LA MASACRE DE APALACHE

Para todos aquellos que hablan del genocidio español en América, desconociendo las leyes de Indias, la doctrina de los Justos Títulos, la evangelización y toda la historia de nuestra presencia en América, traemos hoy a colación un episodio acontecido en uno de los momentos más deprimentes de nuestra Historia, durante la Guerra de Sucesión, en concreto en 1704.

Mientras nosotros decidíamos quién sería nuestro rey – con el apoyo francés a los borbones, como señalaba el testamento de Carlos II, frente a los países que apoyaban al archiduque Carlos-, en América del Norte, estallaba lo que los ingleses conocen como la “Guerra de la reina Ana” que fue la segunda de una serie de guerras entre los franceses, los indios nativos y los ingleses.

La denominación británica a cada una de este conjunto de guerras por el control del continente americano fue:

1.- Guerra del rey Guillermo 1688-1697.

2.- La Guerra de la reina Ana 1702-1713.

3.- La Guerra del rey Jorge.  1744-1748 ( También conocida como la Guerra de la oreja de Jenkins). https://algodehistoria.home.blog/2020/11/27/cartagena-de-indias-1741/

4.- Cuarta Guerra intercolonial o Sexta Guerra India o Guerra de Conquista (en Quebec) 1754-1763. Realmente, fue un pasaje dentro de la Guerra de los 7 años.

La Guerra de la reina Ana se libró entre los ejércitos leales a los Borbones de España y Francia contra Inglaterra (más las fuerzas coloniales inglesas). En la guerra también participaron numerosas tribus indias americanas.

La guerra estalló en el sur de los actuales Estados Unidos entre las colonias francesas y británicas en 1701, tras la muerte del rey Carlos II de España. Al principio la guerra se limitó a unas escaramuzas entre colonias, pero su rigor se amplió en mayo de 1702 cuando Inglaterra declaró abiertamente la guerra a España y Francia. Las hostilidades en América se vieron alentadas aún más por las fricciones existentes a lo largo de las zonas fronterizas que separaban los territorios dominados por esas potencias. Esta falta de armonía tuvo más intensidad a lo largo de las fronteras norte y suroeste de las 13 colonias inglesas.

Los centros de población de estas colonias se concentraban a lo largo de la costa, con pequeños asentamientos tierra adentro, que a veces llegaban hasta los Montes Apalaches. La mayoría de los colonos europeos no se adentraban hacía el interior: al oeste de los Apalaches y al sur de los Grandes Lagos. Esta zona estaba dominada por tribus indias, aunque un pequeño número de comerciantes franceses e ingleses habían penetrado en la zona.

La propuesta de asentamientos españoles era diferente a la británica, pues se basaba en misiones a lo largo de la frontera sur de lo que hoy es EEUU, incluyendo Florida,  estableciendo una red que no sólo buscaban la evangelización de la población sino la enseñanza y la mejora de las condiciones de vida de los nativos.

https://algodehistoria.home.blog/2020/07/03/la-presencia-espanola-en-ee-uu/

La población española en la zona de la Florida era relativamente pequeña (alrededor de 1.500 personas), y se estima que la población india que dependía de los españoles ascendía a 20.000. Esta población india se encontraba especialmente a gusto en las misiones españolas después de que la Ley de Títulos asegurara tierras, libertad – no eran esclavos- y becas coloniales a cualquier nativo evangelizado.

En la zona del Misisipi, también existía cierta presencia colonial francesa en Fort Maurepas (cerca de la actual Maurepas, Illinois). Desde allí comenzaron a establecer rutas comerciales hacia el interior, manteniendo relaciones amistosas con los Choctaw, una gran tribu entre cuyos enemigos se encontraban los Chickasaw, aliados de los británicos. Durante la guerra, aquellas colonias francesas recibieron el apoyo militar español que llegó principalmente en forma de apoyo naval desde los puertos españoles en el Caribe y América Central, y penetrando en lo que hoy son los EE.UU, a través de las posiciones francesas entremezcladas a lo largo de la costa británica.

Las fuerzas franco-españolas, así como los británicos, sabían que el Misisipi era esencial para sus actividades comerciales y, por lo tanto, ambos bandos emplearon muchos recursos para hacerse con el control del río.

Los esfuerzos de España por generar un ejército local a partir de la población nativa residente en sus territorios contribuyeron significativamente a crear un sentimiento pro español y deparó importantes éxitos durante aquella contienda. Más comprensible ese sentimiento si, a las ventajas que ofrecía España, se suman las tropelías británicas contra los indios.

La situación en Carolina era la de un establecimiento comercial británico en expansión, aprovechando el Misisipi. La intención de los “carolinos” era bajar hacia La Florida- que no se corresponde con el territorio actual de ese Estado americano. Más bien se sitúa en la actual Georgia- para hacerse dominantes en esta zona, sin tener el más mínimo respeto a la presencia española. Tanto el gobernador de Carolina, Joseph Blake, como su sucesor, James Moore, planificaron su expansión hacia el Sur y el Oeste a expensas de los intereses franceses y españoles.

En 1702, el coronel James Moore lanzó un ataque por tierra y mar contra la misión de San Agustín con el propósito de extirpar el centro del poder español en el sureste americano. Su fuerza estaba formada por 600 voluntarios ingleses y 600 aliados nativos. A medida que la fuerza terrestre avanzó hacia el Sur, destruyó las misiones franciscanas costeras en Timucua.

En San Agustín, incapaz de reducir la fortaleza de los españoles (el Castillo de San Marcos), Moore descargó su frustración incendiando toda la ciudad, excepto el hospital. El castillo español de San Marcos resistió el asedio, y este hecho ha sido considerado por todos como el inicio de la derrota de los ingleses.

Cuando los invasores ingleses y sus aliados nativos se retiraron, un corresponsal de guerra neoyorquino lamentó la barbaridad que se había cometido al quemar la biblioteca del monasterio con importantes textos religiosos y la destrucción de los registros de la misión de Florida: mapas, dibujos, estudios, correspondencia, todo irremediablemente desaparecido.

Moore regresó a Carolina deshonrado. No había logrado la rendición de San Agustín; había contraído una deuda para Gran Bretaña considerable; y había hundido su flota marítima. Decidió hacer algo para restaurar su reputación. Planificó el asalto a las misiones franciscanas en Apalache, la provincia nativa que se encontraba entre los ríos Ocklockonee y Aucilla, con su sede central, San Luis, en la actual Tallahassee. Esperaba recuperar los gastos consiguiendo un gran botín material y muchos esclavos.

Esta vez, con 300 anglosajones y 1.500 indios de la tribu Creek, Moore cayó sobre las 12 misiones franciscanas activas, comenzando con Concepción de Ayubale, el 25 de enero de 1704. Para su sorpresa, los españoles en Ayubale opusieron una firme defensa bajo el liderazgo de uno de sus frailes, Ángel de Miranda. En dos ocasiones, los españoles a base de disparos de mosquetes y flechas rechazaron los ataques de Moore contra el recinto de la misión. Sin embargo, después de nueve horas, una vez agotadas las municiones, los españoles y los apalaches se rindieron.

Moore dejó vivir a fray Ángel, pero no tuvo piedad de los nativos. La mayoría fueron asesinados a cuchilladas; otros murieron quemados; otros fueron empalados en estacas… Así fue por toda la provincia. Mientras que, durante casi medio siglo, los frailes y los nativos habían vivido pacíficamente cultivando las tierras, educándolos y evangelizándolos en la misión, los británicos masacraron y exterminaron a los indios apalaches de la misión de Ayubale. Destrozaron las iglesias y complejos.

En total, las tropas de Moore mataron a mil apalaches (y dos frailes),  2.000 nativos tuvieron que ir al exilio y otros mil más fueron vendidos como esclavos en Carolina. Se considera que esta fue la esclavización más importante realizada de una sola vez en el Sur de los EE.UU.

Entre los que se exiliaron, se encontraban los indios convertidos al catolicismo de la misión San Luis, quienes, adelantándose a los ingleses, quemaron sus edificios y se refugiaron entre los católicos franceses en Mobile. Otros terminaron cerca de San Agustín o Pensacola. Descendientes de una de esas familias de exiliados fueron encontrados en 1996, en Luisiana y aún eran católicos practicantes.

No fueron los únicos, muchos otros nativos, debido a las leyes protectoras y a la política de entrega de tierras realizada por España se asentaron en territorios dominados por las misiones españolas y se negaron a colaborar de forma armada con los ingleses; se unieron a la defensa de la frontera de Luisiana con los aliados españoles de los choctaw, timucua y apalache.

Los españoles respondieron a los ataques fomentando las incursiones corsarias contra las plantaciones situadas en los litorales de Carolina. En los años siguientes, los colonos ingleses siguieron atacando los intereses españoles y franceses en la Florida y en las costas del golfo de México, pero nunca fueron capaces de capturar San Agustín, Pensacola o Mobile, los principales asentamientos españoles y franceses. Pensacola fue sitiada dos veces por las fuerzas Creek en 1707, al parecer con el apoyo de los colonos ingleses.  Precisamente, nuestro héroe Gálvez tuvo una presencia decisiva en la defensa de la Luisiana , del Misisipi y Pensacola, durante la guerra de los 7 años. Como ya vimos en:

https://algodehistoria.home.blog/2020/03/27/un-heroe-y-un-villano/

En 1712, se declaró un armisticio. Por el Tratado de Utrecht, los británicos obtuvieron Terranova, la región de la Bahía de Hudson, y la isla Caribeña de San Cristóbal. La paz duró hasta la siguiente guerra, la Guerra del rey Jorge de 1744.

Al final de la Guerra de Sucesión española en Europa, las armadas española y francesa se hicieron más fuertes en el Nuevo Mundo, lo que dio lugar a un antagonismo mayor contra los británicos y lograron limitar el expansionismo anglosajón al oeste del río Ohio.

Los españoles mantuvieron San Agustín y Pensacola hasta principios del siglo XIX, pero su sistema de misiones al norte de Florida (actual Georgia) fue destruido por las incursiones inglesas.

 

BIBLIOGRAFIA

HERNÁNDEZ SÁNCHEZ- BARBA, Mario y HERNÁNDEZ RUIGÓMEZ, Manuel. – “Historia de Inglaterra: una aproximación española”. Ed Francisco de Vitoria. 2023.

ESPARZA, José Javier.- “ Te voy a contar tu historia. La gran Epopeya de España”. Ed. La esfera de los libros. 2023.

Enciclopedia británica.

BARCELONA, 1714.

El triste reinado de Carlos II tuvo un final aún más desgraciado por la búsqueda de un sucesor a la corona. La falta de descendencia directa de Carlos II, a pesar de sus dos matrimonios (María Luisa de Orleáns y Mariana de Neoburgo), planteó una lucha internacional por la Corona española. Tres eran los posibles sucesores. El archiduque Carlos de Austria, segundo hijo del emperador Leopoldo I y de su segunda esposa, Leonor de Neoburgo, representaba la continuidad de la dinastía de los Habsburgo y de la alianza con la corte de Viena. Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, basaba sus derechos en el matrimonio de su abuelo con la infanta María Teresa, hermana de Carlos II.  El príncipe José Fernando de Baviera, hijo del elector Maximiliano Manuel de Baviera y de María Antonia de Austria, hija a su vez del emperador Leopoldo I y de su primera esposa, la infanta española Margarita de Austria, hermana de Carlos II, era el que aseguraba el mejor equilibrio europeo.

En un primer momento el rey de Francia, Luis XIV y el de Inglaterra, Guillermo III, que a su vez era el Estatúder de Holanda, querían repartirse los diferentes territorios de la corona española. Sobre todo, a los ingleses les interesaba las provincias americanas y las rutas comerciales de ultramar.  Se firmaron dos tratados secretos entre ambos monarcas en 1698 y 1699. La esencia de ambos era el reconocimiento de uno de los candidatos como rey de España y de las Indias y la indemnización a los demás con el reparto de los dominios españoles en Europa.

Estos acuerdos se vieron truncados por dos motivos: 1) el fallecimiento del príncipe de Baviera,  y 2) Carlos II deseaba mantener la integridad de la monarquía hispana.

Así, aunque el archiduque Carlos era el preferido por muchas de las cortes europeas y también el que aparecía en primer lugar en el testamento de Carlos II, debido a la búsqueda de la integridad territorial, llevó al monarca español a modificar su testamento el 2 de octubre de 1700. Prohibió cualquier reparto de la herencia española y designó como sucesor a Felipe de Anjou, segundo hijo del Delfín Luis, a condición de que renunciase a todos sus derechos sobre el trono de Francia. Carlos II muere el 1 de noviembre de 1700.

La designación de Felipe V como monarca español provoca una guerra internacional por el deseo de Inglaterra y Holanda de impedir la unificación de las coronas de Franca y España bajo la misma persona, pues la llegada de los Borbones al trono español alteraba el equilibrio europeo establecido en la Paz de Ryswick (1697). Frente a las dos monarquías borbónicas, surgió la Gran Alianza de La Haya (1701), que coaligaba a los defensores de la candidatura del archiduque Carlos: Austria, Holanda e Inglaterra, a los que luego se unieron el rey de Portugal y el duque de Saboya. Sin embargo, la situación se modifica cuando, en 1711, Carlos de Habsburgo heredó el imperio alemán. Esta herencia, suponía la posible unión entre España, Austria y el imperio germánico, regidos todos por la catolicísima Austria que rememoraba en Europa lo que fue el gran imperio de Carlos V. Esta asociación parecía aún más peligrosa para los intereses británicos que la presencia francesa en el trono español. Por este motivo, en 1712, el gobierno inglés inició las conversaciones en la ciudad de Utrecht para firmar una paz que fue bastante favorable para sus intereses. Aún hoy sufrimos las consecuencias.

En estas circunstancias, los ingleses se desentendieron completamente de la guerra. En un primer momento Austria y Holanda intentaron continuar en solitario, pero sin la ayuda militar inglesa, sus ejércitos fueron completamente derrotados el 24 de julio de 1712 en la batalla de Denain. A eso se unió el desinterés del archiduque Carlos por el trono español, lo que dejó a sus partidarios en España huérfanos de apoyo alguno.

La guerra concluyó con la firma del Tratado de Utrecht en 1713. La paz de Rastatt supuso el fin de la guerra entre Francia y Austria, se firmó en 1714. Portugal firmó la paz con Felipe V en 1715. Carlos VI de Austria no reconoció a Felipe V hasta la Paz de Viena, en 1725. Fecha en la que renunció definitivamente al tono de España.

Lo estipulado en esos tratados se resume en lo siguiente:

  • Felipe V era reconocido por las potencias europeas como Rey de España, pero renunciaba a cualquier posible derecho a la corona francesa.
  • Los Países Bajos españoles y los territorios italianos( Nápoles y Cerdeña) pasaban a Austria.
  • El reino de Saboya se anexionó la isla de Sicilia
  • Inglaterra obtuvo Gibraltar, Menorca y el navío de permiso(derecho limitado a comerciar con las Indias españolas) y el asiento de negros (permiso para comerciar con esclavos en las Indias).

El Tratado de Utrecht marcó el inicio de la hegemonía británica en el mundo.

Internamente, la diferencia esencial entre los dos candidatos a la sucesión de la corona estribaba en el centralismo administrativo francés propugnado por Felipe V y el respeto a los fueros propios de la antigua corona de Aragón del archiduque Carlos. Esto le granjeó el apoyo de las provincias que constituían el antiguo reino de Aragón ( que viraron su apoyo, pues en un primer momento eran partidarias de los borbones).

Cuando se firman los tratados de paz, la población catalana pretendió exigir a los ingleses lo acordado en el “Pacto de Génova” – firmado en 1705 entre Inglaterra y un grupo de propietarios y nobles catalanes en el que se comprometían a apoyar al pretendiente austríaco a cambio de mantener los fueros catalanes-.

Por aquel acuerdo, en las negociaciones de paz con los ingleses, Felipe V, presionado por la reina Ana de Inglaterra, concedió un indulto general a los catalanes, pero en el mismo no se comprometió a mantener sus leyes e instituciones, ni concedió la amnistía, tal como le solicitaban los británicos. Finalmente, los ingleses aceptaron, en este punto, las posiciones de Felipe V y abandonaron Cataluña tras la firma del Tratado de Hospitalet.

Ya antes de firmar aquellos tratados de paz, Felipe V por el decreto del 29 de junio de 1707 declaraba abolidos los fueros y el sistema político de los reinos de Aragón y Valencia. Lo que supuso que, una vez pacificada la zona, los decretos de Nueva Planta modificaran las antiguas instituciones del reino de Aragón buscando la centralidad en el gobierno. Desaparecieron las Cortes de cada reino, y otras organizaciones regionales. Un reducido número de ciudades fue admitido en las Cortes de Castilla, cuya función se limitaba ya a la administración de algunos impuestos, cierto carácter presupuestario y la jura del príncipe de Asturias. Durante la ratificación de los tratados de Utrecht y Rastatt, las Cortes de Castilla, aceptaron el 10 de mayo de 1713 la Ley Sálica, origen remoto de las próximas guerras civiles: las guerras carlistas. Por otro lado, la Nueva Planta también afectó al régimen municipal. Se suspendieron las asambleas municipales, y sus autoridades desde entonces fueron designadas por el rey, extendiendo a la Corona de Aragón el sistema castellano de corregidores y de regidores vitalicios, sin embargo, para los vizcaínos, guipuzcoanos y alaveses ( no existía entonces un territorio regional vasco) y Navarra, por haber apoyado a los borbones se respetaron parte de sus fueros. No olvidemos que, como parte de esos fueros, si un vizcaíno debía ser enjuiciado, su caso se juzgaría en la Chancillería Real de Valladolid.

Tradicionalmente las instituciones fundamentales de Cataluña eran conocidas como: Los “Tres Comunes de Cataluña” y que eran, la “Diputación General de Cataluña”- Generalidad-, el “Consejo de Ciento” de Barcelona y el “Brazo Militar” de Cataluña.

La Diputación General, dependiente de las Cortes, llevaba en su historia una larga sucesión de conflictos con los reyes aragoneses. No olvidemos que esta institución nació de la mano de Pedro IV de Aragón en 1362 (el Condado de Barcelona- que ocupaba la mayor parte de la actual Cataluña- se integró en la Corona de Aragón en 1162). La Diputación tenía como finalidad la creación y gestión de un impuesto que se llamaba generalidades. Especialmente bruscas fueron las relaciones con la dinastía Trastámara, en busca siempre de una autonomía de actuación que no se sometía fácilmente al mandato Real. Entre esos conflictos destaca la guerra civil catalana (1462-1472). El periodo de mayor apaciguamiento lo tuvieron bajo Fernando el católico.

El Consejo de Ciento era la institución de autogobierno municipal.

El brazo militar era la reunión de los nobles militares catalanes. Su poder se escapó siempre al de los monarcas aragoneses y españoles. José Patiño, el que fuera Secretario de Estado de Felipe V describió esta institución del siguiente modo:

“Un congreso de todos los caballeros de Cataluña que se juntaban a su arbitrio, fuera de Cortes, y en cualquier tiempo”(…)de algunos años a esta parte, por descuido o tolerancia de los ministros, [su poder] se había hecho formidable, y se entrometía en todas las materias de estado, publicándose celadores de la observancia de sus fueros”[1]. Su influencia se imponía incluso al de la Diputación general

En 1713, ante la evacuación de las tropas aliadas los diputados de la Diputación general se resignaron a aceptar la realidad de los hechos, sin embargo, un grupo de la aristocracia catalana forzó a los diputados a convocar urgentemente, el 30 de junio de 1713, la Junta General de Brazos, la idea era continuar la guerra en nombre del archiduque Carlos y en defensa de los fueros e instituciones catalanas.

Por lo tanto, nunca se trató de una guerra de independencia como algunos quieren contar, sino de continuar la guerra de sucesión, pensando que tanto Inglaterra como Austria podrían seguir prestándoles su apoyo contra los franceses, contra Felipe V, y lograr que el archiduque Carlos se convirtiera en rey de España.

La realidad militar se iba imponiendo y las tropas borbónicas conquistaban, casi sin oposición, pueblo a pueblo, toda Cataluña. El obstáculo lo encostraron en Barcelona. Allí Manuel de Ferrer y Sitges movilizó con su discurso a los miembros de la Generalidad. Su discurso se basaba en la defensa de los privilegios catalanes de una manera tan radical que, unido a las posiciones recias de los partidarios de Felipe V, lograron que en aquellos días salieran de la ciudad de Barcelona muchos miembros de la nobleza, de la burguesía y del clero, a la vez que entraban en la ciudad los elementos antifilipistas más intransigentes, que radicalizarían aún más la resistencia.

La resistencia militar catalana se sometió al mando del general “austracista” Antonio Villarroel, un militar experimentado, que tuvo que conducir las operaciones con la constante intromisión de la Diputación y del Consejo de Ciento, que hacían y deshacían a sus anchas.

La lucha fue muy dura entre el ejército de Felipe V, de un lado, y las tropas pro-austriacos unidas a las partidas armadas catalanistas, de otro. No se respetaba a nadie, ni ancianos, ni mujeres, ni niños.

La Diputación y el Consejo de Cientos intentaron movilizar a los pueblos en contra de Felipe V y aligerar así el cerco sobre Barcelona. Pero nada consiguieron. Sólo a principios de 1714, la imposición de un subsidio para el mantenimiento de las tropas borbónicas produjo un alzamiento general en diversas comarcas catalanas, movimiento que no tuvo ninguna conexión con Barcelona y que fue rápidamente sofocado. Durante los primeros meses de 1714, las fuerzas borbónicas disminuyeron en número alrededor de Barcelona lo que permitió introducir en la ciudad víveres y refuerzos enviados desde Mallorca e Ibiza, que permanecían leales al archiduque.

En julio de 1714, las tropas felipistas se encontraban bajo el mando del duque de Berwick.  Todos los hombres barceloneses mayores de 14 años fueron llamados a la defensa, en la que participaron incluso sacerdotes y mujeres.

El 12 y 13 de agosto, Berwick, tras intentar varios asaltos infructuosos a la ciudad, se olvidó de medidas “débiles” y optó por bombardear la ciudad. Tras la paz de Rastatt , 7 de septiembre de 1714, los borbónicos trataron de llegar a un acuerdo para la rendición de la ciudad, que fue rechazado por la Junta de Gobierno, formada por representantes de los tres comunes, esperanzados por culpa del lenguaje ambiguo de los ingleses y del emperador Carlos que parecían indicar que auxiliarían a los cercados. Tales ayudas nunca se materializaron, al contrario, la posición de ambos países más bien buscaba la desestabilización hispano-francesa, que una ayuda real a los catalanes. A esta resistencia se opusieron Rafael Casanova, conseller en cap de la ciudad- nada que ver con lo que se intenta representar hoy con esa denominación. El conseller en cap era el principal representante del Consejo de Cientos-, y del general Villarroel. Este último dimitió al considerar inútil la defensa. Esta renuncia hizo que se nombrara a la Virgen de la Merced como generalísimo de las fuerzas resistentes.

En la madrugada del 11 de septiembre se produjo el asalto final de los felipistas. Villarroel reasumió el mando de las tropas y pidió a Casanova que condujera la Coronela ( así se llamaba la milicia local de Barcelona) hasta el baluarte de Sant Pere, al objeto de rechazar al enemigo. Fue allí, enarbolando el estandarte de santa Eulalia, la patrona de la ciudad, donde Casanova recibió un disparo en el muslo y tuvo que ser evacuado. Villarroel, por su parte, dirigió la defensa en torno a la plaza del Born, donde resultó herido. El combate continuó todavía en el interior de la ciudad, antes de que Villarroel pidiera el alto el fuego hacia las 2 de la tarde.

El Consejo de Ciento con Casanova al frente publicó todavía un bando para pedir un último esfuerzo a los defensores, “a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España.

No hace falta realizar un análisis de texto muy concienzudo para darse cuenta de que su rey era el archiduque Carlos- es decir, no pedían una república catalana, como algunos nos quieren hacer creer-, y su lucha era por la “libertad de toda España”, vamos que aquellos catalanes se sentían muy españoles.

Pero cualquier resistencia era ya inútil porque las tropas borbónicas estaban dentro de la ciudad y no cabía más opción que capitular. Berwick prometió a los defensores que se respetarían sus vidas y no habría pillaje. Al día siguiente, las tropas de Felipe V entraban en una ciudad medio destruida.

Casanova obtuvo el perdón real, al igual que la mayoría de dirigentes políticos catalanes, y volvió a ejercer la abogacía hasta poco antes de su muerte.

Su figura se ha convertido en un icono del catalanismo, en una de tantas tergiversaciones de la historiografía nacionalista de finales del siglo XIX, y no digamos la actual. La verdad es que Casanova siempre se comportó como un austracista. El historiador Joaquín Coll, asegura que esa parte de la historiografía nacionalista dibujan “un relato falso de una guerra de Cataluña contra España, de ocupación, de represión”.

Tras la caída de Barcelona, las tropas reales ocupan Mallorca en 1715, con todo, la caída de la Ciudad Condal marca clamorosamente el fin de los deseos austracistas y como señaló Voltaire fue “la última llama del incendio que devastó durante tanto tiempo la parte más bella de Europa, por el testamento de Carlos II, rey de España”.

BIBLIOGRAFÍA

KAMEN, Henry. “ La guerra de sucesión en España 1700-1715”. Ed Grijalbo.1974

MARTÍ FRAGA, EDUARD: “La Conferencia de los Tres Comunes (1697-1714). Una institución decisiva en la política catalana”. Ed. Milenio. 2008.

SAEZ ABAD, Rubén. “Asedio de Barcelona 1714,El. Guerra de Sucesión Española en Cataluña (GUERREROS Y BATALLAS)”. Ed. Almena.2014.

Joaquim Coll: «El mito del 11 de septiembre de 1714 y de la Guerra de Sucesión». El Debate.

[1] MARTÍ FRAGA, EDUARD: La Conferencia de los Tres Comunes (1697-1714). Una institución decisiva en la política catalana. Ed. Milenio. 2008

GIBRALTAR, ESPAÑOL.

El pasado 4 de agosto, se cumplían 318 años de la toma de Gibraltar por parte de los ingleses, y ahí siguen. Ni con Brexit ni sin él tienen nuestros males remedio. Analicemos los orígenes del conflicto y su evolución.

Ya vimos como la muerte de Carlos II trajo consigo el inicio de una guerra de Sucesión con dos pretendientes principales, uno francés, Felipe V, y, otro austríaco, el archiduque Carlos. (https://algodehistoria.home.blog/2022/09/30/como-se-fraguo-la-sucesion-de-carlos-ii-el-hechizado-el-cardenal-portocarrero/). A este último le apoyaban los holandeses y los ingleses que, desde que descubrieron las ventajas comerciales del imperio español, no hicieron otra cosa que dar la lata hasta apoderarse de él; cuando no es creando la leyenda negra, es aliándose con nuestros enemigos y, cuando no, nos torean como si Curro Romero hubiera nacido en Londres.

En el inicio de la Guerra de secesión, el 1 de septiembre de 1704, una escuadra anglo-holandesa mandada por el almirante Rooke, asalta, en teoría en nombre del archiduque Carlos, la plaza de Gibraltar. Los asaltantes se presentan con 70 barcos bien armados, los defensores son 80 españoles llenos de coraje y dignidad- nuestra historia está llena de militares y ciudadanos gallardos, y muy pocos gobiernos a la altura de ellos -. El gobernador de Gibraltar, Diego Salinas, tras recibir el bombardeo con miles de balas de cañón, se rinde, pero se niega a reconocer la autoridad del archiduque, motivo por el que conduce a todos los ciudadanos que así lo deseen a la cercana ciudad de San Roque.

En el peñón, Rooke no extendió la bandera del Archiduque sino la inglesa. Las hostilidades siguieron hasta que el bando francés gana el trono español para el nieto de Luis XIV, Felipe V, quien firma el tratado de paz que pone fin a la Guerra de Sucesión española: Tratado de Utrecht.

El Tratado de Utrecht o Paz de Utrecht fue, en realidad, un conjunto de tratados firmados entre los países antagonistas en la Guerra de Sucesión Española (1701-1713), pero tomó el nombre de la ciudad holandesa –Utrecht– en que se rubricó el primero de dichos acuerdos, el 11 de abril de 1713. Él final de la guerra con Austria se consolidó por los tratados de Rastatt y Baden firmados en 1714. A ellos se unen otros 19 acuerdos comerciales y territoriales.

Territorialmente, España cedió a Gran Bretaña Menorca y Gibraltar. Menorca la recuperamos definitivamente por el tratado de Amiens en 1802. Por el contrario, los ingleses han entendido que el Peñón es de ellos para siempre. Lo cual, no me negará el lector, es muy “British”, no hay más que ver el contenido del Museo británico, para comprender qué entiende un inglés sobre lo que es suyo.

Desde 1713, España ha intentado recuperar sin éxito este enclave estratégico, unas veces por la fuerza: por ejemplo, en el siglo XVIII, España sometió a Gibraltar a constantes asedios. En el más importante de ellos, entre 1779 y 1783. En otras ocasiones, por medios diplomáticos, pero siempre sin éxito. Hemos fracasado a pesar que los ingleses han incumplido el tratado de Utrecht en casi todos sus puntos.

La cesión se reconoce en el artículo X del tratado de Utrecht:
“El Rey Católico [Felipe V], por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”.

Añadía el tratado que la propiedad se cedía “sin jurisdicción territorial y sin comunicación abierta con el país circunvecino por parte de tierra”.

Y añadía un tercer elemento al acuerdo:

“Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender o enajenar, de cualquier modo, la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla”

Por lo que hemos expuesto, la cesión se acordó con tres condiciones clave: (1) la limitación del territorio cedido; (2) la falta de comunicación con zonas vecinas; y (3) el derecho de retrocesión a España en caso de que Gran Bretaña quisiera cambiar el régimen pactado.

Además, el tipo de cesión realizada explica que el Reino Unido no disponga de una soberanía plena sobre el territorio, sino, que dispone solo de una “propiedad” que le da derecho al uso, pero no a la enajenación.

La primera de esas condiciones, es decir, la de la limitación del espacio cedido al castillo y ciudad, impide considerar como legítimo el avance británico por el istmo. En un primer incumplimiento, la presencia británica en esta zona data del Siglo XIX y la construcción de una verja, en 1909, para parar el avance inglés no impide que la ocupación británica de la lengua de tierra sea ilegal. Realmente hoy Gran Bretaña disputa el acuerdo considerando que tiene derecho a la tierra, al espacio aéreo y al mar- 12 millas territoriales de alrededor-.

España se ciñe en su defensa al contenido literal del Artículo X, por lo que mostró su oposición a la presencia británica en la lengua de tierra y también contra la construcción del aeropuerto en 1938, pues se encontraban fuera de la demarcación establecida en Utrecht. Quizá uno de los mayores logros españoles se consiguió en 2013 cuando los representantes del Ministerio de Fomento sacaron adelante, en la negociación del reglamento europeo sobre el cielo único europeo, el compromiso de que el aeropuerto de Gibraltar no tuviera jurisdicción al respecto y todos los aviones que utilizaran la infraestructura gibraltareña, requirieran la autorización previa española.

Esa posición española vino después de miles de actos de buena voluntad en el proceso negociador, como se reconoce en el acuerdo de Londres de 2 de diciembre de 1987 sobre la utilización conjunta del aeropuerto (que nunca llegó a aplicarse). Igualmente, el posterior acuerdo de Córdoba, de 18 de septiembre de 2006, se refiere, esencialmente, a cuestiones ligadas al aeropuerto, dejando claro que esos acuerdos buscan “la solución de problemas concretos, pero no tienen ninguna repercusión en absoluto en lo que atañe a la soberanía y a la jurisdicción”.

Algo parecido pasa con las aguas jurisdiccionales. La gran obsesión del Gobierno británico ha sido consagrar que las aguas que rodean el Peñón son de soberanía inglesa, algo que España no acepta, porque en Utrecht sólo se cedieron las aguas del puerto de Gibraltar. Para hacer ver que son de su Poder, el Gobierno británico no pierde ocasión de denunciar supuestas violaciones españolas de “sus” aguas jurisdiccionales, que realmente son “nuestras” aguas jurisdiccionales y ellos los violadores.

Esta cuestión de las aguas tiene directa relación con la segunda condición: el aislamiento por tierra de Gibraltar.

El artículo X subraya que la ciudad debía abastecerse por mar y solo en caso de que ese tráfico fuera interrumpido se permitiría comprar en España las mercancías necesarias para evitar “grandes angustias, siendo la mente del Rey Católico sólo impedir, como queda dicho arriba, la introducción fraudulenta de mercaderías por la vía de tierra. se ha acordado que en estos casos se pueda comprar a dinero de contado en tierra de España circunvecina la provisión y demás cosas necesarias para el uso de las tropas del presidio, de los vecinos y de las naves surtas en el puerto” Es decir, quedaba claro que se trataba de un intercambio humanitario en caso de ser necesario, pero no de mantener un negocio permanente.

Hasta 1985, España tuvo aislado a Gibraltar y sólo la inclusión en la Unión Europea (en adelante, UE) permitió avanzar en los intercambios en un proceso de negociación bilateral. Negociación que ha sido otro fracaso porque mientras España no ha logrado gran cosa, los ingleses sí han conseguido que Gibraltar se convierta en un centro de negocios, un centro de servicios internacionales y un lugar más cercano al paraíso fiscal que a otra cosa. Alterando y violando, de nuevo, el tratado de Utrecht, con el agravante de que la población española de alrededor se lucra de esta presencia británica y del comercio de la zona, lo que dificulta volver a aislar el Peñón.

La decisión española de terminar el aislamiento por tierra de Gibraltar pretendía, sobre todo, avanzar en las negociaciones sobre la retrocesión, la tercera condición del acuerdo.

El tercer pacto establecido en Utrecht es el más importante, y también ha sido incumplido, pues el gobierno británico ha intentado la enajenación, a la que no tiene derecho, en dos ocasiones:

El primer intento de cambio de régimen tuvo lugar en la década de 1960, cuando se buscó la descolonización al amparo de Naciones Unidas. Porque fue la propia Gran Bretaña la que incluyó a Gibraltar en el listado de colonias existentes en el mundo en un listado enviado a las Naciones unidas en cumplimiento de la Resolución 1.514 de la Asamblea general del 14 de diciembre de 1960, conocida como Carta Magna de la Descolonización, en la que se reconoce el derecho a autodeterminarse de todas las colonias. Y que sigue en tal situación lo demuestra que en todas las Asambleas Generales desde entonces vuelve a debatirse el tema. Ya en la resolución 2.353 (XXII) del 19 de diciembre de 1967 se indicó cómo tenía que hacerse tal descolonización: “Por negociaciones entre los gobiernos español y británico”, teniendo en cuenta que “toda situación colonial que destruya parcial o totalmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los principios y propósitos de la Carta de Naciones Unidas”. Esta misma resolución señaló que no es posible ni la cesión a terceros ni la independencia. Londres se niega. De hecho, esa Asamblea dicta su resolución tras la consulta que, en aquel en el mismo año de 1967, los británicos plantearon en el Peñón y por la cual los gibraltareños respaldaron en su gran mayoría la independencia. Naciones Unidas entendió que el referéndum contravenía la petición previa de España en la ONU, los derechos de nuestra nación y, por ello, instaba a seguir con las negociaciones.

El segundo instante vino de la mano de la “Orden Constitucional el 23 de mayo de 1969” que mantenía la consideración de Gibraltar como colonia de la Corona, pero con una cierta autonomía en su gestión interna, mientras que cuestiones clave como la defensa y las relaciones exteriores quedaban en manos del Reino Unido. Se trata de una carta otorgada, en cuyo preámbulo se contiene el compromiso unilateral de respetar la voluntad de los gibraltareños y que se expresó de manera más contundente en la reforma constitucional de 2006, que introduce el derecho de autodeterminación de los gibraltareños. Recordemos que el tratado de Utrecht habla del territorio y no de los ciudadanos, de ahí que dispusiera la reversión a España si Gran Bretaña lo abandonaba. Es más, lo que plantea el tratado es la preferencia española sobre el territorio antes de que se enajene, con la simple intención, tendríamos esa opción. Una especie, en el ámbito internacional, del derecho de tanteo de nuestra Ley de Arrendamientos Urbanos (salvando todas las distancias, claro está). Esa idea de abandono británico se ha plasmado en la Constitución de 2006 y, por tanto, legalmente, la cesión de España habría terminado y tendríamos que recuperar los derechos soberanos sobre el territorio cedido.

En términos jurídicos, también la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya favorece el título español frente a la ocupación física del terreno (¿deberíamos decir Okupación, para ser más gráficos?). Pero los ingleses han hecho caso omiso, al igual que al resto de resoluciones de la ONU.

Los dos momentos en los que la negociación sobre el retorno del Peñón, ya estando en democracia, tuvieron más fuerza fueron en los años 80 tanto con los gobiernos de UCD, como con los socialistas de Felipe González y posteriormente durante el mandato de José maría Aznar. En este último caso, debido a su amistad con Tony Blair se logró un acuerdo de cooperación policial y la esperanza de un estatuto pactado de cosoberanía durante una etapa transitoria, proyecto que nunca se vio plasmado en un documento público. El debate sobre esta posibilidad en la Cámara de los Comunes fue muy criticado y posteriormente sometido a referéndum de la población gibraltareña. El referéndum logró un enorme rechazo a la opción de la cosoberanía. Dando lugar a la promesa británica de no hacer nunca nada que no quisieran los ciudadanos del Peñón.

El Brexit creó una nueva oportunidad. Gran Bretaña había logrado meter a Gibraltar en la UE como “territorio cuyos asuntos externos lleva un estado miembro”. Pero al salir el Reino Unido de la UE, debía salir salía su colonia, o quedaría a merced de España. En un alarde de habilidad negociadora, y vendiendo el camelo, como siempre, los ingleses han logrado que se quede en el “espacio Schengen” o territorio fiscal europeo. Pero esta situación no gusta a Bruselas, que no quiere tener a los ingleses en su frontera sur con una base militar abierta, con submarinos nucleares y manejando el tráfico del estrecho. Por eso, la UE exige que en su puerto y aeropuerto haya aduanas para controlar las mercancías y personas que entren en Europa, dando a España esa responsabilidad.

A día de la fecha de esta entrada se sigue negociando el estatus que va a tener el Peñón, pero con la peculiaridad mantenida por el Ministerio de exteriores español de que se busca un acuerdo a tres bandas (UE, España, Reino Unido- en algunos momentos, en la época de Zapatero, Reino Unido tuvo el valor y España lo aceptó de convocar a un representante de Gibraltar en la mesa, al mismo nivel de responsabilidad-) con la creación de una “zona de prosperidad compartida”. Traducido por los británicos como “prosperidad compartida en todo el campo de Gibraltar”. A lo que nadie en el gobierno español ha contestado. Al contrario, nuestro ministro de Exteriores ha señalado: “Vamos hacia un nuevo modelo de prosperidad compartida en todo el Campo de Gibraltar”. Es decir, parece que la posición española, lejos de defender que Gibraltar, por incumplimiento del tratado de Utrecht, ya es español, se viste con la piel de la versión británica. Deberemos andarnos con ojo, porque con estos entendimientos y negociaciones, los ingleses pretenderán quedarse con toda Andalucía. Ya sabemos cómo describen los diplomáticos la forma de negociar de los británicos: “primero se pacta que se quedan con nuestro reloj y, después, ellos, en contraprestación negociadora, nos dan la hora”.

Llevamos más de 300 años recibiendo la hora de los británicos con nuestro reloj. A ver si espabilamos, porque no parece que, ni con el Reino Unido en sus horas más bajas, aprendamos. Si no reaccionamos nosotros confiemos que, esta vez, la UE haga algo más, aunque sólo sea por no tener un mosquito dando con el aguijón en la frontera sur. Bastante tienen con la irlandesa.

BIBLIOGRAFÍA
CALVO POYATO, José. “Los Tratados de Utrecht y Rastatt: Europa hace trecientos años”. Dendra médica. Revista de Humanidades. 2013.

CARRASCAL, José María. “La batalla de Gibraltar”. Ed Actas. 2012.

https://noticiasgibraltar.es/documentacion/1967-resoluci%C3%B3n-2353-de-la-asamblea-de-las-naciones-unidas

https://www.elmundo.es/elmundo/2001/03/15/espana/984660136.html#top