por una persona o grupo de ellas, dueños del poder político, para pasarlo a todos los ciudadanos. Realmente, este proceso de reformas, las emprendidas u otras, hacía tiempo que los ilustrados de toda Europa, españoles incluidos, veían como una necesidad para que el “Antiguo Régimen” pudiera ser útil.

Siguiendo ese patrón, en España los mayores avances los habían hecho los tres primeros Borbones (olvidándonos a Luis I), es decir, Felipe V, Fernando VI y Carlos III. Incluso en el reinado de Carlos IV, Godoy intentó continuar las reformas de los brillantes reyes anteriores. Pero la situación colapsó por la intervención napoleónica, favorecida por las disensiones entre Carlos IV y Fernando VII, que culminan con la Abdicación de ambos en favor de Napoleón y el establecimiento de un Gobierno francés bajo el reinado de José I.

A partir de aquí, es el gobierno del rey intruso el que dirige las instituciones tradicionales de España, inutilizándolas a ojos de los españoles. En la búsqueda hispana de  un gobierno legítimo, se idean varias soluciones:1) la afrancesada, que consistía en plegarse al invasor y a su superioridad, 2) la que toscamente buscaba la vuelta antiguo régimen, inmovilista y radical, y (3), en medio de ambas, la España patriótica ilustrada, la que superaba la distancia entre aquellos dos polos, la España de los que se mantenían fieles a la Independencia de España y firmes ante la necesidad de revisión que el momento exigía, la España de los que reivindicaban las reformas brillantes que imperaron durante todo el SXVIII, las que dieron a España y a sus provincias americanas una enorme estabilidad y prosperidad.

En la búsqueda de un gobierno legítimo, esa España ilustrada y patriótica analiza las bases de nuestra nación, de su Historia y tradiciones y así, por un lado, recupera la teoría de la escolástica española de la “Traslatio Imperii” según la cual la soberanía era otorgada por Dios al pueblo y este se la transmitía al monarca. Por otro lado, los ilustrados, iusnaturalistas, apelaban a la idea de contrato social que había sido recogido como base de la revolución francesa. En ambos casos la idea de soberanía residía en el pueblo de una manera más o menos inmediata. En el caso de los escolásticos, se pensaba que el pueblo transmitía al rey la titularidad de la soberanía y el ejercicio de la misma; los segundos, los liberales, consideraban que sólo se transmitía el ejercicio y no la titularidad. En todo caso, ante la usurpación del poder, como eran las circunstancias de España en 1808, el pueblo recuperaba lo que le era propio y lo administraba hasta encontrar al gobierno legítimo.

La combinación de ambos postulados será una de las características peculiares de la España de entonces. España durante todo el S.XVIII se había imbuido de los preceptos ilustrados, pero manteniendo la esencia de su personalidad como nación, sintiéndose orgullosa de su pasado, de su gran presencia en América, que ya quisieran los imperios británicos o francés poder contar, siendo la precursora de los Derechos Humanos por aplicación de las más profundas convicciones católicas. España había antepuesto los intereses nacionales a otros fines, logrando un siglo de brillante desarrollo y modernización, como posiblemente no encontremos otro en nuestra Historia y, sin embargo, algo se torció a finales de siglo XVIII y durante todo el S.XIX.[1]

La invasión napoleónica vino a trastocar el desarrollo iniciado por un miedo a la aplicación que Francia había hecho de la ilustración, con revolución, fin de la monarquía, terror… y que parecía ahora venía de la mano del invasor.

La España popular, aquella que constituía la base de la nación, aquella que había ido asimilando poco a poco la esencia nacional desde la Hispania romana, la unidad visigoda y la Reconquista, reaccionaba contra el invasor, sin más ideología que la defensa de lo suyo y de su rey.  Son los intelectuales los que se dan cuenta de que hay que dar una estabilidad política a aquella reacción, en cómo hacerla está la diferencia. Unos buscaban una España reformada, pero sin revolución, al modo inglés. Tenían una idea pactista de la Constitución, poniendo límites al ejercicio del poder del Soberano, estableciendo una soberanía compartida entre Rey y Cortes que permitiera una representación tradicional de ciudades con derecho al voto, en una cámara estamental y una segunda, provincial, elegida por sufragio popular. Entre ellos y como cabeza destacada estaba Jovellanos y también Floridablanca. Por otro, un grupo más radical consideraba la soberanía como propiedad exclusiva del pueblo, con división clara de poderes y el reconocimiento de derechos y libertades ciudadanas. Ésta segunda era una posición mucho más revolucionaria que reformista, al gusto francés, pero sin ser afrancesados sus partidarios, por eso seguían apelando a la Constitución histórica española. Formaban lo que pronto pasó a denominarse liberales, voz de origen hispano que así se extendió por el mundo.

La expresión de este grupo de patriotas, más moderados unos, más radicales otros, queda manifiesta en las palabras de Jovellanos al general Sebastiani cuando le propuso formar parte del gobierno de José I: “Señor General. Yo no sigo un partido, sigo la santa y justa causa que sostiene mi patria, que unánimemente adoptamos los que recibimos de su mano el augusto cargo de defenderla y regirla, y que todos hemos jurado seguir y sostener a costa de nuestras vidas. No lidiamos, como pretendéis, por la Inquisición ni por soñadas preocupaciones, ni por el interés de los Grandes de España; lidiamos por los preciosos derechos de nuestro Rey, nuestra Religión, nuestra Constitución y nuestra independencia… [Y por] el deseo y el propósito de regenerar España y levantarla al grado de esplendor que ha tenido algún día y que en adelante tendrá, es mirado por nosotros como una de nuestras principales obligaciones”[2].

Cabe señalar que Napoleón creyó que otorgando una constitución liberal a España apaciguaría el levantamiento nacional contra sus tropas, pero no fue así. Así nació la Constitución de Bayona en 1808. La Constitución de Bayona, realmente una carta otorgada, de carácter liberal en apariencia si bien dominada por el autoritarismo napoleónico, es confesional, al modo tradicional español, y en sus 146 artículos intenta sofocar las instituciones del Antiguo Régimen estableciendo una reforma política, social y económica que potencie a la burguesía y debilite a la nobleza. No establece un listado de derechos, pero recoge varios y asimismo reconoce representación a las provincias de ultramar.  Su presencia, aunque rechazada por los españoles, no dejó de ser importante para crear el ambiente propicio a los cambios que se darán en España. De hecho, en Cádiz, llaman como experto para que ayudar en la redacción de la Constitución gaditana a Ranz Romanillos, que había participado en la redacción de la de Bayona.

Por su parte, en el gobierno de los españoles, aquellos postulados políticos nacionales y patriotas que se daban en los sectores ilustrados se vieron representados, en las Juntas provinciales y locales, que nacieron como oposición político-organizativa de la nación frente al invasor. En ellas tienen acomodo todos los estamentos sociales, intelectuales, nobles, pueblo llano, clero. Muchas de aquellas Juntas apelaron a las instituciones tradicionales y asumieron el poder en nombre del que creían era su legítimo dueño- el rey Fernando VII-. En las juntas se recogen los postulados del poder legítimo nacional nacido de la Historia, la escolástica, la tradición y la modernidad con todas sus variaciones y divergencias. Pero en su organización, las Juntas se mostraban como una amalgama de poder acéfala; patriota, pero sin un camino unitario, en medio de una guerra emprendida por el pueblo español, sin una coordinación unívoca. Esa tendencia se revierte cuando se opta por la formación, en septiembre de 1808, de una Junta Central y con ella un movimiento centralizador que fue, con el tiempo, limando el poder provincial, pero dejando en sus manos algunas competencias destacadas: alistamiento, recaudación, órganos periféricos del Gobierno central, daría lugar a la estructura provincial bajo el principio de desconcentración y coordinación que será esencial en la futura estructura administrativa de España. Pero, antes de culminar ese proceso, la Junta Central (la Derrota de las tropas españolas en Ocaña en noviembre de 1809 lleva a la Junta a Refugiarse en Cádiz), tenía la obligación para seguir ahondando de un proceso político de representación de la España invadida frente al usurpador y, por ende, de convocar Cortes, como órgano de representación política de la soberanía. La primera Junta que señala la necesidad de convocar Cortes fue la de Asturias, y el primer decreto de convocatoria de Cortes se dictó el 22 de mayo de 2009

La propia convocatoria fue complicada por su ánimo de incluir a todos los sectores nacionales. Para los trabajos preparatorios, se nombró una Comisión de Cortes, que elaboró una “Instrucción que deberá observarse para la elección de los diputados en Cortes”, debida a Jovellanos, es decir, bajo los principios reformistas no revolucionarios, pero buscando un camino intermedio entre ambos. Por eso en los futuros escaños se pretendía una representación popular (un diputado por cada cincuenta mil habitantes), una representación territorial (un diputado por cada Junta superior provincial) y una representación estamental (ciudades, grandeza de España y sector eclesiástico). Como apoyo a aquella Comisión se nombró una Junta de Legislación cuyo trabajo, fijado en otra Instrucción del mismo Jovellanos, tenía como objetivo “meditar las mejoras que pueda recibir nuestra Legislación, así en las Leyes fundamentales como en las positivas del Reino y proponer los medios de asegurar su observancia”. Es decir, se admite la posibilidad de reformar las leyes constitucionales de España, lo que sin duda supuso el punto más conflictivo. Al frente de esta Junta estaba Agustín Argüelles, un liberal que pretendía una revolución más que una reforma. De hecho, en los trabajos de esta comisión se inició la redacción de una nueva constitución, en contra de la posición de Jovellanos y otros ilustrados. El prócer asturiano sostenía que España ya tenía una constitución formada por las leyes que fijan los derechos del soberano y de los súbditos, y contaba con los medios necesarios de preservar unos y otros. Para Jovellanos aquellas leyes no habían sido postergadas o destruidas por ningún dictador, por tanto, si faltase alguna medida para conseguir su observancia debía establecerse, pero no era necesario sustituirlas por otra norma suprema. [3]

Sin embargo, los liberales consideraban que la desidia, la ignorancia y el abandono que se habían hecho de aquellas leyes constitucionales de España habían tenido como consecuencia su inutilidad, habían dejado de tener efecto.[4]

Se inicia así un proceso constituyente en el que la Junta central se disuelve en manos de una regencia, formada por cinco miembros, que se propuso la dirección de la guerra y la reestructuración del Estado y que hace el llamamiento a cortes, constituyentes y extraordinarias, el 1 de enero de 1810.

Llamamiento que abarcaba sólo a los representantes de las provincias y de las ciudades con voto en Cortes. Aunque no hubo un primer llamamiento por estamentos, la reunión final sería La representación en las Cortes generales de la nación elegidos electoralmente y por Estamentos (nobleza, clero y estado llano) como en el Antiguo Régimen. Se procedió a la elección de los representantes de la nación, así como, a los suplentes de América y Asia y de las provincias ocupadas por el enemigo que no pudiesen elegir libremente a sus diputados[5] (No se sabe cómo se realizaron estas elecciones en medio de un país ocupado por los franceses en su mayor parte. Previsiblemente tendrían un carácter clandestino y la participación sería muy baja. De ahí que se recurriera a un sistema de suplentes nombrados entre los oriundos de cada región residentes en Cádiz). Finalmente, las Cortes se reunieron en la Isla de León el día 24 de septiembre de 1810. Se reunieron en cámara única. Su composición fue la siguiente: eclesiásticos, 97; catedráticos, 16; militares, 37; abogados, 59; funcionarios de diferentes Cuerpos, 54; grandes propietarios, 15; médicos, 2; otras profesiones populares, 20. En total, 300 diputados; de ellos 30 representaban a las provincias de ultramar. Todos juran defender a su legítimo Rey Fernando VII. Sin embargo, por los avatares de la guerra no se reunieron nunca los 300.

Como la guerra hacía peligrar la estancia de las Cortes en la isla de León, decidieron trasladar la sede de las reuniones a Cádiz capital. La última sesión en la isla de León fue el 20 de febrero de 1811 y la primera en Cádiz el 24 del mismo mes.  Tras ocho meses de discusiones parlamentarias, la constitución fue promulgada el día 19 de marzo de 1812, aniversario de la subida al trono de Fernando VII y fiesta del patriarca San José, motivo por el cual, el pueblo comenzó a festejar su aprobación con el famoso grito de “viva la Pepa”.

En su estructura es una constitución muy extensa de 384 artículos divididos en 10 títulos, eminentemente rígida al analizar su sistema de reforma, si bien no consideró necesario establecer un control constitucional de las leyes.

En su contenido, la Constitución de 1812, a pesar de todas las tendencias ideológicas vistas, con toda la buena voluntad, logró un texto que unía la soberanía popular, los derechos del Rey, con las exigencias de los liberales, que en última instancia fueron los más influyentes en el texto. Redactada esencialmente por Agustín Argüelles, Diego Muñoz Torrero, Evaristo Pérez de Castro y el ya nombrado Romanillos, enlazaba con las leyes tradicionales de la Monarquía española, pero, al mismo tiempo, incorporaba principios del liberalismo democrático tales como la soberanía nacional y la separación de poderes. Es decir, se proclama constitucionalmente la existencia de la soberanía popular, no del rey o compartida entre ambos, el rey no lo era por origen divino sino por la gracia de Dios y la Constitución; el poder recaía, pleno y supremo, en esa Nación como Ente distinto de los individuos que la integran.

Como consecuencia de ello, la Corona veía limitado su poder, conservando una participación en el Poder legislativo, con una tímida iniciativa y un veto suspensivo, así como la titularidad del Poder ejecutivo, aunque sus actos debían ser refrendados por los Secretarios de despacho. Se introduce, por tanto, el principio de separación de poderes, siguiendo los modelos de las constituciones francesa de 1791 y norteamericana.

La constitución presenta algunos otros elementos destacados y dignos de mención:

  • Fue una constitución demasiado extensa y prolija en algunos aspectos. Entró a regular materias que deberían haberse dejado al Legislador o incluso al propio Ejecutivo. Así, por ejemplo, se extiende en detalles relativos a la regulación de los poderes del Estado y del régimen electoral. Lo que no es más que la muestra de aquello que realmente preocupaba en el momento, la auténtica revolución interna que era la limitación del poder monárquico y la ostentación de la representación del poder popular por parte del Parlamento a través de las elecciones.
  • Las Cortes se organizaban en una Cámara única, pues se temía que el clero y la nobleza consiguieran apoderarse de una Asamblea de Próceres, obstaculizando la renovación política, social y económica que se pretendía operar. Quizá para evitarlo redactaron algunos artículos ciertamente curiosos como artículo 6 que señala: “el amor de la patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles, y así mismo ser justos y benéficos”. Asimismo, y posiblemente con la intención de conducir al monarca, sobre el que recaía el poder ejecutivo en el artículo 13 se expresaba en los siguientes términos: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.
  • Aunque no se estableció un listado de derechos y se negó el derecho de libertad religiosa (España se proclamaba como estado confesional), sí hubo un reconocimiento a determinados derechos como la libertad de pensamiento y expresión de una manera muy amplia, aunque limitado por una censura en aquellos aspectos en los que se mancillara a la religión; se establece la libertad personal; el derecho de propiedad; derecho a la educación elemental con la obligación de un Plan nacional unitario para toda España; libertad de imprenta; derecho al sufragio activo y pasivo, el primero universal masculino y el segundo censitario, con lo que, para ser candidato era necesario poseer una renta anual procedente de bienes propios …
  • A los derechos anteriores hay que unir una serie importantísima de preceptos en materia penal y civil que se mantienen vigentes en la actualidad como, la inviolabilidad de los diputados con tribunales especiales que los juzguen, la inviolabilidad del domicilio, la posibilidad de poner fin al arresto mediante fianza, la imposibilidad de arrestar sin ser informado de los derechos, de la existencia de orden judicial o la limitación de imponer penas físicas…

Tras la derrota de Napoleón, las fuerzas del Antiguo Régimen pretendieron volver al lugar político que ocupaban antes de la Revolución Francesa, pero ya su presencia no se hacía con la armonía de un sistema que había evolucionados desde la Edad Media, como solución y aplicación del Estado-Nación, sino en sus maneras absolutistas más radicales, que en España encontraron en Fernando VII un defensor a ultranza. Derogó la Constitución de Cádiz en 1814, pero tras el pronunciamiento de Riego en 1820, se vio obligado a jurarla de nuevo, iniciándose así el Trienio liberal.

Con ello terminó la vigencia de la Constitución de Cádiz, pero no su influjo, que gravitó sobre la política nacional, directamente hasta 1868, e indirectamente, durante el resto del ciclo liberal hasta nuestros días. Tuvo además una gran influencia fuera de España, en América, en las constituciones de las provincias españolas al independizarse, siendo la pieza clave de la transferencia de los ideales del liberalismo al mundo hispánico, formando parte del trasfondo de su Derecho y de la estructura de los nuevos estados. En Europa, influyó en los preceptos constitucionales de Portugal, en el surgimiento del Estado italiano e incluso en la Rusia zarista.

La Constitución de 1812 se convierte en el antecedente de lo que será el régimen democrático actual en España. La constitución introdujo a España en la modernidad político-jurídica, nos incorporó al constitucionalismo y a la superación del Antiguo Régimen, y consolidó el concepto de Nación y soberanía popular. Es este aspecto lo que hace grande a la Constitución de Cádiz. La Constitución de 1978, la otra gran constitución de nuestra Historia, enlaza directamente con los preceptos liberales de Cádiz, con su espíritu creativo y moderno. En el camino hemos pasado por distintas guerras de independencia en América, diversas guerras civiles en el interior de la Península durante los siglos XIX y XX, ocho textos constitucionales inestables y poco estimados, varios golpes de Estado, dictaduras militares, dos repúblicas profundamente fracasadas y calamitosas para el devenir histórico de España y un proceso nacionalista desastroso para la Nación. Cádiz consagró a la ya existente Nación española y supuso la modernización política de España; el régimen del 78 aspira a mantenerlo y afianzarlo. En ambos casos, los españoles nos hemos dado dos magníficas constituciones fruto de un esfuerzo común de superación, a ver si no lo estropeamos.

BIBLIOGRAFÍA

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. “España, tres milenios de Historia”. Marcial Pons. 2020.

MARIAS, Julián: “España Inteligible. Razón histórica de las Españas”. Alianza Editorial. 2014.

TOMÁS Y VALIENTE, Francisco, “Génesis de la Constitución de 1812”.

RODRÍGUEZ DE CAMPOMANES, Pedro. “Tratado de la regalía de amortización” Archivo de Internet: https://archive.org/details/tratadodelaregal00campuoft

FERNÁNDEZ MARTÍN, Manuel, “Derecho parlamentario español” Google Books:

https://books.google.es/books?id=FigGAAAAMAAJ&printsec=frontcover&hl=es&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false

[1] Julián Marías “España Inteligible”. Alianza Ed. 2014. Pag.315-320

[2] Carta de Jovellanos de 1809 recogida en “Jovellanos en la Guerra de la Independencia”. Real Academia de la Historia- José Gómez Centurión-

[3] La instrucción y los acuerdos de la Junta de Legislación pueden consultarse en TOMÁS Y VALIENTE, Francisco, “Génesis de la Constitución de 1812”.

[4] RODRÍGUEZ DE CAMPOMANES, Pedro, Tratado de la regalía de amortización”

[5] FERNÁNDEZ MARTÍN, Manuel, Derecho parlamentario español. pp. 600-619.

El legado de Napoleón

Este año se conmemora el 200 aniversario de la muerte de Napoleón Bonaparte, murió el 5 de mayo de 1821 confinado en la isla de Santa Elena.

Su figura es tan controvertida, mucho más en estos tiempos de corrección política en los que vivimos, que los franceses han decidido conmemorar en vez de celebrar el aniversario.

Los vecinos del norte se debaten entre los “napoleonistas” y los “antinapoleonistas”. Seguramente si en vez de mirar a Napoleón con los ojos actuales, en un alarde de anacronismo digno de un magnífico suspenso en cualquier facultad de Historia que se precie de tal, lo analizaran con la mentalidad de finales del Siglo XVIII y principios del siglo XIX, que es lo propio, estarían más cerca de celebrar su figura que la de denostarla. Todas las personas tenemos en la vida luces y sombras, y en eso Napoleón no ha sido una excepción. Pero desde mi óptica las luces son mucho mayores que las sombras. Napoleón fue un genio, que cometió errores, el peor de todos confiar en el inútil de Grouchy en la batalla de Waterloo, posiblemente con otro general de apoyo, Napoleón hubiera ganado aquella batalla. De hecho, a punto estuvo de hacerlo, incluso, con Grouchy perdido en medio de los bosques y sin prestarle ayuda.

Con todo, quizá el tiempo de Napoleón había pasado tras décadas en el poder, pero no es menos cierto que Napoleón tenía mucho de camaleónico, sabía acoplarse a las circunstancias, era un amante de la cultura y del poder, un militar genial y un organizador de la vida civil insuperable. Napoleón fue muchas cosas, tantas y tan distintas que no podemos hablar de un Napoleón único, porque el General o Primer Cónsul de la joven República no es el que se consagra Emperador el 2 de diciembre de 1804. Ni el hombre que consolidó la revolución con sus principios modernos e igualitarios es el mismo que dio el golpe militar que instaura un imperio personalista y autoritario. Ni el perdedor de Waterloo es el mismo que el último conquistador que ha tenido Francia, que como todos los conquistadores dejó a su paso guerras y muertos. Ni el militar genial es el que restauró la esclavitud en parte del Imperio en América. Ni el cansado general es el mismo autor del Código Civil y de las bases de un Estado de Derecho que aún persiste y no solo en Francia.

Sus detractores critican el número de guerras que emprendió y la desolación que dejó a su paso, unido a la restauración de la esclavitud, por motivos económicos, en las Antillas francesas, después de que la Revolución francesa hubiera abolido la esclavitud. Y, sin embargo, esos dos elementos mirados con la óptica del siglo XIX, no son tan disparatados como los podemos ver ahora.

Por eso hoy voy a hablar del legado de Napoleón, de aquellas cosas que el genial corso nos ha dejado y perviven en nuestros días. Igual no están todas las que son, pero son todas las que están.

En el campo militar, Napoleón más que un innovador fue un gran estudioso. Estudió a los grandes generales de la Historia. Trabajador incansable y extraordinariamente curioso hacia todas las cosas desde pequeño, leía sin parar. Él mismo venía a decir que su mayor innovación fueron los libros. Fue capaz de aplicar aquello que otros no se habían atrevido. Dos fueron sus maneras de entender la guerra, por un lado, la conquista. Fue el iniciador de un sistema de marcha continua con avituallamiento de las tropas con lo que encontraban en los lugares conquistados, por eso se planificaban las marchas para ir de ciudad en ciudad, con una equipación ligera, en la que el sable, el fusil y la bayoneta eran sus elementos esenciales. Todos ellos mucho más ligeros que los utilizados hasta aquel momento. Además, en las luchas en el campo de batalla mantenía una táctica consistente en estudiar la posición del contrario (no sólo con el uso del telégrafo óptico, o los globos aerostáticos que desde la Revolución utilizaban los franceses sino con el propio uso de la perspectiva que le daba un pequeño montículo o unos metros de distancia), descubría las debilidades del contrario, lo rodeaba y allí donde discernía que era más débil con la artillería móvil machacaba sus defensas. Acto seguido mandaba a la caballería, sus granaderos, carabineros, lanceros y, sobre todo, los temidos coraceros y dragones, y a la infantería, penetrar en medio de las filas enemigas, dejando a los contrarios divididos en dos y a merced de los franceses.

Abandonó el sistema de asedio, modalidad predilecta durante milenios, pues no respondía a la rapidez que su ambición necesitaba, aplicando la guerra relámpago como sistema. Quizá una de sus mayores aportaciones fue la de adoptar la percepción de la guerra de Julio César (son famosos los comentarios de Napoleón al libro “La Guerra de las Galias” de César). De él obtiene la concepción de que la guerra no se mantiene igual, sino que la misma varía y se adapta a las nuevas reglas del juego constantemente, incluso durante una misma batalla. Por tanto, hay que adaptarse a los cambios en el momento en el que se producen.

Napoleón era artillero, con él la artillería avanzó considerablemente por muchas razones, destacaremos las que le dieron mejor resultado y supusieron un avance considerable: estandarizó los calibres de los cañones, con el objetivo de asegurar una mayor facilidad en los suministros, y la compatibilidad entre sus piezas de artillería; además, creó unidades de artillería móviles e independientes. Para ello se introdujeron ruedas intercambiables, se redujo el peso de los cañones y se aumentó su precisión al introducir un tornillo elevador para facilitar la elevación del cañón y aumentar el alcance de tiro con menor carga. La artillería se trasladaba durante la batalla al lugar que más le convenía. La principal diferencia entre la artillería francesa y la de los aliados no estaba en la calidad de los artilleros o armas de fuego, sino en el hecho de que Napoleón utilizó la artillería ofensivamente, como hemos visto, mientras que para los aliados el objetivo principal de la artillería era defender a la caballería y la infantería.

Otro de sus elementos más modernos fue la especial atención que presta a los aspectos psicológicos de la guerra, para reforzar la moral de la tropa y minar la de sus rivales. Napoleón comía con sus soldados tras la batalla, que dirigía desde el frente, lo que le hizo ganarse una gran popularidad en un ejército en plena mutación, que había dejado de servir a un rey para ponerse al servicio de una nación fruto de la Revolución Francesa.

Frente a los conquistados, se apresuraba en tomar la capital de las naciones rivales, asestando así un golpe moral al contrario.

Tan difícil era ganarle en campo abierto que los ingleses rehuían siempre que podían estos enfrentamientos. Pero también cometió errores. Nunca supo atacar a un ejército que no fuera regular en una batalla regular, por eso tuvo sus mayores problemas contra guerrillas en España, o frente a tácticas de tierra quemada en Rusia.

Era consciente de que las guerras continuas creaban malestar en Francia. Para compensar a sus conciudadanos, acompañaba sus guerras con grandes obras monumentales, escenificación de su poder, y del boato y grandiosidad de Francia y a las que seguimos admirándonos hoy en día. París se embelleció con el Arco de Triunfo concebido en 1806 como un gran símbolo de su poderío militar para conmemorar la victoria en la batalla de Austerlitz. Dos siglos después, el colosal monumento aún representa el orgullo nacional francés y en torno a él se celebran varias conmemoraciones y actos de importancia nacional, como el día de la Victoria de 1945 (8 de mayo), el día de la Bastilla (14 de julio) y el día del Armisticio de la Primera Guerra Mundial (11 de noviembre). La gran victoria en Austerlitz dio mucho de sí para aumentar la grandiosidad napoleónica y por ende de Francia, así la columna de la plaza Vendôme en París, se levantó fundiendo los cañones que aprehendieron a las tropas austríacas en aquella batalla.

Pero no son los únicos monumentos que contribuyen al boato y ornamentación de París y que los franceses deben a Bonaparte.  En cierto modo, el obelisco de Luxor, que fue regalado por los egipcios a Francia en 1830, puede ser considerado un agradecimiento a Napoleón. Los egipcios reconocían con el obelisco la aportación francesa al conocimiento de la civilización de los faraones. Esos estudios nacen como consecuencia la entrada en Egipto del gran corso, lo que determinó la exploración de aquel país por parte de los arqueólogos franceses. Jean Francoise Champollion, fiel bonapartista, fue el descubridor de la piedra Rosetta, gracias a la que se pudieron traducir muchos de los jeroglíficos de las tumbas y construcciones egipcias.

La conquista de Italia, hizo admirar el estilo neoclásico y su importación a Francia.

El Louvre fue originalmente una fortaleza real. Hasta 1793 no se plasma la idea de un museo abierto al público. Se llama, en un primer momento, Museo de la República, y aumentó sus fondos, dándole una buena parte de la importancia que tiene hoy en día, gracias a la ayuda de las conquistas militares de Napoleón.

Incluso tras su muerte el recuerdo de Napoleón sigue engrandeciendo la ciudad como es ejemplo su magnífica tumba en los Inválidos.

No sólo lo expresado se debe a Bonaparte, toda la geografía urbana de París es un homenaje a Napoleón reflejado en los nombres de las calles, avenidas o estaciones de tren que se refieren a batallas y mariscales: Friedland, Iéna, Wagram, Austerlitz, Duroc…

Gracias al, por algunos, denostado Napoleón los franceses ingresan miles de millones anuales en turismo admirando cosas que no existirían sin el pequeño- gran General.

Unido a sus campañas militares se produce otro de las grandes aportaciones de napoleón a Francia y al mundo: la cocina. El motivo primero se encuentra en el abastecimiento de los ejércitos de Napoleón. “Un ejército marcha sobre su estómago”, decía Napoleón. Por ello dedicó tanta atención al aprovisionamiento de su tropa. Como hemos dicho, en sus campañas los soldados franceses iban de ciudad en ciudad para lograr que la población local los alojara y diera alimento. Si por el contrario marchaban sin esta opción, avanzaban por la mañana y merodeaban por la tarde, sometiendo a pillaje y requisas a la población. La tropa sólo era alimentada por los convoyes de aprovisionamiento si el enemigo se encontraba cerca y se preveía una batalla. el emperador no era ajeno al sufrimiento de sus soldados en vanguardia, alimentados sólo con bizcochos de guerra y galletas, por lo que en 1800 ofreció 12.000 francos a quien idease un método de conservación que garantizase la preservación de los productos y una mínima alteración de su sabor. El vencedor fue el repostero Nicolas Appert, que inventó la lata de hojalata, aunque era incapaz de explicar por qué el hervido y el cerrado hermético mantenían incorruptibles a los alimentos, había nacido la lata de conservas.

Pero no sólo eso, las tropas napoleónicas se hicieron con recetas locales allí donde invadieron. Curioso es el hecho de que, ante el bloqueo continental, el cacao no llegaba a Europa como debía, por ello en el Piamonte añadían pasta de avellanas al chocolate para alargar sus escasísimas reservas. Nació así la pasta de cacao a partir de la cual vendrían después la italianísma Nutella. Que también Napoleón llevó como provisión de sus tropas.

En España, las tropas francesas, saquearon las recetas de los conventos, de manera que se llevaron a Francia la cultura gastronómica española, alcanzando con el tiempo una fama de buena cocina que en su origen se debe a España. Pero que quien explota y saca rédito económico de ella son los franceses, aunque cada día más en competencia con el genio culinario español.

Políticamente, Napoleón se consideraba mejor que todos, por eso desarrolló una concepción centralizadora del poder, eficaz en los primeros años, pero que cuando amplió su radio de acción fue uno de sus puntos débiles. Su obra tuvo diversos aspectos destacables:

En el campo económico consolidó las reformas agrarias llevadas a cabo durante la Revolución y propició la formación de un campesinado de clase media que transmitió a Francia estabilidad política. Una significativa parte de las tierras expropiadas a la nobleza durante la revolución fueron devueltas a sus antiguos dueños, se instalaban las bases de un sistema que fundamentaría jurídica y económicamente la llegada del capitalismo y con él obteniendo los principios para el desarrollo político de la democracia: libertad y respeto a la propiedad privada. Además, se sentaron las bases para que Francia iniciara su industrialización. Esta política, junto a las ideas ilustradas y el constitucionalismo imperante provocaron el ascenso de la burguesía como nueva clase dominante frente a la nobleza y el clero.

La trascendencia mayor para el futuro de la Humanidad se basó en el hecho de que debido a sus conquistas transmitió las ideas revolucionarias, las ideas liberales de la ilustración y un sistema de organización jurídico-administrativa cuya huella alcanza nuestros días pues la legislación napoleónica se iba imponiendo allí donde llegaban sus conquistas.

En el ámbito legislativo y de organización, Napoleón emprendió un vasto programa de reformas interiores. Restableció el orden público con la creación del Ministerio del Interior y con una eficaz y temible policía secreta. Se centralizó la administración, y los departamentos pasaron a depender del gobierno central en París. Se estableció una profunda reforma fiscal, que extendió a todos los ciudadanos la obligación de pagar impuestos.

Pero, además de la creación de los grandes consejos, sobre todo, el Consejo de Estado, reformó la organización interna de la Administración y sentó las bases del derecho Administrativo. Aunque su tarea más destacada en este ámbito fue la tarea codificadora que se plasmó en el código penal y, muy especialmente, en el Código civil. Este último, aprobado y publicado en el año 1804, el cual, con reformas, pervive hoy en día en Francia y es la base de la codificación civil de buena parte del mundo occidental.

Fue el código que oficializó y consolidó muchas de las leyes que nacieron tras la Revolución Francesa y determinó jurídicamente el fin del Antiguo Régimen: a partir de él nacía un nuevo estado de tipo liberal; legalmente se entraba en la Edad Contemporánea; eliminó la división de la sociedad estamental y los privilegios jurídicos en función del estamento de pertenencia; eliminaba definitivamente el feudalismo.

Quizá nos sorprenda, pero fue el primero en remarcar que la ley debía ser escrita y expresada en la forma más clara posible para que los ciudadanos pudieran entenderla.

Este código civil significa el afianzamiento de las conquistas de la Revolución Francesa de 1789. Es decir: la igualdad jurídica para todos los ciudadanos, la individualidad de la propiedad, la libertad de trabajo, el principio de laicidad, la libertad de conciencia y la separación en 3 poderes (ejecutivo, legislativo y judicial).

No menos importante resultó también la legislación en materia comercial y económica, agrupó las reglas propias del Comercio Marítimo y el Terrestre en un solo cuerpo legal. Con ello el derecho mercantil dejaba de ser un derecho subjetivo para convertirse en un derecho objetivo. Se facilitaban así los intercambios mercantiles y se liberalizaba en cierto modo la economía.

La posterior caída del Primer Imperio Francés y los intentos de restauración del absolutismo monárquico no frenaron el empuje de estas ideas. Prueba de ello serán las distintas revoluciones del siglo XIX y las luchas que habrá entre los defensores del liberalismo y los defensores del absolutismo. Las ideas revolucionarias iban calando en la sociedad europea y la burguesía las defendería incluso tras la caída del Imperio Francés.

La caída del Imperio napoleónico fue interpretada por las potencias vencedoras como el desmoronamiento del proceso revolucionario y convencidos como estaban de su verdad, tratan de restaurar el antiguo orden. El congreso de Viena, el sistema de la Santa Alianza, sirven de paradigma de ese intento remodelador. Sin embargo, aquellos partidarios del antiguo régimen ya no están solos, deben convivir con otras corrientes que dejan su impronta en los albores de los movimientos liberales. Estas ideas que se expandieron en parte gracias a la aplicación del Código en distintas partes de Europa, serán asimismo la base del surgimiento del nacionalismo, donde los ciudadanos ya no son súbditos de un monarca, sino ciudadanos de una nación. Prueba de ello serán las distintas revoluciones del siglo XIX o la búsqueda de la creación de las nuevas naciones de Alemania e Italia en territorios que se habían revelado contra la ocupación de Napoleón.

La nueva administración francesa con sus instituciones, derecho y reformas se aplicó a su pasó por Europa y, además del código civil, el constitucionalismo francés, el constitucionalismo revolucionario: se extendió por Europa, con tanta fuerza que incluso en las monarquías absolutistas nacidas tras la Santa Alianza la idea constitucional perduró. En ellas, se jugaba al ejercicio de cartas otorgadas, o constituciones más o menos liberales. Pero con el tiempo todas adoptaron formas de monarquías limitadas con separación de poderes y un legislativo elegido por sufragio censitario…

Fruto de aquellas ideas y del desmoronamiento de la nuestra patria durante la invasión napoleónica a España, las repercusiones llegaron a la América española. La caída de Carlos IV y Fernando VII acabó siendo el detonante que conduciría la creación de las juntas de gobierno base de los movimientos independentistas americanos.  Además, la compra de la Luisiana y la independencia de Haití tuvieron una fuerte influencia en la Independencia de los EE.UU.

En esa búsqueda de la paz social interna, Napoleón se dio cuenta de que a nada conducían los choques entre Iglesia y Revolución, por eso cree conveniente llegar a un acuerdo con la Santa Sede para contar con el apoyo de los católicos franceses. Así se firmó un concordato con la Santa Sede (1801, firmado entre Napoleón y el papa Pío VII), que reconoció al nuevo estado francés. Bien es verdad que fruto de aquello nació el “catecismo Imperial” del todo inaceptable para un buen católico. A pesar de ello, nació cierta distensión en las relaciones con Roma, entre otras razones por reconocer la libertad religiosa y porque el concordato permite a la Iglesia un papel importante en la sociedad francesa. Esa libertad no se limitó a los católicos, también se dio a los judíos. Éstos en varias partes de se habían visto obligados a llevar brazaletes, restringiendo su actividad a ciertas profesiones, rechazados por la sociedad, vivían en guetos, y no tenían fácil ejercicio de sus celebraciones religiosas en las sinagogas. Napoleón puso fin a todas esas restricciones, hizo de los judíos ciudadanos de pleno derecho de Francia, e incluso escribió una proclama que estableció la idea de una patria judía en Israel.

En educación se introdujeron importantes reformas, comenzando por la extensión del derecho a la educación a todos los ciudadanos franceses. Una educación laica, estableció escuelas primarias, escuelas para la población en general, promovió la educación para las niñas y mejorado en gran medida la formación de los docentes. Sobre todo, realizó una reforma de la Enseñanza Secundaria (Bachillerato) que gozaría de gran prestigio internacional y subsiste aún en nuestros días.

Hay otros elementos menores, que perduran y que tienen su trascendencia. Así, es posible que entre los detractores de Napoleón haya alguno condecorado con la Legión de Honor. La Legión de Honor es la más conocida e importante de las distinciones francesas. Fue establecida por el emperador Napoleón en 1804.

En cierto modo la unidad europea debe mucho a Napoleón, acompañado de sus reformas legales y otros, ayudó a proporcionar la base para lo que hoy es la Unión Europea. Promoción de los ideales de la igualdad y la solidaridad europea. Por esa razón, Napoleón es a menudo considerado el padre de la Europa moderna.

Yo creo que los franceses deberían dejarse de anacronismos y celebrar a Napoleón como se merece, como lo que fue, un genio. Claro que tuvo un poder autoritario, pero los regímenes absolutistas que le siguieron no pretendían ser menos y si no llegaron a tanto fue por su falta de capacidad y por la herencia de Napoleón, que aún perdura.

En todo caso, en estos tiempos de iconoclastia histórica, hay que agradecer a los franceses que debatan sobre la figura, la critiquen o alaben, pero la respeten y no profanen su tumba o prohíban hablar de su figura.

BIBLIOGRAFIA

CRONIN, Vincent.” Napoleón Bonaparte: una biografía íntima”. Santiago: Zeta. 2007

HORNE, Alistair. “El tiempo de Napoleón”. Editorial Debate. 2005.

URIBE SALAS; Álvaro. “Análisis y Comentario al Código de Napoleón de 1804” UNAM. 2005

LOS ESTADOS PONTIFICIOS

Hace pocas fechas, en un documental televisivo se hablaba del poder del Papa, sin diferenciar el poder espiritual, que determina su influencia en el mundo, y se confundía, de manera no muy sutil, con el poder temporal, siempre marcado por el dominio territorial y la Soberanía. Por eso voy a intentar desentrañar cuál ha sido y es la influencia temporal, territorial y soberana del papado y su evolución para tener una perspectiva de lo que hoy comprende objetivamente el Estado Vaticano.

  1. EDAD MEDIA.

Reciben la denominación de Estados Pontificios los territorios sometidos a la soberanía temporal del Papa, mayoritariamente situados en el centro de Italia, con capital en Roma, y que desde el 752 conformaron un estado independiente bajo la autoridad papal o, quizá pudiera señalarse con más acierto, en algunos momentos ha sido independiente bajo la autoridad papal y, que, contribuyen, a garantizar la independencia y autonomía espirituales de la Iglesia.

A la caída del Imperio romano de Occidente, la comunidad cristiana de Roma y su cabeza, el Papa, poseían amplios territorios extendidos por diversas regiones (Italia, Dalmacia, Galia meridional, África del norte) constituyendo el llamado Patrimonium Petri. El Papa no era el soberano de esos territorios, aunque tuviera la potestad de gobernar los mismos. El primero en reconocer las prerrogativas papales fue el emperador Justiniano I mediante la “Pragmática sanción” de 554. Aunque la cabeza de esos territorios se situaba en Roma, su defensa correspondía al imperio Bizantino. Pero Constantinopla distaba enormemente de la ciudad eterna cuando los germanos y, sobre todo los lombardos atacaban Roma, de ahí que sus habitantes y gobiernos clamaran al Papa para que los defendiera.  Cuando los Lombardos, que ocupaban el norte de Italia, intentaron ocupar Roma, la inoperancia bizantina en la defensa de la antigua capital del mundo; la respuesta dada por los griegos al Papa de que negociara una paz con los lombardos; la orden lejana y desatendida de los bizantinos a los lombardos de que devolvieran los territorios ocupados, hicieron que el Papa pidiera socorro a los francos. El interés despertado en Pipino, el breve, para que el Papa rezara por su salvación y por su reino (la intercesión divina que era muy apreciada en el medievo), determinaron que, en el 756, apoyara al Papa Esteban II frente a los lombardos, restituyendo a Roma sus territorios y señalando que en los mismos el Papa sería la máxima autoridad. Se concedía así a los Papas poder civil y político además del religioso. Pipino extendió las posesiones del papado por medio de donaciones, propias y de otros nobles. Nacían así los Estados Pontificios.

El hijo de Pipino, Carlomagno, confirmó la donación hecha por su padre a Roma, pero se retractó posteriormente y recortó considerablemente las dimensiones de los territorios dados, al tiempo que aumentó su injerencia en los asuntos romanos. El Papa León III, temeroso del poder de Carlomagno, en la Navidad del 800, coronó a Carlomagno como Emperador de Occidente, lo que suponía reconocer la condición de emperador también sobre Roma. El hijo de Carlomagno, Ludovico Pío, ante las revueltas de los nobles en territorio pontificio, actuó para asentar en el soleo romano a Eugenio II, motivo que determinó, en el 924, la promulgación de la Constitución Romana (Constitutio Lotharii – nombre del hijo de Ludovico Pío-) por cuyas cláusulas se estipulaba que el Emperador ejercería en adelante en Roma, sin menoscabo del poder ejecutivo en posesión del Papa, el derecho de suprema justicia; al tiempo que se obligaba mediante juramento a aplazar la consagración de los Pontífices elegidos en el futuro hasta tanto que éstos no prometiesen fidelidad al Emperador, ante sí o en presencia de sus representantes. Consecuentemente, el poder papal se vio mermado y sometido al del Imperio y al mundo occidental. Esa posición de preeminencia del Imperio se vio mermada a la muerte de Ludovico Pío por las escisiones nacidas en el Imperio romano germánico. Sin embargo, motivado por la presencia de los berberiscos en las costas de los territorios papales y por las luchas intestinas de Roma el Papa volvió a solicitar ayuda a los germanos. Especialmente señaladas fueron las relaciones con Otón I (Rey de Francia oriental en el 936 y coronado por el Papa como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico el 2 de febrero del 962) y Federico I Barbarroja (Federico I de Hohenstaufen. Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico del 1155 al 1190) pues en ambos casos las injerencias políticas y espirituales del Imperio en el papado fueron destacadas, quedando el Papa a merced de las decisiones imperiales a cambio de su protección militar.

El papado no se vio algo más libre hasta Inocencio III, el cual inmiscuyéndose en los conflictos dinásticos del Imperio logra por la Constitución de Spira (1209) el rescate de la casi totalidad de las concesiones hechas en épocas pasadas al Imperio en materia espiritual. También recuperó parte de los territorios y los incrementó extendiéndose por el norte de Italia gracias a la herencia que dejan a la Santa Sede la condesa Matilde de Toscana y Raimundo IV de Tolosa. Además, consigue poner al frente del Imperio a Federico II, nieto de Barbarroja y educado por el Papa. Sin embargo, el Emperador se muestra poco agradecido con su tutor y sus sucesores, Gregorio IX e Inocencio IV, este último buscaría ayuda francesa para frustrar las aspiraciones de Federico II. La desaparición de la dinastía Hohenstaufen traería consigo una concordia casi inalterable entre las dos potencias hasta los conflictos religiosos del Siglo XVI.

Los conflictos en los Estados Pontificios continuaron, no ya contra el Imperio sino por el cisma de Aviñón, lo que aumentó el estado anárquico y la paulatina disgregación de los territorios pontificios. En esta difícil situación, Inocencio VI, en 1353, encargó al cardenal español Gil de Albornoz poner orden en el caos existente. Lo hizo. Recuperó los territorios perdidos y organizó su administración por medio de un código que permaneció en vigor durante más de 400 años. Aunque el orden duró poco y la anarquía volvió a los Estados Pontificios.

  1. EDAD MODERNA.

Con los Habsburgo en el trono, la situación de Italia fue de tranquilidad. Los Estado Pontificios existían, pero la autoridad ejercida por los Papas no era propiamente la de un soberano, en el concepto moderno del término, hasta los pontificados de Alejandro VI y Julio II. Alejandro VI Borgia organizó el papado como una monarquía unipersonal y centralista, propiciando la formación de un reino italiano independiente de la Santa Sede cuyo gobierno estaría en manos de alguno de sus hijos, primero Juan de Gandía y luego César Borgia. Entre 1503 y 1513, Julio II recuperó para la Iglesia algunas de las posesiones de los Borgia. Tarea que continuaron Clemente VII y Pablo III. Los Estados Pontificios llegaron a abarcar prácticamente todo el centro de la península itálica, alcanzando su mayor extensión territorial en el siglo XVI. Pero la situación del momento, el problema protestante y la defensa del catolicismo en la figura del Emperador español Carlos I, propició que la presencia internacional del papado quedara en un segundo plano bajo la sombra de España, y mucho más tras la firma de la Paz de Cateau-Cambrésis. Tratado de gran importancia en la Europa del siglo XVI por la duración de sus acuerdos que estuvieron vigentes durante un siglo. El tratado, firmado por Felipe II de España, Enrique II de Francia e Isabel I de Inglaterra, supuso el reparto y reorganización de diversos territorios europeos, con ellos se refuerza la presencia española en el milanesado, Francia renuncia a sus ambiciones en la península itálica y acuerda, asimismo, trabajar junto a España contra la herejía protestante, lo que provoca no pocos sinsabores internos a los galos, el mayor de todos, las guerras de religión en Francia. La Paz de Cateau-Cambrésis llevó la tranquilidad a la península italiana hasta el siglo XVIII. Aquel periodo de tranquilidad fue aprovechado por los sucesivos Papas para robustecer su poder y la prosperidad de sus territorios, a través principalmente de medidas militares y económicas. De entre los Papas del aquel siglo destaca por la importancia de sus reformas Sixto V (1585 a 1590). Realizó una profunda reforma de la Iglesia; reorganizó su gobierno y aplicó rigurosamente los decretos conciliares del Concilio de Trento, impulsando un clima de moralidad entre los obispos y prelados; reformó el Tribunal de la Rota; emprendió una reforma de las órdenes religiosas, endureciendo su disciplina especialmente en relación con la clausura; publicó la constitución apostólica que imponía a los obispos la obligación de visitar la sede pontificia en Roma al menos cada cuatro años con objeto de informar al Papa del estado de su diócesis; impuso normas morales para ordenar la conducta de los ciudadanos de Roma; reformó el Colegio de Cardenales y estableció para ellos normas disciplinarias mucho más duras que las existentes a través de la publicación en 1586, de la constitución apostólica Postquam verus ille; se ocupó de sus misioneros, sobre todo en Asia, donde eran perseguidos…

En los aspectos del gobierno de sus territorios, creó una estructura administrativa y burocrática que favoreciera la gestión y gobierno de un estado moderno, estableció en su primer consistorio (1585) la prioridad de acabar con el bandidaje, administrar justicia y terminar con el hambre de sus súbditos. También construyó una flota para combatir las razias berberiscas en las costas de sus dominios. Puso orden en las finanzas de los Estados Pontificios creando un fondo de garantía y unos recursos para casos de extrema necesidad. Además, emprendió un amplio programa de obras que embellecieron y saneamiento de Roma.

El Siglo XVII fue el del inicio de la decadencia española, en este contexto el papado, marginado de la vida internacional durante el siglo anterior, aumento su prestigio y presencia internacional y en el ámbito cultural del momento. Un gran pontífice, Benedicto XIV supo calibrar las difíciles consecuencias, para el prestigio y la irradiación espiritual de la Iglesia, el mantenimiento de un poder temporal sin medios capaces de garantizar su eficacia e incesantemente menospreciado por los vaivenes políticos de cada época. Por ello se planteó diversas reformas que desbarataron con poco tino sus sucesores. Así dejamos, en el más absoluto ensombrecimiento, los Estados Pontificios cuando se produce la Revolución Francesa (en adelante, RF).

  1. DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA A MUSSOLINI.

Al estallar la RF (los Estados Pontificios comprendían la franja central de la península italiana, desde Frosinone hasta Ferrara, además de los enclaves pontificios de Avignon y el condado Venassino, en Francia, y Pontecorvo y Benevento en el reino de Nápoles). La RF supuso el principio del fin de los Estados Pontificios. En septiembre de 1791 la Asamblea legislativa declaró territorio nacional francés Avignon y el condado Venassino.

En marzo de 1796, Napoleón Bonaparte como general en jefe del cuerpo de ejército francés de Italia, se apoderó del Piamonte y Cerdeña y posteriormente de la totalidad de la Lombardía, Bolonia y Ferrara. Tras intentos infructuosos de paz, en febrero de 1798 los franceses ocupan Roma, deponen a Pío VI y proclaman la República romana. Las iglesias, los museos y el Vaticano fueron saqueados por los franceses, y el Papa deportado a Valence, donde falleció el 29 de agosto de 1799, después de una larga y penosa peregrinación de año y medio hasta llegar a su destino. En el conclave que tuvo lugar en Venecia, fue elegido Papa (año 1800) Pío VII, el cual regresa inmediatamente a Roma, recuperada por las tropas napolitanas de Fernando IV. El Papa buscó un acuerdo con Napoleón. El acuerdo que pretendía respetar la inviolabilidad de la Iglesia y la libertad de cultos, entre otras cosas, no fue aceptado por la Asamblea francesa, por lo que Napoleón decretó unilateralmente una serie de artículos que suponían el sometimiento de Roma a Bonaparte. Pío VII buscó un arreglo al modo tradicional, coronando emperador a Napoleón en París, con la pretensión de conseguir modificar algunos de los artículos orgánicos. Tras la coronación, Pío VII fue retenido en París durante cinco meses, pero en abril de 1805 pudo regresar a Roma.  De nada sirvió su predisposición al acuerdo, las guerras europeas de Napoleón le daban escusas para penetrar en los estados pontificios, así lo hizo en 1805 y en 1806. Y, en 1808, las tropas francesas ocupan Roma. Pío VII reaccionó lanzando una bula de excomunión, que le valió el arresto, envío a Savona y posteriormente, en 1812, a Fontainebleau. En 1814, cuando los aliados se aproximaban a París, el Papa fue puesto en libertad y regresó a Roma. En el Congreso de Viena, el cardenal Consalvi consiguió que fuesen restituidos a la Iglesia todos los territorios a excepción de Avignon y el condado Venassino que se integraron en Francia.

Las revoluciones de 1820 y 1830 tuvieron en Italia varios estallidos; la primera se centró en Nápoles y Piamonte y, la segunda, además de afectar a más territorios, inició el movimiento independentista en Italia solicitando la creación de un estado italiano separado del papado. Esto precipitó la presencia austríaca y francesas en defensa papal; el ejército francés se situó en Roma y no abandonó la ciudad hasta que los austríacos no salieron de los Estados Pontificios en 1838.

En junio de 1846, fue elegido Papa Pío IX, hombre de sincero fervor y profundo espíritu de oración. Con su bondad natural conquistó fácilmente la simpatía universal. Cuando llegó al solio pontificio debió enfrentar dos problemas: una reforma administrativa de los Estados Pontificios y definir la posición del papado ante las aspiraciones de unidad e independencia difundidas en Italia. El Papa mantuvo posiciones nada claras hasta 1848. Pero, los acontecimientos se precipitaron cuando la católica Austria declaró la guerra a Cerdeña y el Papa señaló que no podía declarar la guerra a una nación católica. Esto tornó el entusiasmo hacia el Papa en odio. Se produjeron manifestaciones frente al Quirinal que obligaron al Santo Padre a quedar recluido dentro de él. La noche del 24 de noviembre, ayudado por los embajadores de Baviera, España y Francia, el Papa conseguía huir. Cuando el 9 de febrero de 1849 la Asamblea constituyente romana declaró la República y la caída del poder temporal del pontífice, Pío IX solicitó la ayuda militar de Austria, Francia, España y Nápoles. El 3 de julio, las tropas francesas entraban en Roma, mientras las austriacas ocuparon las ciudades del norte. Restablecido el orden y expulsados los elementos más exaltados, el Papa regresó a la capital el 12 de abril de 1850, arropado por las tropas francesas que permanecieron en los Estados Pontificios hasta 1867.

Pero antes de llegar a ese año crucial debemos comprender el enfrentamiento que surgió entre el Papado y el reino de Cerdeña como consecuencia de las leyes Siccardi, que se presentaron a la Cámara en tres momentos: 1850, 1855 y 1866. Por estas leyes se suprimía el fuero y privilegios de los religiosos, el derecho de asilo en iglesias y conventos, las manos muertas, la adquisición de bienes estatales sin la aprobación del Rey y la abolición de las penas de quienes no guardaban las festividades religiosas. Además, acabaron aprobando un matrimonio civil, que tras 1865, se convirtió en obligatorio, privando de toda eficacia y legalidad al matrimonio religioso. Por otro lado, se restringió la capacidad civil y política de los eclesiásticos, alejándolos de los cargos y oficios públicos, a lo que se unió la negativa a dar reconocimiento jurídico a las órdenes religiosas que no estuviesen dedicadas a la predicación, a la educación o al cuidado de los enfermos. Además, disponían la incautación de todos sus bienes destinándolos a las necesidades del clero secular. La Santa Sede reaccionó excomulgando al Rey y al Parlamento, lo que provocó una separación mayor entre católicos y liberales.

A este problema religioso se unió el problema político de la unificación italiana. En una visión rápida y siempre con los ojos puestos en los Estados Pontificios, la acción de Cavour, Mazzini, Garibaldi y Víctor Manuel II encaminada a lograr la ansiada unidad de la península supuso un conflicto internacional en el que estuvieron implicadas todas las potencias europeas, con múltiples alianzas, ora en favor de unos, ora en favor de otros, siempre con Francia y Austria en posiciones enfrentadas. Quizá sea bueno recordar que los estados italianos en aquel momento eran: el reino de Cerdeña (Cerdeña y Piamonte); el reino de las Dos Sicilias (sur de Italia y la isla de Sicilia); los Estados Pontificios (en el centro de la península esencialmente); el reino Lombardo-Veneciano, y los ducados de Parma, Módena y Toscana.

Cavour y Víctor Manuel sabían que la unidad pasaba por enfrentarse a Austria, que se había anexionado el reino lombardo-véneto y que se oponía a la unión, y posiblemente también al Papa. Para ello, los piamonteses se unieron a Napoleón III con la promesa de que Francia obtendría Saboya y Niza. El enfrentamiento franco-austríaco en las batallas de Magenta y Solferino en 1859, supuso la victoria franco-piamontesa. Sin embargo, Napoleón, sin conocimiento de los sardos, firmó un acuerdo con Austria por el cual la Lombardía pasaba a depender del reino piamontés y Venecia seguía en manos austriacas. Cavour emprendió una actividad de propaganda para convencer al resto de los ciudadanos de la Península de que se adhirieran a una Italia unificada. La victoria sobre Austria facilitó esta tarea y un plebiscito de dudosa legalidad convocado en 1860 determinó la incorporación al reino de Cerdeña de los estados de Parma, Módena y Toscana. A ellos se unió la Romagna lo que supuso el enfrentamiento con el Papa que reuniendo un ejército se enfrentó a los piamonteses, siendo derrotado en la batalla de Castelfidardo.

Pocos meses después, en 1861, Giuseppe Garibaldi, con el apoyo secreto de Cavour, desembarcó en Sicilia, al mando de un cuerpo de mil voluntarios que vestían camisas rojas, se apoderó de la isla y ocupó el reino de Nápoles. El ejército sardo, al mando del propio Víctor Manuel II, después de conquistar los Estados de la Iglesia, que quedaron reducidos a Roma y alrededores, se unió a Garibaldi en Nápoles. El 13 de marzo de 1861, el primer parlamento nacional reunido en Turín, proclamó como Rey de Italia a Víctor Manuel II.

Napoleón III se mostró defensor del poder temporal del Papa para no perder el voto de los católicos y propiciando, al mismo tiempo, las aspiraciones de unidad italiana. Pío IX condenó en el Syllabus, sin demasiado énfasis, a quienes quisieran acabar con el poder temporal del Papa En el mes de diciembre de 1866 las últimas tropas francesas abandonaban el territorio de la Iglesia y, unos meses más tarde, en septiembre de 1867, Garibaldi invadía los Estados Pontificios con el apoyo de nuevo del gobierno italiano. Pero fue derrotado el 3 de noviembre por las tropas francesas y pontificias, en la batalla de Mentana.

En julio de 1870, al estallar la guerra franco-prusiana, las tropas francesas tuvieron que abandonar de nuevo Roma. Cuando el ejército francés fue derrotado en la batalla de Sedán, Napoleón III encarcelado y proclamada la República francesa, Víctor Manuel II decidió ocupar Roma, lo que hizo el 10 de septiembre. Organizó un Plebiscito para incorporar los territorios pontificios a la unión que ganó con mayoría abrumadora.

El reino de Italia, para disipar la impresión de haber arrebatado al Papa sus posesiones y de impedirle el ejercicio de su libertad espiritual, aprobó en el mes de mayo de 1871 las Leyes de Garantías, por las que concedía al Pontífice, al que consideraba implícitamente como súbdito italiano, honores de soberano, el derecho de representación activa y pasiva, una dotación anual y el usufructo, que no la propiedad, de los palacios Vaticano, Laterano y de Castelgandolfo. Pío IX rechazó la oferta y se consideró prisionero en el Vaticano. En el mundo entero y mucho más entre los católicos italianos creció la estima por el Papa al considerarle una víctima. Nace así la cuestión romana que se prolongó casi sesenta años (1870-1929).

En ese periodo, las disputas entre el reino de Italia y el Papa son continuas, especialmente por la prohibición expresa del Papa a los católicos de participar activamente en la vida política italiana (Non expedit: no es conveniente). Esta situación creó conflictos sociales y políticos evidentes pues dejaba toda la actividad y la regulación civil italiana a socialistas y liberales. Fue el Papa Pío X (1903-1914) el que poco a poco levantó la prohibición, con resultados positivos en las elecciones administrativas de 1909 y espectaculares en las elecciones generales de 1913. Benedicto XV (1914-22) puso las bases definitivas para solucionar el problema. En su primera encíclica ya planteó el tema de la soberanía pontificia como la necesidad del Papa de ser libre y no como una cuestión territorial. Permitió a los católicos italianos intervenir en política y alentó al sacerdote Sturzo a fundar el Partito Popular Italiano, que tuvo un gran éxito en las elecciones de 1919. Además, otros dos hechos vinieron a contribuir a romper las barreras existentes: la participación de los católicos italianos en la guerra, fieles a su patria, y la autorización dada por el Pontífice para que los Jefes de Estado que fuesen a Roma pudiesen visitar al mismo tiempo al Rey y al Papa. Precisamente, en ese año 19 se iniciaron conversaciones para lograr ese estado pontificio. Pero no es hasta 1926, cuando las negociaciones se afianzan. Los postulados de la Santa Sede se fundamentaban en la constitución de un estado de la Iglesia, indemnización económica y concordato. El 11 de febrero de 1929, se firmaban los Pactos de Letrán (suscritos por el Primer Ministro italiano, Benito Mussolini y el Papa Pío XI). Eran tres pactos o acuerdos diferentes: el tratado con la creación del Estado de la Ciudad del Vaticano, con una extensión de 44 hectáreas, más los edificios que gozan de extraterritorialidad, y con todos los atributos propios de una soberanía: bandera, banca, moneda, policía, organización judicial, comunicaciones, derecho de legación activa y pasiva. El concordato, que además de las cuestiones semejantes a los firmados con otras naciones, recogía algunos aspectos exclusivos de Italia: salvaguardar el carácter sacro de Roma, cesión a la Santa Sede de los santuarios de Padua, Loreto y Asís, y el reconocimiento de personalidad jurídica a las casas generales de las órdenes religiosas ubicadas en Italia.  Convenio económico, que se estableció en 750 millones de liras, lo que suponía menos de la mitad de los que el Gobierno Italiano había ofrecido en la Ley de Garantías y 1.000 millones en títulos del Estado. Los acuerdos alcanzados en los Pactos de Letrán supusieron una ganancia en autoridad moral e independencia política del papado para el libre ejercicio de la actividad pastoral.

BIBLIOGRAFIA

Curso de Historia de la Iglesia. Universidad San Pablo. CEU.

LABOA, Juan María. “La Revolución francesa y la Iglesia” en Historia de la Iglesia Católica. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC). 2002

EL DOS DE MAYO DE 1808

Tras la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando, como consecuencia del Motín de Aranjuez ( ver entrada anterior del blog), Fernando VII consideró conveniente enviar comunicado a Napoleón de la nueva situación, quizá buscando el acuerdo y la protección del Emperador. El entusiasmo del pueblo y el cambio de monarca sorprendieron a Napoleón y a Murat, Gran Duque de Berg y de Clèves, y, sobre todo, cuñado de Napoleón y, en aquellos días, jefe de los ejércitos franceses en España.  Napoleón aplazó su entrada en Madrid y decidió preparar una encerrona a los borbones. El embajador francés en la corte española que había tomado parte en el Proceso de El Escorial y en la preparación del Motín de Aranjuez declinó toda participación en actos de la nueva corte. Es más, se entrevistó con el rey padre asegurándole que no reconocería a Fernando VII.

Napoleón inicia su marcha hacia Madrid con varios Cuerpos del Ejército entrando unos por Somosierra y otros por Guadarrama. Estando en el Molar, el duque de Berg , el 21 de marzo, recibe carta de la Reina de Etruria, hermana de Fernando VII, que ofrecía a los franceses la posibilidad de entrar en los litigios sucesorios y lo hacía en favor de su padre y en contra de su hermano. Se produjo aquel encuentro en Aranjuez que posibilitó los actos franceses posteriores que incidieron en la sucesión a la Corona española. El 23 de marzo, las tropas francesas entraban en Madrid por la puerta de Alcalá, con gran expectación y alborozo del pueblo y de la nobleza.

Desde el encuentro de Aranjuez con la Reina de Etruria, Murat y sus mandos extreman la amabilidad con el rey padre para intentar debilitar aún más las relaciones con su hijo. Una de las primeras preocupaciones del duque de Berg es el destino de Godoy, al que consideraba en peligro de muerte y al que veía como peón necesario para mover la voluntad de Carlos IV. El segundo acto fue convencer a Carlos IV de que anulara su abdicación, cosa que el Rey hizo de manera gustosa, en un acto que, muchos consideran de alta traición a la monarquía y, sobre todo, una solemne torpeza en contra de España y en favor de sus enemigos.

Napoleón envía a España al general René Savary con la doble finalidad de llevar, de cualquier modo, a Fernando VII a Bayona y ,por otro lado, mostrar a Murat sus planes para sustituir a los Borbones por los Bonaparte y, para ello, el propio duque de Berg ( que aspiraba al trono español, cosa que Napoleón nunca contempló, pero de lo que no le dio cuentas) debería enviar a Francia a toda la familia real junto con Godoy. El 16 de abril, Napoleón se instala en Bayona

El 10 de abril inicia Fernando VII su viaje hacia Burgos con el objeto de entrevistarse con Napoleón. El monarca pensaba que la entrevista tendría lugar en España, pero no debía de tener todas consigo el Rey Fernando cuando nombra al frente del País a una Junta de Gobierno. Ni en Burgos ni en Vitoria tienen noticias del Emperador si bien Napoleón le envía una carta dándole cita en Bayona para “conferenciar” sobre su nombramiento como Rey de España. Al tiempo, manda orden al general Bessières, que capitaneaba las tropas asentadas entre Burgos y Vitoria de que, si Fernando retrocedía, le prendiera y llevara a Bayona. Allí llega el Rey de España el día 20 de abril.

En este punto conviene recordar la conversación de Napoleón con Escoíquiz, antiguo preceptor y, en aquel momento, consejero del rey Fernando[1]:

Escoíquiz: “Si insiste V.M. en la mudanza de dinastía…proporcionará nuevas y poderosas armas a Inglaterra para eternizar sus coaliciones y guerras” y los “españoles os jurarán un aborrecimiento inextinguible…sólo un exterminio total de los españoles… podrá colocarle en el trono”

Napoleón: “ crea vuestra merced que los países donde hay muchos frailes son fáciles de sujetar. Tengo experiencia de ello. Esto mismo ha de suceder, pues, con los españoles, aunque necesite sacrificar 200.000 hombres, de todos modos, ha de ser lo mismo, y yo estoy bien lejos de creer que se necesitase tanta pérdida de gente para subyugar a España”.

De los diferentes intentos de calcular las bajas de los franceses durante toda la ocupación de España, los generales Marbot, Lumière y Bigorré cifran las bajas en unos 100 muertos diarios, lo que daría un total de 180.000 hombres muertos o heridos. Aunque existen otros cálculos del general Lumière de Corvey que estima las bajas de los soldados franceses en España entre 6.000 y 8.000 muertos al mes, lo que daría una cifra cercana a las 500.000 bajas.[2] Quizá todo sea un poco exagerado, pero marca las pautas del enorme desgaste francés en España, en sí mismo considerado y, mayor, por inesperado.

 En Bayona, Napoleón propuso a Fernando renunciar al trono de España y ser nombrado Rey de Etruria, pero Fernando se negó. Desde ese momento, Napoleón desiste de tratar con Fernando y se dirige a Carlos IV y a Godoy; el 5 de mayo consigue la renuncia al trono del rey padre que queda confinado en Compiègne, de donde pasará a Marsella y de allí, en 1812, a Roma. Fernando el día 5 manda un correo a España con la orden de convocar Cortes y el día 6 acaba renunciando también a la corona y pasa a residir en Valençay, bajo la custodia de Talleyrand.

Mientras suceden esos acontecimientos en Bayona, en Madrid, Murat cumple las ordenes recibidas de secuestrar a toda la familia real. Desde la marcha de Fernando, los españoles andaban preocupados por la presencia francesa , la Junta de Gobierno y el resto de la nobleza veían que aquel viaje de Fernando no había sido una buena idea.

El 2 de mayo cuando los franceses intentaron llevarse al menor de los hijos de Carlos IV, el infante Francisco de Paula, el pueblo de Madrid intentó impedirlo.  Entre ese día y el siguiente, el movimiento se extendió por toda la ciudad. En Madrid había 3.500 soldados españoles, rodeados de dos Cuerpos de Ejército franceses acantonados en la capital y alrededores. Una parte de esos soldados tenían preparada la resistencia, sobre todo,  por algunos oficiales de artillería ( del parque de artillería de Monteleón) y protagonizando ellos, especialmente, el teniente Ruiz y los capitanes Luis Daoiz y Pedro Velarde una auténtica y heroica lucha que fue secundada por la ciudadanía. (Situación reflejada maravillosamente por Joaquín Sorolla):

 https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/dos-de-mayo/e042130f-29cf-4bb1-a64e-1e0d2fc38d23

El pueblo de Madrid se alzará contra el invasor. Acudieron los hombres, las mujeres y los niños, luchando todos con valentía. Entre aquellas mujeres destacaremos a dos: Clara del Rey y Manuela Malasaña. Clara del Rey murió en el parque de Monteleón, donde acudió a defender a España con su marido y sus tres hijos; en cambio, no se pone de acuerdo la historiografía sobre el papel que jugó Manuela Malasaña en la revuelta, pero sí que fue ejecutada son saña por el ejercito francés ( ver el cuadro de Eugenio Álvarez Dumont):

https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/malasaa-y-su-hija-se-baten-contra-los-franceses/5abf3304-7a86-43d7-bf46-85e10357c385

 Aquel levantamiento era el inicio de la guerra contra el invasor, pero la declaración de guerra no provino de las autoridades ni del ejército sometido al napoleónico sino del Alcalde de Móstoles, Andrés Torrejón. No se conserva integro el manifiesto del Alcalde; el historiador, Conde de Toreno, considera que el original es la proclamación que se conserva en el Archivo Parroquial de la villa de Cumbres de San Bartolomé (Huelva), dado a conocer por Rumeu de Armas, el cual decía lo siguiente: «Señores de justicia y de los pueblos a quienes se presentase este oficio de mí, el alcalde de la villa de Móstoles. Es notorio que los franceses apostados en las cercanías de Madrid, y dentro de la corte, han tomado la defensa sobre este pueblo capital y las tropas españolas; por manera que en Madrid está corriendo a esta hora mucha sangre; como españoles, es necesario que muramos por el rey y por la Patria, armándonos contra los pérfidos que so color de amistad y alianza nos quieren imponer un pesado yugo, después de haberse apoderado de la augusta persona del rey; procedamos, pues, a tomar las activas providencias para escarmentar tanta perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás pueblos, y alentándonos, pues no hay fuerzas que prevalezcan contra quien es leal y valiente como los españoles lo son. Dios guarde a usted muchos años. Móstoles, dos de mayo de mil ochocientos ocho. Andrés Torrejón y Simón Hernández.”[3] Lo firman los dos alcaldes de la villa. Fuera como fuese, el texto reconocido por todos es aquel más breve que decía :“¡Españoles, la Patria esta en peligro, acudid a defenderla!”

La desproporción de fuerzas no puede ser compensado por el heroísmo del ejército español y de pueblo de Madrid. Murat tuvo ocasión de cumplir lo anunciado, dar una lección de sangre y fuego al castigar el alzamiento madrileño. La “ carga de los mamelucos” en la Puerta del Sol  (los mamelucos eran soldados esclavos de origen egipcio, pero también de razas caucásicas, eslavo y mongoloide y muchos turcos). https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/el-2-de-mayo-de-1808-en-madrid-o-la-lucha-con-los/57dacf2e-5d10-4ded-85aa-9ff6f741f6b1

y los “fusilamientos del 3 de Mayo” en la Montaña del Príncipe Pío, ambos reflejados en todo su dramatismo por Goya

https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/el-3-de-mayo-en-madrid-o-los-fusilamientos/5e177409-2993-4240-97fb-847a02c6496c

Son el reflejo de la represión ejercida por Murat , que se acompañó de un bando en el que se decretaba que: “ serán arcabuceados todos cuantos durante la rebelión han sido presos con armas”…”todo corrillo que pase de ocho personas se reputará reunión de sediciosos y se disparará a fusilazos.”…”toda villa o aldea donde sea asesinado un francés será incendiada”. No está clara la cifra de ejecutados a causa del levantamiento del dos de mayo, pero el Conde de Toreno las estima en 1.200 personas. Tanto Murat como, sobre todo, el general Barón de Marbot, acabaron reconociendo su mala conciencia por lo acontecido. Este último escribió: “Como militar yo había debido combatir a hombres que atacaban al ejército francés. Sin embargo, en mi fuero interno, no podía evitar reconocer que nuestra causa era mala, y que a los españoles les asistía la razón al intentar rechazar a unos extranjeros que, después de haberse presentado en su casa como amigos, querían destrozar a sus soberanos y apoderarse del Reino por la fuerza. Esta guerra me parecía, pues, impía; pero yo era un soldado y no podía negarme a marchar sin ser tachado de cobarde. La mayor parte del ejército pensaba como yo y, a pesar de todo, obedecía de igual modo[4]

El dos de mayo fue sofocado y Murat escribió a Napoleón: “ La victoria que acabo de obtener sobre los insurrectos de la capital nos abre la posesión pacífica de España”.

Ocurrió al revés. La represión del dos de mayo fue la señal para la insurrección general, empezando por los lugares a los que no habían llegado las tropas francesas. La insurrección comenzó en Asturias el día 9 de mayo y estallando definitivamente el 24, formándose para dirigirla una “Junta”.  Los franceses enviaron a tropas españolas a su mando para sofocar la insurrección juntera, sin embargo, los militares españoles se unen a la insurrección asturiana. Así se inicia, la organización institucional que resiste a los franceses y organiza a los españoles durante la guerra de Independencia.

La guerra de Independencia española tendrá gran repercusión en Europa pues a imitación de España otros pueblos europeos se alzan contra Napoleón. Nuestra guerra supuso el principio del fin del gran corso. Internamente, las Juntas se convertirán en el instrumento de la revolución liberal- burguesa en España y fundamento del nacimiento de la Soberanía popular en nuestro País. A aquel levantamiento le debemos la democracia, aunque tardara en llegar. No malgastemos la valiente sangre española derramada en 1808.

BIBLIOGRAFIA:

JUAN DE ESCOÍQUIZ. “Memorias (1807-1808). Ed Renacimiento.

DAVID ODALRIC DE CAIXA I MATA. Historia Militar de la Guerra de la Independencia 1808-1814 (de las Guerras Revolucionarias a la Guerra de la Independencia). Bitácora .

CONDE DE TORENO: “Historia del levantamiento, guerra y revolución de España”. 2014. Ed AKRON

VICENTE PALACIO ATARD. “La España del S. XIX”. Espasa Calpe. 1981.

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. Introducción a la Historia de España. Ed. Teide. 198

[1] Juan de Escoíquiz. “Memorias (1807-1808). Ed Renacimiento.

[2] David Odalric de Caixa i Mata. Historia Militar de la Guerra de la Independencia 1808-1814 (de las Guerras Revolucionarias a la Guerra de la Independencia). Bitácora

[3] Conde de Toreno: “Historia del levantamiento, guerra y revolución de España”. 2014. Ed AKRON

[4] Citados por Palacio Atard en su obra “la España del siglo XIX”.