¿Y SI RUSIA GOBERNARA EN USA?

El título que a algunos puede parecerles ciencia ficción, no lo es. Es más, a punto estuvo de suceder.

Ya vimos hace algún tiempo, como los comunistas se infiltraron en las élites universitarias británicas, dando lugar a la mejor red de espías en favor de la URSS que se haya conocido.

https://algodehistoria.home.blog/2022/01/14/los-5-de-cambridge-o-el-origen-de-james-bond/

Sin embargo, Stalin no se paró en barras y decidió que el comunismo debía reinar también en USA. En USA, antes del “Macartismo” ( 1947 a 1957. Los diez años de McCarthy como senador. Época de persecución contra los comunistas absolutamente desproporcionada, especialmente de famosos artistas o escritores de Hollywood), los comunistas se habían posicionado en las altas esferas del gobierno demócrata de Roosevelt. La figura más peligrosa, pese a no ser un claro militante comunista, era Henry Wallace; desde 1940 vicepresidente de los Estados Unidos.

Wallace estudió biología y se convirtió en especialista en genética de las plantas. En 1932 fue nombrado secretario de Agricultura (equivalente a nuestros ministros). Su labor como ministro fue desastrosa para la economía americana. Era un experto en agricultura, pero no en política agraria. Con él los precios se dispararon en una época en la que aún estaba reciente la crisis del 29 y donde el hambre se cebaba con la población. A pesar de ello, se convirtió en el líder del sector más radical del Partido Demócrata y, con esos antecedentes, en 1940, fue nombrado vicepresidente.

Wallace presentó su apoyo incondicional a la Internacional comunista. El contraespionaje americano no logró identificarlo como militante comunista, pero sí creían que recibía órdenes de Stalin. Sus maniobras en favor de los comunistas chinos coadyuvaron a la llegada al poder de Mao Tse Tung en 1949. Conocía perfectamente a otros infiltrados y los dejo hacer, sin informar al presidente Roosevelt, evidentemente.

En aquellos años, se inició el proyecto Verona, que fue un programa de contrainteligencia americano que funcionó desde el 1 de febrero de 1943 hasta el 1 de octubre de 1980. Fue un proyecto exitoso cuyo objetivo era descifrar los mensajes transmitidos por las agencias de inteligencia de la Unión Soviética.

Durante los treinta y siete años que duró el proyecto Verona, el Servicio de Inteligencia de Señales descifró y tradujo aproximadamente 3.000 mensajes. Como resultado del proyecto se descubrió la red de espionaje de los cinco de Cambridge, como ya vimos,  y el espionaje soviético del Proyecto Manhattan en Estados Unidos, (el Proyecto Manhattan permitió la creación de las armas nucleares. Aquel proyecto, en el que trabajaban USA, Canadá y Gran Bretaña, reunió a un grupo de científicos liderados por el físico nuclear Robert Oppenheimer). El proyecto Verona permaneció en secreto durante más de 15 años después de su conclusión. Algunos de los mensajes soviéticos descifrados no fueron desclasificados y publicados por Estados Unidos hasta 1995.

Cuando se desvelaron aquellos mensajes, se pudo comprobar la gran penetración de la URSS en el Gobierno americano.

En torno a 1941, tras el enfrentamiento soviético contra los nazis, ser comunista no estaba restringido en USA, ni demasiado mal visto. Podían actuar con cierta libertad. Los principales espías se colocaron en los Departamentos de Defensa y de Estado. Así, el comunista Bill Donovan se convirtió en asistente principal del director de la CIA. Alger Hiss, probablemente el más famoso de los comunistas, fue uno de los más altos funcionarios durante la guerra, estuvo como consejero de Roosvelt en Yalta. Cuando terminó la guerra trabajó para la ONU en San Francisco. Sufrió un juicio por perjuro que tuvo enorme seguimiento. Fue una especie de rememoración de lo ocurrido con Al Capone, puesto que no pudieron enjuiciarlo por traición porque el delito había prescrito.

Otro destacado comunista fue Harry Dexter White que llegó a ser subsecretario del tesoro- pasó las planchas auténticas del dólar durante la guerra a la URSS-. Sus ideas de ruralizar Alemania y dividirla en trozos hubiese sido desastroso, pero no se llegó a aplicar su plan al ser desenmascarada su condición de espía. No llegó a juicio porque se suicidó.

Por último, cabe hablar de tres personajes: L. Duggan; L. Currie y Harry Hopkins. Duggan fue junto con Hiss y White, miembro de la NKVD (precursor del KGB) soviético. Fue el jefe de la oficina para Sudamérica del Departamento de Guerra. Currie fue el principal asistente administrativo de Roosevelt. Informaba regularmente de absolutamente todo lo que veía o leía al NKVD. Acusado de espionaje después de la Guerra, huyó a Colombia donde vivió el resto de su vida en paz. Hopkins está considerado el espía más importante que tuvo Stalin en USA. Su actitud fue siempre pro comunista, vendió gran cantidad de uranio a Rusia, lo que estaba prohibido, señaló al ministro de exteriores soviético Molotov – que entonces tenía muy mala prensa en la casa Blanca- qué debía decir a Roosevelt para conseguir el apoyo norteamericano al plan soviético de invasión aliada de Europa.

Pero casi peor que los espías fueron los miembros de la administración americana que, o no se enteraron de nada, o no fueron capaces de transmitir los peligros de aquella penetración soviética en su administración. Un hombre tan brillante y buen gestor como Adolf Berle, que desde 1938 y hasta 1944 fue secretario de Estado Adjunto para América latina, conocedor y poseedor de pruebas irrefutables de que Hiss era espía fue incapaz de presentar el caso a Roosevelt de manera convincente para que el presidente le creyera. Roosevelt también ignoró la evidencia presentada por algunos otros colaboradores sobre las maniobras de otros espías.

Así las cosas, no es extraño que Stalin pensara que Roosevelt era fácilmente manipulable.

Tampoco el presidente americano ni Churchill llegaron a ver el alcance, en los momentos de las conferencias de paz, de los planes de invasión de Europa del Este, o de las infiltraciones comunistas en sus respectivos países, ideadas por Stalin. De hecho, mientras se desarrolló la Conferencia de Teherán, Roosevelt se alojó en la embajada soviética en la capital iraní, por no ofender a Stalin, aún a sabiendas de que sus habitaciones estaban llenas de micrófonos.

La conferencia de Teherán reunió a Roosevelt, Churchill y Stalin entre el 28 de noviembre y el 1 de diciembre de 1944. Fue allí donde se tomaron las decisiones más importantes sobre Europa del Este y no en la posterior conferencia de Yalta. A aquella reunión llegó Roosevelt con una salud delicada que empeoró a raíz de la presión de aquellas conversaciones. Sólo sus asesores y médicos sabían lo mal que estaba el presidente norteamericano; aunque debido a su vanidad, presunción y a su capacidad para disimular, logró engañar a los presentes en aquellas negociaciones sobre su auténtico estado de salud.

Roosevelt regresó a USA, en un incómodo avión militar, nada equiparable a los viajes presidenciales actuales, con lo que se dijo, era un catarro por el frío pasado en Irán y se le recomendó reposo. Pasó unos días en Georgia, pero la bronquitis no remitía. Su afán por aparentar salud se debía entre otras razones a su intención de presentarse a un nuevo mandato- el cuarto-. Ya en 1939 el doctor que lo atendía le advirtió que no debería presentarse a una tercera reelección porque no aguantaría los 4 años de legislatura y que, de hacerlo, debía escoger a un buen vicepresidente, es decir, a su posible sustituto. Pero en vez de eso eligió a Wallace pese al carácter radical y a sus evidentes conexiones comunistas.

De cara a las elecciones de 1944, de nuevo debía elegir ticket electoral. Wallace tenía una considerable oposición entre los pesos pesados del Partido Demócrata, pero era entre la población un hombre muy popular. Sobre todo, tenía gran influencia en el movimiento sindical a través de su amistad con el sindicalista Hillman, que era socio del jefe del Partido Comunista Americano.

Stalin estaba encantado con Wallace, se dice incluso que parte de la mala salud del presidente Roosevelt en Irán se debió a que fue envenenado por los rusos con la finalidad de que Wallace fuera nombrado presidente y así convertir a USA en un estado comunista -lo del envenenamiento no está demostrado-.

Si Wallace hubiera sido presidente hubiera elegido vicepresidente a Duggan y como secretario del tesoro a Harry Dexter White. Su jefe de gabinete hubiera sido, el que fue durante su vicepresidencia- Hopkins-. Todos ellos eran colaboradores de la casa Blanca por nombramiento, o influencia en el nombramiento, del propio Wallace. Todos estaban controlados por Stalin, al que, desde el inicio de sus días en la Casa Blanca, ya pasaban información, como quedó confirmado por los informes de Verona. Así sin guerra, sin muertos, Stalin hubiera gobernado el mundo.

Pero los planes rusos se torcieron de la noche a la mañana por el capricho o por la vanidad- característica que sobresalía en su personalidad, lo mismo que cierta doblez- de Roosevelt.

En la convención demócrata, Roosevelt dejó entrever a Wallace que sería elegido de nuevo en el ticket electoral, sin embargo, en una conversación con el presidente del Partido Demócrata Robert Hannegan, Roosevelt eligió a Truman.

¿Por qué? Wallace era más popular, pero evidentemente no el mejor, ni mucho menos. Si Roosevelt hubiera querido elegir al mejor, el candidato hubiera sido James Byrnes por entonces jefe de la Oficina de Movilización de la Guerra. Hombre brillante que fue congresista, senador por Carolina del Sur, juez de la Corte Suprema, director de varios departamentos ejecutivos,  secretario de estado con Truman y Gobernador de Carolina del Sur. Truman por el contrario era más gris, menos conocido, mucho menos brillante. Su nombre empezó a tener cierta relevancia porque, como Senador por Misuri, dirigió una investigación sobre el fraude y el despilfarro en el ejército estadounidense, conocida como el Comité Truman. Sus conclusiones ahorraron entre 10.000 y 15.000 millones de dólares en gastos militares.

Roosevelt no quería elegir un vicepresidente que le sustituyera sino uno que no le hiciera sombra durante su mandato. No pensaba que se fuera a morir. Pensaba en gobernar otros cuatro años. Sin embargo, reelegido en las elecciones de noviembre de 1944, falleció en abril de 1945, y Truman fue su sucesor.

Harry S. Truman resultó ser mejor presidente de lo que era esperable. No ha pasado a la Historia como uno de los mejores, pero se le recuerda por algunos hechos notables.

Truman promulgó las leyes que iniciaron la defensa de los derechos civiles, a la vez que protegió muchos de los logros del New Deal. Pero, sobre todo, se enfrentó a los soviéticos desde el principio. Se conoce como doctrina Truman a la política exterior estadounidense que buscaba contener la expansión del comunismo a nivel mundial al comienzo de la Guerra Fría. Se basaba en ofrecer asistencia económica y militar a países para evitar que cayeran en la órbita soviética.

La Doctrina Truman impulsó el Plan Marshall, la creación de la OTAN y le dio forma a la política exterior de EE. UU. durante más de 40 años desde la Segunda guerra mundial.

Truman, ya presidente,  representó a los EEUU en la Conferencia de Potsdam. Sus relaciones con la URSS comunista se hicieron cada vez más tensas. Stalin quería expandir la influencia soviética en Europa Oriental. Stalin estaba muy mal enseñado, en las conferencias anteriores, la posición de Roosevelt, asesorado por algunos de los comunistas de su gobierno, habían permitido a Stalin conseguir la mayor parte de sus reivindicaciones. Pero quería más. Churchill, durante el tiempo que permaneció en la conferencia- se tuvo que ir al perder las elecciones-, temía que el traslado de las tropas estadounidenses al Pacífico facilitara la expansión soviética en Europa, y por ello se había mostrado cada vez más duro con Stalin. Por su parte, Truman, era un anticomunista de línea dura y no quería que Europa Oriental se convirtiera en una esfera de influencia soviética. Ambos mostraron su preocupación por los gobiernos procomunistas, gobiernos títeres, de Bulgaria, Rumanía y Polonia. Asimismo, ambos, Churchill y, sobre todo, Truman, ante la pregunta de Stalin ¿qué hacemos con España? Temerosos de que se instalara un gobierno comunista en nuestro país, optaron por eliminar a nuestro País de más acuerdos e invasiones.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el temor al comunismo en Estados Unidos aumentó y siguió intensificándose durante el mandato de Truman. No fue sin razón, los informes de Verona, delataban la presencia de espías en el gobierno y Truman sí hizo caso a esos informes.  Solicitó comprobar los antecedentes de quienes trabajaban en el gobierno ( Programa de Lealtad de los Empleados Federales, introducido en marzo de 1947). Esto provocó miles de dimisiones y despidos. De esta época fueron las investigaciones y juicios de los funcionarios comunistas de la casa Blanca, cuya suerte comentamos al principio.

De aquella limpieza de espías se pasó a la exageración del Macartismo en los años 50.  Pero esa ya es otra historia.

Porque lo destacado de esta entrada es que gracias a aquella decisión de Roosevelt en 1944 de establecer su ticket electoral con Truman se evitó un gobierno comunista en USA… y en España.

BIBLIOGRAFÍA

ALISOP, JOSEPH. “Franklin Delano Roosevelt”. T&B, Editores. 2015

BEEVOR, A. “ La segunda guerra Mundial”. Ed pasado/presente. S.L. 2014

FERNÁNDEZ SÁNCHEZ-BARBA, Mario: “Historia de los Estados Unidos: de la República burguesa al Poder presidencial”. Ed Marcial Pons. 1997.

TRINIDAD, Diego. “ El día que Stalin perdió la casa Blanca”.  Rev. La ilustración Liberal. 2010

LOS 5 DE CAMBRIDGE O EL ORIGEN DE JAMES BOND

Para empezar el año algo de divertimento que, de manera colateral, afectó a España; de modo más cercano, a todo occidente y, directamente, a Gran Bretaña.

Para conocer el contexto personal de nuestros protagonistas debemos remontarnos a 1820. Aquel año en la Universidad de Cambridge se creó una sociedad secreta de estudiantes cuya finalidad eran los debates intelectuales; se denominó “Cambridge Conversazione Society”, siendo más conocida como los Apóstoles, por ser 12 sus miembros fundadores. Esta sociedad adquirió cierta notoriedad a principios del siglo XX por formar parte de ella Bertrand Russell (filósofo), Ludwing Wittgenstein (filósofo), E.M Foster (escritor), Lytton Strachey (escritor) y John Maynard Keynes (economista), que al tiempo eran miembros de otro grupo: Bloomsbury- llamado así por el barrio londinense en el que Virginia Woolf tenía una casa en la que se reunía este grupo-. Se dieron a conocer entre el gran público por un acto de gamberrismo en el que ofendieron a la Navy para ganar notoriedad contra la moralidad victoriana a la que detestaban y contra la clase media- alta o burguesa que la sostenía, y a la que todos ellos pertenecían. Su obra y actos contribuyeron a conformar la cultura británica del S. XX.

En ese entorno elitista, intelectual, de niños ricos y, en ocasiones, un tanto aburridos de sí mismo y de su vida, surge, de nuevo entre los apóstoles, otro grupo; en esta ocasión, de 5 miembros: Anthony Frederick Blunt, Guy Francis De Moncy Burgess, Donald Duart Maclean, Harold Adrian Russell “Kim” Philby y John Cairncross. Todos ellos estudiantes en la Universidad de Cambridge y en concreto en el Trinity Collage y que fueron conocidos como los 5 de Cambridge o Circulo de Cambridge. Pero su fama no llegó de la mano del estudio y el análisis intelectual sino por haber sido reclutados en los años 30 del S. XX por el NKVD, futuro KGB, soviético para ejercer de espías.

La NKVD decidió por aquellos años elaborar un plan para infiltrarse en el servicio de inteligencia británico. La estrategia pasaba por reclutar personal de una universidad respetada, y contactar con jóvenes y brillantes estudiantes a los que creía capaces de escalar posiciones en el Foreign Office (el Ministerio de Asuntos Exteriores) o en las agencias de inteligencia.

Todos ellos destacaban como estudiantes y simpatizaban con la doctrina comunista. En la novela “el Sexto hombre”, su autor, Charles Cumming se plantea si hubo una célula soviética en Oxford como la de Cambridge. En un momento dado, el protagonista dice “en Oxford como en Cambridge todos éramos comunistas”. Es decir, que la URSS se ahorró el reclutamiento: sólo tuvo que seleccionar. Y lo hizo utilizando los demonios particulares de cada cual (del alcoholismo a la homosexualidad pasando por el dinero o todo junto). Aquellos jóvenes miembros de las élites británicas resultaban poco sospechosos de simpatizar con el régimen soviético. Stalin no buscó a jóvenes abiertamente comunistas, pertenecientes al partido Comunista británico, porque hubieran sido fácilmente identificables y, además, por su estatus social, su pertenecían a clases sociales trabajadoras, difícilmente se les hubiera permitido ingresar en el alto y exclusivo mundo del funcionariado británico compuesto esencialmente por estudiantes de Oxford y Cambridge.

Aquellos estudiantes de Cambridge no fueron los únicos de los” Apóstoles” acusados de espiar para los soviéticos, hubo sospechas de alguno de los miembros del Bloomsbury, pero no hay datos ciertos y publicados más que de los cinco señalados, y no sólo por los servicios secretos británicos, sino que se han encontrado sus datos en diversos archivos soviéticos sacados a la luz por la deserción de algunos espías o funcionarios rusos. Por ejemplo, entre 1944 y 1955 el coronel del KGB Yuri Modin controló la información facilitada a la URSS por los cinco de Cambridge, sobre la que luego escribió un libro; o en 1961, cuando el agente del KGB Anatoly Golitsin decidió desertar y presentó ante los británicos un catálogo de pruebas irrefutables que inculpaban a Philby y a sus compañeros de Cambridge;  o por los datos del llamado archivo Mitrojin, elaborado por el comandante ruso Vasili Mitrojin y sacado por éste de su país en 1992, al tiempo que desertaba al Reino Unido (este expediente estuvo guardado el Centro de Archivos Churchill, de la Universidad de Cambridge y se divulgó parte de su contenido por primera vez en 2014). En ese expediente se tilda a los cinco de “borrachos incapaces de guardar un secreto”. Sobre su amor al alcohol veremos que algo de razón tenía, pero sobre su capacidad para guardar secretos quizá fuera mayor de la explicada por el comandante ruso o, en caso contrario, los servicios secretos británicos alcanzarían un grado de ineptitud demasiado elevado al no haberlos descubierto en años de actividad: desde mediados de la década de 1930 a principios de los años 60.

La idea soviética de buscar candidatos a espías entre las clases altas tuvo sus frutos más que visibles a finales de los años 30 cuando los cinco de Cambridge ya eran amigos de influyentes políticos, algunos trabajaban en puestos destacados en los servicios secretos británicos o eran importantes diplomáticos. Veamos sus acciones. 

GUY BURGESS, cuyo nombre en clave fue “Hicks”, era un burgués que estudió en los lugares más elitistas: Eton College y el Trinity College. En Cambridge se graduó brillantemente y fue allí donde se hizo comunista. 

En 1935, ya estaba al servicio de la inteligencia soviética. Se colocó en puestos estratégicos en la BBC, como director de un programa de radio que le permitiría entrar en contacto con numerosos políticos, en el MI5, el MI6 y el Foreing Office. Entró en la red de las agencias británicas y norteamericanas, y fue destinado a Washington. No duró mucho en la capital de Estados Unidos debido a los escándalos públicos, y fue devuelto al Reino Unido en 1950. Al año siguiente, huyó a la URSS con Maclean porque estaban a punto de ser descubiertos. Su estancia en la URSS fue todo menos cómoda puesto que su homosexualidad no era aceptada con agrado por los comunistas rusos.

Burgess tenía una mente excepcional, era el más inteligente de todos, pero, pendenciero y borrachín, le gustaba llamar la atención. Poco antes de huir a la URSS, en 1951, fue amonestado por sus jefes en el MI6 por su excesivo consumo de drogas y alcohol.   Mitrojin cuenta que en una ocasión cuando salía de un pub en condiciones lamentables, se le cayó al suelo uno de los documentos que había sacado del Foreign Office y a punto estuvo de ser descubierto.

Bajo la fuerte influencia del alcohol o sereno, la verdad es que Burgess entregó al KGB más de 389 papeles considerados confidenciales por la inteligencia británica en los primeros seis meses de 1945, junto con otros 168 en diciembre de 1949, entre los que destacan documentos secretos de la estrategia militar de occidente.

DONALD MACLEAN, «Homer» como nombre en clave. Inteligente, discreto, otro brillante alumno de Cambridge, que, en su caso, ingresó en el Cuerpo diplomático en 1934.

Maclean era hijo de Donald Maclean, líder del Partido Liberal entre 1918 y 1920. Tuvo una educación izquierdista, y cultivó la amistad de James Klugmann, historiador del Partido Comunista británico, y de Roger Simon, laborista. Ya en Cambridge lo reclutó, otro de los cinco, Anthony Blunt para los servicios secretos soviéticos. Llegó a ser primer secretario y luego jefe de cancillería en la embajada británica en Washington, D.C., entre 1944 y 1948. Asumió el cargo de secretario de la Comisión Conjunta anglo-norteamericana de Desarrollo Atómico. Esto permitió a Maclean pasar información a la URSS sobre la fabricación de la bomba de uranio, de los acuerdos entre Churchill y Roosevelt o de la formación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Además, por su cargo, ayudó a formular la política angloamericana para la Guerra de Corea. Posteriormente, fue destinado a El Cairo, donde comenzó a tener una vida disipada por lo que fue enviado a Londres en 1951 (al igual que Burgess, estaba más tiempo borracho que sereno, y al parecer llegó a contarle a una amante su trabajo como agente doble). Cuando el MI5 le pisaba los talones escapó con Burgess a la URSS. Fue Philby el que les puso sobre aviso y Blunt quien les ayudó a organizar la fuga. No se volvió a saber de ellos hasta que en 1956 dieron una rueda de prensa en Moscú afirmando su condición de agentes dobles, pero, según ellos, con la finalidad de mejorar las relaciones entre el Reino Unido y la Unión Soviética.

Maclean está considerado como el espía que más datos aportó a la URSS sobre los planes atómicos de las potencias occidentales. Se cree que sus servicios contribuyeron al bloqueo de Berlín. Es evidente que no debieron ser poco importantes los documentos enviados cuando el KGB lo condecoró.

HAROLD PHILBY, “Stanley» de nombre en clave. Fue posiblemente el más importante agente doble de la guerra fría. En su vida civil le apodaban “Kim” por la novela de Rudyard Kipling y su nacimiento en la India, porque su padre era oficial del ejército británico. Es posible que se hiciera marxista por la influencia de uno de sus profesores, el economista inglés Maurice Dobb. Con sólo 22 años ya tuvo contactos con el KGB. Su primer trabajo como espía tendría lugar en Viena. Allí conoció a su primera esposa, Litzi Friedman, que era espía soviética y actuó de correo entre los comunistas austríacos proscritos y sus correligionarios de París, Praga y Budapest. De vuelta a Londres, es captado por los servicios secretos soviéticos a través de la figura de Arnold Deutsch que también había huido a Londres perseguido por la Policía vienesa, si bien no por comunista, sino por pornógrafo. El primer intento de Philby de entrar en los servicios secretos británicos resulta fallido, debido a su conocido perfil promarxista. Decide cambiar de táctica. Interrumpe el contacto con sus colegas de Cambridge y pregona a los cuatro vientos que ha cambiado de pensamiento político, gracias a lo cual consigue un trabajo en la publicación liberal “Review of Reviews”.

En 1936, se unió a la Liga de amistad anglo-alemana, una organización fascista, y un año después consiguió ser asignado como corresponsal del periódico “The Times” para cubrir la Guerra Civil española. Sus reportajes para el diario londinense fueron los más favorables para el bando nacional. Se dice que los de Stalin le encomendaron asesinar a Franco. Muchas fuentes niegan esta posibilidad por ser misión casi imposible para un novato que ejercía de periodista. Pero ninguno duda que aquella estancia en España fue una prueba más de los rusos para saber si podían confiar en él. No mató a Franco ni siquiera lo intento cuando estuvo cerca del general, pero su capacidad de camuflaje puede valorarse con sobresaliente. Ayudó a esa tarea de pasar por simpatizante del franquismo un extraño accidente que tuvo lugar a comienzos de 1938 cuando el camión en el que viajaba fue alcanzado por un obús soviético. Sus tres compañeros murieron y él resultó herido leve.

Su pretendida adhesión a la causa bien expresada en sus artículos, sus amoríos con alguna aristócrata extranjera que simpatizaba con la causa nacional y el incidente del camión llevaron a Franco a condecorarlo en persona, en Burgos, el 3 de abril de 1938, con la Cruz Roja al Mérito Militar. 

En 1939, se traslada a Francia, donde coincide con MacLean, y al comienzo de la II guerra Mundial, ambos regresaron a Londres.  En el verano de 1941, el MI6 reclutó a Philby para trabajar en la sección de contraespionajeDesde ahí ascendió hasta dirigir la Sección IX, dedicada al contraespionaje soviético, donde tuvo acceso a papeles del Foreign Office, el MI5 y el Almirantazgo.

Sus exhaustivos y detallados informes permitieron que los soviéticos estuvieran al corriente de los avances británicos destinados a descifrar “enigma” (mecanismo que codificaba y descodificaba los mensajes secretos enviados por los alemanes durante la guerra). O a que descubrieran y asesinaran a decenas de agentes británicos y estadounidenses infiltrados en el KGB.

Poco después de la conclusión de la guerra, el MI6 destinó a Philby a Turquía. En Ankara, el cónsul general soviético, Konstantin Volkov, manifestó a los británicos su intención de desertar y destapar la identidad de agentes británicos que trabajaban para el KGB. Philby actuó con diligencia. Consiguió que agentes soviéticos llevaran a Volkov a Moscú para matarlo antes de que obtuviera el pase que debía llevarle a Occidente. Philby nunca fue capaz de matar a alguien con sus propias manos, pero sí de mandarlo hacer.

En 1949, Philby abandona Turquía y es enviado a Washington para ejercer de enlace entre la CIA y el MI6. Allí coincide con Burgess y Maclean. Los réditos de la colaboración de los tres espías fueron extraordinarios. Allí dio su golpe más letal: informó a los soviéticos de un plan en curso para el envío de combatientes anticomunistas a Albania.

A principios de 1951, justo antes de que Burgess regresara a Londres, Philby descubría que la CIA había elaborado una lista de cuatro sospechosos, todos diplomáticos, en la que aparecía MacLean. La huida de Burgess y Maclean puso al descubierto a Philby. La estrecha relación que mantenían levantó inmediatas sospechas, y la inteligencia británica decidió cesarle de sus funciones.

El KGB se apresuró a ofrecerle la posibilidad de desaparecer, pero Philby mantuvo la calma. Su decisión fue volver a Inglaterra, hacerse el ofendido y presentarse como una víctima de la caza de brujas que McCarthy estaba llevando a cabo en Estados Unidos. El MI5 buscaba pruebas que le inculparan. Pero no aparecían. Tras ser declarado inocente, convocó una rueda de prensa para reivindicarse públicamente.

Pero, en diciembre de 1961, el agente del KGB Anatoly Golitsin decidió desertar, y presentó ante los británicos un catálogo de pruebas irrefutables que inculpaban a Philby y a sus compañeros de Cambridge. Philby, como de costumbre, se resistía a abandonar, pero ya era demasiado tarde. En 1963, un antiguo colega suyo del MI6 tras una descomunal borrachera, consiguió arrancarle una confesión no escrita. Al día siguiente, tras darse cuenta del error cometido, tomó un barco que le llevaría a la Unión Soviética para siempre.

El agradecimiento soviético fue tal que hasta se emitió un sello con la cara de Philby. Stalin siempre receló de él, considerándole agente triple; la realidad es que Kim rechazó la consideración de agente doble, y por supuesto la de triple, considerándose sólo agente soviético. Cualquier servicio que prestara a su patria debe entenderse ejecutado por mantener su apariencia de fiel servidor público y poder así seguir desempeñando su importante función al servicio del comunismo internacional.

ANTHONY BLUNT, el cuarto hombre, es uno de los casos más curiosos. Era aristócrata, criado en un ambiente conservador y anglicano. En Cambridge despuntó como historiador del arte, especialmente medieval y moderno. A partir de 1937 publicó decenas de artículos y libros académicos con los que estableció en gran medida la historia del arte en Gran Bretaña. Fue una autoridad en la pintura del siglo XVII, en particular la de Nicolas Poussin. Fue responsable durante decenios de la pinacoteca real, primero durante el reinado de Jorge VI y luego durante el de Isabel II, que le nombró protector de la colección de arte del Palacio de Buckingham, le dio el título de Ser e incluso fue reconocido con el título de “Caballero comandante de la Orden Victoriana”. 

La NKVD, captó a Blunt en 1931, cuando tenía 25 años. En 1935 viajó al país de Stalin y regresó al Reino Unido más marxista-leninista que nunca.  Su nombre como espía era «Johnson».  Consiguió infiltrarse en el Ejército como capitán en la Policía de Seguridad de Campo, y se trasladó a Francia en 1939. También comenzó entonces su relación con el MI5, el servicio de inteligencia interior británico.

Fue denunciado en 1964 por Michael Straight- un espía reclutado por el propio Blunt-, pero el aristócrata evitó la cárcel a cambio de su colaboración (desveló la red de espionaje soviético en el Reino Unido), le concedieron inmunidad. Aunque la reina fue informada, su pacto, del que era participe el primer ministro de la época, sir Alec Douglas- Home, le permitió seguir siendo una de las figuras más valoradas y apreciadas de la alta sociedad británica, amigo de la Reina, académico ejemplar, erudito y autor respetado. No fue hasta 1979 cuando Margaret Thatcher, la primera ministra británica, que no se andaba con bromas con el comunismo, desveló su traición y el escándalo se trasladó a la opinión pública. Se le despojó del título de Ser y adquirió desde entonces el de traidor. En 2009, la Biblioteca Británica dio a conocer al público las memorias de Blunt. Aunque escribió que ser un espía soviético fue «el mayor error» de su vida, Blunt no proporcionó mucha información sobre su trabajo de espionaje.

JOHN CAIRNCROSS.  Se tardaron años en descubrir que el quinto hombre era John Cairncross (su identidad no trascendió hasta 1990. Un desertor soviético del KGB, Oleg Gorievsky, lo delató). No obstante, había sido pillado por los servicios secretos británicos en 1951 por una nota que había pasado a Burgess.

Después de un duro interrogatorio, en el que confesó que fue fichado por los soviéticos en 1937, fue despedido del MI5 y emigró a Estados Unidos. Había entregado a los comunistas, entre otras muchas cosas, los códigos Lorenz para descifrar los mensajes del alto mando británico. Debido a su paso por el MI6, el Proyecto Manhattan para construir bombas atómicas pasó inmediatamente a los rusos.

Hijo de un ferretero y una maestra de escuela, Cairncross se graduó en la Universidad de Glasgow en 1933 con una licenciatura en alemán y francés. Estudió lenguas modernas en la Sorbona de París y luego en el Trinity College de Cambridge. En Cambridge frecuentó los círculos de izquierda y conoció a otros miembros de la futura red de espías, pero no encajaba con los jóvenes pulidos de la alta sociedad y siguió su carrera fuera del círculo elitista de los otros miembros del círculo de Cambridge. Su inteligencia le llevó a aprobar unas oposiciones para entrar en el Foreign Office en 1936 con la calificación de sobresaliente. Allí asciende hasta logar ser miembro del gabinete del Foreign Office, lo que le pone en contacto con el informe MAUD, es decir, con las posibilidades de desarrollar la bomba atómica por parte británica. También trabajó como traductor de los códigos alemanes, que pasó a los soviéticos, hecho relevante para los movimientos del frente oriental durante la II Guerra Mundial.

En Estados Unidos desarrollo una carrera brillante como profesor de literatura en diversas universidades.

Tras ser descubierto en 1990, Cairncross regresó a Inglaterra y preparó sus memorias, que se publicaron después de su muerte bajo el título de “The Enigma Spy” (1997). Cairncross insistió hasta el último día de su vida en que nunca había traicionado secretos que dañaron a Gran Bretaña, y no se avergonzó de admitir que le había dado a la Unión Soviética información que utilizó para obtener su gran victoria en la Batalla de Kursk.

Kim Philby murió en Moscú en 1988, 25 años después que Burgess y cinco más tarde que Maclean. Anthony Blunt falleció en el Reino Unido en 1983. Cairncross, tras vivir muchos años en Francia, murió en Herefordshire, Inglaterra en 1995. Todos ellos murieron en soledad.

Tras revelarse la historia de estos agentes algo cambió en el sistema de inteligencia británico. En ocasiones con discreción, así, tras el desenmascaramiento de Philby, no se produjo ningún movimiento aparente en la opinión pública, todo fue llevado con la máxima discreción. En aquel momento los problemas se acumulaban en las esferas políticas pues no sólo tenían espías infiltrados, sino que habían surgido algunos escándalos notables (el caso Profumo- un alto político conservador se había relacionado con una prostituta vinculada a un agregado naval soviético- acaparaba las portadas de todos los periódicos británicos). En tales circunstancias el gobierno procuró no avivar el escándalo. Pero puso manos a la obra.

El caso de Cambridge reveló en gran parte el papel que en la sociedad británica tienen los privilegios, y hasta qué punto el culto a la posición social y económica puede ser confundido con los límites de lo políticamente aceptable.

Además de un latigazo a la conciencia común, aquellos espías fueron fuente de inspiración de multitud de novelas. La década de los 50 y 60 fue la edad dorada de este tipo de literatura. Muchas de esas obras se inspiraron en los cinco de Cambridge; así, además de la señalada de “El Sexto Hombre” de Charles Cumming. John Le Carré, quien trabajó para el MI6 cuando estaba dirigido por Philby, se inspiró en su historia para la novela “El topo”. También Graham Green, informador del MI6, escribió “El tercer hombre” y “Nuestro hombre en la Habana”. Pero quizá el caso más llamativo y perdurable fue el inesperado, o no, lavado de imagen para los servicios de inteligencia británicos con la creación por parte de Ian Fleming, en febrero de 1953, en su novela “Casino Royale” de la figura del espía total. El comandante James Bond se erigía en el paradigma del espía infalible, afiliado al servicio de inteligencia británico, hoy MI6. El agente especial 007 pronto se transformaría en el embajador perfecto de Gran Bretaña y de sus servicios de inteligencia cuando más falta hacía. Mezclado, no agitado.

BIBLIOGRAFÍA

OPPENHEIMER, Walter «Un espía desempolvado. Ven la luz las memorias de Anthony Blunt, ex informador al servicio de la URSS». El País, 24/07/2009.

MACINTYRE, Ben. “Un espía entre amigos: la gran traición de Kim Philby”. Ed Crítica. 2017

MODIN, Yuri Ivanóvich. “My five Cambridge friends: Burgess, Maclean, Philby, Blunt, and Cairncross by Their KGB Controller”.  Ed New York: Farrar Straus Giroux. 1995