¿Cuándo y por qué España se convirtió al cristianismo?

En más de una entrada de este blog hemos señalado que el primer estado español que se establece es el de los visigodos, y como, a partir de él y a pesar de su caída en el 711, pervivieron algunos elementos esenciales: la monarquía, el catolicismo y la propia idea de España como Ente diferenciado y diferenciador. Los visigodos no consiguieron esa unidad estatal ni institucional plena hasta que no abandonaron el arrianismo para convertirse al catolicismo.

Leovigildo había formado una idea estatal asumiendo el derecho romano y sintiéndose continuador de la idea imperial romana. Los visigodos no pretendían ser godos sino romanos, y lograron su propósito a través de la tarea legislativa, institucional, territorial, jurídica… de Leovigildo. Leovigildo reinó entre el año 568 ó 569 y el 586, y en todos esos años sólo tuvo uno de paz.

Aquel enfrentamiento permanente tuvo muchas causas, pero una y no menor, nace del empreño del rey en extender su religión, la herejía cristiana del arrianismo por todo el territorio español. Pero los hispanos eran en un número mayoritario y abundante cristianos tradicionales (a los que llamaremos católicos para facilitar la comprensión) y no estaban dispuestos a someterse al arrianismo.

Esa fuerte tradición católica se había formado poco a poco y desde hacía tiempo. Los españoles habían dado muestras de no ser fácilmente doblegables desde el inicio de la conquista romana.

Roma tenía su propia religión y sus propios dioses, pero no hacían oposición a las religiones de los pueblos que iban conquistando, así el cristianismo imperante en sectores de judea se extendió por todo el Imperio romano. Sin embargo, a medida que se incrementaba el número de creyentes, las persecuciones se dieron con más frecuencia. Uno de los momentos más duros contra los cristianos se produjo durante el gobierno de Diocleciano (emperador de Roma en solitario entre noviembre de 284 y abril de 286, y entre el abril de 286 a mayo de 305 como emperador de Oriente y Maximiano como emperador de Occidente). Esas persecuciones continuaron durante el gobierno de su sucesor, Galerio.  Diocleciano acabó con cierta tolerancia en todos los órdenes. Es verdad que el Imperio había atravesado una época de anarquía y caos y, dispuesto como estaba a que Roma recuperase el orden y esplendor perdido, Diocleciano inició una serie de reformas. Las reformas afectaron a los campos administrativo, económico, social o militar, todas ellas complementadas entre sí. Su fin era sanear los ingresos estatales, el mantenimiento de la integridad territorial del Imperio y la continuidad de la propia civilización romana, incluidos extremos religiosos, lo que dio lugar a persecuciones contra los cristianos. La idea de un Dios todopoderoso que se oponía al poder temporal del emperador hizo nacer resquemores en Roma (no era la primera vez, acordémonos de Nerón, entre otros), pero en este momento Diocleciano se encontró con una fuerte resistencia en una Hispania ya en buena parte cristianizada.

Aunque, historiográficamente, el inicio del cristianismo en nuestro territorio presenta numerosas lagunas, se suele datar en torno a finales del siglo II e inicios del siglo III. A la historiografía se unen numerosas leyendas sobre la evangelización en España; la mayoría sobre la visita de los apóstoles Pedro y Pablo y posteriormente la llegada desde Jerusalén de Santiago el Mayor hasta Santiago de Compostela.

Aquella comunidad incipientemente cristianizada se fortaleció por un cambio esencial en la sociedad española provocado por las dificultades de comunicación que se dieron durante la anarquía previa a Diocleciano: el crecimiento de las relaciones internas con mínimas influencias del exterior desarrolló una élite cultural propia, con características locales, y eso en Hispania en aquel momento ya significaba raíces cristianas. Con el transcurrir del tiempo, la importancia de los clanes hispanos en el imperio se había manifestado de manera poderosa, a veces por la influencia de intelectuales como el poeta Marcial o el filósofo Séneca, a veces desde posiciones políticas que les permitieron ser determinantes en el nombramiento y desarrollo de los gobiernos de los hispanos Trajano, Adriano, Marco Aurelio y Teodosio. Los tres primeros emperadores señalados protagonizaron el Siglo de Oro del Imperio. La dinastía de Teodosio el Grande fue la última en gobernar unido todo el Imperio romano. Pero mientras Marcial, Seneca o Lucano eran escritores romanos nacidos en Hispania, a partir de finales del siglo II tendremos a hispanos defendiendo su idiosincrasia y a sus naturales, incluso, para ocupar puestos en Roma ( en terminología moderna diríamos que hacían Lobby).

A diferencia de otras religiones, el cristianismo no era una fe exclusivamente propia de las élites, o de determinados grupos. La nueva fe no hacía excepciones, era la fe de todos y para todos. Pregonaba la venida histórica de Dios en la figura de Jesús. Señalaba la universalidad de su mensaje de amor e igualdad. Practicaba el socorro a los pobres y desvalidos. Incluso se empezaron a fundar hospitales e instituciones de caridad. Se pregonaba en público, pero también en las casas particulares en las que se daba hospedaje a los viajeros. Posiblemente, la extensión del cristianismo en la península proviniera del ejemplo de la Legión VII Gemina, destacada en el norte de África, donde el cristianismo había prendido con fuerza. Tuvieron sus propios mártires como San Marcelo, centurión de la mencionada legión y originario de Tánger. La influencia de la región africana, tan romanizada como España, es innegable por los fuertes lazos comerciales y de intercambio cultural entre las dos orillas del Mediterráneo. El cristianismo se extendió desde la región romana de la Mauritania Tingitana por el Sur y el Levante peninsular, y desde allí hasta el Norte, al igual que ocurrió con la romanización.

También se considera que otro de los notables difusores del cristianismo en la Península fuera la predicación de San Cipriano. Cipriano fue obispo de Cartago y mártir de la iglesia, nacido en el año 200 d.C. Su obra más conocida son sus “Cartas”. San Cipriano vivió en un momento convulso y prueba de ellos es que habla de la situación de las comunidades de León-Astorga y Mérida que acudieron a la iglesia africana (Cartago) por los problemas internos de la Iglesia en aquellas regiones.

Este origen sureño permite no extrañarse de que frente al paganismo romano los cristianos hispanos opusieron su visión de la Fe en el Concilio de Elvira (cerca de Granada), primer concilio celebrado en Hispania por la iglesia para restaurar el orden interno, siendo el preludio del Edicto de Milán en la Península y ejemplo de una comunidad religiosamente muy activa.

El concilio de Elvira tiene una datación incierta, unos lo sitúan entre el 300 y el 324, es decir, anterior a la persecución de Diocleciano, en el caso de la primera fecha, y, en el caso de la segunda, posterior al Edicto de Milán de Constantino (por la que se decreta la libertad religiosa en el Imperio Romano). Sin embargo, mayoritariamente, y no sólo por la historiografía española sino también por la francesa, se suele situar el Concilio entre en 300 y el 303, antes de la persecución de Diocleciano y antes, también, del concilio de Arlés (314- primer concilio de la Iglesia Francesa-) y antes del concilio de Nicea ( primer concilio de la Iglesia Universal en el 325).

Entre los cristianos de Hispania destacaban: Gregorio, Obispo de Elvira, autor de diversos libros, especialmente importantes los dedicados a la exégesis y la predicación; Egeria, rica gallega, cercana al emperador Teodosio, que viajó a Tierra Santa y redactó una especie de guía o de diario, denominado “Itinerarios”, en el que cuenta de manera sencilla los lugares por los que pasó y lo que visitó en cada uno de ellos; Juvenco, un poeta que resaltó en tono épico la vida de Jesús a partir de los Evangelios; Prudencio, nacido en Calahorra, autor de unos himnos a los mártires cristianos perseguidos por Diocleciano y por el gobernador de la Lusitania, Daciano: como Lorenzo (San Lorenzo) en Huesca, o Engracia (Santa Engracia) y sus dieciocho compañeros muertos en Zaragoza. También el arresto y martirio de San Vicente, datos historiográficos certifican la pasión sobre su muerte.

El personaje de Daciano quedó como prototipo de cruel perseguidor y así aparece relacionado con las muertes de famosos mártires cristianos como: San Cucufate, Eulalia y Severo en Barcelona; o los niños Justo y Pastor en Alcalá de Henares; Santa Leocadia en Toledo; Santas Sabina y Cristeta en Ávila; o Santa Eulalia de Mérida. San Bonoso y San Maximiano en Arjona, además de los zaragozanos nombrados en el párrafo anterior.

En aquellos tiempos, pregonar el Evangelio era jugarse la vida y la fe debía de ser muy fuerte para arriesgarse a tanto. Esa fuerte fe no se pierde fácilmente. También hubo casos de apostasía, pero fueron los menos.

Además, la alternancia de emperadores hizo que las persecuciones fueran mayores o menores, según los momentos.

Posteriormente,  el Emperador Teodosio (nacido en Hispania) restableció la fe cristiana en Roma, por el Edicto de Tesalónica. Estableció el credo niceno ( el propio concilio de Nicea fue presidido por Osio, un sacerdote español) como la ortodoxia del cristianismo. Entre el 389 y el 391 quedaron prohibidas las prácticas paganas. Pero, Hispana se había adelantado y podemos datar en el 383 la cristianización casi total de nuestro territorio. No sin problemas, ni interpretaciones diferentes o posiciones más o menos ascéticas, más espirituales o menos prácticas, como la presidida por Prisciliano y otros. Pero esto no fue obstáculo para que los españoles que habían abrazado el cristianismo unieran de manera esencial a su religión con una nueva entidad política y cultural.

Cuando los visigodos llegan a España en el 415, la antigua unidad cultural y administrativa romana se había visto destruida por las oleadas bárbaras de principios de aquel siglo: suevos, alanos… y por el enfrentamiento entre los diferentes pueblos bárbaros entre sí, que sólo habían traído hambrunas, enfermedades, anarquía…

Los visigodos , desde su jefe Ulfilas ( 310-388), que también era obispo y había mandado traducir la biblia, eran cristianos, pero en su versión herética arriana.

Su llegada a España primero con las incursiones de Alarico, pero, sobre todo, con Ataúlfo que instala la capital en Barcelona, permite que se asiente un ideal de unidad especial, geográfica, institucional, heredera de Roma, concibiendo con primera visión de unidad estatal- de ahí que a Ataúlfo se le haya considerado durante mucho tiempo el primer Rey de España-. Pero esa idea de unidad tropezaba con los bizantinos instalados en la costa levantina, los suevos en Galicia o los alanos en la antigua provincia romana de la Lusitania. A ello se unían las sublevaciones católicas de Sevilla y Córdoba por no querer someterse al arrianismo.

El primer rey que logra una unificación estatal homologable fue Leovigildo, sometió al resto de pueblos bárbaros, pero se le resistía la unidad religiosa. En aquellos tiempos no se entendía la unidad institucional sin unidad en la fe.

Leovigildo fue un gran rey, pero fracasó como padre. Leovigildo tenía dos hijos, Hermenegildo y Recaredo. En el año 581 se enfrentó a una revuelta familiar en lo que San Isidoro de Sevilla calificó como una guerra “más que civil”. Leovigildo asoció al trono a sus dos vástagos, rompiendo así con la costumbre visigoda de una monarquía electiva y no hereditaria. Hermenegildo fue enviado por su padre al Sur y allí su mujer y Leandro, obispo de Sevilla, le convencieron para que se convirtiera al catolicismo. Por si fuera poco, se asoció con las fuerzas de la sociedad andaluza y la jerarquía de la iglesia para hacer frente a su padre. Leovigildo envió a su segundo hijo, Recaredo, a sofocar la revuelta provocada por su hermano. En córdoba Hermenegildo se rindió. Acudió a Toledo y logró el perdón de su padre. Leovigildo, incluso habiéndole perdonado, lo desterró a Tarragona, donde poco después fue muerto por un sicario.

En los relatos visigodos, censurados por Recaredo la figura de Hermenegildo está desdibujada. Fue Felipe II quién mando abrir su causa a fin de lograr su canonización. San Hermenegildo es considerado un mártir que antepuso la Fe y la defensa de los intereses de España al trono. Junto con San Fernando son los santos patrones de la Monarquía española.

Tras la muerte de Hermenegildo el problema religioso persistía. Se calcula que a finales del reinado de Leovigildo había en torno a tres millones de españoles católicos frente a doscientos mil arrianos. El problema no era sólo despejar la herejía arriana, cosa de la que ya se había ocupado el Concilio de Nicea. Ahora el problema espiritual lo era también material, temporal e institucional. A la caída del Imperio romano, sólo la Iglesia se mantuvo fuerte, su poder en la sociedad del siglo V era tal que no podía pensarse en constituir una legalidad política sin tener el respaldo eclesiástico. La Iglesia necesitaba a los visogodos para restablecer el orden civil, pero los visigodos necesitaban tanto o más a la Iglesia para ser respetados.

Los obispos habían tenido en la figura de Hermenegildo al que consideraban la solución de estos problemas. Pero fue Recaredo el que lo cambió todo. Inició una política religiosa diferente a la de su padre, con la misma finalidad de lograr el refuerzo y respaldo social a su entramado institucional, legislativo y territorial. Para ello convocó un concilio- III Concilio de Toledo (589)- en el que invitó a los obispos arrianos y solicitó su conversión al catolicismo igual que él se había convertido, además les pidió que lograran la conversión de la población arriana. El conductor del concilio fue el obispo Leandro- el que había logrado la conversión de Hermenegildo-. En el Concilio, no sólo se trató de la conversión a la Fe sino de la escenificación del pacto entre la Monarquía y la Iglesia y la filiación divina de la Corona, anunciando Recaredo que, a partir de ahí, su reino sería, como él, católico.

Algunos arrianos se sublevaron, pero de poco les valió.

Tras la vinculación con la Iglesia, el resto de las unificaciones previstas por Leovigildo y seguidas por Recaredo, se sucedieron de manera fácil.

Sin embargo, aquel proceso de unidad total, provoco que otras comunidades religiosas, sobre todo la judía, que hasta entonces no habían tenido ningún problema, empezaran a tener una vida un poco más complicada. Mucho más por los poderes reales que por los eclesiásticos; los obispos católicos fueron más comprensivos con ellos que el rey.  Lo mismo ocurrió con los paganos del Norte de España a los que se comenzó a cristianizar.

En el ámbito de la Iglesia los grandes artífices de la conversión de arrianos y paganos y de la extensión de la evangelización por toda la Península fueron el obispo Leandro (San Leandro ) y su hermano Isidoro ( San Isidoro de Sevilla). Ambos eruditos, ambos Padres de la Iglesia. Leandro tenía mayor visión política y su empeño fue salvar la tradición católica de España y la formación del clero. Isidoro siguió la obra de su hermano, pero alejado de la política, más volcado a la transmisión intelectual de sus conocimientos y la protección del legado clásico, pero sin abandonar la actividad práctica. A ellos se unirá otro intelectual, el obispo de Zaragoza, Braulio, San Braulio. Encargado de poner orden y salvaguarda en la gran obra de Isidoro. Sin olvidar la tarea evangelizadora de San Millán o la de los arzobispos de Toledo Ildefonso y Julián ( San Ildefonso y San Julián).

Por tanto, San Isidoro no fue una figura intelectual aislada, sino que hubo un ambiente propenso a la cultura, el estudio y la transmisión del conocimiento; con ellos se supo dar forma a un sentimiento de pertenencia a España. Una síntesis exitosa entre la política que nace de los godos y el territorio peninsular, más la cultura, la historia y la religión católica. Aquella España que, recogiendo el legado clásico romano, ya no está subordinada a otros, sino que se eleva como una entidad propia.

Isidoro ideó también la unción de los reyes godos. Una consagración mística de la Corona a cargo del poder eclesiástico, lo que además hacía vincular, el ilustre Santo, con el respeto a la Ley. Este tipo de unciones tuvieron más éxito fuera de España, especialmente entre los francos, que en España donde decayeron pronto, quizá por el propio declinar de la monarquía visigoda que, tras el hijo de Recaredo, volvió a sus antiguos enfrentamientos. Pero el caos godo que, en última instancia, fue lo que permitió la llegada de los musulmanes en el 711, no pudo borrar la Fe que la población tenía arraigada y una idea de unidad bajo la misma monarquía que a la postre fueron el basamento político-espiritual que inundó la Reconquista, y, por ende, toda la Historia de España.

BIBLIOGRAFÍA

FERNÁNDEZ UBIÑA, José: “Los orígenes del cristianismo hispano. Algunas claves sociológicas”, Hispania Sacra. 2007

LORENTE MUÑOZ, Mario.- “El cristianismo en la Hispania romana: origen, sociedad e institucionalización”. Ed Fundación ARTHIS. 2019

MARCO, José María.- “ Una Historia Patriótica de España”. Ed Planeta. 2011.

SOTOMAYOR, Manuel: “Cristianismo primitivo y paganismo romano en Hispania”. Memorias de Historia Antigua. Ed Univ de Granada, 1981.

LOPE DE AGUIRRE

Muchas veces hemos hablado de traidores a España y también de aquellos desastres acontecidos en nuestro recorrido histórico sin los cuales nada se entendería de lo que hemos llegado a ser…y lo que hemos perdido.

Hoy traigo un personaje peculiar, considerado por muchos como un traidor a España, que sin duda lo fue, pero no sé si de la trascendencia debida a su propia historia o más bien por la tergiversación que otros traidores hicieron de sus acciones. Hablo de Lope de Aguirre.

Lope de Aguirre nació en 1511 en Oñate (Guipúzcoa) de familia hidalga. Educado en las grandes historias que llegaban de América, en las grandes conquistas y, especialmente, fascinado por la conquista del Perú de Pizarro, emprendió viaje hacia ultramar llegando a Perú en 1536. Se alistó en las huestes de Pizarro enfrentado en aquel momento con Almagro (batalla de salinas 1538). En 1544, luchó contra las tropas del virrey Blasco Núñez de Vela, enfrentado también a Pizarro. Derrotados los partidarios del conquistador, debieron huir. Aguirre lo hizo a Nicaragua. En 1551, vuelve a Perú donde, sometido a juicio, es condenado por el juez Francisco Esquivel. Rencoroso como pocos, Aguirre juró vengarse del juez, siguió su pista durante tres años. Lo encontró en Cuzco y le dio muerte. Aguirre, juzgado por este asesinato, fue condenado a muerte, pero huye y se refugia en Tucumán. Aquella pena máxima le fue conmutada al unirse a las tropas de Alvarado quien debía repeler la rebelión del encomendero Francisco Hernández Girón. Los de Alvarado fueron derrotados en la batalla de Chuquinga; además, Aguirre fue herido en un pie de manera que quedó cojo de por vida.

Harto de peleas y de seguir en la pobreza, decidió dedicarse a la búsqueda de oro, como casi todos los que iban a América. Ya lo había dicho Pizarro hacía tiempo: “Elegir ser pobres en Panamá o ricos en Perú”. Todos buscaban grandes riquezas, y desde siempre los nativos creaban historias de ciudades riquísimas, con edificios de oro y recubiertos de piedras preciosas. Todos los situaban un poco más allá de donde estaban ellos, así alejaban a los españoles del lugar. De entre todos aquellos cuentos que inventaban los indígenas para librarse de los españoles, la historia que más fraguó fue la de El Dorado.

Años después de que Francisco de Orellana se estrellara buscando El Dorado, Pedro de Ursúa, en 1560, organizó una nueva expedición. En ella se enroló Lope. El grupo de Ursúa estaba conformado por cuatrocientos soldados, que habían sido reclutados en virtud de su valentía y experiencia en campañas anteriores sin tener en cuenta su moral o su apego a la autoridad. Este detalle marcaría el terrible desenlace de la expedición: Lope de Aguirre era un buen representante de esta clase de estirpe militar: aguerrido, valiente, pero muy desobediente.

Los expedicionarios navegaron a través del río Marañón (de ahí que se autodenominaran “marañones”) con un numeroso séquito de familiares y sirvientes, entre los que figuraba la joven hija mestiza de Aguirre, llamada Elvira.

Los primeros meses de viaje por el río Amazonas no arrojaron resultado alguno, sembrando la locura entre los soldados y el odio hacia el veterano Ursúa, quien solo parecía preocuparse por su amante mestiza Inés de Atienza, que era, a su vez, hija del conquistador Blas de Atienza.

El descontento fue creciendo hasta que los marañones consideraron y llevaron a cabo el asesinato de Ursúa, el de su teniente general, Juan Vargas, y el de la amante de Ursúa, Inés, durante la noche del 1 de enero de 1561. El ideólogo de la conspiración fue Lope de Aguirre.  Sin embargo, Aguirre, eliminado Ursúa, no se proclamó líder de la expedición, sino que tal honor se lo dejó a Fernando de Guzmán, el cual se proclamó rey de la misma. Pasando los días, Aguirre se mostró disconforme también con el gobierno de Guzmán y no paró hasta acabar con él. Su locura no se desató exclusivamente contra Guzmán, sino que materializó otros muchos asesinatos y sabotajes, muertes llenas de violencia, tras lo cual, Lope alcanzó el poder del grupo. Sus fieles empezaron a ser llamados por él “los fuertes marañones”.

Eran tan sanguinarios que Uslar Pietri describe la expedición así: “Fuerzas desconocidas los atan, los arrastran, los llevan suspendidos en la zarabanda de aquella jornada sangrienta que no concluye. Cada alto está marcado por la sangre de los asesinados”[1]

Ya al mando de la expedición, en un alarde de locura propia de un tirano, se proclamó Ira de Dios, Príncipe de la Libertad y del Perú, del reino de Tierra Firme y provincia de Chile. Todos los dominios americanos se convertían, a partir de ese momento, en objetivos de conquista, y los súbditos del Rey de España pasaban a ser sus enemigos. Tan fue así que el 23 de marzo de 1561, Aguirre y sus 186 secuaces firmaron una declaración de guerra contra el Imperio español.

Tras navegar por el Amazonas, salir al Atlántico, alcanzar Isla margarita (en la actual Venezuela), y en ella la ciudad de La Asunción, y posteriormente la ciudad de Borburata (ya en el continente), decide mandar una famosa carta a Felipe II. En la que decía alguna verdad y muchas balandronadas:

Avísote, Rey español, donde hayas mucha justicia y retitud y asi cumple para tan buenos vasallos como en estas tierras tienes, aunque yo no, por no poder sufrir más las crueldades que usan estos tus Oidores, Virey y Gobernadores, he salido de hecho con mis compañeros, cuyos nombres luego diré, de tu obidencia, y desnaturándonos de nuestro natural, ques España, y hacerte en estas partes la más cruda guerra que nuestras fuerzas lo puedan sustentar y suplir. Y esto cree, Rey y señor, nos ha hecho hacer no poder sufrir los grandes pechos, y premios y castigos injustos que nos dan tus ministros, hijos y criados: nos han usurpado nuestra fama, vida y honra, ques lastima oir el mal tratamiento que se nos han hecho. Y ansi, manco de mi pierna derecha, de dos arcabuzazos que me dieron en el valle de Chuquinga con el mariscal Alonso de Alvarado, siguiendo tu voz y apellido contra Francisco Hernandez Giron, rebelde á tu servicio, como yo y mis compañeros al presente lo somos y seremos fasta la muerte, porque ya de hecho hemos alcanzado en estos reinos cuán cruel eres y quebrantador de fee y palabra; y asi, tenemos en esta tierra tus perdones por de menos crédito que los libros de Martin Lutero, pues tu Virey, marqués de Cañete, malo, lujurioso y ambicioso, tirano, ahorcó á Martin de Robres, hombre señalado en tu servicio, y al bravo Tomás Vazquez, conquistador del Pirú, y al triste de Alonso Diaz, que trabajó más en el descubrimiento deste reino que los esploradores de Moisés en el Desierto, y Piedra-hita, buen capitan, que rompió muchas batallas en tu servicio; ellos te dieron la vitoria, que si ellos no se pasaran, hoy fuera Francisco Hernández rey del Pirú, y no tengas en mucho el servicio que te escribieron tus Oidores haberte hecho, porques muy gran fábula, si llamas servicio haberte gastado ochocientos mill pesos de tu Real caja para sus vicios y maldades, que cierto son malos, y castígalos como tales.”[2]

Aguirre emprendió una matanza en lo que hoy es Venezuela, no sólo de los ejércitos que le perseguían, sino entre la población indígena, y, por si no fuera bastante, a aquellos descontentos de entre los suyos también los quitó de este mundo: murieron a garrote el gobernador, unos 25 vecinos y 14 marañones. Según Francisco Vázquez miembro de la expedición “cualquier gesto, palabra o actitud cuesta la vida”.[3]

De ahí se dirigió a Barquisimeto, un poco más abajo en el interior del mapa venezolano. Esta ciudad había sido fundada en 1556, había cambiado de nombre y se denominaba en aquel momento «Nueva Segovia de Barquisimeto».

La fama que precedía a Aguirre hizo temblar a la población que avisó a las huestes de Diego García de Paredes- uno de los grandes conquistadores españoles, fundador de la ciudad de Trujillo en Venezuela en recuerdo de su Trujillo natal en Extremadura. Además, se le considera como el precursor del derecho de asilo político en América-. García de Paredes no logra impedir que la ciudad fuera convertida en cenizas por el tirano Lope de Aguirre (volvió a edificarse en dos ocasiones más, la última y definitiva en el interior cerca de la región centroocidental de Venezuela. Actual estado de Lara), pero sí logró acorralarlo, incluso con la ayuda de alguno de los marañones hartos de la locura y tiranía de Lope. No es que los marañones fueran menos sangrientos que el supuesto rey Lope, sino que veían que la locura de este sólo los llevaba a la horca. Además, García de Paredes dejó clavadas cédulas que prometían el perdón a los hombres de Aguirre si le traicionaba. Viendo que, si Aguirre se lo proponía, y ante la menor eventualidad, los iba a matar, los marañones poco a poco fueron traicionando a Lope.  El vasco, cercado, enfermo de fiebres y sintiendo próximo su fin, cometió su última locura: apuñaló y mató a su propia hija diciéndole “Más vale que mueras como hija de rey que no que vivas y te llamen hija de traidor”. Era el 27 de octubre de 1561. Ese mismo día dos arcabuceros de los marañones le dieron alcance y le mataron.

García de Paredes dio orden de que lo descuartizaran, y su cabeza fuera expuesta en una jaula como advertencia para nuevos traidores.

Según el testimonio del fraile Reginaldo de Lizárraga fue “la bestia y tirano más cruel que ha habido en nuestros tiempos ni en pasados; mató a muchos; si se reían los mataba, si estaban tristes los mataba; no ha visto ni leído semejante ánimo de demonio”.

Si mis queridos lectores se han hecho una imagen del tipo de persona que tratamos quizá hayan pensado que Aguirre físicamente era un portento, alguien grandote y corpulento; si es así, se habrán equivocado. Este matón, revolucionario y fiero era de corta estatura, fuerte de brazos, de piernas musculosas, flaco de rostro, cara de contorno triangular y sienes muy acusadas, nariz prominente, alta, saliente, ganchuda y barbilla fuerte y puntiaguda, con aire atravesado y mirada torva, y en los retratos que se tienen de él, con barba no muy poblada.

Aguirre fue sometido a un juicio post mortem en el que fue declarado culpable del delito de lesa majestad y varios de sus seguidores condenados a muerte. Felipe II prohibió citar su nombre y declaró a sus hijos de toda naturaleza “infames por siempre jamás, e indignos de poder tener honra ni dignidad ni oficio público, ni poder recibir herencia ni manda de pariente ni de extraña persona”.

Pero la peor consecuencia de la locura de Lope de Aguirre no se la debemos tanto a él como a Simón Bolívar que quiso ver en este loco salvaje al precursor de la independencia de Hispanoamérica, dejando por escrito que: “la rebelión de Aguirre fue la primera declaración de independencia en una región de América”.

No es verdad, Lope no fue un ejemplo a seguir ni precursor de nada, salvo de la vida en un frenopático. Lope fue un loco de atar que, en su huida hacia delante, ávido de riquezas y poder encontró en el enfrentamiento con Felipe II la justificación de su acción sediciosa.

De hecho, Javier Reverte en su libro “El río de la desolación: un viaje por el Amazonas”, dice de Aguirre: “Es probable que muy pocos seres humanos hayan sido tan malignos en la historia como Lope de Aguirre, o al menos tan conscientes de su iniquidad. Era un hombre que parecía amar la maldad y que, cuando menos, hizo de ella su causa y bandera”.

 La fama de Aguirre ha trascendido fronteras e incluso llevada al cine, por ejemplo,  en 1972 en la película “Aguirre, la cólera de Dios” del director alemán Werner Herzog. También la expedición de Ursúa y Lope de Aguirre tiene reflejo en la película “ El dorado” de Carlos Saura de 1988.

BIBLIOGRAFÍA

REVERTE, Javier. – El rio de la desolación: un viaje por el Amazonas”. Plaza & Janes editores. 2004

ROJO PINILLA, Jesús. – “Grandes traidores a España”. Ed Gran Capitán. 2017

USLAR PIETRI, Arturo. – “El camino de El Dorado”. Ed Martínez Roca. 1997

VÁZQUEZ, Francisco. – “El Dorado. Crónica de la expedición de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre”. Alianza Editorial.2007

[1] USLAR PIETRI, Arturo. – “El camino de El Dorado”. Ed Martínez Roca. 1997

[2] https://es.wikisource.org/wiki/Carta_de_Lope_de_Aguirre_a_Felipe_II

[3] VÁZQUEZ, Francisco. – El Dorado. Crónica de la expedición de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre. Alianza Editorial.2007

ROJIGUALDA.

No es extraño que las comunidades, incluso las más primitivas, tengan algún símbolo que las identifique frente a otros grupos. En España uno de los primeros símbolos, si no el primero, fue el penacho de color rojo que llevaban los íberos en sus cascos de bronce. También fue roja la escarapela de los gorros militares españoles hasta su sustitución por la bicolor a mediados del siglo XIX. No por casualidad el color rojo se convirtió en el color nacional por excelencia.

Con los Reyes Católicos las banderas del nuevo Estado unen en sus escudos las armas de Aragón y Castilla. En términos descriptivos no heráldicos: Castillos con tres almenas sobre fondos rojos, la almena del medio de mayor altura, leones rampantes sobre fondo blanco de los castellanos y barras rojas y amarillas del mismo tamaño en posición vertical o partidas con flancos blancos sobre los que se asienta un águila negra, que hacía referencia al reino de las Dos Sicilias. (En términos heráldicos: cuartelado en el que se alternaban las armas de Castilla (de gules, y un castillo de oro almenado de tres almenas, con tres homenajes, siendo el de en medio mayor. Además, cada homenaje tiene también tres almenas. Mamposteado de sable y aclarado de azur) y León (de plata y un león de púrpura, coronado de oro, lenguado y armado de gules), con las de Aragón (de oro y cuatro palos de gules) y las Dos Sicilias (partido y flanqueado, jefe y puntas de oro y cuatro palos de gules, flancos de plata y un águila de sable, coronada de oro, picada y membrada de gules[1]). Posteriormente, tras la conquista de Granada en 1492 se añadió el emblema de este reino, una granada (de plata y una granada al natural, rajada de gules, tallada y hojada de dos hojas de sinople)[2].

Ese ajedrezado en forma de cuadrícula con la corona encima y todo ello sujeto por el Águila de San Juan, con el yugo y las fechas en los laterales inferiores, símbolos de la unión y la fuerza, y, a los pies, el lema “tanto monta, monta tanto”, fue el primero de los escudos de España elegido Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla como armas comunes en 1475.

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Con Juana I se unió al escudo la cruz de San Andrés o aspa de Borgoña, que, si bien procedía de la presencia de Felipe, el hermoso, es decir, tenía origen extranjero, no era extraña a los españoles pues había sido utilizada por algunas milicias del norte de España. La cruz de San Andrés se convertiría, más tarde, en el símbolo hispano muy destacado, pasando a tomar carácter secundario el color del paño donde se bordara. Esta cruz alcanzó carácter tan español porque las tropas hispanas lo llevaban bordado en sus ropas, a modo de distinción en la batalla, ya que entonces no existían uniformes y los soldados vestían de civil y sólo el símbolo de cada país los identificaba.

Con Carlos I, las tropas, aún sin uniforme, seguían identificándose con la cruz de san Andrés, que también se llevaba a modo de bandera a la que se unía otra, símbolo de los Austrias. Esta era de seda amarilla con el Escudo Imperial bordado.

Carlos I transforma el escudo de los reyes católicos para incorporar a él sus armas, con lo que se unen los símbolos tradiciones de los reinos españoles a los de la casa de Austria, de borgoña, Brabante, Flandes y el Tirol (que se manifiesta esencialmente en el águila bicéfala que sirve de soporte). Cambia la corona real por imperial, que se coloca encima del águila y se añaden las columnas de Hércules con la leyenda «Plus Ultra«, en representación del Imperio ultramarino. Finalmente, rodea el escudo el collar del Toisón de Oro, en conmemoración de que Carlos I era soberano de dicha Orden.

El escudo resultaba ciertamente abigarrado:  https://www.pinterest.es/pin/292593307033557517/

Los sucesores de Carlos I descargan el escudo de ornamentos externos, sustituyen la corona imperial por la real y mantienen el Toisón, que a partir de entonces permanecerá en todos los escudos reales.

En 1580, Felipe II de España se proclama rey de Portugal e incorpora las armas del nuevo reino al escudo, que se mantienen hasta que reconoce la independencia portuguesa en 1668.  Se puede ver en el enlace este escudo, donde la representación de Portugal se produce por un pequeño escudete de plata (blanco) y cinco escudetes en azur (azul), puestos en cruz con cinco dineros en plata (blancos) puestos en sotuer (aspa o cruz), bordura de gules (borde de color rojo vivo) con siete castillos de oro. Situado en la parte superior del escudo.

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Escudo_de_Felipe_II.svg

La llegada de los Borbones, con Felipe V, en el siglo XVIII determina un cambio de filosofía en los símbolos y aunque aún no hay una bandera propia, si se atisban los orígenes de la misma.

En primer lugar, Felipe V dará un símbolo unificado y propio a España. Antes, los símbolos, como hemos visto, procedían del escudo real. Felipe V establece una tela blanca con el aspa de borgoña (Cruz de San Andrés) y el escudo, muy parecido a los anteriores, añadiendo la flor de lis de los Borbones.

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Escudo_de_Felipe_V_de_Espa%C3%B1a_Tois%C3%B3n_y_Espiritu_Santo_Leones_de_gules.svg

La actual bandera de España, nació bajo el reinado de Carlos III

La historia de nuestra bandera surge por la necesidad de distinguir a los barcos de la flota española. Hasta ese momento, los barcos iban con el distintivo real, el cual, en el caso de los borbones y como hemos señalado antes, se establecía sobre un fondo blanco y el escudo de la corona en medio. El mismo fondo blanco que tenía media Europa como color principal en sus banderas: Francia, Gran Bretaña, Sicilia, Toscana y otras naciones, lo que dificultaba distinguir al enemigo en los enfrentamientos navales.

Para solucionar el problema, Carlos III mandó a su ministro de Marina, Antonio Valdés y Fernández Bazán, que elaborase una nueva bandera destinada únicamente para uso naval. Valdés convocó entonces un concurso y escogió los mejores bocetos, que presentó al Rey para que tomase la decisión final. Carlos III eligió aquellos que permitieran la visibilidad a gran distancia.

El rey eligió dos modelos diferenciados por el tamaño de las franjas para distinguir a la Marina de Guerra y la Mercante, pero en ambos casos los colores elegidos eran el rojo de la Corona de Castilla y las franjas rojigualdas de la corona de Aragón, pero con la peculiaridad de que se constituyeran en horizontal con la banda amarilla en medio y de doble tamaño que las dos laterales de color rojo y el escudo se situaba en la franja amarilla en su lado izquierdo. El escudo consistía en un óvalo dividido verticalmente en dos mitades en la de la izquierda figuraba sobre fondo rojo el castillo tradicional del escudo desde los Reyes Católicos y, a la derecha, sobre fondo blanco, un león rampante. Todo el conjunto se remataba con la corona real.

https://www.arenaldesevilla.com/banderas-de-espana/bandera-espana-1785-carlos-iii-129-.html

Desde el 28 de mayo de 1785 se usó esta bandera, aunque aún no tuviera la consideración formal de bandera nacional

Durante el reinado de Carlos IV, el uso de la bandera se va extendiendo alcanzando su cenit durante la Guerra de la Independencia. Será durante el reinado de Isabel II cuando la bandera llegará al Ejército de Tierra con el Real Decreto del 13 de octubre de 1843, y la consideración de bandera nacional.

La bandera no cambió sustancialmente ni en el reinado de Amadeo I de Saboya ni en la Primera República. Lo que se modificaron fueron los escudos.

Este era el escudo de la I República:

https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Escudo_del_Gobierno_Provisional_y_la_Primera_Rep%C3%BAblica_Espa%C3%B1ola.svg

La Segunda República ejecutó la idea de poner una banda morada en la línea inferior, que se había barajado y finalmente desechado durante la I República. También se cambió el himno nacional.

El decreto del bando nacional de 29 de agosto de 1936 señala: “Se restablece la bandera bicolor, roja y gualda, como bandera de España”. Tras la victoria de los nacionales en 1939 se impuso definitivamente la insignia bicolor acompañada del águila de San Juan.

Ya en democracia, el Rey Juan Carlos I sancionó el Real Decreto 1511/1977, que regulaba banderas y estandartes, guiones, insignias y distintivos. La Constitución Española, artículo 4.1, constitucionaliza que “la bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas”. También hay que destacar en esta normativa la  “Ley 39/1981, de 28 de octubre, por la que se regula el uso de la bandera de España y el de otras banderas y enseñas”. A ella se une el escudo actual que es casi igual al de la II República, excepto que en vez de coronar el escudo un castillo lo hace una corona, y que se le añadió el emblema de los borbones – un escudete enmarcado con tres flores de lis situado en medio de cuartelado -.

 

BIBLIOGRAFÍA

https://www.heraldicahispanica.com/escudo-de-espana/evolucion-del-escudo-de-espana/

GÓMEZ HERRERA, Rafael Luis. “Compendio de las banderas de España”. Ed Sociedad española de Vexilología.

Diferentes leyes.

[1] https://www.heraldicahispanica.com/escudo-de-espana/evolucion-del-escudo-de-espana/

[2] Op. Cit.

LA INFLUENCIA DEL DINERO EN LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD

La historia de la humanidad no se entiende sin las relaciones sociales y los medios que las facilitan sean de tipo lúdico, cultural, comercial, etc., Hoy nos vamos a referir a los intercambios mercantiles y, especialmente, la importancia del dinero en ellos.

Para situarnos en el tema propuesto debemos partir del primer modo de pago: el trueque. Es decir, el intercambio directo de bienes y servicios, sin mediar la intervención de dinero (la palabra dinero procede del latín denarium, que era una de las monedas que utilizaron los romanos). Algún economista dirá que el trueque también era una forma de generar dinero, pero en este caso vamos a identificar el dinero con la moneda de curso legal.

Por medio de intercambios, concibió el ser humano la satisfacción de algunas necesidades que no podía obtener por sí mismo.  Sin embargo, el simple intercambio, el trueque, no solventaba todas las carencias y generaba algunos problemas: en ocasiones, se intercambiaban cosas que tenían un valor desigual, sobre todo, las horas de trabajo no eran bien recompensadas; en ocasiones, dos personas sólo tenían para ofrecer las mismas cosas o servicios, lo que impedía el trueque; en ocasiones, las cosas que tenía un poseedor no se podían partir y, aunque su valor fuera suficiente para múltiples cambios, su indivisibilidad no permitía adquirir productos de diferentes dueños; en ocasiones, el valor de los productos no se podía acumular por ser perecederos…. Para poder comerciar con sociedades más alejadas o para atender cambios de mercancías en gran cantidad era necesario buscar un sistema que simbolizara el valor de las cosas, por ejemplo, un caracol o cabezas de ganado (de ahí el termino pecunio, pecuniario), el cacao en los aztecas, la sal (origen del término salario) …. Posteriormente, tal representación se hizo por medio de objetos metálicos, entre otros, mediante barras de hierro. Con ello, aunque de manera rudimentaria, había nacido la moneda.

Las monedas más antiguas que se conocen proceden de china y datan del 1100 a.C.-. estaban hechas en bronce e incluían representaciones de las herramientas que antes se cambiaban por mercancías-.

Las primeras monedas hechas con una aleación de oro y plata aparecieron en Lidia (entonces parte del Imperio Heleno y hoy perteneciente a Turquía), en el siglo VII a. de C. En sus caras se suelen representar animales, por ejemplo, un león, animal relacionado con la realeza y con el poder o una lechuza que era el símbolo de Atenea, la diosa de la sabiduría. Todas ellas tenían un peso y unas dimensiones específicas, unos 4’75g y una aleación cuya proporción era, aproximadamente, de 60/40 de plata sobre el oro; lo que daba a estas monedas un valor estable. Por tanto, la primera moneda dotada de estabilidad y pervivencia fue el dracma. Con el tiempo, cada ciudad griega tuvo su propia moneda, menos Esparta, que siguió utilizando barras de hierro como elemento de cambio.

Las monedas griegas, sobre todo las atenienses, fueron difundidas por comerciantes y soldados griegos por todo el mundo, siendo imitadas en otros lugares. Filipo, rey de Macedonia, unificó tanto Grecia como su moneda, eliminando las de cada ciudad. La peculiaridad de estas nuevas monedas era que tenían acuñada la cara del rey. El ejemplo fue seguido por su hijo, Alejandro Magno, y al ritmo de sus conquistas, impuso la costumbre de identificar las monedas con la cara del mandatario de cada lugar. En Roma, los ciudadanos, sobre todo los de las provincias más alejadas, conocían al emperador casi exclusivamente por la moneda, y los cambios de emperador por el cambio en la acuñación. A veces seguían circulando las monedas del emperador anterior, pero no siempre, sobre todo, si, como en el caso de Calígula, su recuerdo era tan malo que, para hacer olvidar su mandato, se fundían las monedas.

La caída del Imperio romano desmenuzó el mapa de Europa y afecto en dos formas al sistema monetario, por un lado, desaparecieron las reservas de oro y plata en muchos sitios por no tener minas; por otro, el comercio casi desapareció volviéndose al trueque y a una economía autárquica durante la Alta Edad Media.

Hasta que no reinó la paz y la estabilidad en Europa, mejoraron las comunicaciones, se incrementó la producción agrícola, aumentó la población y la seguridad de los caminos no se retomó el comercio, siendo un punto de inflexión positivo el siglo XII. Los intercambios mercantiles florecieron en torno a las ferias, lo que también determinó la reordenación y creación de las ciudades. Tres fueron las actividades o elementos principales sometidas a transacciones comerciales: las relativas a la alimentación, a la vivienda y al vestir. Así nacieron los primeros mercaderes profesionales que iban de feria en feria, primero a las más cercanas; posteriormente con el apoyo en carros y bueyes a otras más alejadas, hasta instalarse en las ciudades para la venta al por mayor. Los intercambios de los excedentes permitieron que el comercio se ampliara y pasara de venderse materias primas o bienes de primera necesidad a comerciarse con artículos de lujo como perfumes, especias…

La ampliación de los mercados logró un comercio internacional favorecido por las rutas marítimas- en aquel momento, gracias al Imperio español- y rutas terrestres en Europa que se centraban también en territorios imperiales: Flandes e Italia del Norte; ambas zonas estaban muy pobladas y se dedicaban generalmente a la manufactura de tejidos, metal y cerámica.

Paralelo a este progreso comercial se estableció un desarrollo monetario universal. Sería en este momento cuando apareciera el real de a ocho, también conocido en el mundo anglosajón como dólar español o Carolus. Era una moneda de plata que, si bien surgió en 1497, fue grande gracias al amplio uso que se hizo en todo el Imperio muy especialmente en la época de Felipe II, llegando durante el S XVIII a convertirse en la primera divisa de uso mundial. Fue la primera moneda de curso legal en EE.UU, donde era conocida como dólar. En este punto vamos a realizar una pequeña digresión para explicar el origen de la palabra dólar. En 1535, tras la creación del Virreinato de Nueva España, Carlos I ordena que en las recién descubiertas minas de plata en aquel territorio se empiece a acuñar una moneda similar a la que se utilizaba en Europa con el nombre de thaler; nombre que es una abreviatura de Joachimsthaler, el valle al norte de Bohemia en el cual se encontraban las minas de plata que proveían del metal para acuñarlas hasta ese momento. En Nueva España se cumplió la orden y acuñaron los thaler, con la misma cantidad de plata que el real de a ocho, se trataba de la misma moneda. Sin embargo, al no estar familiarizados con la fonética de la letra “th” su pronunciación se transformó en una “d”, bautizando de este modo a la moneda con el nombre de ‘daler’, que derivó en dólar.

Además de aquellos avances monetarios, en la época imperial española se constituye de manera estable la institución bancaria. Aunque el origen de los bancos se sitúa en torno a las cruzadas y a la orden de los Templarios, su desarrollo como banca moderna se origina en el S XV. Su función era agilizar las transacciones comerciales y dar seguridad a los comerciantes, reconocer las diferentes monedas, su peso y sus equivalencias. Muchos de estos banqueros se convirtieron con el tiempo en cambistas y su trabajo se basaba en tener diferentes tipos de monedas para que un comerciante pudiera cambiarla por otra y así comprar en otros países;  también ejercían de prestatarios, de los que el Imperio español, tanto Carlos V como Felipe II, conocían bien su función y los débitos que la Corona española adquirió para sus conquistas, estando respaldados por el oro llegado de América o las especias del Pacífico. Aun así, el Estado español cayó en bancarrota en distintas ocasiones.

Quizá si recordamos a Quevedo en su famoso “Poderoso caballero es don dinero” veamos todos esos pasos:

“Nace en las Indias honrado,
donde el mundo le acompaña;
viene a morir a España,
y es en Génova enterrado.”

La aparición de los bancos tuvo otra consecuencia destacada: permitió la creación del papel moneda (billetes) y de otros sistemas de pago (se había generalizado la custodia del oro y de las joyas de las familias adineradas por parte de los orfebres, quienes entregaban resguardos con su firma y sello a los depositantes. Al igual que los pagarés, tales resguardos acabarían siendo aceptados como medios de pago en las transacciones). Este sería un sistema que permitiría al portador llevar gran cantidad de dinero sin transportarlo personalmente.

El pionero en utilizar billetes, fue el emperador mongol, KUBALI KHAN en el Siglo XI. Pero es a finales del Siglo XVI cuando el pueblo lo utilizó para saldar deudas y realizar pagos y momento en el que los bancos emitieron certificados por cantidades fijas. Los primeros billetes oficiales se acuñaron en 1694, por el Banco de Inglaterra, así se estableció para siempre el dinero fiduciario, a diferencia de las monedas de la época, el billete solo tenía valor representativo.

Durante el siglo XVIII se irán fundando bancos para satisfacer las necesidades financieras de los estados y los particulares, sustituyéndose gradualmente sus emisiones iniciales de pagarés, vales, bonos, etc., por billetes. En nuestro país, el Banco de San Carlos, antecedente del Banco de España, lanzó lo que se llamó cédula por primera vez en 1783. El 1 de mayo de 1856, se produce la primera emisión de billetes españoles. Con todo, habrá que esperar al siglo XIX y al enorme impulso que recibieron los bancos con la gran demanda financiera que la revolución industrial trajo consigo, para que el papel moneda se instalara definitivamente. Los primeros en utilizar los billetes a gran escala fueron los norteamericanos a finales del Siglo XVIII al aparecer un problema de pagos en tiempos de guerra, naciendo los denominados greenback. Los greenbacks o billetes verdes, fueron dólares emitidos en 1861 por el Gobierno de la Unión, para sufragar los gastos de guerra contra los secesionistas del Sur. En sus inicios eran 100% canjeables por oro. Pero, poco tiempo después, quedó en suspenso esta norma de conversión y las posteriores emisiones de estos billetes verdes dejaron de ser convertibles. Así que los greenbacks cayeron de valor rápidamente, experimentando un descuento enorme, en relación a los metales preciosos. Sin embargo, a pesar de no tener ningún valor aparentemente, seguían siendo utilizados por los ciudadanos. La costumbre de su uso favoreció esa aceptación como forma de pago.

Por entonces, en cada país, eran múltiples los bancos que monedeaban sus propios billetes, garantizando muy difícilmente la convertibilidad de los mismos con sus reservas de metales preciosos. Es la centralización de la emisión de un solo banco controlado por los gobiernos, unida a los avances en las artes gráficas, lo que permite apreciar en el papel moneda su utilización como testimonio de la presencia de cada Estado respaldando su valor, y dando testimonio de una época y lugar en las representaciones en los anversos y reversos de los billetes de unos personajes contemporáneos o históricos, populares o distinguidos, monumentos, paisajes,… propios de una identificación colectiva. En 1874, el Banco de España se establece como único banco emisor nacional.

Sin embargo, la moneda de cada país que es utilizada como medio de cambio no tiene por qué ser utilizada como medida del valor (patrón convertible). Durante el periodo en que América del Norte era una colonia, por ejemplo, la moneda española era un importante medio de cambio mientras que la libra esterlina británica era el patrón de medida del valor.

Durante casi 200 años fue la libra esterlina la moneda patrón para la conversión, al igual que la moneda refugio anterior había sido el Real de a ocho español, tras la Segunda Guerra Mundial el dólar norteamericano fue aceptado como moneda universal debido al reconocimiento de una innegable realidad: la existencia de un país lo suficientemente rico como para que todos creyeran que aquellos papeles de color verde podrían ser cambiados por oro. De ahí nació el patrón oro- dólar. Hasta que, el 15 de agosto de 1971, el presidente Nixon anunció que su gobierno anulaba el compromiso de pagar con oro el valor del dólar. Generando una serie de problemas económicos que no son objeto de este blog.

Finalmente, destacaremos dos hechos significativos acontecidos en los últimos tiempos, por un lado, la Unión Económica y Monetaria europea que en la práctica supone la coordinación de las políticas económicas y presupuestarias de los países acogidos a la misma, una política monetaria común y una moneda común, el euro. Buscando con ello las ventajas que una única moneda genera en el comercio transfronterizo, el intercambio empresarial y el control de determinados aspectos económicos, como el déficit. El Euro fue introducido oficialmente el 1 de enero de 1999, aunque durante los primeros años no era una moneda en circulación. Tal eventualidad ocurrió el 1 de enero de 2002 y en 12 países (hoy, 19) de la UE se produjo el mayor cambio de moneda de la historia. Dando lugar, con ello, al nacimiento de la denominada zona euro, que no afecta sólo a los países miembros de la unión que han aceptado esta moneda, sino a otros que aceptan el cambio en euros o la circulación de los mismos, como Andorra, San Marino o el Vaticano, entre otros. El Euro, sirve de valor fijo en países cuya población alcanza los 240 de personas alrededor del mundo y se ha convertido en la segunda moneda de reserva después del dólar USA.

En segundo término, se hace patente un intento de cambio del sistema monetario tal y como es conocido hasta ahora, mediante el alejamiento de la emisión oficial de los bancos centrales por la presencia de criptomonedas, cuyo futuro está por despejar.

De todos modos, el desarrollo de medios electrónico está propiciando una nueva serie de medios de pago que pretenden sustituir a la moneda en un tiempo supuestamente breve.

BIBLIOGRAFÍA

RUS ARIAS, Enrique. “Origen del dinero”. Economipedia.com.

https://economipedia.com/historia/origen-del-dinero.html

DAVIES, G y BANK, J. H.. “A history of money: from ancient times to the present day”. University of Wales Press, 2002.

HOWGEGO, C. J. “Ancient History from Coins”. Psychology Press. 1995.  (Google Books).