El Tratado de Tordesillas

El Tratado de Tordesillas fue un acuerdo entre los reinos de España y Portugal, que permitió, entre otras cosas, el reparto del mundo entre las dos grandes potencias del momento. Nos situamos en 1494.

El precedente del Tratado de Tordesillas, fue el Tratado de Alcazobas o Alcáçovas (en portugués), que ya vimos aquí: https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ firmado, en 1479, entre las coronas española y portuguesa. Dicho tratado ponía fin a la guerra de sucesión a la Corona de Castilla, tras la muerte del rey Enrique IV, y que enfrentó a la hermanastra de Enrique, Isabel, y a la hija de aquel, Juana la Beltraneja. Esta última contaba con el apoyo del rey de Portugal. Como todos sabemos, aquella guerra culminó en la victoria de los partidarios de Isabel, que asciende al trono como Isabel I de Castilla. La trascendencia del tratado de Alcazobas se incrementó por delimitar los derechos de navegación de Castilla y Portugal. En su clausulado se reparte la costa atlántica conocida o por explorar utilizando como elemento divisorio los paralelos de la Tierra. Portugal mantiene el control sobre sus posesiones de Guinea, la Mina de Oro, Madeira, las Azores, Flores y Cabo Verde, y se le reconoce la exclusividad de la conquista del Reino de Fez. A Castilla se le concede la soberanía sobre las islas Canarias y la parte superior del paralelo que delimitan esas islas afortunadas.

Con el tiempo, múltiples incidentes ponen en peligro la paz conquistada en Alcazobas. La situación se complica cuando Juan II de Portugal (no olvidemos que Cristóbal Colón ofreció sus servicios al rey de Portugal antes que a Castilla para emprender la conquista de las Indias navegando por occidente y los portugueses no quisieron financiar los gastos de aquella empresa) recibió a Colón a la vuelta de su primer viaje a las Indias. Recordemos que fue la carabela La Pinta la que antes arribó a las costas españolas, por Galicia, y transmitió las primeras noticias del descubrimiento del Nuevo Mundo. Los rumores, que también llegaron a Portugal, se confirmaron cuando Colón, que viajaba en La Niña, atracó en Lisboa, siendo recibido por el rey de Portugal. Convencido Juan II de que los nuevos territorios estaban por debajo del paralelo correspondiente a las islas Canarias, no tardó en reclamarlos para su país, al tiempo que la Corona española aseveraba que el territorio recién descubierto era propiedad de Castilla.

Se producía así un choque dialéctico entre ambas monarquías por la interpretación del tratado de Alcazobas y por el dominio de la navegación mundial. Se iniciaron unas tensas negociaciones en las que primaba el sincero interés mutuo de no alcanzar un enfrentamiento armado.

En aras a encontrar una solución, Fernando el Católico propuso la mediación del Papa español Alejandro VI, Papa Borgia, con el que mantenía una excelente relación el rey aragonés. El Papa Alejandro, gran político, interesado siempre el engrandecimiento de los Estados Pontificios, tuvo algunos sonados enfrentamientos con las potencias europeas, muy especialmente con Francia. Aunque también fue un excelente diplomático que obtuvo alianzas hasta con sus más acérrimos enemigos; pero, con carácter general,  España fue su gran valedor internacional. En el momento de la historia que nos hallamos, Alejandro tenía serios enfrenamientos con Carlos VIII de Francia. En este contexto no es de extrañar que al Papa le interese apoyar los intereses españoles en las negociaciones mantenidas con Portugal. Los Reyes Católicos (que recibieron ese título precisamente de Alejandro VI) rechazaban las pretensiones portuguesas: entendían que África debía ser para Portugal y las zonas del nuevo descubrimiento para España.

La intermediación papal se concreta en las conocidas como “Bulas Alejandrinas” dictadas en 1493. Se trata de tres bulas: «I Inter Caeteras» que  establece que todas las tierras descubiertas por Colón y las que posteriormente se descubran serán para Castilla; «II Inter Caeteras» modifica el sentido de la primera y fija una línea a 100 leguas al oeste de las Azores y Cabo Verde para definir el dominio marítimo y terrestre de Castilla; la tercera bula, «Eximiae devotiones» no menciona la existencia de la segunda y ratifica lo señalado en la primera, ampliando, así, las concesiones asignadas a Castilla.

A esta maniobra de Fernando, se unió su rapidez en organizar una segunda expedición al Nuevo Mundo, adelantándose a lo que pudiera hacer Portugal.

Aunque el rey de Portugal protestó, acabó aceptando el nuevo reparto, con ligeras modificaciones en relación a las bulas alejandrinas. Aquel acuerdo se plasmó en el Tratado de Tordesillas,  acordado en la ciudad vallisoletana por los representantes de ambos países el 7 de junio de 1494. Los Reyes Católicos lo firmaron en Arévalo el 2 de julio y, el 5 de septiembre, lo rubricó Juan II en Setúbal. Entonces no se conocía aún la dimensión de lo descubierto por Colón; a Portugal lo que le interesaba era mantener abierta la ruta hacia la India, la ruta de las especias, tan lucrativa en aquellos tiempos y limitada, en su discurrir por la tradicional ruta mediterránea, por el bloqueo turco.

La esencia del acuerdo consistió en una modificación del sistema de reparto. Si en el tratado de Alcazobas se utilizaron los paralelos, en el de Tordesillas, la división se hizo utilizando los meridianos.  El tratado acabó estableciendo, tras varias propuestas, un meridiano a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, es decir, en 46° 37′ longitud oeste. Todos los territorios por descubrirse al este de dicha línea quedarían bajo dominio portugués, mientras que España tendría soberanía sobre los ubicados al oeste. La cartografía de entonces no era muy precisa por lo que se acordó que marinos y astrónomos de ambas naciones estudiaran la situación exacta sobre el terreno, determinando el lugar exacto en el que se establecería la línea divisoria. Tales trabajos no se llevaron a cabo. El empeño portugués en modificar esa línea, que coincide con la actual ciudad de Sao Paulo, fue enorme. No sólo por dar legitimidad a la toma de posesión del Brasil hecha por Pedro Álvares en el año 1500 (aunque los portugueses le consideran el primer explorador que llegó a Brasil, lo cierto es que ese honor le cabe al español Vicente Yáñez Pinzón, tres meses antes de la llegada del portugués, pero la división territorial hecha en Tordesillas dejaba sin legitimidad la conquista española) sino, como señalan algunos historiadores, por lograr el territorio más importante del nuevo continente y, a medida que se fue conociendo lo que hoy es Sudamérica, por controlar el paso hacia las Indias por el cabo de Hornos. Fuera como fuere, esta posesión portuguesa y su delimitación dio algunos problemas al mantenimiento de tratado de Tordesillas.

Además de lo dicho, el tratado señalaba que:

  • Ninguno de los dos reinos podía enviar expediciones hacia el territorio asignado al otro.
  • A los barcos españoles se les otorgaba libertad y seguridad de tránsito por las aguas portuguesas cuando navegaran hacia América, siempre que siguieran una línea recta hacia sus respectivos destinos.
  • Dado que estaba en marcha un nuevo viaje de Colón, se acordó que hasta el 20 de junio de 1494 España tendría derecho de posesión sobre las tierras e islas que descubriera durante ese plazo entre las 250 y 370 leguas desde Cabo Verde, cosa que no sucedió dado que en el segundo viaje Colón no se aproximó a Sudamérica.
  • También ponía límites en los meridianos que trazaban las zonas de influencia en Asia.

El tratado fue enviado para su confirmación a la Santa Sede, dado que alteraba los términos establecidos en las Bulas Alejandrinas, como ya indicamos con anterioridad. El papa Alejandro VI nunca confirmó el tratado, por lo que la aprobación papal llegó con su sucesor, Julio II, en 1506, mediante la bula “Ea quae pro bono pacis”.

El tratado de Tordesillas permitió que los reinos español y portugués continuaran con sus expediciones navales sin enfrentamiento entre ellos. Por el contrario, países como Francia, Holanda e Inglaterra cuestionaron el reparto de tierras entre Castilla y Portugal -ambos se convertían en poderosos imperios, lo que suponía un serio peligro para el resto de potencias europeas-. De ahí nace la razón de las expediciones organizadas por esas potencias menores para atacar territorios portugueses y españoles, que tuvieron cierta frecuencia desde entonces.

Los límites establecidos por el Tratado de Tordesillas quedaron en desuso al producirse la Unión Ibérica (1580-1640). En este momento, tanto Portugal como sus posesiones pasaron a formar parte de la Corona española.

Los colonos portugueses ya no tenían obligación de quedarse sólo en la costa y comenzaron a aventurarse en el interior del territorio. Además, y coincidiendo con la independencia de Portugal en 1640, el nuevo Estado emprendió, ya sin base legal, algunas acciones comerciales y coloniales más allá de dicho límite; por ejemplo, la fundación en 1680 de la Nueva Colonia del Santísimo Sacramento, frente por frente  a la ciudad de Buenos Aires, es decir en las costas rioplatenses del actual Uruguay, y la fundación, en 1737, del fuerte de “Jesús, María, José” que dio origen al Estado federal brasileño de Río Grande del Sur, en la orilla opuesta del Río de la Plata en la que se encuentra Buenos Aires. Esto provocó una serie de disputas entre España y Portugal durante años. El Tratado de Madrid de 1750 aclara estas fronteras y delimita los márgenes de Brasil casi como son en la actualidad.

Pero ya con anterioridad, el tratado había sufrido modificaciones por el tratado de Zaragoza (1529), que modifico los límites del acuerdo en Asia,  el de Lisboa (1701) y con las disposiciones del Tratado de Utrecht (1713-1715) que afectaban a España y Portugal.

Del tratado, al ser bilateral, se conservan dos originales: en versión castellana se conserva en el Archivo Nacional de la Torre de Tombo en Lisboa y en versión portuguesa en el Archivo General de Indias ( Sevilla ).

La gran trascendencia de aquel acuerdo ha sido reconocida por la UNESCO, que en 1997 creó el Programa Memoria del Mundo con la finalidad de que no se perdieran para el futuro los acontecimientos más destacados de la Historia de la humanidad. A ese programa España y Portugal presentaron de forma conjunta el Tratado de Tordesillas, como documento que merecía tal consideración y ha pasado a formar parte del registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO.

Esto conviene recordarlo en serio, pero también de forma un poco más divertida. Dado que se acerca el verano y el descanso merecido de este blog.

Recordemos que fuimos un Imperio y que el tratado de Tordesillas fue parte importante del mismo. Los Nikis año 1985 “El Imperio contraataca”: https://youtube.com/watch?v=71m3JuHKngY&si=6RUfich2n112glG6

 

BIBLIOGRAFIA

El Tratado de Tordesillas: https://www.escrituraydocumentos.com/el-tratado-de-tordesillas-de-1494-digitalizado-en-pdf/

AGUADO BLEYE, Pedro.- “Manual de Historia de España”. Ed Espasa-Calpe. 1954

MARCO, José María.- “Una historia patriótica de España”. Ed Planeta.2011

UBIETO, REGLÁ, JOVER Y SECO. “Introducción a la Historia de España”. Ed Teide. 1983

FRANCISCO MANUEL DE MELO

Hoy traemos al blog a Francisco Manuel de Melo. Personaje poco conocido pero importante en su relación con el conde-duque de Olivares. El conde -duque vivió entre 1587- 1645 y fue Valido del rey Felipe IV entre octubre de 1622 y enero de 1643.

En aquel momento, Portugal formaba parte de España, desde que fue nombrado monarca portugués Felipe II, en la llamada Unión Ibérica que se extendió entre 1580 y 1640.

Debido a aquella unión, los reinados de Felipe II y Felipe III fueron pacíficos en el interior de la Península Ibérica entre los antiguos reinos de España y Portugal: hubo poca interferencia española en Portugal -que gozaba de cierto grado de autonomía- y los portugueses no se quejaban. Pero con Felipe IV la situación empeoró, como no podía ser de otro modo, porque empeoró la situación en toda España, sobre todo, por las continuas luchas en Flandes (enfrentamiento franco-español, afianzado por el tratado franco-neerlandés de ayuda mutua, especialmente importante a partir de 1635). Aquel enfrentamiento se vio impulsado , además, por la rivalidad y prepotencia de los validos ( conde – duque de Olivares por España y el Cardenal Richelieu por Francia), lo que determinó una contienda con importantes consecuencias para la vida diaria, económica y política de la Península Ibérica;  en la que al igual que se vieron mermadas las posibilidades comerciales de España, se vieron reducidas las de Portugal; además, dio lugar a una mayor injerencia de la antigua España en los asuntos portugueses. Todo eso condujo a dos levantamientos populares portuguesas, en 1634 y 1637, que se sofocaron con relativa facilidad. No así la tercera revolución, en el fatídico año de 1640, cuando el poder militar español ya estaba dividido entre la guerra contra Francia y la sublevación de Cataluña.

Las arcas del Estado necesitaban fondos y los impuestos aumentaron, se produjeron reducciones en los privilegios de la nobleza, y las posesiones de ultramar (el mayor imperio del mundo por la unión de los territorios de España y Portugal) se vio amenazado por holandeses y, sobre todo, británicos. La fuerza naval española estaba más centrada en la guerra contra Francia que en defender el Imperio. La gota que colmó el vaso fue la intención del conde-duque, en 1640, de usar tropas portuguesas en la defensa de Cataluña.

En ese contexto, el Cardenal Richelieu encontró medios para ayudar a la sublevación portuguesa que logró su la independencia y el reconocimiento de Juan IV como rey de Portugal y Brasil.

No todo aquel desastre cabe achacárselo al conde-duque. Olivares tenía un sentido de estado y de servicio más que acreditado. Intentó, con poco éxito, más por la abulia real y por la presión de otros miembros de la nobleza, celosos del poder del conde-duque, que la Unión Ibérica fuera efectiva. El profesor Jover lo cuenta así:

Señala Olivares: “Tenga Vuestra Majestad por el negocio más importante de su Monarquía el hacerse Rey de España; quiero decir que no se contente con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, conde de Barcelona, sino que trabaje por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla sin ninguna diferencia, que si Vuestra Majestad lo alcanza será el príncipe más poderoso del mundo”…

​“Olivares se manifiesta aquí, precursor de la Nueva Planta de Felipe V. Su audaz arbitrio apuntaba a una especie de consumación del movimiento renacentista encaminado a la reconstrucción de la España visigoda, centrada en torno a Castilla, fundiendo en un solo molde las tres Coronas destinadas a fundamentar la monarquía. Lo prematuro de tal propuesta quedará reflejado, cinco años más tarde, en unos párrafos de la Suplicación dirigida al mismo monarca por el portugués Lorenzo de Mendoza, allí donde alude a la unión de Reinos y Monarquía de Vuestra Majestad, que principalmente depende de estas tres Coronas de Castilla, Portugal y Aragón unidas y hermanadas”.[1]

En ese ambiente enrarecido, en el que se estaba cercana la restauración de la Corona portuguesa, pero aún formaba parte de España, se desenvolvieron unas cuantas vidas complejas. Una de ellas fue la de Francisco Manuel de Melo, excelso escritor y poeta, vasto intelectual, militar, asesor político y súbdito leal a ambos territorios: España y Portugal.

Hijo primogénito de una familia noble, pero con mezcla de sangre, que en aquellos tiempos podía modificar un destino. Su padre fue un ilustre militar, de apellido Manuel, que mostraban grandeza y nobleza de origen. Sin embargo, su madre, descendía de familia rica, de cierta hidalguía, aunque con orígenes conversos, lo que obligó a nuestro protagonista a pedir autorización especial cuando quiso ingresar en la Orden de Cristo (orden militar portuguesa).

Su padre falleció en el campo de batalla cuando Francisco contaba seis años de edad. Fue su madre la encargada de la educación de sus hijos y se esforzó enormemente para que ingresara en el colegio de Santo Antao de la Compañía de Jesús, en Lisboa. Su formación académica fue excelente, y de ella nació su afición literaria y humanista en general. Fue gracias a los Jesuitas que logró tener una formación ilustrada (hombre de amplios saberes, escribió poesía, libros de empresa e incluso un tratado de matemáticas “Concordancias matemáticas). Ese carácter intelectual le valió con el tiempo el favor del conde-duque (hombre también muy culto, de gran amor a la literatura y a los libros de los que consiguió formar una muy buena biblioteca de la que se encargó en mantener, ampliar y velar por el lujoso encuadernamiento de los volúmenes- una de las manías del conde-duque- Francisco Manuel de Melo).

Pero las inquietudes del portugués no se limitaban al estudio y la meditación, sino que fue una persona fuertemente inclinada a la acción. Al cumplir diez años, Felipe III lo había nombrado hidalgo escudero de su Corte y a los diecisiete abandonó los estudios para seguir la carrera militar, intentando mantenerse activo en las armas y en las letras. Su experiencia más intensa, en aquellos primeros años, aconteció en 1627, cuando una escuadra portuguesa que debía escoltar a la flota de Indias desde La Coruña a Lisboa naufragó. Las prisas por recuperar la mercancía depositada en la bodega de aquellos barcos, determinó una serie de malas decisiones que acabaron perdiendo el contenido importado de América y muriendo los marineros que salieron en su auxilio. Francisco Manuel fue uno de los pocos supervivientes.

Continuó su actuación militar defendiendo las aguas y costas portuguesas de los navíos ingleses.

La tragedia de la flota de Indias le inspiró una de sus cuatro Epanáforas (así denominó a su historia de Portugal en cuatro actos): la Epanáfora trágica. Al tiempo se centraba en el desarrollo de su obra poética. Nacen así los Doce Sonetos por varias acciones en la muerte de doña Inés de Castro. Y su primera obra en castellano: Las tres musas del Melodino. En 1665 se publica su obra poética completa, una recopilación en portugués y en castellano (salvo aquellos doce sonetos), denominada: Obras métricas.

Francisco Manuel fue un escritor perfectamente bilingüe. Usaba el castellano para asuntos científicos, ensayos y obras a las que quería dar una visión más universal. El portugués, lo utilizaba para temas más locales. Estudió a fondo la literatura portuguesa e hizo varios trabajos de revisión crítica de los clásicos.

De 1629 a 1634, Melo se repartía entre Madrid y Lisboa. Especialmente cuando ejerció de asesor del conde-duque, sus estancias en Madrid eran prolongadas. En su obra sobre el conde-duque, Gregorio Marañón, señala como Melo fue espía para el valido (Olivares era muy aficionado a tener espías en todas partes, incluso en la cámara del Rey que le informaban de cada paso de éste, de la familia real y del resto de los nobles), pero también señala el ilustre médico como Melo se convirtió en una especie de asesor del Valido, pues confiaba plenamente en su criterio.

Nuestro protagonista trabó amistad en Madrid con los círculos literarios y existe constancia de su relación epistolar con Quevedo, al que dedicó alguno de sus sonetos. Lo convirtió en personaje de su diálogo Hospital das Letras, y hasta llegó a promover la edición en Lisboa de una de sus obras, el San Pablo.

Según algunos autores, Melo no era persona de fiar y no siempre fue fiel al conde-duque. También es cierto que el valido de Felipe IV tenía un carácter variable, voluble y colérico que tan pronto estaba de buenas como entraba en una tormenta de expresiones y gritos, muy de temer; cierto es que, igual que se sulfuraba sin causa, se apaciguaba fácilmente, teniendo la virtud de no ser rencoroso. La relación del conde-duque con Quevedo fue tormentosa y el poeta acabó en prisión sin una causa clara, y por más que clamó al dignatario, este no se ablandó. Algo semejante, sin que se sepa muy bien la causa, pasó con Melo.

En su epistolario (Cartas familiares),  empieza a revelar a partir de 1637 un tono quejoso y algo desengañado. Creía merecer más de lo que tenía y porfiaba en sus pretensiones en la Corte. De septiembre a diciembre de 1637, el año de la tensa Revuelta de Évora, estaba preso en Lisboa, en el Castillo de San Jorge sin que se sepan las causas. Fue testigo de primera línea de las algaradas y del malestar popular portugués, y lo analizó todo con la enorme perspicacia que demostró en su Epanáfora política y en las cartas.

El conde- duque llamó a capítulo a todos los portugueses de importancia en la Corte y les advirtió de su cuota de responsabilidad por la revuelta. Ese malestar lo muestra Melo con un retrato no muy positivo del conde-duque en esa Epanáfora . Entre otras cosas critica su afición a compararse con los clásicos. Algo que se ha dado muchas veces a lo largo de la Historia entre los absolutistas o tiranos más bien tiranos de cierta formación, claro, los actuales no llegan a semejante nivel. Cierto es también que, a decir del Dr. Marañón, el conde-duque tenía una propensión a la grandeza claramente enfermiza. Dice Melo:

Los libros políticos e históricos que leía Olivares le habían dejado algunas máximas desproporcionadas al humor de nuestros tiempos; de donde procedía intentar a veces cosas ásperas sin otra conveniencia que la imitación de los antiguos; como si los mismos Tácitos, Sénecas, Plutarcos, Plinios, Livios, Polibios y Procopios de que se aconsejaba no mudaron de opinión, viviendo ahora, en vista de las diferencias que cada época impone a las costumbres y a los intereses de los hombres.”[2]

Quizá por esta desavenencia o por otras, Melo acabó encarcelado en dos ocasiones en Lisboa. Pero como señalaba en párrafos anteriores, el conde -duque no era rencoroso y al salir de la segunda prisión, en 1638, permite a Melo incorporarse a un tercio en la potente armada enviada a Flandes y que, para desgracia de España,  sufrió, en 1639, la considerada por toda la Historiografía como la peor derrota española en Flandes: la batalla de las Dunas.

Melo dejó testimonio preciso del desastre en su Epanáfora bélica. Enfermo, llegó en 1640 a Madrid, donde no recibió la prometida recompensa por sus trabajos. En cambio, fue requerido para ir a Vitoria en apoyo de las tropas que lucharon contra Francia. Y de ahí a Cataluña, como adjunto del marqués de Los Vélez, para sofocar la creciente rebelión.

La estancia en Cataluña dará como fruto la obra por la que fue más conocido, y la considerada por muchos su mejor texto en prosa: Historia de los movimientos y separación de Cataluña.

Pero nada más conocer la sublevación de Portugal, Melo fue apresado y enviado de vuelta a Madrid. Éste es el periodo más oscuro de su vida. Tras dos meses de cárcel fue liberado, nombrado maestre de campo y enviado a Flandes. Consiguió huir a Londres para ponerse al servicio de Portugal, ya independizado de la Corona española.

Curiosamente, su vida en Portugal no fue fácil, le ocupó puestos de relevancia, pero su estrecha colaboración anterior con el valido español, le trajo, al tiempo, una desconfianza en la Corte portuguesa que le llevó desde 1644 a una sucesión continua de prisión-libertad-destierro que no acaba hasta 1658. No hay una documentación clara que explique las causas de este peregrinar. Primero fue desterrado a las colonias portuguesas en África, luego a la India, recurrió ambas sentencias y las ganó, pero fue desterrado a Brasil. Allí, en tierras americanas, vivió quejoso de la inhóspita vida, poco refinada en lo material y demasiado exuberante en su naturaleza. En esos años en Brasil, produjo gran parte de su obra, siempre bilingüe.

Con la llegada del nuevo rey de Portugal, Alfonso VI, le fue concedido el indulto (era 1659). A la vuelta a Lisboa empezó un período de reconocimiento y honores no exentos de relevantes tareas diplomáticas: la negociación del casamiento del rey con una princesa María Francisca Isabel de Saboya, la recuperación de los obispados vacantes desde 1640 (en Roma).

En su dilatada estancia en Roma se aproximó a lo más selecto de la vida intelectual, en especial cerca de la Compañía de Jesús, y preparó con cuidado la recopilación definitiva de su obra —quiso repartirla en diez grandes títulos—, que sólo en parte logró organizar.

Al volver a Lisboa se le nombró miembro de la Junta de los tres Estados ( importantísimo órgano, creado a raíz de la independencia para controlar que el monarca no se excediera en sus poderes. Especialmente destacado en el seguimiento de los asuntos de la guerra y la Administración). Apenas pudo ejercer esta tarea y distinción, pues murió el 13 de octubre de 1666.

 

BIBLIOGRAFÍA

ELLIOT, John.- “El Conde-Duque de Olivares”. Ed. Austral. 2014

JOVER ZAMORA, José María; BALDÓ I LACOMBA, Marc y RUIZ TORRES, Pedro.- “Historia y civilización: escritos seleccionados”, Universidad de Valencia.1997.

MANUEL DE MELO, Francisco.- “Cartas familiares”. Ed Livraria Sá da Costa. 1937.

MARAÑÓN, Gregorio.- “El Conde-Duque de Olivares. La pasión de mandar”. Ed Espasa. 2006.

 

[1] José María Jover Zamora, Marc Baldó i Lacomba y Pedro Ruiz Torres.- “Historia y civilización: escritos seleccionados”, Universidad de Valencia.1997

 

[2] “Cartas familiares” Publicado por Livraria Sá da Costa. 1937

 

HÉROES. NUESTROS NAVEGANTES AL NUEVO MUNDO: CRISTOBAL COLÓN

Hoy vamos a hablar de héroes, porque el descubrimiento de América por la flota española a cuyo mando iba Colón, es una historia de héroes. Es verdad que también de aventureros, de busca fortunas, pero ¿algún lector se ha puesto a pensar en la España de 1492, en la que si bien ya se tenía conciencia de que el mundo era una esfera, se desconocía casi todo más allá de Finisterre, en el que se creía que en aquel mar moraban monstruos extraordinarios que podían devorar a personas y embarcaciones? Para salir a recorrer aquel mar, para llegar a las indias, hay que ser muy osado y tener espíritu heroico.  Cuando aquellos hombres, ya desesperados ante un viaje que parecía no terminar nunca, oyen a Rodrigo de Triana gritar “tierra a la vista” a las 2 de la mañana del 12 de octubre de 1492, y se encuentran con tierras desconocidas, con hombres de costumbres ajenas y se lanzan a su conquista, hay que tener madera de héroe. Aquellos españoles fueron unos auténticos héroes que descubrieron, evangelizaron y civilizaron una nueva tierra, que hizo aún más grande a España y a la Historia de la Humanidad. En honor y representación de todos ellos, vamos a hablar de Cristóbal Colón.

Cristóbal Colón se cree que nació en Génova o en los alrededores de Génova, pero no está claro su origen, del mismo modo que muchos pasajes de su vida siguen siendo un misterio.

De su mayor gesta queda su propio testimonio, en sus escritos.  De su vida, permanece la obra de su hijo, Hernando (algunos autores lo identifican como Fernando). Aunque el vástago no fue muy clarificador en torno a los orígenes del descubridor. De sus abuelos sólo hecha cortinas de humo para situarlos en torno a Génova. Hernando busca en su obra ennoblecer la figura de su familia. Incluso concede unos estudios a Colón que nadie más supo nunca que tuviera. Intenta velar el hecho, infamante en aquellos tiempos, de que sus familiares tuvieran que trabajar con las manos para ganarse el sustento.

Lo que se sabe con exactitud es que Colón, en 1477, estaba en Portugal, lugar al que retornó a finales de 1479. Viaja a Madeira donde conoce y se casa con Felipa Moniz de Perestrello de origen noble. Allí nace su primogénito Diego, que heredará los títulos familiares.

También se conoce que en 1484 la vida de Colón discurre en el Atlántico sur, en la costa africana, hasta Guinea y posiblemente en algún otro territorio más meridional. También de ese año es la ideación de un gran viaje a través del Atlántico que comunicase Europa con Asia desde poniente.

Los estudios que había en aquel entonces se remontaban a Eratóstenes. Cierto es que algunos sabios italianos concebían la idea de un solo mar que ocupara el espacio entre Finisterre y Japón. De esa idea era el florentino Paolo del Pozzo Toscanelli.

Pero todos los que consideraban esa opción señalaban que tal travesía requería de alguna isla intermedia que hiciese de puente entre las dos orillas principales y así tener opción se reponer las vituallas para el trayecto. Ninguno de los estudios científicos de la época permitía hacer las afirmaciones que, sobre la longitud de la distancia a recorrer, reseñaba Cristóbal Colón cuando pretendía convencer a los diversos monarcas de la bondad de su aventura. De hecho, los únicos datos que aportaba se encontraban en las apostillas escritas por él a dos obras que constituyeron la base de sus conocimientos, la Historia rerum del papa Pío II y los Tratados o Imago Mundi del cardenal Ailly.

A partir de aquí el resto son leyendas, aportaciones mágicas o providencialistas, algunas de las cuales fueron difundidas por Fray Bartolomé de las Casas.

Al primer rey al que Colón ofreció sus servicios fue a Juan II de Portugal. El monarca luso no rechazó a Colón de entrada, sino que lo entretuvo con la finalidad de sacarle más información y conocer la latitud en la que el genovés haría su singladura. Se dice que una de las razones por las cuales no se decidió a ofrecerle ayuda era por la afirmación tajante del navegante de querer hacer una escala en las islas Canarias y seguir su paralelo. Portugal, si hubiera aceptado tal cosa, hubiera roto el tratado de Alcazobas (https://algodehistoria.home.blog/2022/02/04/el-tratado-de-alcazobas/ ) y hubiera ofendido a los Reyes Católicos. El rey portugués tenía gran interés por los descubrimientos, pero las pretensiones de Colón le debieron parecer poco adecuadas para sus intereses en tierras conocidas, más importantes que la exploración de las desconocidas.

El 20 de enero de 1486, Colón se entrevistó con los Reyes Católicos en Alcalá de Henares. Desde entonces se convierte en el protegido de los Reyes Católicos. Las negociaciones para organizar el viaje duraron seis años. En los cuales, Colón se ocupó de varias cosas. Primero, ya viudo, se instaló en Castilla con su hijo Diego y visitó varios puertos para decidir desde cual emprender el viaje. En segundo lugar, se echó como amante a Beatriz Enríquez de Arana, madre de su segundo hijo, el geógrafo e historiador Hernando Colón.

La noticia de que Bartolomé Díaz había doblado el Cabo de Buena Esperanza, demostrando definitivamente que existía comunicación marítima entre los océanos Atlántico e Índico y, por tanto, una vía para llegar a Asia por mar, hizo temer a Colón que su proyecto fuese abandonado definitivamente. Por ello, intentó agilizar los trámites en los distintos frentes. Escribió a Juan II de Portugal, que volvió a replantearse la situación, aunque la respuesta final fuese de nuevo negativa. Esta comunicación no fue obstaculizada por los Reyes Católicos, si bien dieron a Colón una subvención en muestra de su buena disposición. La demora de los reyes católicos se debió a que estaban pendientes de la toma de Granada y de la guerra contra Francia. Además, Colón decidió enviar a su hermano a visitar la corte inglesa de Enrique VII para ver qué posibilidades de financiación le ofrecían los anglosajones. Nada se fraguó en aquella visita.

En 1491, totalmente desanimado, Cristóbal Colón decidió abandonar Castilla, pero se dirigió al monasterio de La Rábida. Nadie cree que esta visita fuera casualidad pues en el monasterio se entrevistó con fray Juan Pérez, confesor de la reina, quien, movido por desconocidos resortes, no dudó en movilizar toda su influencia frente a doña Isabel a fin de vencer las reticencias de la Reina, y lo logró.

El camino se allanó para el genovés que viajó a Santa Fe y fue testigo presencial de la caída de Granada el 2 de enero de 1492. El 17 de abril de ese año se firman las Capitulaciones de Santa Fe, que recoge los acuerdos alcanzados entre el navegante y la Corona relativos a su expedición. Además, en el documento, se le otorgan a Cristóbal Colón los títulos de almirante, virrey y gobernador general de todos los territorios que descubriera o ganase durante su vida. Títulos que, con posterioridad, le autorizaron a transmitir a sus herederos. También se le concedió un diezmo de todas las mercancías que hallase, ganase y hubiese en los lugares conquistados. Le fue asignada la facultad de juzgar en toda una serie de litigios que se suscitasen en torno a las citadas mercancías. Se le permitió “contribuir con la octava parte en la armazón de navíos que fueran a tratar y negociar a las tierras descubiertas”. A cambio recibiría otra octava parte de las ganancias.

Con estos acuerdos y los beneficios de la conquista, Colón logró un rápido ascenso social, y pasó a formar parte de la nobleza cortesana.

Los preparativos para el gran viaje se llevaron a cabo en la villa de Palos, condenada por ciertos problemas con la Corona a armar a su costa dos carabelas y navegar durante dos meses a beneficio de la corona.  La flotilla estaba compuesta por tres naves; dos de ellas -la Pinta mandada por Martín Alonso Pinzón y la Niña por Vicente Yáñez Pinzón- eran carabelas andaluzas, mientras que la Santa María, ejercía de nave capitana bajo el mando de Colón y había sido armada en los astilleros del Cantábrico. Todos los hombres iban a sueldo de la corona que había pagado cuatro meses de anticipo. Se hicieron a la mar el 3 de agosto de 1492.

De aquel primer viaje, se conserva un documento excepcional, el Diario que redactó el propio descubridor,  en el resumen que del mismo que realizó fray Bartolomé de las Casas.

Pararon en la isla de la Gomera para reparar el timón de la Pinta y así, con esa primera escala, continuar su trayecto que tenía como meta encontrar una isla intermedia a unas 400 leguas de las Islas Canarias y llegar a las indias a 700, o pocas más, leguas del archipiélago canario.

En septiembre surcaron el Mar de los Sargazos. Durante los primeros días de octubre, cuando se habían superado las 700 leguas de navegación y la tripulación se desesperaba al no hallar tierra, Colón decidió cambiar la ruta, hasta entonces había seguido el paralelo de las Islas Canarias. Decidió guiarse por la dirección que marcaban las aves viajeras. Consiguió apaciguar los ánimos gracias al honor de los Pinzón y de Juan de la Cosa que prometieron calma durante tres días más de navegación. Como ya dijimos, el viernes 12 de octubre, Rodrigo de Triana avistó tierra. Al amanecer llegaron a una isla coralina del archipiélago de las Bahamas, que Colón bautizó con el nombre de San Salvador.

Llegaron al nuevo mundo por casualidad, como dijo Ranke, se estaba ante “el más fecundo error de todos los tiempos”. Dos fueron los errores principales cometidos: la incorrecta estimación de la circunferencia terrestre y la aún más incorrecta estimación del volumen de las tierras emergidas conocidas hasta ese momento.

Tras recorrer las Bahamas, puso rumbo a otra isla (Cuba), isla que en un primer momento identificó con la ansiada Cipango (Japón). Exploró la costa occidental y envió desde allí una delegación que debía entrevistarse con el Gran Khan, pero sólo encontraron a unos indígenas que ni conocían al Khan ni poseían el oro que ansiaban los españoles. Si bien, mostraron algo novedoso para los españoles: el tabaco.

En esos momentos las desavenencias entre Colón y Martín Alonso Pinzón llegaron a su punto culminante; a finales de noviembre, Pinzón decidió separarse de Colón aprovechando las mejores condiciones marineras de la Pinta. Llegó de ese modo a una nueva isla, a la que también acudió Colón pocos días después. La bautizó como La Española ( actuales República Dominicana y Haití). Los problemas mayores llegaron la noche de Navidad, cuando la Santa María encalló y quedó inservible. Les quedaban dos naves y todos los españoles no cabían en ellas. Colón dispuso la construcción de un fuerte, la primera construcción española en el nuevo mundo, a la que se llamó Fuerte Navidad. Allí quedaron 39 hombres al mando de Diego de Arana, mientras la Pinta y la Niña regresaban a España. El 16 de enero de 1493, la expedición emprendió la travesía de vuelta. El regreso fue más difícil que la ida, pero Colón, bien por conocimiento de los vientos del oeste desde su estancia en Portugal, bien de casualidad encontró la mejor ruta de vuelta.

El 12 de febrero las carabelas habían alcanzado las Azores. Tras otras cuantas peripecias provocadas por fuertes tormentas, la Pinta acabó llegando a Bayona en Galicia y la Niña, con Colón al frente, a Lisboa. Desde allí, tras informar al rey de Portugal, decidió marchar rumbo a Sevilla para poder terminar en Palos. Una vez en tierra española, se encaminó a Barcelona para informar a los Reyes Católicos de su descubrimiento.

Isabel y Fernando le confirmaron todos los privilegios admitidos en las Capitulaciones de Santa Fe y la noticia del viaje se extendió por toda Europa gracias a la reimpresión (hasta once veces en pocos meses) de una carta de Colón que lo resumía.

A partir de este momento, el proyecto de los Reyes Católicos en las Indias se organizó en torno a dos exigencias: la evangelización de los nativos y la prosecución del descubrimiento con nuevos y mayores asentamientos. Además, la presencia española en América se vio “impulsada” por el enfrentamiento diplomático con Portugal. Un enfrentamiento que condujo primero a la promulgación de las Bulas de Alejandro VI y luego a la conclusión del tratado de Tordesillas.

Se preparó un segundo viaje, con muchos más barcos, gran número de expedicionarios y todo tipo de animales y flora, de manera que quedaba clara la intención de los españoles de colonizar América.

La segunda expedición salió del puerto de Cádiz el miércoles 25 de septiembre de 1493. Siguió una ruta un tanto diferente, tras salir de la isla canaria de Hierro, continuó por una ruta más septentrional que la del primer viaje. Quizá para aprovechar los vientos alisios. Llegó a las pequeñas Antillas y luego al actual Puerto Rico, realizando un trayecto que se convertiría en la ruta habitual de todos los convoyes posteriores.   El 22 de noviembre, arribó a La Española. Allí, los españoles se llevaron una desagradable sorpresa al comprobar que el Fuerte de Navidad había sido arrasado y que toda su guarnición había perecido. Esto no le impidió fundar otras ciudades como La Isabela o Santo Domingo, que pronto se convirtió en la capital de las Indias.

Sin embargo, en la isla la situación era cada vez más grave, al hambre y las enfermedades se sumarán inmediatamente las primeras deserciones de los españoles. Ante tal situación, Colón mandó a la Península a Antonio de Torres con algo de oro e indios para vender en el mercado de esclavos. Los Reyes Católicos no permitieron esta venta. Además, algunos de los descontentos con Colón informaron a sus majestades y a todo el que quisiera oírlos de la tiránica dirección que Colón aplicaba en las nuevas tierras. Colón regresó a España en junio de 1496. Lo hizo de manera espectacular acompañado de indios vestidos con vistosos atuendos de plumas, con algo de oro y otras riquezas que mostrar a sus majestades. Ante las críticas recibidas tuvo que explicarse. Ya entonces quedó patente que existían dos posturas. La de aquellos que sólo pensaban en la explotación comercial del Nuevo Mundo, con una visión absolutamente mercantilista y la de los que pretendían la exploración de las nuevas tierras, el buen trato a los indígenas y la formación de una comunidad cultural y evangelizadora . En el primer grupo estaba Colón, en el segundo los Reyes Católicos.

Con todo, Colón logró la autorización para un tercer viaje y la confirmación de sus privilegios; le autorizaron a instituir un mayorazgo en la persona de su hijo mayor, Diego, y sufragaron la tercera expedición, pero dando a entender que era una última oportunidad y que aquella empresa debía mantenerse de sus propios beneficios.

El apoyo de los Reyes se vio influido, posiblemente, porque, el 8 de julio de 1497, partió de Lisboa Vasco de Gama con el objetivo de llegar a la India circunnavegando África, continuando de este modo, el viaje emprendido tiempo atrás por Bartolomé Diaz.

Por otro lado, durante la espera hasta que se inició ese tercer viaje, Colón llegó a conocer las obras de algunos eruditos españoles que discutían que las tierras a las que había llegado Colón fueran las Indias, puesto que sus estudios de la esfera terrestre y los conocimientos que tenían permitían pensar que las Indias navegando desde occidente estaban a mucha mayor distancia. Así, el cronista Andrés Bernáldez, o el profesor de Salamanca Francisco Núñez de la Yerba, distaban mucho de dar la razón a Colón y creían que había llegado a algún lugar intermedio entre Europa y Asia.

La tercera flota colombina partió de Sanlúcar de Barrameda el 30 de mayo de 1498. La flota se componía de 6 barcos y juntos navegaron hasta la Gomera donde se dividieron en dos: tres barcos se dirigieron directamente a La Española y otros tres siguieron la ruta de un paralelo más al sur, por Sierra Leona. Este segundo grupo al mando de Colón, en su llegada a América, descubrió la isla de Trinidad y, en la ruta hacia La Española, avistó la isla Margarita, famosa por sus perlas, y la desembocadura del Orinoco.

Mientras, en La Española, la ausencia de Colón y contra la autoridad de Colón, se habían sublevado una parte de los españoles, liderados por Francisco Roldán. Las quejas contra la familia Colón, exacerbadas por algunas acciones cuestionables del Almirante como ocultar los yacimientos de perlas en Margarita y Cubagua, llegaron a la corte y motivaron que los Reyes Católicos enviaran a La Española a Francisco de Bobadilla con el título de juez pesquisidor. Ante la resistencia de los Colón a aceptar su autoridad, detuvo a los tres varones Colón( Cristóbal, Bartolomé y Diego) y los mandó, presos, de vuelta a España. Y aunque los Reyes liberaron al Almirante con muestras de afecto, no lo restituyeron en la gobernación de las Indias. Sin embargo, le permitieron organizar un cuarto viaje.

De esta cuarta empresa contamos con el relato más directo y vibrante, el que narró Colón en su Carta de Jamaica.

Salió del puerto de Cádiz, el 11 de mayo de 1502, con cuatro navíos y la compañía de su hermano Bartolomé y su hijo Hernando. Fue ésta la travesía más rápida de cuantas hizo, pues tras abastecerse en Maspalomas, llegaba a la entrada de las Indias el 15 de junio. Ya en tierras americanas, una serie de circunstancias le aconsejaron, en contra de su primer proyecto, encaminarse a La Española. Una vez allí y ante las evidencias de la proximidad de un huracán, pidió autorización para fondear en puerto, al tiempo que recomendaba retrasar el retorno a España de la flota en la que regresaba Francisco de Bobadilla. Ni le dieron permiso , ni la flota se retrasó. Colón logró refugiarse en la costa y se salvó, no así la flota española que perdió 25 navíos y un cargamento costosísimo.

El 14 de julio se dirigió a Centroamérica y bordeó no sin dificultades por el clima y los enfrentamientos con los nativos, lo que hoy es Nicaragua, Costa Rica y Panamá.

16 de abril de 1503, decidió volver a España, sin embargo, las dos únicas naos que le quedaban encallaron. No encontró más solución que enviar dos canoas a La Española, que no sin dificultades lograron llegar. Pero encontrar las naves que salvaran a los náufragos de Jamaica llevó un año. Un año lleno de problemas. Al fin, el 12 de septiembre de 1504, salió rumbo a España y llegó a Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre, gravísimamente enfermo.

Redactó un nuevo testamento el 19 mayo de 1506 y falleció al día siguiente en Valladolid. Tras unas cuantas vicisitudes, sus restos se encuentran en la catedral de Sevilla. Si bien la Catedral de Santo Domingo, disputa por considerar que una urna encontrada allí, son restos del Navegante.

BIBLIOGRAFÍA

Aguado Bleye, Pedro. “Historia de España”. Espasa Calpe. 1954

Fernández Armesto, F “Colón”. Crítica, 1992

Pérez Bustamante, C. (ed.). “Libro de los privilegios del Almirante don Cristóbal Colón (1498)”. Real Academia de la Historia, 1951.

Pérez Embid, E y Verlinden, CH. “ Cristóbal Colón y el descubrimiento de América” Rialp, 1967

Pérez de Tudela y Bueso, Juan “Las armadas de Indias los orígenes de la política de colonización (1492-1505)”. Ed. Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1956.

LA MASACRE DE APALACHE

Para todos aquellos que hablan del genocidio español en América, desconociendo las leyes de Indias, la doctrina de los Justos Títulos, la evangelización y toda la historia de nuestra presencia en América, traemos hoy a colación un episodio acontecido en uno de los momentos más deprimentes de nuestra Historia, durante la Guerra de Sucesión, en concreto en 1704.

Mientras nosotros decidíamos quién sería nuestro rey – con el apoyo francés a los borbones, como señalaba el testamento de Carlos II, frente a los países que apoyaban al archiduque Carlos-, en América del Norte, estallaba lo que los ingleses conocen como la “Guerra de la reina Ana” que fue la segunda de una serie de guerras entre los franceses, los indios nativos y los ingleses.

La denominación británica a cada una de este conjunto de guerras por el control del continente americano fue:

1.- Guerra del rey Guillermo 1688-1697.

2.- La Guerra de la reina Ana 1702-1713.

3.- La Guerra del rey Jorge.  1744-1748 ( También conocida como la Guerra de la oreja de Jenkins). https://algodehistoria.home.blog/2020/11/27/cartagena-de-indias-1741/

4.- Cuarta Guerra intercolonial o Sexta Guerra India o Guerra de Conquista (en Quebec) 1754-1763. Realmente, fue un pasaje dentro de la Guerra de los 7 años.

La Guerra de la reina Ana se libró entre los ejércitos leales a los Borbones de España y Francia contra Inglaterra (más las fuerzas coloniales inglesas). En la guerra también participaron numerosas tribus indias americanas.

La guerra estalló en el sur de los actuales Estados Unidos entre las colonias francesas y británicas en 1701, tras la muerte del rey Carlos II de España. Al principio la guerra se limitó a unas escaramuzas entre colonias, pero su rigor se amplió en mayo de 1702 cuando Inglaterra declaró abiertamente la guerra a España y Francia. Las hostilidades en América se vieron alentadas aún más por las fricciones existentes a lo largo de las zonas fronterizas que separaban los territorios dominados por esas potencias. Esta falta de armonía tuvo más intensidad a lo largo de las fronteras norte y suroeste de las 13 colonias inglesas.

Los centros de población de estas colonias se concentraban a lo largo de la costa, con pequeños asentamientos tierra adentro, que a veces llegaban hasta los Montes Apalaches. La mayoría de los colonos europeos no se adentraban hacía el interior: al oeste de los Apalaches y al sur de los Grandes Lagos. Esta zona estaba dominada por tribus indias, aunque un pequeño número de comerciantes franceses e ingleses habían penetrado en la zona.

La propuesta de asentamientos españoles era diferente a la británica, pues se basaba en misiones a lo largo de la frontera sur de lo que hoy es EEUU, incluyendo Florida,  estableciendo una red que no sólo buscaban la evangelización de la población sino la enseñanza y la mejora de las condiciones de vida de los nativos.

https://algodehistoria.home.blog/2020/07/03/la-presencia-espanola-en-ee-uu/

La población española en la zona de la Florida era relativamente pequeña (alrededor de 1.500 personas), y se estima que la población india que dependía de los españoles ascendía a 20.000. Esta población india se encontraba especialmente a gusto en las misiones españolas después de que la Ley de Títulos asegurara tierras, libertad – no eran esclavos- y becas coloniales a cualquier nativo evangelizado.

En la zona del Misisipi, también existía cierta presencia colonial francesa en Fort Maurepas (cerca de la actual Maurepas, Illinois). Desde allí comenzaron a establecer rutas comerciales hacia el interior, manteniendo relaciones amistosas con los Choctaw, una gran tribu entre cuyos enemigos se encontraban los Chickasaw, aliados de los británicos. Durante la guerra, aquellas colonias francesas recibieron el apoyo militar español que llegó principalmente en forma de apoyo naval desde los puertos españoles en el Caribe y América Central, y penetrando en lo que hoy son los EE.UU, a través de las posiciones francesas entremezcladas a lo largo de la costa británica.

Las fuerzas franco-españolas, así como los británicos, sabían que el Misisipi era esencial para sus actividades comerciales y, por lo tanto, ambos bandos emplearon muchos recursos para hacerse con el control del río.

Los esfuerzos de España por generar un ejército local a partir de la población nativa residente en sus territorios contribuyeron significativamente a crear un sentimiento pro español y deparó importantes éxitos durante aquella contienda. Más comprensible ese sentimiento si, a las ventajas que ofrecía España, se suman las tropelías británicas contra los indios.

La situación en Carolina era la de un establecimiento comercial británico en expansión, aprovechando el Misisipi. La intención de los “carolinos” era bajar hacia La Florida- que no se corresponde con el territorio actual de ese Estado americano. Más bien se sitúa en la actual Georgia- para hacerse dominantes en esta zona, sin tener el más mínimo respeto a la presencia española. Tanto el gobernador de Carolina, Joseph Blake, como su sucesor, James Moore, planificaron su expansión hacia el Sur y el Oeste a expensas de los intereses franceses y españoles.

En 1702, el coronel James Moore lanzó un ataque por tierra y mar contra la misión de San Agustín con el propósito de extirpar el centro del poder español en el sureste americano. Su fuerza estaba formada por 600 voluntarios ingleses y 600 aliados nativos. A medida que la fuerza terrestre avanzó hacia el Sur, destruyó las misiones franciscanas costeras en Timucua.

En San Agustín, incapaz de reducir la fortaleza de los españoles (el Castillo de San Marcos), Moore descargó su frustración incendiando toda la ciudad, excepto el hospital. El castillo español de San Marcos resistió el asedio, y este hecho ha sido considerado por todos como el inicio de la derrota de los ingleses.

Cuando los invasores ingleses y sus aliados nativos se retiraron, un corresponsal de guerra neoyorquino lamentó la barbaridad que se había cometido al quemar la biblioteca del monasterio con importantes textos religiosos y la destrucción de los registros de la misión de Florida: mapas, dibujos, estudios, correspondencia, todo irremediablemente desaparecido.

Moore regresó a Carolina deshonrado. No había logrado la rendición de San Agustín; había contraído una deuda para Gran Bretaña considerable; y había hundido su flota marítima. Decidió hacer algo para restaurar su reputación. Planificó el asalto a las misiones franciscanas en Apalache, la provincia nativa que se encontraba entre los ríos Ocklockonee y Aucilla, con su sede central, San Luis, en la actual Tallahassee. Esperaba recuperar los gastos consiguiendo un gran botín material y muchos esclavos.

Esta vez, con 300 anglosajones y 1.500 indios de la tribu Creek, Moore cayó sobre las 12 misiones franciscanas activas, comenzando con Concepción de Ayubale, el 25 de enero de 1704. Para su sorpresa, los españoles en Ayubale opusieron una firme defensa bajo el liderazgo de uno de sus frailes, Ángel de Miranda. En dos ocasiones, los españoles a base de disparos de mosquetes y flechas rechazaron los ataques de Moore contra el recinto de la misión. Sin embargo, después de nueve horas, una vez agotadas las municiones, los españoles y los apalaches se rindieron.

Moore dejó vivir a fray Ángel, pero no tuvo piedad de los nativos. La mayoría fueron asesinados a cuchilladas; otros murieron quemados; otros fueron empalados en estacas… Así fue por toda la provincia. Mientras que, durante casi medio siglo, los frailes y los nativos habían vivido pacíficamente cultivando las tierras, educándolos y evangelizándolos en la misión, los británicos masacraron y exterminaron a los indios apalaches de la misión de Ayubale. Destrozaron las iglesias y complejos.

En total, las tropas de Moore mataron a mil apalaches (y dos frailes),  2.000 nativos tuvieron que ir al exilio y otros mil más fueron vendidos como esclavos en Carolina. Se considera que esta fue la esclavización más importante realizada de una sola vez en el Sur de los EE.UU.

Entre los que se exiliaron, se encontraban los indios convertidos al catolicismo de la misión San Luis, quienes, adelantándose a los ingleses, quemaron sus edificios y se refugiaron entre los católicos franceses en Mobile. Otros terminaron cerca de San Agustín o Pensacola. Descendientes de una de esas familias de exiliados fueron encontrados en 1996, en Luisiana y aún eran católicos practicantes.

No fueron los únicos, muchos otros nativos, debido a las leyes protectoras y a la política de entrega de tierras realizada por España se asentaron en territorios dominados por las misiones españolas y se negaron a colaborar de forma armada con los ingleses; se unieron a la defensa de la frontera de Luisiana con los aliados españoles de los choctaw, timucua y apalache.

Los españoles respondieron a los ataques fomentando las incursiones corsarias contra las plantaciones situadas en los litorales de Carolina. En los años siguientes, los colonos ingleses siguieron atacando los intereses españoles y franceses en la Florida y en las costas del golfo de México, pero nunca fueron capaces de capturar San Agustín, Pensacola o Mobile, los principales asentamientos españoles y franceses. Pensacola fue sitiada dos veces por las fuerzas Creek en 1707, al parecer con el apoyo de los colonos ingleses.  Precisamente, nuestro héroe Gálvez tuvo una presencia decisiva en la defensa de la Luisiana , del Misisipi y Pensacola, durante la guerra de los 7 años. Como ya vimos en:

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/

En 1712, se declaró un armisticio. Por el Tratado de Utrecht, los británicos obtuvieron Terranova, la región de la Bahía de Hudson, y la isla Caribeña de San Cristóbal. La paz duró hasta la siguiente guerra, la Guerra del rey Jorge de 1744.

Al final de la Guerra de Sucesión española en Europa, las armadas española y francesa se hicieron más fuertes en el Nuevo Mundo, lo que dio lugar a un antagonismo mayor contra los británicos y lograron limitar el expansionismo anglosajón al oeste del río Ohio.

Los españoles mantuvieron San Agustín y Pensacola hasta principios del siglo XIX, pero su sistema de misiones al norte de Florida (actual Georgia) fue destruido por las incursiones inglesas.

 

BIBLIOGRAFIA

HERNÁNDEZ SÁNCHEZ- BARBA, Mario y HERNÁNDEZ RUIGÓMEZ, Manuel. – “Historia de Inglaterra: una aproximación española”. Ed Francisco de Vitoria. 2023.

ESPARZA, José Javier.- “ Te voy a contar tu historia. La gran Epopeya de España”. Ed. La esfera de los libros. 2023.

Enciclopedia británica.

BARCELONA, 1714.

El triste reinado de Carlos II tuvo un final aún más desgraciado por la búsqueda de un sucesor a la corona. La falta de descendencia directa de Carlos II, a pesar de sus dos matrimonios (María Luisa de Orleáns y Mariana de Neoburgo), planteó una lucha internacional por la Corona española. Tres eran los posibles sucesores. El archiduque Carlos de Austria, segundo hijo del emperador Leopoldo I y de su segunda esposa, Leonor de Neoburgo, representaba la continuidad de la dinastía de los Habsburgo y de la alianza con la corte de Viena. Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, basaba sus derechos en el matrimonio de su abuelo con la infanta María Teresa, hermana de Carlos II.  El príncipe José Fernando de Baviera, hijo del elector Maximiliano Manuel de Baviera y de María Antonia de Austria, hija a su vez del emperador Leopoldo I y de su primera esposa, la infanta española Margarita de Austria, hermana de Carlos II, era el que aseguraba el mejor equilibrio europeo.

En un primer momento el rey de Francia, Luis XIV y el de Inglaterra, Guillermo III, que a su vez era el Estatúder de Holanda, querían repartirse los diferentes territorios de la corona española. Sobre todo, a los ingleses les interesaba las provincias americanas y las rutas comerciales de ultramar.  Se firmaron dos tratados secretos entre ambos monarcas en 1698 y 1699. La esencia de ambos era el reconocimiento de uno de los candidatos como rey de España y de las Indias y la indemnización a los demás con el reparto de los dominios españoles en Europa.

Estos acuerdos se vieron truncados por dos motivos: 1) el fallecimiento del príncipe de Baviera,  y 2) Carlos II deseaba mantener la integridad de la monarquía hispana.

Así, aunque el archiduque Carlos era el preferido por muchas de las cortes europeas y también el que aparecía en primer lugar en el testamento de Carlos II, debido a la búsqueda de la integridad territorial, llevó al monarca español a modificar su testamento el 2 de octubre de 1700. Prohibió cualquier reparto de la herencia española y designó como sucesor a Felipe de Anjou, segundo hijo del Delfín Luis, a condición de que renunciase a todos sus derechos sobre el trono de Francia. Carlos II muere el 1 de noviembre de 1700.

La designación de Felipe V como monarca español provoca una guerra internacional por el deseo de Inglaterra y Holanda de impedir la unificación de las coronas de Franca y España bajo la misma persona, pues la llegada de los Borbones al trono español alteraba el equilibrio europeo establecido en la Paz de Ryswick (1697). Frente a las dos monarquías borbónicas, surgió la Gran Alianza de La Haya (1701), que coaligaba a los defensores de la candidatura del archiduque Carlos: Austria, Holanda e Inglaterra, a los que luego se unieron el rey de Portugal y el duque de Saboya. Sin embargo, la situación se modifica cuando, en 1711, Carlos de Habsburgo heredó el imperio alemán. Esta herencia, suponía la posible unión entre España, Austria y el imperio germánico, regidos todos por la catolicísima Austria que rememoraba en Europa lo que fue el gran imperio de Carlos V. Esta asociación parecía aún más peligrosa para los intereses británicos que la presencia francesa en el trono español. Por este motivo, en 1712, el gobierno inglés inició las conversaciones en la ciudad de Utrecht para firmar una paz que fue bastante favorable para sus intereses. Aún hoy sufrimos las consecuencias.

En estas circunstancias, los ingleses se desentendieron completamente de la guerra. En un primer momento Austria y Holanda intentaron continuar en solitario, pero sin la ayuda militar inglesa, sus ejércitos fueron completamente derrotados el 24 de julio de 1712 en la batalla de Denain. A eso se unió el desinterés del archiduque Carlos por el trono español, lo que dejó a sus partidarios en España huérfanos de apoyo alguno.

La guerra concluyó con la firma del Tratado de Utrecht en 1713. La paz de Rastatt supuso el fin de la guerra entre Francia y Austria, se firmó en 1714. Portugal firmó la paz con Felipe V en 1715. Carlos VI de Austria no reconoció a Felipe V hasta la Paz de Viena, en 1725. Fecha en la que renunció definitivamente al tono de España.

Lo estipulado en esos tratados se resume en lo siguiente:

  • Felipe V era reconocido por las potencias europeas como Rey de España, pero renunciaba a cualquier posible derecho a la corona francesa.
  • Los Países Bajos españoles y los territorios italianos( Nápoles y Cerdeña) pasaban a Austria.
  • El reino de Saboya se anexionó la isla de Sicilia
  • Inglaterra obtuvo Gibraltar, Menorca y el navío de permiso(derecho limitado a comerciar con las Indias españolas) y el asiento de negros (permiso para comerciar con esclavos en las Indias).

El Tratado de Utrecht marcó el inicio de la hegemonía británica en el mundo.

Internamente, la diferencia esencial entre los dos candidatos a la sucesión de la corona estribaba en el centralismo administrativo francés propugnado por Felipe V y el respeto a los fueros propios de la antigua corona de Aragón del archiduque Carlos. Esto le granjeó el apoyo de las provincias que constituían el antiguo reino de Aragón ( que viraron su apoyo, pues en un primer momento eran partidarias de los borbones).

Cuando se firman los tratados de paz, la población catalana pretendió exigir a los ingleses lo acordado en el “Pacto de Génova” – firmado en 1705 entre Inglaterra y un grupo de propietarios y nobles catalanes en el que se comprometían a apoyar al pretendiente austríaco a cambio de mantener los fueros catalanes-.

Por aquel acuerdo, en las negociaciones de paz con los ingleses, Felipe V, presionado por la reina Ana de Inglaterra, concedió un indulto general a los catalanes, pero en el mismo no se comprometió a mantener sus leyes e instituciones, ni concedió la amnistía, tal como le solicitaban los británicos. Finalmente, los ingleses aceptaron, en este punto, las posiciones de Felipe V y abandonaron Cataluña tras la firma del Tratado de Hospitalet.

Ya antes de firmar aquellos tratados de paz, Felipe V por el decreto del 29 de junio de 1707 declaraba abolidos los fueros y el sistema político de los reinos de Aragón y Valencia. Lo que supuso que, una vez pacificada la zona, los decretos de Nueva Planta modificaran las antiguas instituciones del reino de Aragón buscando la centralidad en el gobierno. Desaparecieron las Cortes de cada reino, y otras organizaciones regionales. Un reducido número de ciudades fue admitido en las Cortes de Castilla, cuya función se limitaba ya a la administración de algunos impuestos, cierto carácter presupuestario y la jura del príncipe de Asturias. Durante la ratificación de los tratados de Utrecht y Rastatt, las Cortes de Castilla, aceptaron el 10 de mayo de 1713 la Ley Sálica, origen remoto de las próximas guerras civiles: las guerras carlistas. Por otro lado, la Nueva Planta también afectó al régimen municipal. Se suspendieron las asambleas municipales, y sus autoridades desde entonces fueron designadas por el rey, extendiendo a la Corona de Aragón el sistema castellano de corregidores y de regidores vitalicios, sin embargo, para los vizcaínos, guipuzcoanos y alaveses ( no existía entonces un territorio regional vasco) y Navarra, por haber apoyado a los borbones se respetaron parte de sus fueros. No olvidemos que, como parte de esos fueros, si un vizcaíno debía ser enjuiciado, su caso se juzgaría en la Chancillería Real de Valladolid.

Tradicionalmente las instituciones fundamentales de Cataluña eran conocidas como: Los “Tres Comunes de Cataluña” y que eran, la “Diputación General de Cataluña”- Generalidad-, el “Consejo de Ciento” de Barcelona y el “Brazo Militar” de Cataluña.

La Diputación General, dependiente de las Cortes, llevaba en su historia una larga sucesión de conflictos con los reyes aragoneses. No olvidemos que esta institución nació de la mano de Pedro IV de Aragón en 1362 (el Condado de Barcelona- que ocupaba la mayor parte de la actual Cataluña- se integró en la Corona de Aragón en 1162). La Diputación tenía como finalidad la creación y gestión de un impuesto que se llamaba generalidades. Especialmente bruscas fueron las relaciones con la dinastía Trastámara, en busca siempre de una autonomía de actuación que no se sometía fácilmente al mandato Real. Entre esos conflictos destaca la guerra civil catalana (1462-1472). El periodo de mayor apaciguamiento lo tuvieron bajo Fernando el católico.

El Consejo de Ciento era la institución de autogobierno municipal.

El brazo militar era la reunión de los nobles militares catalanes. Su poder se escapó siempre al de los monarcas aragoneses y españoles. José Patiño, el que fuera Secretario de Estado de Felipe V describió esta institución del siguiente modo:

“Un congreso de todos los caballeros de Cataluña que se juntaban a su arbitrio, fuera de Cortes, y en cualquier tiempo”(…)de algunos años a esta parte, por descuido o tolerancia de los ministros, [su poder] se había hecho formidable, y se entrometía en todas las materias de estado, publicándose celadores de la observancia de sus fueros”[1]. Su influencia se imponía incluso al de la Diputación general

En 1713, ante la evacuación de las tropas aliadas los diputados de la Diputación general se resignaron a aceptar la realidad de los hechos, sin embargo, un grupo de la aristocracia catalana forzó a los diputados a convocar urgentemente, el 30 de junio de 1713, la Junta General de Brazos, la idea era continuar la guerra en nombre del archiduque Carlos y en defensa de los fueros e instituciones catalanas.

Por lo tanto, nunca se trató de una guerra de independencia como algunos quieren contar, sino de continuar la guerra de sucesión, pensando que tanto Inglaterra como Austria podrían seguir prestándoles su apoyo contra los franceses, contra Felipe V, y lograr que el archiduque Carlos se convirtiera en rey de España.

La realidad militar se iba imponiendo y las tropas borbónicas conquistaban, casi sin oposición, pueblo a pueblo, toda Cataluña. El obstáculo lo encostraron en Barcelona. Allí Manuel de Ferrer y Sitges movilizó con su discurso a los miembros de la Generalidad. Su discurso se basaba en la defensa de los privilegios catalanes de una manera tan radical que, unido a las posiciones recias de los partidarios de Felipe V, lograron que en aquellos días salieran de la ciudad de Barcelona muchos miembros de la nobleza, de la burguesía y del clero, a la vez que entraban en la ciudad los elementos antifilipistas más intransigentes, que radicalizarían aún más la resistencia.

La resistencia militar catalana se sometió al mando del general “austracista” Antonio Villarroel, un militar experimentado, que tuvo que conducir las operaciones con la constante intromisión de la Diputación y del Consejo de Ciento, que hacían y deshacían a sus anchas.

La lucha fue muy dura entre el ejército de Felipe V, de un lado, y las tropas pro-austriacos unidas a las partidas armadas catalanistas, de otro. No se respetaba a nadie, ni ancianos, ni mujeres, ni niños.

La Diputación y el Consejo de Cientos intentaron movilizar a los pueblos en contra de Felipe V y aligerar así el cerco sobre Barcelona. Pero nada consiguieron. Sólo a principios de 1714, la imposición de un subsidio para el mantenimiento de las tropas borbónicas produjo un alzamiento general en diversas comarcas catalanas, movimiento que no tuvo ninguna conexión con Barcelona y que fue rápidamente sofocado. Durante los primeros meses de 1714, las fuerzas borbónicas disminuyeron en número alrededor de Barcelona lo que permitió introducir en la ciudad víveres y refuerzos enviados desde Mallorca e Ibiza, que permanecían leales al archiduque.

En julio de 1714, las tropas felipistas se encontraban bajo el mando del duque de Berwick.  Todos los hombres barceloneses mayores de 14 años fueron llamados a la defensa, en la que participaron incluso sacerdotes y mujeres.

El 12 y 13 de agosto, Berwick, tras intentar varios asaltos infructuosos a la ciudad, se olvidó de medidas “débiles” y optó por bombardear la ciudad. Tras la paz de Rastatt , 7 de septiembre de 1714, los borbónicos trataron de llegar a un acuerdo para la rendición de la ciudad, que fue rechazado por la Junta de Gobierno, formada por representantes de los tres comunes, esperanzados por culpa del lenguaje ambiguo de los ingleses y del emperador Carlos que parecían indicar que auxiliarían a los cercados. Tales ayudas nunca se materializaron, al contrario, la posición de ambos países más bien buscaba la desestabilización hispano-francesa, que una ayuda real a los catalanes. A esta resistencia se opusieron Rafael Casanova, conseller en cap de la ciudad- nada que ver con lo que se intenta representar hoy con esa denominación. El conseller en cap era el principal representante del Consejo de Cientos-, y del general Villarroel. Este último dimitió al considerar inútil la defensa. Esta renuncia hizo que se nombrara a la Virgen de la Merced como generalísimo de las fuerzas resistentes.

En la madrugada del 11 de septiembre se produjo el asalto final de los felipistas. Villarroel reasumió el mando de las tropas y pidió a Casanova que condujera la Coronela ( así se llamaba la milicia local de Barcelona) hasta el baluarte de Sant Pere, al objeto de rechazar al enemigo. Fue allí, enarbolando el estandarte de santa Eulalia, la patrona de la ciudad, donde Casanova recibió un disparo en el muslo y tuvo que ser evacuado. Villarroel, por su parte, dirigió la defensa en torno a la plaza del Born, donde resultó herido. El combate continuó todavía en el interior de la ciudad, antes de que Villarroel pidiera el alto el fuego hacia las 2 de la tarde.

El Consejo de Ciento con Casanova al frente publicó todavía un bando para pedir un último esfuerzo a los defensores, “a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España.

No hace falta realizar un análisis de texto muy concienzudo para darse cuenta de que su rey era el archiduque Carlos- es decir, no pedían una república catalana, como algunos nos quieren hacer creer-, y su lucha era por la “libertad de toda España”, vamos que aquellos catalanes se sentían muy españoles.

Pero cualquier resistencia era ya inútil porque las tropas borbónicas estaban dentro de la ciudad y no cabía más opción que capitular. Berwick prometió a los defensores que se respetarían sus vidas y no habría pillaje. Al día siguiente, las tropas de Felipe V entraban en una ciudad medio destruida.

Casanova obtuvo el perdón real, al igual que la mayoría de dirigentes políticos catalanes, y volvió a ejercer la abogacía hasta poco antes de su muerte.

Su figura se ha convertido en un icono del catalanismo, en una de tantas tergiversaciones de la historiografía nacionalista de finales del siglo XIX, y no digamos la actual. La verdad es que Casanova siempre se comportó como un austracista. El historiador Joaquín Coll, asegura que esa parte de la historiografía nacionalista dibujan “un relato falso de una guerra de Cataluña contra España, de ocupación, de represión”.

Tras la caída de Barcelona, las tropas reales ocupan Mallorca en 1715, con todo, la caída de la Ciudad Condal marca clamorosamente el fin de los deseos austracistas y como señaló Voltaire fue “la última llama del incendio que devastó durante tanto tiempo la parte más bella de Europa, por el testamento de Carlos II, rey de España”.

BIBLIOGRAFÍA

KAMEN, Henry. “ La guerra de sucesión en España 1700-1715”. Ed Grijalbo.1974

MARTÍ FRAGA, EDUARD: “La Conferencia de los Tres Comunes (1697-1714). Una institución decisiva en la política catalana”. Ed. Milenio. 2008.

SAEZ ABAD, Rubén. “Asedio de Barcelona 1714,El. Guerra de Sucesión Española en Cataluña (GUERREROS Y BATALLAS)”. Ed. Almena.2014.

Joaquim Coll: «El mito del 11 de septiembre de 1714 y de la Guerra de Sucesión». El Debate.

[1] MARTÍ FRAGA, EDUARD: La Conferencia de los Tres Comunes (1697-1714). Una institución decisiva en la política catalana. Ed. Milenio. 2008

Maquiavelo y El Principe.

La historia está repleta de acontecimientos que han cambiado el mundo, pero en ocasiones esos acontecimientos no son un hecho sino una forma de pensar. Una transformación intelectual. La publicación de “El Príncipe” de Maquiavelo supuso un cambio radical en la concepción de la política.

No voy a hacer ni un análisis literario, ni político, ni filosófico del libro, que todo eso cabe, sino una exposición de aquellos aspectos más destacados y la repercusión histórica del libro.

Niccolò Macchiavelli (conocido en español simplemente como Maquiavelo) nació en Florencia el 3 de mayo de 1469, el mismo año en que Lorenzo de Medici se convertía en señor de facto de la ciudad hasta su fallecimiento en 1492. Era el tercer hijo de una familia de cierto renombre, su padre era un destacado jurista, con recursos modestos pero suficientes para proporcionarle una buena educación. Además de sus maestros, tenía a su disposición la biblioteca personal de su padre, llena de los grandes clásicos. Leyendo las obras de Cicerón, Tucídides, Tito Livio, Polibio, Plutarco… aprendió que el ejercicio del poder a menudo se apartaba de razones morales como la lealtad o la ética.

En 1494, es nombrado funcionario de la república de Florencia. Gobernaba Florencia Girolamo Savonarola, con quien Maquiavelo era muy crítico, lo que entorpeció la carrera pública de Maquiavelo. Cuando Savonarola fue declarado hereje y quemado públicamente en 1498, Maquiavelo fue nombrado segundo canciller, encargándose de la política exterior y de los asuntos militares. Viajó muchísimo y entabló conversaciones con mandatarios de toda Europa. En 1501 contrajo matrimonio y en 1502 conoció a uno de los personajes que más le influyó: César Borgia. César Borgia era uno de los hijos del Papa Borgia, Alejandro VI, y en su forma de dirigir demostró tener tan pocos escrúpulos morales como su padre; aplicándose durante su mandato a incrementar su poder territorial a costa de estados del centro de la península itálica. César impresionó a Maquiavelo por la manera relativamente original y, a la vez, profundamente práctica y amoral de solventar los problemas. De esta época es su obra “Descripción de la manera en que César Borgia dio muerte a Vitelli, Oliverotto da Fermo, al señor Paolo y al duque de Gravina Orsini”. Desde 1503 hasta 1512 no deja de realizar nuevas misiones diplomáticas a Francia, ante el Vaticano del nuevo Papa, Julio II, o ante el emperador del Sacro-Imperio Romano Germánico, Maximiliano I. No logró muchos éxitos en este puesto por culpa de la propia naturaleza fragmentaria de la península itálica, llena de reinos, condados y repúblicas enfrentadas a todas horas entre sí.

En 1512, los Medici regresaron al poder, y Maquiavelo fue despedido y torturado. Se refugió su pequeña propiedad en San Casciano in Val di Pesa, a unos quince kilómetros de Florencia. Aquí malvive ejerciendo diversos oficios manuales, si bien, por las noches sigue leyendo a los clásicos y escribiendo. De esta época es su obra “Discursos de la primera década de Tito Livio”, donde muestra su visión política, describiendo, entre otras cosas, como mejor forma de gobierno una república y no una monarquía absoluta. El contenido de esta obra para algunos autores entrará en contradicción con El Príncipe. En cambio, otros consideran que El Príncipe es una parte más de los Discursos, una parte desgajada que se completa con los Discursos donde las diferencias entre las formas de gobierno que describe y admira en cada caso no caen en una contradicción, porque lo que busca es describir el Poder. Poco a poco consiguió, a veces con auténticos golpes de fortuna, recuperar ligeramente su posición. Sobre todo, a raíz de que el Papa Clemente VII, otro Medici, le encargue una obra sobre la historia de Florencia por 120 florines. Por ello, Maquiavelo fue considerado por algunos como partidario de los Medici, cuando realmente la presencia cercana de los Medici sólo le trajo disgustos. Nicolás Maquiavelo murió en su ciudad natal el 21 de junio de 1527, por causa de una peritonitis. El mismo año en el que los Medici perdieron el poder para volver a recuperarlo en 1530.

Curiosamente El Príncipe está dedicado a Lorenzo de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico, en un intento de hacerse perdonar por la familia gobernante, sin embargo, la obra no se publicó hasta la muerte de Maquiavelo.

Maquiavelo es un analista, un observador de la realidad política cuyo impulso no es otro que buscar la unificación de Italia debido a que la fragmentación territorial de la “bota” sólo conducía al caos.  Con esa finalidad de fondo constata que el mundo ha cambiado lo que le lleva a plantear los siguientes elementos novedosos respecto a las edades históricas previas:

  • La realidad social de la Edad Media se fundamentaba siempre el origen divino del Poder, y eso no es algo que se pueda sostener en el siglo XVI. Maquiavelo desvela que el mundo en la tensión entre el ideal y lo práctico ha optado por esto último.

Observó que el gobierno humano se alejaba de la moral cristiana, que frente a las enseñanzas de Jesús que proscriben toda clase de violencia, la violencia se daba e incluso era defendida y practicada por los papas para el mantenimiento de su poder terrenal. No era un asunto de defensa espiritual de lo justo en la Tierra, no era una posición espiritual de defensa de la Fe, como en la guerra santa contra el islam, por ejemplo, en las Cruzadas. No. Se trataba de criticar aquellas guerras y opresiones que los papas realizaban para defender el propio poder político y territorial.

Por eso, plantea la separación entre Iglesia y Estado, dando lugar a la creación del Estado moderno.  Maquiavelo, al fundar la ciencia política moderna, estableció con ello la autonomía de la política. Fue Benedetto Croce quien le atribuyó por primera vez a Maquiavelo paternidad ideológica de la separación de la política de la moral —entendida como emancipación de la política respecto a la moral y la religión—, con lo que situaba la política en un plano diferente al del bien y mal morales . Podían coincidir, pero no tenían por qué hacerlo. Cuando Maquiavelo estudia la creación de los nuevos principados comprendió que el Poder, el verdadero y efectivo Poder político, no tiene nada de divino, como señalaban los medievales.

Para Maquiavelo, no es la Providencia sino los hombres, libres y voluntarios colaboradores de esa Providencia, quienes hacen la historia y  crean su propio destino como hombres (individual) y como sociedad. Es nuestro libre albedrío el que decide. Lo cual no quiere decir que no reconozca muchas veces, como creyente que era, la providencial intervención de Dios en el acontecer humano.

Nuestra religión —dice Maquiavelo— en vez de héroes canoniza solamente a los mansos y los humildes”, mientras que los paganos “divinizaban tan sólo a los hombres llenos de gloria mundanal, como grandes comandantes e ilustres jefes de comunidades”. Para Maquiavelo, en Roma, la religión pudo llegar a ser la fuente principal de la grandeza del Estado, y no una fuente de debilidad. Los romanos se aprovecharon siempre de la religión para reformar el Estado, para promover sus guerras y para apaciguar tumultos.

Por consiguiente, la religión era y debía ser un simple instrumento en manos de los dirigentes políticos. Desde la óptica del Estado, la religión  era un arma poderosa en toda lucha política. Una religión meramente pasiva, que se aleja del mundo en vez de implicarse en él para organizarlo, ha demostrado, en la visión de Maquiavelo, ser la ruina de muchos reinos y Estados. En el ámbito del Estado y desde la óptica del Estado para Maquiavelo se debe usar una especie de “paganización de la religión” de manera que sólo es buena si conduce al orden y con el buen orden social se logra la buena fortuna y el éxito, en cualquier empresa. El proceso de secularización ha llegado a su término, con Maquiavelo, pues el Estado secular existe ya de jure y no sólo de facto: ha encontrado su definida legitimación teórica.

Esta parte de su obra le valió la condena del papado. El Príncipe Fue incluido en el Índice de libros prohibidos por disposición del Papa Pablo IV, en 1559, lo que constituyó una poderosa traba para la difusión de esa obra en muchos países. La prohibición quedó confirmada por Pío IV en el Índice tridentino, de 1564, y más tarde, en el de 1583 y eso a pesar de que Maquiavelo señaló que los mejores principados eran los eclesiásticos, porque se basaban en leyes canónicas ( Capítulo IX).

Con todo, las obras de Maquiavelo demuestran que el autor de El Príncipe, de los Discursos y de la Historia de Florencia continuaron interesado siempre a los intelectuales, aunque entre ellos fueran más lo que lo condenaban que los que lo aprobaban.

  • Además, en su intento buscar la estabilidad política y la unidad de la que carecía la península itálica analizó los diferentes modelos de adquirir el poder y conservarlo:

“El príncipe natural tiene menos causas y necesidad de ofender por lo que sus súbditos lo estiman más… y es natural que lo amen”.

Situación muy distinta es la de los príncipes nuevos, y especialmente los mixtos- es decir, aquellos que amplían su territorio con el de los países próximos- en esos casos no debe fiarse de sus súbditos, debe acudir a la astucia para actuar conforme se comporta la naturaleza humana: “deberá extinguir la línea de sucesión de la anterior estirpe”. Es importante mantener bases en el nuevo territorio para sofocar cualquier motín. En casos de revuelta, la respuesta debe ser muy dura para evitar que otros se levanten en armas. “Los hombres se vengan de las ofensas leves, pero no de las graves” por eso, ante cualquier ofensa, hay que procurar que los autores se sometan por las buenas o deben ser aniquilados.

Para obtener nuevos partidarios, el príncipe debe buscar la forma de que se sumen a él, pero no todos, sino una mayoría, para eso conviene levantar barreras entre los súbditos, enfrentarlos entre sí; fomentar la envidia entre ellos es una muy buena opción para lograrlo, según Maquiavelo. Es esos casos, el príncipe debe buscar que los súbditos que le sean afines no tengan tampoco demasiada fuerza o unión entre sí. ( Capítulo VII)

Cabe la posibilidad de que un territorio nuevo adquirido tuviera previamente leyes propias, que vivieran sus ciudadanos en libertad. Esos estados también pueden ser sometidos por los siguientes métodos: a) arruinarlos; b) unirse a ellos en su forma de vida; c) dejarlos vivir con sus propias leyes, pero incrementando los tributos y estableciendo un gobierno oligárquico que conserve la amistad hacia el príncipe.

En todas esas opciones , conviene al príncipe no olvidar nunca el uso de la violencia– Maquiavelo rememora aquí a los Sforza y a los Borgia- bien directamente sobre los súbditos o bien de manera indirecta mediante la introducción del desorden en el territorio que se quiere anexionar, y si hace falta cometer un crimen, se comete… Dice así:

“Quién usurpa un Estado debe realizar de una vez todos los actos de crueldad que considere necesarios para lograr sus objetivos. De esa manera no se verá obligado a repetirlos y vivirá seguro atrayendo a sus súbditos con beneficios… Es mejor hacer de una vez el mal que deba hacerse, porque las ofensas hieren menos si se repiten menos, por el contrario, es bueno que los beneficios se concedan poco a poco porque así se saborean mejor ” ( capítulo VIII)

También considera que existe la posibilidad de llegar al poder aupado por el pueblo. En general- dice- los poderosos apoyan a alguien del pueblo cuando temen que se alzará contra ellos y lo que persigue el poderoso es seguir medrando a costa del pueblo. El Príncipe nunca puede estar seguro del pueblo, que es multitud, y sí puede estarlo de los poderosos que son pocos.

Maquiavelo era hijo de su tiempo, de un humanismo que despertaba, de unos pensadores y esplendor literario de la Florencia en la que vivió y aunque no fue acogido bajo el brazo protector de los Medici, sí participó del ambiente y los resultados. Fue el primer pensador que se percató del nacimiento de una nueva estructura política. Conoció sus orígenes y previó sus efectos. Anticipó, en su pensamiento, el curso entero de la futura vida de Europa. Cuando se dio cuenta de ello, perseveró en el estudio de la forma política de los nuevos principados, de la actuación minuciosa de los nuevos dirigentes, del detalle de ese nuevo ejercicio del Poder. Sabía perfectamente que su estudio, al ser comparado con las teorías políticas anteriores, sería considerado como una  anomalía, e intentó hacerse perdonar por la orientación insólita de su pensamiento.

A pesar de que se le ha presentado como un amoral y un fomentador de la crueldad, Maquiavelo no lo interpretaba desde esa posición sino como la descripción del mundo moderno en el que el Estado ha conquistado su plena autonomía. En Maquiavelo el Estado es completamente independiente, pero al mismo tiempo está completamente aislado y, por ello, se defiende.

Con anterioridad en el tiempo,  el Estado estaba atado a la totalidad orgánica de la existencia humana. En el Renacimiento, el mundo político ha perdido su conexión no sólo de la religión o la metafísica, sino también con todas las demás formas de la vida ética y cultural del hombre. Así presentada, Maquiavelo sólo describe el quehacer político, fascinado por él y, al tiempo, lo muestra como procedimiento para encontrar la estabilidad política en una península itálica sumida en el caos de la desintegración tras la caída del imperio Romano.

  • Tras esa exposición describe las virtudes que ha de poseer el príncipe, como brazo gestor de ese estado. Las virtudes del príncipe caracterizado por la utilidad política, que debe traducirse en estabilidad.

Para Maquiavelo los dirigentes- el príncipe-, destaca no por sus virtudes humanas ( los hay avaros, generosos, dadivosos, rapaces, crueles, piadosos, humanos, soberbios…) sino por su capacidad para mantenerse en el poder y evitar la mala fe. Para el príncipe lo importante no es la virtud, sino el éxito. Por eso no discute ni se plantea qué es mejor para el príncipe si ser amado o temido, lo que nunca puede ser es odiado.

Para mantener esa estabilidad puede mentir o utilizar otras habilidades, pero siempre con la finalidad no sólo de conservar lo que tiene o de reprimir cualquier oposición, sino de alcanzar la estima de sus súbditos.

En este sentido siempre se ha dicho que El Príncipe estaba inspirado en la figura de Fernando el Católico:

“Nada hace que se estime tanto al príncipe como sus grandes empresas y sus ejemplos excepcionales. Un ejemplo en nuestros días es Fernando de Aragón, rey de España…, se ha convertido de rey de un estado pequeño en primer soberano de la cristiandad. Si examináis sus acciones, las encontrareis todas inmensas y algunas extraordinarias” ( Capítulo XXI).

Entre esas empresas debe contarse el favorecer a los que tienen méritos, estimular el trabajo y el comercio, saber mantener el equilibrio fiscal y divertir a las masas. Debía encontrarse el equilibrio entre la meritocracia y la práctica de cierto grado de demagogia…Un buen príncipe debe contar con buenos consejeros y evitar a los aduladores.

  • Con eso, entramos de lleno en el mito del Maquiavelo diabólico y mendaz y del maquiavelismo como adjetivo adecuado para las conductas más perversas, mito que resulta bastante chocante aplicado a este florentino de fino humor y costumbres amistosas, probo funcionario, padre de familia ejemplar, que en sus obras se manifiesta como un dechado de buen sentido, bastante pesimista, es cierto, pero siempre animoso.

Esta visión retorcida y malvada, que se desprende del análisis de su obra, no era la pretendida por el autor, ni la que encuentran muchos de los admiradores y estudiosos de la originalidad de su obra. Curiosamente, el tema dominante en El Príncipe es el de la regeneración de un organismo político corrupto o, por adoptar el término que aparece en el capítulo XXVI, de su “redención” mediante la introducción de “órdenes nuevos” por obra de un “príncipe nuevo” ( idea inspirada por Savonarola).

  • La influencia de El Príncipe en la política fue esencial a partir del S XVIII por los estudios de brillantes eruditos: Hegel, Fichte entre otros. Pero, sobre todo, influyó enormemente en diversos dirigentes como Federico II el Grande- de Prusia- o en Napoleón Bonaparte.

Ellos vieron que no todo era negativo o amoral en Maquiavelo. En realidad, Maquiavelo como hemos señalado reiteradamente, buscaba la estabilidad, pues la ausencia de ella es terrible; él mismo sufrió las consecuencias de esa inestabilidad. Por eso busca soluciones prácticas. La ética se había quebrado en los Estados de su tiempo y buscaba encontrar otro elemento de estabilidad que encontró en el ”interés de Estado”. Pero ese interés de Estado exige el uso del Poder del Estado en favor de esa estabilidad y bienestar común. Otra cosa es que algunos políticos identificaron o siguen identificando el Interés de Estado con su propio interés y no el de su Nación.  España ya vivió la gran visión de Estado de Fernando el Católico, o de su nieto y bisnieto, pero también ha visto la decepción contraria que nos llevó a perder nuestro Imperio. Esperemos aprender de ello, porque como decía Napoleón en los comentarios que escribió al Príncipe de Maquiavelo: “ hay que aprender de la Historia para no volver a cometer los mismos errores”.

BIBLIOGRAFÍA

CONDE, Francisco Javier.- “ El saber político de Maquiavelo”. Ed Ministerio de Justicia. 1948. https://core.ac.uk/download/pdf/71821666.pdf

MAQUIAVELO, Nicolas.- “El Príncipe” (comentado por Napoleón Bonaparte). Ed. Espasa-Calpe. 1976

PRIETO, Fernando. “ Historia de las ideas y de las formas políticas”. Unión Editorial. 1985.

RENAUDET, Augustin.- “ Maquiavelo”. Ed Tecnos. 1965.

ZAMITIZ GAMBOA, H.- «Para entender la originalidad de Maquiavelo en el V centenario de El Príncipe». Estudios políticos. México. 2014.

Tenerife y las tres victorias frente a los ingleses

El escudo de la provincia y la ciudad de Santa Cruz de Tenerife incluye tres cabezas de León, una de ellas atravesada por la cruz de Santiago que está en el centro del emblema. La heráldica no puede ser más representativa. Las tres cabezas representan los tres asaltos que sufrió esa ciudad por los almirantes ingleses Blake, Jennings y Nelson.

https://www.google.com/search?q=escudo+de+Santa+cruz+de+tenerife&rlz=1C1GCEA_enES932ES932&oq=escudo+de+Santa+cruz+de+tenerife&aqs=chrome..69i57j0i22i30l2j69i60.9208j0j7&sourceid=chrome&ie=UTF-8#imgrc=D5yezz2uvNsRJM

Casi siempre se cuenta la última de estas batallas, determinante para la historia de las Islas y la de España, pero no debemos olvidar las otras dos.

1.- Las décadas de 1640 y 1650 no fueron brillantes ni para España ni para Inglaterra.

En España reinaba Felipe IV y su valido era el Conde – Duque de olivares y posteriormente D. Luis de Haro. Hubo alzamientos en Cataluña, Andalucía, Sicilia, Nápoles, Aragón, la independencia de Portugal y, en la guerra de Flandes, habíamos perdido la provincia de Holanda. En Europa, España se debatía en los estertores de la guerra de los 30 años y la guerra contra Francia. Tuvimos bancarrotas, epidemias y ataques de los corsarios ingleses a nuestra flota en el caribe- lo que a las finanzas españolas y a nuestro imperio le resultaba más dañino que una plaga-.

Los británicos tampoco tenían un buen momento. Habían pasado por la guerra de los tres reinos https://algodehistoria.home.blog/2022/10/07/la-guerra-de-las-tres-coronas-o-de-los-tres-reinos/ La instauración de la república, la invasión y ocupación de Irlanda, la dictadura de Cromwell, la guerra contra Holanda y los sucesivos encontronazos contra Francia y España.

En ese contexto, en el año 1657,  la flota de Indias llegaba a las Islas canarias, tras eludir a los piratas ingleses en aguas del caribe. El asalto de los corsarios ingleses a nuestras embarcaciones era una constante desde que consideraron que el Imperio español era una fuente de riquezas a las que los británicos querían acceder, además de apropiarse de las rutas marítimas y, así,  iniciar su imperio a costa del nuestro. El recorrido de nuestras naves era Caribe- Isla de La Palma- Isla de Tenerife- Cádiz.

Pero cuando navegaban cerca de la isla de Gran Canaria los barcos españoles fueron advertidos de que una flota con 23 barcos de guerra ingleses les acechaba en las costas de Andalucía. Nuestros barcos regresaron a Tenerife y desembarcaron el tesoro traído de América.  Santa Cruz era una pequeña población de 1.125 habitantes, dotada de un castillo y un fuerte.

Una parte de la flota de indias- dos galeones- y multitud de barcos de todo tipo se amarraron en la bocana del puerto de Santa Cruz, a modo de muralla defensiva. Defensa organizada por el general Diego de Egües, y allí llegaron los ingleses bajo el mando de Blake. El 30 de abril empezó un intenso intercambio de artillería. Los barcos españoles anclados en el puerto fueron abordados o quemados por los británicos. Pero los ingleses sufrieron enormemente en sus barcos los cañonazos propinados desde tierra por los españoles, que les impidieron desembarcar. Llegados a ese punto, los ingleses tocaron retirada y salieron del puerto favorecidos por el viento.

Por la parte inglesa hubo 50 muertos y 120 heridos. En el bando español, cerca de 300 muertos y 11 naves destrozadas. Sin embargo, se consiguió mantener a salvo el grueso de la flota de Indias. La carga que transportaba se almacenó en Santa Cruz, como era habitual, sólo una parte de la carga era para la corona, siendo el resto propiedad de particulares, muchas de ellas eran mercancías de contrabando. Estas fueron requisadas obteniendo con ello el Estado una cantidad superior a la perdida en la batalla.

La verdad es que ambos bandos celebraron la batalla como un triunfo. Cromwell homenajeó y condecoró a Blake, lo mismo que Felipe IV a Egües, y   las islas de Gran Canaria y Tenerife fueron agraciados con diversos favores reales, tanto en el comercio con América como en exenciones fiscales.

2.- Durante la Guerra de Sucesión, en noviembre de 1706, los ingleses llegaron hasta Santa Cruz de Tenerife con una flota formada por doce navíos y otras embarcaciones de apoyo, sumando entre todas ellas, 800 cañones,  al mando estaba el contraalmirante John Jennings, con la pretensión de tomar la isla.

En la tarde del 5 de noviembre, vigías situados en las cumbres de la isla divisaron navíos de bandera desconocida llegando a las costas de Santa Cruz. La ciudad presentaba una defensa artillera de gran importancia formada por varias baterías, reductos y baluartes, así como una línea de defensa costera compuesta por los castillos de Paso Alto, San Cristóbal y San Juan, todo ello unido mediante una muralla litoral que enlazaba todas estas fortificaciones.

La magnifica defensa de la isla evitó, durante todo el día 6, el desembarco y toma de la villa por parte de los británicos. A las tres de la tarde, Jennings mandó desembarcar a un mensajero para ofrecer al archipiélago tomar como rey al Archiduque Carlos. José de Ayala y Rojas, cabeza visible de la defensa isleña le contestó que seguirían defendiendo la Corona de Felipe V.

Antes del anochecer Jennings ordenó a sus navíos desplegar velas poniendo rumbo a Europa y dejando atrás las aguas canarias.

3.- La tercera ocasión en que los británicos quisieron hacerse con Tenerife, fue la más importante y trascendente de todas.

Mientras la flota española estaba bloqueada en el puerto de Cádiz (después ser vencida el 14 de febrero frente al cabo de San Vicente), en la noche del 21 de julio de 1797, la flota inglesa del contraalmirante Horacio Nelson se acercó sigilosamente a Tenerife; estaba compuesta por cuatro navíos de línea, cuatro fragatas, una nave de apoyo y mil soldados.  Su intención era apoderarse de Tenerife, primero y de todo el archipiélago canario, después.

La defensa canaria contaba con unos 1.600 hombres, al mando se encontraba el comandante general de Canarias, Antonio Gutiérrez. A ellos se unió el pueblo de Tenerife, que luchó con auténtico heroísmo.

La flota inglesa fue avistada el día 22. Los ingleses lograron desembarcar en la playa de Valleseco, pero fracasaron en el asalto al castillo de Paso Alto debiendo de reembarcar en la noche del 23 al 24 de julio. La madrugada del día 25 aconteció el combate más importante. Se produjo en el muelle del puerto de Santa Cruz de Tenerife. El buque La Fox fue hundido por la artillería española. Los ingleses volvieron a los barcos, el propio Nelson tuvo que reembarcar al perder de un cañonazo su brazo derecho. Los ingleses que habían logrado desembarcar se abrieron paso hasta el Convento de Santo Domingo, donde se hicieron fuertes. La lucha se extendió por las calles, los tinerfeños lucharon a brazo partido y con pocas armas contra los invasores, hasta lograr que los intentos de nuevos desembarcos británicos fracasaran. El comandante de la infantería británica solicitó condiciones para su rendición.

Las pérdidas inglesas ascendieron a 233 muertos y 110 heridos. Por parte española, las bajas fueron de 24 muertos y 35 heridos. Los fallecidos estaban equilibrados en su origen, tanto militar como ciudadano,  lo que demuestra a las claras la interacción del pueblo y el ejército en esta acción.

Este acontecimiento es conocido como la Gesta del 25 de julio de 1797, es una de las efemérides más importantes de la historia de Canarias y no es para menos. La defensa, con los pocos medios que se tenían y la propia situación estratégica del Puerto de Santa Cruz, era una muy difícil de llevar a cabo y, sin embargo, fue todo un éxito militar de Antonio Gutiérrez y de sus hombres. Pero, sobre todo, del pueblo tinerfeño que, con pocos medios, alejados de la Península, demostró una vez más su gran amor a España.

Además, aquella derrota, la última derrota que sufrió Nelson, supuso el fin de la doble estrategia que subyacía en aquel ataque. Las Islas eran una parada obligada para los navíos de la época, pues el Canal de Suez no estaba aún abierto y tenían que pasar por ellas todos los barcos procedentes de Europa hacia América, África o Extremo Oriente.

Por lo que la primera finalidad del plan es la de privar a España del inmenso apoyo de las Islas en la ruta hacia el continente americano.

A finales del siglo XVIII, Gran Bretaña se encuentra en un momento de máxima expansión, pero la independencia de los Estados Unidos y la imposibilidad de arrebatar a España sus posesiones americanas les obliga a dirigirse hacia África y Asia, sobre todo, hacia la India . Y para mantener la ruta a la India son necesarias bases en el Atlántico y el Índico.

La segunda finalidad del ataque era obtener un punto de apoyo en la ruta atlántica.

Hasta tal punto esta conquista era importante para los ingleses que William Pitt, primer ministro británico, hablaba sobre la conveniencia de cambiar una de las Islas Canarias por su “amada e importante posesión de Gibraltar”.

Afortunadamente, al verse obligados en virtud de las capitulaciones que les impuso el general Gutiérrez, a no volver a atacar las Islas Canarias, los ingleses no tienen más remedio que olvidar la ruta atlántica y volverse hacia el Mediterráneo y Egipto, donde al año siguiente seguirán combatiendo, pero esa vez contra la flota francesa.

Si hoy las Islas Canarias son españolas, es por la férrea voluntad de sus habitantes en la defensa frente a los ingleses. Si Nelson hubiera ganado, con una España en franca decadencia; con la flota bloqueada en Cádiz y poco después derrotada en Trafalgar; con España a punto de iniciar la guerra de independencia; con Gibraltar en manos inglesas, es muy probable que nunca las hubiéramos recuperado.

Así que, los tinerfeños pueden llevar con gran orgullo los tres leones en su escudo. Ganados con sangre, esfuerzo, sudor, lágrimas y gran lealtad y amor a España.

BIBLIOGRAFÍA

AGUADO BLEYE, P.-“ Manual de Historia de España”. Ed. Espasa-Calpe. 1954.

ALCALÁ-ZAMORA Y QUEIPO DE LLANO: “La historia oceánica de los siglos modernos y el tesoro submarino español” . Google Books. 2008.

Rumeu de Armas: Antonio. “Piratería y ataques navales contra las islas Canarias”. Google Books. 1947.

LA RECUPERACIÓN DE MENORCA Y LA PASCUA MILITAR.

A isla española de Menorca fue conquistada por una escuadra anglo-holandesa en 1708 durante la Guerra de Sucesión española, pasando a ser posesión de la Corona británica por el Tratado de Utrecht de 1713.

El 29 de junio de 1756, durante la Guerra de los Siete Años, la isla fue reconquistada por las tropas francesas del mariscal Richelieu (sobrino-nieto del cardenal del mismo nombre) después de que la escuadra francesa del almirante La Galissonière hubiese vencido a la inglesa del almirante Bing, la isla pasó a manos francesas. Aquella victoria francesa tuvo como consecuencias directas que, por un lado,  la Royal Navy hiciera responsable al almirante Bing de la derrota y, tras un sumario consejo de guerra, fue fusilado a bordo de su navío, ejecución que sigue siendo uno de los casos más polémicos de la Historia de Gran Bretaña. Y, en otro sentido, mucho más amable, la victoria valió para lograr un avance gastronómico: un cocinero del duque de Richelieu inventó una de las salsas más conocidas, la mahonesa o mayonesa, para conmemorar aquel triunfo francés.

La isla se mantuvo en manos francesas hasta el fin de la guerra, siendo devuelta a Gran Bretaña por el Tratado de París, firmado el 10 de febrero de 1763.

Los años 1781 y 1782 fueron gloriosos para las armas españolas contra los ingleses. Así, el día 9 de mayo de 1781, las tropas británicas del general Campbell se rendían al general español Bernardo de Gálvez, quedando consumada la capitulación de Pensacola ( ya hablamos de él aquí: https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/ ). El 6 de mayo de 1782 se conquistan las Bahamas. Entre 1781 y 1782 una multitud de barcos británicos son apresados por la flota española con sus bodegas llenas de riquezas y armas que pasan a incrementar las arcas españolas. Fruto de todo ello el derrumbe de la Bolsa Real de Londres fue apoteósico, según expone el escritor y erudito británico Robert Graves. La importancia para España del apresamiento de estos barcos se tradujo no solamente en el botín incautado de buques, pertrechos, vestuarios, armamento y oro acuñado en lingotes, sino, y mucho más importante aún, en que las pérdidas del enemigo debilitaron seriamente sus fuerzas navales y terrestres en ultramar hasta tal punto que condicionaron sus operaciones ofensivas en los siguientes años. En este sentido es especialmente destacado el apresamiento, en 1781, de un convoy a la altura de las islas Sorlingas ( en el confín occidental del Canal de la Mancha).

Pero para comprender la necesidad de reconquistar Menorca por parte de España, más allá del hecho cierto de que era una isla española usurpada por los ingleses, hay que centrarse en un aspecto estratégico importante.

España había iniciado un bloqueo a Gibraltar en 1779, ya duraba por tanto unos años, sin grandes resultados puesto que el bloqueo era roto por mar la marina británica y por embarcaciones piratas enviados por los ingleses desde Menorca.

El rey Carlos III, a propuesta del conde de Floridablanca (Secretario del Despacho de Estado, cargo que ocupó hasta 1792, compaginándolo , además, entre 1782 y 1790, con el Despacho de Gracia y Justicia) decidió acabar con el abastecimiento que Menorca daba a Gibraltar y, de paso, eliminar la presencia británica en el Mediterráneo – a excepción de Gibraltar, con la que querían también acabar-. Para lo que necesitaba reconquistar la isla. Encargo que dio al duque de Crillón (de origen francés, pero teniente general del Ejército español). Este aceptó, pero le pidió a Floridablanca que el proyecto de invasión se llevase a cabo en el más absoluto secreto y exigió que solo lo conocieran el Rey, el Príncipe de Asturias, el propio ministro y el mismo Crillón. Nadie más, ni siquiera los ministros de Guerra y Marina o el embajador en París- conde de Aranda- Al cual se le informó de la situación cuando la costa menorquina estaba a mitad de camino de ser alcanzada por la expedición de reconquista.

Las razones no eran otras que encontrar al enemigo desprevenido, y evitar que incrementase la presencia militar británica en la isla, la cual se limitaba a una pequeña guarnición en el castillo de San Felipe.

Los preparativos se ocultaron ante los ministerios de Guerra y Marina, señalando que eran los adecuados para seguir con el bloqueo del Peñón. La expedición española se compuso de 78 buques que transportaban a las tropas del ejército en un número que ascendía a unos 7.900 hombres. La composición de la flota consistió en un convoy de buques mercantes y un grueso de buques de guerra que se presentaron como apoyo a la expedición. No salieron todos juntos desde Cádiz, donde se asentaba la mayor parte de la flota, sino que se fueron unieron desde Cartagena y otros puertos de Levante a fin de no despertar sospechas de los británicos sitos en Gibraltar. Para que el convoy saliese de Cádiz sin más sospechas se hizo correr el rumor de que iban a Buenos Aires a sofocar una revuelta surgida en la región del Plata.

Los primeros buques en salir de Cádiz lo hicieron el día 21 de julio de 1781. La flota completa tenía previsto alcanzar la costa menorquina y desembarcar la noche del 18 al 19 de agosto de 1781, pero se desencadenó una tormenta, por lo que hubo que actuar a la luz del día 19.

Se situaron los barcos rodeando los puertos de toda la isla, pero el grueso de la expedición se situó en dirección a Mahón llegando desde el Sur. Dejando tres fragatas bloqueando la salida o entrada de barcos en Ciudadela. Por allí desembarcaron 200 militares del cuerpo de Dragones. Mientras tanto, los navíos que rodeaban el castillo de San Felipe, situado a la orilla sur de la boca del puerto de Mahón, cañonearon la fortificación. Crillón mandó desembarcar al grueso de la infantería para someter a los británicos que no estaban dentro del castillo y apoderarse del arsenal inglés. Además, lograron acabar con las naves corsarias británicas que pretendían hostigar a los españoles.

El 24 de agosto, lograron las tropas españolas dominar la isla,  se preparó la logística para rodear el castillo e iniciar el sitio en torno al castillo, último reducto a someter.

Durante los meses posteriores al desembarco fueron llegando refuerzos de tropas españolas que aumentaron hasta un total de 10.411. El 18 de octubre arribó a la isla un contingente de 4.128 soldados franceses y alemanes —una brigada de cada nacionalidad—que agregados a los españoles sumaban 14.539 hombres. Los ingleses, al comenzar el asedio, contaban con una guarnición de unos 2.600 oficiales y soldados.

Se iniciaron una serie de preparativos que permitieran instalar cañones alrededor de la fortaleza y atacarla con la artillería pesada. El 6 de enero, se iniciaron los disparos desde las baterías. El castillo aguantó un mes.  El 6 de febrero de 1782, el teniente general británico James Murray entregaba el castillo de San Felipe, en Mahón, al teniente general del Ejército español duque de Crillón, pasando la isla de Menorca a formar parte de la Corona española.

El 25 de marzo del mismo año, la expedición española retornó a Algeciras.

Murray fue acusado de negligencia por su segundo, teniente general William Draper, por lo que fue sometido a un consejo de guerra en el que fue absuelto.

Con motivo de la victoria, el rey Carlos III ordenó que, en la fiesta de la Epifanía, los virreyes, capitanes generales, gobernadores militares y otros jefes de unidades reuniesen a las tropas bajo su mando y les transmitieran su felicitación. Se instauraba así la tradicional Pascua Militar, cuyos festejos continúa hasta nuestros días.

La reconquista de Menorca y la reposición a la soberanía española fue ratificada por el Tratado de París del 3 de septiembre de 1783.

Sin embargo, volvió a ser invadida por los británicos en 1798, durante las guerras contra la Francia republicana y napoleónica y devuelta a España por el Tratado de Amiens, firmado el 25 de marzo de 1802, en virtud del cual Gran Bretaña devolvió Menorca a España, a cambio de quedarse con Trinidad en el Caribe.

De todo este trasiego de conquistadores y corsarios; de presencia francesa (apenas 7 años), y de conquista británica durante 71, quedan en la isla importantes vestigios.

Así de los franceses queda la ciudad de San Luis y una aceptable red viaria. Pero los 71 años de presencia inglesa han dejado diversas obras públicas, la ciudad de Georgetown -hoy Villacarlos, el monumento erigido a la memoria del gobernador Sir Richard Kane, cerca de Mahón, uno de los mejores administradores británicos que tuvo la isla menorquina. También en la arquitectura, mobiliario e, incluso, en las bebidas, hoy día, se percibe la influencia inglesa en Menorca. Varios de sus antiguos edificios reflejan el llamado estilo georgiano del siglo XVIII inglés, y la misma tendencia se percibe en muchos otros rasgos de la estética y las costumbres de la isla.

BIBLIOGRAFÍA

BARRO ORDOVÁS, Antonio.- “EL DESEMBARCO ESPAÑOL EN MENORCA, 1781”. Ministerio de defensa. Archivo de la Armada. 2019.

GELLA ITURRIAGA, José.- “El convoy y el desembarco español de 1781 en Menorca”. Revista de Historia Naval, 1983.

Fondos del Museo Naval de Madrid.

LOPE DE AGUIRRE

Muchas veces hemos hablado de traidores a España y también de aquellos desastres acontecidos en nuestro recorrido histórico sin los cuales nada se entendería de lo que hemos llegado a ser…y lo que hemos perdido.

Hoy traigo un personaje peculiar, considerado por muchos como un traidor a España, que sin duda lo fue, pero no sé si de la trascendencia debida a su propia historia o más bien por la tergiversación que otros traidores hicieron de sus acciones. Hablo de Lope de Aguirre.

Lope de Aguirre nació en 1511 en Oñate (Guipúzcoa) de familia hidalga. Educado en las grandes historias que llegaban de América, en las grandes conquistas y, especialmente, fascinado por la conquista del Perú de Pizarro, emprendió viaje hacia ultramar llegando a Perú en 1536. Se alistó en las huestes de Pizarro enfrentado en aquel momento con Almagro (batalla de salinas 1538). En 1544, luchó contra las tropas del virrey Blasco Núñez de Vela, enfrentado también a Pizarro. Derrotados los partidarios del conquistador, debieron huir. Aguirre lo hizo a Nicaragua. En 1551, vuelve a Perú donde, sometido a juicio, es condenado por el juez Francisco Esquivel. Rencoroso como pocos, Aguirre juró vengarse del juez, siguió su pista durante tres años. Lo encontró en Cuzco y le dio muerte. Aguirre, juzgado por este asesinato, fue condenado a muerte, pero huye y se refugia en Tucumán. Aquella pena máxima le fue conmutada al unirse a las tropas de Alvarado quien debía repeler la rebelión del encomendero Francisco Hernández Girón. Los de Alvarado fueron derrotados en la batalla de Chuquinga; además, Aguirre fue herido en un pie de manera que quedó cojo de por vida.

Harto de peleas y de seguir en la pobreza, decidió dedicarse a la búsqueda de oro, como casi todos los que iban a América. Ya lo había dicho Pizarro hacía tiempo: “Elegir ser pobres en Panamá o ricos en Perú”. Todos buscaban grandes riquezas, y desde siempre los nativos creaban historias de ciudades riquísimas, con edificios de oro y recubiertos de piedras preciosas. Todos los situaban un poco más allá de donde estaban ellos, así alejaban a los españoles del lugar. De entre todos aquellos cuentos que inventaban los indígenas para librarse de los españoles, la historia que más fraguó fue la de El Dorado.

Años después de que Francisco de Orellana se estrellara buscando El Dorado, Pedro de Ursúa, en 1560, organizó una nueva expedición. En ella se enroló Lope. El grupo de Ursúa estaba conformado por cuatrocientos soldados, que habían sido reclutados en virtud de su valentía y experiencia en campañas anteriores sin tener en cuenta su moral o su apego a la autoridad. Este detalle marcaría el terrible desenlace de la expedición: Lope de Aguirre era un buen representante de esta clase de estirpe militar: aguerrido, valiente, pero muy desobediente.

Los expedicionarios navegaron a través del río Marañón (de ahí que se autodenominaran “marañones”) con un numeroso séquito de familiares y sirvientes, entre los que figuraba la joven hija mestiza de Aguirre, llamada Elvira.

Los primeros meses de viaje por el río Amazonas no arrojaron resultado alguno, sembrando la locura entre los soldados y el odio hacia el veterano Ursúa, quien solo parecía preocuparse por su amante mestiza Inés de Atienza, que era, a su vez, hija del conquistador Blas de Atienza.

El descontento fue creciendo hasta que los marañones consideraron y llevaron a cabo el asesinato de Ursúa, el de su teniente general, Juan Vargas, y el de la amante de Ursúa, Inés, durante la noche del 1 de enero de 1561. El ideólogo de la conspiración fue Lope de Aguirre.  Sin embargo, Aguirre, eliminado Ursúa, no se proclamó líder de la expedición, sino que tal honor se lo dejó a Fernando de Guzmán, el cual se proclamó rey de la misma. Pasando los días, Aguirre se mostró disconforme también con el gobierno de Guzmán y no paró hasta acabar con él. Su locura no se desató exclusivamente contra Guzmán, sino que materializó otros muchos asesinatos y sabotajes, muertes llenas de violencia, tras lo cual, Lope alcanzó el poder del grupo. Sus fieles empezaron a ser llamados por él “los fuertes marañones”.

Eran tan sanguinarios que Uslar Pietri describe la expedición así: “Fuerzas desconocidas los atan, los arrastran, los llevan suspendidos en la zarabanda de aquella jornada sangrienta que no concluye. Cada alto está marcado por la sangre de los asesinados”[1]

Ya al mando de la expedición, en un alarde de locura propia de un tirano, se proclamó Ira de Dios, Príncipe de la Libertad y del Perú, del reino de Tierra Firme y provincia de Chile. Todos los dominios americanos se convertían, a partir de ese momento, en objetivos de conquista, y los súbditos del Rey de España pasaban a ser sus enemigos. Tan fue así que el 23 de marzo de 1561, Aguirre y sus 186 secuaces firmaron una declaración de guerra contra el Imperio español.

Tras navegar por el Amazonas, salir al Atlántico, alcanzar Isla margarita (en la actual Venezuela), y en ella la ciudad de La Asunción, y posteriormente la ciudad de Borburata (ya en el continente), decide mandar una famosa carta a Felipe II. En la que decía alguna verdad y muchas balandronadas:

Avísote, Rey español, donde hayas mucha justicia y retitud y asi cumple para tan buenos vasallos como en estas tierras tienes, aunque yo no, por no poder sufrir más las crueldades que usan estos tus Oidores, Virey y Gobernadores, he salido de hecho con mis compañeros, cuyos nombres luego diré, de tu obidencia, y desnaturándonos de nuestro natural, ques España, y hacerte en estas partes la más cruda guerra que nuestras fuerzas lo puedan sustentar y suplir. Y esto cree, Rey y señor, nos ha hecho hacer no poder sufrir los grandes pechos, y premios y castigos injustos que nos dan tus ministros, hijos y criados: nos han usurpado nuestra fama, vida y honra, ques lastima oir el mal tratamiento que se nos han hecho. Y ansi, manco de mi pierna derecha, de dos arcabuzazos que me dieron en el valle de Chuquinga con el mariscal Alonso de Alvarado, siguiendo tu voz y apellido contra Francisco Hernandez Giron, rebelde á tu servicio, como yo y mis compañeros al presente lo somos y seremos fasta la muerte, porque ya de hecho hemos alcanzado en estos reinos cuán cruel eres y quebrantador de fee y palabra; y asi, tenemos en esta tierra tus perdones por de menos crédito que los libros de Martin Lutero, pues tu Virey, marqués de Cañete, malo, lujurioso y ambicioso, tirano, ahorcó á Martin de Robres, hombre señalado en tu servicio, y al bravo Tomás Vazquez, conquistador del Pirú, y al triste de Alonso Diaz, que trabajó más en el descubrimiento deste reino que los esploradores de Moisés en el Desierto, y Piedra-hita, buen capitan, que rompió muchas batallas en tu servicio; ellos te dieron la vitoria, que si ellos no se pasaran, hoy fuera Francisco Hernández rey del Pirú, y no tengas en mucho el servicio que te escribieron tus Oidores haberte hecho, porques muy gran fábula, si llamas servicio haberte gastado ochocientos mill pesos de tu Real caja para sus vicios y maldades, que cierto son malos, y castígalos como tales.”[2]

Aguirre emprendió una matanza en lo que hoy es Venezuela, no sólo de los ejércitos que le perseguían, sino entre la población indígena, y, por si no fuera bastante, a aquellos descontentos de entre los suyos también los quitó de este mundo: murieron a garrote el gobernador, unos 25 vecinos y 14 marañones. Según Francisco Vázquez miembro de la expedición “cualquier gesto, palabra o actitud cuesta la vida”.[3]

De ahí se dirigió a Barquisimeto, un poco más abajo en el interior del mapa venezolano. Esta ciudad había sido fundada en 1556, había cambiado de nombre y se denominaba en aquel momento «Nueva Segovia de Barquisimeto».

La fama que precedía a Aguirre hizo temblar a la población que avisó a las huestes de Diego García de Paredes- uno de los grandes conquistadores españoles, fundador de la ciudad de Trujillo en Venezuela en recuerdo de su Trujillo natal en Extremadura. Además, se le considera como el precursor del derecho de asilo político en América-. García de Paredes no logra impedir que la ciudad fuera convertida en cenizas por el tirano Lope de Aguirre (volvió a edificarse en dos ocasiones más, la última y definitiva en el interior cerca de la región centroocidental de Venezuela. Actual estado de Lara), pero sí logró acorralarlo, incluso con la ayuda de alguno de los marañones hartos de la locura y tiranía de Lope. No es que los marañones fueran menos sangrientos que el supuesto rey Lope, sino que veían que la locura de este sólo los llevaba a la horca. Además, García de Paredes dejó clavadas cédulas que prometían el perdón a los hombres de Aguirre si le traicionaba. Viendo que, si Aguirre se lo proponía, y ante la menor eventualidad, los iba a matar, los marañones poco a poco fueron traicionando a Lope.  El vasco, cercado, enfermo de fiebres y sintiendo próximo su fin, cometió su última locura: apuñaló y mató a su propia hija diciéndole “Más vale que mueras como hija de rey que no que vivas y te llamen hija de traidor”. Era el 27 de octubre de 1561. Ese mismo día dos arcabuceros de los marañones le dieron alcance y le mataron.

García de Paredes dio orden de que lo descuartizaran, y su cabeza fuera expuesta en una jaula como advertencia para nuevos traidores.

Según el testimonio del fraile Reginaldo de Lizárraga fue “la bestia y tirano más cruel que ha habido en nuestros tiempos ni en pasados; mató a muchos; si se reían los mataba, si estaban tristes los mataba; no ha visto ni leído semejante ánimo de demonio”.

Si mis queridos lectores se han hecho una imagen del tipo de persona que tratamos quizá hayan pensado que Aguirre físicamente era un portento, alguien grandote y corpulento; si es así, se habrán equivocado. Este matón, revolucionario y fiero era de corta estatura, fuerte de brazos, de piernas musculosas, flaco de rostro, cara de contorno triangular y sienes muy acusadas, nariz prominente, alta, saliente, ganchuda y barbilla fuerte y puntiaguda, con aire atravesado y mirada torva, y en los retratos que se tienen de él, con barba no muy poblada.

Aguirre fue sometido a un juicio post mortem en el que fue declarado culpable del delito de lesa majestad y varios de sus seguidores condenados a muerte. Felipe II prohibió citar su nombre y declaró a sus hijos de toda naturaleza “infames por siempre jamás, e indignos de poder tener honra ni dignidad ni oficio público, ni poder recibir herencia ni manda de pariente ni de extraña persona”.

Pero la peor consecuencia de la locura de Lope de Aguirre no se la debemos tanto a él como a Simón Bolívar que quiso ver en este loco salvaje al precursor de la independencia de Hispanoamérica, dejando por escrito que: “la rebelión de Aguirre fue la primera declaración de independencia en una región de América”.

No es verdad, Lope no fue un ejemplo a seguir ni precursor de nada, salvo de la vida en un frenopático. Lope fue un loco de atar que, en su huida hacia delante, ávido de riquezas y poder encontró en el enfrentamiento con Felipe II la justificación de su acción sediciosa.

De hecho, Javier Reverte en su libro “El río de la desolación: un viaje por el Amazonas”, dice de Aguirre: “Es probable que muy pocos seres humanos hayan sido tan malignos en la historia como Lope de Aguirre, o al menos tan conscientes de su iniquidad. Era un hombre que parecía amar la maldad y que, cuando menos, hizo de ella su causa y bandera”.

 La fama de Aguirre ha trascendido fronteras e incluso llevada al cine, por ejemplo,  en 1972 en la película “Aguirre, la cólera de Dios” del director alemán Werner Herzog. También la expedición de Ursúa y Lope de Aguirre tiene reflejo en la película “ El dorado” de Carlos Saura de 1988.

BIBLIOGRAFÍA

REVERTE, Javier. – El rio de la desolación: un viaje por el Amazonas”. Plaza & Janes editores. 2004

ROJO PINILLA, Jesús. – “Grandes traidores a España”. Ed Gran Capitán. 2017

USLAR PIETRI, Arturo. – “El camino de El Dorado”. Ed Martínez Roca. 1997

VÁZQUEZ, Francisco. – “El Dorado. Crónica de la expedición de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre”. Alianza Editorial.2007

[1] USLAR PIETRI, Arturo. – “El camino de El Dorado”. Ed Martínez Roca. 1997

[2] https://es.wikisource.org/wiki/Carta_de_Lope_de_Aguirre_a_Felipe_II

[3] VÁZQUEZ, Francisco. – El Dorado. Crónica de la expedición de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre. Alianza Editorial.2007

El Camino Español

Lo que hoy son los Países Bajos, formaron parte de la corona española y sometidos a una sola autoridad desde la herencia borgoñona de Carlos I de España hasta la paz de Westfalia en 1648. Aquella zona nunca fue pacífica.

La primera vez, y casi la última, que todos los Países Bajos (que se conformaban aproximadamente por los actuales Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo, más una pequeña zona del Norte de Francia y otra del Oeste de Alemania) estuvieron unidos fue bajo el poder de los Habsburgo, con Carlos V y su hijo Felipe II. Estas provincias fueron rebeldes desde que a ellas llegaron los vikingos, y a nuestro Carlos I le dieron tantos quebraderos de cabeza- como vimos en las primeras entradas de este blog- que intentó apaciguarlas, cosa que no logró, dotándolas de una considerable autonomía en 1549. La situación en los Países Bajos se volvió más tensa con Felipe II por sus intentos de reforzar la persecución religiosa de los protestantes y sus esfuerzos por centralizar el gobierno, la justicia y los impuestos. Realmente ambos problemas eran el mismo. Desde la reforma, los príncipes protestantes apoyaron la causa luterana por ver en ella un modo de independizarse del poder español.

En la segunda mitad del siglo, los calvinistas se levantaron contra la corona española en Flandes. Dichos revolucionarios calvinistas se dedicaban a entrar en lugares sacros, principalmente iglesias y conventos católicos para destruir sus representaciones de arte.  Su actuación era tan poco adecuada que en muchos lugares los luteranos prefirieron mantenerse al lado de España por considerar mucho más peligrosos a los calvinistas y porque tampoco se fiaban de los franceses que andaban peleándose católicos contra hugonotes.

La explosión del problema calvinista y sus revueltas tiene lugar en 1566, siendo gobernadora de las provincias Margarita de Parma, hija natural de Carlos V. Margarita venía siendo asesorada por el ministro español Cardenal Granvela. Los motivos del malestar holandés fueron dos, por un lado, la subida de impuestos que contó con una oposición cerrada de los calvinistas y, por otro, la intransigencia religiosa de Granvela; si bien, los calvinistas no eran más transigentes que el cardenal español y, como hemos señalado, utilizaron el conflicto religioso para provocar movimientos independentistas. La destitución del cardenal a petición de los revolucionarios, que tuvo lugar en marzo de 1564, dejó el control de los asuntos de Flandes en manos del Consejo de Estado, cuerpo dominado por la alta nobleza flamenca. Pero ni la autonomía dada en su día, ni la retirada de Granvela calmaron la situación, de modo que, en 1566, el malestar era insoportable y la solución indefectiblemente pasaba exclusivamente por dos opciones: o ceder ante los revolucionarios o reprimir la sublevación.

Dado que los actos de cesión nunca sirvieron para mejorar las cosas, Felipe II optó por enviar las tropas españolas a Flandes bajo el mando del Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. Se inicia así la guerra de los 80 años.

El primer problema que debía solventar el Duque de Alba era cómo llegar en el menor tiempo posible a Holanda para sofocar las revueltas.

Tradicionalmente, el traslado de personas y mercancías se hacía por mar desde los puertos cantábricos hasta los Países Bajos. En los primeros años del reinado de Felipe II, la potente armada española, podía navegar con cierta seguridad por el Canal de la Mancha debido al apoyo inglés- no olvidemos que Felipe II estaba casado con María I de Inglaterra-.  Navegar bajo el cobijo de los puertos ingleses, incluido el puerto de Calais, entonces en manos anglosajonas, nos permitía dominar el océano. Pero, en 1558, dos acontecimientos cambiaron nuestra suerte: primero, los franceses se hicieron con el puerto de Calais y, segundo, el fallecimiento de María I de Inglaterra, llevó al trono inglés a Isabel I, poca amiga de los católicos y de España.  El tránsito por mar desde España a los Países Pajos dejó de ser recomendable.

En 1568 la situación se recrudeció por el ataque directo a nuestros barcos realizado por los ingleses y por la armada de los Hugonotes franceses asentados en La Rochelle, a la que se unieron los barcos de los habitantes de los Países Bajos expulsados por España por haber tomado parte en las revueltas de 1566-67, y a los que se les conocía como “ mendigos del mar”.

Existía otro factor digno de consideración, la mayor parte de la guarnición del ejército español se encontraba en Italia y, por tanto, las rutas terrestres para llegar a Flandes eran más aconsejables.

La idea de utilizar rutas terrestres nació de Granvela, cuando aún estaba en los Países Bajos, su intención era facilitar la llegada de Felipe II a aquel territorio de su corona que estaba tan alejado de la Corte. La ventaja que ofrecía esta opción era que transitaba casi enteramente por territorios españoles o aliados de la Monarquía Hispánica. Se utilizaron caminos ya utilizados por mercaderes y otros viajeros. La ruta fue utilizada por primera vez en 1567 por el duque de Alba en su viaje para convertirse en el nuevo gobernador de los Países Bajos. Pero el paso de una persona no requiere los mismos preparativos que los de todo un ejército.

Hacer posible una ruta terrestre entre Milán y Flandes (unos 1.000 km), que fuera útil para el paso de las tropas, fue una genialidad logística-militar revolucionaria para su época, que hay que atribuir al Duque de Alba. Consiguió mover a través de toda Europa a cientos de miles de tropas españolas a un ritmo que no se volvió a alcanzar hasta más de 200 años después durante las Campañas Napoleónicas. Esta ruta, con sus diferentes variantes se conoce como “Camino español” o “Camino de los Tercios”

Para preparar la primera ruta, el duque de Alba contaba con un equipo de unos 300 zapadores con la tarea de ir abriendo ensanches en las carreteras de los desfiladeros y estrechos pasos de montaña que habrían de recorrer las tropas, construyendo y desmontando puentes improvisados a su paso. Incluso se hizo con un pintor que acompañaba a la expedición para dibujar mapas y vistas panorámicas de la ruta de los ejércitos. Además, se solían contratar guías para cada región. El guía del de Alba fue Fernando de Lannoy, quien realizó un mapa tan preciso del Franco-Condado que el duque bloqueó su publicación durante diez años para mantener en secreto las rutas establecidas.[1]

Esa operativa de preparar el camino con antelación y tener mapas precisos en los que estuvieran perfectamente situados los puentes, los vados, los transbordadores… que comunicaban las diferentes localidades fue esencial para el éxito de la empresa. Los jefes militares hacían uso de dichos mapas para cruzar los distintos territorios, pero cuando se carecía de ellos, se contrataban guías locales que eran los encargados de conducir a las tropas por su propia región.

Especialmente importante fue la configuración de las “etapas” que, en el ámbito mercantil, ya utilizaban los comerciantes. Eran zonas de reposo, con la suficiente dignidad como para alojar a los viajeros, con comida adecuada e incluso zonas de almacenaje y suficientemente seguras como para realizar sus transacciones comerciales. En el siglo XVI, se adaptan a fines militares, siendo los franceses los primeros en utilizarlas en determinadas zonas de su territorio. El Duque de Alba se sirvió de algunas de aquellas etapas francesas y creó y adaptó otras para completar el camino hasta Flandes.

Aquel sistema establecía pueblos en el camino en el que las tropas recibían las provisiones, tenían camas para descansar y asearse. Había “encargados de la etapa”, junto con “comisarios ordenadores”, responsables del alojamiento de los soldados y de sus familias (muchas veces los soldados españoles viajaban con su mujer e hijos). Se emitían billetes de alojamiento que servían para controlar en cada hospedaje el número de personas que se iban a alojar, los caballos que iban a acomodar en las cuadras etc. Esos billetes se presentaban al recaudador local que procedía a su pago, por el precio acordado con antelación y firmado en un documento contractual. Para ello cada expedición era precedida por un comisario que negociaba con los gobiernos locales el itinerario, las zonas de alojamiento, los víveres y el precio. Si había más de una oferta se estudiaban y elegía la más favorable a los intereses del ejército. El acuerdo se estampaba en una “capitulación”. Habitualmente los víveres que se entregaban a cada soldado era: agua, sal, aceite para las armas y vinagre, así como 226 g de carne (por día), 115 g de bacalao seco, 290 gramos de pan, un litro de vino (por cabeza), así como fruta y verduras. A los animales, se les proporcionan 20 kilos de paja y grano.

Cuando había que transitar por zonas más montañosas, en el acuerdo figuraban también los medios para que los soldados llevaran sus pertrechos personales, las armas de mano y los cañones: mulas, burros o carretas…

Otro de los factores que contribuyeron a mejorar la marcha fue la fragmentación de la expedición en grupos de no más 3.000 soldados, que salían de manera escalonada en el tiempo a fin de no saturar los lugares de alojamiento.

Un agente de la Corona española dejaba en la etapa correspondiente a una persona de confianza para asegurarse del cumplimiento de lo pactado y garantizar que el suministro de las tropas se pudiese realizar.

Cada expedición, era acompañada por una legión de diplomáticos cuya misión era asegurar a las élites y a la nobleza de las provincias recorridas que las intenciones de los Tercios, para con ellos, no eran combativas y que no habría aldeas y pueblos saqueados. Sí, los hubo, pero, en esos casos, el Duque cumplió su palabra de castigar con la muerte a los soldados españoles que incumplieron estas órdenes.

Con todo preparado, la operativa del viaje se presentaba del siguiente modo: de un lado, se encontraban las tropas sitas en Italia y, de otro, las que estaban en España. Para estas últimas se trazó la siguiente ruta: se embarcaban a los tercios situados en el sur de España en Cartagena y se les transportaba por mar hasta Barcelona, donde se unirían al resto de unidades allí destinadas o llegadas de las provincias norteñas de España. Desde ahí, juntos, embarcarían por el Mediterráneo hasta Génova.

Génova aceptaba gustosa el paso de las tropas españolas, primero porque sus banqueros tenían grandes negocios con la Corona española y segundo porque su archienemiga Venecia, tenía un pacto con Francia, así que la presencia española les daba seguridad.

El trayecto seguía por el ducado de Milán, territorio español, y, después, cruzaba los Alpes por Saboya. Saboya se mantenía neutral en las disputas entre Francia y España, pero viendo la fortaleza del ejército español les dejaba pasar dirección norte, sin oponer dificultad alguna. Además, Felipe II, para asegurarse el paso, casó a su hija Catalina Micaela con el duque de Saboya, Carlos Manuel I. Desde saboya transitaban por el Franco Condado, que era territorio español, hasta llegar al Ducado de Lorena que era neutral y, aunque en principio, no tenía razones para favorecer a España frente a Francia, desde 1552 cuando Francia se hizo con los arzobispados de Metz, Toul y Verdún, quedándose con una parte importante del territorio de Lorena, el paso de las tropas españolas era casi un seguro de vida- y lo fue durante mucho tiempo-. Así llegaban los Tercios a Luxemburgo, territorio español, y sólo faltaba traspasar el territorio del Obispado libre de Lieja, que, si bien no era territorio español, sus problemas con los protestantes les acercaban a las posiciones españolas, de ahí que normalmente los Tercios fueran bien acogidos. Desde allí a Bruselas era casi un paseo.

La preparación anticipada de caminos, provisiones y transporte, la actividad diplomática… aumentaba la rapidez en el traslado de las tropas.  Si no había alteración, un regimiento podía hacer el viaje desde Milán a Flandes en 6 semanas y hay constancia de expediciones que no tardaron más que 32 días. La duración media era de 48 días.

El camino tuvo que hacer pequeños cambios en su itinerario a medida que los acontecimientos históricos le obligaron. Así, la revuelta de la Valtelina en 1618 había posibilitado al gobernador de Milán establecer guarniciones españolas en ese valle estratégico que unía Milán con Austria, y la revuelta de Bohemia, en el mismo año, dio lugar a que nuestro gran general Ambrosio Spinola, ocupar el palatinado y se asegurase los pasos del Rin, lo que permitía a España consolidar su control sobre el camino español alejándolo de las presiones francesas.

 El camino se utilizó de manera regular hasta 1634.

Durante todo ese tiempo, la Corona española envió por el camino español más de 123.000 hombres entre 1567 y 1620, en contraste con los 17.600 que llegaron por vía marítima en el mismo periodo. Ese tránsito de soldados, su alojamiento y la seguridad que reportaban, fue un factor esencial para lograr el dinamismo económico en los territorios en su recorrido y para el respeto de sus fronteras. La desaparición del Camino supuso un cambio en la propia fisonomía de Europa: Alsacia, Lorena y Franco-Condado sufrieron tanto su desaparición que, finalmente fueron absorbidos por Francia.

El Camino Español sigue siendo un ejemplo de cómo llevar a cabo una logística militar perfecta.

BIBLIOGRAFIA

KAMEN, Henry. “Felipe de España”. Ed Siglo XXI.1997.

MARTÍNEZ LAÍNEZ, Fernando. “Una pica en Flandes. La epopeya del Camino Español.” EDAF. 2007

NÚÑEZ SÁNCHEZ, Javier. – “El Camino Español y los corredores militares del Imperio”. Febrero de 2017.

SÁNCHEZ, Jorge. “El camino español. Un viaje por la ruta de los Tercios de Flandes” Ed. Dilema. 2014

 

[1] Javier Núñez Sánchez: “El Camino Español y los corredores militares del Imperio”. Febrero de 2017