Nika

Dice Napoleón, en sus acotaciones al Príncipe de Maquiavelo, que hay que conocer la Historia para no volver a cometer los mismos errores. Siendo cierto que la Historia en todos sus elementos no se repite, no es menos cierto que hay acontecimientos a los que se les puede sacar una analogía, en ocasiones hacia distintas direcciones.  

Hoy vamos a hablar de un acontecimiento deportivo que acabó en revolución: la revuelta de Nika (νίκη, en griego), en la Grecia de Justiniano en el Imperio Romano Oriental.

A mediados del Siglo VI, Justiniano había recuperado para el Imperio oriental gran parte de los territorios que habían pertenecido a Occidente y habían caído en manos bárbaras. Así se hizo con el norte de África, Sicilia y casi la totalidad de la península itálica. Fue una conquista fugaz que, casi tan rápido como se logró, se perdió. Las razones de la pérdida se sitúan en el empuje de los persas contra el Imperio de oriente y el malestar interno que las guerras generaron.

La mayoría de los historiadores consideran que Justiniano tenía buenas intenciones, pero no resultó tan buen gobernante como se esperaba y las medidas que tomó para atender a sus proyectos se le volvieron en contra. Sus ambiciosos planes de conquista, las medidas de mejoras internas y la defensa frente a los persas requerían de fondos y para lograrlos sólo supo subir los impuestos y ahogar así la prosperidad de su pueblo. Por si fuera poco, al frente del control de cada medida puso a funcionarios que no fueron especialmente rigurosos con los amigos, pero sí muy rígidos con los que no pensaban como ellos. Esta situación creó tal sentimiento de rechazo en la sociedad que la población se levantó en un motín popular. Los cabecillas de las revueltas fueron capturados y condenados a muerte, lo que creó aún más disturbios, que fueron sofocados de manera brutal. Cuando iban a ser ejecutados los cabecillas, dos de ellos se escaparon. Estamos en la primera semana del año 532.

Para entender lo que pasó a continuación hay que hacer una pequeña digresión sobre uno de los entretenimientos más populares entre los ciudadanos bizantinos.

Diversos deportes y entretenimientos habían sido prohibidos por Justiniano que salvó de la supresión a las carreras de carros de caballos en el hipódromo. Allí se congregaban multitudes para ver estas carreras y animar a los suyos.

Los ciudadanos se dividían en colores en virtud de la facción de carros que apoyaran. Durante algún tiempo fueron cuatro los colores que marcaban los grupos de aficionados (rojos, blancos, azules y verdes). Sin embargo, con el paso del tiempo, las agrupaciones que permanecieron fueron la de los azules y la de los verdes. La división en el hipódromo se trasladó a la vida civil, de manera que cada facción luchaba contra sus adversarios… no respetando ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad.

Tradicionalmente, el emperador apoyaba a unos u a otros, y así evitaba que ambos se unieran contra él. Justiniano rompió con esta tradición y se mostró neutral.

La rivalidad en el hipódromo y en la vida se vio agravada por un trasfondo político y teológico, pues mientras que los Verdes estaban formados mayoritariamente por comerciantes y profesaban el monofisismo. Los Azules eran principalmente terratenientes o aristócratas y se mantenían en la ortodoxia cristiana, como Justiniano.

Políticamente, como hemos señalado el Imperio estaba siendo atacado por los persas y Justiniano emprendió diversas negociaciones con éstos para pagarles y que dejaran en paz las fronteras del Imperio. Esto de pagar al enemigo no gustó mucho a los bizantinos que, además del problema moral, detestaban que se les apretara el bolsillo porque el pago suponía incrementar aún más los impuestos.

En ese ambiente, los cabecillas de los motines fueron escondidos por verdes y azules, pues cada uno de los dos escapados eran miembros de una facción. La pretensión de ambos grupos era pedir clemencia al emperador durante la primera carrera que aconteciera en el hipódromo.

Allí, en el hipódromo, con pleno entusiasmo, la multitud lucía los colores de su facción, mitad verdes, mitad azules. Increpaban y se burlaban del contrario. Los ánimos se iban enardeciendo y los hombre, mujeres y niños levantaban sus banderolas de colores primario o secundario según pertenecieran a uno u otro grupo. Allí gritan, allí desahogan sus pasiones, allí eran los amos, allí se sentían poderosos al grito de ¡nika! ¡nika!- victoria, victoria-.

Poco a poco, el rumor se va extendiendo; poco a poco, se va conociendo que el Emperador no perdona; poco a poco, se van encendiendo aún más los ánimos; poco a poco, estalla la violencia.

Se inicia así una revuelta que a punto estuvo de acabar con Justiniano.

La turbamulta se traslada a la prisión y libera a los presos y prende fuego al edificio. En poco tiempo la ciudad se envuelve en llamas. El emperador intenta llegar a un acuerdo con los manifestantes, pero sus palabras no son escuchadas. Las dos facciones, por primera vez en la vida, luchan unidas contra el emperador, el cual sólo cuenta con un pequeño grupo de leales y el ejército.

Justiniano y los pocos leales se refugian en palacio. El emperador quiere huir, nunca había tenido que enfrentarse a una situación así, las multitudes le daban miedo, tenía miedo y quería esconderse. Nadie le quitaba esta idea, sin embargo, es la emperatriz Teodora, antigua actriz, la que le impide tal acción, con un discurso ardoroso en defensa del poder. Con gran tensión e irresistiblemente dramática, como recuerda el gran historiador bizantino Procopio de Cesarea en “Historia de las Guerras”, la emperatriz clamó:

“…La huida es ahora, más que nunca, inconveniente, aunque nos reporte la salvación. Pues lo mismo que el hombre que ha llegado a la luz de la vida le es imposible no morir, también al que ha sido emperador le es insoportable convertirse en un prófugo. Que nunca me vea yo sin esta púrpura, ni esté viva el día en que no me llamen soberana. Y lo cierto es que si tú, emperador, deseas salvarte, no hay problema: tenemos muchas riquezas, y allí está el mar y aquí los barcos. Considera, no obstante, si, una vez a salvo, no te va a resultar más grato cambiar la salvación por la muerte. Lo que es a mí, me satisface el antiguo dicho: “la púrpura imperial es una hermosa mortaja””.

Mientras esto pasaba en palacio, mientras el gobierno y Justiniano dudaban sobre qué hacer, la muchedumbre ya había decidido matar al emperador y buscarle sustituto en la persona de Hypatius, sobrino del difunto emperador Anastasio I. Hypatius era un hombre gris, un soldado obediente, sin una carrera militar destacada que se vio obligado bajo amenazas a aceptar la situación.

La masa, en el hipódromo ,clamó a favor de Hypatius y en contra de Justiniano. Cada vez más exaltados, decidieron dar rienda suelta a sus deseos de venganza y justicia por las calles de Constantinopla, rodearon el palacio. Cuando todo parecía desbocado y el peligro se cernía sobre Justiniano, éste decidió atender a los deseos de Teodora y encarga al ejercito fiel, a cuyo frente sitúa al general Belisario, que saliera a sofocar la revuelta.

El ejército se empleó afondo, la brutalidad fue extrema, el número de muertos entre hombre, mujeres y niños se estima que alcanzó una cifra entre 30.000 y 35.000, entre ellos Hypatius. Una auténtica masacre.

Acabada la revuelta, que sólo duró una semana, se cerró el hipódromo, los funcionarios crueles volvieron a sus puestos y la dureza del gobierno aumentó.

La revuelta nika había fracasado y, aunque Justiniano había sido llevado al borde de la destrucción, había vencido a sus enemigos y disfrutaría de un reinado largo, fructífero y cruel para los que no lograron derrocarlo. Siguió con sus conquistas exteriores, buscando en las victorias externas apaciguar el mal ambiente interno.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

HEATHER, Peter. – “La restauración de Roma”. Ed. Crítica. 2013.

PROCOPIO DE CESAREA. – “Historia de las guerras”. Ed. Gredos. 2016.

MAQUIAVELO. -“El príncipe”(con comentarios de Napoleón). Ed. Espasa- Calpe. Colección Austral.

LA BATALLA DE COVADONGA Y SU TRASCENDENCIA.

Vimos como el Reino Visigodo, sobre todo, entre los reinados de Leovigildo y Recaredo conformó un auténtico estado cuya fundamentación se basaba en la organización nacida en la mezcla entre el ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana; teniendo como unidad territorial la antigua provincia romana de Hispania y por identidad ciudadana la condición religiosa cristiana. De manera que, la unión en torno a la corona con carácter imperial y a la cristiandad como elemento aglutinador quedará en el sustrato del pueblo hispano. https://algodehistoria.home.blog/2022/10/14/el-estado-visigodo/

Pero el Reino Visigodo agota sus días entre desavenencias internas, traiciones y enfrentamientos entre distintas facciones para lograr la sucesión a la corona.

En aquel momento de decadencia visigoda, el califato Omeya, ya extendido por el norte de África, acogió entre sus fieles a un sector visigodo traidor a su pueblo con tal de recuperar el poder: los hijos de Witiza, huidos a Tánger, que buscaron el apoyo musulmán en su enfrentamiento contra Rodrigo, último rey Visigodo. Las sangrientas y crueles luchas, asesinatos, regicidios entre los godos eran conocidos por los omeyas que, conscientes de la debilidad en que esto ponía al gobierno de las tierras al norte del estrecho, se animaron a conquistar el reino visigodo. El comandante bereber Tarif ben Malik y su superior Musa ibn Nusair, embarcaron a un ejército de 12.000 hombres hacia la Hispania romana; era el año 711. https://algodehistoria.home.blog/2019/10/04/villanos-el-conde-don-julian/

Desde aquel primer instante las tropas musulmanas ascendieron por la península hasta llegar a la cordillera cantábrica en torno a los años 20 del siglo VIII. En aquellas montañas asturianas se inicia la reversión del proceso, se pasó del avance musulmán a su retroceso. Es decir, se inicia la Reconquista.

En la historiografía clásica se identifica el momento crucial de ese giro en el año 718 o, más comúnmente datado, en el año 722. En esa fecha se sitúa la batalla de Covadonga. Dando por buena la segunda fecha señalada, este año se celebrarían los 1.300 años de la batalla.

Pero, precisamente, desde hace unos años y más en concreto en algunos grupúsculos más políticos que históricos se cuestiona la existencia de la batalla de Covadonga, como paso previo a negar la existencia del concepto de Reconquista.

Es cierto que la batalla de Covadonga siempre ha estado señalada, pues las pocas fuentes de que disponemos nos la dibujan entre la realidad y la leyenda. Pero aconteciera como se cuenta en las crónicas o surgiera como la idealización de una escaramuza, sí tuvo gran trascendencia para el devenir de España y ese devenir es el que muchos ahora quieren eliminar para seguir socavando las raíces de España, como una nueva leyenda negra que se cierne sobre nuestra Historia, esta vez no promovida por ingleses u holandeses sino por algunos españoles que no merecen tan honroso título.

En el ámbito de las crónicas, las primeras menciones a Pelayo se dan en las crónicas de Alfonso III y en la albeldense de finales del siglo IX.

Según las mismas, Pelayo sería un noble astur- aunque cuesta creer que fuera visigodo ya que su nombre es de origen latino y no germánico- que viendo al invasor se revolvió contra ellos. Otras versiones nos lo dibujan como un hispano-romano no sometido a los godos y cuyos primeros levantamientos fueron contra éstos. De lo que no cabe duda, es de que el reino visigodo desde la caída de Rodrigo se resquebrajó dando lugar a divisiones más o menos numerosas, en muchos casos propiciadas por las dificultades de comunicación, de manera que no sería extraño que en las montañas cantábricas hubieran surgido comunidades más o menos organizadas y que Pelayo fuera el cabecilla de una de ellas, si su origen era godo o era de una tribu insurrecta no sometida a los germánicos, no elimina la trascendencia de los hechos.

Según esas crónicas, Pelayo luchó bravamente contra los musulmanes y gracias a la ayuda divina los expulsó de las montañas de Covadonga, donde, además, un movimiento de tierras provocado por la Divina Providencia consiguió sepultar a los musulmanes. Los que no murieron, huyeron. Entre ellos Munuza, valí o gobernador musulmán del norte de Hispania que se había asentado previamente en lo que hoy es Gijón, que, supuestamente, (hay varias versiones sobre este personaje) huyó tras la batalla y fue muerto en la batalla de Olalíes (también se presenta en diversas grafías, no siendo fácil descifrar a qué localidad se refiere. Aunque la mayor parte de los autores la sitúan cerca de lo que hoy es Lugones). Lo de menos es la leyenda o el final de Munuza, lo importante de esta parte de la crónica es la representación de una sublevación general de todo el pueblo astur contra el invasor, en el que Olalíes no es más que la continuación de la batalla de Covadonga. Es decir, nos dibuja un movimiento continuado y conjunto que nació en Asturias y se extiende hacia el oriente norteño, con episodios gloriosos en Liébana y, sobre todo, en la victoria de los francos sobre los musulmanes en la Batalla de Poitiers (732) y la creación de la Marca Hispánica (795), en tiempos de Carlomagno y de ahí hacia el sur en acciones que se sucedieron hasta lograr la expulsión de los extraños africanos.

Es digno de resaltar que la Crónica de Alfonso III está repleta de pasajes bíblicos. Esto responde a una misma tendencia de toda la historiografía europea altomedieval. Lo que permite intuir que el autor es un religioso familiarizado con el estudio de las Sagradas escrituras. Además, muestra el enfrentamiento entre las huestes hispanas y los árabes al modo que el pueblo de Israel se enfrentaba a sus vecinos. Incluso los pasajes del Antiguo Testamento han servido de modelo para las cifras dadas en la crónica (cuenta la invasión de un ejército de 187.000 guerreros musulmanes, cifra claramente exagerada, pero que se acerca a las que en las crónicas del Antiguo Testamento se atribuía a los asirios.  185.000 asirios se enfrentaban a los judíos en la conquista de Jerusalén y buscan hacer prisionero al rey Judá, siendo derrotados por la intervención divina).

Estas emblemáticas cifras fueron admitidas, o no se modificaron, por la tradición historiográfica hispano-cristiana hasta el siglo XIII.

Evidentemente, estas crónicas pro parte tienen el valor del testimonio, de saber que hubo una batalla y de conocer cómo se interpretó en un contexto en el que ese aspecto resulta muy esclarecedor.

Las crónicas musulmanas, por el contrario, hablan de escaramuzas dispersas en las montañas cantábricas, sin darles la importancia cristiana y mucho menos hablar de heroicidades o sucesos milagrosos. No perdamos de vista que son las crónicas de los derrotados. La crónica Mozárabe del 754 no recoge esta hazaña de Pelayo.

Desde un punto de vista arqueológico, no hay restos de una gran batalla, pero sí de diversos enfrentamientos de menor nivel en torno a lo que hoy es Covadonga.

Claudio Sánchez Albornoz ya lo señaló:

«No, no cabe dudar de la realidad de la batalla. ¿Batalla? Coque, encuentro, combate, nadie podrá calificar con precisión el hecho de armas. Y si se luchó en Covadonga no pudo pelearse sino como refiere la crónica alfonsina. Vencido hasta entonces y obligado a refugiarse en aquel apartado y abrupto paraje, era lógico que Pelayo se estableciera en la Cueva de Nuestra Señora, abierta en la roca y absolutamente innaccesible».

Así que, con mayor o menor pomposidad en el relato, no cabe duda de que en aquellas montañas se produjo un enfrentamiento entre tribus hispanas y musulmanas. Los hispanos de origen bien romano, por no haberse sometido a los godos, o bien godas, se identificaron o fueron identificados con estos últimos.  Lo que sí es cierto es que después de aquellas escaramuzas nació en aquellas montañas un reino cristiano con capital en Cangas de Onís (que posteriormente se trasladó a Oviedo), origen y enseña de la Reconquista.

Otra cosa es saber si aquella movilización contó desde sus comienzos con una misma idea de unidad popular, de unidad territorial, de cristiandad y de libertad frente al invasor.

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/06/el-reino-de-asturias-o-la-victoria-de-espana/

A los que ponen en duda la Reconquista como concepto real y continuado en el tiempo, también les contesta don Claudio:

«La historia de los comienzos de la Reconquista se ha hecho por muchos, más que con el propósito de encontrar la verdad, con el de enmarañar los testimonios de las fuentes y de crear dificultades, amaños y leyendas donde no los había».

Esto no significa que la Historia sea lineal y sencilla, como explica Julián Marías, la Reconquista es la lucha por la rectificación de la trayectoria iniciada, porque España fue árabe, en unas zonas más, en otras menos, en otras nada. Y es la facción que permaneció rebelde, la cristiana, la que empieza a luchar por evitar que se consolidara lo que empezaba a ser en la mayor parte del territorio: árabe. Aun así, ni siquiera la España árabe tenía unidad, ni Tarik, ni Muza, ni Boadbil se parecen. Entre ellos hay multitud de personajes que se muestran más o menos contrarios o favorables a la convivencia, al sometimiento o a la imposición. Lo que nos encontramos en las crónicas de la batalla de Covadonga es que la Reconquista se inicia por la lucha de la libertad a la que se le da un fundamento ideológico y unitario con el cristianismo y, por ende, en la idea de universalidad, si toda esa filosofía nace en Alfonso III y no estaba plenamente presente en Pelayo no es óbice para resaltar la lucha por la libertad y la idea de expulsión del invasor que aconteció en Covadonga.

Es cierto que el término Reconquista no empieza a utilizarse historiográficamente hasta el siglo XVIII, por ejemplo, por José Cadalso o Jovellanos, y lo hacen por influencia francesa ya que viene a sustituir a otros que se utilizaban entonces como el de «Restauración». Pero la idea responde a una especie de cordón umbilical que une el concepto moderno de España con su madre- su historia anterior-.

Durante la Reconquista, se produce la unión de los reinos cristianos frente a los musulmanes, que culmina con los Reyes Católicos y ello porque en la población y en sus dirigentes se establece una idea de España muy clara. Si se quiere histórica, si se quiere cultural, pero una idea identificativa que permitirá con el tiempo conformar el Estado español en torno a la corona en el S XV, recuperando, entre otros, aquellos elementos básicos que ya tenía el Estado visigodo. Y, aunque no es admisible hablar del término nación en el sentido moderno en el siglo XV, pues éste se manifiesta con propiedad a partir de 1808 en la sublevación de Madrid contra el invasor francés y se plasma ideológica y jurídicamente en la Constitución de Cádiz, gracias al liberalismo reunido en Cortes en el Oratorio de San Felipe Neri,  no es menos cierto que sin ese sustrato identificador de España nacido en Covadonga y en la Reconquista, los sucesos de 1808 no podían haberse dado como se dieron, ni la conciencia de unidad y defensa de la soberanía representada por el levantamiento del pueblo, ni la idea política de representación a la organización jurídico-nacional de la Junta Suprema Central, ni las Juntas regionales surgidas por doquier en el territorio español, se hubieran producido, ni mucho menos la conjunción de ambas en las Cortes y Constitución de Cádiz.

Dice Juan Pablo Fusí:

«La palabra España yo creo que se debe utilizar desde el siglo XI o XII, otra cosa es que eso que ya se conoce como España en esos siglos esté fraccionada en distintos reinos que además podían haber cristalizado perfectamente como ocurrió en Italia en diferentes estados hasta una etapa muy tardía: es decir que no hay ninguna razón especial en ese sentido. Por tanto, si hay una primera España, esa es elReino de León, el Reino de Castilla, la Corona de Aragón, el Reino de Portugal… «

Pero esos reinos medievales no se reconquistan por la razón elemental de que no existían, sino que se constituyeron como resultado parcial de la Reconquista, como recuerda Marías.

España sale de la Edad Media con una unión dinástica irreversible, y continúa Fusí: «con muchos de los elementos de lo que llamamos posteriormente nación: una continuidad en el poder, una única fuente de soberanía que es la corona, una cierta institucionalización del estado desde arriba, muy pronto una lengua y una literatura que es muy común a todos sus territorios… durante varios siglos es así y se consolida con el proyecto nacional moderno en el XIX».

En definitiva, aunque en Pelayo no existiera un proyecto claro de restauración del reino visigótico, sí se dieron los elementos básicos de la Reconquista: la expulsión del invasor y la recuperación de lo propio, basamento sustancial como para que a partir de entonces se produjera técnicamente lo que conocemos conceptualmente como Reconquista. Desde Covadonga unos reinos cristianos, continuando el camino iniciado por el reino de Cangas de Onís-Oviedo, tratan de recuperar el territorio hispano- visigodo perdido a manos de los árabes y en cuyo proceso se forma ya de manera muy temprana, en la baja Edad Media, la idea de España. A ese esfuerzo contribuyó de manera primera y esencialmente simbólica el hecho de armas de Covadonga.

BIBLIOGRAFÍA

BARRAU-DIHIGO, L. Historia política del Reino Asturiano (718–910). Ed Silverio Cañada. 1985.

MARÍAS, Julián. “La España Inteligible”. Alianza Editorial. 2014

ZABALO ZABALEGUI, Francisco Javier. “El número de musulmanes que atacaron Covadonga. Los precedentes bíblicos de unas cifras simbólicas”. Universidad de Sevilla 2004.

Dialnet-ElNumeroDeMusulmanesQueAtacaronCovadonga-1414696.pdf

Sánchez- Albornoz, Claudio. «Observaciones a unas páginas sobre el inicio de la Reconquista». Ed. Facultad de Filosofía y letras. Buenos Aires. 1968

VÉLEZ, Iván.  “Reconquista”. La Esfera de los libros. 2022

El Estado Visigodo

Esta entrada se la dedico a Blanca, Elena y Pablo, los hijos de mi amiga Mª. José, grandes lectores de este blog.

Cuando hablamos de los orígenes de España muchas veces leemos que la primera conformación de España como Estado se dio con los visigodos.

La historiografía se suele dividir en este punto y algunos opinan que los visigodos nunca formaron un Estado y otros, por el contrario, afirman la existencia estatal visigoda.

Para llegar a alguna conclusión debemos realizar dos análisis previos. De un lado, con carácter más histórico, conviene recordar que, la formulación política visigoda es consecuencia de la mezcla entre el ideario germánico sobre la comunidad política y la estructura imperial romana a la que los godos, inicialmente, quedaron incorporados.

Desde un aspecto más jurídico podemos partir de la acepción sexta que la palabra estado tiene para el diccionario de la RAE:

Forma de organización políticadotada de poder soberano e independienteque integra la  población de un territorio.”

Si consideramos a los antiguos pueblos germánicos organizados en base a normas de carácter privado, en donde habrían prevalecido las relaciones particulares del rey-jefe militar con quienes le seguían en su comitiva o si entendemos que estado es la concepción político-organizativa propia del S.XV, debemos negar la existencia de un Estado visigodo. Es más, caeríamos en un anacronismo al afirmar su existencia. Pero, si miramos la misma organización visigoda con unas gafas de lejos y no sólo de cerca, podemos decir sin error que en el reino visigodo en la península Ibérica sí se dieron elementos que nos permiten hablar de Estado. En este último sentido, muchos historiadores consideran que los vínculos que encontramos en el Estado visigodo son de naturaleza política y por tanto jurídico-público entre los súbditos y el monarca, dando lugar a un Estado de fuerte tendencia absolutista, aunque con cierta participación popular.

Son varios los elementos que nos permitirían llegar a esa conclusión y a ellos nos vamos a referir.

En primer lugar, debemos contextualizar el nacimiento del Estado visigodo. A la caía del Imperio romano de occidente la organización romana con un Poder soberano, con leyes comunes, con un espíritu vencedor, con una ciudadanía romana, que sí permitía hablar de Estado romano (durante el imperio), se desmembró dando lugar a una multiplicidad de sociedades que en un primer momento no respondían nada más que al caos y no a una idiosincrasia identificable frente a las demás, con un mando claro, un ejército propio y una legislación aglutinadora.

Sin embargo, esos elementos sí los encontramos en la España visigoda de Leovigildo y continuada por su hijo Recaredo. Entre esos elementos aglutinadores, destaca uno, que marca una singularidad especial en aquel pueblo: la Iglesia y su influencia sobre la comunidad pública, el poder y su ejercicio.

En el caso visigodo, el cristianismo estaba en sus creencias dando unidad al pueblo, con la peculiaridad de su creencia arriana- considerada herejía en el I concilio de Nicea-. Nace así un distintivo frente al resto del imperio romano, que les permitió no ser disueltos en el maremágnum imperial. Siempre quisieron los visigodos marcar diferencias y curiosamente, encontraron otro elemento identitario cuando ya el Imperio estaba caído y sus símbolos adoptados por el Imperio oriental, cuando los pueblos bárbaros parecían renunciar a ellos, los visigodos se apropiaron de la tradición romana, como veremos.

Un segundo elemento estatalizante lo situaremos en la existencia de una ley común.

El Código Visigodo, también conocido como Código de Eurico, era una ley para los visigodos, carecía de carácter universal, como si miembros de otras razas o pueblos avecindados en zona goda no existieran. Esta legislación no ayudó, años después, a Alarico II, cuando el Reino ya parecía asentado en Toulouse, pues los romanos seguían presentes en el territorio, se gobernaban por la legislación del Imperio, eran católicos y perseguidos para que se convirtieran al arrianismo- lo que les diferenciaba de los godos-. El rey redactó entonces una nueva ley, exclusiva para los romanos católicos dentro de su reino, la cual se llamó Lex Romana Visigothorum.

La aplicación legislativa diferenciada fue un desastre, los romanos no la aceptaban y los visigodos la consideraban un acto de debilidad y de cesión frente a sus enemigos de religión, que, en la mentalidad goda, era tanto como enemigos de su pueblo.

Tras ser derrotados por los francos en la batalla de Vouillé (año 507) los visigodos fueron expulsados de Toulouse y se establecieron en la península ibérica. Fue Leovigildo (rey de los visigodos del 568 ó 569 al 586), cuando la capital ya estaba en Toledo (no se sabe con certeza, pero parece que la capital se traslada a Toledo en el reinado de Atanagildo del 555 al 567), el que comprendió que su poder sólo se sostendría si lograba la unidad política en un territorio propio y con el dictado, desde la monarquía, del modo en qué debía ser gobernado.

A ese fin buscó una unidad legislativa. Ya sabemos que unidad de ley en los visigodos significaba unidad de creencias. En lograrlo se empleó Leovigildo y para ello, tomó como ejemplo el modelo romano, que, ahora sí, es recuperado por los visigodos como elemento diferenciador frente a otros pueblos bárbaros, sobre todo los suevos que en la península se mostraban hostiles.

Aquella unidad legislativa debía, en primer lugar, fortalecer la figura del monarca como mando supremo. Así se dieron normas, con el apoyo de la Iglesia, para que la monarquía visigoda que tenía carácter electivo- como consideran la mayoría de los autores- cumpliera una serie de requisitos y mostrara su carácter supremo sobre las demás familias e instituciones. Desde entonces, los monarcas debían poseer una serie de requisitos para poder ser elegidos; según el Concilio de Toledo: ser de estirpe goda y buenas costumbres, no pertenecer a pueblos extraños, no ser siervo, no ser clérigo ni monje tonsurado, ni alcanzar el trono habiéndose rebelado…

Realmente, la elección del rey nunca fue un asunto pacífico y el regicidio se dio con harta frecuencia entre los visigodos. Tampoco la elección por hombres libres se produjo nunca salvo en la excepción que representa Turismundo que fue aclamado por el pueblo durante las exequias de su padre Teodorico I tras la batalla de los Campos Catalaúnicos.

Normalmente los electores eran un grupo reducido en el que la Iglesia ocupaba un papel esencial. De ahí que al acceder al trono el futuro rey debía pasar por un acto de unción adquiriendo así un carácter cuasi sacerdotal.

Leovigildo sabía que debía culminar la fortaleza de su poder con otros elementos simbólicos y de mando que expresaran su supremacía sobre los demás. Desde el punto de vista icónico en su unción se rodeó de una simbología especial (indumentaria, corona, cetro, manto púrpura, …), así como la utilización de un trono (teniendo un precedente en Teodorico II).

Desde el aspecto ideológico, el segundo paso hacia la unidad legislativa lo concibió Leovigildo al modo romano. En ese ejemplo imperial y tal y como justiniano había signado el Corpus Iuris Civilis, Leovigildo redactó el Códex legislativo, que contenía una compilación de todas las leyes visigodas escritas antes de su tiempo, aderezadas por continuas referencias a los valores culturales de su pueblo que, si bien no ha llegado a nuestros días, sí tenemos referencias historiográficas sobre su existencia.

Esta aproximación al Imperio lograba, de cara al exterior, dotar de prestigio al reino visigodo y, en el interior, posicionar al monarca en clara superioridad frente a la nobleza y otros centros de poder. Este proceso es conocido como imitatio imperii y no dejará de tener gran trascendencia en la idea de Reconquista, no sólo concebida como una recuperación nacional sino una recuperación imperial, y siempre unida a una Fe.

Ese afianzamiento del poder político en aquel reino visigodo indefectiblemente debía ir unida al poder eclesiástico, dado que, recordamos, el primer elemento diferenciador de aquel pueblo era la religión.

Por eso, se intentó la conversión de todos los súbditos al arrianismo. Como la presión ejercida sobre los no arrianos no funcionó, se buscó amoldar la liturgia y creencias arrianas a una especie de posición intermedia entre el catolicismo y el arrianismo a fin de facilitar la conversión. Pero también fue un fracaso.

La situación no encontró una solución en los tiempos de Leovigildo y fue su hijo Recaredo (rey del 586 al 601) quien entendió que aquel reino fortalecido por la visión de Leovigildo sólo tendría continuidad cuando existiera unidad, cohesión y paz interna. Por eso se convirtió al catolicismo. La oposición del arrianismo fue grande, pero logró pacificarlos, primero, porque la jerarquía civil, la nobleza, vio preservados y aumentados sus poderes y porque el clero entendió que sus posiciones se verían mejor defendidas, con una seguridad político-geográfica, apoyando al Rey. Asimismo, se les aseguró y cumplió que se respetaría la jerarquía arriana a su paso al catolicismo. Por si fuera poco, Recaredo colocó a la Iglesia en una posición privilegiada al hermanar la administración eclesial con la civil y dejar en manos de los obispos la recaudación de impuestos. Hubo varias insurrecciones entre los fieles arrianos, pero, dos años después, en el 589, el ambiente era mucho más pacífico, momento propicio para que Recaredo convocara el III concilio de Toledo al que acudieron los obispos y la nobleza.

Se iniciaba así un periodo de ordenación administrativa de aquella organización, que empezaba a tener todos los atributos estatales.

Los concilios se convirtieron en una institución clave en el entramado administrativo y legislativo del estado visigodo. Las reuniones conciliares fueron de dos clases: provinciales y generales.

La organización provincial se basó en la división del bajo imperio romano, constituyendo la unidad básica la diócesis, a cuyo frente se situaba a un obispo que era elegido por el obispo metropolitano si bien cada vez fue mayor la intervención real en la designación. Cada diócesis se dividió en parroquias a cuyo frente había un párroco.

Los obispos eran los que organizaban la vida espiritual de su diócesis en sínodos y asambleas provinciales, visitando también las parroquias de la misma. Eran auxiliados por los presbíteros.

En las reuniones generales los obispos del reino y la nobleza trataban cuestiones de interés común.

Los Concilios de Toledo debatieron temas religiosos, pero también otros que dictaban pautas a las que debía ajustarse la marcha del Estado y la conducta de los monarcas.

Aquella sociedad donde lo civil y lo religioso se entremezclaban en su entramado institucional se completa con el hecho de que era el propio monarca el que dictaba cánones. De este modo se atribuía el poder de sancionar y controlador de lo que en política era correcto o no, dando al tiempo una regulación civil y profundamente moralizante.

Esta organización institucional no hubiera funcionado sin la implicación de la nobleza. Por eso Recaredo devolvió las propiedades incautadas por su padre a los nobles, los dotó de nuevas tierras y les dio participación en el gobierno, no sólo como altos funcionarios, sino como miembros de los concilios. Esto era un paso más en la participación nobiliaria puesto que como representantes de la “gens visigotorum” ya se reunían en asambleas que ejercían de asesores del monarca: el Senado y el Aula regia. La historiografía no se pone de acuerdo sobre si el Aula regia sustituyó al Senado o ambas instituciones coexistieron. A su vez la nobleza dirigía la administración provincial, concebida al modo romano en su distribución y cuyo mandato se dividían condes y duques.

El dux ostentaba la máxima representación del rey en el territorio y ejercía funciones judiciales, esencialmente, ejercía como juez de apelación de las sentencias dadas por los condes. Por lo tanto, los condes se situaban en un escalón inferior de poder con relación a los duques.

Existe cierta confusión sobre la figura de los Iudicex– a veces eran los condes, otras con tipo de funcionarios de inferior nivel- que se ocupaban de la administración provincial no sólo en el campo de la justicia.

Además, en el ámbito municipal, las funciones administrativas son ejercidas por el curator y el defensor, elegidos por la asamblea de vecinos. Siguiendo así una tradición germánica.

Por último, señalar que en el ámbito de la impartición de justicia la cabeza suprema de la pirámide judicial la ostentaba el rey y que parece ser que se pasó de una administración dual- diferenciada para godos y para hispanorromanos-, al principio de la monarquía visigoda, a una única administración de justicia para todos los ciudadanos desde Leovigildo.

Frente a esa justicia ordinaria existían jurisdicciones especiales:

  1. La eclesiástica

Los eclesiásticos que mantenían tribunales propios. Entendía de la fe, disciplina y negocios civiles de los clérigos. Los obispos eran los encargados de dictar sentencia.

  1. La militar.

Existió un derecho militar especial. Los jefes militares estaban facultados para la administración de justicia, llegando a imponer penas especiales para algunos delitos.

  1. La fiscal y mercantil.

Están en discusión en la historiografía sobre si eran jurisdicciones especiales o formaban parte de la ordinaria.

Ya vimos como la recaudación de impuestos recaía en los obispos, complementada por otros funcionarios. Pero la determinación de los impuestos era una competencia exclusivamente del monarca. El sujeto pasivo era el pueblo llano. Aquella Administración hacendística que vinculaba los ingresos a los gastos bien ordinarios bien extraordinarios. Los gastos ordinarios eran destinados al mantenimiento del ejército y al pago de los funcionarios. Mientras que los extraordinarios eran los destinados a edificaciones, donativos, regalos, donaciones, etc., realizados por los reyes.

Por su parte, los ingresos ordinarios procedían de los dominios fiscales, confiscaciones, impuestos indirectos y directos, regalías como la acuñación de moneda y penas pecuniarias.

Por último, en esa configuración estatal visigoda y como referente defensivo, existió un ejército formado por las levas obligatorias de todos los hombres con capacidad de llevar armas, entre los 20 y los 50 años. Se diferenciaba entre un ejército permanente, formado por la clase militar y otro para casos de necesidad, que se nutría en virtud del llamamiento realizado ocasionalmente.

A este llamamiento debían responder todos los hombres libres y señores, yendo estos últimos acompañado por sus siervos. Pero la práctica habitual fue que se incumpliese el llamamiento, y dada la cantidad de revueltas internas que se produjeron, y los ataques desde el exterior.

Si volvemos a la definición de la RAE sobre la palabra estado como “Forma de organización política, dotada de poder soberano e independiente, que integra la población de un territorio”, podemos afirmar que en aquel reino visigodo de Leovigildo y su hijo Recaredo existió una organización política, con unidad legal, con ejercito propio, en un territorio claramente definido y diferenciada de los demás pueblos colindantes por su peculiaridad religiosa y su organización administrativa  basada en la idea imperial romana.

Si el Imperio romano fue un estado, y lo fue, no creo que podamos dudar de que los visigodos configuraron la primera manifestación del Estado español.

BIBLIOGRAFÍA

Dtror. AVILES FERNANDEZ, Miguel y otros. “La España Visigoda”. (Col.Nueva Historia de España). Ed EDAF. 1980.

ARCE, Javier. “El último siglo de la España romana, 284-409”. Alianza, 1997.

GARCÍA MORENO Luis A.” Historia de España Visigoda”. Ed.Cátedra, 1989.

SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Claudio. “Estudios visigodos”. Ed. Istituto Storico Italiano per il Medio Evo, 1971.

Maximino el Tracio, Emperador de Roma

En estos tiempos de incertidumbre dónde la situación geopolítica parece advertir que estamos ante un cambio en el dominio del mundo, donde los imperios tradicionales parecen derrumbarse, traigo a colación uno de los primeros síntomas de la caída del imperio romano: la elección del primer emperador bárbaro de Roma.

Nos tenemos que situar en el siglo III después de Cristo. Siglo de convulsiones en el Imperio romano. Convulsiones y caos en todos los órdenes.  En una visión de conjunto podemos señalar que se sucedieron un total de 28 emperadores durante aquel siglo, lo que ya dice bastante de lo que supuso cada entronización y cada “destitución”, llenas de crisis, conspiraciones, asesinatos y usurpaciones del trono. Nada de paz y tranquilidad.

Fuera de las fronteras del imperio, los pueblos bárbaros penetraban desde oriente y norte hasta los Balcanes, Grecia y amenazaban occidente. Una de las razones de estos movimientos fue la multitud de problemas climáticos que hubo entonces (para los que piensan que el cambio climático es cosa actual, debemos decir que cambio climático ha habido siempre y en el siglo III hubo unas inundaciones y crecidas del agua ,sobre todo, en el norte europeo, que llegaron a anegar y en parte ocultar las costas de lo que serían los actuales Países Bajos y Alemania. Esto obligó a los pueblos germanos a trasladarse hacia el sur creando gran presión en las fronteras con el imperio romano).

Todas estas calamidades provocaron una crisis en el Imperio que tuvo diversas manifestaciones. La primera militar pues se generaron multitud de enfrentamientos externos e internos cuyos resultados no siempre fueron favorables a Roma. Sobre estas guerras daremos posteriormente algún detalle más.

Como siempre que hay crisis, se produce una disminución demográfica y aquel momento no fue una excepción. Como consecuencia de ello, las autoridades romanas se vieron obligadas a presionar a los campesinos para que siguieran en los campos pues, la disminución de las cosechas, producía escasez de alimentos y hambre, es decir crisis de producción a lo que se unió que las continuas guerras afectaron al comercio y a los transportes dando lugar a una ralentización de estas actividades.

Para completar la visión del siglo III debemos hacer referencia a dos acontecimientos dignos de ser destacados y muy importantes para comprender la figura que traemos hoy a colación. En primer lugar, en el 212 se promulga el Edicto Antonino o constitución Antonina, siendo emperador Caracalla, cuyo valor histórico es relevante por extender la ciudadanía romana a todos los hombres libres del imperio. En segundo término, en el 235, es asesinado Alejandro Severo, emperador romano y último de la dinastía de los Severos, empezando así el listado de los emperadores- soldados y la era de la anarquía.

Si ya durante los severos el imperio había dado idea de descomposición, en el periodo que se inicia ahora el Imperio se desmoronaba a ojos vista. Sólo la reacción de los emperadores ilirios que culmina con la entronización de Diocleciano, supondrá la progresiva, aunque dolorosa, recuperación que permitirá la supervivencia del Imperio romano durante algún tiempo y, sobre todo, la preservación de su legado.

Los últimos emperadores ya habían iniciado un proceso de acumulación del poder en sus manos; es decir, habían establecido poderes absolutos, donde las magistraturas y el senado quedan relegadas en beneficio del ejército y la burocracia, lo que es tanto como decir, en beneficio del palacio imperial. Si aquello ocurrió con los severos, ahora se hace costumbre permanente.

Alejandro Severo, tuvo un reinado moderado- gracias al auxilio de su madre, Julia Mamea, pero no fue capaz de contener al ejército, que acabó asesinando a los dos: madre e hijo.

Sería difícil imaginar un mayor contraste entre los sucesivos emperadores romanos que el que acontecería en aquel instante cuando llega al poder un pastor de la Tracia (más o menos en lo que hoy es el norte de Gracia y sur de Bulgaria) que era un hombre gigante que se dice que medía dos metros y medio de alto, sudaba mucho y apenas sabía hablar y leer en latín. Si este ser llegó a emperador de Roma se debió a que la constitución antonina le permitió ser ciudadano romano.

Gaius Julius Verus Maximinus suena al nombre que llevaría un romano de noble cuna, pero su titular era considerado por todos como un semibárbaro en todos los sentidos posibles: de cuna ( sus padres se cree que eran uno alano y la otra goda), como de cultura. Nació en el año 173, más o menos, y a penas tenía educación, como hemos dicho, aunque él pensaría que ni falta que le hacía, pues su gran estatura y fortaleza le llevaron a resolver las disputas con los puños en lugar de con las palabras.

Se unió al ejército y ascendió rápidamente de rango. Sus primeros años en la milicia los cumplió en la caballería. Se distinguía por el tamaño de su cuerpo, sobresalía entre todos los soldados por su valor, bravo en sus costumbres, duro, soberbio, despreciativo. Atrajo la atención del emperador Alejandro Severo y ascendió a encargado de entrenar a los reclutas. No quiero ponerme en el lugar de aquellos aprendices de soldado con semejante instructor.

Su opinión de los romanos y de su emperador no debía de ser muy elevada cuando jamás visitó Roma y cuando tras, posiblemente, formar parte o capitanear la conspiración que mató a Alejandro Severo, aceptó con desgana el nombramiento de emperador, siempre con el respaldo del ejército y se hizo llamar Maximino el tracio, incluyendo el mismo el gentilicio como parte del su nombre imperial.

Alejandro Severo se había mostrado reacio a emprender acciones militares contra las tribus germanas que amenazaban las fronteras del norte del imperio, prefiriendo comprarlas en lugar de atacarlas. Maximino no tuvo tales escrúpulos y rápidamente lanzó una campaña contra los germanos del otro lado del río Rin. También vigiló de cerca a los dacios y sármatas y se preparó para responder con fuerza si causaban más problemas.

Sin embargo, estos movimientos tuvieron consecuencias que eventualmente conducirían a la ruina del nuevo emperador. La actividad militar cuesta dinero, especialmente cuando se aumentan los salarios del ejército y se elevan los impuestos para pagar la factura. Para pagar aquellos estipendios recortó los subsidios al suministro de granos, lo que le hizo impopular entre la población en general.

Además, su negativa a pisar Roma le enfrentó con los miembros del Senado y las altas magistraturas quiso reformar los poderes civiles del senado, lo que no es conveniente a un Príncipe que quiere ser amado a quienes les molestaba ser dirigidos por un advenedizo extranjero al que nunca habían visto.

En 238, el Senado vio el cielo abierto para oponerse al gigante tracio cuando un anciano senador llamado Gordiano se declaró emperador y gobernó junto con su hijo, también llamado Gordiano, en el norte de África. Los gordianos no duraron mucho, pues fueron asesinados, por causas personales por el gobernador de Numidia (más o menos entre las actuales Argelia y Túnez, bordeando la provincia romana de Mauritania)

El Senado no podía quedarse parado a expensas de la reacción del tracio y propusieron dos candidatos imperiales, Pupieno y Balbino, que gobernarían juntos. Incluían a un tercer Gordiano, el sobrino de 13 años del segundo Gordiano, como parte de un colegio imperial.

Maximino, oficialmente depuesto por el Senado, difícilmente se iba a quedar tranquilo. Marchó sobre Roma, acompañado de su hijo, a quien había nombrado sucesor. Sin embargo, esto sucedió después de que su ejército no pudiera capturar la ciudad de Aquilea, motivo por el cual hubo escasez de provisiones para alimentar a la tropa. Este racionamiento duró casi un mes. Cuando llegaron los suministros, ya era demasiado tarde. Los soldados hambrientos asesinaron tanto Maximino como a su hijo y sus cabezas fueron clavadas en postes.

El reinado de Maximino el tracio no fue ni largo ni distinguido. Merece su lugar en la historia por ser el primer bárbaro que ostentó el título de emperador de Roma.

BIBLIOGRAFIA

MONTANELI, Indro. “Historia de Roma”. Ed. Plaza & Janés. 1982

POTTER, David. “Los emperadores de Roma”. Ed. Pasado &Presente. 2017

GIBBON, Edward. “Decadencia y caída del Imperio romano”. Ed. Atalanta. 2012

HEATHER , Peter. “Emperadores y bárbaros”. Ed. Crítica. 2018.

Trescientos… y pico

Posiblemente, todo el mundo ha oído hablar del tema que tratamos hoy, sobre todo, a partir de la película 300.  Pero quizá no todo el mundo sepa situar la batalla de las Termópilas en el contexto histórico correspondiente (incluyendo la batalla de Artemisio) y, más aún, no sepa apreciar la trascendencia de la misma.

Siempre que se habla de Europa, hablamos de los orígenes greco-romanos y judeo-cristianos. Pues bien, si Grecia fue un imperio trascendente para el desarrollo de occidente que nos transmitió su cultura, valores, filosofía y nos aportó la esencia de lo que debe ser la libertad y la democracia entre otras cosas, se debe a la batalla que hoy vamos a contar.

Los inicios de la Historia de la humanidad (no hablo de la prehistoria sino de la historia) se entiende mejor si nos situamos entorno a oriente próximo en los derredores de los ríos Nilo, Tigris y Éufrates. De ahí proceden los enterramientos en pirámides, la escritura, el papel, la rueda, los primeros códigos legales de occidente, las primeras manifestaciones religiosas y artísticas… Por eso no es de extrañar que los imperios orientales- Babilonia, Asiria, Egipto…- nacidos en aquellas tierras sintieran un deseo de expansión hacia occidente. Entre esos pueblos quizá el que más destacó fue el persa, que, al aniquilar el segundo imperio babilónico en el S. VI a de C, avanzó hasta apoderarse de los imperios egipcio e hitita y consiguieron engrandecer su imperio desde Asia Menor hasta la India. Con ese potencial se reveló su deseo de adueñarse de Grecia. El rey persa se titulaba a sí mismo como “el rey de todas las razas” y para él los griegos no eran más que otro pueblo al que someter. De hecho, durante un periodo breve sometió a Atenas (hacia el 507 a. de C.)

Pero los griegos se revelan, empezando así las guerras médicas (en referencia a los Medos, así llamados porque ocupaban la región “Media”, que se situaba entre el Mar Caspio y Mesopotamia. Fue un imperio asiático de la antigüedad, conquistado por los persas y llegó a ser el pueblo dominante entre ellos, de ahí que los griegos en una sinécdoque lingüística, denominaran medos a todos los persas). Las guerras médicas se analizan en tres fases:

  • Primera Guerra Médica(492–490 a. C.): Batalla de Maratón.
  • Segunda Guerra Médica(492–479 a. C.): Batallas de las Termopilas, Salamina y Platea.
  • Tercera Guerra Médica(479-449 a.C.): Batalla del Río Eurimedonte.

Nos vamos a centrar, por lo tanto, en la segunda, pero brevemente señalaremos cómo aconteció la primera, para conocer los antecedentes.

Los griegos se rebelan contra los persas, empezando por las ciudades griegas de Asia Menor, en concreto, la primera fue Mileto situada en la región de Jonia y su sublevación llevó al levantamiento de toda Jonia. (ver Mapa-1):

https://sites.google.com/site/mapasclasicos/home/grecia/entradasintitulo

Aquel levantamiento tuvo éxito, pero había que mantener la sublevación y liberarse totalmente de los persas y eso ya era más complicado. Por eso solicitaron la ayuda de las ciudades griegas, sobre todo, Corinto, Egina o Atenas. Esta última decidió enviar una flotilla de barcos a la que se sumaron otros de Eretria. En el 499, se produjo el desembarco griego en Sardes, el centro de poder persa en Anatolia. No lograron la victoria, pero sí consiguieron ampliar la rebelión que incluso llegó a Chipre. La reacción persa se produjo en el 497 con una durísima represión en la que Mileto quedó arrasada.

Sin embargo, Darío, el rey persa, no se conformó con la represión y hacia el 500 a de C. empezó a tejer una red de contactos con sectores de la aristocracia helena para que ejercieran de quintacolumnistas que le abrieran las puertas del futuro sometimiento griego. Algunas fuentes dicen que en el 490 envió embajadores a Grecia instándola a someterse. La historiografía más moderna suele negar esta posibilidad. En todo caso, parece que Darío había establecido un sistema para desarticular cualquier oposición e incluso el desarrollo de un ejército griego. Su plan consistía en someter primero Atenas, aislar Esparta para acorralarla y someterla posteriormente. En aquel momento, Grecia no se jugaba sólo la libertad sino también la democracia que sería sustituida por la tiranía persa. Pero no todo salió como quería Darío y los atenienses lograron formar un ejército que derrotó a los persas en la llanura de Maratón. Los atenienses, dirigidos por Milcíades, dieron muestras de una superioridad técnica que determinó la retirada persa. 

Esto no desanimó al rey persa que elucubró otra forma de enfrentarse a los griegos en un segundo intento de invasión. Se retrasó por tener que sofocar el levantamiento que en el 486 realizaron los egipcios y porque en ese mismo año murió Darío, que fue sucedido por su hijo- Jerjes-.

Sofocada la sublevación egipcia, Jerjes volvió los ojos a Grecia. Los objetivos de Jerjes estaban determinados desde mucho antes, ya por su padre. Su imaginación y ambición no tenía límites y su concepto imperial trascendía cualquier visión cortoplacista, su pretensión era la sumisión de toda Grecia y de todos los enclaves griegos en occidente, de lado a lado de Europa, de ahí que entablaran un acuerdo con los cartagineses.

En el 480 a de C., un espectacular ejército persa emprendió una larga travesía desde el Medio Oriente hacia la península griega del Peloponeso. Las ciudades griegas, poco preparadas para esta invasión, – salvo Temístocles que había aventurado que los persas volverían y era necesario tener una flota para hacerles frente- estaban aterradas, más cuando el Oráculo de Delfos presagió la destrucción de toda Grecia. Se dice que el propio Oráculo había sido sobornado por el rey persa. El caso es que sólo Atenas y Esparta decidieron hacer frente a los invasores. 

El plan de defensa de los griegos fue diseñado por Temístocles (el político y general más prominente de Atenas) en colaboración con los éforos de Esparta. Llegaron a la conclusión de que la única manera de detener la invasión era en el mar destrozando su flota. Sin embargo, para poder articular el sistema de defensa era imprescindible ganar tiempo, retrasando el avance de los persas.

En el año 481 a. C., un año antes del inicio de la segunda guerra médica, los representantes de las polis griegas decidieron aliarse en contra del inminente ataque persa, surgiendo, como consecuencia de ello, la Liga Helénica, cuyo mando recayó sobre el rey de Esparta, Leónidas I.

Ver mapa-2:

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Battle_of_Thermopylae_and_movements_to_Salamis_and_Plataea_map-es.svg

Cuando el ejército persa comenzaba a adentrarse en Europa, los espartanos se encontraban celebrando la festividad religiosa de las Carneas y los Juegos Olímpicos.

A pesar de que la tradición espartana dictaba que no se podía entrar en guerra mientras se celebraban dichas festividades, debido a la gran amenaza que suponía una segunda invasión persa se hizo una pequeña excepción. Digo pequeña porque Esparta no estaba dispuesta a entrar en guerra, de nuevo el Oráculo de Delfos había hacho un presagio muy desfavorable, por lo que Leónidas sólo contó con los trescientos hombres de su guardia personal. Pero en contra de lo que cuenta el cine, los griegos no estaban solos. A Leónidas le acompañaron mil lacedonios, setecientos tespianos, cuatrocientos tebanos y algunos foceos y locros de Opunte. En total unos 4.100 hombres[1]. Correspondía con la posición de bloqueo de las Termópilas el despliegue de la flota griega ante la punta norte de la isla de Eubea, frente al cabo Artemisio. La flota estaba mandada por el espartano Euribíades, y del total de 270 trirremes, los atenienses habían puesto 147. Sin embargo, quién de verdad establecía la estrategia era Temístocles. El plan consistía en que los espartanos de Leónidas debían contener a los persas en las Termópilas hasta que los griegos lograran derrotar a los persas en el mar. Es decir, la acción defensiva estaría en tierra y la ofensiva en el mar.

Jerjes lanzó a la armada a cruzar el paso del Helesponto, en la parte superior de la isla de Eubocea, donde salieron a su encuentro algunas naves de la avanzadilla griega, que no pudieron detenerlo, si bien, las naves persas tampoco lograron comunicar a Jerjes su entrada, lo que retrasó el ataque a las Termópilas. Al final los persas lograron pasar el estrecho marítimo gracias a la construcción de un puente artificial de madera sostenido entre barcazas. Cuando con un sistema de señales logró conocer el avance marítimo, Jerjes se lanzó con su poderosa fuerza armada de aproximadamente un cuarto de millón de combatientes contra los griegos apostados en las Termópilas.

Jerjes I, que se creía muy superior, envió un emisario a Leónidas en el que le exigía que entregara las armas so pena de verse aniquilado. La respuesta de Leónidas fue: “ven y cógelas”. Leónidas no era un loco, conocía la dificultad y confiaba en tres elementos: lo angosto del paso que obligaría a los persas a entrar en pequeños grupos, las mejores armas griegas, sobre todo la lanza larga, y la mejor preparación de sus hombres.

La conjunción de aquellos tres elementos previstos por Leónidas causó que los persas en diversos embates tropezaran una y otra vez con las fuerzas griegas, sin avanzar en absoluto y con una pérdida de fuerzas considerable, mientras los griegos apenas perdieron hombres. Así estuvieron tres días y hubieran sido más si no hubiese sido por un griego traidor, Efialtes, que se ofreció al rey persa para mostrarle un paso que permitía flanquear el desfiladero y atacar a los griegos por la retaguardia. Este fue el punto débil de la estrategia de Leónidas .

Leónidas defendía la retaguardia sólo con un grupo de soldados de Focea. Eliminados estos, Leónidas y sus fieles quedaron cercados.

Cuando Leónidas se percató de la situación, organizó un consejo de guerra en el que ofreció a sus hombres huir por mar hacia Atenas o defender la plaza hasta el final. Los aliados huyeron, pero Leónidas, los 300 de su guardia y un millar, aproximadamente, de tespianos y tebanos se quedaron. Herodoto cuenta que, al amanecer del cuarto día, Leónidas anunció a sus hombres que debían desayunar fuerte y sabroso porque aquella noche cenarían en el Hades.

El combate fue durísimo y a la desesperada. Jerjes acabó ordenando a sus hombres que no se acercaran a los griegos y que fueran los arqueros los que abatieran de lejos a los espartanos. Así cayó Leónidas, alcanzado por una flecha. Jerjes mandó sepárale la cabeza del tronco y exhibir la primera.

Al tiempo que se desarrollaba la batalla de las Termópilas, tenía lugar la batalla de Artemisio, ésta en el mar frente a las costas de Eubea, y enfrentó a una alianza de las Polis griegas, con los barcos persas. La resistencia griega apenas duró tres días, pero los persas perdieron cientos de barcos y su flota quedó muy afectada. Tanto que el poeta tebano Píndaro comentó que en Artemisio fue «donde los hijos de Atenas colocaron la primera piedra de la libertad» y no con el sacrificio de los 300.

Pero la muerte de aquellos griegos no fue en vano, aunque en un primer momento los griegos pudieran verse sobrecogidos por el mastodóntico ejercito persa que avanzó por el Peloponeso llevando a cabo el saqueo del Ática, arrasando los santuarios de la Acrópolis ateniense. La ciudad había sido evacuada previamente por orden de Temístocles, de manera que el ejército persa solo tuvo que enfrentarse a la guarnición de la Acrópolis, mientras las fuerzas espartanas y atenienses, cuya flota, mucho menos afectada que la persa tras Artemisio, había emprendido el regreso sin que los persas pudieran evitarlo, para establecer su última línea de resistencia en el istmo de Corinto y el golfo Sarónico. Allí esperaron a los persas para la siguiente batalla: Salamina, que se saldó con una gran victoria griega.

La batalla de las Termópilas, y su apéndice Artemisio, tuvieron como consecuencia no sólo ser recordadas como uno de los acontecimientos heroicos más importantes de la Historia de la humanidad. Permitieron que los persas tuvieran bajas considerables, que su moral cayera por los suelos y que los griegos, como hemos dicho, ganaran un tiempo precioso para organizar la batalla de Salamina. Salamina, como batalla naval, y Platea, en tierra, fueron las dos grandes victorias de la segunda guerra médica. Pero, sobre todo, lo más importante, es que aquella resistencia griega y sus victorias posteriores impidieron a los persas invadir Europa. Así Grecia y toda Europa se habían salvado de la embestida oriental.

 

 

Bibliografía

BENGTSON, Hermann. “Griegos y persas. El Mundo mediterráneo en la edad antigua I”. Ed. Siglo XXI.1980.

BRADFORD, E.” Thermopylae. The Battle for the West”. Open Road Media. 1993

 

 

[1] BENGTSON, Hermann. “Griegos y Persas. El Mundo mediterráneo en la edad antigua I”. Ed Siglo XXI.1980. Pag.47

 

AMPURIAS, 218 ANTES DE CRISTO

Si el mundo occidental es como es, se debe a la tradición judeo-cristiana y a la cultura greco-latina. Pues bien, España forma parte de esa tradición y cultura gracias, en gran parte, a la romanización. Es decir, a la asimilación de las formas culturales romanas y la desaparición, transformación o reorganización de las manifestaciones culturales autóctonas. A lo que hay que unir la base jurídica que la romanización importó, sobre todo, al convertir a España en una provincia romana. Todo ello se inicia por la llegada y asentamiento de los romanos en la Península en el año 218 antes de Cristo en la ciudad de Emporion (Ampurias).

El proceso de romanización duró 200 años. Tito Livio, dijo: “Siendo la primera provincia en que penetraron los romanos —de las que pertenecen al continente, fue la última de todas en ser sometida, y sólo en nuestra época, bajo el mando y los auspicios de Augusto César”.
No podemos contar en una entra de blog los 200 años de romanización, por tanto, sólo haremos referencia al comienzo, y a grandes rasgos los periodos en que se suelen dividir esos 200 años.

Al perder la primera Guerra Púnica (año III a. C.), los cartagineses decidieron conquistar la península sita al norte de sus posesiones en áfrica, es decir, la llamada por los griegos península Ibérica. Desembarcaron en Gadir, actual Cádiz, y su dominio se centró en el sudeste peninsular, sometiendo, como ya habían hecho en otros lugares del Mediterráneo, sobre todo, las ciudades fenicias. Su finalidad era dominar el Mediterráneo y las rutas comerciales. Cartago se convirtió en una auténtica talasocracia, es decir, en una civilización dominadora de los mares, chocando así con Roma que ya se encontraba en proceso de expansión. Roma derrotó a los cartagineses en la primera guerra púnica y logró hacerse con el control de Sicilia.  Además, los púnicos fueron condenados a pagar una elevadísima indemnización en monedas de plata. Pero quizá la consecuencia más significativa de la derrota se produjo internamente en Cartago; algunos oligarcas aspiraban a firmar la paz para seguir comerciando (el enfrentamiento con Roma se lo impedía y la crisis económica se agudizaba con ello), esta era la posición de Hannón el Grande; otros consideraban abusivas las condiciones de paz y buscaban un nuevo enfrentamiento con Roma, Amílcar Barca era de esta segunda opinión.

Los cartagineses necesitaban una solución de urgencia para mejorar su maltrecha economía, Amílcar encontró en la península ibérica la solución a sus problemas, pues aquel territorio les permitía seguir controlando parte de las rutas marítimas y apoderarse de las minas de oro y plata peninsulares, además de otras riquezas muy apreciadas en el momento, como los caballos. Con Asdrúbal, sucesor de Amílcar, se inicia una etapa de alianzas con las tribus locales. Funda Cartago Nova y sitúa la frontera de sus dominios en el río Ebro. Tras su muerte, le sucede Aníbal Barca que cambia la política de alianzas por la del sometimiento al poder cartaginés de aquellas tribus íberas. Una de las ciudades sometidas fue Sagunto, aliada de Roma. Este fue el detonante para el inicio de las hostilidades contra los romanos en la primavera del año 218 a.C. El senado Romano concibió el ataque a los cartagineses mediante dos golpes simultáneos, uno en Hispania y otro en África. Comenzaba así la segunda Guerra Púnica. Aníbal concibió la guerra en territorio romano, en la Península Itálica y en esa proeza empeñó sus días. Los romanos no dudaron en enviar un ejército a manos de Escipión para cortarle la retaguardia.

Precisamente, en ese envío de tropas a la Península nace el primer asentamiento de los romanos en lo que sería Hispania que se produjo en la pequeña ciudad griega de Emporion, que en griego significa mercado o puerto de comercio (en la actual provincia de Gerona).  Este asentamiento fue posible por la existencia en la zona de una cultura helenística destacada, lo que convertía a la ciudad en centro adecuado para un más fácil entendimiento con Roma. Emporion tenía por su situación geográfica y su tradición helenística (sobre todo, por la de sus primeros habitantes griegos, los foceos, especializados en el comercio a larga distancia) una posición abierta al comercio y a otras culturas, entre ellas, la púnica. Estos contactos hacían de la ciudad núcleo receptor de avances, de culturas a las que facilitaba y a su vez facilitaban a los “ampurianenses” su comercio por las costas levantinas de la península Ibérica.

La existencia de diversas colonias helenísticas en el mediterráneo permitió a los romanos la firma de tratados comerciales y defensivos – por ejemplo, el de Sagunto, ya señalado-. La presencia en esas costas de comerciantes y negociadores romanos se debe datar en torno al siglo IV antes de cristo, lo que, a su vez, permite afirmar que los romanos conocían aquellas costas mucho mejor de lo que parece desprenderse de su falta de asentamientos directos. De hecho, la historiografía achaca a los pactos de los romanos con las ciudades costeras mediterráneas, no sólo de iberia, el hecho de que Aníbal intentara trasladar la guerra por tierra a la península Itálica en vez de hacerlo por mar. Al fin y al cabo, los cartagineses eran mejores navegantes que los romanos, poseían una flota más potente y tenían un mayor conocimiento de las aguas mediterráneas y, sin embargo y a pesar de eso, Aníbal considera que derrotar a los romanos requiere superar el Ebro, los Pirineos, el Ródano y los Alpes, ante la opción más que probable de que las flotas de las ciudades asociadas a los romanos les cortaran el paso por el mar.

Aquella expedición impresionante de Aníbal con un poderoso ejército acompañada de elefantes, obligó al Senado romano a enviar al cónsul Publio Cornelio Escipión a cortarle el paso. Escipión llega a Massalia para evitar que el ejército cartaginés cruzara el Ródano, pero llega tarde, Aníbal ya estaba en los Alpes. Publio decide regresar a Roma, pero separa una parte de su escuadra y de su ejército, los pone a las órdenes de su hermano Cneo y los envía a Iberia. Es indudable que el plan era provocar un enfrentamiento con las ciudades cartaginesas de la península que alterara y distrajera el camino de Aníbal.

A partir de este momento, Emporion desempeña un papel esencial en el curso de la guerra. Cneo Cornelio Escipión, con su ejército, embarcado en una escuadra de sesenta naves, zarpó desde las bocas del Ródano y doblando los montes Pirineos logró en Ampurias un lugar de abrigo. Las naves de guerra y las auxiliares que no encontraron lugar en él pudieron refugiarse en otros puntos protegidos de la costa cercana. Hay que tener en cuenta, además, que en aquellos tiempos era costumbre que el ejército fuera seguido por una masa de comerciantes. abastecedores y gente de toda condición; a modo de ejemplo recordaremos que, en los años 215 y 214, se formaron en Roma tres sociedades de proveedores para las tropas de los Escipión en Hispania, por tanto, es lógico pensar que, en el 218, Cneo instaló su campamento no lejos de las naves proveedoras.  Desde aquel abrigo comenzó a hostigar a las ciudades púnicas en la Península.

La presencia de Aníbal en la Península itálica y las derrotas consecutivas que fue infligiendo a los romanos, convencieron a éstos de la necesidad de unirse y diversificar los ataques, trasladar la guerra a África y conquistar Hispania como modo de evitar males mayores. La Cartago del momento era una gran potencia a manos de un gran general, Aníbal, que logró durante 20 años poner en jaque a los romanos. Sin embargo, Roma ya no era un mosaico de pueblos etruscos poco avanzados. La Roma que se encontró Aníbal empezaba a tener las trazas de un imperio, eso unido a que Aníbal era excelente en la guerra, pero no tanto aprovechando los triunfos logrados, determinaron la derrota final de los púnicos en esta segunda contienda contra los romanos.

En Hispania, los hermanos Escipión habían conseguido importantes logros, distrayendo a un gran número de tropas cartaginesas y poniendo en peligro el dominio cartaginés en ese territorio, pero el hermano de Aníbal, Asdrúbal Barca, finalmente los derrotó y les dio muerte (en el 211 a. de C.). Aun así, las bases de asentamiento ideadas y fortificadas por los Escipión siguieron dando cobijo y sirviendo de amparo a las tropas romanas. No fue hasta la llegada de Publio Cornelio Escipión, el futuro Escipión el Africano, cuando los cartagineses serían definitivamente derrotados en este segundo conflicto (202, batalla de Zama).

En los últimos años del siglo III, el avance romano permitió constituir su primera provincia en la península Ibérica, era la Hispania Citerior que se extendía de los Pirineos hasta Cartagena y tenía su capital en Tarraco (actual Tarragona). De manera que la primera vez que se oyó hablar de Hispania en la Historia se hizo referido a esa costa mediterránea de Tarragona y, posteriormente, se extendió a otros puntos de Cataluña, Comunidad Valenciana y parte de Murcia.

Emporion siguió siendo un lugar estratégico importante para los romanos. La ciudad y su puerto cumplían la función de lugar de paso esencial entre Hispania e Italia. Allí llegaron por primera vez a la península, Cneo Escipión en el 218, Publio Escipión el 217, Claudio Nerón el 211-210, y la del joven Publio Cornelio Escipión y su colega Marco Junio Silano el 210 a.C. En el listado de aspectos destacados de aquella presencia romana se puede añadir la facultad de armar navíos auxiliares de la flota romana que se concedió a diversas ciudades itálicas y extra itálicas (entre ellas Ampurias). El avance romano frente a los cartagineses, sobre todo a partir de la batalla de Ilipa (la actual Alcalá del Río) —junto con la de Metauro— constituyen el principio del desenlace de la Segunda Guerra Púnica y para Hispania, el inicio de la romanización.

El proceso de romanización fue lento y desigual siendo diferente según se tratara de la costa mediterránea o se situara más alejada a los Pirineos, especialmente las regiones de la cornisa cantábrica.

Para conseguir el proceso de asimilación cultural, la República y luego el Imperio romano llevaron a cabo una organización administrativa a varios niveles. Por un lado, dividió lo que era la diócesis de Hispania, es decir, toda la península Ibérica, en provincias, que le permitieran un mejor control del territorio. Junto a la división provincial se fue promoviendo una política de construcción de ciudades, que eran el esqueleto que mantenía el extenso imperio romano de manera eficaz.

En el proceso de romanización hay que destacar los aspectos que la cultura romana aportó al territorio peninsular, en concreto el legado cultural que se manifiesta en aspectos tan esenciales como las obras públicas, la lengua o el derecho.

Pero este proceso, como señalamos fue paulatino y se extendió en las siguientes fases:

1) 218 a 154 antes de Cristo.

Además de lo visto hasta ahora, en este periodo, destacan como hechos importantes: la conquista Cádiz en el 206. En el año 197 además de la provincia Citerior se crea la Ulterior en la costa sur de España, en la actual Andalucía.

Derrotados los cartagineses había que conquistar a los íberos. La situación venía de antiguo: en el año 212 durante la segunda Guerra Púnica, muchos de los pueblos iberos se asociaron con los romanos ante los abusos de los cartagineses, tal fue el caso de los ilergetes y ausetanos cuyos caudillos eran Mandonio e Indíbil.  Escipión el Africano con gran mano izquierda logró firmar con ellos una alianza, cuyo resultado final fue la victoria romana en Baecula.

Sin embargo, el acuerdo con Escipión se vio alterado en el 206 al infringir Marco Junio Silano agravios y abusos tanto a ilergetes como a celtíberos, sometiéndoles tras una gran matanza. Cuando en el 205 Escipión sale de Hispania camino de África, Indíbil y Mandonio vuelven a sublevarse. Los procónsules encargados de Hispania, L. Léntulo y L. Manlio Acidino, acabaron derrotando y ejecutando a los jefes íberos, pero no lograron pacificar el territorio. De hecho, dos años después, Escipión volvió a encontrarse con los celtíberos sublevados en la Batalla de los Grandes campos, donde los derrotó.

Los enfrentamientos en las fronteras de la Citerior y la Ulterior continuaron y es Catón quien los sofoca en el año 193. La paz definitiva en la zona no se consigue hasta que Sempronio Graco con una hábil política de acercamiento y concesiones a los hispanos logra 25 años de paz.

Al final de esta primera etapa, el ejército romano aseguró el control del valle del Ebro y se asentaron las fronteras de la Citerior y la Ulterior.

2) Enfrentamiento con los pueblos lusitano (154 a.C. – 133 a.C.)

Los romanos, como dueños y señores del territorio que ocupaban, con el auxilio de las legiones dominaban tierras y personas allí donde se asentaban.

En el año 155, los lusitanos se rebelan contra el sometimiento a los romanos. La Lusitania se situaba al oeste de la Península ibérica, en torno al actual distrito portugués de Castelo Branco, de ahí por el norte hacia las riberas del Duero y la frontera con los galaicos; por el oeste y sur, hacia la frontera con lo que hoy es Extremadura y el Alentejo portugués. Los lusitanos formaban parte de la provincia Ulterior y se sublevan contra el mando romano de la misma. En el 154 a.C. los lusitanos derrotaron a los gobernadores de las provincia Citerior y Ulterior. Esta derrota tuvo como consecuencia el afianzamiento de la resistencia celtíbera contra los romanos. Roma se ve obligada a mandar a 30.000 soldados al mando de Q.Fulvio Nobilior, quien consigue firmar una paz endeble. Las acciones del pretor Galba que asesina a traición a 9.000 lusitanos y vende como esclavos a otros 20.000, hacen estallar de nuevo la guerra en el 146 a.C., esta vez dirigida por un luso singular: Viriato.

Hombre sencillo y sobrio, caudillo nato, dirige la guerra durante ocho años a base de una guerra de guerrillas que desconcertaba a los romanos; derrota a los romanos en varias ocasiones y ocupa ciudades como Segóbriga, Martos, Bailén….

En el 146, termina la III guerra púnica, lo que permitió a los romanos tener más tropas disponibles para ocuparlas en el sometimiento de los pueblos de la península. Viriato se les resistía y no consiguieron derrotarlo nunca; tuvieron que asesinarle a traición: el cónsul Cepión sobornó a sus lugartenientes (Audas, Ditalcón y Minuro), que le mataron mientras dormía.

3) Conquista de las zonas indómitas al Norte de los anteriores, exceptuada la franja cantábrica (133 a. C. – 29 a.C.)

En la zona del Ebro, la romanización avanzó gracias a pactos y federaciones que fueron respetados por los naturales de la región, no sin algunos enfrentamientos sobre todo por la rica Calagurris (Calahorra). La ciudad, destruida por los romanos, fue repoblada por vascones. Difíciles de domeñar.

Pero en los enfrentamientos contra los celtíberos, digno de distinción fue el asedio a Numancia (en la actual Soria), desde entonces símbolo de resistencia.

Las guerras celtibéricas tuvieron una larga duración por el apoyo que los vacceos prestaron a los celtíberos en Numancia. No era el primer enfrentamiento con los romanos, de hecho, éstos comenzaron en torno al 153 a. C. y ahí los numantinos se impusieron a los romanos. Durante los dieciocho años siguientes se vivieron periodos de paz y de conflicto. En torno al año 134, el cónsul Escipión Emiliano es enviado a sofocar la resistencia de los celtíberos. Sitió la ciudad en un cerco estricto, construyendo fosos, empalizadas y terraplenes para proteger a los soldados romanos. También construyó un muro de 9 kilómetros con torres que contaban con catapultas, ballestas y otras máquinas. En el muro situó a honderos y arqueros. Tras 15 meses de asedio la ciudad cayó en el verano del 133 a. C. Los numantinos, antes de rendirse, prefirieron el suicidio, por ello prendieron fuego a toda la ciudad, para que no cayera en manos de Roma.

El sitio de Numancia fue el punto culminante de aquellos enfrentamientos con los celtíberos que nacieron en el 143 a. C.  y ocuparon todos los territorios peninsulares hasta la cordillera Cantábrica. Más tarde, los romanos llegaron a las Islas Baleares (123. a.C.), a las que repoblaron con tres mil hispanos que hablaban latín, lo que da idea de la penetración cultural romana en la Península en apenas un siglo.

Hasta el año 83 las luchas contra lusitanos y celtíberos se suceden en mayor o menor medida. No contribuyó mucho a la pacificación los enfrentamientos internos en la República romana; en las Guerras civiles entre Mario y Sila (82-72 a.C.) o entre César y Pompeyo, las poblaciones de la Península Ibérica intervinieron en apoyo de uno u otro bando. En estas últimas, el escenario fue el sur de la Península Ibérica. En el 45 a.C. tuvo lugar la batalla de Munda con la victoria de los ejércitos de Julio César sobre los de Pompeyo al mando de Tito Labieno. Esa fue la última batalla de la Segunda Guerra Civil Romana. Tras esta victoria y la muerte de los líderes pompeyanos, César pudo regresar a Roma y ser investido con la dictadura perpetua. Precisamente esos enfrentamientos internos impiden la evolución de las marchas romanas sobre la Península, aconteciendo en este periodo sólo algunas expediciones a Galicia y norte de Portugal.

4) Conquista de la zona cántabra (29 a.C. – 19 a. C.)

El norte peninsular se había resistido a los romanos con gran fortaleza. Es el emperador Augusto el que organiza la conquista de las tierras cantábricas. Con tres cuerpos de ejército y una flota ataca por separado a cántabros, astures y galaicos. Las operaciones, dirigidas por el emperador en persona y luego por Agripa, lograron someter a los pueblos norteños, último reducto de la resistencia contra los romanos.

La derrota de los pueblos del norte peninsular fue seguida de una fuerte represión y la destrucción de sus fortificaciones. Para evitar nuevas rebeliones, los romanos dejaron legiones permanentes instaladas en campamentos, que luego constituyeron núcleos urbanos, como la Legio VII (actual León) y Astúrica Augusta (actual Astorga). En el año 19 a. C. termina la conquista de Hispania.

Augusto dividió Hispania en tres provincias: Bética, Tarraconense y Lusitania, y posteriormente en el siglo IV Diocleciano dividió la Tarraconense en tres provincias: Gallaecia, Carthaginensis, y Tarraconensis. Así, Hispania se convertirá en una realidad, una unidad cultural, política y administrativa que durará siete siglos.

BIBLIOGRAFIA

GARCÍA Y BELLIDO, Antonio. “España y los españoles hace dos mil años”. Espasa Calpe.1945.

URBIETO, Antonio. “Historia ilustrada de España”. ED. Debate. 1994.

AGUADO BLEYE, Pedro. “Manual de Historia de España”. Espasa.1963

LOS FUNCIONARIOS EN LA ANTIGÜEDAD.

Acaba de ser publicitado el documento elaborado por el Ministerio de Administración Territorial y Función Pública (justo la semana anterior a la remodelación ministerial) dirigido entonces por el Señor Iceta, ministro que carece de título universitario, para la reforma (¿o sería mejor decir abaratamiento?) del sistema de selección de personal en las Administraciones Públicas.

El documento, envuelto en el celofán de las buenas palabras, esconde en su fuero interno un tufillo controlador de lo poco aseado e independiente que va quedando, en este caso, el ingreso de los funcionarios.

Sólo hay que acercarse un poco a la Historia para comprender que cuando se quiere manipular algo, se abarata, y cuando se quiere defender la excelencia, las pruebas se endurecen.

El origen del sistema de oposiciones vigente en España lo vimos hace tiempo en otra entrada:

https://algodehistoria.home.blog/2019/10/11/no-es-un-seguro-es-una-oposicion/

No me voy a repetir. Pero para comprobar que la formación, la especialización y la exigencia en el ingreso no son algo exclusivo de España ni de la actualidad, voy a exponer los orígenes del funcionariado en la antigüedad. Aquello que decía Azaña de que la Administración debe contar con los mejores, los mejor formados, pues manejarán el interés común, el interés de todos, el interés público, es algo que ya concibieron nuestros los tatarabuelos de nuestros tatarabuelos.

Hace tiempo, en este blog, vimos la Administración de la justicia en Babilonia con el Código de Hammurabi. https://algodehistoria.home.blog/2020/02/14/la-administracion-de-justicia-en-el-reino-de-hammurabi-1775-1730-a-de-j-c/

Además de aquel episodio babilónico, en el resto de los pueblos de la antigüedad la estructura organizativa y quienes fueran los encargados de entenderla era una preocupación primordial. Aquellos pueblos tenían entre sí algunas coincidencias en la organización administrativa: la Administración tenía su sede principal en el Palacio real, por eso la llamaremos, para entendernos, Administración central y la diferenciaremos de la Administración del resto del territorio o Administración provincial.

En China, la Administración, bajo el poder del príncipe, debía controlar no sólo la Administración de palacio, es decir, la Administración central sino también la provincial. Para lograr el éxito, bajo la dinastía Sung (960-1127) la Administración china alcanzó un nivel de perfeccionamiento desconocido hasta entonces. Los mandarines, funcionarios civiles y militares, dominaban la vida pública. Su dominio no venía por el poder que les confería el príncipe, sino por el de su prestigio, alcanzado por su gran conocimiento. Los exámenes de acceso se realizaban en la capital del Estado de manera periódica. Muchos aspirantes eran suspendidos repetidas veces por la severidad de los ejercicios. Pero gracias a esa severidad la Administración china llegó a ser muy eficiente, con un uso muy adecuado de los recursos, meticulosidad en la actividad administrativa y regulación de los sueldos, los periodos de descanso y las sanciones en caso de incumplimiento. Es decir, China ya desde antiguo optó por la perfección y el conocimiento.

Algo semejante ocurría en Egipto. Allí, tanto los visires, nombrados directamente por el faraón como los funcionarios de más bajo escalafón tenían una gran preparación. En la Administración egipcia, los funcionarios estaban especializados por tareas y funciones. Existían escuelas para dar la debida formación a los futuros aspirantes. Todos los funcionarios cobraban mediante tasas perfectamente reguladas. Entre los funcionarios no solían existir problemas de corrupción, no así entre los visires que, en algunos casos, acumularon, de manera fraudulenta, tantas riquezas que sus fortunas alcanzaban a la de los faraones.

El eslabón inferior del funcionariado lo constituían los escribas, cuya labor era levantar acta y copiar lo que se escribía y hacía. Mantenían en marcha todo el aparato estatal transmitiendo las órdenes del gobierno. Llegaron a constituir una clase con cierto poder. Sobre todo, porque además de lo señalado, sobre ellos recaía el control del sistema tributario. El pago de impuestos en Egipto se hacía en especie, pero la contabilidad de lo ingresado recaía en los escribas.

Sus funciones se realizaban en el palacio real, en el ejército y en los templos. Cualquier persona podía aspirar al cargo de escriba menos los campesinos. Su aprendizaje era largo y pormenorizado. Existían escuelas de escribas en las que ingresaban con cinco años. Se trabajaba en ellas durante los cinco años siguientes desde que salía el sol hasta el ocaso. Su aprendizaje consistía en dictados y en copiar textos, pero también se impartían clases de geografía, historia y aritmética.

Gran importancia tuvo la administración judicial egipcia; se constituía por personas de alto nivel, elegidos entre los funcionarios, fundamentalmente, entre los visires, militares y sacerdotes. Existieron dos audiencias reales, una en Tebas y otra en Heliópolis compuestas por altos funcionarios y presididas por un visir. También trabajaban allí los procuradores que ejercían la acusación y los escribas que levantaban acta.

Como vemos, el palacio, el ejército y la recaudación de impuestos eran aspectos esenciales de aquellas antiguas civilizaciones. En ocasiones, con la Administración de justicia dentro de la Administración de Palacio y, en otras, con un control sobre ella, pero ejercido por los sacerdotes.

En el Imperio persa, la centralización y control estatal desde el Palacio eran esenciales hasta que el crecimiento del Imperio hizo necesaria una reforma de la Administración emprendida por Darío. Creó las satrapías como formas de organización territorial y administrativa de las provincias persas. Para su control, las satrapías eran auditadas por funcionarios de Palacio todos los años.

Tres peculiaridades se dieron con los persas: primero, el poder absoluto del monarca estaba más relajado que en otros imperios de la antigüedad y se permitía compartirlo con algunos otros nobles y sacerdotes debido a la política de tolerancia en materia religiosa. Segundo, las importantísimas tareas de recaudación de impuestos y de impartición de justicia las ejercían los sátrapas. Existía un sistema de tesorería y reserva de moneda en distintos puntos del Imperio. Los sátrapas también eran los jueces supremos en su territorio. Tercero, el control de todo este entramado, dada la centralización palatina y el poder de las satrapías, obligaba a cambiar la capital y mover al emperador y su corte de lugar cada poco tiempo.

En Grecia y Roma esa pulcritud oriental no se existió al inicio de sus administraciones.

En Atenas, la Función Pública no estaba tan desarrollada como hemos visto en los países orientales, no existía una escala o cuerpos de funcionarios ni el principio de jerarquía. El funcionario era temporal, elegido entre la población como un modo de ejercer un servicio a la comunidad y no cobraban por ello. Pero tampoco estaban preparados para esas tareas.

A medida que se expandía la civilización griega se hacía más necesario un incremento de puestos y, con ellos, una mayor estabilidad y especialización de los funcionarios, aunque seguían ejerciéndose las tareas por sorteo. Para reducir el riesgo de que fuera elegido en el sorteo un incompetente, se limitó el número de personas sobre las que recaía la “suerte”. Se reconocieron así tres clases de funcionarios: los magistrados, los curatores y los oficiales, estos últimos se dedicaban a tareas subalternas. Sin embargo, la Administración siguió sumida en el caos, que se intentó paliar con la centralización de las funciones administrativas.  Se crearon escalas administrativas; se instauró el principio de jerarquía, lo que determinó la posibilidad de ascensos regulados por méritos; se profesionalizó el ejército, la recaudación de impuestos, la actividad económica y las relaciones exteriores.

En Roma por su parte, durante la Monarquía, los funcionarios aparecen nombrados directamente por el rey, que los cambiaba a su antojo. Durante la República, la Función Pública aparece perfectamente estructurada de acuerdo con el principio de jerarquía, con distintos escalones de funcionarios con un Cursus Honorum– carrera funcionarial-. Pero los poderes de los mandatarios se imponían a su antojo. No existía una formación tan estricta como la egipcia o china. Además, para mayor gloria del dictador, en la república despótico-cesarista se incrementó considerablemente la burocracia. Fue en emperador Constantino el que buscó una especialización entre sus funcionarios y, sobre todo, separó los asuntos civiles de los militares. En la cancillería imperial existían cinco secretarías, especializadas en las distintas partes del proceso cuyos juicios correspondían al tribunal imperial. También se crearon funcionarios especialistas en aspectos de información y policía.

Diocleciano reformó la Administración de las provincias creando tres categorías en cuanto a los gobernadores, de mayor a menor categoría eran: los procónsules; los correctores y los presides. Existió una administración especial para la ciudad de Roma que luego se copió en Constantinopla.

El sistema cambió durante el Imperio romano. Los funcionarios eran elegidos por el propio emperador, no por elección popular, como hasta entonces; la actividad funcionarial dejó de ser gratuita, dado que el sistema de elección y gratuidad sólo generaba corrupción. Este cambio supuso una mayor dedicación del funcionario a sus tareas públicas, pasando de ejercer las funciones de manera temporal a tener carácter indefinido. En la Administración central aparece la figura del pretorio para reducir y reordenar los cargos y en la Administración provincial se produjo una nueva ordenación, dividiéndolas en senatoriales e imperiales. Las primeras dirigidas por un cónsul, las segundas por una especie de embajador.

La carrera senatorial requería una formación que debía superar distintas etapas desde la edad de 18 años a la de 33 años.

En Bizancio, con Constantino el Grande, se diferencia la Administración de Palacio de la provincial y se separan los funcionarios civiles de los militares buscando una mayor especialización. Tanto en unos como en otros, había una clase superior procedente de la nobleza, a los que el rey podía cesar o nombrar a su antojo y unos funcionarios de inferior escalafón cuyos puestos tenían carácter temporal indefinido.

La Administración de los visigodos en España pasó por distintas etapas en función de los cambios políticos y la propia inestabilidad del Imperio. En el centro del poder aparece siempre el rey quien llegó a asumir funciones legislativas y judiciales, pero muchas veces las delegaba en el Aula o Concilio. Cada vez fueron mayores las delegaciones que hacía el monarca, lo que dio lugar al nacimiento de unos servidores públicos embriones de los futuros funcionarios. Así nacen los oficios del “Palatium”- la administración más cercana al rey. Los cortesanos, casi siempre elegidos entre la nobleza. En la provincia aparece el “iudex” administrador de la provincia- ayudados de un “officium”, formado por los funcionarios más preparados, a los que a veces se les daba a administrar una zona de provincia, regida por un duque o por un conde. Así nacieron los condados y ducados. La mayor especialización de los funcionarios visigodos provino de la necesidad de mantener un ejército permanente, recaudar impuestos y administrar justicia.

En la administración de justicia, dado que el único que tenía potestad para ejercerla era el rey, se buscaron otros funcionarios que revisaran los asuntos – los dux, iurex o comes- esto acabó derivando en que determinadas materias de carácter civil o militar las juzgaban los dux y los obispos. Por su parte, la función recaudatoria se tecnificó y para ejercerla se crearon unos cuerpos de funcionarios especializados los “susceptores” y los “exceptores”.

En la España árabe, como en todos estos pueblos la actividad administrativa se organizaba en torno al califa, pero frente a lo que ocurría en Persia con la libertad religiosa, la importancia dada a la religión por los musulmanes de la península llevó a que aquellas monarquías fueran auténticas teocracias.

Los asuntos públicos cuentan con la atención del visir y el “hagib”. El visir, nombrado por el califa, se encargaba de nombrar al resto de los empleos de la corte. El hagib era una especie de visir de visires.

La administración musulmana tuvo una organización refinada, en cuyas filas eran elegidos los mejores, los que contaban con más conocimientos y capacidad. Además, a pesar del poder del califa muchas decisiones las tomaba tras recibir y reunirse con en Consejo de visires.

Quizá una de las características más destacadas de la Administración califal fue la Administración de justicia.  Fue la actividad administrativa más cuidada y mejor dotada. Los jueces actuaban como delegados de la suprema autoridad del califa. El cargo de juez era de un gran prestigio social y dado que representaban al califa sólo los mejores entraban en la judicatura. Recibían un sueldo fijo con cargo al tesoro público. Como curiosidad debemos señalar que para ser juez se debía ser varón y, sin embargo, con carácter excepcional se podía nombrar a alguna mujer. El juez debía profesar la religión musulmana, encontrarse en plenas facultades físicas e intelectuales y tener una conducta exquisita en sus aspectos morales. Debía ser un escrupuloso cumplidor de la ley, para lo cual debía conocerla en profundidad. En ocasiones, la complejidad de las causas hizo necesaria la presencia de un secretario junto al juez. El secretario judicial o catib tomaba notas, levantaba actas y archivaba los asuntos. En Córdoba el secretario tuvo gran relevancia. Existían otros funcionarios especializados en garantizar la honorabilidad de los testigos. Además, existían peritos judiciales en distintas materias.

En cuanto a la recaudación de impuestos está se perfeccionó en el periodo Omeya. Existía un visir que contaba con distintos funcionarios a su cargo dedicados a recaudar. También existió una Administración provincial en materia fiscal que se coordinaba con la de palacio por medio de los “valíes”.

En resumen, ya desde la antigüedad se puede apreciar como la especialización y la formación eran algo esencial en la buena marcha de la Administración.

En la edad Media y la edad Moderna, durante los siglos XV y XVI el monarca sigue siendo el cabeza de la Administración, pero el funcionario se irá profesionalizando poco a poco. No sin pasar por enormes vicisitudes, como ya vimos en el caso de España.

En general, la profesionalización y la modernización de todas las administraciones europeas se produce durante el S.XIX y XX.

Lo que nunca se dio en la antigüedad es que al frente de la Administración se colocara a un visir, un iudex o un proconsul cuya formación y titulación fuera menor que la de los funcionarios a los que tenía que dirigir, salvo en los tiempos del sorteo griego. Los hay con suerte…

 

BIBLIOGRAFIA

MÚÑOZ LLIMÁS, Jaime Ignacio. “Historia de la Función Pública”. UNED (StuDocu).

BARRACHINA JUAN, Eduardo. “La Función Pública y su ordenamiento Jurídico. Promociones y Publicaciones Universitarias., S.A.(PPU).1991.

STEWART R. Clegg. HARRIS, Martin; HÖPFL, Harro. ”Managing Modernity: Beyond Bureaucracy”. Oxford University Press. 2011.

SANTAMARÍA PASTOR, Juan Alfonso. “Los Principios de Derecho Administrativo”. Ed. Centro de Estudios Ramón Areces, S.A.2002.

 

VANDALISMO

El diccionario de la RAE define el término vandalismo con dos acepciones:

  1. m. Devastación propia de los antiguos vándalos.
  2. m. Espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, sagrada ni profana.

Evidentemente, ambas acepciones tienen históricamente un origen común en aquellos pueblos bárbaros que invadieron Roma.

Someramente nos referiremos a los vándalos, ese pueblo que tan mala prensa ha tenido y terminaremos con el origen del término asociado a la destrucción.

La primera presencia histórica de los vándalos se da en los textos de Plinio. Pero su origen es incierto asociado a la zona del Vendel en Suecia; en cuya región se asienta con ese mismo nombre uno de los momentos más espléndidos de los Vikingos. Se sabe que los vándalos no eran un pueblo determinado en su origen, ni hacían referencia a una única tribu, no tenían un concepto de pertenencia tan fuerte, sino que se asociaban, matrimoniaban e intercambiaban entre los nativos de la zona, de ahí que asimilaron las costumbre de varios de ellos. Por lo que la vinculación con algunas costumbres vikingas es evidente.

Los vándalos son un pueblo al que no podemos denominar nómada en puridad, pero sí podemos describir como caminante. De manera que en su evolución avanzan hacia el sur asentándose en lo que hoy sería Polonia y Alemania, ocupaban el territorio al oeste del Vístula y junto al Oder, hasta el norte de Bohemia. Posteriormente se diferencian dos ramas principales los vándalos silingos (que supuestamente, aunque no hay unanimidad en la historiografía, dan nombre a la región de Silesia en la que se situaron) y los vándalos asdingos que se asientan en torno a la provincia romana de la Dacia (que corresponde actualmente con Rumanía y Moldavia). No era un pueblo considerado como problemático por los romanos en aquellos momentos. Su capacidad de mudanza volvió a aparecer con la llegada de los hunos que acabaron siendo definitivos para las famosas invasiones (oleadas) bárbaras del siglo V. Los vándalos, junto con alanos y suevos, se establecieron en Hispania en el 409 a de C., los asdingos en Galicia; mientras, los silingos hicieron lo propio en la Bética. Durante años sufrieron los ataques de los visigodos, que trataban de someterles a la autoridad romana en calidad de federados. Como resultado de este acoso se produjo la derrota de los alanos y la consiguiente integración de este pueblo con los vándalos. Juntos se hicieron fuertes en el sur de la península, convirtiendo Hispalis (Sevilla) en su capital; hasta que, de nuevo por el avance visigodo, tuvieron que huir, esta vez al norte de África. Se asentaron en Ceuta y desde allí controlaron la provincia de Cartago y la Tunicia, dónde lograron, bajo el reinado de Genserico, su máximo esplendor hacia el año 430 a de C.

Genserico promovió el arrianismo, iglesia que siguieron sus descendientes con gran fanatismo, dando lugar a importantes persecuciones contra el resto de los cristianos a los que privaron de sus posesiones e incluso de lo mínimo necesario para sobrevivir: se les desterraba y si se resistían, se les asesinaba. En el 430, falleció el propio San Agustín, víctima de esas privaciones. Su muerte contribuiría decisivamente a la mala fama de los vándalos.

Desde las costas de Cartago, los vándalos avanzaron de nuevo hacia la otra orilla del Mediterráneo y conquistaron Córcega, Cerdeña, Sicilia y las Baleares. Su forma de dominio de los mares fue por medio de la piratería con el que alcanzaron gran éxito en las costas mediterráneas, bloqueando las ya de por sí frágiles vías marítimas de comunicación del Mediterráneo, perjudicando también al Imperio Romano de Oriente. Tal fue el daño perpetrado que el Imperio romano reconoció a los vándalos y firmó un tratado que garantizaba la paz en las costas del imperio y, especialmente, en la península itálica.

Los vándalos no cumplieron su palabra y en el 455 saquearon Roma. Su oportunidad vino cuando Petronio Máximo asesinó al emperador romano Valentiniano III. Genserico declaró la invalidez del tratado entre los vándalos y los romanos y marchó hacia la ciudad. Aunque este saqueo no fue tan violento como el de los visigodos en el 410, obtuvo mucha peor fama. Incluso ha sido peor recordado que otro de los saqueos famosos: el saco de Roma por las tropas imperiales de Carlos V, muchos siglos después.

Si los vándalos no acabaron con Roma, aunque atacaron Iglesias y conventos, fue porque el Papa León I los convenció para que no mataran a nadie ni quemaran los edificios. En cumplimiento del acuerdo, los vándalos durante dos semanas se hicieron con todo lo que no estaba clavado, sin encontrar oposición de la población romana. No siempre cumplieron lo pactado con el Papa y así quitaron las tejas de bronce del Templo de Júpiter Optimus Maximus y rompieron algunos de los monumentos más importantes de la ciudad, sobre todo, los más bonitos, tenían cierta fijación en contra de la belleza. Quemaron algunas iglesias y cogieron cautivos, a los cuales vendieron como esclavos en África. Se apoderaron de las arcas de la ciudad y de todas las pertenencias de gran valor.

Roma intentó recuperar lo perdido entre los años 460 y 475 d.C., pero de nuevo los vándalos lograron imponerse.

La muerte de Genserico supuso la caída del imperio de los vándalos. En el 533, los romanos recuperaron el norte de África y expulsaron a los vándalos para siempre. La asimilación que los vándalos habían hecho de las costumbres romanas, la mezcla entre sus instituciones y las romanas, la mixtura de su arte con el romano al que añadieron su humilde pero sólida artesanía metalúrgica en armas y objetos cotidianos, pero en un contexto en el que se fomentaba la segregación de la población, el racismo, xenofobia y actitud intolerante de sus seguidores contra los romanos y los cristianos, determinaron su debilidad.

Al final, el ejercito vándalo fue vencido por el bizantino. A Bizancio viajó el botín del saqueo de Roma, y Justiniano se sintió vengado como viejo romano.

Pero en la memoria colectiva quedó grabado a sangre y fuego lo que se consideró una barbarie intolerable, de ahí que el término vandalismo se asociara a la destrucción. Tal asociación se dio por primera vez en Inglaterra a mediados de la década de 1600 cuando se usaba para describir a quien destruye lo hermoso y digno de respeto.

Sin embargo, el término alcanzó carácter universal contra todo el que destroza los bienes públicos sean los adoquines de las aceras o una obra de arte a través de la palabra francesa “vandalisme”, y se vio por primera vez en forma impresa en 1794 cuando el abad de Blois, Henri Grégoire, gran defensor de la Revolución Francesa reprobó con ese término el caos, el saqueo de monasterios y abadías, y en particular la destrucción del arte, que ocurrió durante la época del terror. Así se calificaron también los asaltos cometidos durante las desamortizaciones de bienes eclesiásticos promulgadas por las revoluciones liberales. De este modo, el término “vandalismo” pasó a los idiomas europeos con el significado que hoy tiene, común en todas las lenguas importantes: ese “espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, sagrada ni profana”.

BIBLIOGRAFÍA

CLAYTON, Matt. LOS VÁNDALOS. Una fascinante guía de los bárbaros que conquistaron el imperio romano durante el periodo de transición de la antigüedad tardía a la alta edad media. Ed Captivating History. 2020.

https://losojosdehipatia.com.es/cultura/historia/los-vandalos/

LAS HORCAS CAUDINAS

El otro día oyendo una de esas tertulias televisivas, un todólogo que hablaba con absoluta seguridad en sí mismo, dejando patente su gran conocimiento de mundo, de la historia y de la vida en sus más amplios aspectos, dijo, en dos ocasiones, que temía que llegaran las “hordas caudinas” (sic).

El contexto de la tertulia no viene al caso. Lo que nos importa es el aspecto histórico. Es seguro que no existieron nunca las “hordas caudinas”. Si eran hordas, no eran caudinas y si eran caudinas eran horcas nunca hordas.

Las hordas como ya vimos en este blog, tuvieron su origen en Mongolia

https://algodehistoria.home.blog/2019/12/13/hordas/

En cambio, la batalla de las Horcas Caudinas es un acontecimiento histórico que aconteció en el 321 A.C.  en la conquista romana de los pueblos del sur de la península itálica. Se trata de una batalla en la segunda guerra romano- samnita, en la que los romanos fueron derrotados; lo que se recordó siempre en la Historia de Roma con gran dolor.

Los samnitas eran un pueblo que se situaba al sur de la península itálica. Si consideramos que la península tiene forma de bota, y nos imaginamos que la calzamos con un botín que suba ligeramente por encima del tobillo, en el borde superior de ese botín estaría el territorio de los samnitas; que haciendo una curva descendente ocuparía todo el territorio peninsular del Adriático al Tirreno, estando la zona más elevada encima del tacón de la bota. La batalla se produjo a la altura de la actual ciudad de Foggia, pero más al centro de la península. El sendero de no más de un kilómetro de largo discurre entre los montes Tifata y Taburno, en los Apeninos y entre las actuales localidades de Arpaia y Montesarchio. El nombre de Horcas Caudinas se debe a la proximidad de la ciudad de Caudio.

La victoria se produjo gracias a un engaño ideado por los samnitas para doblegar al poderoso ejército romano. Las legiones romanas dirigidas por Espurio Postumio Albino y Tito Veturio Calvino se encaminaron al sur; engañados por unos pastores, que resultaron ser soldados samnitas disfrazados, tomaron el camino que les obligaba a pasar por el desfiladero de las Horcas Caudinas en los Apeninos. Los samnitas, conocedores del terreno, habían taponado el final del desfiladero con piedras. Tras adentrarse en el estrecho hueco entre montañas y verse bloqueados en su final, los romanos intentaron desandar el camino, pero al otro lado les esperaba el ejercito samnita. Les encerraran, sin agua ni alimentos, entre aquellas montañas y, cuando se rindieron, les obligaron a salir sin corazas ni armas y a pasar por una especie de arco bajo o yugo formado por dos lanzas verticales y una horizontal. Es decir, los romanos debieron bajar la cabeza y agacharse para salir de las horcas.

La humillación fue terrible, más allá de los territorios perdidos y de pactar una tregua de cinco años. El senado romano en señal de duelo prohibió los casamientos y fiestas durante un año y los senadores se despojaron de sus túnicas púrpuras.

La venganza romana vino en forma de victoria en el 316 A.C. Consiguieron dominar la capital del territorio Samnita (Lucena) y rescatar las armas, estandartes y rehenes perdidos en la batalla de las Horcas Caudinas.

De aquella derrota viene la expresión pasar bajo el yugo o pasar por las horcas caudinas, que significa tener que aceptar sin remedio una situación humillante y deshonrosa o una gran derrota.

Esa es la diferencia histórica de la llegada de las hordas a pasar por las Horcas Caudinas. Es la misma distancia que hay de Gengis Kan a Cayo Poncio (caudillo samnita y vencedor de la batalla de las Horcas Caudinas).

BIBLIOGRAFIA

KOVALIOV, Serguéi Ivanovic. “Historia de Roma”. Ed. Akal. 1982.

Atlas Histórico Mundial. Ed. ITSMO. 1982

LA NIÑA DE LOS OJOS GRISES

María de las Mercedes era una niña preciosa, morena, con unos ojos azul grisáceos grandes y vivarachos que reflejaban la agilidad de su inteligencia a los que acompañaba de una sonrisa alegre que iluminaba su rostro. Era una niña muy buena, pero, al tiempo, movida, curiosa y observadora. En su casa la llamaban María, era la pequeña de cinco hermanos a los que su padre siempre había educado en amor a la música y a la lectura, especialmente al teatro y la historia.

Su padre le había explicado que hubo un pueblo que vivió hacía mucho tiempo, se creía que su imperio comenzó en el año 3150 antes de Cristo y desapareció en el año 31 antes de Cristo. Se asentaba a las orillas de un gran río, el Nilo, en África. Se llamaban egipcios. Le mostró un libro muy grande lleno de fotos en el que se veían las obras de arte que hacían aquellos africanos. Esculturas gigantescas, edificios enormes con formas poliédricas, columnas… Pero a María lo que le fascinaba eran las pinturas y los bajo relieves que, en aquellas fotos, se asemejaban a cuadros, porque a ella lo que le gustaba era pintar y lo hacía con gran soltura.  Abría sus grandes y luminosos ojos para captar lo bonitas que eran aquellas estampas. Su padre le contó que aquellas pinturas que la atraían, aunque en un primer momento del imperio eran de figuración más tosca y menor colorido, respondían a unos cánones rigurosos que no buscaban la belleza sino la perfección de lo que querían representar, por eso su evolución a lo largo de los siglos de existencia del imperio egipcio no fue muy grande. Con todo, la pintura tuvo algunos momentos de especial fulgor por ejemplo durante la dinastía V o en el Imperio Nuevo y quizá lo más novedoso se diera con el faraón llamado Akenatón.

Las figuras egipcias tenían una función religiosa sobre la trascendencia de la vida, y respondían a esos cánones que consideraban perfectos con el objetivo de que los retratados alcanzaran la eternidad. Su finalidad era presentar a los protagonistas ante los dioses. Muchas eran escenas de la vida cotidiana y ahí, la propia realidad exigió con el tiempo ciertos cambios más vinculados al contenido de lo que se pintaba que a la forma plástica de los mismos. Al fin y al cabo, el faraón, los nobles y los sacerdotes van a ser los principales clientes. Se trata de un arte áulico y oficial, que se desarrolla fundamentalmente en virtud de la religión. No es por tanto un arte autónomo. Esa condición cortesana y religiosa aleja al resto de los habitantes de Egipto de acceder a este lujo pictórico.

A María le encantaba coger aquel libro y dibujar a aquellos personajes que no conocía muy bien pero que la atraían con su difícil perspectiva; las cabezas de medio lado, el ojo rasgados y delineados, pero con mirada hacia el espectador, de frente. Las manos y pies de perfil, aunque en estos últimos se representara siempre en primer término el dedo pulgar, de tal forma que, lo que tenían las figuras egipcias eran dos pies izquierdos. En cambio, los torsos de formas triangulares, se giran de frente al público observador. Los cuerpos se cubren de telas con airosos pliegues y muy adornados con joyas esmaltadas o de oro y plata cuajadas de piedras preciosas. Muchas de ellas con forma de serpiente en representación de algún dios. En la época del emperador Akenatón esos ropajes son casi velos transparentes que dejan traslucir el cuerpo.

Por otro lado, hay en ellos una interpretación de la naturaleza de lozana alegría. Si son animales muchas veces los representan en grupo, por supuesto de perfil y con alguna pata menos de las reales, pero nadie las echa de menos. Eran animales de la vida doméstica: vacas, patos, cabras, cocodrilos, peces. Algunos dibujados sobre cerámica y con una perfección en su forma y belleza en el trazo y colorido que hacen de ellos obras admirables para la época.

Además, se solían ver en aquellas obras otros animales aislados, escarabajos, alacranes, caracoles, cuervos, gatos, serpientes…Muchos eran la escenificación de sus dioses. Especialmente significativo es el cambio que se produce después de la segunda dinastía cuando la capital del imperio egipcio se traslada a Memfis, allí se empieza a adorar a Isis y Osiris a los que se supone hermanos y faraones del Imperio. Asociados a Osiris se unen Anubis representado por un chacal, Horus que tiene forma de halcón y Thot al que da vida ave ibis.

Pero la vida cotidiana y la naturaleza que los rodean también forma parte de la iconografía de aquellas pinturas; plantas, bien de adorno: tallos y flores de lirios, mandrágoras, bien frutos de la tierra que eran propios de su alimentación, muchas espigas de trigo, árboles y brotes hinchados en los troncos como un canto a la vida (en el colegio le habían enseñado aquel poema de Machado a un olmo viejo al que le había salido rama verde en honor a la primavera). Estos cuadros egipcios se lo recordaban.

En aquellos estucos también estaban presentes los útiles de uso habitual: puntas de lanza, ánforas, palos, herramientas de trabajo u otros elementos más comunes a la sociedad como barcos transportando mercancías por el Nilo.  María tenía aptitudes para la pintura, se fijaba y detenía en los detalles. Algún día sería una buena pintora. Al igual que los egipcios, era sorprendente la exactitud de sus dibujos. En aquellos, cada planta, cada animal tenían tal fidelidad a la naturaleza que actualmente los zoólogos son capaces de identifica las especies dibujadas por los egipcios.

Las ropas tenían colores vivos y policromados con paletas que iban desde el blanco, el amarillo siena, el rojo vivo, el ocre, el verde, el azul de la malaquita y el lapislázuli. Y siempre bordeados de negro. Eran como los recortables que hacía en el colegio y al igual que aquellos, rellenaban su área de contorno de un solo tono, plano, como un bloque de color.

María observaba como había unas figuras más grandes con poco movimiento, en contraposición con otras chiquitas que parecían siempre en plena actividad. Su padre le explicó que las figuras grandes representaban a los grandes señores, de los faraones o sacerdotes por eso llevaban tantas joyas, para mostrar su majestuosidad. En cambio, las figuras pequeñas representaban a los sirvientes que se dedicaban a las tareas domésticas, por eso presentaban más movimiento, en señal de su trabajo cotidiano. La sociedad egipcia estaba muy jerarquizada. En el lugar más alto estaba el faraón, le seguían los nobles, sacerdotes y escribas, más abajo se situaba el ejército, debajo de ellos el pueblo y por último los esclavos. Esas castas se reflejaban en las pinturas.

Otra característica que despertó su curiosidad, era que muchas escenas tenían un borde, a modo de marco, adornado con cenefas. Algunas de aquellas cenefas culminaban en formas geométricas o con el disco solar o con una cobra.  El disco solar, le habían explicado, era propio de la época del faraón Akenatón y de su mujer Nefertiti. Ambos adoradores del dios Ra. Akenatón se consideraba el dios Ra (sol) en la tierra. Esta es una época de formas delicadas, casi siempre en la representación de ambos cónyuges, especialmente en la de Nefertiti. Su busto era una escultura de gran belleza, ricamente policromada y con unas proporciones perfectas. Su padre le dijo que estaba considerado una de los retratos escultóricos más importantes de la Historia del Arte y un avance en cuanto a naturalismo y realismo en la expresividad del arte egipcio. Este giro hacia el naturalismo, permite la figuración de la familia real, en escenas a veces cotidianas, familiares, con sus hijas o en expresión de la armonía marital. Las formas pierden la rigidez y el hieratismo y ganan en movimiento. Pero tras la caída de Akenatón, se restauró el orden anterior, y el arte volvió a los rígidos esquemas anteriores.

En todas las escenas egipcias había dibujos extraños, de animales o elementos difíciles de definir. En ocasiones, paredes enteras estaban llenas de dibujos recuadrados por cenefas, en posición paralela unos de otros como teselas de un mosaico, pero sin necesidad de estar unidas por sus bordes. Eran los jeroglíficos. Su distribución respondía un método cartográfico. Tiraban líneas perfectas que permitían la distribución de los dibujos.

Si arquitectura y esculturas, siempre mastodónticas, contribuyeron al conocimiento de aquellas gentes, la pintura transmitió muchos datos de su vida diaria.

Llegar a interpretarlas con exactitud se lo debemos a los soldados franceses durante las campañas napoleónicas en Egipto que encontraron una piedra en Rosetta, que tenía grabado un decreto del faraón Ptolomeo V en tres idiomas. Posteriormente, cuando Egipto fue dominado por los británicos la piedra fue trasladada a Londres, al Museo Británico en 1801 (ya le explicó su padre que el Museo Británico es un gran centro de exposición de objetos que los ingleses han recogido a lo largo de todo el mundo). Fue el francés Champollion quien en 1822 logró descifrar el texto contenido en la piedra Rosetta y ello permitió traducir lo que significaban los jeroglíficos y así saber un poco más de aquella civilización tan antigua.

Pero no todas las interpretaciones de la lengua egipcia provenían de la piedra Rosetta, sino de restos de cerámica o calcáreos sobre los que los escribas aprendían a escribir o a dibujar (llamados ostracones). Era el primer paso antes de utilizar los papiros que por su costoso valor solo podían ser utilizados para los escritos oficiales.

María aprendió a dibujar y pintar imitando a los egipcios. De mayor estudió Magisterio y se especializó, tras diversos estudios, en dibujo y pintura.  Siempre fue una estupenda maestra de historia y de dibujo. Se casó y fue muy feliz compartiendo sus aficiones con su marido. Tuvo dos hijas que adquirieron los gustos de su madre. Así una estudió Bellas Artes y es una gran pintora y la otra escribe artículos de Historia.