GIBRALTAR, ESPAÑOL.

El pasado 4 de agosto, se cumplían 318 años de la toma de Gibraltar por parte de los ingleses, y ahí siguen. Ni con Brexit ni sin él tienen nuestros males remedio. Analicemos los orígenes del conflicto y su evolución.

Ya vimos como la muerte de Carlos II trajo consigo el inicio de una guerra de Sucesión con dos pretendientes principales, uno francés, Felipe V, y, otro austríaco, el archiduque Carlos. (https://algodehistoria.home.blog/2022/09/30/como-se-fraguo-la-sucesion-de-carlos-ii-el-hechizado-el-cardenal-portocarrero/). A este último le apoyaban los holandeses y los ingleses que, desde que descubrieron las ventajas comerciales del imperio español, no hicieron otra cosa que dar la lata hasta apoderarse de él; cuando no es creando la leyenda negra, es aliándose con nuestros enemigos y, cuando no, nos torean como si Curro Romero hubiera nacido en Londres.

En el inicio de la Guerra de secesión, el 1 de septiembre de 1704, una escuadra anglo-holandesa mandada por el almirante Rooke, asalta, en teoría en nombre del archiduque Carlos, la plaza de Gibraltar. Los asaltantes se presentan con 70 barcos bien armados, los defensores son 80 españoles llenos de coraje y dignidad- nuestra historia está llena de militares y ciudadanos gallardos, y muy pocos gobiernos a la altura de ellos -. El gobernador de Gibraltar, Diego Salinas, tras recibir el bombardeo con miles de balas de cañón, se rinde, pero se niega a reconocer la autoridad del archiduque, motivo por el que conduce a todos los ciudadanos que así lo deseen a la cercana ciudad de San Roque.

En el peñón, Rooke no extendió la bandera del Archiduque sino la inglesa. Las hostilidades siguieron hasta que el bando francés gana el trono español para el nieto de Luis XIV, Felipe V, quien firma el tratado de paz que pone fin a la Guerra de Sucesión española: Tratado de Utrecht.

El Tratado de Utrecht o Paz de Utrecht fue, en realidad, un conjunto de tratados firmados entre los países antagonistas en la Guerra de Sucesión Española (1701-1713), pero tomó el nombre de la ciudad holandesa –Utrecht– en que se rubricó el primero de dichos acuerdos, el 11 de abril de 1713. Él final de la guerra con Austria se consolidó por los tratados de Rastatt y Baden firmados en 1714. A ellos se unen otros 19 acuerdos comerciales y territoriales.

Territorialmente, España cedió a Gran Bretaña Menorca y Gibraltar. Menorca la recuperamos definitivamente por el tratado de Amiens en 1802. Por el contrario, los ingleses han entendido que el Peñón es de ellos para siempre. Lo cual, no me negará el lector, es muy “British”, no hay más que ver el contenido del Museo británico, para comprender qué entiende un inglés sobre lo que es suyo.

Desde 1713, España ha intentado recuperar sin éxito este enclave estratégico, unas veces por la fuerza: por ejemplo, en el siglo XVIII, España sometió a Gibraltar a constantes asedios. En el más importante de ellos, entre 1779 y 1783. En otras ocasiones, por medios diplomáticos, pero siempre sin éxito. Hemos fracasado a pesar que los ingleses han incumplido el tratado de Utrecht en casi todos sus puntos.

La cesión se reconoce en el artículo X del tratado de Utrecht:
“El Rey Católico [Felipe V], por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”.

Añadía el tratado que la propiedad se cedía “sin jurisdicción territorial y sin comunicación abierta con el país circunvecino por parte de tierra”.

Y añadía un tercer elemento al acuerdo:

“Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender o enajenar, de cualquier modo, la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla”

Por lo que hemos expuesto, la cesión se acordó con tres condiciones clave: (1) la limitación del territorio cedido; (2) la falta de comunicación con zonas vecinas; y (3) el derecho de retrocesión a España en caso de que Gran Bretaña quisiera cambiar el régimen pactado.

Además, el tipo de cesión realizada explica que el Reino Unido no disponga de una soberanía plena sobre el territorio, sino, que dispone solo de una “propiedad” que le da derecho al uso, pero no a la enajenación.

La primera de esas condiciones, es decir, la de la limitación del espacio cedido al castillo y ciudad, impide considerar como legítimo el avance británico por el istmo. En un primer incumplimiento, la presencia británica en esta zona data del Siglo XIX y la construcción de una verja, en 1909, para parar el avance inglés no impide que la ocupación británica de la lengua de tierra sea ilegal. Realmente hoy Gran Bretaña disputa el acuerdo considerando que tiene derecho a la tierra, al espacio aéreo y al mar- 12 millas territoriales de alrededor-.

España se ciñe en su defensa al contenido literal del Artículo X, por lo que mostró su oposición a la presencia británica en la lengua de tierra y también contra la construcción del aeropuerto en 1938, pues se encontraban fuera de la demarcación establecida en Utrecht. Quizá uno de los mayores logros españoles se consiguió en 2013 cuando los representantes del Ministerio de Fomento sacaron adelante, en la negociación del reglamento europeo sobre el cielo único europeo, el compromiso de que el aeropuerto de Gibraltar no tuviera jurisdicción al respecto y todos los aviones que utilizaran la infraestructura gibraltareña, requirieran la autorización previa española.

Esa posición española vino después de miles de actos de buena voluntad en el proceso negociador, como se reconoce en el acuerdo de Londres de 2 de diciembre de 1987 sobre la utilización conjunta del aeropuerto (que nunca llegó a aplicarse). Igualmente, el posterior acuerdo de Córdoba, de 18 de septiembre de 2006, se refiere, esencialmente, a cuestiones ligadas al aeropuerto, dejando claro que esos acuerdos buscan “la solución de problemas concretos, pero no tienen ninguna repercusión en absoluto en lo que atañe a la soberanía y a la jurisdicción”.

Algo parecido pasa con las aguas jurisdiccionales. La gran obsesión del Gobierno británico ha sido consagrar que las aguas que rodean el Peñón son de soberanía inglesa, algo que España no acepta, porque en Utrecht sólo se cedieron las aguas del puerto de Gibraltar. Para hacer ver que son de su Poder, el Gobierno británico no pierde ocasión de denunciar supuestas violaciones españolas de “sus” aguas jurisdiccionales, que realmente son “nuestras” aguas jurisdiccionales y ellos los violadores.

Esta cuestión de las aguas tiene directa relación con la segunda condición: el aislamiento por tierra de Gibraltar.

El artículo X subraya que la ciudad debía abastecerse por mar y solo en caso de que ese tráfico fuera interrumpido se permitiría comprar en España las mercancías necesarias para evitar “grandes angustias, siendo la mente del Rey Católico sólo impedir, como queda dicho arriba, la introducción fraudulenta de mercaderías por la vía de tierra. se ha acordado que en estos casos se pueda comprar a dinero de contado en tierra de España circunvecina la provisión y demás cosas necesarias para el uso de las tropas del presidio, de los vecinos y de las naves surtas en el puerto” Es decir, quedaba claro que se trataba de un intercambio humanitario en caso de ser necesario, pero no de mantener un negocio permanente.

Hasta 1985, España tuvo aislado a Gibraltar y sólo la inclusión en la Unión Europea (en adelante, UE) permitió avanzar en los intercambios en un proceso de negociación bilateral. Negociación que ha sido otro fracaso porque mientras España no ha logrado gran cosa, los ingleses sí han conseguido que Gibraltar se convierta en un centro de negocios, un centro de servicios internacionales y un lugar más cercano al paraíso fiscal que a otra cosa. Alterando y violando, de nuevo, el tratado de Utrecht, con el agravante de que la población española de alrededor se lucra de esta presencia británica y del comercio de la zona, lo que dificulta volver a aislar el Peñón.

La decisión española de terminar el aislamiento por tierra de Gibraltar pretendía, sobre todo, avanzar en las negociaciones sobre la retrocesión, la tercera condición del acuerdo.

El tercer pacto establecido en Utrecht es el más importante, y también ha sido incumplido, pues el gobierno británico ha intentado la enajenación, a la que no tiene derecho, en dos ocasiones:

El primer intento de cambio de régimen tuvo lugar en la década de 1960, cuando se buscó la descolonización al amparo de Naciones Unidas. Porque fue la propia Gran Bretaña la que incluyó a Gibraltar en el listado de colonias existentes en el mundo en un listado enviado a las Naciones unidas en cumplimiento de la Resolución 1.514 de la Asamblea general del 14 de diciembre de 1960, conocida como Carta Magna de la Descolonización, en la que se reconoce el derecho a autodeterminarse de todas las colonias. Y que sigue en tal situación lo demuestra que en todas las Asambleas Generales desde entonces vuelve a debatirse el tema. Ya en la resolución 2.353 (XXII) del 19 de diciembre de 1967 se indicó cómo tenía que hacerse tal descolonización: “Por negociaciones entre los gobiernos español y británico”, teniendo en cuenta que “toda situación colonial que destruya parcial o totalmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los principios y propósitos de la Carta de Naciones Unidas”. Esta misma resolución señaló que no es posible ni la cesión a terceros ni la independencia. Londres se niega. De hecho, esa Asamblea dicta su resolución tras la consulta que, en aquel en el mismo año de 1967, los británicos plantearon en el Peñón y por la cual los gibraltareños respaldaron en su gran mayoría la independencia. Naciones Unidas entendió que el referéndum contravenía la petición previa de España en la ONU, los derechos de nuestra nación y, por ello, instaba a seguir con las negociaciones.

El segundo instante vino de la mano de la “Orden Constitucional el 23 de mayo de 1969” que mantenía la consideración de Gibraltar como colonia de la Corona, pero con una cierta autonomía en su gestión interna, mientras que cuestiones clave como la defensa y las relaciones exteriores quedaban en manos del Reino Unido. Se trata de una carta otorgada, en cuyo preámbulo se contiene el compromiso unilateral de respetar la voluntad de los gibraltareños y que se expresó de manera más contundente en la reforma constitucional de 2006, que introduce el derecho de autodeterminación de los gibraltareños. Recordemos que el tratado de Utrecht habla del territorio y no de los ciudadanos, de ahí que dispusiera la reversión a España si Gran Bretaña lo abandonaba. Es más, lo que plantea el tratado es la preferencia española sobre el territorio antes de que se enajene, con la simple intención, tendríamos esa opción. Una especie, en el ámbito internacional, del derecho de tanteo de nuestra Ley de Arrendamientos Urbanos (salvando todas las distancias, claro está). Esa idea de abandono británico se ha plasmado en la Constitución de 2006 y, por tanto, legalmente, la cesión de España habría terminado y tendríamos que recuperar los derechos soberanos sobre el territorio cedido.

En términos jurídicos, también la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya favorece el título español frente a la ocupación física del terreno (¿deberíamos decir Okupación, para ser más gráficos?). Pero los ingleses han hecho caso omiso, al igual que al resto de resoluciones de la ONU.

Los dos momentos en los que la negociación sobre el retorno del Peñón, ya estando en democracia, tuvieron más fuerza fueron en los años 80 tanto con los gobiernos de UCD, como con los socialistas de Felipe González y posteriormente durante el mandato de José maría Aznar. En este último caso, debido a su amistad con Tony Blair se logró un acuerdo de cooperación policial y la esperanza de un estatuto pactado de cosoberanía durante una etapa transitoria, proyecto que nunca se vio plasmado en un documento público. El debate sobre esta posibilidad en la Cámara de los Comunes fue muy criticado y posteriormente sometido a referéndum de la población gibraltareña. El referéndum logró un enorme rechazo a la opción de la cosoberanía. Dando lugar a la promesa británica de no hacer nunca nada que no quisieran los ciudadanos del Peñón.

El Brexit creó una nueva oportunidad. Gran Bretaña había logrado meter a Gibraltar en la UE como “territorio cuyos asuntos externos lleva un estado miembro”. Pero al salir el Reino Unido de la UE, debía salir salía su colonia, o quedaría a merced de España. En un alarde de habilidad negociadora, y vendiendo el camelo, como siempre, los ingleses han logrado que se quede en el “espacio Schengen” o territorio fiscal europeo. Pero esta situación no gusta a Bruselas, que no quiere tener a los ingleses en su frontera sur con una base militar abierta, con submarinos nucleares y manejando el tráfico del estrecho. Por eso, la UE exige que en su puerto y aeropuerto haya aduanas para controlar las mercancías y personas que entren en Europa, dando a España esa responsabilidad.

A día de la fecha de esta entrada se sigue negociando el estatus que va a tener el Peñón, pero con la peculiaridad mantenida por el Ministerio de exteriores español de que se busca un acuerdo a tres bandas (UE, España, Reino Unido- en algunos momentos, en la época de Zapatero, Reino Unido tuvo el valor y España lo aceptó de convocar a un representante de Gibraltar en la mesa, al mismo nivel de responsabilidad-) con la creación de una “zona de prosperidad compartida”. Traducido por los británicos como “prosperidad compartida en todo el campo de Gibraltar”. A lo que nadie en el gobierno español ha contestado. Al contrario, nuestro ministro de Exteriores ha señalado: “Vamos hacia un nuevo modelo de prosperidad compartida en todo el Campo de Gibraltar”. Es decir, parece que la posición española, lejos de defender que Gibraltar, por incumplimiento del tratado de Utrecht, ya es español, se viste con la piel de la versión británica. Deberemos andarnos con ojo, porque con estos entendimientos y negociaciones, los ingleses pretenderán quedarse con toda Andalucía. Ya sabemos cómo describen los diplomáticos la forma de negociar de los británicos: “primero se pacta que se quedan con nuestro reloj y, después, ellos, en contraprestación negociadora, nos dan la hora”.

Llevamos más de 300 años recibiendo la hora de los británicos con nuestro reloj. A ver si espabilamos, porque no parece que, ni con el Reino Unido en sus horas más bajas, aprendamos. Si no reaccionamos nosotros confiemos que, esta vez, la UE haga algo más, aunque sólo sea por no tener un mosquito dando con el aguijón en la frontera sur. Bastante tienen con la irlandesa.

BIBLIOGRAFÍA
CALVO POYATO, José. “Los Tratados de Utrecht y Rastatt: Europa hace trecientos años”. Dendra médica. Revista de Humanidades. 2013.

CARRASCAL, José María. “La batalla de Gibraltar”. Ed Actas. 2012.

https://noticiasgibraltar.es/documentacion/1967-resoluci%C3%B3n-2353-de-la-asamblea-de-las-naciones-unidas

https://www.elmundo.es/elmundo/2001/03/15/espana/984660136.html#top

El Reino Unido y la Unión Europea: historia de una relación interesada.

Dicen los que entienden de esto que los matrimonios provocados por el interés son los que más duran, si dura el interés. Este podría ser el resumen de la incorporación del Reino Unido de Gran Bretaña a la Unión Europea (UE) y de su salida: se acabó el interés, se rompió la unión.

Si el Imperio Británico fue un compendio de dominios, colonias mercantiles, protectorados, mandatos y sólo 4 colonias de asentamiento, es decir, todo un conglomerado comercial, su ingreso en la UE tuvo la misma visión mercantilista.

Se suele señalar a Churchill como uno de los ideólogos de la unión de los países europeos, y así fue. Pero si analizamos atentamente los postulados de estadista británico veremos que su idea de unidad europea se fundamentaba en la unidad de los otros, sin ellos.

Winston Churchill, en un celebrado discurso en la Universidad de Zúrich, el 19 de septiembre de 1946, proponía, para resolver el problema de la atormentada Historia del continente europeo, la creación de unos Estados Unidos de Europa. Sin embargo —en su visión— el Reino Unido no debería participar en este proceso, sino que debería apoyarlo desde fuera, al igual que deberían hacerlo también los Estados Unidos de América y la Unión Soviética. En su visión, este proceso de integración política debería ser liderado por Francia y Alemania, países que precisamente habían estado en el origen de las grandes confrontaciones que habían ensangrentado Europa en los últimos cien años”. [1]

Así decía Churchill: “[…] debemos recrear la familia europea en una estructura regional denominada, puede ser, los Estados Unidos de Europa […] En esta tarea urgente, Francia y Alemania deben tomar juntas la dirección. Gran Bretaña, la Commonwealth británica, la ponderosa América —y, yo creo, la Rusia Soviética […]— deben ser los amigos y los promotores de la nueva Europa y deben defender su derecho a vivir”. [2]

Quizá fue el Presidente francés Charles De Gaulle, el que mejor comprendió la posición británica y, por ello, fue el que más se opuso al ingreso británico en las comunidades.

En algo tenía razón Churchill, la Unión Europea nació con el anhelo de acabar con los frecuentes conflictos entre vecinos que habían culminado en la II Guerra Mundial (en adelante, IIGM). El 23 de julio de 1952, se funda en París la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) es el primer paso para una unión económica y política. Sus seis países fundadores fueron: Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países bajos. En 1957, se firma el Tratado de Roma, por el que se constituyen la Comunidad Económica Europea o Mercado Común (CEE). Completaba el tridente institucional originario la Comunidad Europea de la Energía Atómica. Por el tratado de Bruselas firmado el 8 de abril de 1965, se fusionan los Ejecutivos de las tres instituciones, se crea de este modo, una sola Comisión europea y un solo Consejo para las tres comunidades. El tratado de fusión, o tratado de Bruselas, está considerado como el principio de la actual Unión Europea. Entró en vigor el 1 de julio de 1967.

Cabe recordar dos entradas de este blog sobre la creación de una conciencia europea.

https://algodehistoria.home.blog/2019/09/13/creacion-de-una-conciencia-europea-1/

https://algodehistoria.home.blog/2019/09/19/creacion-de-una-conciencia-europea-2/

El Reino Unido no tuvo interés alguno en entrar en ninguno de los tratados fundacionales. Para ellos el ideal seguía siendo el espléndido aislamiento de siempre.

Ese ideal de unión política y económica sufrió una alteración en su orden siendo la unión económica el primer paso a dar para lograr, con el tiempo y de manera paulatina, la integración política. Ese cambio en el orden de integración permitió que algunos países reticentes decidieran ingresar en la Unión. No es casualidad que la primera ampliación se diera en 1972 cuando el estancamiento económico se dejaba sentir.

El Reino Unido, junto con Dinamarca e Irlanda, ingresó en las CEE el 1 de enero de 1973. El Tratado de Adhesión se había firmado en Bruselas un año antes, el 22 de enero de 1972. De aquel acuerdo participaba también Noruega, pero el gobierno noruego decidió someter el acuerdo a referéndum y, el 25 de septiembre de 1972, los ciudadanos noruegos lo rechazaron.

En el caso británico el proceso se había iniciado en 1961, cuando el Primer Ministro conservador Harold Macmillan presentó la primera solicitud de adhesión a las Comunidades europeas.

Era la primera vez que Bran Bretaña se acercaba a la Unión. Había sido invitada a participar en los procesos institucionales previos, pero nunca aceptó, incluso cuando Francia envió un ultimátum en 1951 antes de la creación de la CECA, reusó entrar. Al contrario, lo que promovió fue una asociación económica alternativa a la CEE, la EFTA (-Acuerdo Europeo de Libre Comercio- creado el 4 de enero de 1960 por Austria, Dinamarca, Reino Unido, Noruega, Portugal, Suecia y Suiza. Actualmente sigue existiendo y sus miembros son Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza).

Sin embargo, las condiciones económicas cambiaron, la nacionalización del Canal de Suez y la consiguiente retirada del Reino Unido de la zona, supuso la pérdida de su condición de potencia dominante que, si bien ya se había escenificado en los tratados de paz de la IIGM, ahora se hacía patente a ojos vista de todos, mucho más cuando sus antiguas colonias comenzaron a independizarse. A esa situación se unió el hecho de que la economía de los países de la CEE crecía mientras en la EFTA se estancaba. A Gran Bretaña le hacía falta un mercado donde colocar sus productos, el de la CEE abarcaba 300 millones de personas, el de la EFTA a 90. Sin imperio, sin el dominio de los mares, sin un mercado amplio, la situación económica británica era delicada, requería un revulsivo, y fue a buscarlo a la CEE.

Ya hemos señalado que quien mejor conocía las aspiraciones británicas era De Gaulle y el presidente francés vetó el ingreso inglés. De Gaulle afirmó que la entrada de Gran Bretaña cambiaría por completo las reglas establecidas en las Comunidades: “Eso sería entonces otro mercado común del que deberíamos considerar su construcción. Pero […] no se parecería en nada al que han construido los seis. Por otra parte, esta Comunidad, aumentando de esta manera, vería como se le plantearían todos los problemas de las relaciones económicas con todo tipo de otros Estados y principalmente con los Estados Unidos. […] por ello, en definitiva, parecería una Comunidad Atlántica colosal bajo la dependencia y dirección americana, que habría de absorber pronto a la Comunidad de Europa. […] pero eso no es en absoluto lo que ha querido hacer y que ha hecho Francia, que es una construcción propiamente europea”. [3]. Detrás de estas palabras está el deseo francés de resucitar su antiguo poder en el mundo como gran potencia. Si aquello hubiera sido una ópera, hubiéramos estado ante una guerra de divas.

Tras las elecciones británicas de 1966, los laboristas, que llevaban en su programa el ingreso en la CEE, vuelven a reactivar la solicitud (mayo de 1967). De nuevo Francia veta a los británicos y eso a pesar de que, en esta ocasión, los ingleses se habían mostrado partidarios de colaborar en la integración europea, al menos así lo pregonaban.

La situación se desbloqueó con la llegada Georges Pompidou a la presidencia de la República francesa, el 15 de junio de 1969, y el nombramiento como Primer Ministro del Reino Unido del conservador Edward Heath un año más tarde, el 19 de junio de 1970. El acuerdo definitivo no fue fácil, pero se logró en 1972. El Gobierno británico acogiéndose a un principio de soberanía parlamentaria y basado en el respaldo popular obtenido en las elecciones, no sometió el acuerdo a referéndum, se limitó debatirlo y aprobarlo en el Parlamento. El 31 de diciembre de 1972, el Reino Unido abandonó la EFTA y, el 1 de enero de 1973, ingresó en la CEE.

En palabras del Primer Ministro Edward Heath, aquel era un momento histórico en el que la Europa Occidental avanzaría en el camino de la unidad real con Gran Bretaña formando parte de ese camino hacia la unidad. Sin embargo, la esencia de los países, como de las personas, siempre sale a la luz y al poco tiempo volvió a surgir el problema británico que no era sólo de índole económica sino, esencialmente, de cesión de soberanía.

En las elecciones de 1974, los laboristas de la mano de Harold Wilson volvieron al gobierno, con la promesa electoral de renegociar las condiciones de ingreso en la CEE y someter el acuerdo a referéndum.

La renegociación dio lugar al establecimiento de un mecanismo corrector que devolviera a Gran Bretaña parte del dinero aportado al sostenimiento de la CEE. Se trataba del conocido “cheque británico”, el primero, porque Margaret Thatcher lograría el segundo en 1985. La queja nacía por las ayudas sobre la agricultura consideradas injustas por los ingleses al tener ellos una producción agrícola muy pequeña. Una segunda parte del acuerdo consistió en ampliar el plazo para la retirada de los productos frescos y otros alimentos de la Commonwealth como productos preferentes dentro de la Unión. A pesar de que otras medidas propuestas por los británicos no se debatieron, el gobierno laborista vendió el acuerdo como un gran éxito del Reino Unido. En ese ambiente se celebró el referéndum sobre la permanencia de Gran Bretaña el 5 de junio de 1975. El sí triunfó por un 67,2% frente al 32,8% del no.

Aquí no terminaron los problemas, más bien acababan de empezar. Como siempre, la verdadera naturaleza británica fundamentada en su orgullo nacional no podía sobrevivir fácilmente en un proceso de integración. Ingresaron porque tenían un problema económico, nada más. Los 45 años de permanencia en la Unión los pasó Gran Bretaña luchando por no perder su identidad nacional y ni un ápice de su condición de Estado soberano.

El Segundo gran conflicto surgió con la crisis financiera de 1984. Para solventar los problemas económicos se llegó a un acuerdo en junio de 1984 en el Consejo Europeo de Fontainebleau y con él, el acuerdo sobre el segundo “cheque británico”, el de Margaret Thatcher, más una reforma del sistema de recursos propios de las Comunidades adicionado en mayo de 1985. Esta vez la compensación provenía de la contribución del Reino Unido mediante el IVA al presupuesto anual de las comunidades.

Más concesiones a los británicos se dieron en 1992 con el principio de subsidiariedad para que el Reino Unido aceptase firmar el Tratado de Maastricht. El significado de aquel principio, en palabras de Primer Ministro, John Major, ante la Cámara de los Lores consistía en “un instrumento para limitar la intervención de la UE en asuntos nacionales y mantener bajo control la futura transferencia de competencias a la UE”. A partir de este momento, el Reino Unido se mantuvo al margen de los progresos más relevantes del proceso europeo de integración, utilizando el mecanismo llamado “opting-out”. Este sistema tenía la doble peculiaridad de que permitía a los británicos, también a otros países, mantenerse al margen de la integración acordada en cada momento y, en cambio, asumir parte de un acuerdo, si tal sección le interesaba. Esto provocó que el proceso de integración siempre llevara a los británicos como lastre.

El “opt-out” se utilizó por el Gobierno de John Major para oponerse al capítulo social del tratado de Maastricht; lo que luego fue enmendado y firmado por Tony Blair al acogerse al Tratado de Ámsterdam. También usaron el mecanismo para no unirse a la Unión Económica y Monetaria (UEM) y la moneda única. Si bien el Reino Unido no participó de las instituciones y las decisiones en esta materia, sí tenía derecho a recibir ayuda financiera de la UE en caso de caer en dificultades graves en su balanza de pagos que pudieran comprometer el funcionamiento del mercado interior o la realización de la política comercial común. El Banco de Inglaterra sí estaba obligado a contribuir al mantenimiento del Sistema Europeo de Bancos Centrales, en los mismos términos que todos los Estados miembros de la UE.

Se produjo también la aplicación del mecanismo “opt-out” para el acuerdo de Schengen y su acervo jurídico. Sin embargo, el Reino Unido sí aceptó incluirse en algunos aspectos relativos a la cooperación policial y judicial en materia criminal, en la lucha contra las drogas y en el Schengen Information System. La cooperación en justicia y asuntos de interior, es decir, la cooperación policial y judicial en materia civil y penal, fue introducida por el Tratado de Maastricht. Se buscaba garantizar la libre circulación de personas, pero adoptando medidas comunes para el control de las fronteras exteriores, el asilo, la inmigración y la lucha contra la delincuencia, que se institucionalizaron definitivamente en el Tratado de Lisboa con el derecho a veto de Gran Bretaña. Sin embargo, como ocurrió en el caso del acuerdo de Schengen, el Reino Unido decidiría en cualquier momento participar en la adopción de decisiones sobre cualquier aspecto de estas materias y, por consiguiente, considerarse vinculado por las mismas; algo que, en realidad, ocurrió en 67 ocasiones en el período 2011- 2014. No fue el último veto. Un nuevo “opt-out” se aplicó a la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea. En este caso Gran Bretaña estuvo acompañada en el veto por Polonia. Ambos querían que las disposiciones de la Carta sólo les fueran aplicables si esos derechos y principios se contenían en su legislación interna.

Además de en los señalados, el Reino Unido se mantuvo al margen de otros acuerdos substantivos referidos al gobierno de la Unión. Quizá el caso más relevante fue la decisión de no entrar en el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria (TECG), de 2012. Nacido de la iniciativa de Alemania y Francia para mejorar el funcionamiento de los Tratados de la Unión en esta materia. Fue precisamente la oposición del Primer Ministro británico David Cameron (y también la del Presidente checo Václav Klaus) lo que forzó, primero, al cambio de planes y, segundo, a limitar el objetivo de la reforma. Los acuerdos alcanzados crearon una estructura institucional de gobierno de la UE referida a la Eurozona paralela a la ordinaria. Con ello, las decisiones se adoptan en el Consejo Europeo o en el Consejo, incrementando así, de un lado, el llamado déficit democrático europeo y, de otro, aumentaron el malestar británico, que siempre se quejó de estas prácticas, no sin cierta razón.

En resumen, el Reino Unido durante su estancia en la UE se benefició de las ventajas económicas que se derivaban de su pertenencia al mercado interior y, desde luego, de su posición en el seno de las instituciones de gobierno de la UE (excepto las de la eurozona), al mismo tiempo que mantuvo a salvo los aspectos clave de su soberanía en el terreno monetario y financiero, y en el control de sus fronteras; además, claro es, de recibir una importante compensación en su contribución a los presupuestos de la UE a través del denominado “cheque británico”.

Su pertenencia al mercado interior, sin embargo, le obligaba a aceptar y respetar las cuatro libertades básicas: libre circulación de personas, mercancías, servicios y capitales, con lo que nunca estuvo a gusto. A ello se unen las tradicionales razones psicológicas, de su aislamiento tradicional y, sobre todo, la crisis económica que desde 2008 se instaló en Europa, con el añadido de un problema migratorio, esencialmente, la masiva inmigración desde los países del Este de Europa. Estos inconvenientes fueron caldo de cultivo suficiente para el renacimiento de nacionalismos populistas y eurófobos en el seno de la Gran Bretaña que empujaron a un atolondrado Cameron a convocar dos referéndums, uno en Escocia, que le salió bien gracias a la labor del líder laborista y otro para salir de la UE.

La visión de Cameron se expresó claramente en un discurso en la sede de Bloomberg[4]: “Tenemos el carácter de una nación insular, independiente, franca y apasionada en defensa de nuestra soberanía. No podemos cambiar esta sensibilidad británica de la misma manera que tampoco podemos drenar el Canal de la Mancha. Y debido a esta sensibilidad, venimos a la Unión Europea con un ánimo más práctico que emocional. Para nosotros, la Unión Europea es un medio para alcanzar un fin; la prosperidad, la estabilidad, asegurar la libertad y la democracia dentro de Europa y más allá de sus fronteras no un fin en sí mismo”. Es decir, como siempre en la mentalidad británica, la UE era exclusivamente un mercado.

El 23 de junio de 2016, los ciudadanos del Reino Unido deciden en referéndum salir de la Unión Europea. La votación tiene lugar a pesar de las intensas negociaciones entre la Unión y Gran Bretaña en la búsqueda de un régimen que reforzaría el estatuto especial del Reino Unido en la UE. Cameron había aceptado aquel acuerdo- una decisión a la que se dio carácter vinculante por ambas partes-, sin embargo, la derrota en un referéndum donde defendió el sí a la permanencia con muy poca convicción, al igual que los laboristas, basándose sólo en aspectos económicos y nunca apelando al sentimiento y esencia nacional británica, dieron al traste con el acuerdo. Realmente todos los partidos estaban divididos ante la permanencia o la retirada. Algo semejante ocurría en los Medios, la prensa seria defendía la permanencia, pero los diarios sensacionalistas eran partidarios de la salida, mientras la BBC daba una de cal y otra de arena.

El resultado fue muy ajustado (51,9% a favor de la salida) siendo preeminentes en esta mayoría las zonas más tradicionales, rurales y menos pujantes y con la población de más edad. Aunque el referéndum no tenía carácter jurídicamente vinculante, el Gobierno británico decidió que lo tuviera y se cumplió su designio.

La dureza de las negociaciones de salida amparadas en la invocación británica del artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, duraron más de cuatro años con estancamientos, problemas con la frontera con Irlanda, tres ampliaciones de plazo etc., que son un problema conocido por todos, juzgado y expuesto ampliamente por la prensa y los Medios. Su acto final se representó con la firma del Acuerdo de Retirada que entró en vigor en el momento en que el Reino Unido salió de la UE, el 31 de enero de 2020 a medianoche, hora central europea. El Reino Unido dejó así, tras 45 años, de ser Estado miembro de la UE, adquiriendo la consideración de tercer país.

Cómo sea la evolución a partir de ahora de la EU y del Reino Unido, ya se verá. Es evidente que el Reino Unido era un obstáculo para la integración y es obvio que el Brexit (palabra nacida de la unión de Britain- Gran Bretaña- y exit –salida-) creará algunos problemas a los británicos, como los de abastecimiento que vemos estos días; es evidente que el acuerdo crea problemas de tensión económica entre la UE y los británicos, de los que seguimos siendo testigos, sin embargo, como vaticinaba De Gaulle, ya se han acomodado a sus tradicionales alianzas con USA y sus ex colonias, encontrando así un amplio mercado a su comercio.

 

BIBLIOGRAFÍA

BAR CENDÓN, Antonio. “EL REINO UNIDO Y LA UNIÓN EUROPEA: INICIO Y FIN DE UNA RELACIÓN ATORMENTADA”. Universidad de Valencia. 2017.

MANGAS MARTÍN, Araceli. “La retirada del reino Unido de la Unión Europea. Foro nueva época. 2017.

https://www.gov.uk/government/speeches/eu-speech-at-bloomberg

Diversos artículos periodísticos.

 

 

[1] EL REINO UNIDO Y LA UNIÓN EUROPEA: INICIO Y FIN DE UNA RELACIÓN ATORMENTADA

ANTONIO BAR CENDÓN. Universidad de Valencia

[2] Op.Cit.

[3] General De Gaulle en rueda de prensa, el 14 de enero de 1963.

[4] https://www.gov.uk/government/speeches/eu-speech-at-bloomberg

 

ÚLSTER: 23 AÑOS DE LOS ACUERDOS DE VIERNES SANTO

Hoy vamos a hablar del conflicto norirlandés. Que, pese a las comparaciones siempre odiosas, nada tiene que ver con otros problemas que algunos tildan de semejantes sin serlo.

Realmente los problemas provienen de muy antiguo. En 1609, los ingleses se asientan en el Úlster, tras la “huida de los condes” al finalizar los enfrentamientos entre irlandeses y la dinastía Tudor.  El resultado es que se conceden tierras en aquel territorio a escoceses e ingleses protestantes frente a los nativos irlandeses y católicos. Esta situación provocó conflictos sangrientos durante toda la segunda mitad del siglo XVII. Lo que se acentúa cuando en 1695 con la aprobación de las Leyes Penales, que prohibían a los católicos poseer tierras o ejercer cualquier profesión de relevancia. La cultura, la música y la educación irlandesa se vetaron con la esperanza de erradicar el catolicismo (se produce por el apoyo irlandés a Jacobo II frente al aspirante Orange, futuro Guillermo III). Una considerable mayoría de la población católica pasó a vivir como inquilina en sus tierras y en condiciones paupérrimas.

Desde entonces empezó una dura pugna de Irlanda por su independencia. Tras muy serios enfrentamientos, Irlanda logró un Estatuto de Autonomía que se aprobó en 1914, pero el estallido de la I Guerra Mundial lo congeló hasta el final del conflicto. Los irlandeses pelearon fielmente al lado del Imperio Británico, aunque dos grupos (una sección de los Voluntarios de Irlanda y el Ejército Ciudadano Irlandés), conspiraron para urdir una rebelión que se ideó por medio de una marcha sobre Dublín el lunes de Pascua de 1916. Fueron reducidos en menos de una semana y el ejército inglés tuvo que escoltarlos a la cárcel por miedo a que los furiosos dublineses, que no consideraban adecuado el momento para tal acción, quisieran lincharlos. La Insurrección de Pascua apenas hubiese tenido relevancia en la cuestión irlandesa si los británicos no hubieran convertido en mártires a sus líderes con condenas a muerte que desencadenaron un cambio radical en la opinión pública, y el apoyo a los republicanos creció exponencialmente.

Cuando acabó la I Guerra Mundial, el Estatuto de Autonomía se quedaba muy corto. En las elecciones de 1918, los republicanos se presentaron bajo el estandarte del Sinn Féin y lograron la gran mayoría de escaños irlandeses. Sus primeras acciones condujeron a una declaración de independencia de Irlanda y formaron la primera Dáil Éireann (Asamblea o Cámara Baja irlandesa). Los Voluntarios de Irlanda se convirtieron en el Ejército Republicano Irlandés (IRA) y el Dáil lo autorizó a luchar contra las tropas británicas en Irlanda.

En comparación con otras, la Guerra de la Independencia irlandesa fue poca cosa: duró dos años y medio y se saldó con apenas 1.200 bajas. Sin embargo, se trató de un asunto peliagudo, pues el IRA emprendió una campaña de guerrilla contra los británicos. El 6 de diciembre de 1921, se acordó la firma de un tratado que creaba el Estado Libre de Irlanda. Que, sin embargo, se enfrentó a una cruda guerra civil tras la independencia. La guerra finalizó en 1923, y tras diversos mandatos, en 1948, Irlanda abandonó oficialmente la Commonwealth y se convirtió en una República. Irlanda se sumió en una crisis económica que no se paró hasta los años 60.

Mientras, Irlanda del Norte seguía bajo poder británico. Un remanente marginado del IRA sobrevivió a la Guerra Civil irlandesa. Esto tendría un gran impacto en Irlanda del Norte. Aunque el IRA fue proscrito en ambos lados de la nueva frontera irlandesa, se mantuvo ideológicamente comprometido a derrocar a los gobiernos de Irlanda del Norte y del Estado Libre por la fuerza de las armas para unificar Irlanda.

El gobierno de Irlanda del Norte aprobó el Acta de Poderes especiales en 1922, la cual supondría relegar a la población católica que representaba el 40% del total en Irlanda del norte, despojándola de todo poder real o fuerza representativa en un Parlamento que favoreció a los unionistas (protestantes) a través de los subsidios económicos, la asignación de viviendas y la manipulación: las fronteras electorales de Derry se trazaron de nuevo para garantizar un consejo protestante, aunque la ciudad tenía dos tercios de católicos.  Se creó la protestante Gendarmería Real del Ulster (RUC), que con su fuerza paramilitar no se preocuparon por enmascarar su sesgo ideológico y sectario pro británico: Irlanda del Norte era, a todos los efectos, un estado apartheid. Un estado con dos sectores enfrentados, con conflictos más o menos atenuados en las décadas de los 40, 50 y 60 del siglo XX hasta que en 1967 se crea la Asociación de Derechos Civiles, con gran influencia de su homóloga estadounidense, que buscaban corregir el escandaloso sectarismo de en la Asamblea parlamentaria.

En octubre de 1968, la RUC interrumpió abruptamente una manifestación católica en Derry ante los rumores de que el IRA había garantizado ‘seguridad’ a los manifestantes. El conflicto de Irlanda del Norte había empezado en su fase más radical. Aquellos problemas (“The Troubles”, llaman los británicos a aquel conflicto especialmente el que se acrecienta a partir de 1968) tienen en su basamento problemas religiosos, étnicos, nacionalistas, demográficos, políticos…su enfrentamiento fue una auténtica guerra civil en el territorio de Irlanda del Norte, aunque con el tiempo el conflicto se extendió a las dos islas e incluso Gibraltar. Para dominar la situación, los gobiernos ingleses mandaron al ejército al Úlster, a los seis condados (Fermanagh, Tyrone, Derry/ Londonderry, Antrim, Down y Armagh). El ejército se presentó como elemento neutral que pretendía salvar el orden y la vida de los ciudadanos. De hecho, al principio, fueron bien recibidas en algunos barrios católicos, pero pronto se manifestaron como una herramienta de la mayoría protestante. Las reacciones desmesuradas del ejército espolearon los alistamientos a un IRA que llevaba tiempo inactivo, y cuyas filas se engrosaron particularmente tras el Domingo Sangriento, 30 de enero de 1972, cuando las tropas británicas mataron a 13 civiles en Derry. Después del Domingo Sangriento, el IRA declaró la guerra al Reino Unido. Aunque seguía con sus atentados en Irlanda del Norte, también empezó a operar en Gran Bretaña, con víctimas inocentes, y la oposición de ciudadanos y partidos de ambos bandos del conflicto. Entretanto, los paramilitares unionistas (terroristas protestantes) comenzaron una campaña contra los católicos. Si los enfrentamientos ya eran brutales, a partir de 1979 aumentaron en su escalada de violencia. Especialmente, en 1981, cuando los prisioneros republicanos de Irlanda del Norte, en huelga de hambre, exigieron el reconocimiento, de nuevo, como presos políticos ( en Irlanda se les había concedido el estatus de presos políticos y no comunes, de ahí que la mayor parte de la historiografía hable de grupos paramilitares y no de terroristas, cuando, en opinión de muchos, lo que verdaderamente les define- a los paramilitares de ambos bandos- era la palabra terrorista) o en 1984 al atentar contra el hotel en el que se alojaba el partido conservador para celebrar su congreso, salvándose Margaret Thatcher de auténtica casualidad o el 1988 en un brutal atentado contra el ejército británico…

Las aguas se enturbiaron aún más cuando los partidos políticos se atomizaron, los grupos paramilitares (terroristas) de un lado y otro respondieron a la violencia con violencia.

A finales de la década de los 80, todos, pero muy especialmente los republicanos (irlandeses) tenían claro que la lucha armada no conducía a ningún lugar. Por eso se inician las negociaciones de paz.  El proceso de negociación de la paz en Irlanda del Norte se prolongó por más de una década, desde la Iniciativa Anglo-irlandesa en 1987 hasta el Acuerdo de Viernes Santo en 1998, si bien, enfrentamientos de orden menor se han seguido produciendo.

Como hemos visto el cansancio de las partes propició el inicio de las conversaciones, pero a ello se debe unir la necesidad económica de lograr la paz, las posturas favorables de los gobiernos de Irlanda y de Gran Bretaña y el apoyo, como elemento neutral frente a ambos bandos, de la Administración norteamericana de Clinton que envió como comisionado a las reuniones, a George John Mitchell, senador demócrata por Maine.

El antecedente más directo fue el Acuerdo Anglo-irlandés de 1985, caracterizado como un acuerdo de alto nivel firmado entre primeros ministros. Sin embargo, obtuvo el rechazo de los sectores políticos y los paramilitares unionistas (protestantes) de Irlanda.

Posteriormente, el hito esencial lo constituyó la Iniciativa Brooke de principios de los 1990, que creaba las condiciones políticas para un diálogo multilateral entre los distintos partidos involucrados en el conflicto. Se generó un lento proceso, que incluso mantuvo negociaciones secretas con el IRA. Los gobiernos británico e irlandés redactaron la Declaración de Downing en la que se ofrecía al Sinn Féin participar en dichas negociaciones siempre y cuando el IRA renunciara a las armas. El desarme era esencial para los británicos que lo habían puesto de manifiesto en lo que se ha llamado “Washington Tree” y era conditio sine qua non para la incorporación del Sinn Féin a las negociaciones. Esta postura tenía dos elementos, uno la destrucción de las armas, haciéndolas permanentemente inutilizables y la segunda procurar al IRA una participación política. En este segundo aspecto se buscaba hacer comprender al IRA que los atentados permanentes no conducían a nada. Se buscaba acabar con los ingleses en territorio irlandés pero los ingleses seguían allí y sin tambalearse. Realmente, lo mismo ocurría con los protestantes que golpearon e intentaron humillar durante siglos a los irlandeses, los cuales también seguían allí impertérritos. Por tanto, el cansancio y la inutilidad de la violencia era un aspecto compartido. Esta postura está relacionada con el alto el fuego que declarará el IRA posteriormente y que rompió el 9 de febrero de 1996 ante su inconformidad con el ritmo de las conversaciones y las divisiones internas que empezaba a presentar la organización.

Las negociaciones eran complejas, primero el protagonismo de los gobiernos irlandés y británico no era muy bien aceptado por ninguno de los bandos. Posteriormente, tras las elecciones de 1996, la representación parlamentaria quedó tan fragmentada que contar con tantos interlocutores no era tarea fácil. Se iniciaron negociaciones en diferentes comisiones, lo que dificultaba el acuerdo final. Los puntos de discusión eran:

1: Relaciones dentro de Irlanda del Norte. 2: Relaciones en la isla de Irlanda: República de Irlanda (Irlanda del Sur) e Irlanda del Norte. 3: Relaciones entre Reino Unido y la República de Irlanda.

En 1997 el Sinn Féin fue admitido en la mesa de negociación, a cambio de firmar los “Principios Mitchell”, llamados así en honor al comisionado de Clinton y consistían en:

  • Aceptar el uso de medios exclusivamente democráticos y pacíficos para resolver las cuestiones políticas. Lo que supone:
  • Comprometerse a respetar los términos de cualquier acuerdo alcanzado en las negociaciones y a recurrir a métodos exclusivamente democráticos y pacíficos para tratar de modificar cualquier aspecto de esos acuerdos con los que puedan estar en desacuerdo
  • Entrega de armas y destrucción de las mismas por parte de las organizaciones terroristas. El desarme debía ser verificado por una comisión independiente.
  • Renunciar ellos mismos, y oponerse a cualquier intento de otros, a utilizar la fuerza o amenazar con utilizarla para influir en el curso o en los resultados alcanzados en las negociaciones. Asimismo, instar a que los crímenes terroristas terminen y a tomar medidas eficaces para prevenir tales acciones.

Como consecuencia de aquello, el IRA se dividió en dos: el IRA provisional y el IRA auténtico, el cual quería acabar con la negociación.

De hecho, los acuerdos de Viernes Santo se firman el 10 de abril de 1998 y el 15 de agosto de aquel año, el IRA auténtico se atribuye el atentado de Omagh, que provocó la muerte de 31 personas (entre ellos un estudiante español). El atentado recibió el repudio de Jerry Adams y el conjunto de la dirección militar del IRA Provisional, así como del Sinn Féin. Este repudio venía de sectores que habían usado esa forma de violencia durante más de 25 años generando centenares de víctimas militares y civiles.

Los acuerdos de paz fueron firmados por los entonces primeros ministros británico e irlandés, Tony Blair y Bertie Ahern, además de ocho partidos o grupos políticos.

El acuerdo de Viernes Santo tiene varios aspectos a destacar, el principal es que restauró el autogobierno a Irlanda del Norte bajo el modelo de compartir el poder. Y así:

  • Nace una Asamblea de Irlanda del Norte. Conformada a partir de un sistema de representación proporcional que tendría atribuciones de carácter legislativo y ejecutivo en diferentes ámbitos de la vida de Irlanda del Norte, tales como: medio ambiente, desarrollo económico, educación y servicios sociales, entre otros. Se pretendía con ello establecer consensos entre ambas comunidades sobre aspectos básicos de la vida cotidiana.
  • Consejo Ministerial Norte-Sur. Concebido como una salida institucional a la reivindicación de la unificación irlandesa. El Consejo tenía como objetivo estrechar los lazos entre las dos Irlandas, pero dando garantías a los británicos y a los protestantes norirlandeses de que no sería un instrumento para la unificación de Irlanda. Pera ello tenía representación en el mismo un representante de Gran Bretaña, Irlanda del Norte, Gales, Escocia y los unionistas.

Tras las elecciones, en 1999, se formó un ejecutivo formado por los cuatro partidos principales, incluido el Sinn Féin. Manteniendo los principios ya establecidos por Mitchell de igualdad y respeto mutuo y resolución por medios pacíficos y democráticos de los conflictos. Eso llevó a que en todos los campos de la vida civil se establecieron cuotas de participación de todos los sectores. Por ejemplo, el Servicio de policía de irlanda del Norte, debía reclutar al menos una cuota del 50% de católicos durante diez años. Se creó una comisión de derechos humanos y otra de igualdad para garantizar que se respetaran las preferencias religiosas y culturales y facilitasen la reconciliación entre las dos comunidades enfrentadas

Se volvía a los juicios con jurado, eliminados con anterioridad por las presiones que tenían de los grupos paramilitares. Sin embargo, en algún caso excepcional se han recuperado.

Un proceso de normalización de la seguridad también se inició como parte del tratado, que comprendía el cierre progresivo de parte de los cuarteles del ejército británico.

Otro de los acuerdos alcanzados se refería a que el destino de Irlanda del Norte estaría sujeto al deseo de la “mayoría de la población”, expresado a través del voto. El acuerdo levantó acta entonces de que la mayoría era partidaria de la unidad con el Reino Unido. De todas maneras, el pacto dejó abierta la posibilidad de que el territorio acabase uniéndose a Irlanda, la gran aspiración de los nacionalistas republicanos, si así lo deseaba la mayoría de la población. Para que prevaleciera la voluntad del pueblo de Irlanda del Norte, los gobiernos británico e irlandés acordaron cambiar sus respectivas Constituciones.  Londres renunció a la ley de 1920 que le dotaba de soberanía sobre el territorio y Dublín su reivindicación sobre el norte de la isla.

Uno de los problemas con los que se encontró el acuerdo fue la necesidad de reconocer el sufrimiento y el dolor de las víctimas del conflicto armado. Se nombró a un comisionado de las víctimas, y el Sinn Féin fue reiterativo en crear una comisión de la verdad con características similares a la nacida en Sudáfrica al final del apartheid. En Sudáfrica fue algo útil, en Irlanda no llegó a ningún lado.

El acuerdo en algunos aspectos se puede considerar inacabado y sobre él pende una constante inestabilidad unas veces provocada por las tensiones de un lado, otras, por las del otro.

Últimamente, se temió por su pervivencia a raíz de las negociaciones sobre el Brexit, al tratar sobre la situación en la que quedaría la frontera con Irlanda, que en la práctica como miembros ambos de la UE, era la inexistencia. De hecho, la semana pasada, el New York Times se hacía eco de los enfrentamientos que se habían producido en el Úlster en los últimos días (6 noches de conflictos) que habían provocado heridas a 55 policías y detenciones de 10 asaltantes. Estas alteraciones, según los analistas se deben no sólo al Brexit sino también a protestas por las restricciones a causa de la Covid. Según miembros del partido conservador, la situación aún no está descontrolada, pero temen que pueda estarlo si no se ataja enseguida.

El día 14 de abril de 2021, el periódico El Mundo publicaba un reportaje sobre los estallidos de violencia. Señalan que el enfado nace por trazar una frontera en el mar del Norte por el Brexit. Sin embargo, unionistas y miembros del IRA se siguen acusando mutuamente de provocación. Se ha declarado una tregua por los actos fúnebres del Duque de Edimburgo. Pero la situación se muestra preocupante.

BIBLIOGRAFIA

  • SIERRA, LUIS ANTONIO. “Irlanda del Norte. Historia del conflicto (periodismo histórico)”. Silex. 1999.
  • JOHN O’BEIRNE RANELAGH. “Historia de Irlanda”. Akal. 2014
  • TEXTO DEL ACUERDO:

https://web.archive.org/web/20111003065655/http://www.nio.gov.uk/agreement.pdf

  • Notas de prensa.