ERMESINDA Y ADOSINDA

En ese hilo fijo-discontinuo que tenemos en este blog sobre grandes mujeres de la Historia de España, hoy traemos a las primeras reinas consortes de nuestro país.

Si alguien visita el Museo del Prado, verá dos cuadros magníficos uno de Joaquín Gutiérrez de la Vega, en el que retrata a la reina Ermesinda. Se puede ver en el siguiente enlace el cuadro: (https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/ermesinda/8b729526-535e-468e-b6a2-282c5b5745a5 ) y otro de Isidoro Santos Lozano Sirgo que refleja su visión de la reina Adosinda (https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/usenda/ae20859f-0a61-4c87-a078-412751eaf1d2 ). Ambos cuadros proceden del Siglo XIX, cuando Madrazo era director del Museo del Prado y, por un encargo que la Reina Isabel II, se retrató a sus antepasados reales. No fue casualidad que se representaran a estas dos reinas, pues la intención de Isabel era reforzar su posición como mujer que reinaba frente a ciertas posiciones antifeministas existentes en la Corte y en la propia familia de la reina.

Ermesinda y Adosinda son las primeras reinas consortes reconocidas como tales de España. Bien poco conocidas por la mayoría de los españoles, incluso por los españoles nacidos en Asturias, pues asturianas eran. Madre e hija, y,  a su vez, hija y nieta del rey de los astures, el legendario rey Pelayo.

Ermesinda era la hija de Pelayo y de la reina Gaudiosa. Por expreso deseo de Pelayo, según relata la crónica Albendense  -ya se sabe que no hay muchos datos de los primeros momentos de la monarquía astur y que los que tenemos  proceden de casi un siglo después de la supuesta batalla de Covadonga, por ejemplo, las dos versiones de la Crónica de Alfonso III, la Rotense y la Sebastianense, escritas todas ellas en la década del 880 o las crónicas de Lucas de Tuy (canónigo de San Isidoro de León) o la Historia Gótica, escrita por Rodrigo Jiménez de la Rada (arzobispo de Toledo)-. Como decíamos parece ser que por voluntad del rey Pelayo, Ermesinda se casó con Alfonso, hijo de Pedro, duque de Cantabria. La boda habría tenido lugar en torno al año 772 .

El heredero de Pelayo era su hijo Favila, pero murió despedazado por un oso en las montañas de Covadonga. La capital astur de entonces, la primera capital asturiana, era Cangas de Onís. A Favila aún le dio tiempo de levantar allí una iglesia, la de Santa Cruz, que albergó la madera con la que Pelayo fue al combate (cuenta la tradición – sin que tenga un respaldo histórico- que sobre esa madera el rey Alfonso III el Magno mandó realizar una cubierta de oro y piedras preciosas, lo que dio lugar al aspecto que hoy tiene la Cruz de la Victoria, donada por Alfonso III a la Catedral de Oviedo, y que se puede visitar en la Cámara Santa de la Catedral).

La muerte de Favila convierte a Ermesinda en la poseedora de la legitimidad dinástica de su padre, Pelayo; por esa legitimidad, Alfonso se convierte en Alfonso I, rey de Asturias. Ermesinda será la reina consorte en un reinado que duró 18 años. Este matrimonio venía a afianzar los pactos en la zona astur-cántabra, creando el primer núcleo verdaderamente fuerte en la Cornisa Cantábrica fuerte los musulmanes, dando, al mismo tiempo, una aportación más a la herencia visigoda que con el tiempo haría aflorar la misión trascendental de aquel reino: la Reconquista. Esa legitimidad de Ermesinda se reconoce en la Crónica Rotense al mencionarla como hija de Pelayo, algo enormemente significativo para la época pues esta crónica data del siglo IX, es decir había adquirido trascendencia histórica su papel como reina. Parece que Ermesinda poseía ciertas habilidades políticas que ayudaron a su esposo a afianzar el reino, habilidades que transmitió a sus descendientes, como veremos. El primer Alfonso resultó ser un magnífico rey que, aprovechando la rebelión bereber que en aquellos años convulsionó a los musulmanes, aprovechó para ampliar su reino, ocupando la actual Galicia y llegando a atacar hasta la lejana Lisboa. También logró alianzas con los vascones, –el propio Estrabón señalaba en su Geographia que, durante la época romana, todos los pueblos del norte de España, desde los galaicos hasta los vascones, tenían una cultura y unas formas de vida similares-.

Alfonso, junto a su hermano Fruela, un temible guerrero, devastó los enclaves musulmanes, trasladó a multitud de cristianos a su territorio y dejó yermo el área al norte del Duero para crear un desierto que dificultara el avance de las tropas enemigas.

Alfonso falleció de muerte natural en 757 y recibió sepultura en la propia gruta de la “Santina” en Covadonga. Allí está también enterrada Ermesinda. Su sepultura, a la derecha de la imagen de la Virgen, está identificada con una lápida en la que se puede leer: “Aquí yaze el católico y santo rei don Alonso el primero i su muger doña Hermesinda, ermana d (e) don Favila, a quien sucedió. Ganó este rei muchas vitorias a los moros. Falleció en Cangas año de 757”.

Fue a la muerte de Alfonso I cuando, los musulmanes, fortalecidos por el fin de las luchas civiles internas lanzan un ataque a los reinos cristianos del norte.

El sucesor de Alfonso fue su primogénito, también llamado Fruela, de carácter muy violento. Al sospechar que su hermano menor, Vimaro, quien gozaba de muchas simpatías tanto entre la nobleza como entre el pueblo, conspiraba contra él, lo hizo prender y degollar. Los partidarios de Vimaro, acabaron con la vida de Fruela.

Sólo quedaba un hijo vivo de los tres que tuvieron Alfonso I y Ermesinda, su hija Adosinda. Las crónicas dicen de ella que era guapa, dotada de mente clara y razonamiento inteligente, poseía unas grandes habilidades para la política y la negociación.

A la muerte de Fruela, ocupó el trono Aurelio, sobrino de Alfonso I, pero Fruela había tenido un hijo, de nombre Alfonso, como su abuelo, que era por entonces muy pequeño. Su tía Adosinda, intentó que lo entronizaran aún siendo menor de edad, pero al no lograrlo y viendo que la vida del niño corría peligro, le envió al monasterio de San Julián de Samos (Lugo), donde adquirió una importante formación intelectual y cristiana que marcaría de por vida sus acciones y proceder. Al tiempo, ella contrajo nupcias con Silo, el más importante de los nobles gallegos. Con ello protegía a su sobrino y a sí misma. Se unían así el poder se Silo y el linaje astur en la nieta de Pelayo, lo que, a la muerte de Aurelio, permitió que Silo fuera nombrado rey del reino Astur y Adosinda – la portadora de la legitimidad dinástica- fuera reina consorte. Asimismo,  el joven Alfonso recuperó presencia en la corte y fue asimilado al trono.

Durante nueve años, Silo y Adosinda reinaron juntos. Una de sus decisiones fue trasladar la capital a Pravia, que tenía mejores comunicaciones gracias a las antiguas calzadas romanas que se cruzaban en el lugar. En Pravia, levantaron una iglesia dedicada a San Juan Evangelista (en Santianes de Pravia). Se la considera la iglesia más antigua de Asturias. Formando parte del conocido prerrománico asturiano. Además de la Iglesia, las crónicas señalan que levantaron un palacio real en las inmediaciones del templo, hoy totalmente desaparecido.

En su reinado, Silo y Adosinda tuvieron que enfrentarse a importantes rebeliones en las zonas galaicas, que supusieron para los astures el control definitivo de aquellas tierras. También fueron anfitriones de la actividad religiosa y cultural de la época. Por ejemplo, en la propia Iglesia de San Juan Evangelista se produjeron algunas de las disquisiciones religiosas del Beato de Liébana. Posiblemente la más conocida fue la que tuvo con el Obispo de Toledo, Elipando de Toledo, sobre la interpretación “adopcionista” de la divinidad de Cristo.

Silo muere en el 783 y Adosinda, que le sobrevivió varios años, dedicó su vida a lograr el ascenso al trono de su sobrino Alfonso, continuador de la línea sucesoria de Pelayo. Sin embargo, ese ansiado reinado de Alfonso no se inició tras la muere de Silo, sino que a éste le siguió Mauregato, hijo ilegítimo de Alfonso I y una esclava musulmana, que se valió de diversas artimañas para hacerse con el poder.

La gran nieta de Pelayo, acabaría sus días entre los muros de la iglesia de San Juan de Pravia, única salida honrosa para asegurar el celibato de las reinas viudas, además de evitar conflictos sucesorios, maquinaciones y tretas políticas que pudieran poner en peligro su vida por parte del nuevo rey. Aunque Adosinda siempre participó activa, pero ocultamente, en la vida de la corte, incluso estando recluida, para lograr el ascenso al trono de su sobrino. Mientras, el joven Alfonso había conseguido ponerse a salvo en la tierra de los vascones.

Posiblemente fallecida alrededor del año 788, Adosinda fue enterrada junto a su esposo Silo en la misma iglesia en que profesó su fe, siempre según la crónica Sebastianense, hecho que la arqueología parece hacer constatado al localizar en la iglesia de San Juan Evangelista dos tumbas de ilustres personajes que bien pudieran coincidir con ambos reyes. De este modo, se pondría de relieve el poder de ambos, unidos en la vida y para la eternidad, otorgando a Adosinda igual reconocimiento que a su esposo.

Pero falleció sin ver a su sobrino reinando en Asturias, y Alfonso tardaría un tiempo en alcanzar el ansiado trono.

A Mauregato le sucedió el segundo de los hijos de Fruela, hermano menor del rey Aurelio, conocido como Bermudo el Diácono, quien, por su sobrenombre, no parecía muy dotado para las necesidades guerreras del momento, en el que se recrudecieron los asaltos musulmanes al reino Astur. Bermudo fue derrotado varias veces por las tropas musulmanas,  con especial virulencia en batalla del río Burbia, en el Bierzo. Lo que le hizo renunciar al trono en el año 791.

Entonces sí, las miradas se volvieron hacia el biznieto de Pelayo, sobrino de Adosinda, que fue el magnífico rey, Alfonso II el Casto, quien iba a comenzar, en el año 791, un reinado largo, sufrido, heroico y, al cabo, fructífero. Combatió sin tregua, hubo de contemplar por dos veces la destrucción y el saqueo de Oviedo, su capital, y se vio obligado a refugiarse en lo más recóndito de las montañas; pero devolvió golpe por golpe y, al final, no solo resistió, sino que fortaleció su reinado.

Fue en el transcurso de éste cuando se produjo el descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago. Fue el Casto el primer peregrino en hacer el camino, desde Oviedo, conocido como camino primitivo. Ya hablamos de ello aquí.

https://algodehistoria.home.blog/2021/11/12/el-camino-de-santiago/

Dicen las crónicas, que Alfonso II tuvo siempre presente, a lo largo de su, para aquel tiempo y aún ahora, longeva existencia (vivió 82 años), la imagen de su tía, su mayor referente, ejemplo y guía para sus pasos.

Con todo, la línea dinástica de Pelayo desaparece con Alfonso II el casto, pues no tuvo hijos. Le sucedió Ramiro I, hijo de Bermudo el Diácono, nieto de Fruela de Cantabria y bisnieto de Pedro de Cantabria. A partir de este Ramiro se sucedieron los reyes asturianos, leoneses, castellanos y luego españoles.  Por tanto, Bermudo I es el ascendiente coronado como rey más remoto de un linaje que entronca generación tras generación hasta Felipe VI. ​ Por esto, autores como García-Mercadal y García-Loygorri consideran que la dinastía reinante en España es la segunda más antigua del mundo, solo por detrás de la japonesa.

BIBLIOGRAFIA

AGUADO BLEYE, Pedro.- “ Manual de Historia de España”. Ed Espasa-Calpe. 1954

RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, Juan Ignacio.- ”Alfonso II”. Historia hispánica. Real Academia de la Historia.

BARRAU-DIHIGO, L.- “Historia política del Reino Asturiano, 718-910”  Ed. Silverio Cañada.1989

JAIME I EL CONQUISTADOR (y el reino de Valencia).

Esta entrada se la dedico a mis amigos Julio FG y Julián GC, ambos con gran querencia por la Comunidad Valenciana.

 

Jaime​ I de Aragón, el Conquistador, nació en Montpellier el 2 de febrero de 1208 y falleció en Alcira, el 27 de julio de 1276. Fue Rey de Aragón (1213-1276), de Valencia (1238-1276) y de Mallorca (1229-1276), Conde de Barcelona (1213-1276), Conde de Urgel, señor de Montpellier (1219-1276) y de otros feudos en Occitania.

Era hijo de Pedro II de Aragón y de María de Montpellier, y fue engendrado de forma casual, según la leyenda, debido a las malas relaciones habidas entre sus padres. Como Pedro II no quiso hacerse cargo de su hijo, nació y pasó la primera infancia en casa de su madre en Montpellier .

Por tradición debería haberse llamado Alfonso, pero la madre alejada las tradiciones aragonesas y de su marido, ordenó encender doce cirios con los nombres de los apóstoles, manifestando que el que durara más daría el nombre de su hijo, lo que sucedió con Santiago Apóstol, san Jaime.

Jaime se casó dos veces, la primera a los 13 años. De ese matrimonio nació Alfonso , que falleció en vida de su padre. De su segundo matrimonio nacieron 4 hijos y cinco hijas. Una de ellas, Violante, se casó con Alfonso X, el sabio. El mayor de los hijos de este segundo matrimonio, Pedro, sucedió a su padre en el trono del reino de Aragón como Pedro III.

Jaime, en sus aspectos personales fue conocido por su elevada estatura- casi 2 metros- rubio y con gran afición a las mujeres. Tuvo multitud de amantes y unos cuantos hijos más que constituyeron el origen de algunas de las más importantes casas nobiliarias de Aragón y Valencia. Entre sus cualidades morales, destacan su valentía, orgullo, fidelidad a la palabra dada y su gran fe. Huérfano desde muy temprana edad y bajo la protección del Papa Inocencio III, se crio entre los templarios, lo que conformó su espíritu cristiano al servicio armado de la cristiandad. Fue un gran creyente y gran pecador, todo muy al gusto medieval.

Durante su infancia los diferentes regentes manipularon el reino como tuvieron a bien, con todo, Jaime no sólo era grande en estatura, también lo era en inteligencia y supo, gracias a la Reconquista, hacerse con el poder suficiente como para ir conformando un gobierno personal y sólido alejado de los intereses de las diferentes camarillas.

Su actuación conquistadora se integra en un movimiento general en toda la Península contra el invasor musulmán. Sobre todo, a partir de 1212 y a raíz de la batalla de las Navas de Tolosa tras la que se produjo el hundimiento y la fragmentación del poder almohade, que facilitó en las décadas siguientes el avance de las fronteras de los reinos cristianos hacia el sur. https://algodehistoria.home.blog/2020/09/11/las-navas-de-tolosa-y-sus-consecuencias/

Aunque cronológicamente corren paralelas, hablaremos primero de la conquista de Mallorca porque propicia la de Valencia.

Jaime I fue el primer gran protagonista de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón. Ante las agresiones de los piratas mallorquines musulmanes a los mercaderes de Barcelona, Tarragona y Tortosa, éstos pidieron ayuda al monarca, al que se unieron con todas sus naves (esperaban por otro lado que esta ayuda les proporcionase un suculento botín). Mallorca se tomó en 1235. La conquista supuso acabar con la piratería islámica en las Baleares. Las islas se , constituyeron en puente para el comercio entre Cataluña y el norte de África.

La conquista de Valencia, auténtica obsesión para Jaime I durante casi 20 años, se preparó minuciosamente dada su trascendencia, una vez ocupada Mallorca y alejado el peligro musulmán del Mediterráneo, centró todas sus fuerzas en el sur, que se culmina con la conquista del castillo y villa de Biar (1245), dando por finalizada la conquista de las tierras valencianas.

La conquista de Valencia se inicia bastante antes. En las Cortes de Tortosa de 1225 se proclamó la necesidad de emprender la reconquista contra el islam. Los enfrentamientos entre los diversos clanes y caballeros del reino de Aragón impidieron un avance más rápido y exitoso. Realmente se trataba de un enfrentamiento civil interno que se solventó con la fidelidad y ayuda del noble Blasco de Alagón. Aquella fidelidad fue compensada por Jaime I en 1226 con la concesión de todos los lugares y castillos que pudiera conquistar en territorio musulmán valenciano. Tras ello, en 1227, la intervención papal a través del arzobispo de Tortosa permitió firmar la concordia de Alcalá, que procuraba una paz entre el Rey y sus aliados, por un lado, y las facciones de los barones, por otro, lo que dejó la puerta abierta a las grandes empresas conquistadoras de Jaime I. En 1233, tomó Morella, Burriana y Peñíscola. En 1237 la victoria en la batalla de El Puig, le permite entrar en la ciudad de Valencia de manera definitiva en 1238.

Poco a poco y durante algunos años más fue logrando en diversas etapas la toma de todo el antiguo reino musulmán: primero, marcando la frontera en el Júcar, y luego en Játiva.  Los límites del Reino de Valencia quedaron fijados a través del Tratado de Almizrra, firmado en 1244 por Jaime I y Fernando III de Castilla. Así, se estableció una frontera entre la población de Biar, en el interior de Alicante, y Busot, en la costa.

Aunque los mudéjares protagonizaron algunas revueltas, las sofocó todas, repoblando la zona con cristianos y expulsando a los musulmanes.

Posteriormente, en 1296 Jaime II de Aragón tomó lo que hoy son los territorios más al sur hasta Murcia a los castellanos, a través de la Sentencia Arbitral de Torrellas de 1304.

Con pocas variaciones, esas fronteras se han mantenido a lo largo de los siglos, y son casi las mismas que las de la actual Comunidad Valenciana, aunque ahora es algo más extensa, ya que se unieron posteriormente los pueblos y tierras al norte del Río Segura, y algún otro territorio de lo que fue el reino de Murcia.

Pero lo trascendente de la conquista valenciana se debe a Jaime I pues transformó de manera definitiva lo que era una taifa musulmana en un reino cristiano. En una muestra más del espíritu de cruzada que impregnó el carácter de Jaime.

Además, Jaime I, en esta conquista, obtuvo un gran triunfo sobre la nobleza, que consideraba las tierras conquistadas en Valencia como una prolongación de sus señoríos, al convertirlo en un reino privativo de la Corona (1239), unida dinásticamente a la Corona de Aragón. En su pugna con la nobleza, Jaime I encontró el soporte de la doctrina de la escuela de Bolonia, que afirmaba la supremacía del príncipe. A su vez, en un acto más destinado a imponerse a la insumisa nobleza, el Rey favoreció a los municipios y a la burguesía. También se modificaron las relaciones con los reinos hispánicos.

Aquel espíritu fortalecedor de la corona tuvo un revés en la herencia de sus reinos al repartir sus tierras entre sus hijos,  sin pensar en la unidad de la Corona. Si bien en el reparto último, realizado en 1262, tras la muerte del infante Alfonso, a su hijo Pedro le legó Aragón, Cataluña y Valencia, y a su hijo menor Jaime las Islas Baleares. Pero quizá el hecho más trascendente para la debilidad de la corona fue que durante su reinado tuvo lugar la consolidación de las Cortes privativas de cada reino, que actuaron como elemento esencial en la creación de una conciencia diferenciadora de cada territorio.

Las críticas entre los historiadores españoles contra estas actuaciones del monarca aragonés son duras y solventes. Sin embargo, para los historiadores nacionalistas la visión del monarca es la de gran rey,  un mito, el punto de partida de los futuros reinos de Mallorca, Cataluña y de Valencia, el creador de sus señas de identidad hasta nuestros días: territorio, fueros, moneda, instituciones, etc.

Con relación al resto de España, además del tratado de Almizra, que delimitó las zonas de expansión de ambos reinos, Jaime ayudó a su yerno Alfonso X el Sabio a la conquista y pacificación de Murcia en 1266. También ayudó al rey de Castilla en su enfrentamiento contra Marruecos y el reino de Granada.

Otro aspecto destacado de su política fue la renuncia a la política tradicional sobre el Francia, desviando su atención hacia el Mediterráneo.

Para resolver sus diferencias con Francia, en 1258, Jaime I firmó con Luis IX (san Luis), el tratado de Corbeil, en virtud del cual Luis IX renunció a los derechos “teóricos”, que desde tiempos de Carlomagno pretendía tener sobre el Rosellón, Conflent y Cerdaña, y a los condados catalanes (Barcelona, Urgel, Besalú, Ampurias, Gerona y Vic), y Jaime I a los derechos —más evidentes— que le asistían sobre diversos lugares del mediodía francés, por herencia de su madre.

Para afianzar este pacto, Jaime casó a su hija menor, Isabel, con Felipe, Delfín de Francia. También Jaime I cedió a la reina de Francia, Margarita, sus derechos a los condados de Provenza y Folcalquier, lo que tenía en el marquesado de Provenza y el señorío de las ciudades de Arles, Marsella y Aviñón, que fueron del conde Ramón Berenguer. Esto molestó sobre todo a la nobleza catalana.[1]

En el norte de África, sometió a los sultanatos de la zona y los convirtió poco menos que en colonias mercantiles para los comerciantes del Reino de Aragón, sobre todo catalanes y mallorquines.

El espíritu de cruzada de Jaime I le llevó a emprender una expedición a Tierra Santa, como resultado de la embajada tártara que recibió mientras estaba en Toledo en la Navidad de 1268, para asistir a la primera misa de su hijo el infante Sancho, arzobispo de la ciudad.[2]

Fue un monarca longevo, falleció a los setenta y un años, tras sesenta y tres de reinado, que coincidió con la época del apogeo medieval. Hasta el momento, en toda la historia de la humanidad, ocupa el puesto duodécimo en cuanto a la duración de su mandato.

BIBLIOGRAFÍA

AGUADO BLEYE, Pedro. “ Historia de España”. Ed Espasa-Calpe. 1956.

 HINOJOSA MONTALVO, José.- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003. https://www.cervantesvirtual.com/obra/jaime-i-el-conquistador-1208-1276/

VILLACAÑAS BERLANGA, José Luis.-“Jaume I el Conquistador” Ed.  Espasa Calpe, 2003

[1] Hinojosa Montalvo. Jaime I el conquistador

[2] Hinojosa Montalvo. Op. Cit.

Beatriz de Bobadilla (marquesa de Moya)

Vamos a empezar la temporada introduciéndonos en el hilo dedicado a las grandes mujeres que ha dado al Historia de España. Esta vez con Beatriz de Bobadilla.

Pedro de Bobadilla y María Maldonado pertenecientes a la pequeña nobleza castellana lograron, gracias a su amistad con los reyes, casar a sus hijos de manera brillante para la época. Tales matrimonios permitieron que al final de sus días se hubiera producido un ascenso social de la familia hasta topar con la alta nobleza castellana: su hija Isabel se casa con Álvaro de Luna y Ayala (1440-1519) llamado «el de las grandes fuerzas, Señor de Fuentidueña » ( no confundir con el Valido de Juan II de Castilla, antepasado de éste); Francisco «El Corregidor», primer señor de Pinos y Beas,  militar a la orden de los Reyes Católicos que fue comendador de Granada ( no confundir con su sobrino del mismo nombre y conquistador de América), y Beatriz, la más conocida.

Pedro de Bobadilla era alcaide del castillo de Arévalo lugar de residencia de la Reina vida, Isabel de Portugal y de sus hijos, Isabel y Alfonso. La muerte de Juan II había transmitido el trono a Enrique IV, hijo del primer matrimonio de Juan II, y, por ende, hermanastro de Isabel y Alfonso.

Durante la estancia de la reina y sus hijos en Arévalo, Beatriz se convirtió en la amiga de juegos de la infanta Isabel, hermanastra de Enrique IV, a pesar de que Beatriz era 11 años mayor. Ejerció de amiga, confidente y protectora hasta que, en 1462, Isabel y Alfonso fueron trasladados a la Corte. Con todo, Beatriz siguió siendo amiga de la futura reina Isabel I. Tanto era así que Enrique, viendo la amistad entre ambas, nombró a Beatriz doncella de la Infanta, y, en 1466, le procuró matrimonio con el Mayordomo real, Andrés Cabrera. Como regalos de boda, el Rey les concedió diversas prebendas, entre otras, trescientos mil maravedíes de juros (los juros eran un documento por el que se definía un privilegio a favor de la persona citada en él. El Rey le concedía el privilegio de cobrar una parte de determinados impuestos de la renta feudal,  citados en el documento, hasta una cantidad prefijada).

La vida de Isabel al lado de su hermano Enrique cambió a raíz de que, en 1465, el Príncipe Alfonso fuera proclamado Rey por los nobles de Ávila. La guerra civil que se inicia encuentra a Isabel en el palacio de Enrique. El marqués de Villena propuso a Enrique IV un arreglo: le proporcionaría los medios necesarios para liquidar el movimiento si casaba a Isabel con su hermano, Pedro Girón, maestre de Calatrava. De este modo, Girón se situaba en la línea de sucesión a la Corona. El maestre de Calatrava superaba los 50 e Isabel apenas contaba con 15 años. Desolada, sólo acertaba a rogar a Dios de rodillas que la ayudara en aquel trance. Pero su dama, Beatriz de Bobadilla, pensó aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando” y le prometió que ella misma se encargaría de impedir, incluso apuñalando al vejestorio del novio si era preciso, aquella disparatada boda. No hizo falta, curiosamente Girón enfermó y murió durante el viaje a la Corte para celebrar su boda. Posiblemente envenenado.

Isabel nunca olvidó el apoyo de Beatriz, aunque no fuera artífice de la desaparición del maestre.

Beatriz sí colaboró con los seguidores de Alfonso, cuando, meses después, tras la batalla de Olmedo – 1467-, lograron sacar de Palacio a Isabel, Beatriz y a otra dama, Mencía de la Torre, y llevarlas con ellos. En ese momento, Isabel se posicionó al lado de su hermano Alfonso y las huestes de Ávila, pero exigió un juramento: no se casaría contra su propia voluntad.

En 1468, muere asesinado Alfonso. Isabel es reconocida en Guisando como heredera de la corona de Castilla, frente a Juana, la Beltraneja ( supuesta hija de Enrique IV).  Pero el culmen del enfrentamiento con su hermanastro Enrique se produce, cuando, de nuevo, desobedece los planes de boda que éste tenía para Isabel, y se escapa para casarse con Fernando de Aragón.

El matrimonio Bobadilla-Cabrera hizo lo posible para que la infanta no se casara con Fernando, si bien, una vez realizado el matrimonio, se convirtieron en los más firmes defensores de los príncipes, así como intermediarios con el Monarca para que se produjera tanto la reconciliación entre los hermanastros como el reconocimiento de Isabel como heredera. El hecho de que Cabrera fuera el alcaide del alcázar de Segovia ( el tesoro real estaba allí depositado), permite al marido de Beatriz tener la llave del Reino y a Beatriz acomodar a Isabel en Segovia. Fue la habilidad de Beatriz la que logró que los partidarios de Isabel – Alonso de Quintanilla- aceptaran el cambio de posición de Beatriz y su marido en favor del matrimonio de Isabel, pero con la promesa de no combatir contra Enrique. La finalidad era evitar una guerra civil, y al tiempo que Isabel fuera reconocida como futura reina. Estos planes de Beatriz encuentran apoyo en el cardenal Mendoza.

Lograron que Enrique IV se reconciliara con su hermana, aunque no cambió su posición sobre la sucesión del Reino. Un año después de estos hechos el monarca muere, pero los príncipes ya están en Segovia, en donde Isabel se proclama Reina propietaria. Dueños del tesoro del Reino custodiado por el fiel Cabrera, comenzará la guerra civil que finalmente ganaron Isabel con el apoyo de Fernando, su marido.

Isabel recompensó con diversas mercedes el favor de Cabrera y Beatriz. En ocasiones, esos favores fueron depositados sólo en Beatriz; por ejemplo, la mejora del escudo de armas de la familia sólo en los aspectos referentes a Beatriz (hecho nada común que se mejorara el de la esposa y no el del marido). Sin embargo, la más destacable de los regalos reales fue el señorío de Moya con título de marquesado concedido al matrimonio el 4 de julio de 1489. Un señorío riquísimo, fronterizo entre los reinos de Castilla y Aragón, en contacto con el mercado valenciano. También les fueron otorgados los sexmos segovianos de Casarrubios y Valdemoro (los sexmos son una división administrativa que, en un principio, equivalían a la sexta parte de un territorio determinado), después convertido en señorío, y, más tarde, en condado de Chinchón.

Durante el reinado de los Reyes Católicos, Beatriz no dejó de ejercer su influencia no sólo por amistad, y sentido común, también por cultura —se interesó por el estudio del latín como todo el entorno femenino de Isabel—. Sus enemigos la juzgaban gastadora y apasionada por las joyas. Otros cronistas, más benevolentes,  no dudan en subrayar su discreción y valentía.

Durante la guerra de Granada, concretamente en 1487, fue confundida con la propia soberana. Beatriz fue atacada por un moro que la hirió sin gravedad gracias a la defensa que de ella hacían los adornos de oro de su traje. Su afición a los “arreos” —en palabras sus enemigos— le había salvado la vida. Isabel compensó a su dama entregándole unas casas en Sevilla, así como treinta esclavas de las que se tomaron en la ciudad de Málaga, y poder comerciar con Guinea.

Entre los acontecimientos destacados en los que participó Beatriz, se dice que pudo interceder en favor de Cristóbal Colón, aunque es bien sabido que la que sí tuvo contactos con el descubridor fue su sobrina del mismo nombre.

Siempre fue amiga de la reina y nunca perdió esa amistad, hasta el fallecimiento de Isabel I el 26 de noviembre de 1504 en Medina del Campo y, según la tradición, es la marquesa de Moya la que tuvo el privilegio de cerrarle los ojos.

Aunque la reina Isabel recomendó a su hija Juana que mantuviera la amistad con el matrimonio Cabrera- Bobadilla, la realidad fue que desaparecida la reina Isabel,  tuvieron que luchar por conservar su mayor propiedad: la alcaldía del alcázar de Segovia que Felipe el hermoso les había arrebatado, sin embargo, el buen hacer de Beatriz, logró que Fernando el Católico se la devolviera.

A partir de entonces se dedicaron a preparar su alma para la otra vida haciendo varias obras de misericordia y fundando conventos.

El matrimonio tuvo 9 hijos, algunos se convirtieron en hombres de Iglesia y el resto se posicionaron excelentemente gracias a las rentas de sus padres y los magníficos matrimonios que hicieron.

Beatriz de Bobadilla muere en Madrid el 17 de enero de 1511. Su marido lo hace poco tiempo después. Ambos están enterrados en el convento de Santa Cruz de Carboneras, cerca de Cuenca.

 

Bibliografía:

DE AZCONA, T. “ Isabel la Católica”. Ed. Biblioteca de Autores Cristianos, 1993.

MÁRQUEZ DE LA PLATA Y FERRÁNDIZ, Mª.  “Mujeres renacentistas en la corte de Isabel la Católica: Beatriz de Bobadilla, Beatriz Galindo, Lucía de Medrano, Beatriz de Silva, Catalina de Aragón, María Pacheco” Ed. Castalia, 2005

MORALES MUÑIZ, D.C.  “Alonso de Quintanilla, un asturiano en la Corte de los Reyes Católicos”. Ed.  El Persevante Borgoñón, 1993.

MUÑOZ ROCA-TALLADA, C. “La marquesa de Moya”. Ed. Instituto de Cultura Hispánica, 1966

MULADÍES Y MOZÁRABES

Siempre que hemos tratado el tema de la Reconquista, lo hemos hecho desde el punto de vista de la España cristiana. Lo cual no debe dejar en el olvido la tarea que mudéjares y muladíes hicieron en el territorio hispano ocupado por el invasor musulmán.

La llegada de los musulmanes a España no fue un paseo militar por la resistencia de la cornisa cantábrica y parte de Galicia. Tras la oposición en las montañas astures, los invasores se atrevieron con alguna razia o aceifa esporádica en la España norteña, la más conocida fue la que realizaron contra Santiago de Compostela en el 997. Desde entonces, tras ser expulsados del reino de Asturias ( que abarcaba de oeste a este desde Galicia a lo que hoy es el País Vasco) la política musulmana consistió, de un lado, allí donde no gobernaban, en establecer el terror: matando, quemando iglesias, o haciendo esclavos. De otro, aplicaron una política en apariencia más “conciliadora” dentro del territorio que ya dominaban, con un cierto respeto a los seguidores de las religiones de libro: cristianos y judíos. A éstos se les denominaba dhimmi o protegidos. Esta tolerancia no se debía a la bondad del incursor sino a la necesidad de aprovechar el trabajo y destreza de estos conquistados, pues el invasor no tenía gente suficiente para sostener las armas, conquistar, guerrear y atender las poblaciones que dejaba en la retaguardia tras su avance. Esto fue así hasta la llegada de Almohades y Almorávides.

Aquella tolerancia determinó una sociedad invadida compuesta entre los musulmanes por árabes, sirios, yemeníes, bereberes y muladíes (cristianos conversos al islam); y, entre los cristianos, por los llamados mozárabes, que podían ser de origen godo o hispanorromano ( hispanos que se mantenían como cristianos), los judíos y los eslavos.

Hoy nos vamos a ocupar de mozárabes y muladíes

El término mozárabe no aparece hasta que un documento leonés los cita con ese nombre en 1024. En las crónicas árabes apenas se mencionan.

Aunque, los mozárabes estaban protegidos por la dhimma, el trato recibido, incluso en los mejores momentos- con los Omeyas- no dejó de ser el dispensado a un ser inferior al que se aplastaba a impuestos. Especialmente, dos: uno sobre la tierra y otro personal a cambio de que la comunidad islámica le perdonase la vida. Su cantidad fiscalmente obligatoria variaba, y su pago se hacía en público y bajo humillaciones; en el reinado de Abderramán III se abonaba cuatro veces al año. Especialmente sangrante fue la época de Almanzor.

Además de tener menos protección judicial que los musulmanes de origen, los cristianos tenían que aguantar que los emires y califas nombraran no sólo a los condes (jefes de la comunidad cristiana) y a los recaudadores de impuestos, sino, también a los obispos. Asimismo, tenían prohibido construir nuevas iglesias o tocar las campanas.

Bat Ye’or afirma que el estatus del dhimmi fue peor que el del esclavo, porque éste, aunque privado de libertad, «no sufría una humillación obligatoria y constante prescrita por la religión».

A pesar de la segregación y de la violencia que padecían, de la que podían librarse en parte abjurando de su fe, los cristianos resistieron la absorción durante siglos. Es más, hasta el siglo XI no se logró que el 80% de la población residente en la España musulmana, profesara esa religión.

Fueron las élites sociales, como luego veremos, las que con mayor fruición se convirtieron al islamismo. Pero la mayoría de la población popular cristiana se mantuvo fiel a la fe en Cristo, a pesar de la presión que sufrían para su conversión.

Entre el maltrato y la presión que soportaban, los mozárabes protagonizaron abundantes rebeliones y protestas mientras fueron la mayoría.

Levantamientos en Medina Sidonia y en Carmona; revueltas como la de Mérida, donde resistieron durante meses, o levantamientos tras el paso del grueso del ejército invasor hacia el norte, como ocurrió en Sevilla en el 713. En otros lugares, los musulmanes se vieron obligados a pactar con la población autóctona, caso de Murcia, dominada por una única familia de cristianos que, aunque perdió Cartagena bajo el dominio musulmán y los invasores construyeron la que hoy es la capital de Murcia, mantuvieron una autonomía de gestión considerable hasta el 831 en el que el califa los acusó de conspirar con Carlomagno. El miedo a los francos carolingios se fraguó tras la derrota de Poitiers en el 732, sobre todo, porque muchos cristianos de la antigua Tarraconensis ante la llegada musulmana se habían refugiado en los Pirineos o en lo que será Francia y desde allí, armados y apoyándose en las tropas carolingias, avanzaron, ayudando a expulsar a los musulmanes de las regiones del nordeste de España, no sólo como parte de la conquista a campo abierto, sino por medio de sublevaciones en las ciudades. Si bien esta ayuda creó una zona de protección, una zona de nadie- zona franca-en el valle alto del río Aragón: Ribagorza, Vic, Cardona, que constituyo la llamada Marca Hispánica, que algún problema posterior nos dio. También los reyes astures crearon una zona de nadie entre su territorio y el río Duero, pero los astures eran españoles y aquella zona intermedia no perjudicó sino, al contrario, permitió un mejor avance de la Reconquista.

A finales del siglo VIII y principios del IX se sublevó Zaragoza y Toledo. Toledo era, sin dura, la ciudad que significaba el arraigo mayor del imperio visigodo. Tras procesos de sumisión y aceptación de la convivencia con los invasores, más ficticios que reales, Toledo se sublevó en el en numerosas ocasiones, en estos casos los mozárabes se vieron respaldados por los muladíes toledanos. Mientras en Córdoba se producía el movimiento martirial  (850-859), en el que varias docenas de cristianos, de los que el más conocido es San Eulogio,  se presentaban ante las autoridades para confesar que no creían en Mahoma y someterse a la pena de muerte, en Toledo seguían en pie de guerra. Tal era su predisposición al levantamiento que Abderramán III se vio en la obligación de acudir a someter a la ciudad imperial con todas sus fuerzas. Durante el reinado de Abderramán, Toledo se mantuvo en cierta calma. No sólo Toledo, también el resto de la España ocupada, pues el rey omeya consiguió gobernar y dominar su califato.

La desmembración del imperio tras la muerte de Almanzor (1002) determinó el nacimiento de los reinos de taifas y la mejora en la organización de los mozárabes y muladíes toledanos que, de revuelta en revuelta, fueron esenciales para la toma definitiva de la ciudad por Alfonso VI el 6 de mayo de 1085. Aunque tan seguro estaba de su victoria el rey castellano que, algunos años antes, durante el sitio al que sometió a la ciudad, negoció con el Papa el restablecimiento del arzobispado de Toledo.

Cuando la posición árabe se hizo más ultramontana con la invasión de los almohades y almorávides, muchos mozárabes huyeron hacia el norte. Igualmente, en el siglo XI empezó la emigración de comunidades judías (aljamas) a tierras cristianas.

Los almorávides deportaron a miles de mozárabes a Marruecos en las primeras décadas del siglo XII. Alfonso I de Aragón, que penetró las zonas ocupadas en 1125, regresó a sus tierras con no menos de 10.000 mozárabes. En 1147, la entrada de los almohades en Sevilla, con la captura y violación de mujeres judías y cristianas persuadió a muchas de las ya reducidas comunidades mozárabes para huir al norte.

Sin embargo, los mozárabes de los siglos XI y XII no fueron recibidos siempre con los brazos abiertos por los cristianos libres. Muchos tenían nombres árabes y hablaban en árabe, lo que producía rechazo en las áreas españolas no arabizadas. La comunidad mozárabe de Lisboa fue esquilmada por sus propios “hermanos de fe”.

A pesar de lo cual, la presencia mozárabe fue esencial para las zonas cristianas. Con ellos llegaron, además de su fuerza personal y militar en favor de la Reconquista, sus costumbres y sus ritos religiosos. Éstos se habían desprendido de neogoticismo, insuflado por el clero mozárabe que había emigrado a Oviedo y León desde el siglo VIII.

Los reyes de León, Navarra, Castilla y Aragón habían aceptado sustituir el rito litúrgico nacional, que seguían practicando los mozárabes, por el romano. Pero, el arraigo de este rito mozárabe o español estaba tan férreamente utilizado por los mozárabes que en el Toledo reconquistado se produjo un conflicto tan profundo que el papa concedió el privilegio de su mantenimiento en varias iglesias parroquiales.

Hasta el siglo XI sus levantamientos fueron esenciales para la Reconquista de los territorios caídos bajo poder musulmán, y a partir de entonces su presencia en las filas cristianas coadyuvó a victorias cristianas esenciales al contribuir enormemente a comprender la cultura y costumbres de los invasores y, con ello,  ayudar a derrotarlos.

Hemos señalado al principio que existió otro importante grupo de españoles a los que tocó vivir en zona musulmana que prefirieron no resistir e integrarse entre los conquistadores. Son los llamados muladíes.

Las vías de integración que utilizaron fueron diversas: los enlaces matrimoniales con los árabes, la wala, o, simplemente, la conversión al islam y la adopción del árabe. Las dos primeras vías fueron más limitadas, primero, porque no siempre era posible emparentar con una familia árabe y, segundo, porque la wala era un mecanismo restringido.

Muchas de las élites optaron por dar este paso. De hecho, la historiografía coincide en afirmar que la invasión no hubiera sido posible sin la colaboración de estos hispanos. Primero por los enfrentamientos entre los diversos clanes sucesorios que llamaron en su ayuda a los bereberes del norte de áfrica. Una vez en territorio español, un sector de la aristocracia indígena optó fusionándose con los linajes árabes. Está bien documentado el proceso a través del cual los miembros de la aristocracia se afiliaban en las estructuras “tribales” árabes a través de los matrimonios mixtos. Este mismo sistema siguieron los sectores más populares, pues emparentar con la élite árabe era un medio de ascensión social y de integración en los grupos de poder. Este fenómeno alcanzó tal magnitud que el Papa Adriano I, condenó esta práctica en una carta emitida entorno al 790.

Otra vía de integración era la wala. Se trataba de un tipo de vínculo personal que unía a un individuo, llamado cliente, con un señor de origen árabe. Era una relación de dependencia: el cliente estaba obligado a prestar determinados servicios a su señor a cambio de la protección que este le brindaba. La wala beneficiaba a ambas partes. Por un lado, permitía a los miembros de la aristocracia árabe rodearse de clientelas propias, que aumentaban su prestigio y su poder. Por otro, beneficiaba a los clientes, que recibían algo más que protección de sus señores, ya que adoptaban al mismo tiempo su apelativo tribal, su “apellido” . Los clientes se convertían en “auténticos” árabes en un par de generaciones porque el vínculo se transmitía dentro de la familia de padres a hijos. El grado de integración que alcanzaron con el tiempo esas personas y sus descendientes era tan alto que llegaron a confundirse con los árabes.

La última vía de integración, sin duda la más generalizada, fue la conversión al islam y la arabización lingüística. Hay que entender la islamización de los hispanos en zonas ocupadas no era sólo un proceso religioso sino una conversión de todo orden, costumbres, cultura…[1]

Sin embargo, los posibles beneficios- jurídicos, fiscales- que acompañaban a los que se convertían al islam, no eran tan positivos como en principio podría aventurarse. La diferenciación de la raza pudo más que la unidad de la fe.

Incluso se llegó a afirmar que mozárabes y muladíes “hermanados por su odio contra la dominación extranjera” hicieron causa común y “coincidieron en los mismos pensamientos de independencia y restauración”[2].

En su obra “ La España del Cid”, Menéndez Pidal desarrolló la misma idea: “Al Andalus, independizado tan pronto del Oriente, había hispanizado su islamismo: los escasos elementos raciales asiáticos y africanos se habían casi absorbido en el elemento indígena, de modo que la gran mayoría de los musulmanes españoles eran simplemente ibero-romanos o godos, reformados por la cultura muslímica, y podían entenderse bastante bien con sus hermanos del Norte que habían permanecido fieles a la cultura cristiana. Así, cuando el Norte inició su preponderancia militar, al-Andalus se inclinaba fácilmente a la sumisión, falto como se hallaba de un espíritu nacional y religioso[3].

La mayor sublevación de los muladíes se dio durante los gobiernos de los tres últimos emires. Siendo especialmente destacadas las rebeliones en Toledo y Aragón ( descollando el levantamiento de Tudela). Aunque una de las que tuvo más renombre fue la del eje Mérida-Badajoz donde el conocido como Ibn al-Chilliqí – traducido: el hijo del gallego – se declaró independiente en el 868. Tras no pocos enfrentamientos con los árabes y contando con el apoyo del rey asturiano Alfonso III, logró vivir independiente en Badajoz hasta su muerte en el 929.

Pero la más espectacular de cuantas rebeldías conoció la España musulmana y muladí fue sin duda la que protagonizó Omar ibn Hafsún en Córdoba. En un territorio dentro de la Córdoba mora que ocupaba una zona entre Córdoba y el Mediterráneo, con capital en Bobastro. Al poder omeya le costó casi cincuenta años  (880-929) aplastar la sublevación de este arabizado que se volvió a convertir al cristianismo bajo el nombre de Samuel.

Después de la toma de la fortaleza de Bobastro (1064) los ulemas y los emires de las taifas endurecieron su posición frente a los españoles, incrementando la persecución.

Todos esos ejemplos de levantamientos cristianos demuestran la incapacidad de los musulmanes para construir una sociedad en la que hubiera una unidad y un respeto mínimos entre sus elementos. Por el contrario, el espíritu español y cristiano sí estaba presente en la población autóctona, en mayor o menor medida, lo que permitió algunos rasgos de cohesión en la España cristiana que contribuyeron poderosamente al éxito de la Reconquista.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

(Director) AVILÉS FERNÁNDEZ, Miguel. “ La España Musulmana. El Emirato. Colección Nueva Hª de España. Ed EDAF. 1980

BAT YE’OR (pseudónimo de Giselle Orebi) . “Islam and Dhimmitude: Where Civilizations Collide”, Fairleigh Dickinson University Press, 2001.

MENÉNDEZ PIDAL, Ramón.- “ La España del Cid” en Ramón MENÉNDEZ PIDAL. Obras completas, Espasa Calpe, 1969.

SHABAN. M.A. “Historia del Islam”. Ed Guadarrama ( colección Punto omega). 1976

SIMONET, Francisco Javier.-  “Historia de los mozárabes de España deducida de los mejores y más auténticos testimonios de los escritores cristianos y árabes”. Madrid, RAH, 1897-1903.(Facsímil- 2005)

YULIYA RADOSLAVOVA MITEVA. Identidades fronterizas en el contexto andalusí: los muladíes. Universidad de Veliko Tarnovo Stos Cirilo y Metodio. 2017

 

[1] Yuliya Radoslavova Miteva. Identidades fronterizas en el contexto andalusí: los muladíes. Universidad de Veliko Tarnovo Stos Cirilo y Metodio. 2017

[2]  Francisco Javier SIMONET, Historia de los mozárabes de España deducida de los mejores y más auténticos testimonios de los escritores cristianos y árabes, Madrid, RAH, 1897-1903, vol. 1.

[3]  Ramón MENÉNDEZ PIDAL, La España del Cid, en Ramón MENÉNDEZ PIDAL, Obras completas, Madrid, Espasa Calpe, 1969, vol. 1.

María de Molina

María de Molina está considerada una de las reinas más relevantes y determinantes en la historia medieval española. 

Fue reina consorte, pero decidiendo al mismo nivel que el rey Sancho IV, su marido. Posteriormente, fue la reina regente en la minoría de edad de su hijo, futuro Fernando IV, y también durante la minoría de edad de su nieto, el futuro rey Alfonso IX. De ahí que se diga de ella que fue tres veces reina.

Aunque no se sabe con exactitud ni dónde ni cuándo nació, la mayor parte de los autores datan su nacimiento en torno a 1258 – lo que supone que tenía una edad muy similar a la de Sancho IV- y, debido a que había la costumbre de nacer en el hogar materno, se considera que debió hacerlo en Tierra de Campos.

Era hija del infante Alfonso de Molina y nieta de Alfonso IX de León, por lo tanto, prima de Sancho.

Antes de continuar debemos realizar dos aclaraciones.

  1. Sancho antes de casarse con María estaba prometido en matrimonio, desde 1270 (por voluntad de su padre, Alfonso X el Sabio, y en contra de la opinión del propio Sancho), con Guillerma de Moncada, descrita por los cronistas de la época como “rica, fea y brava”. Era hija del vizconde de Bearne, importante prohombre de la corte, rico, con muchos contactos políticos, que se hallaba emparentado con los señores de Vizcaya. El hecho de la promesa matrimonial conllevaba efectos jurídicos y canónicos, lo que supuso un problema de notable envergadura, cuando, en junio de 1282, se llevase a cabo el matrimonio en Toledo entre María y el infante Sancho, en pleno proceso de distanciamiento entre éste y el Rey, su padre, Alfonso X.
  2. Los problemas de Sancho con su padre habían nacido, esencialmente, tras el fallecimiento del hijo mayor del rey Sabio y hermano de Sancho, Fernando de la Cerda. A su muerte, el príncipe Fernando dejó dos hijos varones menores de edad: Alfonso y Fernando de la Cerda.

Alfonso X el Sabio, en Las Siete Partidas, había determinado la forma de sucesión al trono: pasaría de padres a hijos varones primogénitos o a los descendientes varones primogénitos de aquellos hijos llamados a heredar y premuertos.

En aplicación de Las Siete Partidas, el heredero a la corona de Castilla, a la muerte del príncipe Fernando, debería haber sido su hijo, Alfonso de la Cerda, y así lo estableció Alfonso X en su testamento.

En ese contexto, contrajeron matrimonio María y Sancho, sin la preceptiva dispensa canónica al ser primos los contrayentes.

La reacción del Papa al conocer la noticia de las nupcias fue fulminante en contra de la legitimidad de esta boda, tanto por el compromiso de matrimonio previo de Sancho como por la relación de parentesco de los nuevos esposos. El Papa calificó el matrimonio como incestuoso y de infamia pública.

Al problema con el Papa se sumó el enfrentamiento con el padre de su antigua prometida, Gastón de Bèarm, decidido a tomarse la venganza por la afrenta recibida.

A ello hay que unir que, el 4 de abril de 1284, muere Alfonso X sin haberse reconciliado con su hijo Sancho. Sancho se proclama rey, y junto con María fueron coronados en Toledo. Esta coronación provocó el inicio de un enfrentamiento civil entre Sancho y los partidarios de su sobrino Alfonso de la Cerda, el cual contaba con la ayuda no sólo de sus partidarios castellanos sino también del rey de Aragón.

A partir del mismo momento de la boda, María quedó incorporada al grupo de los consejeros íntimos del infante y luego rey, Sancho IV. El matrimonio tuvo siete hijos que tuvieron que esperar hasta la muerte de su padre para lograr la legitimidad.

María ejerció un papel decisivo en algunos momentos de este reinado dotando a la postre de estabilidad a la Castilla desnortada en la que reinó. Este papel esencial se produce entre otras razones por la gran diferencia de carácter con su esposo. María era una mujer formada, con conocimientos políticos, inteligente, hábil, diplomática, conciliadora y de carácter pacífico. Por su parte Sancho IV, que había recibido una formación parecida y fue un buen promotor de la cultura (escribe libros- “Castigos y documentos del rey don Sancho”-, promueve las traducciones y en algunas de ellas escribe el prólogo, elaboró una versión propia de la “Historia de España” de su padre… En 1293 promulgó los Estudios Generales de Alcalá de Henares – dónde había trasladado la Corte- en un claro antecedente de la Universidad de Alcalá). Físicamente era una persona de gran estatura y fortaleza, gran aficionado a las armas, a las que tuvo que dedicarse, por otro lado, para defender su reino. Fue un gran guerrero, y muy perseverante y ardiente defensor en sus posiciones, lo que le valió el sobrenombre de “el Bravo”.

Su reinado se inicia en un completo caos, lo que obliga a los monarcas a dos tareas esenciales: una, lograr la dispensa papal sobre su matrimonio y, segunda, acercarse al rey francés, Felipe III el Atrevido, para poder tener un aliado que los respaldase. Facilitó esta segunda labor que el rey de Aragón estuviera enfrentado al francés y tampoco tuviera muy buenas relaciones con el Papa.

A su vez, en pos de la pacificación de Castilla, buscaron ganarse a la parte de la nobleza que era partidaria de los infantes de la Cerda y de su padre Alfonso X. Para ello, en ocasiones, Sancho IV utilizaba cargos de gobierno a fin de asegurarse la fidelidad de los nombrados, asimismo premiaba a los que le habían seguido en la carrera militar. Pero, esa tarea no fue suficiente y debió enfrentarse duramente contra los rebeldes.

El 6 de diciembre de 1285, la reina dio a luz a su segundo hijo, primer varón. Recibió el nombre de Fernando. En 1288, fallecieron el papa, el rey de Aragón y el rey de Francia, lo que facilitó la estabilidad del reino. 

Ocupó la cátedra de San Pedro, el Papa, de procedencia franciscana, Nicolás IV, que consolidó una buena relación con Sancho y María, y se abrió a revisar la causa de su matrimonio, pero tropezó con tantas dificultades, que no se decidió a dar la dispensa. Este seguía siendo el aspecto más débil de su matrimonio, de la herencia de sus hijos y del futuro del trono de Castilla.

Desde 1291, la participación directa de la Reina en los asuntos políticos de la Corte se hizo especialmente intensa. Así intervino personalmente en la preparación de la campaña para la conquista de Tarifa en 1292. En septiembre de aquel año se tomó la plaza.

Fue a partir de 1293 cuando cabe referirse con propiedad a María de Molina por ser entonces cuando recibió dicho señorío.

En 1294, la salud del rey se deterioró rápidamente. Durante los meses finales del reinado el protagonismo de la reina en la Corte aumentó. Así, en ausencia del rey, proyectó la campaña que, mediante la toma de Algeciras, asegurase plenamente la reciente conquista de Tarifa y garantizase definitivamente el control del estrecho de Gibraltar por los castellanos.

Sancho muere en Toledo, no sin antes dictar su testamento en presencia de toda la Corte, con el arzobispo de Toledo al frente. En él se encargaba a María la tutoría del futuro Rey.

La situación a la que había de hacer frente María tras la muerte de su marido no podía ser más delicada. Debía tutelar a su hijo, de sólo nueve años, tratando de garantizarle el trono, en un contexto que parecía de lo más propicio para que los partidarios de los De la Cerda reivindicasen sus derechos al trono con el apoyo de un importante conjunto de la nobleza castellana. Mientras tanto, la falta de legalización del enlace matrimonial con Sancho seguía utilizándose para restar legitimidad a Fernando.

María, para reforzarse, tomó la decisión de apoyarse en los concejos y hermandades como bastión frente a la nobleza. Para ello confirmó sus fueros y privilegios concejiles y redujo o suprimió algunos impuestos, a la vez que tomaba la iniciativa de convocar Cortes, que tuvieron lugar en el mismo año de 1295 en Valladolid. A estas acciones unió su capacidad negociadora con algunos de los personajes más influyentes de la nobleza.

Ante esta delicada situación, sus enemigos declararon la guerra a Castilla: Portugal, Aragón y Francia. Hasta que tuvo lugar el reconocimiento de la mayoría de edad de Fernando, María debió hacer frente a una continua confrontación bélica con todos los partidarios de impedir la llegada de su hijo al trono.

No se amilanaba ante la posibilidad de una guerra ( por ejemplo, la que tuvo contra Aragón en territorio murciano, perteneciente a Castilla desde Alfonso X), pero su habilidad se demuestra, en su capacidad negociadora, estableciendo alianzas entre sus hijos y los hijos de los reyes de Portugal y Aragón para pacificar, en lo posible, la situación. Ejemplo de ello fue el Tratado de Alcañices en 1297 en el que quedaron fijadas, entre otros puntos, las fronteras entre Castilla y León y Portugal, que recibió una serie de plazas fuertes y villas a cambio de romper sus acuerdos con Jaime II de Aragón y demás partidarios de Alfonso de la Cerda. Al mismo tiempo, en el tratado de Alcañices fue confirmado el enlace entre Fernando IV de Castilla y la infanta Constanza de Portugal. También llegó a acuerdos eclesiásticos como el que se produjo entre las Iglesias de Castilla y Portugal para la defensa de sus derechos y libertades.

Aquellas alianzas eclesiásticas y el fuerte apoyo de la Iglesia castellana a su reina, dieron su más destacado fruto en 1301, logrando la bula pontificia de Bonifacio VIII que legitimó el matrimonio entre María y Sancho y, por ende, la descendencia habida de aquel matrimonio. Además, el Papa manifestó su voluntad de mediar en la reconciliación entre el primogénito de María, Fernando y Alfonso de la Cerda, nombrando como mediadores al obispo de Sigüenza y al arzobispo de Toledo. Todo ello llegaba justo a tiempo, cuando la terminación de la tutoría era inminente ante el reconocimiento de la mayoría de edad del Rey el 6 de diciembre de 1301.

El reinado de su hijo no fue fácil para María, los nobles se posicionaron en favor del nuevo rey, pero con la intención de sepáralo de su madre a la que obligaron a entregar las joyas recibidas del rey Sancho. El hijo, débil de carácter y desagradecido, no defendió a su madre, la cual, dando muestras de su extraordinaria abnegación y generosidad, buscó una postura conciliadora entre los nuevos partidarios de su hijo y los propios de ella, convocando Costes en Medina del Campo y mostrándose proclive a apartarse del poder. Sin embargo, en 1304, su presencia se hizo de nuevo necesaria para mediar entre Castilla, Aragón y Portugal, en aras de evitar otro conflicto.

En 1312, fallece el rey Fernando IV a los veintisiete años; dejaba un reino fraccionado y comprometido, y como heredero a un niño de un año de edad. En 1313 muere también su mujer, la reina Constanza. La orfandad del menor determinó que se nombraron tutores del rey niño, futuro Alfonso XI. Entre ellos fue elegida María de Molina. Su tarea fue de nuevo intentar pacificar y resolver los conflictos surgidos entre los propios regentes, entre los partidarios de unos y otros, y preservar el trono para su nieto. Tras el convenio de Palazuelos en 1314, María quedó como principal regente y tutora; afianzada en 1319 por la muerte de alguno de los otros tutores. Pero la buena reina falleció en 1321.

A su muerte, Castilla se dividió entre los nuevos regentes hasta que, en 1325, Alfonso XI, con 14 años de edad, asumió el trono. El nuevo rey logró reunificar y fortalecer su reino,  y recuperar las plazas que sus últimos tutores habían perdido en manos de los musulmanes. Dirigió con prudencia, astucia, inteligencia, capacidad diplomática, suavidad en las formas y mano de hierro en el fondo. Fue el fiel reflejo del legado de su abuela, mujer de moral inquebrantable, fidelidad a la corona, valentía, carácter conciliador y pacificador.

Esta última accidentada regencia de María de Molina es el tema de una de las obras maestras de Tirso de Molina, “La prudencia en la mujer”. El personaje literario de María de Molina, según el director teatral González Vergel «el más emblemático e importante personaje femenino de todo nuestro Siglo de Oro», en cuyo transcurso averigua, desbarata y castiga tres conjuras contra su nieto, el futuro Alfonso XI de Castilla. ​

Además de su labor política, María de Molina llevó a cabo una interesante labor de patronazgo religioso protegiendo y dotando diversas instituciones conventuales. Entre las que destaca la fundación del monasterio de Santa María de las Huelgas en Valladolid, donde está enterrada.

 

BIBLIOGRAFÍA

ARTEAGA Y DEL ALCÁZAR, A. “María de Molina. Tres coronas medievales”. Ed. Martínez Roca, 2004.

CARMONA RUÍZ, M.A. “María de Molina”. Plaza y Janés. 2005.

FUENTE, M. J.“¿Reina la reina? Mujeres en la cúspide del poder en los reinos hispánicos de la edad media (siglos VI-XIII)”. UNED. 2003.

ARIAS GUILLÉN, Fernando; REGLERO DE LA FUENTE, Carlos Manuel (coordinadores). “María de Molina: gobernar en tiempos de crisis (1264-1321)”. Dykinson, 2022.

BERENGUELA I DE CASTILLA 

 

La reina Berenguela I de Castilla (1180-1246) es una gran desconocida en la Historia de España y, sin embargo, fue la primera mujer que reinó en Castilla y una de las reinas más influyentes en el devenir de nuestra Historia.

Berenguela era la hija de Alfonso VIII, y de Leonor de Inglaterra (Leonor Plantagenet), descendiente a su vez del rey Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania.

Berenguela fue heredera de la corona de Castilla mientras sus padres no tuvieron un heredero varón, motivo por el cual fue prometida en matrimonio a Conrado, tercer hijo de Federico I Barbarroja. Sin embargo, el nacimiento de su hermano Fernando eliminó esa posibilidad primera de reinar y Conrado, visto que sus aspiraciones a ser rey se desvanecían, rompió el compromiso.

Sus padres concertaron, entonces, su matrimonio con Alfonso IX de León, lo que le otorgó el título de reina consorte del Reino de León. Con este matrimonio se pretendía poner fin a la guerra que venía enfrentando a ambos reinos cristianos: Castilla y León. El enlace fue favorecido por la reina Leonor, tropezando con las reticencias de Alfonso VIII, que preveía ya las dificultades venideras por razón del parentesco entre ambos contrayentes: Alfonso VIII y Alfonso IX eran primos carnales, nietos los dos de Alfonso VII de León, Emperador de España y Rey de Castilla y León. La boda de Berenguela y Alfonso se celebró en Valladolid en 1197. El matrimonio no tuvo muy buenas perspectivas desde el principio, puesto que Papa Celestino III, aunque no autorizó el enlace, no se opuso al mismo (hay que recordar que ya había anulado el primer matrimonio de Alfonso con Teresa de Portugal por consanguinidad. De aquel matrimonio habían nacido dos hijas). Sin embargo, fallecido Celestino en 1198,  su sucesor, Inocencio III , muy opuesto a los matrimonios entre consanguíneos, no paró hasta lograr la separación del matrimonio.  No contaba Inocencio conque los reyes de León se enamoraran; el amor y la dote de Berenguela que dejaba a Alfonso IX en una situación muy desfavorable en caso de disolución del matrimonio, hicieron que se opusieran con todas sus fuerzas a su separación. Aquella oposición duró siete años y cinco hijos. Sólo el ataque directo del Papa a Alfonso VIII y la alteración que estas amenazas podía producir en Castilla, lograron que Alfonso VIII llegara a un acuerdo con el Papa para que el matrimonio no se disolviera de iure pero se separaba de facto.

De este modo, Berenguela dejó León y se instaló con sus hijos en Castilla en 1204. Sus hijos fueron: Leonor que murió de niña en 1201; Constanza que profesaría como religiosa cisterciense en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos, donde murió en 1242; Fernando, futuro Fernando III el santo; Alfonso, futuro Alfonso de Molina  (concordia de Zafra); la quinta, llamada como su madre, Berenguela, será la futura Reina de Jerusalén, por su matrimonio, celebrado en Toledo en 1224, con Juan de Brienne, Rey de Jerusalén.

Cuando llegó Berenguela a Castilla en aquel 1204, acababa de nacer su segundo hermano varón, Enrique, lo que la relegaba a la tercera posición en la sucesión al trono castellano.

En 1211 moría su hermano mayor Fernando y en 1214 sus padres. En esta situación, Enrique es proclamado Rey de Castilla a la edad de once años, nombrando a Berenguela como tutora y regente. Su actuación como regente fue siempre prudente y adecuada, hasta que las intrigas palaciegas, sobre todo de los hijos del conde Nuño Pérez de Lara, obligan a Berenguela a nombrar ayo, para el cuidado y educación de su hermano, a Álvaro Pérez de Lara. Aquellas intrigas también lograron que Álvaro se hiciese con la regencia, aunque con algunas limitaciones. El enfrentamiento entre Álvaro y los nobles y también entre Álvaro y Berenguela obligó a ésta a refugiarse en el castillo de Autillo ( Palencia) y a que enviara a su hijo Fernando al recaudo de su padre, el Rey de León.

Evidentemente aquella división en dos bandos llevaba sin remedio a un enfrentamiento armado que se produjo en abril de 1217. Mientras Álvaro rodeaba el castillo de Autillo en el que estaban refugiados Berenguela y sus partidarios, dejó al niño rey en el palacio arzobispal, con tan mala fortuna que, jugando en el patio del palacio, le cayó una teja encima y le mató.

Berenguela mandó comunicación a su hijo Fernando para que se reuniera con ella. Berenguela había logrado escapar y llegar hasta Valladolid desde dónde dirigió las negociaciones para que la nobleza y los concejos castellanos la nombraran a ella, como legítima heredera, Reina de Castilla, con la intención, señalada en aquellos acuerdos, de entregar su reino a su hijo Fernando. Esta proclamación de Berenguela y de su hijo Fernando como Reina y Rey de Castilla tuvo lugar en la plaza del mercado de Valladolid el 2 o el 3 de julio de 1217. La relación de madre e hijo fue siempre armoniosa y cordial.

“Casi treinta años duró esta entente admirable entre madre e hijo; Fernando I será el rey propietario del reino castellano y como tal gobernará con plenos poderes, pero el consejo prudente y desinteresado de su madre estará presente en todas las decisiones de Fernando III; los diplomas se expiden siempre a nombre de Fernando, pero éste consignará en todos ellos que lo hace “con el asenso y beneplácito de la reina doña Berenguela”. Nunca, que se sepa, hubo una disensión entre madre e hijo, por eso resulta prácticamente imposible distinguir qué decisiones corresponden al hijo y cuáles a la madre. Cuando Fernando inicia el año 1224, sus expediciones de conquista por Andalucía, prácticamente anuales, es su madre la que queda en Castilla, casi siempre en Burgos, gobernando el reino con su sagacidad y prudencia y apoyando con toda clase de pertrechos las campañas del hijo”.[1]

La prudencia y el tino de Berenguela fueron determinantes para guiar los pasos de Fernando III y que éste lograra la sucesión pacífica de su padre en el reino de León. En este camino es muy destacable la llamada Concordia de Benavente de 1230, que fue el acuerdo alcanzado por Berenguela con Teresa de Portugal tras la muerte de Alfonso IX de León mediante el cual, su primera mujer, Teresa de Portugal, renunciaba a los derechos que sus hijas, Sancha y Dulce de León, tenían al trono de León en favor de su hermanastro el Rey de Castilla, e hijo del segundo matrimonio de Alfonso IX con Berenguela, Fernando.

Aquella resultó ser la unión definitiva de los reinos de Castilla y León, que recordamos incluían Galicia, toda la cornisa cantábrica, parte de La Rioja actual y se encaminaban a la conquista de Andalucía de la que ya en parte era castellana.

“Especialmente emotivo resulta el último encuentro entre madre e hijo, que tuvo lugar en Pozuelo de don Gil, la actual Ciudad Real, en la primavera de 1245; fue la reina la que se trasladó de Burgos a Toledo, desde donde envió aviso a su hijo, que se encontraba en Córdoba, manifestando sus deseos de encontrarse con él, para tratar asuntos del heredero, Alfonso. Fue la última vez que se vieron madre e hijo, pues Berenguela murió el 8 de noviembre de 1246, dejando tras de sí una bien merecida fama de mujer y de gobernante siempre prudente y discreta; sus restos mortales fueron depositados en las Huelgas de Burgos junto a sus padres”.[2]

BIBLIOGRAFÍA

Cruz, Fray Valentín de la. Berenguela la grande: Enrique I el Chico (1179-1246). Ediciones Trea, S.L. 2006.

 

Martínez Díez., Gonzalo SJ. “Fernando III. 1217-1252”. Ed La Olmeda.1993.

[1] Gonzalo Martínez Díez. SJ. “Fernando III. 1217-1252”. Ed La Olmeda.199

[2] Op. Cit.

 

ROGER DE LAURIA O ROGER DE LLÚRIA

Hoy vamos a hablar de uno de nuestros más grandes marinos, y digo nuestro, aunque nació en Italia (en Scalea ( Calabria) en 1245), porque defendió la posición de la Corona de Aragón con sobresaliente factura.

Era hijo de Riccardo di Lauria y de una dama de la Corte de Constanza de Sicilia llamada Bella d’Amici. Cuando Constanza se casó con Pedro de Aragón, infante y heredero de la Corona de Aragón, en 1262, Roger se traslada junto a su familia en el séquito que acompañó a la futura reina a Aragón (en una pequeña digresión diré,  como curiosidad, que Constanza de Sicilia o Constanza de Suabia, fue reina de Aragón de 1276 a 1302, fecha de su fallecimiento en Barcelona, y fue reina de Sicilia de 1282 a 1302. Es venerada como beata por la Iglesia Católica, y su fiesta se celebra el 17 de julio)​.

Roger de Llúria se educó en la Corte aragonesa, donde fue armado caballero en 1273. Acompañó al todavía infante Pedro en sus viajes de armas a Toledo o contra la sublevación de los moros en Valencia entre 1275 y 1277. Allí, durante un breve periodo, fue procurador del reino de Valencia. También acompañó a Pedro en sus expediciones a Túnez, para someter al sublevado rey Abu-Ishaq, y a Sicilia en 1282. En esta travesía demostró su destreza en la navegación por lo que a su vuelta a Aragón fue nombrado almirante de la flota. Destinado a la defensa del reino de Sicilia, que, en 1282, tras el episodio conocido como Vísperas Sicilianas, había sido incorporado a la Corona aragonesa en virtud de los derechos de la reina Constanza y en contra de las pretensiones del angevino Carlos I, rey de Nápoles.  En el mismo año de su nombramiento, Roger de Llúria derrotó en el puerto de Malta a una escuadra angevina formada por galeras provenzales, lo que supuso el dominio sobre las islas mediterráneas de Gozzo y Malta, permitió penetrar en el puerto de Nápoles y la conquista de las islas de Capri e Ischia; y algunas zonas de Calabria, tras la victoria en 1284, sobre la flota  del futuro rey de Nápoles Carlos II, a quién hizo prisionero. Aprovechando la victoria, provocó sublevaciones populares a favor de Pedro III en la región napolitana de Basilicata y dirigió sus naves hacia las costas tunecinas, donde a mediados de septiembre de aquel 1284 conquistó la isla de Gelves. También se apoderó de la isla de Jerba y al año siguiente de las Kerkenah, dependientes entonces de Túnez y de las que volveremos a hablar.

Mientras tanto el Papa Martín IV (1281-1285), perjudicado por la expansión aragonesa en el ámbito mediterráneo, había excomulgado a Pedro III de Aragón y predicado la cruzada contra él (1283).Tal era el enfado papal que puso bajo concesión y protección del Delfín de Francia los reinos pontificios. Por esa alianza franco-vaticana, un ejército, muy superior en número al que podía reunir el rey de Aragón, consiguió franquear los collados pirenaicos y llegar hasta Gerona, que fue asediada, mientras que una poderosa flota ocupaba el litoral hasta Blanes y aseguraba el abastecimiento del ejército francés desde las costas catalanas. La flota española se encontraba en Sicilia y Pedro el Grande sólo disponía de diez galeras, con todo, logró una importante victoria en las islas Formigues ( en la costa gerundense enfrente de Rosas), que permitió elevar los ánimos hispanos hasta que en agosto llegó desde Sicilia a las costas catalanas Roger de Llúria con el grueso de su flota. Al Papa le apoyaba también Jaime II de Mallorca, hermano de Pedro III que en 1279 había sido desposeído por éste del gobierno de la isla balear. Franceses y mallorquines habían concebido un ataque total por tierra y por mar. En septiembre de 1285, Roger de Llúria derrotó a la armada francesa en la costa gerundense y, un mes después, al ejército de tierra conjunto en la batalla del Coll de Panissars (entre La Junquera, Gerona, y Le Perthus, Francia), lo que supuso la derrota definitiva del rey Felipe el Atrevido, de Francia. Por su actuación, Roger de Llúria recibió el señorío de Gelves.

Poco después, Roger de Lauria participó junto al infante Alfonso en la expedición contra Mallorca, destinada a castigar la traición del rey de Mallorca en el momento del ataque francés.

A la muerte de Pedro III (1285), los territorios de la Corona de Aragón se repartieron entre sus hijos, Alfonso y Jaime; sobre el primero (Alfonso III de Aragón, 1285-1291, también conocido como Alfonso el liberal) recayeron los reinos peninsulares, mientras que al segundo (Jaime I de Sicilia, 1286-1296, y futuro Jaime II de Aragón el Justo, 1291-1327) le correspondió el de Sicilia. El nuevo Papa Honorio IV (1285-1287) y Carlos II el Cojo, de Nápoles, lanzaron una ofensiva conjunta sobre los dominios de Jaime I y de la reina Constanza, pero Alfonso III reaccionó enviando a Roger de Llúria para repeler el ataque: el ejército angevino-pontificio fue derrotado por el almirante aragonés frente a Nápoles (1287). A partir de ahí, Roger de Lauria se dedicó, con su sobrino Juan, a efectuar razias contra la costa de Berbería y de Túnez, en las que conseguía gran número de cautivos que vendía después en Sicilia, e intervino en las luchas internas de Túnez apoyando a uno de los pretendientes al trono.

Mientras tanto, se desarrollaban las negociaciones para llegar a la paz entre la Corona aragonesa y Sicilia, por una parte, y los Anjou, Francia y la Santa Sede, por la otra, bajo la mediación del rey de Inglaterra. Como parte de las condiciones para conseguir la paz, el rey Alfonso liberó en 1288 al príncipe de Salerno, Carlos de Anjou, quien inmediatamente se coronó rey de Sicilia. Con ese pretexto, algunas localidades de Calabria se rebelaron y el rey Jaime de Sicilia, junto con Roger, intentaron recuperarlas. En 1289, mientras Roger asediaba Gaeta, se firmó una tregua entre Carlos II de Nápoles y Jaime de Sicilia, que había de durar dos años. Por ello, Roger de Lauria volvió a Aragón con parte de la flota y parece que se instaló en sus tierras del reino de Valencia. En agradecimiento a sus buenos servicios, en 1289, el rey Alfonso III concedió a Roger el señorío de las ya mencionadas islas de Jerba y Kerkenah que se constituyeron en una especie de principado independiente. Estas islas, desde 1295, se convirtieron en feudo de la Santa Sede, a la que Roger de Lauria había de pagar una renta anual de 50 onzas de oro. Esa solución impedía que el rey de Sicilia pudiese exigir la entrega de esas islas, que Lauria había conquistado personalmente y que eran una excelente base naval desde donde se podía controlar el reino de Túnez y también el comercio con el oriente mediterráneo.

No tardó, sin embargo, en volver a Sicilia con el fin de acompañar de vuelta a Aragón al rey Jaime de Sicilia, que se había convertido en rey de Aragón, por fallecimiento sin descendencia de su hermano Alfonso, en 1291. Poco después, en 1292, volvía a Sicilia, por mandato de Jaime II, para contribuir a la defensa de la isla, a las órdenes de la reina Constanza y de su hermano pequeño, Federico ( al morir sin descendencia Alfonso III, legó los reinos peninsulares a Jaime con la condición de que renunciara al trono siciliano en favor del tercero de los hermanos, Federico, pero Jaime intentó reunir en su persona la herencia de su padre Pedro III y se limitó a nombrar a Federico lugarteniente general del reino de Sicilia, a cuyo servicio quedó Roger de Llúria). Pero por presiones internacionales y por ser difícil de mantener su posesión, poco después, en 1295, y por la Paz de Anagni, Jaime II cedió Sicilia al papado y a los Anjou napolitanos. Esto creó grave malestar en la isla, en su hermano Federico, en su madre e incluso en Roger de Llúria que se negaron a aceptar el tratado. Esta situación era muy incomoda para Roger, así cuando Jaime ofreció a Federico una entrevista para solventar sus problemas, el segundo se negó, lo que molestó al almirante que se retiró a sus posesiones. En 1297, Jaime solicita a Federico que deje salir haca Roma a su madre, a su hermana Violante, que se iba a casar en Roma y a Roger que acompañó a ámbas. Federico aceptó darles un salvoconducto de ida, lo que significaba la expulsión de todos ellos. En Roma, el Papa les levantó la excomunión. Tras ese episodio Roger y la reina volvieron a Aragón. De nuevo al mando de la flota, pero ahora como aliado del papado y los napolitanos atacó a Federico III de Sicilia por su negativa a acatar lo decidido en la Paz de Anagni. Después de ocupar diversas localidades en la costa de Patti, el ejército aliado fue derrotado y el sobrino de Roger, Juan de Lauria, hecho prisionero, junto con muchos otros. Esos reveses y la llegada del invierno aconsejaron la retirada. Jaime II pidió a su hermano la devolución de los prisioneros aragoneses, prometiendo no atacarle de nuevo, pero Federico no sólo se negó, sino que decapitó a Juan de Lauria. Esa decisión enojó tanto al Rey como al almirante, que atacaron Sicilia con su armada en 1299 y derrotaron completamente la flota siciliana en Capo d’Orlando. Sin embargo, Jaime II no quiso encarnizarse con su hermano y se retiró, alegando que sus aliados podían continuar solos la campaña contra su hermano. Roger de Lauria continuó la campaña junto con los angevinos y consiguió grandes éxitos, como por ejemplo la gran victoria naval en la isla de Ponza en el 1300. Cabe señalar que todas estas victorias navales se produjeron por la maestría del Almirante Llúria y por dotaciones marinas y galeras que eran cualitativamente superiores a la de sus rivales, pero sin olvidar que no menos formidables eran los especialistas embarcados para las misiones de combate: los ballesteros navales catalanes y los almogávares.

La guerra concluyó con la firma de la paz de Caltabellotta (1302), por la que Federico II era reconocido como monarca vitalicio de la isla (adoptando el título de rey de Trinacria), pero con la condición de que a su muerte Sicilia revertiría al reino angevino de Nápoles. Roger de Lauria participó en las negociaciones y consiguió introducir un capítulo que preveía la devolución de los bienes confiscados durante la guerra, lo que le permitió recuperar los suyos en Sicilia. Tras esto, se retiró a sus posesiones valencianas, pensando en que sus días de guerra habían terminado. Pero no fue así, las razias musulmanas en la Península le llevaron de nuevo a la acción, en este caso por la invasión del Reino de Granada a la ciudad de Alcoy; Roger participó en su defensa, y los nazaríes fueron expulsados.

Murió poco después, en 1305, y fue enterrado, como él mismo había dispuesto, en el Monasterio de Santa María de Santes Creus, en el suelo, a los pies de la tumba del rey Pedro III, el Grande.

De su vida privada se sabe que se casó dos veces y tuvo 7 hijos. Fue compensado por los diversos reyes a los que sirvió con distintas posesiones que le reportaron unas rentas importantes. Fue uno de los hombres más influyentes de su momento en la Corona de Aragón . No es para menos si comprendemos que sus batallas y victorias fueron decisivas para la defensa de Sicilia y para evitar la invasión francesa de Cataluña. Además, esas victorias fueron el punto de partida de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón en el siglo XIII.

BIBLIOGRAFÍA

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Moxó y de Montoliu, Francisco de .- “La casa de Luna (1276-1348): factor político y lazos de sangre en la ascensión de un linaje aragonés”. Ed. Munich en 1990. Consultado en Dialnet

QUINTANA, Manuel José.- , “Vidas de españoles célebres”  Tomo II, Librería de B Cormon y Blanc, París. https://books.google.es/books?id=PoQDAAAAQAAJ&printsec=titlepage&source=gbs_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false

Fondos del Museo naval de Madrid.

La Mesta

La reconquista contribuyó a asegurar en Castilla una economía pastoril. En una tierra árida, siempre cercana a la frontera con los moriscos y llena de algaradas y enfrentamientos por ese motivo, la ganadería era una actividad segura – se podía trasladar el ganado hacia zonas que no eran atacadas y volver cuando crecían los pastos- y bien remunerada.

La prosperidad pastoril y los intereses comunes de los ganaderos dieron lugar a su asociación. No está claro si la iniciativa fue puramente profesional, es decir, entre los propios pastores o tiene origen real. Con carácter mayoritario se entiende que su origen estaría en las pequeñas mestas locales que existían ya en la Alta Edad Media entre los pastores de las majadas leonesas y castellanas, como producto de su asociación ante problemas derivados de su profesión, para reforzar sus fueros y hacerse cargo de las reses desmandadas dándoles dueño (mostrencos). De este modo, la monarquía sólo tuvo que dotarla de legalidad. En un primer momento, la agrupación sólo perseguía ordenar el complicado sistema de trashumancia, de acuerdo con el cual los rebaños eran conducidos a través de España desde los pastos de verano en el norte a los pastos invernales del sur. Posteriormente, pretendió hacerse con el control de todos los rebaños de la cabaña lanar castellana aprovechando para abaratar el mismo y hacerlo más seguro pues se trasladaba acompañado de una guardia armada, llamada esculca o rafala. Aquella cabaña lanar era mucho más próspera a medida que la reconquista avanzaba hacia el sur, pues a la oveja tradicional castellana- Churra- se le unió, probablemente en el último tercio del S XIII, una raza de oveja nueva procedente del norte de África- la oveja Merina-. Esta nueva raza daba una lana de excelente calidad que se convirtió en el primer producto en exportaciones del reino; era una parte sustancial de la economía. La oveja churra, era más importante para consumo humano.

A medida que se prosperaba y se incrementaba el terrero sobre el que extender los rebaños surgieron complicaciones en las tareas de aquellas asociaciones de ganaderos. Estas complicaciones en las tareas a realizar y los derechos a defender dio lugar al nacimiento de una asociación más organizada e institucionalizada: el Concejo de la Mesta.

El origen de la complicación social se debió, como hemos señalado, al avance de la reconquista. Al llegar Fernando III, el santo, a Andalucía el territorio se estabilizó, de modo que lo que habían sido siempre zonas ganaderas- zonas fronterizas cercanas a los territorios musulmanes, fueron acogiendo a más colonos cuya actividad principal era la agricultura. Los agricultores no querían que el ganado trashumante se comiera sus cosechas, surgiendo así enfrentamientos entre ganaderos y agricultores.

La solución la dio el rey Alfonso X, el sabio, hijo de Fernando. Pactó con las asociaciones de ganaderos unos caminos por los que transitar y no molestar a los agricultores. El rey dio así el impulso definitivo al Concejo de la Mesta en 1273, que más tarde se llamó Honrado Concejo de la Mesta, tras la reglamentación que le dio Alfonso IX en 1347.

Para que el ganado no dañara los cultivos, se idearon unos itinerarios especiales que, dependiendo del tamaño de la vía, recibían diferentes nombres. De menor a mayor se denominaron coladas, veredas, cordeles o cuerdas, y cañadas. Las cañadas más importantes eran conocidas como cañadas reales.

Los ganaderos que pertenecían a la Mesta obtuvieron privilegios reales, como la exención del servicio militar y de testificar en los juicios y ventajas como derechos de paso y pastoreo. Con el tiempo obtuvo nuevos privilegios reales y ventajas fiscales.

La Mesta celebraba dos asambleas al año, una en el sur de la península y otra en el norte. Principalmente se debatían los cargos internos (presidente) y cómo se iban a organizar los itinerarios.

La Mesta alcanzó gran poder y contribuyó, junto con la pacificación de las zonas ya reconquistadas, al desarrollo de una destacada actividad textil que se localizaba en ciudades de la cuenca del Duero, como Zamora, Palencia, Soria o Segovia, pero también en ciudades ganadas al islam, tales como Toledo, Cuenca Córdoba o Murcia. La producción textil de Castilla y León era modesta, al menos si la comparamos con la excepcional producción de lana de los reinos. Pero a medida que se desarrollaron centros industriales, sobre todo, en el País vasco, la producción creció.

Por lo que se refiere al comercio en el siglo XIII, es un dato significativo el hecho de que se crearan nuevas ferias, sobre todo en ciudades de la meseta sur y de Andalucía; así, en Brihuega, Alcalá de Henares, Cuenca, Cáceres, Badajoz o Sevilla.

En las cortes de Toledo de 1480 se decreta dejar libre el paso de rebaños entre Aragón y Castilla, siendo el reflejo del destacado concepto en el que los Reyes Católicos tuvieron a la Mesta. Aquella libertad de tránsito pretendía proteger la actividad e ​ incrementar los ingresos de la corona mediante el arrendamiento y la venta de derechos de pastos. A partir de entonces, el presidente de la Mesta sería el miembro más antiguo del Consejo Real.

La Mesta alcanzó su máximo esplendor en 1492, año en que los campesinos consideraron excesivos los privilegios concedidos a la Mesta.

Fue una organización muy poderosa debido a los privilegios que los reyes le concedían, ya que la lana era un importante producto entre los que exportaba Castilla a Europa, por lo que se debía fomentar la producción de lana, a veces en detrimento de la agricultura. En ocasiones se acusa a la Mesta de la desforestación de la península ya que la gran cantidad de ganado necesitaba mucho pasto para alimentarse.

Sin embargo, la Mesta llegó a su decadencia. Principalmente por la perdida del monopolio mundial. Tal ruptura se debió a que varios corderos merinos fueron regalados por Felipe V a su abuelo el rey de Francia, Luis XIV. Los franceses aprovecharon su crianza para extender esta ganadería por todo su país y ejercer de exportadores a centro Europa en detrimento de España. En nada favoreció a nuestro país las guerras napoleónicas que destrozaron infraestructuras y cañadas dificultado la actividad trashumante. A ello se unió, que la industria española no era lo suficientemente competitiva frente a los talleres europeos, lo que incrementaba el precio de la lana española frente a la europea.

Además, los continuos enfrentamientos internos entre campesinos y agricultores y las necesidades económicas de la corona, laminaron muchos privilegios de la Mesta. Las grandes fortunas nobiliarias y también los conventos y eclesiásticos van poco a poco abandonando esta actividad y refugiándose en otras más prosperas.

Todos esos motivos fueron esenciales para la desaparición del Concejo de la Mesta en 1836.

BIBLIOGRAFÍA

ANES, Gonzalo y GARCÍA SANZ, Ángel (coord.) “Mesta, trashumancia y vida pastoril”. Ed. Investigación y Progreso. 1994.

KLEIN, Julius. “La Mesta: estudio de la historia económica española, 1273-1836.” Alianza editorial. 1979.

La Busca y la Biga

Cuando se produce la unión entre Castilla y Aragón bajo el matrimonio de los Reyes Católicos el reino floreciente era Castilla y el que estaba en declive Aragón. Durante mucho tiempo la situación fue la inversa y eso se debió a los conflictos civiles producidos en Castilla con reyes débiles y enfrentamientos por la sucesión al trono mientras en Aragón florecía una pujante clase burguesa nacida del comercio, cuyo asentamiento se producía en Valencia y Cataluña, principalmente. Valencia siguió en la prosperidad, de hecho, durante el siglo XV vivía una especie de edad de oro, pero en Cataluña las circunstancias fueron muy diferentes.

En Aragón durante el siglo XIV la importante presencia burguesa se manifestaba en unos organismos gubernamentales muy perfeccionados, que ejercían de contrapeso al poder real.

Todos, aragoneses y castellanos, tenían parlamentos- el primero en el mundo fue el de León-. Las Cortes de Aragón ejercían un auténtico poder político y legislativo y se reunían periódicamente. Por el contrario, en Castilla se convocaban cuando quería el rey y casi siempre para solicitar financiación; en muchas ocasiones, esa financiación podía obtenerla el rey por otros cauces, de manera que el parlamento apenas tenía voz. Entre guerras y conflictos y carencias económicas, la Castilla del siglo XIV ofrecía un panorama en el que las Cortes estaban desunidas, el orden público había sufrido un colapso y las tierras castellanas estaban sumidas en el caos.

En Aragón, en cambio, todo parecía prosperidad debido a la gran vitalidad económica y expansiva del reino de Aragón. Sin embargo, varios acontecimientos vinieron a cambiar las tornas:

El primero: la peste. La peste fue desastrosa en toda Europa. En Cataluña se hizo casi endémica con fuertes rebrotes cada poco tiempo. Se suele decir que 1333 fue el “primer año malo” de la economía catalana. Se cree que la población catalana se vio reducida en 80.000 personas. Como consecuencia de ello se produjo una crisis en el campo. La mano de obra era escasa las tierras estaban abandonadas y el malestar campesino se convirtió en una constante en la sociedad catalana. No todos los campesinos pasaban por los mismos problemas. Sólo tenían uno en común: su vinculación a la tierra casi esclava. Pero mientras unos eran muy ricos, otros eran inmensamente pobres y su finalidad común era acabar con los llamados seis malos usos.

En toda España había impuestos o cargas que los campesinos debían abonar a los señores de las tierras. Pero los 6 usos eran exclusivos de Cataluña, a saber:

  1. Remensa: cantidad pagada por el payés por abandonar la tierra.
  2. Intestia: derecho del señor de recibir los bienes del payés en el caso de que muera sin testamento.
  3. Exortia: derecho del señor de recibir los bienes del payés si muere sin descendencia
  4. Cugucia: cantidad que debe pagar el payés si su mujer le es infiel.
  5. Arcia: cantidad que debe pagar el payés en el caso de que incendie la tierra del señor.
  6. Firma Spoli: cantidad que debe pagar el payés al señor por permitir hipotecar las tierras en garantía de la dote de su mujer.

Segundo elemento de la crisis:  crisis financiera. Aunque disminuyó la actividad comercial su actividad se replegó, pero no paró durante el siglo XIV, aunque entre 1381 y 1383 se registraron espectaculares quiebras de los principales bancos, que pasaron a poder de los bancos genoveses.

A eso se unió el tercer brazo de la crisis: el político o quizá dinástico. No por falta de rey o porque estuviera en discusión sino porque el monarca Alfonso V, el magnánimo, tenía tales ansias imperiales que volcó toda su actividad hacia el mediterráneo, olvidando su presencia en Aragón. Sus aspiraciones y necesidades militares y económicas para su empresa entraron directamente en conflicto con los intereses comerciales de la oligarquía aragonesa, especialmente, la catalana.

Aquella ausencia del monarca asentado en Nápoles suponía un duro malestar entre los sectores más pujantes, en vista de lo cual, el monarca se debatía en, ora apoyarse en los sectores populares para lograr sus empresas, ora en volver los ojos a aquellos importantes mercaderes. La consecuencia fue el caos y una ausencia de mando pues el rey estaba representado en España por los virreyes- figura de origen aragonés que luego tendría gran repercusión en nuestra historia común-. En esa debilidad fueron los genoveses los que, aprovechando las circunstancias, no sólo se hicieron más importantes banqueros, sino que luchaban por el comercio de las especias, tejidos y granos con la burguesía catalana. Además, los italianos intermediaban en el comercio de la lana castellana lo que favoreció el crecimiento comercial de Castilla. Además, se establecieron en Córdoba, Sevilla y Cádiz y controlaron los grandes puertos comerciales del sur de España.

El control de los puertos del sur fue esencial por cuanto el mediterráneo se llenó de piratas, muchos de ellos catalanes, que eran mejor sorteados por las rutas comerciales desde el sur peninsular.

Aunque los comerciantes valencianos seguían prosperando nunca tuvieron la fortaleza de sustituir a los catalanes en aquel reino de Aragón.

Todo esto llevó a que los antiguos mercaderes se sintieran tentados a invertir no en el comercio sino en bienes más duraderos como la tierra. La conjunción de las situaciones vistas llevó a que el comercio catalán se hundiera hacia 1450.

La sociedad se transformaba para lograr su supervivencia y así mientras el campesinado se organizaba en sindicatos para reanudar su lucha en el campo, en las ciudades se empieza a disputar el dominio de las mismas. Una de las mejores muestras de tal situación urbana fue el enfrentamiento entre lo que podríamos considerar dos facciones políticas: la Busca y la Biga. Busca (en castellano sería astilla) y Biga (en castellano, viga).

La composición de estos dos grupos no está nada clara, aunque se suele dar por bueno que la Biga estaba formada por el grupo de oligarcas que gobernaban las ciudades y por los terratenientes que viví­an de las rentas. Los comerciantes y artesanos se unieron para luchar por sus intereses y crearon la Busca, que, en la década de los 50 asumió muchas de las características de un movimiento popular.

Los hombres de la Busca ganaron el poder en la ciudad en 1453 y expulsaron a sus oponentes de los cargos institucionales. Además, intentaron hacer frente a los problemas de la crisis económica adoptando medidas como el proteccionismo o la devaluación de la moneda. No era un tema menor pues esto perjudicaba a los oligarcas.

El problema venía del rey ausente que, sobre todo, requería ayuda de sus súbditos para financiar sus empresas imperiales y de un virrey: Don Galcerán de Requesens, que se había ganado la enemistad de la oligarquía por su apoyo de la busca. Fue ese apoyo real el que llevó a la victoria local de la Busca en 1453. Además, en 1454, el rey nombra lugarteniente de Cataluña a su hermano Juan II, partidario de apoyar a los payeses. Con esa política y apoyos, el rey accedió a suspender los seis malos usos en 1455 y proclamó la libertad de los remensas.

La oligarquía se oponía tanto a las pretensiones de la monarquía como a la política reformista de los miembros de la Busca. La Biga seguía controlando instituciones claves como las Cortes o la Generalitat y, además, recibió el apoyo de la nobleza y la Iglesia, ya que todos ellos veían peligrar sus privilegios y, sobre todo, sus ingresos.

Las presiones de las Cortes consiguieron “suspender la suspensión” de los seis malos usos, en 1456, aunque se reactiva en 1457. De hecho, cuando Juan II es nombrado rey de Aragón, tras el fallecimiento de Alfonso V en 1458, hereda el trono y el conflicto.

Como la oligarquía estaba dispuesta a enfrentarse al nuevo rey, se encontró con la ocasión ideal en el encarcelamiento y muerte del príncipe de Viana, Carlos, lo que determinó que su hermanastro Fernando pasara a ser el heredero al trono. Se inicia así la guerra civil en Cataluña en 1462 (1462-72)

La guerra fue en una primera aproximación una lucha entre monarquía y oligarquía, que se aferraba a un sistema contractual de gobierno, absolutamente feudal y medieval, que fue muy útil en sus orígenes, pero cada vez más inadecuado para los problemas que tenía en aquel momento la sociedad.

Pero realmente no era una lucha tan simple, en ella existía un enfrentamiento político (Busca vs Biga) y otro social (payeses vs señores feudales). Monarquía, miembros de la Busca y payeses contra los oligarcas, nobles y el clero. Cada uno con sus intereses propios: la Corona, delimitar el poder de la oligarquía y de los nobles; los miembros de la Busca, mantener el poder y seguir con las reformas; los payeses, prohibir los “malos usos” y las servidumbres; oligarcas, nobles y clero, proteger sus privilegios y recuperar el poder local perdido a manos de la Busca. Por si fuera poco, enseguida, se convirtió en un conflicto internacional, pues la Generalidad catalana Biga- ofreció sucesivamente la corona a Enrique IV Castilla, al Condestable de Portugal y a Renato de Anjou. Mientras tanto Luis XI de Francia aprovecha la situación para anexionarse los condados catalanes de Cerdaña y Rosellón en 1463.

Tras la lucha prolongada durante diez años, Juan II obtuvo la victoria. Se firmó la paz en la capitulación de Pedralbes. Aunque en teoría los oligarcas fueron los derrotados, las consecuencias no fueron muy traumáticas para ellos: el rey declaró la amnistía y juró preservar las leyes catalanas. De hecho, la Biga recuperó el poder local. Y los payeses, aun estando en el bando del teórico ganador, todavía tendrían que seguir reivindicando e incluso peleando por sus derechos hasta la Sentencia Arbitral de Guadalupe dictada en 1486 por el rey de Aragón Fernando II.

La verdad es que cuando Juan II murió, en 1479, dejó a su hijo Fernando un país desgarrado, con todos sus problemas sin resolver. La economía había sufrido un colapso, la guerra civil había completado la ruina iniciada en las décadas precedentes.

A causa de este colapso, la corona de Aragón estuvo muy debilitada durante los últimos años del S XV, mientras Castilla, una vez superadas las crisis de sus enfrentamientos civiles, se levantaba y progresaba económicamente. Adquiriendo una gran importancia en el comercio internacional y con un auge indiscutible de ferias del campo que atraían a comerciantes extranjeros que circulaban sus mercancías, como vimos, sobre todo por los puertos del sur. El dinamismo desplegado por Castilla sólo era comparable al de Portugal. De ahí que muchos autores como Elliot, consideren que, si Isabel I se hubiera casado con el rey de Portugal en vez de con Fernando, ambas monarquías hubieran alcanzado un nivel de desarrollo mucho mayor que el que supuso la unión de Castilla y Aragón.

BIBLIOGRAFIA

VALDEÓN, Julio. – “Las raíces medievales de España”. Ed. Real Academia de la Historia. 2002.

VALDEÓN, Julio, SALRACH I MARÉS, Josep María, ZABALO ZABALEGUI, Javier. ”Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos (siglos xi-xv), vol. 4 de Historia de España».  Ed. Labor, 1981

ELLIOTT. John. H.- “La España imperial 1469-1716”. Ed. Vicens Vives. 2012